Un soplo de aire fresco (Los misterios de Neal Carey 1)

Don Winslow

Fragmento

Prólogo

LA LLAMADA DE PAPÁ

Neal sabía que no debería haber contestado al teléfono. En ocasiones simplemente retumban con ese horrible soniquete que solo puede expresar malas noticias. Lo oyó sonar durante treinta segundos hasta que cesaron los timbrazos y después miró su reloj. Exactamente treinta segundos más tarde, el teléfono volvió a sonar y supo que debía contestar, de modo que dejó su libro sobre la cama y descolgó el auricular.

–Diga –dijo de mal humor.

–¡Hola, hijo! –respondió una voz jovial y burlona.

–Papá, cuánto tiempo.

–Reúnete conmigo. –Era una orden.

Neal colgó el teléfono.

–¿Qué pasa? –preguntó Diane.

Neal se puso las deportivas.

–Tengo que salir. Un amigo de la familia.

–Tienes un examen mañana por la mañana –protestó ella.

–No tardaré mucho.

–¡Son las once de la noche!

–Tengo que irme.

Diane estaba desconcertada. Una de las pocas cosas que Neal le había contado sobre sí mismo era que nunca había conocido a su padre.

Neal se puso un anorak negro de nailon para protegerse de la fresca noche de mayo y salió a la calle. A esas horas de la noche, en Broadway aún había ajetreo. Ese era uno de los motivos por los que le gustaba vivir en el Upper West Side. Era neoyorquino de pura cepa, y en el transcurso de sus veintitrés años de edad nunca había vivido en ninguna otra parte que no fuese el Upper West Side. Compró un ejemplar del Times en el quiosco de la Setenta y nueve, por si acaso Graham se retrasaba, como era habitual en él. Hacía ocho meses que no veía ni sabía nada de Graham, y se preguntó qué podía ser tan condenadamente urgente como para tener que verse de inmediato.

Sea lo que sea, pensó, por favor que sea en la ciudad. Una excursión rápida al Village en busca de un crío al que arrastrar de vuelta con su mami o quizá un par de rápidas instantáneas furtivas de la esposa de alguien cenando con un saxofonista.

Graham y él siempre se reunían en el Burger Joint. Había sido idea de Neal. Para un amante de las hamburguesas, el Burger Joint era La Meca. Un local pequeño y estrecho, embutido en el primer piso del hotel Belleclaire, que atendía a todo tipo de clientes, desde yonquis que habían conseguido reunir un par de monedas hasta estrellas de cine que habían conseguido reunir grandes fortunas. Nick preparaba las mejores hamburguesas de la ciudad, si no del mundo civilizado, y su local era el lugar idóneo para disfrutar de una comida rápida y escuchar algún soplo relacionado con el béisbol. Parecía seguro que los Yankees iban a tener un buen verano, alcanzando los playoffs y clasificándose para las Series Mundiales justo a tiempo para el Bicentenario.

Neal entró y saludó a Stavros detrás de la barra, después se sentó en un reservado vacío, en la esquina. Por supuesto, Graham aún no estaba allí. Neal había llegado antes de hora. Pidió una hamburguesa con queso suizo, patatas fritas y un café con hielo. Abrió el Times y se dispuso a esperar cómodamente a que sucediera algo. En su trabajo, saber esperar era no solo un talento adquirido, sino también una necesidad. Neal era un adicto a los periódicos. Leía religiosamente los tres diarios principales y también consumía todo el surtido de semanarios que Nueva York le servía como postre. Lo que le interesaba aquella noche eran las noticias deportivas, convencido como estaba del destino de los Yankees.

Se puso a comer en cuanto llegó su comanda. Aunque «Reúnete conmigo» siempre quería decir «dentro de media hora en el mismo lugar que la última vez», Neal sabía que podía multiplicar por dos el intervalo y seguir esperando a Graham. Suponía que este lo hacía a propósito para irritarle. De modo que hizo todo lo posible por disimular su embarazo cuando levantó la mirada del periódico para encontrarse con el rostro sonriente de Joe Graham observándolo desde el otro lado de la mesa. Neal se alegró de verle, pero tampoco quería que se le notase.

–Pareces un indigente –dijo Graham.

De modo que nadie lo estaba siguiendo ni se encontraba en situación de peligro inminente.

–He estado muy ocupado –respondió Neal–. ¿Cómo estás tú?

–Ah… –Graham se encogió de hombros.

–Entonces… ¿qué pasa?

–¿Es que tienes prisa? ¿Te importa si como? Ya veo que me has esperado. –Graham le hizo una seña al camarero–. Tomaré lo mismo que él, pero en un plato limpio.

–Dime que no vas a tenerme liado toda la noche –dijo Neal–. Tengo un examen a las ocho y media de la mañana.

Graham se rió burlón.

–Aún no sabes de la misa la media. ¿Por qué tenemos que vernos siempre en este cuchitril?

–Quiero que te sientas como en casa.

El camarero regresó con la cena de Graham. Este la examinó cuidadosamente antes de volcar media botella de ketchup por encima. Le dio un sorbo a su café.

–¿Cuándo os vais a tomar la molestia de cambiar de una vez el filtro?

–Cuando usted se cambie de calzoncillos –respondió alegremente el camarero, alejándose. Había pasado sus buenas temporadas en Broadway.

Graham permaneció sentado un minuto en silencio. Neal conocía su técnica. Graham quería que fuese él quien hiciese las preguntas. Que le den, pensó, hace ocho meses que no me llama.

–Mañana vas a salir de la ciudad –dijo finalmente Graham, limpiándose un pegote de ketchup de la boca.

–Y un carajo.

–Viajarás a Providence, Rhode Island.

–Sé dónde está. Pero no pienso ir.

Graham le dedicó una sonrisilla.

–¿Qué pasa, que estás dolido porque no hemos llamado? El alquiler sigue estando pagado, chico universitario.

–¿Qué tal tu hamburguesa?

– La próxima vez preferiría que la cocinaran. El Hombre quiere verte.

–¿Levine?

–¿Desde cuándo vive Levine en Providence?

–A juzgar por lo a menudo que lo veo, bien podría estar viviendo en Afganistán.

–Deja que te diga una cosa: Levine preferiría no tener que volver a verte jamás en la vida. Si por él fuera, estarías llenando depósitos en Butte, Wyoming. Estoy hablando del Hombre. El banco. En Providence, Rhode Island.

–Butte está en Montana. Y mañana tengo un examen.

–Ya no.

–No puedo jugármela este semestre, Graham.

–Tu profesor se mostrará comprensivo. Resulta que es un amigo de la familia.

Graham le contemplaba sonriente. Graham era un duende maligno, decidió Neal. Un irlandés canijo de mediana edad, con cara de pan y pelo ralo, ojos azules, pequeños y rutilantes, y la sonrisa más desagradable en la historia de las sonrisas.

–Lo que tú digas, papá.

–Eres un buen hijo, hijo.

PARTE UNO

EL SONIDO DE UNA SOLA MANO

APLAUDIENDO

1

Neal Carey tenía once años y estaba sin blanca. Aquello no habría tenido excesiva importancia para la mayor parte de los críos de once años, pero Neal dependía básicamente de sí mismo, puesto que a su padre nunca lo había conocido y su madre tenía un hábito caro que devoraba cualquier cantidad que hubiese conseguido llevar a casa en las ocasiones en las que aún era capaz de salir del piso. De modo que cuando Neal se coló en Meg’s una tranquila tarde de verano lo que andaba buscando era una contribución. Era un crío delgaducho y sucio, como muchos otros del West Side. Nada en él resultaba destacable, y a Neal le agradaba que así fuera. La capacidad de pasar desapercibido entre la multitud es una cualidad importante para un carterista.

Tampoco Meg’s tenía nada destacable. No era más que otro bar que despachaba cerveza, whisky y algún que otro gin-tonic para los remanentes de la población irlandesa del barrio. McKeegan, el propietario, consideraba que había pegado el braguetazo el día que se casó con Meg.

–No hay mejor golpe de suerte que casarse con una irlandesa con bar propio –le estaba contando a Graham aquella tarde–. Nunca permitirá que te falte comida, whisky ni de lo otro, y lo único que tienes que hacer a cambio es pasarte el día detrás de la barra dándole palique a otros borrachos, dicho sea sin ánimo de ofender, claro está.

Graham también se sentía afortunado. Tenía la tarde libre, se estaba ganando la vida y se hallaba sentado en un taburete ante un vaso de cerveza fría. Un crío de Delancey Street sabía que las cosas no podían mejorar mucho más.

El joven Neal se acercó subrepticiamente y se agazapó bajo la barra junto a Graham, escuchando los sonidos del partido de béisbol que el hombre parecía estar siguiendo. Esperó hasta oír el impacto de un bate y los gritos de la multitud. La experiencia le había enseñado que los hombres que se sientan a la barra de los bares tienden a inclinarse hacia delante para celebrar los home-runs. Efectivamente, aquello fue precisamente lo que hizo aquel pardillo, y Neal colocó los dedos medio e índice como si fuesen una suave pinza sobre el borde de su ahora expuesta cartera. Cuando el tipo volvió a incorporarse, la cartera saltó a las manos del chico como diciendo: «Llévame contigo». En cualquier caso, Neal, que no tenía televisor en casa, pensaba que se trataba de un invento maravilloso.

Robar algo es relativamente sencillo; salir con lo que has robado ya es otra historia. Un ladrón tiene básicamente dos opciones: marcarse un farol o correr. Ha de conocerse bien y conocer sus talentos, sus puntos fuertes y débiles. Un buen ladrón debe poseer un grado inusual de introspección. Neal contaba ya con cierta información, disponible gracias al don de la observación que forma parte y es patrimonio de cualquier chaval pobre de ciudad. Sabía que estaba en un bar irlandés con dos tipos más o menos sobrios, que tenía once años y que ni de coña iba a conseguir colarles un farol a aquellos dos. También sabía que no había manera posible de que aquellos dos borrachines de mediana edad fueran capaces de atraparlo en una carrera de igual a igual. El béisbol podía ser un deporte para espectadores; el hurto es estrictamente participativo. Analizó aquellos datos en el espacio de un segundo y medio y salió corriendo a toda velocidad hacia la puerta.

Graham no había notado que le robaban la cartera, pero sí notó su ausencia. Joe Graham nunca tenía mucho dinero, así que tenía tendencia a saber dónde lo guardaba y dónde no, y ni siquiera un golpe de Roger Maris capaz de enviar la pelota por encima de la verja izquierda podía enmascarar el hecho de que su dinero no estaba en el lugar que le correspondía. Se volvió para ver la espalda de un crío saliendo a la carrera por la puerta.

Graham no se detuvo a comentarlo. Aquellos que pierden el tiempo en gritar algo del estilo de «¡Ese pequeño cabrón acaba de quitarme la cartera!» están reconociendo un hecho consumado. Graham salió disparado hacia la puerta en pos del muchacho, decidido a recobrar su propiedad y a castigar al delincuente.

Neal giró bruscamente a la derecha nada más salir del bar y corrió Amsterdam arriba, y después dobló a la izquierda por la calle Ochenta y uno. Tras haber recorrido media manzana, se desvió a la derecha, viró a la izquierda y se internó por un callejón en el que una valla de tela metálica y una puerta de sótano sin cerrar prometían resguardo. Saltó la valla sin perder impulso, hundiendo la punta de las deportivas y alzándose a pulso con los brazos. Neal sabía desde sus días infantiles de jugar al pilla-pilla que era capaz de salvar una valla más rápido que cualquier otro crío del barrio. Sabía que estaba siendo perseguido, pero también sabía que para cuando aquel capullo hubiera conseguido escalar la valla, él estaría separando los billetes de cinco de los de diez en el frescor del sótano. Estaba regodeándose en aquella placentera idea cuando algo duro y pesado le golpeó la espalda, a la altura de los riñones, y lo hizo caer de la valla. Intentó respirar pesadamente un momento antes de perder el conocimiento.

Tan pronto como entró en el callejón, Graham vio que aquel muchacho era un corredor nato y que no iba a alcanzarlo. Tenía la camisa limpia empapada en sudor y en su estómago daban tumbos cuatro cervezas, amenazando con algo peor. Sabía que si el chaval superaba la valla, su cartera habría pasado a la historia. De modo que agarró su brazo artificial, el derecho, un pesado armatoste de goma dura, y se lo arrancó de un tirón. Después, con su hiperdesarrollado brazo izquierdo, lo arrojó contra el ladrón.

Cuando Neal recuperó el conocimiento, vio un pequeño duende maligno que se cernía sobre él, observándole con aire burlón. Un duende con un solo brazo.

–La vida es una mierda, ¿verdad? –observó el tipo–. Te crees que has conseguido un par de pavos, que te has salido con la tuya, y va un tipo y, por el amor de Dios, se arranca el brazo y te machaca con él.

Agarró a Neal de la camiseta y lo puso en pie.

–Ven, vamos a ver a McKeegan. Se me está calentando la cerveza.

Graham obligó a Neal a desfilar por delante de él hasta Meg’s. Nadie en la calle les prestó la más mínima atención. Después le hizo sentarse en un taburete junto a la barra, y Neal observó con horror y fascinación cómo Graham se volvía a colocar el brazo y se lo tapaba con la manga.

–Neal, pequeño hijoputa –dijo McKeegan.

–¿Lo conoces? –preguntó Graham.

–Vive en el barrio. Su madre le da a la aguja.

–Suerte que no has tenido tiempo de gastar ni un centavo de todo esto –le dijo Graham a Neal.

Después le cruzó la cara con una fuerte bofetada.

–¿Quieres que llame a la poli? –preguntó McKeegan, alargando la mano hacia el teléfono.

–¿Para qué?

Neal sabía lo suficiente como para mantener la boca cerrada. No tenía sentido intentar negar lo evidente. Además, se sentía un poco desmoralizado tras haber sido acorralado y apaleado por un tipo con un solo brazo. Ciertamente, la vida es una mierda, pensó.

–¿Haces esto a menudo? ¿Robar carteras? –preguntó Graham.

–Solo desde el viernes pasado.

–¿Qué pasó el viernes pasado?

–Mis acciones se hundieron en Bolsa.

–Eres demasiado bocazas para ser un vulgar chorizo fácil de atrapar. Si yo estuviera en tu lugar, le dejaría los chistes a Jackie Gleason y me dedicaría a practicar.

Graham miró con severidad al crío. Estaba lo suficientemente cabreado como para llamar a la poli y enviarlo de excursión al correccional. Pero el Joe Graham adolescente había encontrado más de una comida en bolsillos ajenos. Y uno nunca sabe cuándo un crío inteligente podría resultarle de utilidad.

–¿Cómo te llamas?

–Neal.

–¿Eres una estrella de rock o también tienes apellido, Neal?

–Carey.

–McKeegan, ¿qué tal si preparas una hamburguesa con queso para Neal Carey?

McKeegan señaló hacia atrás con el pulgar.

–¿Sabes lo que es eso?

–Un grill.

–Un grill completamente limpio que seguirá limpio hasta las cinco en punto. No pienso pringarlo por un ladronzuelo empeñado en robar a mis clientes. Aquí el único que les roba a los clientes soy yo.

–¿Qué me dices de un sándwich de pavo?

–Eso sí puedo prepararlo.

McKeegan se dirigió a la encimera para preparar el sándwich. Graham se volvió hacia Neal.

–¿Tu madre se chuta caballo?

–Sí.

–¿Y tú tomas caballo?

–Yo tomo carteras.

Neal se sentía confuso. Por lo general, la gente a la que le metes la mano en los bolsillos no suele invitarte a almorzar. Aquella era la primera vez en dos años que le habían cogido. Sabía por los hampones del barrio lo que podía esperar de la policía, pero aquello era algo completamente distinto. Se planteó echar a correr de nuevo, pero seguía doliéndole la espalda después del anterior intento y por el rabillo del ojo podía ver el grueso sándwich de pavo con mayonesa sobre pan de centeno. Sabiendo que un estómago lleno piensa mejor que uno vacío, decidió seguir la corriente durante un rato.

–¿Tu madre te quita dinero?

–Cuando puede.

–¿Comes regularmente?

–Me las apaño.

–Ya.

McKeegan le trajo el plato y Neal se abalanzó sobre él como un lobo.

–Comes como un animal –dijo Graham–. Te va a sentar mal.

Neal apenas le oyó. El sándwich estaba delicioso. Cuando McKeegan, espontáneamente, le sirvió una Coca-Cola, Neal pensó que a lo mejor debería dejarse coger más a menudo.

Cuando terminó, Graham dijo:

–Y ahora, largo de aquí.

–Gracias. Muchas gracias. Si alguna vez puedo hacer algo por usted…

–Puedes perderte de vista.

Neal se dirigió a la puerta. No tenía por costumbre forzar su suerte.

–Y, Neal Carey…

Neal se volvió hacia la barra.

–Si alguna vez te pillo metiendo otra vez la mano en mis bolsillos… te cortaré las pelotas.

Esta vez Neal echó a correr.

Una semana más tarde, Neal estaba escondido en un callejón. Hacía un buen rato que había anochecido, pero su madre estaba atendiendo a un cliente y a Neal no le apetecía volver a casa. Además, la gente del barrio vivía en las calles las noches de verano como aquella, una pegajosa noche de Nueva York de atmósfera caliente y negra como el alquitrán. El multicolor carnaval nocturno del West Side desfilaba a su alrededor, pero Neal apenas era consciente de la belleza decadente de aquel mundo. Estaba saboreando una barrita Hershey afanada en una tienda local de la calle Ochenta y uno. Se sentía con el ánimo bajo y deseaba estar a solas. Por eso estaba sentado en el callejón, descansando, en la posición adecuada para ver a un hombre voluminoso bajar estrepitosamente en ropa interior por una escalera de incendios en persecución de Joe Graham.

–¡Te voy a matar, cabrón! –resolló el gordo mientras su sudorosa barriga brincaba sobre sus calzoncillos.

Neal oyó la voz de una mujer y alzó la mirada para ver a una rubia desnuda gritar desde una ventana:

–¡El carrete! ¡Coge el carrete!

Joe Graham no se detuvo ni un segundo al vislumbrar a Neal Carey. Con un rápido movimiento de muñeca, le lanzó la cámara al muchacho y siguió corriendo. Neal no necesitó que nadie le dijera lo que debía hacer. Cuando tienes en tus manos un objeto deseado fervientemente por un individuo furioso de ciento cincuenta kilos en ropa interior, solo hay un curso de acción posible. Neal corrió callejón abajo hasta salir a la calle, donde pronto se perdió entre la multitud.

La cámara era uno de esos nuevos aparatos diseñados para encajar –o, mejor dicho, para llevar ocultos– en la palma de la mano. Evidentemente, no se trataba de una cámara con la que el tío Dave fuese a tomar una instantánea de la tía Edna en lo alto del Empire State.

Neal mató un rato vagando por las calles, ojo avizor a la presencia de cualquier Gargantúa enfurecido, y después se encaminó hacia Meg’s. Joe Graham estaba sentado a la barra ante un whisky mientras sostenía una hamburguesa cruda sobre el ojo izquierdo.

–Creo que se suele usar un filete –estaba diciendo McKeegan.

–¿Tienes alguno?

–No.

–Entonces me tomaré otro whisky.

El bar estaba abarrotado. Neal se abrió paso hasta llegar junto a Graham.

–¿Has perdido algo? –preguntó el chico.

–¿Has encontrado algo?

Neal le tendió la cámara. Graham la abrió.

–¿Dónde está el carrete?

–Me apetece una hamburguesa. Poco hecha. Pero que no sea la que tienes en la cara. Patatas fritas y una cerveza.

–Podría limitarme a quitártelo, niño.

–A menos que lo haya escondido en alguna parte.

–Ponle a este cabroncete lo que quiera –le dijo Graham a McKeegan.

Neal se metió la mano en el bolsillo y le entregó el carrete.

–¿Fotos guarras?

–Fotos guarras valiosas.

–Ya me lo imaginaba. ¿Dónde has dejado al gorila?

–Remojándose las pelotas en hielo. Deberían caérsele de un momento a otro.

–Parece que te ha dado una buena.

–Gajes del oficio.

–¿No te dio tiempo a quitarte el brazo?

–Me ha dado miedo que se lo comiera.

–No pensaba que fueras a salir de aquel callejón.

–Ya he visto que ni siquiera te has quedado a comprobarlo.

–He pensado que el carrete era más importante.

–Tenías razón.

–Lo sé.

–¿Quieres un trabajo?

–Sí.

–¿Cuándo puedes empezar?

–Ahora.

–De acuerdo. Ve echando leches al Carnegie Deli. Busca a un tipo llamado Ed Levine. Alto, grandote, pelo negro y rizado. Dile que vas de mi parte. Dale el carrete. Si te pregunta por qué no he ido yo, dile que estoy herido y emborrachándome. ¿Entendido?

–Fácil.

–Sí. Y también sería fácil buscar al gordo para venderle el carrete a él, pero no lo hagas, porque te encontraré y…

–Ya sé.

–Reúnete conmigo aquí mañana a las dos de la tarde.

–¿Para qué?

–Para tu educación, hijo mío.

Y así fue como Neal Carey empezó a trabajar para Amigos de la Familia. No a jornada completa, por supuesto, ni siquiera demasiado a menudo. Pero una agencia como Amigos necesitaba en ocasiones colarse silenciosamente en lugares pequeños y volver a salir rápidamente de ellos.

2

Cualquiera que se hubiera criado en o cerca de Providence, Rhode Island, conocía el viejo edificio del banco. Sus piedras grises llevaban manteniendo a salvo los tesoros de incontables cerditos, los regalos de cumpleaños de tíos cariñosos, las nóminas semanales y los dividendos y las acciones de los ahorrativos trabajadores de Nueva Inglaterra desde que el ron, los esclavos y las armas habían hecho de la ciudad algo más que un simple mercado de campesinos. Después de aquello, el banco pasó a cobijar los beneficios de los telares del sur de Nueva Inglaterra, de las canteras de pizarra de Pawtucket y de las flotillas pesqueras de Galilee y Jerusalem, en la embocadura de la bahía de Narragansett.

Todo el mundo sabía que el banco era digno de confianza. No regalaba tostadoras, mantas eléctricas ni juegos de vasos para atraer a posibles clientes. Tenía una reputación: fiable, sólida y constante, que llevaba a la gente hasta sus mostradores de caoba –donde las ventanas de los cajeros se asemejaban a las troneras de las viejas fragatas que habían aportado riqueza a la ciudad– para depositar sus centavos y sus dólares. Ningún depósito era demasiado pequeño ni demasiado grande.

Algo distinto atraía a los clientes más acomodados: la privacidad. El banco era la familia Kitteredge y la familia Kitteredge era el banco. Los Kitteredge llevaban contando, ahorrando, invirtiendo y ocultando el dinero de los ricos desde los días en que los recaudadores de impuestos británicos requerían el porcentaje de la Corona en el lucrativo negocio de la remolacha, y seguían haciéndolo ahora frente a los implacables y despiadados ordenadores de la agencia tributaria. Los Kitteredge eran gente reservada, pero reservada de esa manera que únicamente se da en Nueva Inglaterra y en el profundo sur. Para los Kitteredge, un cliente nuevo no era más que un ahorrador de tercera generación. Su clientela fiel eran aquellos que habían atesorado su fortuna durante la Revolución hasta estar seguros de cuál sería el desenlace. El dinero del banco luchó en la Revolución aportando uniformes, mosquetes y pólvora, aunque un Kitteredge, Samuel Joshua, le dio un disgusto a su abuelo al vestir uno de aquellos uniformes y morir a la cabeza de su pelotón en los baluartes de Yorktown. Mucho más sensatos, a ojos del anciano, fueron los bucaneros financiados por los Kitteredge que asaltaban barcos británicos en el Atlántico, sirviendo así a su país mediante la merma del poder marítimo británico al tiempo que aportaban un bonito botín al banco.

Los Kitteredge tuvieron la suerte –algunos dicen la prevención– de engendrar el número adecuado de descendencia masculina y femenina. Siempre hubo un Kitteredge para suceder a otro Kitteredge como presidente del banco y siempre tuvieron los descendientes justos tanto para evitar reyertas destructivas como para mantener el negocio en manos de la familia.

El siglo XIX, una era en la que las actitudes patricias iban de la mano del crecimiento de la República, representó una edad de oro para la familia y su banco. La Guerra Civil trajo un nuevo boom financiero, y otro heredero, Joshua Samuel, marchó a la guerra para colaborar en la destrucción del malvado esclavismo que sus antepasados tanto habían contribuido a instituir. El joven Joshua no regresó; le tallaron una tumba en las heladas laderas de Fredericksburg, adonde un general de Rhode Island le había ordenado marchar hacia la muerte. («Una carga insensata –gruñó el padre de Joshua en el funeral–, como la que podría haber llevado a cabo alguien de Massachusetts», pues aquel estado tenía una reputación de fanatismo equivalente al legado de injustificada ingobernabilidad transmitido en Rhode Island.)

En los felices años que separan la batalla de Appomattox del hundimiento del Lusitania, el banco prosperó. La luz de gas dio paso a la eléctrica y los radiadores sustituyeron a las estufas de carbón, pero el viejo edificio de piedra nunca cambió. (Y nunca lo haría. «Un banco no es plástico, cristal y acero –atronó un Kitteredge durante una tristemente célebre reunión de la junta que tuvo lugar en 1962, cuando un imprudente accionista propuso “un nuevo look”–. Un banco es piedra, latón y madera. La gente trae aquí su dinero.»)

El estilo de vida de los Kitteredge era tan conservador como el propio edificio. «Mantén los negocios en el despacho y lejos de los periódicos», era el respetado lema familiar. No había mansiones en Newport ni bailes de puesta de largo para los Kitteredge. Sus grandes casas quedaban lejos de los caminos más transitados, en Narragansett o en los bosques de Lincoln, y, por supuesto, el viejo hogar familiar de College Hill permanecía habitado y recién pintado. Los jóvenes Kitteredge estudiaban en Brown (Yale era demasiado progresista, Harvard demasiado ostentosa, Princeton estaba en Nueva Jersey), amarraban sus veleros en una pequeña ensenada en Wickford, se casaban con muchachas de New Hampshire y Vermont y se bebían sus whiskys en sus respectivos gabinetes por la noche.

El 8 de julio de 1913 destaca como una fecha significativa de cara a las vidas de Neal Carey y Joe Graham. Dicho día, un tal William Kitteredge, que en aquel momento se encontraba a medio camino del habitual aprendizaje de veinte a treinta años como vicepresidente de tal o cual entidad, venció con excesiva facilidad al vástago de otra familia durante su partido de tenis semanal en el club. Aquel caballero, cuya familia mantenía en el banco reservas que ocupaban no menos de dos juegos de libros, le confesó a Bill que la luz de su vida, su joven hija, se había fugado con un italiano. Aquella perturbadora revelación despertó la simpatía de Bill, que pensó que alguien debería hacer algo… discretamente.

Aquella noche, Bill intercambió algunas palabras con Jack Quinn, un conserje del banco, cuyo hijo, Jack Junior, era un prometedor boxeador y joven conocedor de la vida. ¿Quizá Jack podría echar una mano? Jack accedió encantado y localizó a la pareja, impartió un par de amistosos consejos al ya no tan ardiente esposo y le llevó la muchacha a Bill a su casa de la ciudad. Bill, a su vez, compartió una copa con su amigo el juez y el matrimonio nunca existió. Bill devolvió a la hija, recibió abundantes agradecimientos y no volvió a pensar en el asunto hasta que se vio citado en el despacho a las siete en punto de un lunes por la mañana.

–He oído que ahora te dedicas a rescatar a damiselas en apuros de las garras de recién llegados del Mediterráneo –dijo su padre.

–Eso es.

–¿Planeas seguir haciéndolo?

–Puede.

–Entonces será mejor que te organices.

Lo cierto, dijo el viejo, es que aquello tenía sentido. El mundo había cambiado y podía ser un lugar más inoportuno de lo necesario. El banco despreciaba los escándalos, dijo, y últimamente cada vez eran más los antiguos clientes que acababan apareciendo en los periódicos.

–Somos viejos amigos de estas familias y, además, mantenerles a salvo y satisfechos favorece nuestros intereses. A la larga sería más barato que nos encargásemos nosotros mismos de estos pequeños problemas.

De modo que Bill obtuvo un aumento, una asignación y órdenes para organizar una agencia dentro del banco que pudiera estar al servicio de viejos amigos cuyos problemas privados era posible que no fueran a verse aliviados por el braz

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