1504
Escucharías un ruido tan enorme que creerías que el mundo está por abrirse al medio. Es más grande que todas las tormentas que jamás hayas escuchado y te llevaría al pavor. Y si estuvieras acá esta noche de invierno verías bajar la bruma por las laderas, rastrera y moviéndose aplastada al piso y haciéndose cosa junta con el rocío. La verías encima de la tierra, dándole cobertura como si fuera sábana. Si así la vieses, Isabel, podrías entender por qué entra al convento por debajo de las puertas de dos hojas, también por la hendija de bronce, cruzando adentro, al pasillo central, a los bancos y los candelabros apagados a esa hora de la madrugada y siempre hacia adelante, por sobre el altar y el mantel y tocando el libro único; podrías verla hacer formas de hombres cuando choca contra las paredes: hombres altos que escarban la piedra con las manos como buscando algo. No podrías dejar de pensar en ese ruido, que no merma y hace que vibre cada piedra y cada árbol, pero no verías ahora otra cosa que la bruma encima del humeral y los velos yendo hasta el sagrario con el crucifijo por delante, y justo después de él, sobre un retablo, hasta las cajas de madera con las hostias, las pocas que quedan y que van a probar todos cuando aclare durante el oficio. La niebla es mucha y sube las escaleras llenando las grietas del empedrado tal que lava hasta el piso superior, entrando en las habitaciones vacías que esperan a los generales que ahora cruzan el mar, y también en las que están ocupadas: la verías entrar a la habitación del padre Balvanera, con la sotana colgada en el perchero moviéndose despacio por el viento que entra, que es poco pero empuja, con la cama de roble donde el padre duerme, casi cayéndose, con una parte del cuerpo fuera, con la mano exigua y abierta tocando el suelo con la palma. Si me escucharas, por encima de esta tormenta que suena y que parece la garganta de un tigre, verías la niebla seguir hasta el fondo del pasillo, tal como hace ahora, Isabel, entrando también a la última pieza, la que está bordeando el campanario, donde verías a Catalina parada frente a la ventana, todavía vestida con el hábito negro ceñido a la cintura, con la toca blanca y la frente despejada, mirando por la ventana al campo que está afuera, más allá de los campos que están afuera, hasta donde aparecen los pinos que a esta hora no se distinguen del cielo negro.
Si pudieses, Isabel, proyectarte en la fase como yo, en espíritu ampliado, verías ahora a Catalina mirar por la ventana la América fantástica y recién descubierta, donde no parece haber mar ni cerco ni vallado ni piedra amontonada que le explique a nadie por dónde girar o frenarse o subir: así de ancha y virgen. La niebla colma el convento a estas horas de la madrugada, nuevo e inmaculado y con la cal todavía blanda, hecho a catorce días del último establecimiento y cerca del río enorme que cruza el sur del continente. Sentirías lo que entendemos por amor, por la ventura a la que se lanzaron, y verías que en el convento son pocos: cinco soldados de labranza, nada más, y el padre Santiago Balvanera, y ella, Catalina, devotos todos de vos y de Castilla.
Encontrarías a Catalina, que mira por la ventana.
Pero escucharías el ruido. No viene de la tormenta. Es de otra hechura.
Es enorme y hondo y largo. Pensarías que es un grito. Suena como piedras pesadas chocando contra sí mismas, como se sabe se escuchan los terremotos o como los animales gigantes cuando sienten el miedo.
El ruido hace temblar el convento, tanto que pareciera que yo también tiemblo. Catalina lo siente primero en los pies, después en la parte de abajo de la panza, después sobre los ojos. Los pájaros del pinar escapan al cielo y suben como un enjambre tapando lo poco que se ve de la luna y Catalina queda paralizada. No es nada parecido a lo que haya escuchado antes, ni ella ni yo: ni a la marcha de los ejércitos ni a los barcos destruyendo los puertos. El rugido suena unos segundos y después se apaga, y el eco queda colgado dentro del convento, rebotando entre las paredes hasta volverse cada vez más calmo.
De la pieza del padre Balvanera no viene ningún sonido. Catalina piensa que el padre puede no haberse despertado, que el temblor no ha entrado en sus sueños más que como un movimiento ligero, como la imagen de un baile o un viaje en carreta.
En las habitaciones de abajo sí se escuchan voces: los soldados se levantan en sus piezas y dicen cosas que llegan asordinadas a los pisos superiores. Se mueven sin las armaduras ni los guanteletes, apenas toman las lanzas, y salen a los pasillos oscuros para después subir las escaleras diciendo que el grito sonó a hombres, miles, también al monstruo terrible que los portugueses dicen haber visto en las selvas del norte donde crece el pau brasil, que algunos confunden con el Behemot de las escrituras, y que de acercarse un asedio de nativos, por pocos que sean, deberían darse todos a la fuga lo antes posible sobre los caballos hasta el convento próximo, por lejos que quede, porque no conocen esa noche ni esos campos. Vieras la preocupación que llevan, se les nota en las frentes y en los pelos de la nuca. Los soldados entran a la pieza de Balvanera, a quien todos tienen por jefe, por conocedor y cauto, por las caricias que da y por sus gestos, por la esperanza que infunde en todos por la mañana y por el amor que expele. Catalina los escucha desde la otra habitación, primero entrando apresurados e intentando despertar amablemente al padre Balvanera, y más tarde elevando el tono, ya con Balvanera despierto pidiendo explicaciones por las maneras y el apremio y lo agitados que están y sus voces quebradizas.
Balvanera sale de la cama y se pone la sotana, pelea lento contra la tela, a tientas, por la noche completa que hace sin lámparas ni velas. Balvanera sale de la habitación y baja las escaleras con la escolta de la guardia mientras Catalina asoma al pasillo, ahora desierto, y se acerca al descanso. Escucha a Balvanera decir que no hay todavía botánica ni fáunica de las Américas, que las pocas que hay son pobres y a veces mentirosas y exageradas. Calmen, dice. Si en verdad se trata, dice, de una bestia en el bosque, entonces tiene que haber más, porque no puede haber cosa única de una cosa, excepto Dios, que es sustancia causada por sí misma, así, sigue, debería haber siempre réplicas de todo, casi idénticas pero múltiples, iguales en tamaño y en composición, y siempre y de forma obligada ser del mismo modo sus crías o su ascendencia. De todos modos, no. Porque no puede ser todo tan diferente como en Europa, dice, y no puede haber dos porciones de la Tierra tan distintas en su conformación y en lo que albergan: no puede haber nada mucho más grande que elefantes, ni nada mucho más chico que una hormiga. De haber la bestia enorme, dice, va a haber dos, y de haber dos, hay miles, y por ello subsiste por sí, solo con aquello que le provee estos campos. Nada querrá hacernos, pues no nos necesita. Puede, sí, que sean los indios, sus bombos acaso, armando las huestes para tomar las capillas y los conventos y quemar las cosechas jóvenes.
Sentirías a Catalina traducir a imágenes los sonidos que escucha llegar desde abajo: les pone forma y colores, les da el movimiento bajo las piedras del salón central. Se sabe protegida por Balvanera y las cruces, entonces el temor es todavía tímido. Abajo, los hombres, ya erguidos y listos, se ponen las mallas y después las placas, atan las espadas a las cinturas y mojan los trapos de las antorchas con aceite; se calzan los cascos y las viseras y se atan a los brazos derechos las cintas rojas y amarillas de tu imperio, Isabel, y salen del convento al cobertizo donde los caballos ya están despiertos y relinchando, algunos para escaparle al ruido que escucharon y que saben que viene de la parte de los árboles, y otros, los más maduros, ya acostumbrados a la guerra en el desierto y a la guerra contra los moros, dispuestos a avanzar.
Los hombres ensillan los caballos y los montan y salen al trote en la noche oscura.
Catalina escucha poco de las órdenes, y después lo único que llega de abajo es el padre Balvanera recitando en voz alta el versículo que habla del álamo, de lo irrompible del cardo y de la tentación.
Si estuvieras acá, viéndolo todo como puedo verlo, verías temblar a Catalina: es una helada repentina, como si el mundo hubiese frenado de repente su movimiento, como si alguien hubiera matado al calor. Verías cómo mira por la ventana a los hombres que viajan en formación triangular hacia el bosque. Los ve como perros chiquitos, a excepción de los fuegos que llevan y que les da otro porte.
Ahora, si fueras el pasto en el campo sentirías a los soldados quebrarte con el peso de sus caballos y sus armaduras; si fueras los caballos sentirías también el miedo que tienen y por qué aplastan así de violentos.
1888
9 de noviembre
Londres ha abandonado, si alguna vez lo tuvo, el verde. Ahora es un monstruo gris, sin diferencia de relevancia entre lo plomizo del cielo encapotado y los edificios. El humo de las fábricas, por lejos que se encuentren del centro político de la ciudad, cubre las calles a la altura de las rodillas y se mueve para entrar en las iglesias, las panaderías, los talleres, y nada lo aplaca ni lo ata al suelo, ni siquiera la lluvia cuando cae y que es mucha. No hay calle que no esté empedrada, como tampoco hay pasaje ni callejón que no esté cubierto de un tizne negro parecido al alquitrán. Los edificios tienen el doble de tamaño que los nuestros, se levantan como dientes afilados hacia el cielo. Desde arriba, a los ojos de los pájaros o más alto todavía, puede que parte de Europa sea vista como una mandíbula irregular y quebrada. Los restos de un gigante sepultado a medias. El sol de la mañana apenas se deja ver en las ciudades, que permanecen en sombras hasta llegado el mediodía, y después también, como si el mundo entero estuviera suspendido en un color apagado de otoño. La ciudad huele mal, son los restos de los grandes comedores que se apilan como montañas en las veredas junto con el desguace del ganado que los matarifes lanzan por las ventanas para el placer de los perros y la carroña, acaso también la humedad, que potencia los vapores que brotan de las alcantarillas y de las axilas y piernas y cuellos de los ciudadanos. Solo da respiro cayendo la noche, cuando llega trepidando sobre el Támesis el viento que viene del mar y parece quemar y ponerle sello con los minerales que trae a todo lo podrido y mustio.
El barco a vapor en el que viajé se encontraba, inexplicablemente, casi desierto. La tripulación, en su mayoría africana, no me dirigió la palabra en los once días de viaje. Yo tampoco intenté entablar ninguna conversación: solo los veía caminar sobre la borda, musculosos y decididos, con sus collares de símbolos y sus pulseras, haciendo pases de manos cada vez que algo en el viento o en el cielo auguraba tormenta, noche fresca o mar picado.
Paraselene a la quinta noche. Nunca antes vi algo parecido. La parte inferior del círculo en la luna se escondía detrás de la línea del mar y el cielo se iluminó durante dos horas.
El hotel en el que me alojo es modesto pero cómodo. No tiene nada más que lo que necesito: una cama, un ropero, una pequeña biblioteca, una escupidera y veladores. No bien llego, leo una carta que me fuera entregada en el recibidor del hotel. Se trata del Sr. Whitehead, que me da la bienvenida y me cuenta que ha sido designado para asistirme en todo lo que necesite durante mi estadía.
Ahora escribo sobre el escritorio que tengo junto a la ventana. Afuera llueve y es como si el agua fuera negra, como si naciera negra del cielo por las nubes contaminadas o como si durante el viaje hasta el asfalto se oscureciera por los humores de la ciudad. Los faroles iluminan sin vigor las calles. Así, desde donde estoy, con la noche escondiendo los edificios y sus terminaciones, volviendo ambiguas las figuras de los hombres que cruzan con prisa, ambiguos también los carteles y las indicaciones de las esquinas, podría ser una noche de Buenos Aires.
13 de noviembre
Llevo tres días consecutivos de reuniones diplomáticas. Todavía no he tenido el encuentro más importante, el referido a las semillas con el Dr. Herschel, y temo llegar abatido. No estoy, sin embargo, cansado, pero hablar, pensar, moverse en otro idioma es sin dudas agotador.
El clima en las reuniones es distendido y hasta a veces poco serio. Toman como nuestros gauchos, incluso más, y hablan con la tranquilidad de quienes se saben en dominio total del mundo. Son inteligentes y sarcásticos y tienen una idiosincrasia práctica y expeditiva. Reservan el primer tercio de las juntas a la resolución de los problemas de urgencia y luego, sí, hacen vida social. En cuanto firmamos los acuerdos —uno por la exportación de cuero vacuno y lana que, de llevarse a cabo, supondría un octavo de nuestras exportaciones totales; otro menor por caña de azúcar; otro para la construcción de la embajada inglesa en Argentina— la junta se vuelve más coloquial y llevadera. Hablan de negocios y de descubrimientos científicos, hablan con preocupación de los Estados Unidos de América, a quienes consideran brutish peaseants whit money (“campesinos brutos con dinero”), pero, sobre todo, hablan hasta el hartazgo del caso que tiene en vilo a toda la ciudad: los cuatro asesinatos en un lapso de cinco semanas sucedidos en Whitechapel —el barrio aledaño al de mi hotel— y que han sido, según me informan, de una bestialidad absoluta. Se trata de un hombre, o eso creen, por la fuerza con la que realiza los cortes, que ha puesto en alerta a la Scotland Yard y que, según los pocos testigos conseguidos, preda por la noche cerca de la zona alta del barrio, poblada de pasajes breves y pasadizos donde arrastra a sus víctimas para ocultarse a la mirada de los transeúntes y las luces del alumbrado. Es metódico y calmo, y es a la vez pura furia desencadenada: corta las gargantas con cuchillas anchas, con el fin de silenciar pronto a la presa, y luego las arrastra a las sombras para finalmente desfigurarles los rostros. Cada vez que tiene tiempo y no hay gritos de alarma, se demora: lacera los órganos genitales y abre los estómagos para arrancar las vísceras, y así los deja, entre la basura y las ratas, para que sean encontrados por la mañana como manchas rojas con los ojos abiertos, como cuerpos vaciados de dignidad. La prensa ya lo ha bautizado Jack the Ripper (Jack, “el destripador”) y se cree de él que es muy alto y moreno, que se mueve lento, pero con determinación, que puede haber sido jardinero o carnicero por la destreza con la que maneja las herramientas, que usa sombrero ancho y una gabardina oscura con las solapas levantadas que lo hacen parecer, mientras camina, un vampiro.
Acabo de volver a pie de la última reunión. Se extendió más allá de la cena. Quería saber qué se sentía ser un caminante. Soy alto y mi cuerpo todavía responde y sé usar las manos, pero me resultó inevitable sentirme sugestionado por la historia del asesino, por el modo en que se ríen los ingleses cuando están borrachos, mostrando los dientes como bestias y riendo fuerte, por los hombres que por la noche atraviesan las calles, pálidos y lánguidos como si no los hubiera tocado nunca el sol, lo que hizo que me volviese cada tanto para ver si alguien seguía mis pasos y revisar ambas direcciones de las calles antes de dar el cruce por los carruajes, que aún más durante la noche parecieran andar desbocados, para espiar por los pasadizos asomando apenas el cuello para encontrar poco más que cuerpos de obreros dormidos y amontonados para soportar el frío. No es lo ensimismado que se encuentra todo, ni la lengua que hablan ni sus maneras, o tal vez sí, pero hay algo acá, denso, la humedad tal vez, que hace que el aire pareciera a punto de volverse sólido, como si en esta ciudad la noche fuera más noche y el amor fuera más amor y el deseo más deseo.
2036
Estoy en un pasillo. Tengo los ojos cerrados y puedo sentir el olor del alcohol y el yodo. Escucho las voces, las bajas y las de comando, y es como si pudiera ver claro, a través de los párpados, la calma y el hartazgo y los cuerpos que cruzan delante de mí y que se me aparecen como bloques oscuros que tapan la luz. Todos esperan a que se los llame, quietos y en sus lugares, en un orden frágil, que se les indique que ahí está, ahí se ve en su sangre o en los estudios el umbral de su vida: ahí está tu muerte y podés tocarla, ya le pusimos nombre hace tiempo y fue la muerte de muchos, ahora es la tuya y resta que te vuelvas su compañero, que pongas en equilibrio tu marca en el mundo, que te acuerdes de que fuiste amado. Estamos quietos y sabidos de lo que nos espera, pero todavía pacientes por el cansancio y el cuerpo dormido o por el miedo, incluso quienes tienen en el cuello colgada la cruz, sabiendo que para ellos podría abrirse, de darse lo peor, un parque enorme y de verde infinito. Una puerta se abre al fondo y escucho mi nombre: Ishigata, Julia Ishigata. Cruzo el pasillo blanco con gente como yo a los costados, sin verlos, para entrar a otra habitación, también con las luces y las paredes blancas, con un hombre alto con la cara y la voz amables que después de los saludos señala un monitor donde se ve mi cuerpo, flaco y quieto, mis caderas transparentes, apenas una línea contra el fondo oscuro, y mis huesos como arcos, y mi cuello largo, y mi cráneo, y ahí dentro, un bulto más oscuro, en el cerebro, como un nido gris y redondo con los bordes picados. Es una mancha plana, definida, que desentona con la imagen lavada de la pantalla, sin sombras ni relieves, un hueco negro como una falla en la máquina que la capta.
Recuerdo entonces que también hay eso en el mundo.
Por sobre los bosques húmedos y protegidos del invierno en los que creo vivir, a veces, hay también espanto.
La mancha se trata de un pino enorme, entre todos los árboles el más alto, que de repente me mira como si cobrara vida, y no me quisiera en la Tierra, que es tan fuerte en su determinación que me obliga a salir eyectada del bosque o de lo que considero mi casa, arrastrando todo lo que tengo hasta que pueda, yo, encontrar otra caverna de la que me sienta parte, siempre en silencio, para que el pino, ahora con movimiento, con la cara del Juicio, no me encuentre o me tome por olvidada; y detrás de ese espanto, otro: yo, ya en la caverna oscura con el eco de las pisadas del pino afuera, retumbando sobre el pasto, sabida de que el tiempo va a hacer de mis piernas dos palos secos incapaces para la fuga, nunca habiendo podido imaginarme ni cabañas tranquilas, ni el olor del fuego en el hogar, ni mi vejez con arrugas hondas, ni venas hacia afuera como deltas, ni un útero austero que ya no expulse sangre, sino siempre un cuerpo joven pero puesto en pausa, hermoso como el de un héroe, llorado lo justo y enterrado antes de los desastres, porque está en mí o en mi familia la vida corta y acelerada, tan pequeñas entre ellas, sus vidas, las nuestras, que apiladas son siquiera un cerro, como una máscara quieta hacia la que yo me muevo lento, como una jaula que sé es mía y hecha a mi molde.
La biopsia no dio bien, Julia, dice el hombre blanco, encontramos células cancerosas, todavía hay tiempo para hacer todo cuanto puede hacerse, y bien y de forma segura, dice, entonces me despido y vuelvo caminando por encima de las cosas como si no me importara, como si el bulto en el cerebro, el pino, fuera menos un peso que un hueco por donde pudiera escaparme a otro lado, contraerme de a poco hasta que no quedara de mi cuerpo nada y mi borde se convirtiera en el límite hacia otra forma de vida.
1945
El doctor Yuuki Ishigata llegó a la Argentina en la madrugada del 14 de marzo de 1945.
El embarque y los avisos de cabina habían sido de una protocolaridad somnífera, y el avión dejó atrás a un Tokio que todavía se debatía entre la modernidad y un mundo viejo, hecho de cuentos de fantasmas, de formas de sanación y valentía todavía no tocadas por la ciencia, con calles angostas y empedradas, con dragones de piedra en los umbrales y las plazas. Antes de que cayese la noche, Ishigata miró por la ventanilla: el sol teñía las nubes de esponja y el archipiélago japonés, verde y marrón, que simulaba dedos sucios adentrándose al agua, y después el mar, una landa quieta hasta donde llegaba el ojo. Se distinguía sutil la curvatura, una inclinación para nada pronunciada que funcionaba más como síntoma de un mareo que como evidencia de la composición de la Tierra. Un solo acontecimiento, pensó, el del vuelo acaso, el de una escalera gigante, el del cálculo matemático exacto y a tiempo, lo podría haber resuelto todo: un hombre de letras en la punta del cielo viendo que en verdad el planeta era un círculo y que, como tal, no había fin ni un cierre abrupto de la extensión donde después se abriese a la inmensidad del vacío; un hombre en una escalera de oro que entendiese de una vez y para siempre, y porque así se lo habrían dicho sus ojos, que ya no había centro, o que al menos había múltiples; así, tal vez, se habrían ahorrado las persecuciones, los juicios, la insistencia en la lectura de las palabras de Dios, y el fuego, sobre todo, en los cuerpos y en los libros y en las catedrales paganas y en los países del Este y en sus árboles y sus ejércitos y sus banderas y sus mujeres.
La estadía, en principio, no debía ser larga: duraría los nueve meses aprobados con posibilidad de prórroga a cuatro más si los descubrimientos eran prometedores.
El doctor Ishigata llegó entonces al aeropuerto de Buenos Aires con la certeza del regreso eventual, de la vida ligera de turista a pesar de lo atareado del trabajo. Tomó un taxi y dio la dirección del hotel en un español correcto, pero rudimentario, que había aprendido a medias por la intención juvenil de leer el Quijote en su lengua original, y que se había prometido mejorar. El taxi cruzó la ciudad por las calles deshabitadas. El alumbrado público insinuaba las puntas, las estructuras y los adornos de los edificios en las avenidas principales. Ishigata, educado en otra forma de decoro y a pesar de la fascinación, consideró excesiva la superposición de estilos, acaso propia de un país latinoamericano, con una historia todavía breve donde la identidad se producía por la mixtura.
Dio su nombre en la recepción y lo acompañaron hasta la habitación que el gobierno del Japón le había reservado. Se acostó vestido y miró el techo, todavía conmovido por la inmensidad del Pacífico que hasta entonces nunca había cruzado: el color idéntico en cada lugar, la superficie plana que lo hacía parecer al cemento, el espacio infinito sobre el que cruzaban los aviones para viajar a la guerra. Ishigata imaginó un avión de caza estadounidense viajando a ras del mar, barriendo sutil los vapores y la espuma con olas por debajo, cruzando con la velocidad del viento y llegando a la isla mayor del Japón para soltar después las cargas, tal como el fuego de la Iglesia, sobre los hermanos y las hermanas y las estatuas y los templos. El mareo del viaje o la imagen le dieron náuseas, pero no tuvo fuerzas para moverse. Entonces durmió.
La guerra se desarrollaba violenta hacía ya algunos años y el Imperio se obsesionaba, además de por el frente y todo lo que eso implicaba —las botas sucias, las falanges con hambre, el sake, los campos minados, los fusiles, la munición—, por obtener avances científicos que, creían con una fe psicótica, habrían de adelantarse a los procesos evolutivos lógicos: pretendían romper el tiempo, dar un salto breve hacia adelante por corto que fuera y hacer así de los soldados de la nación hombres fuertes e incansables, con más puntería y más arrojo y más dóciles, como se decía habían logrado los hombres del Tercer Reich, bestias retocadas para quienes la cocaína y la morfina ya eran detalles menores. La Universidad Imperial de Tokio, entonces, había desarrollado un programa de cierta confidencialidad en el Instituto de las Biociencias Moleculares y Celulares con el fin de, si no producir una nueva forma de soldado, al menos encontrar la solución a los problemas concretos del cuerpo humano durante la guerra, como el de la cicatrización acelerada, la reposición de fracturas e incluso el de la muerte, para que los cuerpos muertos, ya olvidados de sus familias y afectos, respondiesen a cualquier alta comandancia en tareas más riesgosas que las de los escuadrones suicidas. El doctor Ishigata, como director del Departamento de Botánica, aceptó emprender el viaje. Supondría abandonar sus doctorandos, sus clases, el prestigio conseguido, el sueldo justo, la ciudad de Tokio a la que había llegado de joven y que durante la primavera se llenaba de colores y parecía volverse jardín total, para vivir durante un tiempo en el frío austral del mundo, en un país todavía en desarrollo y con una capacidad técnica y científica por detrás de los países europeos; también supondría, así lo creía, su ausencia al menos, alguna forma de protesta silenciosa al giro fascista que el gobierno nacional había tomado en los últimos años, giro del que la Universidad de Tokio se había desentendido, como también una crítica al ingreso precipitado a la guerra, la del Japón, en una carrera hacia el vacío, creído el Imperio de estar jugándose la verdad sobre el mundo y preso de una necesidad de reparación simbólica u honorífica que no era reconocida más que por ellos mismos.
El segundo avión al sur fue más placentero. Fue corto y silencioso: un vuelo privado de no más de quince personas que trasladaba altos mandos militares argentinos en tareas de rutina. No le dirigieron la palabra y él tampoco intentó comunicarse. Tenían todos, como era de esperarse, las caras duras y el aplomo y los gestos seguros y definitivos, y ensayaban los rituales minúsculos y casi imperceptibles —los saludos, los debates, los permisos— que podían impresionar a cualquier hombre común con la marca de lo distintivo. Ishigata se preguntó hasta dónde era posible torcer la dureza y cuánta fuerza opuesta era necesaria para astillar un temple, los de ellos y los de todos los generales que habían nacido en su propia isla: cuánta fuerza podía ejercerse sobre un palo pulido hasta el punto del quiebre.
Ishigata llegó a Río Gallegos por la tarde, y entró por segunda vez en dos días a un hotel de paso. Ya no quedaba lo templado de la ciudad de Buenos Aires, el clima pesado del monzón que Ishigata conocía bien, ni tampoco los edificios que pudieran frenar el pampero que crecía del sur; quedaban, sí, hileras de árboles frondosos, lengas y araucarias bordeando las rutas y las calles anchas que sostenían el viento como podían, con los troncos doblados hasta casi ser paralelos al suelo.
El hotel era más modesto que el de la ciudad de Buenos Aires, pero también más calmo. En la recepción, recibió una carta de bienvenida y el aviso de que durante la mañana siguiente lo pasarían a buscar para llevarlo a destino.
Cenó temprano y fue a su habitación. Ya en la cama siguió leyendo el único libro que había traído consigo, un volumen de un austríaco ignoto, Goran Herschel, con poca precisión metodológica y aún menos fineza conceptual, que se había dedicado, como lo aclaraba en el prólogo y como hacen los diletantes o los hombres de dinero, a revisar plantas curiosas del África y el sur de Asia. El volumen era a la vez una crónica de viaje, una confesión, una ética y un tratado de botánica. Ahí no interesaba la precisión sino la elasticidad del pensamiento: el autor austríaco saltaba de un lado a otro sin el menor rigor teórico, y era en ese salto donde aparecía un espacio, poético pero a la vez especulativo, que a Ishigata le parecía interesante puesto que representaba, al menos en una forma concreta, el momento de la reflexión desatada frente a un descubrimiento nuevo y que él, como hombre de ciencias, reconocía bien.
Se había detenido en un caso, el de la Amorphophallus titanum (falo amorfo titánico), que ocupaba unas noventa páginas del volumen. La exposición presentaba dibujos de disección en corte plano y longitudinal, descripciones sobre la composición y el comportamiento vital de la planta, un breve estudio genealógico que arriesgaba las razones de su origen y un pequeño número de entrevistas que indagaban el modo en que la planta era asimilada por los habitantes del lugar.
La planta era conocida cotidianamente como aro gigante o bunga bankai, expresión que en indonesio significa “flor cadáver”. Era una herbácea tuberosa con terminación en espádice, similar a todas las de los lirios y parte de las magnolias; podía llegar a medir hasta tres metros y pesar poco menos de ciento cincuenta kilos. Sus colores, cercanos siempre al rojo y al violeta, la volvían casi invisible en las selvas multicolores de Sumatra. Se abría durante la noche: el raquis crecía en tamaño por infusión de gas desde la parte inferior de la planta, lo que provocaba que las flores, grandes y ovaladas, se expandieran hasta cubrir espacios de quince metros cuadrados. Al caer el sol, el gas del tallo se liberaba en explosiones breves. El olor que largaba la Amorphophallus titanum era el de la carne podrida; tan excesivo que resultaba imposible que alguien se mantuviese durante más de tres minutos en un radio considerable. El estudio de la planta por parte de los hombres, pues, se limitaba solo a las horas diurnas o, de haber herramientas, con acercamientos con máscaras de gas. Herschel entendía que la función del olor desprendido no difería mucho de otras presentaciones de aráceas, como las calas y los filodendros: protegerse de posibles predadores y atraer insectos polinizadores, en este caso moscas saprófagas acostumbradas a buscar espacio en los cadáveres del reino animal para colocar sus huevos. Pero lo interesante, de todos modos, no estaba en la función sino en su cualidad: cómo era posible el olor a carne pudriéndose sin la presencia de tejido muscular; cómo era posible duplicar un signo único sin aquello que, en primera instancia, lo constituía como tal.
Las posibilidades eran no más que dos: o la planta había emergido posteriormente al nacimiento de la carne, esto es, la carne de mamíferos o aves que una vez en descomposición y sometida a los climas estivales desencadenaban un amplio conjunto de eventos reproductivos en las selvas profundas del sur de Asia; o bien la planta en algún momento de su desarrollo evolutivo había mutado al entender que los cuerpos que morían a su alrededor eran imán y caldo de cultivo para formas minúsculas de vida que no solo aseguraban su reproducción sino también la estabilidad general del ecosistema. Frente a la imposibilidad de probar cualquiera de las dos hipótesis, Herschel entonces se diluía en consideraciones extrañas. De haber surgido la planta después de los mamíferos y las aves, cuál, se preguntaba, antes del olor a la carne podrida, habría sido el olor radical que largase la bunga bankai; cuál, tan fuerte y hechizante, que funcionase como centro de la selva a la vez que repelente para quienes pudieran ponerla en peligro. Cuál era, antes de los cinodontos y los arcosaurios, el olor de la muerte que atraía y ahuyentaba en cantidades idénticas; y si no el de la muerte, cuál. Qué otro signo era tan definitivo como para ser replicado.
1504
Quisiera que no estuviéramos acá, Isabel, yo proyectándome de este modo y vos escuchando a mi lado mis palabras, que no vengas conmigo en espíritu a América, que puedas inventar otros ritos y otras magias y empezaras de vuelta, una madera sobre otra para hacer algo que de tan grande sea también terrible, pero lejos, no acá, en América, sino donde sea, porque no sé si es en este jardín donde vamos a encontrar tu cura o algún tipo de bálsamo para tu vientre bajo, por mucho que ya hayamos investigado en Oriente, y porque tampoco sé si los rumores acerca del rey brujo que se dicen entre los indios son verdad o superchería, si es tan enorme como dicen, tan poderoso como dicen, y tan sanador como vengativo.
Cuando acabe esta proyección, voy a pedirles a las criadas que hagan su tarea. No es propio de tu dignidad ni de tu reino los vapores y la falta de luz que hay en esta habitación: que abran los postigos y dejen entrar el sol, que sus rayos te toquen la piel pálida, que prendan los inciensos.
No te asustes por mis ojos en blanco, así se tornan cuando me proyecto; tampoco si mi cuerpo entra en espasmos: van a ser breves y poco violentos. Puedo sentirte cerca, de todos modos, y eso me calma: tu mano sobre mi mano, tu otra mano sobre mi mejilla. Puedo sentir, al mismo tiempo, el olor que hay en estos bosques de América y el perfume que llevás en la muñeca.
Se trata de estar en dos lugares a la vez, casi como Dios, pero no.
Puedo contarte lo que veo.
Catalina se viste ahora con las ropas del oficio y baja hasta donde Balvanera, que le dice deberías dormir, hija, que no, no se me hace posible, padre, la tierra se mueve y siento que también se mueven parecido mis ideas, que no es nada, es nada, que bien podría entonces prepararle algo caliente para que podamos tomar, en todo caso para esperar despiertos a los hombres que ha mandado y darles curaciones en caso de lo peor, pero es que nada de eso va a pasar, hija, no tengas miedo.
Los hombres entran al bosque y desaparecen, sus antorchas se apagan en cadena como chupadas por el negro del pinar. Son cinco los que entran. Si quisieras saber, a poco de ingresar, a menos de un kilómetro, tienen que dejar las monturas: son las ramas tan bajas y tan superpuestas unas encima de otras que hacen imposible el paso.
Este bosque es extraño. Está habitado, deberías saberlo.
Verías que los hombres atan los caballos y avanzan a pie media, una hora, para llegar a una laguna. Ahí deciden armar dos grupos: uno que va a ir por la izquierda, y otro por la derecha, hasta encontrarse cuando termine el cuerpo de agua. No sienten que pueda haber un problema, por más que la misma curvatura o la misma hierba frondosa los oculte unos a otros desde la otra punta: cuentan con los clarines, para hacer sonar si arrecia cualquier peligro. Pero dejo, Isabel, de verlos claro, como si ahí la oscuridad estuviese hecha de otra cosa, más espesa y asfixiante, y los pierdo en el bosque y lo poco que distingo ahora son figuras débiles que avanzan lento en la noche.
De este otro lado, en el convento, mi proyección es clara: veo todo de cristal y puro, como si fuera con mis propios ojos. Catalina prende el fuego y pone la caldera con agua y también el guiso que quedó de la noche anterior. Después sale al jardín delantero que da al campo. Balvanera se sienta al lado de ella sobre una silla de madera en la puerta del convento, tiene los ojos cerrados y va comiendo con las manos las cuentas de un rosario: el Padre Nuestro, el misterio, gloriar al padre. Y avanza cada vez más rápido. Sentirías que la preocupación es como sigue: América, las formas que toman los troncos de los árboles, a veces tan rebuscadas con círculos y accidentes, la madera que es más negra que en Europa, los felinos que ahora todo castellano o manchego sabe que se llaman jaguares, que salvan distancias enormes con un salto y en cuyo pelaje los indios creen ver la escritura de un dios.
La noche se hace menos densa y se acerca la mañana. Entonces clarea lo suficiente para distinguir, ahora sí, la punta de los pinos del bosque, pero Balvanera sigue con los ojos cerrados, que va a abrir recién dentro de unas horas cuando el sol ya esté subiendo, cuando venga del bosque el ruido de los cascos de los caballos. Es casi el mediodía cuando se escuchan las monturas. Son dos los hombres que vuelven, parecen sanos y andan rápido sobre la llanura, y Balvanera achica la vista, acaso para enfocarla y darse cuenta de que sí, no son cinco sino dos, pero que estos que vuelven parecen ilesos y todavía armados, sin las ropas ajadas ni ristras de carne colgándoles de los flancos.
Catalina mira a Balvanera y dice padre, dónde están los otros, y Balvanera dice deben haberse retrasado, pero están.
Si estuvieras en esta proyección conmigo, verías los ojos desesperados de Balvanera, y te atacaría la tristeza.
Los hombres llegan y bajan de los caballos. Catalina les ofrece la miel y el guiso que mantuvo calientes toda la noche. Les da también pan y manteca y sal. Los hombres están transpirados y agitados, pero no tienen heridas ni hendiduras en las placas de metal.
No vimos nada, dicen. Nada. Los árboles tienen el tamaño de catedrales, mucho más grandes que en las Europas. El verde es más verde. Pero nada a excepción de un claro enorme con agua oscura. Nos separamos no bien llegamos al valle, para abarcarlo por los costados en menos tiempo, pero cuando llegamos a la mitad la otra partida no estaba, entonces decidimos dar la vuelta completa, por si los otros habían frenado por inconveniente alguno, pero no hubo caso.
Balvanera los bendice y los manda a descansar. Les dice que él va a hacerse cargo de guardar los caballos y de limpiarles las magulladuras que tienen en las ancas y de darles de comer, que ellos ahora tienen que recuperar sus fuerzas. Los hombres entran callados al convento mientras Catalina los sigue de cerca: les mira a los dos las nucas, las gotas de transpiración que les caen y les toca el cuero tachonado que tienen abajo. Los dos hombres, Facundo y Pedro, se quitan las armaduras en el salón central, al lado de la sala de ceremonias. Agradecen la comida y después van a sus habitaciones.
Se hace, de nuevo, la noche. No se han movido ni Balvanera ni Catalina, los dos quietos en los bancos que sacaron al campo, como centinelas. Balvanera, cada tanto, por la edad y los dolores que ya siente en las piernas y en las caderas, dormita. Soñó antes de que se escondiera el sol con un zorro que lo miraba fijo, que después abría la boca para decirle un secreto terrible, pero que al final callaba. Han vuelto, pregunta no bien despierta. Notarías en la voz la esperanza, Isabel. Y Catalina dice que no, que ella hace la guardia y que de tanto en tanto hace sonar los clarines, por si los tres que todavía deberían estar en el bosque se encuentran perdidos, para que puedan guiarse a pesar de lo engañoso que a veces pueda ser el eco. Catalina le pide a Balvanera que vaya a su habitación, que por hoy puede no hacerse la bendición, que es necesario para ella y para todos que él reponga las fuerzas. Balvanera hace caso y entra al convento porque entiende que es cierto, y porque todavía se siente dentro de una premonición extraña en la que todas las cortes, la nuestra sobre todo, lo culpan de haber truncado el deber de poblar la América, de haber matado a sus hombres, sin querer tal vez, incluso antes de que florezcan los primeros brotes. Si estuvieses acá, sin embargo, verías lo noble que es y la estima que te tiene, cómo se desviste sereno en su habitación y reza, cómo se hinca sobre el suelo con los ojos cerrados para bendecir la tierra y cómo se le presenta tu figura, del tamaño de una torre enorme, que le produce a la vez miedo y admiración.
Quisiera encontrar la solución a tu enfermedad. Cada día hay algo en tu porte que se hace más débil, y desconozco cuánto nos queda. Estamos, todavía, justos de irnos de esta proyección, de dejar de perder tiempo, Isabel, y empecemos otros ritos, al este o más lejos todavía, y de olvidarnos de esto, que encontremos de vuelta el tiempo para que pienses en tu casa y en nada más que en casa, que es también la mía, porque puede que acá no haya ninguna cura.
De este lado, de todos modos, los enviados no vuelven, entonces Catalina sube a su cuarto. Ya es la única despierta, la única testigo de la luna gobernando el cielo y del silencio gigante del convento. El bosque se ve tranquilo. Las puntas de los pinos apenas se mueven por el viento, van desacompasados como si las copas bailasen cada una a un ritmo propio. En la mesa del dormir, el libro está abierto. Es en Job: los caldeos y los sabeos están por atacar los campos y degollar al ganado. Catalina entiende que América es de las bendiciones, pero que todavía no han aparecido los días de lluvia. Por eso recita en voz baja y con los ojos abiertos desde el marco de la ventana. Solo frena cuando ve que a lo lejos algo sale del bosque. Es una bola mínima de luz, que se mueve rápida y a ras del suelo. No pueden ser los hombres perdidos ni sus antorchas, que deberían ser más naranjas.
Balvanera duerme: es ahora ella, Catalina, quien protege, y no se animaría, a no ser por urgencia, a despertarlo. Baja y la parroquia está vacía. Los bancos, sin peso encima, se curvan igual por la humedad. La virgen de los vidrios en la ventana mira todo desde arriba: el silencio completo que hace, la eucaristía vacía, lo lejos que está en el tiempo de su propio nacimiento.
Entonces sale al campo.
Sentirías de Catalina el pulso acelerado y una electricidad suave que le crece desde la parte baja de la espalda y se le trepa hasta la coronilla.
El bosque parece ser la muralla que separa dos reinos. La bola de luz todavía está ahí, a veces quieta, a veces moviéndose despacio. Catalina se acerca y ahora puede verla de cerca: es un conejo del color del cardo, que refracta la luz de la luna e ilumina los arbustos que tiene cerca, y a medida que se mueve deja una estela, un polvo que sube y se disipa en el aire. Catalina lo ve cruzar la colina y oler las flores y acercarse al convento, lento y como desconcertado por tanta piedra junta. El conejo está cerca. No es violeta el pelo, es de ágata; son hebras de ágata, de zafiro o de algún metal tan fino como un pelo y maleable, y tan liviano que se mueve con la brisa. Catalina piensa en lo que ya dijeron las cartas de los primeros conquistadores: los bloques de cobre del tamaño de castillos que encontraron a la vera de los ríos, los indios que andan con los mismos valores que los príncipes colgando como si nada en los cuellos y las orejas, las frutas del Edén que toman y les causan alucinaciones; pero sentirías que no es temor lo que siente ahora, sino cariño y admiración y confirmación del Dios nuestro. Catalina alza al conejo y lo saluda. Huele a pera dulce. El conejo no ofrece resistencia, se queda mirándola, con los ojos también de aventurina, como si ella fuera una diosa, la depredadora última o su esclava. Catalina vuelve al convento y deja al conejo en una de las jaulas de las gallinas, con agua y verduras. No puede creer lo increíble de su factura, cómo brilla independiente, como si se tratase de una luciérnaga o anguila. El conejo no la mira: hurga su nueva jaula y mastica una lechuga, pelea sin voluntad contra los barrotes finos, y después se recuesta sobre la paja. Catalina toma el candelabro y va al salón de ceremonias a presentar los respetos.
Si estuvieras acá y pudieses verla te conmovería lo sutil de sus movimientos: cómo hunde el mayor y el anular en el agua, apenas rozándola, para después mojarse la frente, cómo se agacha con las manos juntas apuntando al cielo y la cabeza hacia abajo, y lo que dice: que agradece haberse embarcado, a pesar de los contratiempos, para ver este nuevo continente nacido desde la magia; que quisiera vivir perpetua en estado de asombro por lo divino de las plantas y los ríos y los animales de este lado del mar. Si la vieses ahora, así de quieta como se encuentra, podría resultarte una estatua hermosa: el pelo que no se le mueve por la falta de corriente, la toca sobre la cabeza que la hace parecer más joven. Después besa el suelo como estilan los moros al sur del reino y va a buscar las leñas para la salamandra de su habitaci
