Cuando sonó la trompeta, estuvo
todo preparado en la tierra,
y Jehová repartió el mundo
a Coca-Cola Inc., Anaconda,
Ford Motors, y otras entidades:
la Compañía Frutera Inc.
se reservó lo más jugoso,
la costa central de mi tierra,
la dulce cintura de América.
Bautizó de nuevo sus tierras
como «Repúblicas Bananas»,
y sobre los muertos dormidos,
sobre los héroes inquietos
que conquistaron la grandeza,
la libertad y las banderas,
estableció la ópera bufa:
enajenó los albedríos,
regaló coronas de César,
desenvainó la envidia, atrajo
la dictadura de las moscas,
moscas Trujillos, moscas Tachos,
moscas Carías, moscas Martínez,
moscas Ubico, moscas húmedas
de sangre humilde y mermelada,
moscas borrachas que zumban
sobre las tumbas populares,
moscas de circo, sabias moscas
entendidas en tiranía.
Entre las moscas sanguinarias
la Frutera desembarca,
arrasando el café y las frutas,
en sus barcos que deslizaron
como bandejas el tesoro
de nuestras tierras sumergidas.
Mientras tanto, por los abismos
azucarados de los puertos,
caían indios sepultados
en el vapor de la mañana:
un cuerpo rueda, una cosa
sin nombre, un número caído,
un racimo de fruta muerta
derramada en el pudridero.
PABLO NERUDA,
«La United Fruit Company»,
Canto General (1950)
Yo no quiero un cuchillo en manos de la patria.
Ni un cuchillo ni un rifle para nadie:
la tierra es para todos,
como el aire.
Me gustaría tener manos enormes,
violentas y salvajes,
para arrancar fronteras una a una
y dejar de frontera solo el aire.
Que nadie tenga tierra
como tiene traje:
que todos tengan tierra
como tienen el aire.
Cogería las guerras de la punta
y no dejaría una en el paisaje
y abriría la tierra para todos
como si fuera el aire…
Que el aire no es de nadie, nadie, nadie…
Y todos tienen su parcela de aire.
JORGE DEBRAVO,
«Nocturno sin patria»
PRIMERA PARTE
Forastera
Eran gentes de vidas lentas, a las cuales no se les veía volverse viejas, ni enfermarse ni morir, sino que iban desvaneciéndose poco a poco en su tiempo, volviéndose recuerdos, brumas de otra época, hasta que los asimilaba el olvido.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, Cien años de soledad
1
Buena chica
Tierras Altas del valle de Turrialba,
cantón de Paraíso, Costa Rica
4 de diciembre de 1883
I
La joven forastera contemplaba la cumbre vieja del Turrialba en la distancia, extenuada por el esfuerzo de sostenerse encima del caballo. Desde hacía horas avanzaban por un paso estrecho rodeado de bosque selvático; ella y el hombre que la seguía detrás a lomos de un corcel bastante más brioso que el suyo, que resoplaba continuamente, inquietándola. En las hojas sueltas del diario de un antepasado, don Íñigo de Velasco Tovar y de la Torre, la muchacha había leído una antigua leyenda según la cual ese volcán era una puerta del infierno que, de vez en cuando, escupía demonios, aunque, por supuesto, daba a aquellas creencias la misma consideración que a los monstruos que dicen ver los niños por la noche. En su cabeza había preocupaciones mucho mayores, o al menos más terrenales e inmediatas, que los sacrificios que —según su antepasado Velasco— los indígenas hacían antaño para contener a sus chamucos dentro de aquel cráter. Pero sí sentía un gran respeto por esas formaciones ciclópeas de garganta ardiente y boca insaciable, un miedo irrefrenable, diríase, causado por un delicado asuntillo familiar que quería ocultar a cualquier precio.
Así que esta es la tierra que tiembla entre ríos, a los pies del volcán, pensó. Y la voz imaginaria del conquistador español, que de tanto leer sus diarios casi se había hecho real dentro de su cabeza, le dio la bienvenida: «Al fin, mi muy cara, en la fermosa Veragua ves agora el grande corazón inmortal mío, el cual tan claro habló de estas tierras». ¿No era increíble haber llegado hasta allí? Por fin estaba en las Tierras Altas de Costa Rica, frente a la poderosa «Torre Alba», como llamaba don Íñigo a ese volcán. Y sin embargo… Su ánimo, inquieto y desorientado, percibía en aquel entorno idílico un algo perturbador, como el chillido de un animal antes de morir.
Vamos, no es nada, solo tu imaginación.
Quiso sacudirse esos pensamientos, pero no pudo. Su madre solía decirle que distorsionaba la realidad por leer tanto: «Te imaginas cosas que no son, cariño». Muy al contrario, ella se consideraba pragmática y realista, pero no por eso había que restarle importancia al instinto y, definitivamente, intuía en el aire un algo sigiloso, como el veneno de una araña al penetrar en el cuerpo de una mariposa. Pero esa sensación, fuese lo que fuese, era atenuada por la belleza embriagadora del valle. Volvió a mirar la cumbre vieja que emergía entre la foresta de porós, unos árboles de flores anaranjadas que daban sombra a los cafetales. Las altas temperaturas habían adelantado su floración esa temporada, ruborizando el paisaje antes de lo previsto. Como la sangre en las mejillas de una joven pillada por sorpresa, los porós lo teñían con su furia contenida y cálida.
En aquel óleo insuperable, la cara este del volcán que miraba al mar Caribe era una suave pincelada verde-bronce del mismo tono resplandeciente, tenaz y soñador que los ojos de la joven; una coloración medianamente oscura e inocente, como sacada del paisaje de una pintura de William Turner, el pintor de la luz, su preferido. El sudor resbalaba por sus párpados nublándole la visión, así que tal vez por eso aquella pincelada se distorsionaba y adquiría un trazo impresionista en el horizonte nuevo y desconocido. Lo cierto era que, desde tan lejos, la joven no podía ver los pliegues de lava asimétricos e inclinados, endurecidos y cenicientos como pellejos de muertos; solo distinguía la sombra lejana de aquella mancha coriácea que bien podría ser la piel de Cipactli, el lagarto marino cuyo cuerpo usaron los dioses de los indígenas para crear la tierra.
Un aullido a su izquierda hizo que se girara estremecida.
Y entonces se le apareció, apostado en la rama baja de un arrayán que sobresalía en la angosta vereda, una presencia inesperada, pero que encajaba mucho más que ella en el paisaje: un mono. Por su larga cola supo que se trataba del mono ardilla que salía en las ilustraciones de alguno de los muchos libros que había leído antes de emprender su «Gran Aventura» —así había titulado su diario de viaje—. De cara blanca y cuerpo anaranjado, sus ojos oscuros en los que apenas se distinguían las pupilas respondieron al arrobo de la muchacha con descortesía; tras mirarla con indiferencia, el pequeño primate pasó a rascarse el sobaco con ahínco hasta que, aburrido, se escabulló entre la foresta, donde se reunió con otros monos armando un gran barullo.
La divertida presencia hizo brotar un pequeño hilo de risa de su garganta, pero no podía más. Era la primera vez que montaba a caballo. Habían salido antes que el sol y ya era casi mediodía. Llena de miedos e incertidumbres, solo el cansancio le había permitido dormir encima de la paja en una cabaña solitaria a escasa distancia de aquel hombre, sin poder cambiarse de ropa después de un largo trayecto en ferrocarril, pero, sobre todo, tras el extenuante viaje a través del océano. Aquel tipo que cabalgaba a su espalda se le antojaba un demonio, ¿por qué no?, escapado de la Torre Alba. Y si no un demonio, un forajido, un malhechor del que se había fiado como una tonta. ¿Qué sabía de él? Nada. Era rudo e inexpresivo, vestía pantalones color crema con ceñidor de hebilla detrás y botones en la cintura, aunque no llevaba tirantes ni parecía necesitarlos a juzgar por su camisa blanca sin abotonar que dejaba al descubierto un pecho robusto y moreno y le confería un aire desastrado. No era mucho mayor que ella, unos veinte o veintidós años, calculaba, aunque, por su presencia y maneras tan curtidas, parecía que se llevasen toda una vida. Apenas le había dirigido la palabra desde que la recogiera en Puerto Limón el día anterior. Su boca, de labios gruesos, se mantenía cerrada en un rictus tenso; sostenía un cigarrito que no había encendido y poco más se podía ver de su rostro, tapado bajo la sombra de su sombrero Panamá.
En el puerto había sido la única persona en acercarse a ella.
—¿Aitana Ugarte? —había mascullado.
Ella había asentido. Entonces él señaló con el dedo índice la estación de ferrocarril y empezó a andar hacia el tercer vagón, sin ni siquiera ayudarla a cargar las dos pesadas maletas que ella había tenido que arrastrar acarreando primero una para volver después a por la otra. Tampoco le había preguntado por qué no traía más baúles o enseres de su querida España, algo que, por otro lado, Aitana agradeció. Ni por qué no iba acompañada de un guardaespaldas o de una dama de compañía.
Nada de nada.
Ni una palabra más en todo el trayecto que hizo el tren por la abovedada jungla hasta detenerse en La Junta. Aitana tampoco echó en falta el entretenimiento de una conversación, le bastaba con mirar el paisaje del litoral atlántico y la majestuosa espesura de palmeras y flores tropicales. La selva era tan densa y salvaje a ambos lados de las vías férreas que le admiró imaginar la hazaña que debía haber sido construir el ferrocarril. La excitación que sintió al ver los primeros pájaros exóticos, entre ellos varios tucanes y lapas, como llamaban a los coloridos guacamayos en Costa Rica, estimulaba su espíritu explorador. ¡Y no solo eso! Había visto gente negra por primera vez en su vida, decenas de hombres que carreteaban en el muelle de Puerto Limón y también alguna mujer de sonrisa tan blanca y agradable que Aitana hubiera deseado no tener que correr detrás de aquel hombre —qué sabio habría sido no hacerlo— y poder comprar algunas de esas semillas de cacao que cargaban en cestos sobre sus cabezas o pararse a observar con más detenimiento todas las maravillas de la costa caribeña. Se extrañó después de no ver gente de color en los vagones. Cómo lamentaba no haber comprado las tortillas y frijoles que un niño indígena vendía a los recién llegados que bajaban del vapor; las tripas le rugieron, demandantes. Ansiaba ahora el agua de uno de aquellos cocos que abrían a machetazos bajo la sombra refrescante de las palmeras.
Pero ¿cómo iba ella a saber que estaría horas sin apenas probar bocado? Al menos el tipo le había dado un poco de agua. Ese hombre era un salvaje, a pesar de su porte regio. Si no fuese por el mal fario que le daba, le habría parecido atractivo, pero su aire distante, desdeñoso, le afeaba el rostro. No había parado de fumar en el vagón ni se había inmutado ante los suspiros ahogados de Aitana cada vez que algo del paisaje la maravillaba, como la cascada de aguas turquesas que había asomado en un claro en la lejanía, después de alejarse de la costa.
No se recibía así a una muchacha extranjera que venía desde tan lejos, que estaba ansiosa por conocer la tierra de uno. No, señor. Si bien el día anterior se había mostrado jovial y animosa, ahora, en cambio, su buen talante empezaba a disiparse. A lomos de aquel caballo, que le tenía molidos todos los huesos del cuerpo, se sentía desfallecer. ¿Quedarían muy lejos el cafetal y la hacienda que iban a ser su nuevo hogar? Cuánto ansiaba quitarse aquel ridículo vestido de paseo. De haber sabido que iría montada en un caballo en lugar de en un carromato, no se le habría ocurrido emperifollarse así. El vestido consistía en una prenda de dos piezas, de cuerpo ajustado a la cintura, falda y sobrefalda en seda moaré granate y, sobrepuesto en el pecho, un bordado negro de flores abiertas y capullos de rosas. El aparatoso armazón del polisón, hecho con diez alambres de acero que se plegaban al sentarse, le suponía un verdadero estorbo en la silla de montar. Abullonaba la falda por detrás y, aunque estilizaba su figura, la hacía sudar copiosamente. Apenas podía moverse sin arriesgarse a caer del animal.
—Apéese, carajo.
La imprecación del hombre la sacó del sopor en que estaba sumida; se dio cuenta de que tenía el tronco tan inclinado hacia delante que podía oler el sudor terroso y caliente que oscurecía el pelaje del alazán. ¡Había estado a punto de quedarse dormida!
—¿Cómo dice? —preguntó recolocándose el sombrero.
Al detener ambos la marcha, se dejaron de oír los cascos sobre las piedras del sendero y los demás sonidos del bosque se amplificaron: el canto de las ranas arborícolas, las llamadas de los pájaros, los aullidos de los monos y el resuello de los pobres caballos. De fondo se escuchaban el viento entre las hojas de las palmeras, que recordaba la vibración de una lluvia fina y el rumor del río Turrialba, que corría unas millas más allá, paralelo a aquel camino para mulas.
—Apúrese. —El hombre, que ya había desmontado, jalaba hacia atrás una de las riendas del animal.
Aitana no sabía muy bien cómo bajarse, sacó los pies de ambos estribos y pasó la pierna izquierda por delante para llevarla al lado de la otra y bajar por la derecha, con tan poco tino que resbaló de la silla; si no hubiera sido por el polisón de su falda, que quedó enganchado en el fuste, y porque se agarró como pudo a las crines del corcel, que resopló y dio un par de pasos adelante, se habría caído de bruces contra el suelo.
Que sea lo que Dios quiera, murmuró entre dientes.
Terminó por descolgarse malamente, dejando a la vista sus enaguas, pero, al tocar el suelo, sus escarpines de satén resbalaron en el barro. Un desastre, en fin, porque cayó sobre sus posaderas. Aguantó como pudo un grito de dolor apretando bien párpados, labios y puños. Dignidad ante todo. Sentía calambres en el vientre, le dolía el interior de los muslos, los tobillos, las plantas y los dedos de los pies, la espalda, los hombros; tenía marcas rojas en las palmas de las manos de sujetar las riendas, ¿y por qué no decirlo?, hasta la mismísima rabadilla le escocía horrores.
El hombre, ahora sí, agarró sus maletas; el peso de una de ellas le hizo inclinarse más hacia la derecha y, por un momento, pareció sorprendido. Con una indicación de la barbilla señaló hacia una trocha entre la foresta apenas visible. Aitana tardó en reaccionar. Al fin, dijo:
—¿Se ha vuelto loco? No creerá que voy a meterme con usted en esa jungla infestada de Dios sabe qué bichos venenosos. ¡Puede haber depredadores salvajes!
El muy canalla hizo un chasquido con la lengua y desapareció con las maletas en la espesura.
—¡Oiga! —le gritó la joven que todavía seguía en el suelo; luego, muy bajito, murmuró—: Hijo de Satanás.
Guardó silencio mientras barajaba si subirse de nuevo al caballo y huir deshaciendo el camino hasta la única aldea —de apenas cuatro ranchos de maderos y techos de palma— por la que habían pasado antes de coger ese sendero, pero descartó la idea porque no se sentía capaz de montarse en aquella bestia sin ayuda. Se quedó pensativa. A su entero juicio, por donde se había escabullido el hombre no podía intuirse el perfil de ninguna casa, mucho menos de una hacienda de grandes hectáreas, ¿no era un lugar de lo más extraño para detenerse? Eso le parecía. Ni una señal ni un letrero, ningún tipo de entrada insinuaba que hubieran llegado a su destino. Era raro. Había imaginado que en aquellas tierras solo encontraría cañadas encharcadas, pasos para el ganado, senderos de caza… ¡pero es que ni cafetales veía! Y herr Rudolf Haeckel era el dueño de un enorme cafetal que abarcaba terrenos de unas mil hectáreas. Aitana supuso que su hacienda debía de hallarse por la zona del valle de porós que se veía a lo lejos, no allí. Pasados unos segundos, el hombre regresó de entre la espesura sin las maletas, miró hacia atrás en el camino, como si esperase ver a alguien —durante el trayecto no se habían cruzado con ningún ser humano—, algo que terminó de confirmar las sospechas de Aitana. Aprovechando que no la miraba, cogió un pedrusco más grande que su mano antes de levantarse del suelo.
Que sea lo que Dios quiera, pero mejor estar prevenida.
Ahora tenía clarísimo que ese granuja no venía de parte de su prometido. De hecho, empezaba a ver con asombrosa lucidez lo que había sucedido: el tipejo probablemente se habría enterado de que la futura esposa de un rico terrateniente llegaba en el vapor de la mañana, imaginó que traería una buena dote y, tras ganarse su confianza —qué fácil se lo había puesto ella, se recriminó—, se las ingenió para abordarla antes de que herr Rudolf Haeckel apareciese en el muelle.
Claro, por eso me metió tanta prisa para subir al ferrocarril.
¿Pero entonces por qué había esperado tanto, por qué no atacarla o robarle por la noche, en la cabaña? Aitana escondió la mano en la que portaba el arma improvisada entre los pliegues de la falda. Fuese lo que fuese, ella no había navegado en un barco de vapor durante cuarenta y ocho días, sin saber nadar, para dejar que ese malandro arruinase lo que tanto le había costado conseguir. Peores adversidades había enfrentado para llegar hasta allí, para burlar a un destino en absoluto halagüeño. Si se creía que era una joven melindrosa, sin recursos, estaba muy equivocado.
—¡Camine, so mula!
Y aunque su corazón latía aceleradamente, poniéndola en guardia, no tuvo más remedio que seguir al desconocido que, esta vez, señalaba el camino recién dibujado en la maleza con un machete largo como su pierna.
II
Dentro de una zanja estaban sus dos maletas igual que dos cadáveres esperando sepultura; al lado, un rimero de arbustos recién cortados y un montón de tierra todavía húmeda. Por más que aguzaba sus sentidos, la pobre Aitana no veía por dónde escapar. El hombre bloqueaba el exiguo sendero desde el que habían accedido —tras varios minutos caminando y macheteando— a un claro de hierba rodeado de árboles tan altos y frondosos que apenas se intuía el cielo. Solo el flujo de una corriente de agua se escuchaba a lo lejos; probablemente, una cascada. Era imposible que su «Gran Aventura» acabase allí —pensaba mientras apretaba bien fuerte el pedrusco con la mano—, como la historia de un cuento aún no inventado; que no pudiera cumplir con la misión por la que había cruzado aquel gigantesco océano; que… Pegó un salto hacia atrás aun a riesgo de caer en la zanja al ver cómo el forajido, plantado ahora a su lado, echaba hacia atrás el brazo, confirmando sus sospechas. El destello febril del filo de su sucio machete restalló en el aire.
—Usted me disculpe, pero la voy a matar. —Con cierta tristeza, añadió—: Parece buena chica, irá al cielo.
Hecha la revelación, un fluido oscuro cayó del mentado firmamento y se estrelló en su mano. El hombre se sacudió y maldijo.
—¡Wakala! ¿Qué madre…?
Y miró hacia arriba.
Desde sus alturas, un gallinazo con aire despreocupado y satisfecho emitió un graznido que sonó a carraspeo de viejo que quiere sacarse un esputo del pecho. Nada majestuoso para tratarse del canto de un ave. Aitana levantó el brazo y, más rauda que el proyectil que acababa de caer del cielo, al tiempo que lanzaba un indigno alarido troglodítico, le asestó con el pedrusco en la cabeza al rufián. El hombre, totalmente desprevenido, ni siquiera pudo reaccionar, los ojos se le nublaron tras varios parpadeos que acompañó de un baile de pies, trastabilló con una raíz retorcida a mala leche y cayó dentro de la zanja. Sus piernas quedaron dobladas una encima de la otra y los brazos retorcidos en la postura aberrante de un ser deforme.
Por un momento, Aitana no supo qué hacer. Temblaba como un cachorro abandonado por su madre. Pasaron unos minutos. Al fin, se decidió a coger el machete del suelo. No sabía usarlo, pero lo mantuvo en alto; la mano temblorosa, su rostro arrugado en una mueca intimidatoria tan infantil que, de haber abierto un ojo, al villano le habría provocado ternura. Pasaron otros tantos minutos. Ni uno ni dos ojos abría. Entonces vio un reguerillo de sangre que salía de su nuca, del lugar donde lo había golpeado.
—Santo Dios —se persignó—, ¿lo habré matado?
Caminó unos pasos y alargó el cuello para asomarse dentro del abismo en que se había convertido aquella zanja; negó con la cabeza, asintió, negó más frenéticamente. Bendito azar. Si ese buitre negro no hubiera defecado con tanto tino sobre su asesino… ¿Cómo que bendito? Sentir alivio la hizo desfallecer, ¿no empezarían así las buenas personas a perder el juicio? ¡Había matado a un hombre y eso era, inventó un palabro, imbendecible! Se apoyó con la mano izquierda en un árbol.
¿De verdad lo he mat…?
En lugar de acabar la frase, soltó un grito, aterrorizada: una miríada de aguijonazos acababa de abrasarle la mano. Pero ¿qué? Miró instintivamente la palma abierta llena de puntitos de sangre y de una sustancia lechosa, y después al árbol. Su corpulento tronco estaba cubierto de púas gruesas como las de los manguales usados en el medievo para romper cabezas. El gallinazo emuló otra gárgara repulsiva desde lo alto de su rama. Esta vez sonó a risa macabra en la atmósfera tenebrosa de una pesadilla. Ya no tenía expresión inocente; sus pupilas, agrandadas, eran más negras que las intenciones del mismísimo diablo Mefistófeles tratando de llevarse al infierno dos almas por el precio de una.
—¡Vete! —Aitana agitó los brazos para espantarlo—. ¡Vamos, vete, engendro infernal!
El buitre torció el cuello y miró hacia abajo con la perplejidad de quien observa soliloquiar a un loco. Agitó sus alas lúgubres.
—¡Dios mío, lo he matado! Yo no he venido hasta aquí para matar a un hombre. No soy una asesina. Él me…
Incómodo por los lloriqueos de aquel absurdo ser humano, el pajarraco alzó sus alas regias y decrépitas, exhibiendo un plumaje que tenía la iridiscencia gris ámbar de los volcanes apagados, y se alejó de allí. Ella dejó de mirarlo y se sentó sobre el tronco de un árbol partido. Creía que ese algo perturbador, silencioso y delirante que hacía un rato había intuido en el paisaje se le había metido dentro del cuerpo. El zarpazo de una náusea le arañó el estómago. Por si fuera poco, la pena se le atravesaba en la garganta; todo aquello con lo que había soñado durante años se le escurría de las manos igual que a una chiquilla el hilo de su cometa.
Si pudiera volver atrás en el tiempo, al momento en que se bajó del barco en Puerto Limón… ¡Qué distinto pensó que sería todo entonces! Recordó al joven atractivo, vestido de traje claro, pero sin corbata y con el cuello de la camisa desabotonado, rubio, con aires extranjeros, a quien había descubierto observándola apoyado en la baranda de una terraza en galería que rodeaba la pared de un edificio de madera de dos pisos. ¡Qué poderosa y atractiva se sintió entonces! Tanto que le sacó la lengua, burlona, desafiando su descaro. Él se había reído ante el atrevimiento infantil de la joven recién llegada al ajetreado Puerto Limón y la miró de un modo tan arrebatado que no sabía si había sufrido un flechazo nada más verla o si era una estrategia bien ensayada para engatusar a jóvenes extranjeras inexpertas. Pero le había funcionado, porque ella notó un latigazo en el pecho y el calor se le enredó en el estómago, como un viento cargado de electricidad, y luego le había subido hasta las mejillas. ¿Quién sería ese hombre? El deseo de volver a verlo, de experimentar un romance novelesco, la había acompañado durante toda la travesía en el Tren de la selva, incluso en sus sueños. Cada vez que pensaba en su mirada incendiaria y nada discreta, sonreía con un incontrolable azoramiento. Se le escapó un suspiro. Por un momento había deseado que él fuera herr Rudolf Haeckel. Pero su prometido, del que solo tenía una fotografía y unos documentos de matrimonio firmados —lo de llamarlo «prometido» era solo una pequeña farsa antes de que se celebrara el ritual de la boda con los novios presentes—, le cuatriplicaba la edad y eso descartaba al joven extranjero. Pensaba en el amor incluso sabiéndose ya casada con un viejo por el que, lo tenía claro, nunca sentiría nada. Abatida, siguió recordando cómo unos hombres se habían acercado a hablar con el joven y su galán se giró hacia ellos. Y ya solo vio su espalda cuadrada. Fue entonces cuando apareció aquel malandro que ahora se pudría dentro de la zanja. ¡Qué distinto habría sido todo!, volvió a lamentar. Si no hubiese sido tan confiada, si no se hubiera ido con el hombre que acababa de intentar matarla.
¿Cómo es posible que un completo extraño desvíe el curso de mi vida, así, de un segundo a otro? ¡No es justo!
Había estado tan segura de que solo encontraría la gloria y la aventura en el Nuevo Mundo que no esperaba ese golpe del destino. Mucho menos ahora. Negó con la cabeza. La gloria que ansiaba no podía transformarse en una triste charada sin resolver en la primera vuelta del camino. Con el machete todavía temblándole en la mano y un desasosiego en el corazón que le encorvaba el cuerpo, Aitana no quería recordar ni pensar ni seguir lamentándose. Un crujido extraño hizo que mirase a su derecha, tal vez algún animal temible. Casi al mismo tiempo se giró a la izquierda alertada por el chasquido de una rama. Hasta el roce de una sombra habría percibido; estaba tan asustada que ni el castañeteo suave de su mandíbula acallaba los rumores del bosque. Miró hacia el pasillo de hierba pisoteada por el que habían venido y luego al frente donde dos pequeñas serpientes bocaracás trenzaban sus cuerpos de escamas amarillas sobre el tallo espigado de una bella heliconia; copulaban con una indiferencia impúdica, casi insultante, colgadas en esa planta exótica de hojas con forma de brácteas de piel fucsia y brillante. La bella Costa Rica tenía el punto ácido e indolente de una broma de humor negro.
—¡Basta ya! —se ordenó—. O te serenas, o te atrapan los demonios.
Cuando las cosas iban mal, siempre aplicaba un lema recurrente de su madre: «Lo que viene conviene». Así que ahora solo tenía que hacer lo que ella le había enseñado antes de morir: buscar la solución más adecuada. Pero pisar tierra, dormir en un pajar mientras te devoran los mosquitos, matar al primer hombre que se cruza en tu camino y abrasarte la mano con el tronco de un árbol no puede convenirle a nadie. ¿Qué solución tenía eso? Su situación era peor que mover por mover trebejos cuando ya solo te quedan peones en una partida de ajedrez. Un avispero de miedo, culpa y no-saber-qué-hacer corroía sus entrañas. Solo se le ocurría largarse de allí echando leches, como decían en España, mal y pronto, en alusión al reguero que dejaba a su paso la carreta de los lecheros. Pero antes… Aitana soltó el machete y se metió dentro de la zanja. Si el hombre se despertaba, si la agarraba por el tobillo, si no estaba muerto… Soltó las correas laterales de una de sus maletas, sacó toda la ropa que había dentro sin preocuparse de dónde caía, seleccionó varias prendas, se limpió el sudor de la cara con la manga, colocó la maleta abierta fuera de la zanja; volvió a meter dentro solo las vestimentas escogidas. Respiró hondo. Abrió la otra maleta y quedaron al descubierto un montón de libros. Cogió un cuaderno de viaje con tapas de cuero y el título «La Gran Aventura» grabado en la portada, un manojo de hojas del diario de don Íñigo de Velasco que había sujetado con un cordel rojo, su cédula de identidad, los documentos de matrimonio y tres libros: Las flores malditas, de Baudelaire; El Quijote, de Miguel de Cervantes, y Fausto, de Goethe. Los metió en la otra maleta, que era la que pensaba llevarse. Con el corazón ladrándole en el pecho, salió de la zanja. Le costaba respirar y la náusea en el estómago se había acrecentado.
Nadie te ha visto matar a este hombre, solo el bosque es testigo.
De pronto la heliconia tembló por el peso de las dos lascivas serpientes, que brillaban con una intensidad diabólica; el amarillo ácido de las pequeñas bocaracás y el fucsia caliente de la planta centellearon en una tiniebla delirante, espectral, oleaginosa. ¿Qué me pasa? Se frotó los ojos, la cara, intentando quitarse la desagradable sensación de que una telaraña le envolvía el rostro. El fragante aroma que flotaba en el ambiente se había intensificado, aturdiéndola. Olía a flor de cedro, azahar, cacho de venado y arrayán; a líquenes, bromelias y barbas de chivo viejo; a materia en descomposición y al propio sudor de su cuerpo que emanaba confusión, fatiga y un terror absoluto a partes iguales. Estornudó. Pero ¿qué me pasa? Volvió a estornudar. Las pestañas seductoras de una de las bocaracás le parecieron tan grandes como la yema de uno de sus dedos. La serpiente oropel aumentaba de tamaño en una proyección singular, extravagante, imposible; se dividía en copias translúcidas de sí misma, sus cabezas triangulares se multiplicaban de manera irreal en el aire aglutinado por la bruma del trópico, igual que en el fondo de un caleidoscopio. ¿Qué me pasa? Sintió como una mano se apoyaba en su hombro, por detrás. Se giro, bruscamente.
Nadie.
Estaba cansada, muy cansada. Quería dormirse, despertar solo con las fuerzas ya recuperadas. ¿Y si las serpientes la mordían? Había escuchado que algunos venenos te recorrían las venas provocando un calor placentero. Veneno, ambrosía, alucinaciones. ¿Qué me restraparasando? Sacó la lengua, la ensanchó, la estrechó dándole forma de tubo, la volvió a ensanchar para espabilar la musculatura que se le había quedado dormida. ¡Veneno! Miró la palma de su mano, hinchada, emponzoñada. Se metió de nuevo en la zanja y rebuscó de manera frenética en los bolsillos del hombre que seguía inmóvil. Una alianza de oro con una diminuta hendidura en forma de medialuna, una navaja con cachas de asta de ciervo, un mazo de tabacos, cerillas, algunos dólares arrugados, unas llaves metidas en un aro de hierro, un escapulario y, ¡bravo!, una petaca con whisky. Se lo roció en la palma de la mano herida y el resto se obligó a beberlo de un trago, que le supo repugnante. Echó la navaja a la maleta y el resto lo devolvió a los bolsillos del hombre.
Salió del hoyo, erró varios pasos, se abrazó el estómago, sintió una ola haciéndose grande dentro de él. Al fin, la arcada. Vomitó bilis, nervios y ese algo perturbador que la estaba enloqueciendo. O eso le pareció. Cuando acabó, sus ojos lagrimeaban, pero la realidad volvió más o menos a su sitio y las serpientes siguieron enredadas a lo suyo. Tras echar unas cuantas maldiciones al árbol de púas venenosas, alucinada todavía por el subidón de aquella ponzoña, supo qué hacer. Nada de maletas. Procedió a desnudarse, empezando por los escarpines, sin dejar de echar ojeadas al cuerpo del bribón, no fuera que… Quitarse todas aquellas aparatosas prendas superpuestas no le resultó fácil, menos aún estando, como estaba, intoxicada. Los dedos no atinaban a liberarla del corsé, pegó un chillido, histérica; por fin se zafó de él, desató de su cintura la faltriquera donde guardaba el dinero; se quitó la falda, el polisón de alambres, las enaguas y demás perifollos; solo se dejó los calzones y un collar de su madre, una baratija con valor sentimental. El cuerpo languideció al quedar gloriosamente al descubierto.
—Aleluya —resopló.
Tenía la piel tan blanca que parecía una ninfa en contraste con la asombrada vegetación; una mancha nívea en un bosque encantado por los pinceles de su admirado William Turner. Sus pechos resultaban exagerados comparados con la flaqueza de sus extremidades; en la cintura, quebradiza como el tallo de una flor, las caderas apenas habían empezado a ensanchar. Se soltó el pelo y lo alborotó en una cascada de rizos castaños que se desparramaron hasta la altura de los codos puntiagudos. Cogió una falda blanca con vuelos en los bajos y una camisa también blanca de tela sencilla, y se vistió con ellas. Se ató de nuevo la faltriquera a la cintura. Por último, cambió los escarpines por unas botas de cuero planas.
Había pasado de parecer un formidable ranúnculo a una sencilla margarita silvestre. Y eso era justo lo que quería, no llamar la atención. Desharía el camino hasta la última aldea y preguntaría en alguno de los ranchos por la hacienda de herr Rudolf. Así vestida y con el pelo suelto, nadie podría relacionarla con la joven peripuesta que había pasado por allí hacía apenas unas horas acompañada de un hombre que, posiblemente, conocerían. En los sitios pequeños todo el mundo se conocía. O no. Pero, si así fuera, si lo encontraban muerto, a nadie se le pasaría por la cabeza que ella pudiera ser una asesina accidental.
Ahora solo quedaba deshacerse de las maletas, no dejar huella de su presencia en el lugar del crimen. Sacó otra vez las cosas que había seleccionado, menos el drama de Goethe, Fausto —a algo más tenía que renunciar—, y las puso dentro de la tela de un vestido. Con todo ello hizo un lío e improvisó un hatillo con una rama. Volvió a rellenar las maletas, las cerró y cargó con ellas. Encorvada por el peso de la que contenía todos sus libros y todavía mareada, enfiló en dirección al ruido susurrante de la cascada, que no tardó en encontrar. Era más alta de lo que hubiera esperado, cuarenta o cincuenta varas, y en el flanco izquierdo, el que quedaba al otro lado, había una enorme explanada. Intentando no resbalar en las piedras, se acercó hasta un borde donde la poza se veía más profunda y, tras hacer acopio de todas sus fuerzas, lanzó —primero una, después la otra— las dos maletas, que se sumergieron rápidamente hacia el fondo. Luego se roció de agua para terminar de espabilarse y mostrar un aspecto todavía más desarreglado. Con sus manos entrelazadas en forma de cuenco bebió en abundancia. Por fin empezó a sentirse un poco mejor, aunque no más alegre. Haber cargado a través de un océano con todos los libros que amaba y pensar que ahora se ahogaban como tesoros inservibles en aquel fondo mágico…
—Nada es más importante que la propia vida —dijo para acallar sentimentalismos disparatados.
Y les dio la espalda.
Cuando regresó al claro, una bruma siseante y malsana brotaba de la zanja, se enredaba en las ropas del hombre como si quisiera embeber su forma, amortajar el cuerpo. Por un momento Aitana temió que la ánima de aquel malandro, en una suerte de metempsicosis, se liberase de aquel cuerpo y adoptara una forma espectral como la de esa bruma pegadiza, igual que un ave fénix vaporosa. Cerró bien la boca para no tragarse aquellos humores malignos, solo faltaba que esa ánima sucia volviera de entre los muertos y se le metiera a ella dentro, que el karma jugara al samsara, al eterno retorno, por mucho que esas cosas solo pasaran en los libros y en la India.
—Ni dos días llevas en esta tierra y ya empiezas a creer en los espíritus —se recriminó.
Agarró los arbustos y los lanzó dentro de la zanja, como imaginó que tenía pensado haber hecho aquel canalla. Sin embargo, no lo cubrió con el montón de tierra. Pinta de muerto tenía, pero ¿y si…? Y si nada. Lanzó a la zanja el machete. Se lo imaginó despertando, persiguiéndola con él. Cambió de idea, entró de nuevo en la zanja aguantando una vez más la respiración y lo cogió. Podría llevárselo, pensó. No, no, mejor no. Qué locura. Y lo lanzó todo lo lejos que pudo; cayó entre unos matorrales.
Echó una última ojeada al villano y se despidió de él, contundente:
—Las chicas buenas van al cielo; las malas, a todas partes.
Y deshizo el camino de hierba hollada y macheteada para volver al lugar donde estaban los caballos. Las bestias no se habían movido. En las alforjas del caballo del hombre encontró un racimo de frutas largas, curvas y amarillas, las famosas bananas de las que había oído hablar en el vapor, pero que nunca había probado. Las devoró, deleitándose en su sabor dulce y sustancioso. Comió hasta saciarse y sacó una cantimplora y una botella que contenía un líquido marrón. Al abrir esta última, su aroma a miel, tierra ácida del volcán y hueso de cereza, fundido en un espeso y envolvente dulzor achocolatado, le hizo cerrar los ojos y respirar más fuerte: ¡café! Justo lo que necesitaba para terminar de revivir. Sin hacerle ascos a que estuviera frío y la botella herrumbrosa, se lo bebió de un trago. Y arrampló con el resto de las cosas que había en las alforjas: un montón de papeles, una baraja de naipes y frutos secos. No quería dejar nada que sirviera para identificar al dueño de aquellos caballos si los encontraban vagando solos por ahí. Ya se desharía de todas aquellas pertenencias más adelante en el camino. A continuación cogió una rama suelta del suelo, larga y elástica, se alejó prudencialmente, y la hizo restallar tan fuerte como pudo en el aire. Los caballos apenas se movieron de su sitio.
—Por los clavos de Cristo —se desesperó.
Entonces golpeó con todas sus fuerzas el improvisado látigo contra las posaderas de uno de los corceles asestándole tremendo zurriagazo, y los dos animales relincharon y se alejaron al galope. Sola, con nada más que su hatillo y el corazón desinflado de cansancio, Aitana, que parecía ahora una campesina exhausta después de una mañana de trabajo, enfiló sendero abajo, en dirección opuesta a la que habían tomado los caballos, para deshacer el camino y volver a la aldea, dándole la espalda al volcán y a sus malditos demonios.
La Gran Aventura I
25 de agosto de 1883
Villa de Bilbao
En pocos meses comenzará mi Gran Aventura, que es así como he llamado a este diario de viaje. Mi madre murió hace tres meses y, aunque sólo tengo diecisiete años, ya no puedo seguir en la casa en la que he vivido hasta ahora —ni quiero—, así que en breve partiré a tierras desconocidas. Ella me regaló este cuaderno y me dijo: «Estoy segura de que algún día serás una gran escritora». Yo no quiero ser escritora, sino aventurera. Pero ¿cómo serlo si apenas he salido a la calle? Cuando le preguntaba a ella por qué no me dejaba salir, siempre me decía lo mismo: «Confía». Es un verbo talismán: nadie sabe lo que significa «confiar» porque su significado sólo puede revelarlo el futuro.
Mi nombre es Natalia Karolina Amesti Unzurrunzaga. Aunque da un poco igual porque yo, para la gente que me conoce (muy pocas personas), soy simplemente «La huérfana». Ni Unzurrunzaga ni Amesti ni Karolina ni Natalia. La huérfana. La señora doña Virginia y su hijo Juanito le añaden un apellido a ese nombre: la pobre huérfana. Unas veces lo ponen delante y otras detrás. «La pobre huérfana»; «la huérfana pobre». Eso creen, que soy «pobre» y «pobrecita». Lo primero es verdad, pero va a dejar de serlo. Y, lo segundo, los define a ellos más que a mí. Al menos eso dijo el otro día su marido y padre, don Gonzalo de Velasco Tovar, antes de irse de viaje, después de que le leyera en voz alta una crítica del periódico sobre su novela favorita: La vuelta al mundo en ochenta días.
Escribo aquí un párrafo de la crítica: «Esto es lo que nos han traído la Ley de imprenta de Sagasta y la prensa de masas: folletines llenos de fantasías absurdas y cursis para distraer la atención de los problemas políticos».
Y lo que yo dije (refiriéndome al crítico): «Tiene muy poca sal en la mollera». Lo copié de Don Quijote de la Mancha y don Gonzalo, que lo sabía, soltó una carcajada, aunque me llamó pedante. Luego dijo (más o menos, porque no lo recuerdo):
«Cualquier excusa les vale para mentar la crisis ministerial, pero la única persona a la que verdaderamente expone quien critica es a sí misma. Este individuo debe de ser un escritor frustrado que sólo deja en evidencia su falta de gusto, de criterio y de conocimientos literarios. Probablemente fantasea con que él lo haría mejor. Dicho lo cual, no perdamos más el tiempo, Natalia. Deja que sean otros los que expongan su insustancialidad».
*Nota aclaratoria: Lo que digan los demás me lo medio invento —pero es lo que querían decir— porque no recuerdo exactamente lo que dijeron, y la verdad es que me importa un pepino si no soy del todo fiel a las palabras. Lo importante es la intención, lo que se quiere decir, no exactamente lo que se dice, según mi madre.
A todo lo que no merece dedicarle tiempo de nuestras vidas, don Gonzalo lo llama «insustancialidad». Cuando se asoma a la ventana y ve a los viejos sentados en los bancos del parque echándoles migas de pan a las palomas, me dice: «Míralos, qué insustanciales»; a la cotilla de su mujer, cuando le viene con los chismorreos que le ha contado la portera sobre los últimos infundios y desdichas de los vecinos, le responde invariablemente: «Menuda insustancialidad»; a su hijo, cuando asegura que quiere dar clases de canto: «Anda, no seas insustancial».
Para don Gonzalo, prácticamente todo lo que no tenga que ver con los viajes y la literatura es una ramplonería, así que yo procuro pensar bien lo que digo antes de hablar. Si menciono que quiero ser exploradora, como sus antepasados, que cuando sea mayor me iré a ver todos esos lugares que salen en los mapas con los maragatos, él chasquea la lengua contra los dientes y me dice que «para qué diantres». Escribir un diario también le parece una actividad insustancial porque hasta que yo no tenga por lo menos cuarenta y ocho años, como él, no voy a saber lo que es la vida. Cuando mi madre me lo regaló, él me dijo a escondidas: «Tú sigue con tu ejercicio diario de escribir las frases que más te gusten de tus lecturas en los cuadernillos que yo te regalo, que eso sí alimenta con algo de sustancia tu cerebro, más que ir a la escuela. Y no dejes de memorizarlas todas las noches porque es lo que te salvará de ser una don nadie. ¡Y sigue escribiendo listas de vocabulario!».
Hasta ahora no tenía nada que contar, así que hice caso a don Gonzalo y guardé este cuaderno en un cajón, a pesar del disgusto que le di a mi madre. Si lo saco ahora es por lo que ya he dicho. Hace tres meses ella murió del «mal francés», que ni sé lo que es ni lo quiero saber por la cara que puso doña Virginia cuando se lo contó a sus amigas que vinieron a tomar las pastas después del funeral (que no sé dónde se celebró porque a mí no me dejaron ir y es algo que no les voy a perdonar en la vida). Cuando sus amigas se fueron, don Gonzalo y ella vinieron a mi habitación a darme sus objetos personales. Un collar, varias pulseras, ropas viejas y el vestido de los domingos. Lo he metido todo debajo de la cama para no verlo. A veces tengo la tentación de tirar su ropa y sus zapatos a la basura, porque no me valen y están muy viejos, pero no lo hago porque huelen a ella.
Ese día los señores discutieron a gritos. Don Gonzalo quería que me quedara; doña Virginia, que me fuera. Aborrezco a doña Virginia. Es una vieja gurrumina repugnante, avariciosa y malparida. Sí. No me importa nada que pueda cogerme el diario y leer esto, que me limpie la lengua con un estropajo si quiere. Y el trasero también. Me da igual estar hablando fatal escribiendo fatal. Ella siempre nos habló mal a mi madre y a mí. No ya con superioridad, sino con absoluto desprecio. Hace dos años, un día que mi madre tardaba demasiado en volver del mercado y estaba lloviendo, quise salir a la calle a buscarla, pero ella había echado el cerrojo. Discutí con doña Virginia porque no me quería abrir la puerta. Yo no lloro, pero ese día lo hice, estaba harta, tenía rabia dentro, solo quería ir a buscar a mi madre. Y chillé muchísimo. Pero la señora me clavó las uñas en el brazo y me empujó hasta una de las terrazas que dan al patio interior:
—¿Quieres salir a la calle? Pues, hala, vas a ver qué bien te sienta estar a la intemperie.
Lo decía porque estaba lloviendo. Qué hija de Satanás. Me dejó allí horas. Hasta que por fin volvió mi madre —ahora sé que ese día ella estaba en el médico—, y me abrió la puerta, y me abrazó porque yo estaba tiritando, calada hasta los huesos, muerta de frío y de rabia. Es que solo siento rabia, rabia, rabia, mucha rabia, cuando hablo de ella escribo de doña Virginia. Ese día, mi madre la encaró por primera y última vez. No le dijo más que unas palabras sobre que no tenía corazón, pero la señora se puso hecha un basilisco. Siempre lleva vestidos de cuello cerrado, y por un momento pensé que el gaznate le iba a reventar de lo hinchado que lo tenía, como la bolsa de un sapo. Hubiera bastado el pinchazo de un alfiler para que estallara y escaparan los mil satanases que viven encerrados en sus entrañas.
Habló de forma grosera perdiendo su pose y el disfraz de aristócrata, mostrando su verdadero ser. Gritó cosas como «¿Qué te pasa, estúpida, te has acostumbrado a vivir tan bien que te crees que ya no nos necesitas?». La tenía cogida de la muñeca y se la iba retorciendo más y más, doblegándola, hasta que mi madre se quedó a ras del suelo, retorcido el cuerpo del dolor, pero doña Virginia no la soltaba. «¡Escúchame, barragana astrosa —lo he buscado en el diccionario y es un insulto horrible—, ese engendro no saldrá de esta casa nunca! ¿Me oyes?». Y la muy cínica luego fingía calmarse, estiraba el cuello, aunque no la soltaba: «Si no fuese porque soy cristiana, no habría dejado ni que naciera. Pero tú, en lugar de agradecer mi generosidad, vas a mendigarle dinero a mi marido porque dices que ahora quieres irte». Y la seguía insultando, sin importarle los lagrimones de dolor que le caían a mi madre. «¡Chupóptera asquerosa, andrajo de paramento, parásito miserable y ruin, recuerda que fui yo, no él, quien te sacó del cantón! Y no te escogí al azar, te escogí porque eres fea, zafia y sin aspiraciones, no se fuera a enamorar. Y luego le dijo esto que yo he tardado años en entender, pero que se me quedó bien grabado: «Le das solo lo que yo no quiero darle. ¿O qué te crees? ¿Que no sabía lo que había entre vosotros? ¿Por qué piensas que te traje? Si ni cocinar sabías. ¡Para no tener que cumplirle yo, estúpida!». Al final la soltó y la miró con total indiferencia: «Si te vas, acepta que solo tienes dos posibles destinos: la calle o el burdel. Y ahora me vas a decir dónde estabas si no quieres que llame a la policía».
Yo me había lanzado como una loca a apartarla separarla de mi madre en cuanto empezó a insultarla, pero doña Virginia me apartó de un empujón y me golpeé con un mueble en el estómago que me dejó sin respiración. Me quedé encogida en la alfombra, junto a la puerta de la terraza, empapada por la lluvia como estaba.
Estuve con Tuve fiebres altísimas esa semana.
Algunas veces he soñado que la persigo con un cuchillo grande que hay en la cocina. Y me asusto de mí misma. Antes de que insultara así a mi madre, yo solo la veía como una cotilla avinagrada que usaba palabras que me hacían mucha gracia, como «comemierdas», «mercachifles», «chirimbaina», «pisaverdes», «botarates», «mésalliance», «paseante en Cortes»… No creo que las usara en sociedad, o igual sí. Mi madre decía que eran palabras «clasistas», me pedía que no las usara nunca porque no debía aprender el lenguaje de las víboras. Por supuesto yo hacía caso omiso a sus consejos y las apuntaba todas en mis cuadernos de estudio. Al contrario que mi madre, yo creo que en esta vida hay que ponerle una vela a Dios y otra al diablo.
Después de ese día, ya nada fue igual.
Un saco de ruindades es esa mujer.
Antes de aquello, nunca me había atrevido a mirar directamente a los ojos a doña Virginia porque brillan con un odio que puede extinguir la esperanza de cualquiera, como las velas encendidas consumen el oxígeno de la despensa. Pero desde ese día, mi mirada se ha vuelto un espejo de la suya, y es ella la que acaba desviándola, y me importa un rábano que diga: «Hay que llamar a un cura para exorcizar a este engendro». Pero, claro, ¿de qué manera nos iba a mirar a nosotras doña Virginia? Si ella es una Bamford —cada vez que pronuncia su apellido parece que se está atragantando con un mantecado—, la hija de un industrial inglés ilustre, que tiene una fábrica de maquinaria agrícola, y proviene del linaje de los Linehen.
[Flecha apuntando a una nota en el margen, escrita con prisa a juzgar por la caligrafía que va deshilachándose: «Que a saber quiénes son esos». Junto a la nota: carita de cerdo sonriente dibujado dentro del contorno de un escudo en tinta verde. Anotado en el boceto: «Blasón de los Linehen»].
La señora Bamford guarda documentos familiares de pleitos sobre filación filiación, nobleza y limpieza de sangre, o algo así, en un cajón con llave, y también quiere guardar ahí los de don Gonzalo porque dice que desciende del Cid, pero él no le dice dónde los guarda.
*Nota aclaratoria: Según decía mi madre, no hay español que se precie que no descienda de la pata del Cid. (Me parece que esto es un dicho popular).
La adorable señora Bamford le gusta tener todo bajo control. ejerce un control férreo sobre cosas y personas. Por ejemplo, antes se irritaba si mi madre colocaba un jarrón un milímetro fuera de su sitio después de limpiarlo y le parece asqueroso que a su propio hijo se le caiga un macarrón con tomate en el mantel de encaje Richelieu. Vigila todo lo que hacen las personas que la rodean para poder corregirlo. Su marido y su hijo se achantan porque cuando rebuzna resulta insoportable, aunque en su presencia haya que eso suponga adoptar el papel de perros sumisos. A mí me parece humillante, pero mi madre me dejó muy claro que no debíamos hacer ni decir nada: «Cuidado con lo que cacareas; depende de ella que mañana comamos o no. Así que, ya lo sabes: callar y cocer y no darse a conocer».
Pero a mí esa señora ya me conocía muy bien. Creo que en el fondo su mayor miedo siempre fue que un día un terremoto (metafóricamente hablando) echara abajo sus dominios, y por eso se esforzaba tanto en mantenerlo todo unido con el pegamento de su mirada. Y el terremoto fueron la muerte de mi madre y la reacción inesperada de don Gonzalo.
No quiero hablar más de doña Virginia. Se me han revuelto tanto las tripas que siento como si tuviera una comadreja dentro del estómago mascando y triturando todo lo que pilla. Además, me duele la mano.
