El puente invisible

Julie Orringer

Fragmento

11. Una carta

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Una carta

Años después le diría a ella que su historia empezó en la Ópera Nacional de Hungría la noche antes de que se marchara a París en el Western Europe Express. El año era 1937; el mes, septiembre, y la noche, más fría de lo que correspondía a la estación. Su hermano se había empeñado en llevarlo a la ópera como regalo de despedida. La obra era Tosca y sus asientos estaban en el gallinero. No eran para ellos las puertas de entrada con tres arcos de mármol ni la fachada con columnas corintias y entablamiento heroico. La suya era una humilde entrada lateral con un portero de cara rubicunda, un suelo de madera rayada y paredes cubiertas de carteles de óperas medio despegados. Chicas con vestidos por la rodilla subían por la escalera cogidas del brazo de jóvenes con trajes gastados; unos jubilados discutían con sus esposas de cabellos canos mientras subían fatigosamente los cinco tramos de la estrecha escalera. En lo alto, un alegre barullo: un salón de descanso revestido de espejos, con bancos de madera, el aire turbio por el humo del tabaco. La puerta del otro extremo daba a la sala de conciertos, una gran caverna con luz eléctrica, un fresco de inmortales griegos en el techo y balcones decorados con volutas doradas. Andras nunca había esperado ver una ópera allí, y no la habría visto de no haber comprado Tibor las entradas. En opinión de este, toda estancia en Budapest debía incluir al menos una velada de Puccini en la Operaház. Tibor se inclinó sobre la barandilla para indicarle el palco del almirante Horthy, que aquella noche solo ocupaba un general anciano con una chaqueta de húsar. Mucho más abajo, unos acomodadores con esmoquin acompañaban a hombres y mujeres a sus butacas; los hombres con traje de etiqueta, las mujeres con el cabello centelleante de joyas.

—Ojalá Mátyás pudiera ver esto —dijo Andras.

—Lo verá, Andráska. Vendrá a Budapest cuando termine el bachillerato y al cabo de un año estará harto de este sitio.

Andras no pudo menos de sonreír. Él y Tibor se habían mudado a Budapest tras finalizar sus estudios en el gimnázium de Debrecen. Ambos se habían criado en Konyár, un pueblecito de la llanura oriental, y al principio la capital les había parecido el centro del mundo. Ahora Tibor pensaba ir a estudiar a una facultad de medicina de Italia, y Andras, que solo llevaba un año en la ciudad, se marchaba al día siguiente para estudiar en París. Hasta que recibieron la noticia de la École Spéciale d’Architecture, todos pensaban que Tibor sería el primero en marcharse. Desde hacía tres años trabajaba de dependiente en una zapatería de Váciutca, ahorraba para sus estudios y leía manuales de medicina por la noche como si le fuera la vida en ello. Cuando Andras había ido a vivir con él un año antes, la partida de Tibor parecía inminente. Ya había aprobado los exámenes y presentado la solicitud a la facultad de medicina de Módena. Creía que tardaría seis meses en recibir la confirmación y su visado de estudiante. Sin embargo, en la facultad de medicina lo pusieron en una lista de espera para estudiantes extranjeros y le dijeron que iban a pasar otro par de años antes de que pudiera matricularse.

Tibor no hablaba de su situación desde que Andras sabía lo de la beca, ni mostraba el menor asomo de envidia. Al contrario, había comprado aquellas entradas para la ópera y ayudado a su hermano a ultimar los preparativos. Mientras la luz se atenuaba y la orquesta empezaba a tocar, a Andras le asaltó una sensación de vergüenza: aunque sabía que se habría alegrado por Tibor si la situación hubiera sido al revés, sospechaba que le habría costado mucho disimular la envidia.

Un hombre alto y flaco, con el pelo blanco y reluciente, salió por una puerta lateral del foso de la orquesta y se encaminó hacia un haz de luz. El público gritó entusiasmado mientras el hombre subía al podio. Tuvo que saludar tres veces y levantar las manos en señal de rendición antes de que se hiciera el silencio; entonces se volvió hacia los músicos y alzó la batuta. Tras un momento de silencio estremecedor, una tormenta de música emergió de los instrumentos de viento y cuerda y penetró en el pecho de Andras, llenándole la caja torácica hasta dejarlo casi sin aliento. El telón de terciopelo se alzó para dejar ver el interior de una catedral italiana, con todos los detalles representados con perfecta minuciosidad. Los vitrales irradiaban luz roja y azul, y un fresco a medio terminar de María Magdalena resaltaba fantasmagórico en una pared enyesada. Un hombre con el atuendo carcelario de rayas se coló a hurtadillas en la iglesia y se ocultó en una de las capillas a oscuras. Entró un pintor para trabajar en el fresco, seguido de un sacristán empeñado en que recogiera sus pinceles y trapos antes de que comenzara la misa siguiente. A continuación entró Tosca, la diva de la ópera, la modelo de María Magdalena, con la falda color carmín arremolinándose en los tobillos. La canción se elevó y quedó suspendida en la cúpula pintada de la Operaház: la voz de tenor, como el sonido de un clarinete, del pintor Cavaradossi, el bajo rotundo del fugitivo Angelotti, el cálido albaricoque de soprano de Tosca, la diva ficticia, interpretada por Zsuzsa Toronyi, la diva húngara de carne y hueso. El sonido era tan consistente, tan tangible, que a Andras le pareció que si estiraba la mano por encima de la barandilla podría cogerlo a puñados. Pensó que el propio edificio se había convertido en un instrumento: la arquitectura expandía el sonido y lo completaba, lo amplificaba y contenía.

—Nunca olvidaré esto —susurró a su hermano.

—Más te vale —susurró Tibor a su vez—. Espero que me lleves a la ópera cuando vaya a verte a París.

En el intermedio tomaron una tacita de café en el salón de descanso y comentaron lo que habían visto. ¿La negativa del pintor a traicionar a su amigo era un acto de lealtad altruista o una fanfarronada para la glorificación personal? ¿Su capacidad de soportar la tortura que vino a continuación debía interpretarse como una sublimación de su amor sexual por Tosca? ¿Habría esta apuñalado a Scarpia si su profesión no le hubiera instruido tan bien en las formas del melodrama? La conversación les producía un placer agridulce. De niño Andras había pasado horas escuchando a Tibor hablar de filosofía, deporte o literatura con sus amigos, y había suspirado por que algún día pudiera decir algo que su hermano considerara ingenioso o incisivo. Ahora que él y Tibor eran iguales, o más o menos iguales, Andras estaba a punto de marcharse, de subir a un tren que le llevaría a miles de kilómetros de distancia.

—¿Qué sucede? —preguntó Tibor poniéndole la mano en el brazo.

Andras tosió y apartó la mirada.

—Demasiado humo —dijo, y se ruborizó.

Se sintió aliviado cuando las luces parpadearon para indicar el final del intermedio.

Después del tercer acto, una vez concluidos los innumerables saludos —los difuntos Tosca y Cavaradossi milagrosamente resucitados, el malvado Scarpia sonriendo como un buenazo al recoger un gran ramo de rosas rojas—, Andras y Tibor se abrieron paso hacia la salida y bajaron por las atestadas escaleras. Fuera, por encima del resplandor de las luces de la ciudad, se veían unas pocas estrellas desperdigadas. Tibor cogió del brazo a su hermano y lo condujo hacia la parte del edificio que daba a Andrássy, donde los espectadores de la platea y el anfiteatro salían por los tres arcos de mármol de la imponente entrada.

—Quiero que veas el vestíbulo principal —dijo—. Le diremos al portero que nos hemos dejado algo dentro.

Andras lo siguió por la entrada principal hacia el vestíbulo iluminado por arañas, donde una escalera de mármol desplegaba sus alas hacia una galería. Por ella bajaban hombres y mujeres vestidos de etiqueta, pero Andras solo se fijaba en la arquitectura: las molduras de ovas y dardos en la escalera, la bóveda de cañón cruzada encima, las columnas corintias rosas que sostenían la galería. Miklós Ybl, un húngaro de Székesfehérvár, había ganado un concurso internacional para diseñar el teatro de la ópera. Cuando Andras cumplió ocho años, su padre le regaló un libro con los dibujos arquitectónicos de Ybl, y él había pasado muchas tardes estudiando aquel espacio. Rodeado por el público que se marchaba, contempló la bóveda, tan concentrado en conciliar aquella versión tridimensional con los dibujos lineales de su memoria que apenas se percató de que alguien se detenía ante él y le hablaba. Tuvo que pestañear y esforzarse por fijar la mirada en la persona, una mujer corpulenta y dulce con un abrigo de marta cibelina que parecía pedirle algo. Él hizo una inclinación y se apartó para dejarla pasar.

—No, no —dijo ella—. Está donde quiero que esté. ¡Qué suerte haber tropezado con usted aquí! No habría sabido cómo encontrarle.

Andras trató de recordar dónde y cuándo había conocido a aquella mujer. En su cuello centelleaba un collar de diamantes, y por debajo del abrigo asomaba la falda de un vestido de seda rosa; sus cabellos oscuros estaban recogidos en un casquete de rizos prietos. La mujer lo tomó del brazo y lo condujo hacia los escalones de la entrada del teatro.

—Es usted el del banco del otro día, ¿verdad que sí? —dijo—. Usted es el del sobre con los francos.

Por fin la reconoció: era Elza Hász, la esposa del director del banco. Andras la había visto algunas veces en la gran sinagoga de Dohányutca, adonde él y Tibor iban de vez en cuando al servicio de los viernes por la noche. Unos días atrás él la había empujado sin querer cuando ella cruzaba el vestíbulo del banco; la mujer había dejado caer la sombrerera que llevaba, y a él se le había escurrido de la mano el sobre de los francos. El sobre se había abierto y había dejado salir los billetes verde y rosa, que habían caído a los pies de ella como confeti. Andras había limpiado la sombrerera y se la había devuelto, y después la había visto desaparecer por una puerta con la palabra PRIVADO.

—Debe de tener la edad de mi hijo —prosiguió ella—. Y a juzgar por los billetes que llevaba, diría que se va a estudiar a París.

—Mañana por la tarde —dijo él.

—Debe hacerme un gran favor. Mi hijo está estudiando en la Beaux-Arts y me gustaría que le llevara un paquete. ¿Sería un inconveniente para usted?

Andras tardó en responder. Acceder a llevar a París un paquete para alguien significaba que se marchaba de verdad, que iba a dejar atrás a sus hermanos, sus padres y su país para adentrarse en la inmensa y desconocida Europa occidental.

—¿Dónde vive su hijo? —preguntó.

—En el Quartier Latin, por supuesto —respondió ella entre risas—. En una buhardilla de pintor, no en una villa espléndida como nuestro Cavaradossi. Aunque dice que tiene agua caliente y vistas al Panteón. ¡Ah, ahí viene el coche! —Un sedán gris se detuvo junto al bordillo y la señora Hász levantó el brazo para hacer señas al chófer—. Venga a verme mañana antes de mediodía, en el veintiséis de Benczúrutca. Lo tendré todo preparado. —Se apretó más el cuello del abrigo y corrió hacia el coche sin volverse a mirar a Andras.

—¡Vaya! —dijo Tibor, que se puso a su lado en los escalones—. ¿Vas a contarme de qué iba esto?

—Voy a ser un mensajero internacional. Madame Hász quiere que le lleve un paquete a su hijo, que vive en París. Nos conocimos el otro día en el banco, cuando fui a cambiar pengos por francos.

—¿Y has aceptado?

—Sí.

Tibor suspiró y apartó la vista hacia los tranvías amarillos que pasaban por el bulevar.

—Esto va a ser de lo más aburrido sin ti, Andráska.

—Tonterías. Estoy convencido de que tendrás una novia en menos de una semana.

—Sí, claro. A las chicas les vuelven locas los dependientes de zapatería sin blanca.

Andras sonrió.

—¡Por fin un poco de autocompasión! Empezaba a cogerte manía por ser tan generoso e imperturbable.

—No lo creas. Te mataría por marcharte. Pero ¿qué ganaría? Entonces ninguno de los dos iría al extranjero. —Sonrió, pero la expresión de sus ojos era seria tras las gafas de montura plateada.

Enlazó su brazo en el de Andras y bajó con él por los escalones, tararean do unos compases de la obertura. Estaban a solo tres travesías de su piso de Hársfautca. Cuando llegaron a la entrada se detuvieron para tomar una última bocanada de aire nocturno antes de subir. El cielo por encima de la Operaház era de un naranja pálido por la luz reflejada, y las campanas de los tranvías resonaban en el bulevar. En la penumbra, a Andras le pareció que Tibor era tan apuesto como una estrella de cine, con el sombrero ladeado de una forma atrevida y el fular de seda blanca echado sobre un hombro. En ese momento parecía un hombre dispuesto a iniciar una vida emocionante y poco convencional, un hombre mejor preparado que él para bajarse de un vagón de tren en un país extranjero y reclamar su lugar en él. Parpadeó y sacó la llave del bolsillo, y al cabo de un minuto estaban los dos corriendo escaleras arriba como colegiales.

La señora Hász vivía cerca del Városliget, el parque de la ciudad, con su castillo de cuento y sus inmensos baños rococó al aire libre. La casa de Benczúrutca era una villa de estilo italiano, con enlucido de estuco amarillo pálido, rodeada por tres lados por jardines ocultos; por encima del muro de piedra blanca asomaban rosales sostenidos por rodrigones. Andras distinguió el débil borbolleo de una fuente y el sonido de un rastrillo de jardinero. Le extrañó que unos judíos vivieran allí, pero había un mezuzah clavado en el marco de la puerta: un cilindro plateado envuelto en hiedra dorada. Cuando pulsó el timbre, sonó una campanada de cinco notas en el interior de la casa. Después se oyó un repiqueteo de tacones sobre mármol, seguido del ruido de unos gruesos cerrojos al abrirse. Una criada de cabello cano abrió la puerta y lo invitó a pasar. Andras entró en un vestíbulo abovedado con suelo de mármol rosa y una mesa de marquetería con un manojo de calas en un jarrón chino.

—Madame Hász está en el salón —dijo la criada.

Andras la siguió por el vestíbulo y un pasillo abovedado. Se pararon ante una puerta al otro lado de la cual se oían voces femeninas que subían y bajaban de tono. No acertaba a distinguir las palabras, pero era evidente que estaban discutiendo: una voz se elevó hasta llegar al cenit y disminuyó de volumen; otra, más tranquila que la primera, se alzó, porfió y se apagó.

—Espere un momento —indicó la criada antes de entrar para anunciar su llegada.

Cuando la mujer informó de la presencia de Andras, las voces intercambiaron otra breve andanada, como si la discusión tuviera algo que ver con él. La criada reapareció y lo invitó a entrar en una sala grande y luminosa que olía a tostadas con mantequilla y a flores. En el suelo había alfombras persas rosas y doradas; unas sillas de damasco blanco combinaban con un par de sofás de color salmón, y sobre una mesa baja descansaba un cuenco de rosas amarillas. La señora Hász se había levantado de su silla en el rincón. Sentada a un escritorio cerca de la ventana había una mujer mayor vestida de luto, con la cabeza cubierta con un chal de encaje. Tenía una carta lacrada en la mano; la dejó sobre una pila de libros y encima colocó un pisapapeles de cristal. La señora Hász cruzó el salón en dirección a Andras y le tendió la mano, grande y fría, para estrechar la suya.

—Gracias por venir —dijo—. Le presento a mi suegra, la señora Hász. —Señaló con la cabeza a la mujer de negro. Esta era de constitución delicada, con la cara muy arrugada, que a Andras le pareció hermosa a pesar del aura de aflicción; sus grandes ojos grises irradiaban un dolor callado. Andras le hizo una reverencia y pronunció el saludo formal: Kezét csókolom; «le beso la mano».

La mujer mayor le devolvió el saludo.

—Así pues, ha aceptado llevar un paquete a József —dijo—. Es muy amable por su parte. Seguro que tiene mucho en que pensar.

—No es ninguna molestia.

—No le entretendremos —aseguró la más joven—. Simon está terminando de preparar el paquete. Mientras tanto, pediré que nos traigan algo de comer. Parece hambriento.

—Oh, no, por favor, no se moleste —repuso Andras.

De hecho, el olor a tostadas le había recordado que no había probado bocado en todo el día, pero le preocupaba que en aquella casa hasta el menor refrigerio exigiera una larga ceremonia cuyas reglas le fueran desconocidas. Además, tenía prisa: su tren salía al cabo de tres horas.

—Los jóvenes siempre tienen hambre —afirmó la señora Hász, y tras pedir a la criada que se acercara le dio unas instrucciones y le indicó que se fuera.

La señora mayor se levantó de la silla del escritorio e indicó a Andras que se sentara a su lado en uno de los sofás de color salmón. Andras tomó asiento, preocupado por si sus pantalones dejarían una marca en la seda; pensó que habría necesitado una vestimenta diferente para pasar una hora tranquilo en esa casa. Ella cruzó sus delgadas manos sobre el regazo y le preguntó qué iba a estudiar en París.

—Arquitectura —contestó él.

—Vaya. Entonces será compañero de József en la Beaux-Arts.

—Iré a la École Spéciale —repuso Andras—, no a la Beaux-Arts.

La más joven se sentó en el sofá de enfrente.

—¿La École Spéciale? —repitió—. No se la he oído mencionar a József.

—Es una escuela de formación más especializada que la Beaux-Arts —dijo Andras—, o eso tengo entendido. Estudiaré allí con una beca de la Izraelita Hitközség. Fue una feliz casualidad, de hecho.

—¿Una casualidad?

Y Andras se explicó: el director de Pasado y Futuro, la revista donde trabajaba, había presentado algunas de las portadas diseñadas por Andras en una exposición celebrada en París en la que se mostraba la obra de artistas jóvenes de Europa central. Las portadas habían sido elegidas y expuestas; un profesor de la École Spéciale que había visto la muestra preguntó por Andras. El director le contó que el joven quería ser arquitecto, pero que a los estudiantes judíos les resultaba difícil entrar en las facultades de arquitectura de Hungría: un númerus clausus ya abolido, que en los años veinte había mantenido la cifra de estudiantes judíos en el seis por ciento, seguía planeando sobre las prácticas de admisión en las universidades húngaras. El profesor de la École Spéciale había escrito cartas y solicitado a la junta de admisiones que concedieran una plaza a Andras en el curso siguiente. La Asociación de la Comunidad Judía de Budapest, la Izraelita Hitközség, había abonado el dinero para la matrícula, el alojamiento y la manutención. Había sucedido todo en cuestión de semanas, y parecía que en cualquier momento los planes podían desbaratarse. Pero eso no había ocurrido y Andras se marchaba. Comenzaría las clases al cabo de seis días.

—Ah —dijo la señora más joven—. ¡Qué afortunado! ¡Y con una beca! —Pero al pronunciar las últimas palabras bajó la vista, y Andras experimentó la misma sensación que lo embargaba cuando era un colegial en Debrecen: una vergüenza repentina, como si le hubieran dejado en ropa interior. Algunas veces había pasado las tardes de los fines de semana en casa de otros niños que vivían en la ciudad, cuyos padres eran abogados o banqueros y que no tenían que hospedarse en casa de familias pobres; niños que dormían solos en su cama por la noche, llevaban camisas planchadas a la escuela y almorzaban en casa todos los días. Las madres de algunos de esos niños lo trataban con amabilidad y compasión; otras con cortesía y desagrado. En su presencia se había sentido igualmente desnudo. Se obligó a mirar a la madre de József mientras le decía:

—Sí, ha sido una suerte.

—¿Y en qué parte de París vivirá? —preguntó ella.

Andras se frotó las rodillas con las palmas de las manos, que tenía húmedas.

—En el Quartier Latin, supongo.

—Ya, pero ¿dónde se alojará cuando llegue?

—Supongo que preguntaré a alguien dónde alquilan habitaciones los estudiantes.

—Tonterías —intervino la señora mayor cubriéndole la mano con la suya—. Irá a casa de József, por supuesto.

La señora joven tosió y se arregló los cabellos.

—No deberíamos poner en un compromiso a József —dijo—. Tal vez no tenga sitio para un invitado.

—Oh, Elza, eres rematadamente esnob —replicó su suegra—. El señor Lévi está haciendo un favor a József. Seguro que József podrá prestarle su sofá durante un par de días al menos. Le mandaremos un telegrama esta misma tarde.

—Ya llegan los emparedados —anunció la más joven, claramente aliviada con la distracción.

La criada entró en el salón empujando el carrito del té. Además del servicio de té había una fuente de cristal con pie que contenía emparedados tan blancos que parecían hechos de nieve. Junto a la base había unas pinzas de plata en forma de tijera, como para dar a entender que aquella clase de emparedados no debían ser tocados por manos humanas. La señora mayor cogió las pinzas y depositó varios emparedados en el plato de Andras, más de los que este se habría atrevido a servirse. Al ver que la más joven cogía un emparedado sin la ayuda de cubiertos o pinzas, Andras se atrevió a comerse uno de los suyos. Era de queso cremoso con eneldo untado sobre pan blanco y tierno sin corteza. Unas rodajas de pimiento amarillo finas como el papel eran la única señal de que el emparedado se hubiera preparado dentro de los confines de Hungría.

Mientras la señora joven servía una taza de té a Andras, la mayor se acercó al escritorio y cogió una tarjeta blanca en la que pidió a Andras que escribiera su nombre y la información relativa a su llegada. Telegrafiaría los datos a József, quien le estaría esperando en la estación de París. Le ofreció una pluma de cristal con una plumilla de oro tan fina que a Andras le dio miedo utilizarla. Se inclinó sobre la mesa baja y apuntó la información en letra mayúscula, aterrado por la posibilidad de romper la plumilla o dejar caer una gota de tinta en la alfombra persa. Lo que sí se manchó fueron los dedos, de lo que solo se apercibió cuando miró su último emparedado y vio que el pan estaba teñido de violeta. Se preguntó cuánto tardaría el tal Simon en aparecer con el paquete para József. Oyó un sonido de martillazos procedente del otro extremo del pasillo y confió en que estuvieran cerrando la caja.

A la señora mayor le complació ver que Andras se había terminado sus emparedados. Le dedicó su sonrisa teñida de aflicción.

—Así pues, será su primera vez en París.

—Sí —confirmó Andras—. Mi primera vez fuera del país.

—No permita que mi nieto le ofenda —dijo la mujer—. Es un buen chico cuando se le conoce.

—József es todo un caballero —afirmó la señora joven al tiempo que se ahuecaba la raíz de sus rizos apretados.

—Son muy amables al enviarle un telegrama —dijo Andras.

—No es nada —repuso la señora mayor. Anotó la dirección de József en otra tarjeta y se la dio a Andras. Poco después un hombre con librea de mayordomo entró en el salón con una enorme caja de madera en las manos.

—Gracias, Simon —dijo la señora joven—. Déjela aquí.

El hombre la depositó sobre la alfombra y se retiró. Andras miró el reloj dorado de la repisa de la chimenea.

—Gracias por los emparedados —dijo—. Debo marcharme.

—Espere un momento, por favor —dijo la señora mayor—. Querría pedirle que se llevara otra cosa. —Fue al escritorio y sacó la carta lacrada de debajo del pisapapeles.

—Disculpe, señor Lévi —dijo la joven. Se levantó, cruzó la habitación hacia su suegra y le puso una mano en el brazo—. Ya hemos hablado de esto.

—Entonces no me repetiré —repuso la señora mayor bajando la voz—. Haz el favor de apartar la mano, Elza.

La más joven negó con la cabeza.

—György estaría de acuerdo conmigo. No es prudente.

—Mi hijo es un buen hombre, pero no siempre sabe lo que es prudente y lo que no lo es —afirmó la señora mayor. Apartó suavemente el brazo de la mano de la mujer joven, volvió al sofá de color salmón y entregó el sobre a Andras. Tenía escritos un nombre, C. MORGENSTERN, y una dirección de París.

—Es un mensaje para un amigo de la familia —explicó la señora mayor con la mirada clavada en Andras—. Tal vez le pareceré excesivamente cauta, pero para ciertos asuntos no me fío del servicio de correos húngaro. Las cosas pueden perderse o caer en malas manos. —Mantuvo la mirada fija en Andras mientras hablaba, como si le estuviera pidiendo que no le preguntara a qué se refería ni qué asuntos podían ser tan delicados para exigir tal grado de cautela—. Si es tan amable, le agradecería que no lo comentara con nadie. Especialmente con mi nieto. Cuando llegue a París, compre un sello y échela en un buzón. Me hará un inmenso favor.

Andras se guardó el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Nada más fácil —dijo.

La nuera seguía rígida junto al escritorio, con las mejillas encendidas bajo la capa de polvos. Todavía tenía una mano sobre la pila de libros, como si pudiera hacer que la carta regresara y se posara de nuevo allí. Pero no había nada que hacer, en opinión de Andras; la señora mayor había ganado y la joven debía comportarse ahora como si no hubiera ocurrido nada fuera de lo normal. La mujer recompuso su expresión y se alisó la falda gris antes de volver al sofá donde estaba sentado Andras.

—Bueno —dijo cruzando las manos—. Parece que hemos resuelto el asunto. Espero que mi hijo le ayude en París.

—Sí, gracias por todo —dijo Andras—. ¿Es esta la caja que quiere que me lleve?

—En efecto —contestó la señora joven señalándola con un gesto.

La caja de madera era lo bastante grande para contener un par de cestas de picnic. Cuando Andras la levantó, sintió un fuerte tirón en los intestinos. Dio unos pasos vacilantes hacia la puerta.

—Dios santo —exclamó la señora joven—. ¿Podrá con ella?

Andras asintió con la cabeza.

—Oh, no. Se va a deslomar. —Pulsó un timbre de la pared y Simon apareció poco después. Cogió la caja de manos de Andras y se dirigió hacia la puerta de la casa. Andras lo siguió, y la señora mayor lo acompañó hasta el camino de entrada, donde esperaba un largo coche gris. Por lo visto las señoras querían que regresara a casa en él. Era de fabricación inglesa, un Bentley. Andras esperaba que Tibor estuviera en casa para verlo.

La señora mayor le puso una mano en el brazo.

—Gracias por todo —dijo.

—No se merecen —repuso Andras, y se despidió con una inclinación.

La mujer le apretó el brazo y entró en casa; la puerta se cerró silenciosamente tras ella. Mientras el coche se alejaba, Andras se volvió para mirar el edificio. Observó las ventanas, sin saber muy bien qué esperaba. No vio movimiento alguno; ni cortinas que se apartaban ni el atisbo fugaz de una cara. Se imaginó a la señora joven regresando al salón con su muda frustración, y a la mayor retirándose más adentro tras aquella fachada de color mantequilla, entrando en una habitación cuyo excesivo mobiliario parecía sofocarla, una habitación cuyas ventanas no ofrecían una vista consoladora. Se volvió, apoyó un brazo sobre la caja destinada a József y dio su dirección de Hársfautca por última vez.

12. El Western Europe Express

2

El Western Europe Express

Por supuesto, contó a Tibor lo de la carta; no podría haber ocultado algo como eso a su hermano. En la habitación que compartían Tibor cogió el sobre y lo miró a contraluz. Estaba lacrado con una gota de cera roja en la que la señora Hász mayor había impreso su monograma.

—¿A ti qué te parece? —preguntó Andras.

—Intrigas operísticas —respondió Tibor con una sonrisa—. El capricho de una anciana, unido a la paranoia por la poca fiabilidad del servicio de correos. El tal Morgenstern de la rue de Sévigné será un antiguo amante. Te apuesto lo que quieras. —Devolvió la carta a Andras—. Ahora tú ya formas parte de su romance.

Andras guardó la carta en un bolsillo de la maleta y se conminó a no olvidarla; si un antiguo amante la estaba esperando, sería cruel privarle de ella. A continuación repasó su lista por decimoquinta vez y vio que no le quedaba nada más por hacer, aparte de marcharse a París. Para ahorrarse el taxi, él y Tibor pidieron prestada en la tienda de ultramarinos una carretilla que empujaron, con la maleta de Andras y la enorme caja de József, hasta la estación de Nyugati. En la ventanilla de venta de billetes se produjo una discusión sobre el pasaporte de Andras, que por lo visto era demasiado nuevo para parecer auténtico; hubo que consultar a un agente de emigración y después a su superior y finalmente a un superintendente con el uniforme repleto de botones dorados, quien hizo una marca diminuta en el borde del pasaporte de Andras y regañó a los otros por haberle importunado. Minutos después de que el asunto se hubiera resuelto, Andras, al hurgar en su cartera de piel, dejó caer el pasaporte en el estrecho espacio que quedaba entre el andén y el tren. Un amable caballero les ofreció su paraguas; Tibor lo introdujo en el hueco y empujó el pasaporte hasta un lugar en el que podían alcanzarlo.

—Ahora sí parece auténtico —comentó al entregárselo a Andras. El pasaporte estaba sucio y rasgado en la esquina donde Tibor había clavado la punta del paraguas. Andras se lo guardó en el bolsillo y los dos echaron a andar por el andén hacia la puerta del vagón de tercera clase, donde un revisor con gorra roja y dorada invitaba a subir a los pasajeros.

»Bueno —añadió Tibor—. Deberías buscar tu asiento. —Tenía los ojos húmedos tras las gafas. Puso una mano sobre el brazo de Andras—. En adelante no pierdas ese pasaporte.

—No lo perderé —aseguró Andras sin hacer ademán de subir al tren.

—Todos al tren —exclamó el revisor lanzando una mirada elocuente a Andras.

Tibor besó a su hermano en ambas mejillas y lo estrechó entre sus brazos durante un buen rato. Cuando eran niños y partían para asistir a la escuela, su padre solía ponerles una mano sobre la cabeza y recitar la oración del viaje antes de que subieran al tren; Tibor susurró aquellas palabras. «Que Dios guíe tus pasos hacia la tranquilidad y te mantenga alejado de las manos del enemigo. Que estés a salvo de todos los infortunios de esta tierra. Que Dios inspire piedad a los ojos de los que te miren.» Volvió a besar a Andras.

—Cuando regreses serás un hombre de mundo —dijo—. Un arquitecto. Me construirás una casa. Cuento con eso, ¿vale?

Andras no podía hablar. Soltó un largo suspiro y miró el suelo de hormigón del andén, donde habían quedado adheridas pegatinas de viaje en un despliegue multinacional. Alemania. Italia. Francia. El vínculo con su hermano era visceral, vascular, como si estuvieran unidos por el torso; la idea de subir a un tren que había de alejarlo de él le parecía tan terrible como dejar de respirar. Sonó el silbato del tren.

Tibor se quitó las gafas y se apretó la comisura de los ojos.

—Ya está bien —dijo—. Pronto volveremos a vernos. Vete.

Después de anochecer Andras miró por la ventanilla mientras atravesaban una ciudad donde los rótulos de las calles y las tiendas estaban escritos en alemán. El tren había cruzado la frontera sin que él se percatara; mientras dormía con un libro de poemas de Petofi sobre las rodillas, habían dejado atrás Hungría y entrado en el anchuroso mundo. Se acercó al cristal con las manos a los lados de la cara y buscó austríacos en las estrechas calles, pero no vio ninguno; poco a poco las casas se volvieron más pequeñas y dispersas, y la ciudad dio paso a los campos. Graneros austríacos, meras sombras a la luz de la luna. Vacas austríacas. Una carreta austríaca, llena de heno plateado. A lo lejos, recortadas contra el cielo azul nocturno, las montañas de un azul más oscuro. Abrió la ventanilla unos centímetros; el aire era frío y olía a leña.

Tuvo la extraña sensación de no saber quién era, de haber salido del mapa de su propia existencia. Era lo contrario de lo que sentía siempre que viajaba hacia el este, desde Budapest a Konyár, para ver a sus padres; en aquellos viajes a su pueblo natal tenía la impresión de avanzar hacia su interior, hacia un núcleo esencial, como la miniatura del tamaño de un grano de arroz que había en el centro de la muñeca rusa que su madre tenía en el alféizar de la cocina. Pero ¿quién imaginaba él que era ahora ese Andras Lévi sentado en un tren que cruzaba Austria en dirección al oeste? Antes de partir de Budapest apenas si se había parado a pensar en lo mal preparado que estaba para una aventura como esta, un período de cinco años estudiando arquitectura en una universidad de París. En Viena o en Praga se las habría arreglado; siempre había tenido buenas notas en alemán, que estudiaba desde los doce años. Sin embargo, era París y la École Spéciale quienes lo reclamaban, y tendría que componérselas con sus dos años de francés medio olvidado. Sabía poco más que unos cuantos nombres de comidas, partes del cuerpo y adjetivos elogiosos. Como los demás alumnos del instituto de Debrecen, había memorizado las palabras francesas de las posturas sexuales que aparecían en unas fotografías antiguas que se pasaban de generación en generación: croupade, les ciseaux, à la grecque. Las estampas eran tan viejas y estaban tan manoseadas que las imágenes de las parejas entrelazadas parecían fantasmas plateados, y solo cuando se las colocaba en cierto ángulo bajo la luz. Aparte de eso, ¿qué más sabía de francés, o siquiera de Francia? Sabía que el país limitaba con el Mediterráneo por un lado y con el Atlántico por el otro. Sabía algo de los movimientos de tropas y las batallas de la Gran Guerra. Por supuesto, conocía las catedrales de Reims y Chartres; Notre-Dame, el Sacré-Coeur y el Louvre. Eso era todo, con algún que otro hecho fragmentario. Durante las pocas semanas de que había dispuesto para preparar el viaje, había consultado una vez tras otra las páginas de su anticuado libro de frases útiles, comprado por cuatro chavos en una librería de viejo de Szent István körút. El libro debía de ser anterior a la Gran Guerra; ofrecía traducciones de frases como «¿Dónde puedo alquilar un tiro de caballos?» y «Soy húngaro, pero mi amigo es prusiano».

El fin de semana anterior, cuando había ido a Konyár para despedirse de sus padres, había confesado sus temores a su padre mientras paseaban por el huerto después de cenar. No había sido algo intencionado; los muchachos y el padre compartían tácitamente la idea de que, como hombres húngaros, no debían mostrar ningún signo de debilidad, ni siquiera en momentos críticos. Sin embargo, al caminar entre los manzanos, apartando los hierbajos que les llegaban hasta la rodilla, Andras se sintió impulsado a hablar. Se preguntó en voz alta por qué le habían elegido a él entre todos los artistas de la muestra de París. ¿Cómo había determinado la junta de admisión de la École Spéciale que él, en particular, merecía su atención? Aunque sus obras poseyeran un mérito especial, ¿quién podía asegurar que alguna vez volvería a crear algo semejante o, más aún, que sacaría provecho del estudio de la arquitectura, una disciplina diametralmente diferente de todo cuanto había hecho hasta entonces? En el mejor de los casos, dijo a su padre, era el beneficiario de una fe inmerecida; en el peor, un mero impostor.

Su padre echó la cabeza hacia atrás y se rió.

—¿Un impostor? —repitió—. ¿Tú, que me leías en voz alta a Miklós Ybl cuando tenías ocho años?

—Una cosa es amar el arte, y otra ser un artista.

—Hubo una época en que los hombres estudiaban arquitectura simplemente porque era un objetivo noble —afirmó su padre.

—Hay objetivos más nobles. Las artes médicas, por ejemplo.

—Tu hermano posee talento para eso. Tú tienes tus propias aptitudes. Y ahora dispones de tiempo y dinero para desarrollarlas.

—¿Y si fracaso?

—¡Ah! Entonces tendrás una anécdota que contar.

Andras cogió del suelo una rama caída y la usó para apartar la hierba alta.

—Parece egoísta —dijo— ir a estudiar a París, y a expensas de otro.

—Irías a mis expensas si pudiera pagarlo, créeme. No quiero que pienses que es un acto egoísta.

—¿Y si este año vuelves a pillar neumonía? El almacén de madera no funciona solo.

—¿Por qué no? Tengo un capataz y cinco buenos serradores. Y Mátyás no está lejos si necesito más ayuda.

—¿Mátyás, ese cuervo escurridizo? —Andras negó con la cabeza—. Aunque lograran dar con él, seguro que no conseguirías hacerlo trabajar.

—Oh, claro que lo haría trabajar —afirmó su padre—, pero espero no tener que recurrir a él. A ese granuja le costará Dios y ayuda acabar el bachillerato, con todas las tonterías que ha hecho este último año. ¿Sabías que se ha unido a una especie de grupo de danza? Actúa por las noches en un club y se salta las clases de la mañana.

—Ya lo sabía. Razón de más para que no me vaya a estudiar tan lejos. Cuando Mátyás se traslade a Budapest, alguien tendrá que cuidar de él.

—No es culpa tuya que no puedas estudiar en Budapest —repuso su padre—. Estás a merced de las circunstancias. Sé algo de eso. Pero se hace lo que se puede con lo que se tiene.

Andras entendió qué quería decir su padre. Este había estudiado en el seminario teológico judío de Praga, y se habría convertido en rabino de no haber sido por la muerte prematura de su padre; antes de cumplir treinta años había pasado por una serie de tragedias, suficientes para que un hombre más débil se entregara a la desesperación. Desde entonces su suerte había cambiado de tal modo que en el pueblo todos creían que el Todopoderoso se había compadecido de él y lo había favorecido. Pero Andras sabía que todo lo bueno que le había sucedido era el resultado de la obstinación y el trabajo esforzado.

—Es una suerte que vayas a París —dijo Béla—. Es mejor salir de este país, donde los judíos nos sentimos ciudadanos de segunda clase. Te aseguro que la situación no mejorará durante tu ausencia, aunque espero que tampoco empeore.

Ahora, mientras Andras avanzaba hacia el oeste en el vagón a oscuras, aquellas palabras resonaron en su cabeza; comprendió que bajo los temores que había expresado en voz alta subyacía otro. Recordó una noticia que había leído recientemente en el periódico sobre un hecho horrible acontecido pocas semanas antes en la ciudad polaca de Sandomierz: en plena noche habían roto los escaparates del barrio judío y lanzado al interior de los comercios pequeños proyectiles envueltos en papel. Cuando los tenderos los desenvolvieron, descubrieron que eran pezuñas de cabra. «Patas de judío», se leía en el envoltorio.

En Konyár no había sucedido nada parecido; judíos y no judíos habían convivido en relativa paz durante siglos. No obstante, las semillas estaban allí; Andras lo sabía. En la escuela primaria de Konyár sus compañeros le llamaban Zsidócska, «pequeño judío»; cuando iban todos a nadar, su circuncisión constituía una marca vergonzosa. Una vez lo inmovilizaron e intentaron meterle un pedazo de salchicha de cerdo entre los dientes apretados. Los hermanos mayores de esos niños habían atormentado a Tibor, y otros más jóvenes esperaban a Mátyás a la salida del colegio. ¿Cómo interpretarían esos chicos de Konyár, convertidos ahora en hombres, las noticias de Polonia? Lo que para él era una atrocidad podía parecerles justicia, o una especie de aval. Apoyó la cabeza contra el frío cristal de la ventanilla y miró el paisaje desconocido, sorprendido por lo mucho que se parecía a las llanuras donde había nacido.

En Viena el tren paró en una estación mucho más hermosa que cualquier edificio que hubiera visto Andras. La fachada, de diez pisos de altura, se componía de hojas de cristal sustentadas por una rejilla de hierro dorado; los soportes formaban volutas, un diseño de flores y querubines, una ornamentación que parecía más adecuada para un tocador que para una estación de ferrocarril. Andras se apeó y siguió el aroma del pan hasta un carro donde una mujer con un gorro blanco vendía pretzels. Sin embargo, esta se negó a aceptar sus pengos y sus francos. En alemán intentó explicar qué debía hacer Andras y le indicó un puesto de cambio de moneda, ante el cual había una cola que daba la vuelta a la esquina. El joven miró el reloj de la estación y después el montón de pretzels. Habían pasado ocho horas desde el festín de delicados emparedados en la casa de Benczúrutca.

Andras notó que alguien le tocaba el hombro y al volverse vio al caballero de la estación de Nyugati, el que había prestado su paraguas a Tibor para recuperar el pasaporte. El hombre vestía un traje de viaje gris y un abrigo ligero; sobre su chaleco brillaba una leontina de oro. Era alto, de torso fornido, cabellos morenos y ondulados, peinados hacia atrás, frente alta y abombada. Llevaba en la mano un maletín reluciente y un ejemplar de La Revue du Cinéma.

—Permita que le invite a un pretzel —dijo—. Tengo algunos chelines.

—Ya ha sido bastante amable —repuso Andras.

Aun así el hombre se adelantó y compró dos pretzels, y ambos se sentaron en un banco para comérselos. El caballero sacó del bolsillo un pañuelo con un monograma bordado y lo extendió sobre sus rodillas.

—Prefiero un pretzel recién hecho a lo que sirven en el vagón restaurante —comentó—. Además, los pasajeros de primera suelen ser unos pesados de primera.

Andras asintió y siguió comiendo en silencio. El pretzel todavía estaba caliente, y resultaba estimulante sentir la sal en la lengua.

—Veo que no se queda en Viena —observó el hombre.

—Voy a París —dijo Andras—, a estudiar.

El caballero volvió hacia Andras sus ojos rodeados de arrugas y lo escrutó durante unos instantes.

—¿Un futuro científico? ¿Un hombre de leyes?

—Arquitectura —contestó Andras.

—Muy bien. Una disciplina práctica.

—¿Y usted? —preguntó Andras—. ¿Cuál es su destino?

—El mismo que el suyo —respondió el hombre—. Dirijo un teatro en París, el Sarah-Bernhardt, aunque sería más correcto decir que el Sarah-Bernhardt me dirige a mí. Como una amante exigente, me temo. El teatro, ese sí es un arte poco práctico.

—¿Debe ser práctico el arte?

El hombre rió.

—No, por supuesto que no. —Y a continuación inquirió—: ¿Va al teatro?

—No tanto como quisiera.

—Entonces debe venir al Sarah-Bernhardt. Enseñe mi tarjeta en la taquilla y dígales que le envío yo. Diga que es un compatriote mío. —Sacó una tarjeta de una cajita de oro y se la dio a Andras. Novak Zoltán, metteur en scène. Théâtre Sarah-Bernhardt.

Andras había oído hablar de Sarah Bernhardt, pero sabía muy poco de ella.

—¿Madame Bernhardt actuaba allí? —preguntó—. ¿O… —agregó, con tono aún más vacilante— todavía actúa?

El hombre dobló el envoltorio de papel del pretzel.

—Actuó —dijo—. Durante muchos años. Entonces se llamaba Théâtre de la Ville. Pero eso fue antes de que yo llegara. Me temo que madame Bernhardt murió hace tiempo.

—Soy un ignorante —dijo Andras.

—Ni mucho menos. Me recuerda a mí mismo cuando era joven y viajé a París por primera vez. Le irá bien. Viene de una buena familia. Vi cómo se preocupaba su hermano por usted. Guarde mi tarjeta. Zoltán Novak.

—Andras Lévi. —Se estrecharon la mano y volvieron a sus vagones: Novak al coche-cama de primera clase, Andras a la comodidad relativa de la tercera clase.

Andras tardó dos días más en llegar a París, dos días durante los cuales tuvo que cruzar toda Alemania, adentrándose en el origen de los crecientes temores que se extendían por toda Europa. En Stuttgart sufrieron un retraso, un problema mecánico que hubo que solventar para que el tren pudiera proseguir el viaje. Andras estaba desfallecido de hambre. No tuvo más remedio que cambiar algunos francos por marcos y buscar algo para comer. En el mostrador de cambio una mujerona con la dentadura mellada y un uniforme gris le obligó a firmar un documento por el que se comprometía a gastar todo el dinero cambiado dentro de las fronteras de Alemania. Quiso entrar en una cafetería cercana a la estación para comprar un bocadillo, pero en la puerta había un pequeño rótulo escrito a mano en letras góticas que rezaba: NO SE ADMITEN JUDÍOS. Por el cristal de la puerta vio a una jovencita que leía una revista ilustrada detrás de la barra de los pasteles. Debía de tener quince o dieciséis años, llevaba un pañuelo blanco en la cabeza y una cadenita de oro al cuello. La muchacha levantó la vista y sonrió a Andras. Este retrocedió un paso, echó un vistazo a las monedas alemanas que tenía en la mano —en una cara, un águila con una esvástica en las garras; en la otra, el perfil bigotudo de Paul von Hindenburg— y miró de nuevo a la chica. Los reichsmarks no eran más que unas pocas gotas de sangre en el vasto sistema circulatorio de la economía del país, pero de repente lo acometió el deseo desesperado de deshacerse de ellos; no quería comer lo que pudiera comprar con ellos, aunque encontrara una tienda donde los Juden no fueran unerwünscht. Rápidamente, comprobando primero que nadie lo observaba, se arrodilló y arrojó las monedas en la boca resonante de una alcantarilla. A continuación regresó al tren sin haber comido nada, y siguió hambriento los cien últimos kilómetros de territorio alemán. En el andén de la estación de una pequeña localidad alemana se agitaron banderas nazis con el rebufo del tren. La bandera roja ondeaba en los últimos pisos de los edificios y decoraba los toldos de las casas, y apareció en miniatura en las manos de un grupo de niños que desfilaban en el patio de una escuela junto a las vías. Cuando por fin cruzaron la frontera con Francia, Andras sintió como si llevara horas conteniendo la respiración.

Atravesaron campos ondulantes, pueblecitos de casas de madera, interminables y monótonas zonas residenciales y, por último, los barrios de la periferia de París. Eran las once de la noche cuando llegaron a la estación. Haciendo malabarismos con la bolsa de piel, el abrigo y la cartera, Andras recorrió el pasillo del vagón y bajó al andén.

En la pared, un mural de metro y medio de largo mostraba a unos jóvenes soldados de semblante serio, con los ojos rebosantes de determinación, que se marchaban a luchar en la Gran Guerra. De otra pared colgaban unas pancartas de tela que representaban una guerra más reciente, española, dedujo Andras por el uniforme de los soldados. Los altavoces difundían mensajes en francés; entre los viajeros del andén, el murmullo del francés y la cadencia musical del italiano se entrelazaban con los tonos más ásperos del alemán, el polaco y el checo. Andras miró a la multitud en busca de un joven con un abrigo caro que pareciera tratar de localizar a alguien. No había pedido una descripción o una fotografía de József. No se le había ocurrido que pudiera resultarles difícil encontrarse. Cada vez había más pasajeros en el andén y más parisinos que acudían a recibirlos, y József seguía sin aparecer. Entre el gentío Andras atisbó a Zoltán Novak; una mujer con un sombrero elegante y un abrigo con el cuello de piel lo rodeó con los brazos. Novak la besó y se alejó con ella del tren, seguido de los mozos de cuerda que llevaban su equipaje.

Andras recogió su maleta y la enorme caja para József. Esperó mientras la multitud se hacía aún más densa y finalmente empezó a disiparse. Ningún joven apresurado se acercó a él para introducirlo en la vida de París. Se sentó sobre la caja de madera, de repente desfallecido. Necesitaba un lugar donde dormir. Necesitaba comer. Miró a las luces de los coches que pasaban por la calle al otro lado de la hilera de puertas señaladas con la palabra SORTIE. Transcurrió un cuarto de hora, y después otro, y József Hász seguía sin dar señales de vida.

Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó la gruesa tarjeta donde la señora mayor había apuntado las señas de su nieto. Era la única dirección que tenía. Por seis francos consiguió que un mozo de cuerda con cara de morsa le ayudara a subir el equipaje y la enorme caja de József a un taxi. Dio las señas de József al conductor y se alejaron a toda velocidad en dirección al Quartier Latin. Durante el trayecto, el taxista no paró de hablar en francés con tono jocoso, sin que Andras entendiera una sola palabra.

Apenas se percató de los lugares por donde pasaban camino de la casa de József Hász. La niebla caía en oleadas sobre la luz de las farolas y hojas de árbol húmedas chocaban contra las ventanillas del taxi. Los edificios bañados en una luz dorada desfilaban vertiginosamente; las calles estaban llenas de noctámbulos, hombres y mujeres que caminaban con un brazo echado sobre los hombros de sus compañeros. El taxi cruzó a toda velocidad un río que debía de ser el Sena, y por un momento Andras se permitió imaginar que estaban cruzando el Danubio, que se hallaba de vuelta en Budapest y que en poco tiempo se encontraría en casa, en Hársfautca, donde subiría por la escalera para meterse en la cama con Tibor. Entonces el taxi paró ante un edificio de piedra gris y el conductor bajó para descargar el equipaje. Andras buscó más dinero en el bolsillo. El taxista se llevó la mano a la gorra, cogió los francos que le tendía y dijo algo que sonó como la palabra húngara bocsánat, «lo siento», pero que después Andras sabría que era bonne chance. Luego el taxi se alejó y Andras se quedó solo en una acera del Quartier Latin.

13. El Quartier Latin

3

El Quartier Latin

El edificio donde vivía József Hász era de bloques de arenisca de cantos afilados, seis pisos con largos ventanales y balcones de hierro ornamentado. Del último piso salía un estruendo de jazz trepidante; corneta, piano y saxofón se batían en duelo tras las ventanas iluminadas. Andras se encaminó hacia la puerta para llamar al timbre, pero la encontró abierta de par en par; en el vestíbulo, un grupito de chicas con vestidos de seda ceñidos bebían champán y fumaban cigarrillos con aroma a violetas. Apenas lo miraron mientras arrastraba el equipaje al interior y lo arrimaba a la pared. Con el corazón en un puño, se acercó a una de las jóvenes y le tocó el brazo. Ella lo miró con coquetería y arqueó una ceja pintada.

—¿József Hász? —preguntó Andras.

La chica levantó un dedo y señaló hacia lo más alto de la escalera ovalada.

Là bas —dijo—. En haut.

Andras llevó a rastras el equipaje y la caja enorme al ascensor y subió hasta el último piso. Al salir se topó con un mar de hombres y mujeres, humo y jazz; por lo visto el Quartier Latin en pleno se había reunido en casa de József Hász. Después de dejar el equipaje en el rellano, cruzó la puerta abierta del piso y preguntó por Hász a varios juerguistas ebrios. Tras un recorrido laberíntico por habitaciones de techos altos, se encontró en un balcón con el mismísimo Hász, un joven alto y ágil con un batín corto de terciopelo. Hász miró a Andras con una expresión de aturdimiento inducido por el champán en sus grandes ojos grises, le preguntó algo en francés y alzó su copa.

Andras negó con la cabeza.

—Me temo que de momento tendrás que hablarme en húngaro —dijo.

József entornó los ojos.

—¿Y qué húngaro eres tú exactamente?

—Andras Lévi. El húngaro del telegrama de tu madre.

—¿Qué telegrama?

—¿No te ha mandado un telegrama tu madre?

—¡Oh, vaya, tienes razón! Ingrid me dijo que había llegado uno. —József le puso una mano en el hombro, se inclinó hacia la puerta del balcón y gritó—: ¡Ingrid!

Una chica rubia con un ceñido corpiño adornado con lentejuelas salió al balcón y apoyó una mano en la cadera. Siguió una conversación rápida en francés, y a continuación Ingrid sacó del escote un sobre de telegrama doblado. József lo rasgó, leyó el texto y miró a Andras, volvió a leerlo y le entró un ataque de risa.

—¡Pobre! —exclamó—. ¡Debería haber ido a recogerte a la estación hace dos horas!

—Eso esperaba.

—¡Te habrán entrado ganas de matarme!

—Todavía las tengo —repuso Andras. La cabeza estaba a punto de estallarle a causa de la música, le lloraban los ojos y las tripas le gruñían de hambre. Estaba claro que no podía quedarse en casa de József Hász, pero tampoco quería pensar en salir a buscar otro sitio donde pasar la noche.

—Bueno, de momento te ha ido muy bien sin mí —dijo József—. Ahora estás en mi casa, donde hay suficiente champán para toda la noche y abundancia de cualquier cosa que quieras, no sé si me entiendes.

—Lo único que necesito es un rincón tranquilo donde dormir. Dame una manta y ponme donde quieras.

—Me temo que aquí no hay rincones tranquilos —dijo József—. Tómate una copa. Ingrid te la servirá. Sígueme. —Tiró de Andras hacia el piso y lo dejó en manos de Ingrid, que encontró la que debía de ser la última copa limpia y la llenó hasta arriba de burbujeante champán para Andras. Ella se conformó con la botella; brindó por Andras, le dio un largo beso con sabor a humo, y lo llevó al salón, donde el pianista se arrancaba con una improvisación de «Downtown Uproar» y los allí reunidos se lanzaban a bailar.

Por la mañana despertó en un sofá junto a una ventana, con los ojos tapados con una camisa de seda, la cabeza como una masa de algodón, la camisa desabrochada, la chaqueta enrollada bajo la cabeza y el brazo izquierdo dormido. Alguien le había echado encima un edredón y había descorrido las cortinas; la luz del sol le daba en el torso. Clavó la vista en el techo, donde la espuma floral de un medallón de yeso se arremolinaba alrededor de la larga base de latón de una lámpara. De la base salía un grupo de ramas doradas de las que colgaban bombillas en forma de pequeñas llamas. «París», pensó, y se incorporó sobre los codos. La habitación estaba llena de los restos de la fiesta y olía a champán vertido y a rosas marchitas. Tenía un vago recuerdo de un largo tête-à-tête con Ingrid y luego de una competición para ver quién bebía más entre él, József y un norteamericano ancho de espaldas; no recordaba nada de lo sucedido después. Alguien había entrado su equipaje y la caja de József y los había dejado junto a la chimenea. A Hász no se le veía por ninguna parte. Andras se levantó del sofá y caminó tambaleante por el pasillo hasta un cuarto de baño de azulejos blancos, donde se afeitó en el lavabo y se bañó en una bañera con patas de león, de cuyo grifo salía directamente agua caliente. A continuación se puso una camisa, un pantalón y una chaqueta limpios. Mientras buscaba los zapatos en el salón, oyó que una llave se introducía en la cerradura. Era Hász, que entró con un periódico y una caja de una pastelería. Dejó el paquete, en una mesita baja y dijo:

—¿Levantado tan temprano?

—¿Qué es eso? —preguntó Andras mirando la caja atada con una cinta.

—La cura para tu resaca.

Andras la abrió y encontró media docena de pastas calientes envueltas en papel de cera. Hasta entonces no se había permitido pensar en el hambre que tenía. Se comió un cruasán de chocolate, y estaba dando cuenta del segundo cuando se acordó de ofrecer la caja a su anfitrión, quien la rechazó riendo.

—Hace horas que estoy levantado —dijo József—. Ya he desayunado y leído las noticias. España está destrozada. Francia sigue sin mandar tropas. Pero hay dos nuevas reinas de la belleza que compiten por el título de Miss Europa: mademoiselle De los Reyes, de España, una morena preciosa, y la misteriosa mademoiselle Betoulinski de Rusia. —Lanzó el periódico a Andras. Dos bellezas impresionantes y frías como el hielo, con vestidos de noche blancos, aparecían en sendas fotografías en portada.

—Me gusta De los Reyes —dijo Andras—. Qué labios.

—Diría que es de los nacionales —observó József—. Me gusta la otra.

Se aflojó el fular de seda naranja y se arrellanó en el sofá, con los brazos extendidos sobre el respaldo curvo.

—Mira cómo está esto —agregó—. Y la criada no viene hasta mañana. Tendré que cenar fuera.

—Deberías abrir la caja. Estoy seguro de que tu madre te ha mandado algo bueno para cenar.

—¡La caja! Me había olvidado. —La arrastró por el salón y abrió la tapa con un cuchillo de untar mantequilla.

Dentro había una lata de galletas de almendra, otra de rugelach, una tercera de mayor tamaño donde habían embutido una linzertorte entera sin dejar un solo milímetro de espacio libre; ropa interior de lana para el invierno; una caja con sobres en los que ya estaba escrita la dirección de sus padres; una lista de primos a los que debía llamar; una lista de artículos que debía comprar a su madre, entre ellos ciertas prendas íntimas de señora; unos gemelos para el teatro, y un par de zapatos confeccionados a medida por su zapatero de Váciutca, cuya habilidad, según él, no tenía punto de comparación con la de los remendones de París.

—Mi hermano trabaja en una zapatería de Váciutca —dijo Andras, y mencionó el nombre de la tienda.

—No es la misma, me temo —dijo József con cierto tono de superioridad. Cortó luego una porción de linzertorte, se la comió y declaró que era deliciosa—. Eres una buena persona, Lévi, por haber cargado con este pastel por toda Europa. ¿Cómo puedo devolverte el favor?

—Podrías explicarme qué debo hacer para instalarme aquí —dijo Andras.

—¿Seguro que quieres oír mis consejos? —preguntó József—. Soy un gandul y un libertino.

—Me temo que no tengo elección —afirmó Andras—. Eres la única persona que conozco en París.

—¡Ah! Qué suerte tienes —repuso József.

Mientras se servían porciones de linzertorte de la lata, le recomendó una pensión judía, una tienda de artículos de arte y un comedor para estudiantes donde se comía a buen precio. Él no iba allí, por supuesto —por lo general le subían las comidas de un restaurante del boulevard Saint-Germain—, pero tenía amigos que lo frecuentaban y lo consideraban tolerable. En cuanto al hecho de que Andras no estuviera matriculado en la Beaux-Arts, sino en la École Spéciale, era una lástima que no fueran compañeros, pero probablemente sería mejor para Andras; József constituía sin duda una mala influencia. Una vez resuelto el problema de instalar a Andras en París, József le propuso salir al balcón a fumar y contemplar su nueva ciudad.

Lo condujo a través del dormitorio hasta las puertas vidrieras. Hacía frío, y la niebla de la noche anterior se había transformado en una llovizna finísima; el sol era una moneda de plata tras un visillo de nubes.

—Ahí la tienes —dijo József—, la ciudad más bella del mundo. Esa cúpula es el Panteón, y allí está la Sorbona. A la izquierda tienes Saint-Étienne-du-Mont, y si te inclinas un poco verás un trocito de Notre-Dame.

Andras apoyó las manos en la barandilla y miró la extensión de edificios grises desconocidos entre una cortina fría de llovizna. Las chimeneas se apiñaban en los tejados como aves extrañas, y la bruma verde de un parque temblaba más allá de un batallón de buhardillas de cinc. A lo lejos, hacia el oeste, borrosa por la distancia, la torre Eiffel se alzaba hasta fundirse con el cielo. Entre él y aquel monumento se extendían miles de calles, tiendas y seres humanos desconocidos que llenaban una distancia tan vasta que la torre parecía esmirriada y frágil contra las nubes grises.

—¿Y bien? —preguntó József.

—Es muy grande, ¿no?

—Lo bastante para mantenerte ocupado. Tengo que salir dentro de unos minutos. He quedado para almorzar con una tal mademoiselle Betoulinski de Rusia. —Le guiñó un ojo y se enderezó la corbata.

—Ah, ¿te refieres a la muchacha de las lentejuelas de anoche?

—Me temo que no —respondió József con una sonrisita—. Es otra mademoiselle.

—Podrías dejarme alguna.

—Ni hablar, amigo —repuso József—. Las quiero todas para mí.

Salió del balcón y volvió al espacioso salón, donde se ciñó el fular de seda naranja en torno al cuello y se puso una chaqueta holgada de lana gris claro. Cogió la bolsa de piel de Andras, que asió su maleta, y bajaron en el ascensor.

—Ojalá pudiera acompañarte a la pensión, pero llego tarde a la cita con mi amiga —dijo József en cuanto dejaron el equipaje en la acera—. Ten, esto es lo que te costará el taxi. No, insisto. Cógelo. Y pásate algún día a tomar una copa, ¿de acuerdo? Hazme saber cómo te va. —Dio una palmadita a Andras en el hombro, le estrechó la mano y se alejó silbando en dirección al Panteón.

Madame V., la dueña de la pensión, sabía unas pocas palabras inútiles de húngaro y mucho yiddish ininteligible, pero no tenía ninguna habitación para Andras. Logró hacerle entender que podía dormir aquella noche en el sofá del rellano de arriba si quería, pero que sería mejor que saliera inmediatamente a buscar otro alojamiento. Todavía aturdido por la noche pasada en casa de József, el joven se adentró en el Quartier Latin entre estudiantes que lucían un cuidado desaliño, con sus bolsas escolares de lona, carteras, bicicletas, fajos de panfletos políticos, cajas de pastas atadas con una cuerda, cestas del mercado y ramos de flores. Entre ellos se sentía demasiado arreglado y provinciano, aunque llevaba la misma ropa que le había parecido elegante y cosmopolita una semana antes en Budapest. En un frío banco de una placita deprimente buscó en su libro de frases útiles la traducción de «precio», «estudiante», «habitación» y «cuánto vale». Pero una cosa era entender que chambre à louer significaba «habitación en alquiler», y otra muy diferente llamar a un timbre para preguntar en francés si disponían de una chambre. Paseó desde Saint-Michel a Saint-Germain, desde la rue Cardinal-Lemoine hasta la rue Clovis, maldiciéndose una y otra vez por no haber atendido en clase de francés y anotando en un cuadernito varios lugares donde se ofrecían chambres à louer. Antes de que hubiera logrado armarse de valor para llamar a un solo timbre estaba totalmente agotado; después del anochecer se retiró a la pensión derrotado.

Aquella noche, mientras intentaba encontrar una postura cómoda en el sofá verde del rellano, hombres de toda Europa discutieron, se pelearon, fumaron, rieron y bebieron hasta bien pasada la medianoche. Ninguno hablaba húngaro, y ninguno pareció reparar en que había un recién llegado entre ellos. En otras circunstancias Andras se habría levantado para unirse a ellos, pero aquella noche estaba tan cansado que hasta le costaba darse la vuelta bajo la manta. El sofá, poco mullido, delgado y con brazos de madera, parecía haber sido concebido como instrumento de tortura. Cuando por fin los jóvenes se fueron a la cama, salieron ratas del zócalo para iniciar su incursión nocturna en busca de comida; recorrieron todo el pasillo y robaron el pan que Andras había guardado de la cena. Los olores de zapatos apestosos, hombres sin lavar y grasa de cocina le persiguieron en sueños. Cuando se despertó, dolorido y exhausto, se dijo que con aquella noche había tenido suficiente. Cuanto antes iría al quartier y preguntaría en el primer lugar donde se anunciara una habitación en alquiler.

En la rue des Écoles, cerca de una plazoleta pavimentada en la que había un gran castaño, encontró un edificio con el cartel ya bien conocido en la ventana: chambre à louer. Llamó a la puerta pintada de rojo y cruzó los brazos, intentando no pensar en la angustia que le oprimía el pecho. La puerta se abrió de golpe y apareció una mujer baja, rechoncha, con cejas espesas y la boca torcida en una mueca; en el puente de la nariz descansaban unas gafas de montura negra con cristales gruesos que hacían que sus ojos parecieran diminutos y lejanos, como si pertenecieran a una persona más pequeña. Tenía los cabellos canos y estropajosos, aplastados en un costado como si hubiera estado durmiendo en un sillón orejero con la cabeza recostada a un lado. La mujer apoyó un puño en la cadera y miró de hito en hito a Andras. Haciendo acopio de valor, este formuló su pregunta como mejor pudo y señaló el cartel de la ventana.

La portera comprendió. Le indicó que entrara en un vestíbulo estrecho revestido de azulejos y lo guió hacia una escalera de espiral con un tragaluz en lo alto. Una vez arriba, lo condujo por un pasillo hacia una buhardilla larga y angosta con una cama de hierro arrimada a una pared, una palangana de loza en un aguamanil de madera, una mesa rústica y una silla de madera pintada de verde. Dos ventanas daban a la rue des Écoles; una estaba abierta y en el alféizar había un nido abandonado y los restos de tres huevos azules. En la chimenea había una rejilla oxidada, un tenedor roto para tostar pan y un mendrugo duro. La portera se encogió de hombros y dijo un precio. Andras propuso pagar la mitad. La portera escupió y pegó una patada en el suelo, despotricó contra Andras en francés y al final aceptó su oferta.

Así empezó su vida en París. Tenía una dirección, una llave de latón y una vista. Su vista, como la de József, incluía el Panteón y la blanca torre del reloj, construida en piedra caliza, de Saint-Étienne-du-Mont. Al otro lado de la calle estaba el Collège de France, y pronto se acostumbraría a utilizarlo como referencia al dar sus señas: «34 rue des Écoles, en face du Collège de France». Más allá estaba la Sorbona. Y más lejos, bajando por el boulevard Raspail, se hallaba la École Spéciale d’Architecture, donde el lunes empezarían las clases. Una vez que hubo limpiado la habitación de punta a punta y colocado su ropa en una caja de manzanas, contó el dinero que tenía y elaboró una lista de compras. Fue a las tiendas y compró un tarro de vidrio lleno de mermelada de grosella, una caja de té barato, otra de azúcar, un colador, una bolsa de nueces, un recipiente de barro pequeño con mantequilla, una larga baguette y, como único capricho, un pedacito de queso.

Qué placer sintió al introducir la llave en la cerradura y abrir la puerta de su habitación. Dejó las compras en el alféizar y esparció los útiles de dibujo sobre la mesa. A continuación se sentó, afiló un lápiz con un cuchillo y esbozó la vista que tenía del Panteón en una tarjeta postal en blanco. En la otra cara escribió su primer mensaje desde París: «Querido Tibor, ¡ya estoy aquí! Tengo una buhardilla miserable; no esperaba más. El lunes empiezo en la escuela. ¡Viva! Liberté, égalité, fraternité. Con cariño, Andras». Solo le faltaba el sello. Pensó pedirle uno a la portera; sabía que había un buzón doblando la esquina. Mientras intentaba recordar dónde estaba exactamente, lo que le vino a la cabeza fue la imagen de un sobre, un lacre de cera y un monograma. Había olvidado la promesa hecha a la anciana señora Hász, cuya carta dirigida a C. Morgenstern, de la rue de Sévigné, seguía en su maleta. La sacó de debajo de la cama, casi temiendo que el sobre hubiera desaparecido, pero allí estaba, en el bolsillo donde lo había guardado, con el lacre de cera intacto. Bajó corriendo al piso de la portera y, con ayuda de su libro de frases útiles y una serie de gestos apremiantes, le pidió un par de sellos. Tras una pequeña búsqueda localizó la boîte aux lettres y echó la postal para Tibor. Acto seguido, imaginando la alegría de un caballero de cabellos plateados cuando recibiera el correo al día siguiente, echó la carta de la señora Hász en la anónima oscuridad del buzón.

14. École Spéciale

4

École Spéciale

Para ir a la escuela Andras tenía que cruzar el Jardin du Luxembourg, con su historiado Palais, la fuente y los parterres repletos de amapolas y caléndulas tardías. Los niños hacían navegar elegantes barquitos en la fuente, y Andras recordó con cierto orgullo no exento de indignación los que él y sus hermanos construían con pedazos de madera y hacían navegar en la represa del molino de Konyár. Había bancos verdes y setos bien recortados, y un carrusel con caballos pintados. En el otro extremo del parque Andras vio algo parecido a unas casas de muñecas marrones; al acercarse oyó el zumbido de las abejas. Un apicultor con la cara cubierta con un velo se inclinaba hacia una colmena agitando una lata de la que salía humo.

Andras bajó por la rue de Vaugirard, llena de tiendas de artículos de arte, pequeños cafés y niñas de la escuela primaria, y enfiló el amplio boulevard Raspail, con sus majestuosos edificios. Ya se sentía un poco más parisino que al llegar. Llevaba la llave de su piso colgada al cuello en un cordón y un ejemplar de L’Oeuvre bajo el brazo; la bufanda anudada como había visto hacer a József Hász y la bolsa de piel en bandolera, a la manera de los estudiantes del Quartier Latin. Su vida en Budapest —el empleo en Pasado y Futuro, el piso en Hársfautca, el habitual sonido de la campana de los tranvías— parecía pertenecer a otro universo. Con una punzada inesperada de añoranza imaginó a Tibor sentado a su mesa de siempre en su café preferido. Más al este, en Debrecen, Mátyás estaría dibujando en su cuaderno mientras sus compañeros estudiaban las declinaciones latinas. ¿Y los padres de Andras? Debía escribirles esa noche sin falta. Tocó el reloj de plata que llevaba en el bolsillo. Su padre lo había mandado arreglar justo antes de su partida; era un objeto antiguo muy bonito, con números finísimos pintados y manecillas de metal azul oscuro iridiscente. Todavía funcionaba igual de bien que en los tiempos del abuelo de Andras. Este recordaba que solía sentarse en las rodillas de su abuelo y dar cuerda al reloj, procurando no girar más de la cuenta el resorte; su padre, Béla el Afortunado, había hecho otro tanto de niño. Y ahora ese mismo reloj estaba en París, en 1937, una época en que las personas podían recorrer dos mil kilómetros de distancia en pocos días, un mensaje telegráfico llegaba a su destino a través de una red de cables en cuestión de minutos, y una señal de radio se transmitía al instante por el aire. ¡Vaya época para estudiar arquitectura!

Se dio cuenta de que había pasado de largo de la École Spéciale y tuvo que volver sobre sus pasos. Grupos de jóvenes entraban por unas altas puertas azules situadas en el centro de un edificio gris neoclásico con el nombre de la escuela grabado en la piedra de la cornisa. ¡La École Spéciale d’Architecture! Allí lo habían aceptado, habían visto su trabajo y lo habían elegido, y él había acudido. Subió corriendo por la escalinata y cruzó las puertas. En la pared del vestíbulo había una placa con el busto de dos hombres en bajorrelieve dorado: Émile Trélat, fundador de la escuela, y Gaston Trélat, que había sucedido a su padre como director. Émile y Gaston Trélat. Recordaría siempre esos nombres. Tragó saliva un par de veces, se alisó el cabello y entró en la oficina de matriculación.

La joven que había tras el mostrador parecía salida de un sueño. Tenía la piel del color de la madera de nogal y el cabello, que llevaba muy corto, lustroso como el satén. Lo miró con expresión cordial, clavando sus ojos oscuros en los de Andras. Este ni siquiera intentó hablar. Nunca había visto a una mujer tan hermosa, tampoco se había topado jamás con una persona de ascendencia africana. La hermosa francesa negra le preguntó algo que no logró entender, así que murmuró una de las pocas palabras francesas que conocía —désolé— y apuntó su nombre en un papel que deslizó sobre el mostrador. La muchacha fue pasando con la mano unos sobres gruesos que había en una caja de madera y extrajo uno con su apellido, LÉVI, escrito en la parte superior en letras mayúsculas bien claras.

Andras le dio las gracias en su francés vacilante y ella le dio la bienvenida. Se habría quedado allí mirándola si en aquel momento no hubiera entrado un grupo de estudiantes que saludaron a la muchacha a voz en grito y se inclinaron sobre el mostrador para besarla en las mejillas, Eh, Lucia! Ça va, bellissima? Andras pasó junto a ellos, con el sobre apretado contra el pecho, para salir al pasillo. Todos los alumnos se habían congregado bajo el techo de cristal de un atrio central, donde acababan de colgar los horarios de clase. Se sentó en un banco bajo y abrió el sobre, que contenía la lista de las asignaturas:

COURS PROFESSEUR
HISTOIRE DE L’ARCHITECTURE A. Perret
LES STATIQUES V. Le Bourgeois
ATELIER P. Vago
DESSINAGE M. Labelle

Sin más ni más, como si fuera lo más natural del mundo que Andras estudiara aquellas disciplinas bajo la dirección de arquitectos famosos. Había una larga lista de textos y materiales obligatorios, y una tarjeta blanca escrita a mano en húngaro (¿por quién?) en la que se le indicaba que, gracias a su beca, podía comprar sus libros y demás con crédito de la escuela en una librería del boulevard Saint-Michel.

Después de leer y releer el mensaje, echó un vistazo al atrio haciendo elucubraciones sobre quién podría ser su autor. La multitud de estudiantes no le proporcionó ninguna pista. Nadie parecía húngaro ni por asomo; eran todos parisinos de los pies a la cabeza. Sin embargo, en un rincón tres jóvenes con aire dubitativo se mantenían aparte observando el recinto. Se veía a la legua que eran alumnos de primero, y de los nombres de sus carpetas se deducía que eran judíos. ROSEN, POLANER, BEN YAKOV. Andras los saludó con la mano y ellos le respondieron con una inclinación de la cabeza, una especie de reconocimiento tácito. El más alto le indicó por señas que se acercara.

Rosen era larguirucho, pecoso, con cabellos rojizos y ondulados y un amago de perilla. Cogió a Andras por el hombro y le presentó a Ben Yakov, que se parecía a Pierre Fresnay, el guapo actor de cine francés, y a Polaner, bajo y de constitución delgada, con la cabeza prácticamente afeitada y las manos finas. Andras los saludó a todos y les dijo su nombre, y la conversación entre los chicos siguió en francés mientras él intentaba coger el hilo. Rosen parecía ser el cabecilla del grupo; llevaba la voz cantante y los otros dos le escuchaban y le respondían. Polaner parecía nervioso, pues se abrochaba y desabrochaba una y otra vez el botón superior de su anticuada chaqueta de terciopelo. El apuesto Ben Yakov miró a un grupo de jovencitas; una los saludó con la mano y él le devolvió el saludo. A continuación se inclinó hacia Polaner y Rosen para hacer lo que solo podía ser un comentario picante, y los tres rieron. A pesar de que Andras tenía que esforzarse para seguir la rápida conversación de los hombres, y a pesar de que estos apenas le habían dirigido la palabra, sintió un apremiante deseo de conocerlos. Cuando fueron a mirar los horarios, se alegró al ver que estaban todos en el mismo grupo.

Al poco rato los alumnos se encaminaron hacia el patio de paredes de piedra, donde unos altos árboles daban sombra a hileras de bancos de madera. Un estudiante llevó un atril a una pequeña zona pavimentada en la parte delantera y los demás se sentaron en los bancos. Al otro lado de los muros de piedra del patio se oía el trajín y el zumbido del tráfico. Pero Andras estaba dentro, sentado con tres hombres cuyos nombres conocía; era un estudiante más, y su sitio estaba entre esos muros. Intentó tomar nota de esa sensación, intentó imaginar cómo se la describiría a Tibor y a Mátyás. Sin embargo, antes de que pudiera juntar las palabras en su cabeza se abrió una puerta en un costado del edificio y salió un hombre. Parecía un capitán militar; lucía una larga capa gris con forro rojo y, en la cara, una barbita triangular y un bigote con las puntas curvadas con cera. Sus ojos eran pequeños y feroces tras los quevedos sin montura. En una mano llevaba un bastón y en la otra lo que parecía una piedra gris de bordes irregulares. Andras pensó que cualquier otro hombre se habría doblado bajo el peso de la piedra, pero aquel cruzó el patio con la espalda recta y la barbilla alzada, con porte militar. Se acercó al atril y depositó en él la piedra con un ruido sordo.

—Firmes —exclamó.

Los estudiantes callaron y se pusieron firmes, irguiendo la espalda como si alguien hubiera tirado de unos hilos invisibles. Sin hacer ruido, un joven alto con una camisa de trabajo deshilachada se sentó al lado de Andras e inclinó la cabeza hacia su oído.

—Es Auguste Perret —susurró en húngaro—. Fue profesor mío, y ahora lo será tuyo.

Andras miró al joven con sorpresa y alivio.

—Usted es el que escribió la nota de mi sobre —dijo.

—Escucha —le indicó el hombre—, y yo traduciré.

Andras escuchó. En el atril, Auguste Perret levantó con ambas manos la piedra de bordes irregulares y planteó una pregunta. La pregunta, según el traductor de Andras, era si alguien sabía qué material de construcción era aquel. Tú, el de la primera fila. De hormigón, en efecto. Hormigón armado. Cuando acabaran los cinco años de estudios, todos ellos sabrían cuanto había que saber sobre el hormigón armado. ¿Por qué? Porque era el futuro de la ciudad moderna. Con él se erigirían edificios que sobrepasarían en altura y resistencia a todo cuanto se había construido hasta entonces. En altura y resistencia, sí, y también en belleza.

—De todas formas, en la École Spéciale no perseguimos la belleza; la dejamos para los hijos de buena familia de «aquella otra escuela», una institución para caballeros, un lugar donde los muchachos van a jugar al arte del dessinage: en la École Spéciale nos interesa la arquitectura de verdad, edificios en los que las personas puedan vivir. Si nuestros diseños son bellos, mejor que mejor, pero pretendemos que sean bellos de una forma que el hombre corriente se sienta a gusto en ellos. Estamos aquí porque creemos en la arquitectura como un arte democrático; porque creemos que forma y función tienen la misma importancia; porque nosotros, la vanguardia, nos hemos deshecho de las ataduras de la tradición aristocrática y hemos empezado a pensar por nosotros mismos. Que se levanten y salgan por esa puerta quienes quieran construir Versalles. «La otra escuela» está solo a tres paradas de metro.

El profesor señaló con el brazo la puerta, sin apartar la vista de los estudiantes.

Non? —exclamó—. Pas un?

Nadie se movió. El profesor se quedó quieto como una estatua. Andras tuvo la sensación de ser una figura en un cuadro, paralizado por toda la eternidad por el desafío de Perret. La gente admiraría el cuadro en los museos durante siglos. Él estaría sentado en el banco, un tanto inclinado hacia el hombre de la capa y la barba blanca, aquel general de los arquitectos.

—Pronuncia este discurso todos los años —susurró el húngaro sentado al lado de Andras—. A continuación hablará de la responsabilidad que tenéis con respecto a los estudiantes que vendrán después de vosotros.

Les étudiants qui viennent après vous —prosiguió el profesor, y el húngaro tradujo sus palabras—. Aquellos estudiantes confían en que os apliquéis en el estudio. De lo contrario, ellos también fracasarán. A vosotros os enseñarán aquellos que os han precedido, en la École Spécial aprenderéis a colaborar, porque en su vida un arquitecto debe trabajar estrechamente con otros. Podréis tener vuestras propias ideas, pero sin la ayuda de vuestros colegas esas ideas no valdrán ni el papel donde estén apuntadas. En esta escuela Émile Trélat enseñó a Mallet-Stevens, Mallet-Stevens enseñó a Fernand Fenzy, Fernand Fenzy enseñó a Pierre Vago, y Pierre Vago os enseñará a vosotros.

En ese momento el profesor señaló al público, y el hombre sentado junto a Andras se levantó y saludó educadamente con una reverencia. Caminó hacia el atril, se colocó junto al profesor Perret y se dirigió a los alumnos en francés. Pierre Vago. El hombre que había hecho las veces de traductor de Andras —ese hombre de aspecto desaliñado con una camisa de trabajo manchada de tinta— era el P. VAGO del programa de clases. Su jefe de estudios. Su profesor. Un húngaro. De repente Andras se sintió aturdido. Por primera vez pensó que tal vez tuviera una posibilidad de sobrevivir en la École Spéciale. No podía concentrarse en lo que decía Pierre Vago en su elegante francés con un ligerísimo acento. Sin duda era él quien había escrito la nota en húngaro que había hallado en su sobre. Pierre Vago, pensó Andras, probablemente era el responsable de que él estuviera allí.

—Eh —dijo Rosen tirándole del brazo—. Regarde-toi.

Andras estaba tan alterado que había empezado a sangrarle la nariz. En su camisa blanca brillaban unas manchas rojas. Polaner le miró preocupado y le ofreció un pañuelo; Ben Yakov palideció y apartó la vista. Andras cogió el pañuelo y se apretó con él la nariz. Rosen le obligó a inclinar la cabeza hacia atrás. Algunos se volvieron a mirar qué sucedía. Andras sangraba en el pañuelo, sin importarle quién lo mirara, más feliz de lo que se había sentido en toda su vida.

Más tarde, después de la asamblea, cuando dejó de sangrarle la nariz y entregó su pañuelo limpio a cambio del que había manchado, cuando hubo concluido la primera reunión de los diversos grupos de estudio, tras la cual intercambió direcciones con Rosen, Polaner y Ben Yakov, Andras se vio en el atestado despacho de Vago, sentado en un taburete de madera junto a una mesa de dibujo. De las paredes colgaban esbozos y planos impresos, acuarelas en blanco y negro de edificios bellísimos e increíbles y un dibujo a escala de una ciudad a vista de pájaro. En un rincón había un montón de ropa manchada de pintura, y, apoyado contra la pared, el cuadro de una bicicleta oxidada y torcida. La librería de Vago contenía libros antiguos, revistas de papel satinado, un hervidor de agua, un aeroplano de madera y una figurita de mala calidad que representaba a una chica de piernas flacas. Vago estaba arrellanado en su silla giratoria, con las manos enlazadas en la nuca.

—Así pues —dijo a Andras—, aquí estás, recién llegado de Budapest. Me alegro de que hayas venido. No sabía si te sería posible, habiéndote avisado con tan poca antelación, pero tenía que intentarlo. Son terribles esos prejuicios que determinan quién puede estudiar qué, cuándo y cómo. No es un país para hombres como nosotros.

—Pero… discúlpeme, ¿es usted judío, profesor?

—No. Soy católico. Educado en Roma. —Pronunció la erre al estilo italiano.

—Entonces, ¿por qué le preocupa?

—¿No debería preocuparme?

—A muchos les trae sin cuidado —afirmó Andras.

Vago se encogió de hombros.

—A algunos sí nos preocupa. —Abrió una carpeta que tenía sobre la mesa. Contenía reproducciones a todo color de las portadas que Andras había diseñado para Pasado y Futuro: linoleografías de un copista escribiendo en un pergamino, de un padre con sus hijos en una sinagoga, de una mujer encendiendo dos velas finas. Andras miró su obra como si la viera por primera vez. Los temas parecían sentimentales; la composición, tópica e infantil. Le costaba creer que gracias a ella lo hubieran admitido en la escuela. No había tenido la oportunidad de presentar los trabajos con que había acompañado sus solicitudes en las facultades de arquitectura húngaras: dibujos detallados del Parlamento y el Palacio, estudios sobrios de interiores de iglesias y bibliotecas, un trabajo que le había obligado a pasar horas sentado a su mesa de las oficinas de Pasado y Futuro. No obstante, sospechaba que aquellas obras también parecerían torpes y propias de un aficionado en comparación con las de Vago, los planos bien delineados y los hermosos alzados clavados en las paredes.

—Estoy aquí para aprender —dijo Andras—. Esos grabados los hice hace mucho tiempo.

—Son excelentes —aseguró Vago—. Se aprecia en ellos una precisión, un cuidado en la perspectiva, que resultan infrecuentes en un artista sin formación. Posees un talento natural, eso se nota. Las composiciones son asimétricas, pero bien equilibradas. Los temas son anticuados, pero las líneas son modernas. Son buenas cualidades que podrás aportar a tu trabajo en arquitectura.

Andras cogió una portada, la que mostraba a un hombre y unos niños rezando. Había grabado el linóleo original a la luz de la vela en el piso de Hársfautca. Aunque entonces no se le había ocurrido —y no entendía por qué, pues estaba muy claro—, el hombre del tallis era su padre y los niños, sus hermanos.

—Es un buen trabajo —dijo Vago—. No fui el único que así lo consideró.

—No es arquitectura —repuso Andras, y le devolvió la portada.

—Ya aprenderás arquitectura. Y mientras tanto estudiarás francés. No hay otra forma de sobrevivir aquí. Te ayudaré, pero no puedo traducirte todas las clases. De modo que quiero verte aquí todas las mañanas, una hora antes de que empiecen las clases, para que practiques francés con migo.

—¿Con usted aquí, señor?

—Sí. A partir de ahora solo hablaremos en francés. Te enseñaré todo lo que sé. Y deja de llamarme señor, por el amor de Dios, como si fuera un oficial del ejército. —Sus ojos adoptaron una expresión seria, pero torció la boca en un mohín que parecía muy francés—. L’architecture n’est pas un jeu d’enfants —añadió con una voz grave y resonante que imitaba a la perfección tanto el tono como el timbre de la voz del profesor Perret—. L’architecture c’est l’art le plus sérieux de tous.

L’art le plus sérieux de tous —repitió Andras en el mismo tono grave.

Non, non! —exclamó Vago—. Solo yo puedo imitar a monsieur le directeur. Haz el favor de hablar como Andras, el humilde estudiante. Soy Andras, el Humilde Estudiante —agregó Vago en francés—. Repítelo, por favor.

—Soy Andras, el Humilde Estudiante.

—Aprenderé a hablar un francés perfecto con monsieur Vago.

—Aprenderé a hablar un francés perfecto con monsieur Vago.

—Repetiré todo lo que diga.

—Repetiré todo lo que diga.

—Pero no con la voz de monsieur le directeur.

—Pero no con la voz de monsieur le directeur.

—Quiero hacerte una pregunta —dijo Vago en húngaro, con semblante serio—. ¿He hecho bien trayéndote aquí? ¿Te sientes muy solo? ¿Todo esto te resulta abrumador?

—Es abrumador —contestó Andras—, pero me siento feliz, aunque no sé por qué.

—Yo me sentí fatal cuando llegué —explicó Vago reclinándose en la silla—. Llegué tres semanas después de terminar el bachillerato en Roma y empecé en la Beaux-Arts. Aquella escuela no era lugar para un hombre de mi temperamento. ¡Los primeros meses fueron horribles! Odié París con toda el alma. —Miró por la ventana del despacho hacia la tarde gris y fría—. Me pasaba los días enteros caminando por ahí, viéndolo todo, la Bastilla, las Tullerías, el Luxembourg, la Opéra, maldiciendo todos los pedazos de piedra. No se parece en nada a Budapest, por si no lo has notado. Al poco tiempo entré en la École Spéciale. Fue entonces cuando empecé a enamorarme de París. Ahora no me imagino viviendo en otro lugar. Con el tiempo tú sentirás lo mismo.

—Ya empiezo a sentirlo.

—Espera y verás —dijo Vago con una sonrisa—. La sensación irá a más.

Por la mañana compraba el pan en una pequeña boulangerie que había cerca de su casa y el periódico en el quiosco de la esquina; cuando depositaba las monedas en la mano del dueño, este pronunciaba un merci gutural y cantarín. Volvía a su piso para comerse el cruasán y beber té dulce en el bote de mermelada vacío. Miraba las fotografías del periódico e intentaba seguir las noticias de la guerra civil española, en la que el Frente Popular perdía terreno frente a los nacionalistas. Andras leía las noticias con desesperación creciente y a veces envidiaba a los jóvenes que habían ido a combatir con el ejército republicano. Sabía que ahora estaban todos comprometidos en el conflicto; decir lo contrario era negar la evidencia.

Con la cabeza llena de imágenes terroríficas de la contienda española, Andras caminaba por las aceras salpicadas de hojas caídas en dirección a la École Spéciale, y para distraerse repetía términos de arquitectura en francés: toit, fenêtre, porte, mur, corniche, balcon, balustrade, souche de cheminée. En la escuela había aprendido la diferencia entre estereóbato y estilóbato, base y entablamento; descubrió qué profesores preferían en secreto lo decorativo a lo práctico, y cuáles compartían con Perret el culto al hormigón armado. Con los compañeros de clase visitó la Sainte-Chapelle, donde aprendió que en el siglo XIII los ingenieros habían descubierto la forma de reforzar el edificio utilizando puntales de hierro y soportes de metal; los soportes quedaban ocultos en el armazón de las ventanas de vitrales que adornaban la parte superior de la capilla. Mientras la luz matinal entraba en franjas rojas y azules por los cristales, Andras se situó en el centro de la nave y experimentó una especie de exaltación reverente. No importaba que fuera una iglesia católica, que en las ventanas se representara a Cristo y una hueste de santos. Lo que sintió tenía menos que ver con la religión que con la percepción del diseño armonioso, de la perfecta unión de forma y función en aquella estructura. Un alto espacio vertical concebido para sugerir un camino hacia Dios, o hacia un conocimiento más profundo de los misterios. Unos arquitectos habían conseguido algo así cientos de años atrás.

Fiel a su palabra, Pierre Vago daba una hora de clase a Andras todas las mañanas. Pronto este recordó el francés que le habían enseñado en la escuela, y un mes después había asimilado más de lo que había aprendido de su maestro en el gimnázium. A mediados de octubre las clases no eran más que largas conversaciones; Vago tenía el don de elegir temas que animaban a Andras a hablar. Le preguntaba por los años que había pasado en Konyár y Debrecen: qué había estudiado, cómo eran sus amigos, dónde vivía, de quién se había enamorado. Andras le habló de Éva Kereny, la muchacha que lo había besado en el jardín del museo Déri de Debrecen y después lo había rechazado despiadadamente; le habló del único par de medias de seda de su madre, un regalo de Januká que Andras había comprado con el dinero que le habían dado sus compañeros a cambio de que les hiciera los dibujos que les pedía el profesor. Los hermanos habían competido para ofrecerle el mejor regalo, pero ella había reaccionado con una alegría tan espontánea al ver las medias que nadie pudo discutir la victoria de Andras. Aquella noche Tibor inmovilizó a Andras en el patio sentándose sobre él y le aplastó la cara sobre la tierra helada, una venganza de hermano mayor.

Vago, que no tenía hermanos, parecía disfrutar oyéndole hablar de Mátyás y Tibor; le animaba a contar anécdotas de ellos y a traducirle sus cartas al francés. Se mostraba especialmente interesado por el deseo de Tibor de estudiar medicina en Italia. En Roma había conocido a un joven cuyo padre era profesor de medicina en la facultad de Módena; aseguró que le escribiría e intentaría ayudar a Tibor.

Andras no concedió mucha importancia a las palabras de Vago. Sabía que era un hombre ocupado, que el correo internacional funcionaba con lentitud, y que el caballero de Roma tal vez no compartiera las ideas de Vago sobre la necesidad de educar a jóvenes judíos húngaros. Sin embargo, una mañana Vago le recibió con una carta en la mano: el profesor Turano estaba dispuesto a arreglarlo todo a fin de que Tibor se matriculara en enero.

—¡Dios mío! —exclamó Andras—. ¡Es un milagro! ¿Cómo lo ha hecho?

—No me equivoqué al estimar el valor de mis relaciones —respondió Vago sonriendo.

—Tengo que mandar un telegrama a Tibor inmediatamente. ¿Adónde puedo ir para enviarlo?

Vago levantó una mano para pedirle prudencia.

—Yo no le diría nada todavía —observó—. No es más que una posibilidad. No queremos alentar falsas esperanzas.

—¿Qué posibilidades cree usted que tiene? ¿Qué dice el profesor?

—Dice que presentará una solicitud a la junta de admisiones. Es un caso especial.

—¿Me dirá qu

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