Los fabuladores

José Ignacio Carnero

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

Las historias que se cuentan, lo que decimos de nosotros y los demás repiten como si fuera cierto, pretenden explicar aquello que es confuso y permanece en la sombra; lo contrario a una novela, que, según dijo Faulkner, es como una cerilla en la noche: apenas alumbra nada, pero permite ver cuánta oscuridad hay alrededor.

Estas historias, que se cuentan en el rellano de la escalera, en el ascensor o en la barra de un bar, aunque resulten modestas e improvisadas, son, en realidad, mucho más pretenciosas que una ficción. Porque la literatura ya entiende que el mundo es complejo y depende de los ojos que lo miren, que no hay verdades absolutas, que se debe simular la vida para apreciar cuanto se desconoce de los demás y de uno mismo.

Sin embargo, tanto al contar esas historias como al escribir todos queremos ser creídos. Yo también. Pero no soy el único que lo pretende en esta historia. Aquí todo el mundo lo desea. Esto no lo sabía hace cinco años, cuando empecé esta novela y los personajes estaban callados y guardaban ese respeto tan propio de los muertos.

Los muertos son indulgentes y hasta compasivos con nosotros. Pobres vivos, parecen querer decirnos, aún pretendéis ser escuchados, aún arrastráis la carga de querer ser creídos; qué desgracia la vuestra que no gozáis del perpetuo silencio, y todavía no habéis comprendido que todo es en vano y a nadie le importa lo que decís, el primer balbuceo como el gran discurso, la frase exacta como la malgastada. A nadie le importa, nos insisten, y menos a nosotros que nada podemos obtener a cambio de todas esas palabras.

Por eso callan y nos dejan hablar.

Es vuestro tiempo, nos dicen, el nuestro ya pasó.

Y cómo desconfiar de ese abandono; cómo sospechar del que renuncia a ser creído y te ofrece su reserva: habla tú, escribe tú, cuenta tú lo que pasó, repiten los que ya no están aquí, yo ya he contado suficiente, mi vida empezó y acabó y no tengo nada más que decir.

Y uno, que se cree libre, decide hacer caso a los muertos y comienza a llenar folios y más folios sin saber que ellos son más astutos que nosotros, que no necesitan contar y decir y hablar sin descanso para hacerse creer, sino tan sólo dejar que los vivos lo hagamos en su lugar. Como si ellos no habitaran en nosotros; como si nosotros no fuéramos también ellos; como si su memoria no nos perteneciera y sus esperanzas y sus anhelos y sus tragedias no se repitieran una y otra vez.

De modo que así sucede.

Los muertos habitan en las ideas que creemos propias y susurran en las frases que escribimos. Vivimos en su mundo sin saberlo y sin saberlo también cumplimos con su deseo de ser creídos. Porque ese anhelo permanece y se manifiesta a través de nosotros. ¿Cómo va a desaparecer si tanto empeño pusieron en vida y ahora, en la eternidad, ningún placer más les queda? ¿Cómo van a permitir que todo lo que dijeron se desvanezca?

Los muertos de esta historia son como todos los demás. Hablaron durante un tiempo y después callaron. Llevaban décadas en silencio cuando supe de ellos y empecé a interesarme por sus vidas. Aunque apenas recuerdo cómo sucedió aquel encuentro, cómo fue la primera vez que oí hablar de los hombres que en 1961 secuestraron el Santa María y comencé a querer saber quiénes eran y qué los llevó a hacerlo.

Me parecía extravagante que aquellos tipos hubieran existido, supongo, que su historia fuese real; que, mientras el régimen de Franco se consolidaba y el país parecía dormido, mientras España se llenaba de pisos y de fábricas y de grandes almacenes, veinticuatro exiliados hubieran pensado que la mejor forma de acabar con la dictadura era secuestrar un transatlántico en aguas del Caribe.

Aquel delirio me sedujo y se instaló en mi vida.

Las obsesiones siempre nos alcanzan así, sin quererlo ni buscarlo. Es un proceso que permanece ajeno a la voluntad. Deben de ser los muertos, ya digo, que susurran y disponen y alimentan esas obsesiones, pues antes no estaban y brotaron de la nada y, a veces, como vienen se van, pero, en otras ocasiones, nos acompañan durante años.

Así me ha ocurrido a mí con esta historia, la que me dispongo a contar y que comienza con un hombre galopando por las calles de Oporto: supe de ella a principios de 2020 y no ha sido hasta ahora, en el verano de 2025, cuando su presencia es ya menos intensa y puedo olvidarme del relato durante días o semanas enteras, e incluso observar a los personajes con cierta distancia y escucharlos hablar de lo que sucedió y, algunas veces, mentir; y sonreír o sentir compasión cuando lo hacen y yo lo advierto.

Durante cinco años seguí el rastro de los hombres que protagonizan esta novela; cinco años visitando archivos y leyendo lo que dejaron escrito o lo que otros escribieron sobre ellos; y cinco años entrevistando y escuchando a quienes los conocieron en vida y aún hoy recuerdan la historia que alguna vez les contaron.

Con ese propósito viajé a Caracas en el verano de 2022.

Desde la habitación de mi hotel podía ver la azotea en la que aquellos hombres planearon el secuestro. Y también desde allí creía escuchar lo mismo que ellos sesenta años atrás: los coches que aceleran, las risas que salen de los bares, un avión que cruza el Ávila y desciende hacia Maiquetía.

Pero la Caracas de 2022 nada tenía que ver con la de 1961. Al caer la noche, los peatones aceleraban el paso, los vehículos dejaban de circular y pronto las calles quedaban desiertas.

Todo el mundo tiene miedo de los malandros, me dijeron; esos saqueadores bajan de Petare cubiertos con un pasamontañas y una pistola en la cintura y atemorizan a la gente que camina por la calle; comienzan a beber cuando el sol se esconde y después llevan un cigarrillo o un trago de whisky a unos altares que han levantado en honor a sus compañeros caídos, la Corte Malandra los llaman; creen que sus espíritus los protegen, ya ves tú qué ideas, Carnero, este país ha perdido la chaveta; así que no te despistes, ten cuidado si la noche te agarra y pide un taxi en cuanto puedas.

A mí aquellas precauciones me daban igual, porque siempre solía ponerme a escribir tras el ocaso. A menudo los cortes de luz interrumpían mi tarea y entonces me levantaba del escritorio, me acercaba a la ventana y contemplaba la oscuridad. No quedaban rótulos de neón ni semáforos encendidos. La noche todo lo alcanzaba, la madrugada todo lo cubría. Poco quedaba de la Caracas de los años sesenta. Aquella ciudad sólo estaba en mi imaginación o, acaso, en las fotografías y postales que llenaban mi mochila y cuyas localizaciones trataba de encontrar cada mañana.

Un día tras otro buscaba los bares en los que mis personajes se reunían, pero no hallaba más que locales tapiados, llenos de mugre, óxido y moho. El dinero del petróleo ya no manaba por Sabana Grande, la avenida en la que los hombres de este relato se juntaban para hablar de literatura y política. Recorrí en muchas ocasiones aquel bulevar. Y, a veces, creía reconocer sus rostros entre la multitud e imaginaba entonces cómo pudieron suceder las cosas.

Las cosas debieron de suceder así. Es el otoño de 1960 y todo comienza en esa avenida. Hace dos años que Pérez Jiménez ha caído. Siempre que cae un dictador una gran fuerza se desata. Los protagonistas de esta novela son españoles y portugueses. Exiliados. Cada tarde beben cerveza en la misma terraza. Después suben a la azotea del edificio en el que uno de ellos vive. Apenas quedan luces encendidas en las oficinas. Las luces son las de la calle. Toda la ciudad se concentra en los cafés y en las discotecas, en las librerías y en los cines, en los teatros y en los puestos de comida ambulante. Hombres de negocios, dependientas, camareros, taxistas, obreros de la construcción, carteristas. Todos están allí. La moral se relaja en esa zona de la ciudad. Es el sector de Caracas en el que los homosexuales se juntan, el primer lugar en el que el twist comienza a sonar, el barrio donde la mafia cierra sus tratos. Casi todo está permitido en Sabana Grande. Por eso, a ella acude la devota burguesía en busca de sexo. Dios mira hacia otro lado, la policía hace la vista gorda. Los agentes se dirigen gestos de complicidad al observar cómo los respetables padres de familia, esos hombres tan rectos y católicos, se adentran en las calles más oscuras. En ellas hay mendigos, borrachos y proxenetas. También artistas y escritores. Pero nadie escribe, pinta ni compone canciones; todo el mundo fuma, bebe y baila. Eso se observa desde la azotea en la que los tres protagonistas de esta novela conversan y toman café. Desde allí contemplan la calle. No se miran, no hablan. Ven a la gente pasárselo bien. Porque eso es lo que se viene a hacer al barrio en el que el capitán Henrique Galvão vive desde hace unos meses. Ha alquilado un apartamento minúsculo, apenas un dormitorio, una cocina y un pequeño lavabo. Es todo lo que se puede permitir con su salario. Un amigo le ha conseguido trabajo en una agencia inmobiliaria. Resulta extraño un empleo tan gris para alguien como él. Los que lo conocen se sorprenden al verlo cada mañana con la cartera debajo del brazo, subiendo a un autobús o cargando con las bolsas de la compra. El capitán, el gobernador de Angola, el novelista de éxito es ahora un simple vendedor de apartamentos.

Sus vecinos lo miran con lástima, sienten compasión.

Y comentan.

Ya es casi un anciano, qué pena que haya acabado así, él que lo ha tenido todo y todo lo ha perdido: su casa, su fama, hasta su familia. Qué triste resulta verlo tan envejecido y demacrado dando vueltas por Chacao; se le ve mustio y desaliñado, ¿no? Camina sin rumbo, con la mirada perdida, como si su cabeza estuviera en otro lugar; y se junta con gente… gente dudosa, comunistas, anarquistas, exiliados de la guerra de España; gente que nada tiene que ver con él, un oficial del ejército, una persona decente y religiosa, un diputado, alguien que fue tan cercano a Salazar rodeado ahora de toda esa chusma que sólo trae problemas. En Sabana Grande, sí, en el mismo bar de siempre puedes verlos cada tarde bebiendo y fumando y hablando de sus cosas. Aunque lo suyo con la dictadura no va de ideas, es algo personal, créeme. Al final va a ser cierto que los odios unen más que los afectos. Y eso es lo que le pasa a Galvão con los comunistas: que ambos detestan lo mismo. En fin, a ver cómo acaban, seguro que mal. A él, de momento, aquí lo tienes, perdido en un rincón del Caribe, sin un dólar y esperando no se sabe qué. Me recuerda a Bolívar en Santa Marta.

Eso dicen sus vecinos de él.

Lo que no dicen –porque no lo saben– es que por las noches se dedica a conspirar. Cuando el sol se oculta en el Ávila, el capitán Galvão sube a la azotea. Allí pasa la noche hablando con otros dos hombres. Son gallegos. Se llaman Pepe Velo y José Fernández, aunque este último pide que le llamen comandante Sotomayor.

Mientras la ciudad se divierte, ellos planean el secuestro de un transatlántico.

Todo parece resultado de mentes extraviadas

por la lectura de novelas policiacas.

La Vanguardia, 27 de enero de 1961

¿Qué sería de nosotros sin la ayuda de lo que no existe?

Paul Valéry

Primera parte

Lo que no existe

I

El capitán

Oporto, 1934 - Buenos Aires, 1959

Está montado en un enorme caballo blanco. Flaco, casi esquelético, de rostro afilado, cabalga abriéndose paso entre la multitud que se agolpa para ver el desfile. El jinete encabeza una tropa de soldados africanos que obedece sus órdenes. Llevan la cara pintada, el pecho descubierto y visten ropas tradicionales, telas y plumas que apenas cubren sus sexos. Desfilan en formación, mostrando sus lanzas y escudos, sus cerbatanas y machetes, sus collares de resina y de hueso. Lo hacen tras el lento trote del caballo. Blanco es también el jinete. No es africano, su tez es pálida y viste uniforme y sombrero. Sonríe al público, saluda y después acaricia la nuca del animal. Desde allí, desde lo alto del caballo, parece un líder militar, un general, un caudillo que regresa a su patria tras alcanzar la gloria.

Pero eso son sólo ensoñaciones. Henrique Galvão tiene entonces treinta y nueve años y es capitán del ejército portugués. Ha sido nombrado director de la Exposición Colonial de Oporto de 1934 y lo que está haciendo a lomos de ese caballo no es entrar triunfante en una ciudad conquistada, sino conducir un delirante espectáculo con miles de figurantes. Aunque no todos lo son. Galvão también ha hecho traer indígenas de las colonias: bailarinas de Mozambique, encantadores de serpientes de Angola y cazadores de Cabo Verde. Cabalgando entre ellos se siente poderoso, invencible, el héroe que cruza las murallas de la ciudad.

Y algo hay de cierto en ello, porque Galvão está entonces en la cúspide de su carrera. Piensa que es uno de los elegidos. Al contemplar el entusiasmo que se levanta a su paso, al advertir la mirada sumisa del pueblo, cree que al fin su patria lo está recompensando. En la cima de su gloria, una gloria que durante toda su vida anhelará, por primera vez se cree inmortal.

Sin embargo, todo es una patraña, una representación, una comedia absurda y grotesca.

Y es obra del capitán Galvão.

Es él quien ordena construir réplicas de aldeas, reproducciones de monumentos célebres y jaulas para encerrar a los animales; es él quien imagina el teleférico y el tren que recorre los espacios en los que se pueden ver a los nativos –de Guinea, de Timor, de Goa– que son expuestos como si de un zoo humano se tratara; es él quien asiente cuando escucha a un científico advertir de los peligros del mestizaje; y también es él quien aplaude después de que ese mismo científico afirme que los indígenas tienen el coeficiente intelectual de un niño europeo de seis años.

Galvão está satisfecho, todo está saliendo bien.

Firma autógrafos y sonríe a las mujeres que compiten por ser la «Reina de las Colonias».

Con los pechos descubiertos y cruzadas por una banda que indica su origen, esas mujeres lo contemplan con desconfianza.

Él se detiene, baja del caballo y las examina de arriba abajo.

Después echa a caminar.

Las mujeres se relajan.

Se le puede ver siempre amable, siempre adulador, junto a Salazar, al príncipe de Gales o al general Sanjurjo.

Galvão, con su traje impoluto, tratando de disimular una leve cojera, camina junto a esos hombres tal y como si fuera su semejante. Pero no lo es. Tan sólo es un propagandista. Hay algo en él que recuerda a Goebbels: sus hombros estrechos, su retórica, su mirada. Existe en ella ese tipo de adulación que los poderosos buscan y al mismo tiempo desprecian. ¿Percibe Galvão esa indiferencia? No lo parece. Está demasiado feliz. Abre los ojos de par en par y eleva la cabeza como un saltamontes.

Muchos de los que lo conocieron dijeron de él que era una persona con delirios de grandeza; que llegaba un punto en el que su vanidad acababa por gobernar todos sus actos. Y me pregunto si no fue ese carácter el que lo llevó a secuestrar aquel barco. Cómo saberlo. En cualquier caso, algo no debía de estar del todo bien en su cabeza, ya que, a pesar de no tener altura política suficiente, aspiraba a ser gobernador de Angola, ministro de las Colonias, presidente de la República, quién sabe; quería entrar a formar parte de la historia de Portugal, figurar entre los hombres más grandes de la nación, ser eterno. Sin embargo, estas ambiciones eran despreciadas por Salazar, que lo veía como alguien útil para el régimen, pero nunca como parte del reducido núcleo de aquellos que tienen el auténtico poder.

La deshonra, la semilla de su disidencia, comenzaba a herirle.

Tras la organización de la Exposición Colonial de Oporto, Galvão alcanza una posición social que podría considerarse la culminación de una vida. Se ha casado, su familia lo quiere, todos están orgullosos de él; es elegido diputado, escribe en los principales diarios del país, alcanza el éxito con sus novelas; gana dinero, obtiene reconocimiento, es un hombre respetado; viaja por el continente, come en los mejores restaurantes, se aloja en los hoteles más lujosos de París y Berlín.

Pero nada es suficiente: se siente diminuto dentro de un gran imperio.

Galvão recibe su recompensa.

En las elecciones de diciembre de 1934, una de esas comedias que las dictaduras emprenden para legitimarse, es elegido diputado.

Meses después, Salazar le encarga organizar y dirigir la Emisora Nacional. El capitán regresa a su condición de propagandista. Lo hace en una cadena que aún se encuentra en pruebas y que será inaugurada en agosto de ese mismo año. La emisora, que es definida por Galvão como un soldado al servicio del Estado Novo, pretende reforzar el espíritu de un pueblo que dice en peligro por la influencia de ciertas potencias extranjeras. Los comunistas. Desde allí, oculta cualquier información desfavorable al régimen y ensalza las virtudes del dictador. Las ondas llevan el discurso de Galvão a todos los rincones del imperio: exaltación patriótica, anticomunismo y fados.

Pero el capitán, que no percibe la relevancia de los medios en el control de las masas, sigue creyendo que merece responsabilidades más altas. Y esa actitud comienza a generar desconfianza en algunos ministros y diputados. Los rumores lo incluyen en todo tipo de intrigas, que Galvão, sin embargo, niega ante el mismo Salazar.

–Yo soy fiel a usted –le dice–, tiene que creerme: mis enemigos son los suyos.

En agosto de 1936 se ausenta unos días de su puesto de trabajo. Viaja a Badajoz y regresa herido. Nadie, excepto Salazar, sabe de este viaje. Yo soy su soldado, parece querer decirle; tiene que confiar en mí, encomendarme misiones más elevadas; yo, Excelencia, estoy dispuesto a derramar mi sangre por la patria; ¿pueden decir lo mismo todos esos mediocres que lo rodean? Dígame la verdad, Señor: ¿pueden decirlo?

Sus palabras no parecen causar efecto.

En 1937 es relegado a funciones de inspección en las colonias. Aprovecha sus viajes para cazar más de cien elefantes y trescientos leones. Eso afirma en una entrevista.

No sólo se dedica a actividades lúdicas. En una de sus visitas a Angola redacta un informe en el que denuncia la situación de semiesclavitud a la que están sometidos los indígenas de algunas provincias. Según el documento, los nativos son reclutados en las aldeas y enviados a la isla de Santo Tomé como mano de obra.

La crítica enfurece al régimen.

–Ese Galvão es un disidente –se oye en los pasillos de los ministerios–, no deberían darle más puestos de confianza.

La opinión es cada vez más común entre los hombres que rodean a Salazar. De poco sirve que Galvão, al tiempo que denuncia la situación de Angola, continúe apoyando el colo­nialismo; de poco sirve que sostenga que los indígenas, a los que acusa de canibalismo, deben ser protegidos de sí mismos. Nada puede hacer para que en Lisboa dejen de verlo como a un opositor.

Galvão se esfuerza en demostrar que sigue siendo fiel al régimen y que eso de que ahora está con los negros son sólo habladurías. Viaja a Mozambique e interroga a todo un pueblo para acreditar que cinco mujeres que han aparecido muertas y cuyos vecinos dicen que fueron devoradas por leones, fueron, en realidad, víctimas de antropofagia. También escribe artículos sobre familias que se alimentan de excrementos humanos, aldeas sometidas a la magia negra, ritos orgiásticos o madres que devoran a sus hijos. Porque Galvão cree en la superioridad de unas razas sobre otras, así como en la necesidad de que el imperio tutele a los salvajes de las colonias.

Estas ideas le hacen aproximarse al nazismo. En 1939 acude a un encuentro organizado por el Frente Alemán del Trabajo y queda impresionado ante la eficacia de la propaganda nazi. Desde allí piensa en escribir a Salazar instándole a copiar su modelo. Una policía política como la suya, redacta en un borrador, eso es lo que necesitamos en Portugal. En las fotografías de la época aparece visitando edificios oficiales, hospitales y escuelas. Galvão, que en ese momento es un fiel germanófilo, ríe, bebe cerveza y admira los uniformes de sus anfitriones. Mientras cenan, todos comparten su desprecio por el comunismo. Es un sentimiento que lo acompañará el resto de su vida. Años después, sus propios compañeros en el secuestro del Santa María, muchos de ellos marxistas, desconfiarán de él por ese motivo. No saben aún que las ansias de venganza de un hombre son más poderosas que su ideología. Pueden estar tranquilos: aunque Galvão los odie, más detesta a aquellos que antes lo humillaron.

La humillación tiene lugar en los años cuarenta.

Es en esa década cuando Galvão critica con más severidad la administración colonial de Angola y denuncia públicamente la esclavitud a la que están sometidos los nativos. Nadie sabe cuáles son sus intenciones, pero lo cierto es que comienza a enfrentarse abiertamente al régimen. Sus ataques se suceden en la tribuna de la Asamblea Nacional; y allí es humillado por los que hasta entonces eran sus colegas.

–Usted está sosteniendo una mentira colosal –dice un diputado–. Todo lo que relata en sus informes son puras anécdotas de taberna.

Se oyen risas y aplausos.

Muy bien, bravo, gritan algunos entre carcajadas.

Debe de ser en esos días cuando nace su herida; debe de ser entonces cuando el menosprecio de los poderosos lo castiga hasta formar en él esa costra de resentimiento de la que, a menudo, surge la venganza.

Galvão se defiende.

–Me siento degradado –afirma–, traicionado y humillado por las desviaciones que han sufrido el pensamiento y las intenciones de los fundadores del régimen. Una oligarquía de profesores universitarios, burócratas, hombres de negocios y otros elementos corruptos –dice Galvão– gozan de poderes arbitrarios y hacen eterna esta dictadura.

Ha pronunciado la palabra prohibida.

Su muerte civil ya está escrita. La lenta maquinaria del Estado lo aplasta sin piedad. Se abre contra él un proceso disciplinario, nadie le proporciona trabajo y Salazar no contesta a sus cartas.

Los años pasan.

Ignorado, solo y abatido, Galvão es ya, a comienzos de los cincuenta, el más feroz opositor del régimen. Se reúne con militares y civiles con el objeto de dar un golpe de Estado. Promueve reuniones, difunde panfletos, conspira. En 1952 es detenido por la policía salazarista, la PIDE. Ese mismo año es juzgado y condenado a tres años de prisión. En el juicio declara que determinados documentos encontrados en su casa, en los que se diseña una trama para derrocar a Salazar, no son sino producto de su imaginación; piezas de teatro, fantasía, pura literatura.

–Son ustedes unos estúpidos –les dice a los policías que entran en su domicilio–. Esos papeles son sólo el argumento de una función.

Galvão les hace un gesto de desprecio.

Los guardias lo golpean y esposan.

–Suéltenme –grita mientras lo arrastran por la escalera–. Imbéciles, necios, analfabetos. Qué van a saber ustedes de poesía, de teatro, de arte. ¡Qué van a saber ustedes de la belleza de este mundo!

Pero nadie le cree.

Galvão afirma que los policías y los jueces confunden realidad y ficción, y estos piensan que sucede al revés: que es él quien ha perdido la cabeza y entremezcla la vida con la literatura.

¿Quién tiene razón? Resulta imposible saberlo. Lo real y lo imaginado no admiten fronteras; si acaso una grieta, una intersección, una rendija desde la que poder mirar y contemplar algo nuevo. Mirar lo que existe y lo que no existe y quedarse asombrado ante el prodigio.

Ahora Galvão está encarcelado en la prisión de Peniche. Es una fortaleza del siglo xvii construida sobre las rocas de un acantilado. Durante la dictadura de Salazar, Peniche se convierte en la prisión política de más alta seguridad del régimen. Allí, tras los imponentes muros que el mar golpea, van a parar los opositores del Estado Novo. Recuerda a Alcatraz, pero, sobre todo, al Castillo de If. En realidad, todo en la historia de Galvão recuerda al conde de Montecristo. Henrique Galvão y Edmundo Dantés parecen la misma persona. Encerrados en sucias celdas que supuran humedad, con apenas un orinal, una cama de hierro y una jarra de barro como únicos enseres, rodeados del inmenso mar que se expande tras los barrotes, ambos, en un primer momento, desean morir; ambos deciden dejar de comer para que así sus vidas se apaguen lentamente y el dolor desaparezca. Pero se subestima el poder que la venganza ejerce en los hombres. Es un influjo indecente, contaminado, pringoso, un virus que envilece, pero también una energía más poderosa que aquella otra que brota del amor. De ella se sirve Galvão para sobrevivir en Peniche. Sin embargo, en su diario escribe que fue un gorrión, que entró en su celda y que comenzó a depender de sus cuidados, el que lo animó a seguir viviendo. Es mentira. Ningún gorrión fue a visitarlo, ningún pajarito le salvó la vida. A Galvão lo salvó Salazar, tal y como a Dantés lo salvó Danglars. Aunque parezca absurdo, así sucede: los enemigos hieren y amparan a un mismo tiempo.

En su celda, se dedica a escribir.

Sentado en el colchón ahuyenta a las gallinas y a los gatos que se cuelan entre las rejas, y que llenan el calabozo de orines y heces, y trata de concentrarse en la escritura.

El 23 de junio de 1956 anota en su diario: «¿Estoy haciendo un sacrificio útil o soy un Quijote, más ridículo y menos generoso que el de La Mancha?».

El 29 de junio: «Empecé a escribir como empezaría a disparar si en lugar de un bolígrafo tuviese una escopeta».

El 1 de julio: «Me acuerdo de ese proverbio oriental que dice: ni mil caballeros son capaces de quitarle la ropa a un hombre desnudo».

El 10 de julio: «Estoy cansado. Pero siempre tendré una salida. Hay un recurso que aquí no falla: provocar una situación que los obligue a abatirme a tiros».

El 5 de agosto: «Creo que voy a entrar en una fase mala. No consigo encontrar interés en la lectura. Sin ella, mi espíritu se queda indefenso».

El 9 de septiembre: «Me apago día a día».

A veces, abre su cuaderno y escribe poesías. Son textos políticos, en realidad, versos contra Salazar y sus ministros.

El 31 de diciembre de 1956 detalla la Nochevieja, la alegría desbordada que aprecia entre los barrotes.

Semanas más tarde, con la ayuda de un funcionario del que se ha hecho amigo, logra sacar de la prisión varios panfletos que después son distribuidos por las calles de Lisboa.

Las largas horas de aislamiento, la pérdida de contacto con la realidad y el abandono de todo lazo afectivo convierten a Galvão en un hombre ensimismado y obcecado en sus pensamientos. Sus sueños y su imaginación no encuentran límite, porque la realidad, el mundo, todo lo objetivo que pone freno a la imaginación, hace ya mucho tiempo que han desaparecido para él. Un día le retiran la máquina de escribir y le confiscan unos pasquines, y su mundo se hace aún más pequeño. Su mundo cabe en esa celda. En ella idea planes de fuga, arriesgadas huidas lanzándose al frío del océano; pero no logra llevar a cabo ninguno de sus proyectos. Se abre entonces contra él un nuevo proceso judicial por incitar a la guerra civil, crímenes contra la seguridad del Estado y ofensas. Galvão rechaza que lo defienda un abogado. Cuando lo obligan a declarar, lo hace de espaldas al tribunal. Está dispuesto a ser un mártir, a morir entre las cuatro paredes de Peniche. En su habitación, lo visitan neurólogos y psiquiatras, pero Galvão se opone a todo tratamiento. No estoy loco, les dice, los locos son ustedes. Si han fabricado un juez para condenarme, anota en su diario, también pueden contratar a un médico para que me mate. No quiero medicinas, repite, no quiero que ese doctor se acerque más a mí. Tampoco asiste a los juicios que contra él tendrán lugar en 1957 y 1958. Manifiesta que no está dispuesto a participar de esa farsa.

El 18 de marzo de 1958 recibe la decisión del tribunal: dieciséis años de prisión.

No reacciona, parece conforme.

Con la punta de un cigarro quema la sentencia y después se mete en la cama.

Galvão ha sido trasladado al hospital de Santa María por sus problemas de salud. El capitán ya no es peligroso para el régimen. Tiene sesenta y tres años; saldrá de prisión con setenta y nueve: demasiado viejo como para suponer una amenaza. De hecho, todos creen que morirá antes de ver cumplida su pena, ya que su estado se ha agravado en los últimos meses. Tiene problemas cardiacos, nerviosos y hepáticos. También dicen que psiquiátricos. Los dolores son tan fuertes que suplica morfina a las enfermeras. Ayuda, les grita, se lo ruego, no lo soporto más. Galvão es un cadáver político, un demente que pasará el resto de su vida aturdido por la medicación y el aislamiento. A lo largo de 1958 escribe una novela acerca del gorrión que acogió en su celda. Ha perdido la cabeza, dicen quienes leen el manuscrito, está completamente loco. Al terminar la escritura, sus dolencias y su abatimiento parecen empeorar. Grita de dolor, llora de pena. En el silencio de la noche se oyen sus lamentos. Las enfermeras y los médicos lo describen como un hombre resignado y sumiso. Sienten lástima por él. Lo visitan y escuchan sus historias de cazador de elefantes; le permiten comer con su mujer el día de Navidad; le dejan escuchar la radio. Algunos celadores le llevan regalos, bombones y cigarrillos que le entregan en los paseos que los médicos le aconsejan dar por el jardín. Camina lentamente, arrastra los pies, se cansa y se detiene a cada poco. Su aspecto es el de un frágil anciano. Parece que se agote, se muera, se rinda. Eso piensan los policías que lo vigilan noche y día. Pero entonces sucede lo inesperado. La madrugada del 15 de enero de 1959 Galvão se fuga del hospital. Lleva meses planeando la huida, fingiendo que su estado físico empeora, pero haciendo ejercicio en secreto. Aquella noche de invierno, con la complicidad de una enfermera, Galvão logra distraer a los guardias que custodian su habitación, sale por la ventana y, a través de la cornisa del séptimo piso, entra en un lavabo. Allí se viste con una bata de médico y se coloca un bigote postizo que alguien ha depositado en el inodoro. Después baja las escaleras y sale del hospital saludando al portero. Buenas noches, le dice. Buenas noches, doctor, contesta el conserje. Nadie sabe nada hasta la mañana siguiente, cuando sus cuidadores encuentran una manta enrollada bajo las sábanas y dan la voz de alarma. Los funcionarios baten entonces toda la finca. Sueltan perros que buscan algún rastro, corren por los pasillos, revuelven armarios, registr

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