Mar de fuego (Mar de fuego 1)

Natalie C. Parker

Fragmento

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Este libro es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes que

en él aparecen son todos producto de la imaginación de la autora o se utilizan de manera ficticia, y cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, establecimientos comerciales, sucesos o lugares es pura coincidencia.

Título original inglés: Seafire.

Autora: Natalie C. Parker.

Publicado originalmente por Razorbill,

un sello de Penguin Random House, LLC.

Producido por Alloy Entertainment, LLC.

© Alloy Entertainment y Natalie C. Parker, 2018.

© de la traducción: Alexandre R. Brunet, 2018.

© de la ilustración de cubierta: Billelis, 2018.

Diseño de cubierta: Corina Lupp.

Adaptación de interior y cubierta: Lookatcia.com.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2018.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

Primera edición: noviembre de 2018.

RBA MOLINO

REF.: ODBO392

ISBN: 978-84-272-1697-6

DEPÓSITO LEGAL: B.22.057-2018

REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL · EL TALLER DEL LLIBRE, S.L.

Impreso en España · Printed in Spain

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito

del editor cualquier forma de reproducción, distribución,

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Todos los derechos reservados.

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LAS HERMANAS SE PELEAN,

SE PROTEGEN,

Y LUCHAN EN EL MISMO BANDO.

TENGO SUERTE DE TENER UNA COMO TÚ, ROSIE.

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Antes

Caledonia rondaba por la proa de la nave Fantasma mientras esta partía el agua negra por la mitad. Era de noche y el océano solo ofrecía el reflejo del cielo oscuro y la promesa de una tumba fría en sus profundidades.

Rhona, su madre, estaba agachada a su lado, con un rifle afianzado sobre las rodillas, los ojos sondeando la pista de mar que tenían por delante.

—El camino está lleno de peligros, ¿te das cuenta? —le dijo.

Caledonia estudiaba las corrientes buscando señales de posibles rocas, barcos hundidos, remolinos inusuales y repentinos golpes de mar. Rhona era siempre la primera en vislumbrarlos, pero a Caledonia se le daba cada vez mejor.

—Rocas —dijo Caledonia, y sin esperar a que le dieran permiso, se giró y avisó a su padre, que se encontraba en el puente de mando—: ¡Tres grados a babor!

El morro de la Fantasma viró en dirección sur para evitar el inminente peligro. A ambos lados surgieron los contornos familiares de pequeñas islas. Eran las aguas de la desembocadura del Bone, una serie de islas y salientes rocosos que apenas ofrecían refugio a los valientes que se atrevían a navegarlas. Eran traicioneras a la luz del día e infranqueables por la noche, salvo para la madre de Caledonia, Rhona Styx, capitana de la Fantasma. Bajo su mando, se podían transitar como si fueran aguas cristalinas.

A Rhona le gustaba recordarle a su hija que años atrás no era necesario proceder con tanta cautela. Cuando Rhona era una niña, navegó por las corrientes frías del norte, más allá de las imponentes Islas Rocosas, hasta llegar a la desembocadura del Bone sin correr más peligro que alguna tormenta ocasional. Luego, de una forma gradual que pocos previeron hasta que ya fue demasiado tarde, un hombre llamado Aric Athair logró reunir una flota de barcos blindados y armados para robar y matar. Su flota de barcos Bala se desplegaba formando una cadena violenta a lo largo de la única puerta de entrada y salida de esas inmensas aguas. Cualquiera que estuviera en el lado equivocado de la famosa Red quedaba completamente a su merced.

Después de años esquivando a Aric Athair y a sus Balas, y enfrentada a unos recursos cada vez más limitados, Rhona decidió que era la hora de que su pequeña banda perforase la Red. Pasaron meses buscando la mejor manera de hacerlo, estudiando los barcos Bala desde la distancia, y descubrieron que su punto débil era la punta de la desembocadura del Bone, que hasta los barcos de Aric preferían evitar. La nave Fantasma podía lograrlo, pero primero necesitaban alimentos —fruta, nueces y carne, si conseguían procurársela— y llenar las reservas pensando en los mares desconocidos que les esperaban.

Aquella noche se reabastecieron, y la siguiente fue la última en que navegaron.

—Prepárate para ir a la orilla con tu hermano. —La melena roja de Rhona ondeaba hacia atrás, luchando contra el viento.

Un leve estremecimiento enderezó la espalda de Caledonia. Desde los seis años se ofrecía voluntaria para encargarse de las incursiones a la orilla, pero su madre no le había asignado la tarea hasta ese último año. A pesar de que Caledonia valoraba la confianza que su madre depositaba en ella para estas expediciones largas y oscuras, sabía que su hermano las odiaba. Se pasaba la noche entera aterrorizado en la costa, tan lejos de la seguridad que le proporcionaba la Fantasma.

—Deja que me lleve a Piscis. —Caledonia se puso en pie y siguió a su madre—. Formamos un buen equipo. Además, Donnally es demasiado joven para ir a la orilla. Solo tiene doce vueltas.

Rhona soltó su risa de oso pardo.

—¿Lo sabes por experiencia?

Caledonia se imaginó los ojos de Donnally cerrados por el miedo, su boca comprimida formando una raya estoica, tratando de no decepcionar a su madre.

—Sí —respondió.

—Cala, tu hermano solo aprenderá a tu lado —dijo Rhona suspirando, aunque sin beligerancia.

Madre e hija rodearon el puente de mando y, una después de la otra, bajaron por la escalerilla que llevaba a la cubierta inferior. Hasta en la oscuridad sin luna se orientaban perfectamente por la Fantasma. La nave se había convertido en un refugio para las familias que trataban de escapar del yugo de Aric. Al crecer el número de familias, había que transformar a diario cada centímetro de la nave, y así los mástiles servían tanto para sujetar las velas como para tender ropa, los comedores pasaban a ser dormitorios, e incluso en la cubierta se amontonaban los lechos de flores y había dos corrales con cabras. Aunque decenas de hombres y mujeres se encontraban a esa hora en la cubierta principal, la mayoría de la tripulación dormía en las pequeñas cabinas de debajo. Había puestos de vigilancia en la proa, en la popa y en la cofa de vigía a pesar de que, por la noche, en la desembocadura del Bone, la Fantasma nunca se había cruzado con uno de los barcos Bala de Aric. Los Balas eran valientes y despiadados, pero la mayoría carecían del talento para la navegación de Rhona.

Caledonia espiaba a su hermano, agazapado detrás de uno de los cuatro mástiles que adornaban la línea central de la nave, con un abrigo demasiado grande, abombado como una nube gris. Tenía el pelo moreno como su padre, la complexión pálida de su madre y una nariz respingona que le hacía parecer siempre sorprendido.

El tatuaje de una flecha de punta roma, medio coloreado con tinta negra, asomaba por debajo de sus rizos. Caledonia tenía uno parecido dibujado en la sien. Era una tradición de la Fantasma que los padres marcaran a sus hijos con signos distintivos por si eran capturados. Algún día, esa marca tal vez les ayudaría a encontrar a sus familias.

—Me lo llevaré la próxima vez.

Caledonia se sentía culpable. Su madre tenía razón. La única forma de preparar a Donnally para el mundo era llevándole de la mano, pero a veces temía por su hermano pequeño. El ligero destello en los ojos de su madre indicaba que a ella le pasaba lo mismo.

—¡Donnally! —exclamó Rhona— ¡Levanta la mirada, hijo!

Donnally se sobresaltó y se puso en pie como un cohete, desmañado, antes de divisar a su madre y a su hermana. Caminó fatigosamente por la cubierta, reticente, el pelo negro cayendo sobre sus ojos. Cuando preguntó «¿Vamos a la orilla?», lo hizo con unas facciones entrenadas para la ocasión. Pero un atisbo de tensión en su voz le delataba.

—Sí, pero de esta te vas a librar. Cala se llevará a Pi, o sea que os quiero a ti y a Ares en el puesto de vigilancia. ¿Entendido? —Rhona señaló la cofa de vigía.

Donnally asintió con entusiasmo.

—Entendido —respondió mientras sonreía agradecido a Caledonia.

Rhona tomó a su hija entre sus brazos y le plantó un beso en la frente.

—Cumple con tu misión.

—Y regresa a la nave —terminó Caledonia.

Cuando echaron el ancla cerca de una isla a la que llamaban Gem, Caledonia y Piscis estaban listas para partir. Subieron a un bote con arneses sujetos al casco de la Fantasma y lo bajaron al agua como habían hecho tantas otras veces.

Remando a gran velocidad cubrieron la distancia entre la Fantasma y la isla. Piscis había crecido y ahora era algunos centímetros más alta que Caledonia. Debido a su altura, nunca parecía tener miedo. Piscis tenía los hombros anchos y fuertes, la piel de un tono dorado cálido, y llevaba el pelo recogido en cuatro largas trenzas. Mientras remaban, su mirada estaba llena de emoción, pensando en la isla y el botín que escondía. Caledonia, por su parte, estaba pendiente del océano negro.

—Esto está demasiado tranquilo. No me gusta —dijo Caledonia.

Piscis respiró profundamente y devolvió una sonrisa a su amiga.

—Sí, es relajante. Como estar bajo el agua a tanta profundidad que ya no se ve la superficie.

—A eso se le llama ahogarse. Solo a ti se te ocurriría encontrar eso relajante.

Piscis se rio en silencio para no descentrar aún más a Caledonia.

Juntas amarraron el bote en una cala resguardada y lo escondieron entre unas hierbas altas. Las chicas se separaron para ser más eficientes tras acordar reunirse en la cala cuando hubiesen llenado los sacos.

El sendero que bordeaba la orilla era estrecho, y el océano estaba tan oscuro y casi tan plano como el cielo de aquella noche. Caledonia avanzaba por los límites rocosos del bosque apiñando cocos, plátanos y yacas caídos en los sacos de lona que cargaba a sus espaldas. Había tal cantidad que podía permitirse escoger, aunque, cuanta más fruta cogiera, más tiempo podrían navegar. Nadie sabía lo que les esperaba más allá de la Red. Era posible que tuviesen que navegar durante días, o meses, y tenían que estar preparados frente a diversas situaciones. Se decía que pasada la Red había mares abiertos y poblados donde los niños no estaban sometidos a las órdenes de un tirano. Era un mundo que Caledonia no podía imaginar.

La marea estaba baja y las olas perezosas balbuceaban y seseaban en su ir y venir. Dejaban a su paso una estela de arena que brillaba gracias a los caparazones nacarados de los cangrejos cavadores y a las espaldas escurridizas de las medusas varadas en la playa.

Detrás de Caledonia se oyeron pasos, fuertes y apresurados.

El corazón de Caledonia se disparó, sus manos tartamudearon sobre la cinta de uno de los sacos de lona, e instintivamente se puso de cuclillas entre la espesura de las plantas. No habían avistado otros barcos desde hacía millas. Los pasos tenían que ser de Piscis. Seguro.

Pero su cadencia no evocaba la imagen de Piscis al correr, con sus trenzas largas y negras revoloteando.

Las reglas de la Fantasma imperaban incluso lejos de la nave. Número uno: No ser visto nunca. Caledonia se sosegó, colocó los pies en posición y se quitó de encima un saco lleno de fruta. Estaba lista para correr. Lista para luchar.

Los pasos sonaban cada vez más fuertes y más cercanos. Apareció una figura oscura: alta, musculosa, viril. En lugar de pasar de largo, como esperaba Caledonia, se detuvo a pocos pasos de su escondite. Era un chico, con la piel fina bronceada y resbaladiza por el sudor, el chaleco y los pantalones forrados con pistolas y cartuchos de municiones. Sus bíceps estaban marcados por una cicatriz que incluso en la oscuridad parecía de un color naranja brillante, saturada por el Limo que tenía en la sangre. Era un Bala, un soldado del ejército de Aric Athair.

Aric reclutaba a niños y desmantelaba familias para construir su imperio. Las familias rebeldes como la de Caledonia se hicieron a la mar para no ver cómo les robaban a sus hijos y los transformaban en soldados.

Este Bala no era mucho mayor que Caledonia: tenía diecisiete vueltas a lo sumo, pero la marca en su bíceps significaba que ya había matado a las órdenes de Aric.

Caledonia olió la sal de su sudor, el pellizco intenso de la pólvora y un aroma dulce e irreconocible. Se estremeció.

El chico no la vio, no pareció darse cuenta de que estaba tan cerca, agazapada, con los dedos desenfundando lentamente la pistola. En su lugar, hizo lo mismo que ella había estado haciendo hasta entonces. Se arrodilló y empezó a recoger fruta.

Nunca había visto a un Bala de tan cerca. Sus padres habían hecho todo lo posible por mantener la Fantasma lo más lejos posible de la flota de Aric. A lo largo de los años habían dejado atrás a decenas de barcos Bala y recogido decenas de familias de otros barcos y de asentamientos remotos, al tiempo que se mantenían fuera del alcance de sus enemigos.

Regla número dos: Disparar primero.

Tenía la pistola en la mano, el dedo enroscado en torno al gatillo. Cuando el chico le dio la espalda y se arrodilló para inspeccionar un coco, Caledonia lo tenía todo a su favor. Solo iba a necesitar una bala.

Levantó la pistola y salió silenciosamente de su escondite.

El chico se quedó helado y dejó caer el coco mientras levantaba las manos.

—Quienquiera que seas, me rindo —dijo.

Caledonia no respondió; tenía la garganta tensa mientras calibraba si la mejor opción era disparar.

—¿Serviría de algo pedirte que no dispares? —preguntó el chico, mirando hacia delante con los ojos clavados en el océano—. ¿Y si te suplicara clemencia?

—Matarte ya sería un acto de clemencia —le advirtió al Bala.

—Puede ser —respondió con voz lastimera y resignada—. Al menos deja que te vea la cara si vas a matarme.

El pulso de Caledonia se aceleró. No tenía tiempo para estos juegos. Allí donde había un Bala había muchos más. Tenía que encontrar a Piscis y regresar a la nave, y tenía que hacerlo ya. «Dispara», le decía la voz de su madre, pero esta era una regla que, hasta ese momento, Caledonia no había tenido que obedecer.

Sintiendo que vacilaba, el chico se puso de rodillas y se giró para tenerla delante. Seguía con las manos levantadas, pero ahora la estaba mirando.

Asustada, Caledonia dio un paso atrás sin querer.

—Si te mueves otra vez, disparo. —Apuntó a su cabeza.

El chico asintió, con sus ojos pálidos en forma de estrella fijos en el cañón de la pistola. Tenía el rostro alargado, con una mandíbula tan puntiaguda que parecía un arma. Su pelo rubio, saciado de viento marino y sal, enmarcaba su frente como si fuese una corona. Una oreja sobresalía más que la otra, pero el efecto que ello causaba era enternecedor. Caledonia contó dos pistolas atadas a sus muslos, lo cual significaba que había al menos otras dos que no estaban a la vista. En aquel momento tenía el dominio de la situación, pero sabía lo rápido que eso puede cambiar.

—Si tengo que morir, al menos será a manos de alguien encantador. —Sus ojos recorrieron el rostro de Caledonia muy lentamente.

Las mejillas de Caledonia se enardecieron.

—¿Dónde está el resto de tu tripulación?

—¿Puedo señalar?

Caledonia asintió y el chico señaló en la dirección por la que había llegado.

—La nave está anclada en el extremo norte de la isla. Hemos parado para venir a buscar fruta.

—¿Solamente una nave? —preguntó Caledonia.

—Sí —respondió—. Nos dirigíamos a la Red y hemos decidido pasar la noche aquí. Hay mala luna para viajar.

Podía estar mintiendo —probablemente lo hacía—, pero tan lejos como estaba del Holster era posible también que dijera la verdad. Una nave en el lado opuesto de la isla no era una amenaza tan grande siempre que Piscis y ella regresaran de inmediato a la Fantasma.

Pero tenía que hacer algo con este Bala.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

El chico parecía empequeñecerse bajo el peso de la pregunta.

—¿Qué más da si vas a matarme?

—Es verdad, da igual. —El dedo de Caledonia volvió a encontrar el gatillo, y nuevamente se quedó ahí, bloqueado.

Una sonrisa triste hizo que los labios del chico se torcieran.

—Lir. Me llamo Lir. E imagino que serás la última persona en saberlo.

Estaba listo para morir. Y era tan joven. ¿Era lo suficientemente joven como para que le perdonaran la vida? Decían que los niños de Aric no tardaban en sucumbir a la atracción ilusoria del Limo. La adicción hacía que los Balas fueran leales y crueles. También se decía que tropezarse con un Bala solo puede terminar de dos maneras: o mueres tú o muere él.

«Dispara, mi niña valiente», susurraba la voz de su madre.

—Lo..., lo siento —dijo, preparándose para disparar. Le temblaban los dedos.

Sus ojos se agrandaron, sus manos estaban rígidas y extendidas.

—Por favor —dijo—, por favor, muéstrame la clemencia que el Padre nunca tiene con nosotros. Llévame contigo. Sea como sea tu vida, seguro que es mejor que la que nos obliga a llevar él. Por favor, ayúdame.

Precisamente por esta razón la primera regla era disparar primero y no disparar lo antes posible o disparar cuando sientas que estás listo.

Lir quería escapar desesperadamente.

Lir no le había hecho daño.

Lir podía ser el hermano de alguien.

Si hubiese sido Donnally en otra playa con otra chica apuntándole a la cabeza, ¿no hubiese querido que le ayudaran?

—Levántate —dijo Caledonia, bajando la pistola hasta apuntar al pecho.

Lir obedeció y su expresión se suavizó al ver que ella se le acercaba y sacaba seis pistolas y dos cuchillos de las fundas repartidas por los muslos, las pantorrillas y la espalda. De cerca ese olor a pólvora se acentuaba y se mezclaba con un pellizco de algo demasiado dulce. Mantenía los brazos levantados mientras ella hacía su trabajo, registrando con la mirada cada lugar en el que ella le tocaba.

—Por favor —repetía—. Nunca tendré una oportunidad como esta. Por favor, ayúdame.

El océano se precipitaba hacia ellos para luego retirarse, las olas aceleradas al subir la marea. Era la misma marea que se llevaría a todas las familias a bordo de la Fantasma lejos de esa terrible vida que convertía a los niños en guerreros y que hacía que alguien como Lir suplicase en una playa vacía, en medio de una noche sin luna. Podía ayudarle. Y quería ayudarle, pero iba en contra de todo aquello que su madre le había enseñado.

Negó con la cabeza y presionó la boca de la pistola contra el pecho de Lir.

La desesperación del chico afloró en la curva trémula de su boca.

—¿Cómo te llamas?

No era ningún secreto, pero aun así Caledonia frunció el ceño, eludiendo la pregunta.

La sonrisa del chico se volvió triste.

—¿Y si te llamo Farolillo? Parece apropiado.

Sus ojos se levantaron para delinear la forma de su cabello. La sonrisa que dibujaban sus labios la sorprendió. No era la primera vez que alguien comparaba el color naranja brillante de su pelo con los farolillos, pero era la primera vez que se tomaba la comparación como un cumplido.

—Llámame como quieras —respondió ella—. No voy a decirte mi nombre.

—No te fías de mí. Y es lógico, pero te voy a demostrar que puedes hacerlo.

El dedo de Caledonia aprisionaba el gatillo mientras el chico deslizaba una mano dentro de su chaleco para sacar un puñal. La empuñadura era tan pequeña que toda ella cabía en su mano, mientras que la hoja negra asomaba por en medio de los dedos índice y corazón. Se lo acercó con la empuñadura por delante en el poco espacio que había entre ellos.

Caledonia se lo arrancó de las manos, notó el metal caliente por el contacto con su cuerpo, y se lo metió en el cinto.

—¿Merezco ahora un poco de confianza, Farolillo?

Echaba en falta la sabiduría de su madre. Rhona sabría qué hacer en una situación como esta. Sabría hacer lo correcto, aunque ello supusiera correr algún peligro.

Pero Caledonia solo podía recurrir a sí misma.

—Nadie confía en un Bala —respondió—. Pero quizás pueda ayudarte.

—¿Vas a llevarme con tu gente? —sonrió Lir con tristeza, como si supiera la respuesta de antemano.

Regla número tres: No revelar nunca la existencia de la nave.

—No —dijo con determinación—. Pero no voy a matarte.

Lir inclinó la cabeza, la valentía de su rostro transformada en decepción. Incluso en la oscuridad de la noche Caledonia podía ver que su mandíbula estaba tallada con barro y viejas cicatrices. Los ojos le brillaban a media luz, y la boca se le quedó rígida. El destello de esperanza que Caledonia había advertido hacía un instante se había convertido en resignación.

Cuando, a continuación, habló, su voz estaba vacía.

—Deberías marcharte. Regresa a tu nave. Sal de aquí. Yo me esconderé o me moriré, pero lo haré siguiendo mi destino.

Miró en dirección a la Fantasma, deseando que todo fuera tan fácil como llevarse a Lir con ella.

Lir estudió su mirada y se volvió tan adusto y frío como la pistola que ella tenía en sus manos.

—¿Sabes cómo llamamos a esta luna? —preguntó.

—Esta noche no hay luna —respondió Caledonia.

—Es la luna naciente —dijo después de un momento de silencio, sin rastro de aquella triste resignación—. Es un tiempo de potencial y crecimiento. Un augurio de lo que está por venir.

Tocó su mejilla y Caledonia, bajando el brazo, resopló. Una mano se deslizaba entre sus cabellos, una chispa de fuego placentero salía de esos dedos al rozarla.

—Es la luna de los comienzos y los finales. —En su voz había una astucia maliciosa.

Era demasiado tarde. Sabía que si se había dejado un puñal bien podía haberse dejado otro.

Los dedos estrujaron su cabello. Una sonrisa satisfecha apareció dibujada en sus labios.

Y entonces hundió el puñal en sus entrañas.

Lir sujetó la parte posterior de su cabeza. Se aferraba a su cuerpo, mientras la sangre caliente se desparramaba por el estómago. Las rodillas cedieron y la pistola dio un golpe seco al caer al suelo.

—Gracias por tu clemencia, Farolillo —susurró, acompañando el cuerpo suavemente hasta la arena.

Caledonia sentía nauseas por culpa de un dolor que le quemaba por todo el cuerpo.

—Y gracias también por tu nave.

Caledonia gritaba y luchaba por no desmayarse. Si la oían desde el barco, tal vez podrían escapar. Se apretó la herida y notó que tenía arena en la cara, aspereza en los labios. Sabía que por ahí rondaba el dolor, pero lo único que sentía era pánico. Tenía que levantarse, encontrar a Piscis y alertar a la nave. Volvió a gritar.

Pasos. Esta vez los reconoció: eran de Lir, que se apresuraba para avisar al equipo de Balas que acabarían abriendo fuego contra su familia. Buscó su pistola a tientas por la arena hasta encontrarla, y entonces disparó tres veces al aire.

Incluso errando el tiro, los disparos habrían resonado por toda la isla. Su familia habría recibido la alerta. Podrían escapar y, siempre que obedecieran las reglas, era exactamente eso lo que pasaría.

La náusea se suavizó hasta convertirse en un extraño entumecimiento. Todavía tenía clavado el puñal. Un regalo de despedida que a la postre acabaría salvándola. Se puso en pie lentamente, sosteniendo el cuchillo en esa posición para contener la hemorragia, y tambaleándose se dirigió a la cala donde estaba el bote, con la mente puesta en facilitar la huida de la Fantasma.

—¡Cala! —Piscis emergió de entre los árboles, sus largas trenzas balanceándose como si fueran cuerdas—. ¡Oh, aguanta, Cala!

—Balas. —Caledonia apenas pudo articular palabra antes de caer sobre sus rodillas—. Hay que darse prisa.

Piscis asintió con gravedad y arrancó una larga tira de su camiseta. El puñal dolió aún más al salir. Piscis actuó con rapidez, cerrando el vendaje sobre la herida antes de colocar la cabeza por debajo del brazo de Caledonia para ayudar a su amiga a ponerse en pie.

Juntas, las chicas atravesaron el bosque como pudieron, tomando el camino más corto para llegar lo antes posible al pequeño bote que las esperaba. Caledonia intentó correr, pero a cada paso sentía que sus piernas flaqueaban y que le faltaba aire en los pulmones. Sus entrañas le quemaban con solo moverse. Las espinas de las plantas se les clavaban en las piernas y en los brazos como garras, dejando surcos de sangre en la piel. El espesor de la vegetación ralentizaba aún más su avance. Antes de volver a ver el océano entre las ramas de los árboles, el sonido de los disparos rasgó el aire.

Ninguna de las dos habló hasta que llegaron a la cala. El bote estaba todavía ahí, meciéndose con el movimiento de la marea al subir. Pero en aquel instante un barco Bala iluminado se acercaba al lugar donde fondeaba la Fantasma.

Era un buque de asalto con la proa afilada y ranuras a lo largo del casco en las que se cobijaban Balas con bombas magnetizadas. La Fantasma trató de levar el ancla y huir, pero ya tenía el buque de asalto encima. Las bombas planeaban sobre el canal de agua que había entre las naves, cada vez más estrecho. Las explosiones desgarraban el aire mientras los misiles explotaban contra la Fantasma, destripándola al tiempo que el aire entraba en los pulmones de Caledonia cada vez con mayor dificultad.

Las llamas se derramaban por los boquetes abiertos en el costado del casco. Aquello era todo lo que las chicas habían aprendido a temer y a evitar. Sus padres se habían pasado la vida intentando protegerlas de escenas como esa. Y Caledonia les había llevado la desgracia a su puerta.

Los gritos reemplazaron el sonido de los disparos. Caledonia iba dando tumbos, tratando de superar el dolor y de meterse en las aguas poco profundas. Por un momento consiguió avanzar, resuelta a nadar, pero su cuerpo vaciló y acabó clamando al cielo, derrotada. Sus pies se hundieron en la arena, la sal le quemaba las entrañas, y Piscis la agarró por los hombros para devolverla a la orilla.

—¡Caledonia, no! —gritó.

Las dos chicas no podían hacer otra cosa que ser testigos de lo que estaba pasando. Nadie se salvaría.

Duró menos de quince minutos.

El sol despuntaba. Los gritos y disparos palidecían.

Entonces los Balas empezaron la horrible tarea de arrastrar a los muertos hasta su nave y enarbolar los cuerpos asesinados en las puntas de metal que salpicaban la barandilla.

Uno de ellos, colocado en la parte delantera del barco Bala, llevaba un abrigo demasiado grande, abombado como una nube gris. Sus pies colgaban en el aire y Caledonia se atragantó al recordar que unas horas antes había dejado a Donnally atrás.

Caledonia temblaba en la cálida noche. La sangre había calado todo su cuerpo, pero el dolor de la herida apenas era comparable con la presión que sentía en el pecho.

—¿Cómo ha pasado? —susurró Piscis.

Caledonia se desplomó sobre sus rodillas. Negó con la cabeza, incapaz de confesar la verdad a su amiga. Había fallado a su familia y no podía fallarle también a Piscis. Por eso enterró la verdad más allá de su pena, de su culpa y de su rabia.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Piscis, su rostro tostado alumbrado por las lágrimas—. Cala, ¿y ahora qué hacemos?

Caledonia fijó su mirada en el b

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