1
Había visto muchos muertos antes. De todos los colores y formas. Aún calientes, y en avanzado estado de descomposición. De un pieza y troceados. Los había visto en el paredón, en montoneras, en fosas comunes, en calabozos, en salas de tortura, incluso colgados de un árbol. También había visto versiones más aburridas de la muerte, como esos difuntos recostados en su cama mientras una concurrencia los vela compitiendo por mostrar el mayor grado de aflicción. Pero nunca había visto a una persona muriendo. Justo en el segundo exacto de fallecer. En el puñetero preciso instante de dejar de vivir. Hasta ese momento.
El pico estaba ensartado en pleno esternón. La sangre brotaba del socavón provocado por el hierro mientras el escolta convulsionaba. El tránsito fue moderadamente rápido. Los espasmos primero se espaciaron, y luego cesaron. Su boca se tiñó de rojo; sus ojos, de blanco. Y ya.
Dos de los compañeros del agredido corrieron a socorrerlo. En vano. Los demás escoltas se lanzaron sobre el agresor, que no hizo ademán de defenderse. Para qué.
La mañana había empezado fría. Fría de cojones. Y lluviosa. El batallón de trabajadores forzosos salió puntual del campo rumbo a las obras de la presa que pronto serviría para contener las aguas de un pantano. Cuando llegaron allí, reos y escoltas estaban calados por igual. La lluvia es democrática, le chinche a quien le chinche. La jornada laboral arrancó con el toque de silbato tradicional. Lo bueno de picar piedra es que se entra en calor enseguida. Ventajas de la esclavitud. Peor lo pasaban los escoltas, a los que, sin nada que hacer, el frío se les metía en los huesos.
—Que sí, coño. Que es verdad —dijo Trujillo, el escolta al que, aproximadamente tres minutos después, el pico del Marsellés le reventaría el pecho.
—A mí no me vaciles con esas cosas, Trujillo, que te reviento. ¿De verdad que se ve… todo, todo?
Tarrida temía que lo que estaba oyendo fuera mentira, casi en la misma medida que temía que fuera verdad.
—Todo lo que pueda imaginar tu mente enferma… y mucho más.
A Trujillo se le dibujó una sonrisa bajo el cigarrillo a medio consumir.
—Te vas a arrepentir como sea mentira —rebatió, incrédulo—. ¿Seguro que se ve…?
Trujillo le interrumpió, zanjando:
—Te lo puedo decir más alto pero no más claro, Tarrida. Todo, cojones. El coito. La verga entrando y saliendo, ellas chupando, ellos chupando… El lote completo.
Tarrida no las tenía todas consigo. Los escoltas, con sus uniformes atestados de cicatrices en forma de remiendos, se resguardaban de la lluvia bajo una lona que poco tenía que envidiar a un colador chino. Atienza y Cuenca contemplaban desde la barrera la conversación de alto nivel entre Tarrida y Trujillo. De fondo, el hilo musical de decenas de picos de hierro partiendo con mejor o peor fortuna las piedras de granito.
—Eso es pecado. —El mojigato de Atienza se lanzó a intervenir mientras limpiaba las salpicaduras del único cristal de sus gafas.
—Si estás casado, no —replicó Cuenca, con el silbato colgando del cuello.
—Y si te lo hace una puta, tampoco —apostilló Tarrida, que empezaba a creer en las promesas de su compañero.
—O una francesa. —Trujillo sonrió, al tiempo que daba por sentenciado a su cigarrillo—. Bueno…, aunque todas las francesas son un poco putas, según mi padre. De hecho la película es francesa. De hace quince años, creo.
—¿Y de dónde la sacaste?
—De un rojo de mi pueblo al que le dimos pasaporte.
—¿Y la tienes aquí?
—Aquí, aquí, no, cojones. En el campo. Debajo de mi camastro. —El instigador miró a sus colegas con cara de pícaro—. En Comandancia hay un proyector. ¿Qué me decís? ¿La queréis ver?
Los tres escoltas se miraron como si estuvieran a punto de cometer la peor de las atrocidades. Una cosa es formar parte de un pelotón de fusilamiento presto a ejecutar a ancianos, mujeres y enemigos imberbes, y otra muy distinta sentarse a ver una película en la que los protagonistas practican el sexo más allá del sacramento del matrimonio. Hay pecados y pecados.
El recién llegado, embutido en un uniforme impoluto pero demasiado grande, bajó del camión. Una gota se le metió en el ojo. Maldita lluvia. Se frotó el párpado y observó el campo de concentración que era desde ya su nuevo hogar.
La primera impresión que tuvo fue que era más bonito de lo que imaginaba. Siempre le había gustado el orden. Por eso se le daban tan bien los trabajos administrativos. De hecho, gracias a que era capaz de mecanografiar con la soltura de un pianista, se libró de ir al frente. Así que contemplar aquellos barracones clonados unos de otros dispuestos en perfectas hileras paralelas le produjo una perturbadora sensación de paz. Aunque no era idiota del todo y sabía que en aquel trocito de tierra delimitado por alambradas oxidadas lo que no reinaba, bajo ningún concepto, era la paz.
Sorteando los charcos, que se ensanchaban por segundos, se acercó a la garita. Saludó con poca soltura e intercambió unas palabras con el guarda. Las necesarias, ni una más. El guarda señaló el oeste y luego el camión del que acababa de bajarse, que justo se disponía a emprender la marcha de nuevo. Corrió despavorido hacia el vehículo agitando los brazos.
—Si nos pillan viendo una película como esa se nos va a caer el pelo —deslizó Atienza a sabiendas de que iba a hacer con exactitud lo que le dictaran sus compañeros. Como siempre.
—Yo la he visto ya, y no se me ha caído —lo provocó Trujillo.
—Tú eres un enchufado. Puedes mear en el mástil de la bandera y salir de rositas. —Tarrida lo tenía calado.
A Trujillo le trajo sin cuidado el comentario, básicamente porque era cierto. Él iba a lo que iba.
—Esta noche. Después del toque de retreta. Y, ojo. —Trujillo les clavó una mirada que enfatizó con la ayuda del dedo índice, al posarlo en el pecho de Atienza—. Nada de confesarse luego. El padre Esteban está más salido que los cuatro juntos. Si se entera me pedirá ver la película, y no quiero tener a un cura tocándose la colita a mi vera. ¿Estamos, Atienza?
—Pues con alguien tendremos que confesarnos, digo yo. Pecar no es gratis.
—Cuando vayas al funeral de tu madre aprovechas y se lo cuentas al monseñor.
—Mi madre está viva.
—Vi la foto que te mandó. No tiene pinta de durar mucho…
Los cuatro voltearon la cabeza al oír los bajos del camión rozando con una pequeña roca poco antes de detenerse. La puerta se abrió y el recién llegado saltó hundiendo sus relucientes botas en un charco más profundo de lo deseable. Con los calcetines ya empapados, contempló la perfecta hilera que los presos conformaban, armados con sus picos, a lo largo de un camino pedregoso. El sendero, a medio construir, discurría por la parte baja de la imponente muralla de hormigón que en pocos meses contendría los millones de toneladas de agua de un mar de pega.
Desde debajo de la lona Trujillo escudriñó al forastero con la mirada mientras se prendía otro cigarrillo.
—Odio a los novatos.
—No te cebes con él —le suplicó Atienza.
El nuevo se acercó a ellos. Saludó con la mano en la sien con su inherente torpeza.
—Buenas tardes…, digo, días. Buenos días. —Miró al cielo—. Aunque con este tiempo, lo de buenos… —De nuevo, una gota se le metió en el ojo.
Trujillo no le dio tregua.
—¿Quién cojones te ha enseñado a saludar así? En este campo más te vale saludar con el brazo en alto. A no ser que te guste limpiar letrinas. Con la lengua…
Confuso, improvisó el saludo fascista. Trujillo se rio. Ya se estaba cebando con el nuevo, pensó Atienza antes de tenderle la mano.
—Soy Atienza —dijo, y señalando a sus compañeros—: El alférez Cuenca, Tarrida y el simpático es Trujillo. ¿Cómo te llamas?
Resopló. Cada vez lo mismo. Se había enfrentado a ese trago miles de veces. ¿Por qué él? ¿Por qué? Mira que había apellidos en España. Aunque no fueran bonitos. Feos, humillantes. Muy feos y muy humillantes. Le hubiese dado igual. Qué cojones igual… Hubiese matado por apellidarse Calvo, Gordo, Sordo, Velludo, Feo, Tocino, Borrego, Vacas, Trapero, Sarasa, Guarro o Pajero. ¿Dónde tenía que firmar? No. No había donde firmar. Así que se limitó a contestar.
—Rojo.
Todos se rieron. Incluso Atienza, que se esforzó por evitarlo, sin éxito.
—Ya, ya… Es mi apellido. No puedo hacer nada —dijo el recién llegado, con resignación.
—Qué maravilla. —Hacía tiempo que Trujillo no se reía con tantas ganas—. Un rojo en el glorioso ejército de la gloriosa Nueva España.
Atienza quiso echar un capote al nuevo.
—Mejor usa tu segundo apellido, ¿no?
Además del orden, a Rojo le gustaban las estadísticas. Por su experiencia, había un veinticinco por ciento de posibilidades de que se produjera esa segunda pregunta. Una de cuatro. Pues fue la una. Ya es mala suerte. Especialmente en ese contexto. En el médico, en la iglesia, en la estafeta de Correos le daba apuro. Pero en ese puñetero contexto…
—Es que mi segundo apellido también es Rojo. Mis padres eran primos segundos.
Más risas. Muchas más. Un par de presos, con sus picos en el aire, miraron a los escoltas, sorprendidos por la jarana que se había montado bajo la lona agujereada que les servía de placebo.
—¡¡¡Rojo… Rojo!!! —Trujillo tenía lágrimas en los ojos—. Tú acabas de mano derecha del Caudillo. Seguro.
Ya no eran dos sino más de veinte, los presos que, dando un merecido descanso a sus picos, observaban a los guardianes. Aquel sonido, aquella música en forma de carcajadas los transportó a sus otros yoes. Al yo de antes del campo. Al yo de antes del presidio. Al yo de antes de la esclavitud. ¿Cuánto hacía que no se reían así? La lluvia seguía cayendo. Si cabe, con más intensidad. Las gotas de agua disimulaban las lágrimas que brotaban de algunos de los presos al evocar tiempos mejores. O lo que es lo mismo: recordando.
El momento mágico lo rompió un ruido seco. Como el de un saco de arena al caer sobre las piedras del camino. El saco se llamaba Camilo, y cuando los días tenían colores había trabajado de alfarero en su Soria natal. No era inusual que los presos se desplomaran mientras trabajaban. El cansancio, el frío, el calor, la mala o nula alimentación… El abanico era amplio.
Rojo observó descolocado al preso desvanecido, sin que nadie hiciera nada por él. Los compañeros del caído le miraban con preocupación, sí. Pero quedaba claro que tenían instrucciones muy precisas de no socorrerse los unos a los otros, si no querían recibir un disparo en el vientre.
—Tu turno, Trujillo —soltó Tarrida invitando al soldado a que acudiera a valorar lo ocurrido.
—Los cojones. No me quiero mojar. Que vaya Rojo Rojo.
Rojo habría levantado las orejas si hubiese tenido la habilidad para hacerlo. Antes de que pudiera acatar la orden, Tarrida salió a su rescate.
—Vas tú, que te toca.
Trujillo lanzó una mirada asesina a Tarrida.
—Ya no ves mi peli guarra —bromeó.
Caminó mansamente bajo la lluvia rumbo al preso caído. Antes de atenderle no perdió la oportunidad de reprender a los demás convictos.
—¿Qué coño hacéis? ¿Creéis que los pantanos se construyen solos…?
Con mayor o menor dosis de resignación, los esclavos volvieron a su esclavitud acompañados de sus picos, de nuevo operativos. Trujillo, chorreando, se agachó, agarró a Camilo por el cuero cabelludo y le alzó la cabeza.
—Tú. Levanta y sigue picando piedra.
Camilo apenas podía abrir los ojos. Trujillo, con la empatía olvidada en su mesita de noche, insistió zarandeándole la cabeza.
—¡Que te levantes, coño!
Trujillo soltó la cabeza del preso con nula delicadeza. Casi la misma que usó para clavarle un puntapié en el costado. Camilo no tuvo fuerzas ni para quejarse.
El Maestro, un preso sexagenario de aspecto quebradizo, salió al rescate de su compañero. Sabía que las sugerencias de los reos solían acabar en saco roto, eso en el mejor de los casos. Pero, si no intervenía, pronto estaría cavando la fosa de su amigo. Y ya había cavado demasiadas.
—No tiene fuerzas, señor. Ha vomitado cuatro veces en lo que va de mañana. Está enfermo.
Trujillo miró al Maestro apenas medio segundo, lo que tardó en ignorarle. El viejo esquivó la bala, pero no sintió alivio alguno. La segunda patada propinada a Camilo fue más contundente aún y arrancó un quejido al esclavo derrotado.
—Levanta o te quedas aquí.
Las patadas se sucedieron. Rojo, a unos metros, bajo la lona inútil, se estremeció ante el espectáculo de bienvenida que le estaban brindando. Él no se alistó para eso. Bueno, él no se alistó, lo alistaron. Pero si lo hubiese hecho no lo habría hecho para eso. Querría haber intervenido, pero no. No es que fuera un cobarde. Le habían contado que los cobardes eran los que no tenían fusil, y él tenía uno. Y no quería dejar de tenerlo.
A la séptima patada varios presos habían dejado de picar piedra y contemplaban impotentes la paliza.
Pero el Maestro no era de los que se quedan callados ante la barbarie. Por eso vestía el uniforme que vestía.
Apostar contra la banca cuando el crupier va armado con un máuser 98 de fabricación alemana no parecía muy inteligente. El viejo lo sabía, pero también era consciente de que, con su edad y sus muchas enfermedades crónicas, su momento de perderlo todo se acercaba. Si no era ese día, sería el siguiente. Al fin y al cabo, morir era la única manera de escapar de ese campo de concentración sin correr el riesgo de recibir un tiro.
Era el momento de jugársela.
—De verdad. Está malo. Por favor, deje que…
El Maestro recogió sus ganancias en forma de culatazo del máuser en el tabique nasal. La hemorragia pintó el suelo de un rojo apagado. El hombre cayó de rodillas.
Ignorando al viejo, las manos de Trujillo amartillaron con agilidad el fusil cuyo cañón lamió el cuerpo inerte de Camilo.
—Te doy tres segundos. O te levantas o te juro que te pego un tiro.
Las cuentas atrás no suelen terminar bien. Si acaso las de Nochevieja, siempre que uno no se atragante con las uvas.
La mira del arma peinó el pelo mugriento del preso. La nariz de Trujillo moqueaba a causa del frío y la adrenalina.
—Tres.
En la lona, Atienza hizo la señal de la cruz sobre su pecho y se besó el pulgar. Rojo quiso cerrar los ojos. Los achinó como para evitar que la maldad le salpicara.
—Dos.
El Maestro apartó la sangre que le enturbiaba la vista, buscó en sus bolsillos pero no le quedaban fichas con las que apostar. A su lado, el Marsellés, un esclavo corpulento con un látigo en la mirada apretó los puños.
—Uno.
Fin de la cuenta atrás. Lo inevitable a veces lo es, otras no.
Cuando el dedo índice de Trujillo empujó el gatillo, el escolta lo notó más duro de lo habitual. Llevaba dos años con ese fusil y nunca había tenido problemas. Seguro que era cuestión de engrasarlo y ya. Así que intentó imprimir más fuerza al dedo índice para finiquitar el trabajo. Ahí se dio cuenta de que el problema no era el gatillo, sino el dedo. Se había quedado sin fuerzas. En el dedo, en la mano, en los brazos, en las piernas.
Probablemente, el pico de hierro con el que el Marsellés acababa de reventarle el corazón había tenido algo que ver.
Y así fue como Rojo, por primera vez en la vida, presenció cómo alguien moría delante de sus ojos. Cómo un ser humano exhalaba su última porción de aliento.
Lo malo no era que esa fuera la primera vez. Lo malo era que no iba a ser la última.
2
Hay distintos tipos de lluvia. La que caía sobre el rostro sin vida de Trujillo era la de toda la vida, las típicas gotas de agua más o menos gruesas, más o menos afiladas. La lluvia que caía sobre el Marsellés era de otro tipo. Bueno, de la primera también le caía un poco, pero la suya, la que le pertenecía a él en exclusiva, estaba compuesta por patadas, puñetazos, culatazos de máuser y algún que otro escupitajo.
De repente, todo pasó muy deprisa. El primero en reírse fue Atienza. Le siguieron Cuenca y Tarrida. El Maestro soltó la más sonora de todas las carcajadas. El Marsellés se limitó a sonreír. Rojo, perplejo, vio cómo la mano derecha de Trujillo apartaba el pico romo de su pecho y se levantaba con cara de satisfacción. Todos fijaron su mirada y su carcajada en Rojo.
—¡Te la hemos colado, Rojo Rojo! ¡Te hemos colado la novatada! ¡Bienvenido a San Martín del Río Cuervo!
Pero no.
Eso es lo que le habría gustado a Rojo que hubiera ocurrido. Una broma un poco siniestra, pero graciosa. Aunque él no solía encontrarles la gracia a las bromas, estaba casi seguro de que esa novatada habría sido graciosa. Pero ni fue novatada ni fue graciosa.
Sobre todo porque Trujillo estaba muerto en la parte trasera del Jeep. Y no tenía pinta de que fuera a mejorar.
La comitiva de reos y escoltas atravesaba el pueblo que daba nombre al campo. Lo hacían dos veces al día: para ir a la futura presa y para regresar a los barracones. El paso de los esclavos siempre levantaba expectación entre los lugareños, por mucho que ya fuera algo rutinario. Varios de los presos contaban allí con familiares y amigos. Y esos dos momentos de día, al alba y en el ocaso, era todo lo que tenían. Algunos de los habitantes del pueblo se jugaban el pellejo para, a hurtadillas, darles a los convictos un currusco de pan, una patata o, los más afortunados, una zanca de gallina. Los escoltas lo sabían y miraban para otro lado. Muchos de ellos hacían lo mismo. Se dejaban sobornar por los familiares de los esclavos y permitían que colaran medicinas, mantas o lo que se terciara.
Sin embargo, esa día la comitiva tenía otro cariz; los lugareños lo notaron enseguida en las caras de los de un bando y otro. Cuando vieron el cadáver ensangrentado de Trujillo, lo entendieron todo. Unos metros detrás del camión que transportaba el cuerpo, cuatro presos acarreaban una especie de camilla que dejaba un rastro rojo a su paso. Encima estaba lo que quedaba del Marsellés, que aparentaba estar más muerto que vivo. Cerca de él, Camilo, que no parecía ni vivo ni muerto, avanzaba pesadamente apoyado en los hombros de sus compañeros Ventura y Lincoln. El Maestro, con su nueva nariz de boxeador sexagenario, caminaba por su propio pie.
La siniestra procesión la cerraba Rojo; si se le hubiese ocurrido rezar para que todo eso hubiera sido tan solo una novatada, lo habría hecho. Uno se olvida de rezar cuando más lo necesita.
Rojo era una rata de ciudad. Una rata de despacho y escritorio. Y empezó a pensar que no estaba preparado para servir en aquel rincón olvidado de la mano de Dios. Y también de la del demonio. Todo le resultaba extraño, ajeno, indescifrable. ¿De verdad aquello era España?
Hacía horas que había perdido la sensibilidad de los dedos de los pies cuando, a la salida del pueblo, Rojo reparó en una niña de apenas doce años que contemplaba la siniestra cabalgata. Los ojos de ambos se encontraron. Rojo pensó que aquellos ojos no eran los de una niña. Eran ojos de vieja, de viuda. Ojos que habían presenciado y llorado muchas más barbaridades de las que él había presenciado y llorado jamás. Y eso que él le doblaba la edad. Pero ella le doblaba la vida.
Una mujer con una pierna más larga que la otra llegó a donde estaba la cría y se la llevó a una de las casas que se asomaban al camino. En ese momento le pareció una casa triste. Quizá la casa más triste del mundo.
Al salir del pueblo avistaron el campo de concentración. Algo había cambiado, a Rojo ya no le pareció tan bonito como cuando lo había visto por la mañana.
Mientras las alambradas se acercaban recordó que había prometido a Alicia, su novia, que cuando se fuera a dormir le escribiría para contarle cómo había sido su primer día en el batallón de trabajo. ¿Qué cojones le iba a contar? La verdad, no. Obviamente no. Pero él no era bueno inventando historias. Esa parte del cerebro no la tenía desarrollada. Era bueno con los números, las cuentas, los albaranes, los inventarios, pero no fabulando.
Alicia era la artífice de que Rojo hubiese sido trasladado a ese campo. Le había pedido a su tío, un teniente de Infantería, que tirara de contactos para mandar a su novio a un destino próximo al lugar donde ella y su familia acababan de trasladarse.
«Un destino tranquilo para un chico tranquilo, según me dice mi sobrinita. Más te vale que sea así y que no me hagas quedar mal, chaval. Porque, si no, te castro. Y si preñas a Alicia, te castro dos veces», le espetó el teniente en el único encuentro que tuvieron en Capitanía. Rojo se limitó a asentir y a no preñar a nadie. No tenía ningún interés en que le castraran. Ni el teniente ni nadie.
La pareja se había conocido en un burdel. Si la relación se consolidaba, y ambos estaban por la labor, y en el futuro sus hijos les preguntaban cómo se habían conocido, tendrían un problema. Lo sabían.
Alicia tomaba clases de piano en una academia que estaba en el tercer piso de un edificio ubicado en una de las calles más nobles de la ciudad. Tan noble que la primera y segunda planta estaban ocupadas por un lupanar muy exclusivo. El padre de la chica, empresario, y la madre, una beata acérrima, nunca sospecharon que mandaban a su hija a tocar el piano en el mismo edificio donde muchos de sus distinguidos amigos tocaban otras cosas. Pero Alicia no es que lo sospechara, lo sabía.
Rojo era asiduo al prostíbulo. Desde los doce o trece años iba un par de veces al mes, a veces tres. Dependía de lo que ordenara su padre, porque Rojo nunca fue a ningún burdel si no era cumpliendo estrictamente las órdenes de su padre, que era sastre y hacía lujosos y picantones vestidos a medida para las señoritas que trabajaban allí.
En una de las muchas ocasiones en que Rojo fue a aquella casa del pecado a llevar un pedido, al cerrar la puerta del segundo piso se encontró de bruces con Alicia, que salía de clase de piano.
El hijo del sastre se quedó prendado de la rubia pianista, pero durante semanas, para Alicia, Rojo no fue más que un putero. Precoz, pero putero. Y él lo sabía. En las siguientes visitas el chico se esmeró para hacerse el encontradizo yendo a la misma hora que el día del primer encuentro. Consiguió coincidir de nuevo con ella. Se explicó con la intención de librarse del sambenito de putero, y su inseguridad y su torpeza despertaron algo en Alicia, puede que un extraño instinto de protección, que hizo que quisiera saber más de aquel chaval escuálido con poca pinta de frecuentar lupanares de alto copete.
Al principio la relación entre los jóvenes no fue del agrado de los padres de Alicia. Era de suponer. El hijo de un sastre con la hija de un empresario de noble cuna, ni en broma. Durante un tiempo se estuvieron viendo a escondidas, hasta que un día, en otro de los burdeles que daban sustento a su familia, Rojo se topó con un tipo tan parecido al padre de su novia que resultó ser él. A partir de ese momento, todo cambió. Para bien.
Las puertas del campo se estaban abriendo. Rojo se dio cuenta en ese instante de que había dejado de llover.
La docena de presos que no habían ido al pantano no se inmutaron por la apertura de las puertas. Una vez más. Eran convictos enfermos, lisiados no aptos para el trabajo. Sabían que más les valía curarse lo más rápido posible y recuperar el estatus de apto. Aquello era un campo de trabajo. Y si uno no podía trabajar dejaba de ser útil. Así de simple.
Un par de ellos estaban cocinando algo que intentaba parecerse a un caldo, y otro grupo abría latas de sardinas que disponían de tres en tres en distintos recipientes de metal, la mayoría oxidados. Esa era la paupérrima cena que esperaba a los esclavos después de una extenuante jornada de trabajo. Agua hervida, tres sardinillas y una uña de pan.
Lincoln y Ventura organizaron a cuatro presos para que llevaran al Marsellés a la enfermería, antes de que alguno de los escoltas reparara en que donde debían llevarlo era al paredón. Aquella pared abollada por cientos de balas esquivas, solo algunas fruto de la mala puntería, era el destino final e ineludible del brigadista. Lo sabía él, y lo sabían sus compañeros. Pero estos prefirieron que el doctor del campo le tratara las heridas de la monumental paliza antes de que el comandante le sometiera a las protocolarias torturas previas al ajusticiamiento. Puede que el Marsellés prefiriera que le aplastaran el cráneo con una roca, pero si así era, no estaba en condiciones de transmitirlo.
Otros grupo de presos acompañó al barracón a Camilo, que seguía necesitando ayuda para caminar. El Maestro rehusó ir al médico para que le atendiera y así recuperar la facultad de respirar por la nariz. Ya habría tiempo para eso. En ese momento sus prioridades eran otras. Tenía que evitar a toda costa que el Marsellés fuera trasladado al calabozo antes de que recuperara la conciencia. Las elucubraciones del preso cayeron en saco roto cuando vio a dos escoltas interceptar la comitiva que llevaba a cuestas al brigadista. Fusil en ristre, les ordenaron dar media vuelta y transportar al condenado a las mazmorras. Era el fin.
Como atraídos por un imán, Ventura, Lincoln y el Maestro se juntaron en la esquina del tercer barracón, fuera del campo visual de los vigías.
—Hay que ser gilipollas —se quejó Ventura.
Lincoln resopló, parecía contrariado. Lo estaba. El acento yanqui enfatizó su desesperación.
—Tenemos que hacer algo.
—Dejadme pensar.
Al Maestro le daba vueltas la cabeza. Sentía palpitaciones en el tabique nasal, que estaba quebrado. Eso no ayudaba.
—No hay nada que pensar, Maestro. Se acabó. El Marsellés tiene los documentos, y solo él sabe dónde. Sin ellos, se va todo a tomar por culo.
Ventura tenía razón. El Marsellés había escondido lo que tanto les había costado conseguir. Y tenía toda la pinta de que se lo iba a llevar con él a la fosa común. A Lincoln le dio por disfrazarse de optimista. Pero le duró poco.
—Igual no lo ejecutan.
—Y los cerdos vuelan, Lincoln.
Al contrario que al Marsellés, que se quedó a las puertas, a Trujillo, o mejor dicho, al cadáver de Trujillo, sí lo introdujeron en la enfermería. Rojo no entendió para qué. No sabía cómo estaba de surtido el dispensario, pero sí bastante seguro de que, medicinas contra la muerte, habría más bien pocas. Un rato después se enteró de que lo trasladaron allí para adecentar el cadáver antes de que lo vieran sus padres.
—¡Rojo!
Los vigías de la garita levantaron rápidamente el fusil al oír a Cuenca. Creyeron que gritaba alarmado por la presencia de un enemigo, pero no. Rojo acudió, solícito, donde Cuenca.
—Ve a Comandancia a contarle al jefe lo que ha pasado. —Cuenca señaló el edificio principal, una construcción que pretendía ser más noble que los barracones y que a duras penas lo conseguía.—. Segunda planta. —Miró su reloj de pulsera—. Mala hora. Estará cenando.
Rojo asintió y se encaminó hacia Comandancia. Un paso, dos, tres y vuelta atrás.
—Perdona, ¿el nombre del compañero… finado, fallecido, muerto? —Rojo se avergonzó de haber olvidado el nombre del tipo con el que apenas había intercambiado tres palabras. Pero así era Rojo.
—Trujillo. Aunque también le llamamos… Bueno, le llamábamos, «el Yerno». Estaba prometido con la hija del comandante. Ahora está cenando con los padres de él, los consuegros, para hablar de los preparativos de la boda.
Había órdenes y órdenes de mierda, y esa era de las segundas. «Matar al mensajero», pensó Rojo. Cuenca se alejó camino de los dormitorios.
—¡Suerte, novato!
La iba a necesitar.
El interior del edificio de Comandancia tenía la decoración más anodina y carente de personalidad que Rojo había visto en sus veintidós años de existencia. Si alguien despertara de repente en aquel pasillo no podría adivinar si se encontraba en una instalación militar, un obrador, una fábrica de cemento o una morgue. Los tacones de sus botas al andar provocaban una reverberación infinita y molesta. Al fondo del pasillo había una puerta de madera de doble hoja, pintada de color marrón. Incluso barnizada. Las demás puertas con las que se había cruzado estaban desnudas y no habían conocido ni pincel ni lija. Por eso dedujo que aquella puerta disfrazada de madera noble dibujaba la frontera entre la zona militar de uso común y los aposentos privados del alto mando.
Rojo se plantó frente a la puerta intentando reunir el valor necesario para golpear con los nudillos la madera, y contar a unos padres y a un suegro que su hijo y yerno no necesitaba los preparativos de la boda que estaban urdiendo porque, por indisposición perpetua, el novio no iba a hacer acto de presencia a la misma. «Matar al mensajero», resonó de nuevo en su cabeza.
—Eh, tú. —Un escolta apareció tras una de las puertas descuidadas del lúgubre pasillo—. ¿Dónde crees que vas?
—A hablar con el comandante Ramos.
—Está cenando.
—Me consta. Pero de todos modos tengo que hablar con él.
—Tiene invitados. No le gusta que le molesten cuando tiene invitados.
—Me consta también. Lo primero, lo segundo no. Pero es que me lo han ordenado.
—¿Te han ordenado molestarle?
—Sí. Bueno, no.
Si, a pesar de tener la misma graduación que él, el soldado le hubiese ordenado largarse de ahí, Rojo habría sido el tipo más feliz del mundo. Pero no era su día de suerte.
—Si te lo han ordenado… Tú verás.
¿«Tú verás» era una invitación para desacatar la orden de Cuenca? No tenía pinta. El soldado fue engullido por la misma puerta carcomida que unos segundos antes lo había escupido. Rojo volvió a las dos hojas de falsa madera noble. Llamó.
Sobre la mesa larga y de madera noble de verdad, no como la puerta de doble hoja donde Rojo esperaba a que alguien le abriera, se extendía una copiosa cena y tres botellas de vino, dos de ellas vacías. Todo costeado por el glorioso Ministerio del Ejército. Sentados en sillas del mismo linaje que la mesa estaban los cuatro comensales, o los dos matrimonios, que en ese caso eran lo mismo.
—Tienes que apretar a esa banda de vagos, Manuel. Que te toman el pelo a ti y nos lo toman a todos los españoles de bien.
El exceso de alcohol empezaba a hacer mella en el invitado, el coronel Trujillo. Sus mejillas parecían estar a punto de la combustión espontánea.
—Los aprieto. Claro que lo hago. Pero dan… dan lo que dan.
El comandante Ramos medía sus palabras tanto como la ingesta de vino. Trujillo no era su superior, pero era un superior. Y si Ramos había llegado donde había llegado, había sido gracias a su mano izquierda para ganarse a sus superiores. O, al menos, para no cabrearlos.
—Te voy a contar algo que no debería. El Caudillo tiene un hueco en la agenda en abril. Y sé de buena tinta que lo ha reservado para la inauguración de tu pantano. Hala, ya lo sabes.
Orgulloso de sus contactos tanto como de sí mismo, el coronel Trujillo hizo desaparecer el vino de su copa.
—Eso es muy poco tiempo, coronel.
Ramos no era bueno echando cálculos mentales, pero los que logró hacer en ese momento no eran muy alentadores.
—¡¡¡Bah!!! Tiempo te sobra si les das con el látigo a esos monos. Y no me llames coronel, coño. Que vamos a ser familia. Paco, cojones. Llámame Paco.
A Ramos le estaban entrando todo tipo de sudores. Y no era por el vino, que apenas había probado. Al contrario que su futuro consuegro, que no soltaba la copa.
—Por cierto. Tenemos que decidir dónde va a ser el banquete. Las propuestas de los chicos no valen —sentenció Trujillo con una seguridad fastidiosa.
Una gota de vino surcó cuesta abajo su barbilla.
Ramos se envalentonó tras intercambiar una mirada furtiva con su esposa.
—Hablando de eso…, Paco —dijo esforzándose para llamarlo por su nombre de pila—, insisto con lo del dinero. La tradición es que pague la familia de la novia.
—No seas cabezón, que va a ser mucho gasto. —Trujillo se sirvió otra copa de vino—. Solo la basílica cuesta ya mil pesetas.
Ramos y su esposa se miraron confusos. Algo se habían perdido. El comandante temía meterse en terreno pantanoso.
—¿Basílica? Siempre hemos hablado de hacer la ceremonia en la iglesia de la Asunción.
El coronel Trujillo casi se atraganta por la ocurrencia de su futuro consuegro.
—Qué cachondo eres, Manuel. La Asunción, dice…
La carcajada resultó más ofensiva de lo que el propio Trujillo pretendía. O no.
—Es donde Manuel y yo nos casamos. Y sus padres antes que nosotros —dijo la esposa de Ramos, sacando el carácter, en apoyo de su marido.
—La Asunción es una choza. —Trujillo intentó servirse la enésima copa de vino, pero su mujer, con la habilidad de un samurái, apartó la botella—. Por nuestra parte tenemos a más de cuatrocientos invitados, sin contar a los altos mandos. Hay que invitarlos a todos. La basílica es la única opción. —La suficiencia del coronel dejó desarmado a Ramos—. Consuegro, hazme caso. Sé lo que gana un comandante en un campo como este. Una miseria. Nosotros nos ocuparemos de todo. No queremos que nuestro hijo tenga una boda de tercera.
El comandante Ramos hubiera deseado coger su pistola reglamentaria y pegarle un tiro en la frente a su consuegro. O agarrar el atizador de la chimenea y reventarle la cabeza hasta que sus sesos acabaran mezclados con los restos de la ensalada. En lugar de eso esbozó la más falsa de sus sonrisas y asintió como un memo.
Rojo asomó su cabecita por el pasillo que desembocaba en el salón. Un soldado joven disfrazado de mayordomo le acompañaba.
El olor a madera rancia le recordó a Rojo uno de los burdeles a los que llevaba y de los que recogía los encargos de su padre. No aquel donde había conocido a Alicia. Tampoco en el que cazó al padre de su novia con los pantalones por los tobillos. Otro.
«Matar al mensajero», no podía pensar otra cosa. ¿Cómo se iban a tomar la noticia? ¿Debía endulzarla de alguna manera? ¿Suavizarla? ¿Cómo se suaviza una noticia como esa? «Comandante, señores Trujillo. A su hijo le han hecho un boquete en el pecho del tamaño de un membrillo, pero antes de eso se lo estaba pasando bomba dando una paliza a un desgraciado indefenso…». No, no parecía una buena idea.
—¿Quién cojones eres tú? —Ramos aparcó por unos instantes los deseos de abrir en canal a su invitado.
El falso mayordomo aprovechó la pregunta para irse por donde había venido.
A Rojo le sobrevino el vértigo de siempre con la maldita pregunta de siempre. Mierda. Ya estamos otra vez.
—Soldado de primera Rojo, comandante.
«Que no haga la segunda pregunta, que no haga la segunda pregunta…».
—¿Y no te han enseñado a saludar?
Esa era una segunda pregunta, pero no la que se temía. La de uno de cada cuatro. Rojo, aliviado, levantó la mano tan alto como fue capaz. El coronel Trujillo le dio un disgusto al novato.
—¿De verdad te llamas Rojo?
El peligro acechaba de nuevo. Rojo se limitó a asentir. Ramos, cómo no, se apresuró a satisfacer a su futuro consuegro, sin que las ganas de asesinarlo de la forma más dolorosa posible se hubieran disipado.
—Te llamaremos por tu segundo apellido. ¿Cuál es?
A la mierda todo. Ahí estaba otra vez. Rojo bajó la mirada y hurgó en sus bolsillos como cuando de niño los curas le reñían por ser niño.
—Es que verá… Mi segundo apellido también es Rojo, comandante. Mis padres eran primos segundos.
—Hay que joderse.
La carcajada de Trujillo despistó a su esposa y el coronel pudo recuperar la botella de vino. Se sirvió.
Ramos, incómodo, quería dar por finalizada la cena. La situación. Todo. Espoleó a Rojo.
—¿Y se puede saber qué quieres?
Venían curvas. La madre de todas las curvas.
—Informarle de un… percance, comandante.
—¿Qué percance?
—Uno… grave. Y feo.
—¿Y me lo vas a contar o tengo que adivinarlo?
—Es que… —Miró a los padres de Trujillo. No podía soltar la bomba así, de repente. Ni de coña. Se lo contaría al comandante y él sabría la manera menos dolorosa de trasladárselo a los padres del difunto—. Preferiría contárselo en privado.
—No me jodas, Rojo. Tengo invitados. ¡¡¡Dime qué cojones pasa de una puta vez!!!
Ramos descargó la ira que sentía hacia su consuegro sobre el pobre novato. Cosas de la jerarquía…
Rojo respiró tan profundamente como sus pulmones se lo permitieron.
—Un preso ha… matado a uno de los escoltas. —Era el momento de soltar la bomba. No quedaba otra—. Al alférez… Trujillo. El hijo de ustedes.
Enseguida se dio cuenta de que la puntualización había sido innecesaria, pero no había vuelta atrás.
Se hizo el silencio. Rojo miró la mesa con los manjares dispuestos en ella. La cecina estaba bien alineada en una bandeja plateada. Exquisitamente ordenada. Eso le gustó.
Le entró hambre.
