La agitación en la calle era como el zumbido de las moscas. Los fotógrafos se apiñaban tras las vallas vigiladas por la policía, con sus grandes cámaras preparadas y el aliento elevándose como el vapor. La nieve caía ininterrumpidamente sobre gorros y hombros; los dedos enguantados limpiaban las lentes. De vez en cuando, se oían arranques de esporádicos chasquidos: los observadores ocupaban el tiempo de espera sacando fotos a la carpa de lona blanca que estaba en medio de la calle, a la entrada del alto edificio de apartamentos de ladrillo rojo que había detrás y al balcón del piso superior desde donde había caído el cuerpo.
Tras los apretujados paparazzi había furgonetas blancas con enormes antenas parabólicas sobre el techo y periodistas hablando, algunos en idiomas extranjeros, mientras alrededor merodeaban los técnicos de sonido con los auriculares puestos. En los descansos de las grabaciones, los reporteros pateaban el suelo y se calentaban las manos con tazas de café caliente de la rebosante cafetería que estaba a pocas calles de distancia. Para matar el tiempo, los cámaras, cubiertos con gorros de lana, grababan las espaldas de los fotógrafos, el balcón, la carpa donde se ocultaba el cuerpo y, después, buscaban otra ubicación para planos generales que abarcaran el caos que se había desatado en aquella tranquila calle de Mayfair cubierta de nieve, con sus filas de brillantes puertas negras enmarcadas en portales de piedra blanca flanqueados por arbustos podados de forma ornamental. La entrada del número 18 estaba acordonada. Se entreveía a oficiales de la policía, algunos de ellos expertos forenses vestidos de blanco, en el vestíbulo.
Los canales de televisión llevaban dando la noticia desde hacía varias horas. Había espectadores que se agolpaban en cada extremo de la calle, retenidos por más policías. Algunos habían llegado a propósito para mirar, otros se habían detenido cuando se dirigían al trabajo. Muchos sostenían en alto sus teléfonos móviles para sacar fotografías antes de seguir su camino. Un joven, que no sabía cuál era el balcón en concreto, hizo fotografías de cada uno de ellos, pese a que el de en medio estaba lleno de arbustos ornamentales, tres perfectas y frondosas esferas que apenas dejaban espacio para un ser humano.
Un grupo de chicas había llevado flores y las habían grabado mientras se las entregaban a la policía, que aún no había decidido dónde colocarlas. Las dejaron en la parte trasera de la furgoneta de la policía, conscientes de que las cámaras seguían cada uno de sus movimientos.
Los corresponsales enviados por los canales de noticias de veinticuatro horas mantenían un flujo continuo de comentarios y especulaciones sobre los pocos datos sensacionalistas que conocían.
—... desde su ático alrededor de las dos de la madrugada. El guardia de seguridad del edificio alertó a la policía...
—... aún no hay indicios de que se hayan llevado el cuerpo, lo cual ha dado lugar a especulaciones...
—... no se sabe si estaba sola cuando cayó...
—... varios equipos han entrado en el edificio para llevar a cabo una investigación meticulosa.
Una fría luz invadía el interior de la carpa. Dos hombres estaban agachados junto al cadáver, listos para meterlo, por fin, dentro de un saco para transportarlo. La cabeza había sangrado un poco en la nieve. El rostro estaba destrozado e hinchado, un ojo había quedado reducido a una arruga y el otro mostraba una línea blanca grisácea entre los párpados dilatados. Cuando la camisa de lentejuelas que llevaba puesta relucía con los ligeros cambios de luz, provocaba una inquietante impresión de movimiento, como si volviera a respirar o estuviese tensando los músculos, dispuesta a levantarse. La nieve caía con un ruido seco sobre la lona.
—¿Dónde está la maldita ambulancia?
El mal genio del inspector de policía Roy Carver iba en aumento. Era un hombre barrigudo, con el rostro del color de la carne en salmuera, cuyas camisas estaban normalmente manchadas de sudor alrededor de las axilas y cuya poca paciencia se había agotado horas antes. Llevaba allí casi tanto tiempo como el cadáver. Tenía los pies tan fríos que ya no los sentía y sufría mareos provocados por el hambre.
—La ambulancia está a dos minutos —dijo el oficial de policía Eric Wardle, respondiendo sin querer a la pregunta de su superior cuando entró en la carpa con el móvil apretado contra su oído—. Acabo de dejar libre un espacio para que pase.
Carver refunfuñó. Su mal humor se agravaba por la convicción de que a Wardle le emocionaba la presencia de los fotógrafos. De aspecto juvenil y atractivo, con pelo abundante y ondulado de color castaño ahora cubierto de nieve, Wardle había estado, según la opinión de Carver, perdiendo el tiempo en sus pocas incursiones fuera de la carpa.
—Al menos, todos ésos se irán cuando se lleven el cuerpo —dijo Wardle todavía mirando hacia los fotógrafos.
—No se van a ir mientras sigamos tratando este lugar como el jodido escenario de un crimen —espetó Carver.
Wardle no respondió a aquel desafío tácito. Carver explotó de todos modos.
—La pobre estúpida saltó. No había nadie más allí. Tu presunta testigo iba puesta de cocaína.
—Ya viene —anunció Wardle, y, para disgusto de Carver, salió de la carpa para esperar a la ambulancia a la vista de las cámaras.
Aquella historia dejó a un lado las noticias de política, guerras y desastres y en todas sus versiones centelleaban las imágenes del rostro perfecto de la mujer muerta y su cuerpo ágil y escultural. En pocas horas, los escasos datos que se conocían se habían extendido como un virus a millones de personas. La discusión en público con su famoso novio, el trayecto a casa sola, los gritos que se oyeron y, finalmente, la fatídica caída.
El novio entró rápidamente en un centro de rehabilitación, pero la policía seguía mostrándose hermética. Se había perseguido a todos los que habían estado con ella la noche de su muerte. Se habían dedicado miles de columnas en la prensa y horas en las noticias de la televisión, y la mujer que juraba haber oído una segunda discusión momentos antes de que el cuerpo cayera se hizo también famosa en poco tiempo, y fue recompensada con fotografías de menor tamaño junto a las imágenes de la hermosa chica muerta.
Pero entonces, ante un gemido de decepción apenas audible, se demostró que la testigo había mentido y ésta se retiró a un centro de rehabilitación, saliendo a la palestra a continuación el famoso sospechoso principal, igual que el hombre y la mujer de una casita meteorológica, que nunca pueden salir al mismo tiempo.
Así que, al final, había sido un suicidio, y tras una breve interrupción provocada por la sorpresa, la historia adquirió una segunda y débil versión. Se escribió que la joven estaba desequilibrada, que era inestable, que no llevaba bien el enorme estrellato que habían alcanzado su extravagancia y su belleza; que había ingresado en una clase inmoral y adinerada que la había corrompido; que la decadencia de su nueva vida había trastornado una personalidad ya de por sí frágil. Se había convertido en una dura moralina cargada de regocijo en el mal ajeno y hubo tantos columnistas que hicieron alusión a Ícaro que la revista Private Eye le dedicó una columna especial.
Y después, por fin, el histerismo se fue pasando y ni siquiera a los periodistas les quedó nada que decir, salvo que ya se había dicho demasiado.
TRES MESES DESPUÉS
PRIMERA PARTE
Nam in omni adversitate fortunae infelicissimum est genus infortunii, fuisse felicem.
«Pues en toda adversidad de la fortuna el más infeliz entre los desafortunados es el que ha sido feliz.»
BOECIO, De Consolatione Philosophiae
1
Aunque los veinticinco años de vida de Robin Ellacott habían tenido sus momentos de dramatismo y sus incidentes, nunca se había despertado sabiendo con seguridad que recordaría mientras viviera el día que empezaba.
Poco después de la medianoche, Matthew, su novio desde hacía tiempo, le había propuesto matrimonio bajo la estatua de Eros en pleno Piccadilly Circus. En medio de la sensación de vértigo y alivio que siguió a su aceptación, él le confesó que había planeado hacerle la pregunta en el restaurante tailandés en el que acababan de cenar, pero que se lo había pensado mejor al ver a la pareja silenciosa que estaba a su lado escuchando con disimulo toda la conversación. Por tanto, había propuesto dar un paseo por las oscuras calles a pesar de las quejas de Robin, porque los dos tenían que levantarse temprano y, por fin, le vino la inspiración y la llevó, confundida, a los pies de la estatua. Allí, lanzándose de cabeza en esa noche fría —algo muy poco propio de Matthew—, se había declarado, apoyado en una rodilla, delante de tres vagabundos que estaban acurrucados en los escalones compartiendo lo que parecía una botella de metanol.
A los ojos de Robin, había sido la declaración de matrimonio más perfecta de toda la historia de los matrimonios. Él incluso guardaba en el bolsillo un anillo que ahora llevaba ella puesto. Un zafiro con dos diamantes que se le ajustaba a la perfección. Y durante el trayecto de vuelta no dejó de mirarlo en su mano, que descansaba sobre su regazo.
Ahora Matthew y ella tenían una historia que contar, una divertida historia familiar de las que se cuentan a los hijos y en la que los planes de él —a Robin le encantaba que lo tuviese planeado— se habían torcido y se habían convertido en algo espontáneo. Le encantaba lo de los vagabundos, y la luna, y Matthew, nervioso y aturullado, apoyado en una rodilla. Le encantaba Eros, el viejo y sucio Piccadilly y el taxi negro que los había llevado a su casa de Clapham. En realidad, incluso le gustaba Londres, que hasta ahora no le había entusiasmado demasiado durante el mes que llevaba viviendo allí. Los pálidos y beligerantes viajeros que se apretujaban en el vagón del metro a su alrededor de camino al trabajo resplandecían con el reflejo dorado que irradiaba el anillo. Y cuando salió a la luz del frío día de marzo en la estación de Tottenham Court Road, se acarició la parte inferior del anillo de platino con el dedo pulgar y experimentó una explosión de felicidad al pensar que a la hora de la comida podría acercarse a comprar alguna revista de novias.
Los ojos de los hombres se detenían en ella mientras se abría paso entre las obras al principio de Oxford Street. Consultaba un papel que llevaba en la mano derecha. Bajo cualquier punto de vista, Robin era una chica guapa: alta, con curvas y un pelo largo de color rubio rojizo que ondeaba cuando caminaba con paso enérgico mientras el frío coloreaba sus pálidas mejillas. Era su primer día de trabajo como secretaria durante una semana. Había tenido trabajos eventuales desde que había llegado a Londres para vivir con Matthew, aunque no seguiría así mucho más tiempo. Tenía ya programadas lo que calificaba de entrevistas «de verdad».
Lo más desafiante de aquellos trabajos tan poco sistemáticos y estimulantes era a menudo encontrar las oficinas. Londres, después de salir de su pequeña ciudad de Yorkshire, le parecía enorme, complicado, impenetrable. Matthew le había dicho que no fuese caminando con la nariz pegada a un mapa, pues le haría parecer una turista vulnerable. Por tanto, la mayoría de las veces dependía de planos mal dibujados a mano que alguien de la agencia de trabajo temporal le había dado. No estaba convencida de que aquello le hiciera parecer más una londinense de nacimiento.
Las vallas de metal y los muros de plástico azul Corimec que rodeaban las obras hacían mucho más difícil ver por dónde tenía que ir, pues ocultaban la mitad de los puntos de referencia dibujados en el papel que llevaba en la mano. Cruzó la destrozada calle delante de un alto edificio de oficinas que en su plano llevaba el nombre de «Centre Point» y que parecía un gigantesco gofre de hormigón con su opaca cuadrícula de ventanas cuadradas y uniformes y se dirigió como pudo hacia Denmark Street.
La encontró casi por casualidad, siguiendo un estrecho callejón llamado Denmark Place que desembocaba en una calle corta llena de coloridas fachadas de tiendas, con escaparates abarrotados de guitarras, teclados y todo tipo de objetos musicales. Unas vallas rojas y blancas rodeaban otro agujero abierto en la calle y unos obreros con chalecos fluorescentes la saludaron con silbidos de admiración de primera hora de la mañana que Robin fingió no oír.
Miró el reloj. Se había concedido su habitual margen de tiempo para perderse, por lo que llegaba un cuarto de hora antes. La anodina puerta pintada de negro de la oficina que buscaba se encontraba a la izquierda del 12 Bar Café. El nombre del propietario del despacho estaba escrito en un trozo de papel rayado pegado con cinta adhesiva al timbre de la segunda planta. Un día normal, sin el reluciente anillo nuevo en su dedo, aquello podría haberle parecido desagradable. Sin embargo, ese día, el papel sucio y la pintura desconchada de la puerta eran, como los vagabundos de la noche anterior, simples detalles pintorescos que servían de telón de fondo para su maravillosa historia de amor. Volvió a mirar el reloj —el zafiro resplandeció y el corazón le dio un brinco: vería relucir aquella piedra el resto de su vida— y, a continuación, decidió, en un arranque de euforia, llegar temprano y mostrarse entusiasta por un trabajo que no le importaba lo más mínimo.
Acababa de poner la mano junto al timbre cuando la puerta negra se abrió desde dentro y una mujer salió a la calle. Durante un segundo curiosamente estático, ambas se miraron a los ojos mientras se preparaban para aguantar una colisión. Los sentidos de Robin estaban inusualmente receptivos aquella mañana encantada. La visión de medio segundo de aquel rostro blanco le causó tanta impresión que, momentos después, cuando habían conseguido esquivarse sin tocarse por un centímetro, una vez que la mujer había avanzado a toda prisa por la calle, había doblado la esquina y se había perdido de vista, pensó que podría dibujarla a la perfección. No fue sólo la extraordinaria belleza de su rostro lo que había hecho que se le quedara grabada en su memoria, sino la expresión de su cara: furiosa pero curiosamente alegre.
Robin agarró la puerta antes de que se cerrara en el lóbrego hueco de la escalera. Una escalera vieja y metálica ascendía en espiral alrededor de un ascensor igualmente antiguo. Concentrada en evitar que sus altos tacones se atascaran en las escaleras de metal, subió a la primera planta, pasó junto a una puerta que tenía un cartel laminado y enmarcado que decía «Gráficas Crowdy» y siguió subiendo. Sólo cuando llegó a la puerta de cristal de la planta de arriba, Robin fue consciente por primera vez del tipo de empresa que era aquella a la que la habían enviado para ayudar. En la agencia, nadie se lo había dicho. El nombre que había en el papel junto al timbre de fuera estaba grabado en el cristal: «C. B. Strike» y, debajo, «Detective privado».
Robin se quedó inmóvil, con la boca ligeramente abierta, experimentando un momento de asombro que nadie que la conociera habría comprendido. Nunca había confiado a ningún ser humano —ni siquiera a Matthew— su perenne, secreto e infantil deseo. ¡Y que aquello ocurriera precisamente ese día! Parecía un guiño de Dios. Y esto lo relacionó también en cierto modo con la magia de ese día, con Matthew y el anillo, pese a que, si lo pensaba detenidamente, no tenían ninguna relación.
Saboreando aquel momento, se acercó muy despacio a la puerta con el nombre grabado. Levantó la mano izquierda —zafiro oscuro ahora, bajo la tenue luz— hacia el pomo. Pero, antes de tocarlo, la puerta de cristal se abrió.
Esta vez no pudo esquivarlo. Cien kilos de masculinidad desaliñada y sin mirar chocaron con ella. Robin recibió tal golpe que la levantó del suelo y la catapultó hacia atrás, con el bolso volando, moviendo los brazos en el aire, hacia el vacío que había sobre el letal hueco de la escalera.
2
Strike amortiguó el impacto, oyó el agudo grito y reaccionó de manera instintiva. Extendió su largo brazo y agarró con el puño un trozo de ropa y carne. Un segundo alarido de dolor retumbó entre las paredes de piedra y, después, con un giro y un forcejeo, consiguió arrastrar de nuevo a la chica hasta suelo firme. Los gritos de ella seguían resonando en las paredes y después se dio cuenta de que él mismo había gritado también un «¡Dios mío!».
La muchacha estaba doblada por el dolor sobre la puerta de la oficina, gimoteando. A juzgar por la forma en que estaba encorvada, con una mano enterrada bajo la solapa de su abrigo, Strike dedujo que la había salvado agarrándola de una parte sustanciosa de su pecho izquierdo. Una cortina espesa y ondulada de pelo rubio y brillante ocultaba la mayor parte del rostro encendido de la chica, pero Strike vio lágrimas de dolor derramándose por el ojo que no estaba oculto.
—¡Joder...! ¡Lo siento! —Su voz fuerte reverberó por toda la escalera—. No te había visto. No esperaba que hubiese nadie ahí.
Bajo sus pies, el extraño y solitario diseñador gráfico que ocupaba la oficina de abajo gritó:
—¿Qué está pasando ahí? —Y un segundo después, una queja amortiguada desde arriba indicó que al dueño del bar de abajo, que dormía en un ático encima de la oficina de Strike, el ruido también le había molestado, quizá despertado.
—Entra.
Strike abrió la puerta con los dedos, para no tener ningún contacto fortuito con la chica mientras permanecía apoyada en ella, y la guió hacia el despacho.
—¿Va todo bien? —gritó el diseñador gráfico con tono quejumbroso. Strike cerró la puerta de golpe.
—Estoy bien —mintió Robin con voz temblorosa, aún doblada con la mano sobre el pecho y dándole la espalda. Tras un segundo o dos, se irguió y se dio la vuelta, con el rostro escarlata y los ojos aún húmedos.
Su agresor accidental era enorme. Su altura, el pelo por todo el cuerpo, sumado a un vientre en ligera expansión, le recordaron a un oso pardo. Tenía un ojo hinchado y amoratado y un corte en la piel por debajo de la ceja. Había sangre coagulada en unos arañazos en su mejilla izquierda y en el lado derecho de su grueso cuello, que se veía por el cuello abierto y arrugado de su camisa.
—¿Es usted el s... señor Strike?
—Sí.
—Yo... soy la temporal.
—¿La qué?
—La empleada temporal. De Soluciones Temporales.
El nombre de la agencia no borró la mirada incrédula de su rostro magullado. Se quedaron mirándose el uno al otro, desconcertados y antagónicos.
Al igual que Robin, Cormoran Strike sabía que siempre recordaría las últimas doce horas como una noche crucial en su vida. Ahora parecía que las parcas le habían enviado a una emisaria con una gabardina de color beis para mofarse de que su vida se dirigía hacia la catástrofe. Se suponía que no debía haber ninguna trabajadora temporal. Su intención era que el despido de la predecesora de Robin supusiera el fin de su contrato.
—¿Para cuánto tiempo te han enviado?
—Una... una semana, para empezar —contestó Robin, que nunca había recibido una bienvenida con tal falta de entusiasmo.
Strike hizo un rápido cálculo mental. Una semana al precio exorbitante de la agencia haría que su descubierto aumentara hasta llegar al nivel de lo irreparable. Incluso podía representar la gota que colmaba el vaso y que su acreedor no dejaba de insinuar que estaba esperando.
—Disculpa un momento.
Salió de la habitación por la puerta de cristal y giró inmediatamente después hacia la derecha, entrando en un diminuto, frío y húmedo baño. Allí, cerró la puerta con pestillo y se quedó mirando el espejo agrietado y moteado que había sobre el lavabo.
El reflejo que le devolvía la mirada no era atractivo. Strike tenía la frente alta y abultada, una nariz ancha y las cejas densas de un joven Beethoven que hubiese estado boxeando, una impresión que acentuaba el ojo hinchado y ennegrecido. Su abundante pelo rizado, mullido como una alfombra, le había supuesto que entre sus muchos motes de juventud se incluyera el de «cabeza de vello púbico». Tenía treinta y cinco años, pero parecía más viejo.
Metió el tapón en el desagüe y llenó el lavabo agrietado y mugriento con agua fría, respiró hondo y sumergió del todo su palpitante cabeza. El agua derramada le cayó en los zapatos, pero no hizo caso durante los diez segundos de alivio de aquella tranquilidad helada y a ciegas.
Imágenes disparatadas de la noche anterior parpadearon en su mente: vaciando tres cajones de sus cosas en un macuto mientras Charlotte le gritaba; el cenicero que le alcanzaba en la ceja cuando él volvía la vista hacia ella desde la puerta; el camino a pie atravesando la oscura ciudad hasta su oficina, donde había dormido una o dos horas en el sillón de su escritorio. Luego, la última y asquerosa escena, después de que Charlotte diera con su paradero a primera hora para clavarle las últimas banderillas que no había podido hincarle antes de que saliese de su casa; su decisión de dejarla marchar cuando, tras arañarle la cara, ella había salido corriendo por la puerta; y a continuación, ese momento de locura en el que se había lanzado detrás de ella... Una persecución que había terminado con la misma rapidez que había empezado, con la intervención involuntaria de aquella chica ignorante que estaba de más y a la que se había visto obligado a salvar y, después, apaciguar.
Salió del agua fría con un jadeo y un gruñido, con el rostro y la cabeza agradablemente adormecidos y una sensación de hormigueo. Se secó con la toalla de tacto acartonado que colgaba de la parte de atrás de la puerta y volvió a mirar su macabro reflejo. Los rasguños, ahora sin sangre, no parecían más que las marcas de un almohadón arrugado. Charlotte habría llegado ya al metro. Una de las locas ideas que le habían hecho salir detrás de ella había sido el miedo a que se lanzara a las vías. Una vez, después de una bronca especialmente brutal cuando tenían veintitantos años, ella se había subido a un tejado y se había balanceado borracha mientras juraba que se tiraría. Quizá debía alegrarse de que Soluciones Temporales lo hubiese obligado a abandonar la persecución. No había vuelta atrás después de esa escena a primera hora de la mañana. Esta vez tenía que terminar.
Strike se tiró del cuello mojado de la camisa, abrió el cerrojo oxidado y salió del baño. Cruzó de nuevo la puerta de cristal.
En la calle habían puesto en marcha una taladradora neumática. Robin estaba de pie delante de la mesa, de espaldas a la puerta. Volvió a sacarse la mano de la parte delantera del abrigo cuando él entró en la habitación y Strike se dio cuenta de que había estado masajeándose el pecho otra vez.
—¿Está... estás bien? —preguntó Strike con cuidado de no mirar al sitio de la lesión.
—Estoy bien. Oiga, si no me necesita, me voy —dijo Robin con dignidad.
—No... No, nada de eso —contestó una voz que salió de la boca de Strike, aunque él la escuchó con aversión—. Una semana... sí, eso estará bien. Eh... aquí está el correo. —Lo cogió del felpudo mientras hablaba y lo esparció sobre la mesa vacía delante de ella, un ofrecimiento conciliador—. Sí, puedes abrirlo, contestar al teléfono, ordenar un poco... La clave del ordenador es Hatherill23, te la escribo... —Y así hizo, bajo la mirada recelosa y dubitativa de ella—. Ahí tienes. Yo estaré aquí.
Entró en su despacho, cerró la puerta con cuidado y, a continuación, se quedó quieto, mirando la mochila que había debajo de su mesa vacía. Contenía todo lo que poseía, pues dudaba que volviese a ver de nuevo las pertenencias de su propiedad que había dejado en casa de Charlotte. Probablemente, para la hora de comer se las habría llevado. Estarían quemándose, tiradas en la calle, rajadas y machacadas, empapadas en lejía. La taladradora sonaba sin cesar en la calle, debajo del despacho.
Y ahora la imposibilidad de devolver sus numerosísimas deudas, las desastrosas consecuencias que acarrearía el inminente fracaso de su negocio, las acechantes, desconocidas pero inevitablemente terribles secuelas de haber dejado a Charlotte. En pleno agotamiento, la tristeza de todo aquello parecía levantarse frente a él en una especie de caleidoscopio de horror.
Apenas sin darse cuenta de que se había movido, se vio de vuelta en el sillón en el que había pasado la última parte de la noche. Desde el otro lado del poco sólido muro de separación llegaban sonidos de movimientos. Sin duda, la Solución Temporal había encendido el ordenador y, en poco tiempo, descubriría que no había recibido ningún correo electrónico relacionado con el trabajo en tres semanas. Después, a petición suya, empezaría a abrir sus últimos avisos. Agotado, dolorido y hambriento, Strike apoyó de nuevo la cara sobre el escritorio y rodeó sus ojos y oídos con los brazos para no tener que escuchar mientras su humillación quedaba revelada ante una desconocida en la habitación de al lado.
3
Cinco minutos después llamaron a la puerta y Strike, que había caído en un duermevela, se irguió de un brinco en el sillón.
—Perdone.
Su subconsciente se había enredado de nuevo con Charlotte. Fue una sorpresa ver a la chica desconocida entrar en el despacho. Se había quitado la gabardina, dejando ver un ajustado e incluso seductor jersey ceñido de color crema. Strike le miró el pelo y se dirigió a ella.
—¿Sí?
—Hay un cliente que le busca. ¿Le hago pasar?
—¿Que hay un qué?
—Un cliente, señor Strike.
Se quedó mirándola unos segundos tratando de procesar la información.
—Bien, de acuerdo... No, dame un par de minutos, por favor, Sandra. Y hazlo pasar después.
Ella se retiró sin hacer ningún comentario.
Strike tardó apenas un segundo en preguntarse por qué la había llamado Sandra antes de incorporarse de un salto para disponerse a tener un aspecto y un olor menos parecido al de un hombre que ha dormido con la ropa puesta. Se agachó debajo del escritorio para buscar la mochila, cogió un tubo de pasta de dientes y se metió ocho centímetros en la boca abierta. Después, se dio cuenta de que tenía la corbata empapada por el agua del lavabo y que la parte delantera de la camisa estaba llena de salpicaduras de sangre, así que se quitó las dos cosas, ansioso, casi haciendo que los botones saltaran hacia las paredes y el archivador, y sacó de la mochila una camisa limpia, aunque muy arrugada, y se la puso, abrochándola con torpeza. Tras ocultar la mochila detrás del archivador vacío, volvió a sentarse apresuradamente y se tocó el rabillo de los ojos en busca de legañas mientras se preguntaba si aquel supuesto cliente sería real y si debería prepararse para recibir dinero de verdad por sus servicios de detective. A lo largo de una espiral de dieciocho meses que lo había llevado a la ruina económica, Strike se había dado cuenta de que ninguna de esas cosas podía darse por sentadas. Aún seguía detrás de dos clientes para que le pagaran el total de sus facturas; un tercero se había negado a desembolsar un solo penique porque lo que Strike había descubierto no era de su agrado y, puesto que él se estaba endeudando aún más y que una revisión de los alquileres de la zona amenazaba su arrendamiento de la oficina del centro de Londres que tan encantado había estado de conseguir, Strike no se encontraba en situación de poder contratar a un abogado. Unos métodos más duros y groseros de cobrar sus deudas se habían convertido en parte esencial de sus fantasías más recientes. Le habría proporcionado un enorme placer ver a sus morosos más petulantes encogiéndose de miedo bajo la sombra de un bate de béisbol.
La puerta se volvió a abrir. Strike se sacó rápidamente el dedo de la nariz y puso la espalda recta, tratando de parecer inteligente y alerta en su sillón.
—Señor Strike, éste es el señor Bristow.
El cliente potencial siguió a Robin y entró en el despacho. La primera impresión fue favorable. El desconocido mostraba un marcado parecido con un conejo; tenía un labio superior pequeño que no conseguía ocultar sus enormes dientes delanteros, un color rojizo, y sus ojos, a juzgar por el grosor de sus gafas, eran miopes. Pero su traje gris oscuro le quedaba bien entallado y la reluciente corbata azul claro, el reloj y los zapatos parecían caros.
La blanca tersura de la camisa del desconocido hizo que Strike fuera doblemente consciente de las numerosas arrugas de su ropa. Se puso de pie para mostrar su metro noventa de estatura, extendió una mano peluda y trató de contrarrestar la superioridad de su visitante en materia de sastrería proyectando un aire de hombre demasiado ocupado como para tener que preocuparse por el estado de la ropa.
—Cormoran Strike. Encantado.
—John Bristow —contestó el otro con un apretón de manos. Su voz era agradable, educada e insegura. Detuvo la mirada en el ojo hinchado de Strike.
—¿Puedo ofrecerles un té o un café, caballeros? —preguntó Robin.
Bristow pidió un café solo, pero Strike no contestó. Acababa de ver a una joven de cejas espesas con un desaliñado traje de tweed sentada en el raído sofá que había junto a la puerta del despacho. Resultaba increíble que dos clientes en potencia hubiesen podido llegar a la vez. ¿Seguro que no le habían enviado a una segunda trabajadora eventual?
—¿Y usted, señor Strike? —preguntó Robin.
—¿Qué? Ah... café solo, con dos de azúcar, por favor, Sandra —contestó antes de poder detenerse. Vio cómo ella torcía la boca mientras cerraba la puerta y fue entonces cuando recordó que no tenía café, ni azúcar y ni tan siquiera tazas.
Sentándose tras la invitación de Strike, Bristow echó un vistazo al cutre despacho con lo que Strike temió que fuera decepción. Aquel cliente potencial parecía nervioso, en un sentido que el detective había aprendido a detectar en maridos sospechosos de ser culpables, pero había en él un ligero aire de autoridad, transmitido sobre todo por el evidente coste del traje. Strike se preguntó cómo lo habría encontrado Bristow. Era difícil conseguir encargos por el boca a boca cuando tu única clienta —tal como ésta solía lloriquearle al teléfono— no tenía amigos.
—¿En qué puedo ayudarlo, señor Bristow? —preguntó, volviendo de nuevo a su sillón.
—Pues... eh... la verdad es que me preguntaba si puede decirme... Creo que ya nos conocemos.
—¿De verdad?
—No se acordará de mí. Fue hace muchos años... Pero creo que usted era amigo de mi hermano Charlie. Charlie Bristow. Murió... en un accidente... cuando tenía nueve años.
—¡Por todos los santos! —exclamó Strike—. Charlie... sí, me acuerdo de él.
Se acordaba de él perfectamente. Charlie Bristow había sido uno de los muchos amigos que Strike había hecho durante una infancia complicada e itinerante. Un chico carismático, alocado e imprudente, líder de la pandilla de los más chulos del nuevo colegio de Strike en Londres, Charlie había mirado a aquel chico nuevo y enorme con marcado acento de Cornualles y lo nombró su mejor amigo y lugarteniente. A eso siguieron dos meses intensos de entrañable amistad y mal comportamiento. Strike, que siempre se había sentido fascinado por el funcionamiento tranquilo de los hogares de los demás niños, con sus familias cuerdas y metódicas y los dormitorios que podían conservar durante años y años, tenía un recuerdo muy vivo de la casa de Charlie, que era grande y lujosa. Tenía un gran jardín iluminado por el sol, una casa en un árbol y limonada fría que les servía la madre de Charlie.
Y entonces llegó el inaudito primer día de colegio después de las vacaciones de Semana Santa en que su tutora les contó que Charlie no volvería, que había muerto, que se había caído con la bicicleta por una cantera cuando estaba de vacaciones en Gales. Aquella tutora había sido una bruja vieja y mala y no había sido capaz de resistirse a contarle a la clase que a Charlie, que como ellos recordarían «desobedecía a menudo a los mayores», le habían «prohibido expresamente» acercarse con la bicicleta a la cantera, pero él de todos modos había ido, «quizá para fanfarronear». Pero se vio obligada a dejarlo ahí cuando dos niñas de la primera fila prorrumpieron en sollozos.
A partir de ese día, Strike había visto el rostro de un risueño chico rubio despedazándose cada vez que veía una cantera o se la imaginaba. No le habría sorprendido que todos los compañeros de clase de Charlie Bristow se hubiesen quedado con el mismo miedo a los grandes fosos oscuros, a los descensos escarpados y a las rocas implacables.
—Sí, me acuerdo de Charlie —repitió.
La nuez del cuello de Bristow se movió un poco.
—Sí. Bueno, es por su apellido, ¿sabe? Recuerdo con toda claridad a Charlie hablando de usted durante las vacaciones, los días anteriores a su muerte: «Mi amigo Strike», «Cormoran Strike». No es habitual, ¿verdad? ¿De dónde viene Strike? ¿Lo sabe? Nunca lo he oído en ningún otro sitio.
Bristow no era la primera persona que Strike conocía que sacaba cualquier tema de conversación —el tiempo, el peaje urbano, sus preferencias respecto a las bebidas calientes— para posponer la charla sobre lo que la había llevado a su despacho.
—Me han dicho que tiene que ver con el cereal —contestó—. Con las medidas de los cereales.
—¿Ah, sí? Nada que ver con golpes ni con huelgas... je, je... no… Pues verá usted, cuando yo buscaba a alguien para que me ayudara con este asunto vi su nombre en la guía. —La rodilla de Bristow empezó a moverse arriba y abajo—. Podrá imaginarse que... en fin, que sentí... que era una señal. Una señal que me enviaba Charlie. Diciéndome que yo tenía razón.
Su nuez subía y bajaba al tragar.
—Muy bien —dijo Strike con recelo, esperando que no le hubiesen tomado por un médium.
—Se trata de mi hermana, ¿sabe? —continuó Bristow.
—De acuerdo. ¿Tiene algún tipo de problema?
—Está muerta.
Strike se detuvo antes de contestar: «¿Qué? ¿También ella?»
—Lo siento —dijo, cauteloso.
Bristow le agradeció las condolencias con una brusca inclinación de cabeza.
—Yo... Esto no es fácil. En primer lugar, debería saber que mi hermana es... era... Lula Landry.
La esperanza que durante un breve momento había surgido ante la llegada de un nuevo cliente fue decayendo poco a poco como una losa de granito que aterrizó con un golpe atroz sobre el vientre de Strike. El hombre que tenía sentado enfrente estaba delirando, si es que no era un verdadero trastornado. Al igual que resultaba imposible encontrar dos copos de nieve idénticos, también lo era que aquel hombre de cara pálida y aspecto de conejo pudiera haber salido del mismo acervo genético que la belleza de corte de diamante, piel bronceada y piernas largas que había sido Lula Landry.
—Mis padres la adoptaron —dijo Bristow con voz sumisa, como si supiera lo que estaba pensando Strike—. Todos somos adoptados.
—Ajá —contestó Strike. Tenía una memoria excepcionalmente precisa. Volviendo a recordar aquella enorme casa tranquila y ordenada y su resplandeciente y extenso jardín, se acordó de una lánguida madre rubia presidiendo la mesa en la merienda, la voz distante y estruendosa de un padre intimidatorio, un hermano arisco que comía sin ganas la tarta de frutas, el mismo Charlie haciendo reír a su madre con sus payasadas, pero de ninguna chica.
—Usted no llegó a conocer a Lula —continuó Bristow, de nuevo como si Strike hubiese dicho en voz alta lo que estaba pensando—. Mis padres la adoptaron después de morir Charlie. Tenía cuatro años cuando vino con nosotros. Había estado en un centro de acogida durante un par de años. Yo casi tenía quince. Todavía recuerdo estar de pie en la puerta de casa y ver a mi padre trayéndola por el camino de entrada. Llevaba un gorrito rojo de lana. Mi madre aún lo conserva.
Y de repente, John Bristow estalló en lágrimas de una forma escandalosa. Lloraba con las manos en la cara, con los hombros encorvados, temblando, mientras las lágrimas y los mocos empezaron a deslizarse entre sus dedos. Cada vez que parecía controlarse, volvían a estallar más sollozos.
—Lo siento... perdone... Dios mío...
Respirando entrecortadamente y con hipo, se dio toquecitos por debajo de las gafas con un pañuelo arrugado, tratando de recuperar el control.
La puerta del despacho se abrió y entró Robin con una bandeja. Bristow miró hacia otro lado, con los hombros temblorosos moviéndose arriba y abajo. A través de la puerta abierta, Strike entrevió de nuevo a la mujer del traje en la habitación de fuera. Ahora lo miraba frunciendo el ceño por encima de un ejemplar del Daily Express.
Robin colocó dos tazas, una jarrita de leche, un azucarero y un plato con galletas de chocolate, nada que Strike hubiese visto antes, contestó con una sonrisa a las gracias que él le dio y se dispuso a salir.
—Espera un momento, Sandra —dijo Strike—. ¿Podrías...?
Cogió un papel de su escritorio y se lo llevó a la rodilla. Mientras Bristow emitía leves sonidos tragando saliva, Strike escribió de la forma más rápida y clara que pudo:
Por favor, busca en Google a Lula Landry y comprueba si fue adoptada y, de ser así, quién la adoptó. No hables de lo que estás haciendo con la mujer que está fuera (¿qué hace aquí?). Escríbeme las respuestas a las preguntas de arriba y tráemelas aquí sin decir qué has descubierto.
Le entregó el papel a Robin, que lo cogió sin decir palabra y salió de la habitación.
—Lo siento... Lo siento mucho —se disculpó Bristow entre jadeos cuando la puerta se cerró—. Esto es... Normalmente no soy... He vuelto al trabajo, estoy viendo a clientes... —Respiró hondo varias veces. Con sus ojos rosados, su parecido con un conejo albino aumentó. La rodilla derecha seguía moviéndose arriba y abajo—. Ha sido una época espantosa —susurró mientras respiraba profundamente—. Lula... y mi madre moribunda...
A Strike se le estaba haciendo la boca agua ante las galletas de chocolate, pues no había comido nada desde lo que a él le parecían días. Pero pensó que sería poco compasivo empezar a comer mientras Bristow se sacudía, lloriqueaba y se secaba los ojos. La taladradora neumática seguía sonando como una ametralladora en la calle.
—Se ha abandonado por completo desde que Lula murió. Eso la ha destrozado. Se suponía que su cáncer estaba remitiendo, pero ha recaído, y dicen que no se puede hacer nada más. Es decir, es la segunda vez. Tuvo una especie de depresión tras lo de Charlie. Mi padre pensó que otro hijo mejoraría las cosas. Siempre habían querido una niña. No les resultó fácil conseguir la autorización, pero Lula era mestiza y más difícil de colocar, así que... consiguieron llevársela —terminó sofocando un sollozo.
»Siempre fue guapa. La descubrieron en Oxford Street, de compras con mi madre. La cogieron en Athena. Es una de las agencias más prestigiosas. Trabajaba como modelo a tiempo completo a los diecisiete años. Cuando murió, su valor rondaba los diez millones. No sé por qué le cuento todo esto. Probablemente ya lo sepa. Todo el mundo lo sabía todo sobre Lula... o pensaba que lo sabía.
Cogió su taza con torpeza. Las manos le temblaban tanto que el café se le derramó y cayó sobre sus bien planchados pantalones.
—¿Qué es exactamente lo que desea que haga por usted? —preguntó Strike.
Bristow, temblando, volvió a dejar la taza sobre la mesa y después se agarró las manos con fuerza.
—Dicen que mi hermana se suicidó. Yo no lo creo.
Strike recordó las imágenes de la televisión: la bolsa negra del cadáver sobre una camilla, parpadeando bajo una tormenta de flashes mientras la introducían en una ambulancia, los fotógrafos apiñándose a su alrededor mientras ésta empezaba a moverse, acercando las cámaras a las oscuras ventanillas mientras las luces rebotaban contra el cristal negro. Sabía más sobre la muerte de Lula Landry de lo que hubiese deseado. Lo mismo podía decirse de cualquier persona sensible de Gran Bretaña. A base de ser bombardeado con aquella historia, uno llegaba a interesarse en contra de su voluntad y, antes de darse cuenta, estaba tan al tanto, tenía una información tan sesgada sobre los hechos del caso que no le habrían dejado formar parte del jurado.
—Hubo una investigación, ¿no?
—Sí, pero el inspector encargado del caso estaba convencido desde el principio de que había sido un suicidio, simplemente porque Lula había tomado litio. Los datos que pasó por alto... algunos incluso se han visto en internet.
Bristow golpeó absurdamente con un dedo sobre la mesa vacía de Strike, donde se habría esperado que hubiese un ordenador.
Se oyó una leve llamada a la puerta y se abrió. Robin entró, le pasó a Strike una nota doblada y salió.
—Perdone, ¿le importa? —se excusó Strike—. Estaba esperando este mensaje.
Desdobló la nota sobre su rodilla, de modo que Bristow no pudiese ver a través del papel, y leyó:
Lula Landry fue adoptada por sir Alee y lady Yvette Bristow a la edad de cuatro años. Se crió como Lula Bristow, pero tomó el apellido de soltera de su madre cuando empezó a trabajar de modelo. Tiene un hermano mayor llamado John que es abogado. La chica que espera fuera es la novia del señor Bristow y secretaria de su bufete. Trabajan para Landry, May y Patterson, el bufete que fundó el abuelo materno de Lula y John. La fotografía de John Bristow en la página web de LMP es idéntica al hombre con el que está hablando.
Strike arrugó la nota y la lanzó a la papelera que tenía a sus pies. Estaba pasmado. John Bristow no era ningún fantaseador. Y a él, a Strike, parecía que le habían enviado una trabajadora eventual con más iniciativa y mejor caligrafía que ninguna de las que había conocido nunca.
—Lo siento. Continúe —le dijo a Bristow—. Estaba hablando... ¿de la investigación?
—Sí —confirmó Bristow dándose golpecitos en la punta de la nariz con el pañuelo mojado—. Bueno, yo no niego que Lula tuviera problemas. De hecho, le hizo pasar un infierno a mamá. Empezó más o menos en la época en la que murió nuestro padre. Probablemente usted ya sepa todo esto. Dios sabe que se habló mucho de ello en la prensa... pero la echaron del colegio por coquetear con las drogas. Vino a Londres. Mamá la encontró malviviendo con drogadictos. Las drogas aumentaron sus problemas mentales. Se fugó del centro de tratamiento. Hubo un sinfín de escenas y dramas. Pero al final se dieron cuenta de que tenía un desorden bipolar y le recetaron la medicación adecuada; desde entonces, si se tomaba sus pastillas estaba bien. Nunca habría adivinado que le pasaba nada malo. Incluso el forense admitió que había estado tomando su medicación, la autopsia lo demostró.
»Pero ni la policía ni el forense supieron ver más allá de que se trataba de una chica con un historial de salud mental frágil. Insistieron en que estaba deprimida, pero le aseguro que Lula no estaba deprimida en absoluto. La vi la mañana anterior a su muerte y estaba perfectamente. Las cosas le estaban yendo muy bien, especialmente en lo que concierne a su carrera. Acababa de firmar un contrato con el que iba a ganar cinco millones en dos años. Me pidió que le echara un vistazo y se trataba de un acuerdo estupendo. El diseñador era un gran amigo suyo, Somé. Supongo que habrá oído hablar de él. Y tenía la agenda llena para los próximos meses. Iba a ir pronto a Marruecos para una sesión fotográfica y a ella le encantaba viajar. Así que, como ve, no había razón alguna para que se quitara la vida.
Strike asintió cortésmente, poco impresionado para sus adentros. Según su experiencia, los suicidas eran perfectamente capaces de fingir interés por un futuro que no tenían intención de vivir. El estado halagüeño y de tonos dorados de Landry podría haberse convertido fácilmente en oscuridad y desesperación durante el día y la mitad de la noche que habían precedido a su muerte. Sabía que esas cosas pasaban. Recordó al teniente del Cuerpo de Fusileros Reales que se había levantado la noche posterior a su cumpleaños, una celebración en la que, según decían todos, había sido el alma de la fiesta. Había escrito una nota a su familia en la que les decía que llamaran a la policía y que no entraran en el garaje. Quien encontró el cuerpo colgado del techo del garaje fue su hijo de quince años, que no había visto la nota y atravesó corriendo la cocina para ir a por su bicicleta.
—Eso no es todo —dijo Bristow—. Hay pruebas, pruebas contundentes. Tansy Bestigui, para empezar.
—¿La vecina que dijo haber oído una discusión?
—¡Exacto! ¡Oyó los gritos de un hombre, justo antes de que Lula se tirara por el balcón! La policía menospreció su testimonio simplemente porque... en fin, porque había tomado cocaína. Pero eso no significa que no supiera lo que había oído. Tansy mantiene hasta el día de hoy que Lula estaba discutiendo con un hombre segundos antes de caer. Lo sé, porque he hablado de esto con ella muy recientemente. Nuestro bufete está llevando su divorcio. Estoy seguro de que podría convencerla para que hable con usted.
»Y luego —continuó Bristow mientras observaba nerviosamente a Strike y trataba de calibrar su reacción—, están las grabaciones del circuito cerrado de televisión. Un hombre camina hacia Kentigern Gardens unos veinte minutos antes de que Lula cayera, y el mismo hombre es grabado alejándose a toda velocidad de Kentigern Gardens después de que ella hubiese muerto. Nunca descubrieron quién era. No consiguieron identificarlo.
Con una especie de entusiasmo furtivo, Bristow se sacó del bolsillo interior de la chaqueta un sobre ligeramente arrugado y lo sostuvo en el aire.
—Lo he escrito todo. Con horarios y demás. Está todo aquí. Verá cómo encaja.
La aparición del sobre no consiguió aumentar la confianza de Strike en el juicio de Bristow. Ya le habían entregado cosas así antes. Los frutos por escrito de obsesiones solitarias y desacertadas; divagaciones maniáticas sobre teorías; complejos horarios distorsionados para que encajen con contingencias fantásticas. El párpado izquierdo del abogado palpitaba, una de sus rodillas se agitaba arriba y abajo y los dedos que sujetaban el sobre temblaban.
Durante unos segundos, Strike sopesó aquellas señales contraponiéndolas con los zapatos claramente fabricados a mano de Bristow y el reloj Vacheron Constantin que asomaba sobre su pálida muñeca al gesticular. Era un hombre que podía pagar y que así haría. Quizá el tiempo suficiente como para permitirle a Strike abonar una cuota del préstamo, que era la más apremiante de sus deudas. Con un suspiro y una reprimenda a su propia conciencia, Strike dijo:
—Señor Bristow...
—Llámeme John.
—John... Voy a ser sincero con usted. No creo que esté bien aceptar su dinero.
Unas manchas rojas aparecieron en el pálido cuello de Bristow y en su ordinario rostro mientras seguía sosteniendo el sobre.
—¿A qué se refiere con que no estaría bien?
—La muerte de su hermana fue probablemente objeto de una investigación extremadamente exhaustiva. Millones de personas y los medios de comunicación de todo el mundo siguieron cada movimiento de la policía. Debieron de ser el doble de exhaustivos de lo habitual. El suicidio es algo difícil de aceptar.
—Yo no lo acepto. Nunca lo aceptaré. Ella no se mató. Alguien la empujó por ese balcón.
De repente, la taladradora de la calle se detuvo, de modo que la voz de Bristow sonó con fuerza en la habitación y su irritación fue la de un hombre dócil al que presionan al límite.
—Ya veo. Lo entiendo. Usted es otro más, ¿no? ¿Otro jodido psicólogo de sillón? La muerte de Charlie, la muerte de mi padre, la muerte de Lula y la inminente muerte de mi madre. Los he perdido a todos y necesito un consejero para sobrellevar el duelo, no un detective. ¿Cree que no he oído ya esto otras cien jodidas veces?
Bristow se puso de pie, impresionante con sus dientes de conejo y su piel enrojecida.
—Soy un hombre bastante rico, Strike. Siento ser tan vulgar al decirlo, pero es así. Mi padre me dejó un fondo fiduciario bastante cuantioso. He consultado la tarifa vigente para este tipo de cosas y habría estado encantado de pagarle el doble.
El doble de honorarios. La conciencia de Strike, antes firme e inflexible, se había debilitado por los repetidos golpes del destino. Este de ahora lo dejaba fuera de combate. Su yo más vil estaba retozando ya en el reino de la más feliz especulación: un mes de trabajo le proporcionaría lo suficiente para pagar a la trabajadora eventual y parte de los atrasos del alquiler; dos meses, las deudas más acuciantes... tres meses, harían desaparecer una cantidad considerable de su descubierto... cuatro meses...
Pero John Bristow hablaba mirando hacia atrás mientras se dirigía hacia la puerta, apretando y estrujando el sobre que Strike se había negado a coger.
—Quería que se ocupara usted del caso por Charlie, pero he averiguado cosas suyas. No soy idiota del todo. División de investigaciones especiales de la policía militar, ¿verdad? También condecorado. No puedo decir que me impresionara su cargo. —Bristow ahora casi gritaba y Strike fue consciente de que las amortiguadas voces femeninas que se escuchaban en la sala de fuera se habían quedado en silencio—. Pero al parecer me equivocaba y puede permitirse rechazar un trabajo. ¡Bien! Olvídelo. Estoy seguro de que encontraré a otro que se encargue de este trabajo. ¡Siento haberle molestado!
4
Durante un par de minutos, la conversación de los dos hombres se había oído, cada vez con mayor claridad, a través de la delgada pared divisoria. Ahora, en el repentino silencio que siguió al cese de la taladradora, las palabras de Bristow eran del todo perceptibles.
Por pura diversión, siguiendo con el buen ánimo de ese feliz día, Robin había tratado de interpretar de manera convincente el papel de secretaria habitual de Strike y no revelar ante la novia de Bristow que solamente llevaba trabajando media hora para un detective privado. Ocultó lo mejor que pudo cualquier muestra de sorpresa o emoción ante el arranque de gritos, pero, de manera instintiva, se puso del lado de Bristow, cualquiera que fuese la causa del conflicto. El trabajo de Strike y su ojo morado tenían cierto glamur desgastado, pero su actitud hacia ella había sido deplorable y aún le dolía el pecho izquierdo.
La novia de Bristow había fijado la mirada en la puerta cerrada desde el primer momento en que las voces de los dos hombres se empezaron a oír por encima del ruido de la taladradora. Rechoncha y muy oscura, con pelo lacio y muy corto y lo que podría haber sido el rastro de un poblado entrecejo de no habérselo depilado, parecía enfadada por naturaleza. Robin había notado con frecuencia cómo las parejas solían tener un atractivo personal bastante equivalente, aunque, por supuesto, había factores como el dinero que a menudo parecían garantizar conseguir una pareja de aspecto significativamente mejor que el de uno mismo. A Robin le parecía adorable que Bristow, que a la vista de su elegante traje y su prestigioso bufete podía haber puesto los ojos en una mujer mucho más guapa, hubiese elegido a esa chica, a la que suponía más agradable y simpática de lo que su apariencia indicaba.
—¿Está segura de que no quiere un café, Alison? —le preguntó.
La chica miró a su alrededor como si le sorprendiese que le hablaran, como si hubiese olvidado que Robin estaba allí.
—No, gracias —dijo, con una voz profunda que sonó sorprendentemente melodiosa—. Sabía que se iba a molestar —añadió con una extraña especie de satisfacción—. He tratado de hablar con él sobre esto, pero no me escucha. Parece que este supuesto detective lo está rechazando. Hace bien.
La sorpresa de Robin debió de quedar patente, pues Alison continuó con cierto tono de impaciencia:
—Sería mejor para John que aceptara la verdad. Ella se mató. El resto de la familia lo ha asimilado. No sé por qué él no puede hacerlo.
No tenía sentido fingir que no sabía de qué hablaba aquella mujer. Todo el mundo sabía lo que le había pasado a Lula Landry. Robin recordaba exactamente dónde estaba cuando oyó que la modelo se había tirado y había muerto una noche de enero de temperatura bajo cero: de pie junto al fregadero de la cocina de la casa de sus padres. La noticia había llegado a través de la radio y ella había lanzado un pequeño grito de sorpresa y había salido corriendo de la cocina en camisón para decírselo a Matthew, que estaba pasando allí el fin de semana. ¿Cómo podía afectar tanto la muerte de alguien a quien no se ha conocido nunca? Robin admiraba enormemente la belleza de Lula Landry. No le gustaba mucho su propia tez lechosa. La de la modelo era oscura, luminosa, intensa y con una fina estructura ósea.
—No ha pasado mucho tiempo desde que murió.
—Tres meses —aclaró Alison, sacudiendo su Daily Express—. ¿Este hombre es bueno?
Robin había notado la expresión desdeñosa de Alison mientras contemplaba el estado deteriorado y la evidente suciedad de la pequeña sala de espera y acababa de ver por internet el despacho impoluto y palaciego donde trabajaba la otra mujer. Su respuesta, por tanto, fue motivada más por el amor propio que por ningún deseo de proteger a Strike.
—Ah, sí —contestó con frialdad—. Es uno de los mejores.
Abrió un sobre rosa adornado con gatitos con la actitud de una mujer que se enfrenta a diario a exigencias mucho más complejas e intrigantes de lo que Alison pudiera imaginar.
Mientras tanto, Strike y Bristow se enfrentaban el uno al otro en la habitación de dentro, uno furioso y el otro tratando de buscar el modo de dar la vuelta a su situación sin abandonar su dignidad.
—Lo único que quiero, Strike, es «justicia» —dijo Bristow con voz ronca mientras el color iba volviéndose más intenso en su enjuto rostro.
Parecía haber golpeado un diapasón divino. Aquella palabra sonó en la desvencijada habitación provocando una inaudible pero lastimera nota en el pecho de Strike. Bristow había localizado el rescoldo que Strike protegía para cuando todo lo demás hubiese quedado reducido a cenizas. Necesitaba dinero con desesperación, pero Bristow le había dado otra razón mejor para tirar por la borda sus escrúpulos.
—De acuerdo. Lo entiendo. Lo digo de verdad, John. Lo entiendo. Vuelva aquí y siéntese. Si aún quiere mi ayuda, me gustaría brindársela.
Bristow le lanzó una mirada asesina. No había más ruido en el despacho que los lejanos gritos de los obreros de abajo.
—¿Quiere que entre su... eh... esposa?
—No —contestó Bristow, aún tenso, con la mano en el pomo de la puerta—. Alison cree que no debería estar haciendo esto. Lo cierto es que no sé por qué ha querido acompañarme. Probablemente porque espera que usted me rechace.
—Por favor... siéntese. Tratemos esto de la forma adecuada.
Bristow vaciló y, a continuación, se acercó de nuevo a la silla que había dejado libre.
Su autocontrol se derrumbó por fin. Strike cogió una galleta de chocolate y se la metió, entera, en la boca. Sacó un cuaderno sin usar del cajón de su escritorio, lo abrió, cogió un bolígrafo y trató de tragarse la galleta durante el tiempo en que Bristow tardó en volver a su asiento.
—¿Quiere que lo coja? —propuso, apuntando al sobre que Bristow aún agarraba.
El abogado se lo pasó como si no estuviese seguro de poder confiárselo a Strike. Éste, que no deseaba estudiar con minuciosidad su contenido delante de Bristow, lo dejó a un lado con un pequeño golpecito con el que pretendía mostrar que se trataba ahora de un valioso componente de la investigación y preparó su bolígrafo.
—John, si pudiese hacerme un resumen de lo que ocurrió el día en que murió su hermana, sería de mucha ayuda.
Metódico y meticuloso por naturaleza, a Strike le habían enseñado a investigar de acuerdo con el más alto nivel de exigencia y rigor. En primer lugar, dejar que el testigo cuente su historia a su modo: el torrente de palabras sin interrupciones ofrecía a veces detalles, aparentemente intrascendentes, que después resultaban ser pruebas de un valor incalculable. Una vez que se había recopilado esa primera oleada de impresiones, llegaba el momento de pedir y ordenar los datos de forma rigurosa y precisa: personas, lugares, pertenencias.
—Ah —dijo Bristow, quien, tras toda su vehemencia, parecía no saber por dónde empezar—. La verdad es que no... A ver...
—¿Cuándo fue la última vez que la vio? —preguntó Strike para animarle.
—Sería... Sí, la mañana anterior a su muerte. Nosotros... la verdad es que discutimos, aunque, gracias a Dios, hicimos las paces.
—¿A qué hora fue?
—Era temprano. Antes de las nueve. Yo iba de camino al despacho. Quizá fueran las nueve menos cuarto.
—¿Y sobre qué discutieron?
—Ah, sobre su novio, Evan Duffield. Acababan de volver a juntarse. En la familia pensábamos que habían terminado y estábamos encantados. Es un hombre horrible, un drogadicto y una persona que se autopromociona continuamente. La peor influencia sobre Lula que se pueda imaginar.
»Puede que yo haya sido un poco severo. Me... me doy cuenta ahora. Tenía once años más que Lula. Sentía que debía protegerla, ¿sabe? Quizá fuera algo mandón a veces. Ella siempre me decía que yo no entendía...
—¿Que no entendía qué?
—Pues... nada. Ella tenía muchos problemas. Problemas por ser adoptada. Problemas por ser negra en una familia de blancos. Solía decir que yo lo tenía fácil... no sé. Quizá tuviera razón. —Parpadeó rápidamente por debajo de sus gafas—. Aquella discusión fue en realidad la continuación de otra que habíamos tenido por teléfono la noche anterior. No me podía creer que fuese tan estúpida como para volver con Duffield. El alivio que sentimos todos cuando rompieron... Es decir, dado el historial de ella con las drogas, salir con un drogadicto... —Exhaló—. No quería escucharme. Nunca lo hacía. Estaba furiosa conmigo. De hecho, a la mañana siguiente le dio instrucciones al guardia de seguridad del edificio para que no me dejara pasar más allá de la recepción, pero... bueno, Wilson me dejó entrar de todos modos.
Humillante tener que contar con la compasión del portero.
—Yo no habría subido —continuó Bristow con voz triste mientras unas manchas de color moteaban de nuevo su delgado cuello—, pero llevaba el contrato con Somé para devolvérselo. Me había pedido que le echara un vistazo y tenía que firmarlo. Podía ser muy displicente con ese tipo de cosas. De todos modos, no se mostró muy conforme con que me dejaran subir y volvimos a discutir, pero terminamos enseguida. Se calmó.
»Entonces, le dije que a mamá le gustaría que le hiciera una visita. Mamá acababa de salir del hospital, ¿sabe? Le habían hecho una histerectomía. Lula dijo que quizá iría a verla después a su casa, pero que no estaba segura. Tenía cosas que hacer.
Bristow respiró hondo. La rodilla derecha empezó a moverse arriba y abajo otra vez y comenzó a frotarse sus huesudas manos como si se las estuviera lavando.
—No quiero que piense mal de ella. La gente creía que era egoísta, pero era la más joven de la familia y estaba bastante consentida. Luego se puso enferma y, lógicamente, se convirtió en el centro de atención. Y después, se enfrascó en esta vida extraordinaria en la que las cosas y la gente daban vueltas a su alrededor y los paparazzi la perseguían por todas partes. No era una vida normal.
—No —confirmó Strike.
—En fin, le conté a Lula lo aturdida y dolorida que estaba mamá y ella me dijo que quizá se daría una vuelta más tarde. Me marché. Fui a mi despacho para pedirle a Alison unos expedientes, porque quería trabajar desde la casa de mamá ese día para hacerle compañía. Volví a ver a Lula en casa de mamá, a media mañana. Se sentó un rato con ella en el dormitorio hasta que llegó mi tío de visita y, después, entró en el estudio donde yo estaba trabajando para despedirse. Me dio un abrazo antes de...
La voz de Bristow se entrecortó y bajó la mirada a su regazo.
—¿Más café? —le ofreció Strike. Bristow negó con la cabeza sin subir los ojos. A fin de darle un momento para recuperarse, Strike cogió la bandeja y se dirigió al despacho de fuera.
La novia de Bristow levantó la mirada de su periódico con el ceño fruncido cuando apareció Strike.
—¿No han terminado? —preguntó.
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