El guardián de los niños

Johan Theorin

Fragmento

Índice

Índice

Cubierta

El guardián de los niños

Primera parte RUTINAS

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

LINCE

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

LINCE

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

LINCE

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

LINCE

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

LINCE

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

LINCE

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

LINCE

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

LINCE

Capítulo 25

Capítulo 26

BANGEN

LINCE

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

BANGEN

Capítulo 30

LINCE

Capítulo 31

Capítulo 32

Segunda parte RITUALES

LINCE

Capítulo 33

BANGEN

Capítulo 34

Capítulo 35

BANGEN

LINCE

Capítulo 36

Capítulo 37

BANGEN

Capítulo 38

LINCE

Capítulo 39

Capítulo 40

LINCE

Capítulo 41

BANGEN

LINCE

Capítulo 42

Capítulo 43

BANGEN

LINCE

Capítulo 44

BANGEN

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

BANGEN

Capítulo 49

Capítulo 50

BANGEN

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Biografía

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

Para Klara

Gracias a Kajsa Asklöf, Roger Barrett, Katarina Ehnmark Lundquist, Ann Heberlein, Rikard Hedlund, Kari Jacobsen, Cherstin Juhlin, Anders Parsmo, Ann Rule, Åsa Selling y Bengt Witte: todos ellos me ayudaron directa o indirectamente con esta novela.

El guardián de los niños

Querido Ivan:

¿Se puede escribir una carta de amor a alguien a quien nunca se ha visto? Yo al menos voy a intentarlo. Solo te conozco por las fotografías de los periódicos, publicadas debajo de horribles titulares. Esas fotografías en blanco y negro que muestran a «Ivan Rössel, el loco asesino de niños» o como fuera que te llamaran.

Las fotografías son duras e injustas y, sin embargo, las he mirado detenidamente. Hay algo en tu mirada, tan tranquila, inteligente y penetrante. Parece que vieras el mundo tal como es, y como si me atravesaras con ella. Me gustaría que también pudieras verme de verdad. Me gustaría tanto encontrarme contigo.

La soledad es una cosa terrible, y por desgracia yo la he sufrido durante muchos años. Supongo que en tu habitación cerrada tras los muros del hospital tú también has debido de sentirte solo a veces. En el silencio de la noche, cuando nadie más en el mundo está despierto… Es tan fácil dejarse arrastrar por la soledad para acabar ahogado en ella.

Te envío una fotografía mía; fue tomada un caluroso y soleado día de verano. Como puedes ver tengo el pelo rubio y me gusta vestir de negro. Espero que te haga tanta ilusión como la que me hizo a mí al ver la tuya.

Por ahora voy a dejarlo aquí pero me gustaría escribirte de nuevo. Espero que esta carta te llegue al otro lado del muro. Y espero que, de alguna manera, tengas la posibilidad de responder.

¿Puedo hacer algo por ti?

Haría cualquier cosa, Ivan.

Cualquier cosa.

Primera parte RUTINAS

PRIMERA PARTE

RUTINAS

Si todos comenzamos en el mismo lugar, ¿cómo es posible que la mayoría salga adelante sin dificultades y otros se pierdan por el camino?

JOHN BARTH, Perdido en la casa encantada

1

1

Jan lee a través de la ventanilla del taxi: «¡PRECAUCIÓN, NIÑOS JUGANDO!». El texto de la señal de plástico es azul, y en la parte inferior se puede leer un ruego: «CONDUZCA DESPACIO».

–¡Malditos niños! –exclama el taxista.

Jan sale despedido hacia delante. Al doblar la esquina, el taxi ha tenido que frenar en seco ante un triciclo.

Un niño lo ha dejado abandonado casi en medio de la calzada.

La calle se encuentra en una urbanización de la ciudad de Valla. Jan ve pequeñas cercas de madera delante de las casas blancas de ladrillo y, a continuación, la señal de advertencia.

«¡Precaución, niños jugando!» A pesar del triciclo, las calles están desiertas. No hay niños por los que preocuparse.

Quizá estén todos en sus casas, piensa Jan. Encerrados.

Jan observa al taxista a través del retrovisor. Se diría que está a punto de jubilarse, tiene la frente surcada de arrugas, la barba blanca de Papá Noel y la mirada cansada.

Jan está acostumbrado a las miradas cansadas, las hay por doquier.

El taxista apenas ha pronunciado una palabra antes de maldecir y frenar, pero al proseguir la marcha, de repente, le hace una pregunta:

–Hospital Patricia… ¿Trabaja allí arriba?

Jan niega con la cabeza.

–No. Todavía no.

–¿Ah, no? Entonces, ¿busca trabajo allí?

–Sí.

–Vaya –responde el taxista.

Jan no dice nada más, baja la mirada. No quiere hablar demasiado sobre sí mismo, y no sabe qué puede contar del hospital.

El taxista prosigue:

–¿Sabes que el sitio también tiene otro nombre?

Jan alza la mirada.

–No. ¿Cuál?

El taxista esboza una pequeña sonrisa por encima del volante.

–Seguro que se lo dicen allí arriba.

Jan mira a un lado, a la sucesión de casas, y piensa en el hombre con quien pronto se encontrará.

El doctor Patrik Högsmed, médico jefe. Su nombre aparecía debajo de la oferta de trabajo que Jan encontró a mediados de junio:

CUIDADOR DE NIÑOS / PROFESOR DE ESCUELA INFANTIL

para cubrir suplencia en Gläntan

El texto debajo del titular se parecía a muchos otros que había leído.

Eres cuidador de niños y/o profesor de preescolar, en particular hombre joven, pues aspiramos a formar un equipo humano paritario y variado.

Eres una persona segura de sí misma, abierta y sincera. Te gusta la música, los juegos y toda clase de actividades creativas. Nuestra escuela de preescolar linda con una zona verde, así que también te deben gustar las excursiones por el bosque.

Trabajarás activamente a favor de un ambiente positivo en el parvulario y en contra de cualquier forma de tratamiento vejatorio.

Muchos de los requisitos se ajustaban a Jan. Era joven, profesor de preescolar, le gustaban los juegos y en la adolescencia había tocado la batería, como pasatiempo.

Y, por razones personales, detestaba las vejaciones.

¿Era abierto y sincero? No estaba seguro. Pero al menos se le daba bien parecerlo.

Fue la dirección de la persona de contacto, Patrik Högsmed, lo que le impulsó a recortar el anuncio: «Administración, clínica regional de psiquiatría forense Santa Patricia, en la ciudad de Valla».

A Jan siempre le había costado venderse. El anuncio permaneció varios días sobre la mesa de la cocina; clavaba la vista en él un día tras otro, hasta que por fin marcó el número que figuraba debajo del nombre del médico jefe.

–Högsmed –respondió una voz apagada de hombre.

–¿El doctor Högsmed?

–¿Sí?

–Me llamo Jan Hauger, y estoy interesado en el puesto vacante.

–¿Qué puesto?

–La plaza de profesor de escuela infantil. La que comienza en septiembre.

La línea quedó en silencio antes de que Högsmed respondiera:

–¡Ah, sí, esa!

Högsmed hablaba en voz baja, parecía ausente. Pero siguió preguntando:

–¿Por qué estás interesado en el puesto?

–Bueno… –Jan no podía decir la verdad, empezó a mentir de inmediato: o, por lo menos, a ocultar detalles sobre sí mismo–. Siento curiosidad –fue todo lo que contestó.

–Curiosidad –repuso Högsmed.

–Sí… curiosidad por el lugar de trabajo y por la ciudad. Casi siempre he trabajado en escuelas infantiles y guarderías de grandes ciudades. Sería interesante mudarme a un lugar más pequeño y comprobar cómo se desarrolla la actividad preescolar allí.

–Bien –había respondido Högsmed–. Pero, claro, esta es una actividad infantil especial, ya que los padres de los niños son pacientes…

A continuación prosiguió con la explicación de por qué el hospital Santa Patricia tenía una escuela infantil:

–Se abrió hace unos años, como un experimento… La idea original se basa en estudios sobre la importancia capital de la relación de los niños pequeños con sus padres para su desarrollo como individuos socialmente maduros. Tanto las casas de acogida permanentes como las temporales siempre han mostrado carencias, y aquí en Santa Patricia creemos en la importancia de que los niños desarrollen una relación continua y estable con su madre o padre biológicos… a pesar de las condiciones especiales. Y para los padres el contacto con sus hijos forma parte del tratamiento. –El doctor hizo una pausa y añadió–: Eso es lo que hacemos aquí, en la clínica: tratamos. No castigamos, independientemente de lo que hayan hecho nuestros pacientes.

Jan había notado que el doctor no utilizaba la palabra «curar».

Högsmed finalizó con una pregunta rápida:

–¿Qué le parece?

Suena interesante, pensó Jan, y envió la solicitud adjuntando su currículo.

A principios de agosto Högsmed le volvió a llamar. Jan había superado la preselección y el doctor deseaba conocerlo. Acordaron una cita para reunirse en el hospital, luego Högsmed prosiguió:

–Necesito dos cosas, Jan.

–¿Sí?

–No te olvides de traer un documento de identidad. El carnet de conducir o el pasaporte, para que sepamos realmente quién eres.

–Sí, claro.

–Y una cosa más, Jan… No traigas objetos punzantes. De lo contrario, no te dejarán entrar.

–¿Objetos punzantes?

–Objetos punzantes de metal, cuchillos ni nada por el estilo.

Jan llegó a Valla –sin objetos punzantes– en el tren de la una, media hora antes de la entrevista. Comprobaba la hora con frecuencia, pero aún se encontraba bastante tranquilo. No iba a escalar ninguna montaña, se trataba tan solo de una entrevista de trabajo.

Era un martes soleado de principios de septiembre y las calles de la ciudad próximas a la estación estaban relucientes y secas, aunque desiertas. Era la primera vez que visitaba Valla, y al salir a la plaza se dio cuenta de que nadie sabía que se encontraba allí. Nadie. El médico jefe de Santa Patricia lo esperaba, pero para el doctor Högsmed él solo era un nombre y un currículo.

¿Estaba preparado? Por supuesto. Se tiró de las mangas de la chaqueta y se arregló el flequillo rubio antes de encaminarse a la parada de taxis. Solo había uno.

–Al hospital Santa Patricia. ¿Sabe dónde está?

–Claro.

El taxista parecía un Papá Noel malhumorado, sin más dobló el periódico y arrancó el motor. Cuando Jan se sentó en el asiento trasero sus miradas se encontraron medio segundo en el retrovisor, como si Papá Noel quisiera comprobar que estaba sano.

Jan pensó preguntarle si sabía qué clase de hospital era Santa Patricia, pero estaba claro que lo sabía.

Enfilaron por la calle que corría junto a las vías del tren antes de girar y pasar un pequeño túnel bajo los raíles. Al otro lado se alzaba un grupo de grandes edificios marrones de ladrillo que parecían una especie de centro sanitario, con fachadas de acero y cristal. Jan vio dos ambulancias amarillas aparcadas delante de la espaciosa entrada.

–¿Es este el Patricia?

Papá Noel negó con la cabeza.

–No, aquí están las personas enfermas del cuerpo, no de la mollera… Este es el hospital provincial.

El sol aún brillaba, el cielo estaba completamente despejado. Giraron a la izquierda tras pasar el hospital, siguieron por una empinada cuesta y entraron en la urbanización donde una señal avisaba de que había niños.

«¡Precaución, niños jugando!»…

Jan piensa en todos los niños que ha cuidado en su vida. Ninguno de ellos era suyo, le contrataban para cuidarlos. Pero llegaron a ser suyos, en cierta manera, y siempre le resultaba difícil separarse de ellos al finalizar la suplencia. Solían llorar al despedirse. A veces, él también lo hacía.

De repente, ve a unos niños entre las casas; cuatro chicos de unos doce años juegan al hockey hierba junto a un garaje.

Pero ¿son los chicos de doce años niños aún? ¿Cuándo dejan los niños de ser niños?

Jan se recuesta en el asiento del taxi y aleja todas las preguntas difíciles. Ahora tiene que concentrarse en dar respuestas claras. Las entrevistas de trabajo resultan tensas si uno tiene algo que ocultar, ¿quién no lo tiene? Todos guardan sus pequeños secretos sobre los cuales no desean hablar. Jan también. Pero hoy no pueden aflorar.

«Högsmed es psiquiatra, no lo olvides.»

El taxi abandona la urbanización y atraviesa algunos barrios de casas bajas adosadas. Al dejar atrás las viviendas, el paisaje se abre hacia un campo de hierba, y a lo lejos se divisa un enorme muro de hormigón, de por lo menos cinco metros de altura y pintado de verde. Arriba, por el borde del muro, corre un tenso alambre de espino.

Lo único que falta son elevadas torres con guardias armados.

Un alto caserón de piedra gris se alza tras los muros, como si fuera un castillo. Jan solo puede ver la parte superior, con hileras de pequeñas ventanas bajo un largo tejado de tejas.

Muchas de las ventanas están protegidas por rejas.

Están tras esas rejas, piensa Jan: los más peligrosos de entre los peligrosos. Esos que no pueden andar libres por las calles… Y tú vas a entrar ahí.

Al pensar en Alice Rami y en la posibilidad de que ahora ella lo esté mirando tras las rejas, siente cómo se acelera el corazón.

«Tranquilo, tranquilo.»

Jan es una persona segura, alegre y simpática, y adora a los niños. El doctor Högsmed lo comprenderá.

Hay una amplia puerta de acero en el muro de hormigón, pero está prohibido traspasarla, así que el taxi se detiene frente a ella. Jan ha llegado. El taxímetro marca noventa y seis coronas. Alarga un billete de cien.

–Está bien así.

–Bueno.

Papá Noel parece decepcionado con la propina, cuatro coronas no son suficientes para comprar regalos a los niños. No se baja del coche para abrirle la puerta. Jan se apea por su cuenta.

–Suerte con el trabajo –dice el taxista al entregarle el recibo por la ventanilla medio abierta.

Jan asiente y se recompone el traje.

–¿Conoce a algún empleado?

–No, que yo sepa –responde Papá Noel–. Aunque la mayoría de los que trabajan aquí se lo calla… Así se ahorran muchas preguntas sobre los internos.

Jan observa que se ha abierto una pequeña puerta junto al gran portón. Hay alguien esperándolo: un hombre de unos cuarenta años con gafas de montura negra y espeso pelo castaño. De lejos recuerda un poco a John Lennon.

«A Lennon le disparó Mark Chapman», piensa Jan. ¿Por qué recuerda eso? Porque el asesinato convirtió a Chapman, de pronto, en una celebridad mundial.

Si Rami se encuentra en Santa Patricia, ¿qué otros famosos estarán encerrados en el hospital?

«Olvídate de eso», dice una voz interior. «Olvídate de Lince también. Concéntrate en la entrevista.»

El hombre junto al muro no lleva puesta una bata de médico, sino unos pantalones negros y una chaqueta marrón; sin embargo, es evidente de quién se trata.

El doctor Högsmed se ajusta las gafas y observa a Jan. La evaluación ya ha comenzado.

Jan mira una última vez al taxista.

–¿Me puede decir el nombre ahora?

–¿Qué nombre?

Jan señala con la cabeza hacia el muro de hormigón.

–El otro nombre del hospital… ¿Cómo lo llama la gente?

Al principio Papá Noel no responde; sonríe ligeramente, satisfecho por la curiosidad de Jan.

–Santa Psico –responde.

–¿Cómo?

El taxista señala con la cabeza hacia el muro.

–Salude a Ivan Rössel… Al parecer está ahí dentro.

Sube la ventanilla, y el taxi se aleja.

2

2

No, no es alambre de espino corriente lo que corona el muro que rodea el hospital Santa Patricia. Jan lo descubre al dirigirse hacia el doctor Högsmed y estrecharle la mano. Se trata de cables eléctricos. Forman una cerca de un metro de altura sobre el muro, con ledes en cada poste que titilan en rojo.

–Bienvenido. –Högsmed lo observa tras unas gruesas gafas, sin sonreír–. ¿Ha resultado difícil encontrarlo?

–No… En absoluto.

Jan piensa que el muro de hormigón y la cerca eléctrica recuerdan una empalizada; algo así como un cercado para tigres, pero sobre la gravilla a la izquierda de la puerta descubre una pequeña parcela de lo cotidiano: un aparcamiento para bicicletas. Unas bicicletas se encuentran aparcadas en línea, equipadas con cestas y reflectores de advertencia. Una de ellas tiene una silla infantil de plástico sobre el portaequipajes.

La puerta de acero emite un clic, unas manos invisibles la abren.

–Tú primero, Jan.

–Gracias.

Traspasar el muro de una cárcel es como dar el primer paso de entrada a una cueva oscura como boca de lobo. Un mundo aislado y extraño.

La puerta se cierra tras ellos. Lo primero que Jan ve al otro lado del muro es una larga cámara blanca de vigilancia, que lo enfoca. La cámara está acoplada a un poste junto a la puerta, silenciosa e inmóvil.

Luego ve una más en otro poste cerca del hospital, y otras a lo lejos, en el mismo edificio. «AVISO, ZONA VIDEOVIGILADA», advierte una señal amarilla junto al camino.

Cruzan un aparcamiento, y allí hay más señales: «RESERVADO AMBULANCIAS», dice una de ellas, y la otra: «RESERVADO POLÍCIA».

Aquí, tras el muro, Jan puede ver toda la fachada gris claro del hospital. Se trata de un edificio de cinco plantas, con largas hileras de pequeñas ventanas. Alrededor de las ventanas de los primeros pisos se arrastran una especie de enredaderas, como si fueran grandes gusanos peludos.

Jan se siente acorralado, atrapado entre el muro de piedra y el hospital. Duda, pero el doctor lo guía con pasos apresurados.

El recorrido termina en una puerta de acero. Está cerrada, pero el médico jefe acerca su tarjeta magnética y saluda con la mano a la cámara más cercana; al cabo de medio minuto, la cerradura emite un clic.

Entran en una sala pequeña, con una recepción acristalada y otra cámara más. Huele a jabón y losa mojada: el suelo está recién fregado. Una sombra de anchas espaldas se sienta tras los cristales oscuros de la recepción.

Un guardia del hospital. Jan se pregunta si estará armado.

Al pensar en violencia y armas aguza el oído para escuchar a los pacientes, pero lo más seguro es que se encuentren muy lejos. Encerrados tras puertas de acero y gruesas paredes. ¿Por qué tendría que oírlos? Cuesta creer que griten, rían o golpeen los barrotes con tazas de hojalata. Al contrario, su mundo se compone de tristes habitaciones y pasillos desiertos.

El doctor ha preguntado algo. Jan gira la cabeza.

–¿Perdón?

–El documento de identidad –repite Högsmed–. ¿Lo has traído, Jan?

–Claro… Aquí está.

Tantea el bolsillo de la chaqueta y le tiende el pasaporte.

–Quédatelo –le indica Högsmed–. Ábrelo por la página de tus datos personales, y muéstraselo a esa cámara.

Jan enseña el pasaporte. La cámara emite un clic. Ya está registrado.

–Bien. Ahora solo tenemos que echarle un vistazo a tu bolsa.

Jan debe abrirla y vaciar el contenido ante el guardia y el doctor: un paquete de pañuelos de papel, un chubasquero, un GöteborgsPosten doblado…

–Pues ya estamos listos.

El doctor saluda con la mano al guardia tras el cristal, conduce a Jan a través de un arco de metal –un detector de metales, al parecer– y atraviesan otra puerta, que el doctor abre.

A Jan le parece que hace cada vez más frío a medida que se adentran en el hospital. Después de traspasar tres puertas más de acero, se encuentran en un pasillo que acaba en una sencilla puerta de madera. Högsmed la abre.

–Bueno, este es mi despacho.

Se trata de una sencilla estancia. La mayor parte de las cosas en la sala del médico son blancas, desde el papel de las paredes hasta el diploma enmarcado junto a las estanterías. Estas también son blancas, al igual que los montones de papel acumulados sobre el escritorio. En el despacho solo hay un objeto personal, una fotografía sobre la mesa de una mujer joven que parece alegre aunque cansada, con un bebé recién nacido en brazos.

A la derecha de la mesa Jan ve algo más: se trata de una serie de gorros y sombreros. Cinco, bastante usados. Una gorra azul de guardia, una cofia blanca de enfermera, un bonete negro de rector, un sombrero verde de caza y una peluca roja de payaso.

Högsmed señala con la cabeza la colección.

–Elige uno, si quieres.

–¿Perdón?

–Suelo dejar que mis pacientes elijan uno de los sombreros y se lo pongan –anuncia Högsmed–. Después hablamos sobre los motivos que les han llevado a elegir ese sombrero, y su significado… Puedes hacer lo mismo, Jan.

Jan alarga la mano hacia la mesa. Quiere coger la peluca de payaso, pero ¿qué simboliza? ¿No será mejor ser una solícita enfermera? Una buena persona. O un rector, que significa sensatez y conocimiento.

Su mano comienza a temblar ligeramente. Al final la baja.

–Prefiero no hacerlo.

–¿Ah, no?

–No… Yo no soy un paciente.

Högsmed asiente.

–He visto que te disponías a elegir el de payaso… Y es interesante, pues los payasos suelen tener secretos. Ocultan cosas tras la sonrisa de una máscara.

–¿Ah, sí?

Högsmed asiente.

–John Gacy, el asesino en serie, trabajaba de vez en cuando como payaso en Chicago, antes de que lo detuvieran; le gustaba actuar delante de los niños… Tanto los asesinos en serie como los delincuentes sexuales son como niños, se ven a sí mismos como el centro del mundo, no han madurado.

Jan no dice nada, intenta sonreír. Högsmed lo observa unos segundos, luego se da la vuelta y señala una silla de madera de pino que hay delante del escritorio.

–Siéntate, Jan.

–Gracias, doctor.

–Sí, ya sé que soy doctor… pero tú puedes llamarme Patrik.

–De acuerdo… Patrik.

A Jan no le gusta cómo suena. No desea tutearse con el médico. Se sienta en la silla, hunde los hombros e intenta relajarse, y echa un rápido vistazo al médico jefe.

El doctor Högsmed es joven para dirigir todo un hospital, pero no parece muy sano. Sus ojos brillan y están inyectados de sangre.

Y ahora, después de haber tomado asiento, Högsmed se recuesta enseguida en la silla ergonómica del escritorio, se quita las gafas y abre los ojos mirando al techo.

Jan se pregunta en silencio qué hace Högsmed, hasta que descubre que el médico ha sacado un pequeño frasco de colirio. Se lo acerca a la pupila y aplica tres gotas en cada ojo. Después parpadea para evitar las lágrimas.

–Úlcera corneal –explica–. La gente se olvida de que los médicos también pueden caer enfermos.

Jan asiente.

–¿Es grave?

–No especialmente… pero desde hace una semana siento los párpados como papel de lija. –Se inclina hacia delante y sigue parpadeando para evitar las lágrimas, antes de volver a ponerse las gafas–. Bueno, Jan, bienvenido… Ya sabrás cómo ha bautizado la gente a nuestra clínica de psiquiatría forense, ¿no?

–¿La han bautizado?

El médico jefe se restriega el ojo derecho.

–Cómo llaman al hospital en la ciudad. Venga… el apodo de Santa Patricia.

Jan lo sabe desde hace un cuarto de hora –el nombre le ha estado dando vueltas en la cabeza desde que ha entrado allí, junto con el del asesino Ivan Rössel–; sin embargo, mira alrededor como si la respuesta estuviera escrita en las paredes.

–No –miente–. ¿Cómo lo llaman?

Högsmed se muestra tenso.

–Seguro que lo sabes.

–Quizá… El taxista dijo el nombre al venir hacia aquí.

–¿Ah, sí?

–Sí… ¿Santa Psico?

El médico jefe asiente enseguida, aunque parece decepcionado con la respuesta.

–Sí, alguna gente de fuera lo llama así, «Santa Psico». Hasta yo mismo he oído ese nombre un par de veces, y no siempre puedo… –Högsmed se detiene, se inclina hacia delante unos centímetros–. Pero los que trabajamos en la casa no lo llamamos así. Decimos el nombre correcto: clínica regional de psiquiatría forense Santa Patricia, o «la clínica», para abreviar… Si consigues el puesto, quiero que tú también utilices uno de esos nombres.

–Por supuesto –responde Jan, y le sostiene la mirada a Högsmed–. A mí tampoco me gustan los apodos.

–Bien. –El médico jefe se vuelve a recostar–. Y, además, no trabajarás aquí dentro, si consigues el puesto… La escuela infantil está separada de la clínica.

–¿Ah, sí? –Esa es una noticia nueva para Jan–. ¿Así que no se encuentra aquí, en el edificio?

–No, Calvero está en un pabellón separado.

–Entonces, ¿qué hacen… con los niños?

–¿Qué «hacemos»?

–Sí, ¿cuándo vienen aquí? Quiero decir, ¿cómo se relacionan los niños con… con su madre o su padre?

–Tenemos una sala de visitas especial. Los niños vienen a través de un túnel.

–¿Un túnel?

–Existe un pasadizo subterráneo –anuncia Högsmed–. Y un ascensor.

A continuación coge unos cuantos papeles de la mesa. Jan los reconoce: se trata de su solicitud de trabajo. Como anexo hay un certificado de penales que muestra que Jan Hauger no ha sido condenado por delitos sexuales. Jan está acostumbrado a solicitar estos certificados a la policía: siempre los piden cuando se trabaja con niños.

–Veamos… –Högsmed entorna sus ojos enrojecidos y comienza a hojear lentamente los papeles–. Tu currículo es muy bueno. Trabajaste como cuidador de niños en Nordbro dos años tras acabar el bachillerato… Después estudiaste para profesor de preescolar en Uppsala, y a continuación hiciste unas cuantas suplencias en diferentes guarderías y escuelas infantiles de Gotemburgo. Finalmente, esta primavera y verano has estado en el paro.

–Poco más de un mes –añade Jan rápidamente.

–Pero has hecho nueve suplencias en seis años –apunta Högsmed–. ¿No es cierto?

Jan asiente en silencio.

–¿Y no has tenido ningún trabajo fijo?

–No –responde Jan. Hace una pausa–. Por causas diversas… Por lo general he hecho suplencias por bajas de maternidad y, claro, siempre han regresado a su puesto de trabajo.

–Lo entiendo. Esto también se trata de una suplencia –señala el doctor–. En principio, hasta final de año.

Jan no puede obviar la vaga insinuación de que es una persona algo inestable. Señala con la cabeza hacia su currículo.

–Los niños y sus padres me tenían mucho aprecio… Y siempre me han dado buenas recomendaciones.

El doctor continúa leyendo los papeles y asiente.

–Ya lo veo, muy buenas… De los últimos puestos de trabajo. Todos te recomiendan. –Deja los papeles sobre la mesa y observa a Jan–. ¿Y el resto?

–¿El resto?

–¿Qué pensaban los anteriores responsables de las guarderías? ¿Estaban descontentos contigo?

–No. Seguro que no, pero no quería incluir todas las valoraciones positivas…

–No, claro –lo interrumpe el doctor–. Demasiado elogio huele mal… Pero ¿puedo llamarlas? Me refiero a alguna de las guarderías anteriores.

De repente, el doctor parece haberse despertado y se muestra curioso. Ya ha posado la mano sobre el teléfono.

Jan permanece sentado en silencio, con la boca entreabierta. Es por culpa de los gorros: por no aceptar el test psicológico de Högsmed. Quiere negar con la cabeza, pero siente el cuello rígido.

«A Lince no –piensa–. Puedes llamar a los otros, pero a Lince, no.»

Al fin mueve la cabeza. Asiente.

–Ningún problema –contesta–, pero por desgracia no tengo los números de teléfono.

–No importa… Están en internet.

Högsmed echa un último vistazo a los antiguos empleadores de Jan, y a continuación teclea una serie de letras en el ordenador.

El nombre de una de las antiguas guarderías. Pero ¿cuál de ellas? ¿Cuál? Jan no lo puede ver, y no quiere inclinarse sobre la mesa para saber si se trata de Lince.

¿Por qué habría escrito ese nombre en su currículo?

¡Hacía nueve años! Un solo error con un solo niño hacía nueve años… ¿Saldría a relucir ahora?

Respira con tranquilidad y mantiene las yemas de los dedos reposando sobre sus muslos. Solo los locos comienzan a agitar las manos cuando se sienten acorralados.

–Bien, aquí tenemos un número –murmura Högsmed, y parpadea hacia la pantalla del ordenador–. Llamemos…

Levanta el auricular, teclea media docena de números y le lanza una mirada a Jan.

Jan intenta esbozar una sonrisa, pero contiene la respiración. ¿A quién llama el doctor?

¿Quedará alguien de su época en Lince? ¿Alguien que se acuerde de él? ¿Alguien que recuerde lo que pasó en el bosque?

3

3

–¿Diga?

El médico jefe ha obtenido respuesta, se inclina sobre la mesa.

–Soy Patrik Högsmed, sí… Busco a alguien que trabajara con Jan Hauger. Sí, H-A-U-G-E-R. Realizó una suplencia con ustedes hace ocho o nueve años.

«Hace ocho o nueve años.» Jan agacha la cabeza al oír esas palabras. Así que el doctor ha telefoneado a una de las guarderías de Nordbro. A Girasol o a Lince. Jan había abandonado su ciudad natal tras aquel suceso.

–¿Eso fue antes de que usted empezara a trabajar, Julia? Vale, pero ¿hay alguien que trabajara cuando…? Páseme entonces con la directora. Sí, espero.

Reinó de nuevo el silencio en la habitación, de tal manera que Jan oyó cómo se cerraba una puerta en algún lugar del pasillo.

Nina. De pronto, Jan recuerda que la directora de Lince se llamaba Nina Gundotter. Extraño nombre. Lleva muchos años sin pensar en Nina: ha metido todos los recuerdos de Lince en una botella y la ha enterrado.

El reloj blanco marca los segundos desde la pared, son las dos y cuarto.

–¿Oiga?

El médico jefe ha vuelto a obtener respuesta, y Jan aprieta los dedos contra los muslos. Contiene la respiración y oye a Högsmed presentarse de nuevo y explicar el motivo de su llamada, antes de guardar silencio y escuchar.

–¿Así que recuerda a Jan Hauger? ¡Estupendo! ¿Qué me puede contar sobre él?

Silencio, el médico jefe le lanza una rápida mirada a Jan y sigue escuchando.

–Gracias –dice al cabo de medio minuto–, muy bien. De acuerdo, se lo diré. Gracias… Muchas gracias.

Cuelga el auricular y se reclina en la silla.

–Más recomendaciones buenas. –Asiente con la cabeza hacia Jan–. Era Lena Zetterberg, de la guardería Girasol de Nordbro, y solo tenía buenas palabras sobre ti. Jan Hauger era una persona positiva, responsable, apreciado tanto por los padres como por los niños… La nota más alta.

Jan esboza una sonrisa.

–Me acuerdo de Lena –apunta–. Nos llevábamos bien cuando trabajamos juntos.

–Bueno. –El médico jefe se pone de pie y coge una carpeta de plástico de la mesa–. Entonces iremos a nuestra bonita escuela de preescolar… Sabrás que hoy día se llama «educación infantil», ¿verdad, Jan?

–Sí.

El doctor sujeta la puerta para que Jan pase.

–La palabra «guardería» se ha vuelto tan obsoleta como «parvulario» o «jardín de infancia» –explica, y añade–: Y lo mismo ocurre con la terminología psiquiátrica, pierde aceptación social con el tiempo. Palabras como «histérico», «loco» o «psicópata»… Ya no son aceptadas. Aquí en Patricia no hablamos de personas «sanas» o «enfermas», hablamos de personas «funcionales» o «disfuncionales». –Se queda mirando a Jan–. Porque ¿quién de nosotros está siempre sano?

Una pregunta difícil, y Jan no responde.

–¿Y qué sabemos en realidad los unos de los otros? –prosigue el doctor–. Jan, si te encontraras a una persona en el pasillo, ¿sabrías si es buena o mala?

–No… Pero pensaría que no me desea ningún mal.

–Bien –apunta el doctor–. Confiar en los demás es síntoma de seguridad en uno mismo.

Jan asiente y sigue a Högsmed por el hospital. El doctor tiene preparada de nuevo su tarjeta magnética.

–Este es el camino más rápido a la escuela infantil –anuncia Högsmed al abrir la puerta–. También se puede ir por el sótano del hospital, pero ese camino es más engorroso y desagradable. Así que saldremos por la verja.

Proceden a salir del hospital siguiendo el mismo camino por el que han entrado. Al pasar junto a la garita del guardia, Jan echa un vistazo al grueso cristal de seguridad y pregunta en voz baja:

–Algunos de los pacientes que hay aquí… ¿son peligrosos?

–¿Peligrosos?

–Sí, violentos.

Högsmed suspira, como si pensara en algo triste.

–Sí, pero sobre todo resultan peligrosos para sí mismos. A veces son peligrosos para otros –explica–. Claro que hay personas internadas en el hospital que tienen impulsos destructivos, hombres y mujeres antisociales que han cometido lo que se denominan «malas» acciones…

–¿Y estos se pueden curar? –pregunta Jan.

–«Curar» es una gran palabra –responde Högsmed, y mira la puerta de acero frente a él–. Nosotros, los terapeutas, no debemos adentrarnos en el mismo lúgubre bosque en el que se han perdido los pacientes, tenemos que permanecer en la luz y atraer hacia nosotros a los pacientes… –Calla, y luego prosigue–: Podemos observar patrones en los criminales violentos, un común denominador es el que se deriva de diversos traumas infantiles. Por lo general, los internos han tenido muy mala relación con sus padres, han padecido diferentes vejaciones y falta de contacto. –Abre la puerta exterior y mira a Jan–. Y esa es la razón por la que llevamos a cabo este proyecto: Calvero. El objetivo de nuestra pequeña escuela infantil es mantener los lazos afectivos entre los niños y sus padres internos.

–¿Y el otro progenitor está de acuerdo con estas visitas?

–Si es que están sanos. O vivos –añade el doctor en voz baja, y se restriega los ojos–. No siempre es así… Rara vez tratamos con familias socialmente estables.

Jan no hace más preguntas.

Al fin salen a la luz del sol. El médico jefe parpadea, molesto por la luz diurna.

–Tú primero, Jan.

Se encaminan hacia el muro de hormigón. Jan no ha pensado en ello, pero el aire en el exterior resulta particularmente limpio ese día de otoño. Seco y fresco.

La puerta del muro se abre y Jan la cruza. Libre. Así se siente al salir, a pesar de que podría haber abandonado el hospital cuando hubiera querido. Ningún guardia lo habría retenido.

La puerta de acero se cierra tras ellos.

–Por aquí –indica Högsmed.

Jan lo sigue a lo largo del muro de piedra y observa a lo lejos los arrabales al sur de la ciudad. Tras un campo de cultivo hay un terreno urbanizado con varias manzanas de pequeños adosados. Reflexiona sobre qué pensarán del hospital los habitantes de esas casas.

Högsmed también echa un vistazo a lo lejos, hacia los adosados, como si hubiera leído los pensamientos de Jan.

–Nuestros vecinos –dice–. Antes la ciudad no era tan grande como ahora, al principio el hospital se encontraba apartado del centro. Pero nunca hemos tenido problemas de protestas o recogidas de firmas, como ha sucedido con otras clínicas psiquiátricas. Creo que esas familias de ahí saben que nuestra actividad es segura… Que nuestra prioridad es la seguridad de todos.

–¿Alguna vez se ha escapado alguien?

Jan comprende que es una pregunta provocadora. Pero Högsmed levanta el índice.

–Un paciente, en todo el tiempo que llevo aquí –responde–. Se trataba de un hombre joven, un delincuente sexual, que consiguió improvisar una endeble escalera con las ramas caídas en un rincón del recinto. Luego trepó por encima del muro y desapareció. –Högsmed mira de nuevo a lo lejos, a los adosados, y continúa–: La policía lo detuvo esa misma tarde en un parque, pero ya había entablado contacto con una niña. Al parecer, los encontraron en un banco del parque comiendo un helado. –El doctor alza la vista hacia la cerca eléctrica encima del muro, y añade–: Después de aquello la seguridad se reforzó aún más, pero no creo que ocurriera nada grave… A veces, los fugados buscan a niños para sentirse seguros. En su interior son unos niños y están asustados.

Jan no dice nada, solo camina por el sendero junto al muro. Y adivina hacia dónde se dirigen: a un pabellón de madera al norte del hospital. Calvero.

El muro de hormigón tuerce formando una curva sobre el césped y desaparece tras el hospital. Alrededor de la escuela infantil solo hay una valla baja. Al otro lado Jan ve unos cuantos columpios, una casa de juegos roja y un cajón de arena, pero ningún niño. Tal vez se encuentren en el interior.

–¿Cuántos niños hay ahora? –pregunta Jan.

–Una docena –responde Högsmed–. En la actualidad, por distintas razones, hay tres niños que viven aquí las veinticuatro horas del día. Unos seis o siete vienen durante el día. Luego, además, hay unos cuantos que asisten de vez en cuando. –Abre su carpeta y saca un papel–. Por cierto, aquí tienes una serie de reglas concernientes a los niños… Será mejor que las leas ahora.

Jan toma el papel. Se detiene antes de cruzar la verja y comienza a leer:

NORMAS PARA EL PERSONAL

1) Los niños de Calvero y los pacientes de la clínica psiquiátrica Santa Patricia permanecerán separados. Esto es válido durante TODO EL DÍA, con excepción de las visitas individuales a los padres de los niños.

2) El personal de la escuela infantil NO puede acceder a ninguna de las plantas del hospital. El personal de la escuela infantil solo podrá acceder a las oficinas administrativas.

3) Es responsabilidad del personal de la escuela infantil acompañar a los niños a través del túnel entre Calvero y la zona de visitas. Los niños NO pueden ir solos.

4) Bajo ninguna circunstancia, el personal puede tratar con los niños el tema de las visitas al hospital, ni hacerles preguntas relacionadas con sus padres. Esa clase de conversaciones solo las pueden realizar los médicos o los psicólogos infantiles.

5) El personal, al igual que los empleados del hospital, ha de guardar SECRETO PROFESIONAL en todo lo que respecta a la clínica psiquiátrica Santa Patricia.

Debajo hay una línea discontinua, y cuando Jan alza la vista ve que Högsmed sostiene un bolígrafo.

Lo coge y firma sobre la línea.

–Bien –dice Högsmed–. Como he dicho, quería enseñártelas antes… Cada escuela infantil tiene sus propias reglas. Estarás acostumbrado, ¿verdad?

–Claro.

Pero, en realidad, hasta ahora Jan nunca se ha encontrado con tales reglas. Y las órdenes por parte de la dirección del hospital son claras:

«No hables de Santa Patricia».

No es un problema. A Jan siempre se le ha dado bien guardar secretos.

LINCE

LINCE

Jan comenzó a trabajar en la guardería, en la clase, Lince, cuando tenía veinte años, el mismo caluroso verano en el que Alice Rami publicó su primer álbum. Para él, ambos sucesos estaban relacionados. Compró el disco cuando lo descubrió en un escaparate, se lo llevó a casa y lo puso una y otra vez. Rami y August era el título del álbum, pero August no era una persona, sino su grupo compuesto por dos chicos: bajo y batería. Aparecían junto a Rami en la fotografía, dos chicos con el pelo negro enmarañado a cada lado de los angelicales rizos rubios de ella. Jan miró la fotografía y se preguntó si alguno de ellos era su novio.

Al día siguiente se compró un reproductor barato de cedés portátil para poder escuchar a Rami de camino al trabajo en la guardería. El trayecto más corto transcurría a través de un espeso bosque de pinos; recorría los senderos y escuchaba su voz susurrante:

El asesinato es siempre suicidio;

te mato a ti y a mí.

Al odio se le puede llamar amor,

entonces sé dónde te tengo.

La vida puede ser muerte

y el fuerte puede ser débil,

mientras a diario los b

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos