El Perú de Vargas Llosa
Prólogo
Éste es el Perú de Mario Vargas Llosa, el que recorrió, vivió y vio evolucionar social, cultural y políticamente. El país en el que se inspiró para escribir sus novelas, el que incubó sus demonios literarios y el que despertó su inconformismo y su curiosidad intelectual. Éste es el Perú en el que proyectó sus ilusiones y con el que se enfrascó en más de una escaramuza; la sociedad que quiso transformar desde la acción política y que finalmente ayudó a moldear desde el debate público. Si como novelista Vargas Llosa logró fijar una imagen del Perú que hoy es mundialmente reconocida —una imagen ficticia, mítica, que sin embargo resume de manera fiel los conflictos, dilemas, frustraciones y anhelos de la vida peruana—, como intelectual logró contagiar a la sociedad con sus preocupaciones, ideas, gustos y valores. No es exagerado decir que la conversación pública en el Perú actual es la que es, en gran medida, porque a lo largo del último medio siglo Vargas Llosa publicó determinados artículos y determinados ensayos, y porque con ellos logró abrir debates económicos, morales, ideológicos y estéticos de enorme impacto en los distintos ámbitos de la vida peruana.
En definitiva, es imposible analizar la obra de Vargas Llosa sin hablar del Perú y es imposible analizar al Perú de los últimos cincuenta o sesenta años sin hablar de Vargas Llosa. Esta exhaustiva selección de crónicas, ensayos, columnas de opinión, conferencias e intervenciones, todos ellos publicados entre 1958 y 2023, da testimonio de esa intensa y apasionada relación. Son la prueba humeante del esfuerzo intelectual del autor por hacer inteligible un país de enorme complejidad, dividido en zonas geográficas muy distintas —selva, sierra y costa— y en permanente tensión debido a las diversas culturas y temporalidades —el pasado prehispánico, el legado colonial y la modernidad— que conviven en su territorio. Las distintas secciones que componen este volumen intentan acotar las inquietudes que el Perú ha despertado en Vargas Llosa. La primera reúne sus crónicas de viaje, esas piezas que empezó a escribir en 1958 y en las que destella el asombro que le produjeron, y le siguen produciendo, las realidades secretas que encierra su propio país, y la última recoge escritos autobiográficos que refrendan el vínculo entre su experiencia vital y el país donde nació y creció. Entre estas dos secciones aparecen las grandes pasiones del escritor: la literatura, el arte, el legado prehispánico, la cultura popular y, cómo no, inevitable, la historia política del país, incluidas la investigación sobre la masacre de Uchuraccay y su propio paso por la campaña presidencial de 1990.
La prehistoria de Vargas Llosa como periodista se remonta a 1952, cuando con apenas quince años entró a la redacción de La Crónica, en Lima, y luego a la de La Industria de Piura, donde escribió sus primeras notas sobre literatura peruana. Seis años más tarde estaba a punto de terminar su carrera de Letras, participaba activamente en la vida cultural limeña y escribía los cuentos y ensayos que inauguraban su carrera como escritor. A la vuelta de la esquina lo aguardaban La ciudad y los perros, el Boom latinoamericano y el movimiento cultural que surgió después de la Revolución cubana, logros cosechados en los sesenta que sin embargo debían mucho a las disputas estéticas que Vargas Llosa había dado como miembro precoz de la generación de los cincuenta. A lo largo de esa década, tanto en el Perú como en el resto de América Latina irrumpían nuevas vanguardias que revaluaban los criterios e ideales artísticos surgidos en los años veinte. Gracias a una nueva generación liderada por pintores como Fernando de Szyszlo, arquitectos como Luis Miró Quesada y escritores como Sebastián Salazar Bondy, Luis Loayza o Carlos Germán Belli, la cultura peruana empezó a renovarse. El indigenismo artístico de José Sabogal y el realismo social que practicaban los poetas vinculados al APRA, movimientos umbilicalmente dependientes de la realidad y de propósitos moralizantes e ideológicos, fueron duramente criticados. Vargas Llosa y sus compañeros de generación rompieron con estas corrientes estéticas e introdujeron en el Perú la preocupación por la forma artística. El tema autóctono y el compromiso social, que tanta importancia habían tenido en la primera vanguardia peruana, pasaron a un segundo plano. Ahora la prioridad no era la originalidad o la relevancia social del tema, sino el tratamiento formal que se le daba. Al creador le correspondía inventar mundos nuevos, autónomos, que desmintieran la realidad y no que la reflejaran. La novela y la pintura podían inspirarse en la experiencia raigal y en lo autóctono, incluso en el legado prehispánico, pero no para registrar ni radiografiar un mundo preexistente, sino para añadirle algo que antes no existía.
Aquella forma de pensar, revolucionaria en los cincuenta, abría campo a los delirios del surrealismo en la poesía, a la abstracción en la pintura, al funcionalismo en el diseño arquitectónico y al modernismo en la narrativa. Más importante aún: emancipaba al artista. El pintor o el novelista ya no tendría que servir a la realidad denunciando sus males, sino que podría servirse de ella para edificar obras de arte cuya virtud no podría señalarse en función de su cercanía o lejanía con el contexto social, menos aún por el grado de compromiso revolucionario que expresara el autor. Sólo por su poder de persuasión. Éste fue el credo estético que Vargas Llosa forjó en el Perú de los cincuenta; ésas fueron las ideas que lo sedujeron, lo convencieron y le dieron la clave para convertir sus experiencias personales —sus viajes por la selva y por los Andes, sus años en el colegio Leoncio Prado, en Piura y en la Universidad de San Marcos— en complejas elaboraciones ficticias. La ruptura estética había desempolvado los versos y las narraciones de moralina e ideología, había liberado al arte de todas sus obligaciones y había despertado el interés por esos juegos con los puntos de vista del narrador, con el tiempo y con el espacio en los que Vargas Llosa adquiriría pericia hasta convertirse en un maestro consumado.
En las notas y ensayos que escribió —aquí recuperados— sobre César Moro o Carlos Germán Belli, poetas que se rebelaron contra el compromiso y el realismo social, asoman sus propias ideas. De Moro había asimilado la máxima surrealista por excelencia: la libertad creativa. El poeta peruano había sido uno de los primeros artistas, junto con los mexicanos de la revista Contemporáneos, en desafiar la poderosa influencia que habían proyectado el indigenismo y el muralismo sobre el continente. Con virulencia surrealista, Moro desmitificó el indigenismo y defendió la individualidad creadora, la fragua ardiente de visiones personales, de sueños y pesadillas, de donde surgían imágenes que no describían el mundo como es, sino como podría ser. Detrás de Moro siguió Emilio Adolfo Westphalen, y en esa misma línea aparecieron Szyszlo, Miró Quesada, el mismo Belli, Jorge Eduardo Eielson y Blanca Varela, y eso explica que sobre todos ellos hubiera escrito Vargas Llosa. Fueron sus amigos, pero sobre todo fue la generación que defendió las ideas que modernizaron la cultura y la política peruanas.
La realidad política del Perú también fue una desafiante escuela que convirtió a Vargas Llosa en un amante radical y enfurecido de la libertad. Para entender la razón basta con pasar revista al listado de dictadores que rigieron los destinos nacionales a lo largo del siglo XX. Entre el año 1936 en que nació Vargas Llosa y el imprevisible presente de inestabilidad y polarización política al que asistimos hoy, el Perú padeció ocho gobiernos autoritarios. En total, casi cuatro décadas de mandatos verticales, unos de derecha y otros de izquierda, unos militares y otros civiles, todos ellos lesivos para las libertades individuales y para el adecuado funcionamiento de las instituciones liberales. Ése ha sido uno de los peores vicios políticos del Perú: su tentación autoritaria, la vacua idea de que la mano dura soluciona los problemas, y que el efecto viril de un caudillo autoritario impone el orden y estimula el desarrollo. De ser cierta esa idea, Perú en particular y América Latina en general estarían a la vanguardia del mundo, porque si algo ha abundado en estos países en la misma proporción en que ha escaseado la democracia, ha sido el despotismo y el militarismo.
Fue bajo el ochenio de Odría, mientras estudiaba en la Universidad de San Marcos, que Vargas Llosa tuvo sus primeros acercamientos a la política. Hartos de las dictaduras militares de derecha, tanto él como sus amigos de generación —Salazar Bondy, Oquendo, Loayza— creyeron que el camino a la libertad pasaba por la revolución socialista. Los primeros escritos políticos de Vargas Llosa referidos al Perú expresan esa creencia; algunos, incluso, tratan sobre amigos muy cercanos que dejaron sus respectivas vocaciones —en el caso de Javier Heraud la poesía— para tomar las armas y morir en la intentona revolucionaria. Fue el efecto de la Revolución cubana, la sorprendente gesta de Fidel Castro que inoculó en toda una generación la fantasía de que América Latina había encontrado su propio camino a la modernidad social y cultural, y de que bastaban unos cuantos focos guerrilleros para transformar de arriba abajo el continente. El fervor fue tan intenso como la decepción. Una década más tarde la revolución antiimperialista ya no podía ocultar una imprevista deriva, que la alejaba del americanismo de Martí y la acercaba a la dictadura comunista.
La frustración con Cuba tuvo una réplica en suelo peruano. En 1968 el general Juan Velasco Alvarado había dado un golpe de Estado, y un año después había sorprendido a la izquierda peruana imponiendo la reforma agraria más audaz del continente. Vargas Llosa valoró favorablemente las medidas radicales del militar socialista, pero a partir de 1974 su entusiasmo se transformó en desconfianza. Una carta dirigida al general Velasco Alvarado y una serie de artículos en los que denunciaba sin reparos, con rabia incluso, el hecho de que en el Perú se estuviera repitiendo la misma historia que en Cuba señalaban el distanciamiento del escritor con el Gobierno. Esta vez no se trataba de la penosa autoinculpación de un poeta que se había burlado de Castro, lo que se conoció como el «caso Padilla», sino de la censura de la revista Caretas y de la persecución de periodistas como Enrique Zileri. Sin importar que fuera de derecha o de izquierda, socialista o capitalista, bienintencionada o despótica, todas las dictaduras acababan repitiendo los mismos vicios, empezando por reprimir la voz crítica del periodista o del escritor. Vargas Llosa ya lo había padecido con Odría, el derechista, y ahora volvía a ver lo mismo con Castro y con Velasco Alvarado, los izquierdistas. La conclusión era evidente: el problema no era la inclinación ideológica del Gobierno; el problema era la ausencia de instituciones que garantizaran ciertos derechos fundamentales.
Durante buena parte del siglo XX la democracia no fue muy popular en el Perú ni en el resto de América Latina, mucho menos entre los intelectuales. Ésa ha sido una de las tragedias latinoamericanas, que sus voces más conspicuas y elocuentes hayan defendido nacionalismos populares o nacionalismos jerárquicos, revoluciones marxistas o revoluciones fascistas, populismos de izquierda o populismos de derecha, pero desde luego no la democracia. En los años veinte y treinta, porque la democracia parecía muy poca cosa, un resuello burocrático lento y parsimonioso, para colmo importado de la América sajona, incapaz de amoldarse a la turbulencia y al dinamismo del siglo XX. Luego, en los sesenta y setenta, porque se asoció con la burguesía y con el capitalismo, cuando no con los oligarcas vendepatrias vinculados a los intereses económicos imperialistas. Ni siquiera el APRA, a pesar de su renuncia a la vía revolucionaria, demostró tener un compromiso serio con la democracia. Fue la encrucijada peruana: si la derecha de Augusto Leguía, de Sánchez Cerro, de Benavides o de Odría era una amenaza para la libertad, su contraparte izquierdista —el APRA, los militares socialistas o las corrientes indigenistas y comunistas inspiradas en José Carlos Mariátegui— tampoco ofrecía garantías democráticas. El liberalismo no existía. Había sido desterrado del suelo latinoamericano en 1900, y ahora, setenta y cinco años más tarde, Vargas Llosa empezaba a reconsiderar sus postulados y a defenderlos en la vida pública peruana.
Lo que estaba a punto de hacer en el campo político era tan radical como lo que su generación ya había hecho en el campo de la cultura: defender un sistema que garantizara la libertad de expresión, que conectara al Perú con el resto del mundo y que modernizara las instituciones de gobierno. Lo más parecido a este proyecto fue la presidencia de Fernando Belaúnde Terry de 1980, un pequeño oasis democrático en medio de largos años autoritarios. Vargas Llosa apoyó ese regreso de la democracia, sin imaginar que esta vez la extraña criatura llegaría acompañada de una nueva amenaza, invisible y difícil de comprender, que con el tiempo tomaría la siniestra forma de un grupo terrorista: Sendero Luminoso.
Inspirada en delirantes nociones maoístas pasadas por el psicopático filtro de Abimael Guzmán, los senderistas usaron el terror para limpiar el mundo de cuanto se interpusiera entre ellos y su proyecto redentor. Las víctimas fueron, en su mayoría, los habitantes de la sierra, muchos de ellos forzados a adherirse a una lucha incomprensible bajo la amenaza del asesinato. El tumor que había sembrado Sendero Luminoso hizo metástasis cuando llegó el Ejército. En su desquiciado afán de acabar con el terrorismo, los militares involucraron a la población civil. Con muertos cayendo por las balas de uno y otro bando —en total serían 69.280—, un acontecimiento sacudió la opinión nacional e internacional. Ocho periodistas, que habían viajado a las zonas altas de los Andes ayacuchanos a cubrir las masacres de Sendero Luminoso, fueron confundidos con terroristas y asesinados por los comuneros de la sierra. La «matanza de Uchuraccay», como se la llamó, forzó al presidente Belaúnde Terry a nombrar una comisión de expertos que investigara lo ocurrido, al frente de la cual puso a Vargas Llosa. Aquella experiencia le permitió al escritor palpar muy de cerca la realidad de los Andes y el fanatismo feroz de Sendero Luminoso. El Informe de Uchuraccay que escribió al terminar la pesquisa, además de algunas controversias e intervenciones a las que dio lugar, se recoge en este volumen, y no sólo por su relevancia histórica. El texto es mucho más que un simple recuento de sucesos que condujeron a la tragedia, también es una crónica, un estudio de la realidad de los Andes y un nuevo insumo para la imaginación del novelista. Si del viaje a la selva que realizó en 1958 —la febril crónica que abre estas páginas— Vargas Llosa logró recabar material para cuatro historias, de esta incursión en los Andes extraería insumos para otras tres novelas.
Estamos ya en 1983 y Vargas Llosa, además de ser una figura clave de las letras latinoamericanas, es un intelectual público con una visibilidad cada vez más notoria. Los artículos que ha publicado en diversos medios defendiendo la libertad de expresión y denunciando los excesos de las dictaduras lo han convertido en un enemigo declarado del autoritarismo y del despotismo. Al mismo tiempo, sus declaraciones en contra de Sendero Luminoso y su rechazo de la revolución y de los métodos violentos como medio para llegar al poder le han dado credenciales liberales. Había asumido un compromiso público con todos los asuntos peruanos, desde sus procesos culturales a sus desvaríos políticos, pero hasta ese momento se había limitado a plasmar sus opiniones en artículos, ensayos y conferencias como los aquí seleccionados. Era difícil imaginar que estaba a punto de poner entre paréntesis su vida como escritor para bajar al fango y medirse en la acción política.
La historia es bien conocida: en 1987 el presidente Alan García intentó remediar el desastroso manejo que venía haciendo de la economía huyendo hacia delante. Anunció que nacionalizaría la banca, las compañías de seguros y las financieras, medidas que no estaban en su programa de gobierno y que más parecían un recurso desesperado para retomar el control de un país que se desmoronaba entre las bombas senderistas y una hiperinflación que ya sobrepasaba el mil por ciento. Después de redactar un manifiesto —aquí rescatado—, Vargas Llosa y algunos de sus amigos se movilizaron para revertir la que vieron como una «amenaza totalitaria». El éxito de sus protestas, que frenaron el impulso estatista del presidente, incubó la esperanza de convertir aquel movimiento cívico en un partido político capaz de disputar las elecciones de 1990. De un momento a otro, sin haberlo planeado y sin haber calibrado los infernales juegos y azares de la política, Vargas Llosa entró en campaña.
El resultado, lo sabemos, le fue adverso, pero como no hay mal que por bien no venga, la derrota en las urnas lo devolvió a la literatura y, de paso, a la carrera por el Premio Nobel. Mientras tanto, el Perú quedaba en manos de un nuevo aprendiz de dictador, Alberto Fujimori. El outsider que incurrió en estrategias populistas para vencer al escritor gobernó durante dos años ateniéndose a las reglas del juego, hasta que el 5 de abril de 1992 sorprendió al Perú con un autogolpe que lo perpetuó en el poder durante toda la década. Vargas Llosa rompió entonces la promesa que había hecho de no opinar sobre su acción de gobierno, y se convirtió en el crítico más certero y feroz del fujimorismo.
A lo largo de las últimas dos décadas, luego de que se destapara la podredumbre del fujimorato y el dictador acabara entre rejas, una de las prioridades de Vargas Llosa ha sido recordar los crímenes que cometieron Fujimori y Vladimiro Montesinos. No ha dejado de señalar la pústula de corrupción que sembró en la sociedad peruana, ni la perversa mentalidad que instauró entre sus élites. Los artículos de opinión más decisivos que ha escrito Vagas Llosa en los últimos años, por eso mismo, han sido los que advertían sobre las consecuencias nefastas que tendría el regreso del fujimorismo al poder, ahora encarnado en su hija Keiko Fujimori. Por eso sorprendió tanto que, en las últimas elecciones, ante una disyuntiva imposible, capaz incluso de abrumar a un país habituado a elegir cada cinco años el «mal menor», el escritor hubiera optado por apoyar a Keiko Fujimori.
El caos institucional en el que había quedado el Perú tras la destitución de Pedro Pablo Kuczynski, agravado por la pandemia de Covid 19, se reflejó en la campaña de 2021, en la que participaron más de veinte candidaturas, muchas de ellas animadas por antiguallas ideológicas, desde una derecha beata de cilicio y teorías de la conspiración a una izquierda leninista y mariateguista, empeñada en hacer funcionar en el Perú lo que ya había fallado en Cuba y en los países socialistas. La fragmentación del voto convirtió el proceso electoral en una tómbola que dejó al país una situación inédita. Si entre 2000 y 2016 los peruanos habían tenido que elegir entre opciones que entrañaban cierto riesgo para la democracia, una más que la otra, en junio de 2021 tuvieron que enfrentarse a una situación imposible. Las opciones fueron Keiko Fujimori, la hija del dictador que Vargas Llosa criticó sin tregua desde 1992, y Pedro Castillo, un maestro rural afiliado a Perú Libre, un partido controlado por un neurocirujano educado en Cuba y abiertamente defensor de un sistema comunista.
Las opciones eran ésas: el regreso del fujimorismo que había corrompido hasta el tuétano de la sociedad, o la posibilidad de que, tras la aprobación de una Constituyente, el Perú se uniera al bloque de países prohijados por Cuba y el desnortado rumbo de Nicaragua o Venezuela. Vargas Llosa entendió el dilema imposible, ya no como la elección de dos candidatos sino de dos sistemas: el giro al imprevisible populismo de izquierdas de Castillo, con la conmoción económica y democrática que podría tener, o la continuidad de un modelo y la esperanza de que Keiko Fujimori hiciera honor a sus promesas de campaña y no pervirtiera, como hizo su padre, las instituciones desde dentro. Así de grave era la situación; así de dramático era el escenario. Esta vez, a diferencia de lo que había ocurrido en las últimas tres elecciones, los peruanos votaron mayoritariamente por un candidato distinto al reivindicado por Vargas Llosa. Luego vendrían el fallido autogolpe de Castillo, el ascenso de Dina Boluarte y un nuevo período de corrupción y decadencia democrática.
Pero el Perú, afortunadamente, no se agota en la política, y eso también queda patente en los artículos de este volumen. Los debates sociales y los conflictos culturales relacionados con los procesos de modernización, la integración de Perú a Occidente, la globalización, la liberalización de las costumbres, la maldición del nacionalismo y las tensiones fronterizas con Ecuador también han pasado por su escrutinio. Varios de sus artículos han versado sobre un aspecto de la vida peruana que siempre ha interesado a Vargas Llosa y que emerge constantemente en sus novelas: la cultura popular y sus expresiones musicales, folclóricas, gastronómicas y lingüísticas. Como se ve, la relación de Vargas Llosa con el Perú ha sido intensa, íntima, a veces casi suicida. A lo largo de su vida ha recorrido el país, lo ha estudiado, lo ha reinventado con la imaginación, lo ha encaminado con sus juicios y valores. En pocas palabras: lo ha vivido, lo ha sufrido, lo ha gozado. Fuego para la imaginación, desafío intelectual, permanente dolor de cabeza político y fuente infinita de satisfacciones estéticas y culturales, aquí está, éste es el Perú de Mario Vargas Llosa.
CARLOS GRANÉS
Madrid, abril de 2024
1. Crónicas del Perú
Crónica de un viaje a la selva
En el mes de agosto pasado estuvo en el Perú el antropólogo mexicano Juan Comas. Con este motivo, el Instituto Lingüístico de Verano organizó una expedición relámpago a los centros indígenas del Alto Marañón y del río Morona. Acompañaron al ilustre visitante y a su esposa, en esta expedición, generosamente invitados por el instituto, los doctores José Matos Mar y Efraín Morote Best, de las universidades de San Marcos y del Cusco, respectivamente; José Flores Aráoz, director de Cultura Peruana, y el autor de esta crónica.
La aventura comenzó en la madrugada. En el hall de la Córpac, Guillermo Townsend, director del instituto, nos despidió advirtiéndonos que sería mejor acercarse a la selva sin ideas preconcebidas. Su observación resultó acertada pero ineficaz: la realidad se mostraría ante nosotros demasiado tajante y definitiva para que intentáramos compararla con la idea que llevábamos sobre ella. Desde el viaje a Pucallpa en avión, comenzó un espectáculo majestuoso que en lo sucesivo habría de crecer en colorido y enormidad. Detrás de las bombillas de oxígeno, que nos pusieron para soportar la altura, vimos admirados los picos más altos de la cordillera: el Huascarán, emergiendo de las nubes como una divinidad blanca rodeada de espuma y, más allá, el Huandoy, más frágil y esbelto, y en torno a ellos, hasta perderse de vista, el lomo de los Andes, inconmovible, erizado de gigantescas agujas de rocas sobre abismos azules, solitario, trágico. Más tarde el avión comenzó a descender y la cordillera a teñirse de verde: al principio, unas manchas dispersas; luego, más espesas y nítidas, y pronto estuvimos sobre una alfombra de árboles que ocultaba todo vestigio de tierra. «Desde aquí parecen muy pequeños —dijo, en un momento, uno de los viajeros—. Pero cuando se está allá abajo, no se ve el sol. Esos árboles alcanzan a veces cien metros de altura».
En Pucallpa nos esperaba el calor, Gerardo Elder, jefe del instituto en Yarinacocha, y un aeropuerto en ruinas. Es lamentable que esta ciudad próspera disponga de una pista de aterrizaje en tal estado de abandono. Una semana después de nuestra llegada, los diarios informarían de un accidente ocurrido allí. No es extraño. Sorprende, más bien, que en esa pista de tierra, desnivelada, con baches y hierbas, no ocurran con más frecuencia accidentes semejantes. Antes de partir hacia Yarinacocha —base de operaciones del Instituto Lingüístico— estuvimos un buen rato en Pucallpa. Allí, Efraín Morote Best debía adquirir machetes y telas para llevarlos a la tribu de los shapras, con el fin de que Tariri, el curaca shapra, enviara esos objetos a los shapras de Shutka —enemigos tradicionales de su pueblo—, por intermedio de un prisionero, al que podría en libertad como muestra de su propósito de reconciliación y de paz.
Pucallpa es una población económicamente importante y en pleno desarrollo. Sin embargo, muestra gran pobreza: sus calles son irregulares y de tierra; sus construcciones, rústicas, y la vegetación la rodea como una coraza. Minutos después de abandonar Pucallpa en un jeep del instituto, Gerardo Elder nos señaló un árbol extraño, a la orilla de la trocha: un árbol inmenso, de tronco limpio, cuya base aparece cubierta de pliegues en forma de aletas. Morote Best nos explicó: aquel árbol se llama lupuna y los indígenas le temen. Evitan pasar junto a él en las noches, porque en su interior viven los duendes malignos.
La base del instituto se extiende a las orillas del lago de Yarinacocha, o lago de las Palmeras, a una media hora de camino de Pucallpa. Entre la base y la ciudad, en un claro, se halla el pueblo de Nuevo Callao, de cabañas uniformadas de blanco y azul. La base está dividida en dos sectores: el primero, comprende los bungalows de los lingüistas, el hangar, una pequeña clínica y la estación de radio; el otro, las cabañas donde se dictan los cursos de capacitación a los naturales que vienen desde el interior de la selva y las cabañas donde los alojan. Los asistentes al curso de verano regresan después de tres meses a su lugar de origen, armados de vocabularios, gramáticas, lápices, cuadernos y una bandera peruana. Sería difícil describir la sorpresa que produce encontrar en las tribus selváticas más remotas una bandera flameando sobre hombres que ignoran nuestro idioma, nuestras ciudades y nuestras costumbres, y que sólo ahora comienzan a tener una noción del Perú.
LA PRIMERA REVELACIÓN: UN NEGOCIO EN TRES TIEMPOS
Todo el resto del día visitamos la base. Vimos allí una gran sobriedad: los lingüistas habitan en cabañas cómodas, pero modestas, visten con visible sencillez y no fuman ni beben. Los indígenas selváticos han entrado en contacto con la civilización a través de ellos, no han tenido oportunidad, por esto, de aprender ciertos vicios que son consustanciales a Occidente: en los pueblos aguarunas y shapra en que estuvimos, por ejemplo, ningún indio había aprendido a fumar.
Además de visitar la base, procuramos documentarnos sobre las tribus que íbamos a recorrer en los días siguientes. Interrogamos a lingüistas, indígenas, residentes en Yarinacocha y a otros visitantes, más conocedores de la selva. De este modo nos enteramos de muchas cosas, algunas de las cuales constataríamos más tarde. Una de ellas, referente al sistema económico impuesto a los selvícolas por los «patrones» o comerciantes de la Amazonía. Las tribus vinculadas a la «civilización» viven, sobre todo, del caucho, que venden a los «patrones», los que, a su vez, lo venden a los centros industriales o al Banco de Fomento Agropecuario. El «patrón» compra el kilogramo de caucho a un precio que oscila entre 1,20 y 5 soles. El mismo día, vende ese caucho en Contamana, a un precio tres y cuatro veces mayor. Pero ése es sólo uno de los tres filones del negocio. La mayoría de los indígenas proveedores de caucho no sabe leer, ni escribir, ni contar. Así, al pasar el caucho es el patrón quien determina el peso que marca la balanza, el que, naturalmente, resulta siempre inferior al peso real. Pero hay más: la transferencia entre patrón e indígena no se hace a base de dinero, sino de especies. El patrón paga en machetes, escopetas, vestidos, cuyo precio fija. De este modo, el selvícola resulta por tres veces consecutivas víctima de un atropello: el precio que le pagan por kilogramo de caucho es tres o cuatro veces inferior al verdadero; al pesar el caucho, es nuevamente engañado, porque el patrón señala el peso de su mercadería, que él no puede determinar, y, finalmente, para colmo, el selvícola ni siquiera recibe el dinero que le corresponde por esa venta, sino un instrumento, avaluado arbitrariamente. De este sistema resulta que al entregar el caucho el selvícola queda siempre en deuda con el patrón. El machete, la escopeta, los víveres o la ropa que recibe no alcanzan nunca a ser pagados por el caucho que ha obtenido, de modo que debe penetrar una vez más en la maleza, a fin de extraer más caucho, que unos meses después, en una nueva transacción con el intermediario, aumentará su deuda. Este sistema no es nuevo: existe, parece, hace decenas de años y uno se maravilla al constatar cómo esta explotación no sólo no ha quebrado material y espiritualmente al indio de la selva, sino que éste sobrevive y con una voluntad firme de superar su condición.
LA LABOR DEL INSTITUTO LINGÜÍSTICO
Ciertos filmes de aventuras, las historietas infantiles y el periodismo sin escrúpulos han difundido una imagen espectacular y malsana de la selva. De acuerdo a ella, se piensa en una región exuberante, sombría, temible, poblada de seres feroces: el jaguar, la pantera, el león, los negros, o, entre nosotros, los chunchos. El héroe es el blanco, explorador o cazador de fieras, que avanza por el bosque desafiando los peligros que acechan a cada paso y aniquilando animales salvajes con soberbio coraje. Dentro de esa imagen perniciosa, el natural de la selva es el enemigo: el reductor de cabezas, el caníbal, el bárbaro que hay que exterminar como a la víbora.
Tanto pensar en esa selva en colores, elaborada en los estudios cinematográficos y en las redacciones de los cómics, hemos olvidado a la verdadera selva, que cubre cerca de la mitad de nuestro territorio y donde una población diseminada y nómade vive en la postración y el abandono. La situación del selvícola peruano es deplorable; parece, sin embargo, que en los últimos años ha mejorado notablemente. Algunos hombres conscientes, desde puestos oficiales o instituciones privadas han comenzado a dar la batalla de la selva: una batalla sin armas, pacífica, grandiosa, ignorada. Es innecesario advertir, por cierto, que la iniciativa individual de hombres como Morote Best, de quien ya hablaremos, o de entidades particulares como el Instituto Lingüístico no bastan para extirpar la cuantiosa injusticia que anida en la Amazonía, y que ello se logrará sólo a través de una acción del Estado vasta, enérgica y radical. Pero aquello constituye un ejemplo y un estímulo, realmente admirable.
El Instituto Lingüístico, asociado a la Universidad de Oklahoma, fue fundado en 1934 por los doctores W. Townsend y J. J. Leggters y funciona en el Perú desde 1945, a raíz de un contrato que firmó con el Gobierno. Tiene su centro de operaciones en Yarinacocha. De allí parten los lingüistas en grupos de dos o tres —una pareja de esposos, dos jóvenes, hombres o mujeres— hacia las tribus, adonde llegan, según ha descrito Morote, en «balsa, en canoa, en avión o a pie, generalmente después de largos y fatigosos viajes a través del bosque lleno de mortíferos insectos y grandes lodazales». Los lingüistas permanecen en la tribu, haciendo vida en común con los indígenas, cerca de ocho meses al año, durante los cuales aprenden el idioma. Conviven con el natural, no turban ni obstaculizan su modo de vida y recogen datos sobre sus costumbres y su lengua, que ordenan y clasifican al regresar a Yarinacocha. Allí, durante el verano, redactan vocabularios y gramáticas de los idiomas indígenas, con los cuales los selvícolas aprenden a leer y escribir en su propia lengua, en las escuelas bilingües del Estado. Las escuelas están a cargo de hombres de la misma tribu, que son llevados a Yarinacocha, donde siguen un curso de capacitación de tres meses. Concluido el verano los lingüistas regresan a la tribu, donde permanecen ocho meses más. Además de su labor científica, los lingüistas curan a los indígenas y les inculcan normas de higiene y de moral. El instituto cuenta en el Perú con ciento setenta y tres miembros, la mitad de los cuales trabaja en las tribus.
Yo he visto a los lingüistas en algunos centros de trabajo, en sitios completamente aislados, casi inaccesibles, rodeados por un paisaje indómito y un clima terriblemente duro para el forastero, confraternizando con los nativos, quienes los tratan de igual a igual, pues no se ha establecido allí esas subordinaciones o tutorías que suelen imponer ciertos «civilizadores», y por ello he rectificado mi opinión que hasta entonces era, equivocadamente, adversa al instituto.
Conviene insistir en este punto, porque para nadie es un misterio que el Instituto Lingüístico se ve constantemente convertido en blanco de ataques. Se dice, por ejemplo, que constituye un peligro porque podría originar una división nacional idiomática el enseñar inglés a los indígenas o un castellano sajonizado. Ocurre que los lingüistas no van a las tribus a enseñar ningún idioma, ni español ni inglés. Van, por el contrario, a aprender el idioma de la tribu. Es en el idioma nativo que ellos confeccionan vocabularios y gramáticas que el Ministerio de Educación revisa y es a través de las escuelas bilingües, a las que el instituto presta ayuda invalorable, que el indígena aprende el castellano de una manera gradual y efectiva.
Pero son, sobre todo, los medios católicos los que impugnan la labor del instituto. Nos aseguran sus voceros que los lingüistas no son tales, sino misioneros protestantes que persiguen capturar espiritualmente a los indígenas de la Amazonía, lo que en el futuro podría significar una división religiosa en un país tradicionalmente católico. Personalmente, no me preocupa esta hipotética amenaza, ni la considero tan temible. Pero creo que, incluso para el punto de vista católico, no existe ese peligro. A pesar de ir prevenido, no he encontrado una sola prueba que indique que el instituto utiliza el pretexto de la investigación científica para realizar una labor de sectarismo religioso. Los indígenas vinculados al instituto con quien conversé, no mostraban la menor señal de haber sido «catequizados» a favor de una facción religiosa. Algunos ejercitaban ciertas normas generales de una moral cristiana, amplias, que encuadrarían dentro de cualquier sistema religioso. No he visto, por otra parte, en los lingüistas ningún signo de animadversión hacia la Iglesia católica o hacia los misioneros de la selva, y sí he visto, en cambio, enviar rápidamente y desde la base de Yarinacocha un hidroavión al monasterio de Santa María de Nieva para transportar hacia un centro urbano a una monja que había sufrido un accidente.
Se dice, finalmente, que el instituto es algo así como una punta de lanza del imperialismo yanqui. Los lingüistas, según me aseguró hace algunos meses un estudiante comunista, son emisarios disimulados del State Department: tratan de localizar las escondidas riquezas de la selva y los puntos geográficos económica y militarmente importantes. Ignoro por completo las vinculaciones que pueda tener el instituto con el Gobierno americano o con los grandes industriales del norte. Pero me parece improbable que exista esa alianza: no resulta verosímil que uno de esos norteamericanos que está sepultado desde hace cinco o seis años en una perdida tribu del corazón de la Amazonía se sostenga allí sólo con el propósito de hallar una veta de uranio. Por otra parte, en Yarinacocha descubrí que el director es autor de una de las más importantes biografías de Lázaro Cárdenas, de quien es, según contó Juan Comas, gran amigo: ¿se concibe a un defensor y amigo personal del hombre que nacionalizó el petróleo mexicano como el jefe de una organización de tanteo imperialista?
Los cargos contra el instituto son, creo, infundados. Su labor debe ser apreciada con la misma simpatía que sus miembros tienen para con los indígenas de la selva, a quienes están ayudando noblemente. En esa excursión por la Amazonía hemos visto las ostentosas manifestaciones de afecto con que los pueblos aguarunas del Alto Marañón recibieron a Jeanne Grover, que fue nuestra compañera en el viaje, que ha pasado cerca de cinco años en aquellas comunidades. La misma simpatía y gratitud era evidente en los indios shapras hacia Loretta Andersen, que hace ocho años que vive con ellos. Este sentimiento que los lingüistas han sabido ganarse les permite conocer íntimamente el pensamiento, las costumbres, la mentalidad de los selvícolas, que han hecho de ellos sus consejeros y confidentes. Ese conocimiento de la estructura material y espiritual de las culturas selvícolas, que se vierte en estudios, servirá de inestimable ayuda cuando se trace un plan nacional a favor de los indios de la Amazonía y se decida, definitivamente, incorporarlos a la nación.
EL PUEBLO DE LA MUERTE
El día que llegamos a Yarinacocha, tuvimos, en la noche, una reunión con los lingüistas. Durante dos horas se nos refirió las costumbres y creencias de algunos pueblos indígenas de la selva. Los narradores ilustraron sus relatos hablando los idiomas nativos y revelándonos parte de las innumerables dificultades que implica su labor. El trabajo del lingüista no es sencillo: los obstáculos son constantes e inesperados. Los esposos Snell, que trabajan con los machiguengas, en la región limitada por los ríos Urubamba, Paucartambo y Misagua, relatan, por ejemplo, que los hombres de esa comunidad se han acostumbrado a llamar «el ala» a la hélice del avión anfibio. Los indígenas han observado que la hélice impulsa y eleva al avión; es por lo tanto su elemento más importante, así como las alas en las aves. Por ello designan la hélice con ese nombre, y a las alas hélice. Supimos, también, que ciertas tribus temen profundamente algo en apariencia inofensivo: el estornudo. Si un forastero desprevenido estornuda, los indígenas huyen despavoridos. Ocurre que la gripe es uno de los azotes más crueles para los pueblos amazónicos. El selvícola, mal alimentado, sin defensas, es presa fácil del mal, que lo debilita rápidamente y acaba a veces con su vida. El contagio se propaga pronto por la falta de precauciones higiénicas. Para combatir la fiebre, los enfermos se echan al río. De este modo una epidemia de gripe diezma una comunidad. Se explica, pues, que el estornudo sea temido como el anuncio de un demonio.
La delicada y compleja labor de inculcar al indígena las normas occidentales está revelada en este hecho ocurrido en un pueblo aguaruna: se explicaba a los indígenas la inconveniencia de escupir constantemente. Se les recomendó que no lo hicieran. He aquí que los indígenas, al oír esto, se mostraron enormemente sorprendidos y desconcertados. ¿Qué había ocurrido? Los aguarunas consideran que sólo aquel hombre que escupe mientras habla dice la verdad; quien no lo hace, miente. Al recomendarles que evitaran escupir, sin saberlo, se les estaba recomendando que no dijeran nunca la verdad.
Pero sin duda, la exposición más interesante que escuchamos aquella noche, en la sala de la casa de Guillermo Townsend, entre el persistente rumor de las cigarras y el ladrido lúgubre de un perro invisible, fue la de Betty de Snell, acerca de los machiguengas. En ese pueblo, Wayne Snell trabaja desde 1951 y su esposa desde el año siguiente. El indígena machiguenga vive obsesionado con la muerte. Las enfermedades y las trágicas condiciones de vida que soporta han depositado en él una concepción fatalista de la vida. Sus actos son por ello, siempre, efímeros, instantáneos. El machiguenga no hace nunca planes porque cree que la muerte lo sorprenderá antes de cumplirlos. Incluso el más nimio aspecto de su actividad diaria está rodeado de un sentimiento de eminente catástrofe. La señora Snell cuenta que al alcanzarle unas medicinas a un indígena para que las tomara unas horas más tarde, éste respondió: «Cuando llegue esa hora seguramente habré muerto». La dramática situación del pueblo machiguenga se constata entre sus niños. Morote Best consigna que «la mayoría de los alumnos de las escuelas bilingües machiguengas está constituida por huérfanos». Los maestros de esas escuelas, que son indígenas también, cumplen, por ello, una doble labor: se encargan de la enseñanza y, a la vez, del alimento y del vestido de los niños, en lo que gastan casi todos sus haberes. En sus horas libres, los niños machiguengas, según el informe de Morote Best, se dedican casi exclusivamente a tratar de procurarse alimentos: pescan en el río, que es de «limitadas condiciones ictiológicas, ascienden hacia las quebradas en pos de pequeños cangrejos y camarones, que cogen en cantidades que difícilmente llegan a la decena y, por la noche, duermen calentándose en la lumbre del fogón o al calor de los perros, compartiendo, raras veces, un solo mosquitero entre varios o sin ninguna protección. Todas las mañanas amanecen los más bañados en sangre por las mordeduras de los murciélagos que abundan en la zona».
NEPOTISMO A ORILLAS DEL RÍO MARAÑÓN
El distrito de Barranca pertenece a la provincia de Amazonas, y es un pequeño pueblo, importante porque en él se encuentra una de las guarniciones militares que resguardan la frontera. A ese pequeño pueblo llegamos, al día siguiente de nuestro viaje, después de dos horas de vuelo, en uno de los hidroaviones del instituto, que nunca olvidaremos, por sus tres intentos fallidos al despegar en el lago de Yarinacocha. El avión era seguro, pero estaba cargado con exceso y, además, no había viento. La primera vez que se intentó el despegue fue impresionante: el aparato se deslizaba a toda velocidad sobre la laguna rugiendo ferozmente y alcanzó a levantar la parte delantera de los flotadores. Así avanzó, perpendicularmente, sujeto a la laguna por la cola, unos instantes eternos y terribles, y luego se detuvo. Regresamos al punto de partida. Jimmy Baptista, el piloto, indicó que la cola debía ir sin peso. Todas las maletas y bultos que iban allí fueron sobre nuestras rodillas, pero aun así, el avión se negó a elevarse. Todavía tenía mucho peso la cola. Fue con Morote Best, levantado sobre nosotros, por los brazos de Juan Comas, que se intentó por tercera vez el despegue. El avión se elevó en esta oportunidad, suavemente. En lo sucesivo, en los innumerables vuelos que hizo el aparato, procedimos a echar sobre nosotros toda la carga y Juan Comas levantaba diestramente a Morote Best encima de ella.
En Barranca estuvimos sólo unos momentos, los suficientes para proveer de gasolina al avión y tomar unos refrescos, pero ellos bastaron para que conociéramos, aunque de oídas, un curioso caso de nepotismo local, que ya creíamos inadmisible en el Perú. Un grupo de familiares ha conseguido, en Barranca, ocupar todas las funciones públicas, las que usufructúa como si se tratara de un patrimonio personal. El gobernador del distrito se llama Carlos Valcárcel Peña; su hermano Germán es el juez de paz, el suegro de éste, Julio Wong, el alcalde y la hija del gobernador, la directora del Correo. Así como la familia comparte los cargos públicos y administrativos, comparte un solo local. Si alguien pregunta en Barranca por la oficina de Correos o el juzgado, le señalarán la casa del gobernador. Pero si va allí encontrará, casi siempre, que esa casa está cerrada. Porque, y aquí viene algo sorprendente, ni el gobernador ni el alcalde, ni el juez viven en Barranca. Sus negocios particulares los tienen alejados la mayor parte del año del lugar donde debían ejercer sus cargos y sólo visitan Barranca esporádicamente. Lo más grave del asunto es que este caso de nepotismo podría ser sólo un indicio de lo que ocurre en otros pueblos selváticos, más alejados de los centros urbanos más importantes.
EN CHICAIS, PUEBLO AGUARUNA
De Barranca continuamos hacia la región de los aguarunas. Llegamos al pueblo de Chicais, aproximadamente a una hora y media de vuelo, después de divisar, desde el aire, el Pongo de Manseriche, la guarnición de Borja y la Misión de Santa María de Nieva. Varias decenas de hombres, mujeres y niños se acercaron al avión cuando éste acuatizó a orillas del pueblo. Agitaban sus manos febrilmente, en torno de su rostro y sus hombros. Pronto supimos que aquello no era una manifestación de saludo, ni un misterioso gesto ritual, sino una manera de evitar a los zancudos. Éstos abundan tanto que no exagero afirmando que las veinte horas que permanecimos en Chicais tuvimos, cada uno de los viajeros, a millares de ellos rondándonos perversamente.
Los aguarunas, que viven en las márgenes del Alto Marañón, estaban hasta hace algunos años dispersos, llevaban una existencia nómade. Hoy están agrupados en diez pueblos. En casi todos funcionan las escuelas bilingües y muchos niños dominan ya el español. En la noche de ese día, después de la comida, José Matos y Morote Best tuvieron una reunión, a la luz de las linternas, con los maestros indígenas y el alcalde del pueblo. Allí se les informó que no hacía mucho se había celebrado en Chicais un congreso de los alcaldes de los diferentes pueblos aguarunas, donde se trataron los problemas comunes. Entre otros acuerdos, se decidió formar la cooperativa aguaruna. Los indígenas reunirán el caucho y las pieles que consiguen en Chicais y una vez al año llevarán todo lo reunido a Iquitos, para venderlo directamente a los industriales. De este modo, evitarán al intermediario que hace años viene abusando inicuamente del trabajo de los indígenas. Los aguarunas son hombres de acción: nosotros encontramos la cooperativa en marcha. Se había construido como depósito una cabaña amplia, a la orilla del bosque. Allí, junto a algunas bolas de caucho y pieles de tapir, jaguar y caimán, que despedían un olor desagradable, levantamos los mosquiteros esa noche. A pocos pasos de esa cabaña, un sendero minúsculo desciende hacia un remanso del río. Nos precipitamos con tal entusiasmo hacia esa laguna, poco después de llegar, para bañarnos, que Juan Comas, el más decidido del grupo, se hundió en el fango hasta las rodillas y tuvo que permanecer descalzo toda la tarde y la noche, mientras sus zapatos se retorcían y oreaban en la tibia brisa selvática.
EL DESAMPARO ESCOLAR
Mientras cenábamos aquella noche —una cena admirable, preparada por Jeanne Grover y la señora Comas, a la que se agregó un pescado de nombre extraño que nos regalaron los indígenas—, se acercaron a hablar con Morote dos niños del pueblo, de unos catorce años. Ambos concluyen este año el ciclo de la escuela bilingüe, que dura tres y que equivale, creo, al segundo año de primaria. El Estado ha emprendido una obra valiosa con las escuelas bilingües. Pero en aquellos niños, tímidos y corteses, que nos preguntaban qué harían al año siguiente, se constataba el peligro de que aquella acción emprendida por el Estado vaya a resultar trunca. A través de las escuelas bilingües el Estado, durante tres años, pone a los niños indígenas en disponibilidad para conocer y aceptar la cultura occidental. Pero luego, estos niños, que han roto la limitada estructura cultural nativa y que se hallan preparados para recibir una formación intelectual intensa, se encuentran súbitamente en el desamparo. El Estado los abandona. No se puede exigirles que concurran a la Escuela Fiscal; ésta sólo existe en los distritos, separados de los centros indígenas por varios días de viaje en canoa, y no puede exigirles tampoco que la instrucción, útil pero ínfima, que han recibido baste para integrarlos definitivamente a la cultura. Por el contrario, el niño que ha sido adiestrado por la escuela bilingüe, que ha sido despojado de ciertos hábitos y otras ideas que no llega nunca a conocer, se convierte en un desadaptado. Su situación intermedia, su vacío, lo sume en la confusión y la infelicidad. Esta realidad es tanto más dramática, debido a que hay gente empeñada en impedir la educación del indígena, pues con ella vendrá, irremediablemente, la desaparición del sistema de explotación ominosa implantada por los patrones.
TUSHIA, BARBA AZUL DE LA SELVA
El patrón interesado fundamentalmente en que el abandono, la miseria del indígena, se perpetúen, combate por todos los medios a la escuela bilingüe. Este personaje de la selva utiliza para neutralizar la acción educacional del Estado el engaño y la violencia, como ya veremos. La primera referencia concreta que tuve acerca de algún patrón fue en Chicais. Allí se nos habló de uno de ellos, muy famoso, que parece extraído de una novela macabra. Se llama Tushia —es de origen japonés— y vive en el río Santiago, donde posee una isla. En esa región inaccesible, Tushia reina como un señor feudal. Tiene un harén para su uso, compuesto de numerosas mujeres —once nos dijeron—, la mayoría de las cuales han sido arrebatadas por sus matones a los pueblos aguarunas o huambisa. Una de estas mujeres (una niña de doce años) había huido de la isla y acababa de pasar por Chicais cuando nosotros estuvimos allí.
UNA ACTUACIÓN ESCOLAR
Al día siguiente, asistimos a una actuación escolar. Chicais tiene cuatro maestros indígenas, encargados de la instrucción de cuarenta niños cada uno. Es director de la escuela, desde hace cinco años, Daniel Dánduchu Pinchíram. Los niños, formados en el claro central del pueblo, entonaron primero el himno a la bandera; luego, desfilaron hacia una especie de anfiteatro, cubierto, situado en una esquina del claro. El número principal fue ejecutado por cuatro parejas de indígenas, que danzaron y cantaron piezas nativas. Los hombres llevaban en la frente una cinta con plumas de papagayo, rojas y amarillas y un collar blanco. Tenían el torso descubierto. Las mujeres, con los cabellos sueltos cayéndoles hasta los talones, al bailar, agitaban unos gruesos cinturones de conchas de caracol y los adornos atados en torno a los brazos y las piernas. Todos estaban descalzos y con el rostro, los brazos y los tobillos pintados con tintura roja y negra.
Los aguarunas cantan sus canciones, de acuerdo a su estado de ánimo, con su propio tono, y simultáneamente. Los que están alegres cantan piezas optimistas a voz en cuello; los que sufren, canciones melancólicas y tristes con voz temblorosa. Pero todos cantan a la vez, de modo que, en conjunto, lo que se escucha es una caótica mezcolanza de sonidos disímiles, una especie de concierto de música concreta.
HISTORIA DE UNA NIÑA AGUARUNA
Esther Chuwik es una niña de unos diez años. Es alta, frágil, de ojos claros y voz suave. Conversamos con ella después de la actuación escolar. Esta niña, como otras niñas de la selva, fue raptada tres años atrás. Sus raptores la llevaron primero a Chiclayo y luego a Lima, donde se la utilizaba como sirvienta. Efraín Morote Best, cuando era Coordinador del Ministerio de Educación en la selva, llegó un día a Chiclayo y el maestro de la escuela le mostró a una pareja de indios que lloraba. Eran los padres de Esther Chuwik. Morote siguió la pista de los raptores en la capital y consiguió rescatar a la niña y devolverla a su pueblo. Ahora es alumna de la escuela bilingüe de Chicais y su compañero de carpeta es su padre.
El rapto de niños es frecuente en la selva. Sólo en Chicais se han constatado veintinueve raptos. Los patrones, los ingenieros que hacen trabajos de exploración en el interior de la Amazonía, los oficiales de las guarniciones e incluso los misioneros suelen llevarse una niña para dedicarla a las labores domésticas. Algunos se llevan varias para regalarlas a sus amigos. Esto me hubiera parecido, si alguien me lo hubiera contado, demasiado monstruoso para creerlo, si no hubiera conocido a Esther Chuwik y si no hubiera tenido el testimonio directo de algunos indígenas, confirmado por Morote Best, cuya opinión, en este caso, tiene para mí valor definitivo.
UNA LUCHA DESIGUAL Y ADMIRABLE
Vale la pena explicar por qué Morote Best fue nombrado hace dos años Coordinador del Ministerio de Educación en la Selva. Debía controlar y ayudar a las escuelas indígenas del interior. Durante dos años, Morote, abandonando su trabajo en la Universidad del Cusco, recorrió prácticamente toda la Amazonía, en condiciones terriblemente penosas. Acompañado a veces por un indígena y a veces solo, remontó en una canoa los ríos amazónicos, durmiendo en la intemperie, donde lo sorprendiera la noche, en medio del bosque o en las playas, y alimentándose de lo que los indígenas le ofrecían. Morote no se limitó a proveer de materiales de trabajo a los maestros indígenas y a organizar escuelas, sino que estudió cuidadosamente las condiciones de vida de los pueblos selváticos, su sistema de trabajo, sus creencias, sus problemas. Estos datos recogidos por él aparecen en dos informes suyos al Ministerio, donde se consigna, objetivamente, la dramática situación del selvícola peruano y se proponen algunas medidas para aliviarla. Morote tiene concluido, además, un libro sobre su trabajo de dos años en la Amazonía.
La labor de Morote fue más allá aún. Así como en el caso de Esther Chuwik, intervino decididamente a favor de los indígenas cada vez que constató una injusticia o un atropello. Si en los pocos días que duró nuestro viaje vimos tanta injusticia y tanto dolor, es difícil imaginar todo lo que debió ver Morote en dos años. Pero más difícil aún resulta imaginar su lucha en defensa del indígena, que tiene enemigos innumerables y poderosos. Los ministerios de Educación y de Guerra, y las subprefecturas y prefecturas de la Selva fueron prácticamente inundadas, durante esos dos años, con los partes de Morote, denunciando raptos, robos, abuso de autoridad, boicots a las escuelas bilingües, etcétera. Otras veces se enfrentó personalmente con los autores de los atropellos, impidiendo, en la medida de sus fuerzas, que éstos se consumaran. No tiene nada de extraño que fuera amenazado de muerte. Incluso por escrito, Morote ha sido advertido que no debe acercarse a ciertas regiones porque será automáticamente eliminado.
Toda esta historia resulta demasiado espectacular, pero es cierta. Voy a permitirme contar un hecho del que fui testigo. Cuando estábamos en el pueblo aguaruna de Urakusa, llegó un indígena procedente de Santa María de Nieva. El hombre mostró gran sorpresa al ver a Morote. Más tarde supimos la razón. Las autoridades de ese pueblo, donde hace poco se perpetró un acto inquisitorial incalificable, para acentuar su poder y sembrar el temor entre los indígenas, acercan a éstos a un aparato de radio. Las canciones o chillidos de ciertos locutores de las emisoras de Lima suenan a los oídos del indígena, que no sabe español y que nunca ha oído esas canciones, como gemidos y gritos de auxilio. «Ves —les decían a los indígenas—. Ese hombre que está llorando ahí es Morote. Lo están golpeando por haberse metido con nosotros». Al encontrar a Morote en Urakusa el indígena creía hallarse frente a un resucitado.
Los indígenas de la selva han correspondido a la labor de Morote en forma amplia y generosa. Resultó conmovedor para nosotros ver la cordialidad y la alegría con que era recibido en los pueblos indígenas. Acudían a él sonrientes y, de inmediato, comenzaban a darle sus quejas y a referirle sus problemas, con optimismo visible. Morote, sin embargo, en este viaje, ya no era funcionario del Ministerio. Había renunciado al cargo, porque, parece, su trabajo no recibía el apoyo necesario de algunas autoridades. Cuando escribo estas páginas me entero que el doctor Jorge Basadre ha pedido a Morote que regrese nuevamente a la selva, como Coordinador. Al hacerlo, Basadre ejecuta uno de los actos más importantes de su gestión.
JUM DE URAKUSA, HOMBRE FLAGELADO
Al mediodía del lunes 18 de agosto abandonamos Chicais, en dirección a Urakusa. El avión no podía despegar desde las orillas del pueblo, porque el río tenía poco fondo, y tuvimos que remontarlo en canoa, durante unos veinte minutos. El maravilloso paisaje de las márgenes, adonde llegaba una vegetación bravía y enmarañada, no fue, por desdicha, suficientemente apreciado durante este viaje en canoa por Flores Aráoz y por mí, navegantes inexpertos, que tuvimos que hacer prodigios de equilibrio para evitar que la movediza embarcación zozobrara. A ratos, yo me serenaba observando los gestos extrañísimos que hacía Flores Aráoz con el balanceo de la canoa, pero el joven aguaruna que remaba parecía divertirse más observando mis propios gestos que los del director de Cultura Peruana.
En Urakusa conocimos la historia de Jum, alcalde del pueblo. Ocurrió en marzo de este año. Un cabo de la guarnición de Borja, llamado Roberto Delgado Campos, pidió a sus jefes en esa época licencia para ir a su tierra natal, Bagua. Con siete indígenas de Borja, el cabo emprendió la travesía hacia su pueblo. Cuando en Urakusa se supo que se aproximaba el grupo de los indígenas, como medida de precaución, abandonaron el pueblo y se internaron en el bosque. El cabo y sus hombres pernoctaron en esa comunidad solitaria aquella noche. Partieron al día siguiente. En las alforjas de los acompañantes de Delgado Campos partían, también, provisiones, caucho y otros objetos extraídos del pueblo. Cuando la gente de Urakusa regresó y comprobó que había sido robada, persiguió a los ladrones. Éstos fueron alcanzados días después, mientras dormían en el bosque. El cabo Delgado Campos y tres de sus hombres fueron llevados a Urakusa prisioneros. Al llegar al pueblo, los captores se encontraron con Jum, el alcalde, que acababa de regresar de un viaje de varios días por la selva. Éste, que hasta el momento estaba totalmente al margen de lo ocurrido, ordenó la libertad de Campos e incluso prestó a éste su canoa para que regresara a Bagua.
Unos días más tarde llegaba a Urakusa, procedente de Santa María de Nieva, una expedición, para tomar cuentas al pueblo de lo ocurrido. La formaban once hombres e iba precedida por el gobernador de Nieva, Julio Reátegui. Al llegar al pueblo, Jum se acercó a saludar al gobernador. Éste, como respuesta lo golpeó con su linterna, rompiéndole la cabeza. Junto con Jum, cinco indígenas varones, dos mujeres y varios niños fueron apresados. El resto del pueblo alcanzó a huir. Los seis prisioneros quedaron atados en una cabaña del pueblo, que yo conocí. Allí fueron azotados y golpeados a puntapiés por los soldados que acompañaban al gobernador. Las dos mujeres indígenas capturadas fueron violadas. Una de ellas, la mujer del indígena Tandim, que se encontraba amarrada con Jum y que había sido herida en el rostro, fue ultrajada ocho veces delante de Tandim y de sus hijos.
Aún no ha concluido la historia. Al día siguiente, Jum fue transportado, solo, a Santa María de Nieva. Allí se le colgó en la plaza, desnudo. Recibió azotes hasta perder el conocimiento. Macabramente, se le quemó las axilas con huevos calientes. A la tortura siguió la humillación: fue rapado. Los autores materiales de este acto demoníaco son: el teniente gobernador de Santa María de Nieva, Julio Reátegui; el juez de paz, Arévalo Benzas; el alcalde, Manuel Águila, y el teniente del Batallón de Ingenieros número cinco, Ernesto Bohórquez Rojas. Asistieron como espectadores y cómplices —pues no hicieron nada para impedirlo— la ex maestra del lugar, Alicia de Reátegui, y un misionero jesuita.
Después de tres días de torturas, Jum fue puesto en libertad y regresó a su pueblo. Las autoridades de Lima tienen, hace tiempo, conocimiento de los sucesos. Sin embargo, increíblemente, ninguno de los culpables de Nieva ha sido procesado, ni siquiera separado de su cargo.
El incidente con el cabo Campos no basta para explicar ese torrente de crueldad que cayó sobre Jum. La razón profunda del sadismo de las autoridades de Nieva parece haber sido el propósito de los aguarunas de organizar una cooperativa para escapar a la explotación de los patrones. Las autoridades de Nieva son «patrones» o intermediarios. Lo demás se explica solo.
MÉTODOS DE LA «CIVILIZACIÓN»
En Urakusa, pueblo trágico, conocimos también los métodos que utilizan algunas personas bien intencionadas para imponer la civilización. Las escuelas misionales no funcionan en las mismas tribus, sino en los centros misionales, que se hallan relativamente cercanos a las comunidades. La misión que controla el Alto Marañón es la de Santa María de Nieva. Allí hay una escuela católica. Aunque la distancia que la separa de las tribus aguarunas no es grande en kilómetros, el hecho de que el único medio de comunicación sea el río hace que el viaje demore cerca de dos días. Debido a ello la escuela no tiene muchos alumnos. Para subsanar esta escasez los misioneros salen, cada cierto tiempo, en busca de niños indígenas. La recolección de alumnos tiene a veces, según se me informó, caracteres de rapto. El recolector suele hacerse acompañar de soldados para neutralizar cualquier resistencia de los selvícolas a entregar a sus hijos. En Urakusa, algunos meses atrás, Morote Best, por ejemplo, consiguió rescatar a dos niñas separadas por este arbitrario sistema de su pueblo. He visto las fotos tomadas en aquella oportunidad por Morote: sobre una lancha se ve a dos monjas de rostro taciturno, rodeadas de soldados y, a su lado, niñas raptadas.
EN CAPIRONA, JUNTO A LA LAGUNA DE LAS BOAS GIGANTES
A unas dos horas de vuelo de Urakusa, se halla, junto al lago Capirona, el pueblo shapra de Tariri. El lago se une al río Morona por un «caño» delgadísimo, cubierto por los árboles, que al día siguiente nosotros atravesaríamos en canoa. El lago Capirona es muy grande, tranquilo, de espesas aguas verdosas y limitado por una vegetación violenta y uniforme. Como en Chicais, los habitantes del pueblo se acercaron al hidroavión cuando éste acuatizó. Al frente estaba el cacique Tariri, con botas, pantalón kaki, camisa azul y una cinta de colores vivos alrededor de la frente. Habitualmente Tariri va descalzo y con la especie de túnica que usan los indígenas, pero, nos explicaron, cada vez que siente el ruido de un avión que se aproxima, se pone botas y pantalones. Es un homenaje a los forasteros. Tariri acababa de regresar del puesto de policía que ha sido levantado por sus hombres en un punto intermedio entre Capirona y el territorio ocupado por la tribu shapra que comandan los descendientes de Shutka, enemigos de Tariri. El puesto servirá de control a esta enemistad que dura años y que ha originado muchas muertes en ambos pueblos. Tariri tiene, como recuerdo de ella, una herida de bala en el pecho.
A las orillas del lago Capirona estaba, también, Loretta Anderson, que vive en la tribu hace ocho años, con breves intervalos de dos o tres meses, que pasa en Yarinacocha. La señorita Anderson, unos quince días atrás, a la caída de la tarde, se hallaba en una canoa, paseando por el lago. Sorpresivamente sintió un ruido extraño junto a ella. Una boa había emergido su cabeza —«del tamaño de una cabeza de perro»— y parte de su escuálido cuerpo, al lado de la embarcación. Tariri, que se hallaba en la canoa, logró descargar su machete contra el animal, que huyó. De todos modos, Loretta Anderson recibió una mordedura en el brazo, no grave felizmente.
Hablando de boas, esa noche tuvimos una conversación escalofriante. En torno del fogón, escuchamos a Morote y a Tariri hablarnos acerca de la boa de los lagos y los ríos amazónicos, el animal más temido por los indígenas. Parece que la yacu-mama alcanza a veces cerca de veinte metros de largo. Una maestra indígena en una región vecina había desaparecido, atacada cuando se hallaba en una canoa por uno de estos animales. La boa no mastica a su presa: se la traga íntegra. Por ello, a veces, se encuentra en el intestino de la boa un lagarto o un caimán pequeño, intactos en apariencia, como si durmieran.
Esa misma noche, la conversación saltó de las boas a los reducidores de cabeza. Tariri es un hombre que no ha aprendido aún a mentir: con franqueza estremecedora, nos refirió, entre grandes escupitajos y en voz enérgica y alegre, que él fue experto «reducidor». Morote le preguntó cuántas cabezas había cortado. Caviló unos instantes. Luego dijo que no podía recordar pero que fueron muchas. Nos explicó, después, que un solo golpe de machete separaba la cabeza del tronco de sus víctimas. La cabeza era depositada en una vasija de agua que se hacía hervir, con un cocimiento de hierbas, durante horas. Cuando se había «ablandado» lo conveniente, se sepultaba entre piedras especiales que servían de prensas. Estas piedras eran renovadas varias veces, hasta que el «objeto» alcanzara las dimensiones que se quería. Las cabezas disminuidas eran colgadas en la puerta de su cabaña, de una liana.
Después de esta tonificante charla, nos fuimos a dormir. Esta vez no tuvimos a nuestra disposición una cabaña. Levantamos los mosquiteros sobre una plataforma descubierta, en el centro del pueblo. Durante la noche, el recuerdo de las boas gigantes y las cabezas diminutas, la presencia de un joven shapra armado de una carabina que vino a observarnos y los misteriosos ruidos de la selva causaron en algunos un inquieto desvelo; la tensión llegó al clímax cuando uno de nosotros confundió los estremecedores ronquidos de José Matos con los rugidos de una fiera próxima a atacar.
EL PERRO PRISIONERO
Tariri tiene en su pueblo dos prisioneros de la tribu de los shapras de Shutka. Ambos fueron sorprendidos por las cercanías de Capirona, y ahora sirven de rehenes. Extrañamente, los hombres se encuentran absolutamente libres de vigilancia. Andan sueltos y conversan con la gente de Tariri. En cambio, el perro de uno de los presos ha sido encarcelado en una jaula levantada en la puerta de la cabaña del cacique. Sus lúgubres aullidos fueron una permanente música de fondo mientras permanecimos en el pueblo.
El pueblo de Capirona está siempre alerta. La antigua enemistad que tiene con los hombres de Shutka motiva que los hombres y mujeres del pueblo de Tariri crean que en cualquier momento se producirá una invasión. A diferencia de los aguarunas, los shapras dan de inmediato la impresión de un pueblo guerrero. Las innumerables luchas en que han intervenido los han hecho así. Nueve hombres de Tariri estaban armados y no abandonaron ni por un momento su escopeta. Sin embargo, se mostraron con nosotros muy cordiales. Los shapras se maquillan y adornan más recargadamente que los aguarunas. Hombres, mujeres y niños tenían el rostro, los brazos y las piernas surcados de líneas rojas, negras y azules; algunos llevaban las orejas atravesadas por unas cañas huecas y con dibujos geométricos en los extremos, trazados muy minuciosamente.
Tres de estos hombres nos llevaron en canoa hasta el río Morona, a través del caño que sale del lago Capirona. Fue la última experiencia importante del viaje, y quizá la más hermosa. El canal que une a la laguna con el río se va adelgazando a medida que penetra en la maleza hasta convertirse en un pequeño conducto cuyas márgenes se pueden tocar desde la canoa, estirando los brazos. Sobre él cae la inmensa, la indescriptible vegetación amazónica: una bóveda verde llena de ruidos misteriosos, mariposas de colores inverosímiles, hormigas del largo de un cigarrillo, troncos atroces, lianas, insectos y una sombra eterna: el sol no es suficientemente poderoso para cruzar esa maraña.
1958
Mi pariente de Arequipa
Pienso en una muchacha: la hija menor de la tatarabuela de mi bisabuela.
Había nacido en una casa de sillar, balcones y puertas con clavos, en la calle Real, por la que entonces corría una acequia que llevaba al río Chilí las basuras de las casas y gentes de Arequipa. Ya hacía tiempo que ese centenar de españoles que volvían de la guerra fundaran la ciudad y ya para entonces habían visto la luz en ella muchos curas, abogados, revueltas y conspiraciones; ya era una ciudad de rectas calles de adoquines, plazas íntimas, casonas gallardas, portales e innumerables iglesias. Ya la llamaban «blanca» por haber sido erigida con sillar, ese fuego de sus tres volcanes que se convierte en una piedra dócil donde están atrapados todos los matices del blanco. Ya era Arequipa, entonces, la ciudad bella, piadosa y revoltosa que sería.
Había crecido entre los mimos de un enjambre de mujeres —la madre, las abuelas, las tías, las vecinas, las esclavas— y su recuerdo más vivo de los años en que apenas sabía hablar era el viaje de la familia, en los veranos, a lomo de mula —la de su madre, la de sus hermanas y la de ella llevaban parasol—, a una finca de Camaná. Había sido una criatura feliz: una cara redonda, unos ojos curiosos flotando entre baberos, blusas y polcos con pompones de lana (que ella se tragó aquella vez de la indigestión y las fiebres y de la sangría que le hicieron las manos diestras de don Juan Gonzalo de Somocurcio y Ureta, galeno, poeta y orador). Había sido una niña traviesa, vivaz: saltaba, gritaba, corría, se escabullía perseguida por Loreta y Dominga, quienes, los días feriados, la llevaban después de misa de once a ver a los cómicos de la plaza de San Juan de Dios.
Ya sabía las oraciones, las reverencias a los mayores y dar órdenes a la gente inferior, pero aún no había aprendido a leer ni escribir cuando un día, después de una fiesta familiar con masitas, suspiros, bizcochos, peditos de monja y chocolate con vainilla, la llevaron donde las madres, a desposarse con el Señor. Diez sirvientes cargaron su ajuar por las calles curiosas: las vecinas la salían a mirar, le hacían adiós, derramaban una lágrima. En la puerta del monasterio de Santa Catalina una nube de domésticas acarreó los arcones hasta la casita construida especialmente para ella, donde, a partir de ese día, moraría siempre.
Con ella se quedaron en Santa Catalina sus dos esclavas Loreta y Dominga, y la hijita de la cocinera María Locumba, la costeña, para que fuera su compañera de juegos durante la primera etapa del noviciado (o sea: mientras seguía niña).
Nunca más salió de Santa Catalina, entre esas gordas paredes pasó los años que le faltaba vivir. Tenía doce el día que entró, murió tres antes de cumplir noventa.
Fue una monjita ejemplar: piadosa, trabajadora, dulce, servicial. Cuando el terremoto, una cornisa del patio de los naranjos cayó sobre ella y le rompió la pierna. Desde entonces, cojeó. Cuando la guerra llenó de heridos la ciudad, y las monjas y sus servidoras pasaron tres días refugiadas en el refectorio y los sótanos, oliendo a pólvora y a una chamusquina de infierno —en el cielo se divisaban las lenguas rojas de los incendios— y oyendo los ayes y los juramentos de las víctimas —algunas venían a tocar las puertas del convento pidiendo socorro o comida—, ella fue la de temple más recio. Alentaba a las ancianas, confortaba a las llorosas y volvía a la razón a las asustadas que chillaban: «Entrarán y nos matarán, ay de nosotras». Fue la que se opuso con más ardor a la sugerencia del obispo de que las religiosas evacuaran el monasterio hasta que terminara la contienda.
Estos dos hechos históricos —el terremoto y la guerra— constituyeron toda su vida civil. Lo demás de esos setenta y cinco años de encierro fue rezar, bordar, oír misa, confesarse, hacer delantales para los pobres y pastitas y niños jesuses para los ricos, y, naturalmente, alimentarse y dormir (ambas cosas muy avaramente). Los primeros diez años en el monasterio recibió visitas de la familia. Una vez cada dos meses, una hora cada vez, hablaba con su madre y sus hermanas detrás de las rejas del locutorio y ellas le daban noticia de las muertes y los nacimientos en la familia, siempre incontables. Pero desde que su madre murió —cuánto lamentó no haber podido acompañarla en su entierro, cuánto rezó para que Dios la tuviera con él— sus hermanas espaciaron las visitas a sólo dos veces por año, luego a una y después no vinieron más. Para entonces ya se había muerto Loreta. Dominga duró bastante más, pero nunca se acostumbró al encierro y los últimos años de su vida los pasó muda. La hijita de María Locumba, pobre infeliz, se escapó cuando andaba por los veinte años. Una madre aseguraba que la había visto saltar el muro de la huerta al anochecer. Otra —pero era un poco turbada del espíritu—, que Satanás se la había llevado por el desagüe de los lavaderos, convertida en rana.
Quedarse sin nadie más que la sirviera no le importó. Como a otras flagelarse o dormir con cilicio por amor a Dios, a ella le gustaba trabajar, usar las manos, hacer fuerza, transpirar. Perder el aliento la eximía de pensar, de imaginar mundanidades, de recordar.
Murió a los catorce días de no poderse incorporar, por unos dolores de cuchillo en el pecho y en el bajo vientre que la despertaron a medianoche rugiendo. La madre superiora hizo que una novicia de manos de alabastro y ojos de carbón la acompañara día y noche, le diera el caldo a la boca y le limpiara la caca. Estuvo lúcida hasta el final y recibió la extremaunción riendo.
El mismo día que murió vino, según la costumbre de Santa Catalina, el pintor a hacer su retrato. Pero no se esmeró, porque el cuerpo ya olía y él, visiblemente, quería acabar cuanto antes. Todavía está ahí su imagen, colgada en la pared de la casita más meridional del monasterio de Santa Catalina, esa ciudad que hay en Arequipa, mi ciudad. Sí, ese esqueleto con hábitos, de ojos ciegos, boca sin labios, indeseable nariz y dedos de agorera, es mi querida pariente, la hija menor de la tatarabuela de mi bisabuela. Vez que visito Santa Catalina, como el cementerio es todavía de clausura, echo flores por encima de la tapia con la ilusión de que caigan cerca de la tierra que alimentaron sus gusanos.
Lima, enero de 1981
El último mangache
Todo el mundo sabe cuándo nació Piura, la primera ciudad española de América del Sur, esa ciudad que Néstor S. Martós, mi viejo profesor de historia del Colegio San Miguel, llamaba la «ciudad volante», pues anduvo mudándose de Tangarará a Paita, de Paita a Pirúa y de Pirúa al Chilcal, su emplazamiento definitivo. Pero ¿qué historiador sabe cuándo nació La Mangachería?
Ocurre que el verdadero asiento de La Mangachería no es la historia sino la leyenda. Las fechas precisas, los datos concretos, los documentos verificables no congenian con la naturaleza escurridiza, con la turbulencia y la alegría viscerales de este barrio que, para mí, es como el alma de Piura. A él se llega y se lo conoce mejor con la fantasía que a través de la investigación científica.
Don Félix Floriano Ramos, por lo pronto, no sabe cuándo nació La Mangachería. Va a cumplir pronto ochenta años y los ha pasado aquí, desde el primero hasta el último. «Estuvo aquí siempre», me asegura. Es una teoría más, la de la eternidad e intemporalidad del barrio, que no tengo por qué discutir. Pero prefiero otra, acaso más fantástica que la anterior: que durante la Colonia, un puñado de negros malgaches cimarrones dieron vida y nombre a La Mangachería. Amurallados en este rincón del arenal, a la vera de la trocha a Sullana, habrían defendido su libertad a sangre y fuego y convertido el lugar en un refugio de fugitivos y escorias que imprimieron al barrio, desde un comienzo, esa personalidad díscola, ruidosa, multicolor, delictuosa y pecaminosa que aún era la suya cuando yo lo conocí, allá por 1945.
Don Félix Floriano Ramos se acuerda muy bien de esa época. «Los mangaches siempre fueron buenos para la trompada o para la guitarra, y a veces para las dos cosas». Él es prueba viviente de este axioma. Tiene los diez dedos de las manos retorcidos como las raíces de un tamarindo y me asegura, con esa formidable aptitud para la patraña de todo mangache que se respete, que se le pusieron así «de tanto tocar la guitarra». Todavía puede hacerlo, con esos garfios carnosos en que terminan sus brazos. Le pido que me lo demuestre e, inmediatamente, toca y canta tres canciones: un vals y dos tonderos.
Su voz tiene estrías y a ratos se pierde, pero luego resucita, siempre entonada. La media docena de cabritas que nos rodean siguen comiendo mientras don Félix canta y, en la calle, un chanchito gruñe con vulgaridad. El chanchito es ajeno pero las cabras son de don Félix. Dice que cada día camina cinco kilómetros por el arenal, llevando su rebaño a alimentarse, o —lo que es más bravo— trayéndole un costal de frutos secos de algarrobo que recoge allá por el rumbo de Castilla. En sus idas y venidas atraviesa dos veces La Mangachería, de principio a fin.
¿Se da cuenta, don Félix, en esos recorridos junto a su escuálido rebaño, que él y sus cabras son ya una excentricidad y casi una provocación en el barrio? Estoy seguro que los mangaches de ahora miran a este vecino sin camisa y sin zapatos, de oscura piel apergaminada, uñas negras y mugriento pantalón, como a un intruso venido desde el fondo del tiempo a recordarles unos ancestros que quisieran borrar de la memoria piurana. Porque La Mangachería se ha adecentado. Sus calles ya no son de arena sino de asfalto y piedra. Las cabañitas de barro y cañabrava han cedido el lugar a casas de ladrillos, cemento y calamina, de uno o dos pisos, y hasta varios edificios se yerguen, prepotentes, sobre los techos del barrio. Y en cuanto a los mangaches, ahora andan todos con zapatos, bien trajeados, ¡y entre automóviles! Los rarísimos «piajenos» (burritos) que todavía transitan por estas calles irreconocibles parecen aturdidos y acomplejados.
La vivienda de don Félix Floriano Ramos, en cambio, es, como él, una reminiscencia de los viejos tiempos: tabiques de cañas, maderas, latas, tierra apisonada y un corralito cercado de alambres, al pie de un frondoso algarrobo. Las cosas han cambiado tanto que para encontrar esta jarra de «clarito» que ahora compartimos ha habido que dar una buena caminata, hasta la única casa que todavía produce chicha en la vecindad. Porque hasta las chicherías mangaches han desaparecido. Le cuento a don Félix cómo me impresionó, en 1945, ese bosque de pendones blancos y rojos que flameaban en las viviendas mangaches, ofreciendo chicha. Entonces, de cada cinco, una era sitio para oír música, comer y beber. El más pobre y popular de los barrios piuranos era también el más alegre. Aquí habían nacido los mejores tocadores de guitarra, cajón, arpa y quijada de la ciudad y aquí venían todos los piuranos, blancos y cholos, pobres y ricos, a rematar sus fiestas y a cortar sus borracheras. Aquí —y no en Morropón ni en Catacaos, como pontifican los expertos— era donde se bailaba con más pimienta y sal el tondero norteño.
Ése era un perfil de La Mangachería: el jaranista. El otro era el violento. Las trompeaderas, los desafíos, las cuchilladas. En la cabeza de don Félix se mezclan ambos, como ocurría en la realidad. Me cuenta algunos episodios memorables, que él vivió, y que yo estoy seguro de haber oído contar de niño. Por ejemplo, la paliza que recibió un subprefecto, al que los mangaches despellejaron rociándolo con agua hirviente, y algunas hazañas de esa pareja de hermanas, apodadas «las Chivillas», «urracas» acérrimas que encabezaban —cuchillo y garrote en mano— todas las manifestaciones y asonadas de la Unión Revolucionaria en la ciudad, en los años treinta y cuarenta.
Porque entonces La Mangachería era «urraca» hasta los tuétanos y hasta el último de los mangaches. Don Félix Floriano Ramos también, por supuesto. Escarbando en un cajón de cachivaches rescata y me muestra, orgulloso, su carnet de la Unión Revolucionaria —año 1933—, con la foto del general Sánchez Cerro y la firma del doctor Luis A. Flores. Yo le cuento que mi abuelo, prefecto de Piura entonces, temblaba cada vez que venían a Piura Luciano Castillo o Haya de la Torre y los socialistas y apristas preparaban mítines para recibirlos. «Ahora saldrán los mangaches en contramanifestación y habrá lío». Siempre salían a dar guerra a los apristas y socialistas y siempre había lío.
¿Por qué seguían siendo «urracos» los mangaches, don Félix, cuando la Unión Revolucionaria ya no existía en ninguna otra parte del Perú y el propio general Sánchez Cerro era cadáver hacía quince años? Sé lo que me va a contestar, pero se lo pregunto porque quiero oírlo: «Porque el general Sánchez Cerro era mangache, pues». Otro mito, firmemente arraigado en este barrio mítico. Pero también en esto el tiempo cambió a La Mangachería. A un grupo de «churres» (niños) que encontré en una esquina y con los que estuve charlando, les pregunté y ninguno de ellos sabía que alguna vez hubo un partido de ese nombre, y Sánchez Cerro era algo que les sonaba lejísimos, como Manco Cápac o Bolívar.
¿Es mejor o peor que antes La Mangachería de ahora, don Félix? Sin vacilar me asegura que es mejor ahora. Tiene razón, por supuesto. Sólo un imbécil negaría una evidencia tan flagrante. ¿Cómo se puede comparar esa extinta barriada polvorienta, de cholos pendencieros, con este próspero barrio impersonal de clase media en el que estamos? Sin embargo, mi querido don Félix, esa Mangachería que desapareció y es ahora fantasma vive aún. Usted la representa y cuando usted desaparezca ella seguirá sobreviviendo, contra toda realidad, en mi memoria y mi nostalgia.
Piura, marzo de 1981
Una visita a Lurigancho
Los presos del pabellón número 2 de la cárcel de Lima me invitaron a la inauguración de una biblioteca, a la que alguien tuvo la idea de bautizar con mi nombre, y decidí asistir, movido, supongo, por la curiosidad de comprobar si eran ciertas las cosas que había oído sobre Lurigancho. Sí, lo son, y tan deprimentes que me cuesta trabajo resumir con objetividad mis recuerdos de esa mañana.
Para llegar a Lurigancho hay que pasar frente a la plaza de toros, atravesar Zárate y después pobres barriadas y, por fin, muladares donde se revuelcan y alimentan los chanchos y donde la pista pierde el asfalto y se llena de agujeros. En la húmeda mañana, entonces, medio borrados por la neblina, aparecen los pabellones de cemento, incoloros como los arenales del contorno. Incluso a esa distancia se advierte que las innumerables ventanitas han perdido todos los vidrios, si alguna vez los tuvieron, y que la animación que se percibe en los cuadraditos simétricos son caras, ojos, atisbando el exterior.
Concebidos para un millar y medio de personas, esos locales albergan ahora cerca de siete mil. ¿Qué instalaciones pueden funcionar con semejante sobrecarga? Ese hacinamiento, que desindividualiza a los reos y los torna una masa constreñida y asfixiada —sin espacio, sin servicios, sin trabajo, sin actividades—, explica buena parte de los problemas de la cárcel y está, con el alcoholismo y la drogadicción, en la raíz de esa violencia que estalla periódicamente en refriegas y crímenes entre los propios reclusos. De mi ya remota experiencia de un internado (que, en comparación con Lurigancho, era, claro está, un paraíso) saqué una certidumbre que hasta hoy ninguna experiencia ha podido corregir: el resultado de cualquier sistema en el que los hombres son tratados como animales es que aquéllos terminan fatalmente por conducirse como tales.
Aunque quizá sea injusto decir que los reos de la cárcel de Lima viven como animales: éstos tienen, por lo común, más espacio para moverse y las perreras, pollerías, palomares, establos y aun chiqueros que recuerdo eran más higiénicos y menos inhumanos que los pabellones de Lurigancho.
No acuso a nadie en particular y menos que a nadie al actual director, a quien, por lo que vi, los reclusos tratan con deferencia, ni a los médicos y otros funcionarios de la administración de la cárcel cuya tarea, penosísima, dificilísima, está lejos de ser envidiable. El mal, obviamente, viene de atrás y de todo un contexto económico y social del que los casos de ineptitud, incuria y corrupción de ciertos funcionarios son apenas un aspecto. Lo evidente, en todo caso, es que la cárcel nunca será saneada mientras la ateste una población cinco veces más numerosa de la que cabe realmente en el establecimiento y que, por lo mismo, ha convertido a éste en algo tan invivible como inmanejable.
Todas las personas con las que hablé me aseguraron que cuando menos una tercera parte de los reclusos que están allí han cumplido ya su condena, hace meses o años, y esperan una libertad que nunca llega. ¿Y por qué no llega? Por la atrofia del Poder Judicial, sobrecargado, también, como el penal de presos, de expedientes, de un papelerío que la burocracia no alcanza a dar curso. Como es natural, son los reos que pueden costearse un abogado, ejercitar alguna influencia o pagar una coima los que primero salen. Los otros languidecen, en la desesperación o la rabia, a la espera del golpe de suerte que venga a liberarlos. ¿Es de extrañar que se acuchillen, a veces, por el pretexto más nimio?
Los pabellones están alineados en dos hileras, los impares adelante, los pares atrás. Estos últimos son de presos reincidentes o autores de delitos mayores, en tanto que ocupan los impares los que cumplen condena por primera vez. Entre los pabellones corre el llamado Jirón de la Unión, un pasadizo al que antes se podía acceder desde aquéllos, pero esas entradas fueron tapiadas porque, al parecer, en ese corredor se producían los choques más sangrientos entre las bandas e individuos rivales del penal. La índole del delito no es el único factor que determina la ubicación del reo; también, el lugar de procedencia, pues se ha comprobado que la convivencia es menos difícil entre los vecinos de un mismo barrio. En el pabellón número 2 la mayoría de los reclusos viene de El Agustino.
Para llegar hasta allí circundamos los pabellones impares y tuvimos que franquear dos alambradas. Los guardias no entran a este sector (salvo en las emergencias) ni nadie que tenga un arma de fuego; unos celadores con bastones se encargan de la vigilancia. Desde que cruzamos la primera reja, una pequeña multitud nos rodeó, gesticulando. Se dirigían al director, hablaban a la vez, exponían «su caso», protestaban por algo, pedían diligencias. Algunos se expresaban con coherencias y otros no. Más que violentos, se les notaba desasosegados, impacientes, aturdidos. Mientras avanzábamos, teníamos, a nuestra izquierda, la explicación de la sólida hediondez y de las nubes de moscas que nos acosaban: un basural de por lo menos un metro de altura en el que deben haberse ido acumulando los desperdicios de la cárcel a lo largo de meses y años. Un reo semidesnudo dormía a pierna suelta entre la inmundicia. Me indicaron que era uno de los locos del penal, a los que se acostumbra distribuir en los pabellones de menos peligrosidad, los impares.
Separado de los otros, asimétrico, en una esquina del penal, se halla el pabellón de los homosexuales. Está tapiado, como medida de protección, y se ha erigido además un muro en la parte trasera de los pabellones vecinos. Pero esta última barrera es más nominal que efectiva, pues, mientras pasábamos, vimos descolgarse por ella a varios reos para venir al encuentro del director, el que era solicitado, también, a voz en cuello, por las caras aplastadas detrás de los barrotes de aquel pabellón especial. Se ha escrito ya todo sobre lo que significa el mundo carcelario en el dominio sexual: las violaciones, el bestialismo, la vertiginosa degradación a que puede precipitar al ser humano. Y ciertamente que es mucho más difícil pedir un control de sus instintos y formas elevadas de conducta a quienes se tiene viviendo en promiscuidad, en socavones en los que ha desaparecido todo rastro de servicios higiénicos y donde la posesión de un espacio para tenderse a dormir, entre excrementos, bichos y desperdicios, es una lucha cotidiana. Entre los hombres que nos rodearon, hablando en tropel, había dos, borrachos perdidos, que desvariaban. Cuando llegamos al pabellón número 2 habían pasado apenas unos minutos y, sin embargo, tenía la impresión de haber hecho un largo viaje por el infortunio humano.
Una doble fila de reos flanqueaban las gradas desportilladas del local. La biblioteca que íbamos a inaugurar estaba casi a la entrada, en un recinto de techo bajo, oscuro —la luz se hallaba cortada—, frío y húmedo, con unos ventanales altos por los que entraba un canto, el rumor de una disputa, y la pestilencia del muladar. Sentí una extraña sensación al ver escrito mi nombre y pintada mi cara en una pared, sobre el estante, un cajón pintado, en el que se alineaban, pobres y maltratados, como la humanidad apretada en torno a nosotros, el puñado de libros que componían la biblioteca. Juraría que no llegaban a veinte. En otra esquina de la habitación había un botiquín de primeros auxilios, igualmente modesto, y creado también por iniciativa de los presos.
De la ceremonia que siguió conservo, sobre todo, más elocuentes que las palabras de los reos que hablaron, las expresiones de quienes escuchaban: impaciencia o resignación, rabia contenida o una lúgubre indolencia en la que parecía empozarse algo más amenazador todavía que la cólera. En media ceremonia se presentó un recluso del pabellón número 8. Quería hacer una denuncia y traía el discurso aprendido de memoria. Lo recitó con una vehemencia que caldeó la atmósfera. Dos o tres días antes habrían entrado los guardias a su pabellón, disparando a diestra y siniestra, y el resultado serían dos muertos y varios heridos. Exigía una investigación o, caso contrario, él y todos sus compañeros iniciarían una huelga de hambre. Emulado por su ejemplo, otro orador denunció abusos, habló de malos tratos y de los tráficos y corrupción que cometerían ciertos funcionarios. Pero, a la vez, tanto él como los otros oradores exoneraban de sus protestas al director, a quien le reconocían buena voluntad y empeño para mejorar las condiciones de vida en el penal. Cuando éste les habló, felicitándolos por haber creado esta biblioteca y este botiquín, exhortándolos a no emborracharse ni drogarse y a evitar las peleas, el clima volvió a distenderse. El acto pudo acabar, con un vaso de chicha de yuca fermentada, fuertísima, fabricada para la ocasión.
Cuando desandábamos el camino hacia la entrada, a través de alambradas y pabellones, asediados como a la ida por figuras en distinto grado de excitación, y volvíamos a divisar al loco semidesnudo tumbado en el basural, pensé en lo que hubiera debido decirles a los inquilinos del pabellón número 2, cuando me tocó hablar. Había sido torpe y fuera de lugar referirme a Cervantes, a Dostoievski y a otros escritores que pasaron por la experiencia de la cárcel y sacaron de ella libros que el mundo admira, porque lo que hubiera debido decirles es que, sean cuales fueran los delitos que los han llevado a Lurigancho —y desde luego que no me hago ilusiones al respecto y me imagino muy bien el caudal de latrocinios y violencias que representa ese lugar—, ninguna sociedad tiene derecho a tratar a sus reos como bestias y a hacerlos vivir en la abyección y esperar que cuando se reincorporen a la calle sean seres respetuosos de la ley y del prójimo. Hubiera debido, también, decirles que lo que, en verdad, quería agradecerles, no era la ocurrencia de poner mi nombre a su biblioteca, sino haberme permitido, con ese motivo, comprobar, una vez más, hasta qué punto es triste y horrible nuestro subdesarrollo y lo insensatos que somos para no darnos cuenta que, a menos de reformarla y humanizarla, esa ignominia que es Lurigancho nos será devuelta con creces en inseguridad y toda clase de crímenes.
Lima, 19 de agosto de 1981
El valle de las maravillas
A las vicuñas habría que verlas siempre como se las ve, a cuatro mil metros de altura, detrás de los volcanes que custodian a Arequipa, en la Reserva Nacional de Aguada Blanca. Los animales en libertad, en su ámbito natural, son más auténticos que detrás de las rejas de los zoológicos, más bellos que inmovilizados en las fotografías. Ágiles, sedosas, delicadas, en la Pampa de Cañahuas las vicuñas parecen desembarazarse de su timidez proverbial. Sus grandes ojos inteligentes observan con altivez al visitante que interrumpe sus paseos o su yantar y sólo se alejan —despacio, con elegancia, sin miedo— si éste les acerca demasiado la cámara. Merodean entre las hierbas en grupos de cinco o seis —un macho y su grácil harén— o, en vastas manadas, se las ve —color de miel— bebiendo en unas lagunitas azules, en amigable compañía con patos salvajes, gaviotas andinas y hasta inesperados flamencos. Son cerca de tres mil y están dichosas. Cuatro volcanes —el Misti, el Chachani, el Pichu Pichu y el Ubinas— forman el lindero occidental de su dominio. El oriental, un abismo vertiginoso en cuyo fondo discurre un río. Sus aguas mojan un rincón del país lleno de maravillas: el valle del Colca.
Los que vivimos sumidos en la fealdad de Lima nos olvidamos a veces de las cosas hermosas del Perú. Una de ellas es este valle del sur, al noroeste de Arequipa, al que se llega después de arañar las cumbres de los Andes y recorrer de punta a punta la meseta de las vicuñas. Toda la historia del hombre peruano está resumida en estos cien kilómetros de paisaje sobrecogedor que, hasta hace apenas ocho años, permanecía incomunicado con el resto del territorio. La irrigación que, a través de decenas de kilómetros de túneles, lleva las aguas del Colca al otro lado de estas montañas, a la pampa de Majes, hizo que se abriera un camino y que ahora se pueda venir en auto a este lugar adonde antes sólo se llegaba en mula o a pie. Pero el turismo es todavía escaso y el hombre moderno no ha tenido los años necesarios para depredar el valle. Sólo el tiempo lo ha hecho, aunque, por fortuna, moderadamente.
Antes de bajar al valle, entre unas formaciones de arcilla sorprendentes, que, a la distancia, semejan templos tibetanos o castillos de la Edad Media, los más remotos habitantes de estas tierras dejaron huellas de su paso, en las paredes de unas grutas. El clima seco ha conservado las siluetas rojizas de esas figurillas prehistóricas, de miles de años de antigüedad, que el hombre primitivo pintó o grabó aquí, igual que en Europa o en Oceanía, con el trazo rudimentario y casi abstracto del arte infantil. Se distinguen escenas de caza, zorros, aves, astros, llamas: imágenes elementales, sin rasgos ni movimiento, que parecen emerger misteriosamente de las profundidades de la roca, como en la pintura de Dubuffet.
Todo el valle está sembrado de restos arqueológicos collaguas e incas. Estos últimos, aparentemente, sojuzgaron la región sólo por corto tiempo. Una leyenda dice que el Inca Mayta Cápac se prendó de una muchacha del lugar y que se la llevó al Cusco y la desposó. La más impresionante de estas ruinas se halla en un lugar innominado, equidistante de Yanque y Achoma, desde el que se avista un amplio territorio. Los muros, caminos, construcciones escalan la montaña y se propagan a derecha e izquierda en lo que debió de ser una formidable ciudadela. Quienes vivieron aquí, hace siglos, fueron numerosos y desde este nido de águilas controlaban el valle. Las paredes de sus viviendas, adoratorios y depósitos son altas, de piedras bastas, a las que ha protegido del deterioro un enlucido de barro. Mauricio de Romaña, un enamorado de esta región, a la que explora y publicita desde hace años, me asegura que los arqueólogos sólo han comenzado a estudiar estas ruinas en los últimos tiempos y que todavía no están catalogadas ni defendidas por una ley. En todo caso, a juzgar por estas piedras majestuosas, los collaguas alcanzaron un alto grado de civilización y fueron arquitectos tan adelantados como los incas.
Fueron, también, industriosos y prósperos. Buena parte del paisaje, a lo largo del valle, fue creado gracias a su diligencia e imaginación. Ni en el Cusco ni en ninguna otra zona de los Andes he visto unas andenerías que suban y bajen los cerros con semejante desprecio de la ley de gravedad. En algunos puntos es como si la montaña entera, por una suerte de milagro geológico, se hubiera contorsionado y encogido para que las aguas del río y de los delgados arroyos en que deshielan sus cumbres fertilicen todos sus recovecos, de la cabeza a los pies. Poco han cambiado estas gradientes, en las que se suceden todas las tonalidades del verde, en severo contraste con el ocre y el gris de las partes altas de la cordillera y con las crestas blancas de los nevados, desde que los antiguos peruanos las construyeron, afirmándolas con muros que han resistido la embestida de los siglos, hasta ahora, en que el campesino sigue roturando la tierra con la «taclla» (el arado de pie tradicional), sembrando los mismos productos y usando a la llama como bestia de carga. Pero, sin duda, la pobreza de las poblaciones es ahora mayor que la de entonces. Cuando uno contempla estos andenes llega casi a creer lo que aseguran los historiadores: que el antiguo Perú dio de comer a todos sus habitantes, hazaña que no ha sido capaz de repetir ningún régimen posterior.
Los españoles ocuparon el valle en 1540, año en que Gonzalo Pizarro estableció el Corregimiento Collaguas. Pero fue el virrey Toledo quien, al disponer que la dispersa población campesina se concentrara en reducciones, dio a la región el perfil urbano que ha mantenido hasta nuestros días. Catorce pueblos surgieron a consecuencia de las ordenanzas. Están allí, poco menos que intactos, aunque algunas horribles calaminas han reemplazado los techos de paja ancestrales en las viviendas de las familias más prósperas (aunque hablar de prosperidad, aquí, resulta siempre un poco obsceno).
El aislamiento casi total en que estos catorce pueblos vivieron desde la Colonia hasta que comenzaron los trabajos de la irrigación de Majes les ha preservado la apariencia original. Allí están su plaza mayor, sus calles trazadas a cordel, sus iglesias de altas torres que se divisan desde lejos. Y, allí, sus nombres eufónicos y señoriales: Cabanaconde, Pinchollo, Maca, Chivay, Achoma, Yanque, Tuti. Aunque algunas tienen revoque de cal, la mayoría de las iglesias lucen desnudas las piedras de su fábrica: el sol las dora a mediodía y las enrojece en las tardes; sus campanarios son todavía el vértice de la localidad, la altura desde la cual se avizoran los campos. Me dicen que han sido menos saqueadas que las iglesias de los caseríos cusqueños, puneños o ayacuchanos; que sus retablos, altares, púlpitos, frescos y cuadros del XVII y del XVIII todavía están allí. Yo sólo pude visitar el interior de la iglesita de Maca, la que, en efecto, tiene un sugestivo altar y unos óleos interesantes.
El secreto de la conservación de estos interiores son, probablemente, sus sacristanes, hombres feroces e incorruptibles que no dejan franquear sus puertas sino a los vecinos y conocidos. El párroco de Cabanoconde me negó la entrada con el argumento de que para visitar la iglesia era necesario —ni más ni menos que para meter la nariz en un convento de clausura— un permiso escrito del arzobispo. Cuando intenté discutir, me advirtió francamente que a su iglesia no entraba ningún forastero porque había mucho ladrón suelto. El sacristán de Yanque, en cambio, más astuto e irrefutable, me despachó así: «No abro nunca la iglesia cuando estoy borracho». (Lo estaba).
Los pueblos parecen estar muy cerca uno del otro pero no es verdad. Es un espejismo, causado por la pureza de la atmósfera, que acorta las distancias y da relieve y nitidez a los hombres y a las cosas, una sensación que al venido de la costa, de neblinas que afantasman el paisaje, le resulta mágica. La naturaleza es una presencia continua, más cierta y más próxima. Entre pueblo y pueblo, cruzan la trocha vizcachas, perdices, algún venado, y entre los eucaliptos parlotean bandadas de loros.
A medida que va bajando, el valle se estrecha hasta convertirse, a los tres mil metros de altura, en el Cañón del Colca. Es el plato fuerte de la excursión, su momento dramático. Desde un pequeño roquedal, abierto al vacío, se ve, mil metros abajo, precipitarse al río, encabritado por los obstáculos, entre una doble pared de rocas, al encuentro del río Majes, con el que irá a desaparecer en los arenales costeños. El espectáculo es, en verdad, imponente. Y, para que no falte nada, sobre el rugiente despeñadero surca los cielos un cóndor —mancha negra bajo el sol luciente— que busca cadáveres.
Otra maravilla del Colca es la Madre Antonia. Vive con otras dos gringuitas como ella —la Madre Mariella, la Madre Rosemarie— en lo que fue la sacristía de la iglesia de Yanque, unos aposentos de piedras glaciales a los que las tres monjitas Maryknoll calientan con su simpatía y buen humor. La Madre Mariella es médico y las otras dos hacen las veces de enfermeras; también, de profesoras y asistentas sociales. Pero, en verdad, son unas campesinas que viven de lo que pueden producir en el topo de tierra que tienen, contiguo a la iglesia. Basta verles las manos y los pies para darse cuenta lo rudo que es trabajar la tierra en las condiciones que la trabajan los campesinos del Colca, y para comprender hasta qué punto estas mujeres se han integrado a la sociedad en la que viven. Una vez al mes, publican a mimeógrafo un boletín con noticias e información religiosa, sanitaria, agrícola y artesanal que venden a diez soles. La Madre Antonia lleva en Yanque doce años. Aquí aprendió quechua. Antes vivió cinco años entre los campesinos de Puno, quienes le enseñaron aymara. Y, antes, otros cinco entre los pobres de Lima, con quienes perfeccionó su español. ¿Qué vientos trajeron a esta neoyorquina del Bronx al Perú? Buenos vientos, no hay duda. Conversar con ella, oírla contar anécdotas, es una pura delicia. Como en Yanque no hay policía, a la Madre Antonia le ha tocado hacer las veces, y, por ejemplo, enfrentarse a los bandidos del pueblo. Son tres hermanos: abigeos, matones y estupradores. El más valiente ya le dio una paliza; los otros, la tienen amenazada de muerte. No parece asustarla, porque lo cuenta riéndose. Tiene un español lleno de erres y eses serranas y pronuncia la elle como sólo saben los arequipeños.
Arequipa, agosto de 1983
El país de las mil caras
La ciudad en la que nací, Arequipa, situada en el sur del Perú, en un valle de los Andes, ha sido célebre por su espíritu clerical y revoltoso, por sus juristas y sus volcanes, la limpieza de su cielo, lo sabroso de sus camarones y su regionalismo. También, por «la nevada», una forma de neurosis transitoria que aqueja a sus nativos. Un buen día, el más manso de los arequipeños deja de responder el saludo, se pasa las horas con la cara fruncida, hace y dice los más extravagantes disparates y, por una simple divergencia de opiniones, trata de acogotar a su mejor amigo. Nadie se extraña ni enoja, pues todos entienden que este hombre está con «la nevada» y que mañana será otra vez el benigno mortal de costumbre. Aunque al año de haber nacido, mi familia me sacó de Arequipa y nunca he vuelto a vivir en esa ciudad, siempre me he sentido muy arequipeño, y yo también creo que las bromas contra nosotros que corren por el Perú —dicen que somos arrogantes, antipáticos y hasta locos— se deben a que nos tienen envidia. ¿No hablamos el castellano más castizo del país? ¿No tenemos ese prodigio arquitectónico, Santa Catalina, un convento de clausura donde llegaron a vivir quinientas mujeres durante la Colonia? ¿No hemos sido el escenario de los más grandilocuentes terremotos y el mayor número de revoluciones en la historia peruana?
De uno a diez años viví en Cochabamba, Bolivia, y de esa ciudad, donde fui inocente y feliz, recuerdo, más que las cosas que hice y las personas que conocí, los libros que leí: Sandokán, Nostradamus, Los tres mosqueteros, Cagliostro, Tom Sawyer, Simbad. Las historias de piratas, exploradores y bandidos, los amores románticos, y, también, los versos que escondía mi madre en el velador (y que yo leía sin entender, sólo porque tenían el encanto de lo prohibido) ocupaban lo mejor de mis horas. Como era intolerable que esos libros hechiceros se acabaran, a veces les inventaba nuevos capítulos o les cambiaba el final. Esas continuaciones y enmiendas de historias ajenas fueron las primeras cosas que escribí, los primeros indicios de mi vocación de contador de historias.
Como ocurre siempre a las familias forasteras, vivir en el extranjero acentuó nuestro patriotismo. Hasta los diez años fui un convencido de que la mejor de las suertes era ser peruano. Mi idea del Perú, entonces, tenía que ver más con el país de los incas y de los conquistadores que con el Perú real. A éste sólo lo conocí en 1946. La familia se trasladó de Cochabamba a Piura, adonde mi abuelo había sido nombrado prefecto. Viajamos por tierra, con una escala en Arequipa. Recuerdo mi emoción al llegar a mi ciudad natal, y los mimos del tío Eduardo, un solterón que era juez y muy beato. Vivía con su sirvienta Inocencia, como un caballero español de provincia, atildado, metódico, envejeciendo en medio de viejísimos muebles, viejos retratos y viejísimos objetos. Recuerdo mi excitación al ver por primera vez el mar, en Camaná. Chillé y fastidié hasta que mis abuelos accedieron a detener el automóvil para que pudiera darme una zambullida en esa playa brava y salvaje. Mi bautizo marino no fue muy exitoso porque me picó un cangrejo. Pero, aun así, mi amor a primera vista con la costa peruana ha continuado. Esos tres mil kilómetros de desiertos, apenas interrumpidos por breves valles surgidos a las márgenes de los ríos que bajan de los Andes y contra los que rompen las aguas del Pacífico, tienen detractores. Los defensores a ultranza de nuestra tradición india y denostadores de lo hispánico acusan a la costa de extranjerizante y frívola, y aseguran que fue una gran desgracia que el eje de la vida política y económica peruana se desplazara de la sierra a la costa —del Cusco a Lima—, pues esto fue el origen del asfixiante centralismo que ha hecho del Perú una suerte de araña: un país con una enorme cabeza —la capital— y unas extremidades raquíticas. Un historiador llamó a Lima y a la costa «el anti Perú». Yo, como arequipeño, es decir, «serrano», debería tomar partido por los Andes y en contra de los desiertos marinos en esta polémica. Sin embargo, si me pusieran en el dilema de elegir entre este paisaje, o los Andes, o la selva amazónica —las tres regiones que dividen longitudinalmente al Perú— es probable que me quedara con estas arenas y estas olas.
La costa fue la periferia del Imperio de los incas, civilización que irradió desde el Cusco. No fue la única cultura peruana prehispánica, pero sí la más poderosa. Se extendió por Perú, Bolivia, Ecuador y parte de Chile, Colombia y Argentina. En su corta existencia de poco más de un siglo, los incas conquistaron decenas de pueblos, construyeron caminos, regadíos, fortalezas, ciudadelas, y establecieron un sistema administrativo que les permitió producir lo suficiente para que todos los peruanos comieran, algo que ningún otro régimen ha conseguido después. A pesar de que los monumentos que dejaron, como Machu Picchu o Sacsayhuamán, me deslumbran, siempre he pensado que la tristeza peruana —rasgo saltante de nuestro carácter— acaso nació con el Incario: una sociedad regimentada y burocrática, de hombres-hormigas en los que un rodillo compresor omnipotente anuló toda personalidad individual.
Para mantener sometidos a los pueblos que sojuzgaron, los incas se valieron de refinadas astucias, como apropiarse de sus dioses y elevar a su aristocracia a los curacas vasallos. También, de los mitimaes, o trasplantes de poblaciones, a las que arrancaban de su hábitat e injertaban en otro, muy alejado. Los más antiguos poemas quechuas que han llegado hasta nosotros son elegías de estos hombres aturdidos en tierras extrañas que cantan a su patria perdida. Cinco siglos antes que la Gran Enciclopedia Soviética y que la novela 1984, de George Orwell, los incas practicaron la manipulación del pasado en función de las necesidades políticas del presente. Cada emperador cusqueño subía al trono con una corte de amautas o sabios encargados de rectificar la historia para demostrar que ésta alcanzaba su apogeo con el Inca reinante, al que se atribuían desde entonces todas las conquistas y hazañas de sus predecesores. El resultado es que es imposible reconstruir esta historia tan borgianamente tergiversada. Los incas tuvieron un elaborado sistema nemotécnico para registrar cantidades —los quipus— pero no conocieron la escritura, y a mí siempre me ha parecido persuasiva la tesis de que no quisieron conocerla, ya que constituía un peligro para su tipo de sociedad. El arte de los incas es austero y frío, sin la fantasía y la destreza que se advierten en otras culturas preincas, como las de Nazca y Paracas, de donde proceden esos mantos de plumas de increíble delicadeza y esos tejidos de enigmáticas figuras que han conservado hasta hoy sus colores y su hechizo.
Después del Incario, el hombre peruano debió soportar otro rodillo compresor: el dominio español. Los conquistadores trajeron al Perú el idioma y la religión que hoy hablamos y profesamos la mayoría de los peruanos. Pero la glorificación indiscriminada de la Colonia es tan falaz como la idealización de los incas. Porque la Colonia, aunque hizo del Perú la cabeza de un virreinato que abarcó, también, territorios que son hoy los de varias repúblicas, y, de Lima, una capital donde refulgían una suntuosa corte y una importante vida académica y ceremonial, significó el oscurantismo religioso, la Inquisición, una censura que llegó a prohibir un género literario —la novela— y la persecución del impío y el hereje, lo que quería decir en muchos casos, simplemente, la del hombre que se atrevía a pensar. La Colonia significó la explotación del indio y del negro y el establecimiento de castas económicas que han pervivido, haciendo del Perú un país de inmensas desigualdades. La independencia fue un fenómeno político, que alteró apenas esta sociedad escindida entre una minoría, que disfruta de los privilegios de la vida moderna, y una masa que vive en la ignorancia y la pobreza. Los fastos del Incario, la Colonia y la República no han podido hacerme olvidar que todos los regímenes bajo los cuales hemos vivido han sido incapaces de reducir a proporciones tolerables las diferencias que separan a los peruanos, y este estigma no puede ser compensado por monumentos arquitectónicos ni hazañas guerreras o brillos cortesanos.
Nada de esto se me pasaba por la cabeza, desde luego, al volver de Bolivia. Mi familia tenía costumbres bíblicas: se trasladaba entera —tíos y tías, primos y primas— detrás de los abuelos, el tronco familiar. Así llegamos a Piura. Esta ciudad, rodeada de arenales, fue mi primera experiencia peruana. En el Colegio Salesiano, mis compañeros se burlaban de mí porque hablaba como «serrano» —haciendo sonar las erres y las eses— y porque creía que a los bebés los traían las cigüeñas de París. Ellos me explicaron que las cosas sucedían de manera menos aérea.
Mi memoria está llena de imágenes de los dos años que pasé en esa tierra. Los piuranos son extrovertidos, superficiales, bromistas, cálidos. En la Piura de entonces se tomaba muy buena chicha y se bailaba con gracia el baile regional —el tondero—, y las relaciones entre «cholos» y «blancos» eran menos estiradas que en otros lugares: la informalidad y el espíritu jaranista de los piuranos acortaban las distancias sociales. Los enamorados daban serenatas al pie del balcón a las muchachas, y los novios que encontraban oposición se robaban a la novia: se la llevaban a una hacienda por un par de días para luego —final feliz, familias reconciliadas— realizar el matrimonio religioso a todo bombo, en la catedral. Los raptos eran anunciados y festejados, como la llegada del río, que, por unos meses al año, traía la vida a las haciendas algodoneras.
El gran pueblo que era Piura estaba lleno de sucesos que encendían la imaginación. Había la Mangachería, de cabañas de barro y caña brava, donde estaban las mejores chicherías, y la Gallinacera, entre el río y el camal. Ambos barrios se odiaban y surgían a veces batallas campales entre «mangaches» y «gallinazos». Y había también la Casa Verde, el prostíbulo de la ciudad levantado en pleno desierto, del que en la noche salían luces, ruidos y siluetas inquietantes. Ese sitio contra el que tronaban los padres del Salesiano me asustaba y fascinaba, y me pasaba las horas hablando de él, espiándolo y fantaseando sobre lo que ocurriría en su interior. Esa precaria armazón de madera, donde tocaba una orquesta de la Mangachería y adonde los piuranos iban a comer, oír música, hablar de negocios tanto como a hacer el amor —las parejas lo hacían al aire libre, bajo las estrellas, en la tibia arena—, es uno de mis más sugestivos recuerdos de infancia. De él nació La casa verde, una novela en la que, a través de los trastornos que en la vida y en la fantasía de los piuranos causa la instalación del prostíbulo, y de las hazañas e infortunios de un grupo de aventureros de la Amazonía, traté de unir, en una ficción, a dos regiones del Perú —el desierto y la jungla— tan distantes como distintas. A recuerdos de Piura debo también el impulso que me llevó a escribir varias historias de mi primer libro: Los jefes. Cuando esta colección de relatos apareció, algunos críticos vieron en ella una radiografía del machismo latinoamericano. No sé si es verdad, pero sí sé que los peruanos de mi edad crecimos en medio de esa tierna violencia —o ternura violenta— que intenté recrear en mis primeros cuentos.
Conocí Lima cuando empezaba a dejar de ser niño y es una ciudad que odié desde el primer instante, porque fui en ella bastante desdichado. Mis padres habían estado separados y, luego de diez años, volvieron a juntarse. Vivir con mi padre significó separarme de mis abuelos y tíos y someterme a la disciplina de un hombre severísimo que era para mí un desconocido. Mis primeros recuerdos de Lima están asociados a esta experiencia difícil. Vivíamos en Magdalena, un típico distrito de clase media. Pero yo iba a pasar los fines de semana, cuando sacaba buenas notas —era mi premio—, donde unos tíos, en Miraflores, barrio más próspero, vecino al mar. Allí conocí a un grupo de muchachos y muchachas de mi edad con los que compartí los ritos de la adolescencia. Eso era lo que se llamaba entonces «tener un barrio»: familia paralela, cuyo hogar era la esquina, y con quienes se jugaba al fútbol, se fumaba a escondidas, se aprendía a bailar el mambo y a declararse a las chicas. Comparados con las generaciones que nos han seguido, éramos arcangélicos. Los jóvenes limeños de hoy hacen el amor al mismo tiempo que la primera comunión y fuman su primer «pito» de marihuana cuando aún están cambiando la voz. Nosotros ni sabíamos que las drogas existían. Nuestras mataperradas no iban más allá de colarnos a las películas prohibidas —que la censura eclesiástica calificaba de «impropias para señoritas»— o tomarnos un «capitán» —venenosa mezcla de vermouth y pisco—, en el almacén de la esquina, antes de entrar a la fiesta de los sábados, en las que nunca se servía bebidas alcohólicas. Recuerdo una discusión muy seria que tuvimos los varones del barrio —seríamos de catorce o quince años— para determinar la manera legítima de besar a la enamorada en la matiné del domingo. Lo que Giacomo Casanova llama chauvinísticamente el «estilo italiano» —o beso lingüístico— fue unánimemente descartado, como pecado mortal.
La Lima de entonces era todavía —fines de los cuarenta— una ciudad pequeña, segura, tranquila y mentirosa. Vivíamos en compartimentos estancos. Los ricos y acomodados en Orrantia y San Isidro; la clase media de más ingresos en Miraflores, y la de menos en Magdalena, San Miguel, Barranco; los pobres, en La Victoria, Lince, Bajo el Puente, El Porvenir. Los muchachos de clases privilegiadas a los pobres casi no los veíamos y ni siquiera nos d
