El buen vasallo

Francisco Narla
Francisco Narla

Fragmento

Colmillo, negocio y traición

COLMILLO, NEGOCIO Y TRAICIÓN

Año del Señor de 1097

I

Se jugaban el pellejo. Ese era su negocio.

Un descuido se pagaba con un palmo de acero en las tripas. Bastaba una patrulla, un rastreador. Y las moscas con valor para abandonar la sombra tendrían el rancho servido.

No podían avanzar. Solo asomar los hocicos por encima de las piedras.

Y lo que vieron se llamaba desolación.

Los del castillo arrojaban pedruscos, trozos de muralla, muebles viejos y maldiciones. Lo que fuera menos la esperanza. Blasco incluso hubiera jurado que uno, cubierto de vendajes, lanzó una cuna.

Se hizo añicos con un crujido que sonó a lástima.

Pero los moros aguantaban. Y tenían el temple de recoger lo que caía, hasta los pedazos de la cuna. Porque, a no ser por los cadáveres, poco más había.

Los rumores de ambos bandos, desesperados unos, cínicos los otros, eran cuanto se oía en un aire que quemaba. El sol se derramaba con tal justicia que ni las cigarras chiscaban.

—Cinco credos —escupió Nuño por el hueco del colmillo.

Mordió las palabras. Y las sentenció por el mismo hueco, con un gargajo que se estampó en la tierra calcinada.

Aquel colmillo lo había arrancado la lanza de un catalán en Almenar, cuando la soldada la pagaban los moros de Zaragoza. Nuño lo había descabellado como a un mulo con la pata rota. Le hundió la daga en el cogote.

Y al sacar el hierro, entre cuajarones de sangre, se estrenó en aquello de escupir por el condenado hueco.

Una costumbre que se llevaría a la tumba.

Aquel hueco no era peor que la nariz mal recompuesta o la cojera heredada del mandoble de un sarraceno. A Nuño lo habían parido atravesado. Agrio en el carácter y parco en las formas. Hecho de remiendos.

Había abandonado Mansilla sin más fortuna que la espada al cinto y hambre de gloria, confiando su porvenir a la guerra.

Y de la guerra había hecho oficio.

Ambos lo habían hecho.

La guerra era su negocio.

No llevaban más que el gambesón de cuero, sin cota de malla. Con las espadas en sus fundas, con las hebillas embadurnadas de grasa ennegrecida, con las cinchas aseguradas.

Había más de diez mil moros acampando en la llanura. Y de los cristianos en la fortaleza tampoco podían esperar merced; los castellanos se la tenían jurada.

—Si queda algo en los aljibes —rezongó Nuño—, cinco credos y dos avemarías…

Y soltó otro escupitajo. Con tanta fuerza que volteó un guijarro.

Blasco dejó de mirar la llanura, desparramada más allá de la fortaleza, y se dio la vuelta. El guijarro rodó cuesta abajo, hasta estamparse con un hierbajo reseco. Y, en lugar de preguntar, se enjugó el sudor que le corría por la frente.

Conocía el negocio. Y a su compañero.

Habían estado juntos en el asedio de Valencia. Le bastaba oír el tono de los escupitajos.

A Nuño le importaba un bledo si la fortaleza caía. Le preocupaba aquella llanura. Le preocupaba que, en la llanura, algo se pudría. Y no eran los muertos.

—¿Credos?, ¿avemarías? —inquirió con retranca asturiana—. Podemos acercarnos y decirles que ayunen hasta Pentecostés…

Blasco, que tenía el rostro de un santo en el altar y los modales de un ricohombre, era hijo de un hacendado que poseía manzanos en la parroquia de Pando. Manzanos, manzanas y cuatro lagares que, según decía, daban la mejor sidra entre el mar y el Duero.

Nuño lo ignoró con un gruñido.

Ninguno de los dos quería hablar de lo que veían.

En un flanco, entre la hierba reseca y la tierra revuelta, los moros habían crucificado a medio centenar. Algunos de aquellos desdichados, unos pocos, los que no habían sucumbido a la tortura o al sol, aún se estremecían. Como reuniendo fuerzas para morir de una maldita vez.

—¿Ayuno? —soltó Nuño sardónico—. ¡No jodas! Un hambre de cojones es lo que van a pasar. Les han mordido los tobillos, y, como se descuiden, les mastican los huevos…

Y señaló el castillo que llamaban de Consuegra.

El asturiano se escurrió pendiente abajo, no fueran a verle levantar el codo, y echó un trago de la calabaza que habían rellenado al cruzar el río, donde habían dejado los caballos.

Antes de contestar, miró al cielo, roto por un sol que amedrentaba a los buitres. Incapaces de echarse un día más a la carroña, los bichos esperaban a que la canícula concediese tregua.

—También los moros andarán escasos de agua —conjeturó—. Aquí no hay más que rastrojos. No pueden armar un asedio… Y ya tienen bastante botín…

Al pie de las cruces, por entre los cadáveres, pese a la hinchazón y los hedores, algunos había sin más resguardo del sol que los turbantes. Seguían registrando los cuerpos, sajando dedos para robar anillos. Cortando cabezas.

Cabezas que apilaban.

Habían levantado con ellas un macabro otero. Y sobre él habían tendido una escala hecha de postes para las tiendas y lanzas quebradas.

Por aquellos peldaños subía un muecín con aljuba negra para llamar a la oración del mediodía.

No era la primera vez que veían algo así, y no sería la última. Ese era su negocio.

—¡Cagüen el virgo de la Magdalena! Dios y san Pedro dirán…

Blasco entrecerró los ojos y lo miró suspicaz.

—¿Y qué sugiere su paternidad que hagamos con lo que no dirán? —preguntó señalando las cruces, los muertos, la llanura—. ¿Convocamos un concilio?

El flanco era una escabechina. En toda la llanura, que se había bebido ansiosa la sangre, no había lugar peor parado. Allí se había desbaratado la batalla. Allí se había fraguado la derrota de Castilla.

Nuño se atrevió a incorporarse, atento a que no los viese una patrulla.

—Si apesta cuando pisas —rechistó—, mírate la suela con un puñado de paja en la mano…

Nuño aguantaba estoico, pero Blasco volvió a enjugarse el sudor antes de hablar.

—La caballería rompió filas y los moros los envolvieron… Solo uno de los flancos aguantó.

—Dijo santo Tomás cuando metió el dedo en las llagas.

Y al asturiano, a regañadientes, se le escapó una sonrisa que bien podía haberse tallado en lo alto de un retablo, junto a la mismísima Virgen María.

—Si llegamos a Valencia —continuó Nuño sombrío, sabedor de que no las tenían todas consigo—, nos toca cobrar soldada… Te apuesto un quinto a que los flancos los mandaban Alvar Fáñez y el cabrón del Boquituerto.

—Alfonso prometió…

—¡Cagüen el rey! ¡Y me cago en Castilla! —cortó Nuño tajante—. A esa bota no basta con restregarla, hay que meterla un mes en remojo para quitarle la peste a mierda —terminó gritando—. ¡Los dejaron en calzones!

—De acuerdo con su ilustrísima —concedió Blasco burlón—, pero baje su eminencia la voz, que hay moros en la costa…

Y en aquel rostro contrahecho el ceño se frunció como el partirse de un leño. No le hubiera servido de inspiración a ningún tallador, a no ser para labrar las bestias del Apocalipsis.

—No me toques el badajo —protestó, malhumorado, pero bajando la voz.

—No se enfade su paternidad —rogó el asturiano, conciliador.

Le respondió el bufido ronco de un oso.

Se dejaron envolver en el silencio. Taciturnos. Esperando sin saber el qué.

Y ni siquiera una brisa misericordiosa se apiadó de aquellos dos.

—¿Cómo se le dice a un padre que su hijo ha muerto?

En tono sombrío, casi lúgubre, fue Blasco el que preguntó. Se atrevían, al fin, a discutir qué los había llevado hasta allí.

—No podemos mentirle… Prefiero echarme a correr cerro abajo y dejar que me atrapen los moros.

Aquellos moros ya se arrodillaban cara al levante. Y los lagartos seguían escondidos y las cigarras sin chiscar.

Sobre las cabezas sanguinolentas, señor de la llanura desde aquel tétrico alminar, el muecín se había vuelto al oriente, hacia La Meca, y había comenzado a entonar. Su rezo, melancólico, se derramaba sobre el campamento y lamía los muros del castillo. No solo alababa al único dios y a su profeta, también juraba que pronto sería oído de un extremo a otro de aquellas tierras castigadas por el sol.

Sacudiendo el mentón con fastidio, Blasco volvió a hablar.

—A Ruy no va a gustarle…

Y otro escupitajo salió por el hueco del colmillo.

—No, a nadie le gusta la traición.

ARENA, SED Y JUGLAR

Año del Señor de 1102

I

Lo seguían. El yesero lo sabía.

Pero su problema era otro. Otros.

Arena, piedra y sed.

Tenía por delante la única frontera que espantaba por igual a moros y a cristianos: el desierto blanco de la Bardena. Una jornada entera de sed y tierras baldías.

Allí, solo los alacranes se sentían a sus anchas. Y allí no sería fácil desembarazarse de su perseguidor.

Podía buscar el norte o el sur, donde se prometían bosques, o al menos matas verdes donde darle esquinazo. Pero su destino estaba al oeste.

Y el yesero sabía que lo seguían. Sin embargo, no sabía el porqué.

—Mierda…

A veces hablaba solo. Y se maldijo por lo sucedido en la posada.

—¿Quién me mandaría a mí meterme?

Pero el yesero era un tipo práctico. Romántico incluso. Lo de la posada ya no tenía arreglo. Era agua pasada. Y él no iba a dejar de hablar consigo mismo, y tampoco despegarse aquella maldita costumbre de buscarse enemigos.

Dejó colgado un reojo en el hombro, como si ajustase la correa del hatillo, y siguió caminando. Por la arena, hacia el oeste.

Al menos la primavera era apenas una promesa y el calor no amenazaba con socarrarle los sesos.

Por delante tenía el desierto. Detrás, más problemas.

II

Las huellas desaparecieron de pronto. Se esfumaron. Las mismas que había seguido desde la amanecida.

Terminaban sin más en la arena. Como si su dueño hubiera echado a volar. Y por más que miró a todos lados no supo a dónde había ido. Allí no había lugar en el que esconderse.

A lo lejos se veían montes desgastados, cansados. Malabaristas que sostenían en sus cimas piedras que se negaban a caer. Y, más lejos aún, se adivinaba el verde de los bosques.

Pero allí solo había arena.

El juglar se quedó donde estaba, empapado en dudas.

Las primeras collalbas de la temporada pasaron volando, buscando un lugar menos inhóspito en el que esperar el buen tiempo.

Su presa se había desvanecido.

Recolocó sobre el hombro la correa de la vihuela y se rascó el cogote.

Así, atónito, lo sacudió el impacto.

En un abrir y cerrar de ojos quedó inútil. Una mano le agarraba el mentón, impidiéndole volverse. Y una rodilla le apretaba el corvejón, impidiéndole dar un paso.

Y no era todo. Un cuchillo amenazaba con afeitarle por última vez.

—¿Qué quieres?

La pregunta resonó, tan desafinada como el acorde que escapó de las cuerdas de la vihuela, estremecidas por la sacudida.

Y antes de que las cuerdas dejasen de vibrar, el filo apretó la delicada piel bajo la nuez.

III

Al dueño no, pero a las cuerdas se les pasó el susto y, cuando callaron, el yesero volvió a preguntar.

—¿Qué quieres?

Y la gota de sangre que se escurrió por el filo dejó claro que no habría una tercera.

—Calma, por los candados de Toledo, ¡calma! —balbució el juglar.

Y cuando tragó para reunir valor sintió el acero morder la piel.

—Se me ha ocurrido un buen negocio —mintió ronco—. Bueno para los dos.

El cuchillo no aflojó y Martín temió haber juzgado mal al yesero.

A Martín lo conocían como Mañana. Eso quienes le tenían aprecio suficiente para preguntar cuándo pensaba saldar sus deudas. Quienes se habían convencido de que jamás cobrarían le dedicaban apelativos menos cariñosos.

Era como un gato, siempre caía de pie, aunque parecía incapaz de despegarse del agüero de que vivía la séptima y última de sus vidas.

Su padre fue uno de los pocos con redaños para campear las orillas del Tajo después de que los moros claudicasen Toledo. Con la ilusión de la que solo los desesperados hacen patria.

Se jugaron lo poco que tenían a cambio de todo lo que querían.

Pero en la frontera era más fácil perder la vida que ganar el jornal.

Martín lo había visto.

Junto al fuego que consumía la casucha, donde ya no quedaba más que el pellejo de la oveja machorra que los moros habían destripado para el almuerzo. El niño había cavado con sus manos las tumbas de su padre y su hermano. Con su madre y su hermana camino de Algeciras, para ser vendidas como esclavas.

Sucio, hambriento y descalzo, la pena lo había llevado a pedir limosna a las puertas de San Llorente, donde, tras un chaparrón que le caló hasta el alma, un cura gordinflón se apiadó.

Le ofreció sopa que no era más que la cuarta cocedura de un hueso sin hebra de carne. Y al criajo le supo a gloria.

Allí lloró por fin. Se desahogó en el hombro del sacerdote, intentando deshacerse de la pegajosa culpa. Haberse librado de la matanza mientras pastoreaba le anudaba el estómago.

—Se llama Elvira —le dijo al páter, como si repetir el nombre de su hermana pudiera salvarla.

Durmió a los pies de la cama del cura hasta que intercedió con un juglar para tomarlo de aprendiz.

Y había aprendido el oficio. También a trampear en los juegos de manos y a cargar los dados. Pese a los sermones, había comprendido que eran los dineros y no el sudor de la frente los que espantaban el hambre.

—Búscate otro perro para ese hueso… —masculló el yesero.

—¡Por los clavos de Cristo! —exclamó Martín con un gañido—. No pierdes nada por escuchar…

Al cabo, la daga se apartó, la mano se relajó y la rodilla se retiró.

—No me sigas.

Sonó como una piedra afilando una guadaña.

El yesero guardó el cuchillo en una extraña funda, oculta en algún rincón del tabardo. Y se separó para marcharse.

—¡Vamos! —intentó conciliador, llevándose una mano a la garganta y alzando la otra a modo de súplica.

Las botas, cargadas de leguas, ya caminaban hacia el oeste, crujiendo sobre la arena blanca de la Bardena.

—Te juro por las espinas de la corona que no te arrepentirás —dijo con toda la urgencia que le permitió el hilo de voz que le quedaba—. Haremos buenos dineros, ¡fácilmente!

Martín ya solo podía verle la espalda, que se alejaba.

Abrió la boca para decir algo más. Pero no se le ocurrió el qué y boqueó como pez fuera del agua. Resopló, se arrancó el gorro y lo tiró al suelo. Maldiciendo entre dientes.

—¡Quieres llegar a Compostela!

Y los pasos se detuvieron. Aunque el yesero no se dio la vuelta.

IV

Regordete, corto de talla, de voz cantarina y risa floja. Martín no le daba jamás la cara a un problema si podía darle la espalda.

Además de líos de faldas, deudas de juego y promesas incumplidas, su mayor logro había sido malgastar hasta el último cobre ganado honradamente gracias a su voz y la vihuela.

—Y los dos sabemos que no peregrinas para visitar el santo sepulcro —soltó atropellado.

—Guárdate tus treinta monedas…

Y el yesero añadió algo más:

—No te perdonaré la vida una segunda vez.

Tan solo unas semanas antes, el juglar hubiera puesto pies en polvorosa, pero en Pamplona le había quedado claro que no podía permitirse esos lujos.

—No te creo —replicó con un chasquido de labios resecos—. Vi lo que hiciste por el cisquero… Y por su hijo… Yo estaba allí.

Aquello levantó el codo del yesero. Aun teniéndolo de espaldas, Martín supo que se había llevado la mano al colgante, le había visto hacerlo en la posada de Siya.

Encontró en sus tripas el valor y el juglar se acercó.

Aquel, el que no peregrinaba a Compostela, le sacaba una cabeza. Y había demostrado que podía dejarlo en el sitio sin esfuerzo. Por eso no quiso mirar a otro lado ni pensar en otra cosa. Clavó los ojos en el manchurrón que el yeso había dejado a media espalda en aquel tabardo de lana engrasada, viejo y gastado.

—¡Solo unos días! No te pido mucho, solo unos días, luego podrás continuar camino…

Una racha de viento se arremolinó en la arena. De algún lugar lejano, corriendo por aquel páramo desierto, llegó el cacareo de una avutarda, empecinada en el cortejo pese a que aún no se hubiera anunciado la primavera. Y la misma racha de viento revolvió el olor gredoso de la Bardena, donde la frontera era la más dura de las fronteras, porque al hambre, a la miseria, a la desgracia de que unos u otros despellejasen inocentes, se unía aquel desierto, que costaba siete leguas, escondite de bandidos, gentes sin alma, y quién sabía qué otras alimañas.

—¡No puedes pagar el pasaje!

YESO, FUEGO Y PARDOS

Año del Señor de 1102

I

Era cierto, no podía pagar el pasaje.

Se había deslomado trabajando en el yeso. Se había jugado la vida, y había ahorrado suficiente para llegar a Compostela, incluso más allá. Había ganado tanto como para embarcarse sin tener que trabajar en un pesquero que aprovechase la travesía.

Había puesto el destino a sus pies.

Y, sin embargo, días después, sus ahorros se habían esfumado.

Días después, el yesero lo perdería todo en la posada de Siya.

II

El yeso era un trabajo duro.

El yeso era piedra y fuego, sudor y polvo. Sangre y lágrimas. Pero aún podía ser más duro. Cuando no quedaba más remedio que hacerlo en la frontera, a expensas de que cualquier día fuera el último.

Allí, en la frontera, en las yeserías de la Bardena, si uno estaba dispuesto a jugarse la vida, podían hacerse dineros.

El muchacho, que había perdido una mano el verano anterior, estaba subido en la cima. Y hacía lo único que podía: servir de vigía. Se aseguraba de que el humo quedase atrapado en las ramas tendidas sobre las hornadas.

Pero el muchacho empezaba a cabecear.

Junto a la pila y el agua bendita le habían puesto el nombre de Alvar, pero le llamaban Cagaprisas.

Esa tarde, sin embargo, las prisas lo habían abandonado. El sueño lo vencía.

Había descubierto que una sola mano bastaba para ciertos trabajos, propios de la edad y menos agotadores que el yeso. Y en el valle del Roncal, de donde había salido la cuadrilla, se había quedado la muchacha que, por primera vez, le había sonreído como mujer. Aquellos trabajos lo habían mantenido en vela, ocupado bajo el pellejo de lana. Ocupado bajo el pellejo y mordiéndose el labio, para que los otros seis no escuchasen.

Sabía cuál era su obligación. Pero el sueño pesaba más que la responsabilidad.

Debía estar atento.

Y debió haber visto la polvareda que levantaban los caballos. Pero la cabeza se le rindió sobre el pecho.

III

Unos se ocupaban de alimentar el fuego. Echaban los fajos de sisallo en la cúpula, atentos a que las llamas estuvieran al gusto de Satanás. Tiznados de hollín, con ojos enrojecidos por el humo, y churretones de sudor corriendo por sus mejillas. Llevaban alimentando aquel infierno desde el amanecer. Y el yeso seguiría pidiendo fuego hasta la siguiente noche. Puede que hasta los gallos.

Algo más lejos, los otros levantaban un horno gemelo en un cortado del terreno. Colocaban los piedros que habían llevado hasta allí en interminables viajes. Cada yeso debía encajar con sus vecinos y, al tiempo, formar la bóveda que albergaría el fuego. Habían empezado incluso antes que los otros tres, y las hileras de piedros aún no les llegaban al hombro.

A unos y a otros les faltaba mucho por hacer.

Tras cocerlo, habría que esperar cuatro jornadas a que enfriase. Desarmar los hornos. Llevárselo hasta el molino, y ensacarlo después de molerlo.

El yeso era un trabajo duro.

Escondía cien maneras de perder la vida.

Y Zacarías, el que mandaba la cuadrilla, las conocía todas. Pero los derrumbes no avisan.

Zacarías era un tipo nervudo. Como el martillo de un herrero. Y sabía lo que hacía. Se ganaba el pan con el yeso desde los tiempos en que Almutamán decidiera que en la capital de su taifa de Zaragoza habría un palacio capaz de avergonzar a las viejas glorias de Damasco.

Y era Zacarías el que tenía medio cuerpo metido en el túnel, bajo las hiladas de piedros de la segunda hornada.

Meticuloso, repasaba la bóveda con la luz de un hachón. Si se venía abajo antes de que las piedras se cociesen, el trabajo quedaría arruinado.

IV

Y el Gallego esperaba. Esperaba, mientras Zacarías tanteaba la bóveda, Rubén elegía más piedras para seguir apilando y, en el otro horno, los dos hermanos y Mendo se turnaban para alimentar el fuego.

Y el Gallego. Al que llamaban el Gallego, porque no había pila bautismal que aguantase el nombre ni cura dispuesto a hacerle la señal de la cruz. El Gallego esperaba.

Esperaba a que Zacarías le dijese que podían continuar.

En tanto, con aire distraído, tenía una mano junto al cuello. Bajo las uñas podía verse el indomable polvo del yeso, que se metía hasta en las grietas del alma. Y los dedos eran recios, capaces de partir nueces a pellizcos. Y, sin embargo, acariciaban con delicadeza el colgante. Una bolsita de cuero, sobado y aceitado mil veces.

V

Sonó como una ramilla seca al partirse. Incluso menos.

Pero a los hermanos les dio por reírse. Seguramente Mendo había soltado alguna gracia. Porque Mendo era capaz de chascarle al demonio mismo, con cuernos, rabo y envuelto en llamas, que las prisas nunca son buenas consejeras, que vigile a dónde lo llevan, porque el muerto aún respira.

Rubén, que era un judío renegado que se había cortado los rizos de las patillas y se afeitaba escrupulosamente cada mañana, estaba revolviendo los piedros, y aquel resquebrajarse no le sonó distinto al entrechocar de lo que tenía entre las manos.

Y el Gallego, al que llamaban el Gallego por su empecinamiento en ganarse unos maravedíes y marchar a Compostela, se había perdido en algún recuerdo que bailaba en el horizonte.

Nadie lo escuchó. Aquel crujido que fue como una rama al partirse.

Solo Zacarías, aquella rama se le partió encima. Tuvo tiempo para soltar un juramento. A recular a gatas ya no le dio tiempo. Antes de moverse, el crujido se había convertido en trueno.

Y aquel tronar sí lo escucharon todos.

Mendo no llegó a contar qué le había dicho el obispo a la monja que cosía el calcetín. Y lo que Rubén dijo al volverse ni siquiera lo dijo en la mezcolanza que se hablaba en la frontera, sino en hebreo.

La bóveda tembló primero. Luego colapsó.

Y como el Cagaprisas soñaba con sonrisas y los otros no podían ver otra cosa que las gastadas alpargatas de Zacarías saliendo de los restos de la hornada, ninguno se dio cuenta.

El humo se escapaba desde hacía un buen rato y, desde el sur, al trote, llegaban tres jinetes.

VI

El Cagaprisas siguió durmiendo. Los dos hermanos, salidos de Córdoba cuando subieron los impuestos a los cristianos, se llenaron la boca con sendos paternóster. Y Rubén miró a Mendo y Mendo miró a Rubén.

Solo el Gallego reaccionó.

VII

Una de las alpargatas, que brotaba entre los piedros como una mala hierba, se sacudió.

El Gallego empezó a sacar los yesos, lanzándolos a su espalda con tanta fuerza que a punto estuvo de aplastarle un pie al judío.

Las piedras más pesadas eran las que se usaban para la base y la bóveda, las más pequeñas se dejaban para colmatar la hornada. No era fácil manejarlas. Hacían falta sangre y voluntad para sacar una tras otra sin siquiera respirar.

Les gritó a los demás que echasen una mano.

—¡Zacarías!, ¡Zacaríaaas!

El sudor le bañaba el rostro y las venas en sus brazos palpitaban.

Los demás se unieron a la faena.

—¿Zacarías?

Y les faltaban manos. Y nunca antes habían pesado tanto los yesos. Y nunca antes les había parecido que iban lentos en el trabajo.

El muchacho bajó corriendo desde la cima, braceando su único brazo con angustia. Ahora sus prisas tenían buenas razones. Y sus prisas lo hicieron tropezar.

Dio con sus huesos en el suelo. Cayó junto a la primera hornada, donde las llamas se volvían brasas.

Para cuando llegó hasta los demás, con el rostro arañado, rosa por la mezcla de yeso y sangre, ya solo quedaban un par de hiladas por encima de los talones de las alpargatas.

—Por tu madre, ¡contesta! —rogó Mendo resollando, sin rastro de chanza en la voz—. ¡Zacarías!

El primero fue un ruano de andar corto que cargaba los cuartos traseros, y le siguieron dos tordos más temperamentales, de paso vivo, tan parecidos que debían ser hermanos. Ninguno de ellos se espantó por el ruido o los gritos, ni siquiera por el fuego. Eran monturas entrenadas. Y también sus jinetes. Bastaba un vistazo para adivinarlo. Llevaban cota de malla, espada al cinto, lanza al estribo.

Las bestias y los hombres conocían la guerra.

Jalaron de las riendas a veinte pasos, mirando en derredor, haciéndose cargo. Y una de las piedras rodó hasta quedar junto a los cascos del ruano que montaba el jefe, que bajó la cabeza para olisquearla con curiosidad. No pudo evitar un estornudo cuando el yeso se le metió en los ollares.

Y aquel ruido extraño tiró del hombro de Mendo. Los demás no se dieron cuenta. Él sí. Le gustaban los caballos, aunque estaba acostumbrado a tratar con los robustos potros de las montañas norteñas, no con las grandes bestias criadas para el combate.

El jefe de los jinetes se quitó el yelmo y retiró la capucha de la cota. Con parsimonia, se quitó también la cofia que protegía del peso de todo aquel hierro. Los tres lo hicieron. Y de cejas para abajo los tres estaban cubiertos del yeso blanco de la Bardena, que se pegaba incluso al alma.

A Mendo no se le ocurrió una sola broma.

Parecían espectros.

VIII

Fue el Gallego quien lo sacó.

Los demás ya estaban sin aliento y echaban a los piedros más jadeos que manos. A uno de los hermanos, sin darse cuenta, ya se le había rebelado la barbilla y negaba pesaroso, convencido de que era inútil. Y el Cagaprisas, que ni siquiera se había llevado su única mano a la mejilla rasguñada, bailaba sobre la punta de los pies como si el suelo ardiese.

Pero el Gallego no se rindió.

Y fue su mano, polvorienta, de uñas machacadas y dedos amoratados, la que agarró la pelliza del viejo y tiró para sacarlo de aquella tumba en vida.

Zacarías renació. Magullado, espantado por el miedo y mordiendo el aire a bocados.

El viejo yesero empezó a toser.

Los demás resoplaron con alivio. Y Rubén, tras volver la cabeza al cielo, alzó las manos con los pulgares tocándose y los dedos a pares, formando una de las letras de su lengua para entonar una plegaria incomprensible.

Ye-va-re-khe-khah Adonai ve-yish-mere-kha…

Entonces, como el granizo, cayó la pregunta.

IX

Ninguno de ellos respondió.

De haberse detenido a pensarlo, incluso Alvar Cagaprisas, que tenía más bien poca sesera, hubiera comprendido que el jinete tampoco esperaba respuesta. Había preguntado por echar a andar las palabras. Porque resultaba más provechoso parlamentar primero y amenazar después que echar mano a las espadas e intentar que los muertos contestasen.

Pero ninguno de ellos respondió. Ni siquiera Mendo, que no callaba ni bajo el agua.

Y el jinete, tras hincar los talones y obligar al ruano a dar dos pasos, volvió a preguntar.

—¿Puedo ver la dispensa para la yesería?

El tono dejaba claro que ya sabía la respuesta.

Tragó Rubén con tanta fuerza que, en el silencio, se oyó el chasquido de su garganta, y las toses que Zacarías intentaba apagar.

El que los mandaba era alto y espigado, la cota parecía pesar más que lo que contenía, y una fea mancha del color del vino le arruinaba la mejilla y la sien derechas. Pero su expresión era la del pedernal. Hablaba con la autoridad que solo regalaba la práctica. Y aquella autoridad la refrendaron los otros dos, que sacaron las lanzas de los estribos y las acomodaron bajo los sobacos.

Bastaba picar espuelas para arrollar a los yeseros.

Al muchacho Alvar se le encogió tanto lo que guardaban los calzones que todo él pareció perder un palmo de altura. Y aquella sonrisa de la muchacha del Roncal se esfumó por primera vez en días.

Zacarías intentó contener las toses. Él era el capataz. Pero, si se tenía en pie, era porque el Gallego le pasaba el brazo por los hombros. Aún no se había escurrido el susto y solo respirar dolía, estaba seguro de haberse roto dos costillas.

Ni siquiera había tenido tiempo de dar gracias al cielo.

Pero no era momento de misericordias. Era él quien había armado la cuadrilla. Era él quien conocía al alarife moro que pagaba bien el yeso, que pagaba sin preguntar ni de dónde ni cómo.

—Hay permiso…

Empezó inseguro, trastabillando las palabras con la necesidad de echar un trago de agua que lavase el yeso atravesado en la garganta.

—Hay permiso desde que se le arrancó Arguedas a los moros…

Aquella mancha, como vino derramado, se arrugó en un ceño fruncido.

—¡Qué memoria la mía! Cierto, así lo mandó el rey tras la conquista…

Y calló por un instante, dando tiempo a que la primera hornada crujiese, quejosa por perder calor. Entonces levantó una mano al cielo con el dedo extendido, y lo sacudió.

—Claro, claro —y la expresión contradecía el tono, porque nada amigable había en ella—. Aunque creo recordar, y no tengo buena memoria —hasta el Cagaprisas, más ocupado con otros pecados, supo que aquello iba contra el octavo de los mandamientos—, que se otorgó a quien quisiera vivir en territorios ganados a los moros. Así de magnánimo se mostró nuestro buen rey —y su opinión del monarca también sonó a falso testimonio—. Así que la casa debe ser grande, tan grande como la Aljafería de Zaragoza… Aunque yo de yesos no entiendo —hizo una pausa—. Lo mío es la guerra.

Y todos lo supieron. Aquellas últimas palabras eran la única verdad que había dicho el jinete.

En alguna homilía había escuchado Zacarías aquello del evangelio de Marcos de que oyesen los sordos y hablasen los mudos. Y hubiera querido el capataz que aquello no fuera la Bardena, sino el mar de Galilea y que por allí anduviesen el mismo Jesucristo y sus doce. Porque se quedó mudo, sin hacer otra cosa que llevarse la mano al costado, que dolía con solo respirar.

Pero el jinete tenía la lengua suelta. No le hacían falta respuestas.

—¡Carajo, mi maldita memoria! —exclamó dándose una palmada en aquella sien manchada de vino—. Ahora me acuerdo de que se prohibió dedicarse al oficio si se trataba de vender el yeso… Sí, de eso sí me acuerdo.

El acento lo delataba como leonés. Y el acento decía la verdad. Era leonés, de la montaña, donde los inviernos eran duros y los hombres se criaban recios, porque o se criaban o se los llevaban las heladas, como a los brotes tiernos. Su nombre era Baudelo y los otros dos respondían ambos por Antón. No porque fueran hermanos o siquiera parientes, ambos eran gallegos, pero lo del nombre era pura casualidad, uno era de Lugo y el otro de un lugar olvidado en los montes de Urdiñeira, donde habían terminado los rebeldes cuando la guerra por la corona de Galicia, antes de que cayese Toledo en manos cristianas.

Los llamaban las Tres Gracias.

Baudelo hizo una pausa en la que se pasó la mano por el rostro, como si pudiera limpiarse aquella mancha. Miró a los yeseros de hito en hito y, sacando también la lanza del estribo, continuó:

—Prohibido. Más aún si se trata de vender el yeso a los moros —amenazó abiertamente—. Por eso le pueden echar a uno la soga al cuello…

Y ahora fueron los tordos que montaban los dos Antones los que avanzaron, como si hubieran comprendido. Y sus jinetes equilibraron las lanzas.

Los yeseros rindieron un paso atrás, su negocio era aquel, los piedros. Y ninguno de ellos sabía qué hacer ante el acero.

Fue entonces cuando el Gallego habló:

—Los de Peñalén tampoco tienen dispensa…

X

Y Alvar Cagaprisas se meó encima.

No pudo evitarlo. Incluso levantó el muñón para persignarse y le quedó el gesto a medias hasta que se acordó y cambió de brazo. Hizo tres veces la señal de la cruz y miró al cielo.

Presintiendo el humor de su jinete, el ruano relinchó con disgusto y pateó el suelo, preparándose para la carga. Más inquieto que los tordos.

Todos los yeseros se encogieron, estaban atrapados contra las hornadas. Iban a ensartarlos. Rubén incluso cerró los ojos y bisbiseó una de sus jaculatorias en hebreo. Asombrosamente, Mendo continuó en silencio.

Zacarías, resollando, intentando apagar el dolor en el costado, solo agachó sus viejos ojos cansados.

Pero antes de que el leonés diese la orden, el Gallego volvió a hablar.

Y el Cagaprisas se llevó una nueva sorpresa. La voz del Gallego no falló una sola vez, pese a las tres lanzas que le buscaban la vida.

—Basta con que uno de nosotros escape…

Todos contuvieron el aliento.

Sin percatarse siquiera, Mendo se llevó una mano a la boca y se mordió los nudillos. Como si contuviese un grito después de que un piedro le hubiese aplastado los dedos del pie.

—Basta con que uno de nosotros escape y haga correr la voz —aseguró el yesero—. Lo del barranco no se ha olvidado. Cuando se conquistó Arguedas colgaron en la plaza a los del barranco Peñalén… Al rey no le agrada que anden por ahí quienes son capaces de matar al que calce la corona…

El jinete clavó en el Gallego sus ojos oscuros. Y el rostro del leonés tenía la expresión cruel de un gato ante la ratonera.

Pero continuó sujetando las riendas. Refrenando la carga a la que el ruano quería lanzarse.

—¿Qué sabrá un yesero de mierda? —escupió.

—Lo suficiente —replicó el Gallego sin dudarlo—. Tres caballeros solos. A su aire, y con tanto camino encima como para llevar puesto más yeso que nosotros. Y rumbo a la taifa de Zaragoza… —Alzó la mano libre para señalar a los jinetes y sus monturas—. Necesitáis reparar arreos, los tordos van mal herrados, las lanzas se han enderezado más de una vez, y ese ruano que montas hace un par de años que no ve bien… Eso es lo que sé. Lo que no sé es en qué bando estabais. Pero no importa. Ambos fueron condenados… Por traición.

El resto de los yeseros se olvidó de las lanzas. Todos miraron al Gallego con la sorpresa pintada en el rostro.

—Sois buscavidas, pardos sin señor haciendo fortuna en la frontera —afirmó sin vacilaciones—. Y todos sabemos que los jueces siguen pagando buen precio por la cabeza de cualquiera de los que despeñaron al rey Peñalén abajo.

Por primera vez, los jinetes flaquearon. No el de la mancha de vino en la cara. El leonés no mostró debilidad, pero los otros dos, los Antones que montaban a los tordos, se miraron el uno al otro. Y quedó entre sus miradas un encaje de incertidumbre.

Sin embargo, el Gallego no dudó.

—Si cargáis, puede que os salga bien. O puede que os salga mal. Basta uno de nosotros para buscaros la ruina…

Dejó que el mensaje calase.

—Además, aunque nos despachéis a todos, aquí no tenemos otra cosa que pan viejo, mondas de queso, las herramientas y yeso a medio cocer, que no vale nada… —Se tomó un momento—. Que no vale nada… aún.

Recalcó las últimas palabras. Y dejó que el silencio regalase tiempo para pensar.

En la primera hornada las piedras volvieron a crujir.

—¿Y qué sugieres?

El Gallego respondió de inmediato. Tenía bien pensadas sus palabras antes de decirlas. Y no imaginaba que lo llevarían a la ruina.

Cuando terminó, el leonés aún tenía más preguntas.

—¿Dónde?

—En Siya, en la posada que hay antes de entrar a la medina.

—¿En la pocilga del tuerto?

POSADA, CISCO Y LECHÓN

Año del Señor de 1102

I

La avutarda volvió a colgar sus cacareos en la brisa. No había otro pájaro en todo el condenado lugar con más ansias de que la primavera comenzase.

Y Martín se acercó con pasos rápidos. Con la vihuela rebotando en su espalda, respondiendo con estridencia al ansioso pajarraco.

—Yo estaba en la posada cuando lo del lechón, ¡lo vi todo! Me mandaste cantar Los infantes.

El yesero giró apenas el rostro. Y el juglar atiborró el silencio.

—No lo olvidaría, ni aunque me cortasen la cabeza como a san Dionisio —exageró ansioso—. El Cid gusta. Siempre se pagan bien sus hazañas —siguió sacudiendo las manos, como un niño contando lo grande que era el lobo al otro lado de la sierra—. Sobre todo el destierro…

—No fue un destierro, fueron dos —cortó seco el yesero, lúgubre.

La duda bailó en el rostro de Martín.

—Bueno, es más fácil así… —se excusó el juglar—. No siempre se puede ser fiel a lo que pasó —continuó inseguro—. A veces hay que exagerar un poco, otras cortar por lo sano… Las historias necesitan vestirse…

Pellizcado por la pasión, el juglar parecía dispuesto a explicar el oficio, como si hubiera olvidado qué hacía allí, en el blanco desierto de la Bardena, en tanto el sol amenazaba calor y la condenada avutarda no callaba.

El yesero lo interrumpió con disgusto.

—Y cuando pasó la tormenta, te quedaste a fisgonear…

—Sí —admitió después de vacilar—, el posadero me dijo dónde encontrar al otro, a…

—A Zacarías.

—Sí, Zacarías —las palabras tropezaban con la prisa—. Dijo que no sabía tu nombre, que te llamaban el Gallego…

Le dejó un silencio para negarlo, pero la única respuesta fue el recio raspar de los dedos en el sobado cuero del colgante.

—… Que trabajabas duro —continuó atropellado—. Que apareciste en el Roncal y te ofreciste por el jornal… Que quieres ir a Compostela…

El yesero, aquel al que llamaban el Gallego, no dijo nada.

—¡Saliste de la posada sin un cobre! Te hacen falta dineros —se desesperó Martín.

Nada.

Y el juglar suplicó como si le rezase a un santo.

—Te hacen falta dineros, y yo sé cómo conseguirlos…

II

Ninguna guerra es capaz de apagar las pasiones de los hombres. Y mucho menos los vicios.

Y en aquella frontera, la que un día reclamaban los castellanos, al siguiente los aragoneses, después los navarros y entremedias los moros, ya fueran de Zaragoza o llegados de la Ciudad Roja, había donde encender esas pasiones y saciar esos vicios.

La medina de Siya era un lugar pobre, con el pellizco justo de prosperidad para esquivar la miseria. La mezquita era un barracón; el zoco, dos tenderetes. Todo el pueblo era una cuerda deshilachada, y de sus extremos tiraban demasiadas manos. Pocos quedaban con un oficio honrado o la voluntad de congraciarse con el único dios y su profeta, o con cualquier dios y cualquier profeta. Solo los que no habían encontrado el modo de prosperar en otro lugar.

Pero si la medina resultaba poco recomendable, menos aún los arrabales. Donde incluso los perros se lo pensaban dos veces antes de rebuscar en los vertederos. En el alfoz de Siya, si así se podía llamar a cuatro huertas, tres casuchas y dos pozos que se secaban en verano, era fácil acabar en el puchero. Y para tan triste final tanto daba que fuese a manos de los que comían marrano como de los que no, porque el hambre sacudía sin distinguir religiones, dioses o profetas.

Y allí, en el alfoz de Siya, había una posada.

Una posada que no desmerecía de las miserias de la medina. Apenas un par de habitaciones, otras tantas cuadras y tres barricas, dos de vino aguado y una tercera en la que se mezclaba, cada noche, lo que sobraba en las jarras que los parroquianos no vaciaban.

En la posada de Siya, mientras hubiera monedas con las que pagar, se podía beber un trago, comer algo, dormir en paja no muy sobada y, por encima de todo, tener la seguridad de que no habría preguntas por contestar.

Porque en la posada de Siya no importaban moros o cristianos. La posada de Siya era frontera. Nadie tenía nombre. Y si alguno se escapaba al calor de vino, se olvidaba pronto.

Y el juglar no estaba allí por gusto. Nadie lo hacía. Pero las deudas apretaban y, al contrario que el buen Dios, las deudas sí ahogaban.

Cantaba, engolando la voz con pena, haciéndose cargo de cómo en Burgos no había almas cándidas que echasen una mano al recién desterrado Cid, tan injustamente tratado por el rey Alfonso, que se había dejado llenar los oídos con injurias.

Y aquello solía recibirse bien en la frontera, donde no se le tenía aprecio al rey, y menos al conde que había soltado aquellas injurias. Sin embargo, los otros tres parroquianos no le prestaban atención. Jugaban a los dados y sus manos, negras de hollín, delataban su oficio. Eran dos compadres y un crío que espantaban el cansancio del duro trabajo. Dos hombretones de espaldas cargadas y un chico al que las perrerías de la vida aún no habían deslomado la ilusión.

Eran cisqueros. Quemaban ramajos de las podas de encina para convertirlos en carbón, menudo y pobre, que salía barato.

La jarra de la que bebían sería el pago por la última carga de cisco para la cocina de la posada. Y no cruzaban apuestas, el único que miraba bailar los dados con emoción era el chico.

Y Martín lo envidió. Y se resignó. De ellos no sacaría un triste cobre.

Aun así, sentado en una silla coja, junto a la mesa más pequeña, que no era más que medio tonel aserrado, donde el posadero había dejado un vaso del vino más barato, el juglar siguió recitando. Con la esperanza de que llegasen clientes más prósperos, dispuestos a echar algo que no fueran pelusas en la gorra sobre el tonel, junto a aquel vino que, además de aguado, estaba tan avinagrado como para que un trago dejase la lengua hecha felpa.

Y llegaron clientes. Pero no pensaban pagar en cobre, sino en acero.

III

Delante de la posada, un gato negro con una sola oreja, la otra se la había llevado de recuerdo el mordisco de una pelea por amoríos, acosaba a una rata. Un bicho casi tan grande como él mismo. Le hubiera espantado el hambre que le asomaba entre las costillas por una buena temporada, pero la llegada de los nuevos clientes estropeó la cacería.

El tronar de los cascos de los caballos le aconsejó esconderse. Seguido por el torbellino de un rabo agitado, se escabulló entre los coscojos que nacían a unos pasos de la posada, donde se acumulaban escombros que, años antes, habían sido la casucha de un tipo que repujaba cueros. Cuando el viento cambiaba, aún se percibía el dejo de las pieles.

Un relincho anunció a los recién llegados y se coló hasta el interior, donde el posadero alzó las pelambreras pelirrojas, atiborradas de liendres. Respondía al nombre de Félix y tenía un rostro inconfundible. De uno de sus ojos no quedaba más que una fea cicatriz por la que a menudo supuraban humores amarillentos, pero el otro, el sano, tenía el verde más intenso que pudiera imaginarse.

Un tipo escaso de voz llorosa, del que se rumoreaba que era judío repudiado. Y no hacía negocio por los vinos que vendiese, tanto a cristianos devotos como a moros poco mirados, las comidas que sirviese o las habitaciones que rentase. No, sus ganancias estaban en las comisiones de los tratos que se cerraban en su local, el único en diez leguas a la redonda donde venía a ser lo mismo a quién le rezase cada cual, de quién se escapase o a quién se persiguiese.

Y, en cuanto los vio entrar tras el relincho, el posadero envidió al gato de una oreja, al mismo al que, de tanto en tanto, regalaba las sobras rancias.

De haber podido, también se hubiera escurrido por entre los coscojos de aquel callejón lleno de escombros.

Entraron acompañados por el cascabeleo del hierro, con una vaharada de cuero sobado y sangre vieja. Iban cubiertos de pies a cabeza, como si acabasen de despachar moros. Y entraron como dueños del suelo que pisaban.

Al juglar se le atragantó un verso, y su cantar se atoró en el aire embadurnado con grasa de estofados recalentados.

Pero el que mandaba a los caballeros le puso coto de inmediato.

—¡Nadie te ha mandado callar!

Sin un pelo, ni siquiera en las cejas. Con el rostro curtido hasta parecer un pellejo al sol, era como el bloque de piedra que el cantero abandona desesperado, incapaz de hincar el cincel.

Aquel vozarrón le sacudió a Martín dos patadas en la boca del estómago.

Y pese a los retortijones del miedo, la posada se llenó con el triste paso por Burgos del mío Cid desterrado.

El dueño de aquel vozarrón sonrió satisfecho. Y, acto seguido, los tres que traía tras él rieron complacientes.

—Buenas nos dé el Señor —tronó de nuevo girándose al posadero—, ¿acaso no hay un buen vino que servir a un buen cristiano? Traemos el gaznate seco desde Nájera.

A Félix le entraron las prisas. Antes de que los recién llegados asentaran las posaderas, ocupando la mesa más grande, ya estaba arrimado a la cuba que, en la trasera de la posada, escondía bajo lonas. La única de la que él mismo bebía.

Y se apresuró aún más para servir. De repente sus mejillas hacían juego con sus guedejas pelirrojas.

Con una jarra en una mano y cuatro vasos entre los dedos de la otra, no tuvo tiempo de dejarlos en el tablero barnizado de grasa que servía de mesa.

La mano del caballero brincó como un relámpago y atrapó la nariz del posadero con la fuerza de un cepo. Hasta que el ojo sano del pelirrojo empezó a llorar.

—¿Qué has oído últimamente?

A Félix se le doblaron las rodillas. Los vasos tintinearon.

—Nada, ¡os lo juro! —logró decir con la voz tomada, como si los mocos le llegasen de los tobillos a las orejas—. Nada…

Los dedos empezaron a girar, arrastrando las guedejas pelirrojas como para enroscar la cabeza del posadero en el poste carcomido que tenía tras él.

Y Félix se corrigió de inmediato.

—N… Na… Nada, mi señor Ojarra.

La mano giró en el otro sentido, y las greñas pelirrojas, como un perno falto de aceite, tardaron en seguir la orden. Por la mejilla del posadero caían lagrimones como puños. Y, aunque hacía esfuerzos por reprimirlo, al fondo de la garganta le burbujeaba un quejido.

Ya no se oía el dado rodar. Y uno de los cisqueros había echado el brazo por encima de los hombros del chico. Pero el zagal, incapaz de comprender el peligro, miraba la escena embobado. Se echaba hacia delante. Y sus ojos, del color de la miel, pugnaban por abrirse aún más.

Y Martín seguía tocando, aunque nadie escuchaba cómo, al compás de las cuerdas, el mío Cid hincaba la rodilla frente a Santa María para acometer el destierro como buen cristiano, encomendándose al Padre en los cielos, pero fiándose de la espada a su cintura, más pegada al terrenal valle de lágrimas.

Y Ojarra, al que no le hacían falta pendones, porque el nombre y la mención a Nájera lo delataban como navarro, continuó a lo suyo.

—¿Le crees?

La pregunta la recibió uno de sus acólitos.

—No —concedió uno bajo y nervudo al que llamaban Laínez, echando atrás los labios como un perro listo para morder—, no le creo.

La mirada de Ojarra se volvió a clavar en el pelirrojo.

—Y no querrás que le diga eso al conde, ¿verdad?

—Hace unos días pa… Pasó uno con aires de veterano —dijo, con la voz tan tomada que al juglar le costó entenderlo—. Pa… Parecía un veterano —y se apresuró a añadir algo más—. Le pre… pregunté, ¡sin levantar la perdiz! Pero no soltó… p… pre… prenda.

Aún más que el chico sobre la mesa, el juglar se inclinaba en su silla. Continuaba recitando, el mío Cid lamentaba su miseria, pero la mano en los acordes y la voz en los versos se las apañaban por su cuenta. Martín no prestaba atención a los hombres del Campeador, que no podían cobrar su soldada, Martín era todo oídos.

—¿Un veterano?

—E… Eso creo, aunque e… era demasiado joven —volvió a tartamudear el tabernero.

Y la mano de los vasos ya no aguantó más, dos de ellos cayeron al suelo para romperse en añicos.

—¿Joven? ¿Lo trajo en brazos el cura que le dio sacramento…?

—No pue… No puede ser uno de los que buscáis —logró responder Félix, con las rodillas ya en el suelo, junto a los vasos rotos—, demasiado joven pa… para el asedio de Valencia.

Y al juglar se le iluminaron los ojos.

IV

Aquella gorda rata no había vuelto a aparecer, pero el gato seguía rondando y, subido en la escombrera, mientras se lamía una pata que luego frotaba en los bigotes, vio pasar a los yeseros.

Entraron en la posada con prisa. Como si llegasen tarde, como si quisieran haberse marchado ya.

Y cuando se disipó el pesado olor del yeso, antes de que hubiera terminado de acicalarse, volvió a alzar el rostro bigotudo para olisquear, pero no descubrió el rastro de la rata, sino un tufo a metal y cuero.

Alguien más venía. Y le seguía la desgracia.

V

Al muchacho lo habían dejado soñando con sonrisas, junto a Mendo. Del que no se fiaban para que mantuviese la boca cerrada y hubiera que pagar el precio, que bastante tenían con lo acordado.

A Rubén lo animaron a marcharse. Tenía que llevarle su parte a un primo que mercadeaba en Huarte y que, a su vez, se lo haría llegar a su madre en la judería de Tarragona.

Y los hermanos se habían ofrecido a ayudar en el trance, pero Zacarías les había dado permiso para que se acercaran a Pamplona, donde podrían malgastar lo que había quedado con las espuelas de la juventud.

Solo Zacarías, renqueante, y el propio Gallego, sobando el colgante que le pendía del cuello, llegaron esa tarde a la posada de Siya.

Llevaban lo acordado. Dos tercios de lo cobrado por un mes de duro trabajo en las yeserías de la Bardena. Ese era el trato.

Pero se sentían afortunados de seguir con vida, al menos hasta que cruzaron el cochambroso umbral.

Entonces les cocearon las dudas.

VI

Lo primero que vieron al entrar, y lo hubieran visto de noche, sin candela y entre niebla cerrada, fue el narizón del posadero. Rojo, virando al morado, y rodeado de lágrimas que su dueño hacía por disimular con un trapajo sucio.

—Buenas —los saludó, apartándose de una mesa con cuatro caballeros que no se volvieron hacia la puerta—. Queda algo de estofado de liebre —anunció como leyendo una bula papal.

Y las dudas cocearon. Conocían el local, y aquella cordialidad sonó más falsa que una moneda de trapo. Casi tanto como la liebre del estofado, que estaría emparentada con el famélico gato de una oreja.

Y las dudas crecieron. Los caballeros no eran los pardos, sus pardos. Eran hombres a las órdenes de un señor. Las mallas impecables y los aires fanfarrones eran buena señal de que contaban con quien pagase soldada. Más aún, la cobraban a menudo.

Había también unos cisqueros que saludaron por lo bajo, entendiéndose los unos y los otros por el oficio; los unos llenos de hollín, los otros embadurnados de yeso.

Los únicos sitios libres eran dos taburetes desvencijados a la mesa de un juglar mofletudo que recitaba las penurias del mío Cid en su destierro.

Y al Gallego se le escapó un reniego que trajo la mano de Zacarías a su hombro.

—Habrá que esperar —dijo resignado.

Se sentaron junto al juglar y, sin saludar, el Gallego le tiró de la manga.

El gesto desbarató los dedos en las cuerdas. Y sonó como si le hubieran pisado la cola al gato aquel de una sola oreja.

—Atina, ¡pazguato! —gritó malhumorado uno de los navarros.

Se había levantado para llevarse los dados de los cisqueros sin preguntar si habían terminado la partida.

Y el juglar, tras lanzarle una mirada furibunda al culpable del desaguisado, agitó los dedos en el aire para retomar.

—¿Por qué no cambias de tonada? —lo interrumpió el yesero, con un dejo que tenía poco de sugerencia y mucho de orden—. Algo de los infantes de Salas iría mejor.

Y el juglar no tuvo tiempo de negarse, a uno de los navarros le pareció una magnífica idea.

—Eso es, ¡pardiez! Y no escatimes en los versos sobre Doña Lambra —apremió Laínez—, ponle seso al contar cómo se baña —instó lascivo—. No te dejes detalle…

Y los versos de Doña Lambra no resultaron del gusto de todos. A uno de los presentes no le bastó una historia de venganza y muerte.

Uno de ellos, como uno de aquellos perros que echaban a correr tras los moros, quería sangre fresca, no adobada de músicas.

VII

Fue el que mandaba a los navarros, el que respondía al nombre de Ojarra. Él fue quien se hartó. Mucho antes de que el juglar cantase la venganza de Doña Lambra.

—¡La música es para bujarrones! —gritó.

Y se levantó como si cargasen los almorávides. Echó la mano a la bolsa y, sobre aquel tablero barnizado de grasa rancia, estampó dos sueldos de plata.

Los viejos maderos retemblaron. Las monedas repicaron como campanario tocando a difunto.

Al juglar se le cayeron los ojos. Se le quedó el verso a medias. Se detuvo la mano en las cuerdas. Y al zagal de los cisqueros le faltó un amén para levantarse. Jamás había visto tantos dineros juntos. El brillo de la plata a la luz de las candelas que acababa de prender el pelirrojo lo dejó pasmado.

Y pese a la mano de su padre, que intentaba inculcarle seso a base de tirarle del hombro. El tal Ojarra se fijó en el chico.

—¡Chico! —bramó—. Cógelas, que no muerden. Ve, pregunta por las casas… Consigue un lechón…

Y todos supieron que se avecinaban problemas.

Todos supieron que, de la posada de Siya, más de uno saldría con los pies por delante.

VIII

No había terminado el juglar de recitar las primeras estrofas, aún estaba relatando la boda en la que acabaría por derramarse sangre y reclamarse venganza. Aún quedaban largos versos para contar cómo Doña Lambra se bañaba en el río para ser sorprendida.

Y con Doña Lambra todavía vestida, para disgusto del chico, al que estaban por caérsele las orejas, entraron en la posada los pardos.

Y al instante quedó claro que dos perros rabiosos se miraban a través del callejón, dispuestos a liarse a mordiscos.

Todos lo comprendieron. Todos menos el chico. El chico quedó encandilado. Las emociones crecían como marea de luna llena.

Como saludo, uno de los Antones escupió. El otro soltó un reniego. Y Laínez se burló con una risa que sonó a trastienda de carnicero.

No quedaban sitios libres.

En el medio tonel que ocupaban el juglar y los yeseros no había dónde poner más codos. Pero en el antiguo banco, al que habían claveteado unas patas más largas, donde se habían acomodado los cisqueros, aún quedaba espacio.

El posadero los animó a que se apretasen y, de algún lado, seguramente del revoltijo de lonas junto a aquel único barril bueno, sacó dos taburetes más y una cesta de mimbre cargada de piñas secas para el fuego. Y en la cesta, tras amables palabras, acabó el chico de los cisqueros, que era el único incapaz de protestar por salir perdiendo.

En todos los años que el negocio llevaba abierto, jamás se había mostrado Félix tan solícito, incluso pasó por aquel remedo de mesa la misma bayeta resucia con la que había estado sonándose.

Quedaron así los navarros a un lado, los pardos y los cisqueros al otro y, en medio, el juglar y los dos yeseros.

Y los festejos de la boda bailaban en los versos del cantar.

Zacarías, que se aventó lo peor, intentó alzarse para finiquitar sus negocios y poner tierra de por medio. Pero el Gallego, más sensato, lo detuvo con una mano en el antebrazo.

—No hasta que se vayan los navarros —susurró bajo la tonada.

El ceño de Zacarías se frunció, pero se sentó, resignado, con un resoplido que dejó ante su cara una nube de polvillo blanquecino.

Al principio, en tanto la boda avanzaba, se contentaron con echarse miradas por encima de los hombros. Con algún cuchicheo fanfarrón. Incluso pareció que las aguas podían amansarse.

Fue un espejismo.

—Es lo que tiene la frontera —bramó Ojarra después de acabar el vino en su vaso—, no siempre se encuentra uno en buenas compañías.

—Eso mismo dijo el rey Alfonso en Zalaqa —añadió Laínez, socarrón.

—Y el cura en el putiferio —remató Ojarra—. ¡Pero el muy cabrón se quedó hasta el amanecer!

Los navarros rompieron a reír.

Los pardos no.

Y el chico también rio entre mejillas coloradas. Y uno de los otros dos, el que debía ser su padre, el que tenía los mismos ojos almendrados y la misma nariz aguileña, lo mandó tragarse aquella risa y agachar la cabeza.

Un rubio con la cara picada se animó a contribuir.

—Cada quien tiene que saber cuál es su sitio —espetó mirando sin reparos a la mesa de los pardos—. Porque no todos los imbéciles tienen la suerte del cura…

—Hay cuellos para los que nunca falta soga —secundó Laínez.

Y los pardos se revolvían inquietos en sus asientos. Bisbiseaban mirando de reojo a los yeseros; y aguantaban el chaparrón.

—Es lo que tiene la frontera —cargó de nuevo Ojarra—. Se puede encontrar uno con hideputas. De la peor calaña, más miserables incluso que moros recién desembarcados.

—Dispuestos a matar por calderilla —ratificó Laínez—. Gentes sin condición. Sin honor.

La paciencia se acabó, o se rompió. Y el pardo Baudelo se levantó.

—Silencio —tronó—, no escucho al juglar.

Y el verso, en el que mataban al criado de Doña Lambra, tembló en los labios de Martín. Pero no se le ocurrió detenerse, trastabilló con la lengua en los dientes, hasta disimular un gallo que le subió por la garganta como una mala digestión.

El que no lo pensó fue el cisquero, se puso en pie y tiró de su hijo. Y fue a decir algo, a despedirse como buen cristiano, pero el navarro no lo consintió.

—¡Que nadie se mueva! —bramó Ojarra con aquel vozarrón que era el derrumbarse de una catedral.

Repasó la posada con el entrecejo fruncido. En su calva brillaba el sudor, podían verse los reflejos de las candelas que había prendido el posadero.

—Siempre viene a mano tener quien dé palabra de lo sucedido, para que no haya malentendidos con los hombres del alcalde…

Ahora sí que Martín se tragó el acorde y los tres últimos versos. Y pegó un brinco cuando el navarro le gritó a la cara.

—¡Canta! ¡Canta! ¿No lo has oído antes? Ese majadero quiere escuchar qué fue de Doña Lambra y los bujarrones de los infantes…

El dedo apuntaba a Baudelo.

—Mira a ver si te apañas para cambiar los versos —ordenó Ojarra—, a ver si consigues que rimen encular y cobarde.

Aunque no supo cómo, Martín encontró redaños para continuar.

Y el leonés, cínico, siguió el compás con la cabeza, fingiendo escuchar algo sublime. Hasta que se detuvo y miró sin temor a los ojos del navarro.

—¿Cómo reza el salmo? —preguntó—. «Canten y alégrense los que estén a favor de mi justa causa…».

Todos sabían lo que iba a pasar, y ninguno de ellos quería que pasase. Quizá el chico sí. Quizá porque Gonzalo, que así se llamaba, no había conocido otra cosa que el duro trabajo del cisco y, por primera vez en su vida, veía algo que sonaba como aquellos versos del juglar.

Los dos caballeros se aguantaron el gesto, midiéndose. Hasta que Ojarra se hartó.

—¡La música es para bujarrones!

Y sacó dos sueldos de plata y los estampó en la mesa como si fueran clavos.

—¡Chico! —bramó Ojarra—. Cógelas, que no muerden. Ve, pregunta por las casas… Consigue un lechón…

IX

La daga del rubio de cara picada afiló una de las patas que le habían puesto al banco para que sirviera de mesa. Y Laínez se encargó de los nudos con una soga vieja que el posadero sacó de los trastos junto a las lonas.

El padre del chico había tenido el cuajo de protestar. Y el pomo de la espada de Ojarra se había estrellado en su cabeza; ahora yacía inconsciente, junto al medio tonel.

—¿Vivirá? —preguntó Zacarías con el ceño fruncido.

Tras ellos, chillaba el lechón. Y el alboroto de los navarros apenas dejaba oír.

—Que no se pare —le gritaba Laínez al chico asustado—. Si lo hace, lo azuzas, ¿está claro?

Los dos Antones hablaban por lo bajo con Baudelo. Manteniendo un concilio lleno de consejos, sabedores de que pintaban negras.

—¡Trae una maza! —le ordenó otro de los navarros al posadero.

En un abrir y cerrar de ojos se desataron los infiernos. El diablo en persona se había dignado a entrar por la puerta, tras darle una patada al gato sin oreja, y se disponía a disfrutar del espectáculo.

—¿Vivirá? —insistió el otro cisquero, arrodillado junto a los yeseros.

Con aquel trapajo que usaba Félix para embadurnar las mesas, empapado en agua, el Gallego limpiaba la brecha abierta en la frente.

—Tiene más posibilidades que él —acabó por contestar, sacudiendo el mentón hacia el hijo.

Habían arrinconado las mesas, las sillas, los taburetes, hasta la cesta de piñas. Y con la maza, que por fin había traído el posadero, el rubio de la cara picada clavaba en el suelo de tierra pisada la estaca improvisada. Mientras, Ojarra y el leonés se quitaban las cotas de malla. Sus vidas iban a depender de la agilidad con la que se moviesen.

Junto a la estaca, con los ojos entrecerrados, temblando de miedo, el chico sostenía al lechón, que no paraba quieto. Intentaba zafarse y chillaba presa del pánico.

Mientras enlazaba una de las patas del cochinillo con un nudo corredizo, Laínez, que era poco más alto que el chico pero el doble de ancho, seguía gritándole, haciéndose oír por encima de las protestas del lechón.

—¡Que no se arrincone! ¿Me has oído? No dejes que se pare, ¡y ándate vivo! —añadió con una risotada—. Te va la vida en ello.

El padre del chico, ido, murmuró algo ininteligible y el Gallego le habló al otro cisquero.

—Intenta conseguir un trapo limpio para un vendaje.

Luego se giró a Zacarías.

—Alcánzame el zurrón y dile a esa chinche del posadero que nos venda algo de alcohol, cualquier destilado. Hay que limpiar la herida antes de coserla.

Para entonces, el otro extremo de la soga se había atado a la estaca. Y el rubio de la cara picada le lanzaba pullas a los dos Antones para que fijaran la apuesta, a ver qué querían jugarse además del honor.

X

No tenía más que dos palmos de seda en el zurrón, pero aún le quedaba una buena aguja y, ante el asombro de Zacarías y del otro cisquero, el Gallego cosió la brecha después de rociarla con un espiritoso de sidra de pera que vendían unos moros de Zaragoza.

Para cuando hubo terminado de vendar el desaguisado, el otro cisquero musitó un agradecimiento quedo, cohibido por las sorpresas. La sorpresa de que aquel extraño supiese lo que hacía, y la sorpresa de que les ayudase sin pedir nada a cambio.

Zacarías le puso la mano en el hombro. Y el cisquero se presentó como Gutier, explicó que el inconsciente era su hermano Pedro y el muchacho, como era fácil adivinar, su sobrino.

Para entonces, el juego estaba por comenzar.

Y la sangre por derramarse.

XI

El Antón que había salido de Lugo se encargó de vendar los ojos del leonés. Y el rubio con la cara picada hizo lo mismo con Ojarra. Luego, cruzando miradas cargadas de desprecio, cada uno comprobó el trabajo del contrario.

Ni Baudelo ni el navarro podían ver. Y ambos tenían sendas dagas en las manos.

—¡Sin trampas! —gritó Laínez ejerciendo de árbitro—. Las cuchilladas bajo los riñones —dijo soltando la mano con un ejemplo—, buscando al lechón.

Ni Ojarra ni el leonés necesitaban más instrucciones. Había llegado el momento.

—¡Suéltalo!

Y el chico no se movió. Miraba acongojado cómo recostaban a su padre contra una pared y, con los nudillos blancos, sujetaba con fuerza al animal.

El lechón se debatía. Intentaba escapar. Gruñía.

—¡Suéltalo!

El chico se sobresaltó. Más que soltarlo, lo dejó caer.

Y el lechón, trastabillando por la cuerda, empezó a correr al tuntún, a todos lados y a ninguno. Corría asustado, hasta que la soga se tensaba y le daba un tirón que lo hacía tropezar. Caía, se levantaba, volvía a correr.

Y chillaba.

Chillaba espoleado por el miedo. Correteando entre las sombras de los dos hombres.

Y los dos hombres, con las dagas en la mano y los ojos vendados, empezaron a girar en torno a aquellos chillidos que taladraban los oídos como un berbiquí.

Unos estaban atenazados por el miedo. Otros excitados por la apuesta.

Y ni los unos ni los otros se dieron cuenta de que la soga, como todo en aquella podrida posada de Siya, empezó a deshilacharse.

XII

El pardo hizo silbar en el aire la primera cuchillada, que pasó a dos palmos largos del lechón.

Danzando casi, moviéndose sobre los dedos de los pies, agachados, como en cuclillas, rondándose el uno al otro, con las dagas en la mano, los dos hombres, hijos de la guerra y la rapiña, ahijados de la frontera, buscaban la muerte.

Y los demás vitoreaban, cada uno a su bando, peleando también con las intenciones, sacudiendo los puños, insultándose.

Otra cuchillada más, del navarro, cortó el aire.

Y el chiquillo se había derrumbado en el suelo, como un muñeco de trapo. Sollozaba con ojos aterrorizados.

—Papá, papá —llamaba entre hipidos—, papá.

Y el lechón se agotaba, corriendo de un lado a otro, chillando sin cesar.

—Papá…

—¡Calla, desgraciado! —bramó Laínez.

El Gallego hizo ademán de levantarse, de ir a buscar al chico, y Zacarías lo detuvo. Lo sujetó por el brazo con aquellas manos endurecidas por los piedros. Lo sujetó tan fuerte como pudo, porque aquel rubio con la cara picada lo había visto y había desenfundado.

No lo hubiesen escuchado, el escándalo mordía los oídos. Pero no hacía falta hablar. El que se moviese iba a cenarse dos palmos de acero sin masticarlo, directo a las tripas.

XIII

Uno de los dos Antones, el que se había criado en los montes gallegos, había visto de niño cómo un carro atropellaba a sus dos hermanos pequeños.

En aquellos montes entre Galicia y Castilla, las ovejas tenían algo de cabra, era un lugar de riscos donde el ganado debía trepar para arrancar las hierbas entre los tojos. Todos los años algún cordero se despeñaba monte abajo.

Aquel día, que se llevaría a la tumba para recriminárselo al mismo san Pedro, el carro estaba en la ladera, y su padre lo cargaba con las raíces de enebro que llevaba semanas arrancando. Luego las destilarían para obtener el aceite que servía para sanar las heridas y, lo más importante, para verter en el umbral de los corrales. Creían a fe ciega que era el único modo de evitar que las sierpes se colasen de noche para robar la leche de las ovejas recién paridas.

Antón ayudaba a su padre. Podía recordar el intenso olor de las raíces, que se pegaba durante días a la camisa. Y sus hermanos, demasiado pequeños para el trabajo, azuzaban a las inquilinas de un hormiguero.

Muchas veces su padre les había prohibido jugar delante del carro cuando lo dejaban en una pendiente como aquella. Pero allí estaban las hormigas.

Y la piedra que calzaba la rueda se movió.

El carro no estaba lleno, la carga era liviana. Pero la piedra se movió.

Antón la vio humillarse, hacerse a un lado. Rodar pendiente abajo.

La piedra pasó junto a los críos. Ellos no se dieron cuenta. Y el carro se lamentó con un chirrido de su eje. Echó a rodar, lentamente, con pereza.

Su padre estaba demasiado lejos. Antón dejó caer su carga, arrancó a correr entre tojos y zarzales. Gritó. Pero los niños estaban ensimismados.

El carro ganó velocidad.

Esa noche, en la posada de Siya, volvió a vivir aquella sensación de impotencia. Aquella rabia por la injusticia.

No chirriaba el eje del carro. Pero el lechón no dejaba de chillar.

Baudelo tropezó con la cuerda y cayó al suelo. Y Antón volvió a ver, pese a los veinte años que mediaban, volvió a ver aquella piedra humillarse, escurrirse a un lado.

El carro echó a rodar.

Baudelo se derrumbó hecho un ovillo. Cayó con tanta fuerza que sus dientes entrechocaron como un martillo en el yunque.

Y el navarro aprovechó su oportunidad.

La cuchillada estalló como un relámpago, se clavó a unos dedos del cuello del leonés. Y para entonces el lechón ya trotaba en la otra dirección, enredando la soga en las piernas de Baudelo.

Y el leonés no esperó a que el hierro volviese a buscarle el gaznate, se revolvió en el suelo y lanzó la daga al frente. A punto estuvo de afeitar al navarro, que se echó atrás justo a tiempo.

Impotente, Antón vio cómo aquel maldito carro cobraba velocidad.

Ganaba el que daba muerte al lechón. Pero los dos hombres buscaban algo más que la victoria.

Se apartaron abriendo distancia. Los dos sabían que la distancia era el único escudo que nunca fallaba. Los dos habían luchado contra el moro.

Inclinaban el rostro, intentando oír por debajo de los vítores, los gritos, las maldiciones. Intentando oír bajo los chillidos del gorrino.

Y los dos se buscaban la vida.

El lechón, agotado, se paró. Temblaba, a punto de derrumbarse. Y Laínez, con cuidado de no entremeterse, echando el torso atrás, no fuera a lloverle una cuchillada, se acercó hasta el chico y le dio una brutal patada en los riñones.

—¡Que no se pare!

Y como el chico no se movió, volvió a descargar otra vez la bota.

—¡Muévete, imbécil!

A gatas, espoleado por tantos miedos que no hubiera podido contarlos, el chico llegó hasta el lechón y le dio una palmada en los cuartos traseros.

El pobre animal chilló.

Y echó a correr.

Las pezuñas golpeaban el suelo de tierra pisada. Y apenas se oían porque, con la nueva carrera, los hombres redoblaron sus vítores, sus pullas, sus ansias de sangre.

La soga se tensó en las piernas del leonés, que también se tuvo que arreglar a gatas, como el chico. Movía la daga de lado a lado con una mano, con la otra intentaba deshacer el enredo. Los dedos buscaban desesperados las vueltas de la soga.

Ojarra escuchaba atento. Esperaba su oportunidad como el puño de un avaro al fondo de una bolsa vacía. Tanteaba con las puntas de los pies, con los nervios a flor de piel y la daga lista.

Se acercó al barullo.

El lechón chilló y apretó la carrera, hasta que la soga se tensó y, en lugar de darse la vuelta, siguió tirando.

El navarro se echó encima del ruido.

El chico quedó en medio. El lechón siguió tirando.

La soga escupía hebras con cada empellón. Espoleado por el miedo, incapaz de entender por qué no avanzaba, el animal tiraba, rebotaba, resbalaba, y volvía a tirar.

—Papá…

Pero su padre no podía oírle.

El chico, a rastras, inundado de lágrimas, intentó apartarse.

Los dos buscaban salvar la vida, el lechón y el chico.

Su padre recuperó la conciencia a tiempo de ver al diablo, que no solo había entrado en la taberna, también se animaba a probar el vino de la barrica especial. Y el horror lo paralizó. Solo pudo chillar aún más fuerte que el pobre animal.

La soga se partió.

El lechón salió a la carrera.

Vio la luz mortecina de la tarde, que se colaba entre las rendijas de la puerta, y se volvió sobre sí mismo para echar a correr entre los hombres, por el hueco que quedó entre las piernas del navarro y el chico.

Chillando.

Pasó como una exhalación.

El leonés intuyó lo que venía. No intentó zafarse de la cuerda, se echó atrás sobre los codos, con prisa, apartándose de los chillidos.

El navarro dio un paso adelante, con el acero listo.

El chico se encogió y se cubrió la cabeza con los brazos. Lloraba. Temblaba.

—Papá, papá…

Los primeros ojos en cerrarse fueron los del posadero. La vida lo había llevado a aquellas miserias, pero prefirió no verlo.

El padre, más entero, intentó levantarse. Y le fallaron las piernas.

El rubio con la cara picada, echando reojos para no perderse el desenlace, se puso en medio, con el acero al frente, para que nadie encontrase el coraje de entrometerse.

El juglar, que cantaba hazañas pero no tenía interés en vivirlas, se acurrucó como el crío, pero en la esquina más alejada. Porque peor que no tener más que unos míseros cobres era tenerlos

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