Prólogo
El ventarrón lo azotaba, y él sentía su feroz mordedura en su interior y sabía que si no tocaban tierra en tres días, morirían todos. «Demasiados muertos en este viaje —pensó—. Soy el capitán de una flota muerta. Sólo queda un barco de los cinco que eran; veintiocho hombres de una tripulación de ciento siete y sólo diez de ellos se sostienen hoy de pie, y los demás, entre ellos nuestro capitán general, están a punto de morir. No hay comida, apenas hay agua y la poca que queda es salobre y huele mal».
Se llamaba John Blackthorne y estaba solo en cubierta con el vigía del bauprés —Salamon el Mudo—, que escrutaba el mar a sotavento.
El barco era el Erasmus, de doscientas sesenta toneladas. Era un buque de guerra al servicio del comercio, estaba armado con veinte cañones y era el único superviviente de la primera fuerza expedicionaria holandesa salida de Rotterdam para atacar al enemigo en el Nuevo Mundo. Los primeros barcos holandeses que descubrían los secretos del estrecho de Magallanes. Cuatrocientos noventa y seis hombres, todos voluntarios. Todos holandeses, salvo tres ingleses: dos capitanes y un oficial. Consigna: saquear las posesiones españolas y portuguesas del Nuevo Mundo, establecer concesiones comerciales permanentes, descubrir nuevas islas en el océano Pacífico que pudiesen servir de bases fijas, reclamar el territorio para los Países Bajos y volver a casa al cabo de tres años.
Hacía más de cuatro décadas que los Países Bajos, protestantes, estaban en guerra con la católica España, aunque legalmente todavía formaban parte del Imperio español. Inglaterra hacía también la guerra a España desde hacía veinte años y desde hacía diez era aliada declarada de Holanda.
El viento se enfrió todavía más y el navío se sacudió. Navegaba sin velas excepto por la gavia; aun así, el oleaje y la tormenta lo empujaban con fuerza hacia el horizonte cada vez más oscuro.
«Aquí arrecia más el temporal —se dijo Blackthorne—, y hay más arrecifes y más bajíos. Un mar desconocido. Bien. Toda mi vida he luchado contra el mar y he vencido. Seguiré triunfando».
Era el primer inglés que cruzaba el estrecho de Magallanes. Sí, el primero, y el primer capitán que surcaba aquellas aguas asiáticas, aparte de unos pocos bastardos portugueses o españoles que todavía se imaginaban ser los amos del mundo. El primer inglés en aquellos mares...
Demasiados primeros. Sí. Y demasiadas muertes.
Escudriñó el océano, que seguía alborotado y gris, sin el menor indicio de tierra. Ni algas ni manchas de color indicadoras de arena. Vio la punta de otro arrecife a lo lejos, a estribor, pero esto no le dijo nada. Hacía un mes que estaban bajo la amenaza de los arrecifes, pero sin que nunca viesen tierra. «Este mar es infinito —pensó—. Bueno. Éste es mi oficio: navegar por mares desconocidos, trazar mapas y volver a casa». ¿Cuánto tiempo hacía que había salido de casa? Un año, once meses y dos días.
Blackthorne tenía hambre y le dolían la boca y el cuerpo a causa del escorbuto. Afinó la mirada para comprobar la dirección de la brújula y se estrujó el cerebro para calcular aproximadamente la posición. Una vez anotada ésta en su libro de navegar, podría considerarse a salvo en aquel punto del océano. Y si él estaba a salvo, también lo estaría su buque, y juntos podrían encontrar a los japoneses o incluso al rey cristiano Preste Juan y su Imperio Dorado, que, según la leyenda, estaba al norte de Catay, dondequiera que Catay estuviese.
—Y con mi parte del botín, me haré de nuevo a la mar, volveré a mi país por la ruta de Occidente y seré el primer piloto inglés que habrá dado la vuelta al mundo, y nunca volveré a salir de casa. Nunca. ¡Lo juro por mi hijo!
Los golpes del viento hicieron que dejara de divagar y lo mantuvieron despierto. Dormirse sería una tontería. «Nunca despertaría de ese sueño», pensó, y estiró los brazos para relajar los tensos músculos de la espalda antes de envolverse todavía más en su capa. Vio que las velas estaban arriadas y el timón atado para que no se moviera. El vigía de proa estaba despierto, así que decidió recostarse, armarse de paciencia y rezar por encontrar tierra.
—Vaya abajo, capitán. Yo le relevaré si me lo permite —dijo el tercer piloto, Hendrik Specz, subiendo la escalerilla y apoyándose pesadamente en la bitácora para mantener el equilibrio—. ¡Maldito sea el día en que salí de Holanda!
—¿Dónde está el piloto, Hendrik?
—En su litera. No puede levantarse de su scheit voll litera. Ni lo hará... antes del Día del Juicio.
—¿Y el capitán general?
—Gimiendo y pidiendo comida y agua —repuso Hendrik escupiendo—. Yo le digo que le asaré un capón y se lo serviré en bandeja de plata, con una botella de coñac para regarlo. Scheithuis! Coot!
—¡Calla la boca!
—Lo haré. Pero es un estúpido y todos moriremos por su culpa —gruñó el joven eructando y escupiendo una flema sanguinolenta—. ¡Dios mío, apiádate de mí!
—Vuelve abajo. Y sube al amanecer.
—Abajo huele a muerte. Prefiero relevarle si no le importa. ¿Cuál es el rumbo?
—El que nos marque el viento.
—¿Dónde está la tierra que nos prometió usted? ¿Dónde está el Japón?
—Más allá.
—¡Siempre más allá! Gottimhimmel, no nos ordenaron navegar hacia lo desconocido. Ya tendríamos que estar de nuevo en casa, sanos y salvos, con la panza llena, y no persiguiendo fuegos fatuos.
—Cállate, o vuelve abajo.
Hendrik puso cara hosca y desvió la mirada de aquel hombre alto y barbudo. «¿Dónde estamos ahora? —habría querido preguntar—. ¿Por qué no puedo ver el libro secreto?». Pero sabía que no podían preguntarse estas cosas a un capitán, y menos a éste. «Ojalá —pensó— estuviese tan sano y vigoroso como cuando salí de Holanda. Entonces, no esperaría. Te chafaría esos ojos azules y borraría esa media sonrisa de tu cara, y te mandaría al infierno que tienes merecido. Entonces, yo sería capitán, y un holandés, no un extranjero, mandaría en el barco, y sólo nosotros sabríamos los secretos. Porque pronto estaremos en guerra con Inglaterra. Queremos lo mismo: ser amos del mar, controlar todas las rutas comerciales, dominar el Nuevo Mundo y aplastar a España».
—Tal vez el Japón no existe —murmuró de pronto Hendrik—. Es una Gottbewonden leyenda.
—Existe. Entre las latitudes treinta y cuarenta norte. Y ahora, cierra el pico o vuelve abajo.
—Abajo está la muerte, capitán.
Blackthorne rebulló en su silla. Hoy le dolía más el cuerpo. «Tienes más suerte que la mayoría —pensó—. Más suerte que Hendrik. Eres más precavido que ellos. Ellos lo consumieron todo alegremente contra tus consejos. Por esto tu escorbuto es leve mientras que los otros sufren continuas hemorragias y diarreas, y tienen los ojos irritados y lacrimosos, y se les caen los dientes».
Sabía que todos le temían, incluso el capitán general, y que la mayoría lo odiaban. Pero esto era normal, porque él era el capitán que mandaba en el mar, el que fijaba el rumbo y gobernaba el buque.
En aquellos tiempos todos los viajes eran peligrosos, porque las pocas cartas de navegación que había eran tan vagas que podían considerarse inútiles. Y no había manera de fijar la longitud.
—Si aprendes a fijar la longitud, te convertirás en el hombre más rico del mundo —le había explicado su viejo maestro, Alban Caradoc—. La reina, Dios la bendiga, te entregará diez mil libras y un ducado por la respuesta al enigma. Los portugueses comemierdas te darán aún más, un galeón dorado. ¡Y los bastardos españoles te darán veinte! Cuando pierdes de vista la tierra, estás perdido, muchacho —le había dicho Alaban Cardoc, su viejo maestro, cuando él tenía sólo trece años—. Estás perdido a menos que...
—¡A menos que tenga un libro de ruta! —había gritado Blackthorne, entusiasmado, sabiendo que había aprendido bien la lección. A sus trece años ya llevaba un año como aprendiz de Alban Caradoc, capitán y constructor de buques, quien se había convertido en el padre que había perdido, que no le pegó nunca, sino que le enseñó a él y a los otros muchachos los secretos de la construcción de barcos y el temperamento del mar.
El libro de ruta era un cuaderno que contenía las observaciones detalladas de un capitán que había estado antes allí. En él se consignaban las indicaciones de la brújula magnética entre los puertos y los cabos, las puntas de tierra y los canales, los sondeos y las profundidades, y el color del agua y la naturaleza del fondo del mar. Expresaba cómo llegamos allí y cómo volvimos, los días empleados en una singladura determinada, la clase de viento y cuándo soplaba y desde dónde, las corrientes que cabía esperar y su dirección, las épocas de tormentas y los períodos de viento favorable, dónde carenar el barco y dónde abastecerse de agua, dónde había amigos y dónde había enemigos, los bajíos, los arrecifes, las mareas, los puertos, y en el mejor de los casos todo lo necesario para un viaje seguro.
Los ingleses, los holandeses y los franceses tenían libros de ruta de sus propias aguas, pero las aguas del resto del mundo sólo habían sido surcadas por marinos de Portugal y de España y estos dos países consideraban secretos todos los libros de ruta. Libros que desvelaban las vías marítimas hacia el Nuevo Mundo o que resolvían los misterios del estrecho de Magallanes y del cabo de Buena Esperanza, ambos descubrimientos portugueses y españoles. Más allá, las vías hacia Asia eran el tesoro más preciado de estos imperios, y a su vez eran el mayor objetivo de los enemigos holandeses e ingleses.
Pero la bondad de estos libros dependía del capitán que los había escrito, del escribiente que los había copiado, del raro impresor que los había impreso o del erudito que los había traducido. Por consiguiente, podían contener errores. Incluso errores deliberados. Un capitán nunca podía estar seguro de ellos hasta haber estado allí él mismo. Al menos una vez.
En el mar, el capitán era el jefe, el único guía, el árbitro inapelable del barco y de su tripulación. Sólo él mandaba en el alcázar.
«Un vino embriagador —se dijo Blackthorne—. Una vez catado, ya no se olvida nunca, se busca siempre, es una necesidad. Es una de las cosas que le mantienen a uno con vida mientras los demás mueren».
Se levantó y orinó en el imbornal. Al cabo de un rato se agotó la arena del reloj de la bitácora y Blackthorne se volvió y tocó la campana.
—¿Podrás permanecer despierto, Hendrik?
—Sí, sí. Creo que sí.
—Enviaré a alguien que releve al vigía de proa. Cuida que esté de cara al viento y no a sotavento. Así se mantendrá despierto y alerta.
Bajó la escalera que conducía a la cámara. Ésta ocupaba toda la anchura del barco y tenía literas y hamacas para ciento veinte hombres. Ninguno de los veintipico que estaban allí se movió de su litera.
—Arriba, Maetsukker —dijo, en holandés, lengua que hablaba perfectamente, además del portugués, el español y el latín.
—Me estoy muriendo —dijo el hombrecillo de duras facciones acurrucándose más en la litera—. Estoy enfermo. El escorbuto se ha llevado todos mis dientes. Si Dios no nos ayuda, pereceremos todos. A no ser por vos, estaríamos todos en casa, sanos y salvos. Yo soy un mercader, no un marinero. No formo parte de la tripulación. Elegid a otro. A Johann, por ejemplo...
Blackthorne lo arrancó de la litera y lo lanzó contra la puerta. El hombre gritó, escupió sangre y se quedó como atontado. Un puntapié brutal en el costado lo sacó de su estupor.
—Sube y no te muevas de allí hasta que te mueras o hasta que toquemos tierra.
El hombre abrió la puerta y huyó aterrorizado.
Blackthorne se volvió hacia los otros, y todos lo miraron fijamente.
—¿Cómo te encuentras, Johann?
—Bastante bien, capitán. Tal vez no moriré.
Johann Vinck tenía cuarenta y tres años, era el jefe de los artilleros y el más viejo de a bordo. Era calvo y desdentado y tenía el color y casi la fortaleza de un viejo roble. Hacía seis años que navegaba con Blackthorne en la desdichada busca del paso del Noreste, y los dos se conocían bien.
—A tu edad, la mayoría de los hombres están muertos. Todo esto nos llevas de ventaja. (Blackthorne tenía treinta y seis años).
Vinck sonrió sin ganas.
—Es el coñac, capitán, y la santa vida que he llevado. —Nadie rio. Entonces, alguien señaló una litera.
—Capitán, el «bosun» ha muerto.
—¡Llevad arriba el cadáver! Lavadlo y cerradle los ojos. Tú, y tú, y tú.
Esta vez, los hombres saltaron enseguida de sus literas y entre todos sacaron medio a rastras de la cámara el cadáver.
—Toma el relevo de la aurora, Vinck. Tú, Ginsel, serás el vigía de proa.
—Sí, señor.
Blackthorne volvió a cubierta.
Vio que Hendrik seguía despierto y que el barco estaba en orden. El vigía relevado, Salamon, pasó por su lado tambaleándose, más muerto que vivo, con los ojos hinchados y enrojecidos por el viento. Blackthorne se dirigió a la otra puerta y bajó la escalera que conducía al gran camarote de popa donde estaba el capitán general. Su propio camarote estaba a estribor y el de babor era generalmente ocupado por los tres pilotos. Ahora lo compartían Baccus van Nekk, jefe de los mercaderes, el tercer piloto Hendrik y el grumete Croocp. Todos estaban muy enfermos.
Entró en el camarote grande. El capitán general, Paulus Spillbergen, yacía medio inconsciente en su litera. Era bajito, colorado, normalmente muy gordo y ahora muy flaco. Blackthorne sacó un frasco de agua de un cajón secreto y le ayudó a beber un poco.
—Gracias —dijo débilmente Spillbergen—. ¿Dónde está la tierra...? ¿Dónde está la tierra...?
—Delante de nosotros —respondió Blackthorne, y salió.
Hacía casi exactamente un año que habían llegado a Tierra del Fuego y los vientos eran favorables para intentar el paso por el desconocido estrecho de Magallanes. Pero el capitán general había ordenado que desembarcasen para buscar oro y tesoros.
—¡Por Cristo Jesús, mirad la tierra, capitán general! No puede haber tesoros en ese erial.
—La leyenda dice que es rico en oro y podremos reclamar el terreno para la gloriosa Holanda.
—Los españoles estuvieron aquí en gran número durante cincuenta años.
—Tal vez. Pero quizá no llegaron tan al sur.
—Precisamente tan al sur se invierten las estaciones. En mayo, junio, julio y agosto es aquí pleno invierno. El libro de ruta dice que hay que calcular bien el tiempo para cruzar los estrechos... Los vientos cambian en unas semanas y tal vez tendríamos que quedarnos aquí todos los meses de invierno.
—¿Cuántas semanas, capitán?
—El libro dice ocho. Pero las estaciones varían...
—Entonces, exploraremos durante un par de semanas. Esto nos dejará tiempo sobrado y si fuese necesario, podríamos volver hacia el norte y saquear unas cuantas poblaciones más, ¿eh, caballeros?
—Tenemos que seguir adelante, capitán general. Los españoles tienen pocos barcos de guerra en el Pacífico. Aquí los hay en abundancia y nos están buscando. Tenemos que seguir.
Pero el capitán general se había salido con la suya al poner el asunto a votación entre los militares, no los marinos.
Los vientos habían cambiado pronto aquel año, y ellos habían tenido que invernar allí, pues el capitán general había tenido miedo de zarpar hacia el norte a causa de los buques españoles. Pasaron cuatro meses antes de que pudiesen levar anclas. Entretanto, ciento cincuenta y seis hombres habían muerto de hambre y de disentería y de frío. Las terribles tormentas del estrecho habían desperdigado la flota, y sólo el Erasmus llegó a Chile en el tiempo previsto. Allí habían esperado a los otros durante un mes, hasta que, acosados por los españoles, habían zarpado hacia lo desconocido. El libro de ruta secreto terminaba en Chile.
Blackthorne recorrió el pasillo, entró en su camarote y cerró la puerta por dentro. Abrió un cajón y desenvolvió la última manzana que guardaba cuidadosamente desde la isla de Santa María, frente a las costas de Chile. Cortó una cuarta parte. Había unos cuantos gusanos en su interior. Se los comió también, pues según una antigua leyenda los gusanos de las manzanas eran tan eficaces como éstas contra el escorbuto y frotando con ellos las encías evitaban que se cayeran los dientes. Después bebió un poco de agua de un pellejo. Tenía un sabor salobre.
Una rata se deslizó en la sombra proyectada por la lámpara de aceite que pendía del techo. Corrían cucarachas por el suelo.
—Estoy cansado. Muy cansado.
—Échate a dormir una hora —dijo su mitad maligna—. Aunque sólo sean diez minutos... Sólo has dormido unas horas en muchos días, y la mayor parte, en cubierta.
—No, dormiré mañana —dijo en voz alta.
Y abriendo el arca, sacó su libro de ruta, cogió una pluma limpia y empezó a escribir:
21 de abril de 1600. Las cinco. 133 días desde la isla de Santa María, Chile, a 32° de latitud norte. El mar sigue encrespado y con viento fuerte y el barco sin novedad. El mar es de un color gris verdoso opaco y sin fondo. Seguimos navegando a favor del viento en un curso de 270 grados, virando al nornoroeste, a buena velocidad, unas dos leguas, de tres millas cada una. Avistamos unos grandes escollos en forma de triángulo, en dirección noreste y a una distancia de media legua.
Tres hombres murieron esta noche de escorbuto: el marinero Joris, el artillero Reiss y el segundo piloto Haan. Después de encomendar sus almas a Dios, y como el capitán general sigue enfermo, los arrojé al mar sin sudario, pues no había nadie para confeccionarlos. Hoy ha muerto el «bosun» Rijckloff.
Hoy no he podido tomar la declinación del sol al mediodía, debido a las nubes, pero calculo que seguimos nuestro rumbo y que pronto llegaremos al Japón...
—Pero ¿cuándo? —preguntó mirando la linterna que pendía sobre su cabeza y oscilaba con el vaivén del barco—. ¿Cómo hacer una carta? Debe de haber una manera. ¿Cómo establecer la longitud? Debe de haber una manera. ¿Cómo conservar frescas las verduras? ¿Qué es el escorbuto...?
—Dicen que es un flujo que viene del mar, muchacho —le había dicho Alban Cardoc, que era un hombre panzudo, de gran corazón y barba enmarañada.
—Pero ¿no se pueden hervir las verduras y conservar el caldo?
—Se echa a perder, muchacho. Nadie ha descubierto la manera de conservarlo.
—Dicen que Francis Drake se hace pronto a la mar.
—No, no puedes ir, muchacho.
—Tengo casi catorce años. Usted dejó que Tim y Watt se enrolasen con él, y necesita aprendices.
—Ellos tienen dieciséis. Y tú, sólo trece.
—Dicen que intentará pasar por el estrecho de Magallanes y remontará la costa hacia la región inexplorada, las Californias, para encontrar los estrechos de Anian que unen el Pacífico con el Atlántico. Desde las Californias hasta Terranova por el paso del Noroeste...
—El supuesto paso del Noroeste, muchacho. Nadie ha demostrado aún que sea cierta esta leyenda.
—Él lo hará. Ahora es almirante y su buque será la primera embarcación inglesa que cruce el estrecho de Magallanes, la primera en navegar por el Pacífico, la primera... Nunca volveré a tener una oportunidad como ésta.
—¡Oh, sí la tendrás! Y él no descubrirá el camino secreto de Magallanes, a menos que pueda robar un libro de ruta o capturar un piloto portugués que le guíe. ¿Cuántas veces tengo que decirte que un marino ha de tener paciencia? Aprende a tenerla, muchacho. Te sobra tiempo para...
—¡Por favor!
—No.
—¿Por qué?
—Porque estará ausente dos o tres años, tal vez más. Los jóvenes y los débiles serán los que tendrán menos comida y beberán menos agua. Y de los cinco barcos que zarparán, sólo volverá uno. Nunca sobrevivirías, muchacho.
—Pues yo sólo me enrolaré en su barco. Soy fuerte. ¡Me aceptará!
—Escucha, muchacho, yo estuve con Drake en el Judith, su barco de cincuenta toneladas, en San Juan de Ulúa, cuando nosotros y el almirante Hawkins, que iba en el Minion, nos abrimos paso y salimos del puerto entre los malditos españoles. Habíamos estado llevando esclavos de Guinea a las tierras españolas, pero no teníamos licencia española para el comercio y ellos engañaron a Hawkins y atraparon a nuestra flota. Ellos tenían trece grandes barcos y nosotros seis. Hundimos tres de los suyos y ellos nos hundieron el Swallow, el Angel, el Caravelle y el Jesus of Lubeck. ¡Oh, sí! Drake nos sacó de la trampa y nos llevó a casa. Con once hombres a bordo para contar la hazaña. A Hawkins le quedaron quince. De un total de cuatrocientos ocho gallardos marinos. Drake es despiadado, muchacho. Quiere gloria y oro, pero sólo para él, y son demasiados los que han muerto para demostrarlo...
—Yo no moriré. Seré uno de...
—No. Vas a ser aprendiz durante doce años. Aún te quedan diez por delante antes de ser libre. Pero hasta entonces, hasta 1558, aprenderás a construir barcos y a comandarlos. Obedecerás a Alban Caradoc, maestro constructor, capitán y miembro de la Casa de la Trinidad, o nunca recibirás tu licencia. Y si no tienes licencia, no vas a pilotar ningún barco en aguas inglesas, nunca serás comandante de cubierta de barcos ingleses en ningunas aguas, porque esa es la ley del rey Enrique, en paz descanse. Era la ley de la gran puta María Tudor, el diablo cargue con su alma; es la ley de la reina, largo sea su reino; es la ley de Inglaterra, y la mejor ley de los mares que existe.
Blackthorne recordaba cuánto había odiado a su maestro en ese momento, y cuánto odiaba la Casa de la Trinidad, el monopolio que creó Enrique VIII en 1514 para entrenar y licenciar a los capitanes y maestros ingleses, y cuánto había odiado sus doce años de casi esclavitud, porque sabía que sin ellos no conseguiría la única cosa que quería en la vida. Y había odiado todavía más a Alban Caradoc cuando Drake y su tripulación de cien hombres milagrosamente habían vuelto por todo lo alto a Inglaterra tras llevar desaparecidos tres años, siendo el primer barco inglés en dar la vuelta al globo terráqueo y en hacerse con el botín más rico que se había traído a sus costas: oro, plata y especias por valor de un millón y medio de libras est
