
UN QUEST no puede confiar en nadie de este mundo… excepto en otro Quest.
Por eso, cuando un Quest, particularmente mamá Quest, me pidió que me retorciera como una galleta de la fortuna y que luego me enrollara como una ensaimada dentro de un armario tan pequeño que sería ilegal meter a tu perro en una jaula del mismo tamaño, confié en que tenía una buena razón para ello. O, al menos, en que lo que iba a robar, fuera lo que fuera, valía la pena.
Si fuera una persona normal, mis piernas habrían estado en coma al momento. Pero supongo que los intensos entrenamientos de flexibilidad de mi madre son útiles para trabajos como este.
Llevaba unas tres horas hacinada allí, en el ala más alejada de la mansión, deslizándome por mi Insta falso. En los últimos meses, las cuentas que siguen a escondidas la vida en las residencias de estudiantes se habían vuelto más adictivas que los K-dramas en Netflix.
A medianoche, cuando la batería bajó al veinte por ciento, tuve que parar. Mi madre me había advertido que no usara el móvil para chorradas; si no me llegaba su mensaje, estaba jodida. Así que, con impaciencia, me dediqué a repiquetear con los dedos enguantados la pantalla hasta que se iluminó.
ATENCIÓN: Rosalyn Quest, invitación al Gambito
Sin embargo, no era el mensaje de mi madre; era un correo electrónico. ¿Me habían respondido por fin de alguno de los cursos de verano para gimnastas? ¿Quizá de aquel para animadoras? Unos días atrás, me había dedicado a enviar correos electrónicos a un montón de universidades preguntando por sus cursos de verano para estudiantes de secundaria. Fue en plena noche; me sentía sola en casa y la idea de pasar semanas en un bullicioso campus universitario con gente de mi edad me pareció estimulante. Ninguna me había respondido hasta ahora. Me estaba empezando a preocupar por si no habían colado los expedientes académicos que había falsificado como una loca para las solicitudes.
Antes de que pudiera desbloquear el móvil, apareció otra notificación en la pantalla. Esta vez sí era de mi madre. Casi como si hubiera sentido lo que estaba a punto de hacer y me hubiera dado un manotazo virtual.
Te toca.
El correo electrónico tendría que esperar.
Abrí la puerta del armario, deslizando los dedos por debajo para aligerar el peso y evitar que las bisagras crujieran. Un truco sencillo, pero que había aprendido antes incluso de saber escribir mi nombre. Eché un vistazo rápido.
El pasillo estaba desierto. Según el reconocimiento de mi madre, esta ala normalmente estaba vacía; ella y las otras doncellas pasaban la mayor parte del tiempo puliendo jarrones en la galería privada de la otra ala. En esta zona había menos vigilancia.
Pasé sigilosamente por las habitaciones de la mansión, con camas con dosel intactas, escasas estanterías y mesillas desnudas. La silenciosa calma debería haber sido inquietante, pero estaba acostumbrada a las casas solitarias. Si hubiese parpadeado lo suficiente, me habría parecido estar en la casa familiar, en Andros.
Los planos que había memorizado me llevaron a través de una sala de estar en el primer piso, donde una cómoda cubierta con marcos de fotos me llamó la atención. Ninguna de las otras habitaciones tenía nada tan… personal.
Cogí la foto más alejada. Un radiante grupo de universitarios posaba en los escalones de un edificio de ladrillo rojo. En la esquina inferior, unas pulcras letras negras rezaban: PRIMER CURSO.
Recuerdos. Relaciones. Podía robar la foto, pero no conseguir ni lo uno ni lo otro. Si quería algo así, tendría que ganármelo. Lejos de casa. Lejos de mi madre.
Me quedé petrificada al oír un leve sonido.
Dejé la foto y me escondí detrás de un sofá. Agachada, desenrollé mi arma preferida. A la familia Quest no le gustan las armas porque hacen demasiado ruido. Mi madre lleva un cuchillo y, según ella, la abuela llegó a tener una colección de jeringuillas con sedantes de acción rápida que lanzaba como si fuera un chef cinco estrellas salpimentando la comida.
No me creía con estómago suficiente para clavarle una navaja, o una aguja, a nadie, así que opté por el brazalete con bola. La cadena es lo bastante larga para poder enrollármela en la muñeca, y el peso que tiene en el extremo, una bola de metal del tamaño de una cereza, encaja perfectamente en el anillo magnetizado que llevo en el dedo corazón. Es menos difícil colarlo en los puntos de control que las navajas, y en mis manos es tan efectivo, aunque no tan letal, como un cuchillo.
Los pasos se acercaban.
Demasiado para ser de un vigilante.
Retrocedí, lista para retorcerle el cuello con mi cadena a quien fuera, pero tuve que ahogar una carcajada. Un gato precioso saltó encima del sofá. Era una siamesa; tenía el pelaje del color de la arena y parecía como si hubiera metido las patas y la cara en ceniza. Parpadeó con esos vivos ojos azules, luego saltó a la alfombra y ronroneó, frotándose entre mis pies.
Volví a enrollarme el brazalete en la muñeca y le rasqué detrás de las orejas. Ella maulló y rodó panza arriba. Acababa de alegrarle el mes.
Cuando era pequeña, devoraba videoblogs sobre adopción de mascotas cuando mi madre estaba mucho tiempo fuera por trabajo. Esto fue antes de que comprendiera que nada ponía un pie en nuestra casa si no tenía sangre Quest, ni siquiera los animales de compañía.
Los gatos siameses son muy conocidos porque son preciosos, pero también se sienten solos fácilmente. Si no tienen compañía, suelen morir pronto. Tenía la sensación de que el dueño de esta aislada casa no le había dado muchas vueltas a lo de traerle un amigo a su gata.
Cuando continué mi camino, me siguió moviendo la cola alegremente. La ahuyenté. Por muy mona que fuera, hacerme con un compañero felino no formaba parte del plan. Me volví y eché a correr. Unas puertas francesas daban paso al siguiente pasillo. Las cerré antes de que la gata pudiera pasar. Maulló tan bajito que me rompió el corazón, y salió corriendo.
Cuando se fue, volví a abrir las puertas por si acaso pasaba algún vigilante y notaba el cambio.
Los planos que tenía en la cabeza me llevaron a una habitación con las cortinas abiertas. Las estrellas y la luna de Kenia arrojaban la luz suficiente para ver que se trataba de una estancia bastante corriente. Muebles pulcros. Paredes decoradas con buen gusto. Una cama en la que nadie había dormido nunca. Otra habitación para fantasmas.
En la mesita de noche había un jarrón solitario.
Porcelana del periodo Qianlong, de alrededor de 1740. Valor estimado: irrelevante. El único precio que importaba era la suma que nuestro cliente había ofrecido por quitárselo a su rival y añadirlo a su colección. La semana pasada, este jarrón estaba expuesto en la galería privada que había al otro lado de la mansión.
Hasta que mi madre empezó a trabajar allí como criada.
Dijo que era un trabajo rompecabezas. Pieza por pieza, introdujo fragmentos de una réplica y la ensambló dentro. Para alguien tan habilidoso como ella, cambiar el jarrón verdadero por el falso fue un juego de niños. Desafortunadamente, al propietario le preocupaba que lo robaran, y con razón. Los vigilantes registraban al personal a diario antes de que se marcharan. Mi madre podía mover el jarrón dentro de la casa, pero no sacarlo.
De eso me encargaría yo.
Saqué el estuche que mi madre había dejado debajo de la cama. El acolchado del interior era perfecto en caso de impactos. Consejo profesional: si no tienes forma de sacar el artículo intacto, no te molestes en absoluto.
Algo traqueteó dentro del jarrón cuando lo cogí. Al volcarlo, una cadena de diamantes fue a parar a la palma de mi mano. Puse los ojos en blanco. Mi madre tiene tantas pulseras de diamantes que, si se las pusiera todas, la verían desde Marte. Cuando le preguntaba por qué tantas, simplemente respondía: «¿Por qué no?».
Había un puntero láser en un lateral del estuche. Incliné el rayo hacia el sensor de movimiento que había a un lado de la ventana. Dato curioso sobre estos aparatos: puedes engañar a la mayoría de ellos con un puntero láser de cinco dólares comprado en Amazon. Solo detectan movimiento cuando algo interrumpe el rayo que los une, así que me aseguré de que vieran mi láser como una extensión propia apuntando directamente al sensor mientras salía. Las cosas simples siempre funcionan. Lo habría pasado peor si hubieran asegurado la ventana con clavos. Un poquito de nada peor.
En unos sesenta segundos, estaba en el alféizar como Spider-Girl. Sujeté el estuche con fuerza entre los muslos, y estaba a punto de cerrar la ventana cuando algo irrumpió en la habitación.
Algo desesperado por salir.
La gata pasó de un salto junto a mí, fue directa al césped y aterrizó…, bueno, pues como un gato. Por suerte, no había dejado de apuntar al sensor con el láser, porque entonces lo habría tenido crudo.
Maullaba sin parar, rogándome que bajara a jugar con ella. Era persistente, de eso no había duda.
Con la ventana ya cerrada, descendí por los ladrillos de la pared hasta la cámara que enfocaba al césped. Tenía diez segundos antes de que girara hacia mí. No había tiempo para sutilezas. Arranqué el más grueso de los dos cables que la conectaban a la pared. La cámara se detuvo a medio camino, y ahí se quedaría hasta que alguien viniera a arreglarla. Con suerte, eso no sería hasta mucho después de que me hubiese ido.
La gata seguía maullando a todo pulmón.
—Vale, ya voy —le dije.
Y ahora estaba hablando con gatos. Pero la cámara solo grababa vídeo (mi madre se había apuntado los números de serie de todas para que pudiéramos buscar sus especificaciones previamente), así que tampoco podía oírme nadie.
Salté al suelo. La gata se frotó de nuevo contra mis piernas. ¿Cómo iba a resistirme? La cogí con el brazo que no sostenía el estuche y dejé que se me acurrucara en el pecho.
Me dirigí rápidamente hacia los cortacéspedes industriales que esperaban en fila a que amaneciera. El pequeño compartimento de un metro por medio metro que había bajo el asiento del conductor, justo encima del motor y detrás de las bolsas de fertilizante, iba a ser mi suite durante las próximas horas.
Miré hacia el horizonte, donde la ondeante hierba de la sabana y los arbustos trepadores se encontraban con un cielo salpicado de estrellas. En momentos como aquel, entendía por qué mi familia llevaba tres generaciones enamorada de una profesión tan nómada como la nuestra.
Pero no siempre había noches estrelladas y brisas frescas.
—Sabes que no puedo llevarte conmigo. —La gata emitió un suave chasquido cuando le hice cosquillas encima de la cola—. Al menos tienes unas vistas bonitas, ¿no crees?
Ella maulló, y tal vez me estaba volviendo loca, pero sonó como si dijera: «¿Hablas en serio?». La dejé en el suelo y aparté las bolsas de fertilizante antes de apretujarme en el compartimento, con el estuche aferrado al pecho. Olía a gasolina y humedad. Pero era lo que había. Mi madre me diría que pensara en un nuevo portátil. En trenzas de quinientos dólares. O en bambas personalizadas, que nadie excepto ella y mi tía me verían llevar.
Volví a colocar las bolsas de fertilizante en su lugar, pero la gata se metió por un pequeño espacio entre dos de ellas. Se acomodó encima del estuche, sobre mi pecho, sin dejar de ronronear y maullar.
—Quieres que te robe a ti también, ¿es eso?
Ella me lamió la mejilla. Vale, podía quedarse. Solo un rato. Me pregunté cuánto tiempo tardaría su dueño en darse cuenta de que no estaba, si se daba el caso de que también la robara a ella.
Desde mi escondite capté un destello de luz. No, dos luces. Alguien estaba de ronda por el jardín. Llegaban pronto… ¿Acaso se había activado alguna alarma? ¿Se habían dado cuenta de lo de la cámara?
El ronroneo de la gata sonaba como un ventilador eléctrico. Quería callarla, pero ¿cómo callas a un gato?
Extendí la mano para desenrollarme el brazalete. Parecía que venían hacia mí. ¿Cómo diablos iba a salir de este lugar lo suficientemente rápido como para saltar sobre ellos?
Mierda.
—Nala… —llamó un hombre chasqueando la lengua, y lo oí agitar un tarro con pienso—. ¿Dónde estás, pillina?
Mierda y mierda.
Traté de sacar a Nala de un empujón, pero volvía a subirse al estuche, ronroneando sin parar y maullando.
Entonces recordé algo más sobre los gatos siameses: también son la raza más parlanchina.
—La oigo —dijo otro hombre—. ¿Cómo ha salido?
El otro tipo resopló.
—No tengo ni idea. Esta estúpida gata no hace más que tratar de escapar. La meteremos en un armario hasta que regrese el jefe.
Deseé con todas mis fuerzas que Nala se callara. ¿Por qué no se había escapado después de salir por la ventana? Podría estar muy lejos ya. La idea de que la encerraran en un armario, aterrorizada, durante días o semanas me remordió la conciencia. Si se callara, me la llevaría. Al diablo con lo que dijera mi madre.
Pero no se callaba.
Y se estaban acercando.
«Lo siento, Nala». Retorcí un brazo hasta sacarme el puntero láser del bolsillo trasero. Enfoqué el pequeño punto rojo sobre el estuche, y al instante se le dilataron los ojos y se le tensaron los músculos. Reflejos de gato: activados. Los haces de luz de las linternas se alejaron de los cortacéspedes por una fracción de segundo y, sintiéndome peor de lo que esperaba, apunté el láser hacia la pared de la mansión. Nala salió disparada por el jardín hacia el punto de luz, justo a la vista de sus perseguidores.
—¡La tengo!
Los desesperados bufidos de la gata llenaron la noche. Peleó con uñas y dientes, pero al final la atraparon.
Las luces se desvanecieron y, con ellas, todo lo demás, excepto mi propia respiración.
Odiaba lo que le había hecho a esa gata. Pero debería saber que no puedes confiar en nadie.

LAS PRIMERAS PALABRAS que salen de la boca de mi madre después de un trabajo nunca son «¿Estás bien, Ross?», sino «¿Lo tienes?».
Salí rodando del cortacésped y aterricé a los pies de mi madre. No importaba que hubiese estado a punto de morir de calor ni que casi me hubiese asfixiado con el humo del cortacésped durante la última media hora, cuando el aparato se puso en marcha. Estaba bien. Si estaba viva y con ella, entonces estaba bien. El objetivo era lo importante.
—Mira qué hija más modélica tengo —se burló mi madre, abriendo el estuche y examinando el premio. No parecía para nada ella con el mono de jardinera, muy diferente de su atuendo habitual de isleña malota y refinada; ni siquiera cuando sacó la pulsera de diamantes y se la puso en la muñeca.
Mi madre suspiró, observando cómo centelleaban los diamantes bajo la luz de la mañana. Tenía que admitir que le sentaban bien. Era guapísima y glamurosa. Llevaba larguísimas y sofisticadas pestañas postizas. Tenía las caderas anchas y una cintura estrecha que le encantaba acentuar; todo lo contrario a mí, que soy de constitución larguirucha. Era algo histriónica, no del tipo abrigo de piel y tacones de aguja, pero sí lo bastante como para atraer todas las miradas cada vez que íbamos a algún lugar donde realmente pudiera exhibirse.
De ahí su amor por los diamantes. Cualquier cosa que pudiera hacerla brillar más.
Mi madre me plantó un beso rápido en la frente. Olía a hierba cortada y a gasolina, pero seguro que yo olía peor.
—Modélica como mi madre —dije, porque sabía que le encantaría escucharlo, y salté al asiento del conductor, dejándole espacio a ella también. Con una sonrisa de satisfacción, probablemente más por el cumplido que por el trabajo bien hecho, puso en marcha el cortacésped y nos dirigimos hacia el límite de la propiedad, donde esperaban un todoterreno, agua y aire acondicionado lo bastante frío como para hacerme llorar de alegría.
Pegué la frente a la salida del aire acondicionado del coche.
—¿Qué te parecería si la próxima vez vamos a un lugar más fresco? —comentó mi madre. No le pasó desapercibida mi adoración por el aire frío que se colaba a través del volante del jeep—. Tal vez el sur de Argentina. O los Alpes, ¿qué me dices?
—Literalmente, acabamos de terminar un trabajo. Por no hablar de los Boschert.
Me había enterado de que no estaban muy contentos con nuestros últimos trabajos en Dinamarca e Italia, que habían desbaratado sus intentos de hacerse con la exclusividad del mercado negro de lujo en Europa. En el mundo de los ladrones, solo podía haber un imperio familiar que manejara el cotarro, o al menos uno por continente.
Obligándome a recostarme, cogí el cargador y conecté el móvil, que estaba muerto. La mirada de reojo de mi madre me dijo que no lo aprobaba. Estábamos teniendo una conversación, así que debería prestarle atención.
—Menos mal que preferimos que nos cojan robando bisutería a preocuparnos por lo que quieren los Boschert —soltó, y me arqueó una ceja perfectamente perfilada, así que asentí como esperaba.
De repente tuve una idea.
—Me refería a que si quieres que aceptemos más trabajos en Europa, tendría sentido que alguien se encargara de hacer contactos por allí. Quizá sería una buena oportunidad que fuera al instituto un tiempo, como tapadera.
Contuve la respiración. Seguro que había formas más sutiles de volver a sacar el tema de mi partida. No había estado jamás en ningún lugar sin mi madre o mi tía, y había estado en muchos lugares. Hacía unos meses que había cumplido diecisiete años, la edad a la que el resto de los bahameños se gradúan en el instituto, y pensé que entonces ella comenzaría a ser menos…, en fin.
—Mmm, o no —sentenció mi madre, y miró al frente, hacia el tramo vacío de carretera y las praderas de la sabana. Esperé una explicación, algún razonamiento, algo. Pero, en lugar de eso, dijo—: Una vez que estemos en casa, descansaremos y veremos alguna serie cutre durante toda una semana, ¿de acuerdo, cariño?
—Eso suena genial —respondí, forzando una sonrisa.
Satisfecha, eligió una lista de reproducción en el móvil y subió el volumen. Se encendió la pantalla del mío. Un correo electrónico. De uno de los cursos de verano.
Incliné el móvil para que mi madre no lo viera mientras leía.
Estimada Rosalyn:
Gracias por inscribirte en nuestro Campamento de Verano para Gimnastas de Alto Rendimiento. Nos complace invitarte a la segunda convocatoria (del 1 al 28 de julio) o, si no es demasiado tarde, nos queda un hueco en la primera (del 2 al 29 de junio). Como curso de renombre nacional, estamos encantados de contar cada verano con docenas de talentosos atletas jóvenes con ganas de entablar amistad con compañeros de su especialidad deportiva. Esperamos que elijas unirte a nosotros para esta experiencia única.
El mensaje seguía hablando sobre el alojamiento y las tarifas, e incluía también la información de contacto. Cuanto más leía, más difícil me resultaba controlar la expresión. Mis expedientes académicos de mierda y los falsos resultados de competición habían funcionado. Podría ir… incluso dentro de una semana si quería. Estábamos a 26 de mayo.
Nala debería haber escapado de los vigilantes cuando se le había presentado la oportunidad. Ahora estaba atrapada. Yo no iba a cometer el mismo error.
Respondí. ¡Me encantaría ir!
Con la música a todo volumen, mi madre rapeó al ritmo de la canción mientras me animaba con empujoncitos a que me uniera a ella. Como de costumbre, fruncí los labios e hice ver que me resistía antes de caer. Cuando llegó a un verso que hablaba sobre los pedruscos de la muñeca, sacudió su nueva pulsera y me reí. Por fuera, todo era igual. El mismo subidón tras un trabajo. Tanto para ella como para mí. Pero no sería así para siempre. Sentí como si acabara de cambiar el rumbo de mi vida en sus narices, y ella no se hubiera dado ni cuenta.
Revisé mi bandeja de entrada. ¿Dónde estaba ese mensaje que había recibido antes de que mi madre me enviara el suyo? Qué raro. A menos que estuviera en mi correo electrónico personal…
La cuenta negra. El correo electrónico donde le llegaban los trabajos a mi familia. Accesible solo a través de la web profunda, cien por cien a prueba de piratas informáticos e imposible de rastrear: así fue como mi madre me lo explicó a mí cuando yo tenía ocho años. Se necesitaba un código incluso para acceder a la bandeja de entrada. Yo nunca tenía notificaciones de la cuenta negra. Era imposible.
Tecleé los cinco dígitos de acceso a la cuenta.
Allí estaba el mensaje. Todavía sin abrir. Mi madre no debía de haberlo revisado todavía.
Se me hizo un nudo en la garganta. ¿Alguien había enviado un correo electrónico a la cuenta negra solo para mí?
Hola, Rosalyn Quest:
Felicidades por ser una de las elegidas. Está invitada a participar en el Gambito de Ladrones de este año.
El torneo comenzará dentro de una semana. Prevemos que durará una quincena. Por favor, contacte con nosotros para poner en marcha los preparativos.
Los organizadores

GAMBITO de Ladrones. Un torneo. Días después, de vuelta en las Bahamas, donde debería haber estado agobiada dándole vueltas a mi escapada al campamento de verano, las palabras de la invitación me resonaban en la cabeza como dados en un cubilete de póquer.
Digo yo, porque nunca había jugado al póquer con dados. La noche de juegos en familia perdió la gracia cuando mi madre se negó a dejar de hacer trampa.
Sea como sea, fue suficiente para distraerme de mis entrenamientos de agilidad. Llevaba en el gimnasio más de una hora —lo cual es un buen alivio del estrés— tratando de saltar desde una caja de un metro cuadrado hasta otra situada a dos metros de distancia. El mes pasado fijé mi propio récord en un salto de metro y medio. Después, mi madre me dijo que ella a mi edad podía saltar dos metros y medio.
Manteniendo el equilibrio, doblé las rodillas y lo intenté de nuevo. En el momento en que despegué los pies de la caja, supe que la había cagado. Me faltó impulso. Resbalé en el borde y la gravedad fue más rápida que yo. Me estrellé contra las colchonetas.
Resoplé, apartándome una trenza de la cara. Una sombra se posó sobre mí. La tía Jaya miraba hacia abajo con las manos en sus anchas caderas. Para ser diez años más joven que mi madre, se parecía a ella una barbaridad. Si entrecerraba los ojos, podría jurar que era ella frunciéndome el ceño, con esos gruesos labios tan característicos de los Quest.
—¿Se puede saber qué te pasa? —me riñó, sin ayudarme a levantarme. Nadie echaba una mano en la familia Quest—. Son esos absurdos zapatos que llevas. Te hacen tropezar.
Miré las bambas que llevaba aquel día. Unas exclusivas Converse blancas con cientos de diminutas hojas doradas cuidadosamente bordadas en la tela, pintadas a lo largo de las costuras de goma y grabadas en las suelas, con brillantes cordones dorados a juego. Mis bambas eran preciosas. Mi tía tenía cero gusto para estas cosas.
—Eso me ofende personalmente, tía. Pero me ofende todavía más que pienses que me compraría algo que no me permitiese moverme —le solté.
Ni que coleccionara zapatos de tacón o botas de plataforma. Mis Converse eran perfectas para entrenar.
—Entonces, ¿a qué se debe esto? Vamos, cuéntale a tu tía lo que te está distrayendo. —Lo dijo como si le molestara tener que preguntar; pero parecer demasiado guay para tener una conversación era solo su modus operandi. Mi tía siempre aparecía cuando la necesitaba, y me conocía lo bastante bien como para saber que cuando me decía en un mensaje «¿Qué te pasa
?», era porque había algo de lo que yo quería hablar. Y en aquella isla, tan rural que las tiendas eran las propias casas de la gente y podías sentarte en el empedrado de la carretera todo el día y ver más jabalíes que coches, las personas con quienes hablar, aparte de mi madre, eran pocas o estaban muy lejos.
La tía Jaya ya estaba allí esperándonos cuando nuestro avión privado nos llevó a casa.
—¿Alguna vez has oído hablar del Gambito de Ladrones? —pregunté. Era la primera vez que decía esas palabras en voz alta, y sonaban tan extrañas como en mi cabeza. ¿«Ladrones», en plural? Era un oxímoron. Los ladrones no quedan unos con otros.
La tía se tensó como si fueran a darle un puñetazo en el estómago.
O sea, que sí que había oído hablar de eso.
Me senté, apoyándome en las palmas de las manos.
—¿La organización te ha enviado una invitación?
—Hace una semana. ¿Cómo sabes que es una organización? ¿La conoces?
—¿Qué le dijiste? ¿Respondiste? —preguntó, ignorando por completo mis preguntas.
Arrugué la nariz.
—Sé que no se deben responder mensajes extraños en la cuenta negra. Lo eliminé en cuanto lo vi.
Mi tía se relajó. No llegó a recibir ese puñetazo en el estómago.
—Bien.
—Me toca. ¿Quién diablos es la organización y por qué tú los conoces y yo no?
Me puse de pie con una acrobacia. Mi tía, mi madre y yo medíamos más o menos lo mismo, así que me quedé a la altura de sus ojos. Si antes tenía curiosidad, ahora estaba ansiosa por saber. Se suponía que no había secretos en esta familia.
La tía chasqueó la lengua para ganar tiempo.
—Son solo un montón de ricachones que se creen alguien y que organizan el Gambito una vez al año más o menos. Eso es todo lo que yo sé sobre ellos.
Todo lo que ella sabía. ¿Significaba eso que mi madre sabría más?
La forma en que había evitado el contacto visual me hizo pensar que el tema se había omitido deliberadamente hasta entonces, y, por lo tanto, obtener más información sobre dicha organización iba a ser una tarea ardua, así que fui por otro lado.
—¿Y el Gambito es…?
Por un segundo, me pareció que no iba a contármelo.
—Es un torneo, un torneo para ladrones. Algo así como… una yincana secreta e ilegal —respondió, pasándose las trenzas por encima del hombro antes de alejarse tranquilamente. De camino, sacó un par de esposas de una caja de materiales llena de todo tipo de candados de práctica.
La seguí.
—¿No queríais que participara en una yincana ilegal organizada por un exclusivísimo club secreto?
—He dicho como una yincana, no que lo sea. No te equivoques, esto no es el Grand Prix —me advirtió mientras se sacaba una horquilla del pelo y se ponía con las esposas—. Por lo que he oído, siempre hay alguien que acaba ensangrentado. Eso, si consiguen llegar al final.
Las esposas se abrieron y mi tía me señaló las manos con un gesto. Se las ofrecí sin pensar y me ató una a la muñeca.
—¿Por qué iba nadie a participar, entonces? ¿Les pagan por matar? —Los ladrones nunca hacen nada gratis.
—Más bien los premian —respondió mi tía, que me dio la vuelta y, de un golpe seco, me puso las esposas en la otra muñeca, sujetándome las manos detrás de la espalda. Por instinto, pasé los brazos hacia delante como si saltase a la comba, y me saqué una horquilla de las trenzas. Tenía las suficientes para construir una pequeña torre Eiffel—. Dicen que el ganador… —continuó mi tía— obtiene un deseo.
Ladeé la cabeza hacia ella.
—¿Un deseo? ¿En plan estrella fugaz?
—Las estrellas fugaces no conceden deseos. El dinero sí —espetó, chasqueándome los dedos en la cara—. No te distraigas.
Correcto. Las esposas. Deslicé la horquilla dentro de la cerradura y busqué el mecanismo de bloqueo.
Mi tía frunció el ceño.
—Podrías habértelas quitado más fácilmente sin la horquilla…
—No voy a dejar que me rompas el pulgar, tía.
Una de las esposas se abrió con un clic, sin necesidad de romper ningún hueso. Mi tía llevaba años queriendo enseñarme a dislocarme los huesos, pero era una línea que prefería no cruzar.
—Solo duele las primeras veces —insistió. Abrí la otra cerradura y dejé caer las esposas sobre la mesa. Ella me estudió—. No le has contado a tu madre lo de la invitación, ¿verdad?
Había un «¿por qué?» escondido en sus palabras. Tratando de ignorarlo, fui a recolocar las cajas para intentar otro salto.
—Está ocupada —le dije—. Planeando el próximo atraco y todo eso. Ya sabes.
«Y tengo pensado escabullirme dentro de unos días…». Por curiosa que fuera una yincana para ladrones, no quería distraerme con ello ni con ninguna otra cosa a la que mi madre quisiera arrastrarme. Una yincana clandestina no me iba a ayudar a hacer amigos, y menos si implicaba a un grupo de artistas del engaño.
—Mmm —murmuró. Puede que la tía Jaya me conociera bien, pero yo también a ella. Traducción: «Vuelve a intentarlo».
Suspiré y, en lugar de volver a subirme a la caja, me senté sobre ella. La sala de entrenamiento estaba llena de todo tipo de materiales de práctica: cajas fuertes, dianas, maniquíes para trabajar las llaves de brazo y de cabeza, cajas llenas de cuerdas con diferentes nudos para deshacer… Pero esta no era la única sala que insinuaba el negocio de mi familia. La casa estaba llena de objetos, nuestro botín, de todas las décadas y continentes. Ya conocía todas sus historias desde que tenía cinco años. El abuelo robó ese libro de un estante de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. ¿Ese bodegón? Estaba guardado en los sótanos del Louvre hasta que llegó la tía abuela Sara. ¿Las monedas del cuenco donde dejamos las llaves? La tía se las birló al secretario de Estado de Uganda. La casa está llena de pequeños recuerdos, muchos de ellos de cuando el resto de mi familia también vivía aquí. Eso fue antes de que mi madre tuviera la infame pelea con ellos, esa de la que todavía no había obtenido una explicación; pero que, al parecer, fue tan gorda que incluso sus padres decidieron que no querían saber nada más de ella, excepto para asegurarse de no coincidir en el trabajo. Si hubiera de quién esconderlo, diría que el botín estaba escondido a simple vista.
Toda la maldita casa era un paraíso para los ladrones. Una forma de recordarme para qué había nacido. El trabajo, la familia; eso debía ser lo único por lo que vivir.
Pero no todo eran recuerdos y botín.
Cada semana había nuevas cerraduras que forzar en la nevera y en los armarios. Las llaves del coche se perdían, por lo que tenías que hacerle un puente si querías ir a algún sitio. Por no mencionar las muchas veces que mi madre me bloqueaba todos los dispositivos electrónicos y la única forma de obtener el nuevo código era robándoselo cual carterista. Vivir sin ellos en esta isla era un verdadero infierno. Mi madre decía que nuestra familia llevaba este estilo de vida porque era liberador. Sin límites. Divertido. Claro, los trabajos podían serlo, pero el resto del tiempo…
No podía pasar otro año sola, en este aislamiento. Confiar en otros miembros del sector que no fueran de la familia era imposible. Las opciones eran quedarme encerrada aquí o dejar esta vida y hacer amigos normales. Estaba dispuesta a renunciar a la euforia de los atracos semanales por eso.
La pregunta de mi tía aún flotaba en el aire. ¿Por qué no se lo había contado a mi madre?
Me limité a encogerme de hombros, jugueteando con el extremo de una trenza.
—¿Qué pasa si quiero descansar un poco de todo el rollo de los robos?
—¿Será que hay algo que quieras hacer en ese descanso? —dijo suavemente, como si con el volumen y el tono correctos pudiese sonsacarme la verdad.
Me crucé de brazos. Obvia o no, la táctica estaba funcionando. Había algo en mi tía, tal vez que era más joven que mi madre, que la hacía menos intimidante. Quizá podía contarle mi plan de huida. Podría plantearlo como si quisiera aprender en el campus algo útil para la familia, para no quedar como una desagradecida que abandona la seguridad de la poderosa familia en la que ha tenido la suerte de nacer. Ella podría ayudarme a planteárselo a mi madre.
El sonido de unas sandalias resonando por el pasillo me sacó de mis pensamientos. Un recordatorio: mi madre siempre estaba escuchando. Al menos, mientras yo estuviera en la misma casa que ella. Solté lo mejor que se me ocurrió:
—No quiero nada más que mi familia. ¿Qué sería de mí sin vosotros?
—Te aburrirías, serías pobre, no vivirías en Paraíso, una de las islas más hermosas del mundo… —enumeró. Mi madre entró vestida de pies a cabeza según la moda caribeña: tejanos de tiro alto y una blusa rojísima de hombros descubiertos. Terminó de escribir algo en su teléfono antes de honrarnos con toda su atención—. ¿De qué están hablando mis pequeñas? ¿Pesadillas?
Contuve la respiración. Por suerte, no parecía que mi tía fuera a contarle lo de la invitación al Gambito. Me di cuenta, por la forma en que se apoyó un puño en la cadera y miró a mi madre, entrecerrando los ojos, de que no pensaba delatarme.
—¡Deja de llamarme así! Solo tienes una hija, y no soy yo.
—Oh… —la arrulló mi madre—. Mi muñequita tiene un berrinche.
Le pellizcó las mejillas y mi tía la apartó de un manotazo. Al parecer, cuando eran pequeñas mi madre veía a su hermana como una muñeca de carne y hueso. Cuando mi tía tenía cinco años, mi madre, que tenía doce, la convenció durante todo un mes de que no era una niña real, sino una muñeca. Veintisiete años después, todavía se mete con ella por eso.
Mi tía tensó la mandíbula y se marchó furiosa.
—No deberías meterte tanto con ella —dije—. Le molesta de verdad.
Mi madre bufó con sorna y se sacó un poco de tierra de debajo de una uña.
—No tienes hermanas. No lo entiendes.
Eso me dolió. Sin amigos, sin padre y también sin hermanos. Al menos dos de esas cosas eran culpa suya.
Al instante sentí un remordimiento por ese último pensamiento, pero lo sofoqué. No era justo estar resentida con mi madre por todo el tema de mi padre. Todo lo que me contó sobre su sexualidad es que nunca tuvo relaciones, así que optó por los donantes de esperma. De todos los hombres del mundo, tuvo que elegir al que moriría un par de semanas después de entregar su primera muestra. Alguien a quien yo nunca podría buscar y que no vendría preguntando por los niños que hubiesen nacido de su donación. Mi madre juró que no se había enterado de su muerte hasta que ya estaba de tres meses, y yo sabía que no mentiría sobre un tema así. Pero, aun así, era algo que siempre tenía en la cabeza cuando necesitaba una razón para estar enfadada con ella.
Mi madre miró las cajas que estaban detrás de mí.
—¿Dos metros?
—Casi —respondí avergonzada.
Ella asintió y luego se puso frente a mí. Aunque ahora medíamos lo mismo, seguía pareciéndome más alta. Lo suficiente como para darme uno de esos abrazos en los que me levantaba y me daba vueltas cuando era pequeña. Me llegó el olor a coco de su crema hidratante y, por un segundo, realmente me sentí como si fuera una niña otra vez. Tal vez fue una especie de reflejo condicionado de Pavlov, pero olerla y dejar que me colocara una trenza detrás de la oreja me llenó de consuelo. Seguridad. Era mi madre. Si quería algo de veras, ¿no debería ser capaz de preguntarle y ya está?
Tenía la lengua seca, pero hablé de todos modos.
—¿Sabías que la Universidad Estatal de Luisiana tiene uno de los mejores programas de gimnasia de Estados Unidos? Apuesto a que sus alumnos pueden hacer un salto de dos metros sin problemas.
Mi madre se tensó y luego se alejó, lentamente.
La cálida mirada de madre amorosa se había ido.
No debí haber dicho nada.
—Venga ya, Rossie —se quejó, más molesta que cualquier otra cosa.
—¡No sé cuál es el problema! —insistí—. Tengo diecisiete años. Toda la gente de mi edad en la isla pronto comenzará la universidad.
—¿Y cómo sabes eso?
—¡Tienes razón, no lo sé, porque no conozco a nadie!
Años y años taladrándome con lo mismo: «No, no puedes acercarte a casa de los vecinos». «No, no puedes ir al instituto». «No se puede confiar en otras familias».
Sí, lo entiendo. Revelar todo el asunto de la familia de ladrones e incluso hacerme amiga de la gente de la isla no era lo más inteligente, y había aprendido hacía mucho tiempo que nunca jamás debía confiar en nadie que se dedicara a la misma profesión que nosotros. Pero ¿tan peligroso sería conocer a otras personas si me marchara y fingiera ser una oveja más del rebaño en un país completamente diferente y sin bajar la guardia?
—Conoces a mucha gente —insistió mi madre—. A mí, a Jaya, y a la abuela y el abuelo solo tienes que llamarlos. Y a mi tía Sara.
¿Se daba cuenta de que en realidad eran muy pocas personas? Sin mencionar el hecho de que, de entre todas ellas, yo era la única menor de treinta años. Me crucé de brazos.
—Ellos no cuentan. Eso es solo la familia. No es suficiente… —Traté de detenerme, pero las palabras se me escaparon antes de darme cuenta de lo que estaba diciendo. Miré a mi madre de inmediato. La curvatura de sus labios me indicó lo que ella había escuchado exactamente: «No eres suficiente»—. No quería decir…
Se puso un dedo sobre los labios. Me callé.
—Rosalyn —comenzó—, la familia nunca te abandona. La familia no te miente. Puedes confiar en la familia. Mira lo que hacemos para ganarnos la vida. Todo el mundo quiere algo, muchas veces cosas que pertenecen a otras personas. La gente te manipulará como a una marioneta para obtener lo que quieran de ti. Aquellos que consideras tus amigos, las personas en las que crees que puedes confiar, te romperán el corazón sin pestañear. Tú eres más inteligente, hija. Y si aún no lo eres, yo sí soy lo bastante inteligente para tomar esa decisión por ti. Porque te quiero. Así que no, no irás a ningún lado. No sin mí. Punto. Se acabó.
Era definitivo. La decisión estaba grabada en piedra, y se había pronunciado el veredicto. Sin interrogatorio. Ningún testimonio por mi parte. Apreté la mandíbula hasta que me dolió. Un calor me burbujeaba en el pecho. Pero no tenía nada que ver con la ira; no iba a empezar a tirar cosas.
Y si iba a seguir el Plan B, el plan «que le den a lo que quiere mi madre, voy a hacer lo que me dé la gana a mí», entonces debía mantener la calma. Que no se me escapara nada.
Nos miramos a los ojos. Mi madre esperaba una respuesta. Me obligué a asentir, y ella, radiante, se colocó las manos debajo de la barbilla y sonrió como si lo que acababa de echar por tierra no fuera gran cosa.
—Buena chica. Bueno, ¿y dónde está esa mochila negra con cremalleras doradas tan bonita que te compré?
Me quedé helada. Esa era la mochila donde había empezado a guardar cosas para el campamento de verano. ¿Ya me había pillado?
—No sé, por ahí. ¿Por qué?
Ella vaciló.
