Contenido
Almas inmortales
I. Impetus
II. ¡El rey ha muerto, larga vida a la reina!
III. Missio causaria
IIII. Murrogh de los trinovantes
V. Las palabras de un padre
VI. La isla de los sepulcros
VII. Colonia Claudia Victricensis
VIII. Signa inferre
VIIII. Ultraje
X. Rhiannon
XI. Ira
XII. Manadas de lobos
XIII. Delirio
XIIII. Devastación
XV. Defixio
XVI. Camulodunum
XVII. Hispana
XVIII. Londinium
XVIIII. Verulamio
XX. Viroconium Cornoviorum
XXI. Manduessedum
XXII. Fragmentos de existencia
Vae victis
Glosario
Notas
Agradecimientos
A Claudia, que me ha sacado del mazo,
y a Filippo y Cesare, que me han vuelto a poner

Romanos
(en cursiva los que realmente existieron)
Marco Quintinio Aquila – Veterano de la Vigésima Legión. El nombre Quintinius Aquila ha sido tomado de una inscripción encontrada en Caerleon. En realidad era un centurión de la Segunda Legión Augusta de los siglos II-III d. C.
Cayo Suetonio Paulino – Gobernador de Britania desde el 59 d. C. Buscó una agresiva política de sumisión de las tribus de la actual Gales. Condujo espléndidamente la campaña contra Boudica, pero luego ordenó durísimas expediciones de castigo contra cualquier foco de resistencia, devastando las tierras de los icenos.
Cayo Antonio Vindilo – Comandante de la caballería auxiliar. El nombre ha sido extraído de un fragmento de una estela funeraria, de proveniencia milanesa, de un soldado perteneciente a la Novena Legión, ascendido por méritos militares a la carrera ecuestre (Albucio, hijo de Vindilo). El apellido del padre delata aún las influencias celtas.
Lugovalos – Jinete bátavo, brazo derecho de Cayo Antonio Vindilo.
Cato Deciano – Procurador de la provincia. A Cato Deciano se le imputa la chispa que desencadenó la rebelión.
Petilio Cerial – Legado de la Novena Legión caída en una desastrosa emboscada. Es posible que la derrota, que causó pérdidas equivalentes a un tercio de la legión, fuera imputada, de algún modo, a Cerial, pues no prosiguió en el cursus honorum y no obtuvo el cargo de cónsul.
Tito Ulcio Falcidio – Prefecto de la guarnición de Camuloduno.
Penio Póstumo – Prefecto de campo de la Segunda Legión Augusta; se suicidó después de la rebelión.
Pablo Celio Amplio (llamado Tauro) – Colono, exoptio de Aquila en la Vigésima Legión.
Fuvio Durio – Colono, exlegionario de Aquila en la Vigésima Legión.
Aulo Tranio Fibreno (llamado Decano) – Exlegionario de Aquila en la Vigésima Legión.
Marcelo (llamado Catulo, «cachorro») – Hijo de Fibreno.
Marco Ferrio – Colono, exlegionario de Aquila en la Vigésima Legión.
Molerato – Colono, exlegionario de Aquila en la Vigésima Legión.
Quinto Curio Fidio – Colono, exsignifer de Aquila en la Vigésima Legión.
Antio – Capataz griego.
Britanos
(en cursiva los que realmente existieron)
Prasutagus – Rey de los icenos. Probablemente ascendido al trono por los romanos como rey cliente después de la represión de la primera rebelión icena en el 47 d. C. A su muerte, en el 60, los romanos ignoraron su deseo y se adueñaron de todo el territorio y de sus riquezas. Esto provocó la rebelión antirromana guiada precisamente por la reina entre el 60 y el 61.
Boudica – Reina de los icenos.
Mor – Hija menor de Boudica (se desconoce su verdadero nombre).
Aine – Hija mayor de Boudica (se desconoce su verdadero nombre).
Miridin, el sabio – Viejo consejero de Prasutagus.
Cathmor – Guerrero iceno.
Ambigath – Druida iceno.
Murrogh – Jefe tribal de los trinovantes.
Dunmor – Hijo de Murrogh.
Rhiannon – Hija de Murrogh.
Corann – Jefe tribal de los ordovicos.
Govran, el sabio – El viejo druida.
Efin – El curtidor.
Yorath – El bardo.
Alis – Mujer de Efin, el curtidor.
Ethrig – Noble iceno.
Quinn – Lobo Cazador, el espía.
Rey Rhuadri – Jefe tribal de los icenos.
Almas inmortales
Imaginad que vivís en un tiempo en que la libertad no es un derecho adquirido, sino una condición que hay que conquistar por la fuerza cada día. Imaginad que el futuro de vuestros hijos está constantemente amenazado por la sombra de la esclavitud y que todo lo que habéis construido con una vida de sacrificio está ligado a un delgado hilo que solo vosotros podéis defender, empuñando la espada, mientras tengáis fuerza, aullando al mundo vuestro derecho a vivir como un hombre libre en la tierra de vuestros padres.
Imaginad que vuestros seres queridos no hayan dejado nada de vosotros y que vuestros enemigos os hayan dedicado palabras que han atravesado la noche de los tiempos, dejando una impronta que los siglos no han conseguido borrar. Vuestras gestas, disputadas entre falsos testimonios y autores fiables, se han insinuado en los profundos pliegues de la historia entre verdad y mentira, heroísmo y crueldad, retratándoos con razón o sin ella como un ser infame.
Imaginad todo esto y seguid a la reina guerrera allí donde las gestas de los antiguos se confunden entre escritos y hallazgos, allí donde aún hay una justicia para quien ya no puede hablar, allí donde su paso ha quedado impreso indeleblemente en el suelo como testimonio de la furia que se desencadenó en el 61 d. C., allí donde los héroes aún no eran almas inmortales.
Olvidad quiénes sois, olvidad qué año es: estáis en Britania en el 60 d. C. y el emperador Nerón reina sobre la Ciudad Eterna desde hace seis años. La isla está sufriendo la ocupación romana desde la invasión del emperador Claudio, en el 43 d. C., y está subdividida en territorios que pertenecen a tribus orgullosísimas de la propia independencia, pero, al mismo tiempo, poco o nada propensas a unirse para hacer frente común contra el invasor.
El sentimiento de nación o de patria está aún muy lejos de estos días del primer siglo después de Cristo. Las poblaciones locales de estirpe celta que hacen voluntario acto de sumisión son dejadas en un estado de semiindependencia bajo el gobierno de los respectivos reyes, poco más que jefes tribales. Algunas están aliadas entre sí, otras, en conflicto; algunas han obtenido ventajas del comercio con Roma, otras han combatido abiertamente el avance del ejército imperial.
La presencia romana, que en algunos territorios es tolerada aunque no querida, está garantizada por cuatro temibles máquinas de guerra: la Segunda Legión Augusta, la Novena Hispana, la Decimocuarta Gemina y la Vigésima Valeria, que, en el curso de estos diecisiete años de invasión, han batallado contra Carataco, rey de los catuvelaunos, y han sofocado una primera rebelión de los icenos en el 47 d. C.
Las riendas del mando en Britania acaban de pasar a Cayo Suetonio Paulino, gran estratega y ejemplo de firmeza absoluta, llamado a sustituir, en el 59 d. C., a Quinto Veranio, gobernador de la provincia fallecido mientras desempeñaba su cargo.
Suetonio busca una política extremadamente agresiva orientada a alcanzar la sumisión de las tribus que habitaban la actual Gales, ya iniciada por su predecesor; este sistema expansionista, unido a la injerencia romana en las cuestiones locales, ha causado más de un abuso por parte del gobierno provincial, algo que, sumado a los repetidos episodios de violencia y a la expropiación de algunas tierras para la instalación de los veteranos, no ha tardado en hacer saltar la chispa de lo que después se ha transformado en un incendio espantoso que ahora vosotros estáis a punto de afrontar, el que los libros de historia nos han transmitido como «la rebelión de Boudica».
I
Impetus
Manduessedum, territorio de los coritanos
Finales de agosto, año 61 d. C.
Si no puedo mover el cielo, agitaré el infierno.
PUBLIO VIRGILIO MARÓN
El estandarte de púrpura ondeó en el cielo, donde nubes oscuras se disputaban un horizonte de jirones azules.
Una ráfaga de viento se desprendió de la llanura, trazando una ola en la hierba, y remontó hasta nosotros para traspasarnos, fría como una hoz de cristal.
—Mantened la distancia.
Un cúmulo se disolvió en el sol y una hoja de luz acarició nuestras filas, haciendo centellear miles de yelmos. Allá arriba los dioses estaban librando su batalla, y pronto también nosotros, aquí, les ofreceríamos el espectáculo de la nuestra.
—¡Quietos!
La cresta del centurión de la Sexta Cohorte se movió entre la selva de lanzas mientras su mirada, oculta por las protecciones de bronce, recorría sin detenerse la alineación en armas, comprobando que cada hombre estuviera en su puesto. Con un vistazo habría podido someter al más duro de los veteranos, con una palabra, desencadenar una lluvia de puntas aguzadas. Impuso el orden con un gesto a un grupo de legionarios que se burlaban de un joven de la tercera fila, con el rostro marcado por el miedo. Luego sus ojos atravesaron la masa de yelmos para alcanzar nuestras filas más retrasadas. Durante un instante, su mirada se cruzó con la mía y se detuvo. Sabía que oponía al enemigo a veteranos encallecidos, pero también que no tenía a todos los hombres que habría querido.
Observando nuestro estandarte recordó que no tenía un buen apoyo en el propio sector, y sus ojos enrojecidos traicionaron la desazón suscitada por nuestra presencia. Devolvió la mirada a los suyos, que comenzaban a mascar insultos rabiosos, levantando la voz.
—¡Esos bastardos tienen las enseñas y los escudos de la Hispana! —bramó, furioso, un legionario de la segunda fila.
—¡Silencio! —gritó el centurión por encima del vocerío airado de los hombres, que empezaban a sentir la presión—. Conservad el aliento para después, lo necesitaréis.
El rumor se atenuó, pero los ánimos permanecieron calientes y los nervios tensos. No dudábamos de que al final de aquella jornada la colina estaría cubierta de cadáveres. ¿Nuestros o ajenos? No lo sabíamos. La cresta roja se dirigió hacia el enemigo, mientras todos tratábamos de ver qué estaba sucediendo al fondo, más allá de la explanada de Manduessedum. En un coro de alaridos y aclamaciones un carro de guerra se había desprendido de la inmensa multitud, para recorrer toda la alineación de los guerreros.
Un trueno penetrante y largo hizo de eco a aquella cabalgata, y alguien detrás de mí susurró con ansiedad, en el dialecto local, que quien conducía el carro era la reina. Un estruendo se elevó de sus filas para perderse en el viento, y sobre el carro de guerra entreví una figura de larga cabellera roja que señalaba nuestra formación, mientras miles de soldados alineados hasta donde llegaba la vista a sus espaldas aullaban incesantemente un himno a la victoria. Su grito de guerra llegaba a nosotros como las olas del Oceanus que se estrellan sobre el rompiente, y como el Oceanus no se veía el fin.
Desde nuestro centro un grito rompió el silencio, asaeteando entre los manípulos: Milites!
Con la cabeza descubierta, montando su magnífico semental bereber, el general Suetonio, gobernador de Britania, apareció de la nada delante de nuestra formación. La respuesta fue un estruendo que se alzó en toda la línea, hasta dispersarse en los bosques que protegían nuestras alas. Los hombres sacudieron los escudos y blandieron las lanzas ensalzando al general, mientras el caballo golpeaba nerviosamente los cascos sobre el terreno lleno de hierba.
—Oigo voces de mujer a lo lejos y llantos de niño —dijo el general a voz en cuello, señalando al enemigo—. Y veo más mujeres y niños que combatientes.
El silencio volvió a caer sobre las centurias, mientras una nueva ráfaga de viento tironeaba los estandartes.
—Veo del otro lado icenos y trinovantes que se protegen detrás de los escudos de la Novena Legión, pero los veo mal armados y mal adiestrados. —Hizo una pausa, estudiada para añadir pathos a su discurso—. Serán buenos en tender emboscadas y depredar aldeas, en incendiar ciudades y torturar a prisioneros, pero no para batirse en una llanura como esta. Aquí no. Aquí no cambiaría a uno de los míos por diez de los suyos. —Otro estruendo hizo desviarse de lado al semental y Suetonio, tirando de las riendas, lo devolvió a la posición frente a nosotros—. Han sometido a hierro y sangre Camuloduno, Londinium y Verulamio. Han masacrado a civiles y tendido una emboscada a la Hispana, pero nunca han luchado contra los hombres de la Gemina, la Valeria y la Augusta. —Con un gesto de la mano sofocó un nuevo alarido por parte de los legionarios—. ¡Hace al menos diez años que los icenos no tienen permiso de portar armas! Los jóvenes las están empuñando por primera vez contra nosotros. En cuanto a sus guerreros más valientes, hace demasiado tiempo que no se enfrentan a un enemigo a campo abierto. Aúllan como perros rabiosos y agitan las armas ensalzando a esa bruja de pelo rojo, pero no saben qué sucederá, si se deciden a dar la batalla.
Se interrumpió de nuevo y un soplo de viento levantó la capa púrpura como las alas de un águila, mostrando en todo su esplendor la coraza cincelada.
—Solo debemos estar unidos, las filas compactas, y combatir como lo hemos hecho siempre. Debemos arrojar las lanzas y luego prepararnos, cargar y golpear, golpear a la cara. Sus mejores hombres serán los primeros en caer, los que sigan quedarán entrampados entre nosotros y su propio número. Son demasiado numerosos para combatir en el restringido espacio que les hemos concedido. —Suetonio observó la alineación. Sí, podía funcionar, si los hombres no se dejaran influir por la enorme diferencia de número. Se había ubicado en una posición magnífica y el único problema que temía era el de una situación de estancamiento, que habría puesto en peligro a su ejército. Desde hacía dos días había hecho alinear a los suyos, porque durante dos días seguidos un río de britanos afluía sobre la llanura frente a ellos. Un río, pues en verdad eran muchos.
Por un instante, el pensamiento lo golpeó como una puñalada en el estómago. Luego examinó la masa enorme y compacta de bárbaros, al fondo de la planicie. Observó a los guerreros que, como posesos, golpeaban las armas contra los escudos y miró más allá. Pasó revista a los centenares de carros rebosantes de todo tipo de cosas, a las familias de los guerreros que desde hacía tiempo seguían a los rebeldes con todas sus posesiones. ¿Cómo se habría alimentado toda aquella gente, que desde meses atrás no cultivaba campos y rebaños? Su única posibilidad era alcanzar los depósitos de las legiones, pero no podían permitirse dejar a sus espaldas a alguien como él al mando de más de diez mil hombres. No, deberían haberse jugado el todo por el todo, deberían haber atacado. Si no atacaban morirían de hambre, y debían hacerlo de inmediato, antes de que desde el mar llegaran los refuerzos.
Se volvió hacia los suyos. Era el momento de hacer sentir pánico al enemigo que era tan arrogante como para desafiarlos.
—Siempre son pocos los que deciden el resultado de una batalla —gritó—, hoy nos toca a nosotros, y cuantos menos seamos, mayor será la gloria para cada uno. No os dejéis impresionar por el número, en la batalla la elección del lugar y el valor de los hombres cuentan más que el número.
Recorrió con la mirada a los hombres del centro, los temibles veteranos de la Gemina y a aquellos no menos valerosos de la Valeria. Sus palabras no se dirigían a ellos. Eran hombres templados por años de ásperos peligros y pruebas al límite de la resistencia humana. Para ellos los adiestramientos eran batallas sin sangre, y las batallas, adiestramientos con víctimas. Y esta no sería distinta de las otras.
Suetonio condujo al semental frente a las unidades auxiliares sobre la izquierda; esos eran los hombres a los que había que convencer.
—Mirad allá abajo; detrás de aquel revoltijo de bárbaros mal armados hay un número infinito de carros en los cuales están amontonados todos sus bienes, mujeres e hijos. Según parece, han abandonado sus aldeas para venir a buscarnos y se han traído todo lo que tenían. —Los miró a los ojos—. Por desgracia para ellos, nos han encontrado.
Las centurias alineadas soltaron una carcajada estruendosa.
—No pueden combatir con la mente serena, saben que a sus espaldas están sus mujeres e hijos, que pueden convertirse en esclavos. Ellos lo saben, y vosotros también debéis saberlo..., porque ese será vuestro premio. Seguid a vuestros comandantes, avanzad con las enseñas y los gritos de guerra se convertirán pronto en gritos de terror. Nada podrá privarnos hoy de la victoria y el botín, porque al final de la jornada todo lo que veis allá al fondo será vuestro. ¡Os doy mi palabra!
Los gritos de entusiasmo de los legionarios resonaron de manípulo en manípulo. Suetonio miró alrededor, con expresión satisfecha en los ojos astutos, mientras resonaba en torno a él el eco belicoso de su nombre. Se colocó el yelmo, examinó a los auxiliares y gritó a toda la alineación:
—¡Os pido tres enemigos por cabeza! ¡Tres! ¿Me daréis tres enemigos por cabeza?
El suelo pareció temblar ante la respuesta de los diez mil. El general desenvainó la espada y, blandiéndola, exclamó:
—¿Estáis listos para combatir?
—Sumus, sumus, sumus!
La respuesta se alzó por encima de un bosque de lanzas. El general dirigió el caballo hacia el enemigo y se alejó de la alineación, como para desafiar solo a los britanos. «Adelante, avanza, maldita —pensó—, mira qué bonito corredor te he preparado.» Detuvo al majestuoso caballo por la crin y señaló con la espada a los enemigos, buscando con la mirada el carro de la reina.
—¡Ven a cogerme! ¡Ven a cogerme, maldita bruja, si quieres tu reino!
»¡Silencio!
Los alaridos de entusiasmo disminuyeron de pronto, y todas las miradas se posaron de nuevo en la cresta del centurión, convertido otra vez en el dueño de su sector mientras el corazón enloquecido ya se había lanzado a la reyerta.
—¡Realineaos!
Los hombres recuperaron su posición, mientras en las primeras filas cada uno aferró el talabarte que sostenía el gladius del hombre de delante, para restablecer la justa distancia.
—¡Os quiero inmóviles!
El tono de la voz era firme, tan alto como para llegar a cubrir las filas de su centuria.
Suetonio regresó al puesto de mando detrás del centro, donde un corredor permitía alcanzar todas las unidades. Entre las crestas emplumadas que lo esperaban, había un hombre de mirada gélida sobre una espléndida montura. El jinete le dejó el sitio y, tras saludarlo, se marchó para alcanzar su unidad, seguido por una turma de germanos fuertemente armados. El general miró a los oficiales restantes, echó un rápido vistazo a la disposición del águila y de los intérpretes de cornicen y por fin examinó a los correos, armados con una lanza en cuyo extremo lucía una gran pluma blanca. Serían ellos los que entregaran los mensajes durante la batalla, los oficiales se moverían para desplazar hombres en ayuda de los sectores en peligro, o para espolear a los manípulos que no mantenían el paso de la formación, porque ningún plan, por perfecto que fuese, sobrevivía indemne al contacto con el enemigo. El comandante dirigió la mirada más allá de la llanura azotada por el viento. Allá abajo no había nada de eso. Ningún mando central, solo un montón de guerreros dispuestos a combatir por sed de venganza, sin nadie en condiciones de guiarlos, de hacerlos marchar o de ordenar detenerse. «Adelante, avanzad», pensó... y, como si lo hubieran oído, los britanos al fondo de la llanura comenzaron a moverse, aullando, mientras los cuernos de guerra resonaban en el abismo. Los ojos le brillaron y el corazón palpitó con violencia debajo de la coraza. «Ha llegado la hora.»
—Vosotros no sois hombres —dijo en voz alta el centurión—. Vosotros no tenéis nada de humanos, sois estatuas de bronce cubiertas de hierro, y como tales deben veros. Nada pueden contra nosotros. Se adelantarán gritando y verán un muro de escudos y yelmos, inmóvil y silencioso.
Los carros de guerra serpentearon entre la multitud.
—Un muro de acero, sin rostro ni piedad.
La horda variopinta comenzó a correr a través de la planicie.
—No quiero ver lanzas desperdiciadas en el suelo, tirad los dos pila solo cuando yo lo diga. El primer lanzamiento largo y alto, el segundo directo al cuerpo.
En la masa que se aproximaba se distinguían guerreros que llevaban corazas, junto a otros desnudos como gusanos. Algunos blandían escudos y lanzas, otros, hachas o simples horcones. Muchos de ellos se habían embadurnado el pelo con cal y se habían teñido el cuerpo de turquesa, asumiendo un aspecto espectral.
—¡Cargad después del lanzamiento, a mi orden, y golpead en el rostro!
A medio camino, los caballos que arrastraban los carros de guerra partieron al galope por la loma, incitados por los carreteros y los alaridos de los guerreros a su lado.
—¡Quietos!
Una ráfaga de viento silbó sobre las cabezas; las balistas habían comenzado su batalla.
—¡Quiero ver golpes en la cara! ¡Vaciadles los ojos, hundid la hoja en la boca, los de atrás deben quedar impresionados!
Las piedras arrojadas por las máquinas cayeron sobre la masa que se aproximaba, desapareciendo silenciosamente entre la multitud que avanzaba entre gritos, y el terreno comenzó a vibrar bajo los cascos lanzados al galope. Las piernas se pusieron rígidas y no pocos sintieron un nudo en el estómago.
—Listos para defenderse —gritó el centurión.
El aire se llenó de un zumbido familiar, detrás de nosotros los arqueros habían dado inicio a la más larga jornada de ese verano. Levanté la mirada y por encima de mí vi pasar una nube de flechas. Después, el alarido del centurión:
—Ad testudo!
Miles de escudos se elevaron, formando un techo que se extendía a lo largo de toda la línea.
—¡Cerrad filas, cerrad filas!
Se oyó el ruido seco de las lanzas al golpear contra la madera, el aire comenzó a llenarse de polvillo y en el estudiado silencio de muerte de nuestras líneas llegaron los alaridos de los atacantes. Estaban cerca. Cubierto por los escudos, en el estruendo cada vez más cercano, capté el sonido de una plegaria murmurada con un hilo de voz, y la respiración tensa de los combatientes, listos para el enfrentamiento.
—Decumbere testudo!
Observé frente a mí, con la pierna izquierda adelantada, el hombro tras el escudo, y dirigí una mirada al estandarte sucio de sangre, luego una gota de agua me dio en el pómulo.
—Impetus! —gritó el centurión.
La llovizna sutil y molesta me araña el rostro, devolviéndome a la realidad. Un estremecimiento frío baja por mi espalda, acompañándome fuera del campo de batalla que he recorrido con la mente. Las gotas de agua han penetrado en la capa y han encontrado un hueco entre la túnica y la coraza. El pésimo inicio del otoño se deja sentir, y de vez en cuando de las crestas de las colinas desciende el viento de septentrión, transformándose como entonces en olas que se deslizan sobre la hierba alta, hasta alcanzarme y traspasarme, para después desaparecer en la nada a mis espaldas.
Estoy aquí desde los tiempos del divino Claudio y para él he vigilado, durante diecisiete años, las nubladas tierras de más allá del Oceanus. He luchado por cada milla recorrida bajo este cielo oscuro, adentrándome allende las selvas del norte en regiones inexploradas, misteriosas, que en vez de alejarme me han fascinado y seducido. He obligado a rendirse a Carataco, rey rebelde de los catuvelaunos, y luego he sido mandado de nuevo a combatir hacia occidente, para dominar la primera rebelión de los icenos. He enterrado a Quinto Veranio, gobernador de la provincia, y he tenido el honor de prestar servicio a las órdenes de su sucesor, Cayo Suetonio.
Sin embargo, todo eso no es nada en comparación con lo que estoy a punto de contaros.
La capucha del sagum, ahora empapada de agua, se desliza por mis hombros, dejando que se me moje el pelo aún empastado de polvo y sudor, después de los enfrentamientos y las cazas del hombre de los últimos días. Mi caballo se sacude la lluvia y luego se detiene, desganado, con la cabeza baja sobre el borde del sendero, para contemplar el trigo que se pudre en los campos infestados de malas hierbas. Los dedos fríos tardan en desatar el nudo del cordoncito de cuero del yelmo, calado de humedad, colgado del cingulum. Lo cojo y por un instante percibo mi rostro en el reflejo lechoso del bronce, antes de que la lluvia deforme su imagen. Estoy cansado, sucio y viejo. Detrás de mí un gran pasado y delante ningún futuro. El manuscrito nunca redactado de mi vida me describiría como este trigo, que ha llegado a su máximo esplendor y que después se ha marchitado en el suelo bajo su propio peso, sin que nadie pueda disfrutar de la cosecha.
Llevo el yelmo. El cuero gastado, custodio y testigo de tantos episodios de mi vida, me envuelve las sienes y la nuca, dándome una leve sensación de tibieza, que desaparece cuando veo recortarse sobre la cima, delante de mí, la silueta de un jinete bátavo.1 Desciende la colina como un espectro que se desliza entre las olas sobre la hierba, y se dirige hacia mí bordeando las ruinas ennegrecidas de un caserío.
Como todos los de su raza, es corpulento, vigoroso y brutal. Esencial y extremadamente ignorante. Tiene todos los requisitos para formar parte de la caballería auxiliar y lanzarse al galope sin reglas, para romper la mayor cantidad de cabezas posible. Además, es joven y parece tener cierto ascendiente sobre sus semejantes que lo convierte en un innato jefe de manada. Un día, probablemente, siempre si sobrevive a este oficio, será licenciado con una pequeña suma y la ciudadanía romana. Pero ese día aún está lejos, muy lejos.
El jinete tiene el pelo del color del trigo maduro, que le cae empapado sobre los hombros. Me indica la colina de la cual acaba de bajar.
—Los hemos encontrado; habían buscado refugio en el bosque.
Asiento con la cabeza, antes de volver grupas en esa dirección y atravesar un campo abandonado y sin arar, como todos los campos de esa región.
—Están más allá de la cresta. En la hondonada encontrarás un estanque, te esperan allí. Son ocho hombres y dos mujeres. Es más, eran.
Ante esas palabras, le dirijo una mirada dura, que choca con su sonrisa irreverente, bajo la pelusa que tiene en lugar de bigotes.
—No te inquietes. Siguiendo tus órdenes, te hemos esperado para las mujeres.
Azuzo mi montura y atravieso el aguazal fangoso que nos separa de la colina, para luego remontar la cuesta hundiéndome en la hierba mojada. El grupo al que estamos persiguiendo desde ayer ha caído en la trampa y, por lo que afirma el bátavo que ahora me pisa los talones, entre esos fugitivos hay dos mujeres.
Como comandante de este destacamento de esbirros me corresponde decidir su destino. Si entre ellos hay una mujer alta de cabello rojo, debo escoltarla personalmente ante el gobernador, aunque esto no sea de mi competencia. En caso contrario, puedo decidir la suerte de aquellos al instante, si pertenecen a las tribus de los trinovantes o de los icenos.
En el mejor de los supuestos, puedo destinarlos al mercado de esclavos, pero no es fácil tomar semejante decisión, porque comporta organizar escoltas hacia nuestros campamentos, a un día y medio a caballo desde donde nos encontramos hoy, y a dos de donde estaremos mañana. Quisiera renunciar a hombres valiosos, sobre todo ahora que nos estamos alejando peligrosamente de las guarniciones occidentales, como manadas de lobos en caza. Y he de admitir que tengo dudas sobre cómo se desarrollaría el viaje de dos mujeres en compañía de alguno de estos bátavos. Temo que la mercancía llegase a su destino mucho más deteriorada de lo previsto, o que ni siquiera llegase.
En la linde del bosque, antes de adentrarme entre los árboles, me pregunto qué haría si allí, de rodillas, con la punta de una espada en la garganta, encontrara a la reina guerrera. Me pregunto si alguien como yo puede disponer de la vida o de la muerte de aquella cuyo nombre será transmitido de boca en boca, en las noches en torno al fuego, durante centenares de años.
Lo decidiré en cuanto la mire a los ojos, sabiendo que esto tiene ya poca importancia. De todos modos, cualquiera que sea mi decisión, ella estará para siempre a la cabeza de su reino, mucho más allá del tiempo que nos será concedido a mí y a vosotros.
II
¡El rey ha muerto, larga vida a la reina!
Venta, territorio de los icenos
Un año antes, otoño del 60 d. C.
No cedas ante los riesgos; avanza con más ímpetu.
PUBLIO VIRGILIO MARÓN
Arawn entró en la estancia precedido por un soplo de aire gélido que, antes de disiparse, alcanzó a la mujer y le adentelló los sentidos. En un instante, aquella mordedura la devolvió al presente, y miró alrededor, confusa, antes de que la vista volviera a nublarse y sus percepciones se extraviaran de nuevo en la telaraña de los pensamientos. Sentía caer sobre ella, en aquel momento, la mirada de los hombres y de los dioses, y trató de ocultar al menos a los mortales lo que experimentaba, dejando que el dolor solo se trasluciera en la mirada. Después inclinó la cabeza, escondiendo el rostro pálido y enmarcado por la espesa cabellera, mientras el fuego ardía lento a pocos pasos de ella sin conseguir calentarla.
Las manos de Prasutagus, rey de los icenos, que apretaba entre las suyas, ya estaban heladas, pero no tenía ninguna intención de entregar a su marido al mezquino, cicatero e innoble recién llegado. Sabía que Arawn, que anidaba en algún antro oscuro, la observaba disfrutando del momento. Después de un profundo suspiro, levantó la cabeza mostrando toda su dignidad. Permaneció así, con la cabeza alta, inmóvil, como si quisiera encararlo rudamente, los ojos verdes fijos en el infinito, hasta que una gota se deslizó por su mejilla y cayó sobre las manos, deslizándose entre los dedos del soberano.
Boudica frunció el ceño, siguiendo el recorrido de aquella lágrima que había brotado del corazón, y por unos instantes su rostro se contrajo en una máscara triste. Sin embargo, a pesar del momento y de los sombríos pensamientos, su fascinación se mantenía intacta. Con treinta y seis años recién cumplidos, era alta, tenía los colores de su tierra en otoño y la tez clara de sus gentes. En su posición debía afrontar preocupaciones y sostener el peso de decisiones que le habían marcado el rostro. Pero su espíritu había sacado de ello más fuerza aún, y estaba intacta aquella humildad con la que desde siempre se había ganado el amor de los icenos.
Prasutagus había hecho un trabajo ejemplar como rey y había fundado un reino próspero y con una cierta estabilidad. Había sido un buen padre y un buen marido, pero ahora, en ese preciso momento, debía abandonarlo todo para seguir a Arawn, el Señor de ultratumba.
Boudica dejó las manos del soberano y se levantó cansada, como si sintiera sobre los hombros todo el peso de aquel reino que le había caído encima. Sin embargo, sabía desde hacía tiempo que este momento llegaría. La enfermedad del rey había comenzado a finales de la primavera y había empeorado poco a poco durante todo el verano, hasta el desenlace final, producido justo con ocasión del Alban Elved, el primer día del otoño.
Una mano se posó sobre su hombro. Un apretón delicado, para recordarle que no se había quedado sola. La mujer reconoció el roce y, como respuesta, apretó los nudillos nudosos del viejo Miridin, el sabio, consejero de su difunto marido. Luego, antes de volver a ser la reina de los icenos, también acercó a él la mejilla, humedecida por la única lágrima que no había podido contener. Inspiró para darse ánimos y se volvió asintiendo con la cabeza, en señal de gratitud.
La mirada de Miridin era tan profunda como su ánimo, y Boudica leyó en aquellos ojos azules e inmensos como el cielo todo el dolor que el anciano experimentaba por la pérdida de Prasutagus, junto a quien había estado siempre. El pobre Miridin había sufrido un duro golpe. Mirándolo, parecía aún más viejo que sus ya muchos años. Apartando la mirada de Miridin, Boudica se dio cuenta de que los nobles del clan se estaban disponiendo en silencio a lo largo de las paredes de la estancia. Tragó saliva con dificultad, esforzándose por devolver a sus ojos su brillo natural. Recuperó el ánimo cuando entre los numerosos rostros reconoció los de sus dos hijas, que lloraban. Se acercó de inmediato a ellas y las abrazó, como si quisiera infundir en aquel único abrazo toda la fuerza y la esperanza del universo. Después, ciñéndolas por los hombros, las condujo a la cabecera del tálamo para que diesen un último saludo al gran rey, su padre, que había transcurrido los últimos meses de su existencia angustiado por el pensamiento de asegurar a su gente y a su descendencia un futuro pacífico en aquellos tiempos difíciles. Su muerte dejaba un peligroso vacío de poder, que podría hacer cambiar de humor al gigantesco moloso sentado a las puertas de su reino, una fiera nunca saciada venida de lejos, cuyo nombre era Roma.
El rey se había ido, pero antes de seguir a Arawn al reino de los muertos había tratado de poner orden en su dominio terrenal. Había dejado un testamento con el fin de tutelar tanto como fuera posible la dinastía y el reino. Solo Boudica y Miridin, el sabio, conocían sus últimas voluntades. El viejo consejero había compartido plenamente la postrera decisión de su soberano, y la mujer había aceptado sin pestañear, si bien con tristeza, las disposiciones de su marido moribundo. Sabía que aquello se había decidido por el bien de sus hijas. Las dos jóvenes heredarían la mitad de todas las posesiones reales, pero sería la madre quien las administraría hasta que alcanzaran la edad de ocuparse de ellas. La otra mitad de las posesiones y del tesoro, en cambio, iría al propietario de la fiera, antes de que ella reclamara su parte haciendo rechinar los dientes. La esperanza de Prasutagus era obtener la protección del emperador Nerón para su gente y su familia.
Una figura se acercó a Boudica, que suspendió sus reflexiones sobre el futuro. Sin siquiera volverse, la mujer percibió a su lado la mole de Cathmor. También él, como Arawn, había traído consigo un soplo frío, junto al olor de la turba que tenía encima. Se lo imaginaba allí, ceñudo, mientras la contemplaba, el rostro enmarcado por el largo cabello oscuro y los densos bigotes caídos. Era consciente, incluso sin observarlo, de su mirada hosca, de su irritación, porque el tránsito del rey se estaba produciendo entre sollozos de niñas y ojos húmedos de mujer.
Cuando decidió volverse, las pupilas cristalinas de la reina no se detuvieron en aquella mirada inexorable. Sabía que había llegado el momento de alejarse, para permitir que los otros saludaran dignamente al soberano antes de disponerlo para su viaje al otro reino. En cuanto a Cathmor, siempre se había opuesto a Prasutagus y a ella desde los tiempos de la insurrección de los icenos, trece años antes. Una rebelión de la que Cathmor había salido vivo, pero después de haber perdido a su padre y a su hermano mayor, además de un ojo y buena parte de un pómulo. Él, que se había batido contra los romanos, no podía ni quería entender el arte de la diplomacia. Había vivido escondido en los bosques durante un tiempo, y cuando las águilas imperiales aflojaron la presa, había vuelto a la tribu, donde pasó los últimos años como una fiera herida. Una fiera ansiosa de vengar aquella vieja herida que se había cerrado solo en la superficie y que cada día, al despertar, volvía a abrirse.
Prasutagus había sido fuerte y sabio, y ahora estas cualidades se encontraban repartidas entre las dos figuras más cercanas a él: el sabio Miridin, que siempre había gozado de la admiración del soberano, y el fuerte Cathmor, amigo de la infancia perdido y luego recuperado, que siempre le había recordado con nostalgia los buenos tiempos pasados. Y la pesada tarea de equilibrar a dos hombres tan alejados pronto recaería sobre los hombros de Boudica.
La reina salió al aire libre, donde continuó cruzando miradas de duelo. Inspiró el aire frío de la tarde, siempre estrechando a sus hijas, y se deslizó lejos de aquellos que se estaban reuniendo en torno a la casa, hasta que la oscuridad la volvió anónima. Alcanzó la antigua encina detrás de aquella que antaño había sido la casa de Ambigath, el druida. Escondida por el poderoso tronco y el pequeño refugio de los caballos, ahora abandonado, pudo finalmente dejar por un momento de ser reina. Se arrodilló y, sin contener ya las lágrimas, consiguió dar y encontrar consuelo entre los brazos de sus hijas.
Todos los acontecimientos importantes de la vida de Boudica estaban de algún modo ligados a aquel árbol secular. A su sombra había jugado de niña, allí se había desposado con Prasutagus y, siempre allí, siguiendo las enseñanzas de Ambigath, se había convertido en sacerdotisa de la diosa Andrasta. ¡Cómo lo habría querido a su lado en aquel momento! Habría bastado una palabra, una mirada, un gesto del viejo Ambigath, para que todo pareciera más sencillo y soportable. Estrechando a las dos niñas, volvió la mirada al cielo terso, a las colinas que se recortaban a lo lejos, contra los restos de un ocaso de color rojo fuego. El día del Alban Elved, el inicio del otoño, estaba acabando. El dios Sol dejaría pronto espacio a las divinidades lunares, concluyendo el ciclo del año, y la oscuridad vencería sobre la luz.
—¿Dónde estará ahora mi padre?
En la mirada de Mor, la más pequeña de sus hijas, Boudica se vio a sí misma muchos años antes. La misma mirada rebelde y penetrante, la misma determinación, que desde siempre la distinguía, y la sonrisa, que escondía toda su tenacidad. Aine, la mayor, era más dúctil, sensible y delicada, carente de la obstinación de su hermana. De las dos, aquel día, era ella la que más necesitaba a su madre. Boudica le secó las lágrimas y compuso una expresión serena.
—Está con la diosa Epona, la guardiana del inicio y el fin de todo.
—¿Será ella quien le ayudará a encontrar el camino hacia el otro reino?
Un escalofrío recorrió su espalda. La mujer tragó, asintiendo, antes de enjugar sus propias lágrimas.
—Sí, Epona conoce el camino de los abismos y tiene las llaves sagradas para acceder al otro reino. Cabalgará con él y lo protegerá de cualquier peligro.
—¿Dónde lo esperará Arawn, el rey de los muertos, aquel que hace lo imposible para apoderarse de las almas?
La reina esbozó una sonrisa y luego su mirada se perdió en el cielo ya oscuro.
—Prasutagus era fuerte y sabio, tal como Arawn, y como él fue un rey. Verás, no tendremos que preocuparnos de nada, al contrario, le dirigiremos nuestras plegarias, para que nos permita el acceso a la sabiduría de tu padre.
Dedos de hielo le atravesaron el alma. El enésimo soplo de viento gélido, que acompañaba el inicio del otoño. O quizás era Arawn, que le recordaba que un día también vendría a buscarla a ella.
III
Missio causaria
Territorio de los trinovantes
Catorce millas al oeste de Camuloduno
Invierno del 60 d. C.
Cuando has necesitado mi brazo, he acudido en tu defensa y no he mandado a otro. Cuando has necesitado mi espada, he golpeado y no me he protegido tras el escudo. Cuando has necesitado mi felicidad, me he quedado y no he aceptado el dinero o las promesas de otros. Ahora yo, César, te pido que me licencies y me pagues la sangre que he vertido. Yo siempre serviré a Roma y a ti, oh, emperador, en cualquier circunstancia de paz o de guerra.
Fórmula de solicitud de licenciamiento de un legionario de la primera época imperial
La tierra tembló bajo los cascos y la hierba cubierta de escarcha fue azotada por el paso del caballo lanzado al galope contra el aire frío de la mañana. Marco Quintinio Aquila había dirigido la mirada hacia el penacho de humo que se alzaba en el frío cielo azul, y una vez superada la cresta de la colina
