Prólogo

Los alaridos que provenían del interior de la habitación podrían haber sido los de un colérico y vengativo espíritu de una guerra pasada. Por el tono y la intensidad, hubiera sido fácil pensar que se trataba de alguna extraña criatura del desierto que se había colado en el palacio en mitad de esa árida noche para atormentar a la familia real. Sin embargo, aferrada a la mano de su madre, Azra intuía que no se trataba de ninguna de esas cosas.
—¿Por qué grita tanto, madre? —preguntó la niña, inquieta.
Todos parecían saber por qué, excepto ella.
El resto se hallaban reunidos en el pasillo. El rey caminaba de un lado a otro, frente a la puerta. Nadie osaba tocarlo. Detenerlo hubiera significado ser el receptor de su ira, y esta era peor que la más feroz de las tormentas de arena.
Thora, la primera esposa del rey, entornó los ojos, atenta a sus movimientos. La niña le dio un tirón en el brazo, impacientándose al ver que no respondía a su pregunta. La primera esposa bajó la vista hacia su hija, que la miraba fijamente.
—Dar a luz no es fácil, Azra.
La niña frunció el ceño.
—¿Qué es dar a luz?
Su madre la ignoró. No era el momento de dar explicaciones. Sus otros dos hijos no paraban de cuchichear, a apenas unos centímetros de ellas. Hubiera preferido estar en cualquier otro lugar, pero las cosas eran como debían ser.
Al oír un nuevo grito, el rey apresuró sus pasos.
—¿Indignada porque su majestad no os prestó la misma atención en vuestros partos, Thora?
Thora tensó la mandíbula y sintió la presencia de Karima, la segunda esposa del rey, a su lado.
—Al menos, a mí los dioses me han sido favorables, Karima. Todos mis hijos han superado su primer año de vida —espetó, sin vacilar.
La segunda esposa del rey siempre conseguía irritarla con sus comentarios, pero Thora no era conocida por dejarse amilanar. Sostuvo la mano de su hija con decisión y no apartó la mirada del rey, a la espera de nuevas noticias.
Karima apretó los dientes.
—¿Acaso no os indigna que el rey Adair le preste más atención a Mystral que a nosotras?
Thora no le hizo caso. Era sabido por todos que el rey solo estaba enamorado de Mystral, la tercera mujer que había tomado como esposa. Sin embargo, Thora jamás habría emitido queja alguna. Se limitaba a cumplir con su deber como esposa y madre.
Aquella noche, no muy lejos, pero oculta tras unas cortinas verdes, una sombra observaba la escena. Al ver el tan evidente nerviosismo del rey y la inquietud de todos los demás, soltó una pequeña risa seca. Ninguno se había percatado de su presencia. Podía deleitarse con su angustia desde el anonimato.
Entonces, la niña miró por encima del hombro. La sombra se quedó rígida. No era posible que la hubiera oído, ¿cierto? Pero su cuerpo entero estaba vuelto hacia su escondrijo.
Azra frunció el ceño. Tuvo la sensación de que había un depredador al acecho. Pero antes de que pudiera decirle nada a su madre, los gritos cesaron.
La familia al completo se quedó de piedra, en silencio y a la espera, y Azra devolvió su atención a la puerta. La sombra relajó los hombros. Hasta el rey se había detenido al fin.
La puerta se abrió y el llanto de un recién nacido inundó el lugar. Una criada salió con un bebé envuelto en una toalla blanca, llorando con toda la fuerza que le permitían sus diminutos pulmones.
La sombra se fijó en el rostro rojo y arrugado del bebé y arqueó una ceja, quizá disgustada.
—Es una niña —anunció la criada.
El pasillo estalló en aplausos y celebraciones. Karima chasqueó la lengua al ver que el rey se acercaba de inmediato a su nueva hija, emocionado. Thora, por su parte, respiró más tranquila. Sus dos hijos seguían siendo los únicos posibles herederos al trono: en Drethol, la corona jamás iría a parar a una mujer.
La sombra gruñó para sus adentros.
Una niña.
Una princesa.
Si Zheitszoh hubiera estado allí, estaba seguro de que se habría reído en su cara. El destino no había podido elegir a alguien más inútil para él como enlace.
«No importa —pensó dando media vuelta. Saltó a través de una ventana y aterrizó en el patio sin hacer ni un solo ruido, actuando como el espectro que le gustaba ser—. Un enlace es un enlace. Mientras viva, el final será el mismo».
Capítulo 1
La doncella del hielo

El monte Ishtar era una exquisita delicia para la vista, siempre y cuando uno fuera lo suficientemente osado como para adentrarse en su gélido y despiadado interior. Ubicado en medio de un desierto, era todo un misterio cómo podía estar eternamente cubierto de hielo y nieve. A pesar de que el sol de Drethol siempre brillaba alto en el cielo, bañando las tierras en olas de calor, bastaba con acercarse a aquel monte para que la temperatura descendiera con brusquedad.
Las gentes de Drethol susurraban historias al respecto, siempre temerosas. El monte debía estar maldito por los dioses. ¿Cómo si no era aquello posible? Prácticamente nadie se atrevía a ir allí. No había asentamiento alguno a su alrededor. Pocos llegaban a acercarse a sus laderas, y menos aún lo hacían con la intención de adentrarse en sus cuevas.
Cyal caminaba con decisión, más que dispuesto a llegar a una de aquellas cuevas en concreto. En contra de todas las advertencias, el joven pisaba el monte Ishtar al menos una vez por semana. Después de tanto tiempo, podía decir, y no sin cierto orgullo, que lo conocía como la palma de su mano.
Desde pequeño, su abuela le había prohibido acercarse al monte Ishtar. Pero a Cyal siempre le había llamado la atención aquella montaña de hielo. La veía en la distancia, desde su ciudad natal. Por alguna razón, era como si tuviera un hilo en la cintura que lo ataba al monte. Había intentado ignorar los tirones. Hasta que un día había cedido a la tentación y se había dejado arrastrar.
Se frotó las manos y exhaló aire a los dedos, tratando de aportarles algo de calor. Era lo único malo de aquel lugar: el frío. En especial para alguien acostumbrado a vivir en una ciudad que solo conocía un perpetuo, árido y seco verano.
El viento se alzó y revolvió sus mechones rubios. Cyal sacudió la cabeza, ignorando el lúgubre aullido del aire que atravesaba las grietas del hielo.
«¿Lamentos de los espíritus? —pensó, divertido—. ¿El monte Ishtar está habitado por el espíritu vengativo de un xieri? Venga ya».
Cyal se adentró en la cueva. El ruido de sus pasos, amplificado por el eco de las paredes, retumbó en sus oídos.
El joven consideraba que todo lo relacionado con los xieri eran leyendas y habladurías. Los xieri eran solo un nombre tras el que se escondían los horrores de la guerra que había asolado esas tierras trescientos años atrás. Nadie había vuelto a ver uno desde entonces. Y tenía sentido. ¿Cómo iba alguien a regresar de los muertos para luchar o para lo que fuera?
Si había algo imposible de revertir, eso era la muerte.
Los xieri no eran más que cuentos para asustar a los niños. Eran fábulas para aquellos que desobedecían a sus padres y salían de casa cuando era de noche, para los que trataban de protestar y rebelarse en los mercados. Aun así, a Cyal se le escapó una sonrisa al recordar las palabras de su abuela, las historias de criaturas resucitadas que devoraban a los niños que no se dormían a la hora. Ella creía en esas supersticiones.
Pero su abuela también lo llamaba «príncipe». Cyal estaba tan lejos de ser un príncipe como de tenerle miedo a algo que no existía.
Esa incapacidad suya de creer en las supersticiones de su pueblo era precisamente lo que le permitía adentrarse en el monte Ishtar para extraer los tesoros que este escondía. La desesperación le había llevado a ello. Un año atrás, cuando una intensa sequía había destruido el huerto en el que él y su abuela trabajaban todos los días, Cyal había estado lo suficientemente desesperado como para atreverse a adentrarse en las cuevas. Pese a la prudencia que su abuela trataba de sembrar en él, aquella había sido su única esperanza de hallar algo que les permitiera seguir adelante después del desastre.
¡Y bien que lo había encontrado!
Cyal se arrodilló en un punto exacto y sacó de su vieja mochila de cuero un pequeño martillo oxidado.
«Abuela, no temas».
Era lo que le había dicho Cyal a su abuela al regresar, después de su primera excursión. Ella lo había mirado con reprobación, pendiente de los tercos copos de nieve atrapados en su cabello.
«El monte Ishtar no es tan malo. Ha traído pan a nuestra mesa, mira».
Su martillo golpeó algo. Cyal sonrió, satisfecho. Reconoció el melódico sonido al instante. Era justo lo que buscaba. Con experiencia, extrajo la geoda roja con cuidado e ignoró el escalofrío que recorrió su cuerpo al tocarla.
Era drialita.
Cyal no comprendía muy bien la utilidad de aquel mineral, y tampoco le importaba demasiado. Lo importante era que se vendía a buen precio en el mercado negro. Una sola geoda bastaba para poner comida en la mesa durante bastante tiempo.
Sabía lo suficiente. La drialita se usaba en una especie de ritual para vincular a alguien con su draconiano, pero los únicos que podían tener draconianos eran la familia real y la nobleza. Para eso explotaban las minas de drialita en la cordillera de Gihash.
No había ningún otro lugar conocido donde se pudiera obtener drialita. Se realizaban arriesgadas incursiones para robarla de las minas a espaldas de los tenaces guardias reales, pues los ricos de Drethol siempre estaban dispuestos a pagar bien para conseguir vincularse a un draconiano. Sin embargo, Cyal no había necesitado arriesgarse de esa manera.
Nadie más sabía de la presencia de la drialita en el monte Ishtar.
Guardó la geoda, junto con el martillo, y se puso en pie, frotándose las manos para devolver la circulación a sus helados dedos. Tenía un par de contactos en el mercado y había tenido muchísimo cuidado con no revelar la verdad de su hallazgo. Todos asumían que la había robado de las minas de Gihash, por lo que trataba de evitar que lo vieran los guardias reales que patrullaban con frecuencia la plaza del mercadillo.
Escuchó pasos detrás de él. Tensó todos los músculos.
—Vaya, vaya. Así que esto es lo que te traías entre manos, ¿eh? —dijo una voz. Desgraciadamente, reconoció a Harkan al instante—. Ha sido muy difícil seguirte hasta el final sin que te dieras cuenta. Con lo cuidadoso que sueles ser, Cyal.
El corazón amenazó con salírsele del pecho, pero Cyal no se giró. Se limitó a mirar por encima del hombro para confirmar lo que ya se temía: Harkan y toda su banda bloqueaban la entrada de la cueva.
Estaba atrapado.
Eran cinco chicos algo mayores que él, ya jóvenes adultos. Los conocía a casi todos. Habían crecido juntos en los suburbios de Drethol, pero Cyal se había distanciado de ellos relativamente pronto. Habían comenzado robando lo que podían en el mercadillo, pero, en cuanto Harkan se había impuesto como líder a los demás, habían empezado a extorsionar a todo el que no pertenecía a su grupo, a torturar a los que los desafiaban e incluso a deshacerse de aquellos que les ponían trabas.
Cyal se había desentendido de esa vida. Había preferido centrarse en el huerto con su abuela y se había decidido a evitarlos en la medida de lo posible. Justo cuando había creído que no le quedaría otra que unirse a sus filas para comer por la sequía, el monte Ishtar lo había salvado.
Ahora, sin embargo, su secreto había sido descubierto.
El líder de la banda dio un paso al frente. No era tan alto como Cyal, pero era mucho más robusto. Se decía que podía partir el metal con sus propias manos. Y Cyal sabía por experiencia propia que los puñetazos que asestaba en el estómago eran suficientes para hacer que uno escupiera sangre.
—Era demasiado extraño, Cyal —empezó de nuevo Harkan—. ¿De dónde sacabas el dinero para alimentaros si vuestro huerto estaba marchito? Pasasteis de no tener casi nada que llevaros a la boca a comer todos los días. Llevo un año observándote. ¿Creías que no nos daríamos cuenta de algo así? No se me escapa nada. Deberías saberlo.
Cyal respiró hondo. No mostraría su miedo. Harkan lo había acorralado en numerosas ocasiones en el pasado; junto con sus compañeros le había propinado repetidas palizas para quedarse con el dinero que hubiera conseguido ese día o con lo que fuera que hubiera comprado en el mercadillo.
Jamás se sometería a ellos.
—Lo que me sorprende, Harkan, es que hayáis sido tan necios como para adentraros en el monte Ishtar —replicó con sorna—. ¿Acaso no conocéis las historias del espíritu del xieri que lo habita? Se lleva a todo aquel que se pierde en sus caminos...
Cyal esbozó una sonrisa burlona al comprobar que los otros cuatro chicos se tensaban. Se deleitó viéndolos mirar en todas direcciones, como si un fantasma fuera a descender en ese mismo momento para arrastrarlos consigo a las tinieblas.
Harkan apretó los dientes.
—No vas a asustarnos con cuentos para niños, Cyal. Danos lo que tienes y te dejaremos en paz.
Cyal entornó los ojos.
—Ese cuchillo que llevas en la mano no refleja unas intenciones muy pacíficas, ¿sabes?
Harkan gruñó. Siguió avanzando hacia él.
—Es drialita, ¿verdad? No seas avaricioso. Compártela con nosotros.
—¿Qué tal si os dedicáis a seguir robando y jodiendo a otros en Drethol, y a mí me dejáis el monte Ishtar? —espetó Cyal, irritado. ¿Por qué insistía Harkan en arrebatarle todo?—. Yo lo descubrí primero. Y solo yo conozco el terreno.
—De poco te servirá haberlo descubierto primero cuando seas un frío cadáver en el suelo —escupió Harkan—. Que no se diga que no lo intenté por las buenas.
Una piedra voló hacia él. Cyal hizo gala de sus reflejos y se agachó para esquivarla. Echó a correr sin dudarlo.
—¡A por él!
Los atronadores pasos de Harkan y su banda retumbaron a su espalda, mucho más cerca de lo que le hubiera gustado. Tenía que despistarlos cuanto antes y ganar distancia.
Cyal nunca se había adentrado tanto en la oscuridad de las cuevas del monte Ishtar, pero habría sido imposible abrirse paso hacia el exterior. Harkan y los suyos estaban entre él y la salida al desierto. No tenía más remedio que adentrarse en el monte. Ni siquiera sabía si ese túnel que estaba tomando tendría salida. Pero era el único camino disponible.
Ahogó una exclamación cuando, de la nada, una losa de piedra brotó delante de él. La saltó en el último momento, conocedor de la afinidad a la tierra de Harkan.
Era injusto que Harkan sí hubiera encontrado a alguien que le enseñara a usar sus poderes. Cyal no había tenido esa suerte.
Los conflictos con Harkan a lo largo de los años le habían demostrado que era avaricioso y cruel; debía serlo para gobernar con puño de hierro los descontrolados suburbios de Drethol. Cyal era consciente de que Harkan lo mataría esta vez no solo para hacerse con la drialita, sino también porque le irritaba que no hubiera aceptado trabajar para él.
Era personal.
Frente a él, el túnel se bifurcaba. Con el corazón en la garganta, Cyal se lanzó sin dudarlo hacia la izquierda. No había tiempo para pensar.
—¡Por ahí!
Las voces de Harkan y los suyos seguían demasiado cerca. Aunque había ganado algo de distancia, no era suficiente. Pero Cyal era más veloz que ellos, incluso en la roca helada de la cueva. Tenía experiencia.
Empezó a ver luz al final de aquel nuevo túnel. Cyal aceleró, esperanzado, y llegó a una sala circular. Jadeó y alzó la vista, en busca de la salida. Sin embargo, la luz provenía de un agujero en el techo de hielo. Estaba demasiado alto para alcanzarlo.
Se le cayó el alma a los pies.
«No puede ser».
Los dioses se burlaban de él, quizá por su osadía al adentrarse en aquel monte maldito. Vio la nube de su propio aliento. La temperatura había descendido. Era todavía más baja en aquel lugar que se iba a convertir en su tumba.
Un destello al fondo de la sala captó su atención. La luz incidía en el hielo, atravesándolo. Por un instante, creyó distinguir algo. Cyal no se detuvo hasta llegar a la extraña pared, con los pelos de punta y los dedos temblando. Puso la mano rígida en el hielo, buscando la forma de romperlo. Quizá hubiera una salida al otro lado.
Antes de que pudiera sacar su martillo de la bolsa, el hielo se resquebrajó por sí solo. Cyal retrocedió con los ojos muy abiertos y contuvo la respiración. Le había parecido ver movimiento en su interior. ¿Sería un espectro? ¿Y si su abuela tenía razón?
Harkan y su banda irrumpieron en la sala.
—¡Se acabó, Cyal...!
Su voz fue ahogada por el brusco crujido del hielo. Más y más grietas aparecieron en la superficie, arruinando su tersa belleza. Un resplandor los cegó.
—¡¿Qué...?!
—¡El espíritu!
—¡Es el espíritu del xieri!
Cyal no prestó atención a los gritos de sus perseguidores. Observó, con la boca abierta, como el resplandor se apagaba y una esbelta figura emergía del hielo partido.
Se trataba de una mujer joven con tez de alabastro. Su pelo era tan claro que apenas contrastaba con su piel. Era casi tan alta como él, que no era poco. Vestía con un extraño traje blanco tan ceñido a su atlético cuerpo que parecía la propia piel. Y sus ojos...
Cyal se quedó rígido. Por un momento se le olvidó respirar. Su corazón empezó a latir con más y más fuerza. Le temblaban las manos. Se le dispararon todas las alarmas biológicas. Su cuerpo entero comenzó a gritar, a pedirle que huyera, a dejarle claro que estaba en presencia de un depredador.
Los ojos de la mujer eran afilados, salvajes y rojos.
Rojos como la sangre.
«¿Una draconiana?», pensó Cyal asustado.
Pero la desconocida no mantuvo su mirada sobre él más que un breve instante. Frunció el ceño y giró la cabeza con la rapidez de un ave rapaz, hacia el resto.
Harkan y los demás chicos estaban tan congelados como Cyal. La mujer avanzó hacia ellos con determinación. Se llevó las manos a la espalda y las cerró en torno a las empuñaduras de dos pequeñas espadas gemelas, con la hoja ligeramente curvada al final.
Cimitarras.
Harkan palideció al verlas, pero no se movió de su sitio. La mujer extendió los brazos. Las cimitarras parecían ahora una prolongación de ellos, listas para desgarrar.
—¡Es una xieri! —chilló uno de los chicos—. ¡El espíritu del monte!
—¡La historia era cierta!
—¡Corred!
Los tres huyeron entre gritos. No estaban dispuestos a convertirse en el almuerzo de nadie.
Harkan miró por encima del hombro y sus labios se contrajeron en un rictus de furia.
—¡Eh, imbéciles, volved aquí!
Pero ellos lo ignoraron, demasiado asustados por la sanguinaria mirada de aquella intimidante mujer. Y ella seguía acercándose.
—Harkan... —murmuró el único chico que quedaba junto a él, temblando de pies a cabeza—. S-será mejor que nos marchemos. Vamos, venga.
Harkan apretó los dientes. Cuando el muchacho intentó agarrarlo por el brazo, se lo quitó de encima con una sacudida.
—No me voy a ir a ninguna parte sin mi drialita —espetó. Alzando la voz, se dirigió a la mujer—. Oye, tú, ¿quién te crees que eres? No te entrometas en lo que no te impor...
Una ráfaga de aire revolvió su cabello oscuro y le caló los huesos. La voz de la mujer le susurró en el oído:
—Patético humano.
Harkan reprimió un grito. El que no lo hizo fue su compañero, que chilló y retrocedió de un salto. La mujer estaba detrás de Harkan, con las cimitarras cruzadas delante de su cuello. Las hojas de metal reposaban en su piel.
Cyal tampoco daba crédito a lo que acababa de suceder, observando desde el otro lado de la sala. ¿Cómo se había movido tan rápido?
—¿Osas darme órdenes? —siseó la mujer. Su voz era la esencia misma del invierno. Le congeló la sangre—. ¿Acaso no sabes quién soy?
Harkan no dijo nada, aterrado. Temía que, si hablaba, ella le desgarrara el cuello. El compañero de Harkan salió corriendo con el rabo entre las piernas, dejándolo atrás. La mujer siguió su movimiento por el rabillo del ojo. Sus pasos se perdieron en la distancia.
Harkan gruñó para sus adentros, furioso a pesar de la situación. Su banda había demostrado ser una panda de cobardes desleales. En cuanto saliera de aquello, atravesaría los corazones de todos con estacas de piedra por haberlo abandonado. ¿Cómo se atrevían a hacerle eso a él?
—Voy a apartarme —prosiguió la mujer, con parsimonia, cómoda en su papel de depredador. Su acento era un tanto extraño—. Y te vas a marchar de inmediato. ¿Queda claro?
—S-sí...
Y Harkan se alegró de que, después de todo, sus compañeros no estuvieran para verlo. Apenas le había salido un hilo de voz. Se sentía, tal y como le había llamado ella, patético.
La mujer bajó las cimitarras y retrocedió. Harkan no dudó ni un instante en salir corriendo. Desapareció tan rápido como pudo, por si ella, a pesar de todo, decidiera atacarlo por la espalda en el último momento.
Cyal no se había atrevido a moverse. Sus hombros llevaban tanto tiempo en tensión que le dolían.
La mujer se giró y clavó sus ojos rojos en él.
Se quedó rígido como una estatua. Ella ya caminaba en su dirección. Sus pasos no hicieron ruido alguno en el suelo de roca negra; no crujieron al posarse sobre algún resquicio de nieve que se habría filtrado por el boquete en el techo. ¿Era realmente un espíritu? ¿Sería él su próxima víctima?
«Abuela, tendría que haberte hecho caso».
La extraña se detuvo a escasos centímetros de su rostro y ladeó la cabeza, examinándolo con cautela.
—Tú —susurró.
Su voz le produjo un escalofrío. Cyal respiró hondo. Apretó los puños en un intento de reprimir su temblor. El frío aliento de la mujer le rozaba las mejillas, donde se formó una fina capa de escarcha. Desde donde estaba, veía a la perfección cada una de sus pestañas blancas, enmarcando aquella mirada escarlata.
—Tus ojos...
«¿Mis ojos?», pensó Cyal confuso. Aunque era cierto que sus ojos eran, con diferencia, la parte más llamativa de él. Eran claros, del color del oro más reluciente, y suponían un gran contraste con su tez morena, bronceada tras años de trabajos bajo el sol.
Los segundos pasaron. Ella lo estudiaba con expresión enigmática. Y, cuando Cyal ya estaba a punto de suplicarle que no le hiciera daño, el hechizo se rompió: la mujer se tambaleó. De la nada, se desplomó en el suelo.
Cyal arqueó las cejas, perplejo. Se le escapó un suspiro tembloroso. Controló la tentación de huir despavorido y se agachó a su lado, no sin cierta inquietud, para comprobar que había perdido el conocimiento. El cabello de la mujer estaba esparcido sobre la nieve, de su mismo color. Su cabeza reposaba ladeada y sus escalofriantes ojos permanecían cerrados.
Respiraba con suavidad.
—¿Qué...?
Cyal no sabía muy bien qué pensar. O qué hacer. Su cerebro estaba todavía asimilando todo lo que había sucedido en los últimos minutos.
Esa mujer había emergido del hielo después de que él lo tocara. Le había salvado la vida ahuyentando a sus perseguidores y ahora yacía inconsciente. Con sus temibles ojos rojos ocultos bajo los párpados, su aspecto no resultaba tan amenazador. Era incluso bella, si bien se trataba de una belleza gélida, propia de un depredador sin alma.
—¿Quién eres? —preguntó Cyal como si ella fuera a contestar.
Y su respuesta fue, efectivamente, el silencio. Cyal frunció el ceño. Estaba seguro de que no la había visto en su vida. Hubiera sido complicado olvidar a alguien así. ¿Por qué, entonces, una oscura voz en su mente le susurraba que no era una desconocida? Esa voz daba forma a un espectro del pasado, un remolino de sombras y copos de nieve...
Cyal sacudió la cabeza. Debía de ser consecuencia de haberse adentrado tanto en el monte Ishtar y su atmósfera embrujada.
¿Cuánto tiempo llevaría esa mujer atrapada en el hielo? ¿Por qué había acabado así? ¿Cómo era posible que estuviera viva en medio de ese frío mortal? ¿Volvería a despertar?
El aire se le escapó en un gesto de rendición y hundió los hombros.
No era capaz de dejarla allí tirada. Había ahuyentado a sus perseguidores, pero no lo había atacado a él.
«La abuela me va a matar», pensó Cyal con una mueca en el rostro.
Capítulo 12
La guerra del Alzamiento

Cyal regresó a la ciudad de Drethol envuelto en el manto de la noche. Era una suerte que la ciudad careciera de murallas, pues el desierto que la rodeaba ya era defensa suficiente. Eso facilitaba cualquier escapada.
Con el sol oculto tras la línea del horizonte, la gente ya había buscado refugio en sus casas. Eso hizo que fuera más sencillo llegar hasta su hogar sin que nadie lo parara para preguntarle por la extraña mujer que cargaba a su espalda.
Se desplazó en silencio entre las calles de las afueras.
Había temido que Harkan lo esperara, oculto en alguno de los callejones, para vengarse y terminar lo que no había podido acabar en el monte. Sin embargo, no había ni rastro de él. Cyal decidió que lo mejor sería no pensar siquiera en su siguiente encuentro y centrarse en llegar a casa.
Era desagradable pasearse por los suburbios de Drethol. Había un gran contraste con las riquezas del centro. En las afueras, el suelo era de tierra y las casas eran de adobe grisáceo. Estaban pobremente construidas y ni siquiera tenían puertas. La gran mayoría se conformaban con simples cortinas. Lo peor era el olor a podredumbre, basura y orina que reinaba en muchos de sus rincones.
Cyal apartó con una mano la tela que tapaba la entrada de su casa. Las llamas de las velas titilaban a través de las ventanas, meros huecos en la piedra.
Sabía que su abuela seguía despierta.
—¡Cyal!
Una anciana lo recibió con una exclamación de alegría. Jarah, la abuela de Cyal, era mucho más baja que él. Se acercó, caminando encorvada y con la ayuda de un bastón de madera. Su piel era morena, arrugada y áspera tras décadas bajo el sol. Llevaba el pelo blanco recogido en un sencillo moño.
—Abuela, siento la tardanza —dijo Cyal, irguiéndose y dejando que la tela se deslizara para volver a tapar el hueco de la entrada.
Jarah lo observó con el ceño fruncido.
—¿Tiene algo que ver con la muchacha que traes contigo, principito?
Cyal notó que le ardían las orejas. ¿Cómo se suponía que le iba a explicar a su abuela todo lo sucedido?
—Abuela, yo...
—Has estado otra vez en el monte Ishtar, ¿no es así? —dijo ella. Su expresión mostraba reprobación.
—Por supuesto que no —replicó Cyal, nervioso.
Jarah sonrió.
—Sacúdete el pelo, principito.
Cyal gruñó y desvió la vista, pillado. La nieve lo había delatado una vez más.
—Está bien, está bien. Sí, he estado en el monte Ishtar.
—Bien. ¿Qué te parece si dejamos descansar a esta joven muchacha y me explicas todo? —propuso Jarah, con afecto.
Cyal se relajó. No sabía por qué se había preocupado tanto, si su abuela siempre había sido muy comprensiva con él.
Su casa era tan pobre como el barrio en el que se encontraba. El suelo seguía siendo de tierra en el interior y la diminuta sala a la que daba la entrada hacía las veces también de cocina. Solo contaba con una mesa de madera medio podrida y cuatro sillas del mismo material. Un horno de piedra ocupaba el lado derecho y, a la izquierda, dos huecos daban acceso a sendos cubículos: uno era su dormitorio y el otro, el de su abuela.
Cyal se dirigió a su habitación. La cama era estrecha, pero era una cama más o menos en condiciones. Muchos en los suburbios tenían que conformarse con simples montones de paja con una manta por encima. Sus excursiones al monte Ishtar a por drialita le habían permitido adquirir algunas comodidades. Lo importante era que otros no se enteraran y quisieran robarlas.
Dejó con cuidado a la extraña en la cama y se irguió, observándola con una mueca. ¿Era normal que no hubiera despertado todavía?
«Cuando lo haga, asegúrate de que está de tu parte».
Cyal se tensó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Esas palabras tenebrosas y oscuras habían retumbado con claridad en su mente. Pero él no las había pensado. Y, además, ¿qué sentido tenían?
—Justo había preparado la cena. —La voz de su abuela llamándolo lo devolvió a la realidad—. Ven, date prisa. Antes de que se enfríe.
Cyal se llevó una mano a la frente. Apretó los ojos y respiró hondo.
Se dijo a sí mismo que debía haber sido producto de su imaginación o fruto del cansancio. Al fin y al cabo, era consciente de que no dormía todo lo que debería. Vivía apurando al máximo por las noches y levantándose lo antes posible por las mañanas para aprovechar esas horas previas al sol abrasador que enseguida cubría la tierra. Aunque las leyendas de aquellos que perdían la cabeza en el desierto de Drethol advertían de posibles alucinaciones durante el tórrido día, Cyal jamás había oído a nadie que dijera que también podía pasar bajo la luna.
Regresó a la sala sin darle mayor importancia. Jarah había puesto dos platos en la mesa. No eran más que un par de bollos de pan recién horneados con algo de queso, pero a Cyal se le antojaron como el mejor de los manjares. Si eso no despertaba a la extraña que había salido del hielo, nada lo haría.
Jarah juntó las manos delante de su rostro, inclinó la cabeza y cerró los ojos.
—Hereshia, te damos las gracias por bendecir este día con tu luz —empezó su plegaria—. Madre Veshier, te damos las gracias por proporcionarnos la comida necesaria para sustentarnos. Aridam, te rogamos que te apiades de nuestras áridas tierras y traigas la lluvia que tanto necesitamos.
Cyal puso los ojos en blanco, pero no la interrumpió. Su abuela insistía en hacer lo mismo todas las noches, pero él no creía en los dioses.
«Si Aridam existe, nos abandonó hace mucho tiempo», pensó Cyal con amargura. Su huerto, al igual que todos los de Drethol, llevaba ya más de un año seco.
Extrajo un par de cantimploras de su mochila y las puso en la mesa. Por suerte, siempre podía traer nieve del monte Ishtar. Aunque tardaba en derretirse, una vez fuera de los límites de la montaña, terminaba por convertirse en agua.
—Bien, mi querido principito —dijo Jarah al concluir su rezo—. ¿Qué tal si le cuentas a tu vieja abuela tus aventuras de hoy?
—Aventuras —repitió Cyal con un resoplido. Cogió el pan y partió un trozo. La piel de sus dedos estaba tan curtida que no le afectó que estuviera ardiendo—. Una buena forma de describirlo.
—¿Quién es esa mujer, entonces?
Cyal bajó la vista. Se mordió el labio inferior, nervioso.
—No lo sé —admitió—. Me ha salvado la vida. No sé si lo ha hecho conscientemente, pero... —Tomó aire. Miró a su abuela de nuevo—. Harkan y sus matones me siguieron hasta el monte. Al intentar huir de ellos, acabé yendo por una cueva desconocida. Llegué hasta una sala con un muro de hielo al fondo y, al tocarlo... —Cyal giró la cabeza hacia su habitación, donde la desconocida dormía—, ella apareció.
Jarah se llevó las manos a la boca.
—¡Por Hereshia! Cyal, ¿qué has hecho?
—¿Cómo que qué he hecho? —replicó él, indignado—. ¡Solo intentaba sobrevivir!
Jarah negó con la cabeza.
—Y me alegro de que estés bien, principito, pero... ¡Oh, por todos los dioses! Temo que has despertado al espíritu del monte Ishtar. —Ella también miró hacia la habitación y torció el gesto—. Esa joven muchacha...
—No es una xieri —dijo Cyal con rapidez—. Eso no existe. Los xieri no existen —repitió, tratando de convencerse también a sí mismo.
Pero lo que había visto no había sido natural. Esa mirada roja, su velocidad. Sombras. Nieve. Sacudió la cabeza, intentando zafarse de la idea.
—Los xieri fueron muy reales, Cyal —insistió Jarah—. Son muy reales. De no ser por la intervención de Hereshia, habrían masacrado a todos los humanos en la guerra del Alzamiento.
La guerra del Alzamiento. Cyal había oído esa misma historia miles de veces. De pequeño le había gustado escucharla, porque su abuela contaba cómo los dragones aparecieron en el último instante para salvarlos. Pero ya habían pasado trescientos años desde aquella guerra; la guerra que lo había cambiado todo, una en la que los humanos se habían enfrentado a sus opresores, los draconianos, y habían salido ganando.
Según contaban, los humanos decidieron declarar la guerra a los draconianos tras encontrar su punto débil: la drialita. El mineral inhibía sus poderes y les impedía transformarse en dragón. Por desgracia, subestimaron su número. A pesar de la drialita, la rebelión humana habría sucumbido de no ser porque descubrieron algo prohibido: cómo revivir a los draconianos muertos, borrarles la memoria y ponerlos a su servicio.
Los humanos habían creado a los xieri como su último recurso. Un xieri era un draconiano renacido con el poder de controlar la oscuridad a su antojo. Eran mucho más fuertes que el resto de draconianos, con sentidos y habilidades amplificadas.
Nadie sabía cómo los humanos habían averiguado que el punto débil de los draconianos era la drialita. Mucho menos se sabía cuál había sido el proceso para crear a los xieri o cómo habían llegado a descubrirlo. Las historias contaban que, de hecho, la creación de los xieri requirió llevar a cabo una multitud de experimentos con presos de guerra; que casi todos murieron, salvo cinco.
Esos cinco xieri, liderados por aquel conocido como el General, consiguieron la victoria para los humanos, aniquilando sin piedad a sus enemigos, los draconianos. Arremetieron contra sus antiguos compañeros como si nada. Tampoco fue una sorpresa, pues, que acabaran rebelándose contra sus propios creadores.
De no haber sido por Hereshia, la dragona de la luz, no habrían cesado en su empeño por borrar a los humanos de la faz de la tierra. La dragona había descendido de los cielos en el último momento y, junto con los demás dragones, había derrotado a los xieri, sellándolos por toda la eternidad.
Los humanos se postraron ante sus salvadores, los dragones. Desde entonces, los veneraban como a dioses. Y los draconianos, los perdedores de la guerra, habían acabado sometidos a los humanos.
«Un tanto irónico —pensó Cyal—. Y vengativo».
—Pero no puede ser una xieri —dijo. Le tembló ligeramente la voz—. Parece humana.
—Los xieri son como los draconianos, Cyal —explicó Jarah. Se llevó un trozo de pan a la boca. Masticó con lentitud antes de continuar—: Tienen forma humana, claro. Pero también tienen forma de dragón. Como humanos, pueden camuflarse entre nosotros. Pero, a diferencia de los draconianos, hay una cosa que siempre delatará a los xieri: sus ojos.
Cyal tuvo un escalofrío. Esa mirada de sangre...
—Pero no parece mucho mayor que yo —protestó—. No tendría sentido. La guerra terminó hace tres siglos y duró casi cien años.
—Los xieri son inmortales, o eso se dice. No envejecen.
Cyal apretó la mano y aplastó el pan entre sus dedos.
—No digas tonterías, abuela. Será una draconiana que por cualquier razón estaba atrapada en el hielo, y ya. Me ha salvado la vida cuando podría haberme matado, no es una xieri.
Según las leyendas, solo existían cinco xieri y Hereshia se había deshecho de ellos. Era imposible que uno de ellos le hubiera salvado la vida.
Jarah frunció el ceño, pero enseguida relajó su expresión y sonrió.
—Está bien, Cyal. Lo más seguro es que tengas razón; no hay por qué sospechar de la pobre muchacha. Esperaremos a ver qué nos cuenta cuando despierte. Tendré que darle las gracias por salvar la vida de mi principito...
Dicho eso, Jarah retomó su cena. Cyal respiró más tranquilo, en silencio. Al menos, se había disipado la tensión en el ambiente.
Miró de nuevo hacia su habitación y gruñó para sus adentros.
No podía dejarse llevar por el miedo de aquellas ridículas historias. Los xieri no existían. Nunca habían existido. Los humanos derrotaron a los draconianos en la guerra a su manera. Sin xieri ni dragones, en los que tampoco creía. Hereshia, como todos los dragones, era un cuento. Si hubieran sido reales, ¿por qué nadie había visto un dragón desde entonces?
Cyal estaba seguro de que la extraña del monte Ishtar era solo una desafortunada draconiana. Igualmente, no le quedaba otra que tener cuidado para que nadie más se enterara de que estaba ahí. Muchos en Drethol hubieran hecho cualquier cosa para vincularla a ellos y usar su poder.
Fuera lo que fuera, ya solo podía esperar a que despertara y ella misma le contara quién era. Cyal hubiera mentido si dijera que no sentía curiosidad.
Capítulo 3
Una nueva realidad

«Estás bien. Tranquila, estás bien. Has sobrevivido al proceso».
Esas palabras lejanas retumbaron en su mente al levantar los párpados y toparse con un par de cálidos ojos dorados. Su corazón se aceleró.
«¿Khait?», pensó esperanzada.
Pero los ojos no pertenecían al veterano hombre al que esperaba, sino a un chico cualquiera. Sus facciones no estaban tan endurecidas por el paso del tiempo. Eran suaves, salvo por su mandíbula más definida. Apenas rozaría la veintena. La piel del chico era morena, mucho más oscura que la de Khait, y su pelo no era del tono gris que recordaba, sino rubio claro.
La joven ocultó su decepción y analizó la situación: el chico de ojos dorados se había inclinado sobre ella, como si quisiera comprobar que estaba viva, pero se acababa de volver hacia el umbral de lo que pudiera ser una puerta.
—Abuela, se ha despertado.
Una anciana apareció en su campo de visión. Desconocía dónde se encontraba. Tan solo sabía que estaba tumbada sobre algo mullido en una habitación muy pequeña. La luz pálida del amanecer se filtraba por un hueco arriba en la pared del fondo.
La mujer ahogó una exclamación al ver sus atormentados ojos rojos. Sin embargo, su mirada cálida le inspiró confianza suficiente a la extraña para incorporarse y hablar:
—¿Dónde estoy?
El chico parpadeó al escucharla. Se irguió y se apartó de ella. Se aclaró la garganta antes de responder:
—Te encuentras en Drethol. En nuestra casa.
—¿Drethol? ¿Dónde...?
El muchacho la miró como si tuviera un mal presentimiento.
—Drethol —repitió—. El reino del desierto.
—¿Desierto...? —murmuró ella. Se sentó y se llevó una mano a la cabeza, apartando los pálidos mechones que habían caído en su frente—. Pero...
—¿Qué es lo último que recuerdas, querida? —le preguntó la anciana con amabilidad. Se apoyaba en su bastón de madera.
¿Qué era lo último que recordaba? Una mueca se dibujó en su rostro. Su memoria no era más que un lienzo en blanco.
—¿Cómo te llamas? —insistió el joven.
Había recibido muchos nombres a lo largo de su vida, estaba segura de ello. Pero había uno que resonaba en su mente por encima de los demás, sencillo y elegante.
Optó por ese.
—Eira.
—Eira... —repitió la anciana. Se llevó una mano a la barbilla—. Nieve.
—¿Nieve? —El muchacho ladeó la cabeza para mirar a su abuela, confuso.
—Es lo que significa Eira.
Ella ignoró su conversación. Clavó los ojos en su regazo. Su memoria estaba anegada por lagunas oscuras. Intentó sumergirse en ella y un recuerdo cruzó su mente como un fogonazo. Una sensación de urgencia se apoderó de ella, casi hasta el punto de asfixiarla. Se puso en pie de golpe.
La brusquedad de sus movimientos hizo que tanto la anciana como el joven retrocedieran un paso, intimidados por su fuerza.
—Tengo que regresar.
—¿A dónde? —El joven se puso delante de su abuela, protector.
La anciana, sin embargo, se recuperó de su sorpresa inicial y se situó de nuevo junto a su nieto. Este frunció el ceño con desaprobación, manteniendo un brazo a su alrededor.
—La guerra ya ha terminado, querida.
Eira permaneció con expresión neutra pese a la incredulidad.
—¿Ha terminado?
—Así es. ¿Acaso deseas seguir luchando?
Eira bajó la vista. Miró las palmas de sus manos.
—No, yo...
¿Había deseado jamás luchar?
—¿Quién eres? —preguntó con dureza el joven.
Eira clavó en él sus ojos rojos. El chico tensó la espalda, pero no se movió de su sitio.
—¿Acaso no lo sabes, humano?
—¿Y por qué debería saberlo? —replicó él, irritado—. Mi nombre es Cyal, por cierto.
—Eres Granizo, ¿no es así? —dijo Jarah—. La Muerte Escarlata.
A Cyal se le cortó la respiración. La Muerte Escarlata. Ese era el nombre que los humanos dieron a la comandante más temible del General, a la xieri que más masacres había provocado en el campo de batalla.
—¿Qué tonterías dices, abuela?
Pero Eira asintió lentamente con la cabeza y dio un pequeño paso hacia Jarah.
—Me gustaría saber qué hago aquí.
Pese al gesto hostil de Cyal, su abuela mantuvo una sonrisa cálida.
—Será una larga conversación. ¿Qué tal si nos sentamos todos en la cocina?

Eira miraba de un lado a otro mientras hablaban, analizando su entorno. Tan pobre, tan cálido. Tan distinto.
—Lo último que recuerdo es estar dirigiéndome al monte Ishtar —dijo.
—Sí, ahí es donde te encontré —asintió Cyal. Se había sentado entre ella y su abuela, por si acaso.
Era consciente de que, si Eira decidía atacar, no habría mucho que él pudiera hacer, pero eso no significaba que no fuera a intentarlo.
—¿Y no recuerdas cómo acabaste atrapada en el hielo, querida? —preguntó Jarah con suavidad.
Cyal no comprendía la actitud de su abuela con aquella mujer. Si era cierto que era una xieri, ¿por qué no mostraba ni un atisbo de terror? Si era la Muerte Escarlata, ¿por qué le permitía seguir en su casa? ¿Por qué la trataba con esa amabilidad?
Era una asesina.
«Como tú», se mofó el oscuro susurro en su mente.
Cyal se clavó las uñas en las palmas de las manos.
«Jamás he matado a nadie», replicó con vehemencia, antes de darse cuenta de que se estaba respondiendo a sí mismo. ¿Acaso el monte Ishtar había lanzado una maldición sobre él y se estaba volviendo loco por haberse atrevido a profanar su paisaje helado?
—No, no lo recuerdo —contestó Eira. Frunció el ceño de manera casi imperceptible—. ¿Cuánto...? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde...?
—La guerra acabó hará trescientos años, querida.
Eira giró el cuello con tanta rapidez que Cyal se irguió en su asiento, intimidado por su mirada roja.
—No es posible. ¿Quién frenó al General?
—El General fue derrotado por la diosa Hereshia —explicó Jarah con lentitud. Apoyó las manos en la mesa y entrelazó los dedos—. ¿Por qué hablas de frenarlo, querida? ¿No estabas a su servicio?
Eira entornó los ojos.
—Estáis de su parte, ¿verdad? —Se levantó de la silla—. Esto no es más que un truco del General para desenmascararme.
—Pero ¿qué...? —balbuceó Cyal perplejo. Tardó en reaccionar y se incorporó cuando ella ya estaba apartando la cortina de la entrada—. ¡Espera!
La agarró del brazo. Ella lo miró por encima del hombro. A Cyal se le heló la sangre.
—No me toques, humano —siseó ella, con un tono glacial.
Cyal la soltó con la misma rapidez que si se hubiera quemado. Eira se asomó al exterior. El sol le dio de lleno y tuvo que poner la mano encima de los ojos para ser capaz de distinguir algo.
—Sería mejor que no te viera nadie... —dijo Cyal con una mueca—. Llamas demasiado la atención.
En Drethol, la tierra del desierto, todos tenían la piel morena y oscura. Alguien con la tez tan blanca como Eira
