Hay quienes preguntan cuál es la diferencia entre no ver nada y ver todo negro. Preguntan otras cosas. Que si se oye mejor cuando no se ve. Que si todas las mujeres son bellas. Que si se distingue entre el día y la noche. Que si seguimos soñando. Que si lloramos. A muchos les interesa indagar algún trasto sobre la muerte. Si en la resurrección de los muertos tendremos ojos. Es cierto que a algunos criminales los cortan en partes, los queman y los hacen hollín para que no vuelvan a habitar la tierra. Está escrito que no deben dejarse los cadáveres para que los coman las bestias o los piquen las aves, y ya desde siempre se discute sobre lo que ocurrirá a un hombre si se lo traga una ballena. A Jonás lo escupió luego de tres días. Pero son muchas las embarcaciones que cada año se pierden en el mar junto con todos sus hombres y no se sabe más de ellos. Hay que creer que si la resurrección le llega a alguien en el fondo del mar se volverá a ahogar. A los navegantes que nunca regresan se les hace un sepulcro. A los cadáveres que llegan a la arena también se les da sepultura aunque nadie sepa quiénes son. Hay sepulcros con cadáveres sin nombre y otros con nombres sin cadáveres. En la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro, yo espero tener ojos. Pero no puedo saberlo, como tampoco nadie sabe si quienes murieron viejos serán viejos y los jóvenes, jóvenes, aunque se entiende que los hombres seguirán siendo hombres y las mujeres, mujeres. Yo creo que quienes resuciten habrán de ser jóvenes porque maligno premio sería volver con la carne que ya no sabe de placeres. Alguien me preguntó si echaba más de menos el verde o el azul. No lo había pensado. Le respondí que el azul, y quizás sea verdad. El azul.
Hay preguntas que más valdría no hacer. Y sin embargo la gente las hace. Lo que más me preguntan es cómo quince mil hombres se dejaron sacar los ojos. No alcanza a ser una pregunta. Es un reproche. Su modo de tacharnos de cobardes. «Yo no lo hubiese permitido», dicen. «Antes muerto que dejarme hacer eso». Se arman historias mentales en las que apenas con los puños pelean contra sus verdugos y los vencen a todos. Les escupen, los muerden, los patean. Siempre muy osados. En su mente pueden escapar de cualquier trance. En la taberna cualquiera es el más valiente. En las bravatas de taberna todos hubiesen hecho algo sobrehumano de haber estado en nuestra situación. Pero no estuvieron. ¿No crucificaron a seis mil hombres de Espartaco en el camino que va de Capua a Roma? Cuando cayó la ciudad de Pliska, ¿no tuvieron que ver sus habitantes cómo el enemigo aplastó a cientos de niños con piedras de molino? ¿Acaso no recuerdan los viejos cuando Sviatoslav mandó empalar a veinte mil de los nuestros? «Yo no lo hubiera permitido», dice el que no estuvo ahí, pero cualquiera de ustedes habría terminado en la cruz o empalado o viendo a su hijo como masa de harina; a cualquiera de ustedes le hubiesen sacado los ojos. A Dios mismo lo crucificaron, y de haber querido los romanos le habrían sacado los ojos y cortado la lengua y la nariz y las orejas. Al Cristo lo aporrearon antes de ejecutarlo. Lo aporrearon tanto que ya iba loco cuando lo montaron en la cruz. Era Dios que se hizo hombre cuando lo azotaron, y entonces fue hombre que se volvió loco y se creyó Dios.
«¿Y quince mil hombres se dejaron sacar los ojos?», alguien volvió a preguntar.
Yo le dije que sí, y que por eso nos volvimos locos.
Una columna de desarrapados recorre el último tramo para llegar a la capital del imperio de Bulgaria. Llevan más de un mes caminando sin ver el camino. Si la marcha durara varios días más, ellos seguirían andando. Pero al saber que ya terminan su viaje, las piernas se ablandan. Los pies revientan de dolor por las ampollas que revientan. El hambre los desbarata. Ninguno es lo que fue apenas tres meses atrás, cuando avanzaban fuertes, armados e insolentes, siguiendo a su zar Samuel, a pelear contra el ejército de Basilio. Ahora se acercan sin orden a las murallas, sin una mínima formación que los haga parecer combatientes. Cada ciego siente necesidad de decir algo, pero en suma no dicen nada.
Una semana antes había llegado el primer rumor de que se acercaba un ejército.
Samuel mandó aprovisionar la ciudad y cerrar las puertas de las murallas.
Después, las noticias fueron buenas. Eran los prisioneros que se habían llevado a Constantinopla. El emperador Basilio los había liberado y venían de vuelta a casa.
Hubo gran alegría hasta que los informes se volvieron más precisos.
Sumaban miles de hombres. Venían ciegos. Sin ojos.
En la ciudad se sintió más miedo que cuando esperaban un ejército invasor.
Cerraron las puertas a cal y canto.
¿Eran ciegos o muertos?
Transcurrieron noches silenciosas.
Al fin los divisaron desde las torres.
Ya vienen.
La gente quería subir a las murallas. Mirar a aquellos desgraciados.
Estaba prohibido. Cada puesto lo había ocupado un arquero. Los arcos se tensaron.
Samuel subió a la torre oriental y desde ahí vio a su ejército ciego. Ordenó a los arqueros que no dispararan. Ordenó que abrieran las puertas.
Durante un asedio, los agresores lanzaban cadáveres, cerdos podridos, excrementos, vejigas llenas de sangre o de orines, perros rabiosos y ancianas enfermas.
A Samuel le estaban lanzando miles de hombres sin ojos, y él les había abierto las puertas. Los dejó entrar con la aglomeración de ratas en desembarco.
Dicen que ahí mismo Samuel se desvaneció. Que lo hicieron respirar de nuevo con agua y mirra. Entonces pidió agua fría y su médico le dio agua fría. Le falló el corazón y se lo llevaron a su palacio. Allá despertó dos días después como saliendo de un mal sueño. Y cuentan que acabó por morirse cuando supo que el sueño no era sueño.
Por la ley de la sucesión, el último aliento del zar Samuel pasó a ser el instante en que su hijo, Gavril Radomir, se convirtió en nuestro nuevo zar. Su coronación fue un velorio, y mientras sepultaban a Samuel también se estaba tallando la lápida del moribundo imperio búlgaro.
Mientras tanto, el ambiente era de júbilo allá en Tesalónica, Adrianópolis, Constantinopla y todas las ciudades del enemigo a las que fue llegando la noticia. El emperador Basilio recibió el título de Bulgaroktonos, que trasladado es Matabúlgaros.
¿Que cómo nos sacaron los ojos?
Quien lo pregunta espera una descripción más elaborada de la que se da en las crónicas. En los anales sobre los búlgaros se cuenta que hace poco más de cien años «nuestro zar Boris salió de su retiro, arrestó a su hijo Vladimir por hereje, y mandó sacarle los ojos», y sobre Sansón la historia sagrada nos enseña que «los filisteos le echaron mano y le sacaron los ojos». Pero la gente quiere saber con detalle lo que ha de ocurrir para que un ojo esté mirando desde su cuenca y poco después ande rodando por el suelo. Algunos se han inventado respuestas muy apartadas de la verdad. Supe de alguien que se la pasa afirmando que nos inflaron con un fuelle de herrero hasta que los ojos saltaron como tapón de odre; es una historia que él adorna con tantos detalles que acaba por mover a la risa a los mismos ciegos. Otra versión cuenta que nos maniataron y echaron mieles sabrosas en los párpados, y por la noche las ratas hicieron la faena. Con ésta no ríe nadie. Otros cuentan que oprimiendo el pecho con piedras pesadas los ojos acaban por salirse solos, pero no supe de nadie al que le hicieran esto y creo que uno se asfixia antes de quedarse ciego. Luego de un derrumbe en las canteras se sacan cadáveres aplastados y todos tienen sus ojos bien puestos. También corría el relato de que los ojos saltaban al dar un golpe muy certero en la nuca con una tabla. Esto último es casi verdadero, pues en las batallas no falta quien reciba un porrazo y, sin que se le caigan, los ojos despuntan de modo que no se puede parpadear. Hay otra manera en que se ata una correa alrededor de la cabeza, pasando atrás por la nuca y adelante a la altura de las cejas. Se va apretando con un torniquete hasta que la presión hace saltar los ojos. Dicen que funciona, pero es un proceso lento que nadie utilizaría en quince mil hombres. El fuego no se empleaba para esto desde que allá en Constantinopla mandaron cegar a un general insurrecto y más tarde este mismo general organizó una nueva rebelión con la vista sana y los párpados quemados. Mi historia preferida es una que se cuenta a los borrachos. Tiene que ver con maravillosas cortesanas que dan besos succionadores y acaban tragándose los ojos. Me gusta porque la última visión es la de una mujer espléndida y no la que en verdad vimos.
En la corte de Constantinopla existe el cargo de maestro sacaojos. Lo natural es que, si el emperador tiene algún traidor en su entorno, ordene vaciarle las cuencas. Para eso existen instrumentos arreglados al oficio. El aprendiz practica con cadáveres y animales. Las calaveras no hacen justicia porque muestran unas cuencas más grandes que el rostro aún con carne. Los maestros sacaojos se consideran una casta distinta de los torturadores o verdugos, pues su propósito no es matar ni hacer sufrir, aunque siempre hagan sufrir y a veces terminen matando. Sacar ojos no es un método de ejecución ni de obligar a nadie a confesar o delatar. Para el oficio hay dos medidas que hacen perfecto un trabajo. La primera es que casi no se derrame sangre. La segunda se alcanza si los ojos siguen viendo hasta antes de cortar el cordón, cuando cuelgan a la altura de las mejillas. El maestro hace su trabajo en un reo maniatado; a él no le corresponde luchar contra piernas, brazos ni cabezas, sino contra un par de párpados bien apretados.
Aconteció que maese Zósimo, maestro sacaojos de oficio y vocación, escuchó que llamaban a su puerta.
«Hay trabajo», dijo el visitante.
Él se dirigió con parsimonia al armario. Sacó un pequeño cofre de madera decorado con venados y conejos. Vides y olivos. Luego eligió sus enseres. Un punzón. Una cuchara de plata con mango alargado y cuenco pequeño. A veces la usaba para comer uvas de una en una. Un garfio con las mismas proporciones de la cuchara. Una lezna con mango de marfil. Una rasqueta también fina y pequeña. Una gubia, unas tenazas y unas tijeras que daba gusto verlas por su brillo y delicadeza. Palpó un buril y una barrena, pero los dejó donde estaban. Al final, echó un pomo de colirio, y a su mujer le pidió un rollo de vendas. «Las de lino».
Lustraba sus herramientas una vez a la semana aunque hubiese temporadas sin que lo mandaran llamar. «A un músico no lo puedes sorprender con su instrumento desafinado». Se puso la túnica de aires ceremoniales, tomó el cofre y salió con el visitante. «Voy a necesitar a tres hombres fuertes», dijo.
Maese Zósimo hallaba gran dignidad en su oficio. Él, que era de nacimiento bajo, hijo de palafrenero, había adquirido la majestad para someter a emperadores destituidos, aspirantes al trono, generales rebeldes, religiosos incómodos, aristócratas desleales.
A veces el condenado no era tan notable. Podía tratarse de un hechicero, un eunuco o, como fue el último caso, un diácono acusado de mantener la vieja herejía de que si el Hijo fue creado por el Padre, entonces el Padre fue antes que el Hijo.
A Zósimo le extrañó que le pidieran ese trabajo. El castigo para tal herejía debía ser la muerte.
Aquel diácono se retractó o fingió retractarse cuando se vio sometido delante del maestro sacaojos. «Engendrado, no creado, nacido del Padre antes de todos los siglos», se puso a repetir sin que le fuera de provecho porque maese Zósimo pasó a hacer su trabajo sin entretenerse en teologías.
El diácono vivía ciego en el monasterio de San Juan el Precursor. El maestro lo visitaba y juntos bebían vino.
Ahora Zósimo se dirigía al palacio, pero el hombre le hizo una seña con la mano para que lo siguiera. «Vamos al hipódromo», le dijo. Entraron por el acceso de caballos, aurigas y carros. Las gradas estaban llenas de espectadores. Ahí vio Zósimo al primer grupo de cien prisioneros.
«¿A cuál?», preguntó.
«A todos», dijo el hombre. «Vendrán más y más hasta sumar quince mil».
El maestro se dio la media vuelta. «¿Soy acaso el repartidor de limosnas para que me traigas delante de tanto desdichado?».
El hombre le aclaró que las órdenes venían de muy arriba, pero a Zósimo le dio lo mismo y se volvió a casa.
«¿Tan pronto?», preguntó la mujer.
Maese Zósimo atrancó la puerta.
«¿Qué haría el arrogante cocinero del palacio», preguntó a su mujer, «si el emperador le pidiese que hirviera papilla para toda la tropa?».
«Papilla», respondió ella.
Él se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y el cofre sobre las piernas. Tomó el punzón y acercó la punta a su ojo izquierdo. Había un momento en el que se perdía el foco. «¿De modo que lo último que ven los ojos es un borrón?».
Del hipódromo llegó una algarabía como en los días de carrera.
«¿Qué hace la gente tan temprano?», preguntó la mujer.
«Papilla», dijo Zósimo. «Harta papilla».
De las gradas bajaron muchos voluntarios. Empezaron con grande entusiasmo y hasta con esas risas que legitiman lo que nada tiene de gracioso. Luego terminó por aburrirles hacer lo mismo miles de veces. Ojo izquierdo, ojo derecho. El molinero no celebra cada vuelta de la piedra. El herrero no lo hace con cada golpe de martillo.
Con los tuertos no hubo norma. A algunos les sacaban el derecho; a otros, el izquierdo.
Tardaron seis días en hacerlo. Acabaron su faena y se tumbaron con un cansancio entristecido.
Las únicas risas eran las nuestras.
Había un malabarista. Dijo que, aun sin ver, podía hacer suertes hasta con cuatro ojos. Los lanzaba al aire y como embrujo caían en una de sus manos o en la otra listos a ser lanzados de nuevo. Eso decía él. «Suben y bajan, vuelven siempre a mis manos diestras y amorosas». Y nos reíamos porque sin ver nada había que creerle. «Otro ojo», decía alguien. Y él aceptaba el reto. Cinco ojos. Siete. Diez. Todos en el aire, arriba, abajo, a un lado, al otro, como astros que regresan al mismo punto en el firmamento. Éramos el público perfecto porque perfectas también eran esas suertes tan reales como imaginarias. Los ojos giraban en su viaje y en un instante veían el cielo y el suelo y el horizonte y los muros y a nosotros, que embelesados abríamos los párpados. El mago malabarista dijo que había cometido un error y se le habían caído los diez ojos al suelo y debíamos tener cuidado para no pisarlos. Nos reímos otra vez. Tenté el suelo hasta dar con un ojo. Lo recogí. «Escuchen bien», dije. «Voy a arrojar este ojo hasta las nubes y sé que descenderá en mi mano». Hubo un instante de silencio. Según sabíamos, éramos un grupo de noventainueve ciegos y por ahí debía estar nuestro tuerto. «¿Ya lo arrojaste?», preguntó alguien. «Ahora mismo», dije. Mecí la mano derecha para sopesar el proyectil. Entonces alcé el brazo con toda la velocidad que pude darle. Cualquiera que haya arrojado una piedra sabe lo que tardan las cosas en caer. Conté las palpitaciones de mi corazón. Hice un cuenco con las manos y esperé en vano. Muy pronto alguien preguntó: «¿Dónde está el que lanzó el ojo?». Yo di voces y seguí dándolas hasta que él llegó a mí. Me entregó un ojo y cuando lo palpé pude jurar que era el mismo que recién había enviado al cielo. «Lo tengo», dije. «Volvió a mis manos». Fue grande la aclamación. Muchos se acercaron para abrazarme con todo ese olor y suciedad de la campaña, la batalla, la prisión y el tormento. «Aquí estoy», dije. «Y aquí está el ojo que lancé».
«¿Quién eres?», preguntó uno que me abrazaba. «Conozco tu voz».
Pensé en darle mi nombre, decirle de dónde venía, quién era mi padre, a qué me dedicaba; pero supuse que yo ya no era el de antes ni tenía ese nombre ni venía de tal lugar ni tenía aquel padre, ¿y a qué habría de dedicarme ahora?
«Soy un ciego».
Quienes oyeron se empezaron a reír y también rieron los que no oyeron, pero escuchaban reír. Tanta risa irritó a nuestros enemigos. Nos amenazaron. Golpearon a algunos. Tintinearon las armas, pero igual seguimos riendo.
A nosotros ya nadie podía hacernos nada.
Muchos ojos se perdieron, sobre todo al principio, cuando todo se hacía sin orden ni método. Rodaban por el suelo polvoso del hipódromo, y no faltaron perros en espera de un bocado. La gente de Basilio tardó cerca de quinientos ciegos en formalizar dos prácticas.
En la primera, se le pedía al ciego que abriera las manos. Le ponían en cada una el ojo izquierdo y derecho todavía palpitantes.
Un hombre llamado Bronimir tomó sus ojos con las yemas de los dedos y alargó los brazos, apuntándolos aquí y allá donde oyera voces en griego. «Los veo muy bien, malditos, y puedo ver su muerte». Aunque ellos no entendían nuestra lengua, captaron la idea y algunos se llenaron de miedo.
Lo más común fue echar los ojos en ánforas grandes y gordas de barro basto, sin ningún dibujo o decoración, de asas fuertes. La boca del ánfora no era muy angosta y con facilidad se podía meter la mano.
Aun esta práctica se afinó.
Llegaron los pescaderos del mercado con sus mesas. Vaciaron las ánforas. Lavaron los ojos con agua cristalina, y con esa habilidad que tienen para desescamar y desentrañar pescado, para limpiar calamares, para abrir ostras o erizos, se emplearon en mondar los ojos, retirando cualquier carne sanguinolenta y dejándolos tan rotundos y blanquecinos como fuese posible. Mucho de bello había en esos ojos para quien pudiera verlos. Cualquiera querría acercarse y preguntar a cuánto la docena.
