1
San José, Costa Rica, mayo de 1953
Empieza a atardecer: crepúsculo, nubes de insectos que se estrellan en su cara con el viento de la marcha. Entrecierra los ojos, y aun así, cuando tuerce en dirección a casa, alejándose del río verde, la reconoce: es María. Está en los escalones y parece inquieta. En un momento dado incluso se da unos golpecitos en el brazo.
Y él advierte algo más: parece estar esperándolo.
—¡Don José, correo para usted! —exclama cuando él apaga el motor de la motocicleta—. De Alemania, en la escalera —añade cuando pasa junto a ella. Él ralentiza el paso.
Hace tres meses que no le escribe a su hermano, que se lo reprocha: «Siempre nos hemos esforzado por seguir en contacto.»
—¿Quiere pasar un momento? Tengo limonada fría.
La carta de Carl tendrá que esperar.
Entran en la sala llena de muebles oscuros, ella enciende el ventilador de techo y se levanta un aire con olor a polvo. La jaulita de pájaros que cuelga de una viga empieza a columpiarse con violencia: la ardilla que está dentro lleva días intentando salir. María la atrapó en el jardín. «Con mis propias manos», dice en español. La cola peluda se agita como el pincel de un pintor frenético.
—¿Cuándo vas a soltarla?
Ella lo mira sorprendida.
—Me gustan los animales: los caballos, los perros, las ardillas...
—Pero ahí sólo puede dar vueltas en círculo, debes de estar volviéndola tarumba.
Ella se ríe de la expresión que él ha usado en español: «volviéndola tarumba», y se reclina en el sillón. Su cuerpo tiene la forma de un barrilete: no tiene cintura, aunque sí cinco hijos, todos casados. Lleva puesta la camisa de su difunto marido, alto y cuadrado. Él sabe que está sola. Allí las noches parecen yacer entre oscuros algodones. No hay luz en ninguna parte, sólo calor que flota sobre la casa y calor prisionero entre los muros.
Él le cuenta que ha sobrevolado Santa Bárbara porque tienen que trazar la carretera que van a construir el año próximo, de ahí el encuentro con los ingenieros.
—Las carreteras son muy importantes —le dice ella—, aquí hay demasiado polvo.
Mientras hablan, la oscuridad cae por completo. Él ya nunca habla de Alemania.
—Ahora el país está partido en dos, ¿no? —le preguntó ella, insegura, en una ocasión. ¡Claro que sabía que había habido una guerra en Europa!
—Una guerra mundial —la corrigió él.
—Hay tantas guerras... —respondió ella: también allí había habido muchas guerras.
Él se levanta cuando su vaso ya está vacío y, fuera, a la luz de la luna, busca el camino hacia la escalera. Al pasar, coge el gran sobre marrón.
Arriba el calor se acumula. Ocupa una habitación con una pequeña galería con vistas a la selva. No puede quejarse: Dörsam lo ha arreglado todo, incluso le ha conseguido el puesto en el Instituto Geográfico.
Enciende el ventilador, abre la ventana y el resonante chirrido de las cigarras se le viene encima. Allí no hay muchos sonidos diferenciados. Es una región en la que domina el verde de las plantaciones y la selva virgen. A veces se oye el traqueteo de un camión en la carretera de San José, o el chico del pan, que pasa pedaleando en dirección a la última casa del pueblo y hace sonar el timbre de la bicicleta.
Cuando rasga el sobre, le cae en las manos una revista que se abre sola por las páginas en las que Carl ha metido su carta... y ve su propio rostro.
Esa foto se había publicado ya en todas partes, incluso en The New York Times: él, delante de su estación de radio y a su lado, en otra silla, Princess, ambos mirando a la cámara. Cualquiera que la vea diría que hay algo que no encaja, con la perra o con él, porque parecen de la misma estatura.
Querido Josef (¿o debería decir «don José»? ¡A todos nos hace mucha gracia tu nuevo nombre!):
La revista Stern ha publicado un reportaje sobre tu caso, o más bien sobre las actividades del servicio secreto alemán en América. Será una serie, así que iré enviándote las cinco entregas que faltan conforme vayan saliendo.
Nada más por el momento. Te escribo pronto.
Saludos de Edith y los niños.
Carl
P. S. Palomita se ha mudado a su propia habitación en la planta baja. ¡Ya es toda una señorita!
Josef pone la revista abierta sobre la mesa y acerca la lámpara. Luego recorre línea tras línea con la vista; no lee: busca su nombre, pero no lo encuentra en ningún sitio.
Vuelve al principio y esta vez lee de verdad: se trata de la historia que él ya conoce, aunque ahora desde el punto de vista de los alemanes («Vaterlandsliebe», el «amor a la patria»). La narran como una novela policiaca, como si fuera un mero entretenimiento: «¡FBI! ¡Queda usted detenido! ¿Por qué no confiesa de una vez? Si lo hace, quizá pueda ahorrarse cosas peores.»
No lo sorprende que Carl suene tan alegre, casi entusiasta, pero esa historia no es un mero entretenimiento: es su vida.
Más tarde, en la cama, mira los anuncios:
«Ya sea en pasteles o pastas, ¡use leche condensada Glücksklee!»
«¡Los polvos adelgazantes Heumann también son para usted!»
«Champú Schauma... ¡mucha espuma en cada baño!»
«¡Disfrute más de sus viajes y de su tiempo libre con pastillas estimulantes Halloo!»
Parece que a Alemania vuelve a irle bien.
Despierta entre las sábanas sudadas bajo una luz tímida y grisácea. El sol aún no ha salido, pero tiene que moverse por la habitación para encontrar una corriente de aire mínimamente fresca. Por las noches deja todas las puertas y ventanas abiertas de par en par y aun así la temperatura no baja.
Sale a la galería y se agarra a la baranda de hierro. No está fría, pero sí fresca.
Mira las palmeras mansas y flácidas: en vez de los rascacielos de Nueva York, en vez de las ruinas alemanas y la pampa argentina, ahora está rodeado de esos gigantes verdes. Lo asedian y acechan. Se oye un fino clac, un leve chasquido, cuando sus hojas entrechocan.
Un poco más allá, el río verde, que esa mañana parece de cristal de tan quieto. La superficie refleja las hojas de las palmeras y los racimos de plátanos. Allí no hay nada más. Más tarde se vestirá e irá al Instituto Geográfico. Sobrevolará Alajuela. Están cartografiando Costa Rica trozo a trozo: carreteras, montañas, ríos, lagos... Han recibido maquinaria nueva, pero falta personal cualificado. Acogen a la gente como él con los brazos abiertos. Dörsam llegará el mes que viene desde Buenos Aires. ¿Tendrá algo que ver con el reportaje del Stern?
En Buenos Aires los alemanes fumaban unos puros gruesos y mareantes, y hablaban de la conspiración contra Alemania y del Gobierno en el exilio que pronto destituiría a la marioneta de los estadounidenses que era Adenauer. Cómo no. Era como una canción de borrachos entonada una y otra vez: ya nadie prestaba atención a la letra. Lo invitaban al club de ajedrez y a los bailes del Club Unión, pero él procuraba mantenerse al margen, y cuando llegó la oportunidad de trabajar en San José la aceptó de inmediato.
Dörsam aparecerá pronto por allí.
María lava sus camisas y pantalones en un lavadero de piedra que está a la sombra de un árbol, pero aun así procura hacerlo por la mañana, cuando el calor todavía no aprieta. Él ve
su espalda avanzar y retroceder: frota con tanta energía que su ropa está cada vez más desgastada. Aunque hay que reconocer que es ropa vieja, la mayor parte de Carl: ropa alemana. Ha llevado los calzoncillos de Carl por Europa, el Norte de África y Sudamérica: aunque su hermano no haya podido salir de Alemania, sus calzoncillos han recorrido el mundo. Tiene que hablar con María: su ropa se ve cada vez más desgastada, pero ¿cómo planteárselo? No quiere ofenderla. Ella plancha sus camisas, limpia su habitación, lo trata de «don» aunque apenas tenga cincuenta años y sea demasiado joven para esa clase de formalidades. Nunca se queja, ni siquiera cuando él se deja tirados por el suelo los mapas y las fotos del Instituto. Limpia a conciencia; incluso ha conseguido juntar sus viejos calcetines grises con sus parejas originales. Él se lleva bien con ella y ella le da su espacio: apenas una pequeña charla alguna que otra tarde, nada más. No quiere tener que mudarse otra vez, ¡cuántas veces no ha llegado a algún sitio y ha tenido que fingir que se sentía como en casa!
su espalda avanzar y retroceder: frota con tanta energía que su ropa está cada vez más desgastada. Aunque hay que reconocer que es ropa vieja, la mayor parte de Carl: ropa alemana. Ha llevado los calzoncillos de Carl por Europa, el Norte de África y Sudamérica: aunque su hermano no haya podido salir de Alemania, sus calzoncillos han recorrido el mundo. Tiene que hablar con María: su ropa se ve cada vez más desgastada, pero ¿cómo planteárselo? No quiere ofenderla. Ella plancha sus camisas, limpia su habitación, lo trata de «don» aunque apenas tenga cincuenta años y sea demasiado joven para esa clase de formalidades. Nunca se queja, ni siquiera cuando él se deja tirados por el suelo los mapas y las fotos del Instituto. Limpia a conciencia; incluso ha conseguido juntar sus viejos calcetines grises con sus parejas originales. Él se lleva bien con ella y ella le da su espacio: apenas una pequeña charla alguna que otra tarde, nada más. No quiere tener que mudarse otra vez, ¡cuántas veces no ha llegado a algún sitio y ha tenido que fingir que se sentía como en casa!
2
Neuss, Alemania, junio de 1949
El ojo izquierdo no acompaña al otro: es un ojo de cristal. Llevaba un cuarto de siglo sin ver esos ojos, por eso lo había olvidado.
Se dan un abrazo breve, no muy cariñoso, más bien solemne. Pese al calor, Carl lleva traje y un guardapolvo blanco de tendero encima.
—¡Cómo has adelgazado! —exclama—. ¡Y nosotros que pensábamos que en América se vive a lo grande!
Josef sonríe y sigue a su hermano a la casa de ladrillo rojo que ya había visto en fotos de antes de la guerra. Es estrecha y alta, aunque parece algo torcida. Carl le había escrito en una carta que le había salido barata pese a que no se la habían confiscado a un judío. Carl rechazaba ese tipo de negocios («No pueden salir bien»).
Suben las escaleras. Carl se peina hacia atrás los cabellos canos que aún le quedan; se le forman ricitos en la nuca. Se detiene delante de la puerta.
—¡Tenemos tanto de que hablar! ¡Tanto tiempo que recuperar! Le he comentado a Edith que ojalá te quedes un poco más.
—¿Eso quiere decir que no voy a quedarme mucho tiempo? —pregunta Josef guiñando un ojo, pero al ver la mirada de Carl se arrepiente de haber hecho esa broma.
—No, quiere decir lo que he dicho —responde el otro mientras le sostiene la puerta de la casa. Dentro huele a friegasuelos y a bizcocho.
»Edith ha hecho un pastel. Ha salido a comprar, pero ya no tardará.
Josef deja su bolsa de viaje encima de una silla y advierte que Carl ha seguido su mano con la vista.
—¿No traes nada más?
—Sólo esto. —Como su hermano no dice nada, Josef vuelve a levantar la bolsa y Carl la coge y se la lleva a la estancia contigua, una especie de salón con cortinas de terciopelo marrón, muebles oscuros de época, paisajes al óleo, papel pintado con un efectista estampado de gotas...
—Lo hemos salvado todo de la guerra —aclara Carl, porque esta vez es Josef quien no dice nada: no consigue forzarse a hacer ningún halago; más bien siente una oleada de dolor e intenta sobreponerse—. Sígueme —añade su hermano en voz baja—, dormirás en el cuartito de atrás.
El cuarto está amueblado con un sofá, un sillón y un escritorio. Tampoco allí hay teléfono, y tiene que llamar a Dörsam.
—Edith te preparará la cama en el sofá. ¿Qué te parece, podrás dormir aquí?
—Claro, tengo todo lo necesario.
—¡Es obra de Edith! Es un ama de casa competente, cosa nada fácil de encontrar.
La palabra «competente» aparecía siempre en sus cartas: parecía la única palabra que se le ocurría cuando se trataba de su esposa Edith. Él la había visto en fotos: una hermosa mujer de pelo oscuro y ojos de asombro. Tiene la sospecha de que puede ser un poco más alta que su hermano, quien tenía la costumbre de ponerse de puntillas para las fotos.
Carl le ofrece un vaso de agua y él bebe sin dejar de mirar cómo se mueve de aquí para allá mientras le habla de su comercio mayorista de jabón. El negocio va cada vez mejor. Él se limita a animarlo haciéndole preguntas:
—¿Los clientes están de acuerdo en que el nuevo detergente en polvo es mejor?
—Sí, ya se lo he dicho al fabricante. ¿Sabes que Paul tiene ya trece años? Me ayuda en el negocio por las tardes, y el año que viene vamos a sacarlo del colegio para que pueda trabajar a jornada completa. —Se detiene un momento y endereza un cuadro en la pared—. Enseguida conocerás a los niños. Cuando se enteraron de que su tío de América estaba en el país me pidieron que los dejara saltarse las clases, ¡nunca olvidarán el chocolate que les enviaste!
En aquellos treinta paquetes había mucho más que chocolate:
Paquete 1: café, manteca y mantequilla, leche en polvo, huevo en polvo, jabón de baño y jabón de afeitar, tabaco, cigarrillos, agujas e hilo, aspirinas, sacarina, caldo Maggi, chocolate, pimienta, nuez moscada, clavo y varios ovillos de lana.
Paquete 2: Copos de avena, harina, azúcar, almidón, arroz, gelatina, vendas, aspirinas, levadura en polvo, chocolate, hilo, cinta adhesiva, agujas, lana, tabaco, peines, calcetines y hojas de afeitar.
Paquete 3: Lentejas, tabaco, chocolate, manteca, azúcar, tocino, miel, café, pimienta y gelatina.
Paquete 4: Harina de trigo, café, leche condensada, miel, harina para repostería, jabón, tabaco, chocolate, cigarrillos y aceite para las ensaladas.
Paquete 5: Café, azúcar, leche condensada, manteca, cacao, chocolate, hojas de afeitar, cordones, extracto de vainilla, hilo y agujas.
Etcétera.
El dinero que estaba destinado a su abogado, 600dólares, había acabado utilizándose para comprar lo que llevaban todos aquellos paquetes, treinta, enviados a través de una agencia, entre 1946 y 1949. De todos modos, su caso era desesperado.
Carl toma asiento en el sillón orejero y acaricia pensativo una zona ya gastada por el roce.
—Hemos salido de lo peor, pero el invierno del cuarenta y siete fue durísimo: comedores sociales, refugios para indigentes... Alguno de los vecinos incluso quemó el piano en la estufa. Y al verano siguiente hubo granizadas e inundaciones; la cosecha se perdió por completo. En tiempos así uno tiene que apretar los dientes, renunciar, hacer sacrificios, ahorrar... ¿no?
Carl lo mira a los ojos, inquisitivo, y el silencio se mece entre ellos como un columpio. Josef debería interrumpirlo con sus explicaciones: aclarar por qué vuelve de la opulenta América como un pobre diablo. No sólo está sin blanca, sino directamente en números rojos. Vuelve a sentir un leve dolor en el pecho.
El crujir de las tablas los libera: ambos miran hacia la puerta. Ha llegado una mujer.
—Bueno —dice Carl—, ya habrá tiempo para hablar de todo esto con calma. Primero, deja que te presente a Edith.
Es delgada. La primera impresión es que es delgada; después uno se da cuenta de que es hermosa. Una belleza ligeramente ascética, como una virgen. Si estuviera un poco mejor alimentada, podría trabajar como modelo, aunque él sabe que no puede decirle algo así. Ella le tiende la mano, rígida y recatada. Él se la estrecha y, en vez de soltarla de inmediato, la mece un poco. ¿Pensarán que es una costumbre americana? Vuelve a estrechársela y entonces hace algo de lo que él mismo se sorprende: se lleva la mano de Edith a los labios y la besa.
—¡Vaya, el chico ha aprendido modales! —exclama Carl.
Edith se ruboriza y Josef también.
—¿Tenéis hambre? —pregunta ella—. He hecho bizcocho de cerezas. ¿O prefieres otra cosa, Josef? —Él nota que ella tiene que hacer un esfuerzo para hablar, que se vuelve hacia la puerta para ocultar el rostro.
—El bizcocho me parece estupendo —le responde mirando su estrecha espalda.
—Tiene acento, ¿lo notas, Edith? ¡Suenas como un americano! —dice Carl riendo.
—¡El café estará listo dentro de diez minutos! —exclama Edith desde la cocina.
Cuando Carl se levanta, aprieta fugazmente el hombro de Josef; un apretón breve, pero fuerte, como si quisiera decir: «Ahora estás aquí: todo está en orden.» «Estás aquí», así era antes: sencillamente estaban ahí; y ahora, durante un breve instante, de pronto vuelve a ser como antes. Luego Josef se levanta y sigue a su hermano a la cocina.
No puede apartar la mirada de Edith, quien lleva un vestido floreado que, cuando se levanta, se le enreda entre las piernas. Tiene el pelo ondulado y se peina de un modo un tanto pasado de moda. Él, al menos, hace mucho que no ve a una mujer peinada así. Es tímida y a la vez segura de sí misma; esto último se nota cuando sirve y recoge la mesa, porque lo hace de una manera casi abrupta.
Comen un bizcocho medio rancio, pero con muchas cerezas («Nos falta mantequilla y azúcar», explica Edith). Los hijos, niño y niña, están muy callados: parecen amedrentados por la situación.
Cuando él va a tumbarse en el sofá, es incapaz de recordar sus caras, aunque sí se acuerda de que el niño parpadeaba nerviosamente: debe de ser un tic. Carl le ha susurrado: «¡Para ya!», amenazando con darle una colleja, pero el chico no ha dejado de hacerlo.
Él se queda dormido un momento, pero lo despierta la voz de su hermano:
—¡Deja eso, que entra el calor! ¡Cierra la puerta!
Luego oye la suave voz de Edith defendiendo a su hija, y después, de nuevo, los gritos de Carl:
—¡Entonces, si le gusta tanto el sol, que se vaya a la calle!
Los gritos de Carl: lleva veinticinco años sin oír hablar a su hermano y ahora suena idéntico a su padre.
Cuando se separaron, veinticinco años atrás, la herida aún estaba fresca: acababan de extirparle el ojo después del accidente laboral. En aquel entonces Carl no había querido darles mayor información. Los compañeros de la fundición les hablaron de «un grito aislado y luego un alarido interminable», pero Carl, que estaba en el hospital, se limitó a guardar silencio, un silencio que contenía un mudo reproche, ya fuera a la vida misma o a las leyes de inmigración de Estados Unidos: aquel ojo perdido significaba, en primer lugar, que
le negarían el permiso de entrada. Los dos hermanos habían aprendido inglés juntos, pero en Ellis Island le pintarían una «X» de tiza en el hombro a Carl y lo devolverían a Europa.
En sus primeras cartas Josef se limitó a contar lo dura que era la vida de los inmigrantes, lo poco queridos que eran los alemanes, lo difícil que era la situación laboral, lo elevado de los alquileres... y lo peor es que era cierto.
Por la noche, se sientan a la gran mesa del comedor y Edith les sirve una sopa de verduras mientras les explica, como justificándose, que «todo es del huerto». Carl, entretanto, contempla la jarra de cerveza que sostiene en la mano, y que contiene agua.
—Dentro de unos días tendremos que ir a apuntarte a la oficina, Josef.
—Creo que ya saben que estoy aquí —responde él con una sonrisa torcida, enseñando un poquito los dientes por el lado izquierdo y entornando los ojos: es la sonrisa especial de Joe, pero enseguida nota que esa sonrisa no encaja allí: que corresponde al pasado.
—Es por la cartilla de racionamiento —le explica Carl—: tienen que comprobar quién eres. —Levanta la jarra de cerveza y da un trago sin dejar de mirarlo.
—¿Josef? —Edith le ofrece más sopa. Él asiente, y ella le sirve. Ahora percibe con claridad su olor: es el mismo olor a jabón de Marsella de toda la familia, pero con un matiz que sólo le pertenece a ella y que, si se pudiera tocar, sería suave como el terciopelo.
—¿Nunca has pensado en casarte? —le pregunta de repente Carl.
—Pensarlo, sí.
—Pero ¿aún no has encontrado a la mujer adecuada?
—Quizá incluso la encontré, pero algo se interpuso.
Carl asiente y no pregunta nada más. Ahora vendría el turno de Josef, pero él no sabe cómo hablarle de un amor que, según los parámetros de su hermano, habría sido completamente absurdo e incluso dañino.
—¿Te gusta? —le pregunta Edith.
—Mucho, gracias —dice sin titubear, y sonríe.
¿Le gusta? La comida siempre ha sido importante para él, incluso muy importante: a veces, al comer, ha tenido auténticas experiencias, como si los aromas revelaran ángulos muertos de su carácter, como si una especia inusual, por ejemplo, pudiese despertar algo en su cerebro.
—¿Sabes cómo te llamaba mamá cuando te fuiste?
—No, ¿cómo?
—¡Jö!
Josef no lo entiende, pero sonríe, y Edith también: parece entender.
—Le escribiste que en América te llamaban Joe y ella vino corriendo con tu carta y me dijo: «¡Ahora nuestro Josef se llama Jö!» Yo le aclaré que Joe se pronuncia «dscho»; es así, ¿no?
Josef asiente. La anécdota le parece divertida, pero también le duele. Sigue comiendo, pero se siente cada vez más cansado; le parece perfecto que Carl se ponga a hablar con Edith de sus cosas: una mesa que hay que cambiar de sitio, un armario del sótano que hay que reparar y barnizar... La hija de ambos se lo queda mirando y él le pregunta en voz baja:
—How are you, my Little Dove?
«¿Cómo estás, Palomita mía?»
Ella sonríe y murmura:
—Fine, thank you.
Y luego sigue mirándolo.
Se van a dormir temprano. En el huso horario de Estados Unidos aún es primera hora de la tarde, pero se alegra de poder retirarse. Encima de la almohada encuentra un pijama plegado con esmero, una toalla y un cepillo de dientes. Su vida ha quedado atrás, pero le resulta fácil hacer como si siguiera teniendo una: no tiene más que seguir el juego cuyas reglas ha inventado Carl, quien le hacía mil preguntas en sus cartas y, cuando él no respondía, se apresuraba a retirarlas diciendo que él, desde luego, no tenía idea del contexto político americano.
Recuerda que, en una de las que él le envió muy al principio, en 1946, tuvo que explicarle que Ellis Island funcionaba como un campo de internamiento para extranjeros enemigos.
«¿Extranjeros enemigos?»
«Ya te lo explicaré en detalle más adelante.»
La habitación da al sur, de ahí el calor. Incluso allí se percibe el olor del puro que Carl se ha fumado después de la cena: es un olor áspero, como de orines.
Abre la ventana y no puede evitar sorprenderse cuando oye el tren. Apenas dos noches antes estaba en su cama, siempre húmeda por la brisa del mar, oyendo rugir los remolcadores a vapor que pasaban delante de la isla y sufriendo el tedio de la prisión que suponía una vida en la que no podía decidir nada y donde el tiempo lo penetraba todo. Porque allí no tenían nada más que tiempo: el tiempo era su castigo. Pero los cuatro años anteriores en Sandstone, Minnesota, habían sido aún peores: en una cárcel auténtica con criminales auténticos.
Allá arriba, en Minnesota, parecía como si siempre fuera invierno. Además, todo el mundo tenía que ir a paso rápido, él incluido: no podían detenerse («Don’t stop. Move!») porque, en cuanto alguien lo hacía, empezaban las peleas.
Carl no sabe nada de Sandstone: en Alemania estaban ocupados con la guerra y no pareció sorprenderse de que él también guardara silencio durante cinco años.
le negarían el permiso de entrada. Los dos hermanos habían aprendido inglés juntos, pero en Ellis Island le pintarían una «X» de tiza en el hombro a Carl y lo devolverían a Europa.
