El otoño del comisario Ricciardi (Comisario Ricciardi 4)

Maurizio de Giovanni

Fragmento

2

Lunes, 26 de octubre de 1931 – IX

La llamada llegó a las seis y media, una hora antes de que terminara el turno de noche.

A Ricciardi no le disgustaba quedarse en la jefatura cuando le tocaba; casi siempre eran horas tranquilas en las que podía entregarse a la lectura o a un agradable duermevela en el sofá del cuarto contiguo a su despacho. Era bastante raro que el reposo o las reflexiones se viesen interrumpidas por un agente que llamara a la puerta, pidiendo su intervención.

Los delitos ocurren de noche, pero se descubren a lo largo de la mañana; la hora peligrosa era precisamente esa, cuando la luz del día levantaba el velo de las infamias que la oscuridad había ocultado la noche anterior.

Ricciardi acababa de lavarse en la pila del final del pasillo cuando vio al sargento Maione subir con fatiga el último tramo de escaleras.

—Comisario, no podían esperar a que terminara nuestro turno, claro que no. Hemos recibido una llamada telefónica, un señor del Tondo di Capodimonte. Dice que se ha encontrado allí a una lechera con una cabra llorando.

Ricciardi consideró la cuestión mientras se secaba las manos.

—¿Y ahora también nos llaman cuando las lecheras lloran? Por cierto, ¿quién llora, ella o la cabra?

Maione tendió los brazos, jadeando todavía tras haber subido las escaleras corriendo.

—Comisario, tiene ganas de broma, mire que caen chuzos de punta y como nos queda una hora de servicio, nos tocará ir a Capodimonte bajo la lluvia. Se trata de algo serio, parece que hay un niño muerto en la escalinata monumental. Lo ha encontrado precisamente la mujer, que bajaba de una granja con su cabra para vender la leche; dice que es su zona, que lo vio quieto, lo sacudió, pero no se movía. Entonces pidió ayuda en el edificio más cercano, y ese señor que nos ha llamado era el único que tenía teléfono. Y yo me pregunto, ¿no podía haber ocurrido dentro de un par de horas, y así la caminata bajo la lluvia le tocaría a Cozzolino, que es joven y diligente?; porque a mí, en cuanto me mojo un poco, me entra un dolor de espalda que me quedo tieso.

Ricciardi ya se había puesto el impermeable.

—Te estás haciendo viejo de veras. Anda, vamos a ver de qué se trata. Con suerte es una broma, ya sabes que a la gente le encanta ver a los policías correr de aquí para allá bajo la lluvia. Después te vas para tu casa y te secas.

El trayecto desde la jefatura hasta Capodimonte coincidía con el que Ricciardi hacía para regresar a su casa. Era un camino largo, que en un momento dado empezaba a ascender cortando la respiración. Había que recorrer la via Toledo, con sus imponentes edificios nobles, cruzar el largo della Carità y Spirito Santo, bordear el Museo Nacional, una línea fronteriza a ambos lados de la cual se extendían los callejones impenetrables de los Quartieri Spagnoli, el puerto y la Sanità, un hervidero de vida y dolor, alegría y pobreza.

Ricciardi lo pensaba siempre, todas las mañanas y todas las tardes, cuando notaba sobre su pellejo los ojos recelosos de quienes ocultaban su forma de ganarse la vida; aquel trayecto decía mucho de la ciudad. Lo decía todo.

Y cambiaba siempre, de estación en estación, ofreciendo una tórrida imagen estival en la que la cochambre se maceraba bajo el sol, o un perfumado cuadro primaveral, con los vendedores de fruta y flores que exponían su mercancía al paso de los ricos, o un falso desierto invernal, con sus turbios trapicheos en los bajos adyacentes a la calle, al abrigo del gélido e incesante ulular del viento.

Ahora, en ese otoño húmedo, la larga calle era recorrida por muchos regatos, tantos como callejones la cruzaban, llevando hacia un mar inalcanzable los desechos y la suciedad de la colina lejana.

Maione daba saltitos para esquivar los charcos más profundos, en un vano intento por protegerse las botas.

—Me mata. Seguro. Mi mujer me mata. Usted no tiene idea, comisario, de cómo se pone cuando me tiene que limpiar las botas embarradas, como una fiera. Y yo le digo, no te molestes, que me las limpio yo, y ella me dice, déjate de tonterías, soy la mujer de un sargento y las botas te las limpio yo. Entonces yo le digo, ¿a qué viene tanto cuento? Y ella me dice, yo te las limpio, pero tú podrías tener un poco más de cuidado, ¿no?

Mientras caminaba intentaba protegerse a sí mismo y a Ricciardi de la lluvia, sosteniendo un enorme paraguas negro. Como de costumbre, el comisario no llevaba sombrero ni parecía importarle el tiempo. Maione cambió fácilmente de tema:

—Yo a usted no lo entiendo, comisario. Del paraguas no le digo nada puesto que, aunque convendría que lo llevara porque llueve sin parar desde hace tres días, puede que se harte de cargar con él y, en fin, tiene un pase, pero lo del sombrero… ¿Por qué no se pone sombrero? Usted es joven, pero siga mi consejo, que cuando tenga mi edad, cada gota de lluvia se convertirá en una punzada de dolor en la cabeza.

Ricciardi caminaba a paso ligero, las manos hundidas en los bolsillos del impermeable, la mirada clavada al frente.

—Sabes que no soporto el sombrero, me da migraña. Además, soy de montaña, y el frío y la humedad no me molestan. No te preocupes; piensa en tus dolores y en no embarrarte las botas.

Habían llegado a la parte del recorrido que más pesaba a Ricciardi. Se trataba del puente construido por los Borbones para llegar al Palacio Real sin tener que cruzar por la Sanità, desde siempre uno de los barrios más peligrosos. Por algún motivo extraño e inexplicable, desde entonces aquel alto viaducto, aquel puente sin río que hundía sus pilares en las callejuelas de abajo, era el lugar de los suicidios.

Eso que para sus adentros Ricciardi llamaba «el Asunto», la dolorosa condena por la que percibía el último pensamiento de los que sufrían una muerte violenta, se convertía en un peso insoportable en las inmediaciones del puente. Siempre había por lo menos una imagen suspendida, dispuesta a levantar la mirada a su paso para comunicarle las palabras con las que se había visto obligada a abandonar la existencia de carne, hueso y sangre. Una nota de despedida con un único destinatario: él.

Aquella mañana lluviosa, bien visibles a los ojos de su alma, en vilo sobre el parapeto veía a dos adolescentes asidos de la mano. El muchacho tenía el cuello partido, y volvía la cara hacia atrás, como si le hubiesen colocado la cabeza del revés; murmuraba: «Sin ti no, sin ti jamás».

La chica tenía el tórax aplastado y las facciones casi borradas por el impacto. Del amasijo ensangrentado en que se había convertido su rostro provenía un pensamiento: «No quiero morir, soy joven, no quiero».

Ricciardi pensó que quizá el amor había causado más víctimas que la guerra. Mejor dicho, sobraba el «quizá».

Más allá, en el mismo parapeto, un viejo gordo, con el cráneo hundido decía: «No puedo devolvérselo, no puedo». Deudas, reflexionó el comisario apurando el paso y dejando atrás al acezante Maione. Otra enfermedad incurable. Dios, qué cansado estaba. Siempre igual, siempre las mismas cosas.

Llegaron por fin al Tondo di Capodimonte, desde donde arrancaba la monumental escalinata. Lo hicieron con cierta dificultad, porque el último trecho del trayecto era un río impetuoso de ramas y hojas que recorrieron a contracorriente. Maione renunció a salvaguardar sus botas y asumió una expresión sombría y silenciosa. Ricciardi llevaba encima la imagen de los suicidios y lo embargaba una gran tristeza.

Al pie de la escalinata después del primer tramo de peldaños, se había reunido un pequeño grupo. La multitud de paraguas impedía ver lo que se ofrecía a la vista. La llegada de Maione y Ricciardi, acompañados de dos agentes, dispersó al instante la aglomeración. Maione rió, malicioso:

—Lo de siempre. En cuanto llega la policía, lo único más fuerte que la curiosidad es el miedo a verse metido en un lío.

Ricciardi vio enseguida al niño, sentado en un banco de piedra, debajo del contrafuerte de la izquierda. Era bajo, los pies no le llegaban al suelo, estaba calado hasta los huesos. El agua le bajaba por el pelo y le empapaba la ropa andrajosa, de granuja. Calzaba unos zuecos; las marcas de los sabañones eran perfectamente visibles. Los labios violáceos, los ojos entreabiertos al vacío.

Le impresionaron las manos, abandonadas sobre el regazo, como dos pajarillos muertos. Blancas, mucho más claras que la piel de las piernas, lívida por el frío, al comisario le parecieron un signo de rendición y desaliento. Miró instintivamente a su alrededor, no vio rastros de imágenes: el niño debía de haber muerto sin violencia, tal vez de frío, o de hambre, tal vez por una enfermedad. Abandonado, pensó, a sí mismo, a la intemperie, a la violencia, a la soledad. Sin elección posible.

Si había algo que odiaba era los niños muertos. La sensación de derroche, de renuncia, de ocasiones perdidas. Había leído que un pueblo, una civilización se caracteriza por el cuidado de sus niños. Esa ciudad no salía bien parada, la verdad.

Maione lo sacó de sus pensamientos.

—Antes de salir de la jefatura pedí que llamaran al hospital y mandaran al forense y el carro para levantar el cadáver, estarán a punto de llegar. Allá al fondo está la lechera, la que lleva la cabra de una correa, ¿quiere hablar con ella? A su lado está el dueño del teléfono, ese señor del paraguas. Le he dicho que no lo necesitamos, que puede irse, pero no se mueve. ¿Los hago venir?

La lechera tenía los ojos gachos, le temblaban los labios bajo el pañuelo ceñido a la cabeza. Era joven, poco más que una niña; con una mano sujetaba la cuerda atada al cogote de la cabra, con la otra, un recipiente metálico para la leche. Poquito a poco, tiritando de frío, miedo e incomodidad, contó que bajaba la escalinata y se disponía a cubrir su ruta de venta de leche, cuidando de no tropezar, cuando la cabra se desvió hacia un lado. Un perro tumbado de lado al comienzo del último tramo de escalones estaba gruñendo.

—Ahí lo tiene, ¿lo ve usted? Se apartó cuando volví de la casa de este señor que aquí ve, para llamarlos, y después ya no se movió más.

A unos veinte metros de distancia, Ricciardi vio un perro echado sobre las patas traseras, inmóvil como una estatua, los observaba con atención. Era un perro mestizo de los que se veían a decenas, con la pelambre blanca manchada de marrón, el morro aguzado y una oreja erguida.

La mujer siguió contando cómo, después de tratar de ver si el niño estaba dormido o enfermo, se fue corriendo al edificio más cercano donde había llamado al contable Caputo, su cliente. El hombre, un atildado señor de mediana edad, bajito y con gafas de montura dorada, dio un paso al frente y se quitó el sombrero.

—Comisario, si me permite, soy el contable Ferdinando Caputo, a sus órdenes. Esta muchacha, que se llama Caterina, pasa cada dos días. La única leche que me sienta bien es la de cabra, la de vaca no consigo digerirla, y cuando la tomo, me encuentro mal todo el día. En fin, que esta mañana la chica que aquí ve, Caterina, llega al patio del edificio y se pone a chillar, corran, corran, auxilio, hay un niño en la escalinata y no responde. Yo acababa de despertarme, todavía estaba en camisa de dormir, así que me tiré de la cama y fui a la ventana…

—De acuerdo, señor Caputo, si es tan amable, vaya usted al grano; con el debido respeto, no nos interesa qué se pone usted para dormir —bufó Maione, molesto—. ¿Qué ocurrió entonces, bajó usted?

—No, sargento, ¿cómo quiere que bajara con la camisa de dormir y la papalina en la cabeza? No, le dije a la chica que aquí ve y se llama…

—… Caterina, eso ya lo hemos oído y ya lo ha escrito en el atestado el agente que aquí ve y que se llama Antonelli…

El contable miró a Maione de reojo.

—¿Qué ocurre, sargento, me está tomando el pelo? Yo quería ser exacto, en interés de ustedes. En fin, que la chica subió y yo telefoneé a la jefatura. Es todo.

Ricciardi agitó la mano.

—De acuerdo, de acuerdo, gracias a los dos. El agente ha tomado nota de sus datos, si los necesitamos, los mandaremos llamar. Aunque no creo que haga falta. Pueden retirarse.

Cuando se quedaron solos, se acercaron al cadáver. Ricciardi se preguntó cómo era posible que ningún familiar o conocido hubiese ido en busca de un niño tan pequeño al ver que no había llegado a casa. Acuclillado, Maione observaba al muerto con interés.

—Comisario, habrá que averiguar si este niño tiene familia. La ropa parece sacada de la basura, fíjese, los pantalones son tan anchos que, para que no se le caigan, el cordel de la cintura le da dos vueltas. Y la camisa es de tela de arpillera. Fíjese qué zuecos, los pies al aire con este frío. Se trata de un granujilla, de esos sin casa, créame. Sin amigos y sin familia.

Ricciardi se volvió a mirar al perro, inmóvil a poca distancia, que no les quitaba la vista de encima a los dos.

—Puede que no tuviera familia. Pero al menos tenía un amigo; lástima que no nos pueda contar nada. Ah, aquí llegan los de la sanidad pública. A lo mejor ahora sabremos algo más sobre la muerte de nuestro pequeño solitario.

3

En esa ocasión, la sanidad pública estaba representada por el doctor Bruno Modo, que correteaba en el agua afanándose en la imposible tarea de no mojarse demasiado y, al mismo tiempo, sostener un paraguas, el maletín de cuero y una hoja de papel. En cuanto vio a Ricciardi y a Maione, se acercó belicoso.

—Conque vosotros, ¿eh? No podía ser de otra manera. Una llamada a primera hora de la mañana, cuando aún no has terminado de secarte los pantalones que se te mojaron de camino al hospital, dos kilómetros a contracorriente, en este maldito río que llamáis via Nuova Capodimonte, ¿y quién podía ser? El alegre Ricciardi y su flaco escudero, el noble sargento Maione. Dígame una cosa, sargento, ¿cuándo dejará de llamar y preguntar por mí? Lea, lea: se requiere la presencia inmediata del doctor Bruno Modo. ¿Y por qué no puede acudir un médico cualquiera? ¿Siempre a mí me tiene que llamar?

Maione ensayó una sonrisa sardónica.

—No es así, doctor Modo, la cuestión es que el comisario, aquí presente, solo se conforma si viene usted. Porque no se fía de nadie más que de usted. Cuando viene el otro, el doctorcito joven, no sé, parece que no nos satisface. Nadie trata a los cadáveres como usted, mi querido doctor. Por eso lo mandamos llamar, ¿qué pasa, no se alegra de vernos?

Modo se volvió hacia Ricciardi, con aire de fingida amenaza, agitando el despacho telefónico en el que se solicitaba su presencia.

—Ojalá que un día me llegue un despacho telefónico en el que diga: encontrados dos policías despedazados por los fascistas. ¡Ojalá me llegara! Entonces sí que voy y me inscribo en el partido, juro que me inscribo.

Ricciardi no había cambiado de expresión, pero se notaba que aquello lo divertía.

—¿Nunca habéis pensado en dedicaros al teatro de variedades? No estaría mal una parodia en el Salone Margherita, el doctor y el sargento, tararín chimpún. ¿Qué tal si nos dedicamos a examinar el cadáver y dejamos de mojarnos? Así, a primera vista, no aprecio signos de violencia.

—Lo que faltaba —dijo Modo con cara de ofendido—, ahora eres tú quien decide si hay o no hay signos de violencia. Ya que me habéis hecho venir y tengo los calzoncillos mojados hasta las rodillas, más nos vale que haga el examen como es debido. ¿Dónde está el cadáver? Ah, sí, ahí lo veo. Un niño. Muy pequeño, tendrá entre siete y ocho años. Una pena.

Dio vueltas alrededor del niño, subiéndole las prendas con cuidado, palpando con ternura las manos y las piernas. Ricciardi observó que, de lejos, el perro se había levantado y tenía las dos orejas erguidas, como si esperase una llamada; sin embargo, pareció intuir la delicadeza de Modo y, sin dejar de estar alerta, no se movió de su sitio.

El médico forense comprobó la posición del cadáver, se agachó para tocarle los pies, le inspeccionó la cara. Tomaba notas al dorso del despacho telefónico. Entretanto, tratando de adivinar la dirección de sus rápidos movimientos, Maione sostenía el paraguas para que no se mojara.

Al final Modo se acercó a Ricciardi, secándose las manos con el pañuelo.

—Veamos, el cadáver está rígido y frío, en mi opinión murió a última hora de la tarde de ayer o a primeras horas de la noche. Tienes razón, en el cuerpo no se aprecian signos de violencia, al menos no de tipo mortal: viejos morados, alguna excoriación, nada que pueda vincularse con su muerte. Está sentado porque se apoyó en la pared, de lo contrario se habría caído. Creo que tiene siete años, pero podría tener más, estos niños comen muy poco y se quedan raquíticos, un par de tallas menos de la que corresponde a su verdadera edad. Podría tener diez o doce años. Eso lo tendrás que averiguar tú.

—¿Estás seguro de la hora de su muerte? —le preguntó Ricciardi.

—Con frío y lluvia, no se puede estar seguro. Las córneas ya están opacas, veladas, y a los costados de las pupilas se aprecian manchas negras. Las hipóstasis, es decir, las manchas rojas producidas al depositarse la sangre por efecto de la gravedad, se aprecian en el costado derecho del cuello, en el pabellón auricular derecho, debajo de los muslos y en las piernas, como si fuesen medias. ¿Lo ves? Si presiono la piel con los dedos, no se vuelven blancas. El cadáver lleva mucho rato en esa posición.

—¿Y la causa de la muerte? No hubo violencia, pero ¿cómo murió?

—No sabría decírtelo. Me parece que se trata de un simple paro cardíaco. Ya te lo he dicho, son débiles, están desnutridos, un simple resfriado se convierte en pulmonía. No tienen acceso a los medicamentos, nadie cuida de ellos. Es el tercero este mes. A uno lo encontraron en la estación, tenía las costillas tan marcadas que podías estudiar su esqueleto sin necesidad de abrirlo. A otra, en Sant’Eframo, estaba tan hambrienta que se desplomó en la calle y un coche le pasó por encima, como si fuese un hatillo de trapos. Es una lástima, ya lo sé. Pero no es más que uno de los efectos de la pobreza de esta ciudad que espera el sol del porvenir.

Maione escuchaba negando con la cabeza.

—Qué quiere que le diga, doctor, estas criaturas me dan una pena infinita. Antes cada familia acogía a uno, los llamaban los hijos de la Virgen. Llegaban a tratarlos mejor que a sus otros hijos, los verdaderos, porque decían que traían suerte. Aunque ahora, con la pobreza que hay, ¿quién puede permitirse una boca más que alimentar en casa?

Modo no perdió la ocasión para tocar su tema preferido.

—Pero ¿no dicen todos que vivimos en un país perfecto? Lea los periódicos, sargento, y se enterará de las más variadas fiestas, recepciones, ceremonias de botadura de buques y paradas militares. Se enterará también de las visitas de príncipes y reyes extranjeros, de las muchedumbres que aplauden felices. Pero usted, nuestro amigo Ricciardi y yo sabemos bien que la realidad es muy distinta. Que se deja que los niños como este desconocido se mueran de hambre en una esquina cualquiera.

—Ten piedad, Bruno —suplicó Ricciardi levantando la mano—. Por favor, no me vengas con política, esta mañana, no, no lo soporto. Me he pasado gran parte del turno de noche rellenando papeles y estoy más hasta el gorro que tú del aparato y la burocracia. Pero creo que, tarde o temprano, con esa obsesión que tienes con Mussolini y los fascistas acabarás metido en líos, y muy serios.

Modo se pasó la mano por el tupido cabello blanco y se puso el sombrero.

—¿Entonces? ¿Crees que a mi edad puedo tener miedo de expresar lo que pienso? ¿Con lo que yo he hecho en la guerra por mi país? Te contesto como contestan ellos: ¡me importa un bledo!

—No te das por enterado —dijo Ricciardi—. O mejor dicho, finges no darte por enterado. Los que son como tú hacen mucho por su gente. Eres el mejor médico que conozco, y no solo porque sabes desempeñar tu trabajo y eres bueno, sino sobre todo porque tienes piedad. Te observaba antes, cuando examinabas a este pobre cadáver. Lo hacías con respeto, como si siguiera vivo. ¿Crees que sería mejor para ellos, para nosotros, si a la gente como tú, que es muy poca, la retiraran de la circulación por una frase o incluso una sola palabra pronunciada en el lugar equivocado en el momento equivocado? ¿No es mejor tratar de cambiar las cosas día a día?

—Tiene razón el comisario, doctor —añadió Maione, debajo del paraguas—. De todas maneras, yo debo cumplir con mi deber de espía, y dentro de cinco minutos voy y lo denuncio, así lo mandan al exilio, a un lugar cálido y seco y, de paso, le hago un favor.

Modo estalló en carcajadas, y les hizo una seña a los dos ordenanzas del depósito de cadáveres que lo habían acompañado.

—No hay nada que hacer, y soy un tonto por insistir en mantener una discusión seria con la policía. Es como hablar con una yunta de bueyes, con la diferencia de que los bueyes por lo menos fingirían prestarme atención, sin soltarme comentarios idiotas. En fin, que me voy para el hospital, por lo menos los muertos no se hacen los graciosos. Y mando a este pobre infeliz al cementerio, donde al menos él descansará en paz.

La lluvia caía tan fina que parecía niebla. Los dos ordenanzas levantaron el cadáver, y con cierta dificultad le estiraron las articulaciones rígidas. Ricciardi los vio dirigirse hacia el carro, tirado por un viejo caballo negro, reluciente de agua. La cabeza del niño quedó colgando y un hilillo le bajó por el cuello. Un mecanismo involuntario de la memoria hizo que Ricciardi recordara la imagen de un corderito con el que jugaba cuando era pequeño, sacrificado por el granjero para celebrar la Pascua: la misma cabeza colgante, la misma nuca tierna. Dos animalillos indefensos. Dos víctimas.

En el ambiente espectral de muerte y niebla, el perro lanzó un único y breve aullido. Ricciardi sintió un escalofrío en la espalda.

Llevado de un impulso llamó a Modo, que se alejaba con los sepultureros.

—Bruno, escúchame, tienes que hacerme un favor. No lo mandes al cementerio. Diles que lo lleven al hospital, hazle la autopsia. Quiero saber con exactitud de qué murió.

—¿Cómo que de qué murió? —preguntó Modo mirándolo sorprendido—. Te lo acabo de decir, de un paro cardíaco. Estos niños carecen prácticamente de sistema inmunitario, puede haber muerto de cualquier cosa. ¿Para qué quieres seguir martirizándolo? Además, no tienes idea del trabajo que tengo en el hospital. Con el tiempo que hace, dos de cada cinco colegas están enfermos, y la gente no para de llegar con bronquitis, pulmonías y contusiones por caídas y accidentes.

Ricciardi le puso la mano en el brazo.

—Por favor, Bruno. Nunca te pido nada. Hazlo por mí, como un favor personal.

—No es cierto que nunca me pidas nada —rezongó Modo—. Para ser exactos, eres un plasta imposible. De acuerdo, te voy a hacer este favor. Pero no olvides que me lo debes.

—Muy bien, te debo un favor. Cuando llegue a mi mesa la orden de detención con tu nombre, iré a buscarte por el camino más largo, así te dará tiempo a hacer una última visita al burdel donde sueles ir a divertirte.

El médico se echó a reír.

—O sea que ya sabes que las putas de esta ciudad no pueden vivir sin mí. Eh, vosotros, alto ahí, cambio de rumbo. Al niño me lo lleváis al hospital. Es cliente mío.

Cuando el carro hubo partido, Maione se acercó a Ricciardi.

—Comisario, esta vez no lo entiendo. ¿No era que el pequeño ya había sufrido bastante? ¿Era necesario torturar al pobrecillo incluso después de muerto cuando no presentaba ninguna marca en el cuerpo?

Ricciardi se quedó en silencio; observaba al perro, que no había apartado los ojos del grupo que seguía allí reunido, incluso cuando el carro con el cadáver se había alejado. Se encogió de hombros.

—Qué quieres que te diga, Maione. No me parecía bien mandar que lo enterraran sin saber cómo murió. Ven, volvamos a la jefatura y a ver si terminamos de una vez este turno de noche.

4

En contra de su costumbre, a las ocho y cuarto el subjefe de policía Angelo Garzo ya se encontraba en la oficina. El hecho había provocado una crisis en Ponte, el agente elegido para ascender a ayudante personal del funcionario.

Aunque Ponte tenía serias dudas de que ese ascenso se tratara de un progreso. El sueldo había aumentado unas cuantas liras, y venía bien para llegar a final de mes; además, ya no debía salir a patrullar, lo que había resuelto la incomodidad de verse expuesto a la intemperie, con todos los dolores y malestares que provocaba, especialmente en días de lluvia como esos. Por último, la nueva función le había hecho ganarse el respeto envenenado de sus colegas que, al reconocer en su gusto por la delación la causa principal de su nuevo puesto, procuraban mantenerse a distancia.

A cambio debía soportar el humor de su superior, el elemento más variable de la naturaleza: a los momentos de euforia sin motivo seguían profundas y negras depresiones durante las cuales el pobre Ponte debía adivinar los deseos de Garzo por las expresiones de su cara. Las arrogantes benevolencias que venían, por ejemplo, tras el encomio del jefe de policía, se alternaban con iracundas irritaciones ante las cuales convenía desaparecer porque, de manera invariable, el subjefe de policía se desquitaba echándole unas broncas monumentales.

Por otra parte, el período actual era el peor que él recordaba. La situación era la siguiente: un mes antes habían recibido un despacho telegráfico del Ministerio del Interior en el que se anunciaba la decisión del Duce de pronunciar precisamente en Nápoles el discurso a la Nación. La visita del primer ministro, acompañado de los más altos funcionarios, se realizaría los días 3 y 4 de noviembre. Como era lógico, en primer lugar, esperaban la máxima colaboración de las organizaciones del gobierno local, la jefatura y el gobierno civil.

Ponte había sido el primero en leer el despacho que le entregó el encargado del telégrafo de la jefatura para que lo llevase sin pérdida de tiempo al señor jefe de policía; pero como era muy consciente de que Garzo lo habría despellejado vivo si no le enseñaba a él antes que a nadie una noticia de tamaña importancia, había ido corriendo a verlo a su despacho.

Jamás olvidaría la reacción de su superior. Primero se puso blanco como el papel, luego viró al púrpura para palidecer otra vez, con gran profusión de manchas rojas en el cuello y la frente. Se levantó de un salto y la hoja se le cayó de las manos temblorosas. Lo miró fijamente, murmurando frases ininteligibles, luego se desplomó en la silla, indicándole con un leve ademán que llevase el documento al jefe de policía.

A partir de ese momento, y según pasaban los días, Garzo se había vuelto cada vez más intratable. Se encerraba durante horas en su despacho, repasaba una y otra vez las actas de meses anteriores, aterrado ante una posible inspección. Otras veces irrumpía en el puesto de guardia y con su voz de falsete aullaba que era inconcebible la dejadez reinante en el local. Y para colmo, ahora llegaba a la jefatura poco después del amanecer, cuando el pobre Ponte solo deseaba prepararse un sucedáneo de café y fumar su cigarro en paz; miró el calendario: ocho días más a ese ritmo serían insoportables.

Garzo miró el calendario por cuarta vez en media hora y pensó que no aguantaría ocho días más de tensión. El Duce. El Duce en persona, el Gran Condotiero, el jefe de la nación, el hombre al que todo el pueblo italiano miraba con fe ilimitada estaría allí, tal vez en su propio despacho, delante de él. Y tal vez le sonreiría, le tendería la mano para saludarlo. Por enésima vez desde que había leído el telegrama del ministerio, se sintió desfallecer. La seguridad del Duce estaba garantizada por el ejército y la policía secreta, eso al menos no era de su competencia; pero el jefe de policía había sido muy claro: el orden, el aspecto de la jefatura y, más en general, de la ciudad, eran asuntos que estaban bajo su exclusiva responsabilidad.

En una palabra, dependía de él, únicamente de él, que el Duce, el ministro y todos los funcionarios que llegaran de Roma encontrasen en Nápoles la perfecta ciudad fascista, libre de delincuencia y fealdades. Y él estaba decidido a hacer cuanto estuviera en su mano para que la ciudad ofreciera esa imagen.

Por enésima vez abrió el espejito de bolsillo y comprobó que en el bigote, reciente intuición de su esposa, no hubiese un pelo fuera de sitio. Su mujer, enérgica y despótica, se mostró firme cuando le dijo que el aspecto físico era una importante carta de presentación si se quería hacer carrera. Ella sabía de esas cosas: su tío se había jubilado como gobernador civil, tras haber escalado todos los niveles de la carrera ministerial.

Garzo era consciente de no ser especialmente agudo en las investigaciones; la mentalidad criminal siempre le había causado disgustos, y le horrorizaba tener que ensuciarse las manos codeándose con delincuentes. No obstante, como compensación siempre había tenido gran habilidad para las relaciones, ateniéndose al sano principio de mostrarse fuerte con los débiles y débil con los fuertes. De esa forma había logrado apartarse del servicio activo y asumir papeles de mando, en los que había impuesto sus habilidades como organizador. Sabía reconocer los problemas y evitarlos, aislando sus causas y eliminándolas con esmero.

¿Cuáles eran ahora los problemas?, se preguntó. ¿Qué podía interponerse entre las alabanzas del Duce, los elogios del ministro, el grato abrazo del jefe de policía? A su mente acudió rauda la imagen de Ricciardi y su mirada burlona.

El momento era propicio para la visita del Duce. No había investigaciones en curso, ni casos por resolver, no había desórdenes. Por una vez, todo iba como la seda. Entonces, ¿por qué estaba tan preocupado?

Ricciardi era eficiente, eso era indiscutible. Había resuelto casos muy complicados, algunos francamente incomprensibles; en cierta ocasión, Garzo le había confesado a su mujer que sospechaba que podía hacerlo por la sencilla razón de que en su interior albergaba un criminal, que pensaba como los delincuentes a los que echaba el guante. Dejando de lado esa apreciación, de la que él mismo no estaba tan seguro, quedaba el hecho de que Ricciardi era incontrolable, huidizo, imprevisible. Vivía con su vieja tata. No se le conocían vicios, amigos ni mujer. Un hombre sin vicios, pensó, no puede tener grandes virtudes. Además estaban sus ojos: aquellos inquietantes ojos verdes, transparentes como el cristal, con unos párpados inmóviles, decididos; aquellos ojos que te desafiaban sin desafiarte, que te ponían frente a la peor parte de ti mismo, la que no querías conocer, la que ignorabas tener. Garzo se estremeció.

Para colmo, estaba el asunto de la viuda de Vezzi. Esa era una complicación más. El subjefe de policía no conseguía explicarse cómo una mujer tan hermosa, rica y apreciada, con amistades tan importantes (se rumoreaba que entre ellas estaba la mismísima hija del Duce), se hubiese encaprichado de aquella manera de alguien como Ricciardi.

Iba a verlo a la jefatura, sin ninguna vergüenza, sin ningún pudor; y cuanto más desinterés mostraba él, más descarada se volvía ella en su cortejo. Esa presencia, y el papel social que la mujer iba asumiendo en la ciudad, ahora que se había instalado allí, constituía una protección más para el comisario. ¿Protección?, se preguntó Garzo; sí, protección. Porque de no haber sido por la viuda, de mil amores se habría quitado de encima a ese Ricciardi; se habría liberado, enviándolo a investigar a alguna otra parte, a un pueblo de la provincia, lejos de la jefatura y de su carrera.

Se dispuso a ordenar los tomos intactos de jurisprudencia que decoraban su biblioteca, para que el color de los lomos armonizara mejor con el de las alfombras. No lograba sentirse tranquilo: Ricciardi lo pondría en dificultades, se lo estaba oliendo.

Aunque, pensándolo bien, el hecho de que la viuda de Vezzi cortejara al comisario podía resultarle útil. Se comentaba que, con motivo de la visita del Duce, la mujer quería organizar en su nueva casa napolitana una recepción exclusiva. Quién sabe, reflexionó, en una de esas, aprovechando su posición podía conseguir que lo invitara, e incluso hacerse notar. Había oído decir que Edda era la hija predilecta del Duce y que ejercía una gran influencia en su padre; con suerte, podía caerle simpático y, de ese modo, conseguir una recomendación.

Ya se veía convertido en jefe de policía, en el palco principal del teatro San Carlo, saludando afablemente con la mano a los nobles más destacados de la ciudad. Sonrió al pensar que podría sacar alguna ventaja de la presencia de un plasta como Ricciardi.

Poseído por una nueva euforia, llamó:

—¡Ponte!

5

Livia Lucani, viuda de Vezzi, se complacía al comprobar que su nueva casa napolitana empezaba a cobrar forma, y respondía a la perfección a la idea que se había hecho cuando decidió trasladarse a esa ciudad.

Era la primera casa realmente suya, solo suya. Había salido de la de sus padres, herederos de una noble y rica familia de Jesi, para ir a Roma a estudiar canto, y alojarse en casa de una tía. Al comienzo de una prometedora carrera lírica, cuando su hermosa voz de contralto comenzaba a ser reconocida y apreciada, conoció a Arnaldo, uno de los tenores más importantes del siglo, y se casó con él; de modo que era la primera vez, reflexionó, que elegía y decoraba una casa para ella sola.

Tal vez no viviera sola mucho tiempo, pensó con una sonrisa mientras tomaba el café. Tal vez, tarde o temprano, alguien llenaría su cama, su casa y su vida. Tal vez sería alguien de ojos ve

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