Lordemano

José Zoilo

Fragmento

Topónimos

TOPÓNIMOS

al-Ándalus: emirato musulmán del sur de la península ibérica

Arnit: Arnedo

Asturias: reino cristiano asentado en la cordillera cantábrica y Galicia

Bardulia o Vardulia: región que en ocasiones se ha querido ver como precursora de Castilla

Bergidum: Astorga

Bretland: denominación nórdica de la actual Gales (Reino Unido)

Britania: denominación romana de la isla de Gran Bretaña (Reino Unido)

Córdoba/Qurtuba (árabe): Córdoba

Dyflin: Dublín (Irlanda)

Erin: una de las múltiples denominaciones de la isla de Irlanda

Faro (farum) brigantino (brigantinum): Torre de Hércules

Gallecia: Galicia

Gegione: Gijón

Haddeby: Hedeby (Dinamarca)

Isbiliya: Sevilla

Jakobsland: denominación nórdica de Santiago de Compostela

Jerusalem: Jerusalén (Israel)

Jorvic: York (Reino Unido)

Kernow: región de Cornualles (Reino Unido)

Legione: León

Lugo: Lugo

Lundene: Londres (Reino Unido)

Miklagard: Constantinopla/Estambul (Turquía)

Northumbria: reino anglosajón del norte de Inglaterra (Reino Unido)

Oveto: Oviedo

Pampilona: Pamplona

París: París (Francia)

Primorias: región oriental de la antigua Asturias

Spanland: denominación general que daban los navegantes nórdicos a la península ibérica

Toleto/Tulaytulah: Toledo (asturiano/árabe)

Valland: denominación nórdica (aproximada) para parte de la actual Francia

Veisafjord: Wexford (República de Irlanda)

Wessex: reino anglosajón del suroeste de Inglaterra (Reino Unido)

Glosario de términos

GLOSARIO DE TÉRMINOS

Aegir: gigante conocido como el señor de los océanos en la mitología nórdica

Aesir: principal familia de dioses del panteón nórdico

Asgard: morada de los dioses aesir

Baldr: hijo favorito de Odín que muere a manos de su hermano Hod, a causa de un ardid de Loki. Resucitará en el instante en el que se desate el Ragnarok, para ponerse al frente de los dioses

Berserkir/er: guerrero(s) oso, guerreros de Odín

Bifrost: en la mitología nórdica, puente arcoíris que comunica Asgard con Midgard

Brynja: vocablo nórdico para denominar a la cota de mallas

Dinar: moneda de oro acuñada en al-Ándalus

Drakkar: barco de guerra vikingo, también conocido como barco dragón por los mascarones que situaban en la proa

Draugr: en la mitología nórdica, el equivalente a un muerto viviente

Dubgaill: nombre dado por los nativos irlandeses a los daneses

Einherjar: aquellos guerreros que, habiendo muerto con honor en el combate, eran llamados a celebrar el banquete de Odín hasta el instante en el que acaeciera el Ragnarok

Fenrir: uno de los hijos de Loki, en este caso, un lobo demoníaco

Fingaill: nombre dado por los nativos irlandeses a los noruegos

Freya: una de las principales diosas del panteón nórdico (vanir)

Frigg: diosa de la mitología nórdica que se corresponde con la esposa de Odín y reina de los dioses

Geri y Freki: se trataba de los lobos que acompañaban a Odín

Heimdal: el guardián de los dioses que protege el puente arcoíris

Helheim: uno de los nueve mundos de la mitología nórdica. En este caso el reino de la muerte, identificado con el infierno cristiano

Hersir: noble de segundo rango en la sociedad escandinava, por debajo del jarl

Hod: dios ciego, hijo de Odín y hermano de Baldr

Holmgang: vocablo con el que se denominaba a un tipo de duelo en época vikinga

Knarr: nave de transporte nórdica

Kvasir: dios de la mitología nórdica asesinado por dos enanos, cuya sangre, mezclada con miel, dio lugar al hidromiel de la poesía

Loki: en la mitología nórdica es un espíritu maligno causante de buena parte de las desgracias que ocurren en los diferentes mundos. El más astuto e ingenioso de los habitantes de Asgard. Su actuación provocó la muerte del hijo más querido de Odín

Lordemano/nortmanni/normando: nombre dado por asturianos y otros reinos cristianos de Europa occidental a los guerreros escandinavos que asolaban sus costas

Madju: denominación que recibían los vikingos en al-Ándalus. Su significado es el de impío o adorador del fuego

Midgard: uno de los reinos de la mitología nórdica, aquel en el que viven los hombres

Mímir: gigante que custodiaba el manantial de la sabiduría

Naströnd: en la mitología nórdica, una de las estancias propias del Helheim

Nidhogg: dragón mitológico que roe las raíces del árbol Yggdrasil

Niflheim: el reino de la oscuridad, uno de los nueve mundos

Njord: uno de los dioses vanir, conocido como dios del mar y la navegación

Nornas: espíritus femeninos propios de la mitología nórdica que con sus manos tejen las vidas de los hombres

Odín: dios principal del panteón nórdico, conocido como el padre de los dioses (aesir)

Ragnarok: así era como se denominaba en la mitología nórdica al fin de los tiempos, cuando las bestias demoníacas se lanzarían a destruir los nueve mundos

Ran: esposa de Aegir

Sax: denominación que recibían los puñales vikingos. Muy similar al seax anglosajón y al scramasax visigodo, pues todos ellos tenían origen germánico

Skjaldborg: denominación nórdica para la formación de un muro de escudos

Snekke: tipo de embarcación nórdica

Svartalfheim: en la mitología nórdica, uno de los nueve reinos de Yggdrasil, en el que vivían los elfos oscuros

Tyr: otro de los hijos de Odín. Se le asocia como el dios de la guerra en la mitología nórdica

Ulfberth: tipo de espada muy apreciada en las regiones nórdicas cuya hoja, de mayor calidad que las fabricadas en ellas, había sido forjada en la tierra de los francos

Ulfhedinn/ulfhednar: guerrero(s) lobo, guerrero(s) de Odín

Utgardaloki: rey de los gigantes, famoso por engañar a Thor y a Loki mediante el uso de la magia

Valhöl: la fortaleza de Odín, donde los muertos que cayeron valerosamente en la batalla celebran sus banquetes hasta la llegada del Ragnarok

Valknut: símbolo nórdico formado por tres triángulos entrelazados

Vanir: una de las dos familias de dioses nórdicos

Ve y Vili: deidades nórdicas que representaban a los hermanos de Odín

Vegvisir: símbolo nórdico que se correspondía con una especie de brújula que se esperaba diera suerte en sus viajes a los navegantes

Völva/Völur: hechicera(s) o profetisa(s) en la sociedad escandinava

Yggdrasil: árbol de la vida en la mitología nórdica, en el que se encontraban los diferentes mundos

Yule: festividad nórdica del solsticio de invierno

Personajes

PERSONAJES

(por lugar de aparición — con * los personajes históricos)

En Erin:

Hrolf Ragnallson: hijo mayor del jarl Ragnall Hrolfson

Egil Ragnallson: hermano de Hrolf

Jora Ragnallttir: hija pequeña del jarl Ragnall Hrolfson

Ragnall Hrolfson, o Ragnall Mandíbula de Oso: jarl noruego asentado en la isla de Erin

Vidgis: esposa de Ragnall Hrolfson y madre de sus tres hijos

Astrid: hija del principal comerciante del asentamiento de Erin

Snorri Bolsa de Oro: principal comerciante del asentamiento de Erin

Hallvard: guerrero de Leif Svenson

Hakoon: ulfhedinn del poblado de Ragnall Hrolfson

Knut: granjero llegado a Erin desde Noruega

Ivar Cabello Menguante: uno de los principales amigos de Ragnall Hrolfson

Leif Svenson: hijo de Sven Sigurdson, cabecilla de un asentamiento cercano a Veisafjord

Sigurd Brazo de Hierro: hombre de confianza de Leif Svenson

Asbjorn Bersison: joven guerrero de Veisafjord

Atli: timonel del Águila de las Tormentas, barco de Ragnall Hrolfson

Thorgils (o Turgeis):* jarl noruego asentado en Erin

Freydis: hechicera, sanadora y adivina del poblado de Veisafjord

En Spanland:

Álvar Yáñez: guerrero asturiano

Aren Cuchillo Sangriento: guerrero danés embarcado en la primera incursión vikinga en Spanland

Auria: muchacha pamplonesa enviada a Córdoba siendo una niña

Azano: uno de los hombres de confianza de Gatón, conde de El Bierzo.

Bjorn Costado de Hierro:* príncipe danés, hijo de Ragnar Lodbrok, comandante de la segunda expedición vikinga a las costas españolas

Ederra: anciana pamplonesa

Einar Sithricson: escaldo de Bjorn Costado de Hierro

Elvira: asturiana de la partida de Gatón

Eneko: pamplonés, hijo de Ederra

García Íñiguez:* rey de Pamplona, de la dinastía de los Arista

Gatón:* conde de El Bierzo, pariente del rey Ramiro

Gisli Erikson: guerrero danés embarcado en la primera incursión vikinga en Spanland

Gunnar Finboggason:* (no se conoce su nombre real): caudillo de la primera flota vikinga que arriba a las costas españolas

Haesten Alsting:* comandante de la segunda expedición vikinga a las costas españolas

Hakim: prisionero bereber en la ciudad de Oveto

Halfdan Sigurdson: mercader danés

Irdir: tuareg capturado por las tropas de Bjorn Costado de Hierro en su incursión en costas africanas

Lopino: cura asturiano de la partida de Gatón

Munio: muchacho asturiano de la banda guerrera de Gatón

Ottar El Negro: capitán de uno de los navíos de la primera incursión vikinga en Spanland

Pero: muchacho asturiano de la banda guerrera de Gatón

Svein Sithricson: capitán de uno de los navíos de la primera incursión vikinga en Spanland

Thorvald Nariz Partida: guerrero noruego embarcado en la primera incursión vikinga en Spanland

Torfi Haraldson: guerrero noruego embarcado en la primera incursión vikinga en Spanland

Vímara: uno de los hombres de confianza de Gatón, conde de El Bierzo.

Prólogo

PRÓLOGO

Asgard, la morada de los dioses. Allí, los elegidos pueden presentarse tras derramar su sangre en batalla. Solo entonces se adquiere el privilegio de sentarse al lado de Odín, padre de los dioses, en el gran banquete que precederá al momento en que el Ragnarok despliegue sus oscuras alas sobre nuestro mundo, amenazando con sumirlo para siempre en las tinieblas. Y será entonces, en ese mismo momento, cuando la esperanza de los hombres parezca una vana ilusión, cuando las hordas de guerreros llamados por Odín, los einhenjar, perecerán nuevamente, esta vez para siempre, luchando contra los engendros que pueblan las pesadillas de los vivos.

No puede haber instante más dichoso que aquel en que tus ojos se centren en los del lobo salvaje de Loki, Fenrir; cuando, con tus armas firmemente agarradas, te dispongas a vengar la muerte del divino Tuerto. Por la esperanza de llegar a ese momento es por lo que creo que vivimos todos los que hemos nacido en la verdad de los dioses, pero solo unos pocos están predestinados a cumplirlo: quienes nos dedicamos a la guerra.

Ser el hijo de un jarl te asegura una posición privilegiada, para bien y para mal, además de luchas sin fin, desafíos, riquezas y buenos momentos. Momentos compartidos con los tuyos en las bancadas de tu nave, en tu mesa, en el campo de batalla, hasta el mismo instante en que te sobrevenga la muerte. Entonces, los más viejos amigos te despiden con un hasta pronto. Porque el Valhöl está más cerca de quienes viven por y para la guerra, como yo. Eso es lo que siempre había creído cuando vivía entre los míos. Que mis armas, y no las herramientas para labrar la tierra y obtener su fruto, me abrirían el camino hacia Odín, hacia la eternidad. Como si de una llave mágica se tratara, de una llave que solo mi sangre sería capaz de hacer girar en una cerradura oxidada tras las generaciones pasadas en espera de que las bestias de Loki desataran su furia entre los mortales.

Pero el destino es caprichoso, y nunca podemos dar por sentado lo que nos deparará. Porque cuando era un muchacho, no tenía otra perspectiva más que aquella. Sería un guerrero, un gran guerrero, como lo había sido mi padre: Ragnall Hrolfson, conocido como Ragnall Mandíbula de Oso, amado por unos y temido por todos. No tendría, como los demás, que roturar tierras, segar o recoger la cosecha; tan solo impartir justicia y luchar.

Así que, desde muy pequeño, consciente de lo que se esperaba de mí, me entregué con entusiasmo a mi tarea. No resultaba sencillo: mis instructores eran despiadados, como así lo serían mis enemigos, y mis compañeros de armas durante los periodos en que cambiaban sus hoces por las hachas parecían volcar en mí toda su rabia al saberme destinado a mandarlos en un futuro, solo por ser hijo de quien era.

Ellos tampoco lo tenían fácil, sudando y sufriendo cada día en una tierra dura y rodeada de enemigos. Y algunos no dudaban en escupirme su desprecio por llevar una vida más cómoda y regalada que el resto. Especialmente Asbjorn.

Asbjorn. Dos años mayor que yo, fanfarrón y corpulento, con la nariz aplastada fruto de algún mal golpe —no dudo de que bien merecido—, tan hábil con la lanza como con el hacha y tan molesto para mí como un dolor de muelas. Recuerdo la primera vez que llegamos a las manos: «Consentido, lento, torpe», me gritaba entre golpe y golpe. «Muchachito engreído, apestas como el vómito de una cabra enferma», proseguía, jaleado por sus amigos.

Yo aguantaba como podía aquella lluvia de puñetazos e insultos, mientras sus compañeros se reían y trataban de apartarme de Egil, mi hermano menor, que aquella vez había sido el primero de los hijos de Ragnall en ofenderlo. Sin pensarlo, me interpuse entre aquellos matones y el cuerpo aovillado del pequeño Egil. Y soporté lo más dignamente que pude el castigo que mi gesto desencadenó.

Mi padre siempre me había dicho que ser hijo de un jarl no representaba privilegio alguno si no se luchaba por mantenerlo, y aquella tarde me lo repitió una vez más mientras las esclavas de mi casa humedecían gasas con agua y vinagre para lavar la sangre que manaba profusamente de mi labio partido.

—¡Por Frigg! Hrolf, Ragnall, ¿qué ha sucedido? —exclamó mi madre, alterada, en cuanto hubo traspasado la pesada cortina de cuero que separaba la estancia común de las habitaciones privadas donde vivía mi familia.

Me volví para mirarla, y me arrepentí inmediatamente de mi decisión, pues en ese preciso instante una de las esclavas trataba de coserme la herida del labio.

—Mierda —mascullé, ante las carcajadas de mi padre, mientras sentía cómo la sangre me inundaba de nuevo la boca. Un sabor acre y una sensación de calor recorrieron mi paladar. El mismo calor que enardecía furiosamente mi interior. Además de tener que lidiar con que me hubieran apaleado, ahora mi madre me trataba como un crío.

—Hrolf, hijo mío, ¿estás bien?

¿Que si estaba bien? Claro que no: estaba dolorido y lleno de ira. Probablemente, más airado que dolorido. Habría deseado ir a buscar mi hacha para ajustar cuentas con Asbjorn y los suyos; pero no podía. Tal proceder habría acarreado graves consecuencias, por muy hijo de jarl que fuera. Los problemas entre los muchachos de mi edad no se solucionaban así: ya habría tiempo de enfrentarnos en el Holmgang cuando fuéramos adultos, si se daba la ocasión. En ese momento, todos lo veían como cosas de críos, y daba lo mismo cuál fuera la familia del que se había llevado la peor parte.

Mi padre aseguraba que los conflictos me curtirían. Que aquella sana competencia serviría para estimularme a dar lo mejor de mí, a luchar y a fortalecerme por el bien de la comunidad. Cuando fuera adulto y comandara mi propia tripulación, y los condujera a la lucha, bien para defender nuestras tierras, bien para saquear las ajenas, tipos como Asbjorn me resultarían sumamente valiosos, pues empuñarían sus armas contra quienes me injuriaran, o simplemente contra quien yo decidiera. Y a mí no me quedaba más remedio que agachar la cabeza, tragarme la rabia y guardar silencio.

Mi madre reparó entonces en que su retoño más joven, Egil, no estaba allí.

—Hrolf, y tu hermano, ¿también se ha metido en líos? —preguntó, tomando mi mortificada cabeza entre sus manos y besándome el pelo.

—Está bien —respondí escuetamente, sorprendido por lo extraña que sonaba mi voz con el labio roto e inflamado.

—Ragnall, ¿qué ha pasado aquí? —preguntó ella, volviéndose hacia mi padre con los brazos en jarras.

—Nada de lo que preocuparse, Vidgis, al contrario. Hrolf ha defendido al pequeño Egil frente a tres muchachos. Es lo que debe hacer un hermano; un hermano mayor, y un futuro líder. ¡Mi osezno!

El tono de la voz de mi padre rebosaba orgullo. Era su primogénito, y sobre mis hombros depositaba sus esperanzas de que nuestro linaje continuara decidiendo el futuro de los nuestros. Allí, o en otro lugar, pues Ragnall Hrolfson llevaba ya varios veranos embarcándose hacia el oeste en busca de tierras más fértiles y ricas, como muchos de los nuestros.

—Mamá. —La voz infantil de Egil interrumpió la escena.

En unas pocas zancadas llegó hasta mi madre, que lo abrazó. Él se dejó confortar, estrujando nerviosamente la tela de su vestido, esforzándose por contener un sollozo al reparar en el ceño desaprobador de mi padre, que refunfuñaba entre dientes, molesto por la debilidad de su vástago. Pero yo lo entendía; era solo un mocoso, y tenía motivos para sentirse intimidado por Asbjorn, que disfrutaba haciendo sufrir a los que se le antojaban más vulnerables. Yo no era una víctima tan apetecible para él, pues ya llevaba dos años largos siendo instruido en el uso de las armas, y mis hombros se habían fortalecido en el proceso; pero Egil era aún un crío, y no tenía la más mínima posibilidad frente a Asbjorn y sus secuaces.

Mi madre acarició el cabello claro y ensortijado de mi hermano, y le susurró algo al oído con voz calmada. Al otro lado de la estancia, mi padre era incapaz de disimular su enfado. Cuando por fin Egil se separó de ella, la mujer se puso en pie y se dirigió con paso firme hacia mi padre.

—Tienes que hablar con Bersi sobre la conducta de su hijo. Esto no puede volver a suceder; Egil es hijo del jarl, ¡es intolerable!

La protesta de mi padre murió en sus labios ante el enérgico gesto de su esposa. Pero Mandíbula de Oso nada le dijo a Bersi, como tampoco lo había hecho en anteriores ocasiones. Mientras fuéramos críos, sería yo, Hrolf Ragnallson, quien tendría que defender a los míos, hasta que ellos pudieran defenderse por sí mismos.

Capitulo I

I

La primera vez que seguí a mi padre hacia el oeste tenía diecisiete años recién cumplidos, y hacía ya cinco de aquel episodio. Me había preparado a conciencia para aquel momento, y ardía en deseos de demostrar a todo el mundo que sería un digno sucesor de Ragnall Hrolfson.

Atravesamos el mar rugiente en compañía de otros barcos dragón, y no nos detuvimos en la gran isla de Britania, como hacían muchos otros hombres del norte, principalmente daneses. Si hacíamos caso a lo que se contaba de ese lugar, los daneses habrían ocupado ya todo el terreno fértil, esquilmado las riquezas, sacrificado el ganado y disfrutado de las mujeres. No, aquellas no eran las tierras a las que un hombre como Ragnall podía aspirar. Así que, año tras año, se reunía con otros jarl noruegos bajo el mando de un caudillo llamado Thorgils, pasaban de largo la vieja isla romana que los grandes señores daneses habían convertido en su terruño de solaz, y continuaban hasta otra cercana, a la que los nuestros habían comenzado a llamar Erin.

Pasamos aquel verano allí, en aguas ya conocidas por Atli, el timonel de la nave de mi padre, próximas a la isla esmeralda. Así la llamaba en mi mente, maravillado por todas las tonalidades de verde que se desplegaban ante mis ojos desde la costa hasta las montañas del interior. La hierba, los árboles frutales, los setos, los bosques y los cauces de agua limpia y clara que los surcaban componían un mosaico que tenía el poder de hipnotizarme. Simplemente, me enamoré de aquella tierra siempre acariciada por una lluvia pertinaz, como si el agua tampoco pudiera resistirse a tocarla.

Creo que hasta ese momento no me había percatado de cuán pobre era nuestro terruño situado al otro lado del mar. Las tierras de más allá del encajonado valle que desembocaba en el mar, donde se hacinaban nuestras casas, eran agrestes y desagradecidas, y parecían resistirse con terquedad a nuestros intentos por extraer sus frutos. El viento soplaba, helado e inclemente, sobre los peñascos, tanto de noche como de día; y nevaba un invierno tras otro, obligando a las familias a resguardarse durante largas horas frente a las brasas del hogar. Ese era el momento más temido por los ancianos y las madres recientes, pues muchos no sobrevivían a las penurias, y quienes lo hacían, poco tiempo tenían para vanagloriarse de ello hasta que los días volvían a acortarse y el frío arreciaba una jornada tras otra.

Pero en Erin todo era diferente. Las llanuras eran extensas y verdes, la lluvia frecuente y el agua abundante. Las temperaturas, más suaves, permitían a los más débiles mirar hacia el futuro con esperanza. Y creo que ese fue el principal motivo de que al verano siguiente no solo los hombres regresáramos a la isla esmeralda, sino también de que muchas mujeres, niños y ancianos nos siguieran hacia el oeste dispuestos a comenzar una nueva vida.

Así, una pequeña muchedumbre desembarcó en la gran isla para asentarse en el bastión que algunos hombres de mi padre habían defendido desde el verano anterior, uno de los primeros longphort del territorio —como llamábamos a los lugares que proporcionaban abrigo a nuestros barcos en tierra extranjera.

Nos instalamos lo mejor que pudimos en las tierras cercanas a la desembocadura de un río, donde el agua manaba todo el año limpia y clara y la otrora imponente figura de un monasterio parecía observarnos desde la lejanía. Una iglesia que no escapó a las ansias de rapiña de los hombres de mi padre mientras contemplaban la posibilidad de establecerse en los alrededores. Llamamos a aquel lugar Veisafjord, la entrada a las planicies, pues más allá de aquella ensenada comenzaban las extensas praderas que tanto habían llamado mi atención en un primer momento. Había madera en abundancia, lo que nos permitió levantar nuestras casas antes de que llegara el invierno, y estábamos bien aprovisionados de alimentos. Las temperaturas, más suaves, dibujaron sonrisas esperanzadas en los rostros de los más frágiles.

Pero había un factor al que, por mi inexperiencia, no le había concedido la importancia que merecía: la inevitable reacción de aquellos que habían vivido en la isla hasta entonces. Los celtas que se asentaban allí, empezaban a demostrarnos que no estaban tan contentos como nosotros de que nos hubiéramos instalado en sus costas. Quienes vivían hacia el interior, sabían el peligro que corrían al tener a los temibles nórdicos instalados a la puerta de sus casas. Según me contaron los hombres de mi padre, aquello no era así años atrás, cuando las siluetas de los barcos dragón les resultaban desconocidas a los pobladores autóctonos. Pero con el tiempo habían comprendido que aquellas naves eran sinónimo de muerte y rapiña. Hacía al menos una década que hombres como nosotros habían llegado hasta Erin durante sus correrías, y poco más de un año desde que también Thorgils había decidido instalarse en sus costas, aunque más al norte de donde lo habíamos hecho nosotros, en un lugar que comenzó a ser conocido como Dyflin: la bahía negra.

Las luchas con los indígenas fueron constantes en cuanto estos comprendieron que habíamos llegado para quedarnos. Aquella misma primavera, y durante el verano, incluso en otoño. Las casas ardían, el ganado era robado al igual que las mujeres, las zanjas eran derribadas, las mieses quemadas y los cauces de agua envenenados: todo valía con tal de amedrentar al vecino. Aunque poco numerosos, los miembros de aquellas tribus celtas eran temibles en el campo de batalla.

Solo cuando otros norteños como nosotros decidieron instalarse en las cercanías, la presión remitió ligeramente. Ya no tenían que vérselas con poco más de dos centenares de hombres y mujeres, sino que el número se multiplicó, así como los núcleos de población. Noruegos de diferentes lugares, e incluso unos pocos daneses, hicimos causa común para mantener a los habitantes originarios de Erin en el interior, alejándolos de la costa, de manera que los asentamientos pudieron prosperar, y la vida de quienes allí residían comenzó a parecerse a lo que Ragnall había deseado para los suyos.

Veisafjord creció con rapidez. La tierra daba sus frutos, y los saqueos periódicos que perpetrábamos en los monasterios de los alrededores nos surtían de riquezas. Mi madre, mis hermanos y algunos parientes lejanos se reunieron con nosotros, mientras que mi tío Knut decidió permanecer en Noruega. Fue un acuerdo extraño, pues entre los nuestros es el primogénito quien recibe las propiedades cuando el cabeza de familia muere, mientras los demás hijos de un jarl que posean cierta ambición abandonan el hogar de sus padres para buscar fortuna en otra región, o bien deciden permanecer en el lugar donde nacieron, asumiendo que siempre estarán a la sombra del nuevo señor; ahora bien, este es un arreglo que no suele ser muy del gusto de ninguna de las partes interesadas. Sin embargo, en esta ocasión fue mi padre, el primogénito, quien decidió partir, renunciando a la tierra de sus ancestros para perseguir una oportunidad que se le antojaba más provechosa; y, de esa manera, fue Knut el que permaneció en Noruega, rigiendo el destino de quienes no habían querido atravesar el océano con nosotros.

Echaba de menos a mis primos, a Bergi y a Alfdis, de edades similares a la de Egil y la mía. Para entonces, la pequeña Alfdis estaría cerca de ser desposada, y tendría que dejar de ser aquella divertida mocosa que siempre conseguía ser el centro de atención de cualquier celebración para pasar a ocuparse de su propia casa. Pensé en ellos, y decidí que yo nunca abandonaría Erin. Me gustaba aquella tierra, y la sentía mía: allí había derramado mi primera sangre enfrentándome a los guerreros celtas, y aunque pueda parecer una estupidez, eso había servido para convencerme de que aquella era mi tierra. Como si yo mismo me hubiera convertido en parte de la isla esmeralda, como si la sangre que corría por mis venas fuera verde, en lugar de roja. Así que, si Egil no deseaba estar a mi sombra el resto de su vida, sería él quien tendría que embarcarse en busca de un nuevo hogar, si es que la muerte no me llevaba antes. Si finalmente decidía hacerlo, me apenaría pues quería a mi hermano; pero nunca me opondría si era lo que él ansiaba. No en vano ambos éramos hijos de un jarl, ambos teníamos derecho a decidir sobre nuestro destino, y, muy a menudo, sobre el de los demás.

El segundo invierno en Erin fue mucho más duro que el anterior, pero no a causa del clima. Ragnall Mandíbula de Oso resultó herido en una de las múltiples escaramuzas contra nuestros vecinos. Al principio no le dimos importancia: creíamos que no había sido más que un rasguño, y que en breve volvería a caminar como hasta entonces. Pero lo cierto era que habían pasado tres lunas desde aquello y aún precisaba de un bastón para ayudarse a caminar.

Pasaba la mayor parte del tiempo en el interior de nuestro hogar, bebiendo hidromiel y comiendo, mientras hombres y mujeres se hacinaban en la estancia dispuestos a dejarse agasajar por la generosidad de su jarl.

Aquello me preocupaba. Acabábamos de celebrar la festividad de Yule, el inicio del invierno, y, aunque mi padre no lo dijera, su angustia era cada vez más evidente a mis ojos. Su mirada, habitualmente fiera, se había vuelto esquiva. Le temblaban los dedos, aunque yo quería pensar que aquello era debido a la gran cantidad de cerveza e hidromiel que había ingerido los últimos días, durante los cuales oramos a los dioses y sacrificamos animales en su honor.

Pero salvo por la cojera persistente de mi padre, fueron días de bonanza: todos estábamos convencidos de que una copiosa cosecha granaría en nuestros campos las próximas lunas. Daríamos gracias a nuestros dioses por ello, y por mantener las plagas y las enfermedades alejadas de nuestra comunidad, permitiendo que esta floreciera como todos deseábamos. Los días eran tranquilos, y las noches, agradables. Todo parecía sonreírnos; incluso las disputas con Asbjorn y los suyos parecían haber quedado olvidadas, aunque a la mínima oportunidad seguíamos compitiendo en el campo de entrenamiento. Sin embargo, los ojos de Ragnall Mandíbula de Oso reflejaban un profundo pesar, por mucho que profiriera estruendosas carcajadas cuando compartía la velada con los suyos. Risas vacías, con tufo a alcohol, lanzadas al aire para que todos creyeran que su señor seguía siendo el mismo de siempre. Pero yo era su hijo, y a mí no me engañaba.

Aquella noche no pude dormir bien. Harto de dar vueltas, me levanté de mi catre cuando aún no había amanecido. Salí de debajo de las gruesas pieles y abandoné la casa, dispuesto a evitar la nutrida corte de curiosos y pedigüeños que en poco tiempo llenarían la gran sala. Me arrebujé en mi capa y caminé hacia la playa donde se hacinaban los barcos: dos drakkar y varios knarr de transporte, además de unas pocas barcas de pesca que habíamos construido en el propio asentamiento.

Miré hacia el punto por el que pronto asomaría el sol. Allí debía de estar Britania, y todavía más allá, Valland, como aseguraba Atli, el timonel. Me senté sobre las piedras de la orilla y dejé vagar la mirada en sentido contrario, tierra adentro, hacia donde se alzaba nuestro poblado. Había ya más de una cincuentena de edificaciones, entre las que destacaba mi propia casa. De un tamaño considerable, la habíamos construido a imagen y semejanza de la que poseíamos en Noruega. Los maderos empleados para levantarla eran firmes y estaban bien trabajados, y la paja del techo, tupida y dorada. A la entrada destacaba un hogar enorme, que dejábamos de alimentar en verano, no como en Noruega, donde habría ardido cada día del año. Tras aquella sala, en la que mi padre recibía a los visitantes y ofrecía los banquetes, estaban dispuestas las estancias privadas de la familia: la guarida de un jarl.

El resto de las edificaciones del lugar eran más modestas, de mayor o menor tamaño según la riqueza o las pretensiones de su dueño. Por aquel entonces, el núcleo estaba muy concentrado, pues aún no había llegado el momento de tentar a la suerte —y a los nativos— y asentarse en las afueras de la irregular cerca de madera que habíamos levantado nada más llegar. Así que, tanto los vallados para el ganado como algunas de las parcelas de labor, también hallaban acomodo en el interior de la empalizada. Sin embargo, la mayoría de los sembrados estaban fuera, más allá del antiguo bastión de madera y tierra que Bersi, el padre de Asbjorn, había defendido hasta nuestra llegada.

—¿Hrolf? —Oí que alguien me llamaba.

Al volverme reconocí enseguida a Egil, al que saludé esbozando una sonrisa. Por entonces, mi hermano, a sus quince años, ya se había convertido en un muchacho alto y bien parecido. Tan rubio como nuestra madre, y de mirada cristalina. Yo, en cambio, tenía el cabello y los ojos de nuestro padre, de color castaño, y una barba más rojiza que marrón, a semejanza de la del dios del Trueno. Egil seguía teniendo un aspecto frágil, aunque él albergaba la esperanza de que solo se debiera a que su cuerpo aún no se había desarrollado lo suficiente. Yo, en cambio, a mis dieciocho años, era grande como lo había sido mi abuelo, Hrolf Einarson; o, al menos, eso aseguraba mi padre. Además, ya lucía mis primeras cicatrices ganadas en combate, y las mostraba con orgullo siempre que tenía ocasión. Sabía usar el escudo y la lanza con soltura, pero también sabía escuchar, la mayor virtud que, según decía mi madre, distinguía a su padre, Eidur Olafson.

Mi sonrisa se ensanchó en cuanto vi que tras él se encontraba Astrid, la hija de Snorri Bolsa de Oro, uno de los hombres más acaudalados de entre los que habían seguido a nuestro padre en aquella aventura. Era uno de los comerciantes más influyentes en nuestro poblado de origen, y allí, en Erin, había logrado establecer en poco tiempo una admirable red de contactos que le garantizaban seguir manteniendo una posición preeminente en nuestra comunidad. Su hija tenía la edad de mi hermano, y ambos congeniamos con ella desde el primer momento. Era divertida, ágil y decidida, capaz de pelear casi como un muchacho; y aunque tenía un cuerpo delgado y nervudo, hacía poco que había comenzado a desarrollar unas curvas que me ponían más nervioso de lo que deseaba reconocer.

—Buenos días, muchachos —los saludé, haciéndoles una seña para que se me acercaran.

Ambos avanzaron sonrientes. Yo era el hermano mayor, el protector; y me agradaba pensar que también podía hacer extensivo aquel papel a la muchacha. Aunque lo cierto era que poca protección requería, siendo tan salvaje como era.

—¿Qué haces aquí tan temprano? —inquirió ella con sorna—. ¿Acaso estás pensando en echarles una mano a Grimm y a los suyos?

Miré mar adentro, en dirección adonde se encontraban Grimm y otros pescadores del poblado. Eran en su mayoría tipos duros, de pocas palabras, que impulsaban sus barcos hasta el agua tan temprano que cuando regresaban al poblado todavía eran muchos los que dormían. Luego, en la misma zona en la que descansábamos en ese momento, solían extender las ramas con las que ahumarían buena parte de las capturas a fin de conservarlas durante más tiempo, cuando no las colgaban directamente de los travesaños de algunas de las edificaciones para que el viento se encargara de secarlas.

—Me temo que no tengo la paciencia necesaria como para ayudar a Grimm —argüí, recordando que, años atrás, el pescador intentó explicarme cómo capturaban sus presas en el mar. Anzuelos en el océano, redes en el interior; puede que le hubiera echado una mano con la segunda opción, pero, lo que era la primera, no me atraía en absoluto: más fácil sería verme usando la aguja y la rueca con mi madre.

Egil me dio una palmada en el hombro.

—En Noruega no se te habría ocurrido salir de debajo de las pieles a una hora tan temprana, o se te habría congelado hasta la verga.

Astrid se rio aún más fuerte que yo.

—Por eso me gusta estar aquí, donde la verga jamás se congela. —Egil asintió a mis palabras, y Astrid me miró con curiosidad—. Esta es una buena tierra, y debemos luchar por ella —proclamé, acariciándome de forma inconsciente la cicatriz blanquecina que recorría la cara anterior de mi brazo.

—¿Ves, Astrid? Lo que yo te decía. Mi hermano está enamorado.

—¿Enamorado? —exclamé sorprendido.

—¡Enamorado de Erin! —remató Egil con una carcajada.

—Pues me parece que no podrá casarse con ella —se burló Astrid—. Tiene muchos pretendientes.

—No sé de qué me estáis hablando; pero lo que sí que tengo claro es que sois unos críos maleducados, y que no deberíais mostrarles semejante falta de respeto a vuestros mayores —protesté, enarcando una ceja.

—¿No te ha dicho nada mamá?

—¿A qué te refieres, mocoso?

—Anoche, durante el banquete, no dejaba de mirarte mientras hablaba con los hersir de los asentamientos vecinos. Ya eres lo bastante mayor, hermanito, y gozas de demasiada influencia como para pasarte las mañanas mirando estúpidamente el mar... Creo que madre piensa que ha llegado la hora de que sientes la cabeza. Sigue pensando que la hija de Sven Sigurdson es un buen partido...

Lo miré de arriba abajo, frunciendo el ceño, pero lo cierto era que tenía razón. A mis dieciocho años, hacía tiempo que debería haberse arreglado mi casamiento. Sin embargo, mi padre, tras recibir la herida que amargaba sus días, parecía haberse olvidado de insistir al respecto. Y yo tampoco tenía prisa: nada me interesaba más allá de ganar fama en el combate.

El verano anterior habíamos concertado reuniones con algunos de nuestros vecinos, como el tal Sven Sigurdson, pues establecer una alianza con ellos para defendernos de los celtas, así como de otros hombres del norte que pretendieran asentarse en nuestra nueva tierra, desplazándonos, era a priori la opción más inteligente. Pero desde la desgraciada escaramuza en la que Mandíbula de Oso resultó herido, aquellos contactos habían cesado.

Sentía las pupilas de Astrid clavadas en mí mientras rumiaba mi respuesta. Tenía unos ojos enormes, grises como el mar en invierno, y el cabello tan rubio como el de mi propio hermano. Al devolverle la mirada, perdí el hilo de mis pensamientos. Tragué saliva y volví a estudiar con atención los barcos de pesca.

Me sorprendí envidiando a mi hermano. Desde que habíamos llegado a Erin, Astrid apenas se separaba de él. Parecían hechos el uno para el otro, aunque, por lo que yo sabía, no había ocurrido nada entre ambos, por mucho que Egil la observara con adoración cuando pensaba que nadie se daría cuenta de ello. Reconozco que también a mí me había sorprendido e impresionado su paso de niña a mujer. Nuestra compañera de juegos en Noruega de repente era una muchacha bien parecida, con un precioso cuerpo que hacía arder mis mejillas. Pero si alguien se arriesgaba a decírselo, estaba convencido de que le haría tragarse sus palabras, a golpes. En fin... Si pretendían burlarse de mí, yo también sabía soltar pullas.

—Tú tampoco eres ya un chiquillo, Egil; y tú, Astrid, tampoco eres tan fea, y ya tienes una edad.

Las risas de mi hermano se mezclaron enseguida con el sonido de los golpes que no tardó en propinarme Astrid. La chica se puso en pie de un salto y se abalanzó sobre mí, obligándome a ponerme a cubierto de su ira. Ya he dicho que era una muchacha fuerte: Astrid Puño de Hierro, la llamábamos cuando queríamos hacerla rabiar.

Todavía me estaba protegiendo la cabeza con los brazos, cuando me pareció escuchar otra voz femenina. Era una de las esclavas de nuestro hogar, que llamaba a mi hermano. El acoso de Astrid disminuyó, avergonzada de que alguien la hubiera visto en aquella situación. Resoplando, alisó la tela de su vestido y me lanzó una mirada que me hizo temer que mi castigo proseguiría en cuanto la esclava nos perdiera de vista.

—¿Qué ocurre? —gruñó Egil.

—Tu madre te llama. Necesita que acompañes a Jora a buscar más hierbas para el cocimiento.

Él refunfuñó, molesto por tener que hacer otra vez de niñera de nuestra hermana pequeña. Pero no le quedó más remedio que ponerse en pie y seguirla tras encogerse de hombros y dedicarnos una mirada divertida. Los ojos de Astrid lo acompañaron mientras se alejaba, y yo aproveché que estaba distraída para volver la situación a mi favor. La sujeté por los hombros, y con un rápido impulso la tumbé a mi lado. Me coloqué encima, aprisionando sus muñecas, y sonreí con suficiencia, hasta que me di cuenta de que su pecho subía y bajaba intensamente, y que su mirada parecía la de un animal acorralado. No se la veía muy divertida; quizá mis palabras la hubieran molestado más de lo que yo esperaba.

—Suéltame, Hrolf —me ordenó con sequedad.

Obedecí de inmediato, y no pude evitar pasarme la mano por las costillas, allí donde su puño de hierro se había cebado conmigo.

—¿De verdad crees que soy fea? —preguntó, para mi sorpresa.

Olvidé por un instante la molestia persistente en mi costado, y la observé detenidamente. ¿Fea? En absoluto, más bien todo lo contrario. Era lo más parecido a la hermosa Freya, la más bella de las diosas; tez muy clara, ojos enormes y pómulos muy marcados, piernas largas, larguísimas, esbeltas y firmes.

—No, no lo creo —musité, encogiéndome de hombros.

—¿Y qué crees, entonces?

Abrí y cerré la boca sin emitir sonido alguno. ¿Cuál era la respuesta adecuada para aquella situación? ¿Continuar bromeando? No deseaba que se enfadara, pero tampoco sabía si resultaría conveniente ser sincero, aunque algo me decía que no. Deseé que las palabras se me hubieran dado mejor, porque si aquello seguía siendo una pelea, con esas armas, sin duda, ella tendría las de ganar.

—Creo que eres... —Me pasé la lengua por los labios resecos antes de continuar—. Creo que eres hermosa, y que tu futuro marido será muy afortunado.

—Pues yo creo que eres un estúpido —farfulló ella, acabando con mis esperanzas de haber conseguido decir algo adecuado. Apretaba los puños y estaba demasiado cerca de mí como para permitirme pensar con claridad.

—¿Hay alguien con quien tú...? —intenté indagar. Pensé en Egil, y de nuevo esa desagradable sensación demasiado parecida a los celos atenazó mi estómago.

—En realidad, no pierdo la esperanza de que el hombre al que amo se fije en mí algún día —suspiró ella, bajando sus ojos grises—. Pero no veo cómo decírselo.

No supe qué contestar, así que me limité a dejarme llevar por el súbito impulso de acariciar suavemente su mejilla. Ella volvió a alzar la mirada, se acercó despacio, y me besó.

Durante un tiempo fui realmente feliz. Un tiempo que, ilusoriamente, creí que sería eterno.

Yo era el hijo de un jarl, y esa circunstancia siempre había estado muy presente en mi vida, desde que era un crío. Todo cuanto hacía tenía por objeto agradar a mi padre para que se me considerara digno de mi rango, para demostrar mi valía. No tenía tiempo para nada más. Guerreaba, honraba a los dioses y protegía a mi familia de quien quisiera hacerle daño. Nada más importaba, hasta que Astrid apareció en mi vida.

Astrid era divertida, cariñosa cuando las circunstancias lo requerían, y tan bella a mis ojos como imaginaba que debían de serlo las mismísimas valquirias. Aunque habíamos decidido mantener nuestra relación en secreto, cada vez me costaba más disimular mis sentimientos hacia ella. Mientras tanto, mi padre no parecía dispuesto a tomar decisión alguna acerca de mi futuro compromiso; y yo estaba cada vez más nervioso al respecto, a medida que mi amor por Astrid crecía sin cesar.

Otra cuestión que me intranquilizaba era la necesidad de ocultárselo también a Egil. Estaba convencido de que mi hermano sentía algo por ella, y además no podía dejar de recordar que yo mismo había creído que formarían una buena pareja. Agobiado por semejante dilema, decidí compartir mis preocupaciones con Astrid.

La busqué, hasta que di con ella en uno de los almacenes, donde estaba ayudando a unas mujeres a preparar la carne para su conservación, sumergiendo las piezas en un barreño repleto de leche agria que impregnaba la estancia con su peculiar olor. Me quedé en la puerta, charlando con uno de los hombres, hasta que todos se retiraron dispuestos a tomarse un descanso. Ella remoloneó hasta quedarse rezagada, y cuando estuvimos a solas me hizo un guiño para que me acercara. Traspasé el umbral, y me lanzó una mirada escrutadora cuando carraspeé reclamando su atención en vez de abalanzarme sobre ella a besarla, como solía hacer.

—¿Qué ocurre, Hrolf? —inquirió.

—¿Ocurrir? Nada. ¿Por qué? —Alzó una ceja, recelosa. Respiré profundamente. O yo era demasiado transparente, o ella demasiado lista—. Sucede que he estado... pensando.

—Vaya, pues sí que debe de ser grave —bromeó ella. Se secó las manos con un trapo y dio un paso hacia mí, esperando que la tomara entre mis brazos y aprovecháramos aquella intimidad. Al ver que no lo hacía, me miró con extrañeza—. Yo pienso todos los días, Hrolf; no me parece algo tan especial. Así que supongo que te refieres a que hay algo que te preocupa, o algo que quieres decirme. ¿Es eso?

Miré hacia la puerta entornada. Escuchaba cómo las mujeres reían, pero por el sonido parecía que estaban bastante lejos. Asentí, buscando las palabras.

—Es algo difícil de explicar. He pensado que antes de... bueno, antes de esto, antes de nosotros, quizá tú sentías algo por Egil, y la situación se me hace extraña. Como si le estuviera arrebatando algo a mi hermano.

Astrid me estampó el paño en la cara, provocando que una lluvia de leche agria manchara la mesa e incluso salpicara la pared.

—¿Algo? ¿Eso es lo que soy para ti, Hrolf Ragnallson? No eres mi dueño; eso ya deberías de tenerlo muy claro.

—No me he explicado bien. Me refiero a que Egil y tú...

—Claro que sentía algo por Egil, y aún lo siento —me interrumpió, haciendo que mi corazón se detuviera por un instante—. Siento el cariño que se puede profesar a un amigo, casi un hermano. Pero no lo amo como a ti. Lo que siento por ti es muy diferente, aunque en ocasiones te comportes como un estúpido.

A medida que terminaba la frase, sus labios se fueron curvando hasta formar una sonrisa. Escurrí el paño y se lo lancé, pero lo atrapó en el aire, sin que llegara a impactar en su cuerpo.

—Ya, lo que pasa es que a veces me siento culpable por ocultarle lo nuestro —rezongué.

Astrid depositó el trapo sobre la mesa en el mismo instante en que las voces de las mujeres nos avisaban de que se disponían a regresar a sus quehaceres. Se me acercó más y me habló al oído:

—No pienses tanto, Hrolf. Limitémonos a disfrutar de este momento, pues no sabemos qué nos tienen reservado las Nornas para el día de mañana. Hoy soy feliz a tu lado, y pretendo serlo todo el tiempo que podamos. Y no quiero pensar demasiado, porque si lo hago quizá el temor de perderte no me permita apreciar lo que estamos viviendo. Así que simplemente vivamos, Hrolf. Gocemos de lo que tenemos sin pensar más allá.

Tuve que darme la vuelta y marcharme sin más, pues las voces se oían ya muy cerca. Vivir sin pensar; supuse que sería capaz de lograrlo.

Los celtas del interior no nos dieron respiro durante los siguientes meses. Los que vivían allí eran hombres testarudos, no les importaba ser derrotados una y otra vez en pequeñas escaramuzas: siempre volvían a intentarlo al cabo de unos días. Eran conscientes de que ellos eran muchos más, mientras que para nosotros cada hombre que perdíamos era insustituible. Por ese motivo fueron enviados nuevos emisarios a Noruega ofreciendo tierras a quienes se embarcasen rumbo al oeste.

Pero cuando llegó el invierno, junto con las naves, también arribaron las temidas fiebres. Recuerdo ver a una de las mujeres que llegaban desde el norte bajar del barco sobre unas parihuelas, con el rostro demacrado y la piel enrojecida, balanceando sus esqueléticos brazos a un lado y a otro con cada paso que daban los porteadores. Al cabo de unos días, otros enfermaron también: algunos recién llegados, pero también los que ya estábamos asentados en el poblado. Las fiebres se extendieron como lo haría un fuego en un granero. Mi hermana pequeña, Jora, también enfermó. Mi madre veló su sueño día y noche, hasta que el color poco a poco fue regresando a las mejillas de la niña. Recuerdo la preocupación que se cernió sobre mi hogar, el silencio. Pero no solo entre las paredes de mi casa: no hubo familia en todo el poblado que fuera ajena a la visita de aquel mal que terminó por cobrarse la vida de docenas de vecinos.

Tampoco la casa de Snorri se libró de sufrir aquella lacra. La primera en enfermar fue Finna, la hermana de Astrid. Poco después, fue la propia Astrid la que comenzó a arder de fiebre. Como estaba confinada en su casa, no pude verla durante días; sabía por su madre que apenas comía, que se pasaba las jornadas sumida en un duermevela intranquilo, delirando palabras sin sentido. A pesar de su preocupación, me sonrió con calidez al relatarme que, a veces, era mi propio nombre el que escapaba de sus agrietados labios.

Pensaba en ella a todas horas. Mientras observaba cómo poco a poco la pequeña Jora comenzaba a ingerir el caldo que le daban las esclavas, mientras me ejercitaba en el uso de las armas, cuando al caer la noche trataba de conciliar el sueño. No sabemos lo que el destino nos tiene reservado, me había dicho ella. Y yo no dejaba de dar vueltas a aquella frase.

El mundo que conocemos, pero también el que no somos capaces de ver, ni tan siquiera de entender en muchas ocasiones, tiene forma de árbol. Es el Yggdrasil, o árbol de la vida; en este, en su copa, se encuentra la morada de los dioses: Asgard; en su tronco, sobre el cadáver del gigante Ymir, Odín y sus hermanos levantaron nuestro mundo, Midgard, el mundo de los hombres; pero era en la base de aquel árbol, en lo que ocurriría en el mundo que se encontraba en sus raíces, en lo que yo pensaba día y noche durante las jornadas en las que las fiebres devoraban las fuerzas de mi amada. Allí, además del reino de las tinieblas, Niflheim, donde el dragón Nidhogg roe las raíces del gran fresno, se encuentran las Hilanderas, las Nornas; espíritus femeninos que tejen con nuestros hilos vitales lo que nos depara el futuro a cada uno de nosotros: la gloria, el fracaso o la muerte. Lo que nos ocurre en la vida es el reflejo de lo que allí se muestra, y no hay manera de escapar a lo que ellas disponen. No podía evitar pensar que el día menos pensado las Hilanderas quizá decidieran cortar los hilos de la hermosa Astrid. Por eso oré a mis dioses, le supliqué a Frigg, esposa de Odín, reina de los dioses, que velara por ella, y también a Freya, diosa del amor. A tal fin, durante aquellas jornadas añadí un nuevo tatuaje a los que ya lucía: dejé que Ivar, viejo amigo de mi padre, garabateara con tinta verde oscuro un nuevo dibujo sobre mi cuerpo, esta vez en el cuello, allí donde terminaba mi barba. Se trataba de un vegvisir, el símbolo que usaban los navegantes para regresar siempre a puerto. Con aquellos trazos quería representar una señal para Astrid, ofrecerle la guía necesaria para alejarla de la fría caricia de la muerte y hacerla regresar nuevamente entre nosotros.

Así me encontró Egil, orando a la orilla del mar. Apareció arrastrando los pies, con el rostro serio y las manos crispadas. Se sentó junto a mí, sobre las rocas, contemplando como un barco mercante proveniente de las tierras al norte de Erin, donde Thorgils se había hecho fuerte, se alejaba de la costa. Permanecimos un rato en silencio, hasta que fue su voz la que lo rompió.

—¿Y si se muere?

—¿Qué? —le pregunté, sorprendido.

—Astrid. Si se muere, yo...

—No se va a morir —repliqué, tratando de aparentar una seguridad que no sentía. La mayoría de los fallecidos eran niños o ancianos; ella era una mujer joven y fuerte.

—Pero... ¿y si muere? Tengo miedo, Hrolf. Si no se recupera, creo que una parte de mí morirá con ella —susurró con voz temblorosa.

—No morirá —repetí, obcecado—. Jora y Finna han salido adelante, y Astrid también lo hará. En pocos días, esto solo será un mal recuerdo.

Egil extendió su mano derecha, cogió un guijarro y lo lanzó hacia el mar. Rebotó cuatro veces sobre la superficie antes de hundirse. Sin más palabras, se puso en pie y regresó hacia la casa. Suspiré; ¿acaso él también la amaba? Sacudí la cabeza. Él era demasiado joven como para saber qué era el amor; si sentía algo, sería un capricho, algo pasajero. A esa edad todo se vive intensamente, pero no tarda en olvidarse a la postre. Yo, en cambio, ya era un hombre. Hacía dos años que guerreaba junto a los demás, y estaba seguro de mi amor por Astrid. Meses antes no lo habría imaginado, pero en ese momento no albergaba dudas.

—¿Qué haces ahí en lugar de estar en el vallado, Hrolf?

Me giré al reconocer la voz de Hakoon, el ulfhedinn, el guerrero lobo.

—Enseguida voy —contesté, poniéndome en pie.

—Esos imberbes estúpidos no aprenderán a usar un arma si no les enseñamos.

Se refería a los muchachos como Egil, e incluso más pequeños. Para entonces yo me había unido a aquellos guerreros que los instruían. Una labor que, aunque menos interesante que combatir contra las bandas de celtas que se adentraban en nuestro territorio, al menos nos servía para mantenernos prestos para el combate. Pero en ese momento lo que menos me apetecía era enfrentarme a mi hermano en la lucha.

—Iré en un momento, Hakoon. Empezad sin mí.

Capitulo II

II

Cuatro días más tarde las fiebres de Astrid comenzaron a remitir, y una semana después por fin pude reunirme con ella. La abracé con fuerza, enterrando la nariz en su cabello, y ella me besó y se rio de mí. Todavía estaba algo débil, pero su lengua permanecía tan afilada como siempre.

No le di más vueltas a mi conversación con Egil, ni le mencioné nada a Astrid. Seguimos viviendo como si nada hubiera pasado, concentrados en aprovechar el momento, como ella había dicho. Hasta que, a finales de ese otoño, cuando regresábamos desde el bosque cercano al vallado con las cestas cargadas de setas, Egil nos descubrió.

Yo había acudido allí temprano, junto con algunos hombres; no dejábamos que las mujeres se adentraran solas en la espesura, pues nunca sabíamos si podía haber celtas en las proximidades. A aquellas horas casi todas habían regresado ya al poblado, pero Astrid había ralentizado el paso, haciéndose la remolona, hasta que solo quedamos ella y yo.

Me dirigí con presteza hacia donde estaba, mirando por encima de mi hombro para asegurarme de que nadie nos viera. La atrapé, juguetón, y la empujé con mi cuerpo para hacerla caer sobre un grueso manto de hojas secas. Farfulló una protesta cuando la cesta que sostenía acabó en el suelo, esparciendo parte de su contenido, pero la acallé con un beso; ya lo recogeríamos todo después. Mis manos se colaron bajo su vestido, buscando provocar otro tipo de quejidos mucho más dulces a mis oídos. Nos entretuvimos un buen rato, demostrándonos nuestro amor entre los arbustos, hasta que un súbito ruido hizo que me tensara.

Una silueta inmóvil destacaba en el sendero. Eché mano a mi sax, temiendo que se tratara de un enemigo, pero su actitud no parecía especialmente amenazante. Acomodé mis ropas antes de levantarme, manteniendo a Astrid detrás de mí; quizá fuera uno de los hombres de la partida, que había retrocedido en busca de la chica, pensé. Sin embargo, lejos de identificarse, permaneció en silencio, observándonos desde la distancia.

Tuve que acercarme unos pasos, cegado por el contraluz, antes de reconocer a Egil.

—¡Hermano! ¿Qué...? —comencé a decir, inseguro, preocupado al ver un destello de rabia en sus ojos.

No me dejó continuar; se dio media vuelta, y corrió en sentido contrario. Le hice una seña a Astrid para que regresara al poblado sin entretenerse, y fui tras él. Vi su figura menuda emerger del bosque y dirigirse a la carrera hacia el portalón del vallado, junto a lo que habíamos terminado por llamar la fortaleza de Bersi. Obcecado como estaba, no reparó en que Asbjorn, seguido por otros guerreros más jóvenes, salía en aquel preciso instante. Mi hermano chocó de frente con aquel muro de carne y cayó al suelo, provocando el enojo del hijo de Bersi y las risas de sus compañeros.

Aumenté cuanto pude el ritmo de mi carrera para situarme al lado de mi hermano, que trataba de ponerse en pie, sacudiéndose las briznas de hierba que se habían adherido a la tela de su calzón. Asbjorn lo observaba con los brazos cruzados sobre su pecho.

—Mira por dónde vas, Egil Ragnallson —le recriminó con brusquedad—. O pronto tendremos que comenzar a llamarte Egil Nariz Partida —una sonrisa cruel asomó en su mirada—, en vez de Egil Rostro de Doncella.

Mi hermano apretó los puños, herido por sus burlas. Apoyé mi mano en su hombro para apartarlo con suavidad, y me encaré al cabecilla de aquella partida.

—Trata con el debido respeto a mi hermano, Asbjorn, o yo tendré que enseñarte a hacerlo.

Egil luchó por desembarazarse de mi brazo, pero yo lo retuve con fuerza. Aunque la culpa fuera suya, por estamparse contra el hijo de Bersir, no podíamos admitir que lo tratara de aquel modo.

—Vaya, Hrolf Ragnallson, la valiente aya de su hermano. ¿Acaso eres tú quien lo amamantó? Y, por lo que veo, no lo has destetado todavía. ¿O quizá lo subestimas? ¿No es Egil un hombre, como lo soy yo, o lo eres tú?

Egil se zafó de mi mano, enfurecido por sus burlas. Estoy seguro de que la mirada de odio que nos dedicó a ambos me dolió mucho más a mí que a nuestro enemigo común.

—Sé que, si sigues faltándole al respeto, no tardará en llegar el día en que te lo demuestre —le aseguré.

Egil no se detuvo al oírme; pasó entre ambos, golpeándonos a los dos en su carrera. Asbjorn hizo amago de soltar el puño, pero mi mirada lo disuadió. Sin embargo, aquello no bastó para que renunciara a tener la última palabra.

—Cuida mejor de tu hermano, Hrolf, o terminará por meterse en un problema demasiado pesado para su débil espalda. La familia es lo que importa, Ragnallson —aseveró, antes de hacerles una seña a los que lo seguían y continuar su camino hacia la campiña.

Me quedé un rato allí solo, pensando en lo que acababa de suceder. Miré hacia la torre, donde un vigía oteaba los alrededores, dispuesto a dar la voz de alarma si intuía problemas, y luego hacia la puerta del vallado, por donde había desaparecido Egil poco antes.

Siempre había intentado hacer lo que se esperaba de mí. Mi padre no tenía queja al respecto, o eso creía; siempre me había volcado en ser digno de su nombre, en hacer lo correcto. Honraba a los dioses, a mi familia y a mi pueblo; y protegía a mis hermanos de lo que hiciera falta, como correspondía al primogénito. Acaricié la cicatriz de mi labio, recordando el episodio que la había causado años atrás. Asbjorn tenía razón: Egil ya casi era un hombre, y no podía seguir tratándolo como a un niño. ¿Cómo proceder, entonces? ¿Cómo respaldarlo sin avergonzarlo? ¿Cómo saber cuándo debía actuar, y cuándo dejar que resolviera él sus propios problemas?

Antes, todo era más sencillo. Sonreí al recordar los problemas que me había causado cuando era solo un crío, y entraba en la choza de la völva, la hechicera Fr

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