Nota del autor
Las Guerras Napoleónicas fueron el primer gran conflicto armado de la Historia en el que el espionaje jugó un papel relevante en la planificación y la estrategia militar de sus contendientes. Propiciado por las incipientes mejoras en la tecnología, las comunicaciones y el transporte marítimo y terrestre, el comienzo del siglo XIX alumbró el nacimiento de los servicios secretos, todavía muy deficitarios en recursos y estructura organizativa, de los principales estados nación.
El más precoz y aventajado en este ámbito fue el Imperio francés, con la creación en 1804 de su primer servicio de inteligencia y contrainteligencia, conocido como Sureté («A Guide to the History of Intelligence 1800-1918», Douglas L. Wheeler, 2012). Por su parte, Gran Bretaña, su principal oponente, realizaba la mayoría de las operaciones de espionaje de manera oficiosa bajo la dirección del Almirantazgo de la Marina Real, y no oficializaría la creación de un departamento de inteligencia en el seno de esta institución hasta 1887.
Con las licencias propias de una novela de espionaje, esta historia ha querido reflejar, de la forma más realista y precisa posible, el funcionamiento de estos grupúsculos de agentes, junto con los métodos, técnicas y desafíos a los que debían hacer frente durante el transcurso de sus misiones en los convulsos albores del siglo XIX.
PRIMERA PARTE
I
El hombre avanzaba con determinación por la orilla, hundiendo las suelas de sus botas en la arena mojada y dejando tras de sí un efímero sendero de huellas, que el violento oleaje se apresuraba en difuminar. Debido al desnivel que había formado la marea, y al fuerte viento que le salpicaba el rostro de espuma y hacía ondear con furia la parte trasera de su levita, caminaba con cierta dificultad, tratando de mantener el equilibrio sin reducir el ritmo. La figura que lo precedía en la distancia marchaba con ímpetu similar al suyo, volviendo la cabeza cada cortos intervalos de tiempo para comprobar la posición de su perseguidor. Sobre sus cabezas, un cielo gris perla se cernía amenazante y tornaba el mar verde azulado en un color similar al estaño fundido en la parte más cercana a la orilla.
Hacía más de treinta minutos que la distancia entre ambos hombres se mantenía prácticamente constante, sin que uno pudiese ampliar de forma ostensible la ventaja sobre su perseguidor ni el otro acortar el espacio que lo separaba de su presa. El primero no era un hombre joven, ni especialmente atlético, pero desde hacía largo rato la adrenalina le otorgaba una dosis adicional de energía que le permitía mantenerse fuera del alcance de un disparo certero por parte de su perseguidor. No obstante, este último estaba convencido de que dicha adrenalina, más que ser fruto del ineluctable instinto de supervivencia, provenía de un sentimiento de desesperación extrema; una desesperación en aumento a medida que se consolidaba la aterradora sensación de sentirse atrapado.
Aquel hombre había firmado su sentencia de muerte en el momento en el que había decidido huir hacia el mar y descender por el peralte hasta la franja de arena más cercana a la orilla; una decisión torpe, inesperada, impropia de alguien de su reputación. Ahora era solo cuestión de tiempo que las fuerzas comenzasen a abandonarle y se viese obligado a tomar su decisión final. O detenerse y plantar cara a su perseguidor o abandonar la orilla —bien ascendiendo por la pendiente de arena que se alzaba a su derecha para tratar de dejar la playa atrás y huir tierra adentro, bien adentrándose en el rizado mar, contando con que su contrincante decidiese no seguirle a través de las olas y hallar así la muerte a manos de las turbulentas aguas, en vez de bajo el plomo o el acero enemigo—. Cualquiera de las dos opciones, tanto la más lógica de intentar dejar la playa para tener una remota posibilidad de supervivencia, como la más desesperada de echar a nadar hasta desfallecer, le harían situarse a tiro de pistola en apenas unos segundos. Y ese era un disparo que no estaba dispuesto a fallar. Llevaba esperándolo demasiado tiempo.
La persecución entre los dos hombres seguía desarrollándose de forma inalterable bajo el impasible manto de nubes cenicientas. A lo lejos, sobre la línea de costa, al este de la larga extensión de tierra que se adentraba en el océano hasta el cabo Trafalgar, podía distinguirse el asentamiento pesquero de Barbate y, a la derecha de este, en lo alto de la montaña, la blanca y difusa silueta del pueblo amurallado de Vejer de la Frontera. A pesar de que el primero de los enclaves asomaba a lo lejos —en línea recta, como un refugio prometedor donde guarecerse y con el contorno de sus pequeñas casas haciéndose cada vez más nítido a medida que avanzaban por la línea de costa—, el perseguidor sabía que las posibilidades de que su presa pudiese llegar hasta aquel reducto eran sumamente escasas. Al menos tres millas más les separaban de la desembocadura del río Barbate, que marcaba el comienzo del poblado. Era humanamente imposible que aquel hombre pudiera mantener ese ritmo de avance durante tanto tiempo. Él mismo notaba el cansancio en sus propias piernas desde hacía largo rato.
De repente, como empujado por una especie de arrebato salvaje, el hombre torció a su izquierda y comenzó a adentrarse en el mar, enfrentando el envite de las olas que rompían con violencia contra la orilla. Durante una fracción de segundo, el perseguidor hizo amago de detenerse, sorprendido por la decisión final de su presa. Contra todo pronóstico, el hombre había escogido la opción más inesperada: huir mar adentro para intentar que fuesen sus agitadas aguas las que pusiesen punto final a su vida, arrebatando aquel privilegio al atacante. Pero este no podía dejar que el océano culminase un cometido que le pertenecía a él exclusivamente. Obligó a sus fatigadas piernas a hacer un último esfuerzo y aumentó cuanto pudo el paso, adentrándose levemente en el agua para acortar lo máximo posible la distancia con el objetivo.
Inmediatamente, la arena comenzó a hacerse más blanda bajo sus pies. La espuma de las olas rompía ahora contra sus botas, empapándole el bajo de los pantalones y los faldones de la levita. Sin apartar los ojos de su presa, desenfundó la pistola y echó hacia atrás la llave de pedernal, al tiempo que mantenía el antebrazo flexionado hacia arriba para alejar el arma lo más posible del agua y evitar que las salpicaduras alcanzasen la cazoleta.
La distancia entre ambos iba acortándose progresivamente. Delante de él, el hombre avanzaba cada vez más despacio, frenado su avance por la fuerza de la rompiente. El agua le llegaba ya por encima de las rodillas. En pocos instantes, le cubriría la cintura y no tendría más remedio que echar a nadar.
A pesar de que hacía ya más de medio minuto que el objetivo se encontraba dentro del radio de alcance de un disparo certero, el perseguidor se había obligado a sí mismo a no precipitarse, consciente de que solo tendría una oportunidad; pero, a su vez, sabía que no podría seguir manteniendo la pistola fuera del alcance de los rociones de espuma durante mucho más tiempo.
Una ola de más de seis pies se precipitó sobre su presa, cubriéndolo por completo, y durante unos instantes dejó de ser visible sobre la agitada superficie del mar. Pasados unos segundos, el hombre emergió de nuevo y sacudió la cabeza, ligeramente aturdido. La siguiente ola aún se encontraba lejos. Era ahora o nunca.
El perseguidor se detuvo y estiró el brazo, apuntando con el arma a la nuca de su objetivo. Como si intuyera el movimiento de su atacante, el hombre se volvió y clavó sus ojos aterrorizados en el cañón que le enfilaba a unas quince yardas de distancia. Su adversario tensó los músculos del brazo y estimó la desviación de la trayectoria de la bala debido al fuerte viento, tratando de ignorar los incómodos latigazos que su coleta le daba a uno y otro lado del cuello. En apenas un instante, todo habría terminado.
Presintiendo su final, el hombre ladeó ligeramente la cabeza y cerró los ojos. Pese a su actitud resignada, aún cabía la posibilidad de que en el último momento tratase de esquivar la bala arrojándose a un lado o zambulléndose en el agua, pero el atacante le observaba atentamente, previendo cualquier mínimo movimiento. La siguiente ola de seis pies se hallaba próxima. El hombre tomó aire y, finalmente, apretó el gatillo.
II
Spencer abrió los ojos y se incorporó de golpe, sintiendo el peso de un objeto deslizarse por su vientre hasta la cintura. Con el corazón retumbando en los oídos, bajó la vista y contempló las filigranas de la tapa del reloj de bolsillo que descansaba sobre su regazo. Tomó el elegante cronómetro entre las manos, abrió la portezuela de bronce y comprobó la hora. La fina manecilla del segundero avanzaba traqueteando por la parte inferior de la esfera, cerrando progresivamente el ángulo que la separaba de las otras dos agujas. Las ocho y cuarenta y uno. Faltaban casi veinte minutos para la hora señalada. Aliviado, se sentó en el borde de la cama, se pasó la mano por el rostro y echó un vistazo a su alrededor.
Se encontraba en una pequeña habitación abuhardillada, modesta pero acogedora. Su único mobiliario lo conformaban la cama sobre la que se hallaba sentado, cubierta por una manta malva algo deshilachada, y un viejo escritorio de madera apoyado contra la pared, con un polvoriento quinqué como único utillaje. Afuera, del otro lado de la ventana, reinaba una oscuridad fría y densa, contra la que a duras penas se recortaban las siluetas de los tejados más cercanos.
Spencer se levantó y el suelo de la habitación crujió bajo sus pies. Llevaba una levita negra algo gastada, un chaleco color crema y un pañuelo blanco anudado alrededor del cuello a modo de chorrera. Remataban su atuendo unas botas negras —que ni siquiera se había quitado para tumbarse— y un tricornio bajo del mismo color, que en aquel momento colgaba del cabecero de la cama.
Había llegado a aquel piso hacía algo más de una hora, después de pedirle al cochero que le dejase justo en la puerta, de forma que nadie pudiese verle descender con el estuche alargado que descansaba ahora bajo el catre. Tras echar un breve vistazo a la buhardilla, había abierto la ventana y había estirado el brazo para palpar las pizarras del tejado. Un breve chubasco había sorprendido al coche de caballos a su paso por Hertfordshire, lo que había incrementado su preocupación por las condiciones climatológicas de aquella noche. Spencer había deslizado un dedo por la pizarra y había sentido en la yema el tacto ligeramente aceitoso del vestigio de humedad de lluvias pasadas. Eso significaba que aquel último chubasco no había llegado a alcanzar la ciudad. A continuación, había abierto el estuche de madera y había extraído del interior forrado de fieltro un rifle Dickert con correa. Tras cargarlo, cebarlo y ajustar la piedra de pedernal, había vuelto a guardarlo en el estuche y lo había metido bajo la cama. Ante la espera de cincuenta minutos que tenía por delante, había decidido tumbarse un rato sobre la colcha con la ropa puesta. Justo antes de cerrar los ojos, había sacado el reloj del bolsillo y lo había dejado sobre su pecho, para que el peso del objeto y el tictac del segundero le recordasen que no debía relajarse más de la cuenta. Pero los largos viajes en coche de caballos siempre le dejaban agotado y, a los pocos segundos, su mente se había sumido en una nebulosa de recuerdos imprecisos que había ido derivando en una densa duermevela.
En un momento dado, la parte aún consciente de su mente, acostumbrada a no bajar nunca del todo la guardia, había transmitido a su subconsciente la imperiosa necesidad de poner fin a aquel estado semionírico de forma abrupta, temerosa por la posibilidad de no llegar a tiempo a su cita. Una cita inusual, aparatosa, que debía producirse en un lugar que cualquier londinense de a pie calificaría de estrafalario; pero de gran relevancia para el devenir de la guerra, no tanto por sus consecuencias prácticas, sino por el mensaje que pretendía enviar. Una acción que llevaba planeándose desde hacía varios meses y que, pese a ello, no tenía la total seguridad de que fuera a producirse, y mucho menos de que lo hiciese en las condiciones deseadas. Pero Spencer estaba acostumbrado a lidiar con cierto grado de incertidumbre en su trabajo y el que envolvía aquella operación era, por el momento, perfectamente asumible. Lo peor que podía pasar era que el objetivo no acudiese al lugar previsto, con lo que la acción debería ser pospuesta hasta que volviesen a darse las circunstancias adecuadas.
Spencer sacó el estuche de debajo de la cama, lo abrió de nuevo y se colgó el Dickert al hombro. A continuación, cogió la silla que se encontraba junto al escritorio y la arrastró hasta situarla bajo la ventana. Por último, empujó la mesa en dirección a la puerta de la habitación hasta dejarla del todo apoyada contra el marco. En aquel tipo de operaciones, cualquier precaución era poca.
La silla emitió un leve quejido cuando se encaramó a ella y se asomó al exterior. Hacía más frío del que había esperado, y quizá algo más de humedad. Aquello podía complicar las cosas. Con cuidado, se volvió hasta quedar de espaldas a la calle y descansó las posaderas en el estrecho alféizar de la ventana. Acto seguido, estiró los brazos y tanteó las tejas que conformaban el caballete donde se juntaban las dos vertientes de la pequeña buhardilla. Tras comprobar que estaban firmemente ancladas, cerró los dedos alrededor de su curva superficie, apretando con fuerza las yemas contra el canto, tomó aire y se elevó dejando colgar las piernas durante un breve instante hasta apoyar las punteras de sus botas en el alféizar, de manera que todo el cuerpo quedó erguido en el exterior, de pie sobre la reducida superficie.
Spencer soltó aire y miró hacia arriba. La oscuridad más absoluta se cernía sobre él. El cielo cubierto impedía que ninguna luz brillase en el firmamento, ni siquiera la de la luna, lo que acrecentaba la sensación de hallarse suspendido en mitad del vacío, sostenido tan solo por sus manos y apenas dos pulgadas de cornisa bajo sus pies. A sus casi treintainueve años, ya no se sentía tan cómodo en aquel tipo de operaciones. A pesar de estar acostumbrado a realizar misiones de todo tipo en circunstancias complejas, su cuerpo no estaba habituado a desenvolverse por las alturas, ni a aquella sensación de vértigo tan molesta que le aprisionaba el estómago. Recordó la primera vez que había sentido algo similar.
El aroma a alquitrán y salitre que acompañaba aquel recuerdo era muy diferente al olor a humo y ladrillo húmedo que envolvían la noche londinense. Había sido hacía más de treinta años, a bordo de una de las múltiples embarcaciones que su padre había comandado durante su dilatada carrera como oficial de la Marina Real. Se trataba de un navío de línea, el primero de esa categoría que le era asignado, por lo que, rebosante de orgullo y felicidad, había decidido llevar a su hijo a conocer la embarcación mientras la preparaban para hacerse a la mar. Gabriel Spencer había admirado boquiabierto el entramado de vergas[1] y cabos que conformaban la jarcia[2] del barco, y el sobrecogedor espectáculo que suponía observar a los marineros moviéndose entre aquel mar de madera y cáñamo con tan inusitada destreza. El capitán Spencer, percatándose de que su hijo no había bajado la vista desde que le había señalado la embarcación durante el trayecto en bote desde el puerto —ni siquiera una vez en cubierta, durante el ceremonioso saludo de los oficiales—, había apartado la mirada del bosque de aparejos[3] que se cernía sobre ellos, se había arrodillado junto a él y le había dicho:
—¿Quieres que subamos? —Y al ver cómo asomaba una mirada de terror en los ojos del chico se había apresurado a añadir—: Solo hasta la cofa[4] del mesana.[5] Es la más baja.
Spencer no alcanzaba a recordar si su abrumado yo de ocho años había llegado a exteriorizar, mediante algún gesto o palabra, su conformidad con la propuesta de su progenitor, pero su siguiente recuerdo era el de su padre conduciéndolo al costado de estribor de la embarcación, mientras a su alrededor se formaba un pequeño corro de curiosos. Spencer se sorprendió al comprobar que aún era capaz de recordar las expresiones de sus rostros, desde la bondad y la ternura del contramaestre hasta la burla y el desprecio de los jóvenes guardiamarinas, algunos de ellos apenas un par de años mayores que él. Sin darle tiempo a prepararse para el ascenso, su padre lo había cogido en brazos y lo había aupado hasta el tercer o cuarto flechaste[6] de la escala. Gabriel había agarrado aquel pequeño pedazo de cuerda con todas sus fuerzas, al tiempo que su progenitor le situaba los pies en los escalones inferiores. Mientras el joven Spencer colgaba en aquella extraña posición de espaldas al mesana sintiendo el peso de la gravedad tirar de él hacia cubierta, su padre, en un ágil movimiento, se había encaramado a la batayola[7] de estribor y, sujeto únicamente al obenque[8] más cercano a popa, había girado sobre sí mismo hasta situarse fuera borda, en la cara exterior de la escala, con la parte superior del tronco a la altura de las piernas de su hijo.
—Gabriel, ahora debes agarrarte a este obenque… No, al más exterior… Eso es, y pasa el cuerpo alrededor de él hasta situarte en el lado que yo me encuentro… Vamos, no tengas miedo. Así, muy bien. Ahora ya solo queda lo más sencillo: escalar hasta la cofa. Se trata solo de ir apoyando los pies en los flechastes que tienes justo encima, uno a uno, y no detenerse demasiado a mirar hacia abajo. Ya tendremos tiempo de contemplar las vistas cuando lleguemos arriba. Vamos, no hay nada que temer, yo estaré detrás de ti todo el tiempo.
Tratando de seguir los consejos de su padre, el joven Gabriel había comenzado a ascender centrando su atención en la visión de la lejana cofa, enmarcada por la red de triángulos equiláteros e isósceles que formaban entre sí los cabos y las vergas del aparejo del mesana. Todavía recordaba aquel cosquilleo en el cuello y el estómago, y el pequeño temblor en los talones que le había asaltado al verse a sí mismo suspendido a mitad de altura del palo de mesana —en una postura muy similar a la que se encontraba ahora—, a pesar de que notaba en todo momento la presencia de su padre, quien avanzaba agarrando los obenques exteriores a la altura de la cintura de su hijo, formando en todo momento una especie de red de seguridad tras él.
Sorprendido por la intensidad con la que había revivido los detalles de aquel lejano recuerdo, Spencer se obligó a sí mismo a centrar la atención en el instante presente. Había sido capaz de abandonar la habitación por aquella estrecha ventana con no poca destreza, pero tenía aún por delante la tarea más ardua: a poco menos de una braza a su derecha, emergía la pared de ladrillo que marcaba la separación con el edificio contiguo. Su siguiente objetivo era alcanzar aquel muro para poder servirse de él en el ascenso hasta la parte más alta del tejado.
Sin dejar de hacer fuerza con las manos, comenzó a deslizar lentamente los pies hacia el borde derecho de la ventana. La delgada cornisa que conformaba el alféizar moría en el marco de esta, y el exterior de la pared derecha de la buhardilla era completamente liso, por lo que no le quedaba otra opción que apoyarse en la vertiente del tejado principal para alcanzar el muro. Despacio, sin soltar las manos del caballete, se agachó hasta quedar con los brazos estirados por encima de su cabeza, separó el pie derecho de la cornisa y lo posó con cuidado sobre la empinada superficie de pizarra, tanteando el agarre de la suela sobre las tejas. Pese a la humedad que flotaba en el aire, no estaban muy resbaladizas, lo que le animó a apoyar el otro pie. A continuación, soltó la mano derecha del caballete de la buhardilla y la estiró hasta que tocó el tejado, tratando de agarrar los bordes de una de las tejas lo más firmemente posible. Por último, en un rápido movimiento, soltó la mano izquierda de su apoyo, lo que provocó que sus pies se deslizasen unas pulgadas hacia abajo sobre la superficie inclinada, y se agarró a la parte inferior del marco de la ventana.
Se encontraba ahora en una posición de equilibrio incluso más precaria que la anterior; apoyado todo su cuerpo en la vertiente del tejado y solo con la mano izquierda como agarre estable, pero le había ganado un par de palmos al muro de separación entre los edificios. Si lograba alcanzarlo con el pie derecho, podría impulsarse hacia arriba y apoyar la bota izquierda en la pared de la buhardilla. Ayudándose con las manos, comenzó a trepar hacia la cumbrera, apoyando una y otra pierna en ambas superficies respectivamente, hasta que sus manos alcanzaron finalmente la fila de tejas que conformaban la unión de las dos vertientes del tejado.
Spencer se sentó sobre el cumbral con una pierna colgada a cada lado y tomó aliento. Ante sus ojos, emergiendo de entre la oscuridad, se extendían los tejados y azoteas de Londres. Las luces provenientes del interior de las casas y de los faroles de la calle perfilaban débilmente los contornos de las fachadas, marquesinas y chimeneas de la ciudad. Pese a no encontrarse en el punto más alto de la capital, Spencer pensó que, a plena luz del día, aquella debía de ser una posición magnífica para cartografiar un plano de los barrios circundantes. Contempló durante unos instantes las silenciosas alturas de la ciudad mientras aprovechaba para recuperarse del esfuerzo, y, finalmente, bajó la vista en dirección a la calle.
Unos cuantos pies por debajo de su posición, surgiendo de la vertiente opuesta a aquella por la que había subido, se alzaba la oscura silueta de una chimenea de cuatro salidas. Aquel era el lugar indicado. Spencer hizo fuerza con las manos para mantener el equilibrio, pasó el pie izquierdo por encima de la cumbrera hasta quedar con ambas piernas en el mismo lado y estudió con detenimiento aquella ala del tejado. La empinada superficie y la tenue capa de humedad aconsejaban un descenso en posición sentada, apoyando manos y talones para frenar la inercia de la gravedad y evitar precipitarse al vacío resbalando sin control por la pendiente. Spencer se movió lateralmente por la cumbrera hasta quedar justo a la misma altura que su destino. Si perdía agarre durante el descenso, al menos podría contar con la chimenea como tope para interrumpir la caída.
Spencer se deslizó traqueteando por el tejado, sintiendo a su espalda el golpeteo de la culata del Dickert contra las tejas, hasta que sus suelas impactaron contra el parapeto de ladrillo de unos tres palmos de grosor que constituía la base rectangular de la chimenea. Esta se alzaba algo más de una braza desde el tejado hasta la corona de piedra, de donde emergían cuatro cilindros cerámicos que se elevaban unas pulgadas más hacia el cielo, exhalando jirone
