Barcelona, 18 de julio de 1936
LOS TRES
«¿Has escuchado cómo rugen las calles?»
—Dar muerte es el arte más elevado.
Destellos metálicos surcan la pistola.
Él empapa la gamuza en un tampón de aceite, frota el cañón labrado y abre el tambor de seis balas. Lo gira una vuelta completa. Introduce cada proyectil en su recámara y vuelve a girarlo. La rueda suena diferente a la carga de argumentos definitivos. Es un viejo Colt Walker con empuñadura de marfil, vestigio de otra época y la misma sangre.
—Que te maten, en cambio, una necedad.
Su sonrisa centellea en el cromado.
Para disparar un arma así de pesada se ha de sujetar con las dos manos. Él siempre utiliza una. La coloca en la funda derecha de su cinturón de cuero, que muestra trazos verticales en la parte posterior, descolorida y sin agujeros por los que insertar la púa. En una mirada atenta se comprueba la equidistancia de aquellas muescas.
Rayó la primera el 2 de junio de 1929.
—¿Lo has consultado con ellos? —le pregunta el hombre al que llaman «Pep el Rata»—. Un aviso de cortesía... ¿algo? Ya nunca les damos noticia de los golpes.
Él no contesta.
Volutas de humo rompen encima de sus cabezas y empañan los siete metros cuadrados. No es un ataúd; es una vivienda en la que muchos creían ciudad prodigiosa, expositora de ingenios, cuna del modernismo y urbanidad a cartabón. Barcelona puede hablar con voz frívola, pero ya nadie vive en la barraca, ahora refugio de intrigas tras la puerta laminada de acero. Sus paredes enseñan dibujos a cuchillo de animales y tomos sin título se apilan junto a un catre. Excepto el que versa en su cubierta Non omnis moriar.
—Un día acabarás con su paciencia —advierte el hombre al que llaman «Bucanero»—. Cobrarán caro actuar por nuestra cuenta. Tan caro como que me rellenen el estómago de piedras y me tiren al mar.
Él rebota la lengua contra el paladar mientras se mira a un espejo. Cuenta y riesgo, deduce, activo y pasivo compensados no permiten reclamación en esas esquinas donde siempre inventan números pendientes. La idea de que alguna de las otras bandas les ponga un dedo encima le proyecta una sonrisa sardónica. Estallado por el lateral, el cristal devuelve la imagen de su cara en tres planos. Así fuera una aberración hecha carne, mentón, nariz y frente semejan de personas distintas.
Un retrato de aquellos que esconden multitudes.
—¿Has escuchado cómo rugen las calles? —pregunta Pep el Rata a Bucanero, acariciando la rata que duerme sobre su pecho—. Amic meu, en unos días seremos los últimos de los que se preocuparán para cobrar deudas. Y si parlotean tanto es porque ahora somos los mejores. Les guste —pasa a rascarle el lomo— o no les guste.
Hablan los dos a los que él ignora.
—¿De repente crees eso del Golpe en Barcelona? —Bucanero ajusta el parche negro sobre su cuenca orbital hueca—. Los republicanos ven golpistas en cada esquina desde hace meses, y, al final, paseíllos de ambos lados y poco más. Por mi parte solo soy leal a nosotros mismos. —Se tapa la nariz para afinar voz aguda—. Alerta antifascista: ¿el frutero ha hecho el saludo romano o ha llamado a un taxi?
—Parece que ahora únicamente hay estas formas de saludarse. —Pep el Rata alterna mano extendida y puño cerrado—. ¿Dónde ha quedado el resto?
Bucanero oculta su mano con el antebrazo contrario y la asoma, poco a poco, al plano polvoriento de luz.
—Yo intentaría hacer obligatoria una tercera.
Desliza la peineta con el dedo.
Pep el Rata carcajea hasta que sale el rictus serio de esas entrañas.
—Que los militares vuelvan de Marruecos es algo nuevo, sin duda.
—Tendrán tratos con los moros, Pep.
—También se han amotinado en Sevilla.
Mientras fuma un puro sobre el catre, Pep el Rata desliza la petaca desde el pantalón e inclina el coñac. Rasca aquella garganta purulenta, aunque borracho no muestra el tic que lo hace parpadear como un desquiciado. Igual que muchos, bebe para plegar un trastorno sobre otro. Aquí no hay diagnóstico, no hay medicación, la consecuencia es que a efectos prácticos tampoco hay trastorno.
—Feixistes fills de puta.
El alcohol desciende por el esófago hasta las úlceras. Purificadas de nuevo, ya queman como rejones. A continuación, apaga el puro contra su palma y ofrece la petaca a Bucanero, que es un tipo de tragos largos. El humo envuelve a los dialoguistas en una estola tétrica. Vuelven a cruzar el pensamiento del golpe de Estado y la reflexión demanda la pregunta definitiva para el tercero, para el gánster de las cien mil palabras.
—Tú, ¿qué opinas sobre todo esto?
Cien mil palabras calladas hasta el momento.
Él frunce el ceño mientras estira unos guantes de piel rojos en las manos. Retuerce la membrana sin cuartear y abandona la imagen en el espejo. Los tres planos desaparecen succionados, aunque la frente resiste un instante más, tal que albergase densidad diferente. Entonces sus botas pisan una madera carcomida de esa barraca de La Torrasa, suburbio en Hospitalet. Las puntas de los pies describen un giro con el crepitar y se queda observando de medio perfil, cual demiurgo demente, a los que quiere moderar tras un cabeceo. Hasta les escruta la mirada como si hubiera mucho de indescifrable detrás de ella.
—Opino que es suficiente —contesta al fin—. Incluso en un momento parecía que estabais conmigo por política.
Los dos ríen con su extraña parquedad y el hombre al que llaman «Lobo» recoge, muy serio, unas gafitas doradas de ver y un sombrero negro de la mesa. También la otra pistola gemela para la funda izquierda de su cinto.
Fidel Lobo.
Lobo es su apellido.
A esa pistola le había sacado brillo antes.
—Vámonos —ordena—. Por el callejón trasero.
—Llegaremos antes de la hora prevista.
Lobo eleva una mano, sugiriendo el magisterio menos parco.
—Cuando nos adelantamos, el ánimo de los demás ya no es el contemplativo de una agenda, sino que se ve afectado por la alternativa. ¿Hace cuánto que están donde yo acabo de llegar?, ¿qué ventaja habrán obtenido durante mi falta de reacción? y ¿cómo puedo recuperarla desde la nostalgia de lo nunca ocurrido? Mientras alguien se plantee esas preguntas no encontrará su propio lugar en el suceso. —Chasquea dedos—. En definitiva, el éxito de un atraco o de un golpe de Estado está en aparecer antes de la hora prevista.
LA FARMACIA
«El dinero solo es papel asociado a una fantasía.»
Ocho grados de declinación después, el sol se pone con el último atardecer en paz de Barcelona. Sus rayos baten nubarrones que se adosan sobre la colina de Montjuic. En aquella calle de Pueblo Seco el trasiego de personas desapareció al mediodía. La ciudad respira arrítmica por movimientos contra el Gobierno y muchos se esconden cruzando dedos por la causa particular. Así, la farmacia apaga las luces muy pronto. Ni una píldora de mentol vende durante la tarde.
El boticario contempla la postal mientras cierra su negocio. Nubes púrpuras que semejan el típico horizonte volátil, proclive a ideas necias. El primer pasador a la izquierda, un tañido oxidado, y el segundo pasador a la derecha. Le cuesta sacar las llaves del trinquete porque su herrador trabaja para que pague la reparación mensual. El mecanismo saboteado sierra los engranajes, pero los malditos son los zahoríes de morfina que intentan reventar su puerta. Y recuerda que hace pocos años un gramo de heroína costaba cinco pesetas en cualquier farmacia, noventa céntimos menos que un kilo de carne e incluso quince pesetas menos que un litro de coñac. El paraíso artificial tan barato, la micra a disposición de un vagabundo y los policías que ni distinguían una borrachera con ojos pitañosos de una sobredosis. En plena evocación cambiaria siente un hierro sobre la nuca. Frío, como los que más marcan.
El guante rojo agarra su mano y gira en sentido contrario los pasadores.
—No lo haga difícil. —Lobo empuja uno de los cañones labrados contra el occipital—. Cualquier resistencia carece de sentido.
Y no la hay, no hay nada más allá de un sollozo. Aquello que no debía significar nada y, sin embargo, moverá los nuevos tiempos. Lobo entra con el propietario en la farmacia, que huele a hierbabuena, regaliz, éter.
—Hecho —murmura Antonio.
El chico vigila el flanco izquierdo de aquella callejuela en cuesta desde el Paralelo. Da un golpecito a la visera de la boina y su amigo Pascual asiente al otro lado. Veinteañeros enjutos con perfil suave. El primero, de cabello moreno, corto, ligeramente rizado; el segundo, de media melena castaña, rapada bajo la nuca. Perdedores resueltos a ganar y colegas hasta el final. Todavía media el brillo en las pupilas de quienes creen que todo gravita en torno a ellos, seguros de haberse instalado por siempre en el momento y lugar adecuados.
Se intercambian una mirada en la que cabría un país.
El suelo modernista es del mismo color esmerilado que la lámpara que Lobo enciende en el mostrador. Su cara y la del boticario se iluminan en un degradado que barre de la frente al mentón: gama de interrogatorio. Alrededor, anaqueles con botes cerámicos agrupados según tamaño y medicina, aunque la mayoría están vacíos.
—No he venido aquí a por unas dosis de sus drogas —dice Lobo—. De hecho, me ofendería que ese pensamiento se le pasara por la cabeza. —Se rasca el cuello—. Y noto en su expresión que sí se le ha pasado.
—Perdone, pero... pero es por lo que me solían atracar.
Lobo pone la mano en ángulo recto.
—¿Tengo pulso de adicto?
—Desde luego que no, perdone otra vez.
La mano sigue elevada sin ningún temblor, ni siquiera el habitual de cualquier persona.
—Tengo pulso de cirujano.
Uno de los pistolones queda apoyado en la caja registradora, casi retorcido sobre la trayectoria que hundiría su bala en el entrecejo.
—¿Quién le envía? —La voz del boticario aparenta llegar desde un kilómetro.
—Hay muchos pormenores que en este momento no serían comprendidos por la vía de la verdad.
Habla Lobo, el dandi sombrío, con el bigotillo recortado en un rostro fino amparado por las gafitas de oro. Sus ropas, negras. Y los guantes rojos esconden juramentos. Ahora se saca el sombrero de ante y lo deja sobre el pistolón. Las botas repican en las opulentas baldosas que todavía revelan a Madrid lo modernista que es Barcelona para pisarla.
—Yo siempre pagué lo que me han pedido por proteger el negocio.
—No vengo de parte de esa gente.
El boticario peralta las cejas.
—¿Y de dónde viene usted? Porque tampoco tiene aspecto ni parlamento de anarquista.
—Afortunadamente.
Lobo amartilla el arma enfundada de un toque de pulgar. El sonido del mecanismo es un estruendo en la cabeza de su interlocutor, que ya se viene abajo, renuente a saber sujeto y razón.
—Coja lo que quiera. En la caja registradora habrá doscientas cincuenta pesetas. No... no ha sido el mejor día para la recaudación, como se puede imaginar.
—Lléveme a la trastienda. Tienen que entrar mis bestias para husmear.
Lobo coge lo que quiere: el sombrero y el pistolón.
El boticario ya sabe que lo sabe.
La trastienda es un espacio imbricado de mesas con matraces sucios. Algunos vacíos, otros a rebosar de líquido ambarino, todos revueltos en átomos que forman moléculas para ecuaciones con mal corte. Al fondo de un pasillo flanqueado por cajas de Bayern, hay una puerta más robusta que la que da acceso a la farmacia y sin trinquete saboteado. El cañón empuja para que el boticario abra los cierres con insólita destreza. Aquellos goznes gimen. La primera sombra le da un puntapié en la cara y sus dientes se rompen en esquirlas, después cae al suelo con la inercia de la patada. Otra sombra entra en plano.
Hasta hay una tercera sobre el hombro.
La ratita.
—Este es mi negocio preferido —comienza Pep el Rata—: atracar a quien no te puede denunciar. ¿Un burgués contará a la policía que le robaron quince mil pesetas que recibió esta tarde por el estraperlo de morfina? A tu què et sembla?
—Una cantidad de dinero injustificable. —El parche baja al pómulo y Bucanero lo recoloca. Ha probado una colección de parches que no se ajustan a su angulosa geometría—. Ni tratando toda la sífilis de Pueblo Seco ganarías la décima parte.
Pep el Rata manosea una balanza donde el atracado pesaba el dinero.
—Esa es mucha sífilis, amic meu. ¿Quinientos litros de Blenocol resultarían suficientes con el vicio del barrio? —Y para el boticario—: Nos han dicho que ganas tanto que pesas los billetes en vez de contarlos.
Lobo adelanta a sus compañeros para cubrir aquel cuerpo con su proyección.
—Mejor que nos enteremos nosotros de sus tratos antes que la policía —afirma—. La alta sociedad con la que quiere codearse le juzgaría como a un criminal, pero aquí solo vemos a un empresario que ha tomado una decisión equivocada para su negocio. A veces sucede, el saldo entre lo rentable y lo no rentable, huelga decirlo, hoy ha salido a deber.
—Se trata... se trata de un error..., a mí me protege el Lord —balbucea el boticario—. Ruego hablen con el Lord.
Recoge la última esquirla dental con la lengua y la aprieta contra el paladar. Luego vuelve a fijarse en aquel hombre de negro, admitiendo que no es otro viejo gánster de la patronal que dirá cosas como «Esto es una silla, esto es una mesa, y llevas un mes de retraso en el pago». Injuria para sus adentros a esos pistoleros a sueldo de los empresarios. Nunca vienen cuando los necesita, nunca están en las emergencias con sus revólveres pulidos de los años veinte y anillos en forma de sello. Salvo que haya que estirar la mano para el cobro.
—Muchos costean su protección sin haberlo visto —dice Pep el Rata—. Y puede que él mismo nos diese el chivatazo sobre la trastienda.
—Recítale el hecho controvertido del que se le acusa —ordena Lobo a Bucanero, desconsiderando más introducciones.
—Se te acusa de vender alcaloide de opio, muy caro además, a dos jóvenes. Apuesto a que uno te perforó los tímpanos con su parloteo. El que llevaba una boina de repartidor de periódicos. Es que a ese le encanta repartir malas noticias. —Y entre dientes—: Maldito parche, otra vez...
—No, no, no... —Jamás desconfió de los nuevos compradores.
—Yo diría a un precio inaceptable. —Parche de nuevo en su sitio—. Pero la juventud es un uniforme que incita al engaño. ¿Cómo te declaras?
—No sabía...
—Culpable —resume Bucanero—. No existe nadie más culpable.
—El hecho controvertido ha sido probado y ahora hay dos formas de aplicar la sentencia: la mía o la suya. —Lobo muestra alicates sobre el guante sin arma y vocativo de usted—. ¿Necesita, usted, que le explique los detalles de cada una?
—Puedo hacer más ventas y enterrarlos en billetes. Le seré útil vivo, por favor.
—La vieja solución de echar dinero a los problemas.
—¿Funcionaría?
—Todavía no me ha contestado.
Tiene respuesta de inmediato para Lobo:
—La mía, se lo ruego.
Repta por el suelo entre lamentos, sujetando la bota derecha de Lobo, que lo observa como si la demanda de clemencia fuera un insulto.
Más clemencia.
El peor insulto.
—Desde que se fue Primo de Rivera esto es demasiado fácil. —Bucanero, negando con la cabeza—. Ya nadie se resiste. Incluso deberíamos dejar de traer a tu bicho.
—Y justo ese día nos haría falta. —Pep el Rata vuelve a rascarle el lomo hirsuto—. ¿A que sí, bonica?
Cargaban un balde de metal y un soplete para ella. Su tortura que distinguía a los héroes cuyos nombres no recuerdan, legados en osamentas perdidas. La historia no firma ningún compromiso con la valentía.
En apariencia aquello es suficiente y Lobo guarda los alicates.
—Le prometo que podrá irse después de que nos diga dónde está.
Esas palabras se dicen lentamente, para que se ciernan sobre el aire.
Ni una sílaba las replica. Solo las pupilas que se incrustan en una cajonera. Las acompaña un movimiento de cuello y un gemido en la misma dirección. A continuación el atracado se levanta como si llevase adoquines en vez de zapatos.
—¿En serio? —pregunta Bucanero ante las facilidades.
Lobo abre un cajón. Se sale de las guías laterales y cae al suelo, esparciéndose recibos manuscritos de buenos ciudadanos junto a sus taras físicas y mentales. El tratamiento estrella del negocio resulta, precisamente, el de la sífilis. Agarra el tirador del cajón inferior con más delicadeza y, tras un manotazo que revuelve fórmulas magistrales, surge un sobre de tacto esponjoso. El tacto de los sobres con dinero. Las lentes se desplazan hasta el final de la nariz y aproxima la cuenta como si siempre hubiera sabido dónde se ocultaba el efectivo. Separa un billete y el resto lo guarda en la pechera de su camisa.
Todos los presentes dan por cumplido el trámite.
—Obsérvelo bien. —Lobo pellizca el billete—. Con detenimiento. —Le da vueltas—. Intente olvidar estos números. —Lo agita—. Ya podría verlo como un objeto carente de su extrañeza cotidiana. El dinero solo es papel asociado a una fantasía. Y por eso resulta peligroso. Cuando cualquiera toca tantos papeles así cree que lo ilusorio es el mejor lugar para quedarse mientras, alrededor, corrían sombras que ya no puede revelar. Henos aquí convirtiendo las sombras en carne. —El pistolón pende amartillado de nuevo—. Sé que ahora maldice no haber permanecido en nuestro universo brumoso pero siempre cierto en esta brutalidad. «¿Por qué a mí?», también repite su cabeza. La duda de los perdedores, la que nunca dará respuesta al sueño que asociaba a un simple papel. —Lobo arruga el billete y lo tira a la cara alucinada que lo contempla desde un contrapicado—. Porque yo convierto los sueños en pesadillas.
—Prometió...
—Prometí que podría irse después. —Pistolón alzado en espirales—. Lo cumpliré.
—No funciona de esta forma. —El boticario termina al fin otra frase—. Os di las pesetas, no funciona de esta forma.
—El dinero fue su razón de vivir y también será su razón de morir.
—Tengo un niño pequeño.
Lobo aparenta dudar un instante.
—¿Cómo de pequeño diría usted que es?
—Cinco añitos.
—No hay mayor responsabilidad que la de alguien con la facultad de perdonar. —Lobo enfunda el arma, ensancha su sonrisa—. Y sé que está aludiendo a esa gracia que tanto pesa. —Bosteza—. Compañero, la pólvora hace mucho ruido.
Bucanero le deja un cuchillo.
—Toma mi método.
Lobo se contempla en el filo. Su sonrisa sádica también destella sobre el metal. Así la hubieran forjado herreros de una región oscura, deformes y perturbados, porque ni siquiera ellos pueden pertenecer a semejante lugar.
—A ver cómo le explica Dios que después de morir no hay nada. —Suspiro a modo de extremaunción—. Ya puede irse.
La hoja entra en la tráquea y el boticario abre la boca por donde piensa que huirá su alma piadosa. Lobo empuja para ver el metal atravesado al final de la garganta, seccionando la campanilla, mientras su otra mano ahoga el grito de la cabeza ya sanguinolenta sobre el suelo.
Un estertor cavernoso.
Otro más apagado.
Los miedos se han desvanecido.
Lobo estudia aquel iris clavado en el techo. Luego, anular y corazón le bajan los párpados. Tuerce la boca ante lo que difuminaban las pupilas.
—¿Algo extraño? —le pregunta Bucanero.
—Solo la desgracia habitual.
—¿Y por qué te molesta?
—A veces lo habitual es una molestia para las expectativas. Sabes que he contemplado cómo terminan muchas vidas a través de sus ojos. Al principio están convencidas de que la suya era la que obedecía a la introducción, nudo y desenlace de una narrativa única que el resto ni asomaba a comprender. —Limpia el puñal con una pasada de pañuelo—. Después todo cambia en un instante.
Bucanero, atento a su retórica, como siempre.
—¿Qué has visto aquí en ese instante?
—Te lo repito: solo la desgracia habitual.
—¿Otra vez la conciencia?
—La tenía muy limpia de no usarla. Pero él tampoco dio la bienvenida al acto que mostró su error, a pesar de que pude enseñarle ese billete. Intentó huir de la nueva certeza cuando la salvación hubiera sido aceptarla. —Se agacha para arrancar un molar del muerto con los alicates—. Igual que todos.
—Yo no me iré así.
Lobo inspecciona el diente extraído como una traza de orfebrería.
—Por supuesto. Tú no. —Y deja la hoja de ruta—: Nos dividimos para volver a la barraca, antes de llegar allí quiero que liquidéis su parte a los chicos, a nuestro contacto de la morfina y también al mancebo. A partir de esta madrugada tendrían difícil cobrar.
Encima del cadáver tira una tarjeta de visita negra con letras blancas:
ACABA DE SER AJUSTICIADO POR LOS LOBOS.
EL BARRIO
«Siempre perdemos, aunque nuestro bando gane.»
La barraca es el principio y el final.
Disponen de otras en el suburbio, pero Lobo solo se deja ver en aquella, ensimismado en sus lecturas y en los grabados cincelados sobre las paredes. No aparenta que un atraco y un cadáver sean algo a investigar en esa fecha. Aun así, han separado caminos de vuelta para reunirse en el crepúsculo de Hospitalet después de los trámites financieros. Sin tantas manos para repartir como antes de trabajar por su cuenta y riesgo.
Los tres llegan en diferentes intervalos, una hora mediante. A Lobo lo han recogido en un Buick de placas cambiadas, Bucanero regresa en un taxi que comparte con un empresario tintorero, y Pep el Rata vuelve en metro; el último en aparecer. Ha tomado la línea Transversal, enlace de las terminales de ferrocarril, cuya estación final es Santa Eulalia tras el famoso tramo en superficie. Anda un buen trecho hasta alcanzar la choza. Otea a izquierda y derecha antes de entrar, luego atrás haciendo visera con la mano para filtrar la luz del horizonte.
No volverá a iluminar esa República.
Solo encuentra un grupo de críos que martirizan a un gato. Se lo pasan, lanzándolo de espaldas, y él gira el lomo antes de tocar suelo para testificar que siempre cae de pie. Hay un chaval rubio, más fornido que el resto, que lo atrapa justo cuando aterriza. Percha al animal del cuello, lo lleva al final del arco que describen sus piernas y de un arreón lo eleva altísimo. El gato da dos vueltas en el aire, pero al final se desequilibra y cae de espaldas. Se rompe la columna y los niños se carcajean.
Nudillos de Pep el Rata en la puerta.
Quejido de bisagra para abrirle.
Lobo está en la entrada, ofreciéndole un cuarto de perfil desde su perspectiva.
—Pep, quiero que lleves tu rifle esta noche —ordena—. El cabaret solo será una parada, después habrá otro trabajo.
Y ríe una burla que únicamente entiende él.
—¿Otro?, ¿ya?, ¿de qué se trata? —Nadie responde a las dudas de Pep el Rata—. ¿Decidisteis esto sin mí?
A esa sí responde Lobo:
—Se decidió por unanimidad en la votación que acabo de hacer. Uno a cero.
Bucanero carcajea mientras se ordena las cejas con los anulares.
—No me interesarían los atracos si no se pudiesen celebrar —dice luego.
—Sal de ahí. —Pep el Rata, todavía sudoroso, lo aparta del espejo y se coloca en su lugar—. Con esa cara no sé ni cómo te atreves a mirarte.
—Soy el único al que favorece el cristal roto... Reconozco que una cara así deja pocas opciones, pero las aprovecho bien. Al final, lo mejor que te puede dar esta vida es un ligero conocimiento de ti mismo. Y a mí me lo ha dado.
—Bucanero, qué hombre. Deberían parir más como él.
—Tienes dos problemas, Pep. El primero es que dices muchas imbecilidades y el segundo es que además no eres imbécil. Hasta consideraría un tercero: casi no la metes en caliente.
—Al menos no me gustan las que guardan sorpresas.
—Respeta mis desviaciones ahora que dicen que habrá guerra civil por Calvo Sotelo, un fascista con esos morritos de travestido... Los gánsteres de la patronal también abrían el envoltorio y se comían la sorpresa, aunque eso no se lo contaban a sus curas.
—Nunca entendí a aquellos bandidos pagados por los empresarios. ¿Pretendían ver un cielo?
—¿Te imaginas? —Bucanero se pone de rodillas—. Padre, he pecado.
—¿De qué se trata, hijo? —Pep el Rata continúa la comedieta.
—Respondía por el nombre de Lucía, a pesar de tener las manos un tanto ásperas.
—¿Cometió adulterio?
—Sí, cuando le quité las bragas me enteré de que estaba bajo el sagrado vínculo del matrimonio.
—Tres padrenuestros y un avemaría.
—También de que su verdadero nombre era Manolo.
—Treinta padrenuestros.
—Hasta el estómago me entraron los treinta suyos.
—Eso es demasiado.
—Lo mismo dije después de atragantarme.
Pep el Rata hace un aspaviento y sale del papel.
—¿Puede una iglesia negarse a escuchar una confesión?
—¿Por qué?
—Porque a su cura lo superen los pecados. Ja saps, «Oiga, no hay dioses que perdonen esto. Saque las zarpas de mi confesionario».
—¿Y en el fondo qué más les da? Si crees en esas majaderías y miras alrededor, es evidente que el diablo ganó la partida. Me parece que otras religiones tenían dioses proscritos, de las bacanales y tal, pero los cristeros se lo han montado muy mal con la suya.
—Yo me refiero a un punto de vista más... no sé, ¿administrativo?
Bucanero tira del elástico de su parche.
—Sería como un manicomio negándose a encerrar a alguien por estar muy loco.
Hay una determinación matemática en el que ha perdido un ojo y continúa empujando igual que cuando lo tenía. La que no se ha rendido al dolor, a la incapacidad y menos a la lástima. Alzada a cualquier desmaña. La misma que te discrimina y a la vez es tu fuerza para abrirte paso.
Pep el Rata sacude la cabeza.
—Tú eres el ejemplo de que en un manicomio no están los que deberían.
Bucanero se pone en pie.
—Dicen que allí comen puré de maíz tres veces al día, Pep.
—La razón por la que el ropavejero del barrio fingió ser un tarado, aunque no calculó bien su actuación. —Descubre la petaca—. Una lobotomía tampoco compensa el hambre. —La tercia hasta la frente, bebe, eructa—. Dame mi rifle y cállate.
Bucanero se agacha bajo el catre, toma aquel rifle de coleccionista y lo lanza a los morros de su compañero, que lo sujeta a la remanguillé. Carabina Tigre, edición limitada con un cerrojo artesanal incorporado. También le grabó Non omnis moriar sobre el cañón, más largo que el de serie. No sabe palabra de latín y tampoco tiene una idea precisa de lo que significa, a pesar de que Lobo intentó explicárselo hace siete años. Pero es el único título que hay en sus libros, así que entiende que debe de ser importante.
—Ahí lo tienes, Pep —dice Bucanero tras darle el arma—, te pongo mi cabeza en bandeja.
—A ti no te voy a salvar con una bala, aunque tampoco tientes a la suerte con esto en mis manos, no he decidido si estoy de buen humor. —Pep el Rata sitúa el rifle tras los hombros como una traviesa—. Anem al cabaret, al trabajo de después y a todo lo que nadie me cuenta.
Lobo los repasa de arriba abajo tras el habitual cambalache verbal. Intercala un gesto que en cualquier otro significaría cariño. Empuja la puerta de la chabola y el calor del verano mediterráneo trueca en pan duro.
Aquel es el infinito de los olvidados.
Proscritos.
Marcados de por vida.
—Habéis peleado mucho para salir de este barrio. —Destello en sus lentes—. Mirad bien todo lo que no será lo mismo, porque entonces tampoco lo echaréis de menos.
Se coloca a un metro por delante de sus escuderos para formar un isósceles.
Esa franja de La Torrasa: caminos sorteando chozas donde se hacinan las familias de los que levantaron dos exposiciones mundiales. Cuarenta años de indiferencia entre ellas. Grandes inventos y grandes guerras mediante, no salieron ni en un pie de página porque aquellos artefactos fueron espejismos y aquellas batallas, desplantes.
—Siempre perdemos, aunque nuestro bando gane —repiten.
Un niño harapiento embrida el mulo del padre. En cuanto ve salir al tridente, corre unos metros a su vera y modula un sonsonete silenciado al cortarse el pie con un vidrio. Se saca el cristal del tajo para decirles adiós con la mano. Después lo hunde en la montaña de basura que ronda una manada de perros esqueléticos.
Ellos tres giran a la derecha, vadeando gallinas desplumadas, y los rufianes que juegan a las cartas encima de un barril describen una sutil reverencia. Alfonso XIII solo les merecía guillotina. Lo vieron una única vez en foto y parecía un ser de otro planeta. Debatieron días sobre aquella imagen. Limpio, sin mutilar, de uniforme engolado con medallas, la raya del cabello fijada por siempre a la izquierda y un vello facial recortado en un ejercicio de ingeniería. Aquí dos sin orejas, algunos sin dedos, muchos sin dientes y todos feos. Un naipe cae de la manga del más tullido. La caterva de fulleros dibuja, generalizando, una expresión de hastío. El que está a su espalda hace ademán de agarrar el puñal que le baja cruzado al costado; sin embargo, uno de los guantes rojos le dice que no con el índice. También recoge el trozo de cartón del suelo.
—Volved a barajar y aquí no ha pasado nada. —Lobo examina la figura de bastos—. No nos van los reyes.
Al doblar la esquina llegan al aguadero de la zona. Dos caños de arcilla serpentean hasta un estanque agrietado, apenas a un cuarto de su capacidad. Vuelan tábanos zumbones en ángulos rectos. El caño izquierdo está seco desde el primer día y del derecho gotea un líquido parduzco, cualquiera que beba eso se asegura disentería. Allí, a horcajadas, una chica utiliza una batea para sacar la tierra y vierte el caldo en un botijo. Muestra falda recogida, tobillos llenos de picaduras y cara inocente de todos los cargos con el trazo vertical de luz.
En cuanto la ve, Pep el Rata comienza a parpadear con su tic nervioso.
—¿Dónde vas con eso? —pregunta cuando ella agarra el botijo lleno—. Deja que te ayude.
La chica lo aparta con una mano. La otra sujeta el recipiente encima de un pañuelo doblado sobre el cráneo, pero el cántaro ha oscilado peligrosamente.
—No sé dónde crees que puedo llevar un botijo.
—Quería decir que... igual... no ibas a tu casa.
—No es mi casa, es la barraca de la señora Matilde. Ha de limpiar sus bragas y las de la abuela. Todavía sigo ahí, esperando que cumplas media promesa de aquellas de sacarme de ese agujero. ¿No tenías tanto dinero ya? Llevas tres años contándome las mismas fruslerías.
Lo único inocente es su cara.
Pep el Rata mira a Lobo, pero él le sonríe.
—Bueno... eh... ¿Podemos hablar en otro momento de nuestras cosas, por... por favor?
—Creí que me darías la fecha definitiva la semana pasada. Ibas a comprarme un vestido para llevarme al Ritz la misma noche que te pavoneabas con fajos de billetes.
—De ese sitio cuentan historias maravillosas —punza Bucanero.
—Aquí tu amigo soltó alguna. Por supuesto estaba borracho, solo es capaz de hablar conmigo sin tartamudear ni parpadeos después de beber un litro de coñac. Según él —lo apunta con el dedo— te abren la puerta unos señores con sombrero de copa, te echan una fragancia al entrar por el pasillo, te quitan el abrigo de los hombros, te llevan a una mesa redonda con mantel de tela, cubiertos de metal y parece que hasta hay un cuchillo para la carne y otro para el pescado. Se ve que el del pescado no tiene ni sierra.
Bucanero se encorva de la risa.
—¿Para qué sirve un cuchillo que no corta?
—Decís muchas tonterías con tal de que nos abramos de piernas. —La chica agita su melena cobriza y camina hacia la barraca de la señora Matilde—. Menos mal que las mías siguen cerradas para ti, Pep.
Pep el Rata intenta hacerle un arrumaco en el brazo, fibroso como una cuerda, y ella lo vuelve a apartar de un empujón. El botijo acaba cayendo y tres litros de agua se desparraman por la arena. Los tábanos sobrevuelan el accidente.
—¡Tienes menos seso que tus asquerosas mascotas! ¡Pero estabas tan enamorado hace unos días!
Lobo alza un dedo para proponer cautela.
—El amor significa convertir a otra persona en tu único destino. —Cruje los nudillos como cierre—. Valiente estupidez.
Pep el Rata se conforma con una caricia de la petaca cuando aquellas caderas se pierden en la noche.
Otra vez.
Y en los caminos de quincalla nunca llegó el beso que justifica una vida.
La casucha del ropavejero lobotomizado está al final de la calle. Son tres cobertizos unidos por una escalera en sus techos, un metro más altos que los del resto de las chozas. Así destaca en la barriada. Los vecinos la llaman «la Sagrada Familia» por los montones de piedras apiladas en sus esquinas superiores. Se colocaron para que las cubiertas no vuelen cuando hay viento.
Una lámpara de aceite ilumina a la mujer y al hijo. Filtro naranja, casi rojizo. Han visto la escena de desamor junto a la carretilla con el burro escuálido, de costillas marcadas como espinas de jurel, calvas en el pelo grisáceo y un saco de alfalfa reventado sobre la testuz. Hacía cincuenta kilómetros al día para jirones de ropa y utensilios rotos. La ruina que indujo la mala decisión del dueño.
Lobo se detiene cuando salen a su paso.
—Queríamos agradecerles el detalle de la anterior semana —dice la mujer, refiriéndose a una cantidad de dinero.
Bucanero señala al hijo, obviando la gratitud.
—Dentro de poco podrá hacer el trabajo de su padre.
—Es alto, aunque solo tiene trece años. Todavía me da miedo dejarle ir solito de noche. En el barrio nos conocemos y nadie le pondrá una mano encima, pero vas al centro de Hospitalet y son rufianes del tres al cuarto... que no lo conocen. Y qué contarle de Barcelona. Allí solo hay vicio.
—Pues un ropavejero debe trabajar de noche —concuerda Bucanero—. Las cosas abandonadas necesitan la oscuridad.
—Ya soy mayor para salir con la mula, mamá. —El chaval se zafa de su madre, sube de un brinco a la carreta y agita la campanilla colgada en el arreo—. Escuchen mi tono, ofrece confianza. —Carraspea—. ¡Compro y vendo usado! —Una voz artificiosamente grave—. ¡Compro y vendo usado!
—Baja de una vez, hijo, aquí nadie tiene un céntimo para comprar nada.
El chaval vuelve a tañer la campanilla y la madre decide bajarlo de la oreja, tan fuerte que casi se la arranca. En el suelo agrega cachetadas en el culo. Su hijo ni las siente desde aquel metro setenta, solo mira a los ídolos buscando una aprobación para el tono. Antes de que llegue, del interior de la vivienda se oye un halo lúgubre, como si el fuelle de una gaita se deshinchase.
—Suspira así estos últimos días —dice la mujer—. Es peor que antes, porque nos despierta a cualquier hora.
Por el marco de la ventanilla se distingue al marido tirado en la cama. Parece que sufre una resaca homérica. Con una cicatriz que le surca la frente y saliva granulada en las comisuras de la boca, su expresión alucinada solo puede contemplar las arañas del techo.
—A veces tiembla —añade—. Le hicieron esa canallada a mi esposo porque era un pobre ropavejero. Barcelona siempre tan vanguardista, como presumen los ricos, para lo que quiere. ¿Sabían que esas operaciones llevaban funcionando unos meses? Y en Portugal... Portugal.
Lobo la sujeta del hombro para cortar la queja.
—¿Antes de marchar le doy un consejo?
—Por favor, Fidel.
Si se toma un segundo para respirar, ella no lo nota.
—Su hijo podría dedicarse a la recogida de cadáveres en las próximas fechas. Una carreta mortuoria da mucho más dinero.
—Tampoco hay tanto...
—Los habrá, créame.
En la siguiente callejuela, varias señoras prodigan cuchicheos sobre el posible destino que sacuden el olor a potaje, a pobreza recalentada de anteayer. Y al terminar el recorrido, abriéndose el arrabal al huerto, una china mulata aguarda bajo un dintel de adobe. Abrió por primera vez esos ojos rasgados, iris verde mestizo, en el barrio de Pequín. Un armadijo de casuchas frente a la playa plomiza de Barcelona. Como todas las que lo levantaron, su familia vino exiliada de la guerra de Cuba. La independencia de la isla fue una mala noticia para algunas comunidades orientales en el Caribe, donde vivían frente a otro tipo de playas.
También se cruza en el camino de Lobo.
—¿Lo mío? —susurra.
Un pañuelo bermellón recoge sus rizos al desgaire. Arribó a la barraca una noche de tormenta, cuando la anciana que agonizaba en la cama la mandó llamar. Desde entonces se ha quedado allí por siete años de nigromancia a los que no aguardan la hoguera.
Lobo la separa delicadamente.
—Lo suyo, a su debido tiempo.
La china marca la cacerolada de tempo castrense desde las chozas. Todas las mujeres la siguen con sus ollas, encandiladas en el rito de despedida y en sentirse útiles. Tienen otro compás más rápido para las pocas veces que entran policías en el barrio.
Bucanero chasquea la lengua al llegar a la siembra. Última frontera del barraquismo donde se criaron, el huerto es una ruina, con el regadío que zigzaguea hortalizas arrasadas. Dos viejos se afanan en surcar escarolas, rábanos y puerros, sabiendo que nada agarra en esa tierra. Transcriben el ánimo habitual: sustratos infértiles y productores impotentes. Sus camisas son jirones sobre las palas resignadas a la mala labranza. El más anciano se detiene al contemplar el paso de aquellos tres y aprieta las manos con mueca de dolor. Callos que palpitan como refractores de la realidad.
—¿Qué tal va la cosecha? —pregunta Bucanero, con más respeto que sorna.
—Ni las lechugas quieren crecer en esta zona.
—Dígales que tienen más espacio para crecer en esta zona que las personas.
—Que me desuellen si no acaba de revelarme una gran verdad. De poder plantar aquí a mis nietos... Esta hortaliza debería comprender que en la barraca vivimos ocho personas y que alquilamos el espacio bajo un catre para que duerma una pareja de golfos. ¿Estás escuchando, lechuguita?, ¿escuchas sobre la mierda de mundo al que no quieres venir? —La azada sube al cielo—. No contestará porque se hace la sorda igual que el resto. Pero al menos, cuando se arruine la sementera, podré clavar mi bieldo en el próximo guardia civil que pregunte por ustedes. —La azada baja a la tierra—. Ellos también van de verde y también ignoran nuestras miserias.
Los Lobos cuidan del barrio.
El barrio cuida de Los Lobos.
LA CRIOLLA
«Puedo decir lo ignorante que es alguien por lo que supone saber de mí.»
Un músico rasguea las cuerdas de su guitarra como un ventilador.
Do menor.
Luego, aquella cejilla presiona el quinto traste para conseguir una melodía más sentida, propia de acordes mínimos. Los arpegios en re dan paso a la luz central que se derrama sobre la estrella de tantas noches. En La Criolla se ha hecho el silencio que solo logran los primeros minutos de Bertini, quien sale al escenario con traje de faralaes y se alza en un gesto flamenco. A través del humo se adivinan los codazos entre los marineros. Se encuentran en el templo de la Barcelona lujuriosa, la que nunca va a misa a la mañana siguiente.
La ciudad puede cerrar los ojos, pero esto es real.
—Empezarán a apostar su jornal a si es un hombre o una mujer —anuncia Bucanero la rutina, sonriente por la quinta absenta y porque tiene más dinero y fantasías que hace cinco horas—. ¡Y es un hombre!
Lobo, sentado sobre un taburete, moja los labios en un vaso de agua.
A su espalda:
—Te repito que ella bebe el coñac rebajado. ¿Cuántas veces se lo has servido en los últimos meses?
—He perdido la cuenta, Pep.
—¿Y no ves que es una rata? Mírala bien. —El dueño acaricia a su roedor que, tranquilo sobre la barra, devuelve la mirada. Al lado descansa el rifle—. ¿Es o no una rata?
—Es una rata —concuerda el camarero con sopor.
—¿Y cuánto pesará?
—Pep, de verdad, yo...
—¡Una estimación, malparit!, ¡no pido que la pongas en la báscula!
—¿Veinte kilos?
—Me parta un rayo. —Pep el Rata se bebe su copa de coñac y también la tacita de lo que le habían puesto a ella—. No sé quién es más animal. Veinte kilos... Ahora sí vas a ponerla en la báscula.
El camarero resopla a la vez que mira aquel rifle tan bonito apuntando a sus entrañas. Se da la vuelta y, tras revolver dentro de una alacena, saca la báscula Hudson oxidada en cada esquina. El plato de metal, que ha pesado tantas cosas, se dispone sobre un marcador circular de manecillas. El dueño del roedor cruje dedos y el bicho se sube a la balanza como buena mascota amaestrada. Estira el hocico y el lomo, posando para los que ven la aguja roja detenerse en ochocientos gramos.
—Trae el cuenco, mitad coñac, mitad agua —ordena Pep el Rata.
A continuación despeina su flequillo grasiento de un bufido. Le cae sobre los ojos con frecuencia, lo que para muchos explica ese parpadeo machacón. Su cara de veinteañero tardío se recorta en formas tibias, dejando un conjunto atractivo a pesar del desgaste rotulado en las ojeras, patas de gallo, dientes. También el hígado. Suele vestir pantalones afelpados, camisa y tirantes en cierta armonía; como en esa ocasión, con la gama en verdes y marrones que agita tras la barra.
—¿Para hoy, Luisito?
El camarero busca con la mirada al encargado del local, que asiente como un martillo neumático. Algunos clientes siempre tienen razón. Enseguida saca otra tacita y mezcla el licor con agua a la vista del público expectante. La pone delante del bicho. Este husmea un par de segundos, muy digno, y muestra la lengua para chupar el líquido.
—Ruego disculpas, Pep.
—Tienes que estar atento. Ya me parecía raro que ni lo probase.
—La que traías antes bebía menos.
—Y no pasó del año, Luisito. Esta va a hacer dos en plena forma.
—¿Dos años es mucho para una rata?
—Hablamos de una abuelita. Su equivalente humano sería una setentona zurciendo junto a una buena lumbre y una botella de coñac... rebajado.
—Oh, ¿y no puedes hacer nada para evitar esto?
La rata se está cagando por la barra como si fuese un animal de veinte kilos.
—Es su propina por un servicio de mierda.
Un veterano pistolero de la patronal se aproxima a Lobo. Paso oscilante y, ya casi enfrente, enciende de forma extraña un cigarro con el yesquero. Aquel aliento huele a tabaco, ron y bastante miedo antes de articular palabra. No obstante, su actitud todavía intenta aparentar las virtudes más ajenas.
—Me chivan que a la tarde ha sucedido una desgracia —dice—. Un ambicioso boticario cortado en trocitos, chop, chop, chop. —Una de sus manos simula que raja en pedazos la otra—. A trescientos metros de aquí han dejado la trastienda con más vísceras que un matadero.
Lobo descubre el cinto de muescas y los pistolones.
—¿Qué se habrán llevado? —pregunta después.
—La morfina, la heroína y la cocaína aparentemente intactas. O sea que trincaron una cosa más práctica, sin necesidad de reventa, porque cuando hay reventa las cosas empiezan a complicarse con tantos mediadores. Lo sabes como yo: a muchos les encanta llevarse una comisión extra y a otros hablar más de la cuenta. —Saliva la boca—. Demonios, si los que la cagan suelen hacer las dos cosas a la vez.
—La policía agradecería esa perspicacia —media Bucanero en la conversación—. Aquí malgastas tu talento. Pero espera, también vas bebido... ¿Quién está hablando?, ¿el ron o tú?
El pistolero encara al nuevo tertuliano cuando Lobo se coloca una dentadura de metal en la boca.
—Es hora de volver a matar anarquistas como antaño. Los Lobos... una réplica barata de Los Solidarios, aunque sois mucho más escandalosos con la sangre y no organizáis mítines en sótanos, que ahí no se saca dinero. —Arruga el semblante—. En concreto, ese da vergüenza enseñando unas fundas rojas en pleno julio para que inventen historias sobre él.
Lobo muestra los dientes metálicos.
—La moral cambia, pero la sabiduría permanece.
De oreja a oreja. Feliz tras su cita, como si aquello no fuese con él.
—¿Sabes lo que a mí me resultaría vergonzoso? —Bucanero continúa en medio, contemplando al pistolero igual que a un chiquillo travieso—. Montar el rumor del Lord, no proteger ni una pastelería y tener que emborracharme para ser capaz de hablar con mi enemigo. ¿Qué diría el Barón de la banda de inútiles en la que os habéis convertido?
—Él es una leyenda y tú no puedes hablar de la época dorada si todavía estabas en pañales. A diferencia de hoy, hace quince años había bandidos de cuidado, rivales a nuestra altura.
Bucanero simula sueño llevándose la palma derecha a la boca. A continuación la sacude así estuviese manchada de pringue.
—Yo miro alrededor y sigo encontrando bastantes bandidos.
—Encuentras una opereta. Los otros eran de verdad, ¿te hago un rápido recuento de muestra?
—Haz lo que creas para seguir respirando.
El veterano de la patronal vigila a Lobo de reojo.
Decide estirar los dedos de las manos e ir bajándolos a cada mención.
—Los estraperlistas del arrabal de Pequín, los hermanos Tijeras del Somorrostro, los mercheros del Campo de la Bota, un indio de Santa Coloma que daba verdadero miedo el hijo de puta, lo llamaban «Macumbano» y tenía al cuello un escapulario de ojos podridos y un harén de negras, como lo oyes, en una finca donde enterraba a sus propios recién nacidos. Cuando le rajaron el cuello, media ciudad se echó a la calle para festejarlo. —Con Macumbano ha bajado dos dedos a la vez y se pasa a la otra mano—. También la cuadrilla del Extremeño en las casas baratas de San Andrés, los primeros apaches que llegaron de Francia... si hasta los anarquistas que iban junto al Cojo de Sants eran competentes. La mayoría ha muerto, no podía ser de otra manera, y lo que queda ahora es morralla. Pronto...
—Ojalá desenfundes en este mismo momento. —Bucanero sube la apuesta—. Así de pronto verás que ya no uso pañales.
—Te vas a meter en problemas.
—Llevo toda mi vida metido en problemas.
—Luisito, sírveme un anís, que todavía no sé cuál de estos apuestos caballeros va a pagármelo. —Bertini llega a la barra en cuanto acaba con una estrofa que canta «lo difícil que es llevar el triunfo en tus manos»—. Si tengo que elegir yo, me invita cada uno a un trago. ¿De acuerdo, señores?
Lobo lanza una dentellada de metal al aire.
—Ponlo en mi cuenta —pronuncia perfectamente con el molde—. Este ya se largaba.
Y el pistolero se disipa entre el humo, apuntando la otra cuenta pendiente. A cobrar rápido según sus cábalas del alzamiento militar, pero no tanto como para aceptar un duelo. Menos conociendo los rumores sobre aquella dentadura férrea. Se consuela con que la paciencia es una habilidad compleja.
—No invitaría a cenar a casa a Macumbano —dice Bucanero.
Lobo descubre un estuche para guardar los dientes postizos. Aquellos colmillos de la prótesis están especialmente afilados y relampaguean antes de cerrar la funda. Vuelve al bolsillo.
—¿Resulta tan difícil respetar a los artistas? —protesta Bertini cuando quedan en confianza—. De no intervenir yo, os volvéis a liar a tiros.
—Solo un tiro —corrige Bucanero—, de mi Star, concretamente. ¿No te has fijad
