Domingo
La Bruja, la Tortuga, la Paleta del Pintor, el Caos, la Calavera… No hacía falta ser bretón, gente dotada por naturaleza de una imaginación portentosa, para identificarlas. Igual que el Castillo del Diablo, las Fauces del Tiburón, la Botella, la Bota al Revés, la Bastilla o el Sombrero de Napoleón que habían visto ayer. O la Seta, el Pie, la Liebre…
Por lo menos ayer pasearon.
Hoy, en cambio, se habían quedado tumbados en la playa. El comisario Georges Dupin y su novia, la jefa del servicio de cardiología Claire Lannoy, contemplaban desde su toalla las magníficas formaciones graníticas de color rosa. Más tarde, al caer el sol, esas rocas empezarían a brillar y refulgir de un modo sobrenatural, como si no fueran de este mundo. Era un caos de formas curiosas; unos bloques de granito gigantescos, solos o en grupos desordenados, que en ocasiones se amontonaban hasta alcanzar una gran altura. Estaban por todas partes a su alrededor: dentro del mar, emergiendo del agua, en el pequeño islote que tenían delante y también en la playa y a sus espaldas, en la solitaria península de Renote a la que pertenecía la extensa línea de arena sobre la que se encontraban ahora.
Esos peñascos se podían admirar por todo el litoral comprendido entre Trébeurden y Paimpol. «Costa de granito rosa» era el poético nombre de aquella famosa zona del norte de la Bretaña. Con aquel tipo de granito se habían construido símbolos nacionales como el Ayuntamiento de París, el enorme monumento a Charles de Gaulle en Colombey-les-deux-Églises o la famosa Cruz de Lorena. También en Los Ángeles, Budapest y Sevilla había edificios construidos con esta piedra legendaria. Incluso los hombres del Neolítico habían levantado obras imponentes con esta curiosa roca ígnea, que en ningún otro lugar asomaba de forma tan destacada en la superficie de la tierra como allí, en la zona canadiense de Ontario, en Córcega, Egipto y China.
Parecía como si aquellas rocas extrañas hubieran caído literalmente del cielo. Como si unos insólitos meteoritos se hubieran precipitado de forma aleatoria. Maravillas de piedra rosa, testimonios y signos enigmáticos. Aunque macizos, a la vez resultaban livianos, casi ingrávidos, suspendidos. Daba la sensación de que la siguiente racha de viento podría llevárselos. Era un paisaje mágico. Cualquiera podía entender al instante por qué grandes escritores y pintores, entre ellos muchos amigos de Gauguin, se quedaban embelesados con ese rincón de la tierra.
Desde tiempo inmemorial, las localidades situadas a lo largo de la costa de granito rosa rivalizaban entre ellas por la extravagante cuestión de quién tenía la piedra más extraña y las formas y los tonos rosados más espectaculares.
De las doce playas de Trégastel, la de Toul Drez, en la que se encontraban en ese momento, era la que estaba más al norte. Era una playa salvaje en forma de hoz rodeada de promontorios y extrañas formaciones rocosas. Al oeste estaba la llamada Tête de Mort, un saliente en forma de calavera sobre el cual, a su vez, se podía admirar una de las formaciones más divertidas, el Tas de Crepes, el montón de crepes, cuya presencia compensaba un poco el espanto que provocaba la calavera.
Los dos islotes de delante, la Île du Grand Gouffre y la Île de Dé, la protegían del ímpetu del oleaje y, con la marea baja, creaban una laguna fascinante, una especie de gran piscina natural. En aquella zona incluso la arena era de color rosa. De tono claro y textura fina. Dentro del agua, la playa descendía poco a poco. El mar ahí no solo era transparente, sino totalmente translúcido. Al principio presentaba un delicado color verde turquesa y después adquiría una tonalidad azulada que el rosa del fondo intensificaba de un modo especial. Solo muy adentro el Atlántico adquiría un profundo color azul. Desde allí se divisaban las más grandes de las legendarias siete islas, las Sept-Îles, situadas a cinco millas náuticas de la costa.
Claire y Dupin habían llegado dos días antes por la tarde y se habían encontrado un ambiente de pleno verano. Durante el día la temperatura permanecía constante en torno a los treinta grados y lucía un magnífico cielo azul. Sin nubes ni neblina. El aire era nítido gracias a la ligera brisa atlántica. Los colores predominantes combinaban de forma exquisita: el azul intenso del cielo, el turquesa del mar y el rosa de la arena y las rocas.
Era de una belleza impresionante. Surrealista.
Esos días veraniegos, animados y sin preocupaciones, eran para muchos la douceur de vivre, la dulzura de la vida. Los bretones lo llamaban la vie en roz, la vida en rosa.
Para Georges Dupin aquello era una condena.
Ir de vacaciones.
A la playa.
No podía haber nada peor.
Claire soñaba con pasar el día tumbados en la playa. Sin compromisos, ni citas, ni trabajo. Había insistido en llegar a un acuerdo y jurarse mutuamente que durante esos cuatro días no se ocuparían, bajo ninguna circunstancia, de nada relacionado con la comisaría de Concarneau ni con el hospital de Quimper. Fuera lo que fuese.
—Solo descanso y tranquilidad —había dicho con un suspiro de felicidad.
Pero no eran «cuatro días». Para nada. Eran dos semanas. Quince días completos.
Eran las vacaciones más largas que Dupin se había tomado en toda su carrera. El asunto fue motivo de comentarios en Concarneau; incluso la edición local del Ouest-France había publicado una nota breve, absolutamente ridícula e innecesaria, titulada «Georges Dupin en Trégastel: el comisario se va de vacaciones».
Claire había elegido pasar esos días en una «zona de baños con solera» que estuviera «bien situada, que fuera romántica y que tuviera mucho encanto»; un lugar donde no necesitaran el coche y se pudiera ir a pie a todas partes. Un hotel pequeño y agradable. Y lo más importante, quería llevar un «auténtico ritmo de vacaciones», lo que en su opinión significaba dormir hasta tarde —a Dupin le gustaba madrugar—; desayunar a última hora y con tranquilidad en la terraza —los desayunos prolongados no eran precisamente del agrado del comisario—; ir a la playa con ropa ligera —Dupin no soportaba el pantalón corto— y comprar por el camino bocadillos y bebida —en este aspecto, él no tenía objeciones—. En cambio, sí las tenía para el último punto: acomodarse en una toalla ancha y blanda y, salvo los breves momentos dedicados a nadar, no abandonarla hasta bien entrada la tarde.
Un auténtico infierno.
Para Dupin no había nada más insoportable que la ociosidad. Y nada le exasperaba más que el descanso obligado. Necesitaba estar activo, ocupado. La actividad constante era su estado natural; lo demás, una tortura. Claire, por supuesto, lo conocía lo bastante como para ser perfectamente consciente de ello. Y se había tomado ese asunto en serio. Mucho. Cuando tuvo la desafortunada idea de esas vacaciones no solo había pensado en ella, sino «sobre todo había pensado en él».
Claire tenía la teoría, funesta en opinión de Dupin, de que esa «alarmante necesidad de acción» estaba provocada por un exceso de actividad, en particular «por el exceso insano de desasosiego interno y externo de los últimos años», es decir, como a ella le gustaba expresarlo, «por todos esos casos demenciales». Por eso estaba convencida de que había llegado un punto en que la situación se había vuelto «crítica» y él necesitaba «descansar de verdad». «¡Una cura radical! ¡Olvidarse absolutamente de todo!» Por desgracia, el médico de cabecera de Dupin, el doctor Pelliet, compartía con vehemencia esa opinión. Él también le había diagnosticado «síntomas prototípicos de fatiga patógena»: estómago delicado, problemas de sueño, adicción a la cafeína…
A Dupin todo aquello le parecía abstruso. Sin embargo, cuando Nolwenn, su irremplazable secretaria, empezó también a hablar de la conveniencia de un «período de descanso» —y solo porque en alguna ocasión él había reaccionado de forma arisca—, la suerte del comisario quedó sellada. Tampoco facilitó mucho las cosas el hecho de que los tres «solo querían lo mejor para él». Para entonces ya se había rendido.
Luego todo ocurrió muy rápido. El año anterior, Nolwenn y su marido habían pasado las vacaciones en la playa de Trégastel, en un «hotel muy bonito», y habían trabado cierta amistad con el matrimonio propietario del establecimiento. Antes de que Dupin pudiera darse cuenta ya tenía una reserva allí. Una habitación doble de lujo. Con vistas al jardín y balcón.
Así fue como comenzó su infortunio, que había desembocado en esa gran toalla de color lila.
Dupin estaba convencido que esa cura de descanso solo podía tener un efecto: provocarle una tremenda desazón interior. Con todo, a él quien le preocupaba era Claire. Desde que había aceptado la dirección del servicio de cardiología del hospital de Quimper trabajaba casi sin descanso. Ella, al contrario que él, estaba agotada. En los últimos meses no habían sido pocas las ocasiones en las que Claire se había quedado dormida en el sofá antes de cenar. Ella sí necesitaba un descanso. Y, para su desgracia, unas vacaciones en la playa eran lo más adecuado. Desde que llegaron, Claire parecía recuperarse a cada minuto.
Y si estar tumbado en esa toalla en la playa era ya, de entrada, una pesadilla para Georges Dupin, había otras circunstancias que agravaban aún más la situación.
El sol quemaba tanto que no se podía salir sin gorra o sombrero. Dupin odiaba ambas cosas y no tenía ni lo uno ni lo otro. Por eso el día anterior, de camino a la playa, Claire le había comprado, sin consultarle, una gorra de color azul marino con la inscripción I LOVE BRITTANY. Él se la puso de mala gana. Había además otra cosa cuyo uso continuado también era imprescindible: la crema solar. Dupin se negaba en redondo. Dijera lo que dijese el envase, ese potingue era pringoso y hacía que la arena se le pegara al cuerpo. Una arena que, por causas desconocidas, iba a parar siempre a su lado de la toalla. En el lado de Claire no había nunca ni un solo granito. Con todo, lo peor de la crema solar era que, por mucho cuidado que tuviera, llegaba un momento, casi siempre muy pronto, en el que se le metía en los ojos. En ambos. Eso le provocaba un escozor tan intenso que incluso se le nublaba la vista y le impedía leer u observar lo que ocurría en la playa. Y, por desgracia, desde la toalla no había otra cosa que hacer más que leer y observar a la gente.
Su único consuelo era la cena. El restaurante del hotel era estupendo y servía cocina local, sobre todo especialidades del norte. Solo unos minutos después de su llegada, hacía ya dos noches, los acomodaron en una terraza, con unas vistas extraordinarias. Tenían un hambre canina. A Dupin le encantaba que Claire tuviera ese apetito tan voraz. Les sirvieron tartelettes de Saint-Jacques, unas vieiras de la rada de Brest, sin duda las más exquisitas, y a continuación unas alcachofas Cardinal —una variedad local, de color morado pálido, sabor suave y algo dulce— con vinagreta de hierbas. El vino también fue espléndido, un pinot noir joven del valle del Loira que se bebía muy fresco y que se había convertido en su nuevo deleite para los días de verano. Aquel caldo combinaba a la perfección con la carne de cordero de pasto asado con cocos de Paimpol, unas delicadas judías blancas que Dupin simplemente adoraba.
Por desgracia, por fabulosa que fuera la comida —la segunda velada en el restaurante había confirmado la primera y fantástica impresión—, un día de vacaciones no solo era la cena. Le quedaban por delante muchas, muchísimas, horas de los doce días restantes.
Dupin se había bañado ya seis veces y había recorrido la playa de un extremo al otro en más ocasiones aún. Una y otra vez.
Antes de ir a la playa —Claire ya estaba allí porque «no quería perder el tiempo»—, él se acercó al quiosco de prensa que había en el apacible centro de Trégastel para comprar los periódicos del fin de semana. Se tomó su tiempo. A esas alturas ya se los había leído todos a fondo. El Ouest-France había iniciado el gran especial de verano con el tema «El bretón, ¿nace o se hace?». Uno de los temas favoritos, más divertidos y también más serios, de los bretones. La respuesta era simple, simpática y, a la vez, enternecedora (además de tranquilizar mucho a Dupin): «Para ser bretón no hacen falta ni papeles ni documentos, solo la voluntad de serlo». Por lo tanto, en el fondo, según se desprendía de aquel encendido alegato, era más una disposición, una actitud interna. Ante la vida, el mundo, las personas y, lo más importante, ante uno mismo. Para las cuatro semanas siguientes el periódico había ideado un entretenimiento divertido: «Sabes que eres bretón cuando…». A continuación se señalaban varios indicios infalibles, palmarios: «Para ti la hora del aperitivo empieza de manera oficial a las once de la mañana y a partir de entonces todo está permitido. / Cuando para suicidarte entras en un bar muy concurrido de un rincón apartado de Finisterre y proclamas a gritos que eres de París. / Cuando toleras mejor que otros el sonido de la gaita. / Cuando para ti el año 1532 significa algo (no necesariamente bueno)». (Es el año en que la Bretaña fue «anexionada» a Francia.)
Claire había extendido la toalla exactamente en el mismo lugar que el día anterior, un gesto con el que dejaba claro que aquel iba a ser su territorio para el resto de las vacaciones.
—Tengo que ir a enjuagarme los ojos —masculló Dupin con una mueca—. Con agua limpia. En el hotel.
Se puso de pie.
No se le había ocurrido nada mejor para abandonar otro rato la toalla. Pero además, se ajustaba bastante a la verdad.
—Cuando vuelvas, trae otro de esos pans bagnats.
—Por supuesto.
Dupin había descubierto no muy lejos del hotel una pequeña tienda cuyo propietario, Rachid, de Niza, preparaba esos bocadillos de pan de pita típicos del sur de Francia, con atún, tomate, aceitunas y mayonesa. Para acompañarlos vendía un vino rosado de la Provenza que se podía llevar a la playa con una nevera portátil.
Eran las tres y media.
Claire dormitaba tumbada bocabajo. Llevaba un sencillo biquini de color negro que le favorecía mucho y un enorme sombrero de paja que a Dupin no le gustaba demasiado. Era viejo y había sido de su abuela.
—¿Te apetece alguna otra cosa? No me importa traértela.
—No, gracias, cariño.
Se puso el polo azul descolorido, los tejanos y luego se calzó las zapatillas desgastadas en cuyo interior encontró una sorprendente cantidad de arena. Esa era también una especialidad suya. Dupin era capaz de transportar enormes cantidades de arena. Al coche, a la habitación del hotel e incluso, aunque pasase antes por la ducha, a la cama.
La siguiente toalla se encontraba a unos veinte metros de ellos. Una familia con tres hijos, un niño y dos niñas, que se alojaban en su mismo hotel. Muy alegres. Muy agradables. Por desgracia, con unos padres horribles. No paraban de gritar: «¡Aquí sentados y en silencio!». «¡No tires las migas del bocadillo!» «Nos gustaría poder estar tranquilos por lo menos una vez al año». El aire traía hasta ellos el lamento infinito de esos padres. Espantoso. A la hora del desayuno sus voces solo habían sido superadas por las de una pareja —un hombre recién entrado en los cincuenta y su mujer, una rubia oxigenada a la que Dupin le había echado unos treinta años o poco más— que se había pasado el rato discutiendo acaloradamente.
Esa era la agradable vida de hotel.
—Hasta luego, Claire.
—No tardes mucho. —Ella se giró y cogió un libro.
Dupin sorteó a la familia dando un amplio rodeo.
El hotel estaba cerca. El estrecho camino que discurría junto al mar, con altas hierbas de la playa que brillaban a ambos lados, brindaba una visión panorámica del paisaje granítico y el Atlántico.
El hotel L’Île Rose se encontraba en lo alto de una colina plana, al resguardo de unos enormes bloques de granito rosa entre cuya maraña sobresalían aquí y allá enormes pinos doblados por el viento. La entrada principal estaba al final del paseo marítimo, que se elevaba sobre la playa de Coz Pors. El paseo, toscamente asfaltado, conducía a un pequeño aparcamiento público en el que se encontraba también la entrada para coches del hotel. Ahí había además cuatro casetas de madera, estrechas y de un intenso color blanco, en las que podían comprarse los pasajes para visitar en barco las Sept-Îles. De no ser por su aprensión insalvable a los paseos en barco, a Dupin le hubiera encantado ir. En las Sept-Îles habitaba un ave conocida como el «pequeño pingüino». Por lo que sabía, esas aves no eran pingüinos en realidad, sino alcas, una especie perteneciente a la familia de los álcidos. En cualquier caso, su aspecto y su forma de moverse era similar a la de los pingüinos. La profunda pasión que sentía Dupin por esos animales bastaba para incluir en ella a las alcas; aunque, pese a la proximidad de las islas, observar a aquellas aves era una utopía para él.
Dupin ya había alcanzado el jardín del L’Île Rose, del que Claire se había enamorado desde el momento en que llegaron, en particular de los dos parterres de hortensias de intenso color azul y violeta. Los propietarios del hotel habían creado un pequeño paraíso botánico: un césped cuidado, aunque no en exceso; tres palmeras de troncos anchos expuestas al viento; eucaliptos majestuosos, camelias, rododendros, agaves, lavandas aromáticas y grandes arbustos de salvia, tomillo, romero y hierbabuena. Todo dispuesto en una mezcla desordenada. El ejemplar más destacado era un olivo viejo y retorcido. De cara al océano, los magníficos bloques de piedra y la vegetación frondosa creaban una vista impresionante.
El edificio era antiguo, del siglo XIX, y estaba encalado en gris claro, mientras que en los bordes de las ventanas lucía el granito original. Una de las privilegiadas construcciones situadas junto al mar, uno de los pocos y sublimes edificios que podían admirarse en ese tramo de costa. Era una mansión encantadora, restaurada con primor y decorada con mucho gusto, con sobriedad y en tonos claros. El mobiliario era sencillo y bonito, de madera natural, y en las habitaciones destacaban las telas coloridas. Además, y eso era decisivo para Dupin, los dormitorios disponían de una máquina de café expreso fácil de manejar. Al igual que el centro de esa pequeña localidad de costa, aquel era un refugio de los primeros calores del verano.
Dupin atravesó el jardín y se encaminó hacia la escalera de piedra que conducía a la puerta de entrada.
—¿Ya lo ha oído, señor comisario?
Rosmin Bellet, el propietario del L’Île Rose, un hombre de aspecto bonachón y algo entrado en carnes, acababa de asomar por detrás de una palmera. Era una persona muy cordial. Demasiado locuaz para el gusto de Dupin. Saltaba a la vista que le encantaba atender a sus huéspedes con un estilo muy personal.
Dupin se detuvo de mala gana. Los ojos aún le escocían por la crema solar. No estaba de humor para chácharas.
—No. —Sin pretenderlo, su respuesta sonó algo desabrida—. Quiero decir, ¿qué se supone que debería haber oído?
—Anteayer alguien robó la figura de santa Ana de su capilla. No se sabe quién fue, ni cómo lo hizo.
Dupin se frotó la sien.
—Me figuro que la gendarmería local ya se está ocupando del asunto.
—Sí. Alan e Inès... —El señor Bellet sonrió—. Sí, lo harán…
Dupin supuso que ese era el nombre de los gendarmes.
Dos abejorros gordos —el jardín estaba plagado de abejas y abejorros— pasaron volando con un zumbido grave peligrosamente cerca de la nariz de Dupin.
—Es una figura muy antigua. —El señor Bellet no parecía dispuesto a abandonar con facilidad.
—Vaya —murmuró Dupin.
Le daba igual. No estaba dispuesto a ocuparse de ese asunto. Nada de objetos antiguos desaparecidos, y menos aún religiosos. Su último gran caso había girado en torno a ello y a estas alturas aún seguía dándole vueltas. Era como una sombra oscura y misteriosa. Una parte se había quedado sin resolver.
—Además, el miércoles de la semana pasada alguien entró a robar en la casa de Gustave Eiffel —insistió obstinado el señor Bellet. Dupin se encogió de hombros—. En 1903, el arquitecto de la torre Eiffel construyó aquí una casa. De estilo escocés. Está en venta. ¡Tiene una hectárea y media de terreno!
Por su modo de hablar, parecía como si el señor Bellet quisiera vender esa propiedad por su cuenta.
—Es una casa a cuatro vientos, con tres fachadas con vistas al mar. De ahí su nombre, Ker Avel. Está muy cerca de la roca que llaman Sombrero de Napoleón. Albert, el hijo de Eiffel, creó un laberinto entre los bloques de granito.
—Pues qué bien. —Dupin hizo ademán de seguir avanzando.
—En 1906, Gustave Eiffel hizo instalar en la casa varios aparatos, revolucionarios para la época, que servían para medir valores meteorológicos. La meteorología le debe varios descubrimientos importantes. Por cierto… —El señor Bellet levantó la voz—. ¡La casa Eiffel estaba cerrada!
—Mi… esposa. Ella espera su pan bagnat.
Desde su llegada, hacía dos días, el señor y la señora Bellet siempre se dirigían a ellos como «esposa» y «marido»; al principio Dupin y Claire les habían corregido, pero habían acabado por desistir.
Bellet asintió y siguió hablando:
—¿Sabe usted que el Sombrero de Napoleón jugó un papel histórico decisivo? —Una pregunta puramente retórica—. A las 18 horas del día 3 de abril de 1943 la BBC envió a los combatientes de la Resistencia francesa un código que decía: «¿El Sombrero de Napoleón sigue aún en Perros-Guirec?». Aquella fue la señal de que la batalla había empezado. ¡Una orden directa de De Gaulle!
Había empleado un tono de voz apasionado. Aunque Dupin no tuviera ganas de conversar, el entusiasmo del señor Bellet le pareció adecuado. Aquello había sido algo importante de verdad.
—Lo extraño es que en la casa Eiffel no falta nada. De todos modos, está casi vacía. Apenas hay unos pocos muebles viejos sin valor alguno. Lo que yo me pregunto, señor comisario, es quién entraría a robar en una casa como esa.
Dupin subió por la escalera hasta la puerta de entrada del hotel, que estaba entreabierta.
—Por aquí no ocurren grandes cosas —oyó decir a sus espaldas. Dupin vaciló y se dio la vuelta—. Excepto hace siete años, ¿sabe? Encontraron un cadáver en una cantera de por aquí. Era de una empleada de la cantera, una chica que trabajaba en administración. Se precipitó cincuenta metros al vacío y se estrelló contra el granito rosa. Lo más probable es que no fuera de forma voluntaria. A día de hoy, todavía no se sabe si aquello fue un accidente o un asesinato. Se hicieron muchas pesquisas, pero sin resultado. Un misterio siniestro. Aquí la llamamos «la Muerta rosa».
Bellet levantó sus cejas pobladas con un gesto teatral, dejando ver así unas arrugas profundas en la frente. Tenía una cabeza redonda sorprendentemente uniforme, lo cual iba en consonancia con su forma oronda, y llevaba el cabello cano muy corto.
—Tengo algo de prisa, señor Bellet.
¡Aquello era exasperante!
—El último asesinato en Trégastel fue hace treinta y siete años. —Por lo visto, aquel hombre llevaba una especie de crónica sobre los crímenes locales—. Tampoco se resolvió. La víctima también fue una mujer, una panadera. Murió estrangulada después de nuestra fest-noz tradicional, la Gouel an Hañv. Solo tenía veintidós años. Por aquí se la conoce como «la Dama blanca».
—Ya veo.
