Los números del elefante

Jorge Díaz

Fragmento

cap

El coche, un Opel Corsa, está parado en el semáforo. Los chicos, con bermudas y chancletas, casi adolescentes, se acercan. Conduce una mujer; uno de los atracadores la apunta con una pistola. La mujer quiere arrancar, pero uno de los chicos se ha puesto delante, tendría que pasarle por encima y desiste, no sería capaz; ve la pistola, tal vez sea de juguete, da igual, calma, que se lo lleven todo, que no nos pase nada. El chico de la pistola la manda bajar del coche y ella lo hace sin rechistar. Su hija, de trece años, sentada en el asiento del acompañante, también. El pequeño, de seis años, sentado atrás, no sabe quitarse el cinturón de seguridad. Su madre abre la puerta trasera, intenta ayudarle; está nerviosa, el niño también, sale del coche aún preso al cinturón…

El Corsa arranca de repente, con el impulso la puerta se cierra. El niño, João Hélio, no se ha soltado. Su madre, Rosa Cristina, grita desesperada: su hijo está ahí, colgado del coche, en el lateral trasero, del lado del conductor… Su hermana, Aline, corre y chilla tras el coche.

Un conductor ve que de la puerta cuelga algo, se da cuenta de que no es un muñeco o un paquete, es un niño. Intenta avisar a los atracadores, les hace señas, cree que le han visto pero no se detienen. El cuerpo de João Hélio golpea en el suelo y en el maletero, como si fuera una piedra atada al coche, como si fuera una lata en el coche de unos recién casados de película muda.

El Corsa zigzaguea para librarse del cuerpo; los atracadores saben lo que llevan colgado y no piensan en parar, sólo en deshacerse del bulto. Uno de ellos va sentado atrás, en ese lado, tiene que estar viendo al niño rebotar una y otra vez. También el conductor, cada vez que mire al espejo retrovisor tiene que ver a João Hélio. El coche avanza y el ruido recuerda al de una caja de cartón que haya quedado atrapada en la rueda. No es un accidente, no es una fatalidad, saben lo que hacen. El grito de Rosa Cristina ha dejado de escucharse, Aline ha detenido su inútil carrera…

Atraviesan barrios de la zona norte de Rio de Janeiro: Oswaldo Cruz, Madureira, Campinho, Cascadura… Barrios a los que nunca se lleva a los turistas que visitan la Cidade Maravilhosa, ni siquiera a los que quieren conocer una favela como si fueran a un safari fotográfico en Kenia. Los clientes de un bar ven el Corsa acercándose. El barullo de los golpes de algo que va colgando llama su atención. Una mujer se da cuenta de que es un niño, grita angustiada y desesperada… Pero el coche no para. El joven que va en el asiento de atrás tiene dieciséis años, sólo diez más que João Hélio.

El conductor de otro coche les sigue, va asustado, pero ha visto que lo que golpea arriba y abajo es un niño; él es padre, no puede salvarlo, pero quiere por lo menos poder decirles a los padres de João Hélio dónde está su hijo, seguir al Corsa hasta que acabe su absurda huida.

No se detienen hasta la estación de Cascadura, tras siete kilómetros de fuga. Se bajan corriendo. ¿Miran al cuerpo que les ha acompañado dando botes? No se sabe, desaparecen corriendo en la estación. ¿Miran a la víctima inocente? ¿Son ellos culpables o lo es su mala suerte?

João Hélio está muerto desde el inicio de la carrera. Pocos minutos después aparece la policía. Su madre y su hermana estarán siendo atendidas y ya sabrán de su suerte. Las dos habrán reconstruido la escena miles de veces en su cabeza, hasta encontrarse culpables: por qué no acertaron a soltar el cinturón de seguridad, por qué no pelearon, por qué no se resistieron… Su padre, que no estaba presente, también encontrará motivos para sentirse culpable: por no ir en el coche, por no haber enseñado a su hijo a quitarse el cinturón, por haberle insistido a su esposa en que tuviese cuidado con los semáforos y no se los saltase, como mucha gente hace en Rio cuando anochece.

Rio de Janeiro se indigna. La ciudad acostumbrada a la violencia, la misma que en los últimos meses ha sufrido decenas de muertos por las guerras entre milicias vecinales, traficantes de drogas y policía, la que soporta una víctima diaria por las balas perdidas, decide que la muerte de João Hélio es la gota que ha colmado el vaso. Un vaso que se ha desbordado más de cien veces en los últimos años pero al final se descubre que siempre le queda espacio para más.

Se ofrece una recompensa de dos mil reais para quien aporte datos sobre los ladrones del Corsa. Hay ciudadanos que llaman pidiendo que se suba la cantidad, están dispuestos a poner dinero de su propio bolsillo para que los culpables sean castigados. Esa misma noche se detiene a uno de los chavales, al día siguiente a otro… Al parecer son tres, fueron cinco los que cometieron el atraco, pero sólo tres los que huyeron en el coche. El padre de uno de los chicos colabora con la policía para que detengan a su hijo; es evangélico, como los padres de su víctima. Ha intentado educar a su hijo en la religión, pero ha fracasado: se siente perdido. Preferiría que su hijo hubiera sido el que se quedara colgado en la parte de fuera del coche, no el que iba al lado del conductor pidiéndole que corriera más, que se deshiciera de ese niño de una puta vez. La madre de otro de los detenidos es enfermera en una clínica de la zona sur, el Rio de los ricos. No quiere que se sepa su nombre, es importante conservar el trabajo y no sufrir represalias.

En el periódico publican la foto de dos de los jóvenes al ser detenidos, junto a un tercero al que sueltan horas después. Se les tapa la cara con un pixelado, pero daría lo mismo, son tan iguales a cualquier otro chico de favela que no se les reconocería ni con la cara descubierta. Las casas de sus familias son apedreadas por los vecinos: son las guaridas de los monstruos.

Todo sucedió el 7 de febrero de 2007, a eso de las nueve de la noche. Faltaban pocos días para el carnaval; ese mismo día hubo más muertes violentas en Rio, pero la única que se recordaría una temporada sería la de João Hélio. Yo había llegado a la ciudad un par de días antes y hasta ese momento me parecía un lugar encantador; la muerte de João Hélio me mostraba su otra cara.

La llegada en avión a Rio es igual que la llegada a cualquier otra ciudad. En su caso es decepcionante, pues de Rio uno espera mucho más. Espera que la voz de Tom Jobim le dé la bienvenida: «Dentro de mais um minuto estaremos no Galeão…».

El aeropuerto ya no se llama Galeão, ahora se llama Aeroporto Internacional Antônio Carlos Jobim. La rua Montenegro también ha cambiado de nombre, ahora se conoce como rua de Vinicius de Moraes; el bar Veloso ahora es el Garota de Ipanema. Hay cariocas que quieren que la rua Nascimiento y Silva pase a llamarse rua de Tom Jobim, como su vecino más célebre; habría un cruce de la rua de Vinicius con la rua de Tom: Vinicius y Tom, la pareja que más fama le ha dado a Rio. Pero la ciudad ha cambiado mucho y tal vez, en lugar del bar que ellos querrían, se abriría allí una sucursal bancaria.

Ipanema es para ricos; los hoteles para turistas están en Copacabana, en la avenida Atlántica con vistas al océano si se paga el suplemento. Los restaurantes ofrecen «rodizio de pestiscos, coma hasta hartarse», en grandes carteles. Los quioscos de la playa, modernos como naves futuristas, siguen con sus cocos dispuestos para abrir con el machete y sirven caipirinhas, caipivodkas, cervezas, choppes… Los escultores de arena piden dinero por fotografiar su obra; los meninos da rua, niños de la calle, se acercan a pedir unas monedas con cara inocente; hay vendedores de todo, de camisetas, de maní tostado, de mapas de Brasil fabricados en cuero, de collares, de tangas…

En la avenida de detrás, la avenida da Nossa Senhora de Copacabana, duermen los mendigos tirados en la acera, debajo de cualquier marquesina. Muchos edificios se han enjaulado, se han rodeado de barrotes para que los mendigos no puedan ampararse en sus fachadas. El maravilloso empedrado de las calles está lleno de parches de cemento, con zonas en las que faltan las piedras y sólo quedan los huecos. En muchas partes se han hecho obras y los trabajadores han vuelto a poner las piedras de cualquier manera; se ha perdido el dibujo original, ahora son piedras blancas y negras colocadas al azar.

Al caer la noche, Copacabana se llena de chicas que miran a los ojos del turista solitario, que le sonríen, que le proponen pasar un rato con él, toda la noche… Si no lo consiguen, lo intentarán luego, en la discoteca, o mañana en la playa. Más tarde salen las travestis. Copacabana es un abierto veinticuatro horas del sexo.

Nada en Copacabana recuerda el glamour que siempre hemos creído que tiene fuera de Brasil; quizá lo tuvo, ya no. Aun así, es un lugar cautivador.

He llegado a Rio de Janeiro para ver qué hay de verdad en una historia de Copacabana.

cap-1

GETÚLIO

cap-2

1

Mi único recuerdo de la guerra es la noticia de la muerte de mi hermano Ramón. Yo tenía cinco años, casi seis. La guerra acabó pocos días después y él fue de los últimos en morir, quizá el último. Hay gente que nace con mala suerte, mi hermano era uno de ellos.

Ramón tenía quince años más que yo: él era el mayor y yo el pequeño de diez hermanos, tres hombres y siete mujeres; no conseguiría decir en orden el nombre de las chicas. Otro hermano murió recién nacido; se llamaba Bernardo, como yo.

No sé quién mató a Ramón y me da igual, en las guerras muere gente y mi hermano, igual que murió, pudo matar. Hubo casas con más muertos: en un pueblo cercano, una familia perdió a los cuatro hijos varones; en la mía Ramón fue el único. No sé mucho de él, ni siquiera si fue a la guerra por obligación o porque creía que hacía bien en ir, si intentaba ganarla o prefería morir. Nunca hablé con él; yo era muy pequeño cuando se marchó y después no hubo oportunidad.

Cuando pienso en él me acuerdo de una foto colgada en la pared, detrás de la mesa del comedor. No he vuelto a entrar en esa casa, así que no sé si la foto sigue allí o alguien la ha quitado; quizá hayan tirado la casa entera. En la foto, mi hermano estaba vestido de soldado; al sentarme a comer me quedaba justo enfrente, encima de la cabeza de mi padre. Cuando él hablaba, le tenía que mirar, entonces la vista se me iba hacia arriba y allí estaba Ramón. Mientras estaba vivo no me importaba; cuando nos avisaron de su muerte, empezó a darme miedo. Intentaba comer sin mirarle pero no lo conseguía: siempre acababa con la vista puesta en la cara de mi hermano, su uniforme y el fusil que tenía en las manos.

El día que llegó la noticia de su muerte mi madre pelaba patatas. Se lo contó mi hermana mayor, Carmiña.

—Mamá, han matado a Ramón.

Mi madre no dijo nada, paró un momento y miró a Carmiña, después continuó pelando patatas; no hizo ninguna pregunta y yo, que quería haberlas hecho, no me atreví.

Mi padre volvió a casa por la noche, gritando que mataría a los hijos de puta que habían asesinado a su hijo. Estaba borracho y olía a vómito. Me hizo jurarle que me vengaría; lo hice, pero ni me he vuelto a acordar. Aunque sólo era un niño, aquella misma noche ya sabía que no era necesario cumplir ese juramento.

Mi madre no lloró y mi padre gritó mucho, pero ella lo sintió más que él: mi padre era incapaz de sentir nada que no le pasara a él mismo. A medida que me hago mayor, cuando me miro al espejo me encuentro más parecido con él; no sé si en eso también, espero que no.

El cuerpo de Ramón no volvió al pueblo. Estará enterrado en algún cementerio perdido, a la orilla de alguna carretera olvidada, junto a otros con tanta mala suerte como él: los muertos de los últimos días. Supongo que nadie se interesó en reclamar su cadáver, tampoco en preguntar cómo murió: quizá no quedara nada que se pudiera reclamar…

Mi otro hermano varón, Alonso, también estaba en la guerra, pero a él no le pasó nada. Volvió a casa y se dedicó a trabajar el campo para mi padre. Los primeros años no contaba nada; después, cuando ya estaba en la silla de ruedas, empezó a hablar y no paró: no hablaba de nada más. Siempre he creído que no vio la guerra de verdad, que lo que tardó en contar cómo era fue lo que tardó en inventársela. Era como si le avergonzara no haber muerto, como Ramón; nunca mencionaba a nuestro hermano mayor, ni al principio, cuando no decía nada, ni después, cuando no callaba.

Al acabar la guerra, algunos vecinos no volvieron. Unos porque murieron, como Ramón; en una de las paredes de la iglesia colgaron una lápida con sus nombres: «Caídos por Dios y por España». Otros porque la perdieron; huyeron a Francia, a México, a Argentina… Alguno de los derrotados fue a la cárcel y regresó años después. Nunca escuché hablar de nadie que se fuera a Brasil. Brasil, entonces, no existía para mí.

Poco tiempo después dejó de recordarse a los que no estaban. O dejó de hablarse de ellos, que viene a ser casi lo mismo. Con los que volvieron, la gente hizo como si no se hubieran marchado: retomaron su vida en el mismo punto que la habían dejado, como si esos años no hubieran existido. Los que estaban a punto de casarse se casaron, los que se odiaban se siguieron odiando y los que eran amigos continuaron siéndolo. No estoy hablando de muchos vecinos. Del pueblo, entre los que murieron, los que se marcharon y los que volvieron no sumaban más de veinte.

En otros sitios el hambre obligó a que se acordaran más de la guerra; en mi pueblo no. En mi pueblo la guerra acabó el día que acabó, o antes: la guerra acabó el día que llegó la noticia de la muerte de mi hermano Ramón.

cap-3

2

Mi padre creía que era un hombre poderoso, pero era un campesino miserable y borracho. Creía que era poderoso porque había gente más pobre que él, sólo por eso.

Ahora me da igual, casi nunca me acuerdo de él; entonces lo odiaba, lo he odiado durante toda mi vida. Si viviera, tendría más de cien años, así que supongo que está muerto, quizá hace ya bastante tiempo. Es posible que lo haya llegado a odiar incluso estando muerto.

Mi pueblo era un pueblo de mierda; no tenía más de doscientos o trescientos habitantes. Mi padre era de los más ricos, tenía tierras y algunos animales: vacas, gallinas, cerdos… Tras la guerra, mi hermano Alonso se encargó de las tierras, como antes mi otro hermano, Ramón. Mis dos hermanas mayores ayudaban a mi madre en la casa, el resto de mis hermanas y yo nos ocupábamos de los animales. Mi padre estaba siempre en el bar, el único del pueblo; se emborrachaba todas las noches del año, sin excepción.

Yo aún asistía a la escuela, pero todos los días, antes de entrar, llevaba las vacas a los pastos. Al salir las recogía, echaba maíz a las gallinas, limpiaba los establos… Eso fue hasta los doce años, después dejé de ir a la escuela y fui a ayudar a mi hermano Alonso en las tierras; de las vacas pasó a ocuparse mi hermana Arlinda. Me gustaba estudiar, sobre todo leer y dibujar, pero mi padre me mandó a trabajar y tuve que dejarlo.

Por eso vi el accidente de Alonso, porque estaba trabajando; llevaba dos años yendo al campo con él. Hacía pocos días que yo había cumplido los catorce. Era tarde, casi de noche, y no se veía bien; teníamos que haberlo dejado un rato antes pero el camión que tenía que recoger las patatas se perdió y llegó con dos horas de retraso. Estábamos el conductor del camión, mi hermano y yo, subíamos los sacos de patatas con una polea. Digo que vi el accidente, pero es mentira: en aquel momento estaba mirando para otro lado. Vi a Alonso atando el saco y cómo éste empezaba a subir, pero entonces algo me distrajo y volví la cabeza al otro lado. Escuché un golpe fuerte y un grito a mi espalda: el saco de patatas había caído sobre mi hermano.

Después tengo una laguna en la mente, todo está confuso: Alonso gritaba de dolor, yo corrí para buscar ayuda, alguien lo recogió y se lo llevó… Nada más, de esa noche no recuerdo nada más.

Alonso pasó una temporada larga en el hospital, fuera del pueblo, y salió en silla de ruedas; no volvió a andar. Fue entonces cuando empezó a hablar de la guerra: contaba asesinatos, crímenes, torturas, soldados a los que se les salían las tripas, bombas que explotaban en medio de varios hombres y los despedazaban, heridos a los que amputaban las dos piernas… Era como si el sufrimiento de otros le compensara no volver a levantarse de la silla de ruedas.

Al no estar mi hermano, tuve que trabajar solo las tierras. Al principio mi padre venía conmigo, fue cuando empecé a odiarlo con más fuerza; hasta entonces, aunque creyera que lo odiaba, sólo le temía. El trabajo era duro y yo tenía que hacer el de los dos, el suyo y el mío. Cada día me demostraba que todo podía empeorar: siempre encontraba el momento para quejarse de algo, para obligarme a repetir alguna labor desagradable, para insultarme… Pronto dejó de acompañarme y contrató a un chico del pueblo para que me ayudara.

Albino tenía dieciocho años, tres más que yo. Su familia no tenía tierras porque su padre las perdió a las cartas, aunque se decía que su abuelo había sido el más rico del pueblo. Cuando lo perdió todo, su padre se colgó de una soga en el pajar de su casa. Albino tenía doce años y tuvo que ayudar a su madre a descolgarlo. Por lo menos, eso era lo que se contaba en el pueblo; Albino nunca quiso decirme si era verdad. Fue su hermana Rosalía la que me lo confirmó: su madre no quería que nadie viera así a su marido y no quiso que les ayudaran, lo bajaron entre ella y su hijo Albino.

Rosalía había ido a la escuela conmigo, teníamos la misma edad y la abandonamos casi a la vez. Ella y su madre cosían, no sólo para la gente del pueblo, también para la de otros pueblos de alrededor; de eso vivían. Raro era el vecino que no tenía alguna prenda confeccionada por ellas.

Albino se daba buena mano con todos los trabajos: igual reparaba una rueda de un carro que herraba un caballo. La mecánica era lo que más le gustaba y arreglaba los coches y los camiones de la zona. Cuando acabábamos las labores del campo me gustaba acompañarle; así fui aprendiendo.

Mi amigo Albino contaba los días que le faltaban para marcharse al servicio militar. Decía que allí se haría mecánico y que después no volvería al pueblo, emigraría a Argentina. No paraba de hablar de ese país: que la comida era gratis para todo el mundo, que nos querían tanto a los gallegos que iban a recogernos al barco en el que llegáramos para darnos trabajo, que nos regalaban dinero para comprar una casa… Le preguntaba cómo sabía todo eso y me respondía que era lo que contaban los que volvían, cuando ya eran ricos. Cuando le preguntaba a quién conocía que hubiera vuelto, me decía que a nadie, que no hacía falta que nadie le dijera cómo eran las cosas en Argentina porque eso era algo que sabía todo el mundo.

—¿Por qué van si no tantos gallegos a Buenos Aires?, ¿para estar peor que aquí?

Cuando por fin se fue a la mili, a Bilbao, nos despedimos como si fuera la última vez que nos veríamos. Pasaron a darme aviso a mí cuando había que reparar algún coche, algún camión o incluso algún tractor de los que empezaba a haber por entonces. Hice lo mismo que él: contar los días que me faltaban para servir en el ejército, aunque al acabar no me fuera a marchar a Argentina; seguiría toda la vida trabajando en las tierras de mi padre mientras él se emborrachaba en la cantina. El mismo saco de patatas que dejó a mi hermano Alonso preso a la silla de ruedas, me dejaba a mí preso al pueblo y a las tierras.

Después de marcharse Albino empezó a ayudarme otro mozo, Alfredo, un portugués recién llegado al pueblo. Decían que se fugó de su país porque mató a un cura, pero era mentira: se marchó porque su padre era tan cabrón como el mío y tenía dos posibilidades, o huir y trabajar en lo que pudiera, o quedarse y matarlo. Salió de su pueblo y tuvo la mala suerte de llegar al mío; o la buena, quién sabe.

En ese tiempo, dos de mis hermanas se casaron y otra se metió en un convento. Una más se fue a Madrid, creo que a servir. En casa quedaron tres: Carmiña, que era la mayor y viviría allí para siempre, por lo que sé; otra que tenía novio para casarse, y la más pequeña, Arlinda, que tenía diecisiete, uno más que yo, que decía que no tenía intención de casarse para aguantar las borracheras de un hombre y que tampoco quería meterse a monja. Un día desapareció sin despedirse de nadie, tardé muchos años en volver a saber de ella.

Hasta entonces no me fijaba en las mujeres y con Albino, mi único amigo, no hablaba de ese tema; sólo nos interesaban los motores. Alfredo, el portugués, era todo lo contrario, no era capaz de hablar de otra cosa, sólo de mujeres. Me contaba de una puta que conoció en Portugal a la que quería buscar cuando tuviera dinero; le pediría que dejara de ser puta y se casara con él… En mi pueblo no había putas, pero vivía una en otro cercano, a apenas quince kilómetros. Los domingos descansaba, así que el único día que la podía visitar era el sábado por la tarde. Como era la única de la zona, había que esperar turno para acostarse con ella. Yo sólo fui una vez, hice cola y al verla me dio un poco de asco, así que me volví a mi casa sin hacer nada con ella. Seguí así un tiempo, sin estar con ninguna mujer, fuera puta o no.

La única mujer que tenía cerca era Rosalía, la hermana de Albino que había ido al colegio conmigo. Ella me traía las cartas que Albino enviaba a su casa; siempre tenían unas líneas para mí, consejos sobre lo que aprendía de mecánica: «Bernardo, no hagas no sé qué; fíjate en no sé cuántos, tiene que estar de tal manera; por eso no conseguimos arreglar el camión de Manuel, el de San Martín», o «Bernardo, nunca abras el depósito del radiador antes de que se enfríe, aquí a uno de Asturias le ha saltado el agua hirviendo a la cara y le ha dejado ciego de un ojo; lo bueno es que le mandan a casa como si hubiera acabado la mili».

Rosalía no se quedaba a charlar conmigo: me llevaba las cartas de Albino, esperaba que las leyera y después se marchaba. Yo no me atrevía a hablarle, pero empecé a imaginar que hacía con ella las mismas cosas que Alfredo me contaba que hacía con la puta portuguesa.

Aunque mis hermanas asistían a misa cada domingo —la que se metió a monja lo hacía a diario—, yo no había vuelto a la iglesia desde que empecé a trabajar en el campo: nadie me obligaba y yo no iba. Volví sólo para encontrarme con Rosalía: la esperaba a la salida y caminaba a su lado. Me costó ir seis o siete veces hasta que me habló; entonces supe que éramos novios. En las siguientes fiestas bailé con ella y, al acompañarla a su casa, paramos en el corral, el mismo del que Albino descolgó a su padre cuando se ahorcó; allí estaba la viga y allí hicimos todo lo que Alfredo me contaba. A partir de ese día parábamos en el corral siempre que podíamos, sobre todo los domingos, mientras el resto del pueblo estaba en la iglesia. Dejé otra vez de ir a misa y desde entonces no he vuelto casi nunca. Tenía dieciocho años.

Albino cumplió su promesa y no volvió al pueblo al acabar el servicio militar. No se fue a Argentina, se fue a Brasil, a Rio de Janeiro. Dejó de escribir cartas y no teníamos ninguna dirección a la que escribirle nosotros para preguntarle el motivo del cambio de destino. Su hermana decía que cuando pasaba algo malo siempre te enterabas, que si no sabíamos nada de él era porque estaba bien. Pero yo tenía muchas preguntas que hacerle: si era verdad que te daban dinero al llegar, si la comida era gratis, si buscaban a los gallegos en el barco, si Brasil era igual que Argentina… Ahora sé que nadie te regala nada, ni en un país ni en el otro.

Apenas sabía nada de Brasil, algo había escuchado pero nada importante: que estaba muy lejos y que había muchas negras. En el pueblo nunca se había visto ni una negra ni un negro. El único que yo había visto estaba en el dibujo del papel de un chocolate y llevaba un hueso en el pelo. No era capaz de imaginarme a Albino rodeado de negros y negras con un hueso en el pelo, pero el del dibujo lo tenía. Alfredo me contó que los brasileños hablaban portugués, como los portugueses, parecido a como hablábamos nosotros, los gallegos. Me enseñó algunas palabras y me resultó fácil. Él decía Yaneiro en lugar de Janeiro y yo me acostumbré a decirlo también así. Eso era todo lo que sabía sobre Brasil y nunca pude escribir a Albino para pedirle que me diera más detalles.

Poco después supe algo más; que perdieron la final del Campeonato del Mundo de Fútbol de 1950 contra Uruguay y que se quedaron tan tristes que algunos se suicidaron. También que Carmen Miranda, una cantante famosa, era brasileira. Carmen Miranda usaba siempre sombreros adornados con frutas, me decía Alfredo. Yo intentaba imaginarlo y no lo lograba, me parecía ridículo, casi tanto como lo de los huesos en el pelo. Brasil, para mí, era un lugar de gente con cosas raras sobre la cabeza.

La única novedad de esos años, además de hacerme novio de Rosalía, es que compré una bicicleta usada con el dinero que ahorraba arreglando motores. Me la vendió el cura, don Sixto, y era grande y azul. En el guardabarros llevaba pintada una cruz plateada, era en lo único que se notaba que había sido de un cura antes de que yo la comprara. Todos los días montaba en ella para ir a trabajar las tierras.

Mi padre, que había dejado de ir al campo, volvía a casa borracho a diario. Muchas veces, sin ningún motivo, pegaba a mi madre y a mi hermana Arlinda, la que después desaparecería; a mi madre por ser su esposa y a mi hermana por ser la única que le contestaba. A mí me medio respetaba, sólo me caía algún golpe cuando me metía por medio para que dejara de pegarles a ellas. Podría haberme defendido y haberle devuelto los golpes —las labores del campo me habían convertido en un hombre fuerte—, pero era mi padre y debía respetarlo; así me enseñaron que debía ser.

Una noche, harto, le amenacé con que si volvía a pegarme me marchaba a Argentina. Me contestó que si me marchaba, cuando volviera a casa a rastras no me dejaría entrar. Estaba seguro de que fuera del pueblo me moriría de hambre y regresaría arrastrándome, suplicándole que me dejara quedarme. Decía que no valía para nada, que al único de sus hijos varones que no era un inútil lo mataron en la guerra. En el fondo, yo pensaba lo mismo que él, que no sería capaz de sobrevivir lejos de allí, pero él no tendría que habérmelo dicho. Mi hermano Alonso lo escuchaba todo desde su silla de ruedas, sin atreverse a contestar: no sé qué pensaría.

Mi padre, que también se llamaba Ramón, como mi hermano mayor muerto, creía que entre todos queríamos envenenarlo para quedarnos con su dinero. Antes de comer o beber algo, escogía a alguna de mis hermanas o a Alonso y les obligaba a probarlo para ver si morían, decía que así lo hacían los emperadores romanos. A mí no, si moría yo se quedaba sin nadie que le trabajara las tierras.

Nadie quería envenenarlo, o sí, pero nadie sabía cómo hacerlo; quizá mi madre, que recogía hierbas para hacer remedios y tisanas, que yo sepa nunca lo intentó. A mí no me faltaban ganas de matarlo con una piedra o con la hoz. Alguna vez, cuando llegaba borracho, pensé que podía golpearlo en la cabeza al salir de la cantina y decir que se había caído y se había dado el golpe solo. Todo el mundo conocía sus borracheras, me habrían creído; hasta me habrían felicitado, pero no lo hice.

A los veinte años me fui al servicio militar; soñé con no volver, como Albino, pero sabía que al final lo haría, que alguien tenía que labrar las tierras de mi padre. Mientras yo estuviera fuera se quedaría Alfredo trabajando con él; es decir, se tendría que encargar él solo de todo, sin que nadie le ayudara. El pueblo de Alfredo debía de ser mucho peor que el mío, o su padre mucho más cabrón, para que él prefiriera quedarse a volver.

La noche antes de irme, Rosalía me hizo prometerle que no haría lo que su hermano Albino, que volvería al pueblo a recogerla, y que no me marcharía sin ella, ni a Argentina ni a Brasil. Se lo prometí.

Quise despedirme de mi padre, pero no pude: aquella noche no volvió a casa. Algunas noches se emborrachaba tanto que no encontraba el camino de vuelta, aunque el pueblo sólo tuviera un par de calles. Me marché sin hablar con él y sin que me bendijera.

cap-4

3

El servicio militar me tocó en la Marina. Era la primera vez que veía el mar y un montón de cosas más. A cambio, muchas otras las vi por última vez.

Mi hermana Arlinda se había marchado de casa un par de meses antes que yo. Tardé dos o tres días en notar que faltaba: una tarde, al volver del campo, me di cuenta de que no estaba y pregunté por ella; Carmiña, la mayor, me dijo que se había ido. Nadie sabía adónde, a nadie le preocupaba; Arlinda se peleaba con todos menos conmigo, no la echarían de menos.

Les pregunté a mis otras hermanas, a mi madre, a sus amigas del pueblo… Ninguna me dijo nada; sólo una chica de su edad me comentó que llevaba tiempo deseando marcharse y por fin lo había hecho. No sabía adónde: Madrid, Barcelona, Buenos Aires…, sólo que sabía que era muy guapa y que en cualquiera de esos sitios le sería fácil ganarse la vida. Arlinda quería salir del pueblo y perder de vista a mi padre y todo lo que tuviera que ver con él: la casa, las vacas, el resto de la familia… Me dio mucha pena que no se despidiera de mí, que también a mí quisiera perderme de vista.

Después me fui yo. Creo que el único que lo sintió fue mi hermano Alonso. A veces me sentaba junto a su silla de ruedas a escuchar sus historias de la guerra. Con mi marcha se quedaba sin nadie que le atendiera. Cada día eran más exageradas, al final parecía que la guerra la había ganado él solo. Me contaba que una vez hicieron un pelotón de fusilamiento, cogieron a un prisionero y le vendaron los ojos. Formaron delante de él y dieron la orden de «preparados, apunten, fuego»; pero todos dispararon al aire y le dieron un golpe al prisionero en la tripa con el palo de una escoba. El hombre cayó al suelo, creyendo que estaba muerto, que el golpe que había sentido era una bala que lo mataba. Todos los que formaban el pelotón se quedaron callados hasta que el prisionero se empezó a mover: no le dolía la herida, o no estaba muerto o la muerte no era como él creía. Mientras se levantaba, todos se descojonaron de risa. Alonso también se descojonaba al contarlo; repetía entre risas que el prisionero creía que era una bala y sólo era el palo de una escoba, que después le fusilaron de verdad, sin taparle los ojos, para que tuviera clara la diferencia. A mí no me hacía gracia; sonreía, pero no sé por qué.

Cuando subí al tren y me alejaba de mi pueblo, me acordé de Arlinda; probablemente ella montó en aquel mismo tren para empezar su nueva vida. No me acordé de nadie más, ni siquiera de Rosalía o de mi madre, sólo de mi hermana. En el bolsillo llevaba algo de dinero, doscientas pesetas, las que me dio el padre Sixto para recomprarme la bicicleta; estaba arrepentido de haberse deshecho de ella. Tuve el presentimiento de que esas doscientas pesetas me harían falta algún día.

El tren tardó cinco horas en llegar a su destino; no era muy lejos, la mayor parte del tiempo estábamos parados. En cada estación se subían jóvenes de mi edad, todos con cara de miedo, la misma que yo, y con un petate como el mío.

Antes de salir, mi madre me dio un pedazo de pan y otro de queso envueltos con un pañuelo. Sentado en el suelo —el vagón no tenía asientos—, empecé a comer. Uno que estaba a mi lado se quedó mirándome hasta que se decidió.

—¿Me das?

No sabía qué debía hacer. Si mi madre no me hubiera dado el pan y el queso también habría pasado hambre, y me habría gustado que alguien compartiera su comida conmigo. Pero no quería que me engañaran y dar sin tener que dar. Después de pensarlo, dividí mi almuerzo por la mitad, más o menos, porque una parte quedó más grande que la otra. A él le di el pedazo más pequeño.

—Gracias, ¿cómo te llamas?

—Bernardo.

—Yo, José.

No hablamos más, seguimos juntos todo el viaje. Cuando llegamos al cuartel nos asignaron la misma litera, a mí en la parte de arriba y a él en la de abajo.

Allí todo el mundo gritaba y nos mandaba correr de un lado para otro. José y yo no nos separamos. Nos dieron el uniforme que debíamos usar, nos cortaron el pelo, nos hicieron formar… Los dos primeros meses nos daban órdenes, sin preguntarnos si estábamos de acuerdo con lo que nos pedían. De haber sabido que aquello sería así no habría contado los días que me faltaban para ir desde dos años antes; tampoco entendía que Albino lo hubiera aguantado sin quejarse: a él no le gustaba que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Recordaba una mañana, cuando Albino aún trabajaba conmigo en el campo, que mi padre se presentó allí. Roturábamos las tierras porque era el momento de hacerlo, pero él llegó con la absurda idea de que lo dejáramos y fuéramos a otras tierras a retirar las malas hierbas, unas que hacía años que no se cultivaban. Albino le dijo que lo haríamos cuando acabáramos allí, que primero había que hacer lo que había que hacer primero. Mi padre, borracho como siempre, le contestó que lo primero que había que hacer era lo que a él le saliera de los cojones. Albino, que era muy alto y fuerte, cogió la hoz, se acercó a él y le miró desde arriba.

—¿Qué hay que segar?

Nada más, ni un grito, ni un gesto de amenaza; pero mi padre y yo supimos que si le llevaba la contraria le cortaría el cuello, eso sería lo único que segara y yo no le protegería. Mi padre se dio la vuelta y se alejó.

—Ya lo haréis cuando acabéis de roturar.

Fue el momento que más cerca estuvo mi padre de que alguien acabara con él, sin que lo envenenaran. Albino no soportaba las órdenes absurdas y en el ejército abundaban.

Al acabar los primeros meses las cosas cambiaron algo; tampoco nos preguntaban qué nos parecía lo que nos mandaban, pero estábamos más tranquilos y cada uno se dedicaba a su tarea. Conseguí mi objetivo: me saqué el carné para conducir coches y camiones y entré a trabajar en los talleres. Me ocupaba de los motores de los barcos y pronto, al ver que tenía maña, los jefes me llevaron sus coches para que los arreglara gratis. Tal como Albino, fui aprendiendo; teníamos un montón de libros sobre mecánica que estaban llenos de planos para que todo se entendiera bien. En poco tiempo fui capaz de desmontar y volver a montar un motor entero, estudiando todas sus piezas y viendo cómo encajaban, era capaz de arreglar cualquier tipo de motor. No sé si llegué a saber más que Albino o él seguía sabiendo más que yo.

José entró a trabajar de camarero en el club de oficiales; su madre era la dueña de la cantina de su pueblo y él era capaz de llevar en una sola bandeja todo lo que cabía en una mesa de cuatro sin que se le cayera. Del club de oficiales sacaba comida para los dos; me devolvió con creces el pan y el queso que le di en el tren.

Los días que librábamos los dos a la vez, una tarde cada dos o tres semanas, paseábamos juntos. No hablábamos demasiado porque ninguno éramos de mucho hablar, tampoco hacíamos nada especial porque no teníamos dinero para hacerlo: las doscientas pesetas que me dio el padre Sixto por la bicicleta estaban escondidas dentro del colchón de la litera, no pensaba sacarlas a no ser que fueran necesarias de verdad. Paseábamos a menudo por la calle en la que paraban las putas; había muchas, no como en el pueblo de al lado del mío, que sólo había una. Además eran más guapas, alguna me recordaba a Rosalía y a todo lo que hacía con ella. Si hubiera tenido dinero, aparte de las doscientas pesetas, habría contratado a alguna para acostarme con ella y habría invitado a otra a José.

En el cuartel no pensaba, hacía lo que me mandaban sin discutir. A veces el tiempo se me pasaba rápido y a veces lento. Rápido cuando arreglaba motores, lento cuando soportaba las bromas de los demás. Un día vino el jefe del taller a hablar conmigo para comunicarme que iría de mecánico en un barco a dar la vuelta al mundo. Me lo decía como un premio, así que hice como que me entusiasmaba. Aunque llevaba ya once meses en la Marina, nunca había navegado; solo había subido en barcos varados en el suelo o amarrados en el puerto. José también viajaría en el mismo barco como camarero. Zarpábamos dos semanas después y nos preguntaron si queríamos ir a nuestros pueblos a despedirnos de nuestras familias. De inmediato pensé en Rosalía y en las cosas que podría hacer con ella en el pajar, pero como José no quería volver a su pueblo, yo también me quedé.

Dos noches antes de embarcarnos hicieron una fiesta para todos los que viajaríamos en ese barco. Como había de todo, y todo gratis, yo comí y bebí sin parar. José me recomendó que dejara de beber, pero no le hice caso. Debería habérselo hecho: cuando me desperté por la mañana creí que me moría; entonces entendí por qué mi padre estaba siempre de tan mal humor: se levantaba así todas las mañanas. Además, había olvidado gran parte de lo ocurrido la noche anterior, sólo era consciente de que fue José quien me sacó de la fiesta y me llevó a acostarme. José tenía mucha experiencia con borrachos en la cantina de su madre, él mismo se había emborrachado bebiéndose los restos que quedaban en cada vaso; él sabía cuándo había que parar de beber y yo debí hacerlo cuando me lo di

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