Jardines de Porta Venezia
Milán, verano de 1943
El mono grita. Arquea el lomo para escupir su aliento a través de su laringe ensanchada, golpea con la lengua el hueso hioides a la altura de la cuarta vértebra cervical, lanza al cielo la blasfemia de sus nalgas lampiñas, su ano protruido, y grita a todo pulmón. Con las mandíbulas tan desencajadas que se le entrecierran los ojos, los dientes de sable al desnudo, la cabeza echada hacia atrás en un espasmo ciego, el mono con hocico de perro grita enloquecido.
Es un grito lancinante, una sirena histérica que desgarra el cielo de nuevo silente. El rugido de los cuatrimotores se ha desvanecido en la lejanía, el estallido de las bombas ha cesado, los humanos guardan silencio, temerosos casi de atraer la atención de los devastadores; yacen mudos, extenuados y circunspectos. Por un breve instante, toda vida superviviente contiene la respiración. Es una noche clara y hermosa, una tibia noche de verano, iluminada casi como si fuera de día por la luna llena, por la tenue luz de las bengalas que caen lentamente y por las llamas de las hogueras. Una noche desfigurada por el aullido del babuino.
Hace tres días y tres noches que los bombarderos vuelan por el cielo sobre Milán, en bandadas, en oleadas sucesivas, sobre esta desgraciada metrópolis en medio de la gran llanura, perdidamente distante de todo mar, olas que nunca rompen, que jamás conocen la resaca, pero que regresan, una y otra vez, y desde las estepas del Don, desde las arenas de los desiertos africanos, desde los rápidos balcánicos del Viosa, devuelven a casa, a su agresivo epicentro, la guerra fascista.
Durante tres noches consecutivas, los Lancaster ingleses han lanzado centenares y centenares de toneladas de explosivos sobre Milán. Todos los barrios han sido alcanzados, sin excepción, desde Vigentino hasta Ticinese, desde Lambrate hasta Porta Genova, desde los barrios burgueses hasta los suburbios populares. Ca’ Granda, monumental sede del hospital de los Sforza, la iglesia románica de Sant’Ambrogio, la bramantina Santa Maria delle Grazie han quedado reducidas a escombros; arde el Palacio Real, arde el Teatro alla Scala, destruido por una lluvia de bombas incendiarias, una hoguera inmensa e indomable devora el Teatro Filodrammatici. La lista de la destrucción sería larga; su registro, imponente: mil quinientos edificios arrasados, once mil gravemente dañados, quince mil afectados. Milán y sus suburbios son un ininterrumpido panorama de ruinas. Los caballos del Arco della Pace arrastran un carro de fuego.
Estremeciéndose hasta sus cimientos, la ciudad vibra en este intersticio de silencio, mientras el aullido del mono se posa sobre remolinos de brasas ardientes, sobre edificios esqueléticos, sobre muros derrumbados para revelar la intimidad de los hogares.
Al final, impactan también contra el zoológico de Porta Venezia. Las fieras de la sabana o de la jungla, tras escapar por los barrotes de sus jaulas retorcidas, deambulan entre mujeres en bata que ni siquiera notan su presencia mientras escarban entre los escombros en busca de un hijo. Como en un maligno Jardín del Edén, humanos y animales caminan codo con codo sobre la misma tierra, pisoteando juntos escombros y plaquitas de fósforo, avivando chispas y llamas al paso de sus pies o de sus patas.
Benito Mussolini ha sido arrestado, el fascismo ha caído, los angloamericanos atormentan a Italia desde el aire, preparándose para invadirla desde el mar. Pero nada de esto resuena en el aullido primigenio del simio enloquecido. La historia humana se extingue en la mirada idiota del animal.
Benito Mussolini
Isla de Ponza, 28-29 de julio de 1943
«No quiero bajar, no quiero bajar, no quiero bajar». Se rumorea que se agarró al pasamanos de la escalerilla de a bordo, resistiéndose como un niño. Así lo contarán durante el resto de sus vidas los marineros del faro, jurándolo y perjurándolo en los tugurios de quién sabe qué callejones. Una cosa es cierta: el prisionero desembarcó con el traje andrajoso que llevaba cuando lo capturaron, el sombrero calado hasta los ojos y ni un miserable bulto siquiera bajo el brazo. El equipaje del asceta, del sabio o, más acertadamente, de un hombre que, tras invocarlo durante mucho tiempo, se ha visto sorprendido por el destino.
La corbeta Persefone C40 de la Armada Real italiana fondea frente a la isla de Ponza, cerca de la aldea de Santa Maria, poco después de las nueve de la mañana. Dos horas más tarde, Benito Mussolini desembarca por el portalón del costado de poniente.
El dictador depuesto no ha dado muestras evidentes de rebelión, enfado o desdén. Transportado a la playa por seis carabineros, se ha mostrado inerte, resignado, anciano. Antes de ser conducido a una casa verdosa de dos plantas, apartada del pueblo y rodeada de barcos pesqueros en desguace, dio una única y persistente señal de interés por la vida: se detuvo unos instantes para contemplar el mar que da a Ventotene.
El prisionero confiesa a sus carceleros su cansancio, su único deseo de una cama donde tumbarse. Sin embargo, es conducido a una habitación pequeña y miserable, con cuatro paredes carcomidas por el moho salobreño, amueblada únicamente con una vieja mesa de taberna, una silla de mimbre rota y una cama sin colchón. Aun así, ni siquiera ha protestado. Intenta recostarse durante unos segundos en el somier desnudo, apoyando la cabeza en la chaqueta, enrollada a modo de almohada, luego prevalece en él el ansiado anhelo de aire y luz, mayor incluso que la aversión hacia sí mismo que siente el viejo depredador enjaulado.
Y así, cuando el Duce del fascismo reaparece en el balcón de la casa que en Ponza se conoce como «la Villa del ras Maui» por haber albergado a un notable abisinio prisionero del régimen, se encuentra con que todo el pueblo está observándolo. Los balcones y ventanas de esa antigua aldea de pescadores, y aún más antiguo lugar de detención, están abarrotados de mujeres y hombres armados con binoculares. La llegada del ilustre prisionero ha causado sensación, transformando la somnolencia del mediodía de la residencia costera en estadio, teatro, campo de batalla explorado por el catalejo desde lo alto de una colina.
Una vez más, por última vez quizá, Mussolini es visto, pero no ve. El sol mediterráneo, reflejado en el mar ponciano, y la hipermetropía del dictador lo ciegan. Sin embargo, si él también pudiera dirigir un catalejo hacia el horizonte, reconocería los rostros de muchos de los hombres que lo escudriñan pasmados. En Ponza, en efecto, además de cientos de presos políticos de los Balcanes, han vivido segregados durante años numerosos opositores al régimen fascista. Entre ellos se encuentran oficiales condecorados que atentaron contra el tirano en los tiempos de la toma del poder, y viejos camaradas con quienes compartió la lucha, la celda y el bautismo de sus hijos en los años aún más lejanos de los ideales socialistas. Fue él quien los envió al confinamiento en esa roca de toba perdida en el mar Tirreno.
Ahora, por el contrario, el confinado es él. Él es el casi difunto de cuyo fallecimiento el mundo aún no se ha hecho eco. Suya, ahora, es esa cruz. Aún y siempre, es suyo el centro del escenario en el espectacular, furibundo, sangriento y, en última instancia, inútil drama del fascismo. Y, sin embargo, por gigantesca que sea la sombra que el Duce caído proyecta sobre la tragedia de tres continentes, sus víctimas de ayer, sus compañeros de celda de hoy, sus verdugos de mañana ven solo a un hombre en mangas de camisa, secándose nerviosamente la frente con un pañuelo mugriento.
Y es que, a fin de cuentas, ¿qué era eso del fascismo? ¿Esa idea destinada a forjar el siglo y que se ha disuelto, en cambio, en el curso de veinticuatro horas? ¿Cómo ha sido capaz el rey, tras proclamarse su único amigo, ese hombrecillo retorcido y cobarde a quien él había regalado un imperio, ordenar su detención en el umbral de su casa? ¿Cómo han sido capaces los jerarcas, unos donnadies a quienes él les había dado todo, revocar su mandato como si fuera un administrador de comunidad? ¿Cómo ha sido capaz el pueblo, que tan plenamente se había identificado con él, de maldecir su nombre después de haberlo venerado durante veinte años al amanecer de cada mañana del mundo? ¿Y por qué no ha habido reacción alguna? Hasta ayer había en Italia millones de fascistas afiliados al partido, cientos de miles de escuadristas en las filas de la Milicia, decenas de miles de sus pretorianos de los batallones M. En cambio, nadie ha movido un solo dedo. Nadie. Es un despropósito que va más allá de las leyes de la física, una acción violenta sin reacción alguna, más allá de toda lógica, una civilización que se derrumba sin hacer ruido, desmoronándose sobre sí misma con un gemido sordo, más allá de toda imaginación, una estrella que implosiona en el silencio sideral de los desiertos cósmicos.
Como es lógico, no faltaron chirridos anteriores; la formidable maquinaria del fascismo había perdido su impulso. Los militares siempre la habían saboteado, de forma soterrada pero sistemática; la burguesía siempre la había explotado; los escuadristas, convertidos en politicastros, fueron perdiendo poco a poco toda lealtad, todo coraje; Hitler, cegado por el resplandor de la guerra, fue dejando tierra quemada a su paso, abandonándolos solos contra todos. El rey siempre lo había engañado; el pueblo, degradado a plebe, siguió su ejemplo.
Y, aun así, el vuelco es mayúsculo, inconcebible. Un funcionario de policía que lo escoltaba durante el viaje marítimo hasta Ponza le ha revelado sádicamente algunos detalles: Roma, la capital que rescató de siglos de decadencia, está engalanada como de fiesta; en Milán, los revendedores rechazaron la última edición de Il Popolo d’Italia, que rendía un conmovedor homenaje al Duce; luego, los obreros subieron al tejado de la sede y, letra tras letra, derribaron, sin oposición, el gigantesco letrero. Por todas partes la gente se arranca los galones de los uniformes de la Milicia, arroja las insignias del partido a las alcantarillas, la emprende a golpes contra las estatuas con la furia de una desproporción insalvable: madera contra bronce, madera contra piedra, contra mármol. Desde cualquier plaza se alzan al cielo gritos de júbilo, las muestras de odio son innumerables, el rencor se expresa con gestos grotescos. Parece que en Ancona alguien se ha tomado la molestia de llevar un busto de bronce muy pesado de Benito Mussolini a un urinario público.
Él no sabe nada, ni siquiera sabe qué ha sido de su mujer ni de sus hijos, es visto pero no ve, lleva dos días a oscuras. Sin embargo, tiene la impresión de oírlos. Los ecos de los cánticos de los borrachines llegan hasta el balcón de esa casa verdosa en la isla de Ponza: todos los italianos están en la taberna. Brindan por su caída, por su propio desastre.
La ingratitud es incalculable. La falta de reconocimiento de los italianos da vértigo solo con pensar en lo que hizo por el país; solo con pensar, sobre todo, en esas decenas de miles de personas que balaban como locos ante cada palabra suya en piazza Venezia y en todas las demás plazas de Italia, para después maldecirlo y repudiarlo en la hora de la derrota.
Los dictadores no tienen alternativa; no pueden declinar; están obligados a caer. Él conoce la lección. Pero ¿por qué le hacen esto? ¿Por qué esas inútiles vejaciones? Hace dos días que lo tienen completamente aislado, sin un céntimo, sin un par de calcetines para cambiarse siquiera, solo con el traje que llevaba puesto. ¿Qué temen? Políticamente, es un difunto, su nombre está vedado, los millones de italianos que lo glorificaban hasta ayer lo detestan hoy, maldicen el día en que nació. Los vivos lo odian, los vivos y quizá incluso los muertos. Jesús salió solo del Huerto de Getsemaní; ni siquiera un amigo estuvo a su lado.
Entonces, ¿por qué ensañarse? ¿Por qué insultarse a sí mismos con ese cambio de chaqueta, con su impugnación, destruyendo veinte años de trabajo en cuarenta y ocho horas de embriaguez?
Benito Mussolini es el hombre cuyo nombre conmovió al mundo, que detuvo la barbarie comunista, mostró a Italia nuevos caminos para el porvenir, anheló para su pueblo un país grande y fuerte, admirado, temido y orgulloso. El hombre que arrastraba masas cuando desecaba ciénagas, construía carreteras, industrias, campamentos de verano, levantaba puentes, el benefactor que dio a la Patria tierras de ultramar, nuevas ciudades en las llanuras, un hijo caído en los cielos de Pisa.
Y, sin embargo, estuvo a punto de lograrlo. Hasta 1937, todo había ido de maravilla; el fascismo había logrado cosas buenas, obras grandiosas, había entregado Etiopía y Albania a la Corona, había creado el imperio, el Concordato, el IMI, el IRI, el EIAR, la SIAE, la ONB y la ONMI[1].
¿Acaso había estado soñando? ¿Fue todo una ilusión, una onda en la superficie, una ligera capa de esmalte sobre la nada? ¿O será más bien este el sueño, esta atmósfera granulosa, estos barcos pesqueros en desguace abandonados para mecerse eternamente en las aguas aceitosas de un muelle desportillado excavado en la toba?
Entonces habría sido mejor que hubiera muerto en 1937. Así añorarían el fascismo. Quizá hagan falta un par de generaciones, pero al final el futuro mirará hacia atrás y otorgará al fascismo el respeto que merece un caído.
Ya basta. Ni un solo pensamiento más para el pasado. También este ha muerto. El pasado nos ha olvidado. Más ingrato que los hombres, que esta Roma, envuelta en banderas e infame, que este rencor desmemoriado. Mejor un disparo en la nuca al estilo balcánico.
La alternativa ha de ser el presente, la más mezquina de las tres dimensiones temporales, el despilfarro de los días. La consabida partida de cartas, la vida reducida a un crucigrama, un hombre cansado, anciano, dominado por los acontecimientos, algunos residuales momentos de euforia, aplastados de inmediato por la constatación de un fracaso devastador, el inusual gesto amable y agradecido de un joven furriel de la región de Ciociaria.
Asomados a las ventanas de sus cárceles, los antifascistas confinados por el régimen en la isla de Ponza no pueden oír el chapoteo de las olas en los acantilados de Santa Maria. La obsesiva proliferación de frases sin sentido, entregadas al futuro para ser repetidas al infinito, no llega a sus balcones. Sin embargo, las lentes de sus binóculos ven claramente la figura de Benito Mussolini, sacudida por un repentino gesto de ira: el Duce se agarra a la barandilla del balcón como si quisiera arrancarla, se lleva las manos a la cabeza y vuelve a entrar en casa. La verdad está toda ahí, en ese gesto rápido y desesperado, la costa está inmóvil bajo el sol, la caída es definitiva.
Al anochecer, un carabinero compasivo le pide a su mujer que prepare una taza de caldo, un huevo, pan, fruta para la cena del prisionero, dos sábanas y un colchón viejo para acondicionarle una cama. Al día siguiente, Benito Mussolini cumple sesenta años. Del sargento del cuartel local de los carabineros, un tal Marini, recibe dos melocotones maduros como regalo. Es el final de julio, empieza el invierno.
Desde la ventana de mi habitación, veo a Mussolini con el anteojo: él también está en la ventana, en mangas de camisa, pasándose nerviosamente el pañuelo por la frente. ¡Qué bromas gasta el destino! Hace treinta años, estábamos juntos en la cárcel, unidos por una amistad que parecía destinada a desafiar el tiempo y las tempestades de la vida […]. Hoy, henos aquí a los dos confinados en la misma isla: yo por decisión suya, él por decisión del rey.
De los diarios de Pietro Nenni, amigo de Mussolini
y antiguo secretario del Partido Socialista Unitario
En cuanto a mí, me considero un hombre difunto en sus tres cuartas partes. El resto es un montón de huesos y músculos en fase de deterioro orgánico durante los últimos diez meses. Ni una palabra del pasado. Este también está muerto. No me arrepiento de nada. No deseo nada.
Benito Mussolini, carta a su hermana Edvige,
31 de agosto de 1943
Piazza Duomo
Milán, 11 de septiembre de 1943
Los primeros en entrar en la ciudad son los totenkopf. Llegan a paso de marcha la tarde del 11 de septiembre. Cuarenta hombres apenas, una exigua vanguardia de la 1.ª división Panzer de las SS, la Leibstandarte SS Adolf Hitler, que ha sometido todas las provincias de la llanura lombarda en los días anteriores. Desde Piacenza, se dirigen hacia Milán empuñando las armas, remontando el curso del río Lambro, adentrándose en su milenaria historia, pasando sin oposición por Porta Romana. Pero vienen de mucho más lejos.
Estos combatientes de la más renombrada división de las SS han tardado diez horas en alcanzar su nuevo objetivo, pero, en verdad, llevan diez años en marcha. Marchan sin pausa desde marzo de mil novecientos treinta y tres, cuando se formó esta unidad como núcleo de la guardia personal de Adolf Hitler. Para entrar en Milán, no han tenido que disparar ni un solo tiro, pero no han hecho más que disparar desde junio de mil novecientos treinta y cuatro, cuando exterminaron a sus hermanos rivales de las SA durante la Noche de los Cuchillos Largos. Son el fruto de la más intransigente selección física y racial, veteranos de todas las batallas de este segundo conflicto bélico mundial, son profesionales de la violencia a gran escala, perros de guerra, habituales autores de masacres. Han derramado su propia sangre y la ajena en la campaña de Polonia, en la de Francia, en la invasión de Grecia, de Yugoslavia y en el ataque a la Unión Soviética, donde lucharon en primera línea en decenas de apocalípticas carnicerías. Allá por donde pasaban, fusilaban a miles de prisioneros indefensos, quemaban pueblos, exterminaban judíos. Tienen aspecto de hombres ancianos ya, reservistas con rostros quemados por el sol, viejas gorras con ribetes verdes, cuerpos esqueléticos pero tenaces como cables de acero; arrastran en la noche estelas de ruidos recios, oxidados, crujidos de cruces de hierro; obedecen órdenes, cualquier orden, entre el polvo, prisioneros de una vida opaca, jalonada por actos incuestionables y repetidos; llevan seis años o seis siglos quizá vagabundeando por Europa. No vienen de Piacenza los eternos soldados de Hitler; vienen de una era de tinieblas, de las profundidades animales de la especie humana. Su marcha sobre Milán es la marcha del nazismo a través de la historia europea. En su camino, se encuentran con una ciudad en ruinas.
En la tarde del 11 de septiembre de mil novecientos cuarenta y tres, Milán es, en efecto, una metrópolis difunta. Entre el 8 y el 17 de agosto, la ciudad más grande del norte de Italia se ha visto atormentada por cuatro bombardeos sucesivos, en el curso de los cuales, en un crescendo alucinante de devastación, escuadrones de Lancaster y Halifax británicos, tras sobrevolar el Canal de la Mancha y Francia, lanzaron sobre vivos y muertos doscientas toneladas de explosivos primero, luego quinientas, luego mil, luego mil doscientas. Con cada nueva pasada, las bombas destrozaban los escombros aún humeantes de la anterior, extendiendo el fuego de casa en casa, de calle en calle, de ruina en ruina. Cuarenta mil edificios fueron alcanzados, dañados o destruidos, trescientos mil afectados, miles y miles de muertos y heridos.
Milán aún ardía cuando, el 8 de septiembre, la voz estridente del mariscal Badoglio anunció temerosamente por la radio que había firmado en nombre del rey el armisticio con los angloamericanos, mientras ambos se preparaban para huir de Roma, vergonzosa y aviesamente, abandonando a su pueblo a la furia de los alemanes traicionados.
A los mortíferos supervivientes de la 1.ª división Panzer de las SS, sin embargo, la tragedia italiana les importa un ardite. Desconocen los detalles y no tienen el menor interés en conocerlos. No saben que el rey y Pietro Badoglio, tras encarcelar a Mussolini, derrocar al régimen fascista y prometerle a Hitler durante semanas que continuarían la guerra junto a él, mientras firmaban en secreto la rendición incondicional ante los británicos, rusos y estadounidenses, han provocado la catástrofe de la nación italiana. No saben ni quieren saber que el 8 de septiembre de mil novecientos cuarenta y tres pasará a la historia como la fecha en la que Italia prácticamente dejó de existir.
Mientras los asesinos profesionales de Hitler se movilizaban inmediatamente desde los cuarteles de Verona para lanzarse a la ocupación militar de todo el valle del Po, en Roma, el soberano y su familia, el primer ministro Badoglio, el general Ambrosio y casi toda la cúpula militar huían hacia las zonas meridionales ya ocupadas por los Aliados, abandonando a las tropas italianas sin guía ni directrices. Desde la capital lombarda, como desde cualquier otra plaza de Italia y del extranjero, los comandantes pedían desesperadamente órdenes a Roma sobre cómo comportarse con las tropas alemanas, hasta ayer aliadas y ahora enemigas. No recibieron respuesta.
El general Vittorio Ruggero, al mando de la defensa de Milán, había asaeteado al mando supremo de Roma con llamadas telefónicas desde su despacho en el Palacio Cusani, via Brera 15, desde el amanecer. Lo único que había obtenido, en cambio, habían sido respuestas evasivas del primer ayudante de campo del general Mario Roatta, jefe del Estado Mayor del Ejército, quien le había sugerido que se limitara a «una genérica actitud defensiva». Después, en la tarde del 9 de septiembre, mientras las tropas alemanas del II SS-Panzerkorps atacaban las ciudades de la llanura del Po, cuando el general Ruggero solicitó autorización para oponerse a los alemanes, uno de los pocos oficiales que quedaban de la capital respondía que todos los oficiales de alto rango habían abandonado el mando supremo hacia un «destino desconocido». No quedaba nadie. A sus subordinados, quienes a su vez imploraban órdenes desde las guarniciones provinciales, presionadas por la avanzada alemana, Ruggero se vio obligado a responderles con solo dos palabras: «Roma calla». Un sujeto y un verbo, nada más.
En ese silencio devastador, el ejército italiano se había diluido. Disuelto en el ácido de un derrumbe moral sin precedentes, había quedado reducido a una masa en licuefacción de hombres exhaustos, a una multitud de átomos dispersos, ofrecidos como sacrificio a la represalia alemana y, por lo tanto, agazapados en las zanjas como bandidos, desesperadamente decididos, tras haberse deshecho de sus uniformes, a reconquistar individualmente, cobardemente, indefensos, desarmados y consternados, el camino a casa.
El caso es que a las SS de la división Panzer que lleva el nombre de Adolf Hitler les importa un comino el drama del ejército italiano, el drama del pueblo italiano, un pueblo hundido en un abismo sin fondo por veinte años de engaño, por la traición consumada en pocas horas de quienes deberían haberlo salvado, por siglos de derrotas, incertidumbre, degradación; gente desalentada, consternada, desdichada, atormentada por amigos y enemigos, por ocupantes y liberadores, por tierra y aire, hombres y mujeres en fuga a través de montañas, mares y campos. Un pueblo que, en el colmo del agotamiento y el cansancio, se arroja al suelo a la espera de que se cumpla el destino, aunque sea el más terrible. Para los despiadados verdugos de Hitler, todo esto solo representa el agravante de un gigantesco ejemplo de abyección: la traición perpetrada contra ellos por ese infame «pueblo de gitanos». Para ellos, lo único que importa es que apenas cinco minutos después de que el histórico anuncio de Badoglio se transmitiera por los micrófonos de la EIAR, el general Alfred Jodl, jefe de la oficina de operaciones del Estado Mayor alemán y asesor militar del Führer, difundió a todas las unidades la consigna: «Achse». Eso es, pues, lo que han venido a hacer a Milán: poner en marcha el plan, largamente preparado en secreto, que prevé la ocupación militar de la Italia que se ha pasado al enemigo —o lo que queda de ella— como tierra de conquista.
No es la capital moral ni económica del país por la que marchan las botas de esos soldados embrutecidos, desanimados por años de exterminio, con el corazón y los nervios calcificados por las monstruosidades del frente oriental; no es la elegante ciudad de Ambrosio, de Leonardo, de Cattaneo, la primera en conceder libertad de culto a los cristianos, en separar la crueldad del castigo, mil quinientos años de luz en el mundo; es una maraña de rieles destrozados, que se yerguen hacia el cielo, sembrada de cadáveres hinchados. Y ellos, los infantes del apocalipsis, en esta ciudad enlodada por la guerra, se sienten como en casa.
Antes del anochecer, el Obersturmbannführer de las SS, Albert Frey, comandante de la vanguardia de la Leibstandarte Adolf Hitler, ya había requisado el Hotel Diana de piazza Oberdan para instalar el puesto de mando alemán. Tras arrestar al general Ruggero, quien aún se hacía la ilusión de poder dictar las condiciones de la rendición, los granaderos alemanes ya habían apostado ametralladoras en los cruces principales, ocupando el Castillo Sforzesco y diseminando puestos de guardia en las vías de comunicación que conducían a las afueras.
La cacería humana empieza de inmediato: cientos de soldados de infantería se habían rendido sin luchar y están apiñados ahora en el suelo del patio de la escuela primaria de piazza Principessa Clotilde, custodiados por tres o cuatro centinelas alemanes. Los militares italianos aguardan inermes, junto con legiones de fugitivos como ellos —apodados despectivamente «Badoglio-truppen»—, a ser deportados a campos de concentración alemanes. Milán ya es una ciudad de sombras: las calles están desiertas, los pocos transeúntes se arrastran contra los muros y, al primer ruido de orugas, se refugian en los portales de las casas en ruinas, desde donde vigilan las calles a través de las rendijas de las contraventanas. Este es el destino de una ciudad traicionada por los acontecimientos, una metrópolis de un millón trescientos mil habitantes que se ha rendido sin luchar ante cuarenta totenkopf.
Apenas unas horas después, esos mismos soldados perpetran la primera matanza de la ciudad. Una bomba rudimentaria, lanzada desde un complejo de viviendas populares en Corvetto, mata a un alemán. Quizá ni siquiera fuera una bomba, quizá haya sido un mero accidente. Poco importa. Tras asaltar el edificio, las SS, acompañadas por fascistas entusiastas que habían salido de sus escondites el día anterior, capturan a cuatro residentes, los arrastran a via San Dionigi y los fusilan en el acto.
El primer día de la ocupación nazi de Milán se eclipsa en una dulcísima noche de luna llena. En piazza del Duomo, el tenue resplandor del astro nocturno ilumina la silueta achaparrada de un tanque Panzerkampfwagen IV. Su cañón KwK 40 de 75 milímetros apunta a las esbeltas agujas que se alzan entre miles de estatuas de santos en la catedral consagrada a santa Maria Nascente, el templo cristiano más grande del mundo después de la Basílica de San Pedro.
Los raíles arrancados se yerguen hacia el cielo, los cables eléctricos están enredados en el suelo, los tranvías yacen volcados, los escasos coches, destrozados, se abren abismos donde antes había casas; por lo demás, muchos edificios que aún siguen en pie están partidos por la mitad o reducidos a una cuarta parte. Se ven interiores vacíos, con el papel pintado roto y quemado; algunos se sientan en sus colchones en la acera, otros, entre los escombros, gritan con desesperación el nombre de un ser querido. No hay gas, no hay luz; parece el colapso de la civilización, el fin del mundo.
De las memorias de la periodista Camilla Cederna,
Milán, agosto de 1943
El Gobierno italiano, reconociendo la imposibilidad de continuar su lucha impar contra el abrumador poder del enemigo, en un esfuerzo por ahorrar a la Nación nuevas y más graves desgracias, ha solicitado un armisticio al general Eisenhower, comandante en jefe de las fuerzas aliadas angloamericanas. La solicitud ha sido aceptada. En consecuencia, cualquier acto de hostilidad contra las fuerzas angloamericanas por parte de las fuerzas italianas debe cesar en todas partes. Estas, empero, responderán a eventuales ataques procedentes de cualquier otra fuente.
Pietro Badoglio, jefe de Gobierno, primer ministro y secretario de Estado del Reino de Italia,
proclama radiofónica,
8 de septiembre de 1943, 19:42 horas
Roma calla.
Nota manuscrita del general Vittorio Ruggero, responsable de la defensa de Milán, sobre la carta en la que el general Rosario Assanti, mariscal del mando de Piacenza, solicitaba noticias del Estado Mayor,
9 de septiembre de 1943
Las tropas alemanas, tras ocupar Pavía, Piacenza, Parma, Reggio, Cremona, Casalmaggiore, Brescia, Bérgamo y muchas otras localidades menores dentro del territorio de esta defensa, han rodeado Milán con una abrumadora fuerza de vehículos acorazados. Tienen órdenes de proceder al desarme de todas las tropas y ocupar la ciudad. He declarado que, basándome en las últimas órdenes recibidas en la noche entre el 8 y el 9 de mis superiores —con quienes ya no he podido volver a comunicarme—, no debo mostrarme hostil a los alemanes, sino resistir el uso de la fuerza ejercido por cualquiera de los bandos.
Comunicación radiofónica del general Ruggero,
Milán, 10 de septiembre de 1943
El comandante de la plaza [de Milán], un joven teniente coronel de las SS, entra en la sala [del Hotel Diana-Majestic] con el ceño fruncido del dominador. Todos los presentes se levantan —yo ya estaba de pie cerca de la puerta—, pero él, a través de un intérprete, les pide que permanezcan sentados, sin dignarse a mirarlos. Luego lee un discurso —traducido paso a paso por el intérprete— en el que imparte órdenes sobre asuntos económicos, bancarios y policiales […]. Se marcha sin el menor gesto de despedida, dejando a sus ayudantes en la sala para responder a cualquier pregunta. La escena es deprimente: reafirma y define con mayor claridad nuestra esclavitud.
Lo cierto es que los valores morales en juego también deberían haber tenido su peso en las decisiones del mando: estábamos en casa, con nuestras fuerzas militares aún en pie, y el aceptar pasivamente la subyugación del extranjero, hasta entonces huésped indeseable, no solo ofendía nuestros sentimientos, sino que mortificaba nuestra propia personalidad humana… […]
Alfredo Malgeri, comandante de la 3.ª Legión
de la Guardia di Finanza, con sede en Milán,
12 de septiembre de 1943
Han perdido su honor. No se puede faltar a la palabra dada dos veces en un cuarto de siglo sin manchar para siempre el honor político […]. La única certeza de esta guerra es que Italia la perderá. La cobarde traición contra su jefe fue el preludio de una traición contra su aliado. Los italianos, por su deslealtad y su traición, han perdido todo derecho a un Estado nacional de tipo moderno. Deben ser castigados con la mayor severidad, como dictan las leyes de la historia. El Duce pasará a la historia como el último romano, pero tras su poderosa figura, un pueblo de gitanos acabará pudriéndose.
Joseph Goebbels, ministro del Reich
de Educación Pública y Propaganda,
Diario, septiembre de 1943
Clara Petacci
Novara, 16-17 de septiembre de 1943
Lo que la despierta antes del amanecer es un ruido lejano, sombrío y metálico. La joven mira a su alrededor, sudorosa y perdida, presa aún del sopor del sueño. A su lado, en la penumbra, entrevé a su hermana Myriam, a pocos metros está la cama de su madre; esparcidas a los pies de su jergón, las páginas de diario escritas antes de quedarse dormida, y sobre ella, como una suerte de manta, el abrigo de visón que antaño usaba en las noches de gala. Es difícil determinar en qué momento de la noche se halla. En esta lúgubre celda del Castillo de Novara, los amaneceres y los atardeceres varían apenas en pocos detalles.
La última amante del Duce y su familia fueron arrestados el 12 de agosto. La acusación, ficticia, hablaba de una deuda impagada: de la «imprudente adquisición de una alfombra persa». En realidad, la orden de arresto provenía directamente de Badoglio. Así pues, padre, madre e hijas fueron trasladados en un camión al Castillo Visconti-Sforza de Novara. A las tres mujeres las separaron de inmediato de Francesco Saverio, luego las encerraron en un dormitorio con otras reclusas comunes y, por último, en una pequeña celda equipada con colchones de paja infestados de chinches y piojos.
Con todo, la vertiginosa caída de Clara Petacci ya había dado comienzo al mismo tiempo que la de su amante. Eran las tres de la madrugada del 25 de julio cuando recibió la llamada: una hora antes, el Gran Consejo había decretado el fin de Mussolini, y su Ben, con la voz estridente en el auricular, le había gritado que no había vuelta atrás («Hemos llegado al epílogo […], el mayor punto de inflexión de la historia»), y la había conminado a huir («La estrella se ha oscurecido, amor mío, todo ha terminado. Es necesario que tú también intentes ponerte a salvo»): el odio del pueblo no tardaría en volverse contra ellos también. Y ella, como siempre, obedeció.
Junto con su hermana y sus padres, doña Giuseppina y el doctor Francesco Saverio, había salido de Roma rumbo a Milán, mientras una turba enfurecida destrozaba la consulta del médico de cabecera en via Nazionale. Al final, lograron esconderse en la villa de su cuñado en Meina, en la frontera entre Lombardía y Piamonte, a orillas del lago Mayor. Allí, se sintió por fin Clara a salvo. Pero luego, salidos de la nada, a plena luz del día, se presentaron ocho carabineros en el camino de tierra que llevaba a la entrada, bordeado de cipreses, con una orden de detención.
Los Petacci llevan ya treinta y seis días encarcelados. Treinta y seis días en los que Clara no ha podido dormir, entre los constantes desmayos de su madre, los cólicos y la fiebre de Myriam, y los lúgubres gemidos de las demás presas por la noche. Treinta y seis días en los que ha tenido que leer, en el único periódico que le llevan a su celda, los chismes obscenos con los que se ceba al pueblo italiano con su historia de amor, incluso su correspondencia privada con el Duce, sus fotografías con dedicatorias íntimas. Treinta y seis días en los que los chacales han arrastrado al fango a su hermana Myriam también y han descrito a su familia como una pandilla de estafadores y a ella como una arribista, «no una paloma sino un ave de rapiña», una mujer sedienta de poder, una pequeña Pompadour. Treinta y seis días durante los cuales su Ben parece haberse olvidado de ella.
A su celda no llega ninguna otra noticia. Nada se filtra desde el exterior. Así que Clara desconoce qué ha sido del Duce tras su detención; desconoce que Badoglio, de acuerdo con el rey, ha decidido confinarlo en Ponza; desconoce que el 7 de agosto tuvieron que trasladarlo a la base naval de La Maddalena, en Cerdeña, porque los nazis habían intensificado sus actividades de espionaje y Ponza ya no se consideraba segura. Desconoce que, debido a la importante presencia de marineros alemanes en la isla, la noche del 28 de agosto tuvo lugar otro traslado, esta vez a un lugar remoto del Gran Sasso, en los Abruzos, en Campo Imperatore, bajo la custodia de los carabineros y guardias de seguridad.
Ella no lo sabe y está aterrorizada. Ni siquiera se atreve a confiarle sus tormentosos pensamientos a su madre. Se desahoga, de vez en cuando, en voz baja, solo con su hermana.
¿Qué culpa tiene ella? ¿Qué culpa tiene su familia? ¿Por qué ha de ser la única mujer en la vida del Duce que ha de soportar la venganza? ¿Qué ha pasado con las Pallottelli, las Curti, las Ceccato, las Dalser y sus hijos? ¿Dónde están ahora las Brard, las Ruspi, las Sarfatti, las protagonistas de ese carrusel erótico de amantes que cíclicamente la hacían morir de celos? ¿Por qué a todas estas mujeres no les toca pagar también por su amor hacia Benito Mussolini?
Al fin y al cabo, ella no ha hecho más que seguir sus propios sentimientos. Ben quizá la haya olvidado, pero ella no es capaz: Clara lo ama, ha soñado con él desde que era una niña, lo ha perseguido toda su vida. Desde el día en que lo conoció, supo que compartiría su destino.
Por esa razón, durante las horas que pasa al aire libre, en el patio del castillo, camina de un lado a otro con Myriam a paso romano, cantando canciones fascistas, especialmente las del Batallón M, Giovinezza, y la que termina con «¡Duce, Duce, Duce!». Sus días siguen la regla de la devoción: llena las tardes interminables evocando sus recuerdos más queridos, los veranos que pasaba con Ben practicando deportes junto al mar en Castelporziano, las horas felices en la Sala del Zodiaco del Palacio Venecia, con el sabor de su amante aún en los labios; mañana y noche reza a la Virgen de Pompeya por la salvación de Ben, por su liberación; llena obsesivamente las páginas de su diario con la letanía «Tengo fe, tengo fe», sin saber si lo que la impulsa es una invocación a Dios o una oración blasfema en nombre del ídolo fascista.
Al final, en esa noche incierta, sus plegarias son atendidas. Al sombrío sonido metálico que la ha despertado le sigue un eco de pasos, el tintineo de unas llaves, y las puertas dobles que se abren.
—¡Daos prisa, recoged vuestras cosas! ¡Vamos, no tengo tiempo que perder!
Era la voz nerviosa del carcelero. Clara recoge lo poco que tiene y cruza atemorizada la puerta de la celda, arrebujándose en su abrigo de visón. Acompañada por un guardia, ve a su padre y siente que se le para el corazón. No tardará en descubrir que los nazis han entrado en Novara. Hitler no ha abandonado a «su más fiel amigo».
A la mañana siguiente, el 17 de septiembre de mil novecientos cuarenta y tres, se produce su definitiva liberación. Agarrada del brazo de su padre, seguida por su madre y su hermana, Clara sale a la luz del sol tras treinta y seis días de encarcelamiento.
En la plaza frente al castillo la está esperando su hermano Marcello. Detrás de él, sentado en un vehículo militar alemán, está Josef Dietrich, el comandante de la Leibstandarte, quien, durante la Noche de los Cuchillos Largos en junio de mil novecientos treinta y cuatro, exterminó a la cúpula de las escuadras de acción de Ernst Röhm para apoyar el ascenso del Führer y, en marzo pasado, luchó entre el Donetsk y el Dniéper, recuperando Járkov y haciendo retroceder al Ejército Rojo.
Dietrich le hace gestos de que monte. El tiempo apremia; tienen que marcharse
