El faro de las Ramblas

Lluc Oliveras
Lluc Oliveras

Fragmento

Nota del autor

Nota del autor

Esta novela está dedicada a todos aquellos individuos que pasaron por la vida sin ningún tipo de reconocimiento. Personas que vivieron en la misma Barcelona que ahora nos acoge y que jamás tuvieron su momento de «gloria». Almas que quedaron reflejadas en infinitas fotografías y que jamás se plantearon que los ciudadanos de un nuevo siglo las observarían en descoloridas instantáneas en blanco y negro y se harían mil preguntas. ¿Quiénes eran? ¿Cuáles eran sus anhelos? ¿Cuántos contratiempos tuvieron que superar? ¿Llegaron a ser felices?

Podría decirse que todos aquellos antepasados que dieron forma a la actual Barcelona han inspirado a los personajes de El faro de las Ramblas. Las calles, los comercios, la vida día tras día, sus rutinas, sus sueños…, toda esta amalgama puramente humana ha conferido a la obra una realidad que jamás habría tenido si me hubiera ceñido a la pura ficción. Personas como mis abuelos, de los que aprendí lo que significaba la humanidad y que me enseñaron a amar esta ciudad.

A todos ellos —a los que un día fueron y el tiempo les arrebató nombre y apellidos, recuerdos, presencia y legado—, gracias por vivir durante meses en mi mente y ayudarme a crear esta obra coral, esta comunidad imaginaria en la que las personas, los valores y el pasado pueden recuperar una parte de la importancia que en su día tuvieron.

A todos ellos, gracias por unirse al universo del faro de Canaletes y darle la trascendencia que se merece. Esta historia es en memoria de aquellos que jamás pudieron dejar un legado, de aquellos a quienes nadie les concedió una segunda oportunidad y de aquellos a quienes la vida azotó con dureza sin apenas ofrecer instantes de alegría. A todos los barceloneses de tiempos pasados, gracias.

PRIMERA PARTE

1908-1914

1

Barcelona, a finales de 1908

Para los barceloneses de aquel principio de siglo, nada había cambiado respecto a los últimos años del XIX. En las mismas Ramblas podían verse muestras de avances tecnológicos como el fascinante automóvil, aunque muchos lo consideraban un ataque directo a las buenas costumbres que hasta entonces habían regido sus vidas. No todos estaban preparados para abrazar una nueva sociedad más confortable y dinámica, que precisaba adaptarse a un statu quo diferente.

Barcelona se nutría de constantes novedades en el ámbito urbanístico. La construcción del Eixample, la progresiva anexión de las poblaciones cercanas y el auge de las nuevas industrias la empujaban a convertirse en una urbe activa y cosmopolita, donde los matices eran constantes. Se pasaba del blanco al negro en apenas unas horas, dejando entrever una infinita gama de grises. La masa obrera aumentaba sin control por culpa de aquellos que emigraban a la metrópolis en busca de oportunidades y, al mismo tiempo, la burguesía empoderada y emprendedora peleaba a cuchillo para mantener los privilegios que había acaparado hasta el nuevo siglo. El enfrentamiento, por tanto, era inevitable, y las reacciones de unos y otros, siempre cuestionables. En pocas palabras, la reivindicación se les iba de las manos a diario.

El nacionalismo catalán, buscando ensalzar las viejas glorias, se había consolidado de la mano del republicanismo moderno, la reivindicación obrera y el azote del populismo inquebrantable.

La Ciudad Condal estaba desquiciada por una expansión urbanística que la obligaba a mutar continuamente y por la incisiva reivindicación terrorista —la forma que tenían los anarquistas de dar un golpe sobre la mesa y luchar por los derechos de la clase obrera, que habían sido pisoteados durante décadas.

Esa era la razón por la que, por aquel entonces, Barcelona era conocida en el mundo entero como la Rosa de Fuego.

De hecho, en los primeros meses de 1908 habían estallado varias bombas por todo el perímetro barcelonés, y el Distrito V —la familia Ros Adell vivía en la frontera con el VI, pero se sentían hijos de la zona más humilde de la ciudad— vio cómo muchos de sus vecinos sucumbían a una muerte cruel solo por cuestiones ideológicas de difícil alcance. Como solía decir don Ramon Ros: «Si para conseguir algo positivo tenemos que asesinar a nuestros vecinos, algo en nuestra lógica está fallando estrepitosamente».

Una cálida brisa marina se adentró en la vieja aula donde los niños más afortunados del Distrito V cursaban sus estudios. Apenas eran un puñado de mentes por moldear, teniendo en cuenta que la mayoría de los críos que no llegaban a los diez años pasaban gran parte del día en las fábricas enclavadas en la Barceloneta, en el Poblenou y en la falda de Montjuïc. A esos pequeños elegidos a dedo los explotaban por apenas unos céntimos. A decir verdad, la mayoría de la población infantil de la zona se veía abocada a la mendicidad o al simple arte del trapicheo para llevar un mísero mendrugo a sus barracas. Y ni siquiera los que vivían en orfanatos, dejados de la mano de Dios y castigados con dureza por los representantes celestiales de sotana y hábito, tenían la oportunidad de un futuro mejor.

Lluïset era un crío algo atípico, dado que sus padres no formaban parte de la legión de inmigrantes que habían llegado a Barcelona para labrarse una oportunidad. Para aquellos que se nutrían de una frágil esperanza, pisar la capital catalana era como buscar fortuna en la mítica Nueva York, aunque sin toparse con la caricia de la estatua de la Libertad y con la ventaja de librarse de una dura travesía transoceánica. Además, en la capital catalana podían ahorrarse el apuro de aprender un nuevo idioma, puesto que, en una de las consideradas grandes capitales europeas, todos chapurreaban el castellano. Si no hubiera sido por el inconveniente de que muchas calles de aquella extensa urbe aún no habían sido pavimentadas, razón por la que la metrópolis era conocida como Can Fanga, la decisión de mudarse a aquel enclave delimitado por la montaña de Collserola hubiera sido fácil de tomar.

A finales de aquel 1908, la familia de Lluïset buscaba el equilibrio entre lo que podría calificarse de clase media y el grupo de los más necesitados. Don Ramon, el padre de familia, era el único heredero de un indiano que, unos años antes de morir, había perdido hasta la camisa al apostar su modesta fábrica del Poblenou en una mala mano de naipes. El abuelo de Lluïset, avergonzado por dejar a los suyos en la estacada, se había largado con el rabo entre las piernas a Cuba, abandonando a su suerte a su esposa Hortènsia y a su único hijo Ramon, de solo dieciséis años. El drama era evidente, y madre y vástago se vieron obligados a trasladarse a un cuchitril del Distrito V, quedando en una situación deplorable y precaria. El joven Ramon, viéndolas venir y consciente de lo que podía sucederles si no tomaba las riendas y la responsabilidad del oscuro presente —tenía todo el raciocinio del que carecía el paterfamilias—, se presentó en la fábrica perdida a las cartas para implorar al nuevo propietario que le mantuviera el puesto de trabajo. Llevaba allí desde los trece años y, tras escalar posiciones de forma honesta, se había convertido en la mano derecha del gerente de aquella humilde industria.

Afortunadamente, el nuevo propietario, con total desinterés por un negocio que había obtenido por azar, le concedió el puesto al mozo a cambio de la mitad de lo que había estado ganando hasta la fecha. Una rebaja de sueldo imposible de aceptar por alguien que quisiera salir adelante. Pero como era de esperar, el chico hizo de tripas corazón, agachó la cabeza y asumió el trato inhumano.

Casi media década más tarde, y cuando llevaba tres años casado con Rossita Adell y era padre de la pequeña Agnès —de casi dos años—, Ramon tuvo la oportunidad de largarse de la fábrica gracias a un inesperado golpe de suerte. Y es que a los veintiún años recién cumplidos, el hombre que lo había dejado en la estacada como a un perro sarnoso le dio la oportunidad de hacer el bien y cambiar de vida gracias a una notable fortuna labrada en tierras lejanas y que le dejó en herencia. El malnacido de su ascendiente se lo había pasado en grande en La Habana, donde remontó el vuelo con la fértil industria de la caña de azúcar y el siempre bien remunerado tráfico de esclavos.

Al conocer el origen de aquel ansiado botín, Ramon Ros, honesto como pocos y de valores inquebrantables, decidió destinar el inesperado y sucio extra pecuniario a ayudar a los demás. El primer paso fue buscarse un puesto en la famosa Maquinista Terrestre y Marítima, donde pronto destacó en el arte de la manipulación del metal pesado y la fabricación de locomotoras, un giro vital que, por otra parte, lo hizo muy conocido en el casco antiguo de la Ciudad Condal. Poco a poco, la voz fue corriendo y los vecinos supieron que un tal Ramon Ros concedía préstamos sin pedir nada a cambio. Lo mismo que prestaba era lo que debían devolverle, sin intereses ni plazos leoninos que cumplir.

La propuesta tuvo un efecto magnético inmediato y, en poco tiempo, pasó de ser Ramon el del Vapor a don Ramon.

Por su parte, la madre de Lluïset, Rossita, era un ser casi angelical. De familia también humilde y residente del Distrito V, lo había dejado todo por amor. Ramon le había secuestrado el corazón en sus primeros años de juventud, y, forzando el permiso familiar, se había casado a los dieciocho, estableciéndose en la calle Tallers esquina con Jovellanos —que era la frontera ideológica del difícil Distrito V con el VI— junto a su esposo.

De hecho, un año después de crear aquel vínculo romántico e idílico, cuando los dos superaban los diecinueve, tendrían a Agnès, su heredera. Casi como si fuera una especie de ritual de la época, fueron padres cuando empezaban a poner los cimientos de una nueva familia.

Pese a su modesto origen, ambos progenitores tenían un perfil muy diferente al de la mayoría de los vecinos del barrio y, tras establecerse en la zona, llegaron a ser muy populares. Su buena fama pasó a estar en boca de todos.

Lluïset miró insistentemente la cruz que emergía de encima de la vieja pizarra del aula con la única idea de ir a buscar a su padre. Aquel paseo hasta la Maquinista Terrestre y Marítima era un tiempo que compartía con su madre y su hermana y que disfrutaba con alegría.

Él, con solo nueve años, adoraba a Rossita, aunque su pasión, más allá de la admiración por Ramon, residía en Agnès, su hermana de trece años. Desde que tuvo uso de razón, la joven lo había cuidado con gran cariño, sin jamás negarle un capricho o un instante de atención, y, por ello, el pequeño de los Ros Adell le profesaba un amor desmesurado.

Lluís era algo menudo para su edad, pero su profunda mirada indicaba una perspicacia superior que ocultaba con sutileza. De pelo liso y sutilmente dorado, pocas veces se libraba de la gorra típica de los granujillas de la época. Capaz de mantener a todas horas una sonrisa en forma de medialuna ascendente, conseguía reblandecer los ánimos de quienes lo rodeaban. Pilluelo por culpa de haber crecido en un barrio donde la supervivencia llamaba siempre a la puerta, desprendía una bondad difícil de encontrar en aquellos primeros años del siglo XX. A simple vista, aquel chico tenía todos los números para ser alguien importante en la vida.

Cuando el maestro, de semblante duro e inquebrantable, permitió a los niños abandonar el rincón donde se los instruía para un futuro decente y apropiado, Lluïset surgió de la nada, como un rayo, para abandonar un centro escolar que parecía encasquetado, casi por la fuerza, entre dos inmuebles que se caían a pedazos.

Solo cruzar el umbral de entrada de la vieja escuela, y vislumbrar a la mujer que le había dado a luz, se lanzó a los brazos de esta para que lo engullera con amor y pudiera tranquilizar su ímpetu infantil.

—¡Hijo! ¿A qué viene este nerviosismo?

—¡Tenía ganas de veros! ¡Me aburro en la escuela, mamá! ¡Yo quiero estar con vosotras! Si Agnès trabaja contigo, ¿por qué no puedo hacerlo yo también?

Su hermana soltó una carcajada.

—Renacuajo, aún tienes mucho que aprender.

—Tu hermana tiene razón. Eres muy afortunado, hijo. A tu edad, la mayoría están condenados a pasarse infinitas horas en la fábrica. ¡Aprovecha ahora que tienes la oportunidad de hacerte más listo! Ya habrá tiempo para trabajar…

Lluïset asintió con una mueca y, sin pedir permiso, cogió del bolsillo de la falda de su madre el trocito de chocolate que siempre le llevaba. Desde que tenía uso de razón, Rossita jamás había faltado a la tradición.

—Venga, vámonos o llegaremos tarde a la fábrica. Y vuestro padre suele salir hambriento. No le hagamos esperar.

Agnès y Lluïset se cogieron de la mano de su madre que les tocaba por hábito y rango familiar. Recorrieron juntos parte del Distrito V, hasta cruzar las Ramblas y adentrarse en la Barceloneta.

Rossita Adell era la madre con la que todos soñaban. De atractivo típicamente mediterráneo, piel olivácea y labios amplios como los bosques del Pirineo, solía llevar el cabello recogido en un moño o en una frondosa trenza que dejaba colgar sobre el pecho con notable elegancia. Su mirada, luminosa y despreocupada, solía cuestionar todo lo que se le ponía por delante. La matriarca de los Ros Adell era una mujer atractiva en todos los sentidos, y su expresión habitual era la de una persona satisfecha por sus logros. De porte elegante y a veces sutilmente etéreo, solía encontrar el espacio y el momento adecuados para pronunciarse y conseguir que todos le prestaran atención.

Rossita era la otra mitad de un matrimonio equilibrado que se había hecho a sí mismo gracias al respeto mutuo. De paciencia infinita, quienes tenían la fortuna de acabar en su regazo sentían una paz máxima, dado que Rossita tenía el poder de transformar las preocupaciones en simples anécdotas de sobremesa.

Tocada por la misma varita mágica, Agnès deslumbraba por una belleza europea difícil de encontrar en los suburbios barceloneses. El equilibrio de su expresión carecía de vulgaridad y había heredado unos ojazos verdemar con los que proyectaba una inteligencia capaz de desvelar cualquier enigma. La heredera de los Ros Adell era capaz de captar la atención de los vecinos del distrito sin apenas mover un dedo, y verla pasear era como dejarse llevar por la imagen cinematográfica de una heroína de ficción. Por su aspecto bien podría proceder de las tierras del norte de Europa o de los floridos campos de la Toscana francesa. Elegante y siempre peinada con esmero, emergía como una muchacha rodeada de un halo místico. A su magnetismo natural había que sumar el don de la elegancia y el saber estar. De haberse ataviado con ropas elegantes, nadie hubiera dudado de que se trataba de la elegida para reinar en toda una ciudad y en el corazón de sus habitantes.

Entre cantos populares, acertijos y buen humor llegaron a la Maquinista Terrestre y Marítima, donde su padre los estaba esperando. Al verlos, el hombre dejó de hablar con un grupo de trabajadores con los que había formado un corrillo y los emplazó para el día siguiente.

Ramon Ros era un hombre provisto de una dualidad desconcertante. De actitud seria, solía mutar en segundos a una de las expresiones más amables que se habían visto en las entrañas de la Ciudad Condal. Con una barba bien arreglada y siempre equilibrada y simétrica, ocultaba unos rasgos de estilo griego que le conferían la sabiduría de los antiguos pensadores. Su nariz recta y señorial y una mirada penetrante, oculta tras unos párpados bellamente rasgados, le conferían una elegancia majestuosa.

Don Ramon solía vestir con humildad y daba la impresión de que siempre estaba cavilando en beneficio de los suyos, dejando entrever la bondad que existía en su alma. No había un solo ser que lo rodeara que no le tuviera en gran estima, y, pese a ser un hombre corpulento, era capaz de desplazarse mediante movimientos sosegados. Quizá por su gentil forma de comportarse, o por la paz que desprendía su presencia, todos solían acudir en busca de su ayuda, para obtener un consejo o dejar que los escuchara.

En todo caso, don Ramon era un hombre cabal y empático capaz de arriesgarlo todo por una causa justa.

Lluïset corrió con idéntico ímpetu al que había mostrado solo una hora antes con su madre, y Ramon amortiguó el impacto con cariño.

—¿Cómo te ha ido la escuela, chiquillo? ¿Estás aprendiendo mucho? ¡Recuerda que te toca ser el más listo de la familia!

—¡Eso no es difícil, papá! —soltó el niño, en tono de burla—. Pero no me gusta la escuela… ¿Puedo trabajar contigo? ¡Prometo aprenderlo todo muy rápido!

Ramon soltó una carcajada por la ocurrencia de su hijo.

—Lluïset, paciencia. Antes de poner las ventanas de una casa, deben construirse los cimientos y las paredes. Todo llegará. Tiempo al tiempo, renacuajo.

El crío, satisfecho a medias con la explicación del único hombre al que admiraba sobre la faz de la tierra, lo cogió de la mano y empezó a arrastrarlo hasta donde los esperaban su madre y su hermana.

Cuando la familia Ros Adell estaba reunida, se creaba algo mágico; una atmósfera cálida y relajante imposible de no ser envidiada por quienes los rodeaban. Y eso era lo que más amaba Lluïset en la vida: ver siempre felices a aquellas tres personas que adoraba con toda su alma.

El graznido de las gaviotas buscando desesperadamente algo que engullir acompañaba a Rossita en la cocina. No tenía mucho más que un brasero y unos utensilios modestos, pero estaba preparando una sopa a la que había arrojado todo lo que había encontrado, para darle un sabor único. Llevaba algunas horas entre pucheros, mientras Agnès acababa de zurcir unos bajos y los puños de una camisa. Su hija, a los trece años, se había decantado por dedicarse al mismo oficio que su madre y tenía buena mano con la aguja y el dedal. Para cubrir los encargos y llegar a tiempo a todo, a veces una hacía las labores hogareñas y la otra adelantaba el trabajo de la confección. Con aquella estrategia podían ir algo más holgadas de tiempo y el día les cundía para multiplicarse. Además, la fama de Rossita había llegado a todos los rincones del barrio, lo que aumentaba exponencialmente los clientes de un día para otro.

—Lluïset, acércate al café de la esquina y tráete a tu padre. La comida no tardará.

El crío, encantado de que le encomendara dicha responsabilidad, dejó el cuaderno en el que solía dibujar a todas horas y aceleró el paso para bajar las escaleras de dos en dos y acercarse a la taberna donde su padre solía pasar de dos a tres tardes por semana.

Algunos hubieran afirmado que era por su pasión por las bebidas espirituosas, pero nada más lejos de la realidad. Lo que realmente llevaba a don Ramon al local era su necesidad de ayudar.

Gracias a la inesperada herencia, el padre de Lluïset solía recibir a los más necesitados en la mesa más oscura y esquinada del lugar, donde escuchaba sus lamentos y necesidades.

Esa era la razón por la que todo el barrio lo tenía en gran estima.

Lluïset abrió la puerta del modesto café como Pedro por su casa y se escurrió entre los parroquianos para encontrar a su padre. El crío no comprendía muy bien la razón por la que su héroe se desvivía ayudando a los vecinos, y más cuando era jefe de una fábrica de ferrocarriles, pero tampoco comprendía la forma de actuar de los adultos, así que se decantaba por ir a lo suyo y no hacer muchas preguntas.

—Dios le bendiga, don Ramon. Prometo que se lo devolveré pronto. Es usted un ángel —dijo una de las verduleras más queridas del distrito, desde lo más profundo de su alma.

—No se preocupe, Paquita. Lo importante es que su marido se restablezca del accidente y pueda volver pronto a las atarazanas. Por lo que he oído, es un hábil artesano naval.

—Así es, don Ramon. Su capataz lo tiene muy presente, pero la compañía naviera no cubre este tipo de imprevistos. Gracias a Dios, usted nos ha salvado la vida. No sé cómo…

Antes de que pudiera terminar el sincero agradecimiento, Lluïset se acercó a la mesa para sentarse sin miramientos sobre el regazo de su padre.

—No tenga prisa con la devolución. Me siento feliz de poder ayudarla, pero recuerde que no aceptaré más de lo prestado, ¿de acuerdo? Y eso incluye cocidos y todo lo que le venga a la cabeza. Que ya nos conocemos…

La mujer, con la bondad reflejada en los ojos, no pudo irse sin antes mostrar un último agradecimiento.

—Se merece el cielo, don Ramon… Chico, ¿sabías que tu padre es un ángel? Cuida mucho de él, porque has tenido la mayor de las fortunas…

Lluïset sonrió mientras miraba a su progenitor. Para él, era como Sant Jordi, el caballero que conseguía librarse del dragón gracias a su valentía.

La señora Paquita se ajustó el pañuelo oscuro que le cubría la cabeza y abandonó la taberna con la tranquilidad de que no iba a perder la casa mientras su marido estuviera convaleciente.

—Y tú ¿a qué has venido, renacuajo? ¿Te ha enviado tu madre?

—Sí. Dice que la cena está casi lista y que debemos subir a casa cuanto antes.

—Entonces no perdamos más tiempo, que ya sabes que se pone furiosa si la hacemos esperar.

—¿Por qué, papá?

—Pues porque es una falta de respeto que alguien haga algo por ti y tú no tengas ni el gesto de llegar cuando toca. Nunca lo olvides, hijo mío, la impuntualidad es una cualidad detestable…

Mientras don Ramon verbalizaba la importancia de los valores para formar un adulto más empático con su entorno, abandonaron la taberna sin pasar por caja. Aquello siempre sorprendía al niño, que le costaba comprender por qué su padre no pagaba lo que había tomado. De hecho, cada vez que se lo preguntaba, recibía la misma aclaración, seguida de un guiño: «Es porque las buenas personas, a veces, tienen su recompensa».

2

Lluïset y Agnès se arreglaron como si fuera un día de guardar. Su padre había prometido llevarlos a un lugar mítico de las Ramblas. La gran arteria barcelonesa, pese a los trabajos para abrir la Via Laietana y a un paseo de Gràcia en construcción, seguía siendo un mundo en sí misma. En aquella avenida conocida en el mundo entero podía encontrarse cualquier tipología humana. Era la ruta urbanizada que marcaba la tendencia en aquella metrópolis marina, el espacio por el que todo barcelonés, de la categoría social que fuera, paseaba con asiduidad. Allí, hombres con bombín y traje de domingo, trabajadores con su gorra y atuendo fabril, ricachones de chistera y bastón recio, mujeres con moño, gorro y vestido a la última moda parisina se confundían con líneas de tranvía, críos caídos en desgracia, jóvenes en bicicleta y antiguos vestigios de los carros de tracción animal. Floristerías al aire libre, cafés de ensueño, sastrerías y comercios dispuestos a contentar a turistas y autóctonos por igual. Barcelona era la Rambla en todos sus tramos (Canaletes, Estudis, Sant Josep, Caputxins y Santa Mònica), en sus diferentes denominaciones y en la historia que residía en cada centímetro del paseo. Todo barcelonés de pura cepa amaba aquel paseo; todo extranjero y turista que lo pisaba por primera vez se enamoraba por completo, porque en sí representaba toda una amalgama vital, un espacio atemporal que engullía amablemente la perspectiva humana.

Don Ramon había decidido llevar a sus hijos a la celebración de la última reforma del célebre quiosco Canaletas, ubicado a pocos metros de la famosa fuente que servía de lugar de encuentro para todos, sin distinción.

Sus hijos conocían el lugar por haberlo visto desde la distancia, pero jamás habían tenido la oportunidad de disfrutar de su famosa agua de azúcar, sus granizados de colores y las sodas americanas regadas con sifón, por lo que la emoción de la novedad los embriagaba.

Y es que la historia de aquel pequeño paraíso de las bebidas venía de lejos. El Ayuntamiento concedió la primera licencia de explotación a Félix Pons, en 1877, con la idea de embellecer una urbe que ansiaba pelearles la fama, codo con codo, a la luminosa París y a las otras grandes urbes europeas.

Inicialmente, Félix Pons había regentado una barraca de refrescos en el Pla de la Boqueria, más de una década antes de su gran salto a la cúspide de la Rambla, y en Canaletes construyó el primer quiosco con tan solo cuatro maderas. El objetivo simplemente era forrarse.

El nuevo quiosco Canaletas era un establecimiento simple en el que camareros de delantal blanco servían bebidas, café, agua de la mismísima fuente y, sobre todo, la famosa soda de Pons.

Trece años más tarde, ya más forrado, el propietario se rascó el bolsillo para realizar la primera reforma de su chiringuito de bebidas, pero no fue hasta principios del siglo XX, en 1901, cuando el cambio de propietario dio un giro también a la historia del pequeño paraíso barcelonés. Y es que Esteve Sala Cañadell, el gran empresario de la restauración catalana, ganó la nueva licitación del Ayuntamiento para seguir explotando el comercio callejero.

Aquel avispado hombre de negocios tenía ya algunos locales de parecida función por diferentes rincones de la ciudad, pero Canaletes era el espacio ideal para aumentar su fama y no dudó en echar mano de la inventiva para darle una nueva vida. En poco tiempo, todos los barceloneses conocían sus jarabes de sodas americanas y las novedosas patatas fritas, que deleitaban a pequeños y a mayores por igual.

El tal Sala empezó a hacerse de oro con el pequeño negocio y, aunque la concesión le costaba la friolera de trece mil pesetas anuales, él obtenía más de ciento cincuenta mil en el mismo periodo.

El dinero se le enquistaba en el bolsillo y, para airearlo a placer, solía ausentarse de la Ciudad Condal y darse largos garbeos por la romántica Europa de la época, con la intención de conocer lo último de su sector. Ojo avizor, buscaba nuevas oportunidades que importar a la ciudad catalana. De hecho, fue en París donde compró por un puñado de francos las cuatro rayadoras de patatas que acabaron encumbrándole en la metrópolis barcelonesa.

Al año siguiente de hacerse con el quiosco, se aventuró a abrir el American Soda, un espacio diseñado al estilo norteamericano, que abría las veinticuatro horas y que en cuestión de semanas creó la novedosa tradición de tomar un aperitivo antes de la copiosa comida del mediodía.

Todo lo que tocaba el tal Sala se convertía en oro. El éxito del quiosco Canaletas fue aumentando con el paso del tiempo, aunque el propietario jamás bajaba la guardia y lo reformó en 1906 para que fuera aún más confortable para los clientes y pudieran servirse productos de la máxima calidad. La idea, con la remodelación, era darle el aire modernista que tanto gustaba a turistas y autóctonos y que estaba de moda en la ciudad.

Aquella reforma dejó boquiabierta a toda la urbe, y el negocio siguió marchando viento en popa.

Dos años después, a Sala le cayó del cielo una cuantiosa ayuda económica de su tío y, para no perder la tradición de gastar a manos llenas, optó por una nueva reforma del quiosco, que encargó al conocido arquitecto Josep Godoy. Aquel era el motivo que había atraído a la familia Ros Adell.

El pequeño local se había convertido, por derecho propio, en toda una institución en los distritos colindantes, por lo que, aprovechando la invitación de su gerente, Atilio Massot, Ramon Ros decidió que sus hijos debían conocer por sí mismos el lugar.

Don Atilio —que así era como lo conocían todos los vecinos del distrito— era el camarero de mayor rango del quiosco gracias a que había trabajado en el primer local de bebidas de la Boqueria, que pertenecía al primer propietario del quiosco Canaletas. Su mano derecha y don de gentes eran tales que el mismo Esteve Sala se lo había «quedado» en propiedad y le había puesto a un compañero fijo, para que entre los dos cubrieran la nueva etapa. Pier Aubert, el joven francés que lo ayudaba a todas horas, procedía del otro gran negocio del señor Sala, el American Soda.

Debido a la inauguración de la reforma del nuevo quiosco, el perímetro estaba hasta la bandera, y los Ros Adell tuvieron que hacer una larga cola para pedir una bebida y charlar con Atilio.

El quiosco emergía en la cúspide de la rambla de Canaletes con la majestuosidad de la máxima expresión modernista. La primera impresión era la de estar frente a una especie de ermita o casita de cuento de hadas a lo Hansel y Gretel, capaz de quebrar toda expresión artística conocida.

Con una forma prácticamente circular, el quiosco se elevaba cual seta de la Fageda d’en Jordà y generaba un potente magnetismo en los ciudadanos que pasaban a su alrededor. Nadie podía abstenerse de perder un instante de su rutina vital para apreciar la belleza de aquella pequeña catedral de los sueños. Elaborado con gran delicadeza y recubriendo toda la construcción, podía verse un mosaico de cerámica grisácea al estilo trencadís gaudiniano. Las formas redondeadas y curvilíneas, alejadas de la aburrida línea de concepción puramente mecánica, acercaban la estructura del quiosco a la filosofía del gran arquitecto catalán, que repudiaba todo aquello que se alejara de la naturaleza.

La barra del local recorría todo el perímetro del negocio y dejaba a los camareros a pecho descubierto delante de los usuarios; eliminaba, por tanto, las barreras imaginarias entre los habitantes de aquel pequeño mundo de fantasía. Un detalle que, aunque podía parecer menor, resultaba ideal para fomentar la máxima empatía entre quienes servían y quienes se deleitaban con los productos consumidos.

Una enorme columna central que simulaba el robusto tronco de un olivo milenario, donde se guardaban todas las botellas y vasos, resguardaba la espalda de los camareros. De la pared interior de la barra surgían los sifones con los que se servía la célebre soda del quiosco Canaletas.

Para salvaguardar el local de las inclemencias del tiempo, existía una fusión perfecta entre unas barras de hierro forjado entrelazadas y unas telas que emulaban la aerodinámica de los pesos de las maquetas de Antoni Gaudí. A simple vista, el quiosco de Canaletas evocaba las formas de la desconocida cripta de la Colonia Güell, tanto en sus formas estructurales como en sus vidrieras ovaladas, dándole un aspecto entre el misticismo de las montañas de Montserrat y las serpenteantes curvas de una gruta de los Pirineos. Para acabar de cautivar al visitante, en la parte más alta de la construcción, el quiosco mostraba unas formas que recordaban a los típicos tragaluces de arquitecturas anteriores, pero como si hubieran perdido toda su rigidez, como si el calor del magma del interior de la Tierra los hubiera cubierto por completo y los poseyera con la caricia de varias artesanías de hierro.

Aquel quiosco, en sí, era un espacio mágico a la altura de las obras más significativas de un estilo artístico que enamoraba al mundo entero. Si no fuera porque el gran Gaudí estaba inmerso en otros menesteres, uno podría pensar que se encontraba ante una obra ideada por el gran genio catalán.

Al ver a don Ramon y sus hijos, el orgulloso camarero se alegró con tal alarde de expresividad que los demás clientes creyeron que los visitantes pertenecían a la alta alcurnia de la ciudad. Sin embargo, la sorpresa les duró poco al descubrir que vestían como cualquier barcelonés humilde de la zona.

Atilio, de casi cuarenta años, era un hombre corpulento, pero de complexión amable. Una frondosa barba algo canosa y muy de la época le rodeaba por completo la mandíbula, y sus ojos, almendrados y grandes, le conferían un misticismo propio de los grandes sabios. Ataviado con el uniforme de camarero en jefe, era el rey del quiosco. Claramente lo llevaba en la sangre. Por su aspecto, y de no haber servido a los demás, podría haber sido un cazador a lo Búfalo Bill o quizá el capitán de un gran navío mercante. Solo por su forma de observar, parapetado en unos intensos ojos azules, uno comprendía que no tenía nada que temer. Era la clara muestra de la bondad humana.

Atilio profesaba una admiración y un respeto inmensos hacia el padre de Lluïset, ya que años atrás le había concedido un préstamo para poder cuidar de su madre. El camarero no tenía más familia que su amada progenitora y, aunque con el dinero de don Ramon pudo tratarla con mejores recursos, unas altas fiebres se la arrebataron con nocturnidad y alevosía. Pese a la desgracia, el gerente del quiosco había insistido en devolver lo prestado tan pronto como le fuera posible, pero el padre de Lluïset —si por algo destacaba era por su enorme corazón— había declinado las prisas y permitió que el hombre pudiera pasar tranquilamente el luto y le reembolsara lo adeudado en pequeños y cómodos plazos durante años. Aquello forjó una relación inquebrantable entre ambos hombres, y Atilio juró y perjuró que estaría en deuda con él eternamente.

Y ese era el motivo de peso por el que, al ver a su benefactor y a sus vástagos, el responsable del local se olvidara del resto de los clientes para dedicarse en cuerpo y alma a los visitantes.

—¡Don Ramon! No sabe usted lo feliz que me hace que haya aceptado mi invitación. ¿Me permite que les deje degustar nuestras famosas sodas americanas? Le prometo que no les van a defraudar…

El padre de Lluïset asintió agradecido. Sentirse tan querido por la gente del barrio era la mejor compensación por algo que hacía desde lo más profundo de su corazón. Resultaba irónico que un malnacido como su abuelo le hubiera dado la oportunidad de convertirse en una buena persona. Solo por ese último acto de buena fe a su favor, el paterfamilias de los Ros lo perdonó al pasar a mejor vida.

Mientras preparaba las consumiciones, Atilio hizo algunas preguntas de rigor:

—¿Cómo os llamáis, chicos? ¿Y qué edad tenéis? Vuestro padre suele ser muy reservado con sus asuntos personales, así que me tendréis que ayudar un poco para que pueda conoceros mejor…

—Yo soy Agnès y tengo trece años… Y este renacuajo es Lluïset…

—¡Y tengo nueve! —soltó el pequeño, buscando protagonismo.

—¡Pues aquí tenéis, jovencitos! —respondió Atilio mientras les servía los largos vasos nutridos con la soda americana—. Pier, anda, tráeme una bandeja de chips… —soltó el gerente al camarero más joven, que estaba del todo desbordado. Por su aspecto físico, a duras penas había iniciado su madurez, así que no tendría más de diecisiete años. Una edad más que idónea en aquella época para ser un aprendiz avanzado.

Las facciones de Pier eran delicadas y angulosas. Sobre un incipiente bigote fino y arreglado, destacaba una nariz desbordada en su marco facial, pero delineada casi a la perfección con una caída clásica. Visto de perfil, parecía la ejecución de un cuatro bien trazado. Como colofón a una fisionomía afrancesada, el joven poseía los párpados en actitud descendente, aunque equilibrados con el hechizo de unos ojos azules de paleta celeste. De pelo castaño oscuro, lucía una perilla en punta y unas patillas difuminadas que le daban un aspecto pulcro.

A simple vista parecía un soldado napoleónico o el típico espadachín extraído de una novela de Alexandre Dumas, y dejaba entrever, por la timidez de su mirada, que bajo la elegante fachada se escondía un alma triste y desolada. El secreto que guardaba celosamente desde su llegada a la gran metrópolis barcelonesa marcaba sin remedio su expresión.

Impecable con su delantal blanco, Pier acercó un plato nutrido con las patatas fritas especialidad de la casa, y no pudo evitar quedarse prendado de la jovencísima Agnès. Ambos no solo cruzaron sus miradas, sino que en aquel preciso instante se juraron amor eterno, aunque aún era pronto para que se dieran cuenta.

—¡Francesín, que te has quedado embobado con la niña! ¡Venga, sigue con lo tuyo! —comentó Atilio, al tiempo que la heredera de los Ros se ruborizaba y el joven despertaba del letargo a base de palos morales.

—Sí, don Atilio, perdóneme…

Todos captaron el mágico destello que acababa de crearse entre ambos, pero no le dieron mayor importancia y siguieron charlando hasta que el gerente tuvo que volver a sus quehaceres laborales y la familia Ros Adell, dar rienda suelta al paseo por las Ramblas.

—Por cierto, chicos, podéis venir cuando queráis. Aquí siempre estaréis invitados —advirtió Atilio, guiñándoles un ojo.

Antes de que terminaran la soda, Agnès habló con su padre, y Lluïset, aprovechando que no le prestaban atención, admiró casi fotográficamente aquel enclave. No tardó en comprender que se trataba de un espacio maravilloso, casi de cuento de hadas. Los clientes sonreían extasiados por la consumición y la compañía, y Lluïset supo que algún día aquel lugar sería suyo. Tuvo la impresión de que allí la vida cobraba un nuevo sentido; jamás había presenciado tanta felicidad junta. Y a él lo de ver a los demás contentos le parecía un regalo. Por primera vez en mucho tiempo, a su hermana se le había iluminado la mirada, y su padre, que siempre era amable pero discreto, se relajó como cuando estaba en casa. Verlo con aquella paz reflejada en el rostro le hizo comprender que aquel local poseía un poder superlativo. Aunque al chico apenas le importaba si existían más razones por las que enamorarse de aquel espacio callejero. A él solo le había cautivado lo que acababa de generar en dos de las personas que más amaba en el mundo.

De camino a casa, adentrándose en las calles del Distrito V, el pequeño de los Ros sintió la necesidad de averiguar algo más de un hombre que le había parecido una especie de mago. No solo servía bebidas con una maestría fuera de lo común, sino que ofrecía a los demás una experiencia familiar propia del mejor prestidigitador.

—Papá…, ¿de qué conoces a Atilio?

Don Ramon tardó unos segundos en reunir sus recuerdos y elaborar una explicación coherente.

—Verás, hijo… Su madre enfermó hace tiempo y yo le ayudé para que pudiera atenderla lo mejor posible y le comprara las medicinas que necesitaba. Todo eso valía mucho dinero, y Atilio no lo tenía.

—O sea, que le hiciste un préstamo… —aclaró Agnès, que, con trece años, era de lo más avispada y ya sabía de qué iba el asunto.

—Eso es…

—¿Y por qué das el dinero a la gente que te lo pide? ¿Somos ricos?

Don Ramon soltó una carcajada.

—No, hijo, no somos ricos. Pero a tu padre le gusta ayudar a quien lo necesita, y además tengo la oportunidad de hacerlo. ¿Verdad que a ti te gustaría que alguien te ayudara si estuvieras en problemas o necesitaras algo importante?

—Claro…

—Pues eso es lo que hago… Y puede que algún día tú lo sigas haciendo.

—¿Como si fuera una tradición familiar?

—Eso mismo —respondió don Ramon—. ¿Qué os parece si le damos una sorpresa a vuestra madre y vamos a comprar un poco de bacalao y verduras para comer como señores?

Ambos niños expresaron su júbilo. En aquellos años, una buena comida solo significaba haber tenido un buen golpe de suerte o celebrar algo importante. Haber pisado por primera vez el gran quiosco modernista se ajustaba a las buenas noticias.

3

Barcelona, a mediados de 1909

El verano ayudaba a que el sol, perezoso, tardara en despedirse. Lluïset adoraba aquella época del año porque, en el pequeño balcón de su casa, podía sentarse con los pies colgando y admirar los tejados de las casas más bajitas del barrio. Con el tiempo había aprendido a descifrarlos, a entender su idiosincrasia e incluso a amarlos. Aunque muchos no lo supieran, en el cielo de los viejos edificios existía todo un mundo. Algo parecido a las Ramblas, pero de una forma más selectiva y aérea. Allí, no solo los vecinos tendían la ropa o construían palomares, sino que se articulaba todo un sistema de pillaje estructurado por críos de su misma edad. Esencialmente, niños de la calle, fugados del orfanato o de las familias que pagaban con ellos toda su insatisfacción. Unos menores que, a veces, desde la distancia, lo miraban sin juzgarlo. Pero él no era como ellos y, aunque le llamaba la atención aquella vida salvaje al margen de toda norma, sentía que sus padres esperaban algo mejor de él y de su hermana. Se esforzaban para que no les faltara de nada, y eso lo diferenciaba de aquellos pobres desgraciados carentes de expectativas.

Alternándolo con la observación de la vida del barrio, Lluïset se entretenía dibujando en un viejo cuaderno que su padre le había regalado por su noveno cumpleaños. Con notables dotes para el esbozo, recreaba diferentes perspectivas del quiosco Canaletas.

El lugar le había causado tal impresión que, cada vez que su padre los llevaba a tomar un refresco, él aprovechaba la oportunidad para memorizar, casi como un calco, hasta el último rincón del establecimiento. Pero no solo recreaba la esencia modernista del quiosco, sino que en aquellos nuevos dibujos empezaba a plasmar la figura de los clientes.

—Lluïset, entra ya, que la cena está casi a punto y tu padre no tardará en llegar.

—¡Ya voy, mamá! ¡Solo un momento! —respondió el pequeño de los Ros mientras acababa de perfilar la barra del quiosco.

Rossita, acostumbrada a tener que repetirle las cosas más de una vez, optó por cortar la distracción de su hijo; la sopa no podía enfriarse. Así que le pidió a su hija que empezara a poner la mesa y se acercó hasta el balcón para tirar de la oreja cariñosamente a un pequeño que empezaba a hacer lo que le daba la gana.

Cuando vio lo que estaba dibujando, se llevó una grata sorpresa.

—¿Y esto? ¿Lo has dibujado tú?

—Sí… ¿Te gusta?

La madre no supo qué responder. Se quedó, literalmente, sin palabras.

—Es…, es realmente precioso, hijo. ¿Es el quiosco Canaletas?

—¡Sí! Algún día trabajaré allí, mamá, y será mío. Me gustaría ser como don Atilio.

La madre se sorprendió por el comentario.

—¿Don Atilio? Bueno, hijo, con tus estudios seguro que puedes encontrar un trabajo mucho más interesante. Fíjate lo bien que dibujas…

—A mí me gustaría trabajar en el quiosco.

Rossita sonrió por la inocencia de su vástago y dejó el tema para otra ocasión. Aún era muy pequeño para ese tipo de reflexiones, ya habría tiempo para decidir su porvenir.

—Vamos, mi amor, recoge, que tu padre no tardará en llegar. Y ya sabes que le gusta que cenemos todos juntos.

Tras una amorosa caricia en el pelo, Rossita regresó a la cocina para empezar a servir la cena y Lluïset se dirigió al cuarto que compartía con su hermana, donde guardó el cuaderno bajo el colchón y se adecentó para la ocasión.

Aquel domingo, don Ramon decidió llevar a sus hijos a tomar una soda al quiosco de las Ramblas. Las visitas al paraíso de Canaletes se habían convertido en una especie de rutina familiar. Por su parte, Rossita prefería quedarse en casa terminando algunos encargos pendientes, aunque aquella era la excusa que ponía cada vez que su familia realizaba la pequeña excursión al establecimiento cercano a plaza Catalunya. Lo cierto es que disfrutaba al ver que sus hijos tenían un espacio para estar con su padre. Las horas de trabajo en la fábrica de la Maquinista Terrestre y Marítima y las que dedicaba a ayudar a los vecinos le robaban demasiado tiempo al paterfamilias para estar con unos niños que crecían a pasos agigantados. Y ella, de alguna forma, ya compartía mucho espacio con Agnès y Lluïset, así que fomentaba aquellos paseos con su ausencia, precisamente para que pudieran estrechar sus lazos. Se trataba de un rato breve que el mismo tiempo no tardaría en arrebatarles. La infancia resultaba fugaz, y ella bien sabía lo importante que era tener unos padres amorosos para crecer con la seguridad de poderse enfrentar a un mundo incierto.

Aquel día, don Ramon optó por bajar primero hasta las golondrinas con la intención de dar un paseo en barco y animar a sus hijos.

Un año antes, en 1908, había explotado un paquete bomba en una de las célebres embarcaciones, pero el padre de Lluïset se negaba a vivir con miedo. Y eso era lo que quería inculcar a sus herederos. Nada podía evitar un destino incierto y a todos les llegaba la hora, así que, viviendo en Barcelona, no podían descartar ninguna posibilidad. El destino quedaba eternamente en el aire cuando la reivindicación social era una constante.

Para don Ramon, las golondrinas tenían un valor especial, dado que en la fábrica donde trabajaba se habían encargado de la maquinaria de vapor que las impulsaba. Por lo que sabía, el negocio lo había ideado un cubano, hijo de un indiano catalán y una francesa que, huyendo de la guerra de Cuba, se habían establecido en la Ciudad Condal. Allí, para disfrute de todos los barceloneses, había levantado un negocio de embarcaciones de recreo muy parecido al que existía en la bahía de Matanzas.

Las golondrinas hacían el recorrido desde el Portal de la Pau, en el muelle justo al final de las Ramblas, hasta los baños de la Barceloneta. De hecho, no se trataba de unos simples barquitos de paseo, porque su capacidad superaba los cien pasajeros a bordo.

Desde finales del siglo XIX, las golondrinas habían hecho las delicias de niños, padres y abuelos, que se subían a ellas con la ilusión de recorrer una parte del rostro marítimo de una Barcelona compleja pero siempre en expansión.

Llegados a la pequeña taquilla, en el mismo Portal de la Pau —frente al majestuoso monumento a Colón, que muchos comparaban con la estatua de la Libertad estadounidense—, la familia Ros hizo cola pacientemente mientras veía cómo se iban llenando los tres ómnibus de la flota acuática. Para amenizar el tiempo, don Ramon explicó a sus hijos cómo funcionaba la maquinaria a vapor y la importancia de lo que construían en la Maquinista Terrestre y Marítima. Allí, el acero y los motores se convertían en el alma de los transportes urbanos que comenzaban a verse por la ciudad.

La travesía fue encantadora y los tres miembros de la familia se sintieron orgullosos de vivir en una urbe llena de oportunidades para disfrutar.

Una hora y media más tarde regresaron al muelle y, con la ilusión de haberse hecho a la mar, el trío familiar puso rumbo hacia la rambla de Canaletes, cruzando de punta a punta todos los tramos de la gran vía barcelonesa.

Como solía contarles su padre, la Rambla había sido desde tiempos inmemoriales el espacio urbano predilecto de los vecinos de la ciudad. La extensión era luminosa y amplia, y mientras que gran parte de los ciudadanos vivían enquistados en los barrios de la ciutat vella —donde la insalubridad y la pobreza lo acaparaban todo—, en la Rambla se abrían continuamente nuevos hoteles, teatros y cafés. En sí, era un recorrido ideal para fomentar las relaciones sociales y el verdadero motivo por el que los extranjeros no dudaban en pisar su antiguo pavimento para comprender, de raíz, la esencia de la mentalidad barcelonesa de la época.

Lluïset tenía la fortuna de pertenecer a aquella arteria romántica, de formar parte de todo un universo humano de lo más variopinto. Ser de la zona le confería una autenticidad que hubiera deseado para sí más de uno de aquellos burgueses de bolsillo a rebosar y chistera de tramoya.

Pese a que todos los barceloneses sabían que el Eixample de Cerdà empezaba a coger fuerza como alternativa social y que la futura Via Laietana estaba pensada para empoderar a los más pudientes, la Rambla seguía manteniendo su identidad. Aquel largo paseo que llevaba del mar al interior de la metrópolis seguía siendo la columna vertebral de Barcelona.

En aquellos primeros años del nuevo siglo, la Rambla se había coronado como la reina de los cafés, los quioscos de refrescos, las floristas, los pajareros, los vendedores de periódicos y libros y todo un sinfín de oficios centrados en la venta ambulante. En la diversidad residía su magnetismo.

Tras dejar Colón a sus espaldas, empezaron a subir por el tramo conocido como la rambla de Santa Mònica, un nombre que carecería de trascendencia si no fuera porque en cada tramo de la gran vía barcelonesa se reflejaba una tipología de ciudadano, unas dinámicas y unos hábitos particulares.

Por lo pronto, padre e hijos pasaron sin hacer comentarios por la zona de la plaza del Teatre, justo a pocos metros de los urinarios donde la masificación de prostitutas era un secreto a voces. Los más acomodados evitaban aquella zona según la franja horaria, y Lluïset, que no tenía ni un pelo de tonto, no les dio mucha importancia a las sombras del lugar. De hecho, estaba acostumbrado a las mujeres de vida fácil que merodeaban el portal de Escudellers. Además, las casas de baño, donde supuestamente se tomaban las aguas medicinales, conferían a ese tramo de la Rambla el aspecto típico de un barrio rojo europeo. Toda gran metrópolis tenía un gueto donde saciar hasta las perversiones más inconfesables.

Lluïset observó cómo su padre refunfuñaba para sus adentros al cruzarse con un buen número de marineros, a los que el alcohol y la búsqueda de acompañantes de baja estofa les llevaban a perder las formas. Don Ramon era un hombre serio y formal, y, aunque convivía con toda aquella fauna humana, demostraba una cierta intolerancia hacia el libertinaje y el obsesivo frenesí.

Afortunadamente para los ánimos del paterfamilias, llegaron al lugar donde unas discretas barracas de madera emergían para fomentar la venta de libros de viejo. Aquellos tenderetes se extendían por toda la rambla de Santa Mònica, y don Ramon, que conocía a un tal señor Medina, no dudó en acercarse hasta su improvisado puesto para interesarse por su estado de salud. Aquel vendedor era un acérrimo lector de Voltaire y cada dos o tres frases soltaba al tuntún un aforismo del francés. Escucharlo era realmente divertido.

Prosiguiendo con la ascensión hacia el quiosco Canaletas, la familia Ros Adell se adentró en el tramo conocido como la rambla dels Caputxins. Aquel segmento de la arteria barcelonesa marcaba la dinámica de las escenas nocturnas, junto al emergente Paralelo, donde se habían abierto las primeras salas de fiestas.

La rambla dels Caputxins atravesaba la parte más marginal de la ciudad, aunque lo hacía con intencionada separación de clases, puesto que la misma Rambla se nutría de los mejores cafés del momento, a los que acudían los burgueses, los bohemios y la gente de buen ver. El Café del Centro, el del Liceo o el del hotel Oriente marcaban el quehacer diario de aquellos que conversaban sobre política, avances sociales y urbanismo.

Por otro lado, como si fueran los vulgares peones en un tablero de ajedrez en el que estaba a punto de iniciarse la contienda, Lluïset se fijó en las numerosas sillas que se alquilaban a lado y lado del paseo. Por solo diez céntimos, don Ramon quiso tener un nuevo detalle con sus hijos y pagó por tres asientos desde los que pudieron contemplar tranquilamente la vida social barcelonesa. De alguna forma, aquellos que paseaban por el lugar estaban acostumbrados tanto a mostrarse como a observar.

Como era domingo, fueron testigos de la burguesa costumbre de estirar las piernas por un terreno aún de tierra para alardear de trajes y sombreros a la última moda parisina.

Cuando el tramo empezó a llenarse en exceso, don Ramon, que sabía que iban a quedarse un buen rato en el quiosco, animó a sus hijos a seguir paseando mientras se adaptaban, con normalidad, a la dinámica del gentío.

Aún estaban lejos de donde vivían y recorrieron la rambla de les Flors, dejándose embriagar por el olor y el colorido de los numerosos puestos dedicados al delicado arte floral. De hecho, se trataba de un espacio donde la belleza se fusionaba con el recuerdo más profundo, y no solo por el deleite del arreglo floral, sino también por la presencia de las floristas, que por tradición solían ser las mujeres más bellas de toda la ciudad.

Rodeando a las sirenas de hermosura casi mitológica, emergían el antiguo mercado de la Boqueria, que hacía poco tiempo había recibido el azote mortal de las bombas anarquistas, y el palacio de la Virreina.

Agnès se dejó llevar por la efervescencia de rosas y claveles, y Lluïset, más propenso a otras pasiones, se quedó perplejo con uno de los típicos pajareros de la suerte que deambulaban por la zona. El oficio de aquel hombre era el de la buena fortuna, y, subido a un taburete de altura media, gritaba a todo pulmón: «¿Quién desea conocer su futuro?».

El pequeño de los Ros Adell fue incapaz de resistirse a la revelación de lo desconocido y, tras insistir a su padre casi hasta la extenuación, consiguió que el pajarero le animara a pedir uno de los papelitos que se escondían en una especie de jaula abierta, donde esperaban plácidamente unos canarios. Ante la atenta mirada del chico, uno de los pajaritos, de plumas encarnadas y pico anaranjado, eligió un papelito, que extrajo para entregárselo a su dueño. El pajarero, sin perder la sonrisa, se lo dio a don Ramon, que, siempre gentil, hizo ademán de leer la advertencia que el destino le reservaba: «Como buen soñador, se cumplirá lo que desees, siempre que no olvides desearlo a diario».

Don Ramon esbozó una sonrisa por lo que le pareció un mensaje amable, y le pagó al pajarero con la sensación de haber invertido bien las monedas. Hasta la fecha, a ningún vecino barcelonés le había tocado un mal presagio, lo que confería al maestro de los pájaros una fama irrefutable.

Por los alrededores del mercado de la Boqueria, Lluïset vio a numerosos chicos de su edad esperar ansiosamente algún encargo temporal. Oportunidades que solían darles en las fondas y los hostales, con las que ganaban unas míseras pesetas para ir tirando hasta encontrar un trabajo mínimamente remunerado.

Aquel tramo de las Ramblas estaba realmente concurrido. El pequeño de los Ros incluso llegó a ver una especie de quiosco de contratación donde se ofrecían los servicios de chicas para las tareas del hogar.

Toda aquella efervescencia hacía que a Lluïset aquella gran vía barcelonesa le pareciera un submundo encantador capaz de albergar lo mejor y lo peor de sus vecinos. Uno podía sentirse allí parte de algo más grande que la propia individualidad.

Y, animados por la promesa de un buen granizado o una fresquita soda americana, cruzaron la frontera imaginaria que daba acceso a la rambla dels Estudis, el tramo donde solían emerger la mayoría de los conflictos sociales de aquel inicio de siglo y la zona de la ciudad donde se producía la mayor parte de la venta ambulante.

A la rambla dels Estudis llegaban desde lejos vendedores con todo tipo de objetos: relojes, calzado básico, ropa asequible para todos los bolsillos, reliquias y juguetes para los niños que se habían portado bien. De hecho, Lluïset se enamoró de un pajarito de juguete muy famoso en la Barcelona del siglo XX, un silbato de agua con la forma estilizada de un ave que, una vez lleno de líquido, emitía un característico silbido cuando se soplaba por un filtro.

Aunque el gran reclamo de aquella parte de las Ramblas eran los célebres almacenes El Siglo, un majestuoso establecimiento en que se alardeaba de ofertas y novedades procedentes de los mejores diseñadores parisinos. Era un templo en honor al consumismo más radical, y no en vano contaba con todo tipo de servicios, incluyendo una famosa peluquería para los más pequeños.

Pero a Lluís, más que un lugar en concreto, lo que le atraía de las Ramblas eran tanto el entorno como el factor humano, por lo que se quedó asombrado ante el incremento de niños que ya daban el callo. De entre la multitud aparecían un sinfín de repartidores de edad parecida a la suya que se dedicaban a la venta de periódicos, a la limpieza de botas e incluso al servicio de limpieza urbana. Era como si en la Rosa de Fuego cualquier edad fuera buena para ganarse la vida.

En aquel mismo tramo de las Ramblas emergían los míticos quioscos de prensa, que perdurarían en la ciudad décadas después de que todas aquellas personas dejaran de existir. Unos minúsculos puestos que absorbían la rabiosa actualidad y la filtraban mediante la prensa y las revistas que colgaban por todo su perímetro.

Fue justo en la rambla dels Estudis donde se toparon con Ricardito Morales, el hijo de uno de los trabajadores de la Maquinista que estaba a cargo de don Ramon. Pese a tener solo un año más que Lluïset, aquel crío se había encabezonado en abandonar los estudios y llevaba algunos meses labrándose un futuro incierto en la mítica vía barcelonesa. Como los progenitores de ambos eran amigos, los dos niños solían encontrarse de vez en cuando para jugar, e incluso el vástago de los Morales pasaba por el hogar de los Ros para deleitarse con una rica merienda que doña Rossita preparaba con todo el cariño del mundo. Ricardo había encontrado trabajo como repartidor de periódicos para el Diario de Barcelona y se pasaba casi todo el día a pie de calle para ganarse unas míseras monedas. Sus padres, de origen humilde, habían claudicado ante la obstinación del chico, enfurruñado hasta que respetaran su voluntad, y aceptaron que su único descendiente quisiera buscarse la vida desde tan pequeño.

El hijo de los Morales era conocido en el barrio como el Siciliano por su fisionomía típica del sur de Italia. De talla media tirando a discreta, pelo oscuro, labios carnosos pero angulosos y una mirada parcialmente rasgada, podría ser uno más de los críos que correteaban por las calles de Nueva York o Milán. Su nariz, reñida con el estrecho marco de su rostro, le daba un aspecto de mayor edad. Oculto casi siempre bajo su gorra, escondía una mirada triste y solitaria que desprendía la necesidad de ser querido y valorado. Y es que el hijo de Miguel Morales era un superviviente más de la zona más humilde de la ciudad.

Cuando los Ros lo pillaron de improviso, Ricardito se encontraba en la tesitura de apurar un cigarrillo de baja ralea. Avergonzado por la mirada crítica de don Ramon, hizo el gesto de arrojar la colilla y hacerse el loco.

—¿Sigues aferrado al pitillo, Ricardo? ¿No quedamos en que lo ibas a dejar? No querría tener que contárselo a tus padres, que suficientes dolores de cabeza ya tienen… Sé que me estoy metiendo donde no me llaman, chaval, pero es por tu bien —comentó el mayor de los Ros con buena intención, pero haciendo hincapié en los clásicos matices aleccionadores de la época.

—Sí, sí, señor Ramon… Es que ya sabe usted cómo es el vicio, y así, a lo tonto, me he enganchado al humo. Pero le doy mi palabra de que lo dejaré hoy mismo —argumentó el crío, intentando simular un arrepentimiento estéril.

—Más te vale… Oye, y que no me entere yo que le das a probar a mi hijo o nos las tendremos… ¿Estamos?

—Estamos, estamos…

Ricardito sonrió con picardía, consciente de que el padre de su amigo simplemente lo estaba regañando para aparentar marcialidad. Conocía a aquel hombre y tenía la certeza de que era un santo varón. Desde que su familia había pisado la Ciudad Condal, procedente de Madrid, los había ayudado a ciegas. No solo dio trabajo a su padre, sino que les prestó dinero cuando la vida estrangulaba, y se preocupó por el bienestar de todos. Don Ramon era un rara avis en aquella emergente metrópolis, y él se sentía orgulloso de ser amigo de su hijo. Era como si aquella relación entre críos le acercara un poco a la familia de los Ros.

—Don Ramon, ¿Lluís podría salir a jugar un rato más tarde? Si termino pronto, me gustaría pasarlo a buscar.

—Mejor mañana, Ricardito, que hoy tenemos asuntos que atender. ¿Te parece bien, hijo? —sugirió el paterfamilias para asegurarse de que su vástago estaba conforme con la nueva propuesta.

—Sí, padre.

Los dos críos sonrieron al saber que tenían el beneplácito del respetado adulto y, sin más, se despidieron hasta el siguiente día.

Antes de seguir el camino hacia la rambla de Canaletes, Lluïset se giró un instante para ver cómo Ricardito montaba una escena para llamar la atención de los transeúntes y encasquetarles los últimos ejemplares del Diario de Barcelona. Justo cuando se disponía a seguir a su padre, reparó en que su amigo volvía a encenderse el cigarrillo y se enfrascaba en las ventas. Si alguien destacaba en la ciudad por tener un desparpajo superlativo, sin duda ese era Ricardito Morales.

Y así fue como, tras dar un buen paseo por lo mejor y lo peor del eje identitario barcelonés, se adentraron en el último tramo de su viaje hacia el quiosco.

La rambla de Canaletes era el espacio más conocido por los hijos de don Ramon por la cercanía con su hogar, en la calle Tallers esquina con Jovellanos. En aquel tramo siempre acaecía alguna anécdota capaz de llamarles la atención, y, aunque no lo expresaran, se sentían profundamente orgullosos de haber nacido a las puertas de la majestuosa plaza Catalunya.

A la altura del hotel Gran Continental de la Rambla, el paterfamilias hizo hincapié en una vendedora ambulante que vendía ostras a ochenta céntimos la unidad. Aquel manjar era algo prohibitivo para la mayoría de los ciudadanos y solo los chicos que trabajaban para los restaurantes más lujosos de la metrópolis catalana compraban pequeñas cantidades a modo de recado.

«Algún día, hijos míos, s

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