PREFACIO
El cuerpo del Inmortal todavía estaba caliente cuando Iraides de Odelia ocupó su trono.
Había soñado mil veces con aquel momento. Había fantaseado con ello cada noche que aquel hombre la había obligado a yacer en su cama, cada mañana en la que se había sentido sola y usada. Lo había imaginado con cada embarazo que acababa con un cadáver entre sus brazos y con cada rumor que decía que el Inmortal tenía una nueva amante que sí podía darle los hijos que ella no conseguía alumbrar. Lo había visualizado casi con total claridad cuando por fin escuchó el llanto de su primera hija y fue testigo de cómo su esposo no miraba a la niña dos veces, porque, después de seis años de matrimonio y tres partos malogrados, el emperador había esperado que ella le diera un príncipe más, no una princesa.
Iraides había pensado en la muerte de su marido en millones de ocasiones y, aun así, nunca había llegado a adivinar que se sentiría tan bien. A su alrededor todavía llovía ceniza, pero no le importó. Tenía la conciencia tranquila, la certeza de que todo lo había hecho por su familia, por su hija. Algún día, Ishtar se sentaría en aquel mismo trono y tendría el Imperio en la palma de su mano. Algún día, ella sería la emperatriz y entendería cuántos sacrificios había hecho su madre para que pudiera ser la mujer más poderosa de todo Evren.
Iraides alzó la corona que le había robado al cadáver de su esposo y se la colocó sobre los cabellos. Después, se recostó en el asiento y se echó a reír.
Tenía el mundo a sus pies.
Y no se arrepentía de nada.
I
TIEMPO DE SEPARACIÓN
—¿Qué miras con tanto interés?
—A nuestras piezas, Xandre. En esta ocasión son apasionantes, ¿no te parece? Las anteriores fueron entretenidas, no lo niego, pero llevaba siglos sin pasármelo tan bien.
—Es culpa de Sikil. Ella lo cambió todo aquel día.
—Cierto. Recuérdame que le dé las gracias la próxima vez que se pase por aquí, aunque creo que pronto va a tener mucho trabajo entre los humanos… Ah, mira. Ha llegado el día.
—¿De qué?
—De que mi querido Portador se ponga en marcha de nuevo.
NATHAN
Nathan Tabiz ha detenido el tiempo varias veces en su vida.
La primera fue cuando la persona que amaba estaba a punto de morir.
La segunda, antes de que su mejor amiga pudiera matarlo.
La tercera, mientras varios demonios trataban de devorarlo.
Durante esas tres primeras ocasiones, Nathan solo intentaba sobrevivir. Después de toda una vida aprendiendo lo peligroso que podía ser el Amuleto del Tiempo, una parte de él todavía luchaba contra la tentación de usarlo, siempre debatiéndose entre la culpa y la sensación de poder. Durante esas ocasiones, apenas era consciente de lo que estaba haciendo. Cuando trató de salvar a Adam, no pensó en la magia, solo en lo oscuro que sería el mundo si no podía volver a mirar las estrellas a su lado. Cuando Lilith estuvo a punto de atravesarlo con una espada creada para ello, no pensó en lo que podría llegar a destruir, sino en la amistad de toda una vida que nunca iba a poder rescatar. Cuando los demonios intentaron comerse su cuerpo, no pensó en nada más que en salir de aquel lugar convertido en lo que fuera necesario para recuperar todo lo que había perdido.
Hoy Nathan vuelve a estar rodeado de demonios, pero ya no les tiene miedo, porque hace ya más de dos semanas que hizo su Trato con uno de ellos.
Hoy Nathan vuelve a escuchar cómo el Amuleto del Tiempo pronuncia su nombre, pero ya no lucha contra la tentación.
—¿Estás preparado para usarlo?
Astrey pone una mano en su hombro cuando terminan de adentrarse en la explanada de Yuda, en ese nido de demonios que ya no le asusta tanto como la primera vez que lo visitó. De hecho, casi siente ganas de sonreír, aunque el gesto que tira de su boca está cargado de ironía. Las cosas han cambiado mucho en muy poco tiempo: antes todo el mundo le pedía que no usara el Amuleto del Tiempo, pero ahora se adentra en lugares hechos de caos para practicar con él.
—No lo presiones, Astrey, y céntrate: tenemos trabajo que hacer.
Elira Surya pasa por su lado a toda velocidad, con el rostro más plagado de plumas de lo normal, los ojos naranjas brillando como un atardecer y unas inmensas alas pardas extendidas a la espalda. Yuda, con sus estandartes caídos, sus armas oxidadas y sus armaduras vacías de cuerpos, debe de resultarle un campo de entrenamiento solo un poco más macabro de lo habitual, porque no duda cuando se lanza a por el primer demonio que les sale al paso. La criatura apenas ha terminado de formarse cuando las garras de la mujer la rajan de lado a lado y la convierten tan solo en un grito agudo y humo.
Nathan se queda sin respiración mientras observa a la bruja alzarse con calma en medio del polvo y la neblina. Había imaginado que la líder de los rebeldes sería letal en la batalla, pero hasta ahora no la había visto en acción: el tiempo que ha pasado con ella en las últimas semanas ha sido entre libros y escritos sobre el Amuleto del Tiempo, no luchando.
—Uno a cero —dice, y su mirada vuela hacia Astrey con un reto implícito en ella.
El espíritu resopla antes de dejar un par de palmadas distraídas en el hombro de Nathan. Hay una sonrisa en su boca, como si entrar en ese lugar para matar demonios fuera para él poco más que un juego.
—Grita si necesitas ayuda, ¿vale, chico? Tengo una competición que ganar.
Nathan no responde, aunque siente ganas de burlarse del brujo por lo sencillo que le resulta a Elira provocarlo. Eso también lo ha visto varias veces en las últimas semanas: la manera en la que esos dos se relacionan y orbitan todo el tiempo el uno alrededor del otro. Se tratan como dos animales de la misma manada y, al mismo tiempo, como depredadores dispuestos a cazarse mutuamente. Lo cierto es que ni siquiera tiene claro cuál de ambos es más peligroso: lleva días conviviendo con ellos y la única razón por la que Elira le resulta un poco peor es porque ella se lo toma todo mucho más en serio que Astrey. Al parecer, enfrentarse a los demonios no es una excepción: donde Elira ha sido brutal y directa, Astrey prefiere crear un espectáculo. Tres demonios se acercan a él, reptando hasta transformarse en sombras de colores que enseñan dientes y garras, pero el espíritu solo necesita levantar una mano para que uno de los estandartes caídos a su alrededor los empale a los tres a la vez y los haga desaparecer.
—Tres a uno, mi reina —puntúa con una reverencia exagerada.
Elira pone los ojos en blanco, pero una sonrisa le baila en la comisura de la boca.
Nathan no puede evitar pensar en otra sonrisa y en otros retos.
«Creo que nosotros también deberíamos unirnos a la competición. Si me dejas tomar el control, puedo acabar con los demonios mucho más rápido que esos dos juntos».
La voz que Nathan escucha en su cabeza es otra cosa a la que también ha tenido que acostumbrarse y que sigue provocándole escalofríos cada vez que surge, siempre inesperada. Es una voz afilada, de espada recién forjada y dientes capaces de desgarrar. Por lo general, trata de ignorarla, pero cada día resulta más complicado. Es peor incluso que la voz del Amuleto, porque al menos esa desaparece en cuanto pasa un tiempo sin usar el objeto, pero el demonio que ahora vive en su interior siempre está ahí, despierto, consciente de todos y cada uno de sus pensamientos.
Nathan resopla.
—Me gusta tener control sobre mi propio cuerpo, pero gracias por el ofrecimiento.
«Qué lástima. Cuidado con tu espalda, por cierto».
El chico lanza un vistazo por encima de su hombro para ver las sombras que empiezan a crecer detrás de él. Recuerda que el primer día que entró en aquel lugar se sintió aterrado por las voces, por las formas, por la sensación opresiva de algo retorcido en el aire, por el caos. Hoy, aunque la pequeña parte humana que todavía queda dentro de él sigue gritándole que huya, también hay un sentimiento de familiaridad y un apetito voraz que le insta a abrir la boca y devorar a las criaturas que lo rodean.
Sabe que eso es el demonio, no él, pero no le disgusta tanto como debería. Prefiere el hambre al miedo. Prefiere el hambre al dolor.
Hoy, cuando se gira y ve a todos sus amigos frente a él, ya sabe que no son ellos.
—Nathan.
Esa no es Ammarah, con su sonrisa triste y la corona sobre los cabellos albinos.
—Nathan.
Ese no es Darien, cabizbajo, con los brazos alrededor de su propio cuerpo para no tocar a nadie más.
—Nathan.
Esa no es Lilith, con una única lágrima en la mejilla y la mano alrededor de la empuñadura de Eunomia.
—Nathan.
Ese no es Adam, con los dedos extendidos para invitarlo a acercarse.
—¿Cuándo vas a solucionarlo todo, Nathan?
En esa ocasión, ya no hay ni rastro de la desesperación que sintió la última vez que escuchó todas esas voces a coro. Una sonrisa (torcida, sarcástica, cansada) se apropia poco a poco de su boca. No, ese truco ya no va a funcionar con él, porque en las últimas semanas ya ha masticado la culpa hasta ser incapaz de saborear otra cosa y se ha acostumbrado a que esos fantasmas duerman todas las noches en su misma cama.
«¿No te enfada que quieran provocarte de esa manera? ¿No te enfada que tomen sus cuerpos? Acaba con ellos».
—No —responde Nathan, con una calma que le sorprende incluso a él. Los demonios gruñen cuando da un paso hacia delante mientras se lleva la mano al pecho, pero no le importa—. Elira y Astrey se encargarán de ellos, para eso me acompañan; yo tengo otras cosas que hacer.
«Y me parece perfecto, pero yo también quiero comer», farfulla el demonio.
Lo sabe. Tiene un hueco nuevo en el estómago que jamás se sacia, pero aun así no se arrepiente de haber hecho el Trato, porque la magia del demonio es útil y cada día le gusta más la sensación del poder de Caos corriéndole por las venas.
Sin embargo, Nathan prefiere el poder del tiempo.
Lo siente a su alrededor, contenido, atándole el cuerpo y la mente. Lo siente en los dedos cuando toca el Amuleto, que arde. Los demonios frente a él avanzan: Ammarah lo observa con los ojos muy abiertos, Darien niega con la cabeza, Lilith desenvaina.
Adam le sonríe, porque sabe que todo eso es por él.
Nathan Tabiz ha detenido el tiempo varias veces en su vida. En la primera sintió desesperación; en la segunda, culpa, y en la tercera, terror.
Cuando el poder del Amuleto del Tiempo le estalla en las manos por cuarta vez, lo que siente es satisfacción.
—¿Lo has visto? Esta vez ni siquiera ha dudado.
—Yo no me alegraría tanto, Mithra. Que ahora esté más seguro de lo que hace no quiere decir que vaya a poder controlarlo. Sabes lo complicado que es, y más para alguien como él: el Amuleto podría acabar con su vida.
—Quizá, pero también existe la posibilidad de que, antes de que el Amuleto acabe con él, él acabe con todo. ¿Qué crees que pasará primero?
NATHAN
Cuánto tiempo, Nathan Tabiz.
La voz del Amuleto del Tiempo vibra dentro de su cuerpo en cuanto todo se detiene. Nathan lleva dos semanas sin oírla, pero esta vez no le provoca ni miedo ni rabia ni ansiedad. Hoy, después de toda una vida rechazándola, se le antoja que esa voz es solo una parte más de él, una que le obligaron a no escuchar durante demasiados años, pero que ahora quiere abrazar más que nunca. Con su ayuda puede cumplir todos sus deseos, puede ser invencible, como tantos otros lo han sido antes que él. Con su ayuda puede llegar a reparar todo aquello que se ha roto en su vida.
El Portador abre los ojos para observar el mundo paralizado que lo rodea, ese universo sin tiempo en el que él es el único gobernante que existe. Mientras no hay tiempo, no hay gobiernos, no hay paz ni hay guerra, no hay nada más que él y el poder del Amuleto en sus manos. Y le parece perfecto. La tensión que podía haber sentido hasta ese momento se esfuma y solo queda… calma.
—¿Me has echado de menos, Chronos?
El Amuleto del Tiempo suelta una risa.
Hacía mucho que nadie me llamaba así.
Nathan comprueba con un rápido vistazo que todo se mantiene como él desea. Elira está parada en el aire, con una garra alzada; Astrey, no demasiado lejos de ella, mantiene una actitud despreocupada mientras lanza varias espadas oxidadas hacia unos demonios que tratan de rodearlo. A unos pasos, las criaturas que quieren confundirle tomando el aspecto de sus amigos asemejan estatuas. Adam está justo delante de él, quieto. Él es el único que no lo mira como si fuera un monstruo, así que decide centrarse en esa expresión, en esos ojos azules llenos de cariño.
—¿No es ese tu nombre?
Yo no tengo nombre. La magia no lo necesita.
—Pero los dioses sí.
¿Eso piensas que soy? ¿Un dios?
Sí. O, al menos, eso es lo que parecen haber pensado muchos antes que él. Elira le ha explicado cada libro, cada diario, cada leyenda o rumor, y, si bien nadie sabe con seguridad qué se esconde en el Amuleto del Tiempo, muchos suponen que debe de ser Chronos o, al menos, una parte de él. No importa lo mucho que lo intentase Destino: nadie puede matar por completo a un dios.
—¿No lo eres? Uno que se quedó atrapado en un objeto y que ahora solo puede influir en el mundo por medio de otras personas, mientras que sus hermanos hacen lo que quieren en él. No te ofendas, pero, si eso es lo que buscas, no lo pones nada fácil, ¿sabes? —Las comisuras de los labios se le tuercen en un gesto repleto de sarcasmo—. Podrías ser un poco más amable conmigo: me necesitas tanto como yo a ti. Sin nadie que te ponga en marcha, no eres mucho más que un reloj bonito.
¿Crees que puedes negociar conmigo? ¿Es eso lo que intentas?
—¿Por qué no? Estamos destinados a pasar mucho tiempo juntos, así que es mejor que nos llevemos bien de una vez por todas. Necesito tu ayuda, no que luches contra mí cada vez que te uso.
Oh, Nathan… Yo no lucho contra ti. Todavía no lo entiendes.
—Claro que sí —resopla—. En la basílica, en las montañas… Cada vez que intento controlarlo, tú te revuelves y me quitas el poder de las manos. Quieres ser utilizado, ¿no? Pues déjame usarte. Cumple mis deseos: soy el Portador, tu magia me pertenece por derecho.
El Amuleto se vuelve a reír, y esta vez su carcajada suena estridente, casi histérica. Nathan se estremece, pero mantiene la mano alrededor del objeto que arde bajo sus dedos.
El tiempo no le pertenece a nadie.
Y por eso se revuelve otra vez. Nathan lo percibe de inmediato y trata de concentrarse en mantenerlo sujeto, en tirar de las riendas para contener a la bestia que intenta domar. Se suponía que debía conseguir que el Amuleto lo respetara y atendiera sus peticiones, pero ahora el tiempo se sacude y se encabrita, y él tiene que apretar más el reloj en un intento de mantener su poder quieto. Quieto, quieto, quieto. Todo tiene que mantenerse quieto, tanto tiempo como él desee, tanto tiempo como él ordene, tanto tiempo como…
Pero es inútil.
Nathan sabe que todo va a volver a ponerse en marcha antes incluso de que la magia termine de escapar de entre sus dedos y gruñe, frustrado, cuando tiene que echar la mano hacia su cinturón. En las últimas semanas, no se ha dedicado solo a estudiar el Amuleto del Tiempo; en las últimas semanas, de hecho, ha llegado a la conclusión de que no puede depender solo de él, sobre todo cuando es tan complicado controlarlo.
«Por fin es mi turno».
El poder del caos resulta mucho más fácil de dominar que el del tiempo: es una energía casi embriagadora por lo natural que resulta tenerla en las manos. En los últimos días, Nathan se ha dejado llevar un par de veces por el alcohol porque era la manera más fácil de olvidar y dormir sin pesadillas, y por eso ha descubierto que la magia de los demonios funciona de forma muy parecida: como algo que entra de manera sencilla en tu organismo y te desinhibe por completo. Acostumbrarse a ella es igual de fácil que caer en una adicción, así que ni siquiera le cuesta esfuerzo transformar la pequeña barra de metal que ahora siempre lleva consigo. Hasta hace dos semanas, era el bastón que Denna le dio para ayudarlo con la falta de visión, pero gracias a sus nuevos ojos dejó de necesitarlo y decidió transformarlo en un arma.
Solo necesita un poco de magia para que esa pequeña barra de metal se convierta en la lanza que lleva varias semanas aprendiendo a usar.
Cuando el tiempo vuelve a moverse, Nathan atraviesa el cuerpo de Adam con ella.
Ni siquiera parpadea, aunque los ojos azules que tiene delante de él se abren un poco más, sorprendidos, antes de caerse de sus cuencas. No importa. Ese no es Adam, y él ya no es el mismo chico que entró en Yuda hace unas semanas. Hoy ya no tiene miedo, hoy ya no está desesperado por escuchar una voz que no va a volver hasta que él mismo haga que regrese. Hoy ya ha entendido que está solo y que los demonios más peligrosos no son los que se esconden en rincones destruidos del mundo, sino los que consiguen salir de ellos sin nada que perder.
El cuerpo aparentemente humano se disuelve en el aire y Nathan nota cómo la criatura que habita en su interior se despereza como un animal despertándose de la siesta. El constante hueco en el estómago se llena un poco y siente unas ganas irrefrenables de pasarse la lengua por los labios, como si acabara de probar algo…
«Delicioso».
Nathan se estremece, pero no tiene tiempo para preocuparse por la sensación de placer antes de que el mundo a su alrededor empiece a temblar. En esa ocasión tampoco hay ya sorpresa: está preparado para el ajuste de cuentas que implica usar el Amuleto. Elira también se percata de inmediato, porque se gira hacia él justo después de acabar con otro demonio, las garras y el rostro salpicados de una sangre tan oscura como el alquitrán.
—¡¿Cuánto tiempo lo has usado?!
Menos de lo que le gustaría. Tenía que aguantar más, mucho más, tenía que demostrarle al Amuleto que él tiene el control, tenía que…
—¡No lo suficiente! ¡Lo haré otra vez!
—¡Recuerda que tienes que tener cuidado con él!
Parece que te has buscado nuevos amigos, Portador.
Nathan gruñe, pero, antes de que pueda responder, los demonios que todavía tiene delante se lanzan hacia él. Ammarah. Lilith. Darien. No piensa en ellos de esa manera, no piensa en ellos más que como en imitaciones, así que resulta fácil atravesarlos, cortarlos, destruirlos, hacerlos desaparecer para siempre.
—No son mis amigos —jadea, y no sabe si se refiere a los demonios o a Elira y Astrey, que luchan a su alrededor en un intento de ayudarlo a concentrarse solo en el poder del Amuleto.
Cierto, la mayoría de tus amigos están muertos, y estás tan cerca de cambiar eso como el día que perdiste al primero.
En esas semanas, Nathan no solo se ha acostumbrado a su nueva magia, también se ha acostumbrado a su ira. Eso es lo que ha quedado después de deshacerse de la tristeza y la culpa: una gran y profunda rabia. Rabia hacia los celestiales, rabia hacia aquella mejor amiga que trató de matarlo, rabia hacia las personas que asaltaron su boda, rabia hacia quienes planearon el enlace, rabia hacia los mismísimos dioses y rabia, sí, hacia el Amuleto del Tiempo. Ahora ese enfado se enciende. Lo siente quemarle por dentro, arderle en las venas, correr desde su pecho hasta las puntas de sus pies.
—Vas a obedecerme, quieras o no —masculla.
Mientras el mundo tiembla a su alrededor y Yuda se quiebra un poco más, los demonios se hacen más fuertes ante un nuevo desastre. Los ve surgir de las grietas del suelo, los escucha reírse y llamarlo, oye cómo Elira y Astrey se enfrentan a ellos y cuentan sus muertes, pero Nathan lo ignora todo. Lo único en lo que tiene que concentrarse es en el tiempo. Tiene que volver a agarrarlo, tiene que volver a recordarle quién es su señor. Está ahí, a su alrededor, puede cogerlo y…
¿Qué vas a hacer, muchacho? ¿Solo vas a agarrarlo y contenerlo otra vez? ¿Es lo único a lo que aspiras? No te servirá de nada. No te sirvió para salvar a Adam, ¿verdad?
No, pero tiene que empezar por alguna parte. Si no domina lo más básico, ¿cómo va a conseguir volver atrás? Tiene que llegar como mínimo hasta el día de la boda. Puede que tenga que retroceder incluso más para que todo cambie.
Para volver atrás en el tiempo lo que tienes que hacer es ser consciente de todo lo que ha sucedido durante el transcurso del mismo. Tienes que verlo, Nathan. Por ejemplo, aquí. ¿Lo sientes? ¿Ves todo lo que ha pasado, todo lo que se ha vivido…? Quizá en otra vida estuviste aquí también. Quizá luchaste en esta guerra, pero ya no lo recuerdas.
—Cállate, no voy a escucharte. No eres tú quien tiene el control, no…
¿No quieres aprender, Portador? Te estoy diciendo qué tienes que hacer para cambiarlo todo, tal y como quieres. Deja de pensar en el presente. Ya te lo he dicho: para manipular el tiempo, no puedes olvidar que el presente, el pasado y el futuro están hechos de la misma materia.
Nathan frunce el ceño, en tensión, pero no sabe qué responder a eso. Sigue oyendo los sonidos de la batalla, pero de pronto no le parecen los mismos. Se concentra en ellos, en cada ruido que arrastra consigo un pequeño resquicio de tiempo, aunque no sabe si viene del pasado, del presente o del futuro. Hay más gritos, más voces aparte de las de Elira y Astrey, más pasos y el sonido de armas al entrechocar.
Eso es. Lo notas, ¿verdad? Abre los ojos. Observa todo lo que podrías tener al alcance de la mano.
Aunque aprieta los dientes, no puede evitar obedecer. Está a punto de quedarse sin aliento al darse cuenta de que el mundo que lo rodea resulta un poco distinto a cómo lo veía hace tan solo unos segundos. Los estandartes y las armas caídas siguen ahí, pero también, como algo difuso y superpuesto, ve esa misma explanada llena de soldados, ve distintivos brillantes en vez de destruidos, ve el sol de un amanecer rojizo y la sangre que dejan algunos cuerpos a sus pies. La imagen fluctúa a su alrededor, como si quisiera terminar de formarse pero no pudiera, o como si solo fuera el producto de una fantasía febril. Podría extender los dedos (¿sus dedos? No lo parecen: él no lleva ninguna armadura puesta, pero ahora en sus manos reconoce unos guanteletes) y tocar esa ilusión que está a punto de difuminarse en los bordes, podría…
¿Lo ves, Nathan? Todo esto ya ha pasado antes. Ya ha habido alguien en este mismo lugar, usando mi poder, con un demonio que quería arrasar con todo… ¿Lo notas? Podrías formar parte de esa imagen. Podrías extender la mano también, podrías tomar ese tiempo y hacerlo tuyo…
Nathan levanta la mirada. A lo lejos, en lo alto de la colina, subido a lomos de un caballo, hay un jinete con una armadura hecha de ónice y rubíes, igual que la corona que luce sobre su cabeza. Es un hombre con los cabellos rubios muy largos y claros y el cuerpo esbelto y hermoso, de una belleza y una juventud imposibles. Porque lo es. No es posible mantenerse tan joven durante tanto tiempo, tan perfecto.
Al menos, no sin el Amuleto que le cuelga del cuello.
Nathan traga saliva al entender a quién está observando, aunque no debería poder verlo, como no debería poder ver nada de lo que lo rodea. No debería sentir que está ahí, porque él no había nacido cuando todo eso sucedió. No debería estar en presencia de ese hombre, porque Brynjart I de Odelia, el Inmortal, lleva más de veinte años muerto, y la batalla con la que terminó de forjar su Imperio ocurrió hace casi setenta.
Este es el poder que estás ignorando, Portador. Podrías viajar tan atrás como para evitar la caída de Yuda si quisieras. Podrías matar al Inmortal antes de que usase el Amuleto y evitar el mayor desastre de la historia de Evren. ¿Por qué limitarte a salvar a tus amigos cuando podrías salvar a tanta gente…?
«Cuidado».
Nathan escucha la advertencia dentro de su cabeza, pero no puede apartar la vista de ese mundo extraño que tiene al alcance de la mano. Su mirada se encuentra con la del Inmortal, solo un segundo, y siente la tentación de apretar los dedos alrededor de la empuñadura de la espada… No, él no tiene una espada. ¿O sí? Observa sus manos, pero le cuesta diferenciar cuál es la real y cuál es la ficticia, cuál es el pasado y cuál es el presente, le cuesta diferenciar…
«¡Nathan, cuidado!».
Nathan abre los ojos solo para encontrarse a sí mismo arrodillado, jadeante y con la sensación de que le faltan algunos segundos. No sabe en qué momento se ha tirado al suelo, pero, a su alrededor, el mundo vuelve a ser el que conoce: la explanada destruida, los demonios chillando en cada grieta de la tierra, en cada armadura vacía. Hay un dolor punzante en su cabeza y sangra por la nariz; el corazón le late demasiado rápido.
Escucha la voz del Amuleto gruñir de frustración, pero hay otra voz dentro de él que suena más fuerte:
«¿Se puede saber qué ibas a hacer?».
—Yo no… Estaba… Iba a…
«¿Qué? ¿Viajar al pasado? Eso que has visto era la batalla de Yuda, estúpido. ¿Querías volver ahí? ¿A un punto de la historia en el que ni siquiera vivías? ¿Y qué habría pasado si lo hubieras hecho?».
¿Qué tiene de malo? ¿No quieres controlar todo el poder del tiempo, Nathan Tabiz?
El Portador traga saliva, consciente de que el Amuleto se está riendo de él. Sí, quiere hacerlo, quiere controlarlo, pero…, pero el demonio tiene razón. ¿Qué habría pasado? ¿Se habría perdido para siempre en un mundo en el que todavía no existía? Ni siquiera sabía que fuera posible volver tan atrás en el tiempo, porque los pocos Portadores que han conseguido retroceder y han dejado registros de ello siempre se han movido por sus propias vidas. Si él hubiera retrocedido hasta Yuda, ¿qué habría ocurrido? ¿De quién era el cuerpo que le parecía ver? ¿De una vida pasada? Una vida en la que él no tenía el Amuleto, porque lo tenía el Inmortal. Si hubiera continuado hacia delante, ¿cómo habría conseguido volver al presente? Ha sido una trampa. El Amuleto del Tiempo le ha tendido una trampa y él ha estado a punto de caer.
No, no ha sido una trampa. Ha sido una advertencia. Una muestra de todas las maneras en las que puede condenarlo.
—¡Nathan!
El grito de Astrey pertenece al ahora, pero no lo asimila a tiempo. Ni siquiera ve llegar al demonio que lo derriba. Su espalda encuentra el suelo con un choque que le corta la respiración, pero el dolor ni siquiera puede competir con el que llega cuando unos dientes afilados y retorcidos se le clavan en el hombro. Es eso lo que termina de traerlo de vuelta, junto con el grito agónico que se le escapa de los labios.
Solo le da tiempo de ver el borrón que es Elira antes de que ella se abalance sobre la criatura. El demonio (grande, repleto de escamas, con los ojos inyectados en sangre) y la mujer ruedan juntos por el suelo y se debaten todavía un segundo más antes de que el cuerpo del ser quede atravesado por dos lanzas que vuelan en su dirección y que lo hacen desaparecer.
—Veintidós.
Nathan traga saliva y vuelve la vista hacia el espíritu que está a solo unos pasos de él. Astrey tiene las cejas enarcadas y una sonrisa burlona en la cara. Elira, desde el suelo, gruñe y se incorpora a medias sobre sus codos.
—Ese era mío.
El brujo sonríe un poco más.
—Es que parecía que iba a darte un bocado y me han podido los celos, mi reina.
Elira resopla, pero es evidente que le hace gracia. Solo un segundo después, Astrey le tiende la mano al Portador.
—¿Todo bien, chico?
Nathan está a punto de decirle que no. Está a punto de confesarle lo que acaba de pasar y admitir que está casi seguro de que lo único que ha evitado que se perdiera por completo en el pasado ha sido que su demonio ha tomado el control de su cuerpo. Quiere decirlo porque hay una parte de él que, de pronto, tiene miedo del objeto que le cuelga del cuello y de la criatura con la que ha hecho un Trato; quiere decirlo porque necesita un amigo que le asegure que está a salvo, necesita algo que lo ancle al presente.
En su lugar, responde:
—Sí. Todo bien.
Porque Elira y Astrey no son sus amigos.
Sus amigos, como bien ha dicho el Amuleto del Tiempo, están muertos.
O eso piensa.
—Si el chico sigue así, arrasará nuestro tablero él solo y ni siquiera sabrá cómo lo ha hecho. Tu peón está muy perdido, Mithra.
—¿Tú crees? A mí me parece que va por el buen camino y espero grandes cosas de él. Yo diría, de hecho, que la que está cada vez más perdida es tu santa. ¿La has visto? Parece que, en vez de salvarla, la hayas condenado.
—No la he condenado: la he bendecido con un milagro.
—«Milagro» lleva siglos siendo la palabra que utilizas cuando quieres hacer trampas. La chica debería haber muerto en las montañas.
—Ese no era su destino. A Lilith Rheiz todavía le quedan muchas cosas por hacer y, si cumple con mis expectativas, será la santa más brillante que haya existido jamás. Tan solo observa.
LILITH
Hace ya dos semanas que renació.
Lilith no tiene claro cuánto tiempo ha pasado desde que el Amuleto del Tiempo rompió las montañas fronterizas de Orlaith y ella cayó a una muerte segura, pero ha estado contando todos y cada uno de los días que ha vivido desde que volvió a abrir los ojos en las Cuevas de Santa Aiva y un celeste la nombró santa. Hasta ahora, lleva catorce días regalados, catorce días de más que su dios le ha concedido por algún motivo que ella no consigue comprender.
Catorce días que acarrean un precio y una misión.
En el Templo, dos semanas podían pasar muy rápido entre tareas, estudio y entrenamiento, entre momentos de descanso y conversaciones a media voz en el comedor. Si siguiera allí, si las cosas nunca hubieran cambiado, esas dos últimas semanas habrían estado llenas de cenas ruidosas y duelos que nunca eran a muerte. En un día como ese, en el que la primavera ya regala días cálidos, podría haber pasado la tarde en el rincón del patio en el que daba el sol, con él quedándose dormido contra su hombro y Darien leyendo en alto cada dato digno de mención que encontrase entre las páginas de una crónica histórica o algún libro de viajes.
En Arsay, en cambio, el tiempo se arrastra mientras ella no deja de caminar. Siente punzadas en las piernas y los pies le duelen dentro de unas botas que se han empezado a desgastar y le rozan por todas partes. A veces, Destino pone en su camino una corriente de agua fresca en la que hundir la piel llena de ampollas, pero la mayor parte del tiempo lo único que puede hacer es descalzarse frente a la hoguera que ella misma enciende cada noche y dejar que el celeste que la acompaña le cure las llagas. Aunque las heridas de los pies son las que menos le duelen. Esas se cerrarán con el tiempo, una vez que pueda volver a casa. Esas le permiten dormir por las noches.
Hay otras, en cambio, que no le dan tregua: los recuerdos; el sentimiento de haber fracasado; la sensación de no ser suficiente para lo que Destino quiere de ella; la certeza de que, haga lo que haga, nunca podrá vencer.
—No sé dónde encontrar al Portador —confesó poco después de renacer—. Ni siquiera sé si sigue vivo. La montaña…
—Nathan Tabiz sigue vivo —le respondió el celeste—. Pero no es a él a quien tienes que buscar, sino a la verdadera Eunomia.
La espada de Destino. La de verdad. Al parecer, la que cargó durante días y se rompió en su último duelo contra el Portador no era el arma divina con la que Santa Aiva mató a Tiempo hace mil años. Esa es una de las imágenes que no han dejado de perseguirla: recuerda a la perfección cómo ese filo que creía irrompible se quebró por completo entre sus manos. Los trozos cayeron al suelo y el metal le devolvió su reflejo, roto en mil pedazos. Y aunque ha intentado reconstruirse en los últimos días, aunque está intentando apretar las piezas entre sí en un intento de que no vuelvan a separarse, es demasiado consciente de todas sus fracturas. Se ha estado rompiendo durante el último mes, una y otra vez, y es probable que llegue un momento en el que ya no pueda volver a recomponerse.
Quizá por eso no hace muchas preguntas durante esos días, porque teme lo que puedan hacerle las respuestas. Teme preguntar qué ha sucedido con Darien, porque su parte más sensata le dice que solo un milagro podría hacer que alguien se salvase del desastre que provocó el Portador en las montañas, y Destino tan solo parece haber tenido milagros para ella, pese a lo poco que siente merecerlos. Teme preguntar por Ammarah, porque la última vez que la vio le hizo promesas que no pudo cumplir. Teme preguntar si alguien la echa de menos en Daiva, si alguien piensa en ella, porque está segura de que sabe la respuesta. Teme preguntar si de verdad puede conseguir todo para lo que está destinada. Si va a volver a soñar y por qué no lo ha hecho desde la noche en la que salió del Templo.
Así que se guarda todas esas dudas, una nueva por cada día que pasa. Esa noche, sin embargo, el silencio empieza a pesar demasiado, así que se permite hacer una pregunta que se le antoja lo suficientemente inofensiva:
—¿Tienes nombre?
El celeste que va con ella siempre la acompaña bajo la forma de una brillante lechuza en cuyos ojos parece contenerse el firmamento nocturno, pero en ese momento se transforma para volver a asemejarse a un humano y poder sentarse a su lado. Por lo general, no la molesta, no le habla a menos que sea Lilith quien inicie una conversación, aunque a ella le gustaría que lo hiciera.
—Altair —responde—. Ese es mi nombre.
—¿Por qué no me lo has dicho hasta ahora?
—Los celestes no estamos acostumbrados a lo que los humanos llamáis conversación, solo solemos responder las preguntas que otros nos hacen.
Lilith se humedece los labios antes de fijarse en él. Es un ser hermoso, de cabellos albinos y facciones indeterminadas, mucho más perfecto que las esculturas y los cuadros del Templo que trataban de representar a los de su especie. Los ojos dorados que tiene tatuados por toda la piel destellan a la luz del fuego.
Podría terminar la charla ahí. Podría no decir nada más, pero el silencio es un compañero de viaje horrible que la deja a solas con su propia voz, con sus dudas y temores. Así que, si lo que necesita Altair para hablar son preguntas, puede hacer alguna más.
—Altair —repite—. ¿Ese fue tu nombre también en tu vida anterior o te dieron otro cuando renaciste como celeste?
Altair la mira igual que siempre, con esos ojos que apenas parpadean.
—Creo que lo fue, sí, pero no lo recuerdo. Cuando desperté, a mi alrededor había un sinfín de estrellas y en mi cabeza solo estaba ese nombre, nada más.
La santa asiente. No lo dice, pero de pronto su próxima vida como celeste le resulta todavía más atractiva de lo que le había resultado jamás. Lilith lleva años sabiendo que una de las grandes promesas de Destino es la entrada en su Corte como un ser superior y eterno después de morir, pero ella no había pasado demasiado tiempo pensando en la muerte hasta las últimas semanas. Ahora, sin embargo, tiene más claro que nunca que debe esforzarse en cumplir su misión para poder llegar a esa nueva vida que siempre le han prometido.
Una vida en la que poder descansar, sin recuerdos de ningún tipo.
Una vida en la que ser solo un nombre y nada más.
Recuperar algo perdido hace tiempo es complicado, pero la manera más fácil de empezar a buscar es volver al lugar en el que estuvo por última vez.
—¿Es aquí?
Lilith observa lo que en algún momento fue una casa de la que ya solo quedan ruinas. Las paredes están medio derruidas, al tejado le faltan trozos enteros y la chimenea ha quedado reducida a una pila de piedras en un rincón de un jardín tomado por zarzas y malas hierbas. De la rama baja de un manzano cuelgan un par de cuerdas que quizá fueron parte de un columpio ya desaparecido.
Altair asiente y se adelanta entre la vegetación. Ella no duda en seguirlo, porque es fácil continuar adelante cuando son otros quienes marcan el camino.
—¿Cuándo fue la última vez que la verdadera espada estuvo aquí?
El celeste le lanza un vistazo por encima de su hombro. Es difícil descifrar sus expresiones, porque siempre la mira con la misma intensidad y habla en el mismo tono. A veces es… frustrante. Lilith no tiene ni idea de si está haciendo las cosas bien y esa manera de ser no le ofrece ni una sola pista.
—Hace doce años. Sabes bien quién fue la última persona en ver la espada, ¿verdad?
Lilith se queda quieta. Un escalofrío le sube por la espalda, aunque bajo su capa de plumas nunca llega el frío. Altair no se detiene, ajeno a su nerviosismo, y entra en la casa a través del arco donde debía de estar la puerta principal. Ella, en cambio, no puede evitar estudiar el lugar como si de pronto pudiera ver entre los escombros a una figura venida de su pasado. Una mujer con una sonrisa un poco irónica, parecida a la que más tarde heredaría su hijo. Una mujer que siempre era amable y, al mismo tiempo, parecía ausente en muchas ocasiones…
Tabitha Eliz, la anterior Portadora.
—Eso no puede ser. —Lilith se apresura a seguir al celeste y él se gira para mirarla como si no comprendiera su negativa—. Tabitha Eliz era una mujer buena, sensata y leal a Destino. Todo el mundo la idolatraba. Yo misma la vi el día que volvió al Templo con el Amuleto del Tiempo. Llevaba la espada y…
—Esa espada era la réplica que se te rompió en las manos, Santa Lilith. Ella se encargó de sustituir las armas.
No, eso es… ridículo. Tiene el breve recuerdo de una mujer morena, de pelo largo y ondulado, pasándole la mano por los rizos dorados y besándole la frente. Ser la mejor amiga de su hijo era suficiente para ganarse su cariño, para que sonriera cuando Lilith estaba cerca. Recuerda, antes de que se pusiera enferma, verla caminar por el Templo, siempre pendiente de su hijo e incluso de ella. Recuerda verla a menudo acompañada de su propia madre, que la admiraba como si fuera un icono de virtud y sacrificio. Fue ella la que le vendó la rodilla cuando Lilith se cayó desde lo alto de una de las estatuas de la basílica por hacer una apuesta con el que luego se convertiría en el Portador. Fue ella la que les enseñó una canción para recordar los nombres de todos los santos.
¿Cómo va a ser ella quien perdió a la verdadera Eunomia y la sustituyó por una réplica?
—No puede ser —insiste Lilith.
—Los celestes no podemos mentir.
La santa se estremece, pero no replica, porque sabe que es cierto. Para los celestiales, la mentira es un pecado; para los celestes, una absoluta imposibilidad, algo que incluso puede llegar a hacerles daño. Si Altair dice que Tabitha Eliz fue la última persona que vio a la verdadera Eunomia y llevó la falsificación al Templo, tiene que ser verdad.
La santa mira a su alrededor. Se encuentra en una pequeña habitación que debió de servir al mismo tiempo de cocina y sala de estar. Allí sus pasos los amortiguan las capas de hojas con las que varios otoños han decorado el suelo. Las plantas han conquistado las paredes, retorciéndose para encontrar huecos entre las piedras de los muros; los muebles tampoco han escapado a la colonización y algunos se han partido bajo el peso de la naturaleza.
Pero lo que más llama su atención es la estatua que hay en medio de la estancia: intacta, tan limpia como si la hubieran tallado allí mismo el día anterior. Altair se ha detenido delante de ella y la observa con la cabeza ladeada, como si no fuera más que otra curiosidad del paisaje. Aunque la figura parece fuera de lugar en ese entorno, resulta magnífica. Muestra a dos hombres, espalda contra espalda, como si fueran las dos caras de una misma moneda: uno es joven, con la barbilla alzada, el pelo recogido en una coleta corta, la ropa cuidada y la mano sobre la empuñadura de una espada que le cuelga del cinto. Tiene una sonrisa en los labios, la clase de expresión altiva de alguien que espera que el mundo se postre a sus pies. El otro hombre, en cambio, es más adulto: aunque no llega a ser anciano, el rostro muestra el paso del tiempo con detalladas arrugas en los bordes de los ojos y las comisuras de los labios. Él no tiene sonrisa, sino que está cabizbajo y se mira las manos como si se preguntase qué ha hecho con ellas. Lleva una capa sobre los hombros y la capucha echada sobre los cabellos cubre a medias su cara.
A simple vista no diría que las dos figuras se parecen, pero tienen que ser la misma persona: la curva de la nariz es igual, el flequillo les cae sobre la frente de la misma manera y ambos tienen una cicatriz en el dorso de la mano derecha. Hay algo inhumano en la precisión con la que se ha fabricado esa estatua. El material, por su parte, es más amarillento de lo que la muchacha pensaba en un principio, no tanto como el mármol, sino más bien…
Lilith se apresura a apartar la mano antes de llegar a tocar la mejilla del joven.
—Brujos —escupe.
A su lado, Altair asiente y a ella se le revuelve el estómago. De pronto, entiende perfectamente ante qué está: los celestiales queman a sus muertos, los necromantes los entierran y los brujos crean algo nuevo de sus cadáveres. Estatuas, joyas, objetos que atesorar o que vender. Al parecer, esa es su forma de ofrecerles sus respetos. En vida, los cuerpos son materia viva que no pueden modificar, pero las cosas cambian cuando mueren.
Es asqueroso.
—¿Es él? ¿Este es el Portador al que Tabitha mató?
—Sí.
La madera del suelo que rodea la estatua es un poco más oscura y Lilith se pregunta si esas manchas que pueden adivinarse en ella son rastros de sangre, si el cuerpo cayó en ese mismo lugar. Alguien debió de encontrarlo ahí y convertirlo en esa cosa. Supone que una persona que conoció al Portador. Alguien que debió de quererlo.
—Y lo asesinó con Eunomia.
—Así es.
—¿Y después?
—La espada debería haber vuelto al Sacro Reino con Tabitha Eliz, pero no fue así.
Volvió una copia, y Lilith tiene la certeza de que esa réplica no pudo hacerla la propia celestial. Ella no debía de saber forjar y mucho menos con la precisión necesaria para hacer una falsificación capaz de engañar durante años a toda la Hermandad.
Un brujo tuvo que ayudarla.
Sus ojos vuelven a la estatua. Durante un segundo, se plantea que la misma persona que creó ese homenaje sea la que forjó la espada. Pero eso no tendría sentido, ¿verdad? Esa persona debió de querer al antiguo Portador si creó algo tan bello para honrar su muerte, y Tabitha fue quien lo mató. Y, por otra parte, ¿por qué un brujo y una celestial colaborarían para hacer algo así?
—¿Qué más sabes? La espada… ¿Qué ocurrió con ella? ¿Se la robaron? No pudo desaparecer sin más. Tiene que seguir en este mundo, si no, Destino nunca me habría encomendado encontrarla.
—Hay respuestas que solo conocen los dioses, Santa Lilith. Mi conocimiento sobre el asunto acaba aquí, pues nadie me ha otorgado más información. —El celeste la está mirando y a Lilith le da la impresión de que lo hace con todos sus ojos a la vez—. Solo soy tu celeste: me asignaron tu alma cuando decidiste consagrarte a Destino y, desde entonces, un vínculo indivisible me une a ti. Puedo ver tu pasado, tu presente y retazos de tu futuro, todo entremezclado como si fuera la misma cosa. Pero desconozco qué hizo Tabitha Eliz cuando venció al Portador, del mismo modo que no puedo saber dónde está la espada. Tu misión es seguir la pista de Eunomia y encontrarla; la mía es ayudarte a conseguirlo. Sin embargo, mis intervenciones están más limitadas de lo que crees: eres tú quien debe demostrar ser digna de los milagros de nuestro dios.
A Lilith le falta el aire, aunque el techo medio derruido le permite ver el cielo. Siente la presión como un nudo en el pecho que le dificulta respirar, pero está segura de que fallará en todo lo que se espera de ella si lo deja ver, así que aprieta los labios y asiente.
—¿Quién puede saber esto?
—Eso es decisión tuya. Nadie te juzgará por elegir a tus aliados.
Sabe cómo afectará toda esa información a los miembros de la Hermandad Celestial. Sabe lo que será para ellos ir a la capilla y no ver a Eunomia junto a la estatua de Santa Aiva. Pero, sobre todo, sabe cómo afectará a su madre. Tabitha y ella se criaron juntas, igual que lo harían más tarde sus hijos. Fue la Suma Celestial, de hecho, quien pronunció por primera vez el título de santa delante del nombre de Tabitha, mientras la incineraban.
—No sé qué hacer.
—No tienes que decidirlo ahora.
Sí, sí tiene que hacerlo. No puede quedarse quieta, o se sentirá estúpida e inútil e indigna.
El rastro de la espada acaba ahí, así que el siguiente paso lógico sería volver a Daiva, donde quizá encuentre alguna información útil sobre Tabitha Eliz. Y, al mismo tiempo, no sabe si está preparada para eso. No sabe si puede presentarse de nuevo delante de todo el mundo (de la reina, de la Suma Celestial) y pronunciar las palabras que se ha dicho tantas veces durante las dos últimas semanas: «He fracasado».
Al margen de que tenga otra misión, eso es lo que ha pasado: no ha matado al Portador, como dijo que haría. Su primo fue con ella, pero ahora vuelve sin él.
Lilith sale de la casa, aunque se detiene cuando apenas ha dado tres pasos fuera del lugar. Escucha que Altair la sigue, pero ella solo tiene ojos para todos los caminos que se adivinan entre los árboles. Toma aire. Podría orientarse en ese bosque sin ningún tipo de mapa, volver a casa leyendo el musgo en los troncos y las piedras, el movimiento del sol y la posición de las estrellas. Pero el problema no es seguir una dirección, sino decidir qué camino le conviene y cuál de todos complacerá más a Destino.
Aprieta los puños. Cuando se gira de nuevo hacia el celeste, Altair parece estar esperándola.
—Has dicho que puedes ver mi pasado, mi presente y retazos de mi futuro —suelta, casi sin aliento—. Entonces, ¿puedes saber si lo consigo? En lo que puedes ver, ¿llego a encontrar a Eunomia y la empuño? ¿Voy a lograr todo aquello que Destino espera de mí?
La criatura se fija en ella con más atención que nunca. Las estrellas de sus pupilas titilan, se mueven y crecen, hasta encender su mirada y dejarla casi completamente blanca. Lilith siente la tentación de retroceder un paso cuando todos los ojos dorados que se esconden en la piel de la criatura se convierten en ojos de verdad que se mueven para observarla.
—Sí. —La voz de Altair no suena como siempre. Es profunda y grave, delicada y aguda, es una y son cientas a la vez, un coro dentro de un único ser—. Veo a la verdadera Eunomia en tus manos, manchada con la sangre de un sacrificio. Te veo enfrentándote al caos que acecha las murallas del Sacro Reino. Veo el fin de un imperio y el nacimiento de otro y la muerte del tiempo gracias a ti. Vencerás, Santa Lilith. Estás destinada a ello.
La luz del cuerpo de Altair se apaga cuando las estrellas de su mirada vuelven a la normalidad. Los ojos dorados se convierten de nuevo en tatuajes y, si Lilith no supiera lo que ha visto y escuchado, pensaría que todo ha sido un sueño o una pesadilla. Cada palabra pronunciada se le enreda alrededor del cuerpo como una cadena de espinas y hace que el nudo del pecho se apriete más y más.
Pero está bien. Aunque no entiende todo lo que se esconde tras esas palabras, tiene justo la respuesta que estaba buscando: va a vencer. Si no se aleja del camino, se convertirá en lo que su dios quiere de ella.
Y eso es todo lo que necesita.
Lilith respira hondo y toma su primera decisión:
—Volvamos a Daiva.
—Tus bendiciones cada día parecen más una condena, Xandre. Lo que me sorprende es que tus celestiales no se hayan dado cuenta de ello todavía.
—Mis celestiales encuentran paz en sus propósitos, en el orden que ofrecen los caminos preestablecidos. Pero tú, por supuesto, no puedes entenderlo.
—También has perdido la confianza de muchos de tus seguidores por culpa de tu manera de diseñar sus caminos. Quizá no pierdas la de tu santa porque la muchacha necesita señales que la guíen, pero hay otros que empiezan a dudar.
—¿Te refieres al sensible?
—Por supuesto.
—¿Crees que me importa su posible traición? No, estoy habituado a ella. Y créeme, si termina dándome la espalda por completo, será él quien más lo lamente.
DARIEN
Antes de ser un prisionero, Darien ya sabía lo que era sentirse encerrado.
Aunque en Daiva no tenía por qué limitarse a estar en el Templo y tenía permitido salir a la ciudad, no lo hacía porque la gente le abrumaba; aunque las murallas jamás le parecieron los barrotes de una jaula, sino un método de defensa ante un mundo lleno de monstruos y problemas, nunca se atrevía a comprobar lo que el exterior podía ofrecerle. A su alrededor no había guardias que le impidieran hacer una cosa u otra, pero no los necesitaba, porque él era, al final, quien más obstáculos se ponía a sí mismo. Más que las normas de la Hermandad. Más, incluso, que las expectativas que otros volcaban sobre él. Por eso se quedaba siempre a dos pasos de los demás. Por eso una parte de él terminó negándose a acercarse a cualquier otra persona que no fuesen Adam, Lilith o Nathan.
En Daiva había llamado a eso «seguridad». Le había parecido un refugio, algo bueno que buscar. Los riesgos no le hacían ningún bien. Los riesgos solían acabar con él robando recuerdos que no le pertenecían y haciendo sentir a alguien incómodo o dolido.
En Odelia, sin embargo, empieza a entender que no todas las celdas tienen barrotes o cerrojos. Allí le dan un cuarto digno de un príncipe y nuevas prendas de ropa. Allí lo alimentan varias veces al día y no hay guardias vigilando cada uno de sus movimientos. La llave de su habitación ni siquiera está echada nunca, de tal manera que puede salir de ella cuando se le antoje.
Pero todo eso es solo una trampa.
Lo cierto es que el palacio de Damira es una cárcel que da una falsa sensación de libertad al mismo tiempo que te la arrebata por completo. Durante las dos semanas que lleva ahí, Darien ha tenido tiempo para comprender que, pese a que le dejan caminar todo lo que quiera por los pasillos del palacio, no va a poder escapar solo de ese lugar por mucho que lo intente. Sí, tiene permiso para internarse en los corredores, pero estos siempre acaban llevándolo de vuelta a su cuarto, tan vivos como la ciudad de Damira, cambiante y traicionera. Sí, tiene permiso para coger los libros que quiera de la biblioteca, pero es incapaz de concentrarse en ellos más allá de unos minutos, porque son un pobre sustituto de la realidad a la que no tiene acceso. No sabe nada del mundo que hay más allá de su habitación. No sabe si su prima realmente murió en las montañas ni qué ha sido de Nathan, no sabe si alguien tiene constancia de que él está allí o si les importa siquiera. Y es desesperante.
Darien tampoco es ajeno a la sensación de soledad, la ha llevado bajo la piel desde los doce años, pero los últimos días han conseguido que eso sea lo único que pueda notar a su alrededor. Camina tras él cada vez que recorre los pasillos en un intento de encontrar la salida de ese laberinto en el que no pidió entrar y se agarra a sus piernas cada vez que le cuesta respirar por las ganas de estar en cualquier otro lugar, incluso perdido en las calles de esa ciudad reclamada por Caos que se ve al otro lado de las ventanas. La soledad suele dormir acurrucada sobre su pecho, mientras él mira a un techo que cada noche le resulta más y más estrecho.
A veces se mueve por el palacio simplemente para huir de ella, para evitar que lo atrape.
Como ahora.
Darien apura el paso, como si sintiera a alguien persiguiéndolo de verdad, y gira una esquina. Si no se choca con quien viene de frente es solo porque tiene buenos reflejos, producto de toda una vida evitando a otras personas. Logra detenerse a tiempo y dar un par de pasos hacia atrás para mantener las distancias.
Al principio cree que será uno de los guardias imperiales que suelen custodiar los pasillos, pero cuando levanta la vista comprueba que es mucho peor.
Caleb lo mira con las cejas enarcadas y debe de preguntarse por qué está casi jadeando, quizá incluso por qué su pulso va a la carrera. A Darien no se le escapa la forma en la que esos ojos claros miran por encima de su hombro, como si esperase ver a alguien intentando cazarlo en el pasillo. Pero tras él no hay nada ni nadie. La soledad de la que huye tiene que estar esperándolo de nuevo en su habitación.
—¿Todo bien, celestial?
Darien siente la tentación de gruñirle que no, que nada está bien desde que le robó el medallón y lo convirtió en el prisionero de la emperatriz de Odelia.
—Todo bien —miente en cambio.
Cuando pasa por su lado, lo hace dejando el suficiente espacio como para evitar tocarlo.
—¿Otra vez intentando escapar?
El celestial resopla, pero continúa andando.
—No.
—¿Eso ha sido una mentira? Parece que este lugar empieza a corromperte.
Eso sí que consigue que se detenga. Aunque no ha habido un solo cambio en su voz, Darien sabe que esa es una provocación. A veces le da la impresión de que le gusta hacer eso: provocarlo, hacerle enfadar con el único objetivo de que le responda, de que reaccione. Y él no lo entiende, porque está seguro de que todo sería más fácil para los dos si no se dirigieran la palabra. Los primeros días, de hecho, él lo intentó: cada vez que Caleb le llevaba la comida a su cuarto (porque, por supuesto, es él quien se encarga de vigilarlo), él trataba de ignorarlo. Se hizo el dormido cada mañana; fingió no escucharlo, de espaldas a la puerta, cada vez que entraba en el dormitorio. Estaba furioso y triste, y lleno de ansiedad por el encierro, y no quería hablar, ni con él ni con nadie.
El primer día funcionó. El segundo, sin embargo, Caleb aprovechó una de sus visitas para lanzarle un comentario afilado sobre la pasividad de los celestiales. Ni siquiera le importó que él no respondiese: al siguiente, volvió a hacer otro apunte innecesario y dañino. Y al siguiente. Y al siguiente. Hasta que un día la paciencia de Darien se agotó. Se puso en pie y le dijo que lo odiaba, que ver sus recuerdos iba a ser lo último que hiciese en su vida si de él dependía. Gritó. Quiso tocarlo y sacar a flote sus memorias más dolorosas otra vez. Y, aunque jamás va a confesarlo en voz alta…, fue liberador. Porque el enfado lo apartó un poco de las garras de la soledad. Porque levantarle la voz, intentar herirlo, aunque fuera solo con palabras, era mejor que ahogarse en el silencio y la tristeza.
Cuando se gira para encararlo, Caleb parece estar esperando justo eso: la ira, los gritos, la reacción.
—No estoy mintiendo: no puede decirse que estoy tratando de escapar si ya sé de antemano que, vaya a donde vaya, no servirá de nada —replica—. Siento informarte de que los celestiales necesitamos algo más que unos días de encierro y ropa negra para corrompernos.
El necromante se encoge de hombros.
—Es un alivio: para mí sería un problema que enfadaras a tu dios y te quitase tu poder.
—Oh, no te preocupes: mi don sigue tan intacto como mi decisión de no usarlo contigo, necromante.
—Tu devoción es admirable, celestial. Tu amigo el Portador podría haberla aprendido de ti, pero creo que él está más dispuesto a alejarse del camino de vuestro dios todo lo posible.
Aunque estaba preparándose para una nueva réplica, esas palabras consiguen dejarle la mente en blanco. Lleva días sin tener noticias de Nathan, así que el simple hecho de que ese chico lo mencione es suficiente para que se sienta golpeado y atado al suelo de repente.
—¿Qué quieres decir?
—Ha vuelto a utilizar el Amuleto. —Caleb suelta la información como si no significara nada para él, pero es obvio que está analizando su reacción—. Aunque lo más interesante es dónde lo ha estado haciendo.
Darien aprieta los labios. Espera que le diga que ha sido cerca de Daiva, que Nathan ha ido a buscar los restos de Adam a la Fosa de los Infieles para traer a su primo de vuelta. Espera, incluso, que le diga que lo ha usado en las montañas, que encontró el cuerpo de Lilith y…
—El Portador ha estado ya varias veces en la explanada de Yuda, las suficientes para que algunos brujos de las zonas colindantes se hayan dado cuenta. —Caleb se encoge de hombros cuando ve cómo le cambia la cara—. Algunos miembros de la Guardia Imperial se acercaron al lugar, pero cuando llegaron el único rastro que quedaba del Portador era una explanada incluso más infestada de demonios de lo habitual. Aun así, es un lugar curioso para utilizar el Amuleto, ¿no te parece? Nadie se mete en un nido de demonios si no pretende sacar algo de él.
Darien comprende de inmediato lo que está sugiriendo: Nathan podría haber hecho un Trato, podría haberse convertido en brujo. Pero no, nunca lo haría. Una cosa es utilizar el Amuleto del Tiempo en un momento de desesperación, y otra, hacer pactos con seres nacidos del caos que te devoran poco a poco el cuerpo y el espíritu. No, Nathan no…
O quizá sí, después de todo. Cada vez que piensa en Nathan, sigue imaginando al niño con el que creció, el que siempre sonreía como si estuviera planeando alguna travesura y cuya lengua afilada lo metía en problemas a todas horas. Para él, Nathan sigue siendo el chico que a veces veía moverse alrededor de Adam, atraído por su primo como si fuera una luz brillante. Ese Nathan podía llevar el Amuleto al cuello, porque era su responsabilidad, pero nunca lo habría usado.
El Nathan que él conoció ya apenas existe, lo ha comprobado varias veces en los últimos tiempos. Y aun así…
—El… El brujo que lo acompañaba en las montañas. Él tiene que ser el culpable. Le… Le tiene que estar engañando…
Los ojos claros del necromante se enfrían un poco más, como cada vez que algo le recuerda a esa persona de su pasado. Nombrarla parece ser lo único que siempre consigue alterar esa calma frustrante que muestra habitualmente.
—No me verás defender a Astrey jamás, celestial, pero dudo que ni siquiera él pueda arrastrar a alguien a Yuda en contra de su voluntad —replica, con la voz helada—. De todos modos, deberías alegrarte: la emperatriz considera que quizá se sienta más inclinado a ayudarnos si es uno de los suyos. Tú lo conoces mejor: ¿qué opinas?
Darien resopla.
—Nathan no es uno de los suyos, pero, aunque lo fuese, no ayudará a la emperatriz.
—¿Ni siquiera cuando sepa que tú estás aquí?
—Ya os lo he dicho: tenerme aquí no os servirá de nada.
—Supongo que ya lo veremos. —Caleb se acerca un paso hacia él, dos, y Darien levanta la barbilla para poder seguir mirándolo de frente—. Pero yo creo que debería venir por las buenas mientras tenga oportunidad.
—¿O qué? ¿Iréis a buscarlo vosotros mismos, como cuando asaltasteis la basílica? Fallasteis. Después, tú mismo lo seguiste hasta las montañas y tampoco pudiste hacer nada. No sé si Nathan tiene un demonio dentro o no, pero sí sé que tiene el Amuleto del Tiempo, y estoy seguro de que ni siquiera tu cuerpo podría resistir si lo usase contra ti.
Caleb ladea la cabeza. Darien odia que su tranquilidad haya vuelto. Odia que él sepa qué palabras usar para ponerlo de los nervios pero no ser capaz de hacer lo mismo.
—¿Eso te gustaría, celestial? ¿Que el Portador acabase conmigo?
—Sí.
La palabra le sabe amarga en la boca en cuanto la pronuncia, pero el necromante no se muestra afectado por la respuesta. El siguiente silencio, la siguiente batalla entre sus miradas, se alarga hasta tres segundos.
—Esa sí que ha sido una mentira —concluye Caleb.
Darien aprieta los puños. Le gustaría que no tuviera razón.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? Si Nathan acabase contigo, yo sería libre.
—Si acabase conmigo, quizá recuperarías tu alma, pero tu libertad seguiría dependiendo de la emperatriz… y no creo que ella accediese a soltarte así como así. Pero, más allá de eso, sé que no me deseas la muerte, celestial, a pesar de que sería lo más lógico. —Caleb lo observa como si algo en él fuera profundamente incomprensible—. Supongo que en vuestro reino sagrado no os enseñan que la compasión puede ser una gran virtud o un terrible defecto.
Él resopla.
—La compasión siempre es una virtud. Y tú, aunque finjas ser de hielo, también la sientes.
—No diría que esté siendo muy compasivo contigo. Te he robado la voluntad y te he entregado a los enemigos de tu reino, ¿recuerdas?
—Y, aun así, no has vuelto a darme ni una sola orden desde hace semanas, sino que sigues insistiendo en que sea yo quien decida cuándo ver tus recuerdos.
Caleb entrecierra los ojos y Darien decide tomarse como una victoria que en esa ocasión no tenga otra respuesta rápida preparada. Al menos, hasta que ve cómo sus dedos se alzan y todo el cuerpo se le pone en tensión. Es repentinamente consciente de lo cerca que están, de que Caleb podría tocarlo en ese momento sin necesidad de órdenes y forzarlo a ver algo.
Pero no lo hace. Su mano tan solo se aferra al medallón que lleva colgado del cuello y eso es casi peor. En cuanto roza la pieza de oro, Darien vuelve a sentir ese familiar estremecimiento que le sube por la columna.
—Tienes razón, pero quizá mi paciencia tenga un límite. —La voz del necromante es una advertencia, algo grave y quedo que grita peligro—. Tal vez debería dejar de lado esa compasión que dices que siento, dado que hace dos semanas que evitas tocarme.
El celestial traga saliva, pero se obliga a no apartar la mirada.
—No vas a hacerlo.
—¿Me estás retando?
—No, pero, del mismo modo que tú sabes que yo no te deseo la muerte, yo sé que tú no deseas darme órdenes.
Caleb no responde. Tan solo lo observa, sin dejar de acariciar el ojo de Destino del medallón con el pulgar. Lo siente, igual que siente la tensión que se enreda entre ellos. Quizá está tentando demasiado a su suerte. Quizá está demasiado cerca de rebasar un límite y está a punto de pagar por ello; quizá es cierto que ese chico no puede sentir ningún tipo de compasión y que ha empezado a agotar su paciencia después de esos días manteniendo todas las distancias posibles con él.
Darien se fija en cómo Caleb se humedece los labios y el corazón se le sube hasta la garganta. El necromante abre la boca y…
—¡¡Te encontré!!
El celestial se sobresalta y se vuelve. Siente el pulso disparado, aunque no sabe si es por el susto que le provoca escuchar otra voz o por las amenazas de su captor. Apenas entiende qué ha pasado hasta que reconoce a la muchacha menuda y escandalosa que se acerca a ellos a la carrera. Su vestido rojo y negro repleto de escamas la hace parecer un demonio surgido de las sombras y listo para atacar, pero a esas alturas Darien ya ha aprendido que esa chica solo es humana.
Ishtar Brynsen de Odelia, la última descendiente del Inmortal.
En los últimos días, se ha cruzado con ella en varias ocasiones y ha llegado a la conclusión de que la princesa imperial no es peligrosa, quizá porque ni siquiera es una bruja como tal. Aun así, tiene suficiente tiempo libre para perseguirlo por los pasillos cada vez que él se atreve a salir de su cuarto para buscar una salida, como si sus intentos de huida fueran un juego especialmente divertido.
—¡Cada vez se te da mejor esto, santito! —exclama. Tiene una gran sonrisa en la cara y la respiración un poco truncada—. Creo que al fin te estás acostumbrando a los pasillos. ¿Cuánto hemos tardado hoy en encontrarlo, Derek?
—Quince minutos.
Darien se gira de nuevo, solo para ver a dos necromantes en lugar de uno frente a él. Caleb mira de reojo al chico que ahora apoya un brazo en uno de sus hombros, uno de los compañeros junto a los que asaltó la basílica de Daiva. Darien no sabe mucho de él más allá de que siempre está cerca de la princesa y que no tiene sentido que parezca llevarse tan bien con alguien como Caleb, porque no podrían ser más diferentes: mientras que Caleb es tranquilo y poco expresivo, Derek siempre parece tener una sonrisa socarrona en la boca y muchas ganas de molestar. La mitad de su cara está llena de tatuajes con forma de enredaderas, los cuales deja al descubierto con orgullo al llevar el pelo largo y negro semirrecogido en un moño alto.
—¿Te acuerdas cuando no tardábamos ni cinco? —se ríe la princesa.
La muchacha se detiene demasiado cerca de Darien para su gusto. Por lo general, en el Templo, la gente guardaba las distancias a su alrededor. En el palacio de Odelia, sin embargo, nadie parece entender lo que significa su don o lo que puede llegar a hacer. Nadie le tiene miedo, y, aunque ese debería ser un cambio agradable, en realidad resulta un poco frustrante.
—Ya os he dicho que el celestial es un prisionero, no un ratón que cazar por todo el palacio —interviene Caleb—. Y tú no deberías correr por los pasillos.
La advertencia hacia la princesa está teñida de una preocupación velada que Darien ya ha visto antes durante las últimas semanas. En esa actitud también ha vislumbrado algunos retazos de la compasión de ese muchacho, por mucho que el necromante quiera fingir no tenerla y por mucho que a él le gustaría que no la tuviese.
Ishtar de Odelia esboza una sonrisa maliciosa.
—También es mi prisionero y, como tal, puedo hacer con él lo que me plazca. ¿O es que solo quieres cazarlo tú?
—Yo considero que él hace trampas, si puede sentirlo a través del medallón —protesta Derek—. Si nos lo prestaras un día…
Darien se pone en tensión en cuanto la mano del necromante se extiende hacia el ojo de oro que cuelga del cuello de su captor, pero Caleb se la aparta de un golpe seco antes de que pueda llegar siquiera a rozarlo.
—Como ya he dicho, no es un juego.
El celestial desearía no sentir alivio por su reacción o por la mirada de advertencia que Caleb lanza hacia su amigo. De forma casi inconsciente, aferra el medallón vacío que cuelga de su propio cuello y se recuerda que debería estar enfadado, ya no solo por el encierro, sino por haberse convertido en poco más que un muñeco de la hija de la emperatriz. No tiene por qué aguantar esa situación, así que se niega a decir nada más antes de ponerse en marcha para volver a su cuarto. Allí, al menos, no es ningún ratón, ninguna presa, ningún juguete; allí no están ninguna de esas personas y la soledad puede seguir alimentándose de él.
Darien esquiva a la princesa y enfila el pasillo por el que ha venido. Con suerte, un par de giros en las esquinas adecuadas lo llevarán de vuelta a su dormitorio.
—¿Te has enfadado, santito? —La voz de la muchacha lo sigue, igual que sus pasos, que se apresuran cuando él mismo empieza a ir un poco más rápido—. Venga, solo estamos intentando que tu estancia sea más…
El ataque de tos llega sin previo aviso y Darien se detiene por acto reflejo al escucharlo.
La princesa imperial está enferma. Eso es algo que ya había descubierto en los recuerdos de Caleb, pero en las últimas semanas también ha podido comprobarlo por sí mismo. No sabe qué le pasa exactamente, porque no ha querido preguntar, pero resulta evidente que lo que la mantenía encamada hace años, cuando Caleb y los suyos aceptaron trabajar para ella por primera vez, no ha mejorado. En los últimos días, ha presenciado varios arranques de tos que parecían complicados e incluso la ha visto desfallecer en una ocasión. Siempre que algo así ocurre, sin embargo, Caleb y Derek están cerca, como ahora, o aparecen rápido. Derek se apresura a ponerse a su lado y a pasarle una mano por la espalda mientras le susurra algo; Caleb se mantiene unos pasos más atrás. Darien reconoce la preocupación en la forma en la que este último entrecierra los ojos, en la manera en la que tensa los dedos de la mano izquierda.
El arranque resulta no ser grave en esta ocasión. La princesa alza un brazo, como si quisiera avisar de que está bien, aunque todavía sigue tosiendo un momento más. La escucha tomar aire por la nariz y, después, se endereza. El celestial se da cuenta de cómo le tiemblan los dedos con los que se ha tapado la boca y de la pequeña mancha oscura que queda en su falda cuando se la limpia contra la tela.
—Perdón. —Aunque la muchacha trata de hacer como si no hubiera pasado nada, está más pálida y es obvio que agradece que Derek la ayude a mantenerse erguida—. ¿Qué decíamos…?
Los hombros de Caleb se destensan solo entonces. Incluso Darien, a su pesar, deja escapar un suspiro de alivio.
—Que no debes correr por los pasillos —repite el necromante. Sus ojos caen sobre su compañero—. Ve con ella, yo me encargo de que el celestial vuelva a su habitación.
Derek asiente antes de ponerle una mano en la espalda a la princesa para instarla a acompañarlo y dejar que se apoye en él si lo necesita.
—Siempre me pregunto por qué no le da una orden. —Aunque el otro necromante y la muchacha empiezan a alejarse, Derek habla lo suficientemente alto como para que puedan seguir escuchándolo—. Sería mucho más fácil decirle «te ordeno que vuelvas a tu habitación» que tomarse la molestia de acompañarlo hasta allí.
—Ya te lo he dicho: quiere ser el único que lo cace.
Darien siente que se le colorean las mejillas de rabia y vergüenza, pero Caleb solo pone los ojos en blanco mientras los otros dos desaparecen al girar una esquina.
—Vamos —dice, antes de echar a andar.
El celestial resopla antes de seguirlo, porque de todos modos no hay mucho más que pueda hacer. Aun así, no camina a su lado, sino que se queda un par de pasos por detrás de él, con la mirada fija en su espalda. El silencio los acompaña durante unos pasos, mientras la pregunta que lleva días queriendo pronunciar se le enreda en la lengua.
—¿Qué ocurre?
Darien da un respingo cuando Caleb gira la cabeza para mirarlo.
—No ocurre nada.
—Claro que sí. Hay algo que quieres decir, ¿no?
No entiende cómo puede saberlo. No entiende cómo puede entender sus silencios tan bien, cuando a él le cuesta tanto interpretar los suyos.
—Habla —insiste el necromante.
—La princesa imperial… Lleva años enferma, ¿verdad? ¿Se…? ¿Se va a recuperar?
Caleb se detiene, con las cejas alzadas de nuevo en esa expresión de incredulidad o incomprensión, como si acabara de hacer una pregunta ridícula o fuera de lugar. Darien se apresura a apartar la vista hacia el suelo, avergonzado. Sabe que ambos están pensando lo mismo: que no debería hacer esa pregunta, que no debería preocuparse en absoluto por sus enemigos. Si Ishtar de Odelia tiene una enfermedad crónica o no, no es su problema. Si esa chica se muere mañana mismo, no es su problema.
Tras unos instantes, el necromante suspira antes de volver a retomar la marcha. Es lo más parecido a una rendición que Darien le ha escuchado jamás.
—Lo estamos intentando.
Darien hace un mohín, porque esa respuesta no es muy prometedora. Una parte de él quiere investigar más; otra, la que ha servido a Destino durante toda su vida, no sabe si debe.
—¿Por eso vives en el palacio? ¿Porque intentas ayudarla?
—Podría decirse que sí.
Darien aprieta los labios, pero se apresura a ponerse a su altura para caminar a su lado y poder estudiar su rostro. Caleb no trata de evitarlo y lo mira de reojo.
—¿Por qué me persigue todos los días? Ni siquiera debe de hacerle ningún bien, ¿no? ¿Le divierte jugar conmigo?
El necromante se humedece los labios, como si tuviera que reflexionar bien esa pregunta.
—Probablemente le resultes muy entretenido, sí. —Darien frunce el ceño, pero entonces Caleb se encoge de hombros—. Creo que en realidad solo quiere acercarse a ti. Aunque tú llevas dos semanas encerrado aquí, celestial, Ishtar lleva veintidós años. Ha estado enferma casi desde que nació y la emperatriz es… estricta con su protección, así que no le permite salir más allá de los jardines. Solo ha podido visitar su propia ciudad en algunas ocasiones excepcionales, pero el resto de Evren es un misterio para ella. Lo único que sabe de los celestiales es lo que ha podido leer en los libros o lo que le hayan contado sus maestros: tú eres el primero de los tuyos con el que ha hablado jamás.
No sabe cómo tomarse eso. Por un lado, lo hace sonar mucho más importante de lo que él se siente. Por otro, puede entenderla más de lo que le gustaría. ¿Cuántas veces quiso él conocer más del mundo? Puede que incluso sintiera un poco de curiosidad por los brujos, por eso no ha dejado de leer sobre ellos desde que está aquí y por eso tampoco pudo dejar de mirar a todos lados cuando llegaron a la ciudad, porque le pareció un poco… fascinante.
Aunque en el Templo considerarían esa confesión una prueba de que está a punto de desviarse del camino correcto.
El celestial aparta la mirada de nuevo hacia sus pies.
—Si quiere saber algo, solo tiene que preguntar —murmura.
—Se lo diré.
El silencio que llega entonces es distinto. No pesa, no está lleno de esa tensión que siempre los rodea. Eso es quizá lo que más le cuesta asimilar: todos los momentos en los que hablan como si pudieran llegar a entenderse. Odia la sensación, porque le resulta contradictoria y compleja. Le gustaría ser capaz de ver en el necromante solo a un captor, a una pesadilla, a alguien a quien despreciar con todas sus fuerzas y a quien podría desearle la muerte. Sin embargo, siempre que parece que va a conseguirlo, hay algo que los acerca de nuevo, como si fueran elementos de la naturaleza completamente contrarios pero obligados a coexistir.
Caleb se detiene y Darien mira a su alrededor para comprobar que en apenas un par de minutos ha deshecho un camino que él habría tardado una buena media hora en recorrer. Siente ganas de gruñir, frustrado, pero se limita a abrir la puerta ante la que se han parado. Al otro lado está el cuarto que tan bien empieza a conocer: la cama está hecha, alguien se ha llevado la bandeja con los restos de su desayuno y los libros que ha dejado sobre el asiento junto a la ventana forman una torre perfecta.
Aunque va a entrar, se detiene un segundo. Sus dedos se aprietan un poco más sobre el pomo de la puerta.
—Creo que Derek tiene razón —dice.
—Sería la primera vez. ¿En qué, exactamente?
—En que podrías haberme dado una orden para que volviese yo solo. En realidad, podrías prohibirme salir de mi cuarto y yo tendría que obedecer; podrías obligarme a hacer cualquier cosa que quisieras. —Cuando gira la cabeza para observarlo, Caleb le sostiene la mirada con esa expresión que es tan difícil de leer y que, sin embargo, ya empieza a ser demasiado familiar—. Pero nunca lo haces.
No espera ninguna respuesta por su parte. La puerta se cierra a sus espaldas y Darien se apoya contra ella. Tarda todavía un par de segundos en escuchar los pasos de Caleb alejándose por el pasillo y, cuando ya no los siente, suspira.
La soledad se desliza por la pared y vuelve a posarse sobre sus hombros.
—¿Cuántas de nuestras piezas crees que van a llegar al final del juego?
—Ninguna de las tuyas, si puedo evitarlo.
II
TIEMPOS PASADOS
NATHAN
Denna está harta de él.
A Nathan le gustaría que fuera una suposición más que un hecho, pero la necromante se lo confirma mientras le palpa el hombro herido:
—Estoy harta de ti, Nathan Tabiz. ¿Cuántas veces más voy a tener que remendarte?
Él abre la boca para responder, pero la sensación de un cúmulo de gusanos siendo extendido por su piel y reptando por sus heridas abiertas hace que solo pueda emitir un gruñido de incomodidad. Aunque a esas alturas ya debería estar acostumbrado a los métodos de sanación de la necromante, le resulta igual de asqueroso que la primera vez.
—Yo creo que le gustas, Denna —interviene Astrey, desde la mesa llena de plantas en la que se ha sentado, con su sonrisa gigante y llena de burla bien presente en su boca—. Pero, como ahora ya no tiene la excusa de estar ciego para venir a hablar contigo, tiene que hacerse daño. ¿No te parece romántico?
Nathan le gruñe también a él, mientras que Denna opta por ignorarlo sin más. La risa del espíritu se mezcla con el silbido con el que la necromante pone en marcha su magia y el Portador aprieta los labios, en tensión, mientras la energía vital de los insectos se le mete dentro y empieza a cerrarle la herida. Al menos esa sensación sí es agradable, cálida y reconfortante, aunque signifique que hay bichos muriendo dentro de su propia piel.
Denna tiene razón: no es la primera ni la segunda vez que Nathan visita la enfermería desde que vive en el refugio. Los primeros días habituándose a los poderes de su demonio fueron complicados y terminó lleno de magulladuras por (según Elira) querer hacer demasiadas cosas demasiado rápido y (según Astrey) pasarse de listo. Ahora, recién llegado del entrenamiento en Yuda, vuelve a ser el único que ha resultado herido de cierta gravedad.
—Se supone que tenía un par de guardianes para cubrirme las espaldas, no es mi culpa si no han hecho su trabajo.
—¿Cómo puedes ser tan desagradecido? —protesta Astrey—. Habríamos hecho nuestro trabajo si tú te hubieras quedado quietecito en un único lugar, como te dijimos que hicieras. Pero no, tuviste que empezar a moverte.
—¡No fui yo! Ya os he dicho que el demonio tomó el control.
—Lo cual es peor. —Elira se ha apoyado contra una de las estanterías llenas de pócimas y lo observa con los brazos cruzados sobre el pecho y la expresión estricta que pone cuando le hace una pregunta y él da una respuesta errónea—. Pensaba que lo tenías dominado.
«Oh, me tiene dominado. Lo que no tiene tan dominado es no dejar que el Amuleto del Tiempo le provoque, ¿verdad, Nathan? ¿Vas a decírselo o no?».
Él aprieta las manos sobre sus piernas y decide ignorar la voz que tiene dentro.
—Si ni siquiera puedes controlar a un demonio, es imposible que controles el Amuleto —farfulla Denna, cuando termina la canción.
Denna, además de una magnífica necromante, es la persona más contraria a la idea de que aprenda a usar el Amuleto que hay en el refugio y no duda en utilizar cada mínima oportunidad para dejarlo claro. Aunque no lo rechaza ni lo teme del mismo modo en que lo hacían en Daiva, considera que su poder no puede traer nada bueno y no para de repetir que Elira no debería involucrarse con ese tipo de magia. Astrey, por supuesto, piensa justo lo contrario, mientras que la princesa de Orlaith parece hacer caso a uno u otro dependiendo de la situación. En su opinión, es positivo que Nathan aprenda, que entienda todo lo que pueda sobre el objeto que ha heredado, porque el conocimiento es poder y no tenerlo lo hará todavía más vulnerable.
Solo Astrey sabe para qué necesita dominar por completo su poder.
—Controlo a mi demonio. Y empiezo a controlar el Amuleto. Al menos, lo entiendo más que antes, pero…
Calla. Hay tres días de viaje a caballo entre Yuda y el refugio de Los Elires en las montañas, y Nathan se ha preguntado durante todos ellos si debería hablar o no sobre lo que estuvo a punto de suceder en la explanada. Una parte de él teme que esas personas lo consideren un peligro en cuanto lo sepan, pero también es consciente de que no puede ignorar lo que vio, lo que sintió.
Al menos ya no escucha la voz del Amuleto intentando provocarlo para que vuelva a probar la sensación de ir tan atrás, de descubrir un mundo que nada tiene que ver con el suyo.
—¿Pero? —presiona Astrey.
Nathan duda un instante más antes de fijarse en Elira. Esa mujer es probablemente la mayor experta sobre el Amuleto del Tiempo en todo Evren, o al menos la única persona con grandes conocimientos que tiene cerca, así que solo le puede pedir consejo a ella.
—¿Sabes si ha existido algún Portador capaz de viajar a un momento del pasado en el que no hubiera vivido? ¿Tienes… algún registro sobre eso?
Siente de manera casi física el silencio que llega después de hablar. Elira lo mira casi con desconfianza, como si estuviera segura de que nada bueno va a venir después de esa pregunta.
—¿Por qué quieres saber eso ahora?
—Porque creo que mi demonio ha evitado que terminase en la batalla de Yuda.
Nathan empieza a habituarse a provocar desastres, así que es consciente de que sus palabras traen uno a la habitación. La primera brecha está en el ceño de Elira, la segunda en la manera en la que Astrey pierde un poco la sonrisa al mirarlo con incredulidad, la tercera en el ruido que Denna hace a su espalda al cerrar con demasiada fuerza la caja en la que mantiene vivos a los gusanos.
Y después empieza la discusión:
—Os dije que era mala idea dejarle usar el Amuleto. —Denna no puede ver, pero aun así no tiene ningún problema en girar la cabeza hacia el lugar exacto en el que está Astrey—. Esto es culpa tuya, espíritu. Te pareció muy divertido traer ese poder a nuestro refugio, pero ese maldito objeto nunca causa nada bueno, la historia tiene mil ejemplos de ello. —Después, se gira hacia Elira—. Y tú te los sabes todos, pero aun así has decidido seguirle el juego a Linsen. Una cosa es que dejes que se meta en tu cama y otra que dejes que se meta también en tu cabeza, Elira.
A Astrey se le escapa un silbido impresionado.
—Eso ha sido bastante ofensivo, y ni siquiera para mí. Elira toma sus propias decisiones y tú estás montando un escándalo cuando no ha pasado nada en absoluto.
—Porque un demonio lo ha evitado. —La necromante se gira hacia Nathan—. No es nada personal, pero resulta preocupante que una criatura de Caos sea quien tenga que evitar que borres los últimos setenta años de historia y, con ellos, probablemente, el mundo.
—¿Ese aire catastrofista te lo dio Muerte al bendecirte o naciste con él, Denna? —replica de nuevo Astrey.
—Lo desarrollé en el mismo momento en el que Elira permitió que te unieras a nosotros, porque sabía que tú y tus ideas nos llevaríais a…
—Silencio. Los dos.
Si Nathan está acostumbrándose a crear desastres, Elira parece más que habituada a solucionarlos. Esa situación también la ha visto varias veces en las últimas semanas: es ella quien siempre pone calma en ese lugar, no solo entre sus compañeros, sino en cualquier tipo de conflicto que pueda surgir en el refugio, en el que viven al menos un par de centenares de personas. Quizá por eso todo el mundo la respeta. Quizá por eso incluso Nathan ha empezado a hacerlo, porque Elira siempre tiene soluciones y se está esforzando por ayudarlo más de lo que nadie lo había ayudado en toda su vida, al menos en lo que al Amuleto respecta.
Por eso se siente un poco incómodo cuando ella no aparta la mirada de él. Aprieta los labios y baja la vista, tentado de pedirle perdón, como un alumno que sabe que ha decepcionado a su maestro. Ni siquiera es que le importe lo que la rebelde opine de él, pero sabe que su ayuda es valiosa y no puede permitirse perder su confianza. Quizá no debería haber dicho nada. Necesita seguir practicando, necesita controlar el Amuleto a la perfección para poder volver atrás, no tantos años como el Amuleto quería, pero sí el tiempo justo para evitar que todo acabara como acabó. El tiempo suficiente para tratar de convencer a Adam de que morir por él no tiene ningún sentido o advertir a Lilith de la posible muerte de su hermano. El tiempo suficiente para mentir y decir que ha tenido una visión sobre las cosas que tienen que evitar y hacer pasar por una misión de Destino lo que será toda una traición.
No sabe qué será de él entonces, pero sabe que, de ese modo, podrá salvarles la vida a todos. De ese modo, Adam y él tendrán otra oportunidad.
—Existe una leyenda sobre la isla de Galia.
La voz de Elira lo sobresalta un poco y él levanta la vista para observarla. Como siempre que da lecciones, la líder de los rebeldes empieza a caminar por la habitación. Un día le dijo que pensaba mucho mejor estando en movimiento.
—Supongo que has escuchado muchas veces que la isla desapareció por culpa de un Portador, ¿verdad?
Nathan asiente. En el Templo solían contar esa historia para hablar de los desastres que podría llegar a provocar el Amuleto, así como de la soberbia y el egoísmo de los Portadores. Pero es solo eso, una leyenda, porque sobre Galia no quedan registros. Todo lo que se sabe con certeza es que un día la isla se hundió en el fondo del mar, a causa de un maremoto que se la tragó y la convirtió en una civilización perdida. Al contrario que en Arsay, Yuda o Árava, su catástrofe no dejó ni un solo superviviente.
—Aunque hay muchas versiones distintas de esa historia —continúa ella—, hay una que a mí me convence más que cualquier otra. Existen varios Portadores que hablan de que el Amuleto está obsesionado con el pasado: le gusta alimentarse de personas que deseen cambiarlo, le gusta… confundirlos. —Elira le lanza una mirada de advertencia—. Y el Portador que acabó con Galia era una de esas personas: un fanático de la historia de Evren, un erudito que consideraba que había habido muchas desgracias que podrían haberse evitado si tan solo algunas cosas hubieran sido un poco diferentes. Estaba convencido de que, si se hubiera advertido a ciertas personas de determinadas decisiones antes de que se tomaran o hubieran actuado de un modo distinto al que lo hicieron, Evren podría haber sido un lugar mejor. «Si alguien hubiera convencido a este rey de que no tomara esa decisión, no habría habido una guerra», «si se hubiera evitado el nacimiento de esa persona, aquellas otras jamás habrían muerto». Y, como estaba obsesionado con demostrar su teoría y crear exactamente el mundo que él ansiaba, recurrió al único objeto que podía cumplir su deseo.
