Pueblo sin rey

Olalla García

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Guadalajara, junio de 1520

—Todo pueblo tiene sus virtudes. Pero ¿qué ha de hacer cuando aquellos que lo gobiernan se mofan de ellas? ¿Qué ha de hacer cuando se paga su generosidad con abusos, su honradez con agravios, su lealtad con injusticia?

El doctor Francisco de Medina habla. La ciudad le escucha. Su voz sacude hasta el último rincón de la plaza de San Gil, elevada a los cielos sobre el silencio de la multitud.

—Bien sabe Dios que los castellanos sabemos servir a nuestros reyes. Pero ahora (vosotros sois testigos), un monarca de origen extranjero, Carlos de Gante, ha llegado a nuestras tierras. Viene sin hablar nuestra lengua, sin el menor respeto hacia nuestras tradiciones. Para exigir, sin dar nada a cambio.

Todos sus oyentes pueden corroborarlo. El joven Carlos I, primogénito de la reina Juana y el archiduque Felipe de Habsburgo, se ha criado en Flandes sin pisar suelo español.

Hasta hace tres años. Entonces llegó a las tierras hispánicas para reclamarlas como suyas tras la muerte de su abuelo Fernando, el rey de Aragón. Se rumorea que mantiene a su madre, doña Juana, prisionera en Tordesillas bajo acusación de locura para no compartir con ella la corona del reino.

Una de sus primeras medidas fue introducir una nueva forma de recaudar la alcabala, lo que supuso un aumento desmesurado de los impuestos; duro golpe para las bolsas y las haciendas de los pecheros: el pueblo llano, el que se afana de sol a sol para llenar las arcas reales. La nobleza y el clero, los privilegiados, están eximidos de toda carga física... y de toda carga fiscal.

—La nuestra no es una tierra rica. Y bien sabemos todos que los últimos años han sido duros. Vivimos en un reino castigado por las malas cosechas, el hambre y las epidemias. Pero, aun así, los castellanos respondimos. Fieles a nuestro carácter, concedimos lo que el rey pidió. Todos nos enorgullecemos de servir bien a nuestro señor. Lo hacemos con la frente alta y el corazón digno. Pues la riqueza de Castilla no está en sus territorios, sino en sus gentes.

Sí, los castellanos responden. Siempre. Hoy la plaza de San Gil, repleta de vecinos, da prueba de ello. Los que no han encontrado sitio en ella escuchan el discurso desde las calles aledañas, tan angostas y desniveladas.

—¿Y qué hace el rey con nuestros dineros? ¿Los ha empleado en provecho del reino? ¿Acaso una parte de ellos, ya sea mínima, se ha destinado a nuestra pobre tierra, tan castigada, tan regada de sudor? ¡Por Dios que no! Ni un maravedí, ni una miserable blanca. Aunque todos sabemos adónde han ido a parar.

—¡A los flamencos! —vocifera alguien entre la multitud—. Ellos nos los han robado.

La plaza burbujea. Aquí y allá estallan voces agrias, fermentadas en rabia.

—¡Esos malditos extranjeros! ¡Que el diablo se los lleve!

Los consejeros del monarca, que lo acompañaban desde Flandes, se han abalanzado como alimañas sobre los altos puestos del reino. Ahora acaparan los privilegios, las rentas y el poder de decisión que siempre ha pertenecido a la alta nobleza castellana. Una afrenta que el pueblo de Castilla siente como infligida en carne propia.

—¡Fuera de nuestro reino! —La indignación golpea de un extremo a otro de la plaza—. ¡Es nuestra tierra! ¡Dios la creó para los castellanos!

El doctor Francisco de Medina alza la voz.

—¡No os falta razón! Y, por Cristo, que el rey lo vería si se dignara concedernos una sola mirada. Pero nos da la espalda desde el principio. Ya hemos comprobado que sus ojos solo ven más allá de nuestras fronteras. ¿Qué hizo después de aumentar nuestros impuestos, de asfixiarnos con su nueva alcabala? No hace falta que os lo recuerde, ¿verdad? ¡Volvió a exigir dinero! ¡Y, de nuevo, para gastarlo en tierras extranjeras!

Entre los oyentes explotan nuevas imprecaciones, reniegos, juramentos. Todos recuerdan cómo, al año de su llegada, el nuevo monarca convoca Cortes en Valladolid. Y lo hace para reclamar un «servicio», un impuesto extraordinario.

En una nueva muestra de soberbia, desea que lo nombren emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero comprar los votos de los príncipes electores exige un desembolso de millones de ducados. Que, de nuevo, saldrán del sudor de los pecheros castellanos.

Las Cortes representan la voluntad general de Castilla. Y Guadalajara es una de las dieciocho ciudades que tiene voz y voto en ellas. Sus procuradores, como los restantes del reino, se muestran muy críticos con la actitud del joven monarca. Pero acaban concediéndole lo que pide.

—¿Y qué recibimos a cambio? ¿Cómo nos agradece nuestro rey esta nueva muestra de fidelidad y abnegación? ¡Volviendo a convocar Cortes para exigir más dinero! ¡Aún más! Porque ahora desea saldar las deudas contraídas con sus banqueros tudescos y genoveses, y organizar un fastuoso viaje por Europa, acompañado de su corte, hasta su lugar de coronación. Quiere hacerse llamar Carlos V, como emperador teutón, pues el título de Carlos I, rey de las Españas, en nada vale a sus ojos. ¿Qué tierra vasalla, por sacrificada y leal que sea, aguantaría tal injusticia, tamaña muestra de desdén? Bien sabe Dios que, si la voracidad y la arrogancia del monarca no conocen límites, la paciencia de su pueblo, sí.

Para entonces, la proverbial generosidad de Castilla se ha agotado. En Salamanca, un grupo de frailes franciscanos, agustinos y dominicos dejan de lado la tradicional animosidad entre sus respectivas órdenes monásticas para redactar un documento conjunto. Estos pliegos, que los procuradores salmantinos leerán en Santiago de Compostela, se envían también al resto de las ciudades con representación en Cortes.

En ellos se ruega a Carlos que, como legítimo monarca castellano, no abandone el reino, sino que permanezca cerca de sus súbditos; que no reclame nuevos impuestos, pues su pueblo no está en condiciones de sufragarlos; se le comunica que Castilla no desea pertenecer al Sacro Imperio Romano Germánico, por ser este un dominio extranjero, y que de ningún modo consentirá en costear los gastos asociados a este u otros territorios ajenos; y para concluir, se le advierte de que, si el rey persiste en su actitud y sigue ignorando las peticiones de sus súbditos, estos se verán obligados a tomar en sus manos la defensa de los intereses castellanos.

Los procuradores designados por Guadalajara —el regidor Diego de Guzmán y el vecino Luis Suárez de Guzmán— parten de la ciudad alcarreña con instrucciones de defender ese programa. No son los únicos. Como resultado, las Cortes compostelanas, celebradas en febrero de 1520, rehúsan acatar las reclamaciones del monarca.

Pero este se niega a aceptar esa resolución. Ya tiene organizado su paseo triunfal por Europa y no está dispuesto a cancelarlo. Así pues, vuelve a llamar a Cortes, esta vez en La Coruña. En los dos meses que median entre ambas convocatorias, consigue que los representantes de buen número de ciudades (Guadalajara entre ellas) traicionen la voluntad general de sus convecinos y rompan las promesas contraídas para con ellos. Tras las correspondientes amenazas y sobornos, en abril de 1520, la mayoría de los procuradores vota a favor del monarca. Y este, con toda pompa, se hace a la mar de inmediato, dando, una vez más, la espalda al reino.

Como postrero desaire, nombra regente al cardenal Adriano de Utrecht, uno de esos flamencos tan detestados por sus súbditos hispanos. Ha convertido a Castilla en un pueblo sin rey.

La reacción no se hace esperar. Mientras Carlos prosigue su gloriosa marcha hacia Bolonia, los procuradores castellanos regresan a sus ciudades. Muchos traen las bolsas repletas y manchadas las conciencias. No son bien recibidos.

Ante la noticia de lo ocurrido, un vendaval de indignación sacude las calles. «¡El reino antes que el rey!», claman unos. «¡Muerte a los enemigos de Castilla!», gritan otros. Unos exigen justicia; otros, venganza.

El tiempo de las palabras ha quedado atrás. Es el momento de los hechos. La nobleza y el pueblo castellano han decidido hacerse valer.

Toledo ya se ha alzado y proclamado la Comunidad semanas antes. Ahora le llega el turno a Segovia. El descontento del común, hastiado de agravios y maltratos, estalla con la violencia que solo pueden provocar mil ofensas acumuladas. Los vecinos ahorcan a dos alguaciles y ajustician en plena calle al procurador que había votado a favor del rey en La Coruña.

Al punto estalla otra revuelta en Zamora. Siguen Salamanca, Toro, Madrid... Los habitantes de los municipios se alzan en armas. Asaltan y arrasan las casas de los delegados que han traicionado su juramento en las Cortes; en algunas ciudades los cuelgan en la plaza pública. «¡Abajo los renegados! —reclaman—. ¡Justicia para Castilla!»

«¡Comunidad!» Es el grito que se extiende por todo el reino. «¡Comunidad!»

Todos los vecinos de Guadalajara lo saben. Pero no han cedido aún a la justa indignación que les hierve en las entrañas. Hasta ahora.

Hoy el discurso del doctor Francisco de Medina agita las aguas ya revueltas de un río ansioso por desbocarse.

—¿Por qué el rey Carlos insiste en ignorarnos? Porque cree que un puñado de traidores representan a toda Castilla. Que puede comprarnos, desdeñarnos, ofendernos impunemente. ¡Demostrémosle que no es así! Nuestros hermanos de Toledo y de Madrid ya lo han hecho. ¿Es que somos menos que ellos? ¡Vecinos de Guadalajara! ¡Castellanos! ¿Qué decís?

El sol abrasa sin dar respiro, pero no es eso lo que caldea la sangre de los allí presentes. Un grito restalla en una garganta:

—¡El reino antes que el rey!

Responden decenas, luego cientos:

—¡Abajo los traidores!

—¡Comunidad!

—¡Justicia! ¡Justicia para Castilla!

La plaza y las calles aledañas se encrespan como un campo de cultivo azotado por la ventisca. Las voces dispersas se van uniendo en un solo rugido, coreado al unísono:

—¡Comunidad! ¡Comunidad! ¡Comunidad!

La aclamación prosigue durante un tiempo, hasta que el doctor Medina alza las manos. Los vecinos comprenden que aún le queda algo que decir y que harán bien en prestarle atención.

—Nuestra ciudad lo ha decidido, todos sois testigos. ¡Desde hoy nos unimos a nuestros hermanos de las Comunidades! Traeremos un nuevo gobierno, uno en el que todos los vecinos tengan voz. ¡Un nuevo ayuntamiento para Guadalajara!

Todos escuchan, pues saben que en cuestión de jurisprudencia no hay hombre más experto. Francisco de Medina logró el título de doctor en leyes a muy temprana edad. Ahora, a sus casi cuarenta años, acumula dos décadas de servicio a la casa de los duques del Infantado. Tanto la nobleza como el pueblo lo tienen por varón sabio, justo e íntegro. No en vano fue enviado como procurador de la ciudad a las Cortes de Burgos, hace un lustro.

—Desde hoy, se acabó el concejo tradicional; no volveremos a aceptar que un puñado de hidalgos, siempre miembros de las mismas familias, decidan a puerta cerrada el destino de toda la ciudad. Se acabó el antiguo regimiento; no consentiremos que nuestros regidores, alcaldes y alguaciles tengan que pertenecer a los linajes nobiliarios, ni que sean designados por la Corona para defender sus beneficios privados y los intereses del rey. Desde hoy instauraremos un concejo abierto, al que todos los vecinos puedan asistir y en el que puedan participar. Nombraremos diputados entre los hombres buenos de nuestras parroquias para que voten por los asuntos que más convienen al común, al conjunto de los ciudadanos; y los elegiremos nosotros, el pueblo llano, entre aquellos que mejor nos representen.

Los asistentes corean aquellas últimas frases, arrastrados por el entusiasmo.

—Que sea aquí y ahora —grita uno de ellos—. Por Cristo, que ya hemos esperado demasiado.

La votación se realiza de inmediato. Allí mismo, Guadalajara proclama como representantes a tres de sus vecinos: el carpintero Pedro de Coca, el albañil Diego de Medina y el buñolero al que todos apodan «Gigante».

La multitud enfervorecida aclama a sus nuevos diputados. Todos tienen el corazón enardecido y las gargantas colmadas de exigencias. Se habla de tomar las armas, asaltar el alcázar, arrancar las varas a los regidores, colgar a los delegados traidores y saquear sus casas...

El carpintero Pedro de Coca se introduce en la boca los dedos índice y corazón de ambas manos. Su silbido parece rasgar el aire hasta a una legua de distancia. Las voces se acallan.

—¡Silencio, rediós! Que le confundís a uno el seso con tanto galimatías. Las cosas, bien hechas y en su orden. Decidamos primero lo primero: ¿qué se hace con el señor duque?

Se produce un profundo silencio. Llegado el momento de la primera propuesta, de tomar la primera decisión en nombre del nuevo gobierno, todos callan. Don Diego Hurtado de Mendoza de la Vega y Luna, el tercer duque del Infantado, gobierna la ciudad. E inspira entre sus habitantes un bien fundado temor.

—Del señor duque me encargo yo.

Una exclamación de sorpresa recorre la plaza. El que así ha hablado, con tono rotundo y porte orgulloso, es alguien a quien todos conocen bien. Viste ropas que lo identifican como a noble de la más alta alcurnia. Acaba de surgir de la iglesia de San Gil, a cuya puerta el buen doctor en leyes ha pronunciado su discurso.

—Yo hablaré con Su Excelencia y lo haré entrar en razón, si así lo aprueban el pueblo y sus diputados. —Deposita la mano sobre el hombro del orador, en un gesto que denota profunda familiaridad—. ¿Qué decís, vecinos de Guadalajara? Confiáis en el doctor Medina, y eso da cumplida muestra de vuestro buen criterio. ¿Confiaréis también en mí?

La sorpresa inicial se ha convertido en estupor. ¿De veras es posible? Esas frases surgen de boca de don Íñigo López de Mendoza y Pimentel, el conde de Saldaña. Nada menos que el hijo primogénito del duque del Infantado y heredero legítimo del señorío de la ciudad.

—Toda Comunidad necesita un capitán —retoma la palabra el doctor Medina—. Y ha de ser hombre curtido en el oficio de las armas. Alguien capaz de formar y dirigir tropas, dispuesto a defendernos de los peligros que se ciernan sobre nosotros. Y creedme si os digo que no serán pocos.

Don Íñigo porta al cinto su espada, como es privilegio de la nobleza. De cierto, ha aprendido desde niño a combatir, a reclutar huestes y dirigirlas en el campo de batalla.

—Necesitamos un capitán —reitera Francisco de Medina. Toma de la muñeca al conde y eleva su brazo a las alturas—. Alguien que esté de nuestro lado, a quien podamos confiar nuestras vidas.

Por fin el pueblo reacciona. Aquí y allá se alzan las primeras aclamaciones aisladas, que enseguida son secundadas por otras. En breve las corea toda la multitud.

—¡Viva don Íñigo! ¡Viva el conde de Saldaña! ¡Viva nuestro capitán!

La plaza de San Gil vibra. Centenares y centenares de gargantas resuenan como un solo hombre, con una sola voz, un solo propósito y un solo corazón.

Primera parte: No hay lugar seguro

PRIMERA PARTE:

NO HAY LUGAR SEGURO

Agosto de 1520

Señor, las cosas de por acá son mucho más duras y peores que os las describo en mis cartas. [...] [Los principales miembros del Consejo de Castilla y el Consejo real] y aun el Comendador Mayor de Castilla son huidos para alejarse de tanto peligro. Si todos se van, en fin, seguirles he. Aunque no sé en qué lugar de Castilla podríamos estar seguros.

Carta del cardenal Adriano a Carlos I

Valladolid, 31 de agosto de 1520

Capítulo 1

1

Andrés de León llega sin resuello al torreón en el que se abre la puerta de Guadalajara. Aun con el brío de sus trece primaveras, le pasa factura correr una distancia de quinientos pasos en un día como este. El sol de primeras horas de la tarde asalta sin piedad la villa y tierra de Alcalá de Henares. Las calles están polvorientas; y los campos que la rodean resecos por la falta de lluvia.

Un reducido grupo de vecinos se ha congregado allí. Llevan los bonetes bien alzados sobre la frente; las camisas, empapadas de sudor bajo los jubones desatados y sin mangas. El muchacho, como hijo de sastre, no puede evitar advertir que casi todos los presentes usan ropa blanca de cáñamo, y que se cubren las enflaquecidas carnes con paños catorcenos: tejidos toscos y, además, remendados en más de una ocasión.

No faltan allí los aguadores, ganapanes ni mozos de cuerda que suelen acudir a los postigos por si los visitantes solicitan de sus servicios, ni los arrapiezos que vienen en busca de limosna.

Las torres de las iglesias y palacios despuntan sobre las murallas, prometiendo esplendor al viajero que se aproxima, pero es la pobreza la que acude a recibirlo a las puertas de la villa.

—Este tiene catadura de estudiante —apunta uno de los presentes—. Trae mula.

—Sí, pero sin gualdrapa —señala otro.

Andrés comprende la alusión. De ser licenciado, maestro o doctor, el viajero adornaría su acémila con una cobertura, como es privilegio de los más altos grados universitarios. En una villa como Alcalá, los vecinos saben distinguir los signos que identifican a los hombres de estudios, cuyas prerrogativas los separan de la población común.

—¿Aquí dice, pues, que sois el bachiller Martín de Uceda...? —La voz del oficial de la guardia, ronca y espesa, no oculta su desconfianza.

—Eso dice. Bachiller graduado en esta villa. Y tengo prisa.

A Andrés ya no le cabe duda: aquel es el hombre que ha venido a buscar. Se abre paso entre los presentes para observarlo. Allí está, a lomos de su montura. Ambos llegan cubiertos por el polvo del camino, adherido a la piel, el pelo y las ropas a causa del sudor. Pero, aun así, su porte no desmerece ante el del capitán de la guardia, que estudia con el ceño fruncido los papeles que el recién llegado le ha presentado.

El jinete es joven, de rostro bien rasurado y algo pálido, con grandes ojos pardos y tranquilos. Andrés distingue que su indumentaria de viaje está cortada a medida, según parece, en paño dieciocheno de Toledo. Probablemente supera en calidad y precio a las mejores ropas que los vecinos allí congregados guardan en sus arcones para los días de fiesta.

—¿Y venís de Guadalajara? —Ante el asentimiento del visitante, los guardias de la puerta intercambian una mirada—. ¿Qué noticias traéis de allí?

—No soy un mensajero —responde el aludido, con el tono de quien da el asunto por zanjado. Pero sus interrogadores parecen ser de otra opinión.

—Corren tiempos agitados. En estos reinos no hay lugar seguro. Y aquí no recibimos bien a los visitantes que se presentan sin mostrar al menos un poco de buena voluntad. Tened por cierto que nuestros alcaldes y regidores...

—¡Y nuestros diputados! —interrumpe una voz anónima.

—¡Y todos los buenos hombres de la villa! —lo secunda otra voz anónima, surgida del corrillo de espectadores, que ha ido aumentando de tamaño.

Sigue un momento de tenso silencio, en el que el aire parece tornarse más denso, como cargado de vapores viciados. Los guardias han defendido ante el viajero la potestad del regimiento. Los vecinos, el de la Comunidad y sus diputados.

Ese es el conflicto que tiene desgarrado a todo el reino: elegir entre bordarse en la pechera la cruz blanca o la roja. La primera la exhiben los seguidores del rey; la segunda, los defensores de Castilla.

La adhesión de Alcalá a las Comunidades es demasiado reciente, y no todos sus habitantes la aceptan por igual. A día de hoy, es una balanza en precario equilibrio. Pero es inevitable que el peso acabe desplomándose hacia uno de los platillos.

El bachiller Uceda lo sabe. Como sabe que, cuando eso suceda, la villa complutense puede decidir el destino de las tierras circundantes. No en vano, es una frontera; un escudo alzado entre dos vecinos enfrentados, dispuestos a enarbolar las picas el uno contra el otro: al sureste, Madrid, que lucha por las Comunidades; al noroeste, Guadalajara, que defiende el poder del rey y su regimiento.

Por eso ha venido aquí. Por eso le han enviado. Aunque, por Dios y por su señor, deba mantenerlo en secreto.

—Corren tiempos agitados, a fe que sí. Bien decís: no hay lugar seguro en estos reinos —concede. Hace un esfuerzo por controlar a su montura que, sedienta y nerviosa ante la proximidad del agua, pugna por acercarse al abrevadero que hay junto a la muralla, no lejos de la puerta.

El oficial tuerce el gesto. Sin duda está habituado a la presencia de curiosos. Pero, en tiempos como estos, la cercanía de sus convecinos trae consigo ecos de amenaza; reprime el impulso de acercar la mano al pomo de la espada.

—Desmontad, señor bachiller. Llevemos esta conversación al cuerpo de guardia.

El aludido se apea. Señala con la mano a uno de los arrapiezos allí congregados.

—¡Muchacho! ¡Da de beber a mi mula! —le ordena, tras cargarse al hombro las bolsas de viaje—. Y después, llévala a casa del señor Alonso de Deza. ¿Sabes cómo llegar?

Andrés se adelanta.

—Permitidme que lo haga yo, don Martín. Soy hijo de Pedro de León, su vecino.

El arriacense le cede las riendas y le da una palmada en el hombro. Por primera vez desde su llegada, esboza una sonrisa. Aunque el gesto se le queda aferrado a los labios, sin alcanzar las pupilas.

El oficial de guardia hace una seña a sus hombres. Después indica al joven bachiller la entrada al torreón que custodia la puerta de Guadalajara. Mientras ambos desaparecen escaleras arriba, se le oye decir:

—Comprenderéis que la villa anda revuelta...

—Como toda Castilla. —Es la respuesta.

El aprendiz Andrés de León se enjuga la frente con la manga de la camisa. Tira de los arreos mientras observa cómo la mula agita las orejas para espantar las moscas. Luego levanta la vista al cielo y se persigna como buen cristiano. Sabe que está a punto de cometer pecado, pero no puede ni quiere evitarlo.

Buscará un lugar a salvo de miradas indiscretas. Y, una vez allí, registrará las alforjas del recién llegado. Es su obligación, como protector y guardián de la hermosa Leonor. Se ha jurado a sí mismo defenderla de todo peligro. Y, tal vez, si Dios así lo quiere, encuentre en aquellas bolsas algo que le permita demostrar a su dama que el bachiller que está a punto de alojarse en su casa no es hombre de fiar.

Leonor mira por la ventana enrejada. Le encanta retirarse a aquella estancia, la que ella denomina «el aposento». No es más que un modesto almacén, en el que su padre guarda los materiales más prosaicos de su próspero negocio: los paños y lienzos de peor urdimbre, las arpilleras y sogas que se usan para enfardar las telas antes de transportarlas... Los empleados de la familia lo llaman «el depósito de arriba», y no reciben con agrado la orden de acudir allí, al piso superior de esa torrecilla que supera en altura a la casa y los edificios circundantes. Para acceder a ella, hay que trepar por una empinada escalera que arranca del patio interior de la vivienda.

Pero a la joven le agrada refugiarse aquí. Desde la elevación de aquella reja otea los dominios familiares como si lo hiciera desde tierra extranjera. Todo parece distinto: el patio y las gentes que lo recorren, los relinchos que salen de la cuadra, los animales del corral, los parches de color de la huerta... y el pozo. Sobre todo ese pozo que, desde esta perspectiva, se asemeja a un dedal viejo y vacío.

—Al mirarla desde aquí, toda nuestra hacienda se me antoja más pequeña. O tal vez sea que el resto del mundo parece más grande...

Leonor dirige aquellas palabras a su acompañante, pero esta no responde. Sigue sentada en un arcón, concentrada en prensar unos bastos retales que ha traído en un cestillo; con ellos está formando pequeñas bolas de tela.

—¿Lucía? ¿Me escuchas?

—Sí. Dices que el mundo parece más grande —replica su amiga, sin levantar la vista de su labor.

—No. No es eso. Digo que parece distinto; que todo se transforma al mirarlo desde otra perspectiva.

Su interlocutora levanta los ojos. Ellas dos nunca podrán ver el mundo desde la misma perspectiva, ni aun mirándolo desde el mismo sitio. Leonor es hija de Alonso de Deza, el más rico comerciante de paños de la villa; según se comenta, su hacienda familiar asciende a más de dos millones de maravedís. Puede permitirse tocas y camisas de cambray; para las ropas, tafetanes, terciopelos dobles y hasta aceituní. Y, por si tal fuera poco, el Señor la ha dotado de todas las gracias que cautivan a los hombres. En su presencia, el mundo parece iluminarse y sonreír. Podría ser dama de cualquier caballero andante, musa de cualquier poeta.

En cuanto a ella... Lucía resulta del todo distinta. Su padre, Pedro de León, no es más que un modesto sastre. El mejor de la villa, al decir de algunos. Pero de carácter demasiado orgulloso y lengua demasiado franca como para ser del agrado de los poderosos. Eso lo condena a una clientela mucho más humilde. Su hija llevará al altar una dote de ocho mil maravedís. Viste ropas cuidadas, con buen corte y mejor remate, pero modestas: palmillas, cordellates, delantales de blanqueta... Y su aspecto tampoco recuerda al de una ninfa; seca de carnes, con cabellos demasiado oscuros y tono de tez tostado, como el de una campesina. Cuando pasa por las calles, estas ignoran su presencia. No hay en ella nada que pueda atraer miradas de admiración.

No. Por cierto que ellas dos nunca podrán ver el mundo desde la misma perspectiva. Pero es justo reconocerlo: Leonor siempre ha atribuido gran valor a las escasas cosas que ambas comparten, frente a las muchas que las diferencian.

Son vecinas desde la cuna, amigas desde la infancia. Alonso de Deza, como corresponde a su estado, mantiene casa y negocio en una de las zonas más acaudaladas de la villa. El ingreso principal de su magnífica vivienda da a la calle Mayor, que, en los últimos tiempos, parece querer hermosearse más que ninguna otra; los vecinos han ido sustituyendo las pilastras de madera que antes sostenían sus largos soportales por airosas columnas de piedra. Los antiguos entramados de madera de las fachadas se van revistiendo de piedra y ladrillo, con aparejos a soga que imitan las construcciones del recinto universitario. Se han creado ventanas en los frentes de las viviendas para abrirlas a la luz y las voces de la calle, siempre concurrida. El suelo de tierra se ha cubierto de empedrado; un lujo del que, al decir de los viajeros, pocas vías de Europa pueden vanagloriarse.

El domicilio de Alonso de Deza cuenta con entrada secundaria por la calle de los Manteros, destinada a mercancías y sirvientes. Es la que usa también la familia de su vecino, Pedro de León, cuya sastrería da a la dicha calle, junto a la cueva que hay bajo ella y que le sirve de almacén. A la vivienda, sita sobre el negocio, se accede desde el patio del próspero comerciante de paños, sobre el que tiene servidumbre de corral, huerto y pozo.

Así pues, las dos familias comparten suelo y agua, sin más quebrantos de los que suelen ser normales entre buenos vecinos.

—¿Te lo imaginas? —Aunque la frente de Leonor se apoya sobre los barrotes de hierro, su mirada navega mucho más allá—. Al mirar el mundo desde aquí, me siento como un pájaro...

—Un pájaro enjaulado —responde su acompañante, en referencia a las rejas.

—Un pájaro enjaulado conserva sus alas. Y si lo encierran es porque aún sabe cómo usarlas.

Lucía sigue enfrascada en su labor. Bajo sus dedos, ágiles y oscuros en la penumbra de su rincón, las esferas de retales van adquiriendo tamaño y consistencia.

—¿Como qué tipo de pájaro? —inquiere al cabo de un rato. Su amiga, cuya mente divaga ya por tierras muy lejanas, queda desconcertada ante la pregunta.

—¿A qué te refieres?

—Pregunto como qué tipo de pájaro te sientes.

Leonor no responde. Observa el corral, la huerta, la cuadra; todo parece adormecido, vencido por el sol sofocante de primeras horas de la tarde.

—¿Has pensado alguna vez en las gallinas? Tienen alas, pero ¿de qué les sirven? Sin embargo, un jilguero metido en su jaula aún sería capaz de llegar hasta aquí arriba, si tan solo pudiera traspasar los barrotes...

—Una vaca también podría —puntualiza Lucía—. Subiendo las escaleras, me refiero. Aunque luego no sabría cómo bajar.

Su amiga sonríe.

—De acuerdo. Para ti las gallinas y las vacas trepadoras. Yo me quedo con mi jilguero. —Observa cómo una de las sirvientas de la casa se llega al pozo, llena una cántara y regresa con ella al interior de la vivienda, resoplando—. ¿Y tu hermano? ¿No debería haber vuelto ya?

Por cierto que sí. Andrés ha salido hace rato a realizar su misión. Basta una simple petición de Leonor para que el muchacho se lance en su cumplimiento, como un caballo fogoso tocado por la espuela del jinete. Ya sea espantar un moscardón obstinado, recoger mandados o recuperar un zarcillo perdido... Nada lo arredra. Incluso estaría dispuesto a enfrentarse al fantasma de ese moro Muza que, según las leyendas, guarda la mítica mesa del rey Salomón en el monte Zulema.

Pero hoy el deseo de la joven es muy otro. Quiere saber más de ese bachiller arriacense que, de acuerdo a la correspondencia que su padre mantiene con don Diego de Esquivel, viene a alojarse en la casa familiar durante una temporada.

Las campanas de Santa María rasgan el aire de la tarde, que cubre la villa como una áspera y pesada capa de sayal. Con el último toque, Andrés hace su entrada en el patio. Trae en la mano las riendas de una mula y, en el rostro, una expresión de triunfo.

La dicha del joven Andrés de León dura poco. Tras rebuscar en las alforjas de Martín de Uceda, ha llegado a casa convencido de haber encontrado pruebas fehacientes de que el tal bachiller no es persona de fiar.

—Haréis bien en manteneros bien apartadas de él, y eso las dos —les dice, aunque en realidad, sus palabras van dirigidas a la joven Leonor, que ahora lo mira con esos ojos de hermosísimo añil, de un color tan espléndido como solo puede obtenerse de la mejor hierba pastel de Tolosa—. Porque lleva consigo muchos botecillos de ungüentos y líquidos, que no se sabe sin son medicinas o venenos, y unos cuchillines pequeños, pero tan afilados que da espanto verlos. Y, en el fondo de las sacas...

—¿Estás diciendo que has mirado en sus alforjas? —lo interrumpe Lucía, espantada.

Su hermano calla, con la boca abierta de par en par; un tinte grana le inunda el rostro.

—Yo... Se abrieron solas —balbucea, buscando una salida a la desesperada—. La mula tropezó... Y yo...

Leonor despliega su abanico de seda y comienza a darse aire con movimientos pausados y elegantes. Parece lejos de compartir la turbación de sus vecinos.

—Cosas que ocurren, ¿no? —interviene. Una extraña sonrisa juguetea en sus suaves labios—. El asunto no tiene mayor importancia.

Cuando Andrés abandona el almacén, deseoso de zanjar el tema con su marcha, Lucía se dirige a su amiga.

—¡Válgame...! ¿Vas a decirme que hurgar en bolsas ajenas no tiene mayor importancia?

—No tanta, por cierto, como hurtar algo de ellas. Y tú y yo sabemos que ese no es el caso.

—Aun así, eso no excusa...

—¿Y tú? —interrumpe Leonor, sin perder su media sonrisa—. ¿Vas a decirme que tu hermano aprobaría eso que tramas hacer con tus retales de trapo?

En efecto, al oír que Andrés llegaba por las escaleras, Lucía se ha apresurado a guardar sus labores en el cestillo, cubrirlo con una tela y ocultarlo bajo unas arpilleras.

—¡No puedes comparar una cosa con la otra!

—Podré si me dices de una vez para qué sirven. ¿A qué tanto secreto? —Y, sabiendo de qué pie cojea su interlocutora, la aguijonea con una ironía pomposa y llena de malicia—: ¿Acaso guarda relación con tu ajuar? ¿No será una sorpresa para tu valeroso prometido, partido al campo de batalla junto a mi hermano?

Su amiga parece molesta ante tales palabras. Sin responder, recoge el cestillo, lo oculta bajo el delantal y se dirige a la puerta. Parpadea al atravesarla, cegada momentáneamente por la hiriente luz del sol. Cuando sus ojos se acostumbran, distingue a su hermano. Está abajo, en el patio. Junto a él hay un hombre joven, de porte erguido, vestido con ropas de cabalgar polvorientas, pero bien cortadas. Lleva al hombro unas bolsas de viaje. Tiene a Andrés agarrado del brazo, y parece estar conversando con él en tono amistoso.

—He ahí al famoso bachiller Martín de Uceda —comenta Leonor, que ha salido tras ella y se ha situado a su lado en lo alto de la escalera—. ¿Qué te parece?

Lucía duda. No hay nada en la apariencia de aquel desconocido que la ayude a formarse una opinión.

—No lo sé. ¿Y a ti?

—No conviene fiarse de los mozos apuestos —responde su interlocutora, en ese tono risueño que tan bien sabe usar, y que nunca permite discernir si habla o no en serio—. Ni de los que saben latín.

—¡Vos, muchacho!

Cuando Andrés oye la llamada, ya es demasiado tarde. El bachiller Uceda ha debido de llegar a la casa mientras él estaba en el almacén de arriba. Lo agarra del brazo sin que el mozo tenga oportunidad de zafarse.

—Habéis dicho antes que sois hijo de Pedro de León, ¿cierto? ¿Cómo os llamáis?

—Andrés, para servir a Dios y a vuestra merced.

—¿Y ese servicio incluye registrar mis alforjas?

La voz del arriacense es indulgente y serena, como lo es también la expresión de su rostro. Sin embargo, la mano que aferra el brazo del muchacho aprieta como la soga sobre el cuello del condenado.

—Don Martín, yo no...

—Permitidme un consejo, Andrés de León, pues vamos a ser vecinos. La próxima vez que queráis curiosear entre mis cosas, tened la cortesía de pedírmelo, que yo sabré cómo facilitaros la tarea.

Así diciendo, el bachiller Uceda baja la vista hacia una de sus botas. Cuando el muchacho sigue la dirección de aquella mirada, descubre, oculta en el interior de la caña, la empuñadura de un estilete.

Lleno de espanto, intenta apartarse, pero la mano de su interlocutor sigue sujetándolo sin misericordia.

—¡Andrés! ¿Aún sigues ahí? ¿A qué esperas, chiquillo?

La voz de la hermana surte efecto como por ensalmo. Los dedos del arriacense se aflojan. Por primera vez, dirige la mirada a lo alto de la escalera, desde donde las dos jóvenes contemplan la escena. Y saluda en dirección a ambas con un movimiento galante que —Lucía lo sabe bien— no va dirigido a ella.

Capítulo 2

2

La fortaleza de Torrejón de Velasco, situada cuatro leguas al suroeste de Madrid, se recorta contra un límpido cielo azul, tan luminoso que hiere los ojos. Su grandioso torreón central, visible a muchas millas de distancia, está circundado por una poderosa muralla con nueve torres defensivas. Es un baluarte preparado para albergar a un ejército nutrido, bien pertrechado con piezas de artillería. Sin embargo, las tropas que hacia allí se dirigen no resultan demasiado numerosas ni cuentan con maquinaria; a decir verdad, ni siquiera poseen verdadera formación marcial.

Llevan la cruz roja de las Comunidades bordada en las ropas. Son, en su mayor parte, pecheros reunidos y armados a toda prisa. Artesanos, labradores, comerciantes venidos de los concejos comuneros de Madrid, Alcalá de Henares y Toledo. Todos ellos se han presentado voluntarios para la incursión. Y han caminado varias jornadas a marchas forzadas.

El joven Juan de Deza nota la garganta reseca, el torso empapado bajo la brigantina, los muslos y piernas húmedos de su transpiración y la que emana de su yegua. Es hijo del más próspero mercader de paños de la villa complutense, y está habituado a recorrer sus buenas leguas a lomos de una montura, pues así lo requiere el negocio familiar; aunque, por cierto, sin llevar a cuestas esa armadura que tanto abruma el cuerpo y fatiga el espíritu.

Pero su voluntad está forjada para sobreponerse a tales molestias, que no son más que el inicio de todas las que han de venir. La causa bien lo merece.

Un graznido le lleva a elevar la mirada hacia los cielos. Una bandada de aves carroñeras sobrevuela las alturas, ansiosas ante la inminente batalla.

—Perded cuidado, que no están aquí por nosotros, sino por ellos —comenta el jinete que marcha a su lado.

Es don Íñigo López de Zúñiga, que hoy capitanea las tropas alcalaínas. Lleva un coselete cumplido, que no debe de pesar menos de cuarenta libras; el acero que cubre su cabeza, torso, brazos y muslos centellea bajo el sol; también lo hace su rostro, de expresión concentrada y adusta, cubierto de un sudor que le impregna el bigote y la barba rojizos.

El joven Juan de Deza asiente.

—Esperemos que así sea, mi capitán.

—Así será. Antes de que acabe el día, el malnacido protector de esta villa habrá pagado muy cara su traición.

En efecto, no cabe otro modo de referirse al comportamiento de don Juan Arias de Ávila, señor de Torrejón de Velasco. Primero ha prestado pleito homenaje al concejo comunero madrileño; después, sin previo aviso, se ha levantado contra él. Así lo ha hecho al oír que se ha puesto cerco al alcázar de Madrid (cuyos ocupantes, pese a haber jurado acatar los dictámenes de los nuevos regidores, diputados y procuradores, se mantienen atrincherados y se niegan a rendir la plaza); ante tal noticia, el dicho señor ha sacado de su baluarte a ciento cincuenta caballeros, otros tantos infantes y veinte piezas de artillería gruesa para acudir en socorro de la mentada fortaleza.

Pero, al hacerlo así, ha dejado desguarnecida su propia plaza. Y, conociendo que Torrejón de Velasco está desprotegida, el concejo de Madrid ha despachado cartas urgentes a sus aliados más cercanos, Toledo y Alcalá de Henares, cuyos vecinos han tomado las armas para asaltar las posesiones del caballero Juan Arias de Ávila.

—Tened presente que estamos aquí gracias a vos. Sabe Dios que no olvidaré cómo arrugaron la nariz esos oficiales cuando propusisteis seguir un rastro de boñigas de oveja —comenta don Íñigo López de Zúñiga, con una sonrisa torcida—. Excelente idea... y apestosa, a fe mía.

La principal baza de estas huestes improvisadas estriba en su velocidad de maniobra. Es seguro que las tropas de Juan Arias se moverán más despacio a cuenta de la pesada artillería que transportan, y que necesitarán de grandes vías para su desplazamiento. Así pues, el joven Juan de Deza —a quien el capitán Zúñiga ha nombrado su cabo de escuadra— ha sugerido seguir ciertos cordeles y veredas de la región que los pastores usan para la trashumancia; esos caminos de menor anchura, asociados a la Cañada Real Galiana, pero apartados de ella, les han permitido llegar a su destino sin toparse con las temidas tropas enemigas, que ascienden hacia Madrid en sentido contrario.

De cierto, semejante itinerario no pasaría por la mente de un militar; pero sí por la de un buen comerciante de paños, que conoce los desplazamientos de las cabañas de ovejas merinas, pues de ello depende la cantidad y calidad de sus futuras lanas.

En la villa torrejonense, que se arracima a los pies de la fortaleza, las campanas han comenzado a tocar a rebato, para alertar a sus vecinos del ataque inminente.

—Bien, Juan de Deza, estáis a punto de recibir vuestro bautismo de sangre. —Don Íñigo López de Zúñiga se persigna—. Que Dios os proteja.

—También a vos, mi capitán.

La mayoría de los habitantes de Torrejón de Velasco han logrado refugiarse tras los muros de la fortaleza. Aquellos pocos empeñados en defender sus casas acaban heridos o muertos por el ímpetu del asalto.

Las tropas arrasan, saquean, prenden fuego a la villa y se retiran con tanta celeridad como han llegado. Don Juan Arias recibirá pronta noticia de lo ocurrido, y es seguro que dará media vuelta para intentar dar caza a los atacantes.

Los cielos protegen el regreso de las tropas a Madrid tanto como han favorecido su marcha hacia tierras torrejonenses. Los mensajeros, que han partido a caballo apenas concluido el conflicto, harán que la noticia de la victoria llegue a las villas implicadas mucho antes de que los combatientes regresen a ellas.

Aquella primera noche, con la efervescencia del triunfo aún burbujeando en las venas, los ojos de los hombres se niegan a cerrarse, pese al cansancio de las marchas acumuladas. El joven Juan de Deza se sienta junto al fuego en compañía de sus vecinos, comparte su vino y participa de sus bromas. Conoce a parte de ellos: al hijo del tejedor Atienza, del sastre Cevallos, del colchero Gonzalo, del zapatero Campos. Unos ríen, otros sueltan bravatas. Todos beben; tragos largos y nerviosos, para calmar la sed y la inquietud.

—Así aprenderá ese maldito señorón —lanza uno de los allí reunidos—. ¡Malhaya él y todos los traidores!

—Amén —responde el joven Miguel, hijo del zapatero Campos. Juan de Deza lo ha visto a menudo por casa de su vecino Pedro de León; es buen amigo de su hijo Andrés, y prometido de su hermana Lucía—. Solo que la próxima vez, espero que él esté ahí para verlo...

Aquellas palabras hacen que Mateo Atienza frunza el ceño.

—¿Qué significa eso? Hemos quemado sus tierras, sus casas... ¿no es suficiente?

Miguel Campos da la impresión de sonrojarse. Aunque tal vez sea solo una ilusión creada por el reflejo de las llamas.

—Sí, cierto... Sus casas y sus tierras... Aunque, en realidad, más parecían las de sus vasallos. Las casas y las tierras de sus tejedores, sus sastres, sus zapateros...

Se hace el silencio. Algunos contemplan a su compañero con gesto airado, otros apartan la vista. Juan de Deza se incorpora. No logra decidir si aquellas frases son signo de compasión o de cobardía. Pero ninguno de esos sentimientos es buen camarada de un soldado.

—Así ocurre en las guerras —asevera, con firmeza—. El pueblo menudo es siempre aquel que más sufre, aquel que más pierde. Pero ¿acaso no sucede lo mismo en la paz? Día tras día, año tras año. ¿Quién paga impuestos, quién trabaja, quién pasa hambre y fatigas? El pechero, siempre el pechero. Por eso estamos aquí, para acabar con esa situación. La nuestra es una guerra justa, una lucha santa. ¿Lo habéis olvidado?

—No, señor. —Es la respuesta. El hijo del zapatero Campos es el primero en manifestarlo así, aún azorado. El resto de los presentes lo secundan sin dudarlo.

A unos pasos de distancia, una voz rubrica:

—Bien, pues. No lo olvidéis. Ni ahora ni nunca.

Todos se levantan apresuradamente e intentan, con desigual éxito, componer un saludo marcial. El que así ha hablado es don Íñigo López de Zúñiga, que los observa con gesto severo. Su bigote y su poblada barba parecen leonados a la luz de las llamas. Hace una seña al joven Deza.

—Señor Juan, venid conmigo. He de deciros unas palabras.

Se alejan ambos del corrillo, caminando a ritmo pausado.

—Habéis hablado bien —declara el noble—. Vuestro discurso os honra. No todos serían capaces de expresarse con tal acierto y tal vehemencia.

—¿A qué os referís?

El capitán Zúñiga sonríe, como para sí. No es un gesto que denote alegría. Luego pregunta:

—¿Os habéis preguntado por qué os elegí como mi segundo oficial?

—Sí, señor —reconoce el joven. Su padre siempre dice que hay momentos para la diplomacia y momentos para la verdad, y que un buen comerciante ha de saber distinguir los unos de los otros—. Hay dos hijosdalgo en nuestra compañía, y dudo que hayan aceptado de buen talante que hayáis escogido como vuestro cabo de escuadra a un pechero.

—Tenéis razón, no lo han hecho. Pero que me aspen si me importan un comino sus quejas. Al fin y al cabo, vuestra familia mantiene caballo y armas, como la de cualquier hijodalgo, y vos mismo habéis recibido entrenamiento para la lucha, ¿cierto?

—Así es, señor. Mi padre se encargó de ello.

—¿Sabéis que, si en lugar de en nuestra villa complutense, hubierais nacido en la de Madrid, con tales requisitos seríais nombrado caballero de alarde? ¿Y que, aun siendo pechero, gozaríais de los mismos privilegios que un hijodalgo?

—Uno no elige dónde venir al mundo, señor. Pero sí dónde quedarse y dónde luchar. Alcalá es mi hogar. Y la protegeré, aunque no me conceda títulos ni alardes.

El capitán asiente. Parece complacido.

—Vuestro padre opina igual. He hablado con él en las sesiones del ayuntamiento y fuera de ellas, y puedo decir que es uno de nuestros mejores diputados, un verdadero amigo de la Comunidad. Por eso os elegí a vos. Los rangos y cargos, igual que los privilegios, debieran ser patrimonio de quien los merece, no de quien los hereda.

Paso a paso se han ido alejando del resto de la milicia. Han hecho noche en las tierras que un labriego adinerado de la zona ha puesto a su disposición. Ahora están a cierta distancia de los establos en que dormirá la tropa y la casa en la que se han preparado los aposentos de los oficiales.

—¿Sabéis, señor Juan de Deza, quién es el capitán de nuestra Comunidad alcalaína? ¿Aquel al que nuestros vecinos nombraron el día en que declararon la libertad de nuestra villa?

—Lo sé, señor. Es don Alonso de Castilla.

—Cierto. Caballero de muy noble condición y linaje, y al que no le falta juicio... aunque sí letras. Vos sí sois letrado. ¿Me equivoco, muchacho?

—No os equivocáis.

Allí, a distancia de los hombres y sus celebraciones, los rodean las estrellas y el canto de los grillos. Don Íñigo López de Zúñiga levanta la mirada hacia el firmamento.

—¿Y si os dijera que nuestro capitán, don Alonso de Castilla, rehusaba mandar tropas en auxilio de nuestros vecinos madrileños? ¿Que hubimos de convencerlo a fuer de amenazas y gritos, pues no hubo modo de que atendiera a otras razones? ¿Y que, con todo, se negó a ponerse al frente de los hombres, aduciendo que se le necesitaba más en la villa que en estos campos de Dios?

—Os diría que ya lo sabía, don Íñigo. Y que por eso os nombraron a vos capitán, provisionalmente.

—Para que yo pudiera nombraros a vos cabo de escuadra, también provisionalmente. No es buen asunto, muchacho, que para cosas tan graves tengamos que andar con mandamientos provisionales.

—Hay modos de hacer que los negocios transitorios se tornen definitivos. Pensad, si no, en las noticias que nos llegan de Ávila.

En efecto, un par de semanas antes se han reunido en aquella catedral los procuradores de Toledo, Salamanca, Toro y Segovia, para declarar la Santa Junta. El nuevo órgano de gobierno que ha de sustituir a las Cortes castellanas para convertirse en verdadero portavoz de todo el reino; el que dará voz y poder a los súbditos, frente a la Corona y la alta nobleza. Pues se alza como único representante legítimo del común, por encima del monarca, al que considera «contratado» por el reino y al que, por tanto, puede destituirse si no cumple las funciones que en él se han delegado. Y defiende que, en última instancia, el verdadero poder político dimana del común, y no del rey.

—Dicen que allá, en estas reuniones de la Junta, ya no se hace como en las Cortes —añade Juan de Deza—. Que no hay mayores ni menores, sino que todos son iguales.

El capitán Zúñiga lo sabe. Vuelve a sonreír, y esta vez el gesto sí trae muestras de sincera complacencia. También está al corriente de que la Santa Junta del reino considera nulo el nombramiento del virrey, el cardenal flamenco Adriano de Utrecht, por ser contrario a las costumbres de Castilla. Y de que tampoco acepta la validez del actual Consejo real. Y de que ha declarado que se debe destituir a los corregidores y designar a otros que no sean elegidos por el rey, sino por los vecinos de cada villa.

—Así es, muchacho, y por eso luchamos. Pues creedme si os digo que nada de eso es definitivo, y que sostenerlo nos ha de costar aún mucho sudor, y no poca sangre.

La sonrisa se ha borrado de su rostro, que recupera su habitual expresión adusta.

—Oídme bien —añade—. El capitán don Alonso de Castilla no es el único que debiera inspirarnos dudas. Son muchos los que se han sumado a la causa sin verdadera convicción.

—¿Insinuáis que lo han hecho por conveniencia?

—Por conveniencia, por recelo, por temor... Os aseguro que se avecinan deserciones; y que tampoco habrán de faltarnos traidores. Aunque finja lo contrario, parte de la villa de Alcalá sigue siendo realista en su corazón. Y nuestros adversarios no tardarán en darse cuenta de ello, si es que no lo han hecho ya.

Juan de Deza se pasa la mano por los ojos. De pronto se siente fatigado, como si el cansancio acumulado en los últimos días hubiera estado aguardando para arrojarse sobre él sin previo aviso.

Pero algo le dice que los días que se avecinan no serán amigos del descanso. Llegan tiempos de mantener abiertos los párpados, el cuerpo erguido y el ánimo vigilante.

—Os diré algo, don Íñigo: desearía que os equivocarais.

—Yo también, muchacho. Yo también.

Capítulo 3

3

El canónigo Diego de Avellaneda no siente deseos de moverse. Aquí, en la quietud sombreada del claustro de San Justo, el aire resulta menos sofocante. Para un hombre de carnes tan nutridas como las suyas resulta fatigoso salvar (así sea a lomos de una mula) los cien pasos que lo separan del palacio; lo ha convocado allí el administrador arzobispal, don Francisco de Mendoza, para «un caso de singular importancia».

El silencio puede ser un refugio, un amigo que trae paz y sosiego; algo que, bien lo sabe, poco suele durar. Como para demostrarlo, irrumpen en el lugar dos jóvenes, que conversan con voces indignadas. Caminan a zancadas tan largas como se lo permite su atuendo: la clámide de paño buriel y con capucha de los colegiales de San Ildefonso.

—Muy ilustre señor don Diego. —Los recién llegados se detienen y saludan al prebendado. Este exige que todos se dirijan a él por su tratamiento eclesiástico.

—Maestro Rodrigo de Cueto, maestro Blas de Lizona. —El tono de Avellaneda denota cierta aspereza. Su jerarquía lo justifica. Al fin y al cabo, los colegiales son racioneros que cobran mil quinientos maravedís al año, mientras que él recibe seis mil por su canonjía—. No debiera recordaros que estos muros no son lugar para corretear ni para frívolas conversaciones.

—La nuestra no lo es. Al contrario, trata de muy graves asuntos —replica Blas de Lizona, altanero. Posee un cuerpo magro, siempre tenso, como hecho de cuero curtido—. Esos condenados castellanos han vuelto a hacer de las suyas.

—No perdonan que nuestro rector los metiera entre rejas —señala Rodrigo de Cueto, con su marcado acento cordobés; guiña ambos ojos con frecuencia, como si no pudiera soportar el esfuerzo de mirar al mundo frente a frente—. Poco castigo, a fe mía, por faltar al juramento que le prestaron el día de San Lucas.

Don Diego calla. Prefiere mantenerse al margen de las disputas entre béticos y castellanos: las facciones estudiantiles que luchan por controlar el Colegio Mayor de San Ildefonso; y, con él, toda la universidad alcalaína.

—Tras aquello, los muy renegados se negaron a seguir obedeciendo a nuestro rector Jerónimo Ruiz y quisieron nombrar en su lugar a uno de los suyos, ese Juan de Berzosa —interviene de nuevo Blas de Lizona, con el tono chirriante que le es tan propio—. ¡Hatajo de bellacos!

—¡Así les parta un rayo! Pero bien saben los cielos que pronto recibirán su merecido —remacha Rodrigo de Cueto, que dirige la mirada a las alturas, como para sellar el vaticinio.

El canónigo Avellaneda no presta atención a tales imprecaciones. Su mente divaga por otros derroteros. Si mal no recuerda, ese furibundo colegial cordobés ocupó durante el pasado año académico una cátedra de Súmulas... ¿o quizá de Lógica...? Poco importa. Como regente de Artes, debió de recibir veintiún mil maravedís de sueldo anual.

—Los muy rufianes llegaron a mandar a la corte a ese Antonio del Caño...

—Antonio de la Fuente —corrige Cueto.

—Caño, Fuente, Pilón... ¿qué más da? —prorrumpe Lizona, poco dispuesto a detenerse en semejantes nimiedades—. El caso es que el muy truhan tenía encargo de presentarse ante el propio cardenal Adriano para pedirle que enviara a un visitador...

Aquellas palabras logran captar por primera vez la atención del canónigo Avellaneda.

—¿Un visitador, decís?

Su tono denota tensión. Los cielos saben que los colegiales de San Ildefonso (las mentes más preclaras del reino, destinadas a los cargos superiores de la Iglesia y la administración regia) pueden actuar como auténticos botarates.

—¿De modo que vuestros compañeros solicitaron un visitador extraordinario... enviado por la Corona?

El cardenal Cisneros, fundador de la institución, creó la figura del visitador ordinario, para inspeccionar el Colegio y universidad y evitar posibles desmanes del rector y sus consiliarios. El cargo se elige cada curso académico entre los prebendados de la magistral de San Justo (nombrados, a su vez, entre los doctores y maestros de San Ildefonso). Y su designación causa no pocos conflictos, dependiendo de si el interventor en cuestión pertenece o no a la misma facción de poder que el rector en ejercicio.

El propio Diego de Avellaneda desempeñó esa función unos años atrás. Si bien él, como hombre de juicio y precavido, se limitó a cumplirla sin inmiscuirse en las luchas entre castellanos y béticos; cobrando, eso sí, los «diez florines de oro, que son dos mil seiscientos cincuenta maravedís» asociados al cargo, que el tesorero de San Ildefonso anotó en la partida de gastos del Colegio.

La figura del visitador ordinario ya es, de por sí, fuente de conflictos, pues tiene la facultad de destituir al rector en curso e imponer graves sanciones a la institución. Entonces, en nombre de Dios, ¿a qué solicitar uno extraordinario? Un enviado de la Corona, a quien Su Majestad podría investir de poderes aún mayores; quién sabe si el de modificar las leyes de la universidad o incluso el de clausurarla... Una petición como esa podría destruir por completo la obra del cardenal Cisneros. Y todo, a conveniencia del rey...

—Así es —confirma Rodrigo de Cueto, acompañando las frases con frecuentes guiños y un marcado acento cordobés—. Esos perros de los castellanos pidieron al cardenal Adriano un visitador de la Corona. Pero no receléis, que de eso hace ya meses y nuestro buen virrey no da muestras de querer tomar cartas en el asunto. De seguro tiene otras cosas a las que dedicarse, con tanta asonada como hay en todo el reino, y esa Santa Junta que se acaba de formar; como si esos levantiscos de las Comunidades no hubieran causado ya pocos daños...

—Imagino que los béticos —interrumpe el canónigo, sin demasiadas contemplaciones— habréis obrado con mejor juico. Que no habréis aireado aún más el asunto pidiendo la intervención de algún otro patrón...

—¿Y qué si así fuera? —replica Blas de Lizona, con su acostumbrada insolencia—. ¿Y si hubiéramos mandado una carta a Guadalajara, al duque del Infantado? Nuestro fundador también le encargó a él la salvaguarda del Colegio; en su constitución sexagésimo segunda...

—Septuagésimo primera —puntualiza Cueto.

—La que sea... El caso es que ahí lo nombra patrón y protector.

Don Diego de Avellaneda repasa con el dorso de los dedos su mórbida papada; un gesto que realiza cuando recibe noticias que suscitan su inquietud... o su enojo.

Recuerda que tres años antes, a la muerte de su insigne fundador, la universidad tuvo que superar su primera prueba de fuego. En su testamento, el cardenal Cisneros dejó como único heredero de su fabulosa hacienda al Colegio de San Ildefonso. Había creado toda una serie de disposiciones para emanciparlo, tanto jurídica como económicamente, del arzobispado de Toledo.

Pero el sucesor de Cisneros en la sede primada, Guillermo de Croy, reclamaba el control de la institución y de sus cuantiosísimas rentas, alegando que estaba ubicada en los dominios de su arzobispado. La universidad hubo de recurrir a un valedor que sobrepasara en poder a la mitra toledana: el joven rey Carlos, que acababa de desembarcar en tierras españolas.

—Los ilustres duques del Infantado fueron declarados protectores del Colegio, sí... —recalca el prebendado Avellaneda—. Como también los cristianísimos reyes de Castilla.

Pero la reina Juana está confinada en Tordesillas. Y su hijo Carlos se cobró bien cara su intercesión. A cambio de erigirse en protector principal de la fundación complutense, reclamó los cincuenta millones de maravedís que Cisneros tenía depositados en el castillo de Uceda, destinados a la obra universitaria y las prebendas de San Justo.

Como magra compensación, accedió a proporcionar una renta anual de tres mil ducados de oro, equivalentes a un millón de maravedís, para cada una de estas dos instituciones.

El canónigo Avellaneda fue uno de los encargados de negociar aquel acuerdo, sabiendo de antemano que se vería obligado a aceptar muy duras condiciones.

Han transcurrido apenas dos años y medio. En aquel momento estaba en juego la supervivencia de toda la obra cisneriana. Pero hoy los colegiales de San Ildefonso recurren al rey por una simple disputa interna.

Si entonces Su Majestad los desvalijó de tal modo... quién sabe qué podría hacer ahora.

La sed de oro del rey Carlos es proverbial. Podrían perderse del todo las rentas que Avellaneda logró negociar. Esas prebendas vitalicias de las que no solo dependen los mismos Cueto y Lizona, sino también las seis dignidades de la magistral de San Justo, sus veintinueve canónigos, sus veinte racioneros y sus doce capellanes.

Bien sabe él que el nuevo poseedor de la mitra toledana, el joven cardenal Croy, protesta contra la concesión de esos cargos, por la pérdida que suponen para las rentas del arzobispado. Y su tío es nada menos que el todopoderoso Chièvres, el hombre de mayor confianza de Su Majestad. Poco le costaría borrarlos de un plumazo...

Entre esos privilegios está la renta vitalicia del canónigo don Diego, la que asegura su presente y su futuro. Conseguida con tanto esfuerzo... Y ahora puesta en jaque por un puñado de colegiales majaderos.

¡Que el diablo se los lleve, a los béticos y a los castellanos! Y allá se las compongan, pinchándose unos a otros en el infierno.

—Los señores Cueto y Lizona parecen incapaces de mostrar la inteligencia que se les supone como maestros en Artes, y ni siquiera la contención que les correspondería como miembros de este cabildo —les espeta. Nota la lengua áspera y el sabor de la hiel en la garganta—. Pero espero que, de aquí en adelante, al menos sean capaces de actuar como cristianos y mantener el decoro que este santo lugar merece.

Los colegiales se miran de reojo. Y de común acuerdo, se despiden y se alejan sin más ceremonia. A la salida del recinto encuentran la mula que el canónigo Avellaneda suele emplear para sus desplazamientos, ya enjaezada y con las bridas en manos del arriero.

—Parece que don Florín sale de paseo —apunta Rodrigo de Cueto en son de chanza. Así se refieren entre ellos al prebendado don Diego, tan amigo de calcular rentas, ganancias y cambios de moneda. Se sube la capucha para cubrir sus ojos del sol; la luz intensa empeora sus parpadeos—. ¿Crees que irá muy lejos?

—Quién sabe. Quizá a tiro de piedra —replica Blas de Lizona, con gesto agriado—. Con esas carnes sebosas, el muy verraco se niega a dar dos pasos por su propio pie. Compadezco a la bestia que haya de cargar con semejante saco de manteca.

El canónigo Diego de Avellaneda pronto comprende por qué el procurador del arzobispado toledano lo ha hecho llamar. La entrevista se realiza en el despacho oficial de don Francisco de Mendoza. El ventanal de la estancia da paso a haces de luz oblicuos, que iluminan la danza de una miríada de motas formadas por polvo de piedra, ladrillo y cal. Los acompañan las voces y los golpes de los artífices encargados de remodelar el palacio. En opinión de su actual ocupante, su predecesor Cisneros ha dejado el lugar «demasiado abandonado» y «poco acorde con la dignidad de su cargo».

Don Francisco Fernández de Córdoba y Mendoza actúa en calidad de gobernador del arzobispado, junto a don Juan de Carondelet. Mientras el primero reside en Alcalá, este último (uno de esos extranjeros tan beneficiados por el rey) vive una existencia regalada, bien instalado en la corte.

El verdadero poseedor de la mitra toledana no ha pisado nunca territorio hispano, ni tiene intención de hacerlo. Se trata del joven flamenco Guillermo de Croy, sobrino de Chièvres, uno de los principales consejeros del rey Carlos. Su designación ha sido considerada un oprobio por los castellanos, pues las leyes decretan que solo puede concederse tan ilustre dignidad a un súbdito de este reino. Para soslayar el problema, el monarca se limitó a firmar un documento previo en el que nombraba al aspirante «natural de Castilla».

—Bienvenido seáis, don Diego —lo saluda su anfitrión, con tono algo distraído—. Acercaos y tomad asiento. Hay un asunto que me gustaría consultaros, pues sois hombre de gran juicio y discernimiento.

—Vuestra Ilustrísima me honra con su confianza —responde el aludido con voz obsequiosa, muy distinta a la que antes usara para dirigirse a los maestros Cueto y Lizona.

Se aposenta sobre una amplia silla de brazos, que apenas si da cabida a sus abundantes carnes. Su anfitrión ha hecho que coloquen al alcance de su mano una mesita con un refrigerio que, aun sin ser escaso, sí resulta algo exiguo para lo que demanda el estómago del visitante.

Don Francisco de Mendoza es hombre de rostro redondo, rasgos agraciados y modales plácidos, con labios carnosos, prestos a la sonrisa, y unos ojos oscuros que siempre parecen estar contemplando algo secreto y lejano. Aborda el tema sin perder el tiempo en preliminares; no porque sea hombre de acción y decisiones rápidas, sino porque desea zanjar sin demora todos aquellos asuntos que lo alejan de sus libros y sus estudios.

—Supongo que estáis al tanto de lo que ocurre en el alcázar de Madrid.

Su interlocutor asiente. En efecto, la fortaleza lleva algún tiempo sitiada. Su alcaide, don Francisco de Vargas, está ausente. Partió hace varios meses a las Cortes de Santiago en calidad de procurador de la villa y, desde entonces, su delicado estado de salud le ha impedido regresar. Su teniente, don Pedro de Toledo, juró pleito homenaje a los comuneros sublevados. Pero su negativa a entregarles la plaza permite sospechar que lo hizo sin intención de respetar el pacto. De hecho, corren rumores de que fingió adherirse a la causa insurrecta con el mero propósito de ganar tiempo hasta el regreso de su superior.

—Según se comenta, el alcázar está pronto a rendirse por la falta de alimentos —señala el canónigo Avellaneda—. Aunque también se dice que don Francisco de Vargas podría llegar a socorrerlo, y que está reuniendo tropas en su camino hacia Madrid.

El gobernador arzobispal tiene la mirada fija en la luz que se desliza a través del ventanal, en cuyo regazo bailan caprichosamente legiones de motas blanquecinas.

—Don Francisco de Vargas no ha conseguido reclutar fuerzas suficientes. Al menos, no aún.

—¿Cómo sabe tal cosa Vuestra Ilustrísima?

—Él me lo ha dicho. Está aquí. Y solicita hombres armados.

Sigue un momento de silencio en la habitación. Fuera de ella, las voces de los canteros y albañiles parecen cobrar mayor intensidad.

—Ya veo —indica al fin el canónigo. Como hombre de buen juicio y experimentado en las vías diplomáticas, sabe que, en circunstancias como estas, no hay mejor maniobra que callar e instar a su interlocutor a proseguir.

—También tengo aquí varias cartas. Dos de ellas vienen del concejo de Madrid; en la primera requieren que no se deje al alcaide reunir gente. En la segunda, anuncian la llegada... veamos... —el procurador arzobispal toma una misiva de su escritorio y cita textualmente— del «alcalde y justicia de la villa, Gregorio del Castillo, y el diputado Gonzalo de Cáceres», que vienen a parlamentar, por lo que requieren una entrevista con don Francisco de Vargas.

—¿Y nuestro propio concejo? —Bien sabe Diego de Avellaneda que, si los regidores madrileños han despachado un mensaje al gobernador del arzobispado, de cierto habrán hecho lo propio con los diputados alcalaínos.

—Nuestros buenos hombres pecheros se declaran aliados de Madrid; y exhortan a que se impida al dicho alcaide reclutar hombres y armamento.

—Ya veo —repite el canónigo, en consonancia con su declaración previa.

—Aún hay más. Mi primo, don Diego Hurtado de Mendoza, duque del Infantado, también me ha escrito a este respecto.

—Comprendo. —Es la réplica de Avellaneda, tan locuaz como las anteriores.

—Recomienda que se preste ayuda al citado alcaide «pues, sin duda, tal es la voluntad de Su Majestad». Y me recuerda que, de ser necesario, tiene a sus hombres prestos para acudir en mi auxilio y el de la villa complutense.

Cuesta decidir si han de tomarse estas últimas palabras como una promesa de ayuda o una amenaza; conociendo la reputación del señor duque, tal vez como ambas cosas.

El obispo Mendoza cae en el silencio. Su interlocutor aguarda un tiempo prudencial antes de tomar la palabra.

—Si Vuestra Ilustrísima me permite señalarlo, nos hallamos en una situación muy delicada.

—Soy consciente, don Diego. Esa es la razón de que os haya hecho llamar.

Avellaneda recorre su papada con el dorso de los dedos. El procurador del arzobispado, uno de los dignatarios más poderosos del reino, no es hombre que sepa nadar en aguas turbulentas. Dios Nuestro Señor le ha concedido un insigne linaje, pero no le ha otorgado facultad de visión. Todo hombre que aspire a una posición de influencia debiera ser capaz de observar el paisaje en perspectiva. Si no, ¿de qué le sirve un cargo que lo eleve a las alturas?

—Cuando decís que el alcaide Vargas está aquí, ¿os referís a que lo tenéis alojado en el palacio?

El administrador arzobispal responde con un gesto afirmativo. Vuelve a tener la mirada perdida en la luz del ventanal.

—Dejadme hablar con él. Después de eso, veremos cuál es el mejor modo de resolver los demás asuntos.

Al acabar el día, la decisión está tomada. Don Francisco de Vargas tendrá sus hombres. No muchos, por cierto, ya que el asunto debe resolverse a espaldas del concejo y en el mayor secreto. Pero, por modesta que sea, la medida permite que, si en el futuro la Corona resulta vencedora en el conflicto, Mendoza pueda declararse como leal a Su Majestad, aun en el seno de una villa dominada por los rebeldes.

En cuanto al propio alcaide Vargas... Lo cierto es que el canónigo Avellaneda siente cierta piedad por ese hombre, con el ánimo desgarrado por un doloroso dilema. Alguien que ha votado en Cortes contra el monarca, y en profundo desacuerdo con el comportamiento del rey; pero, al mismo tiempo, con una arraigada lealtad a la Corona. Alguien que, de tomar el mando del alcázar y sofocar el alzamiento, deberá aplastar a aquellos que defienden las mismas ideas que él comparte; y que, de no hacerlo, será traidor a su cargo y los juramentos prestados al aceptarlo.

Y, todo ello, con un cuerpo reducido casi a los huesos, y una debilidad física que hubiera bastado para postrar a cualquier otro de ánimo menos esforzado.

Pero, así las cosas, todo cuanto el canónigo Avellaneda puede hacer es rogar a Dios por el infortunado. Y que sea el Todopoderoso quien se apiade del alcaide Vargas.

Pues él no puede hacerlo. La compasión es un lujo que un buen político no debe permitirse.

Capítulo 4

4

Las calles de Madrid son un hervidero. Se comenta que Francisco de Vargas está en Alcalá de Henares, reuniendo tropas para acudir en auxilio del alcázar. El concejo de la villa le ha enviado ya dos delegaciones para instarle a que rinda homenaje a la Comunidad madrileña, pero ninguna de ellas ha tenido éxito. Así pues, los vecinos están preparando las defensas contra un inminente ataque. Los nervios y el temor impregnan el ambiente, contagiándose a través del aire, como los vapores de una epidemia.

Juan de Deza y sus acompañantes se detienen un instante frente a la puerta del Sol. Allí se ha cavado un foso y levantado un castillete, pues es el principal punto de entrada a través de la cerca, y el acceso más probable si las huestes llegan por el camino de Alcalá.

—Como ves, estamos tomando nuestras precauciones —indica Pedro. Es hijo de Fernando de Madrid, cuya extensa y pudiente familia controla lo más granado del mercado de paños local, así como varios de sus oficios asociados. Él mismo es sombrerero y lencero, amén de caballero de alarde y cabo de escuadra de las tropas comuneras.

—Buen trabajo. —Juan de Deza repasa con mirada satisfecha la fortificación que, por sí sola, simboliza mejor que cualquier bandera o discurso el espíritu del pueblo castellano—. El alcaide Vargas no os pillará desprevenidos.

—¿Crees que tus vecinos complutenses le darán tropas? Y, si así fuere... ¿cuántas?

—Créeme: ya me gustaría saber responder a cualquiera de esas preguntas.

El caballero de alarde se vuelve hacia él. Posa sobre el hombro del alcalaíno una de sus manos recias, de uñas mordidas hasta la raíz.

—A fe mía, Juan, no sé cómo agradecerte...

—No hay por qué hacerlo. En tiempos como estos, mal haríamos en no tendernos la mano los unos a los otros.

Tras el asalto a Torrejón de Velasco, el capitán Zúñiga pernoctó una noche en Madrid para volver después a tierras complutenses. Juan solicitó licencia para quedarse unos días más en la villa vecina.

—No me agrada prescindir de mi cabo de escuadra; pero sea —concedió el oficial al mando—. No os demoréis demasiado, muchacho. Allá también os necesitamos.

En realidad, el joven Deza se queda para atender ciertos negocios que su padre lleva junto al mercader de paños Fernando de Madrid. Los varones de ambas familias son consocios y amigos desde hace muchos años. Razón por la cual la asistencia de Juan resulta bienvenida en otros ámbitos.

—Las colaciones que caen dentro de la antigua muralla están mejor protegidas, pero los arrabales... —Pedro de Madrid sacude la cabeza—. La cerca exterior no es segura; sabe Dios que necesitamos tapiarla en más de un lugar.

De hecho, su padre, el mercader Fernando de Madrid, es diputado en el concejo por la colación de Santa Cruz. Su familia tiene casas en esa zona, que, por su localización en las afueras y junto al camino de Alcalá, resulta ser la más expuesta. Buena parte de la parentela se ha trasladado provisionalmente a las viviendas de otros allegados, en los barrios interiores.

—Mi señor padre, como cambiador de nuestra Comunidad, anda sin resuello recaudando fondos y armamento. Mi hermano está en Toledo; lo enviaron allá para reclutar más hombres con los que hacer frente a Vargas. Yo tengo mis propias tropas, apostadas junto al parapeto de las carretas, y debo quedarme con ellas.

En efecto, algo más al sur de la puerta del Sol se ha levantado también una barricada, formada por vehículos amontonados. Los vecinos ya comienzan a llamar al lugar «la calle de las carretas».

—Como ves, tenemos varios frentes abiertos —rezonga Pedro—. Demasiados. Pero esa maldita mula testaruda parece no comprenderlo.

—A fe que te entiendo, amigo. Yo también tengo una hermana. —Sus pensamientos se vuelven a Leonor, y a los desmanes que acostumbra a organizar en la casa familiar—. Y no es hembra de trato fácil, te lo puedo asegurar.

—Decir eso es quedarse corto por más de una legua. Las hay de trato difícil, y las hay intratables.

Juan de Deza se sonríe.

—Aún no he conocido a una sola mujer ingobernable. —Sabe que su porte, su aspecto y sus modales resultan del agrado de las hembras. Y llegarse a ellas con una bolsa repleta tampoco le perjudica a la hora de tratarlas; ventajas ambas que sabe aprovechar—. Todas acaban atendiendo a razones, de un modo u otro.

—Dices eso porque aún no conoces a Teresa. —El caballero de alarde le palmea la espalda—. Por mucho que te haya hablado ya de ella, no es lo mismo tener que tratarla en persona. Quedas avisado.

Reinician el camino. A los pocos pasos, el alcalaíno se gira sobre sus talones.

—¡Atienza, Cevallos, Campos! —llama, al advertir que los hombres que lo acompañan han quedado atrás. Permanecen embobados mirando la imagen del astro solar que los artesanos están aprestando en lo alto del castillete de la puerta del Sol—. ¡Apretad el paso! No tenemos todo el día.

Los muchachos echan a correr ante aquella orden, con Miguel Campos a la cabeza. Bien sabe él que tendrá que empeñarse más que los otros para recuperar el crédito perdido a los ojos de Juan de Deza, que tardará mucho en perdonarle aquellos comentarios que realizara junto al fuego, tras la toma de Torrejón de Velasco.

Sus pasos los llevan hasta una pequeña plazuela, no lejos de la puerta de Atocha. Durante el trayecto, Pedro termina de explicar a su amigo los detalles del caso. A diferencia del resto de la familia, su hermana Teresa se ha negado a abandonar su casa para refugiarse en la vivienda de sus primos, al amparo de la muralla vieja.

—Pretende quedarse aquí, sola, tan cerca de las puertas de la villa. Dice que es su hogar, que le pertenece por derecho, que no piensa abandonar el lecho de su difunto esposo y la cuna de su hija en manos de cualquier saqueador... —Se interrumpe al observar la expresión de Juan—. ¡Voto a...! No irás a decirme que comulgas con tales sandeces.

—A fe mía que son palabras ciertas y resueltas... ¿no has pensado que tal vez tenga razón?

—¿Y qué si la tiene? Eso no viene al caso.

Así diciendo, señala una de las construcciones de la plazuela: un elegante edificio de ladrillo y piedra, con ventanas enrejadas en las dos primeras alturas y espléndidos balcones en la parte superior. En la portada, de piedra caliza, destaca un airoso arco apuntado, flanqueado por pequeñas hornacinas con sendas estatuillas de santos.

Pedro de Madrid golpea los portones con el puño cerrado. Pasado un buen rato, una figura asoma al balcón central del piso superior.

El joven Deza, versado en el arte de calibrar a las hembras, estima que la dueña de la casa sumará unos tres o cuatro años más que él; aunque, por cierto, no se conserva mal. Es una mujer de complexión esbelta, de rasgos cincelados con dureza en su piel alabastrina. Viste ropas y toca de finísimo paño negro, bordadas en seda del mismo color.

—Hermana —espeta el caballero de alarde, sin más contemplaciones—, he aquí a mi amigo, el señor Juan de Deza, de quien ya te he hablado. Él y sus hombres me acompañan para sacarte de aquí y llevarte a sitio seguro.

La interpelada derrama una mirada displicente sobre ellos desde las alturas de su atalaya.

—En ese caso, señor Juan de Deza —responde, ignorando en sus palabras la presencia de su hermano—, bien haréis en volveros por el mismo camino por el que habéis venido.

—Ya basta, Teresa —exclama Pedro, perdido su último atisbo de paciencia—. Déjate de majaderías y abre la puerta. Las tropas rivales se avecinan y la guerra no es lugar para una mujer.

—¿No lo es? ¿De veras? ¿Y qué me dices de María de Lago? ¿Intentarías sacarla a ella de su alcázar con tan convincente argumento?

La mencionada no es otra que la esposa del alcaide don Francisco de Vargas. Y, según se comenta en las calles, ostenta el verdadero mando de la fortaleza, con el valor y la determinación del más recio capitán de Su Majestad. <

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