La sombra del impostor

Alberto Caliani


Fragmento

Personajes principales

Personajes principales

ADRIÁN ORANTE RODRÍGUEZ: español, carpintero.

ALFONSO MASSO: español, judío perseguido por el Santo Oficio.

ALONSO MANRIQUE DE LARA: español, inquisidor general del Santo Oficio.

ANTONIO DE ANDÚJAR GARCÍA: español, fraile secretario del inquisidor general.

ARTHUR ANDREOLI: italiano-suizo, teniente de los apóstoles.

BALDO GONZÁLEZ: español, familiar del Santo Oficio al servicio de Zephir.

CAMILLO VILLA: italiano, secretario de Gaudenzio Ferrari.

CÁNDIDA DI AMATO: italiana, mercader.

CARLO SARTORIS: italiano, condotiero.

CELSO BATAVIA: español-italiano, carcelero y torturador de la familia Sorrento.

CHARLÈNE DUBOIS: piamontesa, doce años, fugitiva de su padre.

CIRILO MARCHESE: italiano, antiguo gran maestre de los gremios, hombre muy respetado en Turín.

CLEMENTE VII: italiano, papa de Roma.

DAMIANO PACELLA: italiano, sacerdote, secretario del arzobispo Michele Sorrento.

DANIEL ZARZA: español, familiar del Santo Oficio al servicio de Zephir.

DANTE SORRENTO: italiano, el hombre más poderoso de Turín.

DINO D’ANGELIS: italiano, actor fracasado, amigo y espía del arzobispo Michele Sorrento.

DONIA PAVESI: italiana, esposa de Paolo Ferrari.

ELIAH MULLER: suizo, teniente de la Guardia Suiza.

ELISA DOMÍNGUEZ: española, esposa de Jeremías.

EMÉRITO GARCÍA: español, secretario de Esteban de la Serna.

ESTEBAN DE LA SERNA: español, administrador y banquero.

FELIPE ORANTE Y NÚÑEZ: español, terrateniente, tío de Adrián.

FRANCESCO DONATO: italiano, mercader.

FRANCO BERTUCCI: italiano, cardenal secretario del papa Clemente VII.

GAUDENZIO FERRARI: italiano, artista.

GERASIMO MANTOVANI: italiano, espía y consejero de la familia Sorrento.

GIANMARCO SPADA: italiano, estudiante avanzado de medicina, alumno de Piero Belardi.

GUILLEM ALBIÑANA: español, antiguo instructor de Zephir.

HAMSA: nacionalidad desconocida, hashashin, asesino silencioso y letal guerrero. También se lo conoce como Susurro.

ISIDORO SÁNCHEZ: español, familiar del Santo Oficio al servicio de Zephir.

JEREMÍAS BÁRCENAS: español, capataz de la hacienda de Leonor Ferrari.

JONÁS GOR: español, antiguo militar, maestro de esgrima y espadachín a sueldo. También se le conoce como la Muerte Española.

LAÍN JIMÉNEZ: español, familiar del Santo Oficio al servicio de Zephir.

LEONOR FERRARI: italiana, posee conocimientos de ingeniería.

LEVIN BOGEL: suizo, teniente de la Guardia Suiza.

LISSÀNDER FASANO: italiano-alemán, capitán preboste de Turín.

LOUIS BORGIANO: italiano, secretario y segundo alcalde de Turín.

LUIS VIDAL: español, mozo en una posada.

MAEL ROHRER: suizo, exmercenario, apóstol.

MARGHERITA MACCHIAVELLO: italiana, hermana de Niccolò y esposa de Dante Sorrento.

MARTINO GIRAUDO: italiano, mercader de caballos.

MASSIMO FERRARI: italiano, ingeniero, padre de Leonor y Paolo.

MICHELE SORRENTO: italiano, arzobispo de Turín.

NICCOLÒ MACCHIAVELLO: italiano, funcionario y político.

OLETHEA DI CAPRESE: italiana, superiora del convento de Santa Eufemia, en Turín.

OLIVER ZURCHER: suizo, exmercenario, antiguo sargento de la Guardia Suiza, instructor de combate de los apóstoles.

PAOLO FERRARI: italiano, profesor, hermano de Leonor Ferrari.

PIERO BELARDI: italiano, médico, profesor de medicina en la universidad de Turín y propietario del hospital de Santa Eufemia.

PIÈRRE SAVONNI: italiano, suboficial de la prisión del cuartel de la guardia de la ciudad.

RIBALDINO BECCUTI: italiano, alcalde y juez de Turín.

RUY VALENCIA: español, familiar del Santo Oficio al servicio de Zephir.

SAMUEL MASSO: español, hermano de Alfonso Masso.

SANDA DRAGAN: moldava, viuda de un mercader de antigüedades.

SARA: española, esposa de Alfonso Masso, judía conversa.

TERESITA: española, amiga de Leonor Ferrari.

TOMÁS BÁRCENAS: español, hijo de Jeremías, capataz de Leonor Ferrari.

VIDAL FIRENZZE: italiano, espía al servicio de Zephir.

VINICIUS NEGRINI: italiano, capitán de la guardia de la familia Sorrento.

YANI FREI: suizo, antiguo sargento de la Guardia Suiza, sargento de los apóstoles.

YANNICK BRUNNER: suizo, antiguo capitán de la Guardia Suiza, capitán de los apóstoles.

ZEPHIR DE MONFORT: español, inquisidor del Santo Oficio.

Nota del autor

Nota del autor

La historia es un cuadro pintado por muchos pinceles distintos sobre un lienzo inabarcable.

Hay escenas de ese lienzo más detalladas que otras. Algunas, recreadas con un mimo exquisito; otras, en cambio, fueron reflejadas con trazos gruesos, de esos que dejan vacíos entre brochazos.

Imposible plasmarlo todo en un lienzo tan inmenso.

Es por ello por lo que la mayor parte de ese cuadro quedó en blanco. Lo que nunca se contó, aquello que nunca quedó plasmado en él, lo arrastró el vendaval del olvido.

Como si nunca hubiera existido.

La historia que estás a punto de leer es fruto de la imaginación del autor. Nunca sucedió. O tal vez sí y nunca llegó a pintarse.

No te preocupes demasiado por eso.

Simplemente, disfrútala.

Primera parte. La masacre

PRIMERA PARTE

La masacre

Introducción

Introducción

Florencia, 20 de junio de 1527

Cinco meses antes de la masacre

Dante Sorrento olfateó el aire florentino a través de la ventana del carruaje. Cerró los ojos y sonrió.

Ni rastro del hedor de los Médici.

Dante bendijo el saqueo al que tropas alemanas y españolas sometieron a Roma el mes anterior. No pensó en civiles muertos, en mujeres aterrorizadas con la ropa hecha jirones y sangre resbalando por los muslos, en niños llorando solos en las plazas abandonados a su suerte, ni en heridos arrastrándose por el barrio de Ripa, flanqueados por comercios saqueados que ardían como teas. La huida del papa Clemente VII precipitó la caída de los Médici en Florencia, y para Sorrento, eso compensaba cualquier desdicha. Algo estaba cambiando en las calles de Italia, y había que aprovechar el momento para ejecutar su plan maestro.

Por desgracia, todo apuntaba a que su amigo Nicco no viviría para ver sus sueños hechos realidad. Las noticias recibidas por carta, días atrás, no eran buenas.

—Para el coche —ordenó Dante al conductor.

El carretero se detuvo frente a una casa de dos pisos que parecía a punto del derrumbe. La decena de jinetes que escoltaban el carruaje dedicaron miradas amenazadoras a los curiosos que transitaban por la calle. Cuando eres el hombre más rico de Turín, debes tomar precauciones. Y cuando transportas una reliquia sagrada a bordo, todavía más.

Margherita, la esposa de Dante, descendió del carruaje con una elegancia etérea. Había superado con holgura los cincuenta, pero conservaba una belleza entre diabólica y angelical que perturbaba hasta a hombres que podrían ser sus hijos. Sus ojos siempre entrecerrados y su perenne media sonrisa sometían al universo a un juicio eterno en el que siempre resultaba condenado. Procedente de una buena familia venida a menos, su matrimonio con Dante Sorrento fue su tabla de salvación. Desde muy joven, Margherita supo que el amigo de su hermano Nicco estaba enamorado perdidamente de ella. El sentimiento no era mutuo, pero cuando Dante y ella enviudaron casi a la vez, Margherita se aferró a su instinto de supervivencia. Ella lo consideró un buen trato: belleza e inteligencia a cambio de una vida confortable y un estatus que consideraba perdido.

Dante estaba de acuerdo con los términos de ese pacto.

El matrimonio caminó hacia la casa de Nicco, muy distinta de las villas lujosas que otrora había disfrutado. La escolta, detrás de ellos, desmontó. Uno de los jinetes destacaba a simple vista por vestir de forma muy diferente a la de los soldados: una figura oscura, enmascarada y encapuchada, ataviada con ropajes negros cruzados por correajes plagados de bolsillos y faltriqueras, dagas en las botas y pantalones de piel. Los ojos, perfilados con kohl, apenas eran visibles a través de una rendija de tela. De la espalda colgaba una cimitarra y del cinto, un puñal. La túnica, de color noche, estaba reforzada de cuero en la zona de los órganos vitales. A pesar de que no era alto ni corpulento, la presencia de aquel fantasma arrancaba miradas de temor a los viandantes. Dante lo llamó desde la puerta.

—Hamsa, trae la reliquia.

El enmascarado sacó un bulto rectangular del carruaje y lo cargó bajo el brazo. Dante dio un par de aldabonazos. Sorrento rondaba los sesenta, pero conservaba el brío con el que había luchado en más de una guerra. Su rostro, cuadrado y arrogante, cobijaba unos ojos verdes como el ácido, techados por unas cejas frondosas y un entrecejo amenazante. Sus facciones habían sido esculpidas por décadas de afrentas, luchas, revanchas y rencores, y las manos eran más propias de alguien que rompe narices que de contar dinero.

La puerta se abrió y un rostro adolescente asomó por la hoja entornada. Al reconocer al visitante, se lanzó hacia él y lo abrazó con cariño.

—¡Tío Dante! ¡Tía Margherita! —El chico abrió mucho los ojos al descubrir la figura silenciosa de Hamsa—. ¿Quién es ese?

Dante esbozó algo parecido a una sonrisa.

—Es Hamsa, el Susurro. Tranquilo, Piero, no te hará daño... siempre que no quieras matarme, claro.

—¿Me la enseñas? —pidió Piero con la mirada fija en la cimitarra que sobresalía por encima del hombro del Susurro.

Hamsa no movió un músculo. Solo sus ojos perfilados de sombra negra examinaron al hijo de Nicco.

—Mejor que no —le advirtió Dante—. Hamsa no desenfunda la espada sin mancharla de sangre. ¿Entramos?

Piero los invitó a pasar al escueto zaguán. El polvo matizaba el brillo ausente de los muebles rayados. Las velas, apagadas, estaban a medio consumir, y la plata de los candelabros echaba de menos al trapo. La casa no solo era vieja y humilde, sino que también parecía contagiada de la enfermedad de su dueño. Cuando los Médici te daban la espalda, el infortunio se burlaba de ti. Margherita era incapaz de disimular la contrariedad que sentía al ver el estado en el que se encontraba la residencia de su hermano.

—¿Y los criados, Piero? —preguntó.

Una pátina de vergüenza tiñó la respuesta de su sobrino.

—No queda ninguno. Madre dice que no podemos permitírnoslos, así que nos las apañamos solos.

Una nube de desencanto ensombreció el rostro de Dante.

—¿Por qué no nos avisasteis?

—Madre moriría de hambre antes que pedir ayuda a alguien —dijo una joven de unos veinticinco años que descendió por la escalera con una elegancia innata—. El orgullo es lo último que pierde quien una vez lo tuvo todo.

Margherita sonrió. Sus ojos, como de costumbre, no.

—Me alegro de verte, Primerana. ¿Y Marietta? ¿No está en casa?

—Madre está en el mercado, con Guido y Bartolomea —explicó sin poder apartar la mirada de la inquietante presencia de Hamsa; había oído hablar del guardaespaldas de su tío, pero era la primera vez que lo tenía delante—; se los ha llevado para que les dé un poco el aire. El de aquí no es bueno.

—¿Y Ludovico y Bernardo? —se interesó Dante refiriéndose a sus otros dos hermanos.

—Padre los envió a San Casciano, a talar los pocos árboles que quedan en la finca. Será un milagro que podamos venderla por un precio justo ahora que es un cementerio de tocones.

—¿Y Nicco? —preguntó Margherita.

—En sus aposentos, con el médico —respondió Primerana—. Mejor esperar a que salga: a don Flavio no le gusta que haya nadie en la habitación cuando examina a un paciente.

—Matasanos —refunfuñó Dante—, aliados de la muerte.

Justo en ese momento, un hombre de unos cincuenta años, algo barrigón y encorvado, bajó por la escalera con gesto taciturno y una bolsa de instrumental tan vieja como la casa. Hizo un saludo general con la cabeza y se dirigió a Primerana.

—¿Podemos hablar en privado?

—Son mis tíos. Hablad sin reparos, don Flavio.

—La fiebre no baja, vomita todo lo que come, tiene el abdomen hinchado y dice que los dolores son cada vez más fuertes. —La expresión del galeno se ensombreció—. Me temo que se trata de un dolor lateralis en estado avanzado.

Dante apretó la mano de Margherita al escuchar el diagnóstico.

—¿Existe remedio? —se interesó Primerana con un nudo en la garganta, sabedora de que la respuesta no sería de su agrado.

—Me temo que solo nos queda rezar para que Dios obre un milagro.

—Decid eso delante de mi cuñado y lo mataréis de risa —espetó Dante, irónico—. ¿No conocéis a algún otro médico que pueda hacer algo más por él que dejarlo a su suerte?

Don Flavio se enfrentó al rostro iracundo de Dante con la templanza de quien está acostumbrado a lidiar con la desdicha ajena.

—Sois libre de pedir opinión a cualquiera de mis colegas de Florencia, señor mío, pero no encontraréis a ninguno que pueda hacer más de lo que yo ya he hecho por don Niccolò.

Primerana se adelantó con el monedero abierto, dispuesta a zanjar el asunto despachando al galeno. Conocía los arranques de cólera del esposo de su tía y no estaba de humor para presenciar una escena; menos aún si existía la posibilidad de que el enmascarado siniestro interviniera para empeorar el conflicto. Primerana le tendió una moneda al médico.

—Tomad, don Flavio, y que Dios os guarde.

Dante la detuvo con dulce firmeza.

—Permíteme.

Sorrento puso un florín de plata en la mano del médico y lo despidió con todo el desprecio que el silencio puede vocear. Don Flavio, humillado y bien pagado, se fue renegando por lo bajo. Primerana agradeció con aflicción el gesto de su tío. No era tan orgullosa como su madre y sabía mejor que nadie los apuros que estaban pasando y los que quedaban por pasar.

—Subamos, padre se alegrará de veros.

El crujido de los peldaños auguraba lo que sucedería, más pronto que tarde, en aquella casa que olía a muerte. Piero se quedó abajo, junto al Susurro, fascinado. El crío se fijó en el paquete que sostenía debajo del brazo.

—¿Qué llevas ahí? —le preguntó para romper el silencio.

Hamsa no contestó.

—¿Puedes enseñarme la espada? —insistió Piero.

Una voz rasgada y débil, parecida a un estertor, brotó de la garganta de Hamsa.

—No me pagan por hablar, déjame.

Piero tragó saliva y se quitó de en medio. Aquella voz no parecía de este mundo. En la planta superior, Primerana abrió la puerta de la alcoba de su padre, haciendo un esfuerzo por sonar festiva.

—Mira quién ha venido, padre: tu hermana y su esposo.

Niccolò se incorporó un poco en la cama. Dante logró dibujar a duras penas una sonrisa rota. Su amigo siempre había sido de rostro enjuto, pero el hombre que estaba en la cama era un despojo. La diarrea y los vómitos le habían impedido nutrirse, y lo habían transformado en un esqueleto envuelto en piel amarillenta. Un barreño próximo a la cama contenía los aromas del averno. El embozo le cubría el vientre, hinchado por la infección. Así y todo, el enfermo sonrió con sus labios finos, casi inexistentes.

—Dante, hermana. —Parecía feliz, a pesar de todo—. Recibisteis mi carta.

—No tienes mal aspecto —mintió Margherita.

—Tengo un aspecto horrible —repuso él, que se dirigió de inmediato a su cuñado—. ¿Trajiste lo que te pedí?

Sorrento palmeó una bolsa de cuero cruzada al pecho.

—Sí, y algo más. Tenemos mucho de que hablar, querido amigo.

—Por fin ha llegado el momento que esperábamos —celebró Nicco con un brillo pícaro en sus ojillos redondos—. Los Médici atraviesan sus horas más bajas.

Margherita se dio cuenta de que ella y su sobrina sobraban en la habitación. Dante y Nicco llevaban años forjando un plan que podría cambiar el futuro de Italia y el tiempo de su hermano se agotaba. Una brisa cálida de pena hizo gotear la capa de hielo que envolvía el corazón de Margherita. Nicco no viviría lo bastante para ver cumplido ese sueño, en caso de que Dante fuera capaz de llevarlo a cabo con éxito.

—¿Me invitas a una copa de vino, Primerana? —propuso a su sobrina con impostada complicidad—. Creo que estos señores desean hablar de sus cosas.

Las mujeres los dejaron solos. Nicco apretó los dientes cuando una punzada le atravesó el vientre como una lanza al rojo vivo. Cada vez eran más intensas y frecuentes. Así y todo, se incorporó hasta quedar sentado con la espalda en el cabecero. Sus ojos volvieron a brillar en cuanto el dolor pasó.

—¿Cómo va tu plan? —preguntó a Dante.

—Nuestro plan —lo corrigió Sorrento; sacó unos documentos de la bolsa de cuero y se los tendió—. Hice una lista detallando cada etapa y he marcado las que ya he conseguido, como me pediste.

—Todo paso a paso, como debe ser.

Niccolò leyó con atención, asintiendo a cada poco. Un nuevo pinchazo en el abdomen transformó su rostro en una máscara durante unos segundos. Dante se acercó a él sin saber muy bien qué hacer, pero su amigo lo detuvo con un gesto tranquilizador.

—Estoy bien —mintió para luego referirse a los documentos—. Si ya has conseguido cumplir con éxito todos estos puntos, lo que queda no tendría por qué ir mal.

—A fuerza de años, insistencia y donaciones, he logrado que mi hijo Michele se gane la confianza del papa Clemente hasta el punto de nombrarlo arzobispo de Turín —recordó Dante—. Ese Médici adora al idiota de mi hijo... ¡Para algo tenía que valer ese inútil! ¿Oíste que el papa estuvo a punto de morir durante el saqueo de Roma?

—Oí que la Guardia Suiza lo salvó de milagro.

—Mi hijo me contó que Clemente está organizando un pequeño escuadrón de élite, encabezado por oficiales y suboficiales suizos; una especie de guardia pretoriana, por llamarla de algún modo. Por lo visto, anda negociando su libertad con el emperador Carlos. Ya sabes cómo va eso: en cuanto el papa le proponga una cifra que le arranque una sonrisa, adiós problemas.

Niccolò regresó a los papeles de Sorrento.

—Pues ya has cumplido con uno de los puntos cruciales del plan: conseguir la confianza del más importante de los Médici. Lo siguiente sería crear una amenaza ficticia de la Iglesia a la burguesía turinesa para implantar el malestar en la ciudad.

—Ya estoy trabajando en ello —informó Dante—. Hace tres semanas que insté a mi hijo a ordenar registros en domicilios en busca de libros prohibidos o cultos heréticos. Tenemos que conseguir incomodar a la gente con el clero.

—Recuerda que nunca hay que llegar a la violencia extrema —apuntó Niccolò—. ¿Tu hijo sabrá hacerlo sin pasarse de la raya? Lo último que nos interesa es que nuestros futuros aliados se alcen en una revuelta armada.

—No te preocupes —lo tranquilizó—, Michele se limitará a molestar a algunos comerciantes y funcionarios turineses, nada más.

Nicco siguió leyendo.

—Aquí mencionas algo que defines como «el mejor truco de magia de la historia», pero no explicas lo que es.

—No querrás que lo ponga por escrito —rezongó Dante.

—¿Se puede saber de qué se trata?

—Te lo mostraré. De paso, también conocerás a mi guardaespaldas.

—¿El hashashin del que me hablaste hace un par de años?

—Ese mismo. —Dante lo llamó desde lo alto de la escalera—. ¡Hamsa!

El enmascarado le entregó el bulto envuelto en terciopelo rojo. Su mirada se cruzó con la de Nicco, que le dedicó una sonrisa cadavérica. Dante despidió al Susurro y regresó junto a su cuñado.

—Impresiona —reconoció Niccolò en cuanto Hamsa se marchó—. Me dijiste que entró a tu servicio recomendado por Riccardo Agosti, el saqueador de tumbas...

—El buscador de tesoros —lo corrigió Dante—. Es árabe, no sé muy bien de dónde. Agosti se lo encontró en mitad del desierto mientras buscaba reliquias para el duque de Saboya en Tierra Santa. Según me contó, cinco jinetes turcos perseguían a Hamsa a caballo; él iba a pie. Lo rodearon y él acabó con los cinco en lo que dura un padrenuestro.

—Asombroso —musitó Niccolò.

—Hamsa formaba parte de un antiguo culto de asesinos —prosiguió Dante—. Un nizarí, un hashashin, como también se les llama; el último de un grupo que luchó contra la ocupación otomana de Jerusalén hasta que Solimán los fue cazando uno a uno. Hamsa no podía quedarse en Tierra Santa. Viajó a Europa con la última expedición de Agosti y este le buscó un patrón a quien servir cuando decidió retirarse a su hacienda de Lombardía.

—Y ahora trabaja para ti —adivinó Nicco.

—Últimamente se encarga de la seguridad de mi hijo Michele en Turín —explicó Dante—. Hamsa me acompaña en este viaje porque transporto una carga muy valiosa, y él vale por diez hombres. —Acarició el terciopelo con la punta de los dedos—. Lo que hay dentro de este relicario nos ayudará a cumplir nuestro sueño.

—¿Tu hijo está al corriente de todo el plan?

Dante soltó un bufido.

—Conoces a Michele. Siempre ha sido bebedor, putero y medio imbécil, y ahora que es arzobispo, más. No quiero que se lo largue todo a la primera ramera que le chupe la polla. Él es una pieza más de este juego, y cuanto menos sepa, mejor para él y para todos. Déjame que te enseñe esto —propuso cambiando de tema.

Dante desenvolvió el paquete y reveló un relicario de madera revestido de plata que abrió con un llavín que llevaba colgado al cuello. El escepticismo brilló en los ojos de Nicco al ver lo que contenía el estuche.

—Es el auténtico —aseguró Dante, algo dolido por la expresión de desdén de su amigo—. Se lo acabo de comprar al duque de Saboya. Me ha costado una fortuna.

—No te ofendas, pero no parece gran cosa.

—Tal y como está ahora mismo, no; pero lo parecerá después de usar mi magia —afirmó—. Un truco que convertirá a mi hijo en el prelado más famoso y envidiado de la cristiandad. Y cuando eso suceda, nos desharemos del papa Médici y la Iglesia rezará para que el arzobispo más admirado de Italia ocupe su lugar. Una vez que controlemos a la Iglesia, tendremos poder suficiente para llevar a cabo la última fase de nuestro plan.

El rostro de Nicco pareció rejuvenecer treinta años.

—Será el fin de los Médici, de los Borgia, de los Sforza y de todas esas familias que tanto daño nos han hecho a nosotros y a toda Italia.

Dante cerró el relicario y agarró la mano de su amigo.

—Y después, la unificación —deseó en voz alta—. Una sola Italia, poderosa y grande.

—Una sola Italia —repitió Nicco con una mirada evocadora—. Me apena no vivir para verlo.

—No digas eso —lo reprendió Dante—, por supuesto que lo verás.

Nicco se agarró el vientre con fuerza. La punzada, más fuerte que las anteriores, le arrancó un gemido.

—Esta vez, amigo mío, te equivocas.

La siguiente oleada de dolor lo dobló, como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago. Dante, impotente, solo pudo sentarse a su lado y acariciarle el hombro.

—Antes de que el dolor me impida hablar —siseó Niccolò—, abre el segundo cajón de ese secreter y tráeme lo que hay dentro.

Dante encontró un paquete envuelto en tela. Pesaba poco.

—¿Qué quieres que haga con esto?

—Te lo explicaré...

Nicco aún pudo hablar con su amigo de la infancia durante unas horas más antes de que el dolor lo dejara sin conocimiento, al filo de la medianoche. Dante escuchó con atención sus últimas instrucciones y consejos que juró seguir al pie de la letra.

Al día siguiente, el 21 de junio de 1527, Niccolò Macchiavello dejaba de respirar.

Pero su plan, urdido junto a Dante Sorrento, seguiría su curso.

Y aquí comienza nuestra historia.

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Turín, otoño de 1527

Cuatro días antes de la masacre

Michele Sorrento no era un hombre religioso, pero sí un hombre de excesos. Y cuando un hombre de excesos se vuelve religioso, tiembla hasta Dios.

La vocación de Michele fue forzada: clero o desheredación. Por suerte para él, su afición a la bebida y al fornicio nunca formaron parte de las condiciones del acuerdo con su padre. A Dante Sorrento le daba igual que su hijo se follara a un cerdo en cuaresma siempre que cumpliera sus órdenes a rajatabla y no diera un escándalo. Fue así como Michele vistió los hábitos, con la misma facilidad con la que se desprendía de ellos delante de un par de tetas.

Dante consideró el sacerdocio de su hijo como una inversión a medio plazo y un paso vital en su plan maestro. Un goteo constante de oro y de regalos para el papa Médici —como llamaba Dante a Clemente VII— abrieron las puertas del palacio del Vaticano a Michele, que acabó convirtiéndose en uno de los mejores amigos del santo padre. Como compañero de juerga, Michele no tenía parangón, y hasta un papa, por muy santo que sea, necesita diversión.

En dos años Michele Sorrento fue nombrado arzobispo de Turín cuando apenas sabía celebrar una misa de memoria.

Con lo que no contaba Dante, humanista convencido, era con que su hijo asumiera su prelado con el fervor religioso de un zelote. Demasiados vinos y confidencias con el papa, jornadas interminables de estudios teológicos y una guerra reciente con los protestantes crearon una horda de monstruos —algunos reales, la mayoría imaginarios— alrededor de Michele Sorrento, que veía enemigos de la Iglesia en cada rincón de Turín. Para bien o para mal, se autonombró paladín de la cristiandad y, como tal, decidió defenderla con la fuerza de Dios y del acero.

En su última visita al castillo de Sant’Angelo, donde se refugiaba el papa mientras negociaba las condiciones de su libertad con el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos I de España, Michele convenció al santo padre de que la herejía corría libremente por las calles de Turín y la ciudad estaba a punto de estallar. El arzobispo pintó un cuadro tan desolador que el papa decidió prestarle la unidad de élite que él había creado después del saqueo de Roma.

Los apóstoles.

Clemente consideró Turín un escenario inmejorable para ponerlos a prueba, lejos de la mirada inquisidora del emperador y de una Roma convaleciente del saqueo. Por otra parte, no era del todo incierto que en las calles de Turín se respirara la amenaza de unos cambios radicales. La guerra contra los protestantes había dejado unas brasas de herejía que aún crepitaban en el alma de los menos píos, hartos de religiones que solo traían dolor, sangre y miseria a cambio de un falso consuelo. Mientras unos renegaban de Dios, otros abrazaban las ideas luteranas en busca de una roca de salvación en un mar de tempestad ideológica.

Luego estaban los humanistas, como su padre, que no creían ni en Dios ni en el diablo, ni en el papa ni en Lutero. Pensadores que centraban su universo en el hombre y posponían el entendimiento al futuro cuando no comprendían algo, relegando la voluntad del Creador a un mero chiste. Para Michele, eran adoradores de Lucifer y enemigos de Dios. Incluso su padre lo era, pero contra su padre no podía alzar la mano. No le convenía, era su monedero. Dante siempre le hablaba de unos planes más allá de su imaginación y nunca terminaba de explicárselos del todo, como si Michele fuera incapaz de entenderlos. En el fondo, estaba convencido de que lo tenía por tonto, y eso le dolía y lo llenaba de rencor.

Pero ahora era arzobispo de Turín y contaba con el ejército de su padre, con un hashashin y con los apóstoles. Unas buenas herramientas para provocar terror.

Dejad una ballesta a un niño y acabará disparándola.

El arzobispo, impaciente por estrenar a los apóstoles, encontró una ocasión inmejorable esa misma noche. Según su espía de confianza, se celebraría una reunión clandestina de herejes en las antiguas bodegas Moncalieri. Ignoraba si eran luteranos, humanistas, satanistas o hechiceros. Lo que sí sabía era que los había convocado un agitador que ya había organizado, con anterioridad, encuentros con miembros de la burguesía para conspirar en contra de la Iglesia. Un tipo enmascarado del que se hablaba en los corrillos de las calles y en las mesas más recónditas de las tabernas.

La gente lo llamaba el Mattaccino.

Para Michele, el tablero de Turín estaba dividido en dos bandos: los católicos y el resto. Poco a poco, ese resto arrastraba a los primeros, apartándolos de Dios. Estaba harto de registrar viviendas, quemar libros y confiscar obras de arte que consideraba inmorales, pero eso no asustaba a las ovejas lo suficiente para devolverlas al redil. ¿Cómo pensaba su padre que habría que luchar contra ellos? ¿Con ayuno y oración? ¿Con palabras?

No. Con palabras desde luego que no. La primera regla era no hablar con el demonio. Lo haría con las armas y sin informar ni al papa ni a su padre.

Y la cabeza de ese Mattaccino sería la primera que colgaría encima de la chimenea.

Michele Sorrento dejó de lado sus reflexiones a la vez que corría la cortina de la ventana de su alcoba. Estaba completamente desnudo, lo que convertía al ministro de Dios en un mero mortal, un hombre medio calvo de poco más de treinta años. Las carnes flácidas, faltas de ejercicio, se veían macilentas a la luz de las velas. La noche turinesa era lluviosa y oscura. A lo lejos, el reflejo de una antorcha bailó sobre un tejado.

Era la señal. La maquinaria de Sorrento se había puesto en marcha. Si todo iba según lo previsto, los herejes se llevarían una sorpresa muy desagradable.

—¿Os atribula algo, reverendísima excelencia? —preguntó una voz femenina a espaldas del arzobispo. La voz atiplada de alguien muy joven.

—Vístete —ordenó Michele sin dejar de mirar por la ventana—. Continuaremos con tu purificación en otro momento.

—¿Aún habitan demonios en mi interior? —preguntó, asustada, mientras se vestía; sus pechos aún no se habían desarrollado del todo—. ¿Tan poderosos son?

—Nada que mi fe no pueda derrotar —aseguró Michele con desdén—. Ahora, vete. Dile al padre Pacella que te abra el pasadizo.

La joven miró a ambos lados antes de abandonar la estancia, cerró la puerta sin hacer ruido y bajó los peldaños con cautela. Damiano Pacella, el secretario de Sorrento, la esperaba al pie de la escalera para conducirla al sótano por donde abandonaría el arzobispado sin ser vista.

Sorrento vio desaparecer la luz de la antorcha. Aún a media erección, juntó las manos y rezó por la victoria.

Su guerra secreta acababa de empezar.

Una guerra que, sin saberlo, trastocaría el plan de su padre.

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El edificio de las bodegas Moncalieri se alzaba a orillas del río Po, muy por encima de un embarcadero compuesto por varios muelles de madera construidos por sus antiguos propietarios, la familia Ruggeri.

La bodega había sido clausurada por las autoridades dos años atrás. La versión oficial afirmaba que el cierre fue el castigo por ventas irregulares a importadores protestantes franceses; sin embargo, lo que corría de boca en boca era que el verdadero motivo había sido la excelente calidad del vino que elaboraba la familia Ruggeri, que hacía la competencia directa a las bodegas de los Saboya.

Muerto el perro, se acabó la rabia. Pero lo cierto era que nadie conocía con certeza las razones del cierre.

Las zonas principales del complejo eran tres, todas plagadas de pasillos y estancias. La primera era el patio de coches, rodeado por muros de piedra a modo de fortaleza medieval. A ambos lados había almacenes donde, en tiempos de actividad, se guardaban las uvas que recibían de todo el Piamonte. Al fondo, una puerta grande, de doble hoja, conducía al lagar, que olía a vino a pesar de llevar dos años cerrado. Desde allí, un ancho corredor en cuesta descendía a la bodega, un subterráneo amplio con varios pisos de estantes cargados de toneles vacíos. Unas escaleras de madera ascendían hasta las oficinas de los contadores, provistas de ventanas desde las que se podía supervisar el trabajo de los bodegueros.

Era justo en la bodega donde tenía lugar aquella extraña reunión. De pie, subido en un tonel para que todos pudieran verlo y oírlo con claridad, había un hombre delgado, ataviado con lujosos ropajes y tocado con una máscara veneciana que representaba al personaje del Mattaccino. Pintada de rojo, con una nariz desproporcionada, orejas grandes y el ceño fruncido, ocultaba completamente la cara del portador. Junto a él se erguía una figura enjuta, tocada con un sombrero que oscurecía su rostro afilado. Vestía de cuero negro y una capa del mismo color. Una nariz ganchuda y torcida sobresalía de un rostro cuyos ojos no eran más que dos candelas siniestras. La boca, cruzada por una antigua cicatriz, apenas tenía labios. El bigote y la perilla eran tan finos que parecían pintados con pincel. Del cinto colgaba una espada con demasiadas muertes para que su dueño pudiera recordarlas todas.

Jonás Gor, también conocido como la Muerte Española. Gran maestro esgrimista, había vendido su talento al mejor postor durante los últimos diez años, lo que le había llevado a viajar por media Europa. Antes de abrazar la vida de mercenario, había formado parte de las tropas de Diego Fernández de Córdoba. Bajo su mando, con veinte años recién cumplidos, participó en la toma del castillo de Mazalquivir en 1505, donde demostró que la pericia no está reñida con la crueldad. Años después, abandonó el ejército y España. Al parecer, el asesinato de un capitán de infantería y de dos suboficiales a su cargo tuvieron algo que ver.

—Todos los convocados aquí tenéis algo en común —dijo en alto el Mattaccino; la acústica de la bodega jugaba a su favor—. Todos sois turineses influyentes. —Una pausa—. Además, me consta que algunos de vosotros, en mayor o menor medida, habéis sufrido el abuso de la Iglesia.

Un murmullo general se alzó entre los asistentes, y varias voces se pronunciaron en voz alta.

—Es cierto —dijo un hombre mayor—. Hace dos meses, los hombres del arzobispo entraron en mi casa y arrasaron con mi biblioteca. No se limitaron a los libros que consideran prohibidos por no tener el imprimátur, también quemaron la colección que heredé de mi padre delante de nuestra propia casa.

—Un ultraje —apuntó su esposa con la voz quebrada al recordar el triste episodio—. Todos los vecinos nos señalaban con el dedo, ¡qué vergüenza!

—Irrumpieron en mi casa en plena noche y arrancaron de la pared una pintura muy valiosa de Hans Memling en la que aparecía una mujer con los pechos desnudos —se lamentó otra voz—. Rajaron el lienzo y golpearon a mi hijo cuando les hizo frente.

El Mattaccino no necesitaba oír las quejas de los presentes. Ya las conocía. El público, congregado en secreto mediante misteriosas cartas, pertenecía en su mayor parte a los sectores más acomodados de la ciudad. Una audiencia compuesta por hombres y mujeres ilustres, de mente abierta y monedero abultado. El enmascarado pidió silencio con un gesto.

—Desconozco si el arzobispo obedece órdenes del papa o ha montado él mismo su propia inquisición —dijo—. Lo que sé es que tenemos que parar esto si queremos que la ciudad prospere y no se convierta en un reino de terror. Y tenemos que hacerlo unidos.

—¿Y qué propones? —preguntó otro asistente, escéptico—. ¿Contratamos condotieros y asaltamos el palacio episcopal?

De nuevo se alzaron murmullos que el Mattaccino acalló a base de gestos.

—Hay métodos más efectivos que la violencia. Si atentáramos contra el arzobispo o contra otros miembros del clero, perderíamos la razón y los convertiríamos en mártires. El duque enviaría a sus tropas y lo último que nos interesa es ponerlo en contra nuestra. —Los ojos apenas visibles del Mattaccino buscaron complicidad en los de los asistentes—. Lo que propongo es unir nuestros recursos para descubrir al responsable de estos atropellos, y que sea la propia Iglesia, o el duque de Saboya, quienes lo defenestren. Os he convocado para que nos agrupemos en una misma causa, y no solo los aquí presentes; también necesitamos a vuestras familias, a vuestros amigos, incluso a vuestros sirvientes. Si logramos que todo Turín se una, haremos de esta ciudad un lugar mejor.

—Y luego, ¿qué?

—Imaginad que obtenemos el favor de las autoridades civiles. Trabajando con ellos, podríamos conseguir un gobierno mucho más justo, apoyado por ciudadanos y súbditos. Un gobierno que no me obligue a ocultar mi rostro bajo esta máscara y que no se inmiscuya en las creencias de nadie. Un gobierno que traiga paz y unidad.

Una mujer levantó la mano para pedir la palabra.

—Soy católica —manifestó—. ¿Qué pasa si me niego a actuar en contra de la Iglesia?

—Nunca he dicho que haya que destruir a la Iglesia —puntualizó el Mattaccino—. Nuestro objetivo debe enfocarse en acabar con la mala influencia política que practican sus miembros más fanáticos. Considero la fe como algo íntimo, personal. Si rezar os sirve de consuelo, rezad; que nadie os diga lo contrario. Lo que no concibo es condenar a quien no lo haga.

—Y vos, ¿creéis en Dios? —preguntó el hombre al que le habían destruido el cuadro de Memling.

El Mattaccino sonrió detrás de la máscara. Esperaba la pregunta.

—Personalmente dudo de la existencia de Dios, como ya hizo Epicuro hace siglos. Si la maldad existe y Dios no puede evitarla, no podemos decir que Dios sea omnipotente. Si es todopoderoso, como afirman sus ministros, pero no es su deseo poner fin a los males del mundo, ¿no será que es malvado? ¿Cuál es el origen de la maldad? —El Mattaccino escrutó a la audiencia, sin esperar respuesta—. ¿Acaso ese Dios no puede ni quiere ponerle fin? ¿Merece entonces ser llamado Dios? —Esta pregunta arrancó murmullos entre el público—. Yo sé cuál es el origen de la maldad, que es el mismo que el de la bondad: el libre albedrío del ser humano. Solo nosotros podremos erradicar esa maldad que Dios nunca erradicará por nosotros.

Las palabras del Mattaccino fueron recibidas con aplausos y ovaciones. Era la noche en la que más público se había congregado. Hasta entonces, sus reuniones secretas no habían logrado reunir a más de cuatro o cinco asistentes, pero el hecho de que Jonás Gor consiguiera las llaves de la bodega Moncalieri había permitido un aforo más numeroso.

La audiencia escuchaba al enmascarado con atención, interviniendo de vez en cuando. Cada vez eran menos voces las que cuestionaban al anfitrión y más las que manifestaban estar de acuerdo con su propuesta.

Al fondo de la sala, detrás de la última fila de oyentes, medio oculto entre una hilera de toneles vacíos, un hombre vestido de negro de la cabeza a los pies atendía a la reunión. Había conseguido la invitación robándosela a uno de los asistentes después de noquearlo por la espalda en un callejón. Así eran los métodos de Dino D’Angelis. Conseguir las cosas rápido, de forma directa, sin dejar rastro. Cuanto antes finalizaba un trabajo, antes cobraba y antes podía regresar a la taberna a gastarse lo ganado.

D’Angelis echó un vistazo a su reloj de bolsillo, una pieza cilíndrica de metal dorado adquirida en París en uno de sus viajes. Era casi medianoche. La verdadera fiesta estaba a punto de comenzar. Lamentó abandonar la reunión: en cierto modo, el discurso del Mattaccino empezaba a interesarle.

Todos estaban tan absortos escuchando al enmascarado que nadie lo vio escabullirse por el corredor que ascendía a los lagares.

En el tejado de las bodegas Moncalieri, una antorcha bailó en la oscuridad. A Dino D’Angelis le quedaba la última parte de la misión antes de cobrar sus honorarios, la más peligrosa.

La torre de la catedral dio la primera de las doce campanadas.

Hora de actuar.

3

3

Los seis carruajes se detuvieron en las puertas de las bodegas Moncalieri, envueltos en un silencio lúgubre. Iban tirados por un par de caballos cada uno y conducidos por soldados sin uniforme que ocultaban sus rostros con pañuelos oscuros, como vulgares bandidos.

Las órdenes de Michele Sorrento eran claras: no había que dejar pistas de la autoría de lo que sucediera esa noche.

Los transportes semejaban cajones enormes pintados de negro, sin adornos ni ventanas, con unos respiraderos diminutos en la parte superior que apenas dejaban entrar la luz procedente de los faroles de las casas vecinas, cuyas contraventanas se cerraban al paso de la siniestra comitiva. Los pocos viandantes que se toparon con ella decidieron cambiar de rumbo para no cruzarse en su camino.

Los guardias de Sorrento llamaban a esos carruajes «ataúdes rodantes».

La puerta trasera del carro que iba en cabeza se abrió, y una figura ataviada con uniforme militar salió de él y se plantó junto a la entrada de la bodega. El morrión y la coraza del capitán Yannick Brunner, pulidos a espejo, reflejaban el mundo a su paso. Tenía cuarenta y cinco años, ojos de acero, cejas rubias y espesas, una nariz gruesa desviada por la guerra y unos labios carnosos con expresión de haber metido la cara en un orinal usado. Levantó la vista al tejado y vio una sombra haciéndole señales con una antorcha.

Todo iba como estaba previsto.

Brunner golpeó dos veces el lateral de un ataúd rodante.

Los apóstoles desembarcaron como un pequeño ejército de fantasmas. Vestían corazas de acero y capas negras con capucha sobre máscaras chapadas en oro que ocultaban los rostros bajo facciones imaginarias, talladas por el mejor orfebre de Roma. Cada una de ellas representaba a un discípulo de Cristo. Portaban una alabarda de aspecto extravagante, diseñada por el propio Brunner, y de las que solo se habían forjado doce: una para cada apóstol.

Su creador las llamaba «purificadoras».

Brunner dio una orden y los doce apóstoles formaron detrás de él. Uno de ellos, oculto tras una máscara que representaba a san Juan con una expresión tan dulce como inquietante, se colocó a su lado después de cerciorarse de que la formación era impecable. El antiguo teniente de la Guardia Suiza, Arthur Andreoli, se dirigió a su superior.

—¿El moro ya ha dado la señal?

Brunner asintió.

—Ahora solo queda esperar a que D’Angelis cumpla con su parte —gruñó el capitán.

—Cumplirá —apostó Andreoli.

Dino D’Angelis aborrecía matar.

A veces su trabajo le obligaba a hacerlo. En esas ocasiones cobraba el doble.

Por las pesadillas.

Dejó atrás el lagar en la décima campanada para la medianoche. Las dos últimas las oyó escondido detrás de una columna del patio de coches. Distinguió a dos hombres junto al portalón de doble hoja que daba a la calle. Eran corpulentos y llevaban espadas al cinto.

Como era habitual en él, decidió dar una oportunidad a las palabras.

D’Angelis tomó aliento, se recompuso el sombrero y caminó con paso decidido hacia los vigilantes. Estos se volvieron hacia él. Uno era gordo y viejo, probable desecho de la compañía de algún condotiero retirado o muerto. Presumió que sería lento de reflejos. El otro, más joven, le preocupaba más.

—Buenas noches, señores, disculpad que os moleste —saludó con la versión más señorial de su voz, una de las muchas que había aprendido a adoptar en sus años de actor—. Las campanas de la catedral me han recordado que tenía un compromiso previo a la reunión de hoy, por lo que os agradecería que me permitierais salir.

—Imposible, señor —respondió el más joven—, tenemos órdenes de mantenerlas cerradas. Está previsto abandonar la bodega por los túneles que dan a los muelles.

La bota de D’Angelis taconeó de forma involuntaria contra el adoquinado. Era un tic inevitable cuando los nervios le rascaban la barriga. Decidió agotar la vía diplomática.

—¿No podéis hacer una excepción? Tendría que esperar a que acabara la reunión, y parece que va para largo. —Metió la mano en el bolsillo—. Puedo invitaros a unos vinos...

La manaza del gordo lo interrumpió.

—Gracias, pero no nos arriesgaremos a desobedecer una orden de nuestro patrón. Saldréis por los muelles cuando la reunión termine, como todo el mundo.

El espía asintió, se encogió de hombros y dio media vuelta. El vuelo de la capa ocultó el movimiento de la mano.

Dino D’Angelis aborrecía matar.

Pero cuando tenía que hacerlo, no lo hacía mal del todo.

Giró sobre sí mismo tan deprisa que los centinelas no tuvieron tiempo de reaccionar. La daga atravesó la garganta del más joven hasta la empuñadura. El gordo, con los ojos desorbitados por la sorpresa, retrocedió para esquivar el surtidor de sangre que brotó del cuello de su compañero cuando el espía terminó de rebanárselo, segando venas y arterias. Para sorpresa de D’Angelis, el viejo desenfundó la espada con mucho más brío del que esperaba. Puede que se hubiera equivocado en su apreciación. Si aquel hombretón tenía ciertos conocimientos de esgrima, su daga poco podría hacer contra una espada.

Sin embargo, la reacción del gordo fue distinta a la que Dino temía, a pesar de ser igual de desastrosa: salió disparado en dirección al lagar, gritando a pleno pulmón.

—¡Socorro! ¡Nos atacan! ¡Corred! ¡Corred!

D’Angelis soltó una maldición y fue detrás de él. El tipo no paraba de vociferar. ¿Lo habrían oído en la bodega? Pensó en lanzarle la daga a la espalda, pero si fallaba y el otro se daba la vuelta, podía darse por muerto, y muerto no cobraría sus honorarios.

La suerte le fue propicia, porque el gordo resbaló en el suelo húmedo de la rampa y cayó de espaldas. D’Angelis se lanzó sobre él y le aplastó el brazo armado con la rodilla. La daga descendió muy rápido varias veces sin tiempo para apuntar a zonas vitales, lo que provocó berridos dignos de una matanza. Para colmo de males, el gordo no paraba de manotear, lo que dificultaba mucho la tarea de asesinarlo. Por fin, la punta de la daga consiguió entrar por el ojo hasta el cerebro, silenciándolo en el acto. D’Angelis estuvo a punto de vomitar. El globo ocular partido en dos, manando sangre, no era una visión agradable.

Y de una cosa estaba seguro: Los gritos se habrían oído en la bodega y en todo el ducado de Saboya. Si la multitud del subterráneo subía en tropel, estaba muerto.

D’Angelis corrió hacia la entrada. El cadáver degollado del centinela parecía que lo mirara con ojos espantados. Le costó varios intentos levantar el gigantesco travesaño de madera que trababa las puertas por dentro. Oyó un grito procedente del lagar. Alguien había descubierto al guardia muerto. Una vez que se deshizo del tablón, descorrió los cerrojos. Aún no se había apartado del todo cuando las puertas se abrieron con tal fuerza que casi lo hicieron caer al suelo.

Los doce apóstoles irrumpieron en el patio formados en filas de a cuatro, con las purificadoras enarboladas. Pasaron sin compasión por encima del cadáver del guardia. D’Angelis se apartó de su camino y los siguió con la mirada mientras desaparecían rampa abajo, en dirección a la bodega, con las capas negras ondeando como banderas de muerte. La presencia de esa compañía aterrorizaría al mismo demonio. Infundían terror. Volvió la cabeza hacia la entrada y se topó con la cara de eterno asco de Yannick Brunner.

—Desde luego, el sigilo no es lo tuyo —lo reprendió este con expresión de desprecio absoluto—. Como los herejes se escapen por tu culpa, le diré a su ilustrísima que no te pague.

—El arzobispo me contrató para espiar —protestó—. No contaba con tener que deshacerme de dos matones, para eso está el moro.

—El Susurro tiene otro papel en esta misión.

Dino volvió la cabeza hacia la rampa por la que habían desaparecido los apóstoles.

—Ni habéis preguntado cuántos eran —pensó en voz alta—. ¿Qué pasa, Brunner, que os sobran huevos y os faltan sesos?

Brunner levantó el labio superior en una mueca condescendiente.

—Aunque fueran doscientos, no serían problema para mis doce.

El hombre que descubrió al gordo en el suelo no se arriesgó a comprobar si estaba vivo o muerto. Giró sobre sus pasos y dio la alarma a voces mientras D’Angelis luchaba con el travesaño de las puertas.

—¡Han asesinado a los guardias! —informó en cuanto llegó a la bodega—. ¡Tenemos que irnos!

El pánico se apoderó de los ciudadanos. Jonás Gor sujetó al Mattaccino por el brazo.

—Confiad en mí.

Gor agarró del hombro a uno de los asistentes y le puso en la mano una llave grande. El hombre se la quedó mirando, como si acabara de pasarle por encima una araña peluda.

—Esta llave abre la verja que da al embarcadero —dijo en voz alta, de forma que todos pudieran oírlo—. En cuanto estéis fuera, dispersaos por el río, que no os atrapen. ¡Corred, rápido!

El Mattaccino hizo amago de avanzar con el resto del grupo, pero Gor volvió a sujetarlo y señaló con disimulo la escalera de madera que ascendía a las oficinas.

—Seguidme.

Guiado por Gor, atravesaron tres estancias polvorientas hasta llegar a un despacho abandonado. El español abrió un armario ropero vacío y trasteó en su interior hasta que sonó un clic.

Una puerta se abrió a la oscuridad.

—¿Por qué no me habías hablado de este pasadizo? —le recriminó el Mattaccino entre agradecido y enojado.

—La sorpresa es mejor en el momento justo. Detrás de vos.

El Mattaccino se adentró en la negrura, tanteando la pared con la mano. Gor cerró el armario desde dentro y recolocó la puerta secreta en su lugar.

Abajo, la formación de los apóstoles atravesaba la bodega a buen paso, pero sin correr.

No les hacía falta.

Tenían a sus presas atrapadas.

La pequeña multitud, encabezada por el portador de la llave, se atropellaba por el corredor iluminado por antorchas. Algunos tropezaban con los raíles por donde otrora circularan vagonetas cargadas de toneles. Las paredes apestaban a moho y humedad. Por fin, vislumbraron la reja del embarcadero.

—¡No me atosiguéis! —rogó el de la llave mientras se peleaba con la cerradura.

Los hombres y mujeres que se apelotonaban en el corredor aplastaban al único que podía abrir la verja. El chasquido del mecanismo de apertura al ceder provocó cierto alivio general. La multitud avanzó por el tramo de corredor que quedaba antes de llegar a la plataforma del embarcadero, que hacía tiempo que no alojaba embarcación alguna. Cuando faltaban pocos pasos para llegar al muelle, una figura tenebrosa con las manos en llamas cayó del cielo interponiéndose entre ellos y la libertad.

Hamsa levantó la cabeza encapuchada con suma lentitud. Nadie pudo distinguir rasgo alguno, aparte de unos ojos carentes de emoción. Las manos ardientes trazaron arcos en el aire.

Las jarras de aceite y pólvora volaron hasta la desembocadura del pasillo, elevando un muro de llamas delante de los fugitivos que los obligó a pararse en seco y retroceder. Entonces descubrieron a los apóstoles, que les cerraban el paso por detrás. La primera fila apuntaba las purificadoras hacia el frente; la segunda, en un ángulo de cuarenta y cinco grados, y la tercera, las enarbolaba como estandartes de guerra.

La imagen de los enmascarados desató el terror. Los ciudadanos se vieron atrapados entre el fuego y las alabardas más extrañas que habían visto jamás. El mango era de roble blanco, lo que las hacía ligeras y facilitaba el manejo. La punta de la cabeza de armas era fina y afilada, como un estilete largo. La zona del hacha era más grande que las de las alabardas normales, capaz de partir en dos a un hombre empuñada por los brazos adecuados. Pero lo que más diferenciaba a la purificadora de una alabarda clásica era el peto de punza; el espolón destinado a descabalgar jinetes de sus monturas. El diseño de Brunner era más largo, en forma de guadaña de doble filo.

Y las purificadoras aún guardaban una última sorpresa.

Al dar un cuarto de vuelta de rosca al astil, el arma se dividía en dos piezas letales: una espada corta de doble filo que surgía de una acanaladura lateral, y un hacha de guerra perfecta para combatir en espacios cerrados.

Los fugitivos cometieron el error de no rendirse de inmediato. Algunas espadas y dagas abandonaron las fundas, y los más osados —o puede que los más asustados— se lanzaron a la desesperada contra los alabarderos.

El movimiento de los apóstoles fue ejecutado con precisión milimétrica, fruto de mucho ensayo. Los cuatro de la primera fila barrieron a los asaltantes con el peto de punza, enganchándoles los pies y tirando hacia atrás, cortando botas y tendones de Aquiles como espigas de trigo. Ni uno quedó de pie. Dos que cayeron hacia delante se ensartaron en las purificadoras de la segunda fila; los dos restantes fueron abatidos a hachazos.

El teniente Andreoli, que supervisaba la formación desde la última fila, maldijo detrás de la máscara de san Juan. Estaban autorizados a utilizar la fuerza, pero la forma en la que lo habían hecho le pareció desproporcionada.

«Son civiles aterrorizados, por el amor de Dios», pensó.

Los que estaban detrás de los caídos retrocedieron intimidados por el feroz contraataque de los apóstoles, que pasaban por encima de los muertos como quien esquiva bostas de caballo. Andreoli golpeó el suelo dos veces con el astil en cuanto comprobó que los herejes estaban acorralados. Los apóstoles se pararon en seco: si hubieran seguido avanzando, habrían empujado a los civiles a las llamas. Cuando el teniente pensaba que iban a rendirse, oyó a alguien gritar junto al muro de fuego.

—¡Solo hay uno en el muelle! ¡A por él!

Dos hombres jóvenes, armados con espadas, atravesaron la hoguera, ignorando el calor y el aceite ardiendo que se les pegaba al calzado e incendiaba sus bombachos. Embriagados por la furia, cargaron contra la silueta vestida de negro que les cerraba el paso.

El Susurro ejecutó lo que bien podrían haber sido pasos de danza, esquivando a los atacantes a la vez que describía sendos arcos con el arma. Ambos cayeron sobre el empedrado, con cortes en el pecho que atravesaron carne y partieron huesos. Todo en un parpadeo.

Aquello bastó para que los hombres y mujeres atrapados en el corredor se rindieran, con el alma derramándose en lágrimas de rabia. Los apóstoles abrieron la formación para dejar paso a Yannick Brunner. El capitán se plantó frente a los herejes.

—Estáis detenidos, en nombre de la Santa Madre Iglesia. —Su voz retumbó en el túnel—. Rendíos, y nadie resultará herido.

—¿Detenidos? —gritó una voz—. ¿Por qué? ¿Qué vais a hacer con nosotros?

—Solo tendréis que responder a unas preguntas —prometió el capitán—. Si nos decís lo que queremos saber, mañana estaréis en vuestra casa y todo esto quedará en una anécdota. —Un murmullo de creciente indignación se elevó entre los civiles; Brunner lo sofocó de un bramido—. ¡Silencio! Tirad al suelo cualquier arma que llevéis e id a la superficie. ¡Ahora!

En cuanto el más bragado rindió su arma, el resto lo imitó. Una procesión cabizbaja recorrió el camino de vuelta a la bodega donde los recibieron hombres armados con el rostro oculto por pañuelos.

—¿Adónde nos lleváis? —se atrevió a preguntar alguien.

Nadie respondió.

A uno tras otro los introdujeron en los ataúdes rodantes. Dentro, un banco corrido hacía las veces de asiento. Imposible ver el exterior. La lluvia entraba por las rendijas de ventilación, próximas al techo, empapando a los prisioneros.

Cuando el túnel del embarcadero quedó despejado, Andreoli hizo una seña a Brunner para hablar con él en privado. Este captó el gesto y se alejó de los apóstoles, que formaban a ambos lados del pasillo a la espera de órdenes. El teniente habló detrás de la máscara de san Juan.

—Cuatro muertos por aquí —comentó señalando los cadáveres apoyados en las paredes cubiertas de humedad—. También me ha parecido oír gritos en la zona del muelle.

—Creo que hay dos más —contabilizó Brunner—. Hay que ser muy idiota para enfrentarse a alabarderos entrenados.

—O sentirse acorralado —opinó Andreoli—. Ya sabes lo que pasa cuando acorralas a una rata.

Brunner guardó silencio hasta que el teniente volvió a hablar.

—¿Qué hacemos con los cuerpos?

—Enviaré una barcaza para que los recoja —decidió Brunner—. Espéralos aquí y ordena que los sepulten tierra adentro, todo lo lejos que puedan navegar sin encallar. No hay que dejar rastro de esto. Los demás, que registren el edificio, por si hubiera alguien escondido por ahí.

Andreoli repitió la orden a los apóstoles, que ascendieron por el túnel para hacer una última batida. Cuando se quedaron a solas, el teniente preguntó a su superior:

—Yannick, ¿crees que está bien lo que acabamos de hacer?

Brunner tenía la mirada perdida en las llamas que se extinguían en la zona del muelle. Vislumbró al Susurro detrás del fuego, en silencio, como un espectro amenazador.

—No lo sé, Arthur —respondió—. Solo sé que el santo padre nos puso a las órdenes del arzobispo Sorrento y somos soldados.

—Cumplimos órdenes —recitó Andreoli.

—Cumplimos órdenes —repitió Brunner.

Dino D’Angelis examinó a los detenidos, uno por uno, conforme entraban en los carros. Ni el de la máscara del Mattaccino ni el espadachín con cara de calavera estaban entre ellos. Los apóstoles habían concluido el registro y no habían encontrado a nadie más en la bodega. El espía informó a Brunner.

—El líder no está. Es un hombre con una máscara de carnaval; tiene un pico de oro y aspecto refinado. Todo lo contrario que tú.

—Qué gran cómico ha perdido el teatro —ironizó Brunner, forzando una sonrisa de hiena—. Lástima que olvidaras las frases por culpa del vino.

El espía se permitió un instante para disfrutar de la bilis que tragaba el capitán. A Yannick Brunner le habría encantado asesinar a D’Angelis, pero dos cosas se lo impedían.

La primera, Michele Sorrento y Dino eran amigos desde hacía años, mucho antes de que lo nombraran arzobispo.

La segunda, por mucho que le pesara al capitán, era que aquel actor fracasado tenía un talento especial para cualquier labor que requiriera investigación o espionaje. Puede que D’Angelis fuera uno de los individuos más inteligentes que Brunner hubiera conocido, pero eso no era óbice para que le pareciera un grano en el culo.

—Ese tipo, el Mattaccino —siguió informando Dino—, va con un guardaespaldas, un tipo flaco, con pintas de desayunar recién nacidos y cagarlos en el lecho de sus padres. Seguro que puedo averiguar algo sobre él, tiene un aspecto muy peculiar, no pasa desapercibido. Puede que alguno de los detenidos sepa algo, preguntadles por él —sugirió.

—El arzobispo quiere interrogarlos personalmente. ¿Vas a ir a informarlo ahora?

—Iré mañana. A estas horas los locales decentes están cerrados y, si voy a uno indecente, las putas se quedarán con mi paga.

—Entonces nos vemos mañana. ¿Aún conservas el reloj o lo has malvendido?

Dino le enseñó el cilindro dorado.

—Le diré al arzobispo que irás a las nueve. Algún día me compraré uno de esos.

—¿Sabrás entender la hora?

—Que te zurzan, D’Angelis.

Los apóstoles formaron. Brunner se sintió orgulloso de su escuadrón, pero no de la misión que acababan de cumplir. Se consideraban militares, entrenados para combatir soldados, no para cazar paisanos como ratas asustadas, por mucha bula papal que los amparara.

Una bula de la que Michele Sorrento no paraba de hablar y que Brunner no había visto jamás.

Los apóstoles ocuparon dos de los seis ataúdes. Los prisioneros que viajaban en los otros cuatro guardaban silencio, bajo amenaza.

La caravana rodó por las calles mojadas en silencio.

Dino D’Angelis se esfumó por una callejuela, sin dejar de darle vueltas al discurso del Mattaccino.

En el fondo, no le parecía mal lo que había oído.

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4

Afueras de Carmona, Sevilla, primavera de 1526
Dieciocho meses antes de la masacre

Conrado corría por la arboleda como si le fuera la vida en ello. Tropezaba cada dos por tres para volver a levantarse con desesperación agónica. Las rodillas, teñidas de sangre y tierra, asomaban por el calzón desgarrado. Nadie lo perseguía en realidad, pero en cuanto reconoció al jinete en la plaza de San Fernando, las piernas tomaron el control del cuerpo.

No fue el único que evitó a la escuadra que comandaba el gigante acorazado. Los dueños de los tenderetes bajaron la vista a su paso, las señoras se desviaron para no cruzarse con él y algunos, a sus espaldas, hicieron gestos para ahuyentar el mal de ojo.

Zephir de Monfort parecía un fantasma de otros tiempos. Llevaba una armadura completa que había sobrevivido a cuatro siglos de batallas sin apenas rasguños. El acero, pintado de negro, cubría a su portador de pies a cabeza, a excepción de una cruz de lis de bronce claveteada en la coraza. El yelmo, cilíndrico, tenía el borde del visor en forma de cruz y pintado de rojo. No con líneas rectas, sino a pinceladas que simulaban sangre goteando. Un dragón rojo remataba el casco, y púas amenazadoras surgían de hombros, codos, rodillas, pies y nudillos.

Muerte, su caballo, también era negro. Estaba igual de acorazado que su dueño e inspiraba el mismo horror. Su arnés estaba equipado con alforjas de hebillas doradas, faltriqueras y bolsas por doquier. Una biblia grande, encuadernada en cuero, colgaba del pectoral de la bestia, sujeta por una estola púrpura.

Pero lo más intimidante era la maza que colgaba del cinturón del inquisidor. Un arma pesada, diseñada para que solo un gigante como Zephir pudiera manejarla, con una cabeza de metal dotada de puntas cortas y ya algo romas de tantos cráneos acorazados que había hendido desde que el diablo —o alguien peor— la forjara, trescientos años atrás. Cualquiera necesitaría ambas manos para alzarla. En las de Zephir, parecía pesar menos que el martillo de un carpintero.

Conrado dejaba el bosque atrás. Por el camino quedaron la carne de ternera y el pescado que su ama le había encargado comprar en el mercado. Esperaba que no le regañaran demasiado si todo resultaba ser una falsa alarma. El sol se ocultó tras unas nubes negras, como si no quisiera presenciar lo que estaba a punto de suceder en los campos de Carmona. Se avecinaba lluvia.

El criado cayó de bruces en el sembrado y quedó a cuatro patas, con las manos enterradas en la tierra abonada. Se sentía atrapado en un dilema: si descansaba, los jinetes aparecerían antes de que pudiera advertir a su amo; si seguía corriendo, se arriesgaba a caer rendido o muerto, por lo que el resultado sería idéntico. Miró atrás y no vio a nadie. Resopló, se levantó y siguió corriendo. El dolor del costado le robaba aliento y vida, pero la hacienda de don Alfonso Masso estaba cada vez más cerca.

Agustina, la esposa de Jerónimo —el sirviente de más edad de don Alfonso y encargado de los campos—, fue la primera que lo vio. En ese momento arreglaba los arriates que adornaban el exterior del muro que rodeaba la villa. En cuanto le vio la cara, supo que algo andaba mal.

—Conrado, ¿qué pasa? ¿Y el pescado y la carne?

El joven cruzó la verja de la villa sin detenerse.

—¡El Santo Oficio! —gritó—. ¡Viene el Santo Oficio!

Agustina dejó caer las herramientas de jardinería, entró en el recinto y echó la llave de la cancela. Jerónimo salió del granero con los ojos espantados y la horca en las manos. Había superado de largo los cincuenta y había vivido la anterior detención de su amo, una experiencia que no tenía ganas de repetir. Recordó los interrogatorios a los que los sometieron a su mujer y a él. No es que los torturaran, no llegaron a eso. Pero habían pasado dos años y las preguntas insistentes, los insultos y las humillaciones aún se repetían en sus pesadillas.

Sara, la esposa de Alfonso Masso, cerró el libro que estaba leyendo y se levantó del poyo de la fachada principal de la casa. Era una villa no muy grande, de reciente construcción; confortable, pero sin excesivos lujos, lejos del pueblo y sus habitantes. A pesar del griterío de Conrado, Lucas, el hijo de ocho meses del matrimonio, dormía en un capazo, al lado de su madre. Sara lo cogió en brazos cuando el criado se detuvo frente a ella, con las manos apoyadas en las rodillas. Le faltaba el aire.

—¿Qué es eso de que viene el Santo Oficio? —preguntó alarmada.

—Zephir de Monfort —logró articular—, con tres hombres más.

—¿El inquisidor? —Sara jamás lo había visto, pero había oído historias terribles sobre él—. ¿Cómo sabes que vienen hacia aquí?

—Los he visto en la plaza de San Fernando.

Sara observó que Jerónimo y Agustina oteaban a través de los barrotes de la cancela. El pequeño Lucas se despertó, se frotó los ojos y miró a Conrado, que seguía jadeando, a punto de echarse a llorar.

—Conrado, tranquilízate —rogó Sara, que esquivó un manotazo de Lucas; al diablillo le gustaba la fiesta nada más abrir los ojos—. ¿Qué te hace pensar que vienen a por nosotros?

—No lo sé, ama... cuando me di cuenta estaba corriendo. He perdido la carne y el pescado que me encargó —confesó compungido.

—No te preocupes por eso. No creo que el Santo Oficio envíe a su peor inquisidor a por nosotros, pero, de todas formas, avisaré a mi esposo. Tú ve arriba, trae a Luis y a Julia y mete ropa en una alforja, por si acaso.

Conrado entró en la villa y subió la escalera en dirección al dormitorio de los niños. Luis, el mayor, tenía ocho años, cuatro más que Julia. Sara cruzó el zaguán, entró en el salón y tomó el breve corredor de la derecha que conectaba con la biblioteca.

Encontró a Alfonso junto a la ventana que daba al patio trasero, enfrascado en la lectura de un tomo del grosor de un adoquín. Las estanterías estaban a rebosar, y eso que gran parte de la colección que atesoraba en el antiguo domicilio de la familia, en el centro de Carmona, había acabado en una pira. Alfonso interrogó a su esposa por encima de los anteojos. Tenía treinta y seis años y más canas de las que se merecía.

—¿No has oído gritar a Conrado? —Sara no daba crédito.

—No, estaba entretenido. ¿Pasa algo?

—El Santo Oficio. Zephir de Monfort para ser exactos.

—¿Está aquí? —Alfonso se levantó y dejó los anteojos sobre la mesa redonda que presidía la estancia, en la que descansaban varios libros.

—Conrado afirma haberlo visto en la plaza de San Fernando.

Alfonso Masso meneó la cabeza y elevó la vista al techo.

—¿Y por eso tanto jaleo? Según tengo entendido, el Santo Oficio envía a Zephir de Monfort para asuntos que merecen intervención militar, no para detener a un converso como yo. Un marrano, como nos llaman. Como si no hubiera otros herejes, blasfemos, sodomitas y luteranos que detener... Seguro que han venido a Carmona a por algún otro y Conrado se ha cagado en los calzones al verlo. A mí ya me tocó pagar por mis pecados con escarnio y dinero.

—Y sigues practicando el culto en secreto —le recordó Sara, a quien el pequeño Lucas retorcía la oreja en ese instante, tratando de llamar su atención—. ¿Y si alguien te ha denunciado?

Alfonso espantó la idea con la mano.

—¿Quién, mujer? Apenas salgo de casa, cerré mi negocio, no presto dinero... Vivimos de nuestros ahorros y no hacemos mal a nadie. No tenemos enemigos.

—Que tú sepas. —Un tirón de pelo a traición robó una sonrisa a Sara—. ¿Quieres estarte quieto, Lucas? Eres un demonio, un pequeño dybbuk.[1]

Sara pellizcó el moflete de Lucas, fingiendo enfado, y este contraatacó con una sonrisa. La encía inferior se aclaraba donde empezaban a asomar un par de dientes diminutos. Alfonso los contempló encandilado. Jamás le reprochó a Sara que hubiera abandonado el judaísmo años atrás, cuando se mudaron a Sevilla desde Segovia. Incluso admitía que asistiera a misa los domingos en la iglesia de San Pedro. Alfonso, en cambio, había aceptado la conversión al catolicismo por pura supervivencia, aunque su fe, la de los hijos de Israel, había permanecido inamovible a lo largo de su vida.

—Amor mío, tranquila. —Alfonso colocó las manos sobre los hombros vestidos de terciopelo verde—. Seguro que Conrado se ha asustado al ver a los inquisidores. Lo pasó mal hace dos años. Apenas era un mozalbete y vivió cosas que no tenía que haber vivido. Ahora, en serio, mírame. —Retrocedió unos pasos y abrió los brazos en una pose de bufón; a pesar de no estar gordo, la barriguita que lucía era el anticipo de una futura panza—. ¿Crees que el Santo Oficio va a enviar a su agente más poderoso para detener a... esto?

Sara no pudo evitar sonreír. Miró a Alfonso con ternura. Lo amaba. Era un buen hombre. Tozudo, pero buen hombre, amante esposo y padre adorable. Se acercó para besarlo en los labios.

Justo en ese momento, Jerónimo irrumpió en la biblioteca.

—¡Se acercan cuatro jinetes!

El hechizo se rompió. Se hizo un silencio extraño y el tiempo se ralentizó y se aceleró a la vez.

Ese milagro solo lo consigue el terror.

El grito de Conrado, desde el piso superior, confirmó el peor augurio.

—¡Zephir de Monfort!

El color abandonó las mejillas de Alfonso como si se desangrara. Sara apretó un poco más fuerte a Lucas, que era el único feliz en ese momento. Conrado atravesó el zaguán en dirección a la biblioteca, con Luis y Julia de la mano y con una alforja a medio llenar al hombro. La muñeca de trapo de Julia cayó en el pasillo, junto a un aparador de madera y mármol. Ella extendió la manita para cogerla, pero la fuerza con la que Conrado tiraba de ella se lo impidió. La madre rodeó a sus hijos con los brazos mientras el criado y su marido arrastraban la mesa redonda. Julia insistía en regresar al corredor a por la muñeca, pero no había tiempo para eso. La alfombra sobre la que descansaba la mesa ayudó a moverla. Estaba dispuesta así a propósito. En caso de emergencia, Alfonso, su familia y los criados sabían qué tenían que decir y qué hacer.

Lo habían ensayado muchas veces.

Jerónimo salió de la casa y dejó la horca a mano, cerca de la verja de entrada. Un placebo de seguridad. Cuatro púas de madera contra la coraza de Zephir de Monfort tendrían la misma efectividad que un mondadientes. El criado rezó para interpretar bien la mentira que tenía preparada por si volvía el Santo Oficio. Agustina fingió tender unas sábanas. Temblaba de arriba abajo y eso no ayudaba.

En la biblioteca, Alfonso abrió la trampilla que conducía al pequeño sótano que él mismo había excavado en secreto, junto a sus criados, en cuanto el último albañil que trabajó en la construcción de la casa se marchó. En el subterráneo había improvisado un pequeño altar para sus rezos clandestinos, con una menorá y los ejemplares del Sidur, el Talmud y la Torá. Instó a su familia a esconderse en el zulo. También a Conrado, que se resistía a entrar. Alfonso lo empujó escaleras abajo y detuvo su intento de subir con un índice amenazador que frenó al muchacho en seco. Julia seguía llorando por su muñeca, y Sara le rogaba sin parar que se callara. Alfonso fue el último en bajar, pero no cerró la trampilla al hacerlo. Sin pronunciar palabra, recogió sus objetos de culto y volvió a subir las escaleras.

Sara lo agarró del calzón.

—¿Adónde vas? —musitó con los ojos desorbitados.

Alfonso se deshizo de su esposa, subió los últimos peldaños y negó con la cabeza desde lo alto de la escalera. Sara ahogó un grito y extendió una mano suplicante hacia él. Este le dedicó una última sonrisa y le pidió silencio con un dedo en los labios; cerró la trampilla y arrastró la mesa y la alfombra a su posición original.

Había tomado una decisión para salvar a su familia y a los criados. Salió de la casa con la menorá y los libros sagrados entre los brazos. No se molestó en quitar la mezuzá del marco de la puerta principal. «Shemá Israel, Vehayá im shamoa». «Escucha, oh, Israel, en caso de que me oyereis». Asustado, pero convencido de que era lo mejor, Alfonso atravesó el patio y caminó hacia la entrada de la finca cargado con las pruebas de su reincidencia. Se aferró a la posibilidad de que, si se mostraba dócil con Zephir de Monfort, el inquisidor general tendría piedad y se limitaría a condenarlo en efigie por relapso. A veces la sentencia consistía en quemar un muñeco que representaba al reo, a modo de escarnio, y se dictaba una pena distinta a la de muerte. Puede que solo le costara dinero, pero todo lo que se puede comprar con dinero es barato.

Estaba en manos de Dios.

El ruido de los cascos se oía cada vez más cerca. Jerónimo, que esperaba a los jinetes al otro lado de la cancela, contempló, aterrado, cómo su amo avanzaba con la parafernalia hebrea. La mentira preparada para los inquisidores se le olvidó de golpe.

Como si anunciara la llegada de los jinetes, el cielo se derramó sobre ellos.

—Abre, Jerónimo —ordenó Alfonso con una voz tan calmada que daba escalofríos.

—Amo, si os ven con eso, os matarán —argumentó el criado, en tono suplicante—. Escondedlo, os lo ruego.

Alfonso Masso fingió no oírlo. Un trueno rubricó el silencio que el judío quebrantó al dirigirse a sus sirvientes.

—Recordad lo que hemos ensayado muchas veces: mi familia está de viaje en Segovia. —Agustina asintió con un cabeceo único, con el gorro de tela empapado por la lluvia—. Tranquilos, no creo que esta vez os interroguen. Vienen a por mí y voy a confesar de plano para que no os molesten. Jerónimo, abre la verja.

El siervo se mordió los carrillos de impotencia, pero obedeció. Al abrir la cancela mojada vio a los jinetes de cerca por primera vez. Miró de reojo la horca apoyada en el muro y se sintió ridículo. Cuando el cuarteto a caballo entró en el patio, Agustina no pudo hacer otra cosa que orinarse encima. Por suerte, la lluvia disimuló la vergüenza.

Alfonso se quedó paralizado ante la terrorífica estampa del inquisidor Zephir de Monfort. Este detuvo la pesadilla blindada que montaba a pocos pasos del hereje, que lo miraba boquiabierto, sujetando la menorá y los libros.

El judío recordó su anterior arresto en Carmona. Allí se personaron dos sacerdotes enviados por el obispo y seis «familiares», como llamaban a los seglares que se vinculaban al Santo Oficio para ayudarlo en sus funciones. La mayor parte de las veces, los familiares se limitaban a delatar a herejes; otras, como en el caso de Alfonso, participaron en la detención, pero de forma más disuasoria que activa. Solo le cayó algún insulto, un par de escupitajos y unas cuantas amenazas que no llegaron a cumplirse.

Pero ahora tenía delante a un demonio que eclipsaba con su presencia la de los tres jinetes que Alfonso supuso que serían los familiares. Estos vestían algo parecido a un uniforme militar, con calzones de montar, lorigas de cuero cubiertas por antiguas sobrevestas con cruces bordadas y boinas rojas. Parecían soldados y actuaban como tal, pero estaba seguro de que no lo eran.

Los familiares descabalgaron. Uno de ellos destacaba por su estatura, a pesar de no ser tan alto ni voluminoso como el inquisidor. Era rubio, llevaba el cabello más largo de la cuenta y el rostro rasurado; una barbilla partida lo dotaba de un singular atractivo. Sus compañeros parecían mayores que él. Uno era de estatura media, moreno, barbudo y con la cara picada de viruela. El segundo, más bajo, era un aspirante a fraile que jamás logró que lo admitieran en el convento, con dientes de conejo, cejas pobladas y las entendederas justas para acatar la orden más salvaje sin pensarlo ni un instante. Todos portaban espadas, tan pasadas de moda como el resto de su atuendo.

El inquisidor habló sin bajarse de Muerte, su montura. Su voz era el siseo que emitiría una serpiente si fuera capaz de articular palabras.

—Alfonso Masso, quedáis detenido por herejía judaizante, con agravante de relapso. Seréis conducido a Sevilla para ser interrogado por fray Antonio de Andújar, secretario del inquisidor general.

Alfonso depositó las pruebas sobre el empedrado mojado y tendió las manos hacia delante para facilitar su arresto. Las gotas de lluvia se deslizaron por el cabello canoso. La kipá resbaló y cayó al suelo, pero él ni se dio cuenta. Nadie se acercó para maniatarlo. Era evidente que los soldados esperaban órdenes del inquisidor.

—¿Y vuestra familia?

Alfonso rezó para que no le temblara la voz al responder a la pregunta más temida.

—Están en Segovia, en casa de un familiar.

—Mientes, marrano —le interrumpió el inquisidor, rebajando el trato al tuteo.

—Habéis venido a por mí, aquí me tenéis.

—No te atrevas a decirme a por quién he venido ni por qué estoy aquí —silabeó Zephir. A Jerónimo, que estaba a su izquierda, el inquisidor le parecía una estatua poseída por un espíritu parlante. Agustina, bajo la lluvia, abrazaba con fuerza una sábana cada vez más empapada—. Yo soy un soldado de Dios, y tú, marrano, la basura que me veo obligado a limpiar.

Alfonso se dio cuenta de que su situación era mucho más grave de lo que en un principio había supuesto. No era una detención al uso. Había algo más que no llegaba a intuir. El judío tenía una cosa cada vez más clara: no habría quema de efigie. Nadie envía a un monstruo como Zephir de Monfort desde Sevilla para luego prender fuego a un monigote de madera y trapo.

Le esperaba tormento y fuego.

—¡Mátame entonces, malnacido! —bramó buscando una muerte rápida—. ¡A mal dios sirves, cuando haces lo que haces! ¡Yo te maldigo, a ti y a tu estirpe!

Zephir no reaccionó a los insultos.

—Morirás, por supuesto —siseó—, pero no hoy ni aquí. Vas a tener mucho tiempo para sufrir y tu sufrimiento empieza ahora.

El inquisidor soltó las riendas de Muerte y sacó un par de ballestas de mano de unas fundas fijadas a la armadura del caballo. Las armas estaban cargadas con virotes de palmo y medio de longitud. Alfonso cerró los ojos esperando el dolor. Se preguntó adónde apuntaría. Ojalá fuera a las piernas, a los hombros o a los brazos. Mejor eso que los genitales o el rostro.

Oyó el sonido de las cuerdas al disparar. Luego un grito de Jerónimo, que se interrumpió de pronto. Para su sorpresa, Alfonso no sintió dolor alguno. Abrió los ojos y lo que vio hizo que los latidos de su corazón se detuvieran durante un terrible instante.

Jerónimo y Agustina yacían en el suelo. La mujer, panza arriba, seguía viva, pero no por mucho más tiempo. Cada intento de respirar era interrumpido por el virote que sobresalía de su garganta y por la sangre que le inundaba la boca. El criado, más afortunado, había muerto en el acto. A Alfonso le fallaron las piernas.

—¡Hijo de perra! —lloró—. ¡Has asesinado a dos buenas personas, Dios te maldiga!

Zephir hizo una señal. El fraile frustrado se adelantó para golpear al judío con el pomo de la espada. Alfonso se desplomó sobre el empedrado, inconsciente, con una brecha en la cabeza. La lluvia arrastró la sangre diluida.

—Registrad la casa —ordenó Zephir—. Si encontráis a alguien, traedlo. Vivo. —A continuación, se dirigió al de la barbilla partida—. Zarza, ya sabes lo que tienes que buscar.

Daniel Zarza asintió y se dirigió con sus compañeros a la entrada de la vivienda, donde se repartieron las zonas que iban a inspeccionar. El rubio se dirigió al barbudo con marcas de viruela.

—Laín, ocúpate de la cabaña de los sirvientes, del granero y del establo. Cuando termines, saca a los caballos, nos los llevamos. —Luego se volvió hacia el otro familiar, que esperaba instrucciones con los incisivos posados sobre el labio inferior, dibujando con su expresión la viva estampa de la inteligencia—. Isidoro, tú registra el piso de arriba, ¿de acuerdo?

—Porque lo ha dicho Zephir, no porque lo digas tú —puntualizó, desenfundando la espada. Daniel le sujetó la muñeca, e Isidoro clavó en él una mirada torva.

—Vivos —le recordó Daniel.

Isidoro se soltó con violencia y subió las escaleras. Daniel registró la cocina, la despensa, el salón y la biblioteca. Abrió armarios y alacenas. En su búsqueda, se tropezó con una muñeca tirada en el suelo del pequeño corredor. La recogió y se enfrentó al rostro pintado sobre el trapo unos instantes. Le asaltaron malos recuerdos. Remembranzas de tristeza y llanto, imágenes funestas que trataba de olvidar y no podía. Dejó la muñeca sobre el aparador y se dirigió hacia la puerta de la cocina que daba al patio trasero.

Revisó los alrededores de la casa, setos incluidos. Saludó con la mano a Laín, que salía del granero negando con la cabeza, rumbo a un cobertizo cercano. Tal vez fuera cierto que la familia estaba de viaje. Una vez seguro de que no había nadie en la villa, Daniel regresó a la biblioteca. Se detuvo en la primera estantería y buscó un libro en particular. Lo localizó en la segunda balda: El Corbacho, del Arcipreste de Talavera, un volumen encuadernado con gruesas tapas de madera forrada de cuero con grabados polícromos en relieve. Una edición cara. Le costó encontrar el pestillo disimulado en la guarda anterior de la contracubierta.

Una llave cayó al suelo.

El delator se había ganado su parte del botín. Al agacharse a recoger la llave, Daniel creyó oír algo. Una especie de lamento lejano y

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