I
La esgrima es el ajedrez del deporte, decía Imre de Hevesy, por lo general justo antes de que Félix de la Torre le diese jaque a su rey. Solo en el deporte la paciencia abandonaba a Imre de Hevesy. Si bien ante el tablero se arrellanaba, bebía una cerveza tras otra, sin importarle el efecto que el alcohol pudiese tener en él, o se encendía el enésimo cigarrillo, con el sable en la mano se transformaba en un Aquiles cuyo talón sus oponentes aún no habían tenido la fortuna de conocer.
Los movimientos, rápidos, elegantes. A Imre de Hevesy le gustaba alargar sus victorias, un arranque imperdonable de arrogancia en cualquier otro, pero parte de aquel encanto elusivo en él. En la esgrima, un segundo de duda puede cambiarlo todo, y él no se concedía ninguno. Las tácticas que prefería se basaban, sobre todo, en el engaño: avanzaba a la derecha cuando quería atacar por la izquierda; extendía los brazos dejando el pecho vulnerable y a la vista, y aprovechaba la oportunidad concedida a su contrincante para dar la primera estocada.
«Representa al Reino de Hungría Imre de Hevesy, de veintiún años, invicto, que esta noche se enfrenta, en sus primeros Juegos Olímpicos, al esgrimista italiano Gustavo Marzi, de veintisiete años…».
El timbre, estridente, reverberó por el salón del apartamento de la familia De la Torre, en Chamberí, y durante unos segundos efímeros ahogó la voz metálica del locutor de la radio. Inglés, claro, ya que los oídos de España estaban muy lejos de los Juegos de Hitler.
Ana, la hija del matrimonio, se secó el sudor de la mano en el pantalón antes de subir el volumen; buscaba exterminar, aniquilar aquel ruido que había llegado sin pedir permiso, de la misma manera que con la retransmisión exterminó y aniquiló el barullo procedente de la calle.
Era agosto de 1936 y había un moretón llamado España en el mundo.
Un segundo timbrazo, esta vez acompañado por el sonido sordo, inconfundible, de unos nudillos que golpeaban la puerta.
La madre, que bordaba en el otro extremo de la sala, contuvo la respiración. Ana contó las capas de ruido como las estocadas del partido de esgrima: los tacones de los zapatos de Estefanía, la criada, contra el mármol, la cadena que se retiraba, el pomo que giraba, la pregunta como una soga al cuello y la respuesta que le siguió.
—Lo siento, señor, pero el señorito Félix no se encuentra en casa y tampoco sabemos cómo localizarlo…
El grito ahogado. La puerta se abrió a la brava y golpeó la pared.
—¡Señor!
La melodía serena de unos pasos que se acercaban devoró la tranquilidad de aquella tarde de verano.
«Marzi sortea hábilmente la ofensiva de De Hevesy. Ambos atletas, que han salido victoriosos de sus enfrentamientos anteriores, se ven ahora las caras en una velada de tensión palpable».
En cuanto el recién llegado atravesó el umbral de la puerta acristalada, Ana se levantó de la silla en la que estaba sentada, frente al secreter.
—Mi hermano no está en casa —dijo, y en su voz no hubo rastro del temblor que le sacudía las manos—. Lleva tiempo fuera.
Se trataba de un hombre joven. El porte regio, casi noble, quería traicionar las ropas de obrero que colgaban de unos hombros anchos de deportista o de soldado. Nada en la cara lampiña ni en el pelo clarísimo, cortado al cepillo, parecía indicar que pasase de una veintena que a Ana le quedaban unos meses para abrazar.
Trató de recordar aquellos rasgos afilados, felinos, en los rostros de los muchachos que acudían a las fiestas de Félix, cuando todavía las había, pero fue incapaz.
—Ya ha oído a mi hija —terció la madre, con la labor todavía entre unos dedos que, a diferencia de los de Ana, permanecían inmóviles—. Mi hijo se encuentra fuera de Madrid.
El hombre asintió. Alzó las manos (cuidadas, impolutas, sin marca alguna que diese testimonio de vida o de trabajo) y las dejó caer sobre los huesos de las caderas. Se paseó por la habitación como si quisiera contenerla o medirla con sus zancadas. Avanzó con la desfachatez de un actor entre bambalinas que por vez primera repara en la ausencia de uno de los personajes principales de la obra.
Se agachó ante doña Basilisa.
—Su marido tampoco se encuentra en casa, ¿no es así?
«Segunda estocada de De Hevesy. Si quiere igualar a Marzi deberá liderar el próximo ataque…».
Ana se humedeció los labios, pero el visitante no dio cabida a una respuesta.
—Un viaje de negocios no puede ser —dijo—, porque los obreros han colectivizado la fábrica.
En la radio, que emitía desde una Europa cada vez más lejana e impasible, el marcador del combate de esgrima favorecía al italiano Gustavo Marzi.
Al crujido que se oyó al otro lado del pasillo pronto se le unió el sonido de una llave girando y una puerta que cedía con un chirrido. Unos nuevos pasos, esta vez sordos, de pantuflas, se dirigieron al salón.
Félix de la Torre hizo acto de aparición despeinado, enfundado en el batín azul marino que solía reservar para las vacaciones de verano en Cantabria y con un pitillo apagado entre los dientes. El rostro, todo él palidez cetrina, se relajó al reconocer al recién llegado.
—Es un amigo —les dijo a las mujeres, y se acercó a él para darle dos palmadas en la espalda.
Su voz era hosca, flemática, como la de un náufrago que apenas acaba de poner los pies en tierra firme.
—¿Has logrado conseguir lo que…?
Un asentimiento corto que el hombre acompañó con el movimiento rápido de introducir la mano en el bolsillo interno del mono, para sacar de él unos documentos y entregárselos a Félix sin desplegarlos.
—El coche llegará en dos horas. Es muy importante que estéis todos abajo a la hora. El conductor no esperará a nadie, los salvoconductos caducan mañana.
Félix asintió con la cabeza.
—Gracias, camarada.
Al acercarse a su hermana se inclinó levemente hacia la radio, como si albergase la esperanza de alcanzar los últimos retazos de la retransmisión antes de que el alboroto de la calle, al que él no era inmune, ahogase las palabras del locutor. Sin embargo, resopló de inmediato, antes de dirigirse a su madre.
—¿Y padre?
—Con la portera, ahí no iban a buscarlo.
—Bien, voy a avisarlo.
Se volvió hacia Ana, que no fue capaz de leer nada en la expresión de aquel rostro moreno, anguloso, tan similar al suyo que aquel verano en que ella se cortó el pelo parecían dos atletas mellizos cuando jugaban al tenis.
—Prepara la maleta. Ya has oído a Luis: en dos horas tenemos que estar abajo.
Las cejas de Ana temblaron.
—¿Para qué?
Félix se pasó una mano por el pelo, que quedó húmedo y brillante a causa del sudor que le impregnaba la palma.
—Nos marchamos de Madrid, vamos a la zona nacional.
—Estás loco.
—Padre y yo ya lo hemos dispuesto todo. El tío Bernardo podrá albergarnos. Será solo por un par de semanas, quizá unos meses, hasta que se termine todo este jaleo.
—Estás loco —insistió Ana—. ¡Unas semanas! ¿Tú crees que esta situación va a acabarse en un par de semanas?
—Los nuestros restaurarán el orden pronto, no te quepa la menor duda.
Ana emitió un ruido explosivo por la nariz.
—¡Los nuestros! ¿Qué te hace pensar…?
Su voz fue disminuyendo de volumen hasta desaparecer. Los ojos de Luis, azules y redondos como dos canicas, estaban volcados en ella.
Ana ya no prestaba atención a la radio. Su sola presencia le resultaba grotesca, un recordatorio monstruoso de la vida que había conocido y amado, que en ese momento se desvanecía como si no hubiese existido jamás.
Se aclaró la garganta.
—¿Cómo pretendes que vayamos a la zona nacional, si hay controles en las carreteras?
La paciencia de Félix, relativa incluso en las mejores circunstancias, se consumió como la cerilla que su camarada sostenía entre los dedos, con la que prendió un cigarrillo.
—No tienes que preocuparte por eso —le dijo, y le colocó ambas manos sobre los hombros—. Hemos conseguido papeles falsos y salvoconductos. No pierdas más el tiempo y prepara la maleta. Solo lo indispensable, y las cosas de valor que puedas esconder. No podemos levantar sospechas.
—No voy a preparar nada porque no iré a ninguna parte.
Félix chascó la lengua y Ana lo ignoró. Madrid era el Retiro, el Ateneo Libertario, las tardes de verano yendo en bicicleta a la Dehesa de la Villa. Madrid era una lengua nueva, viva, ajena a sus padres y a todo lo que estos representaban, y sentía que se lo estaban arrancando de raíz del pecho.
Se giró hacia doña Basilisa.
—¿Estaba usted al tanto de esto, madre? —No le concedió la oportunidad de responder—. ¿Es que todo el mundo estaba enterado menos yo?
Félix, que todavía no la había soltado, se llevó dos dedos al tabique de la nariz.
—Por las razones que ahora salen a relucir, decidimos que sería más prudente no contártelo —resopló—. Mira, no tenemos mucho tiempo. Si no quieres que Estefanía te prepare el equipaje a su gusto…
—Yo no dejo Madrid.
—Tú te vas con tu familia, que es lo que tienes que hacer.
No fue la voz clara de Félix la que se alzó, sino la de doña Basilisa, cuyo tono rasgado contaba mil historias de un vicio por el tabaco poco común entre las mujeres de su clase.
Ana la miró por encima del hombro. Se permitió dar un paso atrás, como si aquellos centímetros ganados resultasen necesarios para asimilar la gran traición que le arañaba los huesos. Su madre no era como las demás señoras de Madrid; quizá la indolencia de los inviernos de su Galicia natal la había endurecido, o tal vez eran los últimos vestigios de la grandeza ligada a su apellido los que la impulsaban a no seguir ninguna ley excepto la suya propia. Fumaba y bebía como un hombre; junto a ellos, se retiraba a debatir de política y no sonreía mansamente ni asentía cuando creía que el caballero que tenía delante estaba errado, fuese o no su marido.
—Que no me voy de Madrid —repitió Ana, trémula—. Me quedo en la casa de Inés y me pongo a trabajar si hace falta. No quiero ser una boca más que alimentar, pero…
Félix suspiró.
—Inés se va también. Me he encargado de prepararlo todo. —Bajó los párpados—. Madrid ya no es una ciudad para chicas decentes como ella.
Los ojos de Ana se humedecieron. Antes de que pudiese agregar nada, la madre se puso en pie con un último gesto triunfal y le hizo señas a la criada.
—Estefanía, ayuda a la niña a preparar la maleta.
—Madre, no me voy.
—Prepárale la maleta, Estefanía —insistió doña Basilisa antes de volverse hacia su hija—. Eres menor de edad. Te vienes con tu familia y no se hable más del tema.
II
Félix de la Torre tuvo a bien cambiar el batín por la gabardina, a pesar del calor asfixiante de Madrid, y las pantuflas por los mocasines, además de pasarse la gomina y el peine por el pelo. Al salir, seguido de su hermana, que aún protestaba, no se dirigió de inmediato al último piso, donde vivía la portera, sino al apartamento de los vecinos de enfrente. No tuvo necesidad de tocar el timbre ni de golpear con los nudillos; al sonido característico de sus pisadas le respondió el crujido de la puerta que se abría. Al otro lado no emergió la figura de la criada de los Márquez, sino la pálida y descarnada de la señorita Inés.
Ella se santiguó al verlo.
—¿Estás bien? Me asusté al oír que llamaban, pero Jorge reconoció al hombre que estaba abajo y me dijo que era amigo tuyo.
El hermano, que fumaba con el vientre apoyado en el alféizar de la ventana, no reaccionó a lo que oyó ni física ni verbalmente. Se limitó a observar la escena que se desarrollaba en la calle: los milicianos marchando, la tricolor ondeando, los últimos coletazos de una civilización que se negaba a admitir la magnitud del golpe recibido.
Félix hizo amago de abrazar a Inés, pero ella ya se estaba acercando a Ana y le tomó las manos.
—Pero… ¿y esas lágrimas? ¿Es que han venido a por tu padre?
Ana negó con un movimiento débil.
—No, estamos todos bien. —Cerró la puerta tras ella y bajó la voz—. Nos marchamos de Madrid.
Una arruga creció entre las cejas pobladas de Inés. Como aún no había soltado las manos de su amiga, la atrajo hacia sí para pasarle los brazos por detrás de la espalda.
—¿De Madrid? Pero…
—Nos marchamos a la zona nacional, a casa de nuestros tíos.
—Hay que estar listos en dos horas —agregó Félix, y aprovechó la distracción para colocar una mano sobre el hombro de Inés—. Tú también. Te he conseguido papeles falsos y un salvoconducto. Sé… sé que no te he pedido relaciones, pero piensa que vas a estar más segura allí que aquí en Madrid. ¿No están tus padres en casa? Me gustaría…
Las palabras de Félix tuvieron un efecto notable en los Márquez. Inés dio un paso atrás que la separó de los hermanos; una sombra se cernía sobre su rostro, cada vez más pálido. Tras sacudir la colilla del cigarrillo sobre la repisa de la ventana, Jorge se volvió.
En muchos sentidos, Jorge Márquez parecía haber acaparado tanta energía vital con su nacimiento que había dejado a su hermana con las manos vacías. Las similitudes físicas entre ellos solo se percibían en la inactividad: la nariz romana; los ojos oscuros, casi negros, que por su forma y su color recordaban a los de un ave; los labios bien definidos, el superior ligeramente más grueso que el inferior. En el movimiento no había parecido alguno, el cuerpo alto y musculoso de Jorge contenía la energía de mil soles; en contraste, la constitución menuda de Inés, con aquellos huesos finos que hacían pensar más bien en un pájaro, unida a la claridad de la piel, inducían al observador a sacar una única conclusión: semejante criatura carecía de la consistencia necesaria para pertenecer del todo a la raza humana. Inés Márquez aún no había cumplido los veinte años y el cielo ya parecía clamar por ella.
Tras leer incorrectamente su expresión, Félix esbozó una sonrisa.
—No tienes por qué asustarte. Los nuestros han tomado el control del paso de Somosierra —dijo ladeando la cabeza—. No sé cuánto tiempo van a resistir, por eso es tan importante que nos marchemos de inmediato. ¿Me harás ese favor?
Inés, que todavía no se había acercado a él, le devolvió la sonrisa.
—Eres muy bueno conmigo, y yo te lo agradezco…, pero mi padre…
La sonrisa de Félix se transformó en una carcajada cuyo descaro pareció sacudir la modorra de la madre de Inés. Doña Consuelo salió de la sala de música por la puerta que daba al salón, en cuyo umbral se paró para observar, impasible, la escena que se desplegaba ante ella.
Ana intentó intercambiar una mirada con aquella mujer cuyos ojos serios y sensatez tanto le recordaban a su amiga, pero esta no se inmutó.
—Sé de qué pie cojea tu padre —dijo Félix, y se giró para dirigirse a la mujer—. Discúlpeme. Si ustedes han dispuesto…
—Mi marido no deja Madrid. Y mi lugar es estar junto a él —respondió, cada palabra una espada.
El porte de doña Consuelo no solo delataba su clase social y la educación recibida, sino también, y ante todo, la severidad inherente a su carácter. Se acercó a Inés con pasos de bailarina que no admitían el pecado mortal de apoyar los talones al suelo.
—Aprovecha esta oportunidad, hija —le dijo, y con la palma le acarició la mejilla—. Félix se ha arriesgado mucho, supongo, para conseguir el salvoconducto y los papeles.
—No ha supuesto inconveniente alguno, señora. Lo mismo me costaba organizarlo todo para mí y para los míos. —Desvió la mirada—. Claro que, si me lo permiten, me gustaría considerar a Inés dentro de esta categoría.
La muchacha tragó saliva. Un leve temblor le recorrió el pecho, cuyos huesos se adivinaban bajo la blusa de crepé.
—Yo te lo agradezco, Félix —insistió—, pero no puedo… no puedo dejar a mis padres ahora que está todo tan revuelto. Tampoco…
No fue la mano languideciente lo que captó por segunda vez la atención de Jorge Márquez. Había cambiado de postura mientras ella hablaba, y cuando terminó ya había alzado dos dedos para sostener la patilla de carey de sus anteojos.
—¿Te preocupas por mí? ¿Por qué? ¿Acaso eres mi guardiana? ¿No ves que no pueden llamarme a filas? —Pronunció esta retahíla de reproches mientras se quitaba las gafas—. Estoy prácticamente ciego sin ellas, no podría dispararle a un gato. Madre tiene razón: deberías irte con Félix y con Ana. Madrid está condenada.
Dada la ausencia de respuesta a este último comentario, Ana supo que don Tomás no se encontraba en casa; él jamás habría tolerado un derrotismo de semejante calibre en uno de sus hijos. También ella pensó en decir algo, pero no le dio tiempo. La expresión entre divertida e inquisitiva de Félix, como si quisiese expresar en voz alta que sabía muy bien de qué pie cojeaba Jorge, la distrajo.
—Si tú te quedas en Madrid, yo también —dijo en su lugar, casi sin pensar.
Las palabras simplemente brotaron, como si un ángel se las hubiese susurrado al oído.
Félix chascó la lengua.
—Otra vez la misma canción. Madre…
—Todavía estamos en una República —lo interrumpió—. No tengo el deber de obedecer al padre.
Félix separó los labios, mas nuevamente fue una voz de mujer la que se alzó por encima de la suya.
—Vas a irte con tu familia —dijo doña Consuelo—. No están las cosas para darle un disgusto a tu madre. Yo, desde luego, no te lo permito. —Suspiró—. Ale, cada cual con los suyos y que sea lo que Dios quiera.
Doña Consuelo leía los mismos libros que su marido y en su mesa nunca faltaba El Sol, un diario que los De la Torre desdeñaban en favor del ABC. Tras la sublevación en las islas Canarias, quitó la tricolor que su marido había colgado en la ventana, arguyendo que las banderas pertenecían a los cuarteles, y no quiso escuchar ni una sola palabra más, pese a que la radio aseguraba que el alzamiento no había llegado a la península. En momentos como ese, doña Consuelo parecía responder más al nombre doña Sensata que a aquel con el que la habían bautizado en la iglesia de Santa Teresa y Santa Isabel.
Aún dijo más:
—Inés, cariño, ¿por qué no llevas a Ana a tu habitación? Seguro que tienes prendas de abrigo que le harán falta en Galicia.
Una formalidad que apenas logró ocultar la orden velada. Si bien no tenían la misma talla, ni Ana ni Inés habían sufrido jamás las escaseces que tanto conocían otras jovencitas de Madrid. En los tiempos en los que estaba mal visto que las señoritas se vistiesen como lo que eran, los vestidos y los abrigos esperaban a que pasara el tiempo, con la seguridad de que se cumplirían los augurios de don Ricardo de la Torre, quien aseveraba: «Al final la vida vuelve a poner las cosas en orden».
Doña Consuelo, como su hijo, creía que estaban pisando lo que en unos meses serían los huesos y las cenizas de la capital de la República. En la zona nacional los objetos de valor de la familia correrían, quizá, menos peligro que en Madrid.
Con un gesto, Jorge le indicó a Félix que lo acompañase a la salita en la que durante los años de instituto habían estudiado juntos, y bebido y discutido después, una vez llegados a la veintena. En aquel sagrado lugar, de alfombras persas y cortinajes de terciopelo granate, ambos habían escuchado por radio el parte meteorológico preludio de la sublevación, que el general Franco había dirigido a la nación la mañana del 17 de julio: «En toda España el cielo está despejado…».
Un mes más tarde, Madrid resistía. Los De la Torre huían, y a los dos amigos, apoyados contra el radiador apagado, todavía les quedaban unos minutos. Conociendo a Félix como creía que lo hacía, Jorge se figuró que su equipaje ya estaría a punto, esperándolo en la habitación.
Sin mediar palabra se volvió hacia el minibar, de donde sacó una botella de coñac. Sin un ápice de vergüenza por el descaro, sirvió las dos copas que yacían sobre la mesa, que, a juzgar por su aspecto, ya habían sido utilizadas.
La radio estaba apagada. Jorge no escuchaba ni las noticias de la guerra, ni la retransmisión de los Juegos de Hitler, ni la música de Mahler, la predilecta de Félix, ni de Verdi, su favorita. Les llegaban sin interferencias los ruidos de la calle.
Félix rechazó la copa que Jorge le tendía.
—Prefiero estar sobrio.
—No te lo recomiendo.
Félix separó los labios. Por un instante pareció que se preparaba para decir algo. Tomó aire y sus propias palabras le dejaron un sabor metálico en el paladar.
—Ahora que no tenemos nada que ocultarnos el uno al otro, no sé si tienes mucho que celebrar —dijo.
Al característico alzamiento de ceja de Jorge se le unió la explosión de una carcajada que resultó grotesca en aquel momento, en aquel lugar. Aquella era la habitación de las chiquillerías y los juegos, y en ese instante era como si el suelo de madera se curvara bajo el peso de sus cuerpos y la pérdida intolerable de la sangre derramada.
—Et tu, Brutus? Madrid resiste.
—Sé serio.
Jorge respondió al comentario con un movimiento, sentándose sobre la repisa de la ventana, de espaldas a las calles de Chamberí.
—Mal que me pese, ya tendré tiempo de vestirme de luto. —Le dio un sorbo al coñac—. Espero no tener que hacerlo por ti.
Félix entornó su oscura mirada. Bajo la luz, que les llegaba a través de las cortinas, el iris le refulgía, casi rojo.
Ante su silencio, Jorge prosiguió.
—No te veré al otro lado de una trinchera, a Dios gracias. No le mentí a mi hermana: con esta vista, sería más un engorro que una ayuda, y ayudas, la República, necesita todas las que pueda conseguir.
—Eres más sensato que la mayoría, que no es decir mucho. —Se pasó la lengua por los labios—. Me alegro de tu buena o de tu mala suerte. No me habría gustado verte en el bando opuesto.
Jorge no respondió al comentario. Apuró la copa, y al posarla de nuevo sobre el mueble, el ruido estremeció a Félix.
—Tengo que hacer lo que me dicta la conciencia —prosiguió—. Me uniré al ejército en cuanto pase a la zona nacional.
El anfitrión se cruzó de piernas.
—Siento no poder alegrarme de la suerte que te has buscado.
Los músculos de Félix se tensaron.
—Sé que nuestras ideas son opuestas, en otra España eso no tendría importancia.
Jorge lo miró.
—Conozco bien tus pecados y no me lamento de ellos, sino del desperdicio sin sentido.
Félix estiró los labios. Se había sacado el mechero del bolsillo y lo acariciaba, aún sin encenderlo. En otras circunstancias, el humo del tabaco, espeso tras una noche de excesos y de jarana, habría ocultado el rostro de su amigo.
—Si caigo, caeré por España.
—Por una idea.
—Por la unidad de España.
—Si intentáis conseguir a tiros lo que no pudisteis en las urnas es porque lucháis por una idea, no por un país.
Félix tomó aire. Todo su cuerpo se posicionó frente a Jorge, dispuesto a dar la última estacada, la sentencia lapidaria que, como en aquellas veladas universitarias, daría por zanjada la discusión. En el último momento, sin embargo, se dejó caer sobre la otomana, apoyó el codo en la rodilla y la frente en la palma de la mano, y sacudió la cabeza, casi sonriendo.
—Ya veo que no puedo hacerte cambiar de opinión y no tengo tiempo para quedarme a discutir, ni siquiera por los viejos tiempos. —Alzó la barbilla hacia su amigo—. Si mientras tanto pudieses hacer entrar en razón a tu hermana…
Jorge, que ya se había girado hacia la ventana, no se volvió para responderle. Su mata de pelo oscuro brillaba como un halo, bajo la influencia del sol, que se achataba en la distancia.
—Si tuviese alguna influencia sobre ella, lo haría de buena gana. No sé si del fascismo, pero Madrid será una tumba.
Se sirvió una última copa. Solo Dios sabía cuándo volvería a darse una reunión como aquella.
III
La radio, que sonaba baja, era como el director de orquesta que guiaba los movimientos de Ana. El ajetreo de la calle ya no le molestaba. Aunque el informativo le llegaba sin interferencia alguna, el inglés, lengua que dominaba, se le antojaba foráneo; habría tenido más éxito tratando de desmenuzar las palabras del arameo o el griego antiguo, o de algún otro idioma antiquísimo cuyo significado hubiese quedado olvidado en la marea de los años.
Henchida de rabia y amodorrada por el nerviosismo que le producía la situación, cogió una de las figuras de porcelana de la coqueta de la habitación y la tiró al suelo. Al ruido que emitió al romperse pronto le siguieron un silbido y una voz grave, ya conocida, que terció:
—¿Es que ya han tomado Madrid?
Bajó el mentón para que Jorge no reparase en el nuevo rubor que le encendía las mejillas. Tomó uno de los jerséis que Estefanía había dispuesto sobre la cama y lo guardó en la maleta abierta.
—Si esperas que haga cambiar de opinión a tu hermana, has de saber ya lo he intentado y no he tenido más suerte que tú.
—No he venido por eso.
Se había sentado sobre la colcha de ganchillo sin un ápice de vergüenza, y le tendía una prenda del montón que quedaba a su derecha. Ana la aceptó sin mirarlo.
—Tu hermano nos ha dado un juego de llaves —continuó diciendo él—. Mi madre le ha prometido a la tuya que guardará la casa, pero no sé cómo estará Madrid dentro de unas semanas. Si quieres que mantenga a salvo algo que no puedas llevarte a la zona nacional…, algo que quizá más tarde te comprometa.
Al oír estas palabras, sí se volvió. La expresión de Jorge era hermética, la misma mueca entre inquisitiva y divertida que le había visto en tantas ocasiones, en las fiestas de Félix, en su mesa predilecta de la cervecería Vinces, en la barra del Marly, el local que ella solo había pisado una vez, a escondidas de sus padres.
El suyo era un rostro hosco, de líneas fuertes y rasgos oscuros. Más que atractiva, era una faz digna de dibujarse; el trazo del carboncillo suavizaría la dureza de la mirada. A Imre de Hevesy, sin embargo, solo podía pintarlo con acuarelas, y por mucho que jugase con las mezclas de color jamás lograba alcanzar los tintes rojizos del rubio y tampoco el gris a veces azulado que rodeaba su pupila.
—Sé que no eres devota de los mismos santos que tu hermano —prosiguió Jorge, ante su silencio—. Te he visto merendando más de una vez en la Casa de Campo.
Ante esa certera observación, Ana emitió un ruidito explosivo por la nariz.
—¡Anda, y yo a ti! Y con un merengue en la cabeza como un chibirí.
—Como los chibiríes con los que estabas tú, quieres decir. —Rio. La suya era una risa aspirada, casi ronca—. Pues mira, ya conocemos cada uno los crímenes y los pecados del otro. Quizá dentro de unos años tengamos que fingir que no los cometimos.
Las comisuras de los labios de Ana se tensaron. Bajó la voz.
—¿Cómo puedes ser tan derrotista?
—Veo las cosas y no me da miedo llamarlas por su nombre. La República resistirá, pero no sé si podrán salvarla. Esa es su tragedia. —La señaló con la cabeza—. Y la nuestra.
Ana apartó la mirada.
—Eres un tibio.
—Pues no soy yo el que está haciendo la maleta.
La muchacha se volvió de nuevo. El labio inferior le temblaba, pero Jorge no le dio la oportunidad de separarlo del superior para decir nada. Mientras le ofrecía la última camisa, agregó:
—Ojalá me equivoque, pero el Madrid que nosotros conocíamos ha muerto. Si de veras quieres quedarte a ver el final, no te lo reprocharé.
—Ya escuchaste a tu madre: no quiere ni oír hablar de que me quede en Madrid con vosotros.
—¿Y? Todavía estamos en una República. No le debes más obediencia a mi madre de lo que se la debes a la tuya.
Ana le sostuvo la mirada, mas fue incapaz de leer nada en aquellos ojos oscurísimos, del color de la tinta, que parecían consumir y reflejar la luz.
—No soy un hombre de los que se casan y, si lo fuera, no sé si valdrías los dolores de cabeza que me darías, pero no me importa hacerte este favor. Tus padres no pueden negarse a que te quedes con tu marido, y nosotros ya tendríamos tiempo de divorciarnos antes de que vuelvan a Madrid.
Tuvo la sensación de que esas palabras reverberaban por la habitación, se confundían con la voz tranquila del locutor radiofónico, que Dios sabía si seguía hablando aún del combate de esgrima, y abrazaban el caos reinante en el exterior.
—No puedo —susurró—. No estaría bien.
Jorge hizo amago de decir algo. Cuando ella se estiró para alcanzar la fotografía de Imre de Hevesy y la guardó en la maleta, entre las capas de ropa, él meneó la cabeza y sonrió.
—Ya veo. Olvida que te lo he propuesto. Los libros, imagino —dijo señalando la estantería con dos dedos.
Ella asintió, a pesar de que no habría resultado necesario. Tras comprobar los nombres de los autores en los lomos, Jorge se los colocó debajo del brazo.
—Espero devolvértelos cuando nos volvamos a ver —dijo—. Lo que acompaña a la quema de libros nunca es cosa buena.
Se alejó. Ya había alcanzado el umbral de la puerta cuando se detuvo y, tras apoyar la espalda en el marco, agregó:
—Es campeón olímpico, por si no lo sabías. Parece que todavía quedan cosas que celebrar, fuera de España.
El coche de Luis llegó a la hora, según lo acordado. Cuando los De la Torre bajaron con equipaje ligero y atuendos humildes, a fin de no levantar sospechas respecto a sus nuevas identidades, los vecinos que estaban sentados en la terraza de la tasca los observaron, conscientes de que había llegado el momento de que los señores se marchasen de Madrid.
El perfume a jazmín mareó a Ana al arrellanarse más junto a su madre. Sentía la ropa muy cerca de la piel, y le escocía; cuando se la quitara le dejaría marcas en el cuerpo como preludio de la tragedia que se cernía sobre ella, estaba segura. Dejaron la radio encendida antes de cerrar la puerta, y le daba la impresión de que la voz del locutor le arañaba las paredes del oído. En vano había deseado escuchar la entrevista a Imre de Hevesy, los dos bocinazos del automóvil no dieron lugar a retrasos.
Al alzar la mirada mientras giraban en la plaza, alcanzó a ver los ojos oscuros de Inés y de doña Consuelo en la ventana.
—¿Y Estefanía? —preguntó.
Se iban sin ella. A juzgar por su estremecimiento, la pregunta cogió por sorpresa a doña Basilisa. Tras acariciarse el bigote, tupido y entrecano, don Ricardo sentenció:
—Estefanía…, pues Estefanía tendrá que irse al pueblo con su familia, que tampoco la hemos dejado con una mano delante y otra detrás.
—Eso si no se le ocurre meternos en casa al rufián que se ha echado de novio —dijo la madre—. Que la muchacha es honrada, pero el chico… se las trae.
Ana negó con la cabeza.
—No va a meterlo en casa porque se lo han matado en la sierra.
Don Ricardo se santiguó.
—Dios lo tenga en su gloria.
—Poca gloria —terció Félix, con los ojos fijos en las calles que atravesaban y no en su padre—. Fue uno de los milicianos que entró en el Cuartel de la Montaña.
En uno de los balcones habían colgado un cartel donde rezaba que los fascistas no pasarían por Madrid, pero ellos no estarían allí para ver si la promesa se cumplía.
—Todos somos de Dios.
—Que los muertos entierren a sus muertos —dijo la madre.
A Ana le pareció apropiado. Ya estaban todos muertos.
IV
El balneario de Ontaneda olía a lilas y a sal. O, quizá, era el cuerpo de Imre de Hevesy el que desprendía aquel aroma a lilas, obstruido únicamente por la brisa del mar. Era el ocaso del verano de 1935 y del interior les llegaban retazos de la conversación, en estricto alemán, que don Ricardo y el señor De Hevesy mantenían sobre las futuras elecciones en España. La atención de Ana, no obstante, no estaba volcada en aquel proceso en el que, por edad, aún no podría participar, sino en la carrera de Diplomacia que empezaría al volver a Madrid y en las manos de Imre de Hevesy, que aprovechaban el acto de pasar la página de la novela que leía para acariciarle la piel del muslo. Estaban en el jardín, acostados en las tumbonas, y todos los soles del mundo parecían broncearlos.
—No seas fresco —rio Ana cuando los dedos del muchacho, desafiando todo riesgo, subieron más de lo debido.
Imre la miró con una ceja arqueada. A finales del verano, el rostro de Imre estaba cuarteado de pecas; en contraste, sus grises ojos casi brillaban plateados.
—Y yo que pensaba que tú eras de las que creía en el amor libre…
—Y lo soy, pero eso no significa que tengas carta blanca. Además, como Félix nos vea…
—¡Ja! A Félix lo he visto hacer cosas peores en la fiesta del viernes.
Hablaban en francés, y no en alemán como preferían sus padres, pues aquel era el idioma que a Ana le habían enseñado en el instituto. Imre había estudiado ambos en el internado de la capital, donde sus padres lo habían mandado esperando, en vano, que su expediente mejorase. Hacía dos años de aquello, y ya no importaba. Según las leyes húngaras, el número de universitarios judíos debía corresponder al porcentaje hebraico de la población: un seis por ciento, del que Imre, debido a sus mediocres notas, quedaba excluido.
—Menos mal que Dios, que lo sabe todo, le ha dado soltura en el deporte —solía decir el señor De Hevesy—. Sin él, este hijo, que ni estudia ni trabaja, sería un tarambana.
Don Ricardo tenía una espina similar clavada. Aunque Félix cursaba Económicas, estaba demasiado volcado en la política, y el padre no albergaba esperanzas de que fuese a heredar la empresa cervecera cuya sucursal húngara administraba el señor De Hevesy.
—Hemos criado a una generación ruinosa —decía entonces, vestido de imposible acritud.
Pero todavía era 1935, y verano, y todo cuanto Cantabria sangraba eran lilas y sal.
En Berlín, un esgrimista judío dejó la taza de espresso sobre la mesilla del hotel y tomó el periódico del día, que, en un alemán más pulcro de lo que le habría gustado, le había pedido al botones. Carecía de respeto por la lengua alemana, mucho menos aún tenía por la francesa; le gustaba habitar en los espacios en blanco de los idiomas, en las fronteras entre las raíces latinas y las germánicas, y dejar que sus expresiones, y ante todo sus gestos, se comunicasen por él.
A la mañana siguiente su nombre y su rostro aparecerían en la portada de las páginas deportivas. «Imre de Hevesy, de veintiún años, invicto…». En ese momento, sin embargo, las pasaba sin leer las noticias hasta dar con las relacionadas con la guerra de España. El agosto anterior soñaba con la clasificación olímpica. El verano cántabro, pensaba, tendría que esperar, pero volvería a sus costas en lo más delicioso de septiembre, cuando el otoño es solo un recuerdo vago que la brisa fresca trae consigo. Era joven, e inexperto, pero jamás tendría una ocasión como aquella. En Hungría, la joya de la corona de la esgrima, como en muchos otros países, los atletas se retiraban en protesta por el régimen de Hitler. Otros, los judíos como él, no habían tenido tiempo de cavilar sobre su moral. Si no competían, se decía, era para mantenerse a salvo.
Pero, al igual que en materia lingüística, Imre de Hevesy habitaba estrictamente en las zonas vacías entre su nacionalidad magiar y la sangre hebraica, física, que no impregnaba nada más. Desconocía el hebreo y el yidis, no pisaba jamás la sinagoga de la calle Dohány, menos aún otras más pequeñas como la de la plaza Bethlen, en la que había celebrado su bar mitzvá, del cual solo recordaba el precio (un faisán), por el que su padre había protestado durante semanas. Se había olvidado de los rezos a fuerza de no pronunciarlos, sus labios rara vez cataban las recetas kosher de sus compañeros y sus tripas no rugían por el ayuno en Yom Kippur. No pertenecía a ninguna parte y, por esa misma razón, se creía con el derecho a entrar sin ser invitado allá donde quisiera.
Aun así, no pudo evitar decepcionarse al ser un ministro, y no el Führer en persona, el encargado de entregarle la medalla, estrecharle la mano y darle la enhorabuena. Había imaginado la escena muchas veces, hasta casi sentir el vello erizado del líder alemán en las yemas de los dedos. En el espacio de tiempo delgadísimo que durase aquel apretón lo habría mirado, conocedor de que, sin la cadena de la estrella de David y con su apellido hungarizado, se acercaba al ideal de quienes lo repudiaban por pertenecer, pese a todo, a la estirpe de David. Rubio, alto y atlético. Si los periodistas del Reich no hacían indagaciones sobre su vida antes de mandar el diario a la imprenta, publicarían su fotografía como la del muchacho ejemplar de la Europa Central.
Se acercó el espresso, aguado y de mala calidad, a la boca. Su lengua y sus dientes añoraban el regusto amargo del café español, que se mezclaba con el olor a sal que se pegaba a la piel tras un día de playa. En los periódicos alemanes no se había publicado una letra del asesinato de Federico García Lorca, que Ana leía en voz alta con su voz grave y raspada por el tabaco (el tabaco de la discordia que don Ricardo le permitía fumar, contra todo decoro, a la niña de sus ojos).
Ana por las mañanas, cuando se encontraban en el restaurante del balneario y compartían el primer café. Annakém[2] por carta, y cuando tomaban el sol alejados de las miradas de todos y podía, al fin, besar el salitre de su hombro. Anne-Marie cuando quería enfadarla. Annácska[3] cuando la vestía de su lengua, que ella desconocía, aquella de la que se dice que ni el diablo ha sido capaz de aprenderla. Ana de todos sus veranos, los siete de la infancia y los dos que lo recibió como mujer. Quizá no volvería a haber un verano como aquellos.
V
Kedves Imre,[4] escribió Ana, y el rasgar de la pluma ahogó, por un instante, la voz del locutor de Radio Burgos que daba el parte de la guerra. La radio, siempre la radio. De haber podido, le habría gustado ahogarla, aniquilarla, del mismo modo que cerraban las ventanas para que no entrase a través de ellas ruido alguno de la calle.
Doña Basilisa lloraba desconsolada porque su único hijo estaba a una carta de distancia y aquel papel, que nunca llegaba a tiempo, significaba una sola cosa: su supervivencia. Su cuñada, cuyo único hijo varón se hallaba en paradero desconocido, se creía que en la zona republicana, encontraba en sus dos hijas el mismo bálsamo que doña Basilisa en Ana: ninguno. En la guerra, eran los hombres los que morían y las mujeres las que se encargaban de la mortaja. Solo las bombas y los obuses y, más tarde, el hambre, serían los grandes igualadores, pero no había bombas ni obuses en Cedeira, y el hambre, poseyendo tierras, todavía se esquivaba.
Ana se había cansado de leer noticias de Madrid. Las evitaba de la misma manera que su tío, tras el rezo del rosario, cerraba todas las puertas y ventanas para cantar en gallego. A los sindicalistas del pueblo, antiguos vecinos, no se los mentaba porque ya no existían; paseados o encarcelados, ya no caminaban las calles empedradas del norte, y el mero pronunciar sus nombres no los devolvería a la vida que habían abandonado.
—La política es una casa de putas, Anita —le decía el tío Bernardo.
A lo que doña Basilisa replicaba:
—Maldita la hora en la que mi hijo se metió en política. Que Dios me lo perdone.
Únicamente a Dios le rezaban. No al Dios de Abraham, que alzó el cuchillo para dar a su hijo en sacrificio, ni al Dios de Saúl y de Jonatán, caídos en batalla. Quizá a quien se dirigían era a la Virgen, siempre con la misma plegaria: no seguir sus mismos pasos y recibir un cuerpo frío cuando lo entregado había sido un hijo.
No, las cartas nunca llegaban a su hora.
Primera carta de Ana a Imre
Cedeira, 1 de septiembre de 1936
Kedves Imre:
Lo escribo, y me parece oír tu voz, ese chisss sibilante de las eses, con el que siempre me equivoco, y con el que casi parece que me chistas al hablar. Nunca quisiste enseñarme el húngaro (decías que teníamos tiempo) y ahora sabe Dios cuándo volveremos a vernos. ¡Y con qué desfachatez decía tu padre que el único español que necesitaba era el preciso para pedir una cerveza en el bar, sacar a bailar a las mujeres en el salón y dar las indicaciones exactas a los botones del balneario! A saber cuándo volvéis, y de qué manera, a saber si quedará piedra sobre piedra en la Cantabria que conocimos.
En Cedeira el aire, que huele a sal y a mar, se me antoja como una trampa por su similitud con nuestros veranos. Aquel aroma que tanto amaba ahora me parece ponzoñoso, como el de una fruta que dejas en la repisa de la ventana y se pudre al sol.
Toma nota de mi nueva dirección y perdóname por no haberte escrito estas últimas semanas. Espero no haberme perdido ninguna carta suya. Los vecinos tienen nuestras llaves de Madrid; cuando vuelva, las leeré todas y no me importará que sean viejas.
A Félix no le escribas porque no va a contestarte. Te mantendré informado de las noticias que nos lleguen de él, aunque sea a cuentagotas.
Sobre Berlín, cuéntamelo todo, enseguida. ¿Te puedes creer que escuchaba la noticia de tu victoria en la radio mientras hacíamos las maletas? La ultimísima buena noticia que he tenido.
No escatimes detalles, que quiero vivir a través de ti. Aquí, a fin de ahorrarte disgustos, no hay nada que contar. Salir de casa me parece un sacrilegio, y doy gracias por que el invierno llegue pronto a Galicia y pueda convertirme en una flor de estufa (¡yo, que jamás habría perdonado una noche de jarana!) sin ser el foco de los reproches. Casi todo el tiempo lo paso con mi prima Chelito, que es un año mayor que yo. Ella me enseña a bordar y yo le he prestado todos mis libros. También compartimos ropa, ya que la tía dice que la que he traído aquí no se lleva y que con los pantalones y el pelo tan corto la gente podría malpensar. Pero Chelito quiere quedarse con un par de ellos, y con un par se quedará cuando yo pueda volver a Madrid.
¡Madrid! Madrid es una herida que tengo abierta en el pecho. España está resquebrajada y las únicas noticias que me llegan de los míos, a través de la radio y de los diarios, me cortan el aliento de raíz.
Háblame de Budapest y de sus calles, que yo no quiero pensar en las mías.
Saludos y besos,
ANA
Primera carta de Imre a Ana
Budapest V, 18 de septiembre de 1936
Drága Annakém:[5]
Durante semanas he estado maldiciendo y maldiciendo al pobre diablo del cartero. Si las circunstancias fuesen otras, te pediría que me pidieses perdón de rodillas.
Por supuesto, es todo una broma, y me alegro lo indecible de que estés bien. Desde que oí la primera exclusiva de los bombardeos de Madrid no he podido dormir. Ahora que sé que lograsteis salir en el momento preciso y que estáis lejos de la capital, respiro más tranquilo.
Te contaré todo acerca de Berlín, y con todo lujo de detalles. El café, terrible. La recepción, aburridísima. Los atletas, interesantísimos. La competición… ¿Cómo voy a describir la competición? Nunca he sido paciente con la palabra escrita, y los años no me han mejorado, sino que han terminado de arruinarme. Sobre Alemania, sin comentarios.
Hace años, cuando aún iba al instituto y con motivo del aniversario de mis padres fuimos a Portorož y a Trieste antes de reunirnos con vosotros en el balneario, al asomarme a la ventana del hotel vi por primera vez, en Italia, a los fascistas desfilando por las calles pacíficas y ya crepusculares. Los miré con ojos de turista o de niño, como si fuesen un afijo más del territorio, no muy distintos de las palmeras que se mecían bajo el sol o del sonido de las olas desde el balcón.
Pienso en Félix constantemente. Es uno de mis mejores amigos, y lo quiero. Nunca pensé que tuviesen importancia alguna sus ideas y las mías. Ahora me doy cuenta de mi error, es una soga al cuello.
Quiero decirte tantas cosas, hasta ahora siempre me había guardado las mejores para contártelas de carrerilla en verano. ¿Cuándo tendremos otro verano?
Ana, sabes que no soy una de esas personas que creen en los dioses, pero rezo y rezo para que nos devuelvan, y de golpe, todo lo perdido, y porque os mantengáis a salvo y de una pieza. Si no puedo creer en los dioses, creeré en la munición y en los frentes de guerra, y dirigiré todas mis plegarias a ellos.
¡Dios! Menuda carta. No te lo echaré en cara si la tiras al fuego enseguida. La preocupación me consume hasta el tuétano y los sentimientos fuertes me adormecen. No hago más que leer noticias de España. Me siento impotente permaneciendo aquí cuando una guerra me separa de vosotros. La felicidad me quema la piel.
Con todo el cariño del mundo, y pidiendo disculpas por mi imperdonable apatía,
I. DE HEVESY
VI
Ana leyó la misiva de Imre una sola vez antes de quitarle las tijeras de costura a Chelito para recortar, con sumo cuidado, todo lo concerniente a Alemania, a los soldados de Trieste y a Félix. Los jirones de papel desechados cayeron, como muñecas de trapo, sobre la página del periódico en la que se anunciaba el cambio de postura de los soviéticos en relación con el Comité de No Intervención, y luego la usó como bandeja para arrojar los retazos a la lumbre.
Su prima alzó la vista, le clavó los ojos, de una mezcla melosa entre el ocre y el verde, y no dijo nada. Habían aprendido a guardar silencio, conscientes de que, si se atrevían a romperlo, la voz enérgica de la tía Juana las esperaría al otro lado.
—En esta casa nunca se ha hablado de política. No vamos a empezar ahora.
Por no hablar, dejó de preguntar por su hijo, pues ya no quería conocer la respuesta.
Cedeira, 10 de octubre de 1936
Querido Imre:
No me escribas más hablando de España ni de Félix porque no podré soportarlo. Cuéntame, en cambio, cosas de tu vida, solo cosas de tu vida. Háblame de Budapest y de la esgrima y de la música que escuchas y de los antros en los que te emborrachas, de todo lo banal, lo vanidoso y lo insípido.
Pero no me mientes más la guerra ni las noticias que lees o no te contestaré a una carta más.
Siempre tuya,
ANA
Ana dobló la cuartilla dos veces, en cruz, y cerró el sobre en el que la guardó. Si no lo hacía enseguida, mientras la herida aún estaba tierna, habría sentido la tentación de añadir una posdata que tendría que acabar en el fuego junto con el párrafo aniquilado.
Vigésima carta de Imre a Ana
Budapest V, 3 de mayo de 1937
Drága Annakém:
La primavera ha llegado a la capital, milagro esplendoroso. No hago otra cosa que pasarme el día en el gimnasio y vagabundear (palabras de mi padre, no mías) por las cafeterías de la ciudad. Gundel, Gerbeaud, Centrál, New York. La medalla olímpica ha sido lo peor que le ha podido pasar al viejo, que ya no tiene ninguna excusa para acusarme de holgazanería.
A veces, entre combate y combate, me imagino que Félix y tú estáis aquí. Te llevaría conmigo a trazar mis propios pasos, como una sombra (tu venerable hermano tendría más que suficiente con las mujeres de Budapest). Probarías las crepes de Gundel, la tarta de chocolate y albaricoque de Gerbeaud y el café de Centrál (lamentablemente, no tan amargo como ese alquitrán milagroso que bebéis en España). En el New York se reúnen los escritores y los poetas; no consumiríamos nada, nos moriríamos de hambre o, mejor dicho, nos llenaríamos hasta empacharnos de ideas robadas.
¿Te acuerdas de las fiestas del balneario? Tu padre y el mío debatiendo hasta las tantas de la madrugada, Félix enrojeciendo por el alcohol y las propias palabras que se le atragantaban, yo evitando hábilmente que caldeases más el ambiente poniéndole los puntos sobre las íes a la discusión.
Lo siento, ignora lo anterior. Pienso demasiado en el pasado, hasta que puedo olerlo y saborearlo. Debo de estar haciéndome mayor.
Veamos, ¿qué más haríamos? Largos paseos por Buda, por supuesto, sobre todo ahora que los cerezos están en flor. Iríamos al cine de la esquina, si echan algo bueno y, si no, directos a la isla Margarita a ver las horas pasar. Te haría caminar de una punta a otra de la ciudad. Al caer la noche, la única opción válida para ver el Parlamento es la plaza Batthyány. ¿Sabes que conozco, de vista, al condesito Batthyány en persona? Bueno, es su madre la que tiene el parentesco con los condes, y sus hermanos los que practican esgrima en mi gimnasio. Entonces, solo entonces, podríamos tomar el tranvía (el 4 o el 6, que recorren la ciudad de punta a punta), y aunque no estuviese abarrotado te sentaría sobre mis rodillas para poder sentir cerca de mí tu piel y soñar que floto en la nube de tu perfume. Después, las luces de Budapest; en la oscuridad, un zepelín sobrevuela el Oktogon (ahora plaza Mussolini) anunciando betún Schmoll.
¡Ja! Además de nostálgico, me he vuelto sentimental. Cuando regresen los veranos y volvamos a vernos, me devolverás de golpe todas las cartas y me dirás que no quieres tener nada que ver conmigo. ¿Y cómo reprochártelo? (Aunque, verás, me reservo el derecho de pedirte de rodillas que lo olvides todo).
Sin un ápice de vergüenza, y echándote mucho de menos,
I. DE HEVESY
Fragmento arrancado y guardado entre las páginas de un libro de Radnóti
Ante la imposibilidad de meter estos galimatías en un sobre y ponerles un sello, lo vierto todo sobre el papel sin contemplación alguna. Me estremecen las noticias de España (Guernica, Guernica, ¿qué publicará la prensa gallega sobre Guernica?). Paso más tiempo del que debería en el New York, que abre hasta tarde, y salgo de allí embriagado por el alcohol, y no por las ideas de prestado.
Vuelvo una y otra vez al mismo punto. A principios de año, a la misma mesa de las interminables borracheras, mi amigo János me gritó hasta quedarse sin voz. ¿El motivo? Pretendía seguirlo. Estaban reclutando hombres para las Brigadas Internacionales y él se había apuntado. Mi fervor cuando me lo contó le pareció ofensivo. Soy muy joven. Desperdiciar la vida a los veintiocho años es una cosa, pero a los veintidós resulta inadmisible. Traté de explicarle mi postura, los lazos que me unen con España, pero no quiso oír una sola palabra al respecto.
—Lo último que necesitas es meterte en política —me dijo.
—¡Política! Ya me conoces; no me importa lo más mínimo.
Pero me despachó con un movimiento nervioso de la mano.
—Te dará problemas.
—A mí y a todos.
—A ti más que a nadie. —Le dio un trago a su bebida—. ¡Dios! —El vaso, al caer de nuevo sobre la mesa, emitió un ruido monstruoso, y János bajó la voz—. ¿Es que no ves los títeres que tenemos en el Gobierno? No te perdonarán que te unas a las filas de los bolcheviques y los socialistas más de lo que te perdonarán la sangre que te corre por las venas.
En ese instante me recliné en la silla, como si el tamaño del golpe recibido precisase espacio físico.
—¡Mi sangre! ¿Qué tiene que ver mi sangre con todo esto?
—Verás, tiempo al tiempo. En una madrugada no te va a venir la sensatez que se te ha escapado en veintidós años.
Podría haberle cerrado la boca con los puños. Ya me estaba preparando para ese movimiento cuando, azotado por el tono sombrío de su voz, dejé caer las manos sobre la mesa. Al final me detuvo lo mismo que me impidió ir al frente con él: el carácter sagrado de la amistad ante el que me inclino sin hacer preguntas ni pedir explicaciones.
No me alejaron de la guerra ni la apatía política ni el aprecio a la propia vida ni el temor por el futuro, sino una única preocupación, que me consume hasta el insomnio: encontrarme con una cara conocida en el bando contrario.
Pienso constantemente en los aviones alemanes sobrevolando España…
Vigésima carta de Ana a Imre
Cedeira, 1 de junio de 1937
¡Café! Café, bonito, ahora ya ni se ve, vive solo en tus recuerdos y, mientras tanto, yo me deleito pensando en el café Centrál del que me hablas. ¡Y tarta! Debería, sin duda, cesar toda correspondencia para no tener que leer ni una palabra más de semejantes exquisiteces del pasado.
Me angustio por Inés y por los de la universidad, sobre todo ante la falta de noticias. Estos días Hungría se me antoja más cercana que Madrid. ¡Que mi Madrid!
Félix ha caído herido en combate, pero nos escribe desde el hospital con buen ánimo. Los doctores prevén una recuperación completa que, sin embargo, mamá espera se torne larga, puesto que eso lo mantendrá alejado del campo de batalla.
Aquí, dentro de lo que cabe, todos estamos bien. El hambre no tendrá la capacidad de asustarnos mientras haya tierras que cultivar y cerdos que matar. ¿Puedes creerte que al final ha sido la guerra, y no la República, la que ha conseguido que los señores tomen el arado? La tía Juana y madre, obnubiladas por la nueva situación, se quedan en casa mientras padre, el tío Bernardo, Chelito y yo salimos a trabajar. Yo lo hago hasta que cae la noche y al regresar la tía me mira las manos, que están enrojecidas y sanguinolentas, y la cara quemada por el sol, y rompe a llorar. «¿Qué nos ha pasado? ¿Qué nos ha pasado?», pregunta, y nadie tiene el ánimo de contestar.
De permitírseme, trabajaría también en la oscuridad, hasta hacerme daño, porque todo cuanto conozco está en Madrid y yo, que no sufro ni el hambre ni las bombas, no encuentro otra penitencia que esta.
Con cariño infinito,
Tu ANA
VII
El Escorial, 26 de julio de 1937
Querida Inés:
Lo primero: madre tiene razón. No hay ningún motivo para que sigas yendo al hospital ahora que no estoy en Madrid. En el Socorro Rojo tenemos muchas voluntarias y todavía no estamos en un momento de la guerra en el que tengan que ejercer la enfermería aquellas que por su salud deberían cuidar de sí mismas. Además, de manera egoísta tengo que pedirte, en primer lugar, que no me preocupes y, en segundo lugar, que te hagas cargo del viejo. Es más terco que una mula y a madre no le hace ni caso, a mí y a mis cartas mucho menos; solo tiene oídos para ti, que eres la niña de sus ojos. De no ser por tu influencia, lo siguiente que sabré de él es que se ha levantado en armas, y eso sería un desperdicio tanto para él como para la revolución que pretende llevar a cabo.
Por mí no tenéis que angustiaros, no salgo del hospital, cuya planta subterránea ha sido habilitada como refugio. La comida es suficiente, pero ¿y vosotros? La última vez te vi muy demacrada. ¿Os llega con las cartillas y con lo que le dan a padre en el partido? No os humille cambiar las joyas y la cubertería de plata por comida, si todavía hay alguien que valore más el oro que el pan que llena el estómago. Si la situación es desesperada, pídele a Pepita que te acompañe al hotel Florida y di que vais de mi parte, he trabado amistad con algunos reporteros que quizá tengan a bien devolver favores. ¿Ves? A mí no me molesta pedir, espero que a ti tampoco te turbe. Eres más sensata que mamá y por fortuna no has heredado el orgullo de papá, que en los peores días hace mella en mí.
Escucho música constantemente, el antiguo doctor se dejó aquí su gramófono y algunos discos. Leo con la voracidad de los condenados los libros de texto, porque esta guerra me está robando el último año de universidad, y las novelas de Ana, ya que las mías las he devorado hasta memorizarlas. No grites sacrilegio, hermanita, que se las devolveré de una pieza y ni siquiera notará que las he tocado. Incluso he forrado las tapas con números atrasados del ¡Ayuda! para que no se manchen.
Estoy muy bien de salud y no me hace falta nada.
Resistid, que estos tiempos oscuros también pasarán.
Tu hermano que te quiere,
JORGE
La carta apenas había llegado a su fin cuando el joven doctor apuró la firma. Con la otra mano levantó la aguja del gramófono. La sinfonía tercera de Shostakóvich se interrumpió en mitad de un acorde. La habitación en la que Jorge descansaba y fumaba el penúltimo cigarrillo no se sumió en el silencio de la tarde, sino en la respiración ronca, cada vez más atragantada, de la paciente que yacía en la camilla.
A causa de la palidez cetrina de la muerte que le mordía los pies, ya fríos como los de las estatuas, parecía mayor que sus veintiséis años. El pelo, oscuro y aún ensangrentado, se le rizaba sobre unas cejas finísimas de artista de cine.
El doctor Kiszely cambió de postura en la silla junto a ella. El ruido que provocó su movimiento (grotesco, incontenible) ahogó por un instante la cacofonía de voces que llegaban desde el pasillo. Hablaban en el español de aquella tierra que sangraba, unido al inglés y a otro idioma, u otro conjunto de idiomas, que Jorge no fue capaz de identificar.
Kiszely se mantuvo en silencio un instante más. Al alzar la vista hacia Jorge masculló, casi desmembrando las palabras.
—Por humildad.
Dio la impresión de que el acento de su camarada, espeso como la miel, se aferraba con garras a las paredes blandas de la garganta.
—¿Cómo?
—La transfusión y la operación que le realizó el doctor Jolly fueron un ejercicio de humildad y corazón. La paciente ya está muerta, aunque respire. Todos lo sabíamos desde el momento en el que la trajeron. —Se humedeció los gruesos labios—. ¿Por qué no descansas? Llevas en pie desde la noche.
Jorge sacudió la cabeza. Arqueó las comisuras en una mueca que, a la luz recortada del candil, casi asemejaba una sonrisa.
—Por humildad y corazón. Descanso tanto aquí como en la sala.
—Quizá es mejor así. Si sales, el marido te pedirá verla.
—Será como visitar un cadáver. Es preferible esperar a que las enfermeras la preparen.
De la nariz, pequeña y recta, aún fluía una sangre testaruda que le tintaba el arco de Cupido. Las gasas y el barreño de agua yacían rosados en el carrito a su derecha como recuerdo de los intentos fútiles de los doctores por lavarla. No podían hacer nada por ella, salvo dar testimonio de su lucha. La sombra de la muerte se cernía sobre su castigado cuerpo.
Kiszely se encendió un cigarrillo y señaló a Jorge con la punta encendida.
—¿Escribes a tu novia?
Como respuesta, el muchacho se guardó la carta en la novela que había dejado a la mitad.
—A mi hermana.
—No te tenía por un hombre venerable.
Jorge cogió aire. Guardaba en la manga réplicas perfectas para cualquier broma, hijas ya huérfanas de sus incontables noches de jarana, y todas ellas eran pesadas. Pronunciarlas habría requerido un esfuerzo hercúleo, unas fuerzas que palidecían ante las ojeras violáceas, producto de las madrugadas en vela encadenadas y las mejillas que se hundían, famélicas.
—Me preocupa. Está delicada de salud.
El semblante de Kiszely se tornó serio.
—¿Neumonía?
—Debilidad. —Tomó el pitillo que su compañero le tendía y permitió que él se lo encendiera—. Es su naturaleza, nunca ha tenido salud.
—Lo lamento.
—¿Y tú? ¿Tienes mucha familia esperándote en casa?
Kiszely lo detuvo con un movimiento nervioso de la mano.
—Mi casa ya no existe. Me está quedando un país ruinoso. —Emitió un ruidito explosivo por la nariz—. A Cristo voy a hablarle de clavos. Vine al tuyo persiguiendo una idea…
—Y te encontraste con la muerte.
El amigo no respondió de inmediato. Los ojos, de un azul tan profundo que ahí, en la penumbra, se confundía con el negro, estaban fijos en el libro que Jorge tenía sobre las rodillas.
Indicó la fotografía que Ana utilizaba como marcapáginas y a la que Jorge, a fin de no perderla, le daba el mismo uso.
—¿De qué conoces a Imre de Hevesy?
La pregunta tuvo un efecto retardado en el doctor más joven, que observó, por primera vez con detenimiento, la instantánea antes de contestar.
—De nada.
—Guardas una fotografía suya en la novela.
—No es mi novela.
Para ilustrar su afirmación le mostró la primera página, en la que Ana, con su letra cursiva, apretada
