Un caballero de Venecia
Se despidió de los gondoleros en Mestre, donde el disoluto fraile, Balbi, por poco lo puso en manos de la policía, ya que tuvo que buscarlo durante largos minutos cuando la diligencia se disponía a partir. Al final lo encontró en un café. Totalmente despreocupado, el fraile estaba tomando una taza de chocolate caliente mientras le hacía la corte a una de las mozas. En Treviso se le acabó el dinero. Se escaparon por la puerta de Santo Tomás hacia la vega, caminaron junto a las huertas y los bosques, y ya en la madrugada llegaron a la altura de las primeras casas de Valdepiadene. Allí sacó su puñal, amenazó a su incómodo compañero de andanzas, fijaron una cita en Bolzano y se separaron. El padre Balbi se marchó malhumorado entre los troncos desnudos de los olivos; era flaco y desaseado, y avanzaba indeciso, mirando una y otra vez hacia atrás con sus ojos taimados y sombríos, como un perro sarnoso ahuyentado por su amo.
Cuando el fraile por fin hubo desaparecido, él entró en la población y con su instinto ciego y seguro solicitó alojarse en la casa del capitán de los esbirros. Lo recibió una mujer pacífica, la esposa del oficial, que le sirvió la cena y le limpió las heridas —tenía sangre coagulada en las rodillas y los tobillos, que se había arañado en su fuga, al saltar desde el tejado de placas de plomo—. Antes de quedarse dormido, se enteró por la propia mujer de que el capitán se encontraba fuera, y de que lo estaba buscando a él, el fugitivo. Esa misma madrugada se marchó y prosiguió su camino. La noche siguiente durmió en Pergine, y al tercer día llegó a Bolzano, ya en coche, porque le había sacado seis monedas de oro a un conocido suyo mediante chantaje.
Balbi lo estaba esperando. Él alquiló unas habitaciones en la Posada del Ciervo. No llevaba equipaje e iba vestido con andrajos, con su elegante frac de seda colorada reducido a jirones y sin prenda de abrigo alguna. Por las estrechas calles de Bolzano soplaba el viento furioso de noviembre. El posadero examinó a los harapientos huéspedes con asombro.
—¿Las mejores habitaciones? —preguntó desconcertado.
—¡Las mejores habitaciones! —respondió él en voz baja pero firme—. ¡Y cuida la cocina! Aquí, en vuestro pueblo, cocinan con grasa rancia en vez de emplear aceite. ¡Desde que he dejado el territorio de la República, no he comido un solo plato decente en ningún sitio! Manda que preparen pollo y capón asado para esta noche, no uno, sino tres, rellenos de castañas. Y consigue vino de Chipre. ¿Miras mi ropa? ¿Buscas mi equipaje? ¿Te sorprende que nos hayamos presentado con las manos vacías? ¿Acaso aquí no llegan los periódicos? ¿No has leído La Gaceta de Leyden?... ¡Necio! —gritó con la voz ronca por el resfriado que había cogido en el camino y que lo hacía toser, causándole un dolor agudo en la garganta—. ¿No has oído que un noble de Venecia y su secretario y criado han sido despojados de todos sus bienes en la frontera? ¿No ha venido aún la policía?
—No, señor —respondió el posadero, asustado.
Balbi se reía con disimulo. Finalmente consiguieron las mejores habitaciones: un salón, con un par de ventanas de dos hojas que llegaban hasta el suelo, las cuales daban a la plaza principal, muebles con patas doradas y un espejo veneciano encima de la chimenea. El dormitorio tenía una cama de matrimonio con baldaquino. Balbi se alojó en una habitación más pequeña situada al final del pasillo, al lado de una escalera estrecha y empinada que conducía al desván donde dormían las criadas. Tal circunstancia lo colmaba de satisfacción.
—Éste es mi secretario —dijo, para presentar a Balbi al posadero.
—La policía... —observó el hombre entre disculpas—. La policía es muy severa por aquí. Vendrán enseguida. Registran a todos los forasteros.
—Diles —replicó despreocupado— que tienes un huésped que es un caballero. Un auténtico caballero...
—Pero incluso así... —insistió el posadero haciendo una profunda reverencia, su gorra con pompón en la mano, servil y curioso.
—Un caballero de Venecia —añadió él.
Lo decía como si estuviera anunciando un título o un rango especial. Hasta Balbi lo advirtió por su tono de voz. A continuación, él escribió su nombre en el libro de registro de los huéspedes, con letras alargadas y seguras. El posadero se ruborizó por la conmoción; se frotaba las sienes con sus gruesos dedos sin saber si salir corriendo en busca de la policía o postrarse de rodillas y besarle la mano. Así que ni hizo ni dijo nada, muy confuso.
Encendió una lámpara y acompañó a sus huéspedes al primer piso. Las criadas ya estaban arreglando las habitaciones: llevaron velas en enormes candelabros dorados, agua caliente en jarras de plata, toallas de tela de Limburgo... Él empezó a desvestirse despacio, como un rey en medio de su corte; entregó las prendas sucias al posadero y a las criadas, y éstas tuvieron que cortarle con unas tijeras los pantalones de seda, llenos de coágulos de sangre, que se le habían adherido a la piel; se lavó los pies en una palangana de plata, echándose hacia atrás en su sillón, medio muerto de agotamiento, pegajoso y malhumorado. Dormitaba a ratos, gruñía, lanzaba algunos gritos. Balbi, el posadero y las criadas revoloteaban en torno a él, boquiabiertos; hicieron la cama en el dormitorio, echaron las cortinas de la ventana, apagaron casi todas las velas. A la hora de la cena tuvieron que llamar a su puerta con mucha insistencia. Después de cenar se volvió a acostar inmediatamente, y durmió hasta el mediodía del día siguiente, con el rostro relajado, indiferente, como alguien que llevara muerto un día.
«Un caballero», repetían las criadas mientras realizaban sus tareas —cantando, riéndose y susurrando— en la cocina y la bodega; limpiaban los carruajes y secaban los platos, cortaban leña, servían en la taberna; bajaban la voz, se ponían un dedo delante de los labios, se reían una y otra vez, y luego, nuevamente serias, hacían correr la noticia, dándose importancia y entre risitas: «Un caballero, sí, un caballero de Venecia.» Por la noche llegaron dos policías secretos; su nombre, un nombre sospechoso y atractivo, interesante y peligroso, reluciente por la aventura y la noticia de la fuga, atraía a los policías secretos de todas las ciudades. Querían saberlo todo. «¿Está durmiendo?... ¿No lleva equipaje?»
—Sólo un puñal —respondió el posadero—. Sólo lleva un puñal. Sólo ha traído eso.
—Sólo un puñal —repitieron los policías secretos con la apreciación de un experto, sin tener la más mínima idea de lo que se trataba—. ¿Qué tipo de puñal? —preguntaron.
—Un puñal de Venecia —dijo el posadero con devoción.
—¿No lleva ninguna otra cosa? —inquirieron.
—No —repuso el posadero—. No lleva ninguna otra cosa. Sólo un puñal. Eso es todo.
La noticia sorprendió a los policías. No se habrían sorprendido tanto si hubiera llegado con un gran botín, con joyas y piedras preciosas, con bolsos repletos, con cadenas y anillos arrebatados en sus andanzas a inocentes mujeres. Su fama lo precedía, como un mensajero, anunciando su nombre. El prelado había enviado ya por la mañana una misiva al jefe de la policía, solicitando que expulsaran de la ciudad a aquel huésped de tan mala fama. En el Tirol y en la Lombardía, en la misa y en las tabernas, se comentaba la historia de su fuga.
—Vigílalo —dijeron los esbirros—, vigílalo bien vigilado. Queremos saber todo lo que dice, todo lo que hace. Saber si recibe cartas y de quién. Saber si escribe cartas y a quién. Vigila cada uno de sus movimientos. Parece que... —añadieron en voz baja, haciendo un embudo con las manos, susurrando al oído del posadero— tiene un protector. Ni siquiera el prelado puede hacer nada contra él.
—Por el momento —dijo el posadero con aire de experto.
—Por el momento —repitieron los esbirros con severidad.
Se fueron de puntillas, con el rostro sombrío y muy preocupados. El posadero se sentó en la taberna, suspirando. No le gustaban los huéspedes famosos que llamaban la atención del prelado y de la policía. Se acordó de los ojos de su huésped, del fuego oscuro y las ascuas que ardían en aquellos ojos somnolientos, y le entró miedo. Se acordó del puñal, del puñal veneciano, el único equipaje de su huésped, y el miedo se acrecentó. Se acordó de la fama de su huésped, y empezó a maldecir en voz baja.
—¡Teresa! —llamó con enfado a la criada.
Apareció una muchacha vestida con su bata de noche. Tenía dieciséis años; llevaba una vela encendida en una mano y recogía su camisón sobre los senos con la otra.
—¡Escúchame bien! —le dijo en voz baja, haciendo que la muchacha se sentara sobre sus rodillas—. Sólo puedo confiar en ti. Tenemos un huésped peligroso, Teresa. Ese caballero...
—¿De Venecia? —preguntó la muchacha con su melodiosa voz de colegiala.
—El caballero de Venecia, sí, el caballero de Venecia —respondió él, nervioso—. El que acaba de llegar de la prisión. De entre las ratas. De debajo mismo de la horca. Vigílalo, Teresa. Vigila todas y cada una de sus palabras. Ten la oreja y el ojo pegados a la cerradura. Yo te quiero como si fueras mi hija. Eres mi hija adoptiva; pero, si te invita a su habitación, no te resistas. Tú le llevarás el desayuno. Vigila tu honra y vigílalo a él.
—Así lo haré —afirmó la muchacha.
A continuación, se fue hacia la puerta con la vela encendida en la mano; era delgada y parecía una sombra. En la puerta dijo quejumbrosa, alargando las palabras como una niña:
—Tengo miedo.
—Yo también —coincidió el posadero—. Ahora vete a dormir. Pero primero tráeme vino tinto.
La primera noche todos durmieron mal.
La noticia
Durmieron asustados, roncando, jadeando y resoplando. Y mientras dormían sentían que algo les estaba ocurriendo. Sentían que alguien rondaba la posada; que alguien les dirigía la palabra y que tenían que responder como nunca habían respondido. La pregunta que el desconocido les dirigía era altiva, descarada, violenta y, por encima de todo, temeraria y triste. Sin embargo, por la mañana, al despertar, ya no se acordaban de ella.
Mientras dormían, volaba la noticia de que él había llegado, de que se había fugado de los Plomos, de que se había escapado en góndola de su ciudad natal a plena luz del día, tomándoles el pelo a todas sus excelencias, a todos los temibles señores de la Inquisición, a Lorenzo, el guardia de la prisión; se decía que había ayudado a fugarse al fraile que había colgado los hábitos, que se había escapado de la fortaleza del dux, que lo habían visto en Mestre, regateando con el cochero de una diligencia, y en Treviso, tomando vermut en un café, e incluso un campesino juró haberlo visto en medio de los prados, donde hechizaba a las vacas. Voló la noticia por los palacetes de Venecia y por las tabernas de la periferia; los cardenales y los ilustres senadores, los verdugos y los policías, los espías y los tahúres, los amantes y los maridos, las muchachas en misa y las mujeres en sus cálidas camas se reían y gritaban: «¡Jo, jo, jo!» O bien se carcajeaban, todos contentos: «¡Ja, ja, ja!» O ahogaban sus risas en la almohada o en el pañuelo, y exclamaban: «¡Ji, ji, ji!» Todos estaban contentos de que se hubiese fugado. La noche siguiente le comunicaron la noticia al papa, que se acordaba de él, y se acordó también de que un día le había impuesto personalmente una condecoración menor, y se rió con la noticia. Se difundió ésta por toda Venecia; los gondoleros se apoyaban en sus largos remos, discutían los detalles de su fuga con todo tipo de comentarios entendidos, y se alegraban con ella, se alegraban porque él era veneciano, porque había burlado la autoridad y el poder, y se alegraban porque alguien hubiese sido más fuerte que la tiranía, más fuerte que las piedras y las cadenas, más fuerte que el tejado de placas de plomo. Hablaban en voz baja, escupían en el agua y se frotaban las manos, muy felices. La noticia volaba, y todos sentían cierto calor en el corazón. «¿En realidad qué había hecho?», se preguntaban. Había jugado a las cartas. Dios mío, quizá no jugaba del todo limpio, hacía saltar la banca en todos los tugurios por donde pasaba, jugaba disfrazado con una máscara, aliado con tahúres profesionales. Pero, después de todo, ¿quién no había hecho una cosa así en Venecia? Por las noches daba una paliza a los que lo habían delatado y seducía a las mujeres para llevárselas fuera de la ciudad, a Murano, a una casa que tenía alquilada... Pero ¿quién no hacía tal cosa, sobre todo siendo joven, en Venecia? Era descarado, hablaba mucho, hablaba demasiado... Pero ¿quién callaba en Venecia?
Todo eso decían, y a veces se reían. Porque había algo bueno en la noticia, algo de venganza, algo que alegraba los corazones. Porque, hasta cierto punto, todos se veían en manos de la Inquisición, hasta cierto punto todos vivían en los Plomos, y ahora alguien había demostrado que un ser humano puede ser más fuerte que la tiranía, que un ser humano puede ser más fuerte que el tejado de placas de plomo, más fuerte que los esbirros, más fuerte que el Messer Grande, que el enviado del verdugo, que el siniestro mensajero. Volaba la noticia, y los policías golpeaban los documentos con nerviosismo, los capitanes no dejaban de gritar, los jueces interrogaban con las orejas enrojecidas a los acusados; enojados, los mandaban a la cárcel, al exilio, a trabajos forzados, a la horca. Se hablaba de él en las iglesias, lo condenaban durante las misas porque materializaba en su cuerpo maldito los siete pecados capitales, en un cuerpo que —según el predicador— ardería en el fuego eterno del infierno, en una caldera aparte, hasta el fin de los tiempos. También se mencionaba su nombre en los confesionarios; lo pronunciaban las mujeres arrodilladas, con la cabeza gacha, escondiéndose tras sus libros de oraciones, golpeándose el pecho y prometiendo penitencia. Todos se alegraban, como si algo bueno hubiese ocurrido en Venecia y en todas las ciudades y en todos los pueblos de la República por donde él había pasado.
Todos dormían y sonreían en sueños. Por donde él pasaba, por las noches se cerraban las puertas y las ventanas con más cuidado, y detrás de las persianas echadas los hombres hablaban más detenidamente con las mujeres. Como si todos los sentimientos que el día anterior habían quedado reducidos a cenizas y ascuas, hubiesen empezado a echar humo y llamaradas. No había hechizado a las vacas, pero los pastores juraban y perjuraban que aquel año nacían más terneras y que eran más hermosas. Las mujeres se despertaban, acarreaban agua de la fuente en sus abombados cubos de madera, encendían el fuego en la cocina, calentaban la leche y ponían la fruta en las fuentes de cerámica, daban el pecho a sus hijos, ofrecían el desayuno a sus maridos, barrían las habitaciones y hacían las camas, y jamás dejaban de sonreír. La sonrisa no se les borraba del rostro, ni en Venecia ni en el Tirol ni en la Lombardía. Las sonrisas se propagaban como una epidemia ligera y fina, se propagaban allende las fronteras; hasta en Múnich estaban enterados y lo esperaban sonrientes. La noticia llegó a París; le relataron la historia de su fuga al rey en el Parque de los Ciervos, y también el rey rió. Se sabía de él en Parma y en Turín, en Viena y en Moscú. Y se sonreía en todos los sitios. Todos los policías y los jueces, todos los esbirros y los espías, todos los que tenían como profesión mantener a la gente en manos de la autoridad y del miedo, hacían su trabajo con suspicacia y con ira durante aquellos días. Porque no hay nada más peligroso que un hombre que se resiste a la tiranía.
Se sabía que no poseía nada, que tan sólo llevaba un puñal, pero en las fronteras se doblaba la guardia durante aquellos días. Se sabía que carecía de aliados y que no se ocupaba de política, pero el secretario del tribunal de la Inquisición elaboró un detallado plan de operaciones para tenerlo otra vez entre sus garras, para meterlo otra vez en su jaula, vivo o muerto, recurriendo al oro o al puñal, de la manera que fuera. Se informó al dux de su fuga, y ese señor bajo y de mirada penetrante golpeó la mesa con una mano llena de anillos y amenazó con trabajos forzados a los esbirros. Los senadores, con sus finas manos amarillentas, se recogían contra el pecho las solapas de sus trajes de seda, muy tiesos en sus sitiales; aspiraban aire entre jadeos por la nariz, amarillenta por la diabetes, y guardaban silencio; con miradas vacías observaban por entre los párpados entornados los frescos del techo y las vigas de la sala del consejo, aprobaban leyes cada vez más severas, se encogían de hombros y callaban.
Pero las sonrisas se propagaban como una epidemia de gripe; se contagiaba la mujer del panadero, la hermana del joyero, hasta la hija del dux. Los hombres y las mujeres, a solas en sus habitaciones cerradas con llave, se aferraban la panza y reían a mandíbula batiente. Había algo tremendamente consolador en el hecho de que alguien hubiese sido capaz de traspasar unas paredes de más de un metro de espesor, de burlar la vigilancia de los guardianes armados con lanzas y picas, de romper el cerrojo de unas cadenas anchas como brazos de niño. Después, los hombres y las mujeres iban a la compra, al mercado, a beber vino de Verona en las tabernas; los usureros pesaban el polvo de oro en sus delicadas balanzas, los boticarios preparaban sus purgantes y sus pócimas mágicas, sus venenos de efecto inmediato pulverizados y ocultos bajo las piedras de los anillos de sello; en los mercados, las vendedoras mostraban sus enormes barrigas detrás de los mostradores llenos de pescado, fruta, carne o hierbas aromáticas; los comerciantes de moda guardaban en sus cajas de cuero perfumadas con polen de flores las medias recién llegadas de Lyon, los sostenes de encaje de Brujas. Y, en medio de tanto trabajo, tanto chismorreo, tanto negocio y tanto oficio, todos se daban la vuelta durante unos instantes, se tapaban la boca con la mano y se reían un rato a carcajadas.
Las mujeres sentían que aquella fuga y todo lo que había ocurrido había sucedido hasta cierto punto en su propio interés. No sabían explicar bien sus sentimientos; pero, como eran mujeres y además venecianas, no los discutían, sino que aceptaban el argumento mudo que el corazón, la sangre y la emoción les dictaban al oído. Las mujeres se alegraban de que se hubiese fugado. Como si una fuerza, hasta entonces encadenada, se hubiese desatado por el mundo; como si del mito y la leyenda, de los libros y los recuerdos, de los sueños y las emociones, de las profundidades ocultas —secretas y desconocidas, verdaderas y temibles— de la vida de los hombres y las mujeres, hubiese surgido alguien sin disfraz y sin peluca, sin polvos de tocador, tan desnudo como vuelve una víctima de su cita en la cámara de torturas. Las mujeres lo seguían con la mirada, se cubrían el rostro y los ojos con una mano o con el abanico, inclinaban ligeramente la cabeza, no decían nada, mas la mirada velada y brumosa de sus ojos, fija en el fugitivo, decía: «Sí, sí, sí.» Por eso sonreían. Era como si su mundo se hubiese colmado de ternura durante unos días. Por las noches se asomaban a las ventanas o a los balcones que daban a los canales, con la cabeza cubierta con un velo de encaje sujeto por una peineta en forma de laúd y un pañuelo de seda sobre los hombros, y miraban hacia abajo, hacia las aguas sucias y aceitosas, calmas e indiferentes, por donde pasaban las góndolas, y devolvían una mirada que la noche anterior habrían rechazado, dejaban caer un pañuelo que unas manos rápidas y morenas recogían sobre el espejo de las aguas, se llevaban una flor a los labios y dejaban escapar una sonrisa. Luego cerraban las ventanas, y en sus habitaciones se apagaban las luces. Pero en su corazón y en sus gestos, en los ojos de las mujeres y en la mirada de los hombres, algo brillaba durante aquellos días. Como si alguien les hubiese hecho llegar una señal secreta que decía que la vida no es sólo un conjunto de leyes y normas, de prohibiciones y cadenas, sino también una emoción más libre, sin sentido y sin propósito, más fuerte de lo que ellos mismos habían creído. Por un momento todos comprendían esa señal y se sonreían los unos a los otros.
Esa complicidad no duró mucho; los códigos de leyes, las reglas escritas y no escritas velaron por que el recuerdo del fugitivo se borrara de los corazones. Al cabo de unas semanas, en Venecia lo habían olvidado. Solamente el señor de Bragadin, su generoso y tierno protector, se acordaba de él, y también algunas mujeres a quienes había prometido fidelidad eterna, además de algunos usureros y ciertos dueños de casas de juego a quienes debía dinero.
«Un hombre»
Así se fugó, así lo precedió la noticia, así lo recordó durante un tiempo Venecia. Luego la ciudad tuvo otros asuntos en que ocuparse, y se olvidó de su hijo rebelde. En la época de los carnavales ya sólo se hablaba de un tal conde B., a quien habían encontrado una madrugada —con su máscara y su traje de dominó— colgado delante de la casa del embajador francés. Porque Venecia también es ingrata.
Él dormía aún en Bolzano, en su habitación de la Posada del Ciervo, detrás de las persianas echadas, y en dieciséis meses por primera vez dormía seguro en una cama de verdad, limpia y cómoda, entregado totalmente a la sombría felicidad del sueño. Atravesado en la cama, dormía a pierna suelta con el cabello pegajoso y los brazos extendidos, a gusto y sin preocuparse por nada, con una sonrisa despreciativa y cansada, como si sintiera que lo estaban observando por el ojo de la cerradura.
Porque lo observaban, y esto ocurría así: primero lo observó Teresa, la muchacha a quien el posadero había llamado su hija y que desempeñaba el papel de pariente lejana y de criada en la casa. La joven era madura y, según la opinión de sus parientes, bien proporcionada, de cuerpo atractivo pero un poco simple de mente. De eso no se hablaba mucho. Teresa, la pariente y criada, tampoco hablaba mucho de nada. «Simplona», decían, y no buscaban razones para fundar tal opinión, pues no era necesario ni estaba bien visto preocuparse mucho por Teresa, ya que la muchacha importaba menos en la Posada del Ciervo que el burrito blanco que uncían al carro para ir al mercado por las mañanas, porque ella era esa pariente, parecida a una sombra, que es pariente de todos, así que nadie se preocupaba por ella, y ni siquiera le daban un sueldo. «Simplona», decían, y los soldados y comerciantes de paso que se alojaban en la posada le pellizcaban la mejilla y los brazos por los pasillos oscuros. Sin embargo, había algo en su rostro, una especie de dulzura —aunque su boca mostraba un gesto de dureza, y sus manos eran fuertes y estaban rojas de tanto fregar—, una expresión noble; su mirada contenía una pregunta, silenciosa y devota, una pregunta que era imposible responder, pero también evitar. Claro que nada de eso, ni su delicado rostro en forma de corazón ni sus ojos interrogantes, importaba mucho. Es innecesario hablar tanto de ella.
Mas estaba de rodillas, delante de la cerradura, observando al hombre que dormía; por eso hablamos tanto de ella. Formaba con las manos un círculo alrededor de los ojos para poder ver mejor, y también su espalda, blanda y suave, y sus fuertes caderas atendían, como si estuviera espiando con todo el cuerpo. Lo que veía no tenía demasiado interés. Teresa había visto ya muchas cosas a través de las cerraduras; hacía cuatro años que servía en la posada, desde que había cumplido los doce; callaba, llevaba el desayuno a las habitaciones, hacía y deshacía las camas por las mañanas y por las noches, las camas donde dormían los forasteros, hombres y mujeres, juntos y por separado. Había visto muchas cosas y no se sorprendía con nada. Llegó a comprender que los hombres y las mujeres eran así; que ellas se pasaban tiempo delante del espejo, y que ellos —incluso los soldados— se echaban polvos de arroz en la peluca, se cortaban, limaban y abrillantaban las uñas, y que luego gemían, se reían o se echaban a llorar, golpeaban la pared con los puños, o bien buscaban entre sus pertenencias alguna prenda femenina o alguna carta, para bañar con sus lágrimas esos objetos inútiles. Así eran los hombres y las mujeres cuando estaban a solas en sus habitaciones, y ella los observaba a través del ojo de la cerradura. Pero ese hombre era distinto. Dormía en su cama de matrimonio con los brazos abiertos en cruz, como si lo hubieran asesinado. Su rostro era serio y muy feo. Era el rostro de un hombre sin belleza y sin atractivo, con una nariz grande y carnosa, labios finos y severos, barbilla puntiaguda y voluntariosa; el hombre era de corta estatura y tenía un poco de barriga porque había engordado durante los dieciséis meses de cárcel, en aquel ambiente de aire viciado donde estuvo privado de libertad de movimientos. «No entiendo nada —se decía Teresa; pensaba con lentitud, dificultad y simpleza—. No lo entiendo —se repetía, con las orejas enrojecidas, emocionada—; ¿por qué les gustará tanto a las mujeres?» Porque por la noche en la posada, por la mañana en el mercado, a todas horas y por todas partes en la ciudad, en las tiendas y en los cafés no se hablaba más que de él, de que había llegado, vestido con harapos y lleno de heridas, con un puñal, sin dinero, con su secretario, el otro fugitivo; mejor ni mencionar
