Los crímenes de Saint-Malo (Comisario Dupin 9)

Jean-Luc Bannalec

Fragmento

El primer día

El primer día

—Un trozo de brillat-savarin, por favor.

Vaciló un instante, pero al final Georges Dupin, comisario de la policía de Concarneau, no pudo contenerse. Se le hacía la boca agua. Era uno de sus quesos favoritos, un queso blando, peculiar, divino. Triple crème. Especialmente delicioso en una baguete recién salida del horno, crujiente y calentita.

El queso era un alimento básico para Dupin. Si no había más remedio, podía privarse de muchas cosas, pero no del queso, que iba justo después del café en su ranking personal. A continuación, le seguían otras cosas imprescindibles, como la baguete y el vino. Y la buena charcutería. Y, por supuesto, los entrecots. Y las cigalas. De hecho, bien pensado, había tantas cosas que el concepto de imprescindible en sí resultaba absurdo.

Dupin fue de un lado a otro ante el puesto de quesos del fantástico mercado de Saint-Servan, un barrio situado en la parte oeste de Saint-Malo.

—Y otro de langres, por favor.

En el mercado reinaba una gran actividad, pero no había ajetreo. Se percibía el peculiar ambiente de inicio de semana: la gente aún estaba animada y el futuro inmediato parecía superable. También el langres estaba entre los favoritos de Dupin: un queso blando, de color rojo anaranjado, hecho con la leche cruda de las vacas de la región de Champaña-Ardenas y madurado durante varias semanas con calvados. Tenía un sabor intenso, con un toque salado y picante.

—Y póngame también un trozo de rouelle du tarn —añadió tras fingir que dudaba.

Un queso de cabra del sur, de aroma equilibrado, con delicadas notas de nuez.

En el escaparate había docenas de quesos dispuestos en fila y apilados: de leche de cabra, de oveja y de vaca, y de distintos tamaños, formas, texturas y colores. Era una auténtica delicia.

En el letrero que había encima del puesto se leía LES FROMAGES DE SOPHIE. El aire estaba impregnado de distintos aromas a queso que se fundían con los delicados olores procedentes de los puestos que había alrededor: hierbas aromáticas recién cortadas, especias conocidas y exóticas, embutidos, patés, abultados tomates corazón de buey, fresas, frambuesas, frutos secos, fruta confitada, bollería irresistible… Una sinfonía de fragancias con tonos sabrosos y dulces, que abría el apetito y despertaba la gula.

—Pruebe este, señor. Un ferne de la moltais. Es una tomme de la Bretaña, un queso de montaña, de la zona de Rennes. Es de leche de vaca y tiene unos sorprendentes matices afrutados. Es un poco más duro, de una textura fabulosa, ya verá.

La simpática joven, de cabello oscuro y corto, con gafas y un pañuelo azul atado al cuello, le mostró un trozo. Dupin no necesitaba las explicaciones de la vendedora de quesos para entusiasmarse, le bastaba con mirar, pero aquellas palabras hacían que todo resultara aún más delicioso.

—Vamos, lléveselo —le animó con tono severo y las cejas enarcadas la señora mayor de pelo blanco que iba detrás de él en la cola—. Joven, se encuentra usted ante uno de los mejores puestos de queso de la ciudad. Y créame que hay muchos. Salta a la vista que usted no es de aquí.

Sus palabras sonaron a reproche.

Aquella anciana lo había identificado con acierto como forastero, pero el comisario no entendía por qué. Aunque se hallaba «muy al norte», en el límite oriental de la Bretaña del Canal, no muy lejos de la frontera normanda, Saint-Malo formaba parte de la Bretaña. De hecho, la primera reacción de Nolwenn y Le Ber cuando les comunicó que se ausentaría unos días para asistir a un seminario de la policía en Saint-Malo ya le había hecho sospechar que la cuestión era mucho más compleja de lo que parecía. Al parecer, esa ciudad tenía un estatus muy especial, ya que tanto su maravillosa secretaria como su primer inspector solo la habían visitado una vez, y eso que Dupin tenía la impresión de que ambos habían estado varias veces en las demás localidades de la Bretaña. Además, y eso resultaba muy sospechoso, en esta ocasión no había tenido que aguantar ninguna de las prolijas explicaciones que Dupin solía recibir cada vez que se ausentaba de Concarneau y visitaba otro lugar de la Bretaña. Tanto Nolwenn como Le Ber habían mencionado de inmediato el lema de Saint-Malo, que distinguía desde hacía siglos a esa orgullosa ciudad: «Ni Français, ni Breton: Malouin suis!». (¡Ni francés ni bretón, soy malouino!)

Le Ber le había contado de forma sucinta que, entre los siglos XVI y XIX, la ciudad se había enriquecido mucho, primero gracias al comercio textil y luego, sobre todo, por el negocio del corso, la piratería que los monarcas franceses legalizaron. Rica, poderosa e independiente, Saint-Malo pasó de ser una pequeña ciudad a una audaz potencia marítima sin nada que envidiar a las demás. Así se había forjado el carácter malouino: triunfante, dueño de sí mismo, orgulloso. Aunque para muchos como Nolwenn y Le Ber eso más bien significaba soberbio, arrogante y presuntuoso. Para colmo de males, aquella afirmación inusitada, indignante incluso, de no considerarse bretones era una tremenda provocación. En cambio, el hecho de no sentirse franceses despertaba las más cálidas simpatías entre los bretones. Como no podía ser de otro modo, la oposición a todo tipo de dominación extranjera, el amor incondicional a la libertad y la voluntad obstinada de defenderla y salvaguardarla con la vida era algo profundamente bretón, hasta el punto de que Le Ber, al final de su explicación, escueta como pocas, había llegado a una paradoja temeraria: que Saint-Malo no quisiera ser bretona la convertía en una ciudad especialmente bretona; de hecho, genuinamente bretona. Además, pronunció un elogio inmenso: esa región era, «hay que admitirlo», el corazón culinario de la Bretaña. «¡Es un festín de delicias sin igual! —dijo—. De hecho, no solo Saint-Malo, sino toda la región, Dinard y Cancale incluidas.»

En ese momento, la quesera interrumpió los pensamientos de Dupin.

—Afinan la tomme durante más de diez semanas con ingredientes secretos —decía—. El queso bretón está en auge desde hace algunos años, caballero. Los jóvenes afinadores están causando furor con unas creaciones fantásticas.

Dupin adoraba probar comida en las paradas. Formaba parte de la visita al mercado. Siempre salía saciado cuando iba al de Concarneau los sábados por la mañana. Le encantaban esos lugares, unos paraísos culinarios capaces de provocar un dulce delirio con su gran oferta, variedad y abundancia. Un elemento invariable de la rica cultura de los mercados eran también las tiendas de utensilios de cocina, sobre todo ollas y cuchillos. Dupin sentía debilidad por los buenos cuchillos.

El marché de Saint-Servan en Saint-Malo era un mercado especialmente notable. No solo por su ubicación, en el corazón de un barrio muy animado, sino por el edificio que ocupaba, de una belleza excepcional. Dupin dedujo que debía ser de los años veinte. El suelo estaba revestido de grandes baldosas de color beis, mientras que las columnas de los pasillos eran de ladrillo marrón rojizo. Pero lo más impresionante era el omnipresente cristal. La luz bañaba todos los rincones del interior. Los marcos de las ventanas y las puertas estaban pintados en un tono verde turquesa de aire marino, y tanto en los pasillos como sobre el puesto de quesos de Sophie podían verse unos arcos decorativos de metal.

—Póngame un trozo bastante grande.

Dupin estaba embelesado.

—¿Algo más, caballero? —La vendedora sonrió esperanzada—. Tengo también un…

Era el momento de ser sensato.

—No, gracias. Por hoy es suficiente.

La mujer pesó los trozos a una velocidad impresionante y los envolvió, con no menos destreza, en una bolsa de papel de color azul claro en la que se leía «Les Fromages de Sophie». Dupin la cogió encantado.

Sabía muy bien que no era buena idea comprar tal cantidad de queso, y mucho menos comérselo, algo que haría en exceso en los próximos días. El apretado programa de actividades del seminario, que constaba de cuatro hojas apaisadas, contemplaba una cena de restaurante cada noche.

La visita al mercado le había animado de forma considerable. Había empezado tomándose dos cafés en el Café du Théâtre, un establecimiento situado justo en la esquina de la plaza arbolada que había frente al mercado. A las 7.58 de la mañana, cuando llegó al campus de la escuela de policía, los ánimos del comisario ya estaban por los suelos, y a lo largo de la mañana se habían ido desplomado sin cesar hasta la pausa del mediodía. Al menos el día era brillante y estival. En Concarneau todo el mundo le había prevenido del frío y de la lluvia «del norte» incluso entonces, a principios de junio; sin embargo, estaban a veintiocho grados, el sol apretaba y el cielo era de un azul único y muy brillante.

Por desgracia, esa dicha iba a durar poco. La pausa terminaría en veinte minutos. Teniendo en cuenta que, en principio, ese tipo de eventos eran una pesadilla para Dupin, aquel estaba llamado a ser, sin ningún género de dudas, el peor de todos. Un mes antes, el prefecto se había personado en Concarneau sin avisar y, con una sonrisa de oreja a oreja, le había anunciado: «Mi querido comisario, traigo novedades. Una gran distinción». Dupin entonces no pudo ni quiso imaginar lo que el prefecto pretendía decir con esas palabras, pero se temió lo peor. Y lo era.

Durante la primera semana de junio, en la École de Police de Saint-Malo, una de las escuelas de policía de más renombre del país, se celebraría un seminario único, y los prefectos de los cuatro departamentos, tres mujeres y un hombre, podían elegir al comisario o comisaria que les acompañara. No había nada peor que eso. La idea resultaba insoportable: Guenneugues y él, juntos, cuatro días enteros, desde la primera hora del lunes hasta la última del jueves, durante muchas muchas muchas horas. Más tiempo que nunca.

Por lo general, Dupin limitaba al máximo la duración de sus encuentros con el prefecto. La cómoda posición especial de la que había disfrutado durante bastante tiempo gracias a una atractiva oferta de trabajo en París había finalizado al renunciar de forma definitiva a ella bien entrado el otoño anterior, poniendo fin también a la contención del prefecto. Entonces se reanudó la extenuante contienda que mantenían los dos. La frase final de Guenneugues había sido la guinda del pastel: «Debe saber usted que este extraordinario evento constituye un reconocimiento a la dedicación infatigable de todos ustedes. Por ello, los colegas de Saint-Malo han elaborado un atractivo programa de actividades. Ya lo verá».

Para ese team building intensivo se había previsto que todos los participantes se alojaran en la escuela de policía. De pronto, la mente de Dupin se ensombreció con una imagen de puro horror: prefectos y comisarios en habitaciones dobles, o múltiples, obligados a compartir las zonas de aseo. Tras sopesar la posibilidad de sufrir una infección gripal grave el mes siguiente, lo cual, a fin de cuentas, equivaldría a someterse a un arresto domiciliario, Dupin se puso manos a la obra y buscó un hotelito agradable en la zona. Pronto encontró uno, el Villa Saint-Raphaël, una agradable casa de huéspedes situada en el centro de Saint-Servan. Seguro que a Guenneugues no le hizo ninguna gracia cuando se enteró, pero Dupin ya contaba con ello.

Tras un apacible trayecto en coche por el solitario interior de la Bretaña, había llegado a Saint-Malo a última hora de la tarde del día anterior. Constató entonces que no había podido elegir mejor alojamiento. Su habitación, situada justo debajo del tejado, era fabulosa, igual que todo el Villa Saint-Raphaël y su gran jardín. Dupin seguía sin saber muy bien de qué iba ese «seminario único». Ni la documentación remitida con anterioridad ni las apasionadas palabras de presentación de esa mañana de la prefecta del departamento de Ille-et-Vilaine, que ejercía de anfitriona, habían conseguido aclarárselo. La prefecta había mencionado la «mejora de las relaciones laborales operativas y prácticas» entre los cuatro departamentos, para luego añadir con una sonrisa que «sin embargo, lo más importante es conocerse mejor en el ambiente relajado de Saint-Malo y pasar juntos unos días entretenidos y constructivos». Lo decía en serio. En verdad, esas palabras se correspondían con el imponente programa de actividades del que tanto Nolwenn como Le Ber recelaban alegando que a los orgullosos malouinos solo les interesaba velar por su imagen. «Son capaces de convertir un seminario de policía en un espectáculo de relaciones públicas.» A Dupin aquello le pareció una interpretación malévola. Si Concarneau hubiera sido la sede del encuentro, ellos se habrían esforzado por mostrar lo mejor de la región. Era la eterna lucha de los clanes bretones: ¿quién era mejor?, ¿quién era el más bretón de todos? Una tradición ancestral.

En cualquier caso, era una idea curiosa que todos los prefectos y comisarios estuvieran juntos en un mismo lugar. Sin querer, Dupin pensó en el encuentro de druidas de Astérix y Obélix.

Dupin dejó escapar un profundo suspiro y se encaminó hacia la salida del recinto. «¡Continuaremos a las dos en punto!», le había advertido Guenneugues al verlo abandonar el aula del seminario. De todos modos, no estaba lejos de la escuela de policía, que ocupaba un terreno tan amplio como un pueblo pequeño. La prefecta les explicó que ocupaba cuatro hectáreas en una ubicación inmejorable, no muy lejos del casco antiguo de Saint-Malo, el intramuros famoso en todo el mundo, y la playa de la ciudad, igual de conocida.

Dupin reparó en un puesto de embutidos de apariencia deliciosa. Salchichas bretonas, jamones enteros, crudos, cocidos, ahumados.

—¿En qué le puedo ayudar? —preguntó un vendedor muy alto.

—Me…

Unos gritos fuertes y agudos le interrumpieron.

Venían de muy cerca, apenas un par de metros.

Eran estremecedores, de dolor. Dupin se giró rápidamente. A la derecha había un magnífico puesto de especias.

En el extremo posterior, junto a una de las columnas, algo estaba pasando.

Los gritos de dolor cesaron de pronto, pero entonces se escucharon otros distintos, de pánico. Unas voces muy alteradas.

Dupin se apresuró hacia el origen del alboroto. Listo para actuar, con los músculos en tensión.

Los gritos de pánico procedían de dos mujeres con el horror escrito en la cara. Otros visitantes del mercado retrocedían con espanto o empezaban a huir a toda prisa. Se desató el caos.

De pronto, los gritos enmudecieron.

Fue entonces cuando Dupin la vio. Tendida sobre las baldosas brillantes había una mujer, doblada sobre sí misma, inmóvil, apoyada sobre su costado derecho. A la altura del pecho, la camisa blanca de lino había adquirido un tono pavorosamente rojo. El tejido mostraba varias cuchilladas. Y lo más espeluznante: tenía un puñal clavado cerca del corazón.

En un abrir y cerrar de ojos, Dupin se acercó, se agachó, acercó la oreja a su boca y le buscó el pulso en la muñeca y luego en el cuello.

Sacó el móvil del bolsillo de los vaqueros.

—Al habla el comisario Dupin, envíen una ambulancia. Es una emergencia. Al marché de Saint-Servan, junto al puesto grande de especias, cerca de la salida. Es una mujer, apuñalamiento, no reacciona —explicó de forma sincopada, profesional—. Heridas en la zona del corazón. —Escrutó rápidamente a su alrededor hasta que sus ojos dieron con el puesto de cuchillos junto al que había pasado hacía unos instantes y que se encontraba junto al de especias—. Tiene un cuchillo de cocina clavado aún en el cuerpo. Y… —vaciló un instante—, que venga también la policía.

Costaba mucho encontrarle el pulso; era muy débil.

—¡Un médico! ¿Hay un médico por aquí? —gritó Dupin a todo pulmón, todavía agachado—. Soy el comisario de Concarneau. Esta mujer está gravemente herida.

Unos cuantos visitantes del mercado se habían agrupado en torno a él con curiosidad, pero nadie hacía ningún gesto de auxiliarles.

Dupin tenía un mal presentimiento. Aquella mujer estaba muy grave. Ni siquiera gemía.

Una chica de unos doce o trece años se acercó a Dupin y señaló la salida.

—Se ha marchado por ahí a toda prisa. La mujer que lo ha hecho. Ha huido por allí. Luego ha girado a la izquierda.

Dupin se incorporó.

—Es cierto. —Junto a la muchacha apareció una mujer de pelo corto de unos cuarenta años, seguramente su madre—. Había dos mujeres gritándose. Entonces, de pronto una le ha clavado un cuchillo a la otra. Ha sido todo muy rápido. Ha cogido un cuchillo del puesto de aquí al lado… Estaban aquí, junto a la columna, lo he visto de reojo. ¡Vamos! ¡Vaya a por ella!

Dupin vaciló. No podía dejar ahí sin más a la mujer herida.

—Yo me encargaré de ella. Soy maestra y responsable de primeros auxilios en la escuela —le aseguró mientras se inclinaba hacia la mujer.

Dupin se marchó a toda prisa. La policía y los sanitarios estaban al caer.

Iba desarmado. Eso era un fallo.

Pero siguió corriendo.

Alcanzó la salida. Giró a la izquierda y tomó la rue Georges Clemenceau.

En efecto, vio a una mujer que corría a toda prisa.

Dupin aceleró.

Cuando llegó al final de la calle ya había recuperado unos metros.

La mujer volvió a girar a la izquierda. Rue de Siam.

Por desgracia, Dupin no se orientaba mucho en esa ciudad, pero la intuición le decía que no debían de estar lejos del mar; el puerto deportivo tenía que estar cerca, la tarde anterior Dupin había pasado por allí con el coche.

La fugitiva cruzó la calle. Se había percatado de que la perseguían y de vez en cuando echaba un vistazo sobre los hombros sin bajar el ritmo.

Tomó entonces una calle larga y recta.

Cada vez la tenía más cerca. Ahora las posibilidades de atraparla eran reales. Dupin se esforzó al máximo. De pronto, las hileras de casas dieron paso a una amplia panorámica sobre el mar y el puerto deportivo.

Entonces comprendió cuál era el objetivo de la mujer. Un aparcamiento. La calzada se bifurcaba para dejar un espacio lo bastante amplio para dos filas de coches.

La mujer corrió unos metros y luego se metió entre dos vehículos. Las luces traseras de uno de ellos parpadearon dos veces.

Solo veinte metros más. Dupin tenía que apresurarse.

Ella ya estaba sentada en su coche, se oía el motor.

Diez metros.

El coche salió hacia atrás con brusquedad. La mujer dio un volantazo hacia la derecha y frenó con fuerza. Estaba a punto de meter primera.

Dupin alcanzó el coche, un Land Rover pequeño azul oscuro. Sabía que solo tenía una fracción de segundo. Con gesto decidido, asió la manija de la puerta trasera izquierda.

En ese momento el coche dio un salto hacia delante. Dupin perdió el equilibrio y tuvo que soltar la manija al tiempo que la fuerza de la aceleración lo hacía caer al suelo. Mientras rodaba hacia la izquierda, el coche pasó deprisa junto a la hilera de vehículos estacionados.

Se levantó de un salto y corrió tras él.

En cuanto alcanzara el final del aparcamiento, la fugitiva tendría que incorporarse al tráfico por la izquierda. Dupin confiaba en que tal vez entonces redujera la velocidad.

En vano. El Land Rover azul aceleró y se incorporó a la calzada sin miramientos. Los coches estacionados le impedían ver. Tan solo se oía el motor acelerado y, al cabo de un instante, un bocinazo y un impacto metálico ensordecedor seguido por otro.

Dupin había llegado el final de la zona de aparcamiento y corría hacia la calzada.

Solo veía las luces traseras del Land Rover, que al final de la calle dobló bruscamente hacia la izquierda.

Dupin miró a su alrededor: se había producido un choque de vehículos serio. Daba la impresión de que un coche se había precipitado lateralmente contra los vehículos aparcados al intentar esquivar el Land Rover, mientras otro lo había embestido por detrás.

No era para tanto. Dupin se acercó corriendo al primer coche. El conductor, un hombre entrado en los treinta, abrió la puerta.

—¿Está usted herido?

—Yo… Sí… Bueno, no, no. No estoy herido.

El hombre parecía estar bien.

Un peatón que lo había presenciado todo se acercó a toda prisa y sacó el teléfono móvil.

—Llamaré a una ambulancia.

Los coches que venían en dirección contraria también se detuvieron; algunos conductores salieron de sus vehículos, dispuestos a ayudar.

Dupin se dirigió decidido hacia un Peugeot pequeño con unas franjas de rally en los laterales. Un joven de pelo muy corto, que permanecía en el coche con la ventanilla bajada, lo observó mientras se acercaba.

—Comisario Georges Dupin —se presentó sin más explicaciones—. Tengo que tomar prestado su coche durante un rato.

El conductor necesitó un momento para entender lo que Dupin le estaba diciendo. La postura, la mirada y el tono de voz del policía no dejaban lugar a dudas. No estaba bromeando.

—Yo…

—Salga del coche.

Era una orden, no una petición.

Aunque el joven lo miró indeciso, hizo lo que se le pedía. Dupin lo apartó y se metió en el coche.

—¿Cómo voy a recuperar el coche?

El comisario ya estaba sentado al volante.

—Vaya a recogerlo más tarde a la academia de policía.

Dupin cerró la puerta, encendió el motor y pisó a fondo el acelerador. Haciendo honor a su merecida fama de ruidosos, un chirrido ensordecedor le desgarró los tímpanos.

El comisario salió disparado y giró a la izquierda al llegar al final de la calzada. Se encontró en medio de un laberinto de calles y callejuelas. No había ni rastro del Land Rover. Supuso que la fugitiva preferiría ir por calles principales, así que tomó la calle más ancha. Cien metros después, la ruta torcía un poco hacia la izquierda y luego seguía recto. Se encontró entonces con dos coches delante de él; los adelantó a toda velocidad con gesto decidido. Ese pequeño Peugeot era increíblemente manejable. Enseguida entró en uno de los grandes bulevares y decidió tomar la dirección hacia la salida de la ciudad.

Era muy posible que lo que estaba haciendo fuera inútil, pero abandonar a estas alturas habría sido para él como rendirse sin presentar batalla.

Se acercó a una gran rotonda con unos árboles altos en el centro. Tuvo que hacer un par de adelantamientos temerarios, uno de los cuales salió bien de puro milagro.

Pasada la rotonda, la calzada se ensanchaba aún más, pero Dupin tuvo que frenar de golpe. Un atasco.

—¡Genial! —masculló.

Seguía sin haber ni rastro de un Land Rover azul oscuro, aunque quizá fuera por el gran autobús escolar que había algunos vehículos más adelante. Avanzaron muy despacio hasta llegar a otra rotonda. Por fin, un gran indicador señalizó la N176, una vía de cuatro carriles conocida como la autopista bretona.

De repente, sin motivo aparente, el atasco desapareció. En un santiamén, el velocímetro del Peugeot pasó a marcar los ciento veinte kilómetros por hora. En unos instantes Dupin tendría que elegir entre dirigirse hacia el monte Saint-Michel y Normandía, es decir, hacia el este, o tomar la salida hacia Saint-Brieuc, al oeste.

—¡Maldita sea!

Apenas había acabado de renegar cuando le pareció distinguir un coche oscuro y alto a lo lejos que tomaba la N176 en dirección Saint-Brieuc. Dupin se mantuvo en el carril derecho. Entonces le sonó el teléfono. No era un buen momento.

Pisó a fondo el acelerador. El motor enfatizó la acción soltando unos fuertes rugidos.

La calzada dibujaba una ligera curva que le permitió distinguir el vehículo con más claridad.

Era el Land Rover. Sin duda. Esa vez no se le escaparía.

¿O tal vez sí? Por mucho que pisara el acelerador, no conseguía superar los ciento setenta kilómetros por hora. Poco a poco, la distancia aumentaba sin que Dupin pudiera hacer nada al respecto.

No le quedó más remedio que observar impotente cómo la mujer huía en su Land Rover.

—¡No puede ser!

Dupin golpeó con fuerza el volante.

Había perdido la partida. Ella se le había vuelto a escapar.

—Menuda mierda.

De nuevo oyó el penetrante sonido de su móvil. Lo sacó con la mano derecha. Seguía circulando a gran velocidad por el carril rápido, negándose a admitir su fracaso.

—Diga —saludó con tono furioso.

—Guenneugues al habla —respondió su superior con un claro tono de disgusto—. Llevamos dieciocho minutos esperándole. A primera hora de la tarde hay previsto un ejercicio por parejas. ¿Cuándo le parece que podremos contar con su ilustrísima presencia?

—Estoy… —Dupin consideró la posibilidad de colgar. No era una buena idea. Era imposible evitar esa conversación. Debía informar de lo ocurrido.

—Su conducta es inaceptable. Usted…

—Ha habido una agresión muy grave con un cuchillo en el mercado de Saint-Servan. Yo… —Dupin debía dejar absolutamente claro que no había tenido más remedio que intervenir—, bueno, prácticamente he sido testigo del ataque. —Por otra parte, tampoco podía levantar ni la menor sospecha de haberse involucrado en el suceso—. Bueno, estaba ahí por casualidad. Una mujer ha apuñalado a otra, se ha dado a la fuga y me he visto obligado a emprender la persecución…

—¡Vaya! —El prefecto lo interrumpió con un tono de voz distinto—. Seguro que por eso nuestra anfitriona y su comisaria han tenido que marcharse a toda prisa. ¿Qué ha ocurrido exactamente, Dupin?

—No sé mucho más, señor prefecto. —Una respuesta sincera. Emplear el título siempre ayudaba un poco; de hecho, incluso después de nueve años, a Dupin aún le costaba pronunciar bien su apellido.

—¿Dónde se encuentra usted ahora mismo?

—Estoy en la N176, en dirección Saint-Brieuc, señor prefecto. He iniciado la persecución y tengo un coche, pero… —No podía seguir ocultándolo— lo he perdido.

—¿Lo ha perdido? ¿Usted? ¿Cómo es posible?

Dupin había cambiado al carril derecho y buscó con la vista la siguiente salida. Por mucho que le disgustara, solo podía hacer una cosa: regresar.

—Voy en un coche muy pequeño, no pasa de los ciento setenta.

—¿Qué significa esto? ¿Por qué lleva un coche peque…?

—Señor prefecto, le informaré más tarde. Carezco de dispositivo de manos libres y debo concentrarme en la conducción.

—De acuerdo. Le veo en breve. Voy…

Dupin colgó.

Apenas había dejado el teléfono en el asiento del acompañante con un gesto de frustración cuando este volvió a sonar.

Un número desconocido.

—¿Sí?

—Al habla la comisaria Louane Huppert —se presentó con un tono completamente neutro—. Su colega del seminario.

La comisaria de Saint-Malo.

—La escucho.

—Comisario, me encuentro en el lugar del crimen, donde se ha producido el asesinato que usted…

—¿Ha fallecido?

—Desde luego. Por desgracia, Blanche Trouin ha muerto aquí mismo. Hay una maestra que afirma que un comisario de Concarneau la ha dejado con la mujer herida y…

—¿Ha fallecido antes de que llegara la ambulancia?

La comisaria no se molestó en responder.

—… y se ha lanzado a perseguir a la asesina. En el curso de la persecución, se ha producido una colisión entre dos vehículos; los testigos en el lugar de los hechos han referido a mi colega unas escenas de película. Todo el barrio está alterado. Hay…

—Entonces ¿ya saben quién es la víctima?

—Sí, lo sabemos. Y no solo eso, también sabemos quién es la asesina.

Era asombroso.

—¿Saben quién es la mujer que he perseguido por la N176 y que conduce un Land Rover azul oscuro?

—¿Qué es lo que ha hecho usted?

—¿Quién es?

—Entonces ¿la historia del coche «prestado» se confirma? ¿Un Peugeot 208?

—Había posibilidades reales de detener a esa mujer… —Dupin tenía que presentar del modo más convincente posible el motivo por el que había pedido prestado el coche. El problema era que, si describía de forma demasiado realista las posibilidades de atraparla, el resultado obtenido era muy precario—, pero se escapó de todos modos. ¿Quién es?

—¿La ha dejado escapar?

—La velocidad máxima de este coche es de ciento setenta kilómetros por hora. Entonces ¿saben quiénes son tanto la víctima como la asesina?

—¿Dirección Saint-Brieuc o Normandía?

—Saint-Brieuc.

—¿Dónde la ha perdido aproximadamente?

—En la salida hacia Quévert.

—Bien. La víctima es Blanche Trouin. —Por fin la comisaria respondía a sus preguntas—. Una chef muy famosa. Es la propietaria de un restaurante de Dinard, Le Désir. Una estrella Michelin. Cuarenta y cuatro años.

—¿Y la agresora?

—Lucille Trouin.

Dupin creyó haber entendido mal.

—¿Cómo dice?

—La hermana de la víctima. Dos años más joven, también chef y también famosa. Tiene su restaurante en Saint-Malo. Aunque sigue sin tener estrella, está a punto de conseguirla.

Dupin hizo una pausa. Esa historia era realmente extraordinaria. Entretanto, ya había abandonado la vía de cuatro carriles.

—Usted es consciente de que carece de autoridad para hacer todo lo que ha hecho, ¿verdad?

No se trataba de una pregunta retórica, sino de una simple constatación.

—Soy plenamente consciente de ello. —Comportarse con especial cordialidad no le vendría mal en una situación como esa. Entonces le vino a la cabeza el argumento definitivo—: Solo quería ayudar. Estaba ahí por casualidad y ¿acaso nuestro seminario no va sobre el trabajo en equipo? Entiendo que mi actuación en este caso se basa en ese espíritu. —Había exagerado, y se apresuró a cambiar de tema—. ¿Se sabe ya qué ha ocurrido en el mercado? ¿Hay indicios sobre los motivos por los que la hermana hizo algo semejante?

—Dupin —ni comisario ni señor. Nada—, le ruego que regrese de inmediato al mercado. Al puesto de especias de Blanche Trouin. Le veré allí en unos minutos.

—¿El puesto frente al que ocurrió todo pertenece a la víctima?

La comisaria ya había colgado.

Bueno, al menos en lo referente a su actuación no autorizada, la charla había transcurrido sin contratiempos.

Llegó a una gran rotonda —era como si en aquel lugar hubiera cientos— e intentó orientarse. Tenía que tomar el camino más rápido a Saint-Servan.

Lo mejor era aparcar donde antes lo había hecho la fugitiva, Lucille Trouin, la que había apuñalado a su hermana mayor en medio del ajetreo del mercado.

¿Qué historia podía haber allí? Estadísticamente, los asesinatos en el seno familiar eran los más frecuentes. Pero ¿qué había ocurrido entre ambas hermanas? ¿Qué terrible tragedia se escondía detrás de todo aquello?

Diez minutos después Dupin dejaba el coche en el parking del puerto deportivo, cerca de donde había estado aparcado el Land Rover azul oscuro. Dupin contó cinco coches patrulla con las luces azules encendidas avanzando a toda velocidad en sentido contrario, en busca de la hermana menor, aunque ahora su ventaja parecía insalvable.

Poco después el mercado asomó ante sus ojos.

Dupin llegó al puesto de las especias. Percibió un intenso olor a cilantro, jengibre, cardamomo, comino, curry… El cordón policial era extenso. Los vendedores habían tenido que abandonar sus tiendas.

En el lugar del crimen había un grupo enorme de personas. Al menos había una docena de agentes, personal de la policía científica, los equipos sanitarios de las dos ambulancias apostadas justo delante de la entrada y el forense, que aguardaba junto al cadáver con actitud algo perdida. A un lado, un poco alejadas, Dupin atisbó a la experta en primeros auxilios y a su hija; una mujer policía las estaba atendiendo.

La comisaria Huppert se encontraba un poco aparte, hablando con un miembro del equipo de ambulancias. Era muy alta, casi tanto como Dupin, y delgada. Llevaba el cabello rubio oscuro recogido en una trenza, y tenía unos ojos verdes de mirada despierta y vigilante.

—De acuerdo, sí. Trasladen el cuerpo al laboratorio forense.

El sanitario se acercó al forense y Huppert se volvió hacia Dupin.

—En realidad, los forenses no tienen nada que hacer aquí. Tenemos toda la información. La víctima, la causa de la muerte, la hora. Incluso la asesina. Lo único que falta —añadió con voz tranquila y un tono absolutamente trivial— es el motivo y atrapar a la fugitiva. Todo el mundo sabía que las hermanas no se soportaban. Pero… —Se interrumpió y miró a Dupin con expresión grave—. Dígame. ¿Qué vio? ¿Qué oyó? ¿Qué notó antes de que se produjera el incidente?

—Solo oí los gritos. No vi la discusión ni el ataque.

Dupin resumió lo ocurrido con pocas palabras, desde los primeros gritos de dolor hasta la persecución a pie y luego en coche. La comisaria Huppert lo escuchó con atención.

—Aquí, la experta en primeros auxilios se hizo cargo de la situación. —Dupin la señaló con la cabeza.

—Lo sé. No pudo hacer nada por ayudarla. Cuando llegó la ambulancia, Blanche Trouin ya había fallecido.

Tras la última sílaba, el teléfono de Dupin comenzó a sonar. Se apresuró a sacarlo del bolsillo del pantalón. El momento era de lo más inoportuno, pero se trataba de Nolwenn.

—Un momento. Vuelvo enseguida.

Se alejó unos pasos antes de que la comisaria Huppert pudiera decir algo.

—Me pilla muy mal ahora mismo… —contestó entre susurros.

—¿Ha sido usted?

—¿Cómo dice?

—El de la persecución de coches en la N176.

—Yo solo…

Seguramente lo había oído en los canales internos de la policía. Se había emitido una orden de búsqueda del Land Rover. A esas alturas, toda la policía bretona debía de estar al corriente.

—¿Ha permitido que escapara? —Nolwenn criticaba con frecuencia el modo de actuar de Dupin, pero esta pregunta tenía un tono extrañamente mordaz—. Solo le puedo decir una cosa —prosiguió—: manténgase al margen, señor comisario. Este caso es competencia de Saint-Malo y esos siempre se las dan de saberlo todo. Y, además, las cosas por ahí funcionan de otro modo.

Hasta entonces, su fabulosa secretaria nunca le había pedido que se mantuviera al margen de una investigación. Desde luego, los sentimientos encontrados de la mujer sobre Saint-Malo le parecían muy peculiares.

—Ahora mismo estoy hablando con la comisaria, Nolwenn. Me encuentro en la escena del crimen.

—Retírese de la investigación, señor comisario. Le puede acarrear graves problemas. Céntrese en el seminario y vuelva a casa. —A continuación, con un tono algo más conciliador, añadió—: O céntrese mejor en los aspectos culinarios. El programa de actividades prevé algunas cenas excepcionales.

—Nolwenn, debo seguir.

Aguardó un momento antes de colgar. No quería parecer demasiado brusco.

—Hasta luego, señor comisario.

Dupin se volvió a guardar el móvil en el bolsillo.

Sin duda, Nolwenn tenía razón. Sus problemas serían considerables si se entrometía. Mientras hablaba por teléfono había mirado discretamente a su alrededor en busca de la bolsa de papel azul claro con el queso que había dejado por allí. No la vio por ningún lado.

Se volvió a acercar a Huppert, que no le había quitado los ojos de encima.

—Mi colaboradora de Concarneau…

—Nolwenn.

La expresión de Dupin dejó entrever un asomo de orgullo. Al parecer, Nolwenn era una auténtica celebridad en la Bretaña.

—¿Dónde nos habíamos quedado? —preguntó Dupin—. Me estaba diciendo que todo el mundo sabía que las hermanas no se podían ni ver.

—Digamos que entre ellas existía una fuerte rivalidad. También en público. Su enemistad era manifiesta.

—Pero debía de ser algo más que una simple rivalidad. Casi todos los hermanos compiten entre ellos. Por fuerza tuvo que haber un detonante que las llevara a un extremo tan trágico.

—Desde luego —corroboró la comisaria sin más, como si creyera que esa era una conclusión muy manida.

—¿Tienen familia? ¿Pareja, hijos?

—Ninguna tiene hijos. Los padres murieron. La mayor estaba casada. Luego iré a ver al marido. La menor tiene pareja estable. También lo visitaré. Y, ahora, usted llevará el coche que ha tomado prestado a la escuela de policía, tal y como le ha prometido a su propietario. Después puede seguir la sesión en el aula.

La comisaria, al parecer, quería seguir sola. No daba la impresión de querer provocarle con sus palabras, al menos no había empleado un tono irónico.

—Yo, por desgracia, ya no podré participa

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