PREFACIO
Muerte estaba allí cuando el bebé llenó sus pulmones por primera vez.
No era necesario que vigilase el ciclo en todo momento, pero había ocasiones en las que le gustaba estar presente; había almas que quería acompañar hasta su nueva existencia con sus propias manos. Aquella era una de ellas: una por la que sentía cierto aprecio, por la que quizá pudiera hacer algo en su próxima vida, siempre que las cosas salieran como ella esperaba. Por eso sopló al haz de luz que sostenía entre los dedos y, con un parpadeo, la diminuta esfera fue a guardarse dentro del pecho de aquella criatura recién nacida. Solo ella pudo verla entrar bajo la piel fina y suave, pero ese fue el instante en el que la niña se revolvió entre los brazos de la necromante que la había ayudado a nacer y empezó a llorar.
Para la partera, fue como si una energía cálida le estallase contra el cuerpo. Se aferró al bebé hasta que pudo cortar el cordón umbilical con el cuchillo y después lo dejó con suavidad contra su madre. La mujer, que todavía respiraba con dificultad, recibió a su hija con un sollozo en los labios. Le besó la cabecita, llena de fino pelo oscuro, y la observó con los ojos de quien acaba de encontrar el amor. La niña todavía se quejaba, pero su boca entreabierta intentó anclarse al pecho que de aquel momento en adelante le daría de comer.
Su progenitora decidió que era perfecta, incluso recién llegada al mundo, sin lavar. La criaturita tenía los ojos cerrados, pero ella dio por hecho que los iba a tener castaños, iguales a los de su padre, que estaba a su lado, sobrecogido por aquel pequeño milagro del que apenas podía apartar la mirada.
Muerte, invisible, se inclinó sobre la recién nacida. Sus dedos delicados le rozaron la mejilla, donde, en otra vida, en otro cuerpo, se había extendido una constelación de lunares. En cuanto la caricia de la diosa desapareció, una mancha pálida se extendió sobre la piel morena, abriéndose como la primera flor de la primavera. La madre entornó los ojos, porque la vio aparecer, pero no dijo nada. Ni ella ni los demás escucharon las palabras que la Original susurró en la diminuta oreja:
—Sé paciente. Algún día recuperarás lo que te han arrebatado.
La diosa se alejó al tiempo que los ojos de la niña se abrían por primera vez.
Solo ella vio su sombra desvanecerse del cuarto.
I
TIEMPO DE CAMBIOS
—Hacía tiempo que no te veía sonreír así.
—Y lo odias, ¿verdad?
—No tanto como crees. Me gusta que sonrías porque así es más satisfactorio borrarte el gesto de la cara.
—¿Y cómo piensas hacer eso, Xandre? Vas perdiendo: el Amuleto vuelve a estar en Odelia y está claro que Astrey Brynsen va a usarlo tanto o más que su padre en su día.
—Quizá, pero me sorprende que pienses que ese espíritu va a durar mucho en su puesto. Ha traicionado a todo el mundo.
—Hay traiciones necesarias.
—¿Y crees que la suya lo era?
—Lo que importa no es lo que yo crea, sino a cuántas personas puede convencer de que así es.
NATHAN
Nathan Tabiz ya no puede detener el tiempo.
Como tantas otras veces, le gustaría hacerlo. Necesita que todo se pare a su alrededor para que la situación ante él cobre un poco de sentido y el mundo se recoloque en su lugar. No, quizá esta vez no quiera detener el tiempo: quizá querría hacer que retrocediese. Dos minutos serían suficientes para que la cabeza de la emperatriz volviese a estar sobre sus hombros en vez de arrancada de ese cuerpo que se desangra a solo unos pasos. No, eso no arreglaría nada. Debería volver al principio de la noche. Debería advertir a todo el mundo de que esa mujer es mucho más peligrosa de lo que piensan y trazar una estrategia mejor. Debería regresar a un momento en el que poder hablar a solas con Astrey y preguntarle qué está pasando, cuáles son sus planes, de dónde viene y desde cuándo quiere el trono de Odelia. Es suyo. Ahora es suyo, aunque eso no tiene ninguna lógica. El espíritu los está observando sentado en él, con satisfacción, como quien admira el resultado de un trabajo bien hecho o el tablero de juego de una partida que por fin ha ganado.
El Amuleto del Tiempo cuelga de su mano.
Verlo le da ganas de vomitar. Siente su ausencia como un miembro fantasma, como si alrededor de su cuello faltara algo que necesita para vivir. Ya no es capaz de utilizarlo, ya no escucha su voz dentro de su cabeza. El tiempo ya no gira para él, ya no se enreda en torno a sus dedos y se inclina a su voluntad, nota la abstinencia que eso le provoca como un vacío que se extiende más allá de su cuerpo. Lleva tanto tiempo con ese objeto pegado al pecho que se siente desnudo sin él. Está mal. Todo está mal y, para rectificar, el mundo necesita el Amuleto. Con el Amuleto, podría repararlo todo.
Aunque nada ha vuelto a estar bien desde que Adam murió.
Tendría que haberse centrado solo en él. En recuperarlo. Tendría que haber seguido solo en lugar de distraerse con otras personas, con otros objetivos. Tendría que haberse preocupado únicamente de traerlo de vuelta y no parar hasta conseguirlo, y entonces el mundo estaría quieto en vez de moviéndose a toda velocidad. El mundo siempre se paraba cuando estaban juntos, incluso sin la magia de Chronos de por medio.
Una magia que ya no le corresponde.
Las piernas le fallan, pero no llega a caer. Darien está ahí, a su lado, y aunque se tambalea bajo su peso, consigue sostenerlo. No es el único. A su derecha, otra persona le levanta el brazo para pasárselo por los hombros y Nathan se gira, mareado y perdido, hacia esa figura imposible. De todo lo que ha ocurrido en los últimos minutos, esa es otra de las cosas que menos sentido tiene: Lilith, a su lado, ayudándolo a mantenerse en pie. Sus miradas se encuentran y él entrecierra los párpados, desorientado. Quizá la pérdida del Amuleto está haciendo que termine de perder la cabeza, porque esa muchacha ya no es su amiga, dejó de serlo hace meses. Lilith quiere matarlo. Lilith lo odia por todo lo que ha traicionado, por todo en lo que se ha convertido, por todos los secretos que le ocultó. Lilith es una celestial con una misión y ha jurado acabar con el Portador…
Solo que él ya no es el Portador.
En realidad, no lo ha sido nunca.
La aceptación es una maza que convierte en pedazos todo lo que alguna vez ha creído saber sobre sí mismo. Porque todo, desde hace más tiempo del que puede recordar, se ha reducido a eso: ha sido el heredero del Amuleto del Tiempo, el guardián del Amuleto del Tiempo; el traidor que lo puso en marcha, el héroe que lo usó.
Y ahora no tiene ni idea de quién es sin él.
Sin el Amuleto en sus manos, Adam no puede volver.
La náusea le arde en la garganta. El resto del mundo se mueve, el tiempo corre, pero, por primera vez en mucho tiempo, él no puede atraparlo.
«Nathan». La voz que lo llama viene del fondo de su mente, no de la joya que ahora es de Astrey, pero al menos sabe que esa no va a irse a ninguna parte. Sin ella, estaría perdido. Sin ella, estaría indefenso, sin poder, sin ojos. «Tienes que centrarte». Sí, pero ¿cómo? ¿En qué? El Amuleto ya no está en sus manos. ¿Qué va a hacer sin él? ¿Por qué Astrey se lo ha quitado? ¿Por qué le está haciendo esto a él? «Si es demasiado para ti, yo puedo tomar el control». Eso estaría bien. Nunca ha tenido el control de todos modos, así que ¿por qué no dejar que sea otro quien se vista con su piel? Alguien que esté más seguro de qué pasos tiene que dar ahora que él tiene la impresión de haberse olvidado de caminar. «Tranquilo, yo me encargaré de todo. Descansa». Sí, eso es lo que quiere. Descansar. Quiere cerrar los ojos y cobijarse tan hondo en su propio cuerpo como para que nunca nada le vuelva a molestar. ¿Y por qué no iba a hacerlo? Nathan no existe. Todo lo que él ha creído real durante tanto tiempo ha sido solo una mentira, así que da lo mismo que desaparezca. Si no va a poder ser el Portador, cuando toda su existencia ha girado siempre en torno a eso, cuando lo único que le seguía dando sentido a su vida era el Amuleto, ¿qué más da si su cuerpo lo ocupa él u otro?
Así que lo hace.
Cierra los ojos y se deja ir.
DARIEN
Darien no puede apartar la vista del nuevo emperador.
En medio del caos, trata de encontrarle algún sentido a lo que está ocurriendo, intenta ordenar unos pensamientos que corren en círculos, llenos de preguntas y hechos ineludibles, como que Nathan y Lilith están a su lado, pero Derek está muerto. Iraides de Odelia ha sido asesinada y el culpable es ese brujo del pasado de Caleb, el mismo que intentó matarlos en las montañas. El mismo que acaba de decir que la emperatriz era su madrastra, aunque eso es imposible, porque todos los hijos del Inmortal murieron la misma noche.
Excepto Ishtar. Excepto Valerick. Excepto…
Excepto Sera, la niña a la que Valerick trató de salvar. Jamás le vio la cara en sus visiones, pero podría haber tenido un rostro parecido al de Astrey. Astrey. ¿Qué sabe de él? Solo lo que los recuerdos de Caleb le han dicho: que se crio con Nilam y… Nilam. Ese nombre es la pieza que termina de encajarlo todo. El brujo debió de huir del palacio imperial aquella noche, junto a la criatura a la que pertenecía la muñeca pelirroja. Por eso conocía a Valerick y por eso más tarde se hizo cargo de Caleb y lo crio como si fuera de su propia familia, porque debía de saber de quién era hijo.
Una vez la primera pieza encaja, el resto encuentran su sitio con facilidad. Astrey y Caleb se criaron como familia sin ser conscientes de que realmente lo eran. Dos príncipes apartados de su palacio. Dos herederos que consiguieron escapar de las garras de la emperatriz.
En cuanto lo comprende, su mirada busca al necromante, en parte por inercia y en parte por ansias de encontrarlo, de hablar con él. Pero Caleb está lejos de su alcance, junto al cadáver de su amigo, abrazando a una desconsolada Ishtar y con la expresión desencajada por el desconcierto y el odio hacia el que un día consideró su hermano. Mirarlo es un error. Lo sabe cuando en lo único que puede pensar es en ir hacia él, cuando siente el peso de todas esas existencias en las que se encontraron y la carga que es el medallón de Destino en esa vida. Le parece que los dioses se han girado en su dirección y que puede escuchar sus voces en el ruido que lo rodea, entre los murmullos y los gritos de los invitados.
Tiene que salir de ahí. Tiene que ponerse en movimiento, olvidarse de él, alejarse de los problemas. Lo que está pasando en ese jardín es ajeno a él, a ellos (a Nathan, a Lilith), así que debería correr en sentido contrario. Aun así, sus pies no se mueven. Han echado raíces, como si un necromante estuviera intentando detenerlo.
Es Lilith, a su lado, quien pronuncia en voz alta lo que él piensa:
—Tenemos que salir de aquí.
Pero la celestial está tan paralizada como él y Darien sabe que la nueva situación tampoco es fácil de digerir para ella. El Portador ha cambiado y, por tanto, también todos sus objetivos. Junto a ella, Nathan tiene la cabeza gacha y el cabello blanco le cubre la cara. No se mueve. No habla. No es hasta que está a punto de llamarlo por su nombre que el chico alza el rostro y deja ver el principio de una sonrisa tirando de la comisura de los labios. Darien se estremece, porque hay algo desubicado en esa expresión. Cuando Nathan se endereza, es como si hubiera recuperado las fuerzas de golpe, aunque sigue herido y las ascuas en su rostro resplandecen como si el fuego bajo su piel se hubiera avivado.
—Yo no me voy a ninguna parte. —Su cadencia no suena del todo a él—. Quiero saber…
ELIRA
—¿Qué está pasando aquí?
Elira Surya habla incluso antes de ser consciente de su propia voz. En ocasiones le ocurre: su boca va más rápido que su pensamiento, su cuerpo es más veloz que la razón. Por lo general, trata de mantener esos impulsos a raya, pero en este caso las palabras le empujan la lengua y los labios y se le escapan.
En su cabeza, de todos modos, solo hay espacio para esa pregunta y la explicación que se esconde en todas las posibles contestaciones.
Astrey la ha traicionado.
Él tarda un segundo de más en fijarse en ella. Si Elira estuviera lo suficientemente cerca, si Denna no la ayudase a ponerse en pie en ese momento o si ella pudiese reparar en algo más allá del dolor de su cuerpo y las voces que le están estallando dentro, insultándola y riéndose de su inocencia, quizá podría ver la manera en la que la sonrisa del espíritu titubea, pero se lo pierde. Así que lo único que ve es que el nuevo emperador se acomoda en su trono y apoya el mentón sobre los nudillos mientras el gesto de su boca recupera las fuerzas y se amplía. Sus ojos grises, de pupilas afiladas, destellan antes de que él se encoja de hombros.
—Se acabó, mi reina —anuncia con calma—. Se acabó la lucha. Se acabaron las preocupaciones. Sé que querías matar a Iraides con tus propias manos, pero yo tenía una cuenta pendiente con ella incluso más antigua que la tuya.
Elira no lo entiende. Puede que las palabras tengan sentido por separado, pero su cabeza no es capaz de unirlas de forma coherente. Su cuerpo está congelado y lo único que es capaz de hacer es clavarle las uñas a una Denna furibunda que sigue sosteniéndola. Tamir, cuando se une a ellas, tambaleante, solo parece confuso.
—¿De qué estás hablando? —La voz le sale como un graznido ahogado, semejante al que lanza Shiraz antes de ponerse ante ella, como si quisiera protegerla. Como si no fuera demasiado tarde para ahorrarle el daño que le están haciendo. Ya lo siente y ni siquiera tiene que ver con las heridas que todavía le sangran—. ¿Qué significa todo esto, Astrey?
—Nos ha mentido —escupe Denna—. Nos ha estado usando…
Elira sabe que es cierto y, aun así, se encuentra a sí misma deseando que el brujo le lleve la contraria. Que le replique con algo retorcido que ella pueda entender, algo que no la haga sentir tan estúpida, tan ridícula…
—No le he mentido a nadie. —Elira se permite tener esperanzas por un instante que acaba demasiado pronto—. Tan solo hay algunas cosas que me he visto en la obligación de no mencionar. En lo importante, sin embargo, siempre he ido con la verdad por delante. Te dije que creía en tu misión, que estaba de tu parte, y nada de eso era falso.
Elira siente dos fuerzas contrarias tirar de su cuerpo. Una, la que parte del pecho y cuyo pálpito es lo suficiente fuerte como para acallar todo lo demás, le pide que se tranquilice, que confíe en él, que se deje llevar por esa mirada de tormenta en la que ella siempre ha sabido leer mejor que nadie. Otra, la que está en la cabeza, la que chilla tan alto y con tantas voces distintas que cree que va a reventarle los oídos, le dice que se está burlando de ella. La ha engañado, la ha usado, y ella… ella es una estúpida por dejarse engatusar por sus palabras llenas de sombras y sus sonrisas de serpiente.
Es esa segunda fuerza la que pudre lo que tiene en el pecho y lo aplasta para que no moleste. También es la que le arranca un jadeo y una sonrisa que no tiene nada de feliz. Es pequeña, retorcida y, sobre todo, incrédula.
—¿De mi parte? —Esta vez la pregunta es como un arañazo. Le gustaría que lo fuera de verdad. Quiere clavarle las uñas, dejarle marca. Su mirada cae sobre la corona que destella entre sus cabellos pelirrojos y, después, sobre el Amuleto del Tiempo—. Tú no estás de parte de nadie más que de ti mismo. Siempre ha sido así, ¿no? ¿Era esto lo que querías durante todo este tiempo? ¿El trono? ¿El Amuleto?
El nuevo Portador hace un mohín mientras se levanta y se acerca con pasos tranquilos. Sus dedos rozan el Amuleto del Tiempo en una caricia que a Elira le revuelve el estómago. Esos dedos la han tocado a ella con el mismo cuidado y las mismas ansias en mil ocasiones, y ahora se siente como si no hubiera sido más que otro objeto bajo esas manos. Algo que usar. Algo que manipular.
—Quería venganza, Elira, igual que tú. Sé que ahora estás confundida, pero sigo siendo la misma persona que conoces. Seguimos siendo iguales, tú y yo. Seguimos teniendo los mismos objetivos. Y, sobre todo, quiero que sepas que no voy a ir contra ti. Ya tienes todo lo que querías. La emperatriz está muerta y, si así lo deseas, la corona de Orlaith es tuya. Pero no tiene por qué ser solo la de Orlaith. Podrías tener la corona de toda Odelia —añade mientras extiende hacia ella una de sus manos llenas de anillos—. Podrías ser mi emperatriz. Podríamos cambiar el mundo.
Elira escucha la exclamación sorprendida de Tamir a su lado, la risa irónica de Denna, pero solo tiene ojos para la expresión honesta de Astrey, para sus dedos extendidos como los de un demonio que quiere hacer un Trato.
Al principio ni siquiera es capaz de reaccionar. Quizá porque ha visto muchas veces esa expresión casi devota en Astrey (en su cama, durante las misiones que han compartido, cada vez que la llamaba «mi reina») y está acostumbrada a sentir que era ella quien tenía el control, que él siempre terminaría moviéndose al ritmo que ella marcase. Desde que se conocen, ha sido ella quien ha decidido lo que pasaba entre ellos, lo que permitía y lo que no. Ella decidía los planes en los que participaba, ella consentía sus acercamientos o mantenía las distancias.
Pero quizá estaba equivocada.
Quizá ha sido él quien ha tenido el poder durante todo ese tiempo.
La fuerza que reside en su pecho se revuelve solo un poco antes de que la de su cabeza vuelva a ganar. Emperatriz. La simple palabra hace que se le erice el vello, que el paladar se le llene de sabor a bilis. Ella nunca ha querido ser emperatriz de nada. Ella quiere destruir el Imperio, acabar con él y con todo lo que su historia arrastra. Y pensaba que Astrey deseaba lo mismo. Por eso luchaban, por eso ayudaron a Ilan. Por eso iban a liberar Orlaith, pero no de esta manera. ¿Cómo puede sugerirle algo así? ¿Cómo puede ofrecerle una corona creada a costa de la subyugación y del terror con el que el Inmortal cubrió casi todo Evren? ¿Cómo puede creer que ella sería capaz de aceptar?
No la conoce. Si piensa así, es que la conoce tan poco como ella a él.
Una tercera fuerza nace dentro de su cuerpo. Viene del estómago, cálida y ardiente, y hace que apriete los dientes y extienda las garras.
Pero, antes de que la rabia la ciegue, antes de que ella se arme de la seguridad necesaria para atacar y destrozar esa sonrisa y esos ojos que siguen mirándola como si nunca le hubieran mentido, otra sombra se le adelanta.
CALEB
Cuando era pequeño, Astrey tenía una sola debilidad: su confianza en sí mismo. Era una característica que muchas veces lo llevaba lejos, sobre todo porque la gente solía confundir su soberbia con la picardía propia de un adolescente y él resultaba lo suficientemente encantador como para que todo el mundo se dejase engatusar por él. En otras ocasiones, sin embargo, la autosuficiencia jugaba en su contra, así que Caleb solía aprovecharse de ello en sus entrenamientos. Por ejemplo, cuando Astrey daba una batalla por ganada, siempre bajaba la guardia, porque solo le interesaban las cosas mientras suponían un desafío para él. Se aburría rápido de lo que no consideraba que estaba a su nivel, y eso a veces incluía a ese chiquillo que no dejaba de ser seis años más joven. Por eso y porque lo admiraba, Caleb aprendió que tenía que sorprenderlo de manera habitual si no quería que se cansara de pasar tiempo a su lado, sobre todo cuando se enfrentaban el uno al otro.
Ahora, cuando salta sobre esa persona que antaño consideró su familia, siente que el tiempo ha pasado por ambos y, a la vez, que ninguno de los dos ha cambiado tanto. Aun así, en esta ocasión ataca por la espalda no porque desee ganarse su atención y su cariño, sino para acabar con él.
Está a punto de conseguirlo. Lo haría si la expresión de sorpresa de la bruja alada no alertara a Astrey, que se gira y evita que el puñal que buscaba su cuello dé en el blanco. En su lugar, encuentra su brazo y, solo un segundo más tarde, el suelo se abre bajo los pies de Caleb. Tiene que saltar hacia atrás para evitar caer, pero no deja que eso lo detenga, del mismo modo que no permite que lo hagan los filos que surgen de todas partes y se le clavan en el cuerpo mientras vuelve a lanzarse hacia su contrincante. No importa que duelan, no importa que le abran la piel y lo atraviesen entero, no importa que tenga que apretar los dientes para no gritar: nada de eso va a matarlo. No puede matarlo. Es inmortal, y si eso sirve para que logre acabar con la persona que insiste en destruir su vida, bienvenido sea.
Uno de los filos le alcanza el corazón, pero ni siquiera eso lo detiene. Apenas lo siente, de hecho, porque en ese lugar todavía tiene clavada la muerte de Derek. Si se concentra, aún escucha a Ishtar llorar sobre su cuerpo.
Pensar en ello le da más fuerzas para seguir. Para evitar los ataques que Astrey lanza en su dirección y darle alcance cuando el brujo intenta poner distancia entre ellos. Va a matarlo. Va a matarlo ahí, ahora, por fin. Tal vez ese sea su destino, porque en otra vida, siglos atrás, el poder del Tiempo le perteneció, y quizá lo más lógico sea que regrese a sus manos. Heredará ese maldito Amuleto, aunque nunca lo ha querido, y entonces no habrá nadie que pueda volver a hacerle daño. Nadie que pueda volver a separarlo de las personas que quiere.
Con el Amuleto en sus manos, podría curar a Ishtar.
Con el Amuleto en sus manos, ni siquiera los dioses podrían interponerse entre Darien y él.
Astrey tiene una mueca en el rostro cuando se alza sobre un pilar que crea para alejarse de su alcance.
—¿Por qué estás haciendo esto, Caleb? ¿Tan leal te has vuelto a la emperatriz que sientes que debes vengar su muerte? No sabía que los mercenarios fuerais tan honorables.
Él entorna los ojos mientras busca la manera más rápida de llegar hasta su contrincante.
—El único de los dos que no sabe nada sobre lealtad u honor eres tú, Astrey. Baja de ahí. Lucha conmigo.
—No tengo tiempo para perderlo contigo.
Esa es una frase que le solía decir cuando eran pequeños, sobre todo cuando volvió de hacer su Trato. Regresó cambiado, más irónico, más arisco por momentos, aunque seguía teniendo la misma sonrisa y las mismas bromas escondidas bajo la manga. Había días, sin embargo, que estaba frustrado, ansioso, y se comportaba como un animal enjaulado. Recordarlo consigue perturbarlo lo suficiente como para no ser capaz de evitar el siguiente ataque: un golpe de aire que lo lanza contra una de las estatuas del jardín. El impacto es tan fuerte que le arranca la respiración y le provoca un ramalazo de dolor en la espalda, pero no llega a derrumbarse sobre el suelo. La escultura a su espalda cobra vida y, con la fuerza de la piedra, lo sujeta de las muñecas y le retuerce los brazos para inmovilizarlo. El gruñido que le rasga la garganta es gutural, furioso, pero incluso él tiene que soltar las armas cuando su carcelero aprieta tanto su agarre que amenaza con romperle los huesos. Aunque intenta concentrarse, porque esa estatua es parte del palacio y debería cumplir sus órdenes, no lo deja ir.
Astrey se acerca entonces a él. Lo hace con la misma sonrisa que ponía antaño cuando se salía con la suya.
—¿Cuándo vas a comprender que no eres contrincante para mí, hermanito?
—No te atrevas a llamarme así. —La respuesta le sale afilada, la única arma que le queda para defenderse—. Yo solo tenía un hermano vivo y tú lo has matado, igual que mataste al único padre que nos quedaba a los dos.
El brujo lanza un vistazo al cuerpo de Derek. Se encuentra un poco más allá, todavía entre los brazos de Ishtar, rodeado de un público de brujos que han decidido quedarse en lugar de escapar, más atraídos por el caos que temerosos de él. Aun así, nadie se atreve a actuar. Nadie hace nada por la legítima heredera y su pena, igual que nadie más que Caleb se ha atrevido a atacar a la criatura capaz de arrancarle la cabeza a la emperatriz de un solo bocado.
Cuando Astrey vuelve a fijarse en él, hay tanta indiferencia en ese gesto que Caleb nota que la furia le quema las venas.
—No me gusta que se me acuse de crímenes que no he cometido, ¿sabes? Maté a mi tío y volvería a hacerlo, porque fue un mal necesario —admite—. Nilam quería que olvidase de dónde venía y me quedase para siempre en Arsay, que me conformase con una vida que no era la que me merecía. Creía que no era lo suficientemente fuerte o inteligente como para hacer todo lo que me proponía, así que tuve que demostrarle que estaba equivocado y demostrarme a mí que nunca dejaría que nadie me detuviera. Ni siquiera él. Ni siquiera tú.
Caleb todavía recuerda el dolor aquella noche, el sentimiento de derrota cuando vio el cuerpo de su maestro caer y, más tarde, cuando aquel al que consideraba su hermano atravesó su propio corazón.
No fue nada en comparación con la desesperación al despertar.
—Sin embargo, no he matado a tu irrelevante amigo —continúa Astrey—. La única persona a la que he matado esta noche es a Iraides.
—Mientes. El ataque a Ishtar fue…
—¿De verdad crees que la chica seguiría viva si hubiera sido cosa mía? Si hubiera querido matarla, estaría muerta, sin importar quién se hubiera puesto de por medio. Pero no tengo intención de asesinar a mi hermana… A no ser, claro, que ella no me deje otra opción.
La mirada de Astrey cae sobre la princesa, como si estuviera esperando una respuesta por su parte, o quizá una amenaza, una excusa para acabar con ella igual que ha acabado con su madre. Caleb ni siquiera sabe qué responder. Una parte de él quiere seguir responsabilizándolo, culparlo y hacerlo sufrir por arrebatarle a otra persona más, pero la lógica le indica que dice la verdad. Ishtar no es contrincante para él. Si hubiera querido, no le habría costado nada matarla.
No, Astrey no ha atacado a Ishtar. Pero ¿entonces quién…?
Lo entiende de repente. Iraides. La emperatriz necesitaba una excusa para acabar con las formalidades y comenzar una guerra en medio de la fiesta y la mejor manera era fingir que su propia hija estaba en peligro. Nadie sospecharía de ella porque todo el mundo sabía que adoraba a la princesa y la protegía por encima de todo.
Ishtar debe de entenderlo al mismo tiempo que él, porque alza la cabeza, muy despacio. Su mirada, hueca y triste, llena de llanto, va hacia el cuerpo decapitado de su madre y, después, hacia el nuevo emperador. Parece desubicada, con la ropa y las manos repletas de sangre y la expresión desamparada de alguien que ha perdido todo lo que le importaba en un parpadeo.
Astrey entorna los ojos antes de dar un par de pasos tranquilos hacia ella.
—Cuando tu madre me obligó a huir de este palacio, tú eras solo un bebé. Sabes que estoy por delante de ti en la línea de sucesión, así que, dime: ¿me vas a permitir tomar mi lugar o vas a convertirte en una molestia que debería eliminar, Ishtar de Odelia?
Caleb siente que el pecho se le constriñe cuando ve cómo se aproxima a la muchacha. Ella está mirando al asesino de su madre sin emoción, sin intención de defenderse. Casi como si solo estuviese esperando lo inevitable, como si Astrey no fuera más que otra enfermedad que le ha tocado sufrir y supiera que esta sí que va a matarla.
Pero él no piensa permitirlo.
—¡Ni se te ocurra tocarla!
Astrey se detiene cuando está casi a punto de alcanzar a la princesa y vuelve a girarse para mirarlo con curiosidad.
—Ah, así que es a ella a quien eres leal…
El necromante aprieta los dientes y trata de batallar una vez más contra la estatua que lo mantiene preso, pero no sirve de nada. Aun así, se alegra de que Astrey no pueda saber que se equivoca. Aunque quiere a Ishtar, aunque admira la fuerza con la que se agarra a la vida y la considera parte de su familia desde mucho antes de saber que los unía un lazo de sangre, lo cierto es que su lealtad, la incondicional, la que lo llevaría a cometer cualquier atrocidad sin ni siquiera planteárselo dos veces, está con otro de los asistentes a esa fiesta.
No puede evitar buscarlo. Es solo un instante, pero es suficiente para que sus miradas se encuentren, porque Darien también lo está observando, con los ojos muy abiertos. Ha dado un par de pasos hacia delante y se revuelve contra su prima, que lo coge del brazo. Es obvio que quiere ir a su lado, pese a que esa misma mañana puso distancia entre ambos.
Caleb aprieta los dientes y los puños antes de volver a fijarse en Astrey. Su tranquilidad le enerva. El Amuleto del Tiempo cuelga de su cuello y destella y le confirma algo que aborrece admitir: el brujo tiene razón. No es contrincante para él.
Al menos, ahora.
Por eso, aunque odia la idea de agachar la cabeza, toma aire y baja la vista.
—No le hagas nada. Tú ganas, pero déjanos ir.
—¿Por qué debería? Estaba teniendo una conversación importante y has aparecido de la nada para intentar matarme. —Astrey hace un mohín de disgusto—. Ha sido, como poco, muy maleducado, Caleb. Nilam no nos crio así.
Quiere responderle que perdió el derecho de mencionar ese nombre cuando mató a la persona que lo llevaba, pero, en su lugar, insiste:
—Porque me lo debes. Me quitaste a una familia: no puedes quitarme otra. Si alguna vez me consideraste tu hermano de verdad, dejarás que me vaya con los míos: Ishtar, el celestial. Deja que nos marchemos y nunca más volverás a saber de ninguno de nosotros.
Miente, por supuesto. Pero nunca le ha importado mentir cuando es necesario.
Supone que eso es algo que ambos tienen en común.
Astrey lo observa con incredulidad, pero el necromante tarda un segundo de más en comprender que no es porque no se fíe de su palabra, sino por haber mencionado a Darien.
—¿El celestial? —repite casi con burla. La santa se queda congelada cuando Astrey fija su mirada en ellos, pero Darien alza la barbilla con desafío. Aun así, retrocede cuando su prima tira de él hacia atrás—. Vaya. Eso sí que es una sorpresa.
—Astrey.
—No, Caleb, no te voy a conceder tu capricho. —El nuevo Portador tiene la expresión propia de quien odia tener que señalar una obviedad—. Pero ¿qué te parece si te ofrezco una alternativa? Los dejo libres a ellos… y tú, a cambio, te quedas en palacio.
Caleb está acostumbrado a intentar adelantarse a los movimientos de otras personas, sobre todo cuando las conoce. Y conoce a Astrey, o cree conocerlo, así que tarda en reaccionar porque la propuesta le resulta irrisoria. No hay nada que los una ya, así que no tiene ningún sentido que haga una petición semejante.
—¿Por qué yo?
—Piensa, enano. —Caleb entrecierra los ojos. Ahora él es el más alto de los dos, pero Astrey sigue teniendo el poder de hacerlo sentir pequeño—. Nilam siempre te premiaba a ti por ser el que más se detenía a analizar los problemas, ¿no?
—Y es obvio que tú aprendiste algo de sus lecciones, si has conseguido llegar hasta aquí traicionando incluso a las personas que confiaban en ti. —El necromante lanza un vistazo a los brujos que se encuentran a su izquierda, solo unos pasos más allá. La comitiva los está observando sin perder detalle, dudando entre actuar o no—. ¿Qué quieres de mí? Solo me pedirías algo así si pudiera serte de utilidad.
La sonrisa de Astrey, que le había menguado en la boca, recupera su fuerza.
—¿Y no se te ocurre cómo? Eres inmortal, Caleb. Eso significa que eres una fuente de energía perpetua.
El necromante arruga la nariz, desagradado por la idea y, al mismo tiempo, incapaz de llevarle la contraria.
—¿Y para qué necesitas tú…?
Lo comprende antes incluso de terminar la pregunta. El gesto de los labios de Astrey crece hasta partirle la expresión en dos mientras roza el Amuleto del Tiempo.
—El Amuleto necesita robar tiempo de algún lado para funcionar. Lo habitual es que lo tome del resto del mundo, sin control, y por eso causa desastres. Pero tú serías una magnífica solución a ese problema: si te robo el tiempo a ti, no tengo que quitárselo a nada más.
—¡No!
Es la voz de Darien la que hace que ambos se giren. Su prima no es capaz de seguir sujetándolo cuando se revuelve y se apresura a adelantarse. Tiene el puñal de Muerte en la mano, el mismo puñal que los ha acompañado durante vidas enteras, y a Caleb se le revuelve el estómago cuando lo alza, amenazante. Quiere gritarle que no se atreva a acercarse, pero tiene la garganta seca.
—Suéltalo —gruñe el celestial.
Astrey enarca las cejas, su expresión mucho más divertida que atemorizada.
—Yo que tú ni siquiera lo intentaría, chico.
Caleb tiene que estar de acuerdo con él. De hecho, la idea de que Astrey repare demasiado en Darien le hace sentir un enorme nudo en el pecho que no es capaz de deshacer, así que decide volver a atraer la atención del brujo hacia él.
—No voy a dejar que me uses para… ¿Para qué? ¿Qué pretendes hacer con el Amuleto?
—Lo cierto es que yo también siento curiosidad.
Nathan Tabiz se ha adelantado y las partes quemadas de su rostro brillan como brasas recién encendidas. Tiene los ojos negros clavados en Astrey, pero, al contrario que en el resto de sus compañeros, Caleb no ve odio en su cara, ni siquiera desengaño o decepción, solo intriga.
—Has querido el Amuleto todo este tiempo, ¿verdad? —dice con una calma que no encaja con alguien a quien acaban de arrebatarle un objeto tan importante—. Lo tenías al alcance de tu mano, podrías habérmelo robado, pero no lo hiciste porque sabías que la única y verdadera Portadora era la emperatriz, no yo. Has engañado a todo el mundo para llegar hasta aquí… ¿Para qué? ¿Qué va a pasar ahora, Linsen?
El nuevo Portador se encoge de hombros.
—Voy a cambiar el mundo.
Cuando era pequeño, Astrey solía hacer comentarios como ese. Consideraba el futuro como una posibilidad inmensa y el universo que lo rodeaba como algo que podía moldear. Caleb recuerda que, antes de marcharse a hacer su Trato, Astrey hablaba de todas las cosas magníficas que haría cuando consiguiera un demonio: recorrería Evren de punta a punta y viajaría incluso más allá, ayudaría a quienes lo necesitasen e impartiría justicia, se convertiría en un héroe y en el brujo más poderoso que hubiera existido jamás. Le resultaba fascinante escucharlo. Él, que lo admiraba, que lo veía como alguien capaz de lograr cualquier cosa que se propusiera, quería verlo protagonizar todas las historias que se atreviera a imaginar.
Ahora, sin embargo, no le parece estar escuchando a un niño con sueños más grandes que él, sino a un adulto que se ha olvidado de que no es un dios.
—Voy a transformarlo en algo mejor —continúa Astrey, para su incredulidad—. Voy a hacer lo que mi padre jamás hizo: usar el Amuleto para salvar vidas en vez de destruirlas. ¿Qué tiene eso de malo? El antiguo Portador se hacía llamar el Inmortal, pero nunca compartió su poder con nadie. Esa no es mi intención. Mientras que él dejó morir a sus amantes, a sus hijos, a sus esposas, yo pretendo salvarlos a todos. Bajo mi mandato, la muerte no tiene por qué existir.
Quizá sea por la calma con la que Astrey enuncia su discurso, como si en sus palabras solo hubiera lógica, pero a Caleb le resulta demencial. Incongruente. Aberrante. Borrar la muerte es, de alguna manera, borrar también la vida.
—¿De qué estás hablando? No… No puedes hacer algo así.
Es Elira Surya quien lo dice. Su expresión está descompuesta, como si ella también creyera que Astrey ha perdido la razón.
Pero este se fija en ella como si no pudiera comprender su razonamiento.
—¿Por qué no? Piénsalo, Elira. Si pudieras, ¿no te gustaría recuperar a tu madre? ¿A tu hermana? A todas las personas que perecieron en Yuda, incluso. Tú misma estás aquí hoy gracias al Amuleto. ¿Por qué no usarlo para que ese milagro se repita todas las veces que sea necesario? Podríamos crear el mundo que quisiéramos. Un mundo perfecto, libre. ¿No sueñas con eso? ¿No es por lo que has estado luchando tanto?
Elira aprieta los dientes y esas garras propias de un pájaro que tiene por manos. Abre la boca, pero, antes de que pueda responder, otra persona, con una voz tan clara como quebrada, dice:
—Hazlo.
ISHTAR
Ishtar de Odelia siempre ha sabido que moriría joven.
Lo descubrió antes incluso de comprender qué significaba la vida. No es consciente de cómo fue la primera vez que le explicaron que estaba enferma, porque no recuerda ni un día en el que no lo estuviera. La sharada, esa condición cuyo nombre aprendió casi al mismo tiempo que el suyo propio, siempre ha estado ahí, como la mayor confidente y la mayor enemiga que ha tenido. Al principio no era más que una compañera que a veces la obligaba a guardar cama de vez en cuando, pero, en cuanto Ishtar fue lo suficiente mayor como para leer sobre ella, descubrió que la mataría. Ese día sí lo recuerda. Fue gracias a sus estudios, no a una conversación. Su madre nunca le explicó qué iba a pasar con ella más tarde o más temprano, quizá porque pronunciarlo lo habría hecho todo más real, así que se enteró gracias a un libro de historia que hablaba de la enfermedad de aquel padre cuyo rostro solo recordaba por un cuadro que había en una de los cientos de habitaciones de palacio.
También hablaba de todos los príncipes que habían muerto a causa de ella.
Recuerda que lo que más le impactó no fue la certeza de que a ella le pasaría lo mismo, porque la muerte no era más que un concepto vacío que no comenzaría a llenarse de significado hasta mucho después, sino la manera en la que su madre la miró cuando se presentó con aquel libro que era casi tan grande como ella y le señaló aquel pasaje antes de preguntar:
—¿Por qué papá no los salvó si tenía el Amuleto? ¿No los quería?
Iraides se mostró alarmada, como si hubiera traído a sus aposentos un miedo que todavía no quería encarar, y apartó el libro para tomarla en brazos y acunarla contra su pecho. Ishtar se dejó, aunque no entendía el terror en la expresión de su madre.
—No, no los quería. Pero yo sí te quiero a ti. Yo te adoro y jamás dejaría que nada ni nadie te apartara de mi lado. Por eso a ti no te pasará lo mismo.
Fue una promesa que Ishtar se creyó durante años. Al fin y al cabo, el amor puede hacerte inmortal de muchas maneras y el cariño de aquella mujer la hacía sentir invencible.
Al menos, hasta que comenzó a convertirse en una cárcel.
Con el paso de los años entendió que su madre le había mentido. Su vida estaba condenada, sobre todo sin el Amuleto del Tiempo en sus manos, y lo único a lo que podía aspirar era a disfrutar lo máximo posible de los años que pasara en el mundo, por eso nunca pensaba en el largo plazo. En algún momento dejó de visualizarse en él. Nunca se ha imaginado de anciana porque es consciente de que sería un milagro llegar a cumplir los treinta, nunca ha pensado en tener hijos porque está segura de que no podría superar un parto. En cambio, lo que sí ha visualizado en varias ocasiones es su final, ya fuera por saberlo inevitable o para estar más preparada para él. Ha pensado muchas veces en cómo querría pasar sus últimas horas y siempre ha llegado a la misma conclusión: no quiere morir abandonada en una cama, sufriendo. Siempre que imagina su muerte, es pacífica y ella tiene tiempo de despedirse de todas las personas que una vez la han querido.
Por eso no tiene ningún sentido que dos de esas personas se hayan ido antes que ella. No tiene sentido que el cuerpo de su madre esté desmadejado en el suelo y que su cabeza haya desaparecido tras las fauces de una bestia. Tampoco tiene sentido que Derek esté entre sus brazos, con la piel perforada empapándola de sangre. Lo ha llamado hasta que se ha quedado sin voz y sin lágrimas, pero él no le responde. Su rostro, al que le ha quitado la máscara de huargo que llevaba mientras bailaban, está quieto y pálido y eso no tiene ningún sentido porque suele ser ella la que tiene ese aspecto, no él.
Era ella la que tenía que morir primero, no él.
Por eso ha hablado y ahora todo el mundo la observa. Por eso, también, levanta la cara manchada de llanto para fijarse en la persona que porta el Amuleto del Tiempo. La persona que ha matado a su madre. Sabe que a ella no se la va a devolver. Sabe que a nadie le importa ya Iraides de Odelia, que nadie es capaz de ver en la antigua emperatriz algo más que a un monstruo, y puede que una parte de ella esté de acuerdo. Pero era su madre. Era la mujer que le dio la vida y que nunca dejó de cuidarla, quizá hasta el extremo más irracional. Su amor a veces tomaba forma de jaula y la ahogaba, pero en ocasiones es complicado trazar la línea entre el amor y el dolor. Hay abrazos que asfixian y, pese a todo, siguen siendo reconfortantes.
Sin embargo, que no vaya a recuperar a su madre no significa que tenga que perderlo todo.
—Hazlo —repite, más firme. Le duele el pecho, pero no sabe si es por la sharada o por todo lo que está ocurriendo—. Te cederé el trono para que hagas posible ese mundo sin muerte, pero a cambio empieza por él. Sálvalo. Devuélvemelo.
El nuevo Portador enarca las cejas, aunque Ishtar no sabría decir si es porque su propuesta le resulta sorprendente o solo ridícula. Al fin y al cabo, ella no es nadie para negociar. El trono de Damira siempre se ha regido por la ley del más fuerte y esa persona ha asesinado a la anterior emperatriz, así que es suyo, sin importar que ella sea una heredera más legítima.
—Ishtar, no.
La princesa se fija en Caleb, en su expresión desconcertada y alarmada, pese a que él siempre mantiene la calma. La mira como si creyera que se ha vuelto loca. Pero no lo está. Lo único que es una locura es que Derek no esté despierto, que muera antes que ella. Eso es lo que desafía todo tipo de lógica.
Astrey mira de uno a otro antes de acercarse a ella.
—¿Eso es lo único que quieres? No, ¿verdad? También quieres tiempo para ti misma. Para luchar contra esa enfermedad que tienes dentro… —La sonrisa del brujo se extiende, compasiva, como si comprendiera su dolor. Ishtar odia ese tipo de sonrisas—. Yo podría concedértelo. Ya he dicho que no voy a ser como nuestro padre: yo planeo cuidar de los míos. Incluso podrías seguir viviendo en el palacio, siempre y cuando respetaras mi posición…
El brujo se acuclilla ante ella. Sin embargo, cuando extiende la mano hacia su rostro, como si quisiera limpiarle las lágrimas, Ishtar echa la cabeza hacia atrás y tan solo se abraza un poco más al cuerpo de Derek. No quiere que ese asesino la toque. No quiere que piense ni por un segundo que lo considera su familia. Su familia está muerta. Su madre está muerta; Derek está muerto.
Astrey entorna los ojos ante su rechazo. O quizá sea ante su mirada, ante la ferocidad que ve en ella pese al dolor y la tristeza. Si alguna vez se conocieron, debió de ser cuando ella solo era un bebé, pero hace mucho tiempo de aquello. No es una niña, aunque el resto del mundo siga viéndola así. Ishtar, la joven princesa enferma. Ishtar, la indefensa. Ishtar, la desesperada.
Está harta de ser eso.
—Te he pedido por su vida, no por la mía. Tú y yo no somos familia, así que, si tomas el palacio, yo no quiero tener nada que ver, ni con él ni contigo. —La muchacha alza la barbilla como su madre le enseñó, como ha tenido que hacer mil veces ante todas las personas que alguna vez la han cuestionado—. Sálvalo y déjanos marchar, y Odelia será tuya. Eso es lo único que quiero de ti, brujo.
—Ishtar. —Caleb se revuelve con renovadas energías contra la estatua que lo sostiene—. Escúchame. Derek sabía lo que estaba haciendo cuando…
—¡No! —estalla ella. Sus brazos se estrechan un poco más alrededor del cuerpo inerte de su protector. Su mirada vuelve a ese rostro, al tatuaje que cubre la mitad izquierda de la cara, a los ojos cerrados. No soporta lo callado que está, lo quieto que está. Y, sobre todo, no soporta saber que es por su culpa. Ha muerto por ella. Porque su madre, una vez más, la quiso hasta ahogarla—. No, claro que no lo sabía. Él nunca ha querido morir. Yo siempre he sido la que tenía poco tiempo, no él.
No puede imaginarse un mundo en que sea de otra manera. No puede concebir una vida en la que Derek no está vivo pero ella sí, una vida en la que ya no cuenta con su presencia cercana y cálida, con sus bromas y su protección. Derek siempre la ha cuidado, pero la manera en la que su cariño le hacía perder la respiración no tenía nada que ver con la asfixia que le provocaba su madre. Él nunca la ha hecho sentir encerrada, sino libre, capaz de todo. Siempre la miraba como si no tuviera límites, como si fuera algo tan inmenso que resultara inabarcable, inalcanzable.
Devolverle la vida es solo una manera de devolverlo todo a su cauce. De aceptar, por fin, aquello de lo que ha huido durante demasiado tiempo.
Que lleva años enamorada de él.
Que la muerte tiene que atraparla a ella primero.
—Supongo que esta es una forma tan buena como cualquier otra de probar mi teoría.
La voz de Astrey suena despreocupada cuando se aparta de ella. Ishtar lo sigue con la mirada, ansiosa, sin confiar en que vaya a hacerlo. No tendría por qué. Tiene que haberse dado cuenta ya de que su trato no significa nada, que no lo necesita, que incluso podría matarla si quiere asegurarse de que nunca más vaya a ser un problema para él.
Pero, aun así, el nuevo Portador cierra los ojos, aprieta los dedos en torno al Amuleto del Tiempo y lo pone en marcha.
Ishtar sabe que lo hace por dos motivos:
El primero es que las manecillas comienzan a girar.
El segundo es que Caleb grita.
ASTREY
Astrey pasó sus primeros años de vida escuchando historias sobre el Amuleto del Tiempo desde el regazo de su padre, tan cerca del objeto que solo tendría que haber alargado la mano para rozar las finas manecillas. El Inmortal le hablaba de cada ocasión en que había puesto en marcha el artefacto como si guardase un buen recuerdo de ellas, incluso si todas estaban íntimamente ligadas a la destrucción y a vidas sacrificadas por una causa que un niño de cuatro años todavía no podía comprender del todo.
—¿Y cómo es usarlo? —le susurró un día.
Era algo por lo que sentía demasiada curiosidad y su padre debió de ver ese sentimiento, porque entornó los ojos. No le hizo bajar de su regazo, pero el gesto con el que rozó la joya hizo que Astrey pensara que quería protegerla. Como si creyera que incluso aquella criatura podía convertirse en un ladrón.
—Te hace sentir como si fueras un dios.
En aquel momento, Astrey no entendió lo que le quería decir, porque apenas sabía lo que era un dios. Con el tiempo, supuso que aquella respuesta no había sido más que una exageración.
Ahora sabe que su padre tenía razón.
Usar el Amuleto del Tiempo no se parece a nada que haya sentido antes. Empieza como algo cálido contra su pecho, como una vibración cuando las agujas se ponen en marcha. A partir de ahí, mil hormigas empiezan a correrle bajo la piel. Es como hundirse en un manantial de agua caliente, como haber atrapado rayos de sol y jugar con ellos entre los dedos. El tiempo, de pronto, se vuelve tan maleable como cualquier otra materia, como la piedra bajo sus pies o los árboles de metal que adornan el jardín. Lo siente al alcance de la mano, moviéndose en una danza de la que él es el centro, como hilos de oro que forman un tapiz perfecto y de los que puede tirar para crear todas las imágenes que se le antojen.
Es cierto. Es un dios.
Y esto es solo el principio.
A la voz la estaba esperando, pero aun así se sorprende cuando retumba en su cabeza, tan fuerte y clara como la de su demonio. Trata de ignorarla. No parece que quiera tomar el control, así que es fácil volver su atención hacia la energía de Caleb y tirar de ella.
Y tirar.
Y tirar.
Oye al chico gritar, pero aun así no se detiene. Se pregunta si su tiempo tiene fin, pero supone que ese no es el momento de averiguarlo. De él puede ocuparse más adelante, una vez haya demostrado ante todo Evren que puede ser la respuesta a esas oraciones que los dioses de verdad jamás se han parado a responder. Escucha los murmullos de la gente («¿Lo está usando?», «¿Va a revivir a ese hombre?», «¿Se cree que no habrá consecuencias?»), ve a los invitados más cercanos dar un par de pasos atrás. Elira no aparta los ojos de él y todo lo que quiere decirle es que siga mirando, que se dé cuenta de lo que podrían hacer juntos ahora que tiene ese poder entre las manos. Ahora que tiene a Caleb y ni siquiera hace falta robarle el tiempo al mundo. Nadie tiene por qué volver a sufrir. El incidente de Ilan no tiene por qué repetirse. Podrían hacer lo que quisieran. Podrían incluso traer Galia de nuevo a la superficie si se les antoja.
Tú podrías cambiarlo todo.
Sí, podría hacerlo. Y el primero de esos cambios es desafiar a la muerte. Quizá pueda convertirla en una enfermedad más, algo que se puede curar, como hace cuando le ofrece ese tiempo robado al cuerpo que se encuentra entre los brazos de Ishtar de Odelia. Es un traspaso, un préstamo, una transacción. Ni siquiera es tan distinto a ofrecerle agua a un sediento o alimento a un hambriento. Ese cuerpo vacío ansía ser llenado con el tiempo que tiene entre las manos y él, en su misericordia, se lo concede.
No necesita más para devolverlo a la vida. El pecho del muchacho se hincha al tomar aire y su primera respiración suena como una exclamación, como un susto. Sus ojos se abren y su cuerpo se revuelve entre los brazos de la princesa. Las manchas de sangre siguen tiñendo sus ropas hechas jirones, pero ya no hay heridas. La piel se ha cerrado y no ha dejado atrás ni siquiera el recuerdo de una cicatriz.
—¡Derek!
Al escuchar su nombre, el necromante se queda muy quieto, pálido y con la respiración acelerada.
—¿Qué ha…?
La voz del renacido suena ronca, atragantada, aunque la pregunta se queda suspendida en el aire cuando la princesa lo abraza con desesperación y un sollozo en los labios. Sus dedos le recorren el rostro que está volviendo a ganar color y él tan solo le devuelve la mirada con los párpados muy abiertos, paralizado e incrédulo. La comprensión llega muy poco a poco a su expresión.
Estaba muerto. Estaba muerto y, de pronto, ya no.
Con una sonrisa en el rostro, Astrey se gira hacia los invitados de Iraides, que ahora son los suyos. Ve a Nathan, que se ha adelantado un par de pasos y parece intrigado. Elira, en cambio, tiene la expresión tensa e inescrutable; Denna y Tamir, a sus lados, muestran opiniones tan contrarias sobre él como siempre: el disgusto de la necromante es evidente, mientras que el brujo está un poco fascinado, casi entusiasmado por el logro.
Cuando se fija en Caleb, esa fuente inagotable de poder que lo llama y lo insta a seguir utilizándolo, se da cuenta de que el chico ha dejado de gritar y descansa como un fardo entre los brazos de la estatua, drenado. Siempre ha tenido una palidez casi enfermiza, cenicienta, pero ahora está todavía más blanco de lo habitual y tiene el rostro crispado de un mártir. Astrey llega a la conclusión de que quizá sea exactamente eso, con su historia trágica, sus recuerdos olvidados, su tendencia a perderlo todo una y otra vez. Y hay una parte de él que casi siente lástima por él. Quizá no por el hombre que es, pero sí por el niño que fue. El que vio crecer, con el que jugaba junto al río, al que le enseñó a sujetar una espada y a nombrar todas las cosas que habían desaparecido de su mundo de la noche a la mañana.
Está seguro de que, después de lo que le hizo a Nilam, Caleb piensa que no tiene corazón y quizá Astrey prefiere que siga siendo así, pero la realidad es que todavía ve al chiquillo al que una vez consideró un hermano.
Por eso alarga la mano y roza con la punta de los dedos ese rostro que es tan idéntico y tan distinto al de aquel niño. Caleb deja escapar un quejido involuntario cuando lo obliga a alzar la cabeza. Ni siquiera tiene fuerzas para mirarlo con odio cuando entreabre los ojos. Solo parece perdido, muy lejos de allí. Pero estará bien. Es inmortal. Puede con eso y con todo lo que tiene planeado para él.
—Esto es lo que podemos hacer juntos, Caleb —le susurra—. ¿No decía Nilam siempre que hacíamos un buen equipo? Podríamos volver a serlo.
Una chispa de conciencia enciende los ojos del chico. Con ella llega el entendimiento de lo que ha pasado. Busca la silueta de su amigo junto a la princesa y dos sentimientos contrarios luchan entonces en su expresión: el alivio de verlo vivo y el conflicto que debe de suponerle la resurrección.
—No…
—Ya está hecho —replica Astrey—. Y tú puedes quedarte aquí por las buenas o puedo darte algún aliciente. Le he devuelto la vida a tu amigo y puedo volver a quitársela. Puedo hacer lo mismo con la princesa, también. Con el celestial…
Caleb empieza a negar con la cabeza. Aunque siempre ha sido tranquilo, contenido, ahora parece tan desesperado como la noche en la que se separaron. También parece odiarlo justo igual, pero puede vivir con ello. Tarde o temprano, lo convencerá de que tiene razón. Tarde o temprano, todo el mundo comprenderá su perspectiva y se dará cuenta de que él solo está intentando fabricar algo perfecto.
Y quien no lo entienda quizá no merezca formar parte de ese nuevo mundo.
—¡Astrey!
Su nombre es un grito de advertencia que viene de Tamir y que le sorprende, pero se gira demasiado tarde para evitar a la persona que se lanza sobre…
No. No quiero esto. Este no era el trato. Esto no era lo que tenía que pasar. No puedes tomar el control sin más. No puedes…
«Solo quiero hacértelo más fácil. No eres un adversario para él. Yo sí».
No, no estoy de acuerdo, pero por mucho que me resisto, por mucho que intento dominar mis movimientos, todo lo que puedo hacer es observar desde este rincón de mi propia mente al que he sido relegado, mientras el demonio dirige mi cuerpo. Todavía lo siento todo, cada golpe, cada paso, pero es como si fuera un muñeco, un títere al que está dirigiendo una mano invisible en un juego en el que me veo obligado a participar. La voz de Nilam me llega apagada, desde un lugar muy lejano, igual que los sonidos del mundo transformándose a nuestra (no, no es «nuestra» si yo no participo) voluntad.
«Esto es por tu bien», insiste la otra voz dentro de mí. Esa que siempre me acompaña. «Por nuestra misión».
Sí, sí lo es. Pero eso no significa que tenga que verlo. No puedo cerrar los ojos, pero de pronto la negrura me envuelve, me protege, aunque ni eso puede salvarme de la criatura de mi interior, de la bestia que ruge por mi sangre y piensa en matar, en devorar al demonio de Nilam, en alimentarse de él.
Solo quiero que acabe rápido, para mi tío y para mí. Sé que puedes hacer que sea indoloro. Por favor, termina ya con esto.
«Como quieras».
La decepción del demonio se cuela en su tono, pero sé que me va a hacer caso cuando desata su poder sin contenciones. Lo siento en cada músculo, vibrando en el aire. Y a eso, en realidad, no puedo darle la espalda. No puedo quedarme en la oscuridad para siempre.
El momento en el que recupero la visión es el momento en el que la cabeza de Nilam toca el suelo. El mismo momento en el que el cuerpo se tambalea antes de desplomarse.
Su demonio abandona la carcasa vacía que queda y el mío lo devora antes de que pueda huir, llenándome de una energía que me recorre las venas como fuego líquido.
Y entonces llega la calma. El silencio.
Lo he matado.
Realmente lo he matado.
La sensación de libertad que espero nunca llega. No es como imaginaba, no es como si la puerta de una jaula se hubiera abierto. No siento alivio. Todo mi mundo se reduce al charco de sangre que se extiende por el suelo, al vacío cada vez más grande que se abre bajo mis pies. Ya ni siquiera encuentro las fuerzas para seguir luchando por el control. Ya no le encuentro el sentido a tenerlo. Incluso mis pensamientos se ralentizan…
Y entonces, en medio de la quietud, oigo el crujido.
El demonio se gira y la figura de Caleb se recorta bajo el dintel de la puerta.
—¿Astrey…?
Él nunca duda, pero ahora pronuncia mi nombre con sumo cuidado. Con miedo. Con inseguridad. Como si supiese de antemano que quien está ante él no soy yo.
Mi cuerpo da un paso hacia delante.
No. Él no. Él no tiene nada que ver en esto.
«Es necesario que te desprendas de todas tus ataduras. No te sirven para nada en el nuevo mundo que queremos crear».
No. Para. Es una orden. Solo es un niño. Nada de esto es necesario. Devuélveme el control. Tienes que…
—Lo siento, hermanito. No es nada personal.
Las palabras le reverberan en la cabeza y le pesan en los labios como la primera vez que su demonio las pronunció con su boca. Le vuelven a saber a tierra removida, a algo podrido e inhumano. Igual que en aquella ocasión, está temblando cuando vuelve a tomar el control. Al contrario que en aquel entonces, está en el suelo y tiene que tomar aire, sorprendido, mientras el presente termina de solidificarse a su alrededor. Han pasado años desde aquello, pero de alguna manera lo siente tan reciente como si solo hubieran pasado segundos. Como una pesadilla que quiere mezclarse con el mundo real. Como un tajo recién abierto en su pecho.
Pero está bien. Tarda un instante en comprobarlo. Su mano se alza en un acto reflejo hacia el Amuleto que cuelga de su cuello y, cuando se asegura de que está ahí, su mente empieza a aclararse. A solo unos pasos de él, el celestial que conoció en las montañas se incorpora tras placarlo y trata de saltar a por él con un puñal en alto. Aquel día le pareció un muchacho inofensivo, asustado, pero la persona que se lanza a por él es un hombre furioso y sin nada que perder.
—¡¡¡Darien!!!
La voz de Caleb es desesperada y Astrey se agarra a ella, a su energía, a su tiempo, una vez más. Lo hace de forma inconsciente, pero es eso lo que consigue que todo se detenga antes de que el celestial le clave el filo en el corazón.
Astrey deja escapar un jadeo que se convierte en una risa incrédula cuando se percata de lo cerca que se ha quedado detenido el celestial. De lo cerca que ha estado de morir justo después de cumplir todos sus objetivos y solo por… un chiquillo.
A unos pasos de distancia, Caleb respira con dificultad. Él es la única otra persona que puede moverse, quizá porque está alimentando el poder del Amuleto, cuyas manecillas no dejan de girar. El chico está blanco, horrorizado, y pese al agotamiento, todavía lucha contra su prisión de piedra.
El Portador se permite lanzar un vistazo rápido a su alrededor mientras se arrastra hacia atrás, lejos de la punta del cuchillo. Si revivir al necromante lo hizo sentir bien, como si tuviera el control, ahora esa sensación se mezcla con el cosquilleo del peligro bajo la piel. El corazón le late desenfrenado, aunque se calma un poco al ver la imagen detenida. Al chico revivido confuso y a la princesa llevándose una mano a la boca, horrorizada por la osadía del celestial. A la santa con un brazo extendido en la distancia, como si creyese que así va a conseguir ayudar a su compañero. Nathan ha echado a correr hacia ellos, para su sorpresa, y Astrey se pregunta a cuál de los dos quiere ayudar, al celestial o al espíritu que le ha robado el Amuleto. Un poco más allá, Tamir parece alarmado, Denna mantiene esa expresión ilegible tan suya y Elira…
Elira tiene los ojos muy abiertos y una máscara de horror que hacía mucho que no le veía. Elira, su Elira, no se acobarda nunca, ni siquiera cuando la situación juega en su contra.
Pero ahora…
Una parte de Astrey le dice que se acerque a ella, que se sitúe a su lado y ponga el tiempo en marcha de nuevo para observar su expresión de alivio cuando se dé cuenta de que no le ha pasado nada. Es una parte diminuta, que a veces habla muy alto, pero a la que sabe que no tiene que hacerle caso, porque le da demasiados problemas cuando le cede el control. Así que sacude la cabeza y se pone en pie para alejarse del celestial y volverse hacia Caleb.
—¿Qué crees que debería hacer con él?
El necromante deja de luchar solo entonces. Tiene la frente perlada de sudor, respira con dificultad y en su cara está escrito el dolor que tiene que estar sintiendo.
—No te atrevas…
—¿Crees que estás en posición de amenazarme? ¿En serio, Caleb? —Su sonrisa se extiende. Cuando avanza, es para ponerse delante de él, aunque lanza un rápido vistazo hacia atrás, hacia ese chico—. Creo que debería usarlo para dar ejemplo. La gente no puede pensar que enfrentarse al emperador de Odelia no tiene consecuencias.
Matarlo sería muy sencillo. Podría usar el Amuleto de nuevo y convertirlo en polvo. Podría reducirlo a un esqueleto. O mejor: podría usar su tiempo para restaurar las grietas en la piedra, los árboles rotos, curar a los soldados heridos.
Puedes hacer lo que quieras. Ahora eres el Portador.
Sí, lo es. Y, como tal, podría volver el tiempo atrás, antes de que el celestial saltase sobre él, y esquivar el ataque para que no pueda hacerle revivir ese recuerdo que lo ha dejado más revuelto por dentro de lo que se va a admitir. Le gustaría probarlo. Le gustaría comprobar qué se siente al hacer que las manecillas del reloj giren en dirección contraria y…
—Me quedaré.
La voz de Caleb es lo que lo ata al presente. Es obvio que le cuesta hablar mientras el Amuleto del Tiempo sigue tirando de él y que odia la idea de ceder tanto como lo ha odiado a él durante años.
—Pero tienes que dejarlos ir —continúa el necromante—. A él, a Ishtar y a Derek.
«Eso es lo que provocan los vínculos y el cariño. Te hacen débil», murmura la voz del demonio que Astrey lleva dentro. Sus palabras resuenan en el fondo de su cabeza, un recordatorio de esa lección que le dio hace años.
Los lazos son una debilidad. El amor es una debilidad.
El amor siempre lo complica todo.
Pero a veces simplemente lo sientes, como una enfermedad de la que te contagias. Como una conciencia nueva que se te mete en el cuerpo sin necesidad de vender una parte de ti. Esa es una lección que Nilam nunca llegó a enseñarles pero, al parecer, tanto Caleb como él han tenido que aprenderla por las malas.
Una parte de Astrey quiere mirar hacia uno de los rostros detenidos de ese jardín, pero contiene el impulso, quizá porque sabe que su demonio no se lo perdonaría. Porque lo consideraría un desliz, un riesgo. Algo que, una vez más, debe ser extirpado antes de que haga daño. Sabe que, ahora más que nunca, debe tener cuidado con ella más que con ninguna otra persona.
Así que, en vez de mirar a la mujer en la que está pensando, se centra en Caleb y le sonríe.
—Tenemos un trato.
El tiempo se pone en marcha de nuevo.
LILITH
Lilith ha visto su mundo transformarse por completo varias veces en la última estación. Su hermano ha muerto. Ha perdido a su mejor amigo, a su primo. Ha perdido su propia existencia tal y como la conocía e incluso ha dado la vida por una misión que estaba condenada desde el principio. Ha sido salvada por un milagro, se ha convertido en un símbolo para todos los celestiales. Ha matado en nombre de su dios y sabe que lo más probable es que tenga que volver a hacerlo, incluso si cada uno de los cadáveres que ha dejado a su paso le pesan sobre los hombros y la conciencia.
Sin embargo, durante todo ese tiempo, Nathan ha sido el Portador. Al menos, a eso podía aferrarse: era una verdad tan innegable como que no debe fiarse de brujos y necromantes o que Eunomia está esperando a que la encuentre y la empuñe.
Ahora ya no le quedan certezas.
Se siente tan confusa con todo lo que está sucediendo que ni siquiera puede asegurar que Destino esté mirando hacia ese jardín que ha sucumbido al caos. Quiere salir de ahí, necesita encontrar una forma de huir y, al mismo tiempo, la espada le pesa en la mano como si fuera de piedra, todavía manchada con la sangre de Iraides de Odelia. Una voz dentro de ella le pide que se mueva, pero apenas oye sus ruegos cuando Darien se lanza a proteger al mismo necromante del que parecía querer huir al principio de la noche y ella extiende el brazo y grita su nombre cuando lo ve placar al nuevo Portador. Cuando su primo alza la daga que lleva empuñando toda la noche y, con una expresión de desprecio que jamás le había visto, trata de apuñalar al autoproclamado emperador de Odelia.
No lo consigue.
Lilith parpadea, intentando asegurarse de que sus sentidos no le han jugado una mala pasada cuando el puñal de Darien tan solo encuentra el suelo en lugar del cuerpo del brujo, que de pronto está a unos pasos de distancia, con una sonrisa victoriosa en la boca. La santa comprende lo que ha pasado en cuanto se fija en la manera en la que aprieta el Amuleto del Tiempo: lo ha puesto en marcha para evitar el golpe. Pronto sentirán la réplica del mundo, el mismo temblor que hizo pedazos la basílica y que después rompió incluso las montañas…
Pero no sucede. Igual que cuando ha revivido al necromante, el mundo no se sacude. Aunque el Amuleto del Tiempo ha sido usado dos veces en muy poco tiempo, nada se rompe.
Esa es otra certeza que pierde.
Darien se pone en pie y Lilith traga saliva cuando lo ve girarse otra vez hacia el brujo. Su primo está temblando, aunque no sabe si de rabia o de miedo. No lo reconoce. Nunca había visto esa expresión decidida en su rostro, esa furia en sus ojos verdes.
—Parece que tu celestial es casi tan obstinado como tú —le dice el nuevo Portador al necromante a su lado.
El aludido se revuelve, todavía sujeto por la estatua.
—Darien, es suficiente.
Es una advertencia, pero el chico no lo está escuchando. Cuando aprieta los dientes y asegura el puñal entre los dedos, Lilith sabe que quiere seguir atacando, que no va a rendirse, aunque no tenga ninguna posibilidad de ganar.
Por eso ella da un paso hacia delante. Dos.
Nathan llega hasta él primero.
Si el mundo siguiera siendo el que conoce, él detendría a Darien o, como mínimo, lucharía a su lado. Juntos quizá tendrían alguna oportunidad. Si Lilith se uniese a ellos, los tres podrían ser un verdadero problema para el nuevo emperador.
Pero el mundo ha cambiado y por eso Nathan, el mismo Nathan que le dijo que Darien era el mejor de los cuatro, el que ha ido a ese lugar con intención de liberarlo de un cautiverio que nunca debería haber sufrido, agarra a su amigo del pelo, le echa la cabeza hacia atrás y amenaza su cuello con un filo hecho de piedra y cristal.
—Será mejor que te calmes, celestial. A no ser que quieras conocer a tu dios esta misma noche.
Darien se queda paralizado. Para Lilith, en cambio, eso es lo que hace que por fin pueda reaccionar. La cadencia en su voz. La forma en la que pronuncia la palabra «celestial», como si nunca hubiera tenido nada que ver con su primo o con ella.
Ese no es Nathan, sino el demonio que vive dentro de él.
Eso es lo único que comprende de esa escena, así que se agarra a ello. La espada ya no pesa, porque ahora tiene un sentido que esté en su mano. La criatura está de espaldas a ella y eso le ofrece una oportunidad de ayudar a su primo. Tiene que hacerlo. Tiene que defenderlo, por todas las veces que no lo ha hecho. Porque fue muy injusta con él cuando decidió acompañarla y no le ha pedido perdón y no puede permitir que le pase nada. No quiere perder a nadie más. No quiere…
Está a punto de llegar hasta su antiguo amigo cuando otra figura le sale al paso. Una arpía interrumpe su carrera y la obliga a retroceder cuando está a punto de rajarle el rostro con las garras.
Aunque está herida, aunque tiene sangre en las ropas y sudor en la piel, las peligrosas manos de la princesa de Orlaith están preparadas para atacar, con magia y sin ella.
—Ni se te ocurra, santa.
Lilith aprieta los dientes. Está a punto de comenzar a formular un exorcismo cuando otras palabras resuenan por encima de todo lo demás:
—¡Basta! —La voz del necromante se alza y hace que todo el mundo se gire hacia él—. He dicho que me quedaré, Astrey. Soltadlo.
—¿Qué estás diciendo? ¡No! ¡No van a usarte! ¡No…!
Darien no termina de hablar porque el demonio que lo tiene apresado lo empuja entonces. Lilith lo ve caer de rodillas a los pies de la estatua y el cautivo.
—¿Cuál es el problema? —La criatura que vive en el cuerpo de Nathan lo mira con curiosidad—. Deberías estar contento, celestial. Que ese chico se quede aquí puede ayudar a que tu primo vuelva a la vida. ¿No te parece una buena noticia?
A la santa se le revuelve el estómago ante la mención de su hermano y la visión de Nathan convertido en un extraño. De pronto ve las diferencias más claras que nunca y le resulta absurdo que durante un tiempo no pudiera diferenciarlos. La sonrisa es distinta, igual que lo es la manera en la que mueve el cuerpo.
El demonio aparta la vista de Darien para fijarse en el nuevo Portador.
—Si nos unimos a ti, nos devolverás a Adam Rheiz, ¿verdad?
Esas palabras también tienen que pertenecer al demonio, porque Nathan no puede estar tan desesperado como para aliarse con ese brujo a cambio de la promesa del regreso de su hermano. Sabe que lo quiere de vuelta, sabe que todo lo que ha estado haciendo ha sido por él, pero ya no tiene el Amuleto del Tiempo. Tiene que rendirse. Tiene que aceptar que Adam se ha ido para siempre y que recuperarlo ya no está en sus manos. Quizá nunca lo estuvo.
Sí, todo ha cambiado. Y el principio de ese cambio no fue un romance secreto, una boda truncada o la puesta en marcha del Amuleto del Tiempo. No, todo cambió para siempre en el mismo instante en el que Adam dejó de respirar.
Hasta que no lo acepten, no podrán vivir en paz en el mundo que quedó tras él.
Lilith se da cuenta de golpe, mientras una herida a la que no le ha prestado atención hasta ahora comienza a sangrar. Es una herida que lleva dentro desde el mismo momento en el que vio el cadáver de su hermano frente a ella, una herida que se obligó a remendar de cualquier manera para poder seguir luchando en primera línea de batalla pero que no ha dejado sanar.
Adam ya no está.
Adam se despidió de ella, pero ella fue consciente demasiado tarde.
Adam no va a volver y con él han desaparecido para siempre los días en los que todos eran una familia.
Pero Nathan no va a aceptarlo. Nathan no va a dejar que la herida sangre y se cure. Por eso el demonio que lleva dentro observa al nuevo emperador con esa calma, dispuesto a todo por recuperar lo que ha perdido.
El Portador esboza una sonrisa casi fraternal.
—Por supuesto. Todavía tengo una deuda contigo, Nathan Tabiz. Y pienso pagarla con creces.
DARIEN
En los últimos tiempos, Darien ha escuchado y revivido demasiadas historias de sacrificio. La primera fue la de Adam, pero después vinieron todas las demás. La mayoría han llegado desde el pasado, en forma de recuerdos: esbozos de vidas malditas que acaban sangrando finales infelices pese a sus intentos desesperados por arreglarlo todo. De todas esas historias, la única lección que a Darien le ha quedado clara es que los sacrificios nunca salvan a nadie. Una persona se condena por otra y al menos dos corazones acaban hechos pedazos. Los sacrificios implican despedidas, aunque no siempre haya muertes. Los sacrificios suelen ser actos egoístas en los que alguien se niega a pensar en lo que pasará cuando ya no esté. En las heridas que dejará abiertas. En el hueco triste y vacío que permanecerá tras su marcha.
Darien está cansado de los sacrificios. Está cansado de que alguien tenga que quedarse atrás.
Y, aun así, sabe que él también se sacrificaría. Quiere hacerlo cuando alza la vista, tembloroso y todavía arrodillado, y la imagen de Caleb apresado se pinta ante él. Está más pálido de lo habitual, casi consumido, más debilitado de lo que lo ha visto jamás. Darien todavía tiene en la cabeza los gritos que se le han escapado cuando el Amuleto se ha puesto en marcha y está seguro de que los recordará hasta el día de su muerte. Si volviese a escucharlos, si volviera a sentirlo sufrir, se lanzaría otra vez a por quien fuera necesario, sin importarle que pudiese usar el poder de Tiempo o tuviese una bendición del mismísimo Destino.
Pese a lo deshecho que está, pese a su obvia frustración, Caleb solo deja que sus ojos se encuentren un segundo antes de volverse de nuevo hacia Astrey.
—Me has dado tu palabra. Déjalos marchar.
El nuevo emperador no parece preocupado, ni por él ni por Ishtar ni por Derek, que se levantan en ese momento. El necromante vestido de huargo todavía se muestra confuso, inestable. A su lado, aferrada a él, Ishtar está inquieta.
—No, espera. —La princesa aprieta el brazo de su acompañante, ansiosa—. Te pedí que salvaras a Derek y nos dejaras marchar. Me refería a todos, incluso a Caleb. No me importa si destruyes este maldito imperio usando el Amuleto, pero…
El emperador solo le lanza una mirada de soslayo.
—¿He dicho yo que aceptara tu propuesta, hermana? Pero Caleb sí ha aceptado la mía. Él se queda, vosotros os vais. —Cuando se humedece los labios, parece una serpiente decidiendo cuál va a ser la siguiente presa que engullirá—. Y yo aprovecharía el momento, en vez de seguir tentando a la suerte.
Ishtar traga saliva, con la expresión horrorizada. Derek, a su lado, empieza a ser consciente de la situación, porque su rostro se contorsiona en una máscara de desprecio. Su mirada busca algo más allá de él, quizá deseoso de encontrar un arma.
Pero entonces Caleb vuelve a hablar:
—Cuidaos. Los tres.
Sus ojos azules se centran en la princesa, que abre mucho los párpados antes de apartar la vista al suelo con aire culpable. El necromante se fija después en Derek, que aprieta los dientes. Hay un instante de tensión en esa mirada. Una lucha o una conversación que solo ellos dos pueden entender.
Al final, Derek asiente.
Darien no puede creerse que lo haga. Que se rinda, que acepte ese trato descabellado. No pueden acceder. No pueden permitir que Caleb permanezca cerca de Astrey, que le ha hecho daño de tantas maneras y no va a dudar en volver a hacerlo. Si lo dejan atrás, el brujo lo usará para su beneficio. Exprimirá su energía como ha hecho antes y, no importa cómo de lejos estén, él lo escuchará gritar.
Los ojos del necromante vuelven por fin a los suyos y Darien alza la barbilla, desafiante, como si volvieran a competir para ver quién mantiene el orgullo intacto.
—No. A mí no puedes obligarme a abandonarte.
El celestial ha pasado días enteros estudiando a Caleb, observando sus expresiones, la leve curva de sus labios, la forma en la que entorna los párpados, la manera en la que inclina el cuerpo hacia él cuando le habla. Ha llegado a conocerlo sin necesidad de que abra la boca y por eso sabe que la manera en la que alza apenas la comisura derecha no tiene nada que ver con su sonrisa real, la que solo deja entrever en contadas ocasiones.
—¿No es lo que habías decidido hacer antes de que la fiesta empezara? Me dijiste que querías marcharte de palacio, que habías tomado una decisión. —Darien aprieta el puño en el que todavía guarda la daga de Tara—. Esta es tu oportunidad. Puede que sea incluso lo que tu dios quiere.
No podría importarle menos su dios. Quiere gritárselo a toda la gente que está en el jardín, quiere renegar de él en público y demostrarle, si es que está mirando hacia él, que nunca va a volver a obedecer. Que quizá esté obligado a aceptar su castigo, esa maldición que él nunca pidió, pero no significa que vaya a aceptar sus reglas. Si supiera que va a servir de algo, rompería el medallón que le cuelga del cuello en ese mismo instante.
—Hace mucho que ya no hago lo que mi dios espera de mí. Pero tú sí me prometiste hacer lo que yo quisiera, ¿no es cierto? Me dijiste que te usara como desease. Bien, pues quiero hacerlo ahora. Quiero que me obedezcas, que luches y te liberes y me saques de aquí. —Las palabras caen una detrás de otra, rápidas. No las reconoce como suyas, incluso si sabe que esos son sus deseos, pronunciados apenas más alto que el sonido errático de su respiración—. No quiero que dejes que nadie más que yo te use. Quiero… Quiero…
Quiere que se lo lleve lejos de allí. Quiere que lo oculte donde su dios no pueda encontrarlos, donde ni su poder ni sus ojos puedan alcanzarlos, donde puedan saber lo que es la felicidad.
Quiere la vida que les quitaron, todas ellas.
Lo quiere a él.
Aceptarlo en ese momento, en ese lugar, sabiendo que él va a insistir para que se marche y que están condenados de antemano, le hace tanto daño como atravesarse el corazón con el puñal.
El intento de sonrisa de Caleb se ha perdido y el necromante solo se permite un vistazo alrededor, a todos los ojos que están fijos en ellos, en esa despedida inevitable, antes de volver a centrarse en él.
—Acércate, celestial.
A Darien le gustaría poder negarse. Le gustaría dejarle claro que tiene que ser él quien obedezca en esta ocasión, no al revés. Pero es consciente de que todo está decidido ya, así que, aunque aprieta los puños, aunque tiene ganas de llorar, se pone en pie y se acerca los dos pasos que les separan. Al menos la cercanía le permite volver a sentir su calor. No lo toca, pero los recuerdos de la noche anterior hacen que le pique la piel por las ansias de extender las manos hacia su cuerpo, hacia su rostro.
Caleb está alzado por encima de él, pero aun así se inclina hacia delante todo lo que puede y Darien siente que un escalofrío le baja por la espalda cuando su boca le acaricia la oreja.
—No me he rendido contigo, Darien —susurra, con una voz tan cálida como su aliento—. No me he rendido con nosotros. Tu dios puede intentar separarnos tantas veces como quiera, pero yo siempre te encontraré. Lo he hecho en mil vidas antes y volveré a hacerlo ahora.
Darien siente que el pecho se le encoge, que las palabras se le clavan. Es ridículo, porque Caleb está apresado y, aun así, su voz le hace pensar en sus dedos fríos sobre la cara.
Y lo cree.
Lo hace a su pesar, contra toda lógica, contra todo lo que le impulsa a quedarse a su lado. Pero conoce a ese chico. Sabe de qué es capaz y que nunca le hablaría de esa manera si no estuviera decidido a volver a su lado.
Cuando se aparta, lo hace para que sus rostros sigan quedando cerca, con las miradas gritándose, y se pregunta si besarlo delante de todos esos brujos sería tan herético como renunciar a su dios en voz alta. Quiere hacerlo. Quiere pedirle perdón por haber intentado huir y dejarle claro con sus labios todo lo que se le pasa por la mente y el corazón.
—Se me está agotando la paciencia —interviene Astrey—. Si necesitáis más tiempo, estoy seguro de que podría poneros en celdas contiguas.
Caleb hace una mueca, pero solo aparta la vista de Darien un instante. Al siguiente, vuelve a fijarse en él para dedicarle un pequeño asentimiento que trata de darle seguridad. Darien sabe que esa es su señal para irse. Llega a apartarse del todo, de hecho. Está a punto de dar un paso atrás.
Pero antes tiene algo más que hacer.
Sus manos alcanzan el medallón que lleva colgado del cuello desde que Caleb se lo devolvió. Con cuidado, se lo quita. Y con el mismo cuidado, sin rozarle la piel, se lo pone a ese chico que una vez le robó la voluntad. Siente la sorpresa de Caleb cuando lo hace, pero sobre todo siente su propio alivio, como si se hubiera sacado un peso de encima. El ojo de Destino lo observa desde el pecho del necromante y decide que esa también es una declaración de intenciones. Una que quizá ofenda a su dios incluso más que un beso. Incluso más que renegar de él.
«Te estaré esperando».
No pronuncia las palabras, pero espera que él las entienda solo con la mirada, que su alma le hable a través de esa pieza de oro. Tiene la impresión de que es así. Al fin y al cabo, Caleb siempre ha sabido ver dentro de él.
—Vamos, santito.
Darien asiente a la petición de Derek. Da un paso atrás, el más difícil de toda su vida. Retrocede sin ni siquiera haberlo tocado y le cuesta lo indecible apartar sus ojos de los de Caleb, pero al final lo hace.
Toma aire antes de girarse hacia el resto de los presentes, aunque se fija sobre todo en Nathan y en Lilith. El que fue el Portador está cerca de Astrey y es obvio que no tiene intención de marcharse a ninguna parte, pero tampoco parece que nadie le vaya a hacer ningún daño. No puede evitar preguntarse hasta qué punto ese es el chico que un día conoció. Él nunca lo habría amenazado. Él nunca le habría hecho daño.
A su prima la encuentra de pie cerca de la princesa de Orlaith. Ambas están preparadas para saltar la una sobre la otra.
—Antes de que sugieras que la deje ir —dice Astrey—, te adelanto que la santa tampoco entraba en el trato.
—Pero tranquilo —continúa Nathan, con una sonrisa que le provoca un escalofrío—, aquí la cuidaremos como se merece.
—Márchate, Darien. —La expresión de la celestial es severa y su tono no deja opción a réplica—. Estaré bien.
Sabe que no puede creerla, pero Ishtar atrapa entonces su brazo y tira de él. Un recuerdo baila en los límites de su mente, pero Darien se obliga a evitarlo, a anclarse al presente y a concentrarse en poner un pie delante del otro.
No se despide.
No mira hacia atrás.
Odia los sacrificios.
Pero esa noche acepta el de Caleb y huye gracias a él.
ASTREY
—Dejar a la princesa viva va a traerle problemas.
—¿De verdad es hijo del Inmortal? Pero es ilegítimo, ¿no?
—¿Qué más da quién sea? Ha matado a Iraides, así que es el nuevo emperador.
—Tiene el Amuleto del Tiempo y es obvio que sabe cómo usarlo, eso es lo único que importa.
—No creo que vaya a ser un cambio para mejor.
—¿Ha dicho que nadie tiene que morir? ¿No es una visión muy ingenua del mundo?
—Mañana mismo el palacio estará lleno de gente que tratará de matarlo, así que veremos cuánto aguanta.
Astrey desenreda cada uno de los comentarios que pronuncian los asistentes a la fiesta mientras pasea de vuelta al estrado. Se toma su tiempo, paladeando su siguiente movimiento. Sabe que necesita tantear al pueblo antes de dar por concluida la velada y comenzar a construir el mundo que lleva toda una vida soñando. Por supuesto, la que hay ahí no es más que una selección muy pequeña de los habitantes de Damira, pero, por esa noche, es suficiente. Al día siguiente mandará pregonar la noticia de su ascenso al trono y enviará mensajeros a todos los territorios, además de hablar personalmente con cada canciller. Serán días ocupados, porque la política no es lo único que le espera. Sí, también deberá enfrentarse a cada persona que lo desafíe, aunque eso solo durará unos días. A medida que el pueblo tome conciencia de su poder, cuando todo lo que ha pasado ahí esa noche se sepa, aquellos que tengan ganas de retarle irán desapareciendo.
El nuevo emperador se detiene junto al trono y se vuelve hacia su improvisado público. Siempre le ha gustado el espectáculo y ese momento no es demasiado distinto a subirse a un escenario. Solo tiene que darles lo que quieren y algo en lo que pensar. Desde el estrado, observa a la gente que lo considera un monstruo, a la que lo considera un salvador y a la que no sabe qué pensar de él. Elira tiene los labios apretados en una expresión que intenta ser ilegible, pero deja entrever su tensión. Nathan sonríe. Cerca de él, Caleb ya ni siquiera lo mira.
—Pueblo de Damira —dice alzando la voz por encima de los murmullos que se resisten a acallarse—. Imagino que los sucesos de esta noche os resultan confusos, así que permitid que me presente. Mi nombre es Astrey Brynsen. Tenía cinco años cuando tuve que abandonar este palacio, esta ciudad, para escapar de la mujer que asesinó a mi padre y a todos mis hermanos en una sola noche. Desde entonces, he estado en el exilio, deseando volver para reclamar mi legítimo lugar.
No hay pena cuando lo dice, porque tampoco pretende dar lástima. Ya no le duele, o no tanto como en el pasado. A veces siente que esos recuerdos dolorosos le pertenecen a otro, que son rastros que han quedado de otra vida. El paso del tiempo ha emborronado la noche en la que tuvo que escapar y ya no se pregunta qué habría sucedido si todo se hubiera desarrollado de otra manera, porque sabe que no tiene sentido vivir en ese hipotético imaginario.
—Durante su mandato, mi padre conquistó y gobernó con mano dura. Durante el reinado de Iraides, aunque ella prometió cambios, dejó que le robasen el Amuleto del Tiempo y después todo permaneció tal y como el Inmortal lo había dejado. —Eso es lo que se dice en las calles. Es lo que decían los rebeldes. Es incluso lo que solía decir Nilam cuando vivía—. Hemos pasado demasiado tiempo estancados, aferrados a las mismas reglas que se instauraron hace más de un siglo, y ya es hora de que todo cambie. De que seamos más libres, de que soltemos todo aquello que nos ha estado lastrando. Yo os voy a escuchar. Yo os voy a demostrar que hay otras formas de hacer que Evren sea una tierra de esplendor. —Su mano se alza para rozar la joya en su cuello, para que todo el mundo quede hipnotizado por sus posibilidades—. El Amuleto del Tiempo ha vuelto al palacio de Damira y es mi intención seguir usándolo para crear el mundo más perfecto que ha existido jamás. Esta noche os he demostrado cómo podría ser. Pero ese es solo el principio.
Los ojos de Astrey no han dejado de recorrer la multitud en un intento de establecer contacto con el mayor número de gente posible, pero siempre acaban volviendo al mismo lugar. Elira no ha dejado de apretar las garras. Sabe lo que está pensando o, al menos, se lo imagina, así que las siguientes palabras son para ella:
—Sé que es difícil confiar en mí. Sé que en este momento pensáis que solo soy quien ha usurpado el trono. Y sé también que la confianza no se gana en una noche, por muy buenas que sean mis intenciones. Así que entiendo que no me creáis. Entiendo que todavía no esperéis nada de mí. Aun así, me ganaré vuestro respeto. No esta noche. No mañana. Pero os demostraré que soy vuestra mejor opción. Haré todo lo que ni Brynjart ni Iraides se atrevieron a hacer.
No espera aplausos, así que no siente decepción alguna cuando ocupa de nuevo el trono y no los oye. La corona sigue sobre sus cabellos y el Amuleto, alrededor de su cuello. Pocos le sonríen. Pocos, de hecho, se atreven a mirarlo de frente, y en muchos de esos rostros solo encuentra desafío. Está bien. No le importa. Sabía que no iba a ser fácil. Sabía que iba a necesitar paciencia. Tiempo.
Por suerte para él, tiene todo el del mundo en las manos.
—A Sikil no va a gustarle lo que pretende tu nuevo emperador, Mithra. Y, ya que estamos, a mí tampoco. ¿De verdad cree que puede desafiar todo lo que yo he escrito alguna vez? ¿Que puede salvar a cualquier persona que se le antoje? No puede.
El destino más ineludible de los humanos es morir.
—Sí, pero ¿no es magnífico ver cómo intentan evitarlo?
Hemos visto esta historia cientos, miles de veces, y aun así siempre hay alguien que se resiste a aceptar la verdad más absoluta de todas: el tiempo se acaba. Por eso empezó este juego, ¿no? Por eso se mantiene.
Por eso nunca parará.
II
ROBARLE TIEMPO A LA MUERTE
AMMARAH
La reina de Daiva abre los ojos en el mismo momento en el que un nuevo emperador se sienta en el trono de Odelia.
Las imágenes que tiene en la cabeza tardan un rato en cobrar sentido, así que al principio ni siquiera es consciente de qué significan. La fiesta llena de bestias. Lilith y Darien como dos celestes abandonados en medio de un mundo dominado por demonios. Un baile de máscaras que se convierte en una batalla. Iraides de Odelia le revela a Nathan que ella siempre fue la Portadora y entonces…
Entonces, la serpiente. La misma que no ha dejado de ver en todos y cada uno de sus sueños desde hace días. La que va a devorarlos a todos.
Y ha empezado arrancándole la cabeza a esa mujer.
Ammarah jadea. Nota la respiración atragantada, el corazón acelerado y la realidad inestable a su alrededor, blanda y deforme, derritiéndose como la cera de una vela: las paredes se comban, el colchón se hunde bajo su peso, la tela del camisón se le pega a la piel hasta fundirse con su carne. Cuando se mira las manos, hay ojos por todas partes: en las yemas de los dedos, en cada articulación, marcando las líneas de sus palmas. Alzar la vista no es mucho mejor, porque la tienen vigilada desde cada rincón del cuarto: están en el dosel de la cama y en las alfombras, sobre el baúl y el tocador y el espejo de cuerpo entero. Las pupilas se giran hacia ella, todas a la vez, juzgándola sin parpadear, preguntándole qué piensa hacer ahora. Nathan Tabiz ya no es el Portador. El Amuleto del Tiempo está en manos de una criatura que podría destruirlos en cualquier momento. De hecho, va a hacerlo, es una certeza. Destino lleva días advirtiéndoselo.
Esa serpiente va a ser su perdición.
La soberana de los celestiales trata de calmarse, pero cuando se incorpora en la cama sigue temblando. Fuera todavía es noche cerrada, aunque por lo general no suele ser así. Cada vez que se toma la poción que le permite forzar las visiones de Destino, no despierta hasta el amanecer y siempre porque Rina se encarga de sacarla del estado de trance en el que entra. Ella es la única que sabe lo que ha estado haciendo. Es a ella a quien ordenó conseguir más frascos y es ella también quien le guarda el secreto, incluso si no está de acuerdo en que siga bebiéndolas. Ya le ha advertido en varias ocasiones que no debería abusar de esa sustancia. Le ha dicho que puede nublarle la mente, que no es sano dejarse llevar por algo que la empuja al límite y que puede llegar a provocarle dependencia. Pero en eso se equivoca: ella tiene el poder sobre la poción, no al revés. Ella la está usando, no al revés. Podría dejar de consumirla cuando quisiera, pero no lo hace porque es lo único que le ofrece la claridad que necesita. Rina no lo entiende porque el reino no depende de ella. A ella no le atormentan las decisiones que ha estado tomando, los muertos que se han acumulado en el frente y la sangre con la que se ha pagado la extensión de las murallas, pero a Ammarah sí.
Ammarah prefiere las visiones a las pesadillas y la culpa.
Por eso necesita seguir viendo. Necesita volver a soñar y conocer cada detalle de lo que sea que esté ocurriendo en Damira. Necesita descubrir más sobre la persona que ha tomado el trono y entender cuáles son sus intenciones, asegurarse de que Lilith está a salvo. El pequeño vial de la última poción que se ha tomado descansa a su lado, en la almohada, pero está vacío. Necesita otro. Varios más. Los que sean necesarios para encontrar, por fin, la respuesta que lleve su reino a la salvación y la excelencia, al perdón de todos sus pecados o a aquello que al menos le dará un sentido a todos los desastres que han estado sucediendo.
El cuerpo le tiembla cuando se pone en pie, agarrotada y dolorida. Un sudor frío le recorre la cara y el cuello y los ojos de la habitación la siguen mientras ella avanza hasta su tocador, se arrodilla y trata de encajar la llave en el último cajón. La cerradura se difumina, se multiplica, se burla de ella, pero al final escucha el suave chasquido y su pequeño tesoro secreto aparece ante ella. Se le escapa una sonrisa, la de una niña que solo está jugando, la de la niña que ya no es, que nunca fue. Las reinas nunca son niñas, ni siquiera cuando acaban de nacer.
Ammarah aferra una de las pócimas, cierra el cajón y se levanta. Sin embargo, cuando se dirige hacia su cama, pisa sin querer uno de los ojos que hay en el borde de la alfombra y se asusta y retrocede y cae.
El vial se le escurre entre los dedos.
No sabe si el estruendo de cristal rompiéndose se debe al frasco o solo es ella. Si es ella, no importa. Ya está acostumbrada. Ya sabe que no hay reparación posible, así que con suerte pronto los pedazos en los que se ha estado partiendo no serán lo suficientemente grandes como para seguir resquebrajándose. Tiene que haber un límite. Hasta el diamante puede convertirse en polvo. Está deseando que ocurra. Está segura de que el polvo no siente. Del polvo nadie espera nada. El polvo lo limpias y lo apartas, no importa lo mucho que brillara antes. A lo mejor eso es lo que debería ocurrir con ella. Deberían apartarla. Deberían alejarla todo lo posible del trono para que sus elecciones no puedan seguir haciendo daño.
Ojalá la poción le dijera qué debe hacer y no le permitiese tomar decisiones propias. Ojalá le indicara un camino claro que ella pudiera seguir sin remordimientos. Está esperando que lo haga, por eso extiende los dedos hacia los pedazos de cristal que la rodean. Una gota será suficiente. Solo una. No necesita más.
No le importa cortarse mientras moja su mano en el rastro de líquido que queda en el suelo. Apenas nota los trocitos de cristal que se le clavan en la piel. Lo único que importa es beber. Beber, beber, be…
—¡Ammarah!
Alguien le sostiene la muñeca antes de que pueda llevarse los dedos a la boca para lamérselos. Frente a ella hay una mujer hermosa, de tez negra como la obsidiana y cabellos oscuros trenzados. No es la primera vez que ve ese rostro: desde que comenzó a tomar las pociones, lo ha visto varias veces en algunos de sus sueños, pero no entiende lo que quiere decir, como tantas otras cosas. Tampoco entendió lo que significaba la serpiente hasta que ha sido demasiado tarde. Si hubiera sabido adelantarse a lo que iba a pasar… Y, al mismo tiempo, las visiones del futuro son ineludibles. Son el camino. Intentar evitar lo inevitable es pecado.
—Pecado…
La desconocida ante ella frunce el ceño y Ammarah extiende la mano libre hacia ella para acariciarle la frente y suavizar su expresión. Cuando la aparta, ante ella solo está Rina. Por supuesto que es Rina. Tiene todo el sentido que Rina esté ahí, tomándola de la muñeca con esa expresión de preocupación. Aun así, Ammarah echa de menos a la desconocida. Le gustaría encontrarla. Le gustaría saber por qué Destino se la ha estado mostrando una y otra vez. Una parte de ella, estúpida e irracional, comienza a pensar que quizá su dios esté siendo benevolente y le está diciendo por fin quién es su persona destinada. La de verdad. No Nathan, que solo era un medio para un fin. No Lilith, que jamás la ha mirado de la forma en la que ella anhela.
Quizá esa mujer sí lo haga.
Quizá en algún momento por fin encuentre a alguien que la ame.
—Ammarah, ¿me oyes?
La reina clava sus ojos en los de Rina. No sabe cuándo ha conseguido incorporarla hasta dejarla sentada, pero sus manos están en su rostro y a Ammarah le faltan los segundos que han pasado entre esa escena y la anterior. No tiene ni idea de lo que le ha dicho la doncella antes de eso, así que asiente por inercia.
—¿Puedes levantarte?
Otro asentimiento. Un par de brazos la ayudan a ponerse en pie.
—Vamos a curarte esa mano. ¿Qué crees que estabas…? No puedes seguir tomando esas pociones. ¿Entiendes ahora por qué te lo advertí? Si sigues así…
—La serpiente es el Portador. La serpiente está en el trono.
Rina la mira mientras la lleva hasta la cama y la sienta en el borde del colchón. Ammarah se deja hacer. De todos modos, apenas siente lo que ocurre a su alrededor.
—¿De qué estás hablando? ¿Tu prometido…?
—No, no Nathan. Nathan no es el Portador. Nunca lo fue.
Su amiga sacude la cabeza, confusa.
—Claro que…
—No lo fue, no lo fue. Era mentira. Todo era mentira.
Lo cual hace que se pregunte muchas cosas. Si Nathan nunca fue un Portador legítimo, solo el hijo de la mujer que le robó a un ladrón, ¿por qué Destino decidió prometerlos? ¿Solo para mantener la farsa durante generaciones y generaciones…? ¿De verdad Destino dio esa orden alguna vez? La Suma Celestial dijo que se le había revelado en sueños, pero ¿por qué a ella? ¿Por qué no a los reyes?
—No entiendo nada de lo que estás hablando, Ammarah —dice Rina—. No te muevas, ¿de acuerdo? Voy a por algo para curarte esa mano. Estás sangrando
