1
Olía a madera, cola y barniz fresco. Estaba a solas con la oscuridad y el silencio. Solo oía su respiración y el tictac del reloj que llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Aunque parecía que el hombre se había ido, decidió aguardar un poco más y se estiró para que la sangre corriera por los brazos y las piernas. Al menos no había perchas colgando de la barra. Por la rendija de la puerta se colaba un poco de luz y sacó el reloj. Algo más de las nueve; en realidad el vigilante nocturno no tardaría en terminar la ronda de arriba también, en el sexto piso.
El ruido rechinante del ascensor, que resonó tanto en la oscuridad que la hizo estremecer, la sacó de dudas. Misión cumplida. Bajaba de vuelta y en las siguientes horas únicamente se ocuparía de las persianas metálicas que había delante de las puertas y los escaparates, y de que todo estuviese bien cerrado y nadie intentase entrar a robar.
Alex abrió el armario con sigilo y se asomó por la ranura que se iba ensanchando. La prudencia es la madre de todas las ciencias, solía decir Benny. Fuera, los anuncios luminosos de Tauentzienstrasse arrojaban tanta luz de colores a través de la ventana que ni siquiera tuvo que encender la linterna; lo distinguía todo: el lujoso dormitorio que habían instalado, una cama tan ancha que toda una familia podría haber dormido ahí y una alfombra tan mullida que los pies se hundían en ella. Cuando pensaba en la áspera alfombrilla de coco que había delante de la cama que se veía obligada a compartir con Karl, cuando todavía vivía en casa de sus padres, con cuatro personas en demasiado pocos metros cuadrados con demasiada poca luz... ¡Qué habría sido de Karl! Ni siquiera sabía si la poli lo había estado buscando tras la muerte de Beckmann. No añoraba en absoluto a su familia, pero a su hermano pequeño, a él sí le habría gustado volver a verlo.
Alex dio media vuelta, sus ojos habían captado un movimiento, al borde de su campo visual, y de pronto reconoció el gran espejo del tocador y en su superficie a una muchacha de dieciocho años con mirada provocadora, las piernas enfundadas en unos pantalones holgados y el cabello recogido bajo una gorra de tela toscamente tejida.
Dirigió una sonrisa maliciosa a su imagen en el espejo. Por el extremo del tablero contrachapado, forrado con un elegante papel que simulaba la pared del dormitorio, Alex se asomó una vez más. Algo en realidad inútil, el vigilante nocturno haría la siguiente ronda por las distintas salas de venta por la mañana temprano, hacia el final de su turno, algo que sabían por Kalli. Ahí no había ni un alma. En las siguientes horas, todo eso les pertenecía a ella y Benny. Le gustaba esa sensación.
Alex se orientó sin problemas; la inquieta luz del exterior, que relampagueaba sin parar en distintos colores, le bastaba totalmente. Antes, cuando todavía estaba todo iluminado y lleno de gente, había grabado en su mente lo más importante. Detrás se hallaban las puertas que daban a la escalera sur y allí a la izquierda, pasando por la pared que formaban los modelos de cortinas, se llegaba a la escalera mecánica.
Todo estaba en silencio, el ruido del tráfico le llegaba sofocado y tenue, un susurro ahogado de otro mundo que nada tenía que ver con el panorama encantado de ahí dentro. Se internó en la desierta sección de cortinas; también le pareció un castillo de cuento en el que largos cortinajes caían desde el techo hasta el suelo, de terciopelo, tul y seda. Siendo niña ya había estado allí, de pie y atónita de la mano de su madre que, como la pequeña Alexandra pronto advertiría, nunca iba a comprar, sino solo a mirar, admirar y soñar. «Mira bien esto —le había dicho a Alex—, los pobres proletarios como nosotros nunca podremos permitírnoslo. Pero nadie podrá prohibirnos que lo contemplemos.»
El dinero nunca había alcanzado para comprar en la rica zona Oeste, ni siquiera en los mejores tiempos, cuando el padre todavía trabajaba y la madre limpiaba casas. Ya eran pocas las veces que habían salido de su Boxhagener Kiez, ¿y cuántas al Oeste? La Ku’damm, el KaDeWe y la Tauentzien solo representaban para su padre la imagen pecaminosa de un capitalismo derrochador, el Oeste era un lugar de perdición que evitaba como el demonio huye del agua bendita. De no haber sido por la insistencia de la madre, el obstinado anciano no se habría dejado convencer para realizar las escasas visitas al zoo durante el verano. Pero hasta el mismo Emil Reinhold reconocía que no convenía ocultar a los hijos de los proletarios las maravillas de la naturaleza. Alex nunca se había interesado por las criaturas maltratadas detrás de las rejas, frente a los osos polares ya estaba pensando en el camino de vuelta, pues toda la familia Reinhold recorría habitualmente a pie Tauentzienstrasse antes de meterse en el metro de Wittenbergplatz y volver a la zona Este. En cuanto aparecían las primeras lunas de los comercios, empezaba Emil Reinhhold su reiterativo sermón sobre las aberraciones del capitalismo, mientras que Alex y su madre ya llevaban tiempo con la mirada y el pensamiento puestos en los escaparates. Los del KaDeWe ya ejercían por aquel entonces una mágica fascinación sobre Alex. También en los ojos de la madre se veía brillar de nuevo los sueños tiempo atrás desvanecidos, el sueño de una vida mejor, por ejemplo, de una vida que sin duda alguna la dictadura del proletariado no podía ofrecerle. El padre nunca se había percatado de ello. O no había querido percatarse. Había seguido sermoneando y sus hijos varones lo habían escuchado con atención, sobre todo Karl, quien siempre se lo tomaba todo tan en serio. Karl, el príncipe de los proletarios, el comunista íntegro. ¿Y ahora? Ahora tenía que ocultarse de los polis igual que su hermana pequeña, la ladrona.
Alex ya casi había llegado a la escalera mecánica, cuando un ruido la devolvió al presente, un chasquido fuerte, mucho más cercano y directo que el murmullo amortiguado del tráfico. Se agachó a toda prisa detrás de dos enormes balas de tela y escuchó: algo golpeaba el cristal, algo batía y arañaba una de las ventanas. Intentó identificar los sonidos. Un aleteo y un arrullo. Cuando se atrevió a salir de su escondite, reconoció detrás del vidrio iluminado por el neón de colores las siluetas de dos palomas que se habían instalado fuera, en la repisa de la ventana.
¡Qué boba! Alex respiró profundamente para calmar los agitados latidos de su corazón. ¡Un momento antes el espejo, y ahora esto! ¡Benny se habría partido de risa si la hubiese visto así! ¿Desde cuándo era tan asustadiza? ¿Desde que había descubierto que su jodida vida le importaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer?
Con un ruidoso batir de alas, las palomas se internaron de nuevo en la noche y Alex reemprendió la marcha. Con cada paso que daba se sentía más segura, el intenso nerviosismo que había ido acumulando durante las horas de espera en el armario ropero se iba derritiendo hasta formar un núcleo pequeño y despierto en las profundidades de su interior, mientras disfrutaba deambulando por los grandes almacenes silenciosos y nocturnos. Parecía como si todo hubiese permanecido cien años dormido y ella fuese el único ser despierto en ese reino hechizado. El KaDeWe superaba todos los grandes almacenes en los que se habían encerrado hasta el momento. El Tietz, sin duda; pero también el enorme Karstadt de Hermannplatz empalidecía frente a los esplendorosos grandes almacenes de la Tauentzien.
Había abandonado la sección de cortinas y llegado junto a las escaleras mecánicas. Los escalones metálicos permanecían inmóviles y muertos, como si un hada mala lo hubiese congelado todo. Tenía que bajar cinco pisos para llegar al punto de encuentro acordado en la planta baja. El estanco, como siempre. Ya se había convertido en una especie de ritual. Antes de marcharse, se aprovisionaban de cigarrillos de marcas que, de otro modo, nunca habrían podido permitirse. Benny tenía olfato para el tabaco de calidad.
Alex no pudo evitar el recuerdo de cómo lo había conocido, peleándose por la colilla que algún guapito con pasta había tirado a medio fumar sobre el adoquinado de la estación del zoo. Fue a principios de febrero, solo un par de semanas después de ese asunto de mierda con Beckmann, un día que hacía un frío de espanto. A esas alturas, Alex también se había gastado lo que le quedaba del dinero que le había timado al gordo seboso del mercado de Navidad. Tenía hambre. Y llevaba dos días sin fumar.
Ambos se habían lanzado al mismo tiempo sobre el cigarrillo todavía encendido, Alex y ese chico rubio, delgado, casi delicado, que pese a dar la impresión de ser torpe, iba directo y con destreza a su objetivo. Sin embargo, Alex había sido más rápida. ¡Cómo la había fulminado él con la mirada cuando su mano había llegado la primera hasta la colilla! Y ella enseguida le había respondido con insolencia, tal era el ansia que sentía su cuerpo de un poco de nicotina. En el fondo era un milagro que luego se hubiesen puesto de acuerdo y hubiesen compartido la colilla, probablemente fueron los ojos del chico los que habían logrado ablandar a Alex. Desde el comienzo había tenido la sensación de que debía cuidar de ese chico flaco y de mirada triste; casi había desarrollado por ese niño que todavía no había cumplido los dieciséis años unos sentimientos maternales; si no maternales, sí al menos de hermana mayor, y, sin embargo, había sido él quien en las semanas siguientes le había mostrado cómo sobrevivir en la calle. Benny le enseñó cómo sacar una cartera de una chaqueta ajena sin armar ningún jaleo, cómo abrir puertas sin tener las llaves correspondientes, cómo conducir coches que no le pertenecían. Un montón de cosas útiles para una chica que por la noche no sabía qué iba a comer al día siguiente.
Se las habían apañado juntos toda la primavera, viviendo al día a base tirones, delitos menores y un par de encargos que cumplieron para Kalli. Hasta que descubrieron lo de los grandes almacenes.
La primera vez, en el Tietz de Dönhoffplatz, simplemente ocurrió, por pura casualidad. En realidad, Alex y Benny andaban dando vueltas por los grandes almacenes poco antes de que se cerraran las tiendas porque fuera había empezado a llover. La idea había surgido sin meditarla, de repente, en el momento en que los empleados empezaron a pedir amablemente a los clientes que se fueran marchando. Alex y Benny solo tuvieron que cruzar una mirada y el asunto quedó claro. Habían pasado las horas siguientes estrechamente apretados el uno contra el otro en un enorme baúl hasta que todo a su alrededor se había calmado. Les dolían todos los huesos cuando finalmente se atrevieron a salir de ahí. Lo más fácil había sido vaciar las vitrinas de joyas, qué otra cosa iban a robar, un sofá ni se lo planteaban. Pudieron llenar dos maletas pequeñas que se agenciaron en la sección de artículos de piel, lo justo para cargar fácilmente con ellas sin llamar la atención. Cuando volvieron a estar fuera, en el patio primero, al que llegaron a través de una ventana, y luego en Karausenstrasse, nadie los había detenido, nadie había visto lo que acababan de hacer y lo que llevaban en las maletas. Se habían dirigido con toda tranquilidad a la parada de Spittelmarkt. Los viajeros del metro tampoco les habían prestado atención, esos adolescentes con sus maletas tenían el aspecto de vendedores callejeros de regreso a casa, rendidos tras un día de trabajo duro y sin buenos resultados.
A Kalli se le habían puesto los ojos como platos a la mañana siguiente y había soltado la pasta de buena gana. Nunca le habían entregado algo así. Alguna vez, como mucho un viejo reloj de bolsillo que le habían birlado a un borracho, o algún cachivache de algún vehículo. Después de lo del Tietz ya no se dedicaron más a esas menudencias. Robar carteras en el metro o dejar a los borrachos con los bolsillos vacíos no valía la pena y siempre era un juego de azar; el truco de los grandes almacenes rendía más, simplemente. Y era cosa de niños: quedarse encerrado, coger todos los trastos posibles de las vitrinas y luego abrirse sin más. Cuando los vigilantes nocturnos se percataban de las vitrinas vacías, Alex y Benny ya estaban lejos. Con este método habían visitado cuatro grandes almacenes y la última vez, en el Karstadt, habían sacado mercancía realmente buena. Pero tuvo que ser Kalli quien les propusiera la mejor dirección de la ciudad, a ellos nunca se les habría ocurrido, por mero respeto. «Del KaDeWe sí que merece la pena llevarse algo», había dicho, por qué no se metían alguna vez allí; los almacenes tampoco se hallaban mejor vigilados que el Tietz o Karstad, les garantizó, conocía a una persona que trabajaba ahí.
Y ahí estaba ella, bajando torpemente piso tras piso por las escaleras mecánicas, que en su inmovilismo parecían más difíciles que unas escaleras de piedra. La sensación de tener el enorme KaDeWe todo para ella la llenó de fuerza. Recordó cómo habían paseado Benny y ella de sección en sección por los almacenes Tietz y lo mucho que habían disfrutado al estar solos con todos esos tesoros. Probaron cantidad de artículos, incluso se permitieron visitar la sección de juguetes, un poco avergonzados al principio, pues ambos habían escondido su faceta infantil ante el otro pese a la confianza que se tenían, pero en el segundo establecimiento, de nuevo el Tietz, aunque esta vez el situado junto a Alexanderplatz, habían hecho un esfuerzo y se habían puesto enseguida manos a la obra.
La gran sala en la planta baja se desplegaba ante ella, la escalera había llegado a su fin. Para dirigirse al estanco tenía que cruzar el departamento de caballeros por un pasillo formado por maniquíes. Los rostros de cera bajaban la vista hacia ella arrogantes e inmóviles, idénticos a los de los guapitos que fuera llevaban, en efecto, esas elegantes prendas y que casi no podían moverse de lo hinchados que estaban. Alex odiaba ese tipo de hombres y disfrutaba imaginando que tal vez eran precisamente esos caballeros los que estaban ahí encantados y condenados a pasar toda su vida petrificados en el KaDeWe. A cambio podían ir vestidos siempre a la última moda. Al final del ejército de maniquíes se distinguía el revestimiento de madera y las estanterías de la sección de artículos para fumadores.
Al parecer, Benny todavía no había llegado. La joven intentó distinguir algo a la luz mortecina que se filtraba desde el exterior. De pronto se interrumpió y se quedó parada creyendo que uno de los maniquíes se había movido, en la parte posterior, al final de la fila. Observó con detenimiento, pero todo seguía tan quieto como antes. Un anuncio luminoso rojo resplandecía fuera y proyectaba sombras danzarinas en el interior, eso era todo. En cualquier caso, entre los maniquíes no había ningún vigilante nocturno, ninguna gorra de visera, solo indolentes fedoras, conservadores bombines y elegantes sombreros de copa. Alex siguió avanzando; el corazón todavía le latía con fuerza, tanto que hasta le parecía que sus latidos resonaban en medio del silencio. El maniquí que la había asustando tanto estaba justo al final de la fila, precisamente delante del pasillo que conducía a los artículos de fumadores, y Alex le sacó la lengua.
El maniquí inclinó el torso ligeramente hacia delante y Alex se estremeció de horror, como si una corriente eléctrica le hubiese recorrido todo el cuerpo hasta la punta de los dedos.
—Vaya entrando, señora —dijo el maniquí con un acento húngaro digno de una opereta—, ¡pero no sea tímida!
—¿Estás mal o qué? ¿Quieres que me dé un ataque al corazón? —Alex golpeó la pechera blanca como la nieve.
—No sea tan miedosa, hágame el favor. —Benny se inclinó y, al hacerlo, se quitó el sombrero de copa e hizo señas invitándola a pasar como el propietario de una caseta de feria llamando la atención del público—. ¡Pase y vea, señora! Y no tema por los precios. Aquí compran tanto ricos como pobres, tanto unos como otros.
—¡Jo, menuda pinta! —exclamó Alex sin poder contener una sonrisa burlona—. ¡Pareces un aprendiz de director de circo! —Se arrepintió de lo que había dicho en cuanto vio su rostro. El chico había esperado sorpresa, admiración, aprobación, pero no que se burlasen de él.
—Pensaba que ya que estamos aquí, podíamos ponernos guapos —dijo, esforzándose por disimular su decepción.
—Tienes un aspecto de lo más elegante —se apresuró a decir Alex—. Nunca te había visto así.
—¡No me digas! ¿Y cómo ibas a verme, con la vida que llevamos? ¡Pero ahora me he puesto por todo lo alto! —Benny abrió una bolsa de lona—. Te he traído una cosa, de la sección de señoras —anunció, al tiempo que sacaba un vestido rojo de seda—. ¿Qué opinas?
—Mejor que nos limitemos a las joyas —previno Alex—, Kalli no nos aceptará la ropa.
—Solo póntelo por una vez. —Agitó la prenda de seda roja.
—¿Ahora?
—Es un vestido de noche, y es de noche.
Benny le tendió la prenda y Alex miró la tela de un rojo oscuro tornasolado.
—¿No es un poco demasiado... elegante?
—La cuestión es si te gusta o no.
Tenía un tacto placentero, la forma en que la tela se deslizaba en su mano resultaba agradable. Alex sostuvo el vestido por delante y se miró en el espejo de una pilastra. Sin duda era de su talla. No imaginaba que Benny tuviese tanta vista, nunca se había comprado ropa, ni la más mínima tontería, ni siquiera con el dinero que Kalli les había dado recientemente y que habría bastado para media docena de trajes nuevos. Ni siquiera se había fijado en que ella se había comprado un abrigo nuevo hasta que pasaron varios días.
Benny la observó en silencio. Sacó un estuche plateado del bolsillo interior y extrajo un cigarrillo. Manoli Privat, una marca de seis peniques. «En realidad no se le ve tan ridículo con ese traje finolis», pensó Alex, simplemente estaba raro, siempre lo había visto con unos bastos pantalones de lino y una chaqueta gastada de piel.
—¿Quieres? —preguntó, acercándole el estuche, pero Alex negó con la cabeza.
—Solo una calada —respondió.
Benny encendió el cigarrillo y se lo pasó. Alex dio dos profundas caladas y se lo devolvió.
—Tiene buena pinta —dijo él, sacando unos guantes y un sombrerito de la bolsa—. Deberías ponértelo.
Alex solo dudó medio segundo, luego cogió las prendas y se cambió detrás de un pilar. En efecto, el vestido le sentaba como hecho a medida. Se puso los guantes y el sombrero. Le latía el corazón, nunca había llevado algo tan delicado. Se sentía bien con el vestido y, al mismo tiempo, insegura: una sensación extraña. Algo parecido debía de sucederle a Benny. Realmente, podría haberse ahorrado el comentario anterior.
—¡Tachán! —exclamó, dejándose ver.
Cuando observó la sorpresa de Benny, enseguida se sintió mejor. El chico, que normalmente no podía mantener la boca cerrada, se acercó callado y la miró de arriba abajo, y ella supo que estaba impresionado. Con qué elegancia se movía él en esas prendas, sobre todo ahora que se inclinaba ligeramente ante ella.
—¿Bailas? —preguntó.
Alex se echó a reír.
—¿Oyes música en algún lugar?
—Sí —respondió él, al tiempo que le tomaba la mano derecha y le rodeaba el hombro izquierdo—, ¿tú no? —Empezó a canturrear una melodía y a mecer a Alex al ritmo de un vals.
—No tengo ni idea de bailar.
—Déjalo de mi cuenta.
Y entonces empezó a girar, arrastrando a Alex consigo. Al sentir que la asía con firmeza, ella se abandonó a los movimientos y al compás de su melodía, y todo ocurrió realmente con naturalidad. Los impertinentes de las vitrinas con sus rostros arrogantes pasaban dando vueltas por su lado, las estanterías y los percheros, la luz de colores que resplandecía a través de la ventana, procedente de la Tauentzien, y cuando volvieron a detenerse, Alex confirmó que habían recorrido media planta bailando. Estaba un poco mareada y sin aliento, pero en el fondo se sentía bien.
—¿Dónde has aprendido? —preguntó. Benny siempre la sorprendía, ese chico delgado y con rostro aniñado, que a veces parecía tan adulto y serio que la asustaba.
—En el hospicio, las chicas de la cocina bailaban a veces juntas cuando las monjas no las vigilaban; fueron ellas las que me enseñaron. ¿Te gusta?
Ella asintió y Benny volvió a cogerla, bailó de nuevo con ella, esta vez en el otro sentido. Alex estaba radiante. Si su padre supiera lo bien que se lo estaba pasando con un tontería tan burguesa como el vals vienés, probablemente soltaría palabrotas y maldeciría la perdida de su hija todavía más de lo que ya lo hacía ahora.
Cuando se encontraron de nuevo en la tienda de tabaco, primero tuvo que agarrarse a él, no habría podido conservar el equilibrio sola.
—Fantástico —dijo, todavía sin aliento—, tendríamos que haberlo hecho antes. Aún no tengo suficiente práctica.
—A lo mejor tendríamos que ir a bailar alguna vez de verdad. A un sitio que sea realmente elegante, me refiero a un salón de baile de la Ku’damm...
Alex rio.
—Allí, si entran dos como nosotros, enseguida los echan.
—Hemos de ir bien vestidos. Como ahora. —Benny hizo una pausa, como si le resultase difícil pronunciar la siguiente frase, como si las palabras tuviesen que superar algún obstáculo—. Eres preciosa, Alex —logró decir finalmente, y sonó como si hiciera tiempo que quisiera decirlo. Las puntas de sus dedos rozaron las mejillas de la muchacha, y Alex se sobresaltó de la inesperada y sorprendentemente tierna caricia. Se estremeció un poco, pero él no pareció darse cuenta; cerró los ojos y se acercó al rostro de ella. Cuando los labios del chico tocaron los suyos, Alex reaccionó. Lo apartó con suavidad, pero con firmeza.
—¡Benny! Esto no puede ser... —advirtió.
—¿Cómo que no? —Él se la quedó mirando como si no la entendiera. Como si no quisiera entenderla.
—No lo sé. Acabas de cumplir quince años. —«Mierda, Alex, ¡sé amable con él!»—. No me malinterpretes, me caes bien. Eres mi amigo.
—¿Por qué no puedo besarte?
Tenía un aspecto tan terco y abatido que ella no pudo evitar abrazarlo y acariciarle la cabeza.
—Me gustas, Benny. Pero... ahora no puede ser. Precisamente ahora. Tenemos trabajo que hacer.
—Es cierto —convino él—. Dejémonos de tonterías.
La soltó y vació la segunda bolsa de lona en que había amontonado su ropa. Alex notó que lo había herido. Por segunda vez esa noche, y en esta ocasión, profundamente, mucho más profundamente que la primera vez. Pero él no quería manifestarlo y ella le dejó creer que no se había dado cuenta. De todos modos, la atmósfera encantada se había echado a perder. Unos segundos antes habían estado deslizándose sobre el parquet de los grandes almacenes y ahora, con sus trajes de fiesta, parecían dos niños pequeños que hubieran estado revolviendo los armarios de sus padres a escondidas. Eso al menos pensaba Alex y así se sentía también. A Benny parecía ocurrirle lo mismo. Tenía prisa por volver a ponerse su vieja ropa, y también Alex volvió a la columna tras la cual había dejado sus prendas y se cambió. Benny ya se había echado la bolsa al hombro y la esperaba.
—Pues ahora a trabajar —dijo, tendiéndole la otra bolsa. Sin añadir palabra se pusieron en marcha.
La sección de joyería también se encontraba en la planta baja. El vidrio de las vitrinas brillaba en la penumbra cuando entraron en la sala. Alex sintió que de nuevo crecía en ella la tensión. Las piezas de valor se encontraban, por supuesto, en la caja fuerte, y en las salas de venta solo se mostraban duplicados. Por eso Alex y Benny dejaban a un lado las joyas ostentosas y cogían en su lugar piezas más sencillas que eran auténticas, anillos, pulseras y pendientes discretos, pero sobre todo relojes, relojes de todo tipo: de bolsillo de oro y nobles de muñeca; Kalli siempre pagaba bien los relojes.
Benny se quitó la chaqueta de cuero y se envolvió el brazo con ella.
—Alex —dijo—, te prometo que dentro de dos o tres años ya no tendré que hacer esto, entonces llevaré todo el día trajes elegantes, conduciré un coche y viviré en una casa distinguida con criados y todo eso. Y entonces volveré a preguntarte si quieres ir a bailar conmigo.
Cuando ella lo miró, vio que tenía una expresión decidida. Antes de que pudiera responder, él dio un golpe y el vidrio de la vitrina se astilló. A Alex, el ruido le pareció tan fuerte que todos los habitantes de la ciudad se caerían de la cama, pero nunca había ocurrido nada.
No obstante, se apresuraron y no volvieron a decir nada más, se limitaron a hacer su trabajo. Alex empezó a sacar relojes de pulsera de la vitrina rota y a meterlos en la cartera, mientras que Benny sacudía los cristales de la chaqueta de piel y preparaba el codo para romper la vitrina siguiente. Alex ya no encontró tan estrepitoso el segundo estallido. Procuró no meter demasiadas astillas de vidrio con los relojes en la bolsa. En la siguiente vitrina el asunto se complicó, en el terciopelo, entre los fragmentos de vidrio había unos delicados anillos de brillantes. Alex se concentró tanto en las astillas pequeñas que no prestó atención al afilado canto del cristal que todavía estaba en el marco de latón. Soltó una maldición cuando se cortó el dorso de la mano.
Benny se acercó y miró la herida. Al ver que sangraba bastante, se desgarró la camisa y le vendó con un trozo la mano. No dijo nada entretanto. Él mismo vació la tercera vitrina que había abierto y la ayudó a coger los anillos. Alex ya no era de gran ayuda con la mano vendada.
—Mierda —maldijo ella de nuevo—. Lo siento.
—No pasa nada, nosotros... —Benny se interrumpió y se detuvo, la boca todavía abierta, como petrificado en medio de la frase—. Chist —susurró—. ¿No has oído?
Alex se encogió de hombros.
Pero entonces también ella captó un ruido que no auguraba nada bueno.
En algún lugar del edificio se había cerrado una puerta.
—Está otra vez de ronda —susurró—. No puede ser. Debe de hacer la ronda por fuera, no volverá a inspeccionar las salas de venta.
—Yo no me arriesgaría —dijo Benny, sacando otro puñado de anillos de la vitrina—. A lo mejor hemos hecho demasiado ruido. Larguémonos con lo que tenemos.
Cerró las dos bolsas de lona y cogió la más pesada. Alex se echó al hombro la otra y salieron corriendo, ella la primera porque conocía mejor el lugar. A esas horas la Tauentzien rebosaba de noctámbulos, y las ventanas y puertas estaban enrejadas para no tentar a quienes salían a mirar escaparates. Tenían que llegar al patio de servicio a través de uno de los almacenes posteriores o de la ventana de una oficina, y de ahí pasar a Ansbacher Strasse. Luego bastaba con mezclarse entre la gente y coger el metro más cercano rumbo a la zona Este. Como siempre.
Pero ocurrió algo que desbarató todos sus planes. La puerta que daba a la escalera sur se abrió y derramó una cuña de luz en el área de ventas. De forma instintiva, Alex se echó a un lado y tiró de Benny hacia ella para colocarse detrás de una pared en la que se exponía un montón de corbatas de seda. Creía haber visto un uniforme junto a la puerta. No el marrón rojizo del vigilante nocturno del KaDeWe, con el que ya había contado, sino el azul oscuro de la policía prusiana.
En ese momento oyeron entrar a los hombres. Debía de tratarse de todo un pelotón de policía. Alex miró a Benny y este dibujó con los labios, en silencio, una palabra que habría preferido gritar: mierda.
Así pues, tenían que ir hacia la Tauentzien, no tenían otra elección, no podían pasar junto a los polis. Pero ¿qué demonios estaban haciendo esos ahí? Alex dirigió una señal con la cabeza a Benny y tomó la delantera. Ligeramente inclinados, al amparo de las estanterías y los percheros, se pusieron en camino en la penumbra, aumentando la distancia que los separaba de los agentes de uniforme.
—¡Policía! —oyeron gritar—. Sabemos que están aquí. Ríndanse. No pueden huir.
Y de repente se produjo un centelleo. Durante un par de segundos solo hubo unos destellos y luego todo se iluminó. Alex se encogió todavía más detrás de la estantería junto a la que estaban pasando y se asomó por el extremo. No pintaba nada bien. Los polis se habían repartido en varios grupos y peinaban de modo sistemático la planta completa.
Miró a Benny, que se encogió desconcertado de hombros. No tenían mucho tiempo, habían de actuar. ¡Ahí, el ascensor! A un par de metros a su izquierda, solo el de en medio estaba en la planta baja. Alex señaló las puertas lujosamente decoradas y Benny asintió. Era la única oportunidad que tenían, la única posibilidad de conseguir una pequeña ventaja, de ganar algo de tiempo para urdir otro plan de fuga. Se encogieron y avanzaron agazapados junto a un largo colgador lleno de pantalones de golf. Los ascensores ya estaban cerca. Pero no del todo. Para pulsar el botón tenían que salir de su escondite.
Entonces Alex oyó una voz de hombre muy cerca.
—Aquí ya han hecho de las suyas. ¡Mirad! Esperemos que todavía no hayan escapado.
—Aún no se han ido, lo noto —apuntó otro.
Alex escuchaba, fascinada. Los agentes habían descubierto las vitrinas rotas, esto los distraería un momento. ¡Ahora o nunca! Inspiró hondo, todavía agachada, antes de acercarse a la pared y extender el brazo para pulsar el botón.
La puerta se abrió con un leve tintineo.
No lo bastante leve.
—¡Alto, policía! —gritó alguien—. Manos arriba y dense la vuelta.
Alex tiró de Benny hacia el ascensor abierto y apretó a toda prisa uno de los botones superiores. Al menos sabía cómo funcionaban esas cosas gracias a los almacenes Wertheim. Los uniformes azules ya aparecían por la esquina, su cabecilla repitió «Deténganse», pero la puerta por fin se cerró y el ascensor empezó a subir. ¡Gracias a Dios! Lo primero subir, lo primero aumentar la distancia que los separaba de sus perseguidores. Mientras los polis tomaban uno de los otros ascensores en la planta baja, transcurriría algo de tiempo.
Miró a Benny. Por fin, podían volver a hablar.
—Mierda —exclamó el joven—. Pero ¿qué hacen los polis aquí?
—A lo mejor es que hemos disparado la alarma en algún sitio.
—A mí me da la impresión de que nos estaban esperando. Como si hubiesen aguardado para pillarnos con las manos en la masa.
—Primero tienen que cogernos.
—Cierto. —Benny le sonrió—. Se te dan bien las huidas, Alex, siempre lo he sabido. Pero ¿dónde has aprendido a manejar un ascensor?
—En el Wertheim había un ascensorista que estaba loco por mí.
Benny le dio un codazo y se rio, y eso que ella no bromeaba. La relación con el obstinado pretendiente casi le había costado el puesto. El puesto que, de todos modos, había perdido medio año después.
El ascensor se detuvo, la puerta se abrió dejando a la vista un cinco en la pared de enfrente.
—Por favor, señores, desciendan —anunció Alex.
—¿No sería mejor subir un piso más?
—Sí, pero por las escaleras. Así los polis buscarán primero en el piso equivocado.
Benny asintió.
—Lo mejor es que nos separemos. ¿Tú un piso más arriba y yo uno más abajo?
—¿Separarnos?
—Lo de los polis es sospechoso —contestó Benny—. No tengo ni idea de cuántos andan husmeando por aquí, tenemos que dividirlos, solo así tendremos alguna posibilidad de lograr lo que queremos.
Hablaba como un general antes de la batalla. Si la situación no hubiese sido tan grave, Alex se habría echado a reír.
—Separarnos, de acuerdo —señaló ella—. ¿Y luego?
Benny se encogió de hombros.
—Ni idea. Salir de algún modo de aquí. Alguna oportunidad tendremos en unos almacenes tan grandes.
—De acuerdo. ¿Cuándo nos encontramos?
—Cuando estemos fuera. En la Fuente de los Cuentos de Hadas. A las horas en punto.
Alex asintió.
—Bien, buena suerte —se despidió—. Nos vemos fuera.
Lo miró una vez más y luego corrió escaleras arriba hacia el sexto piso. Alex oyó sus propios pasos y los de Benny, distanciándose. Una vez arriba, se detuvo unos instantes delante del ascensor y pensó hacia dónde ir. Era probable que en algún momento el vigilante nocturno tuviera que encender también la luz del sexto piso. Pero todavía estaba oscuro. Por primera vez en esa noche, Alex utilizó la linterna e iluminó las agujas indicadoras que había sobre los ascensores. Las que estaban en el extremo de la derecha ya se habían puesto en marcha y pasaban en ese momento por el segundo piso. Así pues, estaban aproximándose. No había tiempo que perder.
Alex entró precipitadamente en el área de ventas en busca de una vía de escape o al menos de un escondite. El haz de luz de la linterna se desplazaba por encima de baldosas rojas y blancas y de los aparadores de cristal vacíos. El bar del KaDeWe, el corazón del nuevo departamento de productos alimenticios. Alex atravesó la planta pasando junto a estanterías llenas de tarros de mermeladas. Y de repente no pudo avanzar más. Alex buscó un paso en el tabique contrachapado y pintado de blanco, tan revestido de estantes que apenas se percibía su carácter provisional. Tras un mostrador descubrió finalmente una pequeña y discreta puerta, con solo una cerradura simple que era fácil de abrir. Se coló por ella y volvió a cerrarla. Justo detrás, un montón de tablas le cerraba el paso, como si estuvieran haciendo obras. No se reconocía qué tipo de artículos iban a venderse ahí, todavía había que montar la mayoría de las estanterías. Alex cruzó la sala y encontró una puerta que daba a una escalera que subía.
No sabía hacia dónde se dirigía, solo sabía una cosa: fuera como fuese, no debía caer en manos de sus perseguidores. Desde que vivía en la calle, esa era la primera regla: ¡que nunca te pille un poli! Aunque ya había pasado medio año, todavía tenía un miedo atroz a que la policía la pescara y acaso la hiciera responsable de la muerte de Beckmann. O todavía peor: que la presionara y averiguase que había sido Karl quien había matado a ese nazi de mierda. Que ella, su propia hermana, había estado al lado y lo había visto todo. Y que era culpable. En cualquier caso, eso creía a veces Alex: que había convertido a su hermano en un asesino. Y luego todo se rebelaba en su interior, pues sin esa mierda del Frente Rojo Karl no habría tenido pistola y no habría podido disparar a Beckmann.
Pero la tenía. Y había disparado.
Alex apagó la linterna y prestó atención. Voces, sin duda. Voces cada vez más fuertes. Naturalmente, los polis también peinaban el sexto piso, no eran tan tontos como para dejarse engañar por el ascensor en el quinto. Se produjo un centelleo y también ahí se encendieron las luces. Alex se retiró por instinto a la escalera oscura, pese a perder campo de visión tras la zona que estaba en obras. Al menos en principio. ¿Qué pensarían los transeúntes de la calle al ver de repente iluminarse todos los pisos del KaDeWe poco antes de medianoche?
Alex se cargó la bolsa al hombro y subió por la angosta y oscura escalera. Debía salir de ahí antes de que los polis descubriesen el tabique contrachapado y tuvieran la ocurrencia de echar un vistazo detrás. Pasó por dos lóbregos desvanes y llegó delante de una puerta cerrada que no supuso ningún problema para su ganzúa. Una ráfaga de viento frío la golpeó cuando volvió a encontrarse fuera, en la azotea, con la ciudad a sus pies. Ahí sobresalía oscura la iglesia votiva, entre el mar de casas y la luz de colores que surgía del dédalo de callejuelas. De repente el ruido del tráfico volvió a llegarle fuerte y nítido, no tan sofocado como en el interior del edificio. La bocina de un coche le recordó que abajo la vida y la libertad la esperaban. Pero ¿cómo llegar hasta allí? Un soplo de aire frío le azotó el rostro, como si el viento le advirtiera que se había internado en territorio desconocido. La herida de la mano cada vez le dolía más. Alex se asomó sobre la barandilla de la azotea y miró hacia abajo. El rótulo «KaDeWe» relucía en la noche y proyectaba su luz de neón sobre una cubierta inclinada y recortada por ventanas y buhardillas. No había manera de bajar. Únicamente podía rezar para que a los polis no se les ocurriera la idea de buscar por ahí. Pero ¿quién sería tan imbécil como para pretender escapar por la azotea? Pues sí, Alexandra Reinhold era así de imbécil, aunque, a fin de cuentas, los polis no tenían por qué saberlo.
«Estúpida —se reprendió a sí misma—, te has metido tú sola en la trampa.»
No, tenía que dar media vuelta, tenía que librarse como fuera de la policía y bajar, abajo del todo, y salir de ahí. La pregunta era cómo. Alex se dio media vuelta y volvió a la escalera, donde se quedó un momento quieta y escuchando una vez que hubo cerrado la puerta. No se oía nada, todo estaba todavía a oscuras. Mientras no estuvo realmente convencida de que no había moros en la costa, no bajó por la escalera en penumbra, escalón tras escalón, y abrió la puerta que conducía de nuevo a la luz. Ya no se oían voces. ¿Se habrían largado los polis? Al menos en la zona que estaban rehabilitando no se veía a nadie. Qué raro que no hubiesen inspeccionado ahí. Pero habían dejado la luz encendida. Alex se sorprendió. Se deslizó con el mayor sigilo posible hasta el tabique de madera contrachapada y observó a través de una estrecha ranura.
¡Mierda! Junto a los ascensores había un tipo de uniforme.
Los polis no tenían que hacer el trabajo a fondo y peinarlo todo, bastaba con que vigilasen todas las salidas.
Alex se retiró a la parte posterior, en construcción. Abrió con cautela una de las ventanas del lado oeste y se asustó de la intensidad con que resonaba el ruido exterior. Deseó que no se pudiese oír desde los ascensores. Sacó la cabeza al aire nocturno con olor a gasolina y lluvia y observó el exterior. Unos cuatro metros más abajo reconoció el mirador que rodeaba casi todo el edificio en el quinto piso; más allá se abría el abismo de Passauer Strasse. Podía colgarse de la repisa de la ventana, suspenderse lo más abajo posible y luego saltar. Era capaz. Cuando todavía pensaba qué habría ganado con semejante temeridad, descubrió una silueta que se apretaba contra el nicho de una ventana en la galería.
Benny.
También a su pobre compañero lo habían empujado entretanto hacia fuera los polis. No se percató de su presencia, se mantenía encogido en su escondite y no perdía de vista la puerta. Alex volvió a cerrar la ventana. ¡Maldición! ¿Cómo iban a salir con bien de ese atolladero?
Le volvía a doler el corte de la mano. ¡Qué día de mierda! ¡Venga, fuera de aquí, fuera de una vez! Alex abrió una puerta en la parte sur del área de ventas, donde también estaba oscuro. Escuchó con atención en la penumbra y cuando estuvo segura de que no se oían pasos ni voces, volvió a encender la linterna y bajo el inquieto foco luminoso distinguió un largo pasillo. Una sección de oficinas, todo nuevo, las paredes olían a recién pintado. Recorrió despacio el pasillo, haciendo caso omiso de las puertas a ambos lados, y descubrió que al fondo giraba a la izquierda, tal vez al doblar la esquina había otra escalera. Alex apagó la linterna antes de girar, había visto un débil rayo de luz. Solo una ventana al final del corredor, a través de ella entraba una luz mortecina y tenue en el edificio. Fuera reconoció un muro cortafuegos, por ahí se debería salir al patio de servicios.
«¡Fantástico, señorita Reinhold, todo según lo planeado, aunque lamentablemente dos pisos más arriba!»
Entretanto había empezado a llover. No había nada que Alex deseara más ardientemente que estar ya bajo la lluvia, en medio del aguacero que tantos días de verano les había amargado. Miró por la ventana las gotas que caían y rezó una breve oración. «Dios mío querido, si estás en algún lugar y me oyes, déjame salir de aquí, no importa cómo, pero déjame tan solo salir de aquí y pagaré cualquier precio, hasta iré a la iglesia.» Cerró los ojos para poner más énfasis en la oración y escuchó atenta el repiqueteo de la lluvia. El sonido tenía una característica extraña que la desconcertó y la impulsó a abrir la ventana. La lluvia producía un auténtico estrépito y entretanto se oía un sonido como de alguien golpeando un yunque con un martillo una y otra vez. Alex sacó la cabeza por la ventana abierta y creyó que estaba soñando. En ese momento estaba firmemente convencida de que debía agradecérselo solo a su oración.
¡Una escalera de incendios!
Unos escalones de hierro conducían hacia al patio, piso por piso. Alex se guardó la linterna y se colgó la bolsa al hombro. A continuación pasó al suelo de rejilla y miró hacia abajo con cautela. Toda una flota de camiones y furgonetas de reparto estaba aparcada ahí abajo en ordenadas filas; por lo demás, el patio estaba vacío, por ahí no había uniformes azules a la vista. Se diría que los polis no habían pensado en la escalera de incendios, simplemente la habían pasado por alto.
Alex se agarró a la fría y húmeda barandilla y empezó a bajar por la escalera de acero, despacio, paso a paso, sin perder de vista el patio ni las ventanas. El viento le arrojaba la lluvia al rostro, la estructura de acero temblaba y rechinaba con cada paso que daba, pero metro a metro se fue aproximando al suelo. Pese a que la lluvia no era intensa, enseguida se quedó empapada, el vendaje calado, además la bolsa se le iba haciendo más pesada con cada minuto que pasaba.
Por fin llegó abajo. En efecto, lo había logrado. Si pudiera contarle a Benny lo de la escalera de incendios... Ojalá él tuviera tanta suerte como ella. Oculta tras los camiones que estaban ordenadamente aparcados, fue avanzando despacio hacia el acceso de Passauer Strasse. El portal estaba cerrado, ella ya contaba con ello. Alex sacó la ganzúa; temblaba un poco y necesitó más tiempo de lo habitual, pero la cerradura de la gran puerta de hierro no era especialmente difícil de forzar.
El portón chirrió cuando ella lo empujó. Abrió con cautela y solo una pequeña rendija, apenas lo suficiente para colarse por ella.
¡Y ya estaba fuera! ¡En la calle, en libertad! Nunca antes había oído con tanto placer el ruido del tráfico de la Tauentzien, inspiró el aire como si fuera distinto al que había dentro, como si ahora realmente pudiese respirar de nuevo tras una inmersión demasiado larga. Había dejado de llover. En Passauer Strasse no sucedía gran cosa, un par de transeúntes apresurados que cerraban en esos momentos sus paraguas; dos, tres coches que salpicaban al pasar sobre unos charcos: nadie que se fijara en ella. Levantó la cabeza y contempló la fachada de los grandes almacenes que ahí, en Passauer Strasse, estaba coronada por un gran anuncio luminoso. El establecimiento iluminado, por la noche, ofrecía un aspecto festivo, casi navideño. No pudo evitar pensar en Benny, que estaría buscando la forma de salir de esa caja enorme, y, en ese mismo momento, lo vio, arriba, subido a la barandilla de acero del mirador. ¿Qué demonios estaba haciendo ahí? Tampoco parecía haberse alejado demasiado del escondite en que lo había descubierto unos pocos minutos antes.
Benny pasó por encima de la barandilla y se quedó en la cornisa del mirador, que debía de tener un pie de anchura como mucho, agarrándose con las dos manos a la barandilla. A Alex se le cortó la respiración. ¿No estaría pensando en trepar con la pesada bolsa a la espalda? Pero eso parecía. Veloz como un rayo, Benny se puso en cuclillas, se apoyó con las dos manos en la cornisa y fue descolgando lentamente el cuerpo, hasta quedar suspendido, con las piernas balanceándose. Una sombra negra, directamente delante de una de las pequeñas ventanas iluminadas. Pero los pies estaban demasiado alejados de la siguiente repisa, nunca podría bajar de ahí, ¿qué se proponía? Alex oyó un breve suspiro de horror y se dio media vuelta. A su lado, un hombre delgado con gafas de montura metálica y sombrero hongo miraba hacia arriba.
En lo alto, en el mirador, se dibujó en ese instante la silueta de un policía, la estrella del chacó resplandeció un segundo a la luz. Alex supo entonces por qué estaba Benny colgado del mirador: había intentado esconderse, la fachada era su última vía de escape. Pero el agente de uniforme azul ya debía de haberlo visto. En cualquier caso, el policía se inclinó por encima de la barandilla y buscó con la mirada por la cornisa, como si supiera que había alguien ahí. Y luego se aproximó al lugar donde Benny estaba colgando.
Alex debería haber huido, pero no podía, como si hubiera echado raíces en Passauer Strasse.
—Los polis ya están a su lado —oyó decir al hombre de las gafas—. ¿Por qué un suicida habría de escoger precisamente el KaDeWe?
A Alex le habría gustado responder, pero calló. No distinguía exactamente qué sucedía ahí arriba, solo que el agente estaba ahora al lado de Benny y que también él pasaba por encima de la barandilla. ¿Iba a ayudarlo? Pero el poli no hacía gestos de ir a agacharse, se quedó quieto, solo inclinó la cabeza hacia abajo como si conversara con Benny. También el muchacho parecía decirle algo, pero Alex no oía palabra.
Entonces percibió un breve grito de Benny y se estremeció. ¿Lo abandonaban las fuerzas? ¡No podía ser! Resígnate, no te queda otro remedio, vuelve a trepar, deja que te arresten. El poli seguía con la cabeza inclinada y, por unos segundos, con el resplandor de las luces del anuncio, Alex consiguió verle la cara, una máscara iracunda. ¿Qué estaba ocurriendo ahí? ¿Es que Benny había sido otra vez incapaz de morderse la lengua? Lo oyó gritar otra vez, un grito prolongado, distinto del anterior, desesperado. En ese momento sonaba como el muchacho que todavía era, no como el hombre que quería ser.
Alex mantenía la cabeza echada hacia atrás, le dolía la nuca, pero no podía dejar de mirar. ¿Por qué se soltaba ahora de la mano derecha, cómo iba a sujetarse con solo una mano y, además, cargado con la bolsa? Siguió mirando y mirando sin dar crédito a lo que estaba viendo. Hasta que al final entendió y no quiso entender.
Sin gritar, sin emitir sonido alguno, completamente mudo, cayó a través de la noche. No quería creer que fuese Benny ese cuerpo mudo que se precipitaba hacia el suelo.
Volvió a oír algo cuando el cuerpo de su amigo chocó. Un topetazo, como un saco de patatas caído de un camión y, simultáneamente, un crujido.
Luego todo permaneció en silencio.
El estupor con que había presenciado la caída, paralizada, incapaz de parpadear siquiera, por fin se desvaneció. Ahí estaba Benny tendido, a no más de diez metros de distancia, inmóvil en una extraña postura. Alex echó a correr y se agachó junto a él. Sorprendentemente, no se veía sangre. Benny tenía los ojos cerrados. Alguien tosió por encima de ella, el hombre de las gafas se había acercado y miraba con la boca abierta.
Alex le gritó.
—¡Vaya a buscar una ambulancia!
El individuo se encogió de hombros, más desamparado que inquisitivo, y desapareció.
Alex se inclinó sobre Benny, oía los estertores.
¡Todavía estaba vivo! ¡Ya lo sabía ella!
Se arrodilló sobre el pavimento, apoyó la cabeza del chico sobre sus rodillas y le acarició el cabello. Él abrió los ojos, su respiración se aceleró, silbaba.
—Alex —dijo, cuando la reconoció.
—No hables, enseguida vendrá una ambulancia y te ayudarán.
—Lo siento, Alex. La he cagado.
—¡No digas chorradas!
—Ya no... ya no podía más, me pisaba los dedos.
Cuando Benny intentó inspirar emitió un estertor. Le costaba hablar.
—No hables tanto, Benny, no hables tanto.
—Tienes que irte... o te cogerán. Mala gente...
Alex miró hacia arriba; el policía seguía allí y miraba hacia abajo embobado, estaba contando algo a un compañero y señalaba a Alex y Benny, abajo, en Passauer Strasse. El otro policía se puso a hablar con vehemencia a su compañero, como si estuviera reprendiéndole. Así tampoco se enmendaría el daño.
Benny volvió a inspirar y de nuevo le silbaron los pulmones. Mientras Alex lo miraba, un chorro de sangre le salió de la boca.
—¡Benny! —gritó—. ¡Aguanta, hombre, aguanta!
—Alex. —El chico trató de sonreír—. Un día iremos juntos a bailar, ¿me lo prometes?
—Te lo prometo —respondió, y notó que las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
La respiración de Benny era cada vez más entrecortada y de nuevo volvió a vomitar una sangre oscura, que Alex limpió con la manga. Benny la miró, la miró todo el tiempo, con melancolía, como si estuviera despidiéndose. Luego cerró los ojos.
—No —protestó Alex—, no te rindas, escúchame, ¡no te rindas! Enseguida estará aquí la ambulancia.
Benny no volvió a abrir los ojos. Los estertores se volvieron más agitados y de repente pararon, como si alguien hubiese apagado un aparato.
—¡No! —gritó Alex—, ¡no! ¡No puedes morir! ¡No quiero!
Le gritaba aunque sabía que no podía oírla. Lentamente apoyó de nuevo la cabeza de su amigo en el pavimento de la acera.
Alex miró alrededor. Un par de curiosos se había acercado desde la Tauentzien. El hombre de las gafas no había vuelto a aparecer, tampoco una ambulancia. Pero en su lugar sí salieron de una discreta puerta lateral del KaDeWe unos hombres de uniforme azul.
Alex se tragó las lágrimas y salió corriendo.
—¡Cojan a ese chico! Es uno de ellos.
Alex no se volvió, sabía de todos modos que la perseguían. Tenía que alejar a los transeúntes de su camino; empujó a un lado a una señora elegante que cayó junto a la reja del escaparate, y corrió hacia la muchedumbre que bajaba por la Tauentzien. Se confundiría entre la multitud y luego escaparía. Un silbido resonó con estridencia a sus espaldas y alguien gritó.
—¡Alto! ¡Deténgase! ¡Policía!
Siguió corriendo hacia Tauentzienstrasse por la acera, junto a coches que tocaban la bocina. Los frenos de un taxi chirriaron al detenerse de golpe, el conductor vociferó, pero Alex no oía nada. Después de lo que le había pasado a Benny, de repente temía por su vida. Dio un salto hacia el carril central delante de un tranvía, cuyo conductor hizo sonar la campana de aviso, y siguió corriendo, en la misma dirección que el tranvía que avanzaba cómodamente hacia la zona Este. Su mirada se topó con el cartel que advertía que estaba rigurosamente prohibido saltar al interior durante la carrera. Se lo pensó unos segundos, aceleró y subió a la plataforma, se introdujo en el vehículo a empellones e intentó echar un vistazo por la ventana al otro lado, pese a que el panorama quedaba oculto en gran parte por los viajeros. Ahí estaban sus perseguidores. Dos policías de azul esperando a que el tranvía, que iba a tomar la curva que rodeaba la parada de metro de Wittenbergplatz, les dejara vía libre de una vez. Alex se internó más en el vehículo, sin hacer caso de las protestas de la gente. Miró la placa de la línea. La seis. Dirección Schöneberg. No le iba del todo bien pero, si volvía a bajar en Wittenbergplatz, era posible que los polis la descubriesen. El tranvía se detuvo y la muchedumbre se movió. Bajaron más de los que subieron, Alex comprobó que su cobertura se iba reduciendo. No dejaba de mirar por la ventana, pero no distinguía ningún uniforme azul. El último en subir fue un hombre gordo al que ella se pegó de inmediato. Mientras se escondía detrás del gordo, no perdía la puerta de vista. No fuera a ser que en el último momento entrara un policía. Entonces sonó la campana y el vehículo se puso de nuevo en marcha. Con cada metro el tranvía ganaba velocidad, con cada metro la tensión de Alex se iba relajando. ¡Había dejado atrás a los polis!
Volvió a sentir de golpe dolor en la mano. La sangre ya había empapado el vendaje provisorio. La venda que le había puesto Benny. Una hora antes tal vez, no podía haber pasado más tiempo. La pena se cernió sobre ella de forma tan inesperada como un animal salvaje que hubiera estado acechándola desde su escondite, en un matorral oscuro. Las lágrimas le anegaron los ojos sin que ella pudiese hacer nada para evitarlo y empezó a llorar desconsoladamente, como hacía años que no lloraba.
Cuando se hubo tranquilizado de nuevo y secado las lágrimas con la manga, se percató de que todo el vehículo la estaba observando.
—¿Es que tengo monos en la cara? —les retó, y la gente, que había estado mirándola con simpatía, le volvió la espalda.
2
Esto es lo que se conseguía siendo puntual: esperar. Rath miraba alternativamente los cuadros de la pared y las uñas de sus manos. Descubrió que tenía una pequeña mancha de grasa en la chaqueta. Llevaba mucho tiempo poniéndose el traje gris, de haber sabido que los jefes querían verlo ese día, se habría vestido con el marrón, que estaba recién lavado. Al menos llevaba las uñas limpias.
Renate Greulich seguía martilleando sobre la máquina de escribir como si estuviera sola en la habitación.
—El doctor Weiss todavía está reunido. Siéntese un momento, por favor. —Eso era todo lo que la secretaria había dicho hasta ese momento, y Rath había tomado asiento. Y aguardaba.
Se sentía como en la sala de espera de un médico. Un médico que fuera a presentar un diagnóstico desagradable, y que uno no sabía exactamente cuál, solo que iba a ser desagradable. Cuando los jefes reclamaban la presencia de uno es que había algún problema. Por muy buena voluntad que pusiera, Rath no llegaba a imaginar qué reglamento podía haber contravenido en las últimas semanas, porque acababa de llegar hacía una semana de pasar dos de vacaciones, unos días en Colonia, una semana en el Báltico con Charly. Se los podría haber ahorrado. Se los podrían haber ahorrado.
Sonó el teléfono y Renate Greulich descolgó.
—Sí, señor doctor —dijo, cogió resuelta un archivador de su escritorio y, sin mediar palabra, desapareció con él por la puerta tapizada.
Rath siguió con la mirada a la secretaria y cogió un periódico de la mesa auxiliar, sintiéndose definitivamente como en una sala de espera. Sin ganas, echó un vistazo a las secciones de política de alto alcance, conflictos por las reparaciones de guerra, medidas de ahorro, hasta que se detuvo en un titular de la crónica local.
«Persecución nocturna de maleantes en el KaDeWe. Joven delincuente muere al caer del edificio.»
El caso del que Gennat había hablado esa mañana en la sala de conferencias, dos ladrones de joyas a los que habían atrapado el fin de semana con las manos en la masa en los grandes almacenes del Oeste. Uno había intentando escalar por la fachada y esa imprudencia le había costado la vida; se trataba de un chico de dieciséis o diecisiete años a lo sumo, al que todavía no habían identificado. El cómplice había escapado con una parte del botín.
Tal como se expresaba el artículo, uno podía creer que la policía había acosado al muchacho hasta provocar su muerte. De que no era precisamente legal quedarse encerrado en unos grandes almacenes para vaciar de joyas las vitrinas, el periódico no decía nada.
La puerta del sanctasanctórum volvió a abrirse, pero de ahí no salió Greulich, sino un policía, un agente de uniforme como sacado de un libro de estampas, el chacó sujeto bajo el brazo, uniforme azul recién planchado e inmaculado, sin un pelo. Era evidente que ese hombre sabía cómo presentarse ante un vicedirector de policía. Rath se colocó el periódico delante de la mancha de grasa del traje. El policía lo saludó con una inclinación de la cabeza.
—¿Qué ambiente se respira ahí dentro? —preguntó Rath.
—Regular. —El policía señaló el periódico—. ¿Ha leído las reseñas del fin de semana?
—Estoy en ello.
—Entonces ya se imaginará más o menos de qué humor estará el doctor Weiss. —El policía se encogió de hombros, como si tuviera que dar una explicación—. Fui yo quien dirigió esa desdichada misión ayer por la noche —dijo.
—Mal asunto —se le escapó a Rath.
—Mal asunto no es la expresión. Es una pesadilla.
—Créame, sé cómo se siente. Solo puedo aconsejarle que no se lo tome demasiado a pecho, no es culpa suya, esas cosas forman parte de la rutina policial.
—Tal como lo dice suena bien. Pero a pesar de todo tengo que ir a la Inspección de Homicidios. —El policía se colocó el chacó—. ¿Por qué le han hecho llamar?
—Ojalá lo supiera —respondió Rath.
El agente se tocó un momento la visera para despedirse.
—No será tan terrible —dijo, y desapareció por el pasillo.
Poco después volvió a aparecer en escena Renate Greulich e indicó a Rath que entrase en el despacho. El vicedirector de policía estaba sentado detrás del escritorio tomando notas en un cuaderno. Su expresión no delataba cuál podía ser el motivo de la convocatoria.
—Tome asiento, por favor, señor comisario —indicó sin levantar la vista.
Rath se sentó y se quedó mirando por la ventana mientras Weiss concluía con toda tranquilidad sus anotaciones. La grúa del Alexanderhaus brillaba al sol, manteniendo suspendido en el aire un conjunto de barras de acero de refuerzo como si carecieran de peso. Weiss por fin cerró la libreta y miró a Rath a través de los gruesos cristales de las gafas. Como si fuera el catedrático de un instituto observando a su examinando antes de formular la primera pregunta.
—Señor comisario, usted tiene un hermano en Estados Unidos, ¿no es cierto?
Rath había esperado cualquier pregunta menos esta.
—¿Cómo dice, señor vicedirector?
—Si estoy correctamente informado, su hermano Severin Rath vive en Estados Unidos.
—En efecto, pero...
—Y usted ha ido a visitarlo allí alguna vez...
¿Dónde había obtenido Weiss esta información? Nadie sabía nada de ese viaje, ni siquiera Engelbert Rath, su padre, el jefe de la Policía Criminal, a quien pocas cosas se le podían ocultar. En la primavera de 1923, Gereon había permanecido tres meses en Estados Unidos buscando a su hermano; sus padres habían creído que estaba en Praga, haciendo un curso en el extranjero gracias a las cartas que Paul les había enviado desde allí.
—Está usted sorprendentemente bien informado —respondió Rath cuando hubo recuperado la compostura y la palabra.
—Forma parte de mis obligaciones —contestó Weiss, sin el menor deje de ironía—. Señor comisario, ¿ha oído usted hablar alguna vez del Bureau of Investigation?
—La policía federal de Estados Unidos...
Weiss pareció satisfecho con la respuesta de Rath. Hizo un gesto casi imperceptible de asentimiento y abrió un delgado archivador.
—Tengo un trabajo para usted, señor comisario —anunció a continuación—. Una misión especial para la cual puede ser una ventaja tener ciertos conocimientos de las costumbres estadounidenses. ¿Cómo lleva el inglés?
Rath se encogió de hombros.
—Creo que bien. Los americanos, en cualquier caso, me entendían y yo a ellos.
¿Adónde demonios quería ir a parar el vicedirector con todo eso?
Weiss empujó el archivador por encima de la mesa.
—Hace unos pocos días nos llegó esto por teletipo —informó. Rath echó un vistazo a la primera página. «Abraham Goldstein, lugar de nacimiento: Brooklyn, Nueva York.» Una carta requisitoria—. Los compañeros americanos nos la enviaron por cable. El Bureau considera a Goldstein miembro de un sindicato de gángsters neoyorquino.
—Bien. ¿Y qué tenemos que ver nosotros con eso?
Weiss arqueó las cejas antes de contestar.
—Abraham Goldstein, apodado Abe el Guapo, viene a Berlín. Ayer pasó la aduana en Bremerhaven.
—Si es tan malo, ¿por qué lo dejan marchar los americanos?
—Porque no existe ningún motivo para retenerlo, ese hombre está limpio. Lo ficharon un par de veces en su juventud: robo, daños materiales, lesiones, y desde entonces nada más, ni siquiera una multa por aparcar mal. Varios casos de asesinato sin resolver en el mundo criminal señalan hacia Goldstein. Nuestros compañeros lo consideran un asesino que mata por encargo de sindicatos de gángsters italianos y judíos. Y trabaja tan bien que no deja tras de sí ninguna huella aprovechable. Lo único incuestionable es que tiene contactos con los peces gordos del hampa. Pero esto no constituye ningún delito.
—¿Goldstein es judío?
—En efecto. —Weiss no hizo ningún aspaviento. Como si eso no tuviese importancia. Pero claro que la tenía. Un gángster judío en Berlín, la mera noticia ya era agua para el molino antisemita. De hecho, ya las noticias de muchos diarios sobre las estafas de los hermanos Sklarek estaban impregnadas de matices antisemitas. Rath entendió de repente por qué Weiss había dado máxima prioridad al caso.
—¿Cuáles son los planes de Goldstein en Berlín? —preguntó—. ¿Tenemos algún punto que podamos tomar de referencia?
—Nada de nada. —Weiss negó con la cabeza—. No tenemos ni la más mínima idea. Pero lo que sí es seguro, es que viene. —El vicedirector se encogió de hombros casi como disculpándose—. Goldstein tiene un visado de turista. A lo mejor es cierto que solo visita el Invernadero, el Palacio de los Deportes o disfruta de la vida nocturna como los demás turistas que vienen porque aquí es más barato. Todo es posible.
—¿También que tenga que cumplir una misión en Berlín? ¿Librarse de alguien que está dando problemas a los neoyorquinos?
Weiss lo miró con escepticismo e hizo un gesto de ignorancia.
—Los vínculos entre los círculos criminales de aquí y las bandas de gángsters estadounidenses son muy débiles. Casi todos relacionados con el contrabando de drogas o de alcohol. No creo que una guerra entre bandas americanas haya llegado a Europa.
—Teniendo en cuenta lo ocurrido estas últimas semanas, no es que entre nosotros ahora reine la paz, precisamente —observó Rath—. A lo mejor uno de nuestros pájaros ha llamado a Goldstein. Porque tiene que hacerle un encargo...
—Es verdad que impera cierta inquietud en la ciudad —admitió Weiss—, las ringverein ya lo saben. Antes de que el Bureau nos informara, nuestros topos ya nos habían hablado de que corrían rumores sobre la llegada de un estadounidense.
—¿Y qué hacemos ahora con ese individuo? Si en su país no pueden hacerle nada, ¿qué papel interpretamos nosotros?
—Vigilaremos a Goldstein. Las veinticuatro horas del día. Y de modo que se dé cuenta. Ese hombre debe saber que lo están observando, que no podrá dar ningún paso sin que la policía lo sepa. Si realmente viene a Berlín a matar a alguien, hemos de demostrarle que le conviene volver de inmediato a su casa. Sin lograr su propósito.
—Con su permiso, señor vicedirector, pero ¿no sería esta una misión para el Departamento de Búsquedas?
—Naturalmente, no voy a discutir con usted las atribuciones. —La voz de Weiss resonó de golpe, cortante y afilada, como en el patio del cuartel, una voz que no dejaba opción a réplicas. Se notaba que había sido oficial de guerra—. Tal como usted mismo ha percibido —prosiguió—, se trata de evitar en lo posible un asesinato. Creo que solo eso basta para explicar la importancia de esta misión.
Rath asintió como un colegial.
—Usted dirige esta operación. Reúna a unos cuantos hombres y póngase en marcha. Goldstein ha reservado una suite en el Excelsior. Es un lugar donde se desenvuelve usted bien, ¿no es cierto?
Rath había vivido durante un tiempo en el Excelsior, cuando dos años largos atrás había llegado a Berlín. Aunque no en una suite, sino en una habitación simple de la categoría más barata. Weiss también debía de haberlo averiguado.
—¿Y qué debo hacer? ¿Ir a recoger a Goldstein a la estación con un ramo de flores?
Weiss permaneció impertérrito.
—Me da igual que lo vaya a recibir a la estación o al hotel, siempre que le deje claro desde el principio que mientras esté aquí debe comportarse bien. Debe...
El teléfono sonó. Weiss descolgó.
—Sí, ¿qué sucede? —dijo, malhumorado.
Rath no estaba seguro de si la reunión había concluido ya, así que se quedó sentado.
Weiss se puso serio mientras escuchaba con atención.
—Yo mismo iré —anunció por fin—, envíeme un coche e informe a Heimannsberg. —Colgó—. Creo que ya está todo dicho, señor comisario. —Miró a Rath—. Póngase a trabajar y mañana me informa usted personalmente de cómo ha ido todo. Ahora tengo que marcharme. A la universidad.
En realidad, Weiss no iba a decir nada más, pero debió de ver la cara de Rath.
—Los estudiantes la están armando —anunció—. El rector ha pedido ayuda a la policía.
3
Qué raros, los alemanes. En todos lados pedían el pasaporte. En el barco, en el puerto, en el ferrocarril. Y ahora también en el hotel. Observó al recepcionista mientras este apuntaba primorosamente en el libro de registros, grande y de cuero negro, su nombre, dirección y número de pasaporte.
—We didn’t expect you so early, Mister Goldstein —dijo el hombre, que parecía haberse hecho la raya en el pelo con una regla, mientras le empujaba por encima del mostrador el pasaporte estadounidense—, but suit three-o-one is now ready for you. —Pronunció el apellido Goltshtain como todos los del país.
Goldstein se guardó el pasaporte.
—Muchas gracias, muy amable por su parte.
—¡Oh, pero si habla usted alemán! —El recepcionista levantó la cejas mientras con un gesto imperceptible del dedo índice enviaba una señal a un botones con galones dorados.
—Sure.
El rostro del recepcionista permaneció impasible cuando le tendió las llaves de la habitación al botones.
—La trescientos uno —anunció, y el muchacho depositó las maletas en un carro.
—Si el señor hace el favor de seguirme —indicó el botones, dirigiéndose hacia los ascensores. Con la librea que parecía irle demasiado pequeña semejaba un monito disfrazado que hubiera escapado del organillero. Goldstein se preguntó por qué a ese chico que llevaba un treinta y siete dorado sobre la gorra no le habían dado unas prendas de su talla.
Como Rahel Goldstein, que siempre había hecho llevar a sus propios hijos los pantalones tanto tiempo que hasta el último vagabundo se percataba de que eran demasiado cortos. Rahel Goldstein, que solo abandonaba su sombría casa para ir a la sinagoga o al mercado. Quien se había negado toda su vida a aprender la lengua de su nuevo hogar. Abe nunca había entendido por qué se habían ido a Estados Unidos sus padres; su vida se desarrollaba en tan pocos metros cuadrados que el chico se preguntaba para qué necesitaban un país tan inmenso y una ciudad tan grande. Nunca había soportado la estrechez y ya de niño se iba de casa en cuanto podía. La agonía de su madre lo había empujado de una vez por todas a la calle. Mientras ella luchaba contra el tifus y el padre dirigía oraciones inútiles al cielo, el hijo se reunía cada vez con mayor frecuencia en el Williamsburg Bridge con Moe y sus chicos, quienes lo respetaban a pesar de ser un par de años mayores. Su padre lo había entregado a unos amigos y luego a un hospicio, pero Abe había escapado de todas estas tentativas. La banda de Moe era su familia, no necesitaba ninguna otra. A los catorce años se ganó sus primeras monedas, más en un día de lo que conseguía arañar su padre en semanas. Ya después de que muriese su madre, con motivo de cuyo sepelio asistió por última vez a la sinagoga, la gente del barrio empezó a hablar de él, aunque todavía chismorrearon más cuando apareció borracho en el cementerio para el entierro de su padre; y con el tiempo seguían hablando de él, pero ya con respeto. Eso era lo único que contaba.
El ascensor subía casi sin hacer ruido. Se detuvieron en dos ocasiones, pero hasta que el ascensorista no anunció el tercer piso, el botones treinta y siete no volvió a ponerse en movimiento con el carro de las maletas. La habitación 301 no quedaba demasiado alejada de los ascensores, dieron la vuelta a la esquina y ya se encontraron ante la puerta. El botones abrió y Goldstein entró. Todo parecía en orden. Con exactamente todas las comodidades que uno esperaba encontrar en un establecimiento de semejante precio. Una sala de estar espaciosa y con luz, una ventana con vistas a la enorme cubierta de la estación, delante de la cual se hallaba un gran escritorio, en la pared un rincón acogedor con muebles tapizados, sobre la mesa un frutero, a la derecha una puerta de doble hoja que comunicaba con el dormitorio. El botones había dejado el equipaje en la sala y esperaba ahora esperanzado junto a la puerta con la palma de la mano discretamente vuelta hacia arriba. Goldstein depositó un billete de un dólar (todavía no había conseguido cambiar los dólares a la moneda alemana) y esperó a que el botones le deseara una feliz estancia y cerrase la puerta.
Cuando por fin se quedó solo, se acercó a la ventana y encendió un Camel. Sobre la cubierta de la estación se cernían en esos momentos las nubes, pero el sol se había abierto camino y brillaba, delante de los redondos arcos de ladrillo, sobre ese hervidero gente que se apresuraba con o sin maleta, llamaba con la mano a los taxis o corría a las paradas de autobús o de tranvía. Así que estaba en Berlín. Arrojó el humo de cigarrillo contra el vidrio y contempló la ciudad que se extendía ahí fuera, al otro lado del cristal. No sabía con exactitud qué le esperaba ahí y eso le llenaba de inquietud. ¿Realmente había hecho ese largo viaje solo para ver (posiblemente para ver morir) a un hombre del que en realidad solo conocía el nombre y de quien hasta ignoraba qué rostro tenía?
Un ruido lo sobresaltó. Procedía del dormitorio. Aplastó el cigarrillo en el cenicero y se llevó la mano automáticamente hacia atrás, a la pretina del pantalón, pero no llevaba arma, algo a lo que todavía no se había acostumbrado. Cogió el pisapapeles y entró avanzando sin hacer ruido con el pájaro de bronce preparado para golpear. No podía creer que uno de los hombres de Moe el Gordo anduviera por ahí, el brazo de este no llegaba tan lejos, pero hasta el momento a Abe Goldstein siempre le había ido bien, en casos serios, ser algo más prudente que los demás. Asomó despacio la cabeza y atisbó la habitación por la puerta entreabierta. Junto a la pared frontal se encontraba una cama enorme cubierta con una colcha de raso color champán, flanqueada por dos mesillas de noche. A la derecha, junto al tocador, una puerta conducía al baño. Estaba abierta y en el marco reconoció la parte posterior agradablemente contorneada que le ofrecía una figura inclinada, vestida con una falda negra y un delantal blanco. Una doncella, seguramente fuera de horas, pero que estaba ocupada doblando las toallas y colocándolas sobre una repisa. Disfrutó del vaivén del trasero hasta que emitió un fuerte y claro carraspeo, y la muchacha se estremeció, sobresaltada creyó al principio, hasta que la miró a los ojos y comprendió que se había dejado sorprender intencionadamente. Iba detrás de la propina.
—Disculpe, señor. —Hizo una cortés reverencia y bajó la vista al suelo, lo que debería de haberle dado un aire tímido, pero su mirada era insolente cuando volvió a erguirse—. Excuse me, Sir. I’m Marion, your chamber maid. Su doncella.
Su inglés no era malo en absoluto. Y por lo visto sabía que el nuevo huésped era estadounidense.
—Aprecio a las doncellas que cumplen sus tareas como es debido —respondió—. Por favor, no interrumpa su trabajo por mí.
—En realidad ya he acabado. —Le dirigió otra de sus miradas perfectamente inocentes—. Si el señor ya no me necesita...
Él sacó un fajo de dólares y le entregó tres billetes.
—Ahora que la veo bien, es muy probable que la necesite alguna vez más.
—Siempre a su servicio, señor. Pregunte por Marion, ahora debo continuar.
Se guardó los billetes como si una propina tan generosa fuera lo más natural y se colocó un montón de toallas de mano bajo el brazo. También su perfil era impresionante. Cuando pasó junto a él lo rozó y Goldstein notó que la sangre se le agolpaba entre las piernas. Siguió a la muchacha al salón, pero Marion ya había abierto la puerta que daba al corredor.
—Marion —se apresuró a llamarla antes de que hubiese desaparecido, y ella se quedó en el marco, esperando. Detrás de la doncella pasó un señor mayor que miró de reojo, curioso, hacia la habitación. Goldstein cambió con prudencia al inglés—. May I see you again, Marion? —preguntó—. You know, I could need some company in this town...
Ella se quedó junto a la puerta y lo miró con sus ojos grandes y azules, de una forma que en ese momento le hizo notar claramente su erección. Probablemente, hasta la doncella podía verla, pero a él le daba igual.
—Ahora tengo que seguir —advirtió ella—. Pero a las cuatro termino el turno.
—Estaré aquí. No tiene más que llamar a la puerta.
4
Rigaer Strasse tampoco es que fuera una calle bonita, pero en ese punto concreto era donde más horrible resultaba. Como si Kalli se hubiera decidido, de forma plenamente consciente, por el lugar más espantoso de ese barrio ya de por sí no especialmente fino. Alex había llegado en el tranvía número nueve a Baltenplatz y continuado a pie el resto del camino, en ese momento dejó en el suelo la pesada bolsa y se quedó unos instantes delante del escaparate. «Eberhard Kallweit, compraventa», habían pintado en color blanco ocupando todo el vidrio. Todo tipo de cachivaches estaban cubiertos de polvo detrás del vidrio del escaparate, un gramófono, una máquina de escribir, una aspiradora eléctrica, un teléfono, cuatro sillas que no conjuntaban, y un ficus que no se sabía si formaba parte de la decoración de la tienda o de los artículos en venta. En todos los meses que hacía que Alex conocía el establecimiento, nada de eso se había vendido jamás. El auténtico negocio lo hacía Kalli con las cosas que no estaban expuestas y que tampoco figuraban en los libros de contabilidad.
No había clientes en la tienda, así que Alex cogió la bolsa y subió los escalones.
Pulsó el timbre, que resonó algo ronco, y entró. Kalli aguardaba detrás del mostrador con su bata gris y ya dibujaba su acostumbrada sonrisa de tendero, que se le congeló en el mismo momento en que reconoció a la muchacha. Por una fracción de segundo permaneció sonriente en una especie de conmoción, luego le habló siseando, tan bajo como si temiera que alguien pudiese oírle.
—Hay que estar loca para plantarse aquí como si nada. ¿Y si llegan clientes?
—Ayer no estabas en Krehmann.
—¡Debo reconocer que tienes unos nervios de acero, chica! ¿Estuviste en Krehmann después de todo lo que ha pasado? ¡Después de haberlo cagado todo! La bofia te está buscando, ¿lo sabías?
—¿Cagado? —Alex no daba crédito. «¡Kalli, cabrón!»—. ¿Lo llamas cagarlo todo? Benny ha muerto, maldita sea.
—¿Quién le manda andar trepando por las fachadas de los grandes almacenes?
—No quería que lo atraparan. Si ese policía no lo hubiese tirado, todavía estaría vivo.
—¿Qué diablos estás contando?
—El policía que lo perseguía. Le pisoteó los dedos hasta que Benny no pudo aguantar más, por eso se cayó. Lo mataron. Y yo lo vi y no pude hacer nada.
Kalli movió la cabeza.
—Maldita sea, ¡ojalá nunca me hubiese liado con párvulos! —Parecía conversar con su caja registradora, al menos era a ella a la que miraba mientras hablaba—. Tendría que haberme imaginado que saldría mal.
Alex perdió la paciencia.
—Fuiste tú quien nos envió al KaDeWe —le recriminó—. Salvo por esto, siempre nos salió todo rodado, en el Tietz y en el Karstadt no había policías, nunca tuvimos ningún problema. Pero tú querías a toda costa que fuésemos al KaDeWe.
—¿Qué quieres decir con esto?
—Nada. Solo que tú nos enviaste allí porque codiciabas las cosas. —Alex colocó la bolsa encima del mostrador—. Y fuimos nosotros quienes las sacamos para ti.
Kalli se quedó mirando la bolsa y de pronto la quitó de un manotazo del mostrador.
—¿Estás chiflada? ¿Cómo se te ocurre andar paseándote por aquí? ¿Y entrar con esto en mi tienda?
—Ayer no estabas en Krehmann, por eso he tenido que pasar por aquí. Relojes y joyas, como quedamos.
—En lo que quedamos era en que no os pillarían.
—Pillaron a Benny. A mí no.
El hombre flaco y con bata gris hizo un gesto de pesar.
—¿Qué voy a hacer con esto, chica? Después del escándalo que habéis montado en el KaDeWe, la mercancía está quemada. Estos trastos no hay quien los venda, ni siquiera yo.
—Nosotros no montamos nada, ¡tuvimos que apañárnoslas con los polis! —Alex levantó la voz, casi gritaba—. ¡Benny ha muerto por esta mierda! ¿Y tú me vienes con que no la quieres? ¡No doy crédito!
—¡Está bien, Alex, no te pongas así! —Kalli levantó las manos sosegador—. Deja que vea primero qué me traes. Pero no aquí, vamos atrás.
En el cuartito que había detrás de la tienda olía a cebolla y cerveza. Kalli recogió un plato y dos botellas de cerveza vacías, y colocó la bolsa sobre la mesa. Del bolsillo de la pechera de la bata sacó un estuche de piel desgastado, lo abrió y cogió unas gafas. Con la bata y la montura metálica ladeada en la nariz parecía un profesor de química chiflado. Se sentó a la mesa y sostuvo cada uno de los relojes que encontró en la bolsa delante de las gafas torcidas.
—Solo relojes —constató al cabo de un rato, decepcionado—. ¿Y joyas no tienes?
—Las tienen los polis. —Alex tragó saliva—. Estaban en la bolsa de Benny.
Kalli meneó la cabeza.
—Chica, eso del poli, el que se supone que ha matado a Benny, ¿es cierto?
—Yo misma lo vi. Y... Benny me lo contó, antes de morir. Me explicó que estuvo pisoteándole los dedos hasta que él ya no pudo aguantar más.
Kalli reflexionó unos instantes.
—Vale más que te lo guardes. Estas historias es mejor que no circulen, la pasma no tiene sentido del humor para estas cosas. —Luego se puso en pie, tan rápido que Alex se sobresaltó—. Bueno, acompáñame, chica —dijo—. No voy a ponértelo difícil.
Ella lo siguió de vuelta a la tienda. Kalli pulsó una palanca en algún lugar de la caja registradora y el cajón con el dinero salió disparado acompañado de un sonido metálico. Sacó un billete marrón manoseado del cajón y se lo tendió por encima del mostrador.
—Toma —dijo—, porque eres tú. Y por lo que ha ocurrido con Benny.
Alex se quedó mirando el billete y Werner von Siemens se la quedó mirando a ella.
—¡Veinte marcos! —exclamó—. ¡No lo dirás en serio! ¡Si hasta por las baratijas del Tietz nos diste más!
—Te estoy haciendo un favor, chica. Aquí nadie se quedará con esta mercancía. ¡Después de todo lo que ha pasado! ¿Tienes idea de lo caliente que está esto? Es probable que tenga problemas de verdad, pero porque eres tú... —Agitó el billete de veinte marcos—. ¡Venga! Coge el dinero y no se hable más.
Alex dudó. Veinte marcos..., eso sería seguramente lo que Kalli se agenciaría por un solo reloj cuando lo vendiera, y en la bolsa debía de haber cincuenta como mínimo. Ese billete era una vergüenza. Por otra parte, el hombre tenía razón: si él no se los compraba, tendría que cargar ella con
