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El rey no ama a su reina
Montpellier, 15 de junio de 1204
El rey Pedro no ama a la reina; no la ama.
Ama a otras mujeres, a muchas mujeres, pero no a la reina; a la reina no.
Las mujeres lo aman; todas las mujeres.
¿Cómo no van a amarlo?
Compone versos galantes, canta canciones, sueña con lidiar mil batallas y que los trovadores declamen sus extraordinarias hazañas, sus prodigiosas victorias y sus gestas gloriosas.
El rey es un caballero alto y fuerte; tiene el cabello rubio, herencia de sus antepasados del norte, y los ojos negros, de su sangre bizantina.
Es hijo de Alfonso, el monarca trovador, y de doña Sancha, la princesa que viene de Castilla. Es rey de Aragón y conde de Barcelona.
Él es el rey, pero no ama a la reina; no la ama.
María aún no cuenta veinticinco años, pero está casada tres veces. La primera, apenas cumplidos los dieciséis, con el vizconde Barral de Marsella, muerto al poco tiempo; la segunda, con el conde Bernardo de Cominges, al que da dos hijos pero al que renuncia porque quiere ser la esposa de un rey; su boda con Pedro de Aragón es la tercera.
Pedro tiene veintiséis y este es su primer matrimonio.
Los nobles de Aragón y de Cataluña le dicen que debe casarse, enseguida, que debe tener un heredero, cuanto antes; y elige a María, señora de Montpellier, sobrina del emperador de Constantinopla.
Es una Comneno, la dinastía que gobierna el Imperio romano de Oriente desde hace dos décadas, la que funda esa misma primavera el nuevo Imperio de Trebisonda porque los cruzados ocupan Constantinopla, la saquean y se instalan en esa ciudad, la Nueva Roma, su propio Imperio.
María es la señora legítima de Montpellier; su medio hermano Guillén acaba de renunciar a sus derechos y admite que ella sea la única dueña; mucho tiene que ver el acuerdo de boda con el rey de Aragón.
Corre el día 15 de junio del año del Señor de 1204; Pedro y María firman las capitulaciones matrimoniales y sellan su unión en la casa del Temple de la ciudad de Montpellier, el señorío de María, la ciudad independiente que se aporta como dote a su boda. A cambio, el rey Pedro le concede a su esposa el condado de Rosellón, pero sobre todo le promete que no la repudiará jamás; y lo confirma ante testigos.
La reina no es una mujer hermosa. El rey Pedro no la ama. Ama a otras, a hermosas mujeres a las que susurra poemas propios y entona canciones de los trovadores de Occitania, un reino imaginario que el rey de Aragón anhela construir para su gloria.
Pedro no quiere casarse, no desea ser el hombre de una sola mujer, ni siquiera el de una reina. Pero debe hacerlo, todos los reyes lo hacen. Aragón y Barcelona necesitan un sucesor, un príncipe legítimo que garantice la pervivencia del linaje de la familia real. No puede ocurrir otra vez, como cuando Aragón queda sin rey porque Alfonso el Batallador no engendra hijos. No, ahora eso no puede ocurrir. La tierra precisa de un rey y el rey de un heredero.
María ya es reina de Aragón. Esa noche espera a su esposo en la cámara real de su palacio de Montpellier. Medianoche. El rey no llega. La puerta de la alcoba de la reina permanece cerrada. Nadie llama. Nadie.
Pedro yace con otra mujer, más bella, más joven. El rey de Aragón acaricia los cabellos de Azalais, dorados como las mieses a fines de junio, que a luz de los velones resplandecen como si fueran de oro. Satisfecho, entrelaza en sus dedos los mechones rizados de su joven amante.
La reina espera en palacio. El rey no llega a ella esa noche. La primera noche.
Pasan juntos los siguientes meses del verano, pero él no visita la alcoba de la reina.
No la ama.
—Iré a Roma —anuncia de repente el rey Pedro, que acaba de confirmar las costumbres y privilegios de los ciudadanos de Montpellier, sus nuevos súbditos, a los que quiere ganarse pronto.
—¿A Roma? —se extraña el mayordomo real, con el que comparte un banquete amenizado por dos músicos que tocan un laúd y un armonio tan pequeño que un hombre puede llevarlo debajo del brazo.
—Quiero ser coronado por el papa.
—Para ser rey no es necesario...
—Lo sé. De todos mis antecesores en el trono, solo mi tatarabuelo el rey Sancho fue a Roma a postrarse ante el papa, pero lo hizo porque necesitaba su bendición apostólica para que nadie pusiera en duda su legitimidad. La mía no está en cuestión, pero, como dicen esos fatuos consejeros griegos que vinieron con la madre de mi esposa desde Bizancio: «La corona hace al rey». Escribid al papa Inocencio; este otoño seré coronado por él en Roma.
—Costará dinero, señor, y las arcas de vuestra majestad no están precisamente bien cumplidas.
—Utilizaremos el dinero de mi esposa. Montpellier es un rico señorío.
—Eso disgustará a sus ciudadanos.
—Qué mejor destino para el dinero de esos comerciantes que la coronación de su rey.
Roma, noviembre de 1204
Cinco galeras zarpan de Montpellier mediado el otoño; dejan a estribor el Estanque del Oro y ponen rumbo a Génova. El rey Pedro va a ver al papa Inocencio, que acepta coronarlo en Roma mediado noviembre. Lo acompaña su tío, el infante don Sancho, conde de Rosellón y de Cerdaña.
En Marsella, de camino a Roma, Pedro se encuentra con su hermano Alfonso, conde y marqués de Provenza; ambos carecen de herederos, de modo que acuerdan serlo el uno del otro en tanto no tengan hijos. Allí se enteran de la muerte del rey de Hungría, esposo de Constanza, hermana de ambos.
Génova recibe al rey de Aragón con grandes fiestas, pero tiene que zarpar enseguida hacia el puerto de Ostia, desde donde se dirige con las cinco galeras que lo escoltan río Tíber arriba, hacia Roma.
La urbe de los césares y de los papas no es la que espera. La ciudad, antaño la más populosa y rica del mundo conocido, se encuentra sembrada de ruinas cubiertas por arbustos y matojos, donde los lagartos toman el sol sobre los enormes bloques de mármol que un día forman la arquitectura de edificios formidables y al siguiente se sumen en el olvido. Entre la descuidada vegetación surgen restos de la antigua grandeza imperial: muros de enormes sillares, columnas rematadas por capiteles, arquitrabes y cornisas, templos vacíos, derruidos o convertidos en iglesias, antiguos palacios de senadores que ahora son conventos, y teatros y termas entre cuyos poderosos vestigios malvive una población marginal.
El papa recibe a la comitiva aragonesa en el Vaticano, un complejo arquitectónico formado por un palacio, varios edificios anexos y una basílica en la orilla derecha del río Tíber, donde antaño se alzaba un circo pagano.
Hace ya casi siete años que el papa Inocencio se sienta en la cátedra de San Pedro. Es uno de los pontífices más jóvenes en alcanzar el puesto más alto de los eclesiásticos. Tiene cuarenta y cuatro años, la experiencia suficiente, la fuerza necesaria y los arrestos oportunos para regenerar la Iglesia que varios de sus antecesores dejan como una cloaca infecta.
El rey de Aragón atraviesa con pasos amplios y seguros el largo pasillo enlosado con mármol rojo del palacio Vaticano hasta llegar a la sala donde lo aguarda el papa.
Inocencio viste una túnica roja y una estola dorada bordada con cruces áureas cosidas con hilo de seda negra. Se cubre con la tiara pontificia, un gorro cónico de seda amarilla orlada con brocados geométricos y una cenefa roja.
Es alto, pero no tanto como Pedro; su rostro, alargado y bien afeitado, a diferencia de la mayoría de los papas que aparecen pintados con barbas, emana autoridad. Su mirada segura denota serenidad. Los ojos, redondos y grandes, aunque demasiado juntos, miran con firmeza al monarca.
Pedro tampoco luce barba. Nunca lo ha hecho. Toma esa moda de uno de los trovadores de la corte de su padre, el rey Alfonso. Suele rasurarse casi todos los días con la ayuda de un barbero, que también le corta el cabello dejándolo crecer justo por debajo de la nuca, sin que llegue a la altura de los hombros. Acostumbra a llevarlo recogido por detrás de las orejas, para que así luzca con amplitud todo su bello rostro, que tanto gusta a las mujeres. Viste Pedro una lujosa túnica a bandas horizontales de colores rojo y azul, con brocados circulares. Se protege del húmedo otoño romano con una capa de terciopelo carmesí forrada con piel de armiño que se sujeta a los hombros con dos broches de oro.
—Santidad, como rey de Aragón, conde de Barcelona y señor de Montpellier, os agradezco que me hayáis otorgado el honor de coronarme, como ya hiciera vuestro antecesor el papa Alejandro con mi antepasado el rey don Sancho.
El rey de Aragón inclina ligeramente la cabeza ante el papa, que se levanta con toda dignidad y toma las manos de Pedro entre las suyas. De pie frente al rey de Aragón, se sorprende por la altura de este, un palmo por encima de la mayoría de los hombres que allí se congregan.
—Sé bienvenido, hijo amado de la Iglesia, y recibe nuestra bendición. —Inocencio abraza a Pedro, lo besa en la boca y lo bendice con su mano derecha dibujando en el aire la figura de una cruz.
Los dos hombres, el papa y el rey, la cruz y la espada, se miran con confianza. El papa invita al rey a que lo acompañe a dar un paseo por los jardines del Vaticano. Ambos se necesitan. Inocencio no tiene buenas relaciones con otro gran reino cristiano de Hispania, el de León. Declara nulo de pleno derecho el matrimonio de su rey Alfonso con la princesa Berenguela de Castilla y tilda de hijo espurio, es decir, bastardo, a Fernando, fruto de esa unión ilegítima ahora deshecha. Este papa alega y sostiene ante los poderes temporales que es la voluntad de Cristo la que otorga al apóstol Pedro y a sus sucesores la total preeminencia sobre los soberanos cristianos de este mundo.
—En el evangelio de Mateo —le explica el papa al rey de Aragón mientras caminan entre parterres de arbustos aromáticos—, queda claro que Nuestro Señor Jesús le concedió a san Pedro la plena potestad para hacer y deshacer en la tierra, de manera que todos los reinos cristianos deben someterse a Dios. Vos, don Pedro, sois rey de Aragón por la gracia divina y nos somos el único intérprete de la voluntad del Padre Eterno y su representante sobre este mundo.
—Y así lo acato, santidad. Por eso os escribí con el deseo de que fueran vuestras manos las que me coronaran en esta santa ciudad.
—Está todo preparado. Mañana seréis coronado en la iglesia de San Pancracio. Supongo que ya os han explicado todo el ceremonial.
—Mi tío, el infante don Sancho, hermano de mi padre, el rey don Alfonso, se ha encargado de ello.
Inocencio se detiene un instante. Pasa su mano por encima de un plantel de hierbabuena, toca las hojas ya casi marchitas en aquellos días de comienzos de noviembre, se impregna la palma de su agradable aroma y la huele con cierto deleite.
—Mis antecesores en la cátedra de San Pedro no permitieron que los reyes de Hispania acudieran a la guerra justa en Tierra Santa hasta que la última porción de ese territorio quedara en manos cristianas. ¿Culminaréis vos esas conquistas?
—Sí, santidad, en la parte que me corresponde, así lo haré. Pero no está en mi mano acabar con todo el dominio musulmán en la tierra que los sarracenos llaman Al-Andalus. Según los tratados firmados por nuestros antecesores, me corresponde ganar los reinos de Valencia y Mallorca y después participar con otros caballeros de Cristo en la empresa de ultramar y combatir a los enemigos de Dios allá donde se encuentren, hasta acabar con todos ellos.
—En ese caso, os concederemos la bula de cruzada, bendeciremos vuestra espada y os otorgaremos la potestad de combatir a los infieles en el nombre de Dios. Pero no solo a los infieles de la secta mahomética, también lucharéis para acabar con la herejía que corrompe a los cristianos en el Languedoc.
Aquella mañana del 11 de noviembre luce radiante. El sol ya no brilla en Roma con la intensidad de los calurosos días del estío, pero calienta mucho más que en las frías sierras del sur de Aragón o en los altos valles del Pirineo, donde en esas fechas ya están cayendo las primeras nieves.
—¿Todo preparado? —demanda el rey a su tío.
—Listo —ratifica Sancho—. Hoy serás coronado por el mismísimo papa de Roma; serás el primer rey de Aragón en disfrutar de semejante honor. —El infante Sancho ajusta las correas del peto que cubre el pecho de su sobrino—. Magnífico.
En verdad que la figura de Pedro es formidable. A sus veintiséis años está en la plenitud de su fuerza y de su vigor. Su considerable estatura, su pecho poderoso y sus fornidos brazos, fruto del ejercicio que desde niño realiza en el palenque manejando las armas para el combate, modelan unos músculos magníficos. Es uno de los pocos caballeros de su tiempo capaz de manejar con una sola de sus manos la pesada pero contundente hacha de guerra. Aunque sigue sin librar batalla alguna, para lo que cree estar bien preparado.
Pero hoy no habrá ningún combate. Hoy se corona como rey.
Los integrantes aragoneses y catalanes de la comitiva real salen de las casas donde se alojan en Roma, una residencia palaciega al pie de la colina del Janículo, la octava colina de la urbe. Dos centenares de romanos se echan a la calle por donde discurre la antigua vía Aurelia y comentan curiosos el porte de aquel personaje rubio y alto que cabalga sobre un enorme corcel de batalla rodeado de varios caballeros, uno de los cuales enarbola un estandarte con los colores rojo y amarillo del papa. No saben que hace ya mucho tiempo, cuando ninguno de ellos es nacido siquiera, otro rey de Aragón visita Roma para rendir homenaje de fidelidad al papa y recibir de su mano esos colores que desde entonces constituyen el emblema de los reyes aragoneses.
Cuando la comitiva real llega ante las puertas de la basílica de San Pancracio, el gesto del rey se tuerce. Se trata de una modesta iglesia, una de las basílicas menores de Roma. Ni siquiera está dentro de los muros de la ciudad de los césares, ni siquiera en el modesto barrio del Trastévere, sino en las afueras de la puerta que da acceso a ese espacio murado.
Pedro mira airado a su tío Sancho, que le devuelve el mismo gesto contrariado.
—Imaginé un templo más grande, más adecuado a la coronación de un rey —comenta.
—¡Qué importa eso! Lo que ahora cuenta es que vas a recibir la corona de manos del papa, lo que te convierte en el monarca más destacado entre todos los de la cristiandad.
La comitiva se detiene ante la puerta de la modesta basílica. Ante ella esperan dos cardenales, media docena de presbíteros, algunos monjes y una docena de guardias del papa.
—Roma da la bienvenida al rey de Aragón y conde de Barcelona —saluda uno de los cardenales.
—Que os lo agradece —repone Pedro, que baja del caballo para saludar al comité de recepción.
—Su santidad aguarda vuestra presencia ante el altar, majestad.
—Pues entremos raudos; no lo hagamos esperar.
El papa Inocencio viste una dalmática pontifical de seda verde con brocados de hilo de oro sobre un colobio blanco y cubre su cabeza con la tiara papal.
A su lado, sobre un almohadón de terciopelo rojo, están depositados los objetos y los símbolos de la realeza: el manto real, el cetro, el globo y la corona. En la mesa del altar puede verse la naveta de plata que contiene el santo óleo, el ungüento con el que se ungirá a Pedro como soberano de Aragón.
Tras la misa, el papa se dirige al rey, que asiste con devoción a la celebración de la eucaristía, y le pide que se arrodille.
—Nos, Inocencio, siervo de los siervos de Dios, por la autoridad que me ha conferido Dios Nuestro Señor y como sucesor de Pedro, el pescador de almas, y de Pablo, el apóstol de Cristo, te impongo a ti, Pedro, hijo de Alfonso y de Sancha, esta corona como símbolo de tu realeza y te otorgo el orbe y el cetro, emblemas de tu poder y de tu dignidad.
—Yo, Pedro, rey de Aragón, conde de Barcelona y señor de Montpellier, recibo esta corona de tus manos y juro ante las Sagradas Escrituras gobernar mi reino con justicia y lealtad a la Iglesia; y proclamo ante Dios Nuestro Señor que defenderé la fe católica, perseguiré la herejía y protegeré a su Iglesia.
—Levántate —le dice Inocencio mientras lo bendice dibujando en el aire con su mano derecha la cruz—. Has recibido la corona, el orbe y el cetro como símbolo de tu autoridad sobre los hombres, pero también debes ser proclamado caballero y ceñir la espada para que defiendas la cristiandad de sus enemigos e impartas justicia en tu reino.
—Sea —asiente el rey Pedro.
—Esta nueva ceremonia la celebraremos en la basílica de San Pedro del Vaticano, según se acostumbra.
La comitiva, ahora mucho más numerosa al haberse incorporado todo el séquito del papa, sale de la iglesia de San Pancracio.
El rey y sus acompañantes se sorprenden de nuevo. Ahora ya no son un par de cientos los curiosos que se alinean a ambos lados de la vía que atraviesa el barrio del Trastévere y conduce al Vaticano, sino dos millares de entusiastas desocupados que corean los nombres del papa Inocencio y del rey Pedro a la vez que los vitorean agitando palmas, ramas y pañuelos.
Sobre sendos caballos, escoltados por lanceros y protegidos por una guardia de fornidos soldados, desfilan a modo de un verdadero paseo triunfal en el que todo parece perfectamente establecido.
El infante Sancho mira a los lados y deduce que entre aquellos tipos tan eufóricos hay distribuidos agentes del papa que conminan a la multitud a jalear y festejar a los protagonistas de esa ceremonia.
Una hora después la comitiva llega al Vaticano. Esta basílica sí es digna de un rey. Se accede a ella a través de una amplia escalinata de siete gradas que da paso a un pórtico y este a un amplio patio cuadrado en cuyo lado oeste se levanta la fachada principal de la iglesia, un templo de tres naves, la central el doble de alta que las laterales, cubiertas con techos planos de casetones de madera.
Ya en el altar, ante una imagen de la Virgen María, el papa se coloca una capa pluvial roja y amarilla y toma juramento al rey.
—Pedro, rey de Aragón, ¿juras ser leal y defender a la Santa Madre Iglesia?
—Lo juro —asiente sin titubear el rey.
—¿Y juras defender, ser fiel y obedecer a su vicario en la tierra?
—Lo juro —reitera con la mano puesta en una biblia.
—¿Y juras perseguir la herejía y luchar por la paz y la justicia como buen caballero de Cristo?
—Lo juro.
—En virtud de tu juramento, nos, Inocencio, siervo de los siervos de Dios, te proclamamos defensor y vasallo de la Iglesia y caballero. Y por este privilegio que ahora nos te otorgamos, te imponemos por el valor de este feudo que tú, Pedro, por tu reino de Aragón, tu condado de Barcelona y tu señorío de Montpellier, pagues a la Iglesia de Roma doscientas cincuenta monedas de oro cada año, por la fiesta de San Miguel de septiembre, y que puedas llevar en tu escudo y en tu estandarte los colores rojo y amarillo de San Pedro, y rendir homenaje a esta santa Iglesia como todo buen vasallo debe a su señor, como lo han hecho antes que tú, tu padre el rey Alfonso, tu abuelo el conde Ramón Berenguer y todos tus otros antepasados como los reyes Ramiro, Alfonso, Pedro y Sancho. Y si no lo cumples, caiga sobre ti toda la maldición del infierno y la ira divina, como sufrieron los malvados Datán y Abirón, que desobedecieron a Dios y al profeta Moisés y resultaron castigados a ser tragados con todas sus familias por la tierra.
—Así lo juro.
Mar Mediterráneo, fines de noviembre de 1204
—El tiempo es apacible y el viento favorable; si no se desata ninguna tempestad, llegaremos a Montpellier en un par de días —le comenta don Sancho a su sobrino, que contempla desde el castillo de popa de su galera el perfil sinuoso y azul de la costa de Provenza.
Hace ya una semana que las cinco naves partieron del puerto de Ostia.
—Ahora ya nadie podrá discutirme jamás esta corona, nadie —dice Pedro, que mantiene entre sus manos la diadema de oro.
—Querido sobrino, nadie te ha discutido tu trono.
—El rey de Francia dice que soy su vasallo y que le debo homenaje y fidelidad por el condado de Barcelona y por otros que, según él, ganó el emperador Carlomagno a los sarracenos.
—Viejos legalismos que no significan nada —comenta Sancho—. No es una diadema de oro la que hace a un rey, sino la sangre, la familia y algo mucho más valioso...
—¿A qué te refieres?
—A la voluntad de reinar, al deseo de ser rey. Y tú lo eres. Eres hijo de un rey y nieto de una reina..., pero ahora que ya estás legítimamente casado, tienes que ser el padre de un futuro rey. Tu linaje, nuestro linaje, debe perpetrarse en un heredero.
Pedro aprieta los dientes, mira a su tío con cierta amargura, toma una bocanada de aire fresco y confiesa lo que todos en la corte ya conocen.
—No amo a la reina; no me gusta mi esposa; no la quiero.
—Lo sé. Pero esa mujer te ha dado el señorío de Montpellier y te ha abierto la puerta para optar a feudos más importantes. En sus venas lleva la sangre sagrada de los emperadores de Constantinopla. Si tienes un hijo con ella, ese niño fundirá en su corazón la sangre real de Aragón y la imperial de Bizancio. ¿Sabes lo que eso puede significar? El Imperio de Oriente es hereditario, pero el emperador de Occidente lo decide la Iglesia y media docena de grandes señores de Germania. ¿Te imaginas que un día un hijo tuyo uniera las dos coronas imperiales? ¿O tú mismo?
—No puedo acostarme con doña María; su sola presencia me desagrada.
—Tarde o temprano tendrás que dejarla preñada. Es tu obligación. La continuidad de tu sangre real depende de que lo hagas.
—Yo amo a Azalais; ya ardo en deseos de volver a su lado, a su lecho.
—Nada te impide que lo hagas; eres el rey. Vuelve cada vez que lo desees al lado de esa hermosa dama de Bossazó, no te lo reprocho. Doña Azalais es bella, muy bella, una de las mujeres más hermosas que he visto a lo largo de toda mi vida, y supongo que te proporciona grandes placeres en la cama, pero tu deber es dejar embarazada a doña María, aunque tengas que hacerlo con los ojos cerrados y en la noche más oscura.
Barcelona, navidades de 1204
Al regreso de Roma, Pedro quiere guerrear en Provenza; debe ayudar a su hermano Alfonso a conservarla bajo su dominio, pues algún día puede ser suya, ya que no renuncia a convertirse en el gran señor de toda la tierra desde Aragón y Cataluña hasta Génova. Pero al fin desiste y decide dirigirse a Barcelona. Allí lo espera Azalais.
El palacio real está en silencio. El día de Navidad termina y todos sus moradores descansan en sus lechos. Solo los guardias velan el reposo de su señor.
Pedro se despierta mediada la madrugada; tiene un extraño sueño. A su lado, la hermosa Azalais descansa tras una intensa noche de amor, una más de las que pasa junto al rey. La alcoba está tenuemente iluminada por la luz ambarina de la llama de un enorme velón, bendecido la pasada Pascua Florida por el obispo de Barcelona, y por los rescoldos que se consumen en la chimenea que caldea la estancia.
Observa a su amante adormilada. Sí, es hermosa, bellísima, de perfecto rostro ovalado, rasgos dulces y perfil delicado. Parece una de esas deidades antiguas que el papa guarda en una estancia secreta del Vaticano, tras una gruesa puerta de hierro que nadie puede abrir sin su permiso. Muy pocos hombres pueden ver esas estatuas de figuras femeninas labradas en mármol. Pedro es uno de ellos; el papa se lo permite.
Se desvela; se levanta de la cama; se cubre los hombros con un manto de piel; se acerca a las brasas de la chimenea: mira los tizones que se consumen entre las cenizas y trata de olvidar.
—¿No puedes dormir? —le pregunta una suave voz.
Pedro gira la cabeza hacia la cama. Azalais de Bossazó, ¡qué hermosa es!
—He tenido un sueño, un extraño e inquietante sueño.
Azalais se levanta de la cama; está desnuda; sus pechos tersos son aún más atractivos y rotundos entre la luz y las sombras; las curvas de su figura se desdibujan como las olas mecidas por una suave brisa marina; se acerca al rey, que le saca más de una cabeza de altura, lo abraza y se arrebuja junto a él, buscando el calor del manto que ahora cubre los dos cuerpos desnudos, piel contra piel.
—Cuéntame ese sueño —le pide Azalais.
—Es muy extraño.
—Ven.
Azalais toma la mano de su amante y lo conduce a la cama. Se tumba a su lado, apoya la cabeza sobre el pecho de Pedro.
El rey acaricia el cabello de Azalais y se esfuerza por recordar.
—Mi sueño ocurre en Roma, en esa pequeña basílica de San Pancracio. Allí estamos solos el papa Inocencio y yo. Me encuentro de rodillas, sobre el suelo de losas de mármol blanco, y el papa, sentado frente a mí en un extraña y alta silla, me mira y dibuja en sus labios un rictus estúpido. De repente me sonríe con ironía, se burla y disfruta con ello. Yo me mantengo sereno, pero apenas puedo moverme. El papa está descalzo y mueve los dedos de sus pies mientras sigue sonriendo. Y en ese momento entiendo lo que está pasando. El papa extiende las piernas hacia delante y me pide que le entregue la corona. Quiere coronarme con los pies, pretende colocar la diadema real de Aragón sobre mis sienes sin usar sus manos, con los pies, para dejar claro que él está por encima de todos los hombres, de todos los reyes.
»Pero entonces soy yo quien dibuja una sonrisa todavía más irónica. Me doy la vuelta y a mi espalda está la corona; pero no es de oro, ni de plata, ni siquiera de hierro, ni luce piedras preciosas engastadas. Es una corona hecha de masa de pan ácimo sin cocer, blanda, imposible de sostener con los pies. Se la ofrezco. El papa la observa y su risa estúpida se desvanece en un suspiro. No puede sujetarla con sus pies; no puede. De modo que no le queda otro remedio que cogerla con sus manos y colocarla sobre mi cabeza. Y cuando lo hace, la corona de masa de pan cenceño se convierte, como por un hechizo, en una tiara de oro con perlas, esmeraldas y rubíes incrustados.
—¿Qué significa ese sueño? —le pregunta Azalais.
—No lo sé, quizá algunos de mis consejeros puedan interpretarlo.
Azalais besa a su señor y acaricia su miembro, que reacciona de inmediato a los estímulos de la joven. La noche es larga, la más larga del año. Aún tardará varias horas en salir el sol. Los dos amantes tienen mucho tiempo por delante.
Jaca, verano de 1205
Pedro concede a los doce cónsules de Montpellier que sigan gobernando los asuntos cotidianos de la ciudad, como han hecho hasta ahora; necesita su apoyo y su dinero. El concejo se reúne en el llano de las Hierbas, un prado al lado de la ciudad, donde se convocan las asambleas ciudadanas y donde se acuerda jurar fidelidad al rey de Aragón como su señor natural.
Los gastos de la corte son cada día mayores y el rey se apropia de todo cuanto puede, incluso de algunas heredades del obispado de Elna. El papa amenaza con excomulgarlo si no devuelve todo lo incautado a la Iglesia.
Esa primavera recibe una carta de su hermana Constanza, la reina viuda de Hungría; le dice que al dolor por la muerte de su esposo el año pasado se suma la del hijo de ambos, el joven Ladislao. Constanza ya no tiene ningún lazo que la una a ese lejano reino y manifiesta su intención de regresar a Aragón. Pedro ve en su hermana viuda una oportunidad para casarla de nuevo con un príncipe cristiano y sellar una alianza beneficiosa gracias a esa nueva boda, quizá con un miembro de la casa real de Sicilia, lo que facilitaría la expansión por las islas del Mediterráneo, que tanto ambiciona el rey de Aragón.
El papa Inocencio concede entonces a los reyes de Aragón el privilegio de no tener que ir a Roma para coronarse; lo hará en su nombre el metropolitano de Tarragona, la mayor dignidad eclesiástica de toda su Corona, en la catedral de Zaragoza. A cambio de ese privilegio, los monarcas aragoneses deben lucir los colores del Vaticano, el rojo y el amarillo, en su estandarte, para que cada vez que cabalguen tras él o lo desplieguen en una batalla todo el mundo vea que el rey de Aragón es vasallo de la Santa Sede.
Aquel primer día de agosto, el estandarte rojo y amarillo ondea sobre la puerta de San Pedro de la ciudad de Jaca, la primera que recibe en Hispania a los peregrinos francos que transitan el camino a la tumba del apóstol Santiago en Compostela. Es un día importante; el rey Juan de Inglaterra, hermano y sucesor de Ricardo Corazón de León, está a punto de llegar para entrevistarse con Pedro.
Juan es un monarca pusilánime y se encuentra en un grave aprieto. El rey de Francia, el ambicioso Felipe Capeto, le acaba de arrebatar Normandía, la tierra patrimonial de la dinastía que reina en Inglaterra desde la conquista por el duque Guillermo el Bastardo. Solo mantiene en el continente las tierras de Aquitania, la herencia de su madre Leonor, por eso algunos comienzan a apodarlo Juan Sin Tierra. Sospecha además que el monarca francés tiene firmada una alianza secreta con el rey de Castilla para apoderarse de ellas. Para evitarlo, reclama la ayuda del rey de Aragón y le solicita una entrevista. La catedral jacetana es el lugar elegido para el encuentro de los dos reyes y sus consejeros.
Pedro aguarda a que un sayón anuncie la llegada del soberano inglés. A su lado, en el exterior de la catedral, aguantando el fuerte sol estival de las montañas, los aragoneses forman según su rango e importancia: Ramón de Rocabertí, arzobispo de Tarragona, se sitúa a la derecha del rey; después se alinean el obispo Gombal de Tortosa, el obispo García de Huesca y el obispo García de Zaragoza; a la izquierda forman los nobles, con Arnaldo de Alascón en primer lugar, por su condición de mayordomo real, seguido de Artal de Alagón, Jimeno Cornel, Asalido de Gudal, Aznar Pardo, Ato de Foces, Pedro Sesé, Jimeno de Luesia y dos docenas de señores más.
Todos están expectantes; es la primera vez que visita Aragón un rey de Inglaterra, el reino más poderoso de la brumosa isla de Britania, la cuna, dicen, del rey Arturo, el héroe cuyas hazañas prodigiosas narran los trovadores desde hace medio siglo al menos.
—Ya se acerca, majestad. La comitiva del rey de Inglaterra está a la altura del barrio del Burnao —anuncia el sayón.
—Saldré yo solo a recibirlo a las puertas —indica Pedro a sus varones—. Vosotros aguardad aquí.
Un escudero le acerca su caballo, un brioso alazán al que estima más que a muchos de sus súbditos.
Sobre el muro de la puerta de San Pedro un trompetero hace sonar con fuerza un cornetín anunciando la llegada del rey de Inglaterra. El aragonés ya está en el exterior de la muralla, preparado para recibir a su invitado.
Tras dos caballeros que portan sendos estandartes con la cruz roja de San Jorge y la flor de los Plantagenet, el linaje de los reyes ingleses, Juan cabalga seguido de tres centenares de soldados de Inglaterra y de Aquitania.
Conforme lo ve acercarse, Pedro repara en su aspecto. Juan, que aún no tiene cumplidos cuarenta años, es un hombre robusto, de rostro ancho y facciones poderosas; tiene el pelo castaño claro, algo rizado, y lo lleva recortado al estilo normando en la zona de la nuca. Sus rasgos son agradables; sus labios finos y sus ojos azules brillan como dotados de luz propia; no en vano es el hijo de la reina Leonor de Aquitania, a la que muchos consideran la mujer más bella jamás vista en este mundo.
Pedro echa pie a tierra, cede las riendas de su montura a su escudero y se acerca hacia la comitiva inglesa en un abierto gesto de amistad y confianza.
Al verlo, Juan detiene su caballo y hace lo propio. Ambos monarcas avanzan el uno hacia el otro hasta colocarse a la distancia de un codo.
—Querido primo —le dice Pedro al inglés en lemosín, la lengua de Occitania, la de los trovadores—, sé bienvenido a este reino de Aragón.
—Me alegra conocer a uno de los reyes más famosos de la cristiandad —responde Juan, que habla correctamente la misma lengua.
Ambos soberanos se funden en un abrazo ante los gritos de júbilo de los ciudadanos de Jaca, que se hallan concentrados en los alrededores de la puerta de San Pedro desde el alba para presenciar el encuentro de los dos reyes.
—Adelante, estás en tu ciudad —le indica Pedro con el brazo, invitándolo a entrar en el recinto murado de Jaca.
Juntos caminan hasta la puerta de la catedral. El de Aragón, más alto que el inglés, es doce años más joven, más fuerte y más bello. Su pelo largo y dorado, su formidable estatura y su andar mayestático causan la admiración de sus súbditos, que lo adulan en sus comentarios como el más formidable de los caballeros.
Uno a uno, el rey de Inglaterra saluda al comité de bienvenida formado ante la fachada occidental de la catedral; primero, a los obispos y abades, luego, a los nobles y, por fin, a los jurados del concejo de Jaca.
Los miembros autorizados de las dos comitivas entran tras sus reyes en la catedral, donde el arzobispo de Tarragona pronuncia una oración, bendice a los presentes y entona un Te Deum.
Ya cara a cara, sentados ante el altar mayor, Juan de Inglaterra habla claro.
—El rey de Francia es un hombre muy ambicioso. El año pasado, aprovechando el duelo por la muerte de mi madre la reina doña Leonor, se apoderó de mi ducado de Normandía, el feudo de mi padre el rey Enrique y de mi antepasado el rey Guillermo. Ha sobornado a los barones de ese ducado y ha ocupado sus principales ciudades. Bayeux, Caen y Ruán son ahora suyas. Y temo que ande preparando la invasión de Aquitania, el feudo de mi madre.
—¿Qué te hace pensar eso, primo? —le pregunta el de Aragón.
—Conozco su ansia de poder y su anhelo de ganar nuevas tierras para la corona de Francia.
—¿Y qué pretendes de mí?
—Ayuda: una alianza entre Inglaterra y Aragón para sofocar la amenaza de Felipe.
—¿Qué ganaría Aragón con ese acuerdo?
—Felipe ambiciona el Imperio y sumar cuantos territorios pueda.
—Aragón está en paz con Francia.
—Por ahora, pero ese hombre no se detendrá. Ha firmado una alianza secreta con Castilla y eso supone una gran amenaza también para ti —asienta Juan.
—Parece que lo conoces bien.
—Así es. Mi madre fue quien proporcionó una esposa al rey de Francia. Doña Leonor ya tenía casi ochenta años cuando fue hasta Burgos a buscar novia para Luis, delfín de Francia e hijo de Felipe. Quería que una de sus nietas fuera la futura reina de Francia y eligió a Blanca, que ahora es la esposa del delfín. De este modo, el reino de Castilla se ha convertido en un firme aliado del de Francia y tu reino de Aragón está entre ambos.
—¿Estás seguro de que Francia y Castilla sumarán sus fuerzas para atacar mi reino? —demanda Pedro con preocupación.
—¿Acaso lo dudas? Aragón tiene grandes intereses en la vertiente norte de los Pirineos. Felipe ambiciona ser el señor de algunos de los feudos que ahora te prestan vasallaje: Bearn, Cominges, Tolosa, Narbona, Montpellier incluso... Pero una coalición entre Castilla y Francia constituye la mayor amenaza para ti. Si Felipe se apodera de Aquitania, luego pretenderá Tolosa y así hasta Provenza, y después Cataluña. Y además, Castilla siempre ha deseado hacerse con Aragón. En los mapas secretos que maneja, el rey francés ya incluye como propias las tierras de Cataluña, a las que denomina como la Marca Hispánica, cual si fuera un nuevo Carlomagno.
—¿Cómo sabes todo eso? —inquiere Pedro.
—Dispongo de una red densa de informadores; tengo unos cuantos espías bien infiltrados en la corte francesa. Ya ves, querido primo, nos necesitamos; Aragón e Inglaterra se necesitan. Si acordamos una alianza firme, tú tendrás garantizado el dominio de todas las tierras y feudos al norte de los Pirineos, desde Tolosa hasta Provenza, incluso te cederé Gascuña; y yo mantendré Aquitania en mi poder. Pero si no lo hacemos, Francia acabará reclamando todas esas tierras y hasta la misma Cataluña. Estoy seguro de que Alfonso de Castilla pretenderá para sí Zaragoza y Valencia, e incluso el mismísimo reino de Aragón. No sería la primera vez que lo intentan.
—Es probable que tengas razón. En una vieja historia de Aragón he leído que Zaragoza fue ambicionada por el rey Alfonso de León, el que se llamó el Emperador, y aún antes por su abuelo, también llamado Alfonso, y que por eso el sello de esa ciudad lleva la figura de ese noble animal como símbolo —recuerda Pedro.
—Hace ya medio siglo que Castilla y León andan separados, pero algún día volverán a unirse bajo un mismo soberano y entonces quizá decidan que Aragón les pertenece.
—No se atreverán —asegura Pedro.
—¿Eso crees? —Juan se levanta de su asiento, se acerca a Pedro y coloca su mano derecha sobre el hombro del aragonés.
Pedro mira a los ojos al rey de Inglaterra y ve en ellos el brillo de la ambición.
No firmará ese acuerdo.
2
Rechazar a una reina
Montpellier, fines de primavera de 1206
Pedro pasa el otoño y el invierno en Aragón y mediada la primavera decide regresar a Montpellier. Sus consejeros, preocupados por la falta de un heredero legítimo, insisten en ello; se lo reiteran una y otra vez; y solo María puede dárselo.
El rey acaba de tener un hijo con Azalais. Lo bautizan con el nombre de Pedro y todos lo llaman Pedro del Rey. Pero es un bastardo. Azalais no es su esposa, solo su concubina. Ese niño no podrá reinar.
No importa; está convencido de que tarde o temprano el papa cederá y anulará su matrimonio con María; entonces podrá casarse con Azalais, reconocerá como propio y legítimo a Pedro del Rey y lo hará su heredero. Es un niño de apenas unos meses, pero lo acaba de nombrar canónigo de la catedral de Lérida y lo dota con sus rentas. Lo hacen otros reyes; ya ocurrió con Guillermo el Conquistador, rey de Inglaterra y duque de Normandía, pese a su condición de bastardo.
El rey Pedro está decidido a imponer su voluntad, pese a quien pese.
—Convenced a doña María, como sea, para que me ceda todos sus derechos de este señorío de Montpellier.
—Majestad, la reina está dispuesta a transmitiros todos sus dominios, pero no acepta la nulidad de vuestro matrimonio —le dice Arnaldo de Alascón, el mayordomo real, que acaba de hablar con María para comunicarle que el rey desea romper con ella.
—¿Qué quiere esa mujer? Sabe que no la amo, que nunca la amaré, que ni siquiera deseo tocarle un solo mechón de su cabello —clama el rey su desesperación.
—Y no es solo la reina, mi señor. Los ciudadanos de Montpellier están con ella y se muestran dispuestos a defender sus derechos hasta el fin.
—¿Habéis hablado con los cónsules?
—Ayer mismo. Muestran una firme decisión de obedecer sin la menor fisura a doña María, a la que reconocen como su verdadera y legítima dueña. No consentirán que nadie la despoje de sus prerrogativas como señora de Montpellier; ni siquiera su esposo el rey de Aragón.
—¡Malditos insolentes! Don Arnaldo, ordenad al secretario que prepare un documento por el cual doña María me cede a mí, como su esposo y su dueño, todos sus dominios patrimoniales sobre el territorio y ciudad de Montpellier. Hacedlo rápido; y que lo firme la reina con su propia mano.
—¿Sin contrapartida alguna...? —se extraña el mayordomo real.
—¿Qué puede pedir esa mujer?
—Un heredero.
—¡Qué!
—La reina querrá que le hagáis un heredero, supongo.
—Bien, si eso es lo que desea a cambio de los derechos sobre Montpellier, decidle que acepto.
—Siempre os habéis negado a mantener relaciones con ella; quizá sospeche que tramáis algo.
—Vos, don Arnaldo, lo habéis dicho: desea tener un hijo conmigo.
—Pero entonces...
—Prometedle que si me transmite sus derechos de señorío, la visitaré en su cama, pero no antes de que firme el diploma de cesión. Id y llevadle esta propuesta. Esperaré.
El mayordomo real hace una inclinación de cabeza y sale de la estancia donde lo recibe el rey de Aragón, en una casona palaciega al lado de la catedral de San Pedro.
—Aquí está; firmado con su propia mano y certificado por el signo del notario y el sello de la reina.
Arnaldo de Alascón muestra risueño el diploma por el cual María de Montpellier, reina de Aragón y condesa de Barcelona, cede a su esposo, el muy excelente señor rey don Pedro, todos los derechos que le corresponden sobre el señorío de Montpellier, con sus castillos, iglesias y mercados.
El rey coge el pergamino con sello pendiente y lo observa con cierta incredulidad.
—No supuse que fuera a ser tan fácil.
—No lo ha sido, mi señor, no lo ha sido. He tenido que prometerle a la reina..., bueno, espero que no os moleste demasiado, que mañana por la noche iréis a visitarla a su alcoba.
—¡Qué! ¿Eso le habéis prometido en mi nombre?
—Mi señor, yo solo he cumplido lo que me ordenasteis: que le dijera a vuestra esposa que en cuanto ella firmara ese diploma, vuestra majestad acudiría a su lecho.
—Eso ya no importa. Aquí está el documento que necesitaba.
—¿Y vuestra promesa?
—¿Qué promesa? ¿Acaso creíais que iba a acostarme con esa mujer? No lo haré. Lo que quería, ya lo tengo. —El rey aprieta el pergamino enrollado y lo muestra a su mayordomo.
No es propio de un caballero lo que hace Pedro de Aragón. El rey lee novelas y escucha canciones de los trovadores occitanos, en las que los hombres nobles tratan con honor a las damas, como a sus dueñas; a él mismo le gusta comportarse según se relata en esos cuentos.
Se ve como uno de los caballeros de las novelas de Cristiano de Troyes, el más famoso trovador de la corte de Leonor de Aquitania, y no le parece que obre mal engañando a María; al fin y al cabo, es su esposa, pero no es su dama, no es la mujer que ansía encontrar cada noche en su lecho. Un caballero se debe a su dama, solo a su dama, y la reina no lo es; no, no lo es.
Su dama es Azalais, su amante, la mujer a la que verdaderamente le gusta entregarse, la que sabe comprender el espíritu que hace palpitar el corazón de un guerrero.
—Quizá los ciudadanos montpellerinos no entiendan lo que estáis haciendo, mi señor...
—Ahora —el rey vuelve a mostrar el pergamino enrollado— el señor de esos burgueses soy yo.
En el día señalado, María espera a Pedro desde mediada la tarde. Se baña en agua aromatizada con esencia de rosas, se aplica en el cuerpo ungüento de sésamo y de algalia y se perfuma los cabellos con aceite de almizcle. Se viste con una camisola de seda rosada y un vestido de satén con brocados dorados. Pide a sus damas que asperjen las paredes y el suelo de la alcoba de palacio con agua de jazmín y que enciendan velas con olor a hibisco y sándalo, esas tan valiosas fabricadas en Anatolia por cereros turcos.
La cama luce sábanas de raso y almohadas de terciopelo rojo; en una mesa, al pie del tálamo nupcial, unas bandejas de plata rebosan de frutas frescas y queso y un par de jarras de vidrio guardan el más delicado y sabroso vino rojo de Borgoña.
El sol se oculta. María espera. Confía en que su esposo aparezca en cualquier momento en el umbral de la puerta de la alcoba. Ordena a sus damas que la mantengan informada de cualquier movimiento, que la avisen en cuanto el rey entre en palacio.
Discurre una hora, otra, la medianoche. Las velas aromáticas se consumen despacio, acumulando gotarrones de cera derretida sobre las copas de los candelabros. Las horas de la madrugada son las más lentas, las más penosas, las más difíciles.
Un gallo canta con la primera claridad de la alborada. La reina continúa sentada junto a la cama vacía. No viene el rey; no vendrá.
Un rayo de sol penetra como una espada de luz por la ventana y traza una raya amarilla en el suelo de madera pulida. La estancia se ilumina y diluye la luz de las velas, que siguen agotando despacio, muy despacio, la cera que las forma.
—Mi señora —habla al fin una de sus damas—, deberíais acostaros y descansar.
—Espero al rey —asienta María con determinación.
—Ya ha salido el sol...
—El rey vendrá, lo ha prometido.
No, no vendrá; ya no.
El rey de Aragón no acude a la cita con su esposa. No le importa nada. Tiene en sus manos los derechos sobre el señorío de Montpellier y pretende ejercerlos.
No ama a la reina. No quiere estar con ella. No la soporta.
Por el momento, la bella Azalais colma los deseos de Pedro, pero no todos. El rey está satisfecho con su joven concubina, a la que hace el amor casi todas las noches, dos veces, tres en algunas ocasiones. El rey de Aragón es feliz al lado de esa joven; le gusta besar su piel, tan tersa, tan suave; acariciar su pelo, tan sedoso, tan fino; le gusta penetrarla y sentir entre sus muslos el acompasado contorneo de su caderas y el palpitar de su sexo húmedo y caliente.
Ojalá fuera ella su reina y no María, esa fea mujer a la que no ama, a la que desprecia, con la que no desea trato alguno. Reniega una y otra vez de ese matrimonio, aunque le proporcione el señorío de Montpellier y con ella enraíce la sangre de los reyes del pequeño reino nacido en las montañas con la de los gloriosos emperadores de Oriente.
Pedro ama a muchas mujeres. No puede vivir sin una a su lado; no puede estar solo en el lecho en la oscuridad de la noche. Necesita una mujer. Casi siempre es Azalais, pero si ella no está, es otra la que ocupa su lugar. Una mujer, varias, cualquier joven hermosa que le haga el amor hasta agotarlo. La reina María, no; la reina nunca.
Sí, es el rey y ya sabe, pues no en vano siempre hay un consejero, un obispo o un abad que se lo recuerda a menudo, que debe engendrar un heredero legítimo, un hijo varón que garantice la supervivencia del linaje de los Aragón, la vieja estirpe de los monarcas sucesores del rey Ramiro, aquellos que arriesgan sus vidas y bajan al llano desde los riscos nevados de un pequeño y apartado reino en las montañas para conquistar las amplias llanuras del Ebro y las sierras azules del sur. Y la única que puede darle un heredero legítimo es la reina María, la esposa a la que no ama.
Piensa entonces en acudir al papa. Inocencio lo conoce, lo corona, lo comprende. Sí, el papa puede anular su matrimonio con María; el papa lo puede hacer. Si le escribe y se lo pide, tal vez logre obtener la anulación.
Montpellier, fines de agosto de 1206
Pedro pasa el mes de agosto guerreando en Provenza, en ayuda de su hermano Alfonso, al que el conde de Forcalquier rechaza como soberano.
De regreso a Montpellier, obliga a su esposa la reina a firmar un recibo por el cual Pedro se adueña de ochocientos mil sueldos del tesoro del señorío, contraviniendo así todas las leyes y costumbres que promete guardar. Al enterarse de la noticia, los doce cónsules que gobiernan el concejo montpellerino proclaman que el rey incumple su palabra y que es un felón. Salen a las calles e informan a los ciudadanos de lo ocurrido a la vez que los animan a alzarse contra él.
Algo va mal. Aquella mañana Pedro se despierta de repente. Un extraño sueño lo sobresalta: un caballo blanco corre desbocado por una inmensa pradera de hierba verde esmeralda que de pronto se interrumpe por un abismo insondable al que cae girando sus patas sobre su tronco como las ruedas de una carreta alrededor de su eje.
A su lado, Azalais duerme plácida y serena, con su rostro de niña satisfecha, preciosa como la ninfa de un poema. Pedro se levanta y se acerca a la ventana. Tiene un mal presentimiento. La imagen del caballo cayendo en un precipicio sin fin lo confunde.
Es temprano. En los días más largos del año la luz dorada del cercano mar Mediterráneo se impone pronto a las pesadas sombras de las noches cálidas. El rey agudiza el oído. Le parece escuchar un lejano rumor, como de voces iracundas.
Unos golpes suenan presurosos en la puerta de la alcoba real.
—¿Quién va? —pregunta Pedro, sabedor de que algo grave ocurre para que se atrevan a golpear su puerta con semejante contundencia.
—Señor, debéis apresuraros —grita una voz al otro lado.
Pedro reconoce a su mayordomo y descorre el cerrojo.
—¿Qué ocurre?
—Una turba de malnacidos viene hacia aquí; y no trae buenas intenciones —le anuncia Arnaldo de Alascón.
—¿Qué pasa? —demanda Azalais, que se despierta por los golpes y las voces de los dos hombres.
—Señora...
—Explicaos —le pide el rey al mayordomo.
—Un grupo de ciudadanos de Montpellier se dirige hacia este palacio gritando consignas en contra de vuestra majestad y dando voces a favor de doña María. Muchos van armados con lanzas, espadas y puñales. Tenéis que salir de aquí enseguida.
—¿Y la guardia?
—Solo disponemos de una docena de caballeros y una veintena de infantes. Esa muchedumbre los arrollará sin contemplaciones. Hay caballos preparados en el patio. Debéis marcharos ahora mismo; dentro de la ciudad no hay defensa posible. ¡Apresuraos, señores!
El rey y su amante se visten a toda prisa y salen de la alcoba a la carrera. Bajan las escaleras de tres en tres y salen al patio donde los palafreneros sostienen de las riendas a los caballos. Pedro ayuda a montar a Azalais y luego sube él a su corcel.
—Seguidme, señor —le indica el mayordomo.
—¿A dónde vamos?
—Al castillo de Lattes; está a cuatro millas al sur de la ciudad. A todo galope llegaremos en menos de lo que se tarda en decir una misa. Lo defiende un alcaide fiel y tiene poderosas defensas. Allí podemos hacernos fuertes.
Castillo de Lattes, junto a Montpellier, principios de septiembre de 1206
El alcaide de Lattes, avisado por un jinete enviado por el mayordomo real, ordena a la guardia que abra la puerta y permita entrar a la pequeña escolta que acompaña al rey de Aragón y a su joven amante.
Viene cabalgando a todo galope desde Montpellier, donde los rebeldes asaltan y saquean el palacio donde residen Pedro y Azalais. Son airados burgueses y comerciantes convenientemente azuzados por los cónsules que gobiernan el concejo. Corren la voz en mercados, calles y plazas de que Pedro de Aragón ofende y humilla a María, la señora legítima de la ciudad; lo acusan de vivir en concubinato con una joven ramera y de que trata de gravar con nuevos y cuantiosos tributos a todos los ciudadanos para derrochar ese dinero en regalos para su barragana.
—Señor, el castillo real ha sido saqueado; todos los sirvientes que allí estaban han sido asesinados. Los rebeldes vienen ahora hacia aquí con la misma intención. Son varios cientos de hombres —le anuncia el mayordomo real.
—Hicisteis bien en preparar esos caballos para escapar. Os lo agradezco, don Arnaldo.
—Fue el obispo quien nos avisó; gracias a él supimos que se había producido un motín y que los rebeldes estaban dispuestos a atentar contra vuestra majestad.
—¿El obispo?
—Sí, por su información pudimos escapar a tiempo.
—Vayamos a los muros —indica el rey.
Desde lo alto de la muralla Pedro contempla a la multitud que ya asedia el castillo de Lattes. Son más de un millar, según calcula a la vista de aquellas gentes que lo amenazan con gritos e insultos y alzan en sus manos todo tipo de armas: espadas, lanzas, bastones, hachas e incluso simples palos y estacas.
—Están muy enojados —comenta el mayordomo.
—¿Cuánto tiempo podemos resistir este asedio? —pregunta Pedro.
—Según me ha dicho el alcaide, hay provisiones para tres meses, tal vez cuatro si las racionamos, y otro tanto si nos comemos los caballos. Agua no nos faltará; este castillo dispone de dos profundos pozos que nunca se secan. Es un poco salobre, pero nos mantendrá vivos.
Pedro se apoya en el pretil de la almenas, entre dos merlones, y contempla a los sitiadores. Piensa que son una chusma de cretinos y estima que si dispusiera de medio centenar de caballeros armados, solo de cincuenta provistos de lanza, espada, cota de malla y capacete, ordenaría una salida a la carga y acabaría con aquellos insensatos en menos de lo que tarda en rezarse media docena de padrenuestros.
Pero apenas puede contar con un puñado de caballeros y peones de la guardia del castillo. No tiene más remedio que apostarse tras los muros y esperar.
Pasados dos días, algunos rebeldes se cansan y se retiran de vuelta a la ciudad. Los que se quedan carecen de máquinas de asedio, pero poseen escalas para atacar los muros del castillo de Lattes y muestran ganas de seguir allí. Tienen abandonados sus talleres, sus tiendas y sus negocios y estiman que no pueden perder más tiempo ante el castillo; proponen tomarlo al asalto.
Además, quién sabe si algún mensajero del rey de Aragón está de camino hacia Cataluña con la noticia de los problemas que está sufriendo Pedro y en unos días se presenta allí un ejército de caballeros aragoneses y catalanes dispuestos a liberar a su señor. Hay que actuar rápido.
Las dudas aumentan entre los sitiadores; solo las soflamas de algunos de los cónsules de Montpellier, que auguran un negro futuro para su ciudad si se permite que el rey Pedro la gobierne como un tirano, convencen a los rebeldes para proseguir con su alzamiento.
El obispo, que en secreto es partidario de que el rey tome todo el poder en el señorío de Montpellier y acabe de una vez con los caprichos de los cónsules, se encarga de difundir que Pedro de Aragón será magnánimo si deponen su actitud y lo acatan como señor y les promete que mediará para que no se aplique ninguna represalia por lo acontecido en los últimos días.
No consigue convencerlos, pero logra que acepten una tregua para que el rey pueda salir del castillo de Lattes.
Un par de rebeldes se acercan a la fortaleza portando una bandera blanca. Se detienen a unos pasos de la puerta y solicitan entrevistarse con Pedro.
Al cabo de un rato las puertas se entreabren para dejarlos pasar y vuelven a cerrarse tras ellos. En el patio de armas, en pie firme, rodeado de media docena de soldados, el monarca destaca por su altura y su corpulencia.
Con una indicación de la mano ordena a los dos emisarios rebeldes, a los que previamente se cachea para comprobar que no ocultan arma alguna, que se acerquen.
Los dos ciudadanos lo hacen y se inclinan ante Pedro, que los observa con una mirada tan contundente que los dos bajan los ojos e inclinan la cabeza amedrentados.
—¿Qué queréis? —pregunta el rey.
—Majestad, los cónsules de la ciudad de Montpellier os conminan a que abandonéis este castillo antes de que den la orden de tomarlo al asalto. Os conceden un día de tregua para poder salir de aquí, embarcar en una galera y poner rumbo al sur. Dicen que solo aceptan a doña María como su señora legítima.
—¿Existe alguna otra alternativa? —comenta el rey a su mayordomo al oído.
—No, mi señor. Los pocos caballeros de los que disponemos andan en ayuda de vuestro hermano en tierras de Provenza y, en cualquier caso, no llegarían a tiempo de socorrernos —le bisbisa Arnaldo de Alascón.
—Decidles que acepto —anuncia el rey en voz alta.
—Así se hará, señor. Tenéis un día para salir del castillo. Mañana, a esta misma hora, se dará la orden de asalto.
—Marchaos entonces y cumplid lo acordado.
Los rebeldes en el exterior del castillo prorrumpen en vítores en cuanto reciben la noticia de sus emisarios. Vencen al rey de Aragón, que tiene que rendirse a sus exigencias y se ve obligado a alejarse de Montpellier como gato escaldado del agua hirviendo.
—Ya se retiran —informa el mayordomo Arnaldo al rey, que está comiendo con Azalais—. Esta noche estará lista la galera. Zarparemos al amanecer. Enviaré un mensajero para que convoque a varios caballeros para que acudan a escoltar a vuestra majestad de regreso a Aragón. El señor obispo ha prometido que enviará a una veintena de fieles guerreros.
—No olvidaré esta afrenta —masculla Pedro mientras contempla, sin apetito, el pedazo de carne de ciervo que colma un gran plato de cerámica de barniz melado—. No la olvidaré jamás.
Logra salir de aquella encerrona, pero a cambio de firmar la paz con los de Montpellier y prometerles que nunca entrará en la ciudad sin su consentimiento.
Y eso no es todo: ante Pedro de Aragón se atisban muchos más problemas.
Alfaro, La Rioja, noviembre de 1206
Los reyes cristianos están inquietos. Yaqub al-Mansur, el califa almohade que vence a Alfonso de Castilla en la batalla de Alarcos, está muerto, pero su heredero, Muhammad an-Nasir, desea demostrar que es digno sucesor de su padre y ambiciona volver a librar una gran guerra contra los cristianos.
Algunas algaradas de caballeros musulmanes de frontera saquean pueblos cristianos al norte del río Guadiana y cunde el miedo entre sus pobladores, que temen que la tierra que ganan con tanto sudor y tanta sangre vuelva a ser sarracena. Nadie se olvida del desastre de Alarcos. Incluso los dos Alfonsos, reyes de León y de Castilla, enemigos hasta ahora, firman la paz ante la amenaza almohade y convocan una reunión de todos los soberanos cristianos en la localidad de Alfaro, en tierras castellanas de La Rioja, a la que solo falta el rey de Portugal, que no se fía de su vecino leonés.
Pedro respira aliviado tras los acuerdos pactados en la vistas de Alfaro. La amenaza de una alianza de Castilla y Francia, anunciada en Jaca por Juan de Inglaterra, se disipa ante el peligro de los almohades. Ahora más que nunca la cristiandad hispana necesita que se asienten la paz y la concordia entre sus monarcas. Es hora de abandonar, o al menos de dejar de lado, las querellas intestinas y fortalecer esa coalición en espera de que el califa de los almohades decida completar el trabajo inacabado por su padre tras la batalla de Alarcos: la destrucción de España.
Se lleva hasta Alfaro a Azalais, que sigue siendo su amante más deseada, aunque hace ya unos meses, desde el nacimiento de su hijo Pedro del Rey, acostarse con ella no le parece tan placentero como antes y otras mujeres acuden a su cama con más frecuencia.
A la vista de la campiña de La Rioja, Pedro de Aragón decide acelerar la ruptura de su matrimonio con María de Montpellier.
—¡Don Arnaldo! —llama al mayordomo real, que está muy cerca inspeccionando un halcón que un cetrero de la sierra de Cameros pretende vender a don Pedro por un precio superior al de tres caballos.
—Sí, mi señor. —El mayordomo acude presto.
—Ordenad al secretario que prepare una carta para el papa Inocencio. Necesito que la Iglesia anule mi matrimonio con doña María cuanto antes.
—¿Con qué motivo, majestad? El de consanguinidad no es posible aducirlo, pues no os une ninguna relación de sangre con vuestra esposa...
—El matrimonio no se ha consumado; esa es causa suficiente para el divorcio y la nulidad.
—El papa no lo aprobará.
—No soporto a esa mujer; no puedo estar un solo minuto a su lado; no puedo.
—Aragón necesita un heredero...
—¡Siempre la misma monserga! ¿No sabéis decir otra cosa?
—Es vuestro deber, mi señor. Y solo puede daros un heredero legítimo doña María. Solo ella.
—¿Es bueno ese halcón? —pregunta Pedro de pronto.
—¿Señor...?
—Ese halcón que habéis estado inspeccionando, ¿es bueno?
—No lo he visto cazar aún, pero tiene buen porte.
—Ordenadle al cetrero que lo haga volar.
—¿Ahora?
—Ahora mismo.
El mayordomo se acerca al hombre de Cameros y le dice que el rey desea ver volar a su halcón. El cetrero mira a Pedro, inclina la cabeza asintiendo y le quita la caperuza a la rapaz, que deja ver sus ojos negros, grandes y redondos como dos perlas de azabache.
Alza el halconero su brazo enguantado y lanza al aire al ave, que gana enseguida una considerable altura. No hay presas a la vista. Tras comprobarlo, el cetrero se coloca en la boca un silbato que cuelga de su cuello atado a un cordón y lo hace sonar. Es la señal para que el pájaro regrese al brazo de su dueño.
—Compradlo por lo que os pida —ordena el rey a Arnaldo.
—¡Su precio es el de tres caballos! Además, no lo hemos visto cazar; no sabemos si es capaz de hacerlo con la eficacia que se le supone a un halcón de precio tan elevado.
—No, no lo he visto cazar, pero en cuanto ha escuchado la llamada de su dueño, ha regresado a su brazo de inmediato. Es un ave leal y obediente. Compradlo y pedidle a ese hombre que os entregue el silbato.
—Me ha dicho que ese silbato está fabricado con el hueso de la pata de un gavilán.
—Pues demuestra ser muy eficaz. Y ordenad a los hombres que se preparen. Mañana nos iremos de Alfaro.
—¿A dónde, señor?
—A Montpellier. Tenéis razón: mi deber es engendrar un heredero, pero no lo haré con doña María, sino con mi nueva esposa.
—¿Nueva esposa? El papa no ha anulado vuestro matrimonio todavía —se extraña el mayordomo.
—Lo hará, claro que lo hará; y entonces volveré a casarme y tendré ese hijo legítimo que me sucederá en estos reinos.
Castillo de Miravals, madrugada del 1 al 2 de mayo de 1207
Hace meses que el rey Pedro no ve a su esposa. No la soporta ni siquiera en la distancia. Tiene lo que desea, los derechos al señorío de Montpellier, lo único que le importa de María.
También se cansa de Azalais, su amante favorita, cuya cama apenas visita. Ahora solo pretende conseguir la nulidad matrimonial y que el papa lo libere de una vez por todas de su vínculo con María de Montpellier para poder casarse de nuevo. Pero ya no es Azalais la elegida, sino María de Montferrato, heredera del trono de Jerusalén. Pedro quiere ser su rey.
Anhela ir a Tierra Santa, como su antepasado el rey Alfonso el Batallador, conquistador de Zaragoza, para liberar la tumba del Señor de las manos de los sarracenos. Pero los papas no dejan que los reyes de Aragón vayan a Tierra Santa; les recuerdan una y otra vez que antes de emprender la travesía de ultramar deben echar a los sarracenos de la tierra de Hispania, acabar con su presencia y su dominio en Occidente y, una vez cumplida esa misión, entonces sí, solo entonces, ir hasta Jerusalén y sumarse a los soldados de la cruz que allí combaten a los infieles y custodian a los peregrinos.
Pedro lo sabe y por eso decide que conquistará Mallorca y Valencia y que, una vez cumplida su parte, irá hasta Jerusalén a postrarse ante el sepulcro de Jesucristo. Pero, además, si lo hace como esposo de la heredera del reino de Jerusalén, él podrá convertirse en su rey y tendrá más derecho que nadie a proteger y defender el Santo Sepulcro.
¡Quién sabe si es él, Pedro, hijo del rey Alfonso de Aragón y de la reina Sancha de Castilla, nieto del conde Ramón Berenguer de Barcelona y de la reina Petronila, el monarca señalado por la divinidad para restituir los Santos Lugares a la cristiandad! Quizá sí, quizá sea el misterioso soberano que cantan algunos trovadores en sus poemas, el que devuelva la unidad a los cristianos y acabe con la tiranía de los sarracenos.
—Necesito de todo vuestro ingenio —le dice Arnaldo de Alascón a Guillén de Alcalá, un ricohombre aragonés fiel al rey y a quien todos en la corte consideran un hábil negociador.
—Decidme, don Arnaldo, ¿qué debo hacer? —le pregunta Guillén al mayordomo.
—Convencer al rey para que deje preñada a la reina.
—¡Vaya! Por lo que tengo entendido, sería más fácil conquistar Valencia...
—Poneos manos a la obra e idead la manera de lograr que el rey le haga el amor a su esposa hasta dejarla preñada.
—Dejadme pensar cómo hacerlo.
—Disponéis de un día para encontrar una solución.
—¡Ya lo tengo! —le dice Guillén de Alcalá a Arnaldo de Alascón; ni siquiera pasa el día que el mayordomo real le da de plazo—. Ya sé cómo lograr que don Pedro deje embarazada a la reina.
—Decidme.
—Su majestad no quiere ni ver a su esposa y, por lo que me habéis dicho, creo que no hay forma de convencerlo para que cumpla con su deber como rey y como esposo, pero todos conocemos la pasión que siente por las mujeres hermosas, de modo que lo engañaremos.
—¿Engañarlo?
—Sí.
—Explicadme cómo.
—Haremos que doña María sea la mujer más hermosa que el mundo ha conocido, mucho más que Cleopatra, la reina de Egipto que volvió locos de amor a los generales romanos Julio César y Marco Antonio; más que Florinda, la que provocó la insana pasión del rey Rodrigo, el último de los godos; más incluso que Teodora, la emperatriz de Constantinopla que se apoderó del corazón del emperador Justiniano.
—Sé bien de vuestra habilidad para tantas cosas, don Guillén, pero desconocía que fuerais capaz de obrar milagros —ironiza el mayordomo.
—No se trata de obrar ningún milagro. El rey se acostará con la reina por su propia voluntad y lo hará con tantas ganas y con tal pasión que esa misma noche la dejará embarazada.
—Decidme, ¿qué habléis planeado?
—Ahora mismo os lo cuento, pero antes debo conocer dos cuestiones ineludibles; ambas son imprescindibles para que mi plan tenga éxito.
—¿Y bien?
—Sabemos que doña María es fértil, pues ya ha tenido dos hijos en uno de sus dos matrimonios anteriores, pero es preciso saber los días en que será más propicio que la reina se quede embarazada.
—¿Y la segunda cuestión?
—Habrá que convencer a la reina para que se preste a seducir al rey de un modo que a lo mejor no le gusta.
—Dejaos ya de circunloquios y detalladme vuestro plan. Me habéis intrigado, don Guillén. Os escucho con toda atención.
—¿La mujer más hermosa del mundo decís?
—Sí, mi señor —le responde Guillén de Alcalá—. Jamás he visto a una dama de semejante belleza.
—Traedla a mi presencia —le ordena el rey.
—Esa dama es la esposa de un noble muy principal y no desea que su marido se entere de que va a verse con vuestra majestad. Por eso me ha pedido que la visitéis en el castillo de Miravals; allí os espera, pues arde en deseos de yacer con vos.
—¿Es más hermosa que doña Azalais?
—No hay mujer más bella en el mundo que esa dama, ni siquiera doña Azalais. Su rostro y sus ojos brillan como el sol, sus labios son gruesos y rojos, su piel delicada y suave como la seda y su cuerpo parece como tallado por uno de esos egregios escultores del tiempo de los antiguos. Si no fuera irreverente, yo diría que su cuerpo es el de una auténtica diosa. Estoy seguro de que ninguna otra mujer os proporcionará tanto placer y tanta dicha como esa fabulosa hembra.
Pedro de Aragón se muestra muy interesado en conocer a la misteriosa dama de la que le habla su consejero aragonés Guillén de Alcalá. A sus veintinueve años está en la cumbre de sus facultades; rebosa fuerza y energía, derrocha vitalidad y ganas de amar a cuantas mujeres bellas queden a su alcance. Acostarse con la que su fiel Guillén describe como «la más hermosa del mundo» comienza a obsesionarlo. ¿En verdad será como lo cuenta? Tiene que comprobarlo por sí mismo.
—Decidle a esa dama que acudiré a su encuentro en el castillo de Miravals.
—Os aguarda allí la noche del primero de mayo.
—Parece que lo tenéis todo arreglado.
—Esa es la fecha que ella me dio, mi señor.
—Pues hacedle saber que allí estaré.
—No os arrepentiréis.
—Condenado Alcalá, ¿cómo lo habéis conseguido? —le pregunta Arnaldo.
—Bastó con insistir un par de veces en que no había mujer tan hermosa en todo el mundo para que don Pedro se interesara por ella.
—Bien, habéis logrado que el rey acuda a esa cita, pero decidme, ¿cómo vais a engañarlo para que se acueste con una mujer sin que se dé cuenta de que es su propia esposa y de que, además, es hermosísima? En cuanto la vea, su majestad se dará cuenta de la trampa y mucho me temo que nuestros cuellos correrán entonces serio peligro.
—No la verá —asienta Guillén.
—¿No la verá? Entonces... ¿cómo va a dejarla embarazada?
—Todo ocurrirá de noche y sin una sola luz.
—Pero tendrán que estar juntos, abrazarse, cruzar algunas palabras. ¿Cómo no va enterarse el rey de que la mujer con la está fornicando es doña María?
—Gracias a esto.
Con toda intriga, Guillén saca de una bolsa un puñado de setas secas y se las muestra al mayordomo real.
—¿Setas? ¿Vais a transformar a doña María en la mujer más hermosa del mundo con unas setas?
—En efecto.
—¿Os habéis vuelto loco?
—Estas setas proceden de Oriente. Las he comprado a un comerciante de Marsella que las adquiere en los mercados de Constantinopla. No son unas simples setas como las que se dan en los bosques de esta tierra. Quien ingiere unas pocas, tal cual este puñado, se siente sumido en un estado de euforia tal que se imagina que ha sido transportado al mismísimo paraíso. Las usan los sultanes de los sarracenos para poder dar satisfacción en una sola noche a varias de sus mujeres.
Arnaldo coge una de las setas que Guillén tiene en su mano y la observa con cuidado.
—Comeos una de ellas —le ordena el mayordomo al ricohombre aragonés.
—¡Cómo!
—Hay setas que son venenosas, mortales para quien las consume. ¿No pretenderéis asesinar al rey?
—No, claro que no. Soy su más leal servidor —se indigna Guillén de Alcalá.
—En ese caso, supongo que no tenéis inconveniente en comerlas. Vamos, hacedlo. Y veamos el resultado.
—Pero...
—Comedla, ahora —ordena tajante Arnaldo.
Guillén coge una de la setas, la limpia con cuidado en la manga de su túnica, se la mete en la boca y la mastica hasta tragársela.
—Ya está. No es venenosa.
—Otra; comeos otra.
Pasan varias horas desde que Guillén de Alcalá ingiere las dos setas alucinógenas. El efecto que le provocan es el que él mismo comenta: sensación de euforia, desinhibición, estado de alegría y placer, ganas de fornicar con cualquier mujer que se ponga a su lado...
—El rey creerá que doña María es la encarnación de la mismísima diosa del amor —comenta Alcalá una vez que se le pasa el efecto de las setas.
—Al menos no son venenosas —comprueba el mayordomo.
—Necesitaremos que don Pedro coma media docena de esos hongos un par de horas antes de su encuentro con doña María. El efecto tarda ese tiempo en producirse y, ya lo habéis visto, dura al menos cuatro horas.
—Sí, tiempo suficiente para que el rey deje preñada a la reina. Pero ¿y cuando se le pase, cuando se dé cuenta de que la mujer a la que ha amado es su esposa?
—Don Pedro aceptará lo que ha hecho y lo asumirá.
—¿Y si la reina no se queda embarazada? —pregunta el mayordomo.
—En ese caso, don Arnaldo, sí tendremos un problema. Pero hemos tomado todo tipo de cautelas, por eso se ha elegido la noche de ese domingo; según el médico de doña María, esa es la fecha más propicia para quedarse embarazada.
—Hará falta algo más que todo eso, un milagro incluso, para que doña María se quede preñada en una sola noche.
—Media docena de esas setas producirán ese milagro, pero además encargaremos rogativas y cuanto sea necesario para que Dios y su madre la Virgen estén de nuestro lado.
El rey de Aragón está inquieto aquellos días. Lleva una semana esperando el encuentro amoroso más deseado de su vida que Guillén de Alcalá y Arnaldo de Alascón preparan con todo detalle.
—Señor, antes de que visitéis a vuestra nueva amante, el cocinero os ha preparado este excelente guiso de testículos de toro con salsa especiada y setas —le dice Guillén.
—No tengo apetito ahora. Solo quiero encontrarme con esa misteriosa dama, enseguida.
—Os espera una larga y placentera noche, majestad. Necesitáis estar bien alimentado. Además, es bien sabido que esta comida acentúa la virilidad y la fuerza del hombre. Esa dama lleva un mes esperando vuestra visita, está ansiosa por...
—De acuerdo. Traedme ese guiso.
En el castillo de Miravals la reina María de Montpellier aguarda la visita de su esposo. Durante dos semanas prepara ese encuentro con Guillén de Alcalá. Sabe que Pedro es conducido hasta allí mediante una añagaza y que ella debe poner mucho de su parte. Alcalá le comenta que el rey espera encontrarse con una mujer ardiente, desinhibida, capaz de hacer cualquier cosa para satisfacerlo.
Todo está concienzudamente organizado. Doce hermosas doncellas que portan doce cirios aguardan la llegada del rey de Aragón en el patio del castillo, y en una sala contigua a donde se prepara la cama esperan dos notarios, dos canónigos y cuatro presbíteros dispuestos a certificar que esa noche don Pedro de Aragón y doña María de Montpellier, esposos por legítimo matrimonio canónico, yacen juntos en el mismo lecho y consuman el acto que es natural entre marido y mujer.
Don Pedro, tras la caída del sol, llega al castillo, ya sumido en sombras aquel primer domingo de mayo. Al entrar en el patio siente una extraña pero muy placentera sensación. Los cirios encendidos y portados por las doce doncellas vestidas con ceñidas túnicas blancas le provocan un estallido de emociones. Las doce jóvenes, formadas en dos filas, semejan las hijas de un dios pagano. Si así de lascivas son las doncellas, ¿cómo será la dama a la que atienden?
Desciende de su caballo y le parece como si sus pies levitaran sobre el suelo, como si su cuerpo apenas pesase poco más que una pluma de ave. Sonríe. Todavía no ve a su amante, pero ya se siente feliz, como si fuera a atravesar las puertas del paraíso.
—Por aquí, señor —le indica Guillén de Alcalá, que guía a don Pedro al interior de la torre central del castillo.
Suben unas escaleras sumidos en la penumbra, apenas iluminados por un pequeño farol que porta don Guillén, y entran en una estancia amplia y cómoda, caldeada por unas brasas rojizas que se consumen en una chimenea con un puñado de astillas de aromática madera de sándalo. En el centro, como un altar antiguo, hay una cama con un confortable colchón de plumas de ganso
—¿Dónde está esa dama? —pregunta el rey ansioso.
—Ahora mismo viene, majestad.
En la sala entran entonces las doce doncellas con sus cirios encendidos y se colocan alrededor de la cama. Huele a jazmín, cuyo aroma emana de la cera de los velones.
—Os lo ruego, señor, sentaos en la cama —le dice una de las doncellas.
Pedro de Aragón obedece sin rechistar. Las llamas de los cirios emiten leves destellos ambarinos, pero los ojos del rey creen estar presenciando el despliegue tornasolado de doce arcoíris.
Una segunda doncella apaga su cirio, coge una jarra de agua, un barreño, una toalla y una esponja y se acerca junto a su compañera a la cama donde se sienta el rey. Entre ambas comienzan a desnudarlo: le quitan el cinturón del que cuelga la espada que siempre lleva consigo, las botas de cuero con hebillas de plata, luego la chaqueta, la camisola y, por fin, las calzas.
Desnudo, el rey sonríe como un niño. Las dos doncellas comienzan a lavarle los pies con el agua de la jarra, que huele a perfume de rosas, y luego sus brazos y su pecho, y así hasta que llegan a su miembro viril, que acarician con sus manos suaves y secan con un paño de la más fina tela.
Las doncellas se retiran de la estancia; solo quedan el rey desnudo y don Guillén.
—Vuestra dama, señor —anuncia entonces el ricohombre aragonés mientras se dirige hacia la puerta.
La única luz que queda en aquella estancia es el tenue resplandor rojizo de unas brasas que la caldean en la chimenea, que deja entrever, recortada en la penumbra, la torneada silueta de una mujer de formas rotundas y sensuales.
Esa noche nadie duerme en el castillo de Miravals. Todos se mantienen expectantes y aguardan la reacción del rey cuando se dé cuenta del engaño. Esperan impacientes a que Pedro salga de la estancia donde pasa la noche con su esposa.
En la pequeña capilla que se improvisa en una de las salas de la fortaleza, los dos canónigos y los cuatros clérigos velan la noche rezando plegarias, ofreciendo rogativas y pidiendo a Dios y a la Virgen que la reina se quede embarazada. También lo hacen en varias iglesias de Montpellier grupos de religiosos alertados para ello por sus párrocos. Saben que el rey y la reina son los principales actores y quienes más han de poner de su parte para engendrar un hijo; pero unas oraciones nunca vienen mal.
La primavera es cálida en las tierras cercanas a las costas del Mediterráneo y los primeros rayos del sol de comienzos de mayo calientan en cuanto despuntan en el horizonte. Las brasas de la chimenea de la estancia donde el rey ama a su esposa se consumen, aunque todavía se mantiene el dulzón aroma a sándalo.
Un haz de luz amarillenta penetra por la estrecha ventana de apenas un palmo de ancho, cubierta por un lienzo de paño encerado.
El rey despierta tras dormir profundamente y hacerle el amor en tres ocasiones a su desconocida dama. Los efectos de las setas alucinógenas se disipan, aunque todavía resuenan en su cabeza los ecos del rumor de un lejano paraíso.
Pedro de Aragón se siente aturdido, pero enseguida recuerda la intensa noche de amor vivida al lado de esa misteriosa dama que ahora yace desnuda a su lado. Rememora su entrada en la penumbra, su rostro cubierto por un velo, cómo se acerca al lecho sin mediar palabra y toma su miembro viril entre su manos, lo acaricia y luego se lo lleva a la boca para besarlo, chuparlo y sorberlo una y otra vez hasta que el rey se siente abocado a las puertas del éxtasis.
Entonces, el rey vuelve al presente y mira a su amante, los ojos ya acostumbrados a la luz de la mañana. La dama está tumbada ofreciéndole la espalda. Quiere ver su rostro, comprobar si es la mujer más bella del mundo.
—Despertad, señora —le dice acariciando su hombro.
La dama se gira despacio.
Es la reina; María de Montpellier es la amante del rey.
—¿Os complací anoche, mi señor? —pregunta la nieta del emperador de Bizancio mirando a los ojos al rey de Aragón.
—¡Dios! ¡Qué clase de brujería es esta! —exclama sorprendido Pedro.
—Soy vuestra esposa.
Pedro salta de la cama, coge su espada y la desenvaina tan rápido como puede. Cree ser víctima de un hechizo o de una aparición diabólica. Sabe que algunos demonios poseen la facultad de mutarse en hermosas mujeres para apoderarse de la voluntad de los hombres y de introducirse en sus sueños para seducirlos y apropiarse de sus almas; súcubos los llama la Iglesia.
—¿Sois uno de esos diablos capaces de adquirir la forma de una mujer hermosa? —le pregunta apuntando hacia ella con su espada.
—Soy la reina de Aragón —confirma María.
Pedro se percata entonces del engaño, baja la espada, se sienta en un escabel y, de pronto, ríe.
—Todo esto... ¿ha sido idea vuestra? —pregunta entre divertido y atorado.
—Sí. Soy vuestra esposa legítima, la única mujer que puede daros un heredero al trono de Aragón. El reino lo necesita. Por eso lo he hecho. Espero que esta noche me hayáis dejado encinta y que mi vientre albergue ya el fruto de vuestra semilla: el futuro rey de Aragón.
Pedro ríe de nuevo. Introduce la espada en el tahalí y la coloca encima de una mesa donde la noche anterior los sirvientes dejan pan, queso, confitura de frutas, miel, nueces y una jarra con vino especiado con dos copas de plata.
El rey llena una copa.
—¿Queréis, señora? —le pregunta a su esposa.
—Es vino de Borgoña. El mejor que se vende en el mercado de Montpellier. Lo tomaré si vos me acompañáis.
Llena la segunda copa y se la ofrece.
—Por una noche de amor con una dama misteriosa —dice Pedro alzando su copa.
—Por esta noche, porque haya servido para engendrar a un rey —replica María.
—¿Cómo lo habéis hecho? —pregunta el rey, que parece divertirse pese a ser objeto de semejante engaño.
—Me inspiré en un relato oriental que escuché hace un tiempo de labios de un trovador.
—Pero necesitasteis de la ayuda de esos dos truhanes, don Arnaldo y don Guillén.
—Los obligué a ello. Les dije que si no hacían cuanto les ordenaba, Aragón y su Corona no tendrían heredero y todos vuestros dominios se sumirían en el caos. La tierra no puede estar sin un rey. Esos dos consejeros vuestros no hicieron otra cosa que cumplir con su deber como fieles y leales súbditos.
—Merecen un terrible castigo por contribuir a engañarme.
—Lo que en verdad merecen es un premio. Si esta noche me habéis dejado embarazada, deberíais recompensarlos con vuestra mayor generosidad; habrán hecho el mejor de los servicios a su rey y a su Corona.
Dos horas después de amanecer y tras una larga conversación con la reina, el rey se lava la cara, el cuello y las manos con el agua de una jofaina que alguien deja al lado de la cama y se viste con su camisa, sus calzas y sus botas; abre la puerta, baja la escaleras y sale al patio del castillo. Allí aguardan, formados como si fueran a pasar revista, Arnaldo de Alascón, Guillén de Alcalá, los dos notarios, los dos canónigos, los cuatro presbíteros, las doce doncellas y los soldados de la guardia.
Lleva su espada al cinto y su semblante es serio. Mira a su derredor y observa los rostros expectantes de sus súbditos. Están tensos. Ya saben que el rey conoce el engaño y que puede estallar en cólera. Conservar sus cabezas depende de su voluntad y de cómo se tome aquella treta.
—¡Don Arnaldo, don Guillén, acercaos! —ordena Pedro a los dos principales muñidores de aquella ingeniosa trampa.
El rostro del rey no refleja sentimiento alguno. Parece como esculpido en hielo. Los dos consejeros reales se temen lo peor.
—Señor... —Hincan la rodilla en tierra y bajan la cabeza, sumisos y a la vez dispuestos a que caiga sobre ellos la terrible ira regia.
—Debería cortaros el cuello con esta espada y con mis propias manos aquí y ahora. Pero no lo voy a hacer. Levantaos.
Una sensación de alivio recorre los encogidos estómagos del mayordomo real y del ricohombre aragonés.
—Gracias, señor, gracias —balbucea Arnaldo.
—Mil gracias, majestad —musita Guillén.
—¿Qué hacen esos dos aquí? —pregunta Pedro señalando a los notarios.
—Toman nota de lo acontecido esta noche. Certificarán que si la reina se queda embarazada, el hijo que pueda llevar en sus entrañas es vuestro, mi señor, sin ninguna duda —aclara Arnaldo de Alascón.
—¡Condenados bribones! Lo teníais todo planificado a mis espaldas.
—No nos ha movido otro interés que servir a vuestra majestad y a este reino.
Pedro vuelve a reír, a carcajadas. Sabe que debe ser magnánimo y complaciente con sus súbditos. Es un caballero y tiene que comportarse como tal. Además, ya no hay remedio. Es probable que, dada la fogosidad con que se emplea y las tres veces que se derrama dentro de María, la reina esté ya embarazada; en ese caso, el hijo que pueda portar en sus entrañas será el heredero legítimo para todos sus súbditos aragoneses y catalanes, que esperan con verdaderas ansias el anuncio de que viene en camino un heredero para la Corona de Aragón.
Pasa el resto de la jornada con la reina. María confía en que esa noche de amor sirva para reconciliarse con su esposo, pero Pedro decide marcharse esa misma tarde. Irá a Montpellier y luego a Cataluña y a Aragón.
No. No ama a María. Ni siquiera esa extraña y sensual noche le hace cambiar su idea de repudiar a la reina; pero si está embarazada... No quiere tener un hijo de María, pero si se da el caso, entonces reconocerá a ese retoño, y si es varón lo aceptará como legítimo heredero. Cuando nazca, insistirá en que la Iglesia anule su matrimonio con María, y si el papa Inocencio lo hace, se casará con María de Montferrato y entonces lucirá sobre sus sienes la corona de rey de Jerusalén. Con la bula de cruzada en sus manos, conquistará Mallorca y Valencia y, una vez ganados esos dos reinos a los sarracenos para su Corona, tomará la cruz, armará una gran flota, emprenderá viaje a Jerusalén y recuperará el Santo Sepulcro, ahora en manos de los infieles desde la conquista por el fiero caudillo Saladino, y se convertirá en el soberano más noble y reconocido de la cristiandad, al que todos llamarán el Católico.
Así sueña Pedro de Aragón.
Montpellier, fines de otoño de 1207
Mediado el mes de junio, uno de los médicos judíos de la corte confirma que María de Montpellier está embarazada. Si Dios lo quiere, la reina parirá mediado el próximo invierno, le anuncia Arnaldo de Alascón a Pedro de Aragón.
Habrá un heredero legítimo. En todos los territorios de su Corona, los súbditos del rey Pedro ruegan para que sea un varón. A diferencia de los demás reinos cristianos hispanos, donde las mujeres ejercen plenamente el poder regio si no hay un heredero varón, en el reino de Aragón y en el condado de Barcelona no pueden hacerlo.
El verano discurre entre malas noticias. El papa Inocencio le escribe al rey Pedro y le recrimina que sus súbditos de Occitania, sobre todo en el Languedoc, practican abiertamente la más nefanda de las herejías y lo acusa de permitir que lo hagan con su consentimiento, o al menos por su dejadez.
Pero Pedro estima que los cátaros, que es como algunos llaman a estos herejes que se denominan a sí mismos como los «perfectos», son buenas gentes, pacíficas, laboriosas y súbditos leales. Considera que no son en absoluto peligrosos. Algunos reyes, como el de Francia, y altos prelados de la Iglesia ambicionan las tierras y las propiedades de los cátaros y esa es la razón por la que presionan al papa para que emita una bula de cruzada contra ellos.
Conminan a los cátaros a que renuncien a su extrañas ideas, instando a que abandonen sus creencias y reclamando que dejen de practicar sus extraños ritos, que consideran propios de adoradores del diablo. Incluso citan a un coloquio a los principales cabecillas de los cátaros para debatir sobre sus erradas posturas y convencerlos de que abandonen sus posiciones y regresen al dogma y a la estricta obediencia de la Iglesia.
Por el momento, Pedro no parece demasiado preocupado por esa cuestión. Tiene planeado vengarse de la afrenta sufrida por los de Montpellier el verano del año pasado y dedica toda su energía a ello.
En agosto, al frente de un gran ejército, se planta en Montpellier reivindicando su señorío, que posee según el documento de cesión de su esposa la reina María.
No tendrá piedad, amenaza a los emisarios que los cónsules de la ciudad envían a parlamentar sobre un acuerdo de paz.
Entre tanto, María sabe que su esposo está decidido a dar un escarmiento a los rebeldes y que su represalia puede ser terrible. La reina lleva en sus entrañas al heredero de Aragón, que también es el de Montpellier, de modo que da una orden asombrosa. Decide que los propios ciudadanos de la ciudad sitiada derriben los muros que los protegen del asedio del rey, comenzando por el castillo, la sede del poder señorial.
—Están derribando los muros, señor —informa el mayordomo Arnaldo de Alascón al rey.
—¿Quiénes están haciendo eso? —pregunta Pedro extrañado.
—Los mismos ciudadanos; cumplen una orden de vuestra..., de doña María. Creo que la reina está mandando un mensaje contundente: vos, majestad, sois el verdadero y único señor de Montpellier.
—Ordenad a los soldados que detengan el asedio.
—Los trovadores escriben poemas sobre vuestras hazañas, señor, la toma de Montpellier sería...
—¿Tomar mi propia ciudad? No, no sería ningún logro y doña María lo ha entendido así. Que cese de inmediato el asedio y acordad la paz con los cónsules mediante un tratado que no deje lugar a duda alguna de que yo soy el vencedor de esta contienda, pero un vencedor caritativo y misericordioso.
—¿Y en cuanto a la reina?
—Una vez se haya firmado el acuerdo de paz, retomaré el pleito para la nulidad de nuestro matrimonio. Y entonces María de Montferrato será mi esposa.
—Queda algo pendiente, señor —añade el mayordomo.
—¿De qué se trata?
—De doña Azalais; reclama veros y...
—Le otorgaré rentas y propiedades suficientes para que viva sin el menor apuro, pero decidle que, por el momento, no deseo reunirme con ella.
Esos días el rey de Aragón comparte su cama con una joven de Perpiñán a la que conoce a comienzos del verano. No necesita ninguna otra mujer a su lado, ni siquiera a la hermosa Azalais. Por ahora.
3
Nace el heredero
Montpellier, 1 de febrero de 1208
Hace ya dos días que los dolores que preceden al parto atormentan a la reina María.
Envía un mensajero anunciando el inminente nacimiento de su hijo, pero Pedro de Aragón anda preocupado por otros asuntos. Quince días atrás un escudero del conde de Tolosa, vasallo del rey, asesina a orillas del río Ródano a Pèire de Castelnou, el legado pontificio del papa enviado para resolver el problema de la herejía, que no cesa de extenderse desde el Languedoc hacia el norte y Provenza, e incluso por los territorios al sur de los Pirineos, por las tierras llanas de Aragón y de Cataluña, donde pastores cátaros acuden todos los inviernos con sus ganados para pasar en sus abrigadas dehesas los meses más fríos del año.
El asesinato del legado papal es un hecho muy grave y si no se pone castigo, y de manera satisfactoria, al crimen, la Iglesia amenaza con tomar severas represalias contra el conde de Tolosa y sus súbditos.
Pedro rumia qué hacer ante tan grave situación. No solo es el rey de Aragón, también es señor feudal de los condados, vizcondados y señoríos de toda Occitania, poblados por grupos de cátaros que si se ven atacados por los soldados de la Iglesia, no dudarán en pedir la ayuda de su señor natural el rey de Aragón, pues el derecho feudal los asiste. En ese caso se verá sumido en un dilema de difícil salida, pues tendrá que optar por ayudar a sus vasallos cátaros, considerados herejes por Roma, a los que debe protección, y enfrentarse a los guerreros cruzados del papa o por ponerse al lado de su señor, que es el mismo papa, pues su antepasado el rey Sancho Ramírez se somete al vasallaje de San Pedro y él mismo lo ratifica y lo jura al ser coronado por el pontífice Inocencio hace cuatro años; pero quebrantar su contrato con sus vasallos supone convertirse en un felón y desobedecer al papa, en un hereje.
Entre tanto, en Montpellier, la reina María se pone de parto. Tiene casi treinta años y ya sabe lo que es parir un hijo, de modo que está tranquila.
Avisado de la inminencia del alumbramiento, Pedro envía un mensajero a su esposa con una carta en la que le indica que el nombre que elige para su hijo es el de Pedro, como él mismo, como el de aquel antepasado conquistador de Huesca. Pedro es el patronímico de dos de los reyes de Aragón y, en femenino, el de la reina que transmite con su sangre continuidad a la dinastía de Ramiro; además, es el nombre del primero de los apóstoles, el elegido por Cristo como su vicario en la tierra, el que da nombre a la basílica donde residen los papas, señores feudales de Aragón y garantes de la legitimidad divina del reino desde hace casi un siglo y medio. Pedro es también el nombre del hijo que tiene con Azalais, la desdichada Azalais, antaño tan querida, ahora ya tan olvidada.
—Señora, vuestro esposo el rey me ordena que os comunique que su hijo deberá llamarse Pedro —le anuncia el mensajero real, al que María recibe en el palacio en que reside en Montpellier una vez derribado el castillo señorial.
—¿Pedro...? No, el nombre de mi hijo lo decidirá el mismísimo Dios, pues fue gracias a su intervención que me quedé encinta. Dios decidirá —explica María.
—Pero el rey...
—Vuelve a su lado y repítele lo que acabas de escuchar de mis labios: «Dios decidirá el nombre de nuestro hijo».
A medianoche del día 1 de febrero, justo antes de la madrugada, María de Montpellier da a luz a un varón; es el heredero del rey de Aragón; es el futuro rey de Aragón.
El niño nace sano y fuerte. Es rubio, pero tiene los ojos negros de la madre; será tan grande y alto como él, pues nace con tal tamaño y peso que la reina debe hacer grandes esfuerzos para sacarlo de sus entrañas.
Con su hijo en brazos, una semana después del natalicio y ya recuperada de los dolores del parto, María coge a su hijo y se va con él a la iglesia de las Tablas, un templo muy antiguo, a unos cuatrocientos pasos al oeste de la catedral, cerca del centro de la ciudad. Esta iglesia, consagrada cuatrocientos años atrás por un célebre obispo de Montpellier, es la parroquia predilecta de los mercaderes; ante su altar se alinean doce tallas de madera policromada que representan a los doce apóstoles que configuran con Cristo la primera comunidad cristiana.
Los comerciantes montpellerinos le profesan una gran devoción y suelen acudir a ella en demanda de protección antes de iniciar un viaje mercantil o de emprender un negocio.
La reina ordena a sus criados que compren doce cirios iguales, de la misma longitud y grosor, y que los lleven a la iglesia de las Tablas, pero antes manda avisar a su párroco para que esté preparado con todos los clérigos al servicio de ese templo.
Cuando llega doña María, los criados esperan a la puerta con los cirios en las manos; el párroco sabe que la reina desea algo importante y también la espera con la docena de clérigos, beneficiados, racioneros, prebendados, sacristanes y monaguillos que sirven en la parroquia de las Tablas.
—Señora, vuestros criados me han anunciado vuestra presencia; estoy presto para serviros...
—Deseo hacer una ofrenda con estos cirios ante el altar de los Doce Apóstoles.
—Acompañadme, señora.
Entran en el templo y se dirigen hacia las tallas de los apóstoles, que impresionan por su tamaño natural y la rigidez de los rostros, labrados en madera de pino del Languedoc, en los que destacan unos ojos negros hieráticos que miran fijos, rotundos, perfilados por un grueso trazo sobre mejillas pintadas con círculos carmesíes.
—¿Disponéis de doce candelabros? —le pregunta María al párroco.
—Sí, doña María, claro que sí. Algunos están ocupados, pero los traeré para vuestra majestad.
El párroco da las indicaciones oportunas a dos monaguillos que lo acompañan y ambos salen presurosos a por los candelabros, con los que regresan al poco rato.
—Colocad un candelabro con un cirio delante de cada una de las tallas de los apóstoles —ordena la reina.
—¿En qué orden, señora? —pregunta el mayoral de los criados.
—Como os venga bien, a vuestro albedrío.
Los criados cumplen la orden; cada apóstol tiene su candelabro con su velón enfrente.
—Ahora prended las mechas, todas a la vez.
Cuando las luces de los velones comienzan a iluminar el altar, la reina se persigna, se arrodilla y musita una oración. Siguiendo su ejemplo, todos los presentes imitan a su señora.
—Te Deum laudamus... —comienza a cantar el párroco, al que siguen a coro y de inmediato todos los demás.
Acabado el canto del Te Deum, todos se persignan. La reina alza la mano y habla:
—Este hijo que Dios me ha dado todavía no tiene nombre; como ha sido un regalo de Jesús y de su madre la Virgen, se llamará como el apóstol cuyo cirio se apague en último lugar. Aquel velón que dure más tiempo encendido delante de su santo dará nombre al futuro rey de Aragón, conde de Barcelona y señor de Montpellier.
Monasterio de Sigena, región de Monegros, Aragón, principios de mayo de 1208
—Se llamará Jaime —le dice con notorio rictus de enfado el rey Pedro a su madre la reina Sancha—. El cirio que estaba delante de la estatua de ese apóstol, al que los castellanos llaman Santiago y los franceses Jacques, es el que se ha mantenido más tiempo encendido. Mi esposa lo ha bautizado con ese nombre y así lo ha comunicado al papa.
—Jaime, Santiago... No hay ningún Jaime en nuestra familia. Ningún rey de Aragón, de Pamplona, de León o de Castilla se ha llamado antes de esa manera: Jaime, Santiago... Tus antepasados se han llamado Ramiro, Sancho, Pedro, Alfonso..., uno de esos cuatro nombres es el que debería llevar mi nieto, pero Jaime, ¿Jaime...?
—Dice mi esposa que es un nombre muy venerado por la cristiandad. Es el mismo que llevaron dos de los apóstoles más importantes: Santiago el Mayor, el primo de Jesús, cuyo cuerpo reposa en el sepulcro de la ciudad Compostela, en Galicia, y Santiago el Menor, hermano de Cristo y su sucesor al frente de la comunidad de cristianos de Jerusalén, el que fuera primer obispo de la Ciudad Santa.
—¿Todo eso te ha explicado tu esposa en su carta?
—Dice que lo ha leído en los Evangelios —responde Pedro.
—Se ha salido con la suya. Esa mujer tiene carácter, vaya si lo tiene. Y es muy astuta.
—Lo sé, pues fue capaz de engañarme aquella noche para que la dejara embarazada.
—Está bien, está bien, ya no tiene remedio.
—Madre, hay algo más. El papa Inocencio ha proclamado a doña María de Montpellier como mi esposa legítima y ha certificado que el infante don Pedro —el rey se resiste a llamar a su hijo con el nombre de Jaime— es hijo de los reyes de Aragón y mi heredero legal en todos estos reinos, tierras, Estados, dominios y señoríos.
—¿Alguna otra noticia? —Sancha no se muestra demasiado preocupada por lo que hasta ese momento le está contando su hijo. A sus cincuenta y tres años es una mujer sabia y con experiencia, que sabe comportarse con prudencia y mesura. Todos cuantos la conocen admiran su temple y su buen sentido para el gobierno.
—El papa ha proclamado herejes a los cátaros y ha convocado una guerra santa contra ellos. Ha citado a todos los príncipes y señores de la cristiandad a combatirlos allá donde se encuentren, con amenaza de excomunión para quienes no cumplan su bula de cruzada.
—Lo esperaba —comenta Sancha, que escucha a su hijo en pie, junto al sepulcro de piedra tallada donde se depositarán sus restos mortales.
—Muchos de esos cátaros son nuestros vasallos, a los que las leyes, mi palabra de rey, señor y caballero y mi juramento solemne me obligan a defender y proteger de cualquier peligro que los amenace; venga de donde venga.
—¿Aunque esa amenaza proceda de la mismísima Iglesia de Roma?
—Aunque así sea —asiente el rey.
Sancha contempla los ojos de su hijo. Pedro los tiene azules, del mismo tono y color que los de su abuela Riquilda, la princesa polaca que llegó de las frías y lejanas tierras del centro de Europa para casarse con el rey Alfonso de León, el que quiso ser emperador, y
