1
Lunes, 11 de abril de 2016
M1 norte
Lo primero en lo que se fijó fue en los adhesivos que bordeaban la luneta del coche y recubrían el parachoques:
«Toca el pito si estás cachonda».
«No me sigas, me he perdido.»
«Cuando conduces como yo, más te vale creer en Dios.»
«Tengo el claxon estropeado. Atento a mi dedo.»
«Los hombres de verdad aman a Jesucristo.»
Vaya batiburrillo de mensajes. Aunque una cosa quedaba meridianamente clara: el conductor era un capullo. Gabe habría apostado lo que fuera a que llevaba una camiseta con un eslogan y tenía en la oficina una foto de un mono con las manos en la cabeza y el letrero: «No es necesario estar loco para trabajar aquí, pero ayuda».
Le sorprendía que el tipo pudiera ver algo entre tantas pegatinas. Por otro lado, al menos proporcionaba material de lectura a la gente durante los atascos. Como aquel en el que se encontraban atrapados en ese instante. Una larga fila de vehículos avanzaba a paso de tortuga a causa de las obras en la autopista; daba la sensación de que se habían iniciado en algún momento del siglo anterior y que durarían hasta bien entrado el milenio siguiente.
Gabe suspiró y tamborileó con los dedos sobre el volante, como si así pudiera aligerar el tráfico o hacer que apareciera una máquina del tiempo. Ya casi iba con retraso. No del todo. Aún no. Todavía estaba dentro de los límites de lo posible que llegara a casa a tiempo. Pero no albergaba muchas esperanzas. De hecho, las esperanzas lo habían abandonado cerca de la salida 19, como a todos los conductores lo bastante espabilados para confiarse a su GPS y tomar un desvío por una carretera comarcal.
Lo más frustrante era que ese día había conseguido salir a buena hora. Habría podido llegar sin problemas a las seis y media, a tiempo para la cena y para acostar a Izzy, como le había prometido —prometido de verdad— a Jenny que haría esa noche.
«Una vez por semana, nada más. Es todo lo que te pido. Una noche en la que cenemos juntos, tú le leas a tu hija un cuento en la cama y finjamos que somos una familia normal y feliz.»
Eso le había dolido. Ella quería hacerle daño.
Por supuesto, Gabe habría podido replicar que era él quien había preparado a Izzy para el colegio por la mañana, mientras Jenny salía pitando para reunirse con un cliente. Era él quien había consolado a su hija y le había aplicado crema antiséptica en el mentón cuando el temperamental gato de la familia (adoptado por Jenny) la había arañado.
Pero no le ha dicho nada, porque ambos sabían que eso no compensaba todas las ocasiones perdidas, los momentos en que él no había estado allí. Jenny era una mujer bastante razonable, pero en lo que a asuntos familiares se refería, tenía los límites bien marcados. Si alguien los traspasaba, ella tardaba mucho tiempo en dejarlo volver al redil.
Era una las cosas que él amaba de ella: su devoción inquebrantable hacia su hija. La madre de Gabe había sido más devota del vodka barato, y él nunca había conocido a su padre. Juró que él sería distinto, que siempre estaría al lado de su pequeña.
Y sin embargo allí estaba, atrapado en la autopista, con muchos números de llegar tarde. Otra vez. Jenny no se lo perdonaría. No quería pensar demasiado en las posibles consecuencias.
Había intentado llamarla, pero había saltado el buzón de voz. Ahora le quedaba menos de un uno por ciento de batería en el móvil, que se apagaría en cualquier momento, y justo ese día, como no podía ser de otra manera, Gabe se había dejado el cargador en casa. No podía hacer otra cosa que permanecer sentado, luchando contra el impulso de pisar el acelerador a fondo y llevarse por delante los demás vehículos, tabaleando sobre el volante con agresividad mientras contemplaba al puto don Pegatinas que tenía delante.
Muchos de los adhesivos parecían viejos, pues estaban descoloridos y arrugados. Por otro lado, era un coche antiguo. Un Cortina, o algo por el estilo. Estaba pintado con un espray de aquel color tan de moda en los años setenta: una especie de dorado sucio. Plátano mohoso. Crepúsculo contaminado. Sol moribundo.
El inestable tubo de escape escupía de forma intermitente un turbio humo gris. El parachoques entero estaba salpicado de herrumbre. Gabe no alcanzaba a ver el distintivo de la marca. Seguramente se le había caído, junto con media matrícula. Solo quedaban las letras «T», «N», y parte de un número que podía ser un 6 o un 8. Frunció el ceño. Estaba convencido de que aquello no era legal. Seguro que el cacharro de mierda no estaba ni en condiciones de circular, ni asegurado, ni en manos de un conductor cualificado. Más valía no acercarse demasiado.
Estaba planteándose cambiar de carril cuando el rostro de la niña apareció tras la luneta, justo en el centro del marco formado por los adhesivos medio despegados. Parecía tener unos cinco o seis años, cara redonda, mejillas sonrosadas y el fino cabello rubio recogido en dos coletas en lo alto de la cabeza.
Lo primero que le pasó a Gabe por la cabeza fue que ella debería llevar puesto el cinturón de seguridad.
Lo segundo que pensó fue: «Izzy».
La niña clavó la vista en él. Se le desorbitaron los ojos. Abrió la boca, dejando al descubierto el diente delantero que le faltaba. Gabe recordaba haberlo envuelto en un pañuelo de papel antes de colocarlo debajo de la almohada para que lo recogiera el Ratoncito Pérez.
Sus labios formaron la palabra «¡Papá!».
En ese momento, una mano procedente del asiento delantero la agarró del brazo y tiró de ella hacia abajo con brusquedad. Ella desapareció de la vista. Se esfumó. Ya no estaba.
Gabe se quedó contemplando el espacio vacío tras el parabrisas.
«Izzy.»
Imposible.
Su hija estaba en casa, con su madre. Probablemente viendo el Disney Channel mientras Jenny preparaba la cena. No podía ir en el asiento de atrás del coche de un desconocido, en dirección a Dios sabe dónde y sin el cinturón de seguridad abrochado.
Las pegatinas le impedían ver al conductor. A duras penas alcanzaba a vislumbrarle la cabeza por encima del «Toca el pito si estás cachonda». A la mierda. Tocó el claxon de todos modos. Luego hizo señales con las luces. Pareció que el cacharro aceleraba un poco. Las obras de la autopista terminaban unos metros más adelante, y las señales de ochenta kilómetros por hora cedían el paso a las que indicaban el límite de velocidad nacional.
«Izzy.» Pisó el acelerador. Su coche era un Range Rover nuevo. Tiraba como una bestia. Aun así, el viejo y destartalado montón de chatarra que tenía delante se alejaba. Apretó el pedal con más fuerza. El velocímetro subió poco a poco, a ciento diez, ciento veinte, ciento treinta y cinco... Cuando empezaba a ganar terreno, el automóvil de delante se pasó de golpe al carril central y adelantó varios coches. Gabe lo siguió con un viraje brusco, cerrándole el paso a un camión de alto tonelaje. El estruendoso bocinazo estuvo a punto de dejarlo sordo. Él sentía que el corazón estaba a punto de reventarle el pecho como un puto alien.
El coche de delante zigzagueaba peligrosamente entre los demás vehículos. Gabe se vio acorralado por un Ford Focus, a un lado, y un Toyota, delante. Mierda. Echó una ojeada al retrovisor y se desvió al carril lento antes de colarse rápidamente delante del Toyota. En ese instante, un Jeep que se incorporaba desde el carril de adelantamiento le rozó el capó. Gabe frenó en seco. El conductor del Jeep puso las luces de emergencia y le mostró el dedo medio.
—¡Que te den, gilipollas de mierda!
El montón de chatarra, que le sacaba ya varios coches de ventaja, continuó serpenteando entre el tráfico hasta que las luces traseras desaparecieron a lo lejos. Gabe no podía seguirle el ritmo. Era demasiado peligroso.
Además, se dijo, sin duda se había confundido. Por fuerza. No podía tratarse de Izzy. Era imposible. ¿A santo de qué iría montada en ese coche? Se sentía cansado, estresado. Estaba oscuro. Debía de tratarse de una niñita que se parecía a Izzy. Una niñita que se le parecía un montón, que tenía la misma cabellera rubia recogida en coletas, la misma mella entre los dientes delanteros. Una niñita que lo había llamado «papá».
Más adelante una señal luminosa rezaba: «Estación de servicio: 800 metros». Podía parar allí y llamar a casa para quedarse más tranquilo. Pero ya iba a llegar tarde; más valía que siguiera adelante. Por otro lado, ¿qué importaría si se retrasaba unos minutos más? Se aproximaba a la salida. «¿Paso de largo? ¿La tomo? ¿Paso de largo? ¿La tomo? Izzy.» En el último momento, dio un volantazo a la izquierda y pisó las bandas sonoras blancas, provocando un concierto de bocinazos. Aceleró por la rampa y llegó a la estación de servicio.
Gabe casi nunca paraba en estaciones de servicio. Le parecían deprimentes, llenas de infelices que habrían preferido estar en otra parte.
Perdió unos minutos valiosos corriendo de un lado a otro entre los diversos establecimientos de alimentos en busca de un teléfono público, hasta que al fin encontró uno medio escondido cerca de los aseos. Un único aparato. Ya nadie usaba teléfonos públicos. Perdió varios minutos más buscando suelto hasta que cayó en la cuenta de que aceptaba pago con tarjeta. Se sacó la de débito de la cartera, la introdujo y marcó el número de casa.
Jenny nunca lo cogía al primer timbrazo. Siempre estaba ocupada haciendo algo con Izzy. A veces decía que le habría gustado tener ocho pares de manos. Él debería pasar más tiempo en casa, pensó. Echarle una mano.
—¿Diga?
Era la voz de una mujer, pero no de Jenny. La voz de una desconocida. ¿Se habría equivocado de número? No lo marcaba muy a menudo. Culpa de los móviles, también. Comprobó el número en la pantalla. Era el del teléfono fijo de su casa, sin asomo de duda.
—¿Diga? —repitió la voz—. ¿Es usted el señor Forman?
—Sí, soy el señor Forman. ¿Y usted quién coño es?
—Soy la inspectora de policía Maddock. —Una inspectora de policía. En su casa. Atendiendo su teléfono—. ¿Dónde está usted, señor Forman?
—En la M1. Es decir, en una estación de servicio. De camino de vuelta del trabajo.
Balbuceaba. Como si fuera culpable de algo. Aunque en realidad lo era, ¿no? Culpable de un montón de cosas.
—Tiene que volver a casa, señor Forman. Lo antes posible.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado?
Una larga pausa. Un silencio denso, opresivo. Uno de aquellos silencios preñados de palabras sobrentendidas, pensó él. Palabras que estaban a punto de joderle la vida por completo.
—Se trata de su esposa... y de su hija.
2
Lunes, 18 de febrero de 2019
Estación de servicio de Newton Green,
salida 15 de la M1, 1.30 horas
El hombre delgado bebía café solo con mucho azúcar. Rara vez comía algo. En una o quizá dos ocasiones había pedido una tostada y, después de un par de mordiscos, la había dejado en el plato. Por su aspecto, a Katie le daba la impresión de que era alguien que estaba más próximo a la muerte de lo que sería normal a su edad. La ropa le colgaba del cuerpo como a un espantapájaros sin relleno. La delgadez extrema le había esculpido surcos profundos en el rostro, bajo los ojos y los pómulos. Sujetaba la taza de café con dedos largos y delicados, cuyos huesos se marcaban tanto que parecían a punto de rasgar la fina piel que los cubría.
De no ser porque sabía que no era así, Katie habría pensado que el hombre padecía una enfermedad terminal. Un cáncer. Su nana había muerto de eso, y en los últimos días presentaba una apariencia muy similar. Pero la enfermedad que lo aquejaba a él era de naturaleza distinta.
Cuando había empezado a frecuentar la estación de servicio, una o dos veces al mes, repartía octavillas. Incluso Katie le había cogido una. Fotos de una niña pequeña. «¿ME HAS VISTO?» Katie la había visto, por supuesto. Todo el mundo la había visto. La niña pequeña había aparecido en todos los informativos. Ella y su madre.
En aquella época, el hombre delgado aún abrigaba ciertas esperanzas. O algo parecido. Esperanzas insensatas que te devoran como una droga. Algunos no tienen nada más. Se aferran a ellas como a una pipa de crack a pesar de que saben que se han vuelto adictos a ellas. Dicen que el odio y la amargura destruyen a la gente. Se equivocan. Lo que destruye es la esperanza. Te devora por dentro como un parásito. Te deja colgando como un trozo de cebo sobre un tiburón. Pero la esperanza no te mata. No es de esa clase de enfermedades.
Al hombre delgado lo había consumido la esperanza. No le quedaba nada, salvo una gran cantidad de kilómetros recorridos y de puntos acumulados en la tarjeta de fidelidad de la cafetería.
Katie recogió su taza vacía y pasó un trapo por la mesa.
—¿Te traigo otro?
—¿También sirves las mesas?
—Solo para los clientes asiduos.
—Gracias, pero será mejor que me vaya.
—Vale. Nos vemos.
Él asintió de nuevo.
—Sí.
A esto se reducían sus conversaciones. Todas y cada una de ellas. Ella ni siquiera estaba segura de que él fuera consciente de que hablaba con la misma persona siempre que entraba en el establecimiento. Tenía la sensación de que él veía a la mayoría de la gente como un mero telón de fondo.
A Katie le habían contado que aquella no era la única cafetería que frecuentaba, ni tampoco la única estación de servicio. Los empleados iban de acá para allá y charlaban entre sí. También los agentes de policía que acudían a menudo. Corría el rumor de que el hombre se pasaba el día y la noche yendo y viniendo por la autopista y parando en las estaciones de servicio, en busca del coche que se había llevado a su niña. En busca de su hija desaparecida.
Katie esperaba que no fuera cierto. Esperaba que el hombre delgado encontrara la paz algún día. No solo por su propio bien. Había algo en él, en su silenciosa desesperación, que le ponía los nervios a flor de piel. Y, sobre todo, esperaba que un día, cuando entrara a trabajar, él no estuviera allí, y ella jamás tuviera que volver a pensar en él.
3
A Gabe nunca le había gustado conducir de noche. Los faros cegadores de los coches que circulaban en dirección contraria. Las zonas no iluminadas de la autopista donde la calzada parecía fundirse ante él con la nada infinita. Era como adentrarse en un agujero negro. Siempre lo desorientaba. La oscuridad le confería un aspecto distinto a todo. Las distancias cambiaban, las formas se desfiguraban.
En los últimos días (y noches), aquella era la hora a la que se sentía más cómodo. Arrellanado en el asiento del conductor, escuchando música ambiental y relajante. Esa noche, Laurie Anderson. Strange Angels. Era el álbum que ponía más a menudo. Tenía una cualidad etérea y singular que le removía por dentro. Encajaba a la perfección con sus trayectos de un lado a otro sobre el negro asfalto.
Unas veces imaginaba que navegaba por un río profundo y oscuro. Otras, que flotaba en el espacio hacia la negrura eterna. Resultaban curiosos los pensamientos que se colaban como sonámbulos en la cabeza a altas horas de la noche, cuando el cerebro debía estar a salvo, en cama. Sin embargo, aunque dejaba vagar la mente, mantenía en todo momento los ojos fijos en la carretera, vigilantes, alerta.
Gabe apenas dormía. Le costaba conciliar el sueño. Esta era una de las razones por las que conducía. Cuando decidía tomarse un descanso, más porque creía que le convenía que porque estuviera cansado, paraba en una de las estaciones de servicio que había llegado a conocer tan bien.
Se sabía de memoria todas las que había a uno y otro lado de la M1, los servicios que ofrecían, la puntuación de cada una y las distancias entre ellas. Suponía que era lo más parecido a un hogar. Resultaba irónico, considerando cuánto las detestaba antes. Cuando quería algo más que otra taza de café solo, aparcaba la autocaravana en una de las áreas para vehículos pesados y se tumbaba en la parte de atrás durante un par de horas. A menudo le daba rabia estar perdiendo el tiempo, sin hacer nada, sin buscar. Sin embargo, aunque su mente permanecía siempre activa, sus ojos, sus muñecas y sus piernas necesitaban reposo. En ocasiones, cuando se levantaba del asiento del conductor, se sentía como un neandertal encorvado que intentaba ponerse erguido por primera vez en la vida. Así que se obligaba a cerrar los ojos e intentaba tumbarse cuan largo era (metro noventa) en el interior de la caravana durante un máximo de ciento veinte minutos cada veinticuatro horas. Después enfilaba de nuevo la carretera.
Llevaba consigo todo lo que necesitaba: artículos de aseo personal, algunas mudas de ropa. De vez en cuando salía de la autopista y entraba en alguna ciudad para acercarse a la lavandería. No le gustaban esas excursiones. Le recordaban la vida cotidiana normal de la mayoría de la gente, que iba a comprar, trabajaba, se juntaba para tomar un café o llevaba a los niños al cole. Eran cosas que él ya no hacía. Cosas que había perdido o a las que había renunciado.
En la autopista, en las estaciones de servicio, la vida normal quedaba en suspenso. Todo el mundo estaba de paso, en un punto intermedio entre su origen y su destino. Ni en un lugar ni en otro. Era un poco como el purgatorio.
Gabe siempre tenía a mano el teléfono y el portátil, junto con dos cargadores y varias baterías de repuesto (jamás volvería a cometer ese error). Cuando no estaba al volante, se dedicaba a tomar café, a leer por encima las noticias —por si acaso había surgido alguna novedad— y a consultar las páginas web sobre personas desaparecidas.
En general eran tablones de anuncios, poco más. Publicaban mensajes dirigidos a los desaparecidos, actualizaban la información sobre cada caso y celebraban actos para concienciar a la gente. Todo con la esperanza desesperada de que alguien en alguna parte viera algo y se pusiera en contacto con ellos.
Gabe los escudriñaba religiosamente. Pero, con el tiempo, empezó a afectarle aquella mezcla de esperanza y desesperación; ver las mismas fotografías una y otra vez, los rostros de personas que habían desaparecido hacía años, décadas, capturados con el destello de un flash. Sus peinados estaban cada vez más pasados de moda y sus sonrisas cada vez más congeladas conforme se sucedían cumpleaños y Navidades en su ausencia.
También aparecían rostros nuevos, casi a diario. Todavía conservaban un halo de vida. Gabe se imaginaba que aún quedaba un hueco en sus almohadas, que un cepillo de dientes permanecía fijo en su soporte, que la ropa en el armario aún olía a limpio y no a moho o a naftalina.
Pero esto acabaría por ocurrir, como con los demás. El tiempo seguiría transcurriendo sin ellos. El resto del mundo continuaría avanzando hacia su destino. Solo sus seres queridos se quedarían en el andén, incapaces de marcharse, de abandonar la vigilia.
Estar desaparecido no es lo mismo que estar muerto. En cierto modo, es peor. La muerte reviste un carácter definitivo. Nos permite llorar la pérdida, celebrar actos en memoria del difunto, encender velas y colocar flores. Decir adiós.
Estar desaparecido es como estar en el limbo. La persona se encuentra atrapada en un paraje extraño y sombrío donde la esperanza brilla con luz tenue en el horizonte, y la angustia y la desesperación sobrevuelan en círculos, como buitres.
Su móvil comenzó a vibrar en el soporte del salpicadero. Gabe echó un vistazo a la pantalla. El nombre que aparecía en ella le erizó el vello de la nuca.
Cuando uno pasaba suficiente tiempo navegando por los afluentes del país a altas horas de la noche, acababa por encontrarse con otros seres nocturnos. Otros vampiros. Camioneros y transportistas de larga distancia, policías, sanitarios, personal de servicio. Como la camarera rubia. Lo había atendido esa noche también. Se la veía maja, pero siempre parecía agotada. Él se imaginaba que había estado casada, pero el marido la había dejado. Ahora trabajaba de noche para poder estar con sus hijos durante el día.
Era algo que Gabe hacía a menudo con la gente: se inventaba historias sobre ellos, como si fueran personajes de una novela. A algunos se les calaba enseguida. Con otros se tardaba un poco más. Y había otros cuya naturaleza no se podía descifrar ni en un millón de vidas.
Como el Samaritano, por ejemplo.
«Dnd estás?», decía el mensaje de texto.
En circunstancias normales, Gabe no soportaba las abreviaturas, ni siquiera en los mensajes de texto —algo que le venía de cuando trabajaba como redactor creativo—, pero al Samaritano se lo perdonaba, por varias razones.
Pulsó el icono del micrófono en la pantalla del teléfono.
—Entre Newton Green y Watford Gap —dijo. Las palabras aparecieron escritas como mensaje. Gabe lo envió.
Al momento, recibió la respuesta: «Nos vemos en Barton Marsh, salida 14. T mando indicacns».
Barton Marsh. Un pueblo situado a las afueras de Northampton. No era muy bonito. Estaba a cincuenta minutos de distancia, por lo menos.
—¿Por qué?
La respuesta constaba de solo tres palabras. Palabras que Gabe llevaba casi tres años esperando oír. Unas palabras que lo aterraban.
«Lo he encontrado.»
4
Estación de servicio de Tibshelf,
salidas 28-29 de la M1
Fran tomó un sorbo de su café. Al menos, suponía que era café. Es lo que ponía en la carta. Tenía pinta de café. Despedía un olor vagamente parecido al del café. Pero sabía a mierda. Ella agitó otro sobre de azúcar. El cuarto. Al otro lado de la pegajosa mesa de plástico, Alice, desganada, jugueteaba con una tostada de aspecto soso que solo salía un poco mejor parada que el café en lo que a cumplir con el código de comercio se refiere.
—¿Te lo vas a comer? —le preguntó Fran.
—No —respondió Alice con aire ausente.
—No me extraña —comentó Fran, dedicándole una sonrisa comprensiva; el esfuerzo ocasionó que le dolieran las mejillas..., al menos ahora conjuntaban con los ojos y la cabeza.
El resplandor de los fluorescentes le había empeorado la jaqueca. No había probado bocado desde la mañana del día anterior. Aunque el estómago no le pedía comida, le palpitaba la cabeza por la falta de alimento y sueño. En parte por eso había decidido parar a tomar un café y comer algo. Ja, ja, y una mierda. No habían conseguido ni lo uno ni lo otro. Se lo tenía bien merecido. Apartó de sí la taza de café.
—¿Tienes que ir al baño antes de irnos?
Alice sacudió la cabeza, pero cambió de idea.
—¿Vamos muy lejos?
Buena pregunta. ¿Iban muy lejos? ¿Cuán lejos sería suficiente? No tenía la menor idea, pero no quería decírselo a Alice. Se suponía que ella era quien mandaba, quien había trazado un plan. No podía confesarle a Alice que simplemente estaba conduciendo lo más deprisa que se atrevía, intentando poner la mayor distancia posible entre ellas y su último domicilio.
—Bueno, es un trayecto largo, pero habrá muchas otras estaciones de servicio por el camino.
Hasta que abandonaran la autopista, claro. Entonces la única opción sería parar en alguna pequeña área de descanso.
Alice puso mala cara.
—Creo que mejor voy ahora —dijo con el mismo entusiasmo que si Fran le hubiera propuesto que entrara en la jaula de un león devorador de carne humana.
—¿Quieres que te acompañe?
Alice vaciló de nuevo. Adolecía, entre otras cosas, de fobia a los aseos públicos. Sin embargo, a sus casi ocho años, tenía una fobia incluso más grande a comportarse como un bebé.
—No, no hace falta.
—¿Seguro?
Alice asintió y, con una adusta determinación que la hacía parecer mucho mayor, se levantó de su asiento. Tras otro breve momento de vacilación, se inclinó sobre la mesa para coger su bolsa, una pequeña mochila rosa con flores moradas estampadas. Alice no iba a ninguna parte sin ella, ni siquiera al lavabo. Se oyó un cascabeleo y un repiqueteo cuando se lo colgó del hombro.
Fran se esforzó por no fruncir el ceño, por no dejar que el miedo se asomara a su rostro. Alzó la taza de café y fingió que bebía de ella mientras Alice se alejaba, con el cabello castaño largo recogido en la coronilla en una cola de caballo, los vaqueros remetidos en las Ugg de imitación y el escuálido cuerpo arrebujado en el largo abrigo de lana gruesa.
La recorrió una oleada de amor primigenio. A veces le ocurría así, de repente. Podía resultar aterrador, el amor que se le profesaba a un hijo. Desde el primer instante en que se sujetaba esa cabecita blanda y pegajosa entre los brazos, todo cambiaba. Se pasaba a vivir en un estado de asombro y terror perpetuos; asombro por haber creado algo tan increíble, terror por la posibilidad de que alguien se lo arrebatara en cualquier momento. La vida se antojaba más frágil y llena de peligros que nunca.
Las únicas ocasiones en que no había que preocuparse por ellos, pensó, era mientras dormían. Era entonces cuando se suponía que estaban a salvo, bien arropados en su cama. El problema era que Alice no dormía en su cama. No siempre. Alice podía quedarse dormida en cualquier parte, a cualquier hora; camino del colegio, en el parque, en el aseo de señoras. En un momento estaba despierta y, al momento siguiente, como un tronco. Daba miedo.
Pero no tanto como cuando se despertaba.
Fran pensó en la mochila. En ese cascabeleo continuo. El pánico revoloteaba en su pecho como una polilla oscura.
Alice contemplaba el símbolo del lavabo de señoras: una mujer con una falda triangular. Unos años atrás, creía que significaba que no se podía entrar con pantalón. En ese momento no quería entrar. El miedo le atenazaba la tripa, lo que naturalmente aumentaba sus ganas de hacer pis.
Lo que la atemorizaba no eran los aseos, ni siquiera los ruidosos secadores de manos (aunque antes le daban un poco de miedo). Era otra cosa. Algo difícil de evitar en cualquier baño, pero sobre todo en los aseos públicos, con aquellas hileras de lavabos y rincones inesperados.
Los espejos. A Alice no le gustaban los espejos. La asustaban desde que era muy pequeña. Uno de sus primeros recuerdos era de un día que, después de jugar a arreglarse, había subido las escaleras para mirarse en el espejo grande que su mamá tenía en su habitación. Se había quedado parada delante de él, espléndida con su vestido de Elsa... y de pronto se había puesto a gritar.
No todos los espejos representaban un problema. Algunos eran seguros. Ella no sabía por qué. No podía explicarlo, como tampoco podía explicar por qué otros resultaban peligrosos. Los espejos que entrañaban más riesgo eran aquellos con los que no estaba familiarizada. Los que no conocía. Era en esos espejos donde veía cosas; eran esos espejos los que podían hacer que sufriera una caída.
«Todo irá bien —se aseguró a sí misma—. Mantén la vista baja. No mires para arriba.»
Respiró hondo y abrió la puerta. El olor empalagoso a ambientador y a desinfectante acre le formó un nudo en la garganta y le provocó unas ligeras náuseas. No había nadie más en los aseos, lo que resultaba un poco extraño, aunque, por otro lado, era temprano y había poca actividad en la estación de servicio.
Sin despegar los ojos del suelo, Alice se dirigió a paso veloz al retrete más cercano y cerró la puerta. Tras sentarse en el inodoro, hizo un pis rápido, se limpió a toda prisa, tiró de la cadena y salió de nuevo, intentando mantener la mirada baja en todo momento. Ahora venía lo difícil. Ahora tenía que acercarse a la pila y lavarse las manos.
Casi lo consiguió. Pero el dispensador de jabón no funcionaba. Apretó una y otra vez y entonces alzó la vista. No pudo evitarlo. O tal vez había algo en aquel brillo prohibido que la atraía, como una puerta ligeramente entornada que incitaba a abrirla de par en par para ver qué había al otro lado.
Vislumbró su reflejo. Aunque en realidad no era suyo. De hecho, ni siquiera se trataba de un reflejo. Era una niña parecida a ella, pero unos años mayor. A diferencia de Alice, que era morena de ojos azules, la otra chica era pálida, casi albina, con cabello blanco y unos ojos que semejaban canicas de un gris lechoso.
—Alisss.
Incluso su voz sonaba descolorida e insustancial, como si se la llevara la brisa.
—Ahora no. Vete.
—Chsss. Chsss. Tranquiiila.
—Déjame en paz.
—Te necesssiiito.
—No puedo.
—Necesito que dueeermas.
—No. No tengo...
Pero antes de que sus labios pudieran formar la palabra «sueño», los párpados de Alice se cerraron de golpe y ella se desplomó.
5
«Lo he encontrado.»
¿De verdad era posible, después de tanto tiempo? Además, Gabe tenía muy claro lo que el Samaritano no había dicho. Había dicho «Lo he encontrado», no «La he encontrado». A menos que estuviera ocultándole la verdad a Gabe para protegerlo. Pero entonces, ¿por qué le había pedido que fuera hasta allí? Esas palabras encerraban algo más. Lo intuía. Una mentira por omisión. «Lo he encontrado.» ¿Y?
Siguiendo los nombres de lugares extraños, que miraba con ojos entornados, conducía la autocaravana por carreteras que se le antojaban demasiado estrechas y tortuosas. Gabe siempre experimentaba una dislocación momentánea cuando salía de la autopista. Era como cortar una cuerda de seguridad. Como seccionar un cordón umbilical. Como precipitarse en el vacío sin paracaídas.
El pánico le arañaba el subconsciente con garras febriles. Pánico ante la posibilidad de que se hubiera cruzado con ella sin darse cuenta, dejando que se le escurriera entre los dedos. Una vez más. Un pánico irracional, absurdo. Pero no podía evitarlo. La autopista, esa era su única pista. El lugar donde la había visto por última vez. El lugar donde la había perdido.
Se supone que un padre está dispuesto a hacer cualquier cosa por su hijo. Lo que sea. Y él acababa de ver desaparecer a su hija. Había dejado escapar aquellas luces traseras. Se habían esfumado. Desvanecido sin dejar rastro. Él había recreado ese momento en su mente una y otra vez. Ojalá hubiera reaccionado de otra manera. Ojalá no hubiera abandonado la carretera. Ojalá hubiera seguido a aquel viejo cacharro de mierda. Ojalá, ojalá.
«La maravillosa clarividencia a posteriori.» Pero en realidad no tenía nada de maravillosa. Era una timadora de tres al cuarto. Una presentadora de un concurso con un vestido de lamé dorado y un peinado hortera que te enseña en tono burlón lo que podrías haber ganado:
«Si hubiera sido usted más rápido y valiente, si se hubiera esforzado más, si no fuera tan cobarde. Pero démosle un aplauso, señoras y señores. Ha sido un gran concursante. Aunque no deja de ser un perdedor. Un puto fracasado.»
Agarrando el volante con más fuerza, echó un vistazo al reloj: las 2.47 de la madrugada. El cielo aún era una franja de terciopelo de un negro intenso perforada por unos cuantos puntos de luz diminutos. Faltaba un buen rato para que el amanecer la arrastrara hacia un lado. A mediados de febrero, eso tardaría unas tres horas en ocurrir, por lo menos.
Gabe se alegraba de ello. Prefería la oscuridad. Le gustaba más esa época del año. En octubre, los días empezaban a hacerse más cortos, lo que suponía tanto un alivio como un fastidio para él. Las largas horas de verano ocasionaban que saliera más gente a la autopista: familias apretujadas en sus coches que se dirigían a sus destinos vacacionales. Unos rostros sonrientes, emocionados y contentos. Otros, sudorosos, vociferantes, agotados. Gabe veía a Izzy en todos ellos.
En una o dos ocasiones, al principio, él había estado a punto de echar a correr tras un par de niñas pequeñas, convencido de que eran ella. Ambas veces se había percatado de su error justo a tiempo para no hacer el ridículo (o recibir un puñetazo en la cara de un padre furioso). Se había ahorrado la humillación, pero no una decepción que le había desgarrado las entrañas.
Cuando llegó octubre, las hordas de familias se habían disuelto para volver al colegio y el trabajo, a los desplazamientos rutinarios. Sin embargo, cedieron paso a otros acontecimientos, otras celebraciones: Halloween, la Noche de Guy Fawkes. Al parecer, durante todo el año se realizaban festividades concebidas para evitar que los solitarios se olvidaran de su soledad. Sin hijos, con los ojos iluminados por los destellos y centelleos de los fuegos artificiales. Sin una media naranja a la que abrazar y arrimarse para combatir el frío del otoño.
La Navidad era la peor festividad, la más invasiva. Uno podía evadirse de las demás celebraciones en las carreteras, la autopista, las estaciones de servicio, al menos en buena parte. En cambio, la Navidad —la puñetera Navidad— lo invadía todo, y cada año empezaba un poco antes.
Hasta las estaciones de servicio hacían intentos cutres de poner adornos y árboles de Navidad torcidos, con cajas vacías y mal envueltas debajo. Las tiendas se llenaban de baratijas navideñas para quien se dirigiera a una cena familiar y se hubiera olvidado de comprarle un regalo a la tita Edna. Y luego estaban los villancicos. Eso lo llevaba más allá del borde de la locura. Tener que escuchar una y otra vez la misma docena de villancicos, que ni siquiera eran los originales, sino unas versiones irritantemente malas. Después del primer año, se había comprado unos auriculares muy caros con cancelación de ruido para aislarse de ellos y escuchar su propia selección de canciones más sensibleras y menos alegres.
Gabe odiaba la Navidad. Cualquiera que haya perdido a un ser querido la odia. La Navidad incrementa tu dolor hasta el nivel once. Se mofa de tu pérdida con cada abeto relumbrante y cada nota de The First Noel. Te recuerda que no hay descanso, no hay tregua. Tu angustia es incesante, e incluso si consigues apartarla de ti como una caja de adornos, siempre regresa. Reaparece cada año, tan familiar como el fantasma putrefacto de Jacob Marley.
Cuanto más lejos quedaba la Navidad, más tranquilo se sentía. Pero no contento. Gabe nunca estaba contento. Sospechaba que esa vía emocional ya estaba cerrada para él. Pero había alcanzado cierta resignación, no a que Izzy hubiera desaparecido, sino al hecho de que ahora su vida era así: cruel, triste, cansada, dura. Pero estaba conforme con eso. Hasta que la encontrara. Costara lo que costara.
Un letrero amarillo surgió de las tinieblas más adelante: BARTON MARSH: 3 KILÓMETROS. Siguiente salida a la derecha. Un semáforo con flecha. Puso el intermitente y giró. Laurie Anderson cantaba sobre Hansel y Gretel, que habían crecido y se habían hartado el uno del otro. Los finales felices no existían, pensó Gabe.
La curva lo llevó a una carretera comarcal aún más angosta y tortuosa. No había farolas, solo algunos ojos de gato esporádicos que le dedicaban guiños desde el medio de la calzada. Su teléfono tintineó al recibir un mensaje.
«Cuánto te falta?»
«3 km.»
«Has pasado una granja?»
«No.»
«Cuando la pases, busca un área de descanso. Aparca. Sigue un sendero por el bosque.»
«Vale.»
«Un sendero por el bosque», pensó.
Le picaba el cuero cabelludo. Por un momento, se preguntó qué había llevado al Samaritano a un paraje tan apartado. Acto seguido decidió que prefería no saberlo.
Se obligó a concentrarse de nuevo en la carretera. A su izquierda, un letrero emergió de la penumbra: GRANJA OLD MEADOWS. En efecto, solo unos metros más adelante, a la derecha, avistó un área de descanso, con la señal de «P» casi oculta por el follaje de los árboles.
Paró detrás del único otro coche que estaba aparcado allí, un BMW negro. Tenía unos años, y la matrícula medio tapada por el barro, no lo suficiente para llamar la atención de la policía, pero lo justo para que costara leerla a primera vista. Tanto la luneta como las ventanillas traseras estaban tintadas, pero Gabe dudaba que fuera para mayor comodidad de los pasajeros.
Después de apagar el motor de la caravana, cuyos fuertes resoplidos debieron de oírse desde la casa de labranza, abrió la guantera y sacó una linterna pequeña. Acto seguido, cogió su gruesa parka del asiento del copiloto y se la puso. Bajó del vehículo y cerró con llave, aunque seguramente no hacía falta. Estaba remoloneando. Dando largas al momento que tanto temía.
«Un sendero por el bosque.»
Gabe dudaba que algo bueno pudiera salir de seguir un sendero para internarse en el bosque, de noche y a solas.
Encendió la linterna y echó a andar.
6
Ocho minutos. Fran consultó su reloj. Alice tardaba más de la cuenta en volver. Incluso teniendo en cuenta su fobia a los baños, ocho minutos eran demasiados. Fran agarró su bolso y apartó su silla de la mesa.
Caminó a toda prisa por el pasillo principal, que estaba casi desierto a aquella hora de la mañana. Se cruzó con un hombre de aspecto aburrido que limpiaba, embutido en un uniforme varias tallas por debajo de lo que correspondía a su corpachón. Pasó por delante de la tienda de libros y revistas W. H. Smith y las máquinas recreativas, donde —incluso a esa hora, y seguramente hasta que las ranas criaran pelo— estaba sentado un tipo solitario y triste, pulsando los centelleantes botones de una tragaperras. Tras torcer una esquina, entró en el aseo de señoras.
—¡Alice!
