Las seis caras del miedo

Jonas Winter

Fragmento

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Créditos

1.ª edición: noviembre 2013

© Jonas Winter, 2013

© Ediciones B, S. A., 2013

para el sello Vergara

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito legal: B. 25.485-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-650-2

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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Contenido

Portadilla

Créditos

Cita

Prólogo

1. Lagom

2. El Spy Bar

3. Los primos del inconsciente

4. Swingers

5. Sol de invierno

6. Arlanda

LA CASA DE LAS CARAS

7. El cazador de demonios

8. Inventario de fracasos

9. El Comunista

10. Oh, Nicole

11. Los diez mandamientos

12. Primer despertar

13. Una soga en la madrugada

14. Algo que jamás vas a olvidar

15. La aparición de las caras

16. Agenda oculta

17. El pastor descarriado

18. Verdad o acción

19. Dios se ha ido

20. El té de los asesinos

21. El silencio de Dios

22. Indocumentada

23. En la celda

24. Hipótesis criminales

25. Un largo titular

26. La guadaña de la luna

27. Nocturno n.° 0

28. El retorno de lo muerto

29. Conjeturas sobre Vincent

30. Cuatro vías muertas

31. Antes de la liberación

32. El exilio sin fin

33. Una jugada imperfecta

34. Los intangibles

35. El borracho y la luz

36. Sacar los diablos a pasear

37. Las caras hablan

38. La visita

39. Baeza

40. La taberna El Pájaro

41. Las ordenadas fases del desamor

42. ...Y ellos escaparon del peso del invierno

43. Las montañas de la Luna

44. Teleplastias

45. La casa natal

46. El diablo en las Torres Gemelas

47. La bodega de la Luna

48. Descifrando sombras

49. Compuesto 1080

50. Sobrevivir a dos bombas nucleares

51. Operación Tridente

52. Las seis caras del dado

53. «La Pava»

54. Sostener el mundo

55. «El Pelao»

56. Happy hippie birthday

57. En la estación fantasma

58. Un tándem mortal

59. Las razones de un sicario

60. Volver al lugar del crimen

61. Bajo la lluvia

62. El cuello de botella

63. Una operación sencilla pero milagrosa

64. En la fábrica abandonada

65. El cortijo escondido

66. Una oración india

67. La hora del castigo

68. El último día

Epílogo. Mar del Norte

Notas

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Cita

La tumba no es más que un puente cubierto,

que lleva de una luz a la otra

a través de una breve oscuridad.

HENRY WADSWORTH LONGFELLOW

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Prólogo

Prólogo

La noche que no cesa

El forastero entró en la casa con la reverencia de un peregrino que llega a un templo largamente anhelado.

Un hombre sencillo y de expresión adusta le guio hasta un salón de proporciones mínimas. Sin quitarse la gorra, tal vez para que la visita no se alargara, señaló al recién llegado un viejo sofá para que se sentara.

Mientras le obedecía, el extranjero fijó sus ojos grises en la fotografía de una anciana sentada en aquel mismo lugar.

—Es mi madre —aclaró el anfitrión—. Esta foto fue tomada poco antes de su muerte. Hay una mancha en el suelo que, poco a poco, se está transformando en su cara.

Fascinado, el recién llegado echó un vistazo al suelo de cemento, del que parecían emerger decenas de caras. Algunas extendían incluso sus brazos como si trataran de escapar de su prisión.

A continuación se fijó en un rostro de grandes dimensiones en la pared a su derecha. Un cristal la protegía, lo cual indicaba que era la pieza más preciada de «la casa de las caras».

—Conozco esta imagen —dijo el forastero—. La he visto en muchos libros sobre fenómenos paranormales... pero no la recuerdo así. Ya no se parece tanto a Jesucristo.

—En un principio estaba en el suelo, como las otras. Mi madre la hizo arrancar para colgarla aquí, en la pared. Luego puso el cristal. Desde entonces la cara ha engordado.

El visitante observó que esa no era la única novedad. Aquella mancha de aspecto humano, de una nitidez superior a las demás, ya no estaba en el centro de la superficie que en su día había sido arrancada del suelo. El rostro ocupaba ahora la parte inferior izquierda del plafón. Parte de él empezaba incluso a desaparecer del pedazo de cemento.

—Quiere volver a su sitio —explicó el hombre de la gorra al detectar la curiosidad de su huésped—. Hace años que se está moviendo y acabará otra vez en el suelo. Así son los muertos.

—¿Qué quiere decir?

—Me lo enseñó mi madre desde pequeño: nunca se están quietos.

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1. Lagom

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Lagom

Alice extravió sus ojos verdes en la calle ya en tinieblas a las dos de la tarde. Suspiró. Era su tercer invierno en Estocolmo, pero empezaba a comprender que nunca se acostumbraría a la noche eterna de Suecia.

Había estado tentada más de una vez de regresar a Londres y dejar aquella ciudad que siempre había sentido hostil. Sin embargo, la perspectiva de vivir con su madre la frenaba. Era más fácil seguir bajo el ala protectora de su padre. Segundo de a bordo en la embajada británica, no ejercía control alguno sobre una hija que, a sus 24 años, consideraba un caso perdido.

De su último empleo hacía ya tres meses. Había sido camarera en un bar de copas del centro, aunque su sueco era demasiado pobre para entender a los borrachos con la boca pastosa.

Su sentencia de muerte había llegado un sábado de madrugada, justo al cerrar el bar. El dueño, un hombre inmenso que le triplicaba la edad, le había cacheado el trasero mientras ella tomaba una jarra de cerveza tras la batalla. Al notar la mano en cuña entre sus piernas, Alice se volvió hacia él y no dudó en arrojarle el medio litro de cerveza en la cara.

Tras su despido fulminante, se había dedicado básicamente a dos cosas: a aprender el idioma con un programa interactivo y a citarse con chicos que conocía en las redes sociales.

Aquel jueves se había levantado tarde y había visto tres episodios seguidos de Homeland. Después de calentarse una lasaña congelada se había obligado a estudiar. A diferencia de su padre, nunca había sido buena para los idiomas.

Justo antes de que la rueda del destino la arrancara del tedio cotidiano, Alice leyó en la pantalla del ordenador un artículo sobre una palabra tan común como intraducible: lagom.

La unidad didáctica incluía la reflexión de un conferenciante llamado Andrew Weil:

Lagom es un término sueco que no tiene un equivalente exacto en nuestro idioma. Significa algo que «está bien» o «es adecuado». Ha sido definido como la más sueca entre todas las palabras suecas y está presente en toda la cultura del país: en la arquitectura, en la política, en la economía y en cada aspecto de la vida diaria. La suave alegría, la serenidad, la comodidad, el equilibrio, la resiliencia... todo ello constituye el lagom.

Alice bostezó antes de abrir en el monitor la ventana de POF, donde acababa de entrarle un mensaje privado.

No hacía ni una semana que se había inscrito en aquella red social bajo el acrónimo de Plenty Of Fish.1 Tras firmar con su propio nombre, Alice Blaak, había puesto una foto de perfil con su media melena morena y había consignado su edad, peso y altura. Donde había que determinar lo que buscaba —amistad, relación seria o cita— eligió la tercera opción.

Solo faltaba aportar un lema al perfil. Ella había puesto un críptico: «Busco a alguien como yo, aunque no sé quién soy.»

Desde entonces había recibido medio centenar de propuestas, pero no había respondido a ninguna. Tras un año nuevo en el que ni siquiera se había hecho buenos propósitos, estaba decaída.

Al ver la fotografía de quien le escribía, sin embargo, Alice se animó de repente.

«Vincent J.» era un hombre de belleza enigmática. Sus ojos profundamente azules lucían de forma diabólica en un rostro de facciones casi perfectas. Solo una nariz algo aguileña, sobre la barba rubia de tres días, aportaba humanidad a aquel dandi que vestía chaqueta negra con una camiseta debajo y un pañuelo rojo alrededor del cuello.

«Por fuerza tiene que ser gay», se dijo Alice, mientras releía el mensaje que acababa de recibir. Además le había escrito en inglés, pese a ser del área de Estocolmo, lo cual le hizo pensar que se trataba de un expat 2 como ella.

(VINCENT): ¿Qué haces esta noche?

El mensaje no podía ser más lacónico y claro. Precisamente por eso —odiaba a los desconocidos que soltaban largas parrafadas—, se decidió a contestarle de forma ingeniosa:

¡(ALICE): Aquí siempre es de noche.

(VINCENT): Lo sé. ¡Es un horror!

(ALICE): ¿De dónde eres?

(VINCENT): Toronto. Como mínimo estoy acostumbrado al frío, pero allí hay más luz.

(ALICE): Yo soy de Londres.

(VINCENT): Eso está bien. ¿Te apetece tomar algo después de la cena? Elije tú el sitio. Soy nuevo en la ciudad.

Antes de responder, Alice curioseó fugazmente la ficha de Vincent: 32 años. 1,89 metros. 78 kilos. Ojos azules. Pelo rubio. Buscando CITA. Lema: «Me comprometo a no comprometerme.»

(ALICE): De acuerdo, quedamos en el SPY BAR. Birger Jarlsgatan 20. A las nueve.

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2. El Spy Bar

2

El Spy Bar

Alice llegó a la cita con un estudiado retraso de diez minutos. Su experiencia con encuentros de aquel tipo le aconsejaba no aparecer en primer lugar.

El estado hipnótico de quien espera hace que, una vez localizado por el extraño, ya no pueda huir. Ha sido visto y reconocido por el que viene a su encuentro. En cambio, quien llega tarde caza al primer vistazo a su víctima y, en caso de no interesarle —las decepciones respecto a la foto de perfil están a la orden del día—, puede desaparecer antes de ser detectado.

Este no fue el caso de la primera cita de Alice aquel enero gélido. Tras aparcar su bicicleta en la puerta del Spy Bar, entró con parsimonia en el local cercano a la céntrica plaza Stureplan.

Bajo el abrigo se había puesto un vestido negro, que era ajustado y corto para compensar su escaso metro sesenta y cinco. Se había depilado antes de enfundarse unos leotardos rojos y unos botines. Una boina ladeada completaba un look más propio de una treintañera cultivada. Aquel era el objetivo.

El local tenía el aspecto de una decadente mansión burguesa. Estaba cubierto de cuadros de marcos dorados, con cortinas verdes que separaban las estancias de techos altos. A aquella hora aún no había llegado la marabunta esnob que ponía el bar a reventar. Por eso mismo no le fue nada difícil verle.

Apoyado de espaldas contra la barra de madera oscura, Vincent saludó con la mano a la recién llegada, que frenó su avance al saberse descubierta tan pronto.

«Tiene que ser gay», se repitió Alice ante aquel adonis de mirada magnéticamente azul. Era aún más esbelto de lo que había supuesto al ver la fotografía. El abrigo largo abierto permitía adivinar un torso delgado y flexible tras el fino jersey de punto. Llevaba unos pantalones de cuero negro que debían de costar una fortuna y unas botas altas del mismo color.

Tras confirmarse mutuamente sus nombres, Vincent le dio la mano y le preguntó qué quería tomar. Los ojos de Alice se desviaron hacia la bebida de él que descansaba sobre la mesa: una copa de vino tinto. Pidió lo mismo y, para disimular su nerviosismo, le interrogó:

—¿Llevas los ojos pintados?

—Lo parece, pero no —sonrió mostrando una dentadura impecable—. Esta raya negra bajo los ojos debe de ser un defecto de nacimiento.

—No es ningún defecto, te favorece mucho.

—Gracias, Alice. ¿Buscamos una mesa?

Mientras sonaba una melancólica canción de Gravenhurst, entablaron una conversación ligera que tuvo como punto de partida las diferencias entre sus respectivos países y Suecia.

Ella le contó sus dificultades con el idioma y la palabra misteriosa sobre la que había leído aquella tarde.

—Lagom... —Vincent paladeó aquel término—. ¿Y dices que tiene algo que ver con la felicidad de los suecos?

—Algo así. Es imposible de traducir.

—Tan imposible como ser feliz en un país con una noche que no cesa. Al menos en invierno. ¿Sabes qué dijo mi jefa antes de hacerme volar a Estocolmo?

Alice negó con la cabeza mientras él se llevaba la copa a los labios. Tuvo que hacer un esfuerzo para parecer fría y no delatar que estaba fascinada por aquel tipo. Quería saber qué diablos había venido a hacer a aquella parte del mundo, quién era su jefa y, sobre todo, cómo terminaría aquella noche. Después de un

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