Una historia casi verdadera

Mattias Edvardsson

Fragmento

cap-2

 

Agosto de 2008

Fue un verano de mierda.

La misma semana en que Caisa me dejó, me convocaron a una reunión y mi editor me explicó que tenía que despedir a una tercera parte de los empleados. La debacle de la prensa había llegado a la capital. La gente ya no quería pagar por las noticias del día anterior y la red rebosaba de chismes y opiniones controvertidas de todo tipo. Yo era prescindible.

Aunque no se puede decir que se tratara de algo inesperado, resultó igual de brutal. Caisa me dijo que había madurado más que yo, que necesitaba algo más estable, algo duradero y con futuro; ni siquiera esperó al Midsommar, la fiesta del solsticio de verano, para mudarse. El editor me dio el preaviso de quince días.

Me pasaba las mañanas durmiendo, las tardes las ahogaba en alcohol y, por la noche, salía a las terrazas y clubes. Dormía en el asiento trasero de un taxi ilegal o en casa de alguna tía que estuviera lo suficientemente borracha. Me despertaba con una sensación ociosa y de abandono e intentaba mantener el pánico a raya.

Cuando mi madre llamó, mentí sin ningún rubor. «Todo me va de maravilla, nada nuevo, ningún problema.» Después desayuné helado directamente del recipiente de dos litros, desnudo en el sofá, con los pies sucios sobre la mesa, y leí el periódico a golpe de clic, ese periódico que había sido mi segundo hogar y la niña de mis ojos. Me dediqué a rellenar el espacio de los comentarios con insinuaciones burlonas y acusaciones de lo más explícitas. Estando borracho, le había enviado a Caisa unas últimas y lamentables muestras de amor y me bloqueó en todos los canales. Envié mi currículo a varias redacciones en las que no me hubiera importado trabajar y a otras en las que nunca habría imaginado poner un pie. Una tarde fui en bicicleta hasta Långholmen y me senté en una silla plegable junto a dos colegas que compartían mi destino.

—¿Cómo estás? —me preguntaron—. ¿Qué piensas hacer? ¿Hay alguna novedad?

Hablé de mantener el perfil bajo durante un tiempo, quizá cambiar de rumbo, hacer algo por mi cuenta o reavivar mis sueños literarios de juventud. No había razón para preocuparse.

—Para ti es fácil —dijeron al unísono—. Como no tienes familia… Ni hipoteca…

Ellos, por su parte, ya se habían pasado por todas las grandes empresas de medios de comunicación con la mano tendida, vendiéndose como si estuvieran de rebajas, dispuestos a dilatar el concepto de periodismo de un modo que cualquier gacetillero de revista femenina frunciría el entrecejo.

No fue hasta agosto que desperté de mi sueño de verano y comprendí que tenía que hacer algo. Iba retrasado con el alquiler, tenía el contestador automático repleto de mensajes indignados de un arrendador mezquino dispuesto a cobrar por vía ejecutiva. En la pizzería del barrio ya no tenía crédito. La angustia brotaba como una tormenta en mi pecho.

Después de algunos correos electrónicos y conversaciones telefónicas quedó bien claro que la situación laboral en los medios de comunicación en Estocolmo era bastante precaria.

—¿Qué has hecho hasta ahora? (Editor de cualquier periodicucho.)

—Artículos, crónicas de entretenimiento, reportajes. (Yo.)

—¿Y te llamas? Zackarias ¿qué más? (El editor de nuevo.)

—Zackarias Levin. Pero me suelen llamar Zack a secas. (Yo, ahora un tanto abatido.)

—¿Zack a secas? (El editor, justo antes de finalizar la llamada.)

Y cuando mi repugnante arrendador finalmente aporreó la puerta de tal forma que el chihuahua del vecino hizo un falsete, no pude más y llamé a mi madre.

—¡Por fin! —exclamó cuando le pregunté si podía vivir con ella durante un tiempo.

—No te asustes, será solo una temporada.

Me senté en la cocina y navegué un rato por las redacciones de Escania con la intención de llamar. En ningún momento imaginé que un periódico regional con algo de dignidad rechazaría a un gacetillero de Estocolmo relativamente conocido (bueno), que había publicado en las grandes cabeceras.

Estaba equivocado.

—Estamos fatal. Tenemos que despedir a parte de la plantilla.

—Los periódicos gratuitos se han apoderado por completo del mercado.

—Hoy en día la gente lo que quiere es basura.

Las perspectivas no mejoraron hasta que hablé con el responsable de Cultura, y a la vez único periodista cultural, de la publicación local que salía cada dos días, donde tiempo atrás comencé mi carrera.

—¿Has vuelto a casa?

Ni siquiera se esforzó en ocultar la alegría de su voz.

—Es algo temporal.

—¿Puedes entregarme una crónica a la semana? De esas socarronas que cabrean a la gente, ya sabes. Quinientas coronas más dietas es la tarifa habitual. Lo siento, pero no puedo ofrecerte más aunque seas tú, Zack.

Quinientas coronas. Tendría que vivir a costa de mi madre hasta que me jubilara.

A pesar de todo dejé la puerta entreabierta. Prometí llamarle de nuevo, primero tenía que echar un vistazo a las demás opciones. Me imaginé al jefe de Cultura delante de mí: una sonrisa de alegría tal que el snus se le caería por la comisura de los labios. Qué-te-había-dicho y todo lo demás.

—¿En qué vas a trabajar? —preguntó mi madre cuando le pedí que me prestara dinero para el billete.

—No lo tengo del todo claro.

—¿No ibas a escribir un libro? Siempre has hablado de escribir un libro.

Me pagó el billete de avión. Tenía que salir al día siguiente, y no volví a pensar en lo que ella dijo hasta que esa última noche en Estocolmo me encontré dando vueltas en la cama a causa del pegajoso calor estival. Mi madre estaba en lo cierto. Tenía que escribir un libro.

Es tan raro que algunas cosas se pongan patas arriba en un instante como que otras permanezcan indiferentes al paso del tiempo. Regresé a casa de mi madre y mis ojos recorrieron el museo sobre mi infancia: los tapices bordados, los recipientes de cobre en la pared de la cocina, los pósteres de amas de casa con los bordes amarillentos…Todavía olía a pastel de frutas y azúcar moreno. Ella estaba sentada en la mecedora del abuelo, infectada de carcoma, y parecía veinte años más vieja. No sabía cómo dar un abrazo, pero ya había puesto los granos de café y la máquina funcionaba como un mecanismo de vapor sobre la encimera.

—Ahora cuéntame: ¿en qué lío te has metido?

Estaba sentada con los brazos cruzados y mirada de enfado. Volví a sentirme como un niño de doce años.

—¡No he hecho nada!

—Algo has tenido que hacer para que te echen. No sé cuántas veces te he dicho que dejes de escribir esas tonterías. La gente normal se enfada. Uno no puede creerse que es alguien solo porque se haya mudado a la capital y trabaje en el Aftonbladet.

—Nunca he trabajado en el Aftonbladet.

—Vaya, ahora prestas atención a las palabras.

Se quedó mirando fijamente la cafetera hasta que esta también comenzó a temblar para terminar capitulando con un sumiso pitido.

—¿Qué ha pasado entonces?

—Mamá, han despedido a un tercio de la plantilla. Esos a los que tú llamas gente normal ya no leen la prensa. Pertenecen a una maldita generación que no desea pagar por la calidad.

—¿La calidad? —dijo ella, y susurró—: Dios nos libre, amén.

Ocupábamos nuestros antiguos sitios a la mesa. El café había que diluirlo con una buena dosis de leche, pero creó un liberador oasis de silencio y reflexión.

—¿Y Caisa?

—La relación no iba bien. Nos hemos distanciado.

Había intentado no pensar en Caisa. Ahora el dolor volvió a abrirse como si fuera una herida infectada.

—¿Os habéis distanciado? A veces uno tiene que luchar, Zackarias. La vida es un toma y daca.

—A ti ni siquiera te gustaba Caisa.

Ella simuló no oírme.

—Ya tienes más de treinta años. Cuando yo tenía tu edad…

—Pero ¡mamá!

Bajó la guardia. La mirada apestaba a amarga decepción.

—Me gustaría ser abuela alguna vez. Todas las mujeres de mi edad son abuelas maternas o abuelas paternas o abuelas de mentira o sabe-Dios-qué. Solo quedo yo, y no es nada divertido.

Ahora volvía a ser ella. Same old, same old. Llevaba media hora en Escania y ya estaba hasta el gorro. Empecé a pensar en escribir un libro, ordené mentalmente la docena de ideas que se me habían ocurrido durante el vuelo. Armar un libro no debería ser demasiado complicado. Si trabajaba duro podría tenerlo para la primavera. Escribirlo me llevaría un par de meses y revisarlo otro par más, después estaría listo para producirlo, imprimirlo y comercializarlo. Que se publicase en primavera parecía un objetivo razonable; la edición de bolsillo podría estar a punto para la campaña de Navidad.

—¿Tienes cera en los oídos? —dijo mi madre, y me sobresalté—. No me estás escuchando. ¿Te has drogado o qué? Estás completamente ausente y tienes los ojos rojos.

—¡Para ya! ¿Qué has dicho?

Ella esbozó una mueca de malhumor.

—Hablaba de chicas. Quizá quede alguna por aquí a la que puedas conocer.

—¿Aquí, dónde? ¿En Veberöd?

—En efecto. Esa chica tan guapa con pecas que iba a tu clase. Ahora está separada. Tiene dos hijos, pero a su pareja no se le ve nunca. ¿Cómo se llamaba?

—¿Malin Åhlén? ¿Te refieres a Malin Åhlén?

Llevaba hablando de Malin Åhlén desde 1985.

—Sí, eso, Malin.

—Mamá, Malin Åhlén alcanzó su apogeo en el bachillerato. Además, no sé si una relación amorosa es lo que necesito justo ahora.

Tomó la cafetera y rellenó mi taza hasta rebosar.

—No, yo tampoco creo que necesites una relación amorosa. Lo que necesitas es una mujer.

No aguanté más. Saqué el móvil mientras mi madre continuaba sin parar al otro lado de la mesa.

—¿Has probado alguna vez las citas esas en internet? El chico de Evelyn encontró una chica así. Ella es guapa y normal. Y por lo visto también tiene mucho dinero.

—Venga, mamá. Necesito concentrarme en mí mismo por un tiempo.

—¿Concentrarte en ti mismo? ¿Eso es lo que la gente hace en Estocolmo? Pronto cumplirás treinta y dos años.

—Ya sé cuántos años tengo. Pero las cosas no son como en tus tiempos, mamá.

—¿No son como en mis tiempos?

—Ahora es distinto.

—Sí, claro —dijo, y sopló el café antes de llevárselo a los labios—. Ya me he dado cuenta.

Esa misma tarde me encerré en la habitación de mi infancia y seguí esbozando las mejores ideas para el libro. Mi madre había convertido mi habitación en un almacén y había llenado las estanterías con la enciclopedia nacional sueca completa. Sin embargo, de una pared todavía colgaba mi viejo póster de Bon Jovi, como una rareza, seguramente no estuviera muy lejos del ideal estético de algún bloguero medio perverso.

Con el portátil en la cama, escribí una rápida sinopsis. Si uno se esforzaba de verdad, ¿dónde radicaba la dificultad de urdir algo emocionante?

Enseguida me vi arrojado de vuelta al tiempo de la creación literaria. Poseía gran parte de la técnica. Era como montar en bicicleta. Si encontraba la historia adecuada estaba seguro de poder llevar a cabo el proyecto.

Pero los recuerdos de aquel otoño de los años noventa en Lund siguieron entrometiéndose y pronto se apoderaron de mi conciencia. Ya no pude seguir concentrado en los personajes de mi novela. Pensé en Adrian y en Fredrik. Pensé en Leo Stark, el famoso escritor desaparecido. Pensé en nuestra profesora, la poetisa Li Karpe, la princesa posmoderna. Pero sobre todo pensé en Betty. Y eso empezó a dolerme.

Abandoné mi sinopsis para navegar en busca de rostros. Deseaba ver cómo eran ahora, doce años después. Pero no pude encontrar a Betty ni a Adrian. La red estaba repleta de comentarios sobre el asesinato del escritor, especulaciones, rumores y toda clase de opiniones, pero nada sobre qué había sido de Betty y Adrian, quiénes eran hoy en día. Entonces busqué a Fredrik Niemi y me encontré de repente cara a cara con una época de mi vida que había significado mucho para mí, que lo había cambiado todo, pero de la que había escapado y me había apartado durante toda una década. Resultaba tan remota que aparecía como un sueño.

La imagen de Fredrik me hizo retroceder en el tiempo. No había cambiado. Un ligero lustre de clase media con el pelo más ralo y gafas más caras, pero por lo demás seguía siendo exactamente el mismo. Qué raro verlo después de todos esos años.

Sabía que trabajaba en el mundo editorial y, después de husmear un rato, descubrí que era el editor de una pequeña editorial de Lund.

Era demasiado bueno. Demasiado bueno para no aprovechar la oportunidad.

Me desperté temprano y telefoneé. Fredrik Niemi pareció sorprendido cuando comprendió de quién se trataba.

—¿Zack Levin? —dijo—. ¡Cuánto tiempo!

A continuación le entraron las prisas, voces de fondo y alguna reunión a la que tenía que asistir. ¿No podía enviarle un correo electrónico? Pero insistí y me comporté como un gacetillero hasta que conseguí una cita para almorzar. En el Saluhallen, junto al mercado, si todavía recordaba el lugar.

—¿Que si me acuerdo? —dije, y sentí cómo todo volvía. Los viejos roles, el equilibrio de poder, ese tipo de cosas inasibles en las que no influye el desempleo o el blues del retornado u otras derrotas mundanas.

Mientras mi madre limpiaba toda la casa como si fuera a tener visita o jornada de puertas abiertas para agentes inmobiliarios, yo aproveché para practicar con alguna idea para la novela. Bosquejé los rasgos de un antihéroe que bien podría llenar una trilogía completa y hojeé el diccionario de nombres en busca de aquellos que fueran perfectos para mis futuros personajes.

Después mi madre me prestó el coche a regañadientes y conduje hasta Lund, aparqué en la plaza de Mårtenstorget y fui dando un paseo entre palomas y carritos de la compra mientras la afilada luz del sol de finales de verano bañaba los edificios centenarios.

Fredrik Niemi ya esperaba sentado en el Saluhallen. El apretón de manos resultó tenso, y reconocí el tic nervioso alrededor de sus ojos.

—He leído algunos de tus artículos —dijo.

Cada uno hojeó su menú, y yo esperé a que continuara, alguna confirmación, al menos por cortesía, pero Fredrik no comentó nada más.

—¡Cuánto tiempo! —dijo en cambio, y esbozó una sonrisa vacilante.

A continuación me preguntó si tenía previsto quedarme mucho. Mentí y le dije que necesitaba tomarme unas vacaciones de Estocolmo, que aquí todo quedaba más cerca y era más tranquilo, y que eso era justo lo que ahora necesitaba.

—Es muy interesante cómo mira la gente por aquí. Como si investigaran, examinándolo a uno de verdad. En Estocolmo la gente apenas tiene tiempo de mirarse.

Fredrik asintió sin interés.

—Se trata de una tía, ¿verdad?

—Entre otras cosas.

—Recuerdo lo destrozado que estuviste después de la historia con Betty.

—¿La-historia-con-Betty?

Dibujó una sonrisa torcida.

—Más que destrozado —dije—. Apenas éramos unos adolescentes.

—Sí, claro.

Pedí un solomillo, poco hecho. La camarera esbozó una sonrisa falsa y chasqueó el bolígrafo junto a nuestra mesa mientras Fredrik seguía hojeando la carta.

—¿Es tierna la carne?

—¿El solomillo? Sí, está bien.

La camarera me miró de reojo con un gesto de complicidad, se rascó la clavícula y bostezó. Fredrik pidió uno bien hecho, ella garabateó algo en su bloc y se marchó sin hacer ruido.

—Es por el estómago —dijo Fredrik, y me miró como si yo realmente quisiera saberlo.

Fredrik Niemi no había cambiado en absoluto. Las gafas, el flequillo torcido y esa piel reseca que hacía que uno se sintiera tentado de alargar la mano y pasarle la palma por las mejillas cuarteadas. Delante de mí tenía al mismo joven inseguro que hacía doce años apareció cargando con una máquina de escribir portátil en el curso de Creación Literaria.

Después de aquel otoño de 1996 pasó un año en Dublín, estudió Historia de la Literatura y caminó tras los pasos de Leopold Bloom. Ni siquiera sonó irónico cuando me lo contó. De vuelta en Suecia consiguió trabajo en una editorial indie en Gotemburgo, y conoció a Cattis, el amor de su vida, en un concierto de Broder Daniel. Después de eso las cosas fluyeron, como él dijo. El tiempo pasó y él lo siguió. Ahora tenía una casa con jardín en Bjärred, una hija que estaba a punto de ir a la escuela y un hijo que pronto cumpliría cinco años. Llevaba trabajando en la editorial Lunda casi dos años, era el máximo responsable de las obras de ficción y traducía prosa poética francesa que nadie leía.

Yo no hablé mucho de mi vida y Fredrik no me hizo ninguna pregunta. Cuando la camarera apareció con nuestros solomillos fui directo al grano:

—Estoy pensando en escribir un libro.

Fredrik toqueteó la carne con el tenedor y dijo:

—Haces bien.

—¿Qué quieres decir?

Se contuvo y me miró asustado.

—Bueno, quiero decir que no existe mejor terapia que escribir una novela, ¿no? Una amarga historia de amor con elementos de una venganza refinada.

Sonrió con cautela, pero yo apenas negué con la cabeza.

—No estoy amargado. Y no necesito ninguna terapia. Necesito dinero.

Fredrik masticaba con dificultad y se volvió para mirar por la ventana, al parecer incómodo ante mi franqueza.

—Es ahí donde tú entras en acción —dije, y corté el solomillo poco hecho—. Tú eres editor.

—Bueno, no sé. Probablemente no haya nadie que conozca de verdad el negocio editorial. Es como si tuviera vida propia.

—Pero tú sabes de qué va. Mucho mejor que la mayoría de la gente.

Se retorció en la silla.

—¿A qué te refieres exactamente?

Me quité la salsa de los labios con la lengua y le di un buen trago a mi cerveza Staropramen.

—Quiero escribir un best seller, otro Código Da Vinci, otro Los hombres que no amaban a las mujeres. Creo que ahora el mercado está preparado para algo nuevo. Falta algo, algo que la gente anhela. Todo consiste en que se le ocurra a uno en el momento preciso, y en ser el primero en publicarlo.

Fredrik pinchó el solomillo con el tenedor y movió el cuchillo con fuerza.

—Me temo que no es tan sencillo —dijo sin mirarme—. Mi trabajo resultaría mucho más fácil si se pudiera predecir el mercado de esa manera. Aunque también más aburrido, claro.

—Bueno, estoy simplificando, por supuesto. Pero ya sabes a lo que me refiero. Tengo algunas ideas que me gustaría que vieras.

—No sé.

Por fin había conseguido cortar un trozo de carne que ahora trituraba lentamente entre sus molares.

—Me parece que has empezado por el extremo equivocado —murmuró entre bocado y bocado—. Deberías escribir a partir de tu propia experiencia: profundizar en ti, como suele decirse. ¿Qué clase de libro quieres escribir? ¿Qué deseas contar?

Me reí.

—Ahora suenas igual que Li Karpe.

Dejó de masticar y me miró expectante. Durante un segundo o dos su nombre colgó como un peso entre nosotros.

—¡Piensas como Li Karpe!

—Claro que no —protestó Fredrik, conteniendo la risa con la comisura de los labios—. Pero, a pesar de todo, ella tenía sus razones.

—Pero este no es uno de esos proyectos —dije—. No quiero escribir un libro de esos.

Se rascó la axila.

—¿A qué te refieres?

Dejé los cubiertos a un lado y me sequé la barbilla con la servilleta.

—No se trata de calidad. No quiero ganar el Premio August. Estoy preparado para escribir cualquier cosa, con tal de que el libro acabe en la lista de los más vendidos y me permita mudarme de la casa de mi madre.

Me miró como si hubiera blasfemado dentro de su iglesia.

—No hablo de creación literaria —dije—. Ya no somos unos jóvenes románticos de diecinueve años.

Fredrik sonrió indulgente.

—No creo probable que haya una receta para el éxito, Zack. Además, yo trabajo sobre todo con literatura que se publica en ediciones de quinientos ejemplares. Poesía china, cuentos rumanos. Cosas más pretenciosas.

—¡Vamos, hombre! Podrías darme algunos consejos… Un género, un tema, cualquier cosa. ¿Qué es lo que el mercado desea ahora mismo?

Suspiró, se recostó en la silla y dejó que su mirada vagara del solomillo demasiado hecho hacia mí.

—Escribe algo autobiográfico, algo sensacionalista, a poder ser algo fuerte. Desnúdate a ti mismo y a todos los que te rodean, y deja a un lado las especulaciones. Exagera y añade detalles morbosos.

—¿Hablas en serio?

—Eso vende.

Pensé en todo lo que había leído en la red sobre Betty y Adrian, todas esas especulaciones sensacionalistas sobre Leo Stark, el escritor desaparecido, y el juicio por asesinato del que tanto se habló en su día.

—¿Estás hablando de…? ¿Estamos pensando en lo mismo?

Fredrik pareció sorprendido.

—¿Te refieres a que escriba sobre nosotros?

—¡No, no, en absoluto! No me refería a eso…

—Aunque indirectamente, eso es lo que has dicho. ¡Escribe sobre el asesinato del escritor!

—Por supuesto que no —dijo Fredrik tajante—. No hay ninguna razón para hurgar en ello.

No dije nada, no pensaba discutir con él. Ya me había decidido. En cuanto germinó la idea, lo tuve claro. Deseaba ponerme a escribir en ese mismo instante.

—¿Mantienes algún contacto con Adrian? —preguntó Fredrik.

Negué con la cabeza.

—¿Y tú?

—No, ninguno.

Vi a Adrian frente a mí. Vi el juicio, las sombras en su rostro, la mirada esquiva. El momento en que se leyó la sentencia. Las lágrimas y los gritos, la sensación de irrealidad.

—Creo que sigue viviendo por esta parte del país —dijo Fredrik—. Me han dicho que por los alrededores de Bjärred.

Tenía problemas para concentrarme en Fredrik. En cambio, pensé en la portada y el título, vi imágenes sugestivas del edificio de la Universidad de Lund y la fuente que había delante, algo en gris y negro, quizá con un toque rosa para alegrar. El asesino inocente.

—Ya ni siquiera pienso en ello —dijo Fredrik—. Durante un tiempo tuve pesadillas cada noche, pero ya no. He conseguido olvidarlo.

Negué con la cabeza.

—Ninguno de nosotros podrá olvidarlo nunca. Es imposible.

Fredrik miró interesado el reloj.

—Tengo que largarme —dijo, y sonrió para finalizar.

El título se me venía a la cabeza como si fuera un letrero luminoso móvil. El asesino inocente. Ya me veía a mí mismo en la Feria del Libro, junto a Guillou, con las mangas arremangadas, ante las serpenteantes colas para la firma de libros. Después me veía sentado en el sofá de Malou, el programa de televisión, y también podría escribir reseñas sobre otros libros en alguna página cultural. Incluso me llamarían del programa de televisión Babel.

Fredrik carraspeó y me trajo de vuelta a la realidad. Después nos pusimos en pie y nos dimos la mano. Ninguna mención a llamarnos de nuevo. Probablemente Fredrik pensaba que olvidaría mi idea infantil sobre ese libro a las primeras de cambio. Como le pasaba a mucha gente. ¿A cuántas personas había oído decir que iban a escribir un libro?

Me subestimó.

cap-3

El asesino inocente

de Zackarias Levin

1

Septiembre de 1996

 

La primera vez que vi a Adrian Mollberg me encontraba sentado en un banco enfrente de la biblioteca de la universidad, cuyas paredes, repletas de vegetación, empezaban a salpicarse de colores otoñales. Hojeaba un libro, pero estaba demasiado nervioso para poder leer, ya que él se alzaba como una gran sombra en mi campo de visión.

—No fue un suicidio. Lo sabes, ¿verdad?

Casi me asustó. El revoloteo del abrigo, el cabello alborotado y su forma de colocar el cuerpo le daban un aspecto inclinado, como si tuviera una pierna más larga que otra.

—Kurt Cobain —dijo, y señaló mi camiseta de Nirvana—. La que disparó fue Courtney.

Hice sombra con la mano y miré mientras él hacía aparecer un cigarrillo de un paquete de Marlboro aplastado.

—No se encontraron huellas dactilares en la escopeta —murmuró, e intentó encender el mechero—. ¿Cómo diablos se dispara alguien en la cabeza sin dejar sus huellas?

Agitó frenético el mechero y, finalmente, consiguió una llama pequeña y temblorosa que acercó deprisa al cigarrillo.

—¿Qué vas a estudiar? —preguntó, y me tendió el paquete de tabaco.

Le di unos golpecitos para sacar un cigarrillo, pero tardé en responder; apenas se lo había contado a nadie y todavía no me sentía del todo seguro de mi elección. Hacía solo unos minutos, sentado en ese banco, había estado sopesando si mandar todo a la mierda, pasar por el servicio de orientación escolar e informarme de si aún quedaban plazas en el curso de bibliotecario o en algún programa de formación de profesores. Lo más seguro es que mi madre tuviera razón cuando calificó mis planes como una pérdida de tiempo y un despilfarro del préstamo estudiantil.

—Voy a estudiar aquí… —dije, y señalé la facultad de Literatura.

Él siguió mi movimiento con el pitillo en la boca y el humo serpenteó hacia el cielo despejado.

—¿Literatura? —dijo entusiasmado.

—Sí, aunque… sí.

—¡Yo también voy a estudiar ahí! ¿Eres un novato?

—Sí, terminé el bachillerato en primavera.

—¿Estás nervioso?

—Bah —dije, y me reí nervioso.

Entonces se acercó al banco y estrechó mi mano.

—Me llamo Adrian. Me mudé ayer, así que todavía no conozco a mucha gente.

—Yo me llamo Zackarias, pero la gente me llama Zack.

—¿Por qué?

—Seguramente porque es más sencillo.

—A mí no me gusta la sencillez. ¿Por qué la gente le tiene tanto miedo a lo complejo?

Apagó el pitillo con la suela del zapato y se sentó a mi lado con las piernas cruzadas. Me miró fijamente con sus grandes ojos y su amplia sonrisa.

—Zackarias, ¿qué vas a estudiar?

Yo prefería no decirlo.

—Creación Literaria.

—¿De verdad? ¿Con Li Karpe? ¿Creación Literaria con Li Karpe? —Adrian estaba tan exaltado que casi cantó las palabras—. ¡Yo también! Zackarias, creo que seremos compañeros de curso.

—Sí, eso parece.

Intenté expresar una alegría contenida, aunque todavía no estaba seguro de que la noticia fuera positiva.

—Por supuesto que todo se debe a Li Karpe. De no ser por ella, nunca habría venido aquí —dijo Adrian.

—Yo tengo mis dudas. Habrá que ver qué pasa. En el peor de los casos, siempre puedo dejarlo.

—Yo no. Mientras Li Karpe siga, me quedaré aquí.

Asentí. Por supuesto, nunca admitiría que Li Karpe era un nombre completamente nuevo para mí.

—Como habrás notado, Li me tiene un poco obsesionado. —A Adrian le brillaban los ojos—. En mi opinión, ella es la posmoderna más importante del país. Un puto genio, vamos. Por lo demás, soy bastante escéptico con los estudios de Creación Literaria, pero si tengo la oportunidad de pasar cinco días a la semana con Li Karpe, estoy dispuesto a inscribirme en un curso de Historia de la Filatelia.

Se rio en voz alta y desenfadada, y después de mirarle de hito en hito como un tonto durante un rato fue como si me contagiara, como si ya no pudiera resistirme, y también me eché a reír, y enseguida se apoderó de todo mi cuerpo esa impulsividad salvaje.

Tan repentinamente como había brotado la risa, Adrian se quedó paralizado, borró todo rastro de sonrisa en su rostro y hundió el codo en mi costado. Señaló al otro lado del verdor, hacia el sendero de gravilla que había entre los árboles, y yo seguí la dirección de su dedo en el aire.

Por allí se deslizaba ella, piernas largas y tacones altos, el cabello como una bandera al viento, la espalda erguida y la mirada perdida. Parecía requerir toda su concentración para desplazarse.

—Li Karpe —dijo Adrian.

Su nombre sonaba como un caramelo en su boca.

—¿Es ella?

Aunque desconocía por completo el posmodernismo, al parecer mi mente sí tenía cierta idea preconcebida sobre cómo debería ser un posmoderno. Y Li Karpe no se correspondía en absoluto con esa imagen.

—Mira su aura —señaló Adrian.

Nuestros ojos se quedaron clavados en su cuerpo durante su paseo por el parque. Se detuvo delante del Absalon, el edificio de ladrillo rojo que albergaba la facultad de Literatura, y agitó el cabello, dio media vuelta y nos miró fijamente.

cap-4

 

Agosto de 2008

 

Era como si se lo hubiera tragado la tierra. Escruté la red, pero no encontré ni dirección ni número de teléfono. Llamé a la delegación de Hacienda y me informaron de que en Suecia no había ningún Adrian Mollberg.

—Tiene que vivir cerca de Lund. He oído que en los alrededores de Bjärred.

La mujer de la delegación de Hacienda tecleó en su ordenador, y yo tuve que escuchar una monótona música de espera antes de que volviera, una vez más, con una respuesta negativa.

—Lo he comprobado un par de veces. No hay ningún Adrian Mollberg censado en Suecia, ni en Lund, ni en Bjärred ni en ningún otro lugar.

—Entonces ¿podría haber cambiado de nombre?

—Sí, claro.

Fue inútil. Así que decidí centrar la búsqueda en Betty. Puse la cafetera y subí el volumen del programa de radio P4 —Lotta Bromée y Lasse Stefanz—, mientras mi madre revoloteaba por el alféizar de la ventana con la regadera hasta que las macetas quedaron encharcadas.

—Tendrás que comprarles chalecos salvavidas a las begonias.

Se quedó mirándome fijamente.

—¿Ahora me vas a enseñar tú a regar las plantas? Eres la única persona que conozco capaz de dejar que un cactus se seque.

Para enfatizar sus habilidades levantó la regadera y echó en cada maceta una pizca más de agua.

—Eso es todo.

Con el café humeando en nuestras tazas, mi madre se sentó frente a mí y yo abrí mi portátil para iniciar una nueva ronda de búsqueda.

—¡Ah, ya! —masculló—. ¡Seguro!

Escribí «Betty Johnsson» y me desplacé entre los resultados. Encontré una Betty Johnsson que había ganado un concurso de equitación, otra que era una temerosa actriz americana y otra escocesa de catorce años que aseguraba morirse por Justin Bieber.

—¿Tienes que hacer eso mientras tomamos café?

Mi madre removía la taza y lanzaba miradas fulminantes a mi ordenador como si este la hubiera ofendido.

—Lo siento, no pensaba que… —dije, y cerré la tapa.

—¿Realmente hay tantas cosas interesantes en esa caja? ¿Es Facebook? Karla también se ha metido en eso. Dice que es la única manera que tiene de ver a sus nietos.

—No, mamá, no es Facebook.

¡Mira que no pensar en ello! Volví a abrir el portátil.

—Pero ¿no puedes parar ni un minuto?

—Mamá, eres genial —dije.

Ella clavó la vista en mí.

—Ya lo sé.

Me reí y regresé a la pantalla. Escribí el nombre de Betty en Facebook y aparecieron una serie de caras. Me desplacé por ellos y, finalmente, la encontré.

Se llamaba Betty Writer, pero no había duda de que se trataba de ella. Estaba tal como la recordaba, ni un solo día parecía haber dejado huella en su rostro. El mismo brillo en los ojos, el mismo caos desenfadado en su cabello y esos delgados labios rosa-salmón de siempre.

A pesar de lo que había llovido desde entonces y el tiempo que habíamos estado sin vernos, fue como si me arrancaran una tirita de una herida ensangrentada. Los recuerdos y los sentimientos afloraron a borbotones. Todo lo que creía haber olvidado, al parecer, apenas había estado aletargado bajo la piel.

—¿Qué te pasa? —dijo mi madre.

Tuve que hacer un esfuerzo para no derrumbarme.

Según Facebook, Betty seguía viviendo en Lund. Tecleé un escueto mensaje:

Pienso escribir un libro. ¿Quieres ayudarme?

cap-5

El asesino inocente

de Zackarias Levin

2

Septiembre de 1996

 

Nos encontrábamos en la planta del sótano. Asistíamos a un curso de Creación Literaria de un año. O, tal como lo definía mi madre, un despilfarro del dinero de los contribuyentes. Según Adrian Mollberg, era más bien un pasatiempo algo pretencioso bajo la dirección de la genio más bella del mundo.

Nuestro primer ejercicio consistía en describirnos a nosotros mismos. Adrian y yo estábamos sentados en la primera fila de un aula blanca y sucia, donde los tubos fluorescentes colgaban del techo y en la que se vislumbraba el aislante entre las molduras de la pared. Daba grima. El olor del vestíbulo se te metía por la nariz, y Li Karpe avanzaba con pasitos cortos arriba y abajo entre las mesas.

—Ahora dad rienda suelta a vuestra creatividad innata. ¡Reflexionad, pensad algo nuevo, pensad a lo grande!

Su voz era pausada, al igual que sus movimientos. Nada se hacía deprisa, todo estaba calculado al milímetro.

—Ya te lo dije —me susurró Adrian—. ¡Es una genio!

Me di la vuelta con cuidado cuando ella pasó a nuestro lado envuelta en un vago aroma azucarado. El cabello le caía sobre los hombros en finos tirabuzones y llevaba unos vaqueros de cintura alta que se le ajustaban en los muslos. Sus tacones medían por lo menos diez centímetros.

—¿Quién eres? ¿Quién eres en realidad? —dijo mientras su mirada planeaba sobre catorce rostros inmóviles.

Así que empezamos. Tomé mi pluma nueva, mi pluma de escritor, y clavé la vista en la primera página en blanco de mi cuaderno con tapas de cuero negro. Adrian resoplaba a mi lado. Cada vez que sacaba punta al lápiz, esta se rompía y se caía. Se rindió después de algunas quejas y se dio media vuelta para tomar prestado un bolígrafo de la chica que se sentaba detrás de nosotros. Se quedó un rato en silencio observando el bolígrafo antes de dirigirse a mí:

—¡Oye, Zackarias! ¿Me puedes dar una hoja de papel?

Arranqué de mala gana una hoja del cuaderno que había comprado en la misma papelería exclusiva que la pluma, y que a corto plazo estaba destinado a albergar el primer borrador de la más impactante novela de un debutante después del Jack de Lundell. Luego seguí con la mirada fija en las rayas de la hoja en blanco. A mi alrededor se oía el crujido de las ansiosas puntas de los bolígrafos sobre el papel. Además, al fondo de la clase repiqueteaba un lento vals de un solo dedo. Allí estaba sentado el único hombre del curso, sin contarme a mí y a Adrian. Tenía mal cutis, el pelo peinado a raya teñido de gris y gafas redondas de montura fina. Había sacado una máquina de escribir portátil y parecía no preocuparle si la gente se le quedaba mirando.

Pasaron diez minutos y aún no había conseguido escribir una sola línea en mi cuaderno. Miraba de reojo intentando leer el papel de Adrian. Sus ojos se encontraron con los míos y sonrió satisfecho.

Escribí con lentos movimientos mi nombre completo en la parte superior de la hoja.

—Tenéis diez minutos para acabar —anunció Li Karpe.

Se dejaron sentir suspiros entrecortados y la velocidad de los bolígrafos sobre el papel se incrementó. Eché un último vistazo a mi alrededor. Y después escribí:

Cumpliré diecinueve años en diciembre y no sé muy bien quién soy. Creo que es algo bastante normal. Creo que soy bastante normal.

Crecí en un pueblecito con mi madre. Ella no es tan normal. Mi padre es marinero en el golfo Pérsico y, cuando yo era pequeño, regresaba a casa cada dos meses, pero un día dejó de venir.

No le he contado a nadie que estoy haciendo este curso. En el sitio de donde yo vengo no es normal pensar que alguien pueda ser escritor. En ese aspecto no soy del todo normal. Pero por lo demás, sí.

Me gusta la buena música y quedarme levantado hasta bien entrada la noche. Probablemente la escritura sea lo único que se me da bien. Esa es la razón de que siga en ello.

Zackarias Bror Levin

—Escuchad —dijo Li Karpe con la cabeza inclinada—. He pensado que ahora podéis leer las presentaciones de vuestros compañeros. Como una forma de conoceros.

Adrian y yo nos miramos.

—Podéis intercambiarlas con la persona que se sienta a vuestro lado —dijo Li Karpe.

Adrian se rio y me tendió su papel. Yo le pasé el cuaderno.

Así se describía Adrian Mollberg a sí mismo:

Yo no soy como tú.

—¿Eso es todo? —le pregunté.

Asintió.

—Lo complejo no necesita ampliarse. En lo pequeño se concentra la grandeza.

Mientras él ojeaba mi texto, yo leía esa frase una y otra vez. Intentaba comprender qué significaba. «Yo no soy como tú.» ¿Debía considerarlo un rechazo o se trataba de una simple constatación? No me atreví a preguntárselo.

—Me gusta tu repetición de la palabra «normal» —dijo Adrian, que se había quedado pensando al leer mi presentación. Nada más. No dijo nada sobre mi sueño de ser escritor ni sobre mi madre o mi padre.

—Ahora coged vuestras presentaciones —dijo Li Karpe—. Poneos de pie y moveos por el aula, elegid a alguien que os parezca interesante, alguien a quien deseéis conocer mejor, y pedidle que os deje leer su presentación.

Se me hizo un nudo en el estómago. Adrian se levantó y agitó su papel, pero mis piernas pesaban como si fueran de hierro.

—Venga, Zackarias.

Y me obligó a levantarme. Tras un pequeño ataque de vértigo pude seguir a Adrian. Dos rubias se reían en una esquina, y una chica de ojos asustados se pegaba contra la pared. Si el rumor era cierto, éramos catorce elegidos, catorce entre varios centenares. Once mujeres y tres hombres, todos entre dieciocho y veinticinco años. Elegidos con esmero después de pasar exámenes en distintos géneros: prosa, poesía y teatro. Creación Literaria era una de las pocas ramas a las que yo podía acceder a pesar de mis mediocres notas finales.

Li Karpe tenía que ser una de las personas que me había seleccionado. Ella había leído mis textos y había visto el potencial. Ahora sonreía frente a mí y quería ayudarme a encontrar a alguien con quien intercambiar los papeles.

—Allí —dijo, y señaló a una chica en el otro extremo del aula que llevaba una camiseta con estampado de camuflaje, vaqueros anchos y unas Dr. Martens rojas—. Habla con ella.

Así que se estiró, Li Karpe quiero decir, y le hizo una señal con los dedos a la chica, que parecía moderadamente emocionada.

Adrian ya estaba enfrascado en una animada conversación con otra joven que gesticulaba mucho. Los dejé a un lado y le tendí la mano a la chica con camiseta de camuflaje.

—Betty —dijo serena.

El apretón de manos fue flácido y neutro. Ni siquiera me miró a los ojos.

—¿Intercambiamos? —le pregunté, y le pasé mi cuaderno.

—Uy, un cuaderno entero.

Lo abrió por la primera página y leyó.

—¿Y el tuyo? —dije, pero no recibí respuesta.

Leyó todo el texto antes de alzar la vista. Pareció sorprendida, como si tuviera dificultad para encajar lo que había leído con la persona que tenía delante.

—Sí, claro —dijo, y me alargó una hoja con una pésima letra y los renglones torcidos.

Soy algo afilado en tu garganta,

soy el pus de la herida que nunca cicatriza,

soy el guisante bajo el colchón,

soy la china de tu zapato,

soy el susurro nocturno en los oídos,

soy una bomba de relojería,

soy un acceso negado,

soy un tendido eléctrico caído,

soy la sombra bajo la cama,

soy el esqueleto de tu armario,

soy el cuchillo en tu espalda,

soy un billón de sinapsis

y cinco litros de sangre.

¿Quién coño eres tú?

Tuve que leerlo dos veces.

—¡Joder, qué bueno! —dije.

—Bah —respondió ella, y me arrancó el papel de la mano.

Nos quedamos en silencio y nos miramos de reojo un rato los zapatos. Esperando sin nada que esperar.

—Yo también vengo de un pueblo de esos —dijo ella sin levantar la mirada—. De esos donde una no puede pensar en ser alguien.

—Odio esos lugares. Tan pronto como consiga una habitación de estudiante, pienso largarme de Veberöd y no regresaré nunca más.

—Te entiendo —dijo ella—, me he pasado la vida con una sensación de ansiedad en el pecho. Creía que la vida siempr

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos