El haiku de las palabras perdidas

Andrés Pascual

Fragmento

t r e l l a s f u g a c e s

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Nagasaki, 5 de agosto de 1945

Como cada tarde, Kazuo se introdujo en el mercado del puerto de camino a su rincón secreto. El polvo de los sacos terreros volvía el aire irrespirable. La sirena de una fragata anclada en la bahía sobrevolaba los puestos desvencijados. Estaba infestado de mendigos, soldados ebrios abrazados a sus fusiles y agentes del servicio secreto Kempeitai que le lanzaban aviesas miradas. Se dio cuenta de que una pareja de prostitutas apoyadas en la barandilla de la casa de té le repasaban de arriba abajo a través de sus burdos maquillajes de geisha. Les devolvió una media sonrisa y siguió adelante con la cabeza erguida. Era consciente de que llamaba la atención. El color dorado de su pelo y sus grandes ojos azules, en los que burbujeaba la rebeldía de sus trece años, delataban sus genes holandeses. Soy el único occidental libre de Nagasaki, solía decir a sus amigos japoneses mientras apartaba con un gesto aprendido el flequillo que le caía sobre la frente. Se sabía diferente y necesitaba demostrar a cada momento que no se escondía por ello.

—¿Qué tal está el doctor Sato? —oyó a su espalda.

Se volvió. Era una anciana que le hablaba desde detrás de unas cajas en las que apenas había restos de tierra y media docena de cebollinos recogidos de forma prematura. Tenía el brazo vendado.

—Bien, muchas gracias.
—Dile que ya no me duele la muñeca. Y que le llevaré arroz a la clínica en cuanto pueda.

—Gracias —repitió el chico.
—¿Adónde vas tan serio? ¡Últimamente siempre andas solo!

No respondió. Se dispuso a seguir cuando un hombre de rostro cetrino que estaba en cuclillas junto a un cesto le lanzó un kabosu, un cítrico verde que crecía en los campos de Usuki. Lo cogió al vuelo y le dedicó una leve inclinación de cabeza. En pleno racionamiento, una pieza de fruta era tan valiosa como una perla.

—Agradéceselo al doctor Sato —dijo el hombre.

Al igual que la anciana, se refería al médico japonés que lo adoptó cuando murieron sus padres. Seguro que también le había atendido en su clínica sin cobrarle un solo yen.

Mientras dejaba atrás el mercado estuvo a punto de morder el kabosu, pero lo guardó en el zurrón que llevaba cruzado a la espalda. Aceleró el paso. Para llegar a su rincón secreto aún tenía que atravesar el barrio de Urakami. Era el más poblado de la ciudad. Resguardado entre colinas de diferentes alturas, estaba repleto de casas de estilo tradicional y modernas fábricas de armamento.

Pasó junto a la Mitsubishi, en cuyos hangares se construían los aviones Zero que pilotaban los kamikaze. Evitó el puesto policial que revisaba la documentación de los obreros e inició el ascenso por las faldas de una colina cercana. En la zona más empinada necesitaba presionar con las manos en sus propias rodillas para impulsarse hacia arriba. Poco antes de llegar, se echó al suelo para sortear una zona tupida de matorrales que, como una alambrada de espinos, parecía colocada allí a propósito para proteger el enclave. Cuando por fin coronó la cima dio media vuelta y se alzó de cara al valle, solitario y regio como un faro que siente la caricia del viento.

Aquel lugar era un oasis en medio de la ciudad en guerra. Estaba aislado del ruido, del humo de los carros de combate, de las escasas raciones de arroz y de los llantos prohibidos de las viudas. Pero lo mejor de todo era que desde allí se divisaba gran parte de la ciudad y —esto lo convertía en verdaderamente especial para Kazuo— se obtenía una vista directa del Campo 14, el penal donde estaban confinados los prisioneros aliados.

Se sentó en una piedra lisa que parecía haber sido colocada en la cima a modo de sofá. Sacó unos prismáticos que traía en el zurrón, reguló la ruedecilla de enfoque y comenzó a repasar arriba y abajo los barracones, el patio central, las celdas de castigo enrejadas, las viviendas de los carceleros…

—A ver qué hacéis hoy —se dijo en voz alta.

El día anterior habían traído una nueva remesa de pows, abreviatura de prisioners of war que se utilizaba para denominar a los prisioneros de guerra. Serían unos doscientos en total. Salvo un puñado de británicos y australianos, la mayoría eran holandeses capturados en Indonesia. La inteligencia militar japonesa construyó el campo en plena área industrial para utilizarlos como escudos humanos y de momento había dado resultado, ya que la zona se había mantenido virgen a la voracidad de los bombarderos B-29 del general MacArthur.

Kazuo les hablaba como si pudieran oírle. Les insuflaba ánimos mientras veía cómo adelgazaban hasta la extenuación, dejando el poco sudor que les quedaba en el camino de ida y vuelta a la fábrica de ensamblaje de barcos en la que realizaban trabajos forzados. Cuanto más los veía sufrir, más se estrechaba el vínculo que le unía a ellos. Comenzaba a considerarlos verdaderos miembros de su familia.

¿Qué soy?, se preguntaba últimamente. ¿Holandés o japonés? No era fácil de responder…

Sus padres biológicos, el apuesto matrimonio Van der Veer, descendían de dos familias de mercaderes de la colonia de Dejima, una isla artificial situada en la bahía que durante siglos fue el único puerto del país donde estaba permitido el comercio exterior. Dirigían una empresa de exportaciones y disfrutaban de los ingresos extra que les proveía la patente de un barniz para barcos que inventó el siempre inquieto señor Van der Veer. Pero la próspera trayectoria del clan se interrumpió de forma brusca una mañana de 1938. El matrimonio murió en el muelle al ser aplastado por un contenedor de tuercas que se soltó de una grúa y Victor —así se llamaba Kazuo en aquel entonces— quedó huérfano. Algunos comerciantes extranjeros acudieron a las autoridades para hacerse cargo de él, pero el testamento del señor Van der Veer disponía que debía ser su buen amigo japonés, el doctor Sato, quien adoptase al niño y se ocupase de gestionar su patrimonio. Era uno de los médicos más respetados de la prefectura, con clínica propia en las faldas de una de las montañas que, como las empalizadas de una fortaleza, protegían la ciudad. Al señor Van der Veer le encantaba ir a visitarle, sentarse en unas hamacas desvencijadas que sacaban al porche y beber té verde mientras contemplaban desde lo alto del barranco cómo se ponía el sol por el mar. Hablaban de política, de comercio, de religión, de arte nipón y siempre, en un momento u otro, de ese niño risueño que había puesto patas arriba la vida del holandés errante, que era como el doctor llamaba a su amigo.

Kazuo repasó con paciencia cada rincón del Campo 14. Buscaba a un prisionero en concreto: un holandés —o así lo creía a juzgar por su uniforme— con el rango de comandante, designado por el resto para hacer valer los derechos del grupo de pows ante los guardias japoneses. Tendría unos cuarenta años y, a pesar de los golpes que le propinaban cada vez que alzaba la voz, no perdía la gallardía castrense. Le recordaba muchísimo a su padre. No se trataba de una identificación física; más bien personalizaba la idea que con el paso de los años se había construido de él.

—¿Dónde te has metido? —masculló.

Antes de acabar la frase divisó una actividad anormal en el campo. Limpió el sudor de su frente para que no se empañasen los prismáticos y fijó su atención en el patio central. Un pelotón de guardias hizo formar a todos los prisioneros frente a un oficial nipón que esperaba firme como una estatua con la katana desenfundada. A Kazuo le dio mala espina. Al poco trajeron a un joven pow holandés con las manos atadas y lo arrojaron a sus pies. No iría a decapitarlo… Entonces apareció el comandante, el cual comenzó a increpar al oficial de forma acalorada.

En el momento justo, respiró Kazuo.

Le magnetizaba aquel hombre capaz de exponer su vida por sus hombres en un país que ni siquiera había firmado el Convenio de Ginebra. ¿Por qué odiaban de semejante forma los japoneses a los prisioneros? Unos meses atrás se lo había preguntado al doctor Sato y éste le explicó que era debido a la tradición nipona, para la que la rendición era el acto más deshonroso que puede cometer un hombre. Kazuo sabía que aquélla era la respuesta políticamente correcta, pero que el doctor se avergonzaba en silencio del cruel comportamiento de los guardias. Ni siquiera era partidario del glorificado harakiri. Un día escuchó cómo le decía a su esposa que más allá de la rendición, más allá de todo abismo, siempre surge otra oportunidad de hacer algo que merezca la pena. ¿Por qué no se sinceraba con él? Ya no era un niño, podían discutir de cualquier tema… Aquella falta de confianza —que quizá no fuera sino una mala decisión del doctor Sato en el modo de educarle— no hacía más que acrecentar la distancia que de un tiempo a esa parte los separaba.

Notó un río de hojas ascendiendo por la ladera.

Retiró los prismáticos y miró hacia abajo.

Era Junko.

Junko…

Por fin había llegado.

Subía el último tramo de la loma con la elegancia de una princesa del Japón medieval. El pelo azabache recogido en un improvisado moño con las puntas hacia arriba, piel de polvo de arroz, pestañas interminables cayendo en un gesto de seducción. Junko significaba «niña pura». El nombre lo escogió su madre, una mujer joven que se dedicaba al ikebana, el arte de confeccionar delicados arreglos florales, para las casas del barrio rico. Sabía bien qué nombre merecía su hija. Junko era como una flor de loto que emergía del fango en toda su pureza, una adolescente dulce y chispeante que crecía luminosa entre la inmundicia de la guerra.

El vibrante sol del ocaso remarcaba su silueta. Vestía un pantalón de algodón cortado por encima de los tobillos y una camisola sin cuello con cuatro botones. Kazuo sintió aquel hormigueo en el estómago.

—Has tardado —articuló como bienvenida, aun cuando le hubiera gustado decirle que estaba preciosa y no podía dejar de pensar en ella.

Se habían conocido seis meses antes, en una función de teatro No que un grupo de profesores de sus respectivas escuelas montaron para que los alumnos olvidasen durante unos días los horrores de la guerra. Representaban la leyenda que narraba cómo los dioses bailaron frente a la cueva donde se había escondido la diosa del Sol, para convencerla de que saliera y los liberase de la oscuridad que se cernía sobre la Tierra. Tras los murmullos iniciales del público fue haciéndose el silencio hasta que no se oyó nada salvo la música: el gran tambor taiko y, tras él, la melodía de la flauta de bambú, que apareció como una libélula a la que no se ve llegar y rondó por el escenario hasta que quedó atrapada en los estridentes acordes del shamisen, el laúd de cuerdas de seda que iba tejiendo su telaraña. Fue en aquel momento cuando Kazuo miró a su izquierda y la vio sentada en su misma fila. Sonreía achinando aún más sus ojos rasgados y se tapaba la boca para cuchichear con sus amigas. Enseguida advirtió que desprendía una luz especial. Ella era la verdadera diosa del Sol. Ella, y no los actores, era la que con cualquier movimiento de su cuello, de sus manos, le transportaba a un lugar diferente, a un tiempo en el que todo fluía armónico…

—¿Cómo que he tardado? —replicó Junko recuperando el resuello tras la subida a la loma—. Lo que nos sobra es tiempo.

—El doctor —le corrigió Kazuo— dice que hay que vivir cada segundo como si fuera el último.

—El doctor Sato habla como un monje. No vayas a empezar a hablar tú como él.

—No tendré oportunidad de hacerlo.
—¿Por qué dices eso?
—Porque moriré en esta guerra —concluyó de forma afectada, perdiendo la mirada en el valle—. Entonces te arrepentirás de haber llegado tarde hoy.

—Tú nunca serás un soldado.
—¿A qué viene eso?
—Te llamas Kazuo.

Kazuo significaba «hombre de paz». Fue él mismo quien, años atrás, le rogó al doctor Sato que le cambiase el nombre de Victor por otro japonés. Era una forma de alejarse de su vida anterior y, con ello, atenuar su sufrimiento.

—En la oficina de alistamiento no les importa cómo te llamas.

—Además no sabrías en qué bando luchar —insistió ella. —Eres tonta.
—Mira tu pelo. Eres rubio como ellos.

Kazuo sabía que en aquellas palabras no había malicia. Más bien se trataba de solidaridad. ¿Cómo podía leer con tanta exactitud los conflictos que le azotaban si nunca se los había revelado? Se alegró de comprobar que se estaban convirtiendo en una sola persona.

—Yo soy rubio como el sol naciente —contestó. —¿También te ha dicho eso el doctor?
—¿Por qué sigues a vueltas con el doctor? ¡Estoy harto de él! Junko se sentó a su lado. Sus hombros se rozaron.

Kazuo sacó el kabosu que le había regalado el tendero. Lo partió y le dio la mitad. Ella le sonrió agradecida.

—¿Qué hacen hoy tus compatriotas holandeses? —dijo volviendo a la carga, con el ceño fruncido tras sorber el jugo ácido de la fruta.

—Algo serio pasa allí abajo —recordó él—. Los han mandado formar en el patio delante de un prisionero arrodillado. —Volvió a otear con los prismáticos, inclinando el cuello hacia delante como si así pudiera ver con más detalle—. El oficial japonés no deja de gritar. Ahora se acerca de nuevo al prisionero. ¡Ha levantado la hoja de su espada! ¡Va a decapitarlo!

—¡Déjame ver!
—¡Quita! —se apartó él.

Volvió a mirar.
—¿No hace nada tu comandante?
—Acaba de plantarse en medio. El oficial le ha puesto la punta de la katana en el pecho. ¿De qué estarán hablando? ¡Quiero oírlo, maldita sea! —gritó en su lengua materna, sabiendo el efecto que causaba el mero sonido de los juramentos de su padre entre la población japonesa, cuyo idioma carecía de expresiones malsonantes.

—Cuéntame lo que hacen —le pidió Junko al ver que Kazuo había dejado de relatar lo que veía.

Éste retiró los prismáticos y aprovechó esos instantes de desconcierto para clavar sus ojos en los de Junko. Dos perlas negras asomando tras los párpados de algodón. No le parecían ni rasgados ni redondos. Ella estaba por encima de razas y nacionalidades.

—Parece que ya se han calmado —dijo.
—Seguro que no ha sido para tanto.
—Estaban a punto de ajusticiar al soldado. El comandante es un héroe.

—Quiero enseñarte algo —le anunció ella poniendo fin al pulso de miradas.

Introdujo la mano en el interior de su bolsa cruzada y sacó un rollo de papel poco mayor que un cigarrillo.

—Vaya un tesoro —se adelantó él, tratando de no mostrarse intrigado.

—No sé por qué me preocupo de hacer algo por ti —dijo ella negando con la cabeza—. Más que un tesoro es un juego. Y has de saber que para traerlo he tenido que engañar a mi madre.

Comenzó a desenrollarlo de forma solemne.
—Déjame verlo.

Trató de quitárselo.
—Tienes que jurarme que vas a tratarlo con cuidado. —¡Ni que fuera un animal!
—Sí que lo eres.

Junko terminó de desplegarlo. Era un haiku. Tres versos, escritos con un pincel grueso que hacía que pareciera un dibujo más que un texto. Unos trazos en negro tan delicados y expresivos como la sombra de una mariposa.

—¿Tanto misterio para un poema?
—Mi madre dice que los haikus son algo más que poemas. Cada uno es una emoción que aparece y al instante se desvanece, como todo lo bello de la vida. Un parpadeo fugaz que nos muestra la esencia de las cosas.

—Ahora eres tú la que habla como un monje.
—Son palabras de mi madre, y ella no es una monja. Es la reina del palacio de pétalos.

A la madre de Junko le emocionaban los haikus. Al igual que los arreglos florales del ikebana, la poesía japonesa era calma y solemnidad, concentración en el momento, en el ahora, en cada movimiento por sutil que fuera, como la inclinación de una planta buscando el sol de la mañana.

—Léelo ya —le pidió Kazuo, sorprendido de su propia impaciencia.

—Lo escribió un filósofo llamado Banzan que vivió en el período Edo —introdujo Junko con teatralidad antes de recitarlo con perfecta cadencia—:

Adiós…

Paso como todas las cosas, rocío en la hierba.

En verdad, un parpadeo.
—Qué triste… —acertó a decir Kazuo.
—Es un haiku de muerte.
—¿De muerte?
—Mi madre lo llama el destello del último instante. Los grandes poetas escribían versos de despedida cuando adivinaban que se acercaba el final.

—Deja que lo vea.

Kazuo pasó el índice sobre los trazos de tinta.
—¿Sólo tienes éste?
—Es el primero de cuatro.
—¿Y el resto?
—En eso consiste el juego. Mi madre me ha dicho que irá mostrándome uno cada día. Así tendré tiempo de pensar en su mensaje mientras va completándose la serie.

—Y quieres que yo haga lo mismo.
—¡Eso es! Te los iré trayendo, uno cada día, según me los vaya enseñando a mí.

—Pues vaya…
—Cuando termines de leer los cuatro verás cómo adquieren un significado especial.

—¿Eso te ha dicho tu madre?
—Sí —asintió con delicadeza.

Mientras tanto, el oficial del Campo 14 mandó romper filas a los prisioneros. Propinó una patada en el pecho al que estaba de rodillas y se alejó con la espada desenfundada mientras el comandante holandés forcejeaba con tres soldados que a duras penas lograban sujetarle.

Al día siguiente, Kazuo sólo pensaba en que llegase el momento de ver de nuevo a Junko. A la atracción que sentía por ella se sumaba la intriga que le suscitaba el juego de los cuatro haikus. ¿Dónde quería llegar la diseñadora de arreglos florales pidiendo a su hija que leyera aquellos versos? Quizá sólo se trataba de esparcir cuatro pétalos sobre la tierra minada… A Kazuo nunca le había interesado la poesía, pero ansiaba conocer la serie completa de poemas. Desde que Junko recitó el primero supo que había nacido un nuevo nexo que los unía, íntimo y secreto.

No dejaba de pensar en ella. En casa, en la escuela. Era su tabla de salvación; le ayudaba a evadirse de sus problemas en aquel tiempo confuso. Cuando quedó huérfano, colocó boca abajo fotografías de sus padres, cambió su nombre por uno nipón y se abrazó en cuerpo y alma al doctor Sato y a su esposa. Quería ser japonés como ellos, hablar y vestir como ellos, cualquier cosa con tal de relegar al olvido su tragedia familiar. Pero fue creciendo y se agudizaron cada vez más las diferencias con el resto; sobre todo desde la entrada de Japón en la guerra, y más aún desde que las aspiraciones militares niponas iban en caída libre. Cada día se mostraba más distante con sus compañeros de clase, lo que favorecía su rechazo. Sabía que le llamaban a sus espaldas «ojos de pez», e incluso alguno le negaba el saludo. Para compensar trató de retomar cualquier nexo con la tierra de sus antepasados, y lo encontró en los pows. De repente no podía soportar los ojos rasgados de sus amigos, y tampoco los del doctor Sato y su esposa, iguales a los de aquellos que torturaban de forma despiadada a los prisioneros aliados. ¿Qué soy? ¿Holandés o japonés? Quizá no soy nada, se desesperaba. Y tal vez fuera cierto; tal vez había perdido su identidad, y por eso las prostitutas del mercado le miraban al pasar: no por su cabello, dorado como el de los enemigos del emperador, sino porque era un espectro caminando entre los vivos. Un ser mutilado, como los soldados que regresaban a casa sin brazos ni piernas, al que le habían arrancado sus recuerdos.

A la hora de siempre corrió hacia la colina. Subió chorreando sudor. Sólo al ver aparecer a Junko pudo volver a respirar con normalidad. Pero la sensación de paz no duró mucho. Sus labios pronunciaron las esperadas diecisiete sílabas —esta vez del poeta Gansan—, entendió su significado y el ritmo cardíaco se le descontroló de nuevo.

Sopla si quieres,
viento del otoño.

Las flores ya perdieron su color.

—Otro haiku de muerte… —musitó. —Es el que me ha dado mi madre. —¿Van a ser los cuatro así?
—¿De verdad crees que voy a contestarte?

—¿Lo sabes o no lo sabes?
—¿Qué te pasa?
—A mí nada.
—Desde hace un tiempo estás como…
—Como ¿qué?
—Me resulta raro que te afecten tanto unos haikus.
—Es que últimamente pienso en muchas cosas.
—¿Me las vas a contar?

Antes de que pudiera decir nada, Kazuo advirtió un nuevo revuelo en el patio del Campo 14. Sacó nervioso los prismáticos de la bolsa. Al tiempo que los pegaba a sus ojos se le descompuso el rostro.

—¿Qué ocurre? —se asustó Junko.
—Es el mismo prisionero de ayer, el que llevaron atado ante el oficial…

—¿Qué le están haciendo?
—No puede ser…
—¡Dime algo!

Se tomó unos segundos.
—Lo han metido de pie en un hoyo cavado en el patio. ¡Y ahora están rellenándolo de tierra!

—¿Qué?
—¡Que lo están enterrando vivo!

Se fijaron bien. Unos guardias arrojaban paladas de tierra contra el cuerpo del pow, que permanecía en posición de firmes con una serenidad pasmosa.

—No, no, no… —gimió Kazuo, como si estuvieran enterrándolo a él.

—¿Lo han cubierto ya? —preguntó Junko al rato, tapándose los ojos.

—Es aún peor —contestó, gélido.
—¿Peor?
—Le han dejado la cabeza fuera.
—¿Cómo pueden hacer eso?
—¡Yo qué sé! —estalló de nuevo—. ¡No puede moverse! ¡Seguro que ni siquiera puede respirar!

—¿Qué habrá hecho?
—¿Qué más da? ¡Mira su cabeza a ras de suelo! ¿Quién ha ideado esa tortura?

Junko se plantó delante de él.
—Vayámonos de aquí —le pidió con una abrumadora delicadeza.

—¿Cómo voy a irme? No puedo dejarlo así…
—Ven conmigo, por favor —repitió con los ojos vidriosos, mostrándose tan frágil como el tallo de uno de los arreglos ikebana de su madre.

¿Qué ocurría? ¿Por qué le pedía que abandonase su puesto de centinela? Su misión era observar, guardar en la memoria lo que les ocurriese a los prisioneros. Miró de forma alternativa al Campo 14 y a su princesa y por fin lo comprendió. Junko le recordaba, en el silencioso idioma de las flores, que era tan japonesa como los guardias, y que por ello necesitaba que él la cuidase más aún, que la preservase de convertirse en un ser tan abominable como ellos.

Guardó los prismáticos en la bolsa.

Mientras descendían la colina se concentró en no volver la vista hacia el campo.

—Cuando volvamos mañana ya lo habrán sacado de ahí —le aseguró Junko.

—¿Es una promesa?

—Es un deseo.

Cada uno tomó su camino de regreso a casa.

Al día siguiente, Kazuo volvió a acelerar el paso en su camino hacia la loma. Había hecho a toda prisa los recados que le había encargado la esposa del doctor al salir de la escuela y dejó los deberes para la noche. Atravesó la zona de matorrales arrastrándose con los codos como un soldado de infantería, corrió hacia la cima y se encaramó con los prismáticos a la piedra con forma de sofá para comprobar si los guardias se habían apiadado del prisionero.

Seguía enterrado.

El pelo, cubierto de polvo y tierra, apenas parecía ya rubio; la piel de la cara cuarteada, abrasada por el sol. Parecía un tocón de madera tirado en el patio.

Kazuo cerró los ojos y respiró hondo. Quizá mereciera el castigo. Pero ¿qué estaba diciendo? Malditos japoneses… Él se sentía igual, enterrado hasta el cuello en aquel país.

Junko apareció al poco.

Acompañada de un río de hojas, entornando los ojos para proteger las perlas negras.

—Qué pronto vienes —celebró Kazuo.
—Mi madre ha ido a buscar abono para sus plantas y mientras he aprovechado para abrir su caja de bambú y llevarme el haiku.

Esperaba que Kazuo le contara algo acerca del pow o le pasase los prismáticos para comprobar por ella misma si la cabeza seguía emergiendo del suelo.

—Enséñamelo ya —fue lo único que dijo él.

Junko supuso lo que había pasado con el prisionero. Desenrolló el pequeño pliego y surgió un poema del maestro Benseki. Unas líneas de tinta tan vivas que parecían recién derramadas del frasco. Kazuo lo observó con un nudo en el estómago. Una vez más, los versos hablaban del final. Labios, sílabas, todo era lo mismo, fundidas belleza y tragedia:

Niño del camino,
por fin me voy.

En la otra orilla, un sauce.

Apenas podía respirar. No sabía qué pensar.
—¿No te ha gustado? —le preguntó ella.
—¿Por qué son todos así?
—¿Cómo?
—Ya te lo dije ayer, tan tristes.
—Tienes que escuchar los cuatro para entenderlos.
—No quiero seguir con este juego.
—Sólo queda uno.
—Da igual.
—El último es especial.
—Que me dejes en paz.
—¿Ves como estás un poco raro?

Kazuo no quiso reconocer que Junko tenía razón, que su mundo se tambaleaba y no sabía qué hacer. Volvió la vista hacia el valle.

—Mírame —le reclamó Junko.

Se abrió un poco la camisola y le enseñó un lunar bastante grande que tenía bajo la clavícula. Le explicó que era un antojo de nacimiento. Tenía forma de pájaro, como si del centro salieran dos alas desplegadas y una pequeña cola. Él miró más allá del lunar, se sumergió en la palidez de su piel, casi alcanzó a ver sus pechos incipientes. No aguantó más. Su contención se vino abajo y comenzó a temblar. Desde que conocía a Junko había vuelto a querer algo con todo su corazón y ahora temía perderlo. Le aterraba quedarse sin ella. Al morir sus padres se enfundó una coraza forjada a base de rabia incandescente. Pero su delicada princesa había abierto una nueva llaga en el acero, una fisura por la que entraba el viento y se le escapaba el alma.

Sólo quería leer haikus de vida.

Se despidió como siempre, con unas insoportables ganas de besarla.

Mientras atravesaba el puerto de regreso a casa se sentía aturdido. Percibía lo que le rodeaba de una forma diferente. Le acosaban las cajas de material militar que bajaban de un carguero, las alambradas, el olor a arroz hervido, los mutilados acurrucados en las esquinas y los suspiros impregnados de pintalabios que provenían de las casas de té. Nunca hasta entonces había experimentado la guerra como algo tan inmediato y tangible. De repente todo desprendía un hedor a muerte, comenzando por los haikus de su princesa. ¿Y si fueran señales? En Japón todo el mundo atendía a las señales. Le horrorizaba pensar que Junko, con esos breves poemas, le estuviera anunciando diferentes visiones de su propio final.

Cuando entró en casa se limitó a saludar a su madre adoptiva desde la puerta y se recogió en su cuarto. Desenrolló el colchón sobre el tatami y se tumbó mirando al techo.

El doctor Sato no tardó mucho en llegar. Su esposa le explicó que el chico se había encerrado en su habitación sin cenar. Eso era algo que no hacía ni en sus más violentos ataques de rebeldía, por lo que entró para ver si le ocurría algo.

—Hola. —Kazuo no contestó—. ¿Te encuentras bien? —Cuéntame la historia de mis padres —le pidió por fin con entonación infantil.

El doctor se quedó perplejo. Varias veces había tratado de hacerlo, pero Kazuo siempre eludía la conversación. Tuvo que disimular su emoción. Quería que su esposa estuviera presente pero temía que, si abandonaba un instante la habitación o si daba un grito para avisarla, se rompiera el hechizo. Así que se colocó en una posición más cómoda, cruzando las piernas en el suelo, y sin perder un segundo comenzó a narrar lo que bien podría haber sido el comienzo de una novela.

—Japón era un mundo aparte, una isla enigmática inspiradora de atracción y miedo. Y Nagasaki fue durante siglos su única puerta al exterior. Una puerta por la que los comerciantes holandeses entraron en nuestra vida dejándonos muchas cosas buenas. La mejor de todas: a ti…

Y se remontó a los orígenes sin olvidar un solo detalle. —Sigue —le pedía Kazuo con los ojos cerrados cada vez que el doctor se detenía a pensar.

Poco a poco los recuerdos dejaron paso a los sueños. En ellos apareció Junko. Destilaba luz y le mostraba su lunar en forma de pájaro.

Lo primero que percibió Kazuo al despertar fue el olor de la sopa de miso. Se sentía mucho mejor. Enrolló el colchón y lo guardó en el armario empotrado. Corrió la ventana para ventilar la estancia, recogió la taza de té que la esposa del doctor le había dejado junto a su lecho y salió a la cocina. Llenó un cuenco con la sopa que burbujeaba en la cazuela. También había pescado caramelizado. Lo engulló todo en un instante y echó a correr hacia la escuela, como si con ello pudiera hacer que el tiempo también transcurriese más deprisa.

Al caer la tarde, encaramado a la piedra en lo alto de la colina, comprobó que la cabeza del soldado continuaba sobresaliendo del suelo. Guardó los prismáticos en la bolsa y trató de pensar sólo en Junko.

Por fortuna, no tardó en llegar.
—¡Ahí viene el cuarto haiku! —exclamó mientras ella superaba los últimos metros de subida.

—¿Es lo único que te importa de mí?
—Vamos, enséñamelo.

Con movimientos lentos, como un mago maniobrando en el interior de su chistera, Junko extrajo de su bolsa el pequeño pliego enrollado. Parecía mentira que aquel papel pudiera traer consigo algo tan intenso.

—Léelo ya.
—Esta vez lo leerás tú —le pidió Junko.
—Pues dámelo.

Estiró la mano para cogerlo.
—¡Pero no ahora! —dijo esquivándolo.
—¿Qué haces?
—Así es el juego.
—Déjate de bromas.
—Quiero que lo leas esta noche, y después te duermas pensando en el significado conjunto de los cuatro.

Junko se lo ofreció.

Kazuo no sabía qué hacer.
—¿No te da miedo que tu madre se dé cuenta de que te lo has llevado?

Ella negó con la cabeza y agregó:
—El riesgo merece la pena.

Kazuo asintió con un suspiro de conformidad. Lo cogió con cuidado, como si pu

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