La hija de los dioses

Aurelio González

Fragmento

Perth apareció desnudo...

Perth apareció desnudo entre la multitud apresado por cuatro de los guerreros de Melvin. Entre gritos y forcejeos lo ataron por los tobillos, lo colocaron de pie sobre la piedra de sacrificios y lo inmovilizaron sujetándolo por los brazos.

Quinn agarró un cuchillo de la mesa aún impregnado con la grasa de los asados y se acercó a él. Perth, aterrorizado, lo miró sin decir palabra con los ojos llenos de lágrimas. El sumo sacerdote tentó con la punta del cuchillo un espacio entre las costillas y volvió la vista hacia la estela de piedra del centro religioso. Con voz pausada y firme, dijo:

—Lugh, recibe este sacrificio que los amanos te ofrecemos. Con él te mostramos gratitud por tus favores.

Perth rompió a llorar.

Quinn le hundió el cuchillo en el corazón con un golpe certero.

Aún sujeto por los cuatro hombres del gran jefe, el elegido comenzó a desangrarse a borbotones. Sus miembros se convulsionaron con violencia y poco después se arrodilló para morir. Solo entonces los guerreros lo soltaron, y el cuerpo se desplomó en el suelo. Quinn se agachó para observar la sangre que había quedado esparcida sobre la piedra de sacrificios; preocupado y pensativo, indicó con un gesto a Melvin y a Sayer que se acercasen.

—Venid a mi choza al amanecer. Los dos.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sayer con gran inquietud.

—Aún no lo sé —dijo el druida. Se cubrió la cabeza con la capucha de la túnica blanca y caminó hacia su choza—. Necesito meditar.

—De acuerdo. Allí estaremos —dijo Melvin.

PRIMERA PARTE

249 a. C. - 237 a. C.

1

Víspera de Lughnasadh, 249 a. C.

En las vísperas de las cuatro grandes fiestas (Imbolc, Beltane, Lughnasadh y Samhain), Quinn acostumbraba a meditar durante la mañana en el interior de la cueva de Flaviobriga. Allí, sobre los restos de sus antecesores, y alejado del bullicio de la aldea, rogaba a los dioses en favor de la tribu. Y durante todos esos años los dioses habían sido generosos. Pero algo estaba cambiando.

Meses atrás, en la víspera de la última festividad de Imbolc, el druida había presagiado que se acercaban años difíciles y que Lugh, el gran dios, estaría al lado de los amanos. También había augurado entonces que su propia familia debería pagar un alto precio por la protección del dios entre los dioses; esa misma tarde, Neil, el marido de su hermana Evelyn, resbaló mientras arreglaba el techo de su choza y murió a consecuencia del golpe contra el suelo. Aquel día, la pequeña familia del druida quedó reducida a dos individuos: él y Evelyn. Días más tarde, se enteraría del embarazo de su hermana; esta traería al mundo a una criatura que nacería en mitad de samos, ya huérfana de padre.

Ahora, medio año después, Lugh acababa de revelarle la naturaleza de su protección…

Pausa

«Lugh está con nosotros; ha escuchado mis oraciones…».

Quinn despertó del trance repitiendo esas palabras insistentemente. Estaba sentado en el suelo de la cueva, con los ojos en blanco y cruzado de piernas frente a su cuenco sagrado de roble. En él había bebido el brebaje para conectar con los dioses: una pócima a base de setas rojas hervidas con avellanas machacadas que le proporcionaba la capacidad de augurio.

Sus ojos volvieron lentamente a la normalidad. Todo estaba oscuro salvo la entrada de la cueva, por donde se colaba la luz del sol con la suficiente intensidad como para serle molesta. Agachó la mirada y se atusó la poblada barba pelirroja.

—Debo reunir al Consejo de inmediato —murmuró poniéndose en pie ayudado de su vara de avellano.

En el exterior, la mañana era radiante. El poblado respiraba aire de fiesta y todas las chozas lucían ramilletes de muérdago en la entrada para espantar cualquier mal que pudiera estropear la celebración. Quinn, sin fijarse apenas en nada, caminó presuroso bajo el sol protegido por la capucha de su túnica blanca; iba en busca de Arlen y Yilda, los otros dos miembros del Consejo Druida.

Como imaginó, ambos se encontraban meditando junto al fuego de sus respectivos hogares. Les citó en el templo sagrado del bosque al anochecer y se dirigió hacia la choza de su hermana.

Frente al hogar de Evelyn, algo le hizo detenerse. Sobre la techumbre de paja y madera, en el punto más alto, estaba posado un halcón que parecía escudriñar el poblado. Dio un paso atrás para observarlo mejor y la rapaz echó a volar espantada por su presencia. Quinn se quedó mirando atentamente la cadencia de su grácil aleteo. «No estoy equivocado. Se acerca el momento».

Al entrar en la choza se encontró con la mirada de su hermana, que cocinaba un estofado de conejo para la cena agachada junto al fuego. Evelyn se puso en pie alterada por la irrupción del druida. Quinn le habló desde la distancia:

—Prepárate. Tu hija vendrá esta noche.

—¿Estás seguro?

—Completamente. Prepárate.

—¿Cómo sabes que es una niña?

—Lo sé. Confía en mí.

Apremiado por las circunstancias sobrevenidas, el druida regresó a su hogar, una humilde choza situada en el extremo opuesto del poblado, junto al centro religioso. Allí pasaría aislado el resto del día.

El sol comenzaba a esconderse tras las montañas cuando Quinn salió de su choza. Con paso ágil atravesó el poblado y tomó el sendero de la puerta sur que conducía al valle. Allí, en la espesura del bosque, junto al arroyo, se encontraba el claro del templo sagrado, una explanada circular delimitada por piedras, con un altar rectangular en el centro, también de piedra, y dos pequeños dólmenes, uno situado al este y otro al oeste.

Arlen y Yilda habían adornado el altar con flores de verbena. Vestidos con túnicas azules, esperaban sentados sobre dos troncos de roble la llegada del gran druida. Al verle, los dos discípulos se pusieron en pie. Quinn les hizo un gesto con ambas manos.

—Sentaos —dijo en voz baja. Ambos obedecieron—. He convocado al Consejo Druida para informar de una profecía.

—Te escuchamos —respondieron los dos al unísono.

—Esta noche nuestra tribu recibirá el favor de Lugh.

—¿Te ha sido revelada su naturaleza? —preguntó Yilda.

—Sí. Su hija nacerá del vientre de Evelyn.

—¿Su hija? —Arlen se mostró sorprendido—. De ser así, la muerte de Neil fue un precio muy bajo; la vida de uno de los nuestros no es comparable con tamaña protección.

—Dices bien —aseguró el druida—. Además, debemos tener presente que aquel sacrificio no fue un regalo ofrecido por la tribu; Lugh se llevó a Neil por algún motivo que aún desconozco.

—¿Estás seguro, maestro? —Yilda arqueó las cejas incrédula—. Lo que acabas de exponer es un hecho sin precedentes.

—Lo estoy —afirmó Quinn con rotundidad—. Y sin duda se trata del mayor acontecimiento que haya vivido la tribu. Por la mañana realizaremos un sacrificio.

—Dos vidas… —susurró Arlen—. Una la ha tomado él, otra la entregaremos nosotros. ¿Será suficiente?

—Responder a esa pregunta le corresponde a Lugh, no a mí —contestó Quinn—. Sea cual sea la respuesta, me lo hará saber. —Hizo una pausa, levantó la vista hacia el cielo y alzó los brazos en señal de gratitud—. Le entregaremos cuantas vidas reclame.

Bajo la noche estrellada, los tres druidas celebraron la revelación y planificaron la acogida del nuevo miembro de la tribu. Decidieron que Quinn, como sumo sacerdote, asistiría el nacimiento junto a una de las parteras y en presencia de Melvin, el jefe de los guerreros. Arlen y Yilda, por su parte, prepararían mantas limpias y hervirían agua con bayas de muérdago y hojas de frambuesa, una infusión purificadora cuyos vapores aliviarían los dolores de la parturienta. Después, los dos aspirantes regresarían a sus chozas para meditar el resto de la noche como muestra de gratitud.

Quinn tomó las manos de sus discípulos. Juntos dieron vueltas alrededor del altar formando un círculo con el que sellaban su compromiso de acompañar a la pequeña. El viento comenzó a soplar con fuerza y las copas de los árboles se mecieron creando un momento mágico que el gran druida supo interpretar. Apretó las manos de Arlen y Yilda firmemente y los tres cerraron los ojos.

Quinn comenzó a recitar:

—Cuidaremos de ella hasta que esté preparada.

—Cuidaremos de ella hasta que esté preparada —repitieron los discípulos.

—El Consejo Druida velará por su espíritu hasta que llegue el momento.

—El Consejo Druida velará por su espíritu hasta que llegue el momento —volvieron a repetir.

Finalizada la ceremonia, Quinn envió de vuelta al poblado a Arlen y a Yilda. Bordeó el arroyo antes de regresar y cortó una rama de roble con la que alimentaría el fuego de su hogar esa noche.

Pausa

Las hogueras estaban ya encendidas en lo alto de las dos colinas del poblado. Esa noche, la tribu se disponía a celebrar el comienzo de una de sus fiestas más importantes, Lughnasadh, un día de agradecimiento a los dioses por la cosecha que comenzaría a partir de entonces.

Todos se arremolinaban alrededor del banquete preparado frente al centro religioso cuando Quinn salió de su choza listo para el gran acontecimiento. El druida oteó la muchedumbre en busca de Melvin, pero no lo vio por ninguna parte. «Ya debe de estar en el hogar de Evelyn», dijo para sí. Luego cerró la puerta y caminó contemplando la luna nueva sobre el horizonte.

En la choza de su hermana también estaba todo listo. Arlen y Yilda avivaban el fuego para que el agua purificada de la marmita no parase de hervir. Evelyn, con contracciones cada vez más fuertes y seguidas, estaba desnuda, sentada sobre su cama de paja y acompañada por Morgana, la partera con mayor experiencia de la tribu.

Quinn se descubrió la cabeza al entrar, fue directamente al encuentro de su hermana y se arrodilló a su lado.

—¿Cómo estás?

—Muy cansada —suspiró ella. Quinn levantó la vista y miró a la partera.

—Es primeriza —dijo Morgana—. El primero siempre es el más difícil.

—Tranquila. —Quinn le besó la frente y extrajo del interior de su túnica un saquito de piel de cordero.

—¿Qué es? —preguntó Evelyn.

—Solo un poco de ceniza de mi hogar.

El druida introdujo el pulgar en el saquito. Con el dedo manchado de negro le dibujó un semicírculo alrededor del ombligo como símbolo de la fase lunar en que se encontraban.

—¿Me protegerá? —preguntó de nuevo Evelyn.

—Ayudará a que todo vaya como ha de ir —respondió Quinn. Giró la cabeza y se dirigió a sus discípulos—: Si habéis terminado, podéis marcharos.

Arlen y Yilda retiraron la marmita del fuego, lo avivaron con un poco más de leña y abandonaron la choza en silencio. Quinn se puso en pie y miró a su alrededor.

—¿Dónde está Melvin? —preguntó a la partera.

—No vendrá. Su esposa también está de parto.

—Dos nacimientos en la misma noche…

—¿Tiene eso algo de particular? —inquirió Morgana.

—Es la primera vez que ocurre, al menos que yo recuerde.

De pronto, Evelyn sufrió una contracción que le hizo encogerse de dolor. Morgana tomó su mano para transmitirle fuerzas.

—Ya pasó, pequeña. Ya queda una menos —le dijo cariñosamente.

—¿Una de cuántas?

—De todas las que necesitas, querida. Concéntrate en respirar con pequeñas bocanadas y más aprisa.

Cuando Morgana terminó de pronunciar la frase, el fluido denso y transparente que precedía al parto comenzó a brotar de entre las piernas de Evelyn, desbordó la cama y dejó un charco sobre la tierra apisonada del suelo.

—Estamos cerca —afirmó la partera dirigiéndose a Quinn—. Lavémonos para recibir a la criatura.

Hacía rato que el agua de la marmita había dejado de hervir cuando introdujeron las manos en ella. Aún estaba muy caliente, pero se encontraban tan concentrados que ninguno de los dos protestó. Se asearon a conciencia. Morgana se acercó a Evelyn, que respiraba aceleradamente, y la aseó también con una manta húmeda.

—Ya queda poco, pequeña —le susurró—. Ponte en pie.

Evelyn bajó de la cama con ayuda de la partera. Abrazadas por la cintura, caminaron hacia el fuego. Quinn, expectante, permaneció inmóvil observándolas.

—¿Dónde quieres parir a tu criatura? —preguntó Morgana.

—Decídelo tú —jadeó Evelyn—. Me cuesta trabajo pensar.

—No puedo hacer eso por ti. Solo una madre puede elegir en qué lugar vendrá su bebé al mundo. No pienses. Escucha a tu instinto.

Evelyn caminó hacia la entrada en busca de aire fresco. Quinn, muy atento a cada movimiento, fue tras ella y abrió la puerta para que pudiese salir.

—Será aquí, bajo las estrellas —dijo Evelyn.

Una nueva contracción hizo que le flaquearan las piernas. Morgana la sujetó por la cintura y miró al druida.

—Extiende una manta en el suelo. Ha llegado el momento.

Entre los dos ayudaron a Evelyn a sentarse en medio del corral que precedía a la choza. Morgana puso las manos sobre su vientre y lo acarició.

—Tranquila, todo saldrá bien —le dijo. Le dio un beso en la mejilla y se dirigió de nuevo a Quinn—: Acompáñame, traeremos la marmita aquí.

Durante largo rato las contracciones no dejaron de intensificarse. Sin embargo, por más que Evelyn empujaba, el parto no avanzaba. Morgana se puso de rodillas y auscultó con la oreja el voluminoso vientre hasta encontrar el corazón del bebé.

—¿Qué ocurre? —preguntó el druida.

—Algo no va bien. Los latidos son lentos.

La partera se lavó las manos de nuevo e introdujo una de ellas entre las piernas de Evelyn, a través del canal del parto, hasta que palpó la cabeza del bebé.

—Está atascado —murmuró.

Quinn se apoyó de forma instintiva sobre la barriga de su hermana para ayudarla a empujar.

—¡Ni se te ocurra! —exclamó la partera apartándole el brazo con brusquedad—. Es peligroso para el bebé. La fuerza de su madre es la que debe traerlo al mundo. —Volvió la vista hacia Evelyn y le habló con seriedad y dulzura—: Lo siento. Esto te va a doler.

Con sumo cuidado, Morgana introdujo dos dedos entre la cabeza de la criatura y el repliegue de tejido que se había formado alrededor del agujero de salida y que le impedía atravesarlo. Recorrió todo el perímetro del reborde y lo remetió hacia dentro para aliviar la presión. Evelyn gritó de dolor, contrajo los músculos y la pequeña cabecita asomó entre sus piernas.

—Quieta. No empujes más —dijo la partera conteniendo al bebé con la mano para que no terminase de salir—. Podrías desgarrarte en exceso.

—¿Y qué hago? —gimió.

—Intenta relajar las piernas.

—De acuerdo…

—Bien. Vamos allá.

Evelyn empujó una vez más y la criatura se deslizó hasta el exterior con suavidad. Morgana la levantó cuidadosamente, anudó el cordón y lo cortó con una daga.

—Aquí tienes a tu hija —dijo al tiempo que se la ponía sobre el pecho.

La pequeña lloró un instante y se enganchó al pezón de su madre para calmarse. Quinn sonrió al escuchar el llanto.

—No me equivocaba, es una niña.

Bajó la mirada y observó con preocupación el vientre de su hermana; la luna nueva que había dibujado alrededor del ombligo acababa de difuminarse arrastrada por una ráfaga de viento.

—¿Habéis pensado el nombre? —preguntó Morgana.

—Se llamará Gwendal —dijo el druida.

—Bienvenida a tu tribu, pequeña Gwendal. —La partera acarició su diminuta espalda.

Sin previo aviso, Evelyn expulsó la placenta con una contracción rápida, pero ya menos intensa. Morgana se agachó para analizar el estado de la víscera y se fijó en el charco de sangre que comenzaba a formarse bajo sus muslos.

—Tenemos un problema.

—¿Qué ocurre? —preguntó Quinn frunciendo el ceño.

—Hay una herida en su interior. No para de sangrar.

—Me estoy mareando… —suspiró Evelyn casi sin aliento.

—¡Detenla! —lloriqueó el druida—. ¡Está perdiendo la consciencia!

—Lo siento. No hay nada que yo pueda hacer.

Evelyn murió desangrada tras el parto; quedó tendida en la entrada de su choza con los ojos abiertos, como si estuviese observando las estrellas.

Quinn se secó las lágrimas con la manga de la túnica. Arrastró la mano por la cara de su hermana y le bajó los párpados. Con mucho cuidado, tembloroso, envolvió a Gwendal en una manta, la tomó en sus brazos y la apartó para siempre de su madre. Miró a la pequeña, ya dormida en su regazo, y comprendió que el precio a pagar por ella habían sido las vidas de sus padres terrenales.

2

Lughnasadh y días posteriores, 249 a. C.

El poblado había amanecido con gran revuelo aquella mañana de samos. La muerte de Evelyn, que sucedió a los nacimientos de Gwendal y del primogénito del jefe de los guerreros, había enrarecido la celebración del gran día en el que recibirían la visita de familiares pertenecientes a otras tribus del clan de los autrigones, organizarían carreras de caballos por el valle, celebrarían bodas y beberían cerveza de trigo y vino durante toda la tarde.

Para los amanos, acoger en su seno a un nuevo miembro era algo muy especial. Y aunque ese día fueron dos las criaturas llegadas al mundo, el ritual de bienvenida quedaría tristemente oscurecido por el funeral.

Pausa

Tras el parto, Quinn había llevado a Gwendal a la choza de Eileen, la mujer de Sayer, el carpintero y jefe de los aldeanos. Esta, madre reciente de otra niña, la amamantaría en sus primeras horas de vida mientras que su marido se encargaría de preparar la pira funeraria junto al templo sagrado.

Con ayuda de Morgana, el druida depositó el cuerpo desnudo de Evelyn en el centro religioso, junto al fuego del hogar, y colocó unas ramas de frambuesa en su vientre. Luego fue en busca de Arlen y Yilda para pedirles que vaciasen su choza, la limpiasen a conciencia y recogiesen las pertenencias de su hermana. Finalmente, Quinn regresó al centro religioso, donde pasaría el resto de la mañana sentado junto al cadáver rogando en silencio a los dioses para que su espíritu viajase sin contratiempos hacia el mundo de los muertos.

Poco antes del mediodía, la tribu al completo se reunió bulliciosa frente al centro religioso para oficiar el funeral. Quinn caminó cabizbajo hasta la puerta y observó sus caras de desaliento. El bullicio creciente amainó cuando lo vieron aparecer; todos escucharon con atención.

—Como sabéis, en la víspera de la última festividad de Imbolc predije la llegada de tiempos difíciles y que mi familia tendría que pagar un alto precio por la protección de Lugh. Esa misma tarde, Neil sufrió aquel desgraciado accidente que le costó la vida.

Quinn hizo una pausa y avanzó un par de pasos para acercarse más a la tribu. Dio media vuelta, señaló la estela de piedra que presidía el centro religioso e invocó su magia.

—Esta noche, Evelyn ha muerto después de dar a luz; también ha entregado su vida como precio por la pequeña. —Hizo una nueva pausa y los miró uno por uno—. Desde este momento, debemos gratitud a los dioses, por lo que todos y cada uno de nosotros estamos obligados a cuidar de ella. Además, nadie podrá ocupar la choza de Evelyn, que quedará vacía hasta que la pequeña pueda decidir qué hace con ella.

El murmullo volvió a surgir entre los miembros de la tribu. La sensación generalizada era de estupefacción ante las palabras del sumo sacerdote.

—Melvin y Sayer portarán a la difunta hasta el templo sagrado acompañados de Arlen y Yilda. Yo mismo llevaré el fuego que encenderá la pira funeraria.

Quinn dio media vuelta y fue en busca de la urna de barro donde llevaría las brasas. Recogió un puñado en el hogar del centro religioso con una pequeña pala de madera y las introdujo en su interior. Cuando se irguió con ella en la mano, los cuatro designados para el funeral portaban ya el cuerpo de la difunta en una camilla de madera.

—Comencemos —les dijo.

El sumo sacerdote se cubrió la cabeza con la capucha en señal de duelo y salió en primer lugar. Seguido de la comitiva que transportaba los restos de su hermana, cruzó el centro del poblado y abandonó la aldea por la puerta sur en dirección al valle. El resto de la tribu les acompañó en silencio.

Junto al templo sagrado, sobre un grueso lecho de paja, se alzaba la pira funeraria. Sayer, Melvin, Arlen y Yilda depositaron cuidadosamente el cuerpo de Evelyn en la parte superior y permanecieron junto a él, uno en cada esquina. Una vez que todos estuvieron presentes, Quinn les indicó que se retirasen. Volcó la urna sobre la paja y las llamas comenzaron a propagarse. Dio un par de pasos atrás y recogió a Gwendal de los brazos de Eileen.

—Ven conmigo, pequeña. Despidamos a tu madre.

Con los ojos llenos de lágrimas, el druida contempló cómo el humo ascendía hasta perderse en el cielo azul llevándose consigo el espíritu de su hermana.

—Ve —le dijo—. Camina hacia el otro mundo y encuentra la paz.

En brazos de su tío, envuelta en su manta de lana, Gwendal descansaba ajena a cuanto ocurría a su alrededor. Quinn agachó la mirada y la besó en la frente. Sintió alegría y amargura al mismo tiempo.

—Yo cuidaré de ti —le susurró con dulzura.

Una lágrima le resbaló por el pómulo y cayó sobre el rostro de la pequeña, que, sobresaltada, abrió los ojos y le respondió con un gorgorito.

Consumida la pira, Arlen y Yilda extendieron un tablón de madera sobre las brasas para que Quinn pudiera acceder al centro. Eileen tomó a Gwendal de nuevo en sus brazos. El druida se quitó la capucha en señal de respeto, caminó sobre el tablón y rellenó la urna con los restos de su hermana.

Al finalizar el funeral, Quinn recorrió en solitario el sendero que conducía a los túmulos del valle. Allí, al pie de una ladera, enterró las cenizas de Evelyn junto con sus collares, fíbulas y adornos. Sus restos permanecerían para siempre al lado de su amado Neil.

Pausa

Cuando Quinn regresó al poblado, todos estaban ya preparados para el banquete. La tribu, que necesitaba mantener el ánimo, se había distribuido alrededor de la enorme mesa de madera colocada entre la cueva y la piedra de sacrificios.

El gran druida les observó desde la entrada sur, pero antes de acompañarles debía hacer una cosa más. Giró a la izquierda y caminó hacia la choza de su hermana. Una vez allí, colgó en la puerta las ramas de frambuesa que habían reposado sobre su vientre durante toda la mañana; eso evitaría que su espíritu volviese a ocuparla. Después regresó para unirse a los suyos.

En la mesa del banquete había comida y bebida en abundancia: cuencos de barro con asados de jabalí y cordero, cerveza de trigo y miel y pan de centeno. Melvin había abierto un barril de vino reservado para la ocasión. Quinn tomó asiento en el centro, entre Arlen y Yilda, y todos comenzaron a llenar sus platos y copas para dar inicio al festín.

Como era tradición en las celebraciones importantes, cada miembro de la tribu bebía en un recipiente acorde con su posición social. Los aldeanos lo hacían en jarras de barro cocido como muestra de humildad; los druidas en cuencos sagrados de roble, como sacerdotes y sabios; y los guerreros, con sus estilizados bigotes y barbas, bebían en las calaveras de los enemigos a quienes sus antepasados habían dado muerte en el campo de batalla, todo un símbolo de superioridad sobre el vencido. La forma de comer era común, todos lo hacían con las manos; los únicos cubiertos que utilizaban eran los cuchillos con los que cortaban los pedazos de asado.

Durante largo rato llenaron las barrigas, saciaron la sed y charlaron distendidos mientras Allen, el bardo, les acompañaba con el sonido de su arpa; siempre conseguía fascinarles con poemas y leyendas de antiguos héroes, sobre todo a los más jóvenes. Finalizado el banquete, Quinn se levantó para tomar la palabra. Con un gesto sutil indicó a Allen que terminase y todos guardaron silencio.

—Ha llegado el momento de acoger a los dos pequeños —anunció.

Eileen se acercó a él y le entregó a su sobrina. Melvin, el padre de la otra criatura, tomó a su bebé en brazos y se colocó al lado del gran druida. Juntos los levantaron para presentarlos formalmente.

—Ella es Gwendal de los amanos, hija de Neil y Evelyn —expuso Quinn dirigiéndose a todos—. Pequeña Gwendal, esta es tu tribu —le dijo a la niña—. Te querrán y protegerán como a una hermana.

—Él es Brian de los amanos, hijo de Melvin y Alanna —dijo el gran jefe—. Pequeño Brian, esta es tu tribu. Te querrán y protegerán como a un hermano.

—Hoy —continuó Quinn— recibimos a dos nuevos miembros. Los dioses han querido que nazcan en la misma noche, por lo que sus vidas han quedado unidas. —Observó a todos, que permanecían atentos a su discurso—. He decidido que sea Eileen quien amamante a Gwendal. Vivirá con ella hasta que se destete. —El druida se mantuvo en silencio un instante. Nadie dijo nada en señal de conformidad—. Los dioses la han dejado huérfana mostrando así su voluntad de que sea yo mismo quien la acompañe e instruya a lo largo de su vida. Cuando llegue ese momento vendrá a vivir conmigo. Si alguien tiene algo que objetar, ha de hacerlo ahora.

Yilda dio un paso al frente y rompió el silencio:

—¿Por qué has de ser tú y no Allen?

—¿Qué problema ves en ello? —respondió Quinn arqueando las cejas sorprendido.

—Creo que debería hacerlo él, como con los demás. El sumo sacerdote debe dedicar su tiempo al sacerdocio y a sus pupilos aspirantes.

—Es decisión de los dioses, no mía —rebatió Quinn, tajante—. Vosotros ya estáis muy avanzados, sobre todo tú, y así lo demuestran vuestras túnicas azules. Gwendal no es una niña más; debe recibir el legado druida de nuestros antepasados.

Yilda retrocedió a regañadientes. Sayer se adelantó y tomó la palabra:

—No tengo inconveniente en que Gwendal viva con nosotros mientras sea amamantada por Eileen, si a mi esposa le parece bien.

Eileen se colocó a su lado y habló también.

—Será un honor acogerla en nuestro hogar —dijo orgullosa.

—Cúmplase entonces —sentenció Quinn—. Traed a Perth.

Los amanos, al igual que el resto de sus pueblos hermanos, realizaban sacrificios humanos a los dioses en las ocasiones importantes. Para ello había un orden establecido a la hora de elegir al sujeto: en primer lugar, los esclavos; después, los repudiados y, en última instancia, los miembros de la tribu. Los esclavos se obtenían en las batallas; todo hombre o mujer apresado tras la victoria, siempre que no hubiera dado muerte a ningún miembro de la tribu, se convertía en sirviente del guerrero que lo había capturado para el resto de su vida; pero si este había conseguido abatir a uno solo de los suyos, era decapitado y su cabeza aplastada o utilizada como recipiente para que su espíritu jamás descansase en paz. Los repudiados eran miembros de la tribu que habían faltado gravemente a su palabra, a su honor o roto un pacto de sangre; una vez juzgado y sentenciado por el Consejo de la Tribu, el individuo perdía todos sus derechos y ya nadie lo reconocería como hermano e igual; se le permitiría vivir en el poblado, pero todos lo ignorarían y no podría participar en ninguna actividad; los repudiados terminaban sus días vagando entre los suyos, alienados y alimentados por la caridad en los comederos de los cerdos. Debido a los muchos años de paz, los amanos no poseían esclavos, por tanto, Perth, uno de los repudiados que vagabundeaban por la aldea, fue señalado para dar satisfacción a los dioses. Su falta, aunque grave, tan solo había sido salvar su propia vida. Dos años atrás, Perth caminaba junto al acantilado sudoeste acompañado de Aldair, su hermano de leche y con quien había hecho un pacto de sangre. Se disponían a bajar las ovejas al valle cuando Aldair resbaló y cayó al vacío; consiguió agarrarse a la rama de un árbol que crecía en el abrigo de unas rocas y pedir ayuda. Perth podría haber bajado escalando y ayudarlo, pero el miedo a despeñarse lo paralizó y se quedó mirando mientras la rama se partía. En el juicio celebrado al día siguiente, el Consejo de la Tribu, constituido por los tres druidas y los dos jefes, decidió unánimemente repudiarlo por omitir el socorro.

Aquel día, Perth fue sacrificado para dar satisfacción a los dioses y tranquilidad a la tribu. Los amanos, ajenos a los presagios del druida, retomaron la celebración rellenando cuencos y calaveras mientras este regresaba a su choza bajo la atenta mirada de Melvin y Sayer.

Pausa

Quinn se pasó toda la noche sentado junto al fuego de su hogar. Allí, con la vara de avellano sobre las piernas, revivió intensamente la muerte de Perth una y otra vez; las terribles convulsiones que había sufrido unidas a la gran cantidad de sangre derramada sobre la piedra de sacrificios eran muy mal augurio.

Como responsable último de la tribu, el gran druida debía proteger a su pueblo, y durante horas meditó cómo hacerlo. Cuando las primeras luces del alba asomaron por la ventana, pidió fuerzas a Lugh con las que enfrentar el duro trabajo que les esperaba en adelante.

En ese momento llegaron Melvin y Sayer. Quinn les invitó a tomar asiento a su lado, en el suelo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sayer con gesto de preocupación.

—Anoche observé con claridad los tiempos que se acercan: luchas entre clanes vecinos causadas por la escasez de alimentos.

—Guerras… —murmuró Melvin—. ¿Contra los cántabros o los caristios?

—No puedo saberlo. Quizá contra ambos —dudó Quinn—. Lo único cierto es que vendrán y que hemos de estar preparados.

—¿Has pensado en algo? —Sayer arrugó el gesto.

—Debemos revisar todo el perímetro de la muralla; la fortificación actual no es suficiente. Reforzaremos nuestras defensas.

—¿Toda la muralla? —Sayer parecía no creer lo que acababa de escuchar.

—Así es.

—Una empresa tan grande nos costará años —dijo con pesimismo el jefe de los aldeanos.

—Quinn tiene razón. —Melvin miró severo a sus compañeros—. Si hemos de reforzar la muralla, tendrá que ser por completo. No podemos dejar puntos débiles.

—De acuerdo, pero…

—Calmaos. Lugh está con nosotros, y Gwendal es aún muy pequeña. Quizá tengamos tiempo suficiente.

—En cualquier caso, no podemos iniciar las obras todavía —replicó Sayer—. Hoy da comienzo la cosecha y estaremos muy ocupados hasta Samhain.

—Lo sé —asintió Quinn—. Trabajaremos en la muralla solo durante giamos. Pero este año es crucial que demos comienzo cuanto antes. Convertiremos la puerta principal en un punto estratégico por si se precipitan los acontecimientos.

—Mis hombres y yo podemos hacerlo en solitario —se ofreció el jefe de los guerreros—. El resto se unirían después.

—No será necesario, y tampoco nos convendría —replicó el druida—. Sería terrible que perdiésemos alguno de tus hombres en un accidente. Los guerreros deben dedicarse a preparar la batalla.

—Entonces, ¿cómo lo haremos? —inquirió Sayer.

—Venid. —Quinn se levantó y caminó hacia la puerta—. Os explicaré lo que quiero y la forma en que lo haremos.

Los tres altos cargos del poblado salieron de la choza. Melvin y Sayer siguieron a Quinn hacia la puerta norte.

El acceso norte era un grueso portón de madera encajado en el hueco que dejaba el muro al doblarse sobre sí mismo. Cuando algún forastero deseaba acceder al recinto, los guerreros que lo custodiaban le interrogaban a través de un pequeño ventanuco abierto en el centro.

La idea de Quinn era sencilla. En su lugar, construirían un gran corredor de acceso hacia el campo de piedras que emergían del suelo puntiagudas como armas defensivas, oblicuo con respecto a la muralla, y cuyos muros alcanzarían los diez pies de altura. También instalarían dos puertas, una en cada extremo. A la espalda del muro oeste del corredor levantarían una torre de vigilancia de planta triangular para adaptarse a la topografía del terreno, y de veinte pies de altura para aumentar el campo de visión. Tendría una única entrada frente a la dolina que había a la izquierda del corredor y contaría con accesos al interior del mismo, a la parte superior de los nuevos muros y a la azotea.

Melvin y Sayer escucharon con atención las detalladas explicaciones del druida mientras imaginaban lo que tendrían que construir.

—Cuando esté terminado podremos vigilar toda la llanura y parte de la costa —aseguró Quinn—. Si recibimos visitantes hostiles, quedarán encerrados en el interior del corredor y los guardias podrán atacarles desde los muros o en el propio terreno. Ahora comprenderéis la importancia de empezar inmediatamente.

—El tamaño de la torre es lo que más me preocupa —observó Sayer—. Nunca hemos construido un edificio de tanta altura. Además, la planta intermedia de acceso a la parte alta de los muros, el techo y las escaleras interiores habrá que hacerlos de madera.

—Así es —asintió Quinn—. Y deberás encargarte tú mismo de planificarlo y dirigirlo todo. Me gustaría que esta temporada dejases de lado las cosechas.

—¿Y quién construirá la torre? —preguntó el carpintero. El druida miró a Melvin.

—Como te he dicho, no podemos permitirnos perder a uno solo de tus guerreros. Sin embargo, aún quedan años hasta que tengamos que librar batallas y, para entonces, algunos de ellos podrían ser demasiado viejos. Propongo que los tres guerreros de más edad comiencen la construcción de la torre bajo las órdenes de Sayer.

Los dos jefes permanecieron en silencio con el pensamiento puesto en los razonables argumentos de Quinn. Melvin habló en primer lugar:

—Si Sayer está conforme, yo también.

—Lo estoy —dijo el carpintero—. Pero no esperéis gran cosa. Entre cuatro personas no avanzaremos mucho de aquí hasta Samhain.

—Haced lo que podáis —concluyó Quinn—. Intentaremos terminarla antes de que dé comienzo el próximo samos.

Alcanzado el acuerdo, regresaron sobre sus pasos y atravesaron el poblado hacia el recinto interior de ganado.

Caminaron ladera arriba y se detuvieron en el centro; desde esa posición podían ver prácticamente todo el recinto amurallado.

—Observad la muralla norte —dijo Quinn. Melvin y Sayer aguzaron la vista.

—¿Qué le ocurre? —preguntó el jefe de los guerreros.

—Fijaos en la empalizada de madera. Tiene huecos y algunas partes sueltas, y es demasiado baja. ¿Qué altura tiene?

—Tres pies —respondió Sayer.

—Debemos reemplazarla. Colocaremos una nueva de cuatro pies. De ese modo los muros alcanzarán una altura total de diez pies contando desde el suelo. —Quinn observó sus caras de preocupación ante las dimensiones de la reforma—. Calma. Como os he dicho, lo haremos por fases; este año solo nos ocuparemos de la entrada principal.

Los dos jefes continuaron la marcha colina arriba tras los pasos del druida, camino de la cima más alta. Una vez allí, la rodearon y contemplaron el muro que cerraba el

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