A BORDO DEL TPA 545
5.18 H
Emily Jansen suspiró aliviada. El largo vuelo se acercaba a su fin. La luz de la mañana entraba a raudales por las ventanillas del avión. En su regazo, la pequeña Sarah entornó los ojos ante el insólito resplandor mientras sorbía ruidosamente las últimas gotas del biberón, para apartarlo acto seguido con sus diminutos puños.
—Estaba bueno, ¿verdad? —dijo Emily—. Muy bien... ahora, arriba...
Levantó a la niña sobre su hombro y comenzó a darle palmaditas en la espalda. El bebé dejó escapar un sonoro eructo y su cuerpo se relajó.
En el asiento contiguo, Tim Jansen bostezaba y se restregaba los ojos. Había dormido toda la noche, desde la salida de Hong Kong. Emily nunca dormía en los aviones; se ponía demasiado nerviosa.
—Buenos días —dijo Tim, mirando su reloj—. Sólo quedan un par de horas, cariño. ¿Hay noticias del desayuno?
—Todavía no —respondió Emily, moviendo la cabeza en un gesto de negación.
Habían cogido un chárter de TransPacific Airlines en Hong Kong. El dinero que se ahorrarían en el pasaje les vendría de perlas para asuntos domésticos cuando llegaran a Colorado, donde Tim comenzaría a trabajar como profesor adjunto en la universidad local. El viaje había sido bastante agradable —estaban en las primeras filas—, pero la tripulación parecía bastante desorganizada y las comidas se servían a horas insólitas. Emily había rechazado la cena porque Tim dormía y ella no podía comer con Sarah dormida en su regazo.
Incluso en esos momentos la tripulación actuaba con una indolencia que sorprendía a Emily. Por ejemplo, dejaban la puerta de la cabina abierta. Sabía que los asiáticos acostumbraban hacer esa clase de cosas, pero aún así a Emily le parecía inapropiado; había una atmósfera demasiado informal, demasiado relajada. Los pilotos se paseaban por el avión durante la noche, charlando con las azafatas. Uno de ellos salía precisamente en ese momento en dirección a la parte trasera del avión. Naturalmente, debía de hacerlo para estirar las piernas. Para mantenerse alerta y esas cosas. El hecho de que la tripulación fuera china no le preocupaba en absoluto. Después de un año en China, admiraba la eficacia de los chinos y la atención que prestaban a los detalles. Pero por alguna razón aquel vuelo la ponía nerviosa.
Emily sentó a Sarah en su regazo. La niña miró a Tim y le dedicó una sonrisa radiante.
—Eh, debería inmortalizar este momento —dijo Tim. Rebuscó en un bolso debajo del asiento, sacó una videocámara y enfocó a su hija. Sacudió la mano libre para atraer su atención.
—Sarah... Sarah... Sarah... Una sonrisita para papá. Sonríe... —La niña sonrió y balbució—. ¿Qué se siente al acercarse uno a Estados Unidos, Sarah? ¿Estás preparada para conocer la patria de tus padres?
Sarah soltó una risita y agitó sus diminutas manos en el aire.
—Puede que todos los estadounidenses le parezcan raros —dijo Emily. La niña había nacido hacía siete meses en Hunan, donde Tim estudiaba medicina tradicional china.
Emily notó que el objetivo de la cámara la apuntaba a ella.
—¿Y qué opinas tú, mamá? —preguntó Tim—. ¿Estás contenta de volver a casa?
—No, Tim —dijo—. Por favor. —Después de tantas horas de viaje, debía de tener un aspecto horroroso.
—Vamos, Em. ¿Qué piensas?
Tenía que peinarse. Tenía que ir al baño.
—Bueno, lo que de verdad quiero —contestó por fin—, con lo que he estado soñando durante meses, es una hamburguesa con queso...
—¿Con salsa de soja Xu-xiang por encima? —preguntó Tim.
—¡No, por Dios! Una hamburguesa con queso, cebolla, tomate, lechuga, pepinillos y mayonesa. Mayonesa... ¡Dios mío! Y también mostaza.
—¿Tú también quieres una hamburguesa con queso, Sarah? —dijo Tim, volviendo a enfocar a su hija.
Sarah se había cogido el pie con su pequeña manita. Se lo llevó a la boca, alzó los ojos y miró a Tim.
—¿Está bueno? —preguntó Tim, y al echarse a reír, la cámara vibró—. ¿Es tu desayuno, Sarah? ¿No piensas esperar a las azafatas?
Emily oyó un ruido sordo, casi un rugido, que parecía proceder del ala. Giró la cabeza rápidamente.
—¿Qué ha sido eso?
—Tranquila, cariño —aseguró Tim sin dejar de reír.
Sarah también soltó una risita entrecortada y deliciosa.
—Ya casi hemos llegado, cariño —dijo Tim.
Pero mientras hablaba, el avión pareció sacudirse y el morro inclinarse hacia abajo. De repente todo se ladeó en un ángulo absurdo. Emily sintió que Sarah se le escapaba de los brazos. Agarró a su hija y la estrechó contra sí. Era como si el avión cayera en picado, pero súbitamente comenzó a subir, y algo le comprimió el estómago contra el asiento. Su hija era un peso muerto sobre ella.
—¿Qué demonios...? —dijo Tim.
Emily brincó bruscamente del asiento, y el cinturón de seguridad quedó a la altura de sus muslos. Estaba mareada, tenía náuseas. Tim rebotó en el asiento, se golpeó la cabeza contra el compartimiento del equipaje, y la cámara pasó volando ante la cara de Emily.
En la cabina de mando se oían pitidos, alarmas insistentes y una voz metálica que decía: Stall! Stall! ¡Entrada en pérdida! Emily vislumbró los brazos de los pilotos, enfundados en el uniforme azul, moviéndose rápidamente sobre los mandos. La tripulación gritaba en chino. Los pasajeros chillaban histéricamente en todo el avión. Se oía ruido a cristales rotos.
El avión inició otro descenso en picado. Una anciana china resbaló pasillo abajo sobre la espalda gritando a voz en cuello. La siguió un adolescente, dando volteretas en el aire. Emily buscó a Tim con la mirada, pero su marido ya no estaba en el asiento. Las máscaras amarillas de oxígeno se soltaron de sus casillas; pero Emily, aunque había una suspendida delante de su cara, no podía cogerla porque estaba sujetando a la niña.
El empinado descenso —una bajada en picado acompañada de un zumbido ensordecedor— la lanzó contra el respaldo del asiento. Zapatos y monederos volaban como proyectiles por la cabina de pasajeros, chocando con estruendo aquí y allá; los cuerpos se desplomaban contra los asientos o caían al suelo.
Tim había desaparecido. Emily se volvió, buscándolo, y en ese instante un pesado bolso le dio en plena cara: una súbita sacudida, dolor, oscuridad, estrellas. Se sintió mareada, al borde del desmayo. Las alarmas continuaban sonando. Los pasajeros continuaban gritando. El avión continuaba cayendo.
Emily agachó la cabeza, apretó a su pequeña contra el pecho, y por primera vez en su vida se puso a rezar.
TORRE DE CONTROL
DE CALIFORNIA SUR
5.45 H
—Torre de control, aquí TransPacific 545. Tenemos una emergencia.
En el oscuro edificio de control de aproximación de tráfico aéreo de California Sur, el controlador Dave Marshall oyó la llamada del piloto y miró la pantalla del radar. El vuelo 545 de TransPacific procedía de Hong Kong y se dirigía a Denver. Se lo habían pasado desde Oakland unos minutos antes: un vuelo perfectamente normal. Marshall tocó el micrófono que tenía en la mejilla y dijo:
—Adelante, 545.
—Solicito permiso para hacer un aterrizaje de emergencia en Los Ángeles.
El piloto parecía tranquilo. Marshall miró fijamente los parpadeantes bloques verdes de datos que identificaban a cada avión en el aire. El TPA 545 se aproximaba a la costa de California. Pronto sobrevolaría Marina del Rey. Todavía le faltaba media hora para llegar a Los Ángeles.
—Recibido mensaje para realizar un aterrizaje de emergencia —confirmó Marshall—. Especifique la naturaleza de la emergencia.
—Tenemos una emergencia con los pasajeros —respondió el piloto—. Necesitamos ambulancias en tierra. Yo diría que unas treinta o cuarenta ambulancias. Quizá más.
Marshall se quedó atónito.
—Repita, TPA 545. ¿Ha pedido cuarenta ambulancias?
—Afirmativo. Hemos encontrado violentas turbulencias durante el viaje. Hay algunos heridos entre los pasajeros y la tripulación.
¿Por qué coño no me lo has dicho antes?, pensó Marshall. Se giró en la silla, hizo una seña a su supervisora, Jane Levine, que cogió otro par de cascos, sintonizó y escuchó.
—TransPacific, confirme su solicitud de cuarenta ambulancias en tierra —dijo Marshall.
—¡Cielos! —exclamó Levine haciendo una mueca—. ¿Cuarenta?
El piloto seguía tranquilo cuando respondió:
—Afirmativo, torre. Cuarenta.
—¿Necesitan también personal médico de emergencia? ¿Qué clase de lesiones han sufrido los heridos?
—No estoy seguro.
Levine, con un gesto, indicó a Marshall que siguiera interrogando al piloto.
—¿Puede darnos un cálculo aproximado del número de heridos?
—Lo siento. No es posible.
—¿Alguna persona ha perdido el conocimiento?
—No, no lo creo —respondió el piloto—. Pero dos han muerto.
—¡Mierda! —exclamó Jane Levine—. Menos mal que ha tenido la amabilidad de contárnoslo. ¿Quién demonios es este tipo?
Marshall tocó una tecla del panel, abriendo un cuadro de datos en la esquina superior de la pantalla. El cuadro especificaba el personal del vuelo 545 de TransPacific.
—Comandante John Chang. Piloto de TransPacific.
—Ya está bien de sorpresas —dijo Jane Levine—. Pregúntale si el avión está en buen estado.
—TPA 545, ¿cuál es el estado del avión? —preguntó Marshall.
—La cabina de pasajeros ha sufrido daños —respondió el piloto—. Pero son daños sin importancia.
—¿Cuál es el estado de la cabina de vuelo? —preguntó Marshall.
—Cabina de vuelo operativa. FDAU normal. —Se refería a la unidad de adquisición de datos, que detecta fallos en la aeronave, y si ésta indicaba que todo estaba en orden, seguramente así era.
—Tomo nota, 545 —dijo Marshall—. ¿Cómo se encuentra la tripulación de vuelo?
—El comandante y el primer oficial están bien.
—545, ha dicho que había heridos entre la tripulación.
—Sí. Dos azafatas han resultado heridas.
—¿Puede especificar la naturaleza de las heridas?
—Lo siento. No. Una ha perdido el conocimiento. La otra, no lo sé.
Marshall sacudió la cabeza.
—Acaba de decirnos que nadie había perdido el conocimiento.
—Yo no me trago nada de esto —dijo Levine. Levantó el teléfono rojo—. Pon una brigada contra incendios en alerta uno. Llama a las ambulancias. Pide especialistas en neurología y traumatología, y que el departamento médico avise a los hospitales de la zona oeste. —Echó un vistazo a su reloj—. Yo llamaré a la Oficina Regional de Control Aéreo. Esto les dará el día.
AEROPUERTO DE LOS ÁNGELES
5.57 H
Daniel Greene era el oficial de servicio en la Oficina Regional de Control Aéreo de la FAA, en Imperial Highway, a setecientos metros del aeropuerto de Los Ángeles. La oficina regional supervisaba las operaciones de vuelo de todas las compañías aéreas comerciales, controlando todos los detalles, desde el mantenimiento de los aparatos hasta la preparación de los pilotos. Greene había llegado temprano para poner orden en su escritorio; su secretaria se había largado la semana anterior, y el jefe de personal se había negado a reemplazarla, aduciendo que, por imposición expresa de Washington, debían aprovecharse las bajas. De modo que Greene puso manos a la obra, farfullando por lo bajo. El Congreso había recortado el presupuesto de la FAA, la Administración Federal de Aviación, exigiéndoles que hicieran más por menos, pretendiendo hacerles creer que el problema estribaba en la productividad y no en la sobrecarga de trabajo. Pero el número de pasajeros aéreos aumentaba en un cuatro por ciento anual, y la flota comercial no rejuvenecía. La combinación de ambos factores repercutía en un mayor trabajo en tierra. Por supuesto, la oficina regional no era la única que tenía que apretarse el cinturón. Hasta el Consejo Nacional de Seguridad en el Transporte estaba en quiebra; el consejo sólo obtenía un millón de dólares al año para la prevención de accidentes aéreos y...
Sonó el teléfono rojo de su escritorio, la línea de emergencia. Levantó el auricular. Era una mujer de la torre de control de tráfico aéreo.
—Acaban de informarnos de un incidente en un vuelo entrante de una compañía extranjera —anunció.
—Ajá. —Greene cogió un bloc de notas. La palabra «incidente» tenía un significado especial para la FAA: correspondía a la categoría inferior de problemas que debían comunicar las compañías. Los «accidentes» incluían muertes o daños estructurales en el avión, y siempre eran graves. Con los incidentes, en cambio, nunca se sabía—. Adelante.
—Es el vuelo 545 de TransPacific, procedente de Hong Kong con destino a Denver. El piloto ha solicitado permiso para hacer un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto de Los Ángeles. Dice que han encontrado turbulencias durante el vuelo.
—¿El avión está en condiciones de navegar?
—Eso han dicho —respondió Levine—. Tienen heridos y han solicitado cuarenta ambulancias.
—¿Cuarenta?
—También tienen dos fiambres.
—Genial. —Greene se puso en pie—. ¿Cuándo llegarán aquí?
—Dentro de dieciocho minutos.
—¡Dieciocho minutos! ¡Joder! ¿Cómo es que me entero tan tarde?
—Eh, el comandante acaba de avisarnos a nosotros, y nosotros os avisamos a vosotros. Ya lo he notificado a los servicios médicos de emergencia y a los bomberos.
—¿Bomberos? ¿No has dicho que el avión está bien?
—¿Quién sabe? —respondió la mujer—. El piloto no parece estar muy bien de la azotea. Puede que sufra un shock. Los pasaremos a la torre dentro de siete minutos.
—De acuerdo —dijo Greene—. Salgo hacia allá.
Cogió su chapa de identificación y el teléfono móvil y se dirigió a la puerta. Al pasar junto a Karen, la recepcionista, preguntó:
—¿Tenemos a alguien en la terminal internacional?
—Kevin está allí.
—Llámalo con el busca —dijo Greene—. Dile que espere al TPA 545, procedente de Hong Kong, que llegará dentro de quince minutos. Ordénale que se quede en la puerta correspondiente y que no permita que se marche ningún miembro de la tripulación.
—Hecho —respondió ella cogiendo el teléfono.
Greene condujo como un rayo por el bulevar Sepúlveda en dirección al aeropuerto. Justo antes de que la carretera descendiese bajo la pista, miró hacia arriba y vio el enorme avión de fuselaje ancho de las líneas aéreas TransPacific —fácilmente identificable por su insignia amarilla en la cola— desplazándose hacia la puerta. TransPacific era una compañía de vuelos chárter con sede en Hong Kong. La mayoría de los problemas que la FAA tenía con las líneas aéreas extranjeras guardaba relación con los vuelos chárter. Muchos eran operadores de bajo presupuesto, que no cumplían las rigurosas condiciones de seguridad de los vuelos regulares. Pero TransPacific tenía una reputación excelente.
Al menos el pájaro ya está en tierra firme, pensó Greene. Y no veía daños estructurales en el reactor de fuselaje ancho. El avión era un N-22, fabricado por Norton Aircraft, una empresa aeronáutica de Burbank. Llevaba cinco años en activo, con un rendimiento y un historial de seguridad envidiables.
Greene apretó el acelerador y atravesó el túnel a toda velocidad, pasando por debajo del gigantesco avión.
Cruzó la terminal internacional corriendo. A través de las ventanas vio el reactor de TransPacific detenido ante la puerta, y las ambulancias dispuestas en fila sobre el asfalto. La primera ya se marchaba, haciendo sonar la sirena.
Greene se acercó a la puerta, mostró su distintivo y corrió por la rampa. Los pasajeros estaban desembarcando, pálidos y asustados. Muchos cojeaban, tenían la ropa desgarrada y ensangrentada. A cada lado de la rampa, el personal médico se congregaba en torno a los heridos.
A medida que se acercaba al avión, el nauseabundo olor a vómito se hacía más intenso. Al llegar a la puerta, una asustada azafata de TransPacific lo empujó hacia atrás, hablándole en chino como una ametralladora. Él le mostró el distintivo y dijo:
—¡FAA! ¡Es un asunto oficial! ¡FAA! —La azafata se apartó, Greene pasó junto a una madre abrazada a un niño, y entró en el avión.
Observó el interior y se detuvo en seco.
—¡Dios mío! —susurró—. ¿Qué ha ocurrido en este avión?
GLENDALE, CALIFORNIA
6.00 H
—¿Mamá? ¿Quién te gusta más, el ratón Mickey o Minnie?
De pie en la cocina de su casa, todavía con los pantalones cortos que se ponía para correr los siete kilómetros diarios de rigor, Casey Singleton terminó de preparar un bocadillo de atún y lo metió en la fiambrera de su hija. Singleton, de treinta y seis años, era una de las vicepresidentas de Norton Aircraft, en Burbank. Su hija estaba sentada a la mesa de la cocina, comiendo cereales.
—¿Y bien? ¿Quién te gusta más, el ratón Mickey o Minnie? —repitió Allison. Tenía siete años, y le gustaba clasificarlo todo por orden de preferencia.
—Me gustan los dos.
—Ya lo sé, mamá —dijo Allison, irritada—. Pero ¿cuál te gusta más?
—Minnie.
—A mí también —dijo, apartando el cartón de la leche.
Casey puso un plátano y un termo de zumo en la fiambrera y la cerró.
—Acaba de comer, Allison. Tenemos que prepararnos para salir.
—¿Qué es cccei?
—¿Seis?
—No, mamá. Cccei.
Casey la miró y vio que su hija había cogido su nueva chapa de identificación de la fábrica, que tenía la foto de Casey, su nombre —C. SINGLETON—, y en grandes letras azules: CC/CEI.
—¿Qué es Cccei?
—Es mi nuevo empleo en la fábrica. Soy la representante de control de calidad en la Comisión de Estudio de Incidentes.
—¿Todavía haces aviones? —Desde el divorcio, Allison se mostraba especialmente atenta a los cambios. La más mínima alteración en el peinado de Casey provocaba continuos comentarios; el tema salía una y otra vez durante varios días. De modo que no era sorprendente que se hubiera fijado en la nueva chapa de identificación.
—Sí, Allie —respondió Casey—. Todavía hago aviones. Todo sigue igual. Sólo que ahora me han ascendido.
—¿Todavía eres gerente? —preguntó la niña.
El año anterior, Allie había mostrado gran entusiasmo al descubrir que su madre era gerente ejecutiva de la empresa. «Mi mamá es gerente», decía a los padres de sus amigas, causando enorme impresión.
—No, Allie. Ahora ponte los zapatos. Tu padre vendrá a recogerte en cualquier momento.
—Seguro que no —dijo Allison—. Papá siempre llega tarde. ¿Qué quiere decir que te han ascendido?
Casey se agachó y empezó a ponerle las bambas a su hija.
—Bueno —dijo—, todavía trabajo en CC, control de calidad, pero ya no compruebo el estado de los aviones en la fábrica. Lo hago cuando han salido de la planta.
—¿Para asegurarte de que vuelan?
—Sí, cariño. Los revisamos y reparamos cualquier avería que se presente.
—Mejor que vuelen —declaró Allison—, porque si no se estrellarían. —Rió—. ¡Mira que si caen del cielo y destrozan las casas de la gente justo cuando están desayunando cereales! Eso no estaría bien, ¿verdad, mamá?
Casey rió con ella.
—No; eso no estaría nada bien. Los empleados de la fábrica se pondrían muy nerviosos. —Terminó de atar los cordones y apartó los pies de su hija—. Ahora, ¿dónde está la chaqueta del chándal?
—No la necesito.
—Allison...
—¡No hace frío, mamá!
—Pero puede que haga frío durante la semana. Ve a buscar la chaqueta de tu chándal, por favor.
Oyó un claxon fuera y vio el Lexus negro de Jim frente a la casa. Jim estaba detrás del volante, fumando un cigarrillo. Llevaba americana y corbata. Quizá tuviera una entrevista de trabajo, pensó Casey.
Allison corría de un extremo a otro de su habitación, abriendo y cerrando ruidosamente los cajones. Volvió haciendo pucheros, con la chaqueta del chándal sobresaliendo por un costado de la mochila.
—¿Por qué te pones tan nerviosa cuando papá viene a buscarme?
Casey abrió la puerta, y caminaron hacia el coche bajo la brumosa luz de la mañana.
—¡Hola, papá! —gritó Allison, y echó a correr. Jim le respondió agitando la mano y esbozando una sonrisa ebria.
Casey se acercó a la ventanilla de Jim.
—No fumes con Allison en el coche, ¿de acuerdo?
Jim la miró con aire sombrío.
—Buenos días a ti también —su voz sonaba ronca. Se le notaba la cara hinchada y pálida, como si tuviera resaca.
—Habíamos acordado que no fumarías delante de nuestra hija, Jim.
—¿Y tú me has visto fumar?
—Sólo te lo recuerdo.
—Ya me lo has recordado antes, Katherine —protestó él—. ¡Por el amor de Dios, lo he oído un millón de veces!
Casey suspiró. Se había hecho el firme propósito de no discutir con su ex marido delante de Allison. La psicóloga había dicho que ésa era la razón por la cual Allison había empezado a tartamudear. Ahora hablaba mejor, y Casey procuraba no discutir con Jim, aunque él no hacía nada para ayudarla. Por el contrario, parecía complacerse en dificultar todo lo posible cada encuentro.
—De acuerdo —dijo Casey, procurando sonreír—. Hasta el domingo.
Habían acordado que Allison pasaría una semana al mes con su padre. Se marchaba el lunes y volvía el domingo siguiente.
—Hasta el domingo —dijo Jim con sequedad y una pequeña inclinación de cabeza—. A la hora de siempre.
—El domingo a las seis.
—¡Cielos!
—Sólo quería asegurarme de que te acordabas, Jim.
—Mentira. Lo que haces es controlar, como siempre...
—Por favor, Jim, no discutamos.
—Por mí, muy bien —espetó él.
Casey se inclinó.
—Adiós, Allie.
—Adiós, mamá —dijo Allison, pero sus ojos ya tenían un aire ausente y su voz había adquirido un tono de frialdad; incluso antes de abrocharse el cinturón de seguridad, había transferido su lealtad a su padre. Jim pisó el acelerador, y el Lexus se alejó, dejando a Casey en la calzada. El coche dobló la esquina y desapareció.
Al final de la calle, vio la figura encorvada de su vecino, Amos, paseando a su huraño perro. Al igual que Casey, Amos trabajaba en la fábrica. Ella lo saludó con la mano y él le devolvió el saludo.
Regresaba a la casa a vestirse para el trabajo cuando vio un sedán azul aparcado al otro lado de la calle. Dentro había dos hombres. Uno leía el periódico; el otro miraba por la ventanilla. Casey se detuvo un momento. Hacía poco habían entrado a robar en casa de su vecina, la señora Álvarez. ¿Quiénes eran aquellos hombres? No parecían gamberros: tenían veintitantos años y un aspecto atildado y vagamente militar.
Casey pensó en coger el número de la matrícula pero en ese preciso instante su busca comenzó a emitir un pitido electrónico. Se lo desprendió de los pantalones y leyó:
♦♦♦JM CEI 0700 SB AOTLJ
Suspiró. Las tres estrellas significaban que el mensaje era urgente: John Marder, el mandamás de la fábrica, convocaba una reunión de la CEI, la Comisión de Estudio de Incidentes, a las siete de la mañana en la Sala de Batalla. La nota final confirmaba la urgencia en el argot de la fábrica: AOTLJ.
Acude o te la juegas.
AEROPUERTO DE BURBANK
6.32 H
El tránsito de la hora punta avanzaba lentamente bajo la pálida luz de la mañana. Casey giró el espejo retrovisor y se inclinó para inspeccionarse el maquillaje. Aunque era atractiva, su corta melena castaña y sus largas piernas atléticas le daban un aire ligeramente masculino. Jugaba como primera base en el equipo de softball de la fábrica. Los hombres se sentían cómodos a su alrededor, la trataban como a la hermana menor, y eso le venía muy bien en la empresa.
De hecho Casey tenía pocos problemas allí. Había crecido en las afueras de Detroit y era la única hija mujer de un redactor del Detroit News. Sus dos hermanos mayores eran ingenieros y ambos trabajaban para la Ford. Su madre había muerto cuando ella era muy pequeña, de modo que se había criado en el seno de una familia de hombres. Nunca había sido lo que su padre llamaba «una niña femenina».
Tras licenciarse en periodismo en la Universidad de Southern Illinois, Casey había seguido los pasos de sus hermanos en la Ford. Sin embargo, escribir comunicados de prensa le parecía una actividad poco interesante, así que aprovechó el programa de formación continua de la empresa para sacarse un master en administración de empresas. Mientras tanto, se casó con Jim, un ingeniero de la Ford, y tuvieron una hija.
Pero la llegada de Allison había acabado con el matrimonio; ante el cambio de pañales y los horarios del biberón, Jim empezó a trasnochar y beber. Con el tiempo se separaron. Cuando Jim anunció que se mudaba a la costa Oeste para trabajar en la Toyota, Casey decidió seguirlo. Quería que Allison se criara cerca de su padre. Estaba harta de los conflictos políticos dentro de la Ford y de los deprimentes inviernos en Detroit. California le ofrecía la oportunidad de empezar de cero. Se veía a sí misma conduciendo un descapotable, viviendo cerca de la playa en una casa con mucha luz y palmeras junto a las ventanas, e imaginaba a su hija creciendo sana y bronceada.
Sin embargo vivía en Glendale, a una hora y media de la playa. Casey se había comprado un descapotable, pero nunca bajaba la capota. Y aunque el barrio de Glendale, donde vivía, era encantador, el territorio de los gamberros comenzaba a escasas manzanas de allí. A veces, por las noches, mientras su hija dormía, oía el ruido sordo de los disparos. A Casey le preocupaba la seguridad de Allison. Le preocupaba su educación en un sistema escolar donde se hablaban cincuenta lenguas. Y le preocupaba el futuro, porque en California la economía seguía mal y el trabajo escaseaba. Jim llevaba dos años en el paro, desde que lo habían despedido de la Toyota por beber. Y Casey había sobrevivido a una y otra oleada de despidos en la Norton, donde la producción se había hundido a causa de la recesión generalizada.
Nunca había imaginado que trabajaría en una compañía de aviación, pero, para su sorpresa, había descubierto que el pragmatismo y la franqueza del Medio Oeste casaban a la perfección con la actitud de los técnicos que llevaban la empresa. Jim la consideraba rígida y «legalista», pero su meticulosidad le había resultado útil en la Norton, donde desde hacía un año era vicepresidenta del Departamento de Control de Calidad, CC.
Le gustaba trabajar allí, aunque su sección tenía una misión casi imposible. Norton Aircraft estaba dividida en dos grandes bloques —producción e ingeniería—, que libraban una guerra constante entre sí. Control de Calidad mantenía una comprometida posición entre los dos. Se ocupaba de todos los aspectos de la producción y supervisaba todos los pasos de fabricación y montaje. Cuando surgía un problema, CC debía llegar al fondo de la cuestión. Y eso rara vez los congraciaba con los mecánicos o los ingenieros involucrados en el problema.
Al mismo tiempo se esperaba que Control de Calidad se ocupara de asesorar a los clientes. Éstos con frecuencia estaban insatisfechos con las decisiones que ellos mismos habían tomado, y culpaban a Norton si las cocinas que habían encargado estaban en el sitio equivocado o si había pocos aseos en el avión. Se necesitaban grandes dosis de paciencia y habilidad política para contentar a todo el mundo y resolver los problemas. Casey, una conciliadora nata, tenía un talento especial para estas cuestiones.
A cambio de caminar sobre una cuerda floja política, los miembros de CC tenían el control de la planta. Como vicepresidenta, Casey estaba involucrada en todos los aspectos del trabajo de la compañía: tenía mucha libertad y una gran responsabilidad.
Sabía que su título era más impresionante que el empleo en sí: Norton Aircraft tenía un montón de vicepresidentes. Sólo en su sección había cuatro, y la competencia entre ellos era feroz. Pero recientemente John Marder la había ascendido, nombrándola representante en la Comisión de Estudio de Incidentes. Era un puesto que exigía dar la cara, y la convertía en candidata presidenta de la sección. Marder no había tomado la decisión a la ligera. Casey sabía que tenía una buena razón para hacerlo.
Al volante de su descapotable Mustang, abandonó la autopista Golden State y siguió por Empire Avenue, circulando paralelamente a la cerca de cadenas que señalaba el perímetro sur del aeropuerto de Burbank. Se dirigió a los complejos comerciales: Rockwell, Lockheed y Norton Aircraft. A lo lejos, vio las filas de hangares, todos con la insignia alada de la Norton en lo alto de la fachada.
Sonó el teléfono del coche.
—¿Casey? Soy Norma. ¿Sabes lo de la reunión?
Norma era su secretaria.
—Voy hacia allí —respondió Casey—. ¿Qué ha pasado?
—Nadie tiene la menor idea —dijo Norma—. Pero no debe de ser nada bueno. Marder ha estado gritando como un poseso a los técnicos y ha convocado a la CEI.
John Marder era el jefe de operaciones de la Norton. Había estado al frente del proyecto del N-22, lo que significaba que había supervisado la fabricación de ese modelo de avión. Era un hombre cruel y a veces temerario, pero siempre conseguía lo que se proponía. Marder estaba casado con la única hija de Charley Norton, y en los últimos años había tomado muchas de las decisiones de ventas. Eso lo convertía en el segundo de a bordo de la compañía, después del presidente. Había sido Marder quien había ascendido a Casey, y era...
—¿... hago con tu ayudante? —preguntó Norma.
—¿Con mi qué?
—Con tu nuevo ayudante. ¿Qué quieres que haga con él? Está esperando en tu oficina. ¿Te habías olvidado de él?
—Vaya, es verdad. —Lo cierto es que se había olvidado. Un sobrino de los Norton iba de una a otra sección de la compañía para ascender en la escala jerárquica. Marder le había asignado el joven a Casey, lo que significaba que tendría que servirle de niñera durante las siguientes seis semanas—. ¿Qué tal es, Norma?
—Bueno, al menos no parece subnormal.
—Norma.
—Es mejor que el último.
Eso no era mucho decir: el último se había caído de un ala durante el montaje de un reactor y había estado a punto de electrocutarse con el equipo de radio.
—¿Cuánto mejor?
—Estoy mirando su expediente —dijo Norma—. Estudió derecho en Yale y tiene un año de experiencia en General Motors. Pero ha estado en la sección de márketing durante los tres últimos meses, y no sabe nada de producción. Tendrás que enseñárselo todo.
—De acuerdo —dijo Casey, suspirando. Marder seguramente esperaba que lo llevara a la reunión—. Dile que me espere delante de la Administración dentro de diez minutos. Y asegúrate de que no se pierda, ¿entendido?
—¿No pretenderás que lo acompañe?
—Sí; mejor que vayas con él.
Casey cerró la tapa del teléfono móvil y consultó su reloj de pulsera. El tránsito se movía despacio. Aún tardaría diez minutos en llegar a la fábrica. Tamborileó impacientemente con los dedos sobre el tablero de mandos. ¿Para qué sería la reunión? Quizá se había producido un accidente, o una catástrofe.
Encendió la radio para oír las noticias. Sintonizó uno de esos programas con llamadas del público, donde un oyente decía: «... no es justo que los niños lleven uniforme en el colegio. Es elitista y discriminatorio...»
Casey pulsó un botón y cambió de emisora.
«... pretenden imponer su idea de la moral al resto de la población. Yo no creo que un feto sea un ser humano...»
Apretó otro botón.
«... estos ataques de la prensa proceden de personas que están en contra de la libertad de expresión...»
¿Dónde demonios dan noticias?, pensó. ¿Se había caído un avión o no?
De repente evocó la imagen de su padre leyendo una gran pila de periódicos nacionales los domingos después de misa, murmurando para sí: «Ésa no es la historia, ésa no es la historia», mientras arrojaba las páginas alrededor del sillón del salón. Pero su padre había sido periodista en los sesenta, y ahora el mundo había cambiado. Todo salía en la televisión. En la televisión y en las ociosas charlas radiofónicas.
Un poco más adelante, vio la puerta principal de la fábrica Norton. Apagó la radio.
Norton Aircraft era uno de los grandes nombres en la historia de aviación estadounidense. Charley Norton, un pionero de la aviación, había fundado la compañía en 1935. Durante la Segunda Guerra Mundial la Norton había fabricado el legendario bombardero B-22, el cazabombardero Skycat P-27 y el C-12 de las Fuerzas Aéreas. En años recientes, Norton había capeado el temporal económico que había dejado a la Lockheed fuera del negocio del transporte comercial. Ahora era una de las cuatro compañías que seguía construyendo aviones para el mercado mundial. Las demás eran Boeing, en Seattle; McDonnell Douglas, en Long Beach, y el emporio europeo Airbus, en Toulouse.
Cruzó el enorme aparcamiento hasta la puerta 7, deteniéndose en la barrera, donde un guardia de seguridad comprobó su chapa de identificación. Como de costumbre, Casey se animó al entrar en la planta de montaje, con la energía de sus tres turnos de trabajo, sus montacargas amarillos arrastrando cajas llenas de piezas. Más que una fábrica, era una pequeña ciudad, con hospital, periódico y servicio de policía propios. Cuando Casey se incorporó a la compañía, trabajaban allí sesenta mil personas. La recesión había reducido el número de empleados a treinta mil, pero la fábrica seguía siendo inmensa con sus veinticinco kilómetros cuadrados de extensión. Allí habían fabricado el N-20, el reactor de fuselaje estrecho; el N-22, de fuselaje ancho, y el KC-22, el avión cisterna de las Fuerzas Aéreas. Veía los principales edificios de ensamblaje, todos de más de un kilómetro de longitud.
Se dirigió al edificio de cristal de Administración, en el centro del complejo. Estacionó en el aparcamiento y dejó el contacto encendido. Vio a un joven con aspecto de colegial, americana informal y corbata, pantalones caqui y mocasines. Cuando bajó del coche, el muchacho la saludó tímidamente con la mano.
EDIFICIO 64
6.45 H
—Bob Richman —dijo, estrechándole la mano con una mezcla de cordialidad y reserva—. Soy tu nuevo ayudante.
Casey no recordaba de qué rama de la familia Norton provenía, pero lo catalogó nada más verlo: dinero en abundancia, padres divorciados, un expediente anodino en colegios caros y un inquebrantable sentido de la jerarquía.
—Casey Singleton —respondió ella—. Entra. Llegamos tarde.
—¿Tarde? —preguntó Richman mientras se subía al coche—. Todavía no son las siete.
—El primer turno empieza a las seis —explicó Casey—. Casi todos los miembros de CC nos ajustamos al horario de la fábrica. ¿No hacíais lo mismo en General Motors?
—No lo sé —respondió él—. Yo estaba en el departamento jurídico.
—¿No ibas a la planta?
—Lo menos posible.
Casey suspiró. Pensó que las seis semanas con aquel crío se le harían interminables.
—¿Así que has trabajado en márketing?
—Sí; unos meses. —Se encogió de hombros—. Pero vender no es lo mío.
Casey condujo hacia el sur, en dirección al edificio 64, la enorme estructura donde se había construido el avión de fuselaje ancho.
—A propósito, ¿qué coche tienes?
—Un BMW —respondió Richman.
—Quizá te convendría cambiarlo —sugirió ella—. Por un coche americano.
—¿Por qué? ¿Se fabrica aquí?
—No se fabrica aquí —corrigió ella—; se monta aquí. Las piezas vienen del extranjero. Los mecánicos de la planta conocen la diferencia. Todos pertenecen al sindicato. A la United Automobile, Aerospace and Agricultural Implements Workers of America. Ya sabes, la UAW.
Richman miró por la ventanilla.
—¿Insinúas que podría pasarle algo a mi coche?
—No lo insinúo; te lo garantizo —afirmó Casey—. Los muchachos no se andan con chiquitas.
—Lo pensaré —dijo Richman. Contuvo un bostezo—. ¡Dios mío, es muy temprano! ¿Adónde vamos?
—A la CEI. La reunión está convocada para las siete.
—¿La CEI?
—La Comisión de Estudio de Incidentes. Cada vez que hay un problema con uno de nuestros aviones, la CEI se reúne para averiguar qué ha ocurrido y qué puede hacerse al respecto.
—¿Con cuánta frecuencia se reúnen?
—Aproximadamente cada dos meses.
—Muy a menudo —dijo el chico.
Tendrás que enseñárselo todo.
—En realidad —aclaró Casey—, una reunión cada dos meses no es mucho. Tenemos tres mil aviones en servicio activo en todo el mundo. Con tantos pájaros en el aire, siempre pasa algo. Y nos tomamos muy en serio el asesoramiento a los clientes. De modo que cada mañana ponemos una conferencia con los representantes del servicio en todo el mundo. Ellos nos informan de cualquier problema que haya causado demoras en los vuelos del día anterior. Casi siempre son asuntos sin importancia: una puerta de lavabo atascada, un fallo en una luz de la cabina de mando. Pero en CC tomamos nota, hacemos un diagnóstico de averías y lo pasamos al Departamento de Apoyo al Producto.
—Ajá... —Parecía aburrido.
—Y de vez en cuando —prosiguió Casey— nos encontramos con un problema que merece una reunión de la CEI. Tiene que ser algo serio, que afecte a la seguridad del vuelo. Al parecer, hoy ha surgido uno de esos problemas. Si Marder ha convocado la reunión para las siete de la mañana, puedes tener la seguridad de que nadie ha chocado con un pajarillo.
—¿Marder?
—John Marder supervisó el proyecto del avión de fuselaje ancho antes de que lo nombraran jefe de operaciones. Así que probablemente se trata de un incidente con el N-22.
Redujo la velocidad y aparcó a la sombra del edificio 64. El hangar gris se alzaba ante ellos, con ocho plantas de altura y más de un kilómetro de longitud. Frente al edificio, el asfalto estaba salpicado de tapones desechables para los oídos. Los mecánicos los usaban para que las remachadoras no los dejaran sordos.
Cruzaron la puerta lateral y entraron en un pasillo que bordeaba el perímetro del edificio. El pasillo estaba jalonado de máquinas expendedoras de alimentos, reunidas en pequeños grupos cada trescientos o cuatrocientos metros.
—¿Tenemos tiempo para un café? —preguntó Richman.
Casey negó con la cabeza.
—No está permitido tomar café en la planta.
—¿No se puede beber café? —gruñó Richman—. ¿Por qué no? ¿Porque se produce en el extranjero?
—Porque es corrosivo. No es bueno para el aluminio.
Casey guió a Richman por otra puerta, hasta la línea de montaje.
—¡Caray! —exclamó Richman.
Los inmensos reactores de fuselaje ancho, parcialmente montados, resplandecían bajo luces halógenas. Quince aviones en diversos estadios de construcción estaban dispuestos en dos largas filas bajo el techo abovedado. Directamente encima de ellos, Casey vio a los mecánicos que instalaban las puertas de las bodegas. Los cilindros del fuselaje estaban rodeados de andamios. Detrás del fuselaje se alzaba una selva de grúas gigantescas pintadas de color azul oscuro. Richman pasó por debajo de una de ellas y miró hacia arriba, boquiabierto. Era ancha como una casa y alta como un edificio de seis plantas.
—Increíble —dijo. Señaló hacia una superficie ancha y plana en la parte superior—. ¿Eso es el ala? —El estabilizador vertical —respondió Casey.
—¿El qué?
—La cola, Bob.
—¿Eso es la cola? —preguntó Richman.
Casey asintió con un gesto.
—El ala está allí —dijo, señalando hacia el otro extremo de la planta—. Tiene setenta metros de largo, casi tantos como un campo de fútbol.
Sonó un claxon. Una de las grúas comenzó a moverse. Richman se volvió para mirar.
—¿Es la primera vez que visitas la planta?
—Sí... —Richman giró sobre los talones, mirando hacia todas partes—. Impresionante.
—Son aparatos muy grandes —asintió Casey.
—¿Por qué son de color verde lima?
—Pintamos los elementos estructurales con una capa de resina para evitar la corrosión. Y también los paneles de aluminio, por si se golpean durante el montaje. Están muy pulidos y son muy caros. De modo que dejamos la capa de resina hasta que llega el momento de meterlos en la cámara de pintura.
—No se parece en nada a General Motors —dijo Richman, todavía girándose para mirar alrededor.
—Claro que no —dijo Casey—. Comparados con estos aviones, los coches parecen juguetes.
Richman se volvió, asombrado.
—¿Juguetes?
—Piénsalo —dijo ella—. Un Pontiac tiene cinco mil piezas, y puede montarse en dos turnos de trabajo. Dieciocho horas. Eso no es nada. Estos cacharros —señaló los aviones que se alzaban sobre ellos— son criaturas completamente distintas. El reactor de fuselaje ancho tiene un millón de piezas y tarda setenta y cinco días en montarse. Ningún otro producto manufacturado en el mundo presenta la complejidad de un avión comercial. No hay nada que se le acerque siquiera. Y no se fabrica ninguna máquina que dure tanto tiempo. Coge un Pontiac, úsalo todo el día, todos los días, y verás lo que pasa. Se desmontará en unos pocos meses. Pero nosotros diseñamos nuestros reactores para que vuelen sin problemas durante veinte años y para que duren el doble del período de servicio activo.
—¿Cuarenta años? —preguntó Richman con incredulidad—. ¿Los construyen para que duren cuarenta años?
Casey asintió.
—Todavía hay muchos N-5 en servicio en el mundo, y dejamos de fabricarlos en 1946. Tenemos aviones que han cuatriplicado el tiempo programado, y eso equivale a ochenta años en activo. Los aviones de Norton pueden hacerlo. Los Douglas también. Pero nadie más construye aviones así. ¿Entiendes?
—¡Guau! —exclamó Richman, y tragó saliva.
—A esta sección la llamamos el aviario —dijo Casey—. Los aviones son tan grandes que es difícil tomar conciencia de las proporciones. —Señaló un avión a la derecha, donde pequeñas cuadrillas de obreros trabajaban en diversas posiciones. Las luces de las lámparas portátiles destellaban en el metal—. No parece que haya muchos trabajadores, ¿verdad?
—No; no lo parece.
—Pues probablemente hay doscientos mecánicos trabajando en ese avión, los suficientes para llevar una línea entera de montaje de automóviles. Pero ésta es sólo una sección de una línea, y tenemos quince en total. Ahora mismo hay quince mil personas en este edificio.
El muchacho cabeceaba, asombrado.
—Parece casi vacío.
—Por desgracia —dijo Casey—, está casi vacío. La línea de montaje del fuselaje ancho está trabajando al sesenta por ciento de su capacidad, y tres de esos pájaros son «colas blancas».
—¿Colas blancas?
—Aviones que construimos sin que los encargue un cliente. Fabricamos a un ritmo mínimo para mantener la línea abierta, y no tenemos todos los pedidos que necesitamos. La zona del Pacífico es el sector de mayor crecimiento, pero ahora que Japón atraviesa una etapa de recesión, tampoco nos llegan pedidos de allí. Y las compañías aéreas mantienen sus aviones en servicio durante el máximo tiempo posible. De modo que hay mucha competencia. Por aquí. —Casey comenzó a subir rápidamente por una escalera. Richman la siguió con pasos sonoros. Llegaron a un rellano, y subieron otro tramo de escalera—. Te explico todo esto para que entiendas el motivo de esta reunión. Construimos aviones fantásticos. Nuestros empleados están orgullosos de lo que hacen. Y no les gusta que las cosas salgan mal.
Llegaron a un pasadizo estrecho situado encima de la planta de montaje y se dirigieron hacia una sala con paredes de cristal que parecía suspendida en el aire, debajo mismo del techo. Al llegar a la puerta, Casey abrió.
—Aquí la tienes —dijo—. La sala de batalla.
SALA DE BATALLA
7.01 H
Casey la vio con los ojos de Richman, como si fuera la primera vez: una amplia sala de reuniones con moqueta gris, una mesa redonda de formica, sillas tubulares de metal. Las paredes estaban empapeladas con boletines del consejo, mapas y diagramas técnicos. La pared del fondo era de cristal y daba a la línea de montaje.
Allí había cinco hombres en mangas de camisa y corbata, una secretaria con un bloc de notas, y John Marder, que llevaba un traje azul. Le sorprendió que estuviera presente. Los jefes de operaciones rara vez presidían una reunión de la CEI. Marder tenía unos cuarenta y cinco años y era un hombre serio, de mirada penetrante, con el cabello castaño y lacio. Parecía una cobra a punto de atacar.
—Éste es mi nuevo ayudante, Bob Richman —presentó Casey.
Marder se levantó al instante.
—Bienvenido, Bob —saludó y estrechó la mano del chico. Esbozó una sonrisa peculiar. Al parecer, Marder, con su fino olfato para la política empresarial, estaba dispuesto a adular a cualquier miembro de la familia Norton, incluso a un sobrino postizo. Casey se preguntó si el muchacho sería más importante de lo que parecía. A continuación presentó los demás asistentes a Richman—. Doug Doherty, a cargo de estructura y mecánica. —Señaló a un hombre rechoncho de cuarenta y cinco años, con un vientre prominente, piel picada de viruela y gafas con cristales de culo de botella. Doherty vivía en un permanente estado de melancolía: hablaba con tono monótono, e invariablemente informaba de que todo iba de mal en peor. Aquella mañana llevaba una camisa a cuadros y una corbata a rayas; debía de haber salido de casa sin que su esposa lo viera. Doherty saludó a Richman con una triste y meditabunda inclinación de cabeza—. Nguyen Van Trung, aviónica. —Trung tenía treinta años, y era delgado, silencioso y reservado. A Casey le caía bien. Los vietnamitas eran los mejores trabajadores de la fábrica. Los técnicos de aviónica eran especialistas en informática y se ocupaban de los sistemas computarizados del avión. Constituían la nueva generación de obreros de la Norton: jóvenes con estudios y buenos modales—. Ken Burne, grupo motor. —Kenny, un pelirrojo con la cara llena de pecas, tenía la costumbre de sacar la barbilla hacia adelante, como si estuviera siempre listo para pelear. Famoso por su afición a los tacos y los insultos, su mal genio le había valido el mote de Burne, el Blando, por el que lo conocía todo el mundo en la fábrica—. Ron Smith, electricidad. —Calvo y retraído, jugaba nerviosamente con los bolígrafos que llevaba en el bolsillo. Ron era extremadamente eficaz; daba la impresión de que llevaba los planos de los aviones grabados en la cabeza. Pero era muy tímido. Vivía en Pasadena con su madre inválida—. Mike Lee, que representa a la compañía aérea. —Un elegante señor de cincuenta años, cabello gris muy corto, americana azul y corbata a rayas. Mike, general retirado, era ex piloto de las Fuerzas Aéreas y en la actualidad representante de TransPacific en la fábrica—. Y Barbara Ross, con el bloc de notas. —La secretaria de la CEI tenía cuarenta y tantos años y un problema de peso. Miraba a Casey con manifiesta hostilidad. Pero Casey no le hacía el menor caso. —Marder señaló un asiento al joven Richman, y Casey se sentó a su lado—. En primer lugar, debo decir que Casey representa a CC ante la CEI —anunció Marder—. Teniendo en cuenta su eficacia en el asunto de Fort Worth, de ahora en adelante será nuestro enlace con la prensa. ¿Alguna pregunta?
Richman parecía azorado y sacudía la cabeza. Marder se giró hacia él y aclaró:
—El mes pasado, Singleton hizo un excelente papel ante la prensa después de un aterrizaje denegado en Fort Worth, Dallas. De modo que se ocupará de cualquier contacto con la prensa. ¿De acuerdo? ¿Entendido? Empecemos. ¿Barbara? —La secretaria repartió un informe, compuesto de varias hojas grapadas, entre los asistentes—. El vuelo 545 de TransPacific salió del aeropuerto de Kaitak, Hong Kong, a las 22.00 horas de ayer. Realizó un despegue normal y un viaje normal hasta aproximadamente las 5.00 horas de esta mañana, cuando el avión se ha encontrado con lo que el comandante ha descrito como violentas turbulencias...
Se oyeron varios gruñidos en la sala.
—¡Turbulencias! —protestaron los ingenieros, sacudiendo la cabeza.
—... violentas turbulencias que han producido oscilaciones extremas de altitud en el vuelo.
—¡Venga ya! —exclamó Burne.
—El avión —prosiguió Marder— ha hecho un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto de Los Ángeles, donde lo esperaban numerosas unidades médicas. El informe preliminar arroja una cifra de cincuenta y seis heridos y tres muertos.
—Es terrible —dijo Doug Doherty con su característica voz triste y monótona, parpadeando detrás de sus gruesas gafas—. Supongo que ahora el consejo se nos echará encima.
Casey se inclinó hacia Richman y murmuró:
—El Consejo Nacional de Seguridad en el Transporte siempre mete las narices cuando hay víctimas.
—En este caso no —precisó Marder—. Se trata de una compañía aérea extranjera, y el incidente ocurrió en el espacio aéreo internacional. Además, el Consejo de Seguridad está ocupado con el accidente de Colombia. Creemos que nos dejarán tranquilos.
—Turbulencias... —repitió Kenny Burne con tono burlón—. ¿Alguna confirmación?
—No —respondió Marder—. Al producirse el incidente, el avión volaba a treinta y siete mil pies de altura. Ningún otro aparato ha informado de problemas meteorológicos a esa altitud y posición.
—¿Y los mapas meteorológicos por satélite? —preguntó Casey.
—Están en camino.
—¿Y qué hay de los pasajeros? ¿El comandante ha anunciado algún problema? ¿La señal de abrocharse los cinturones estaba encendida?
—Nadie ha entrevistado a los pasajeros todavía. Pero, según los datos de que disponemos hasta el momento, no ha habido ningún anuncio.
Richman parecía perplejo otra vez. Casey garabateó una nota en su bloc amarillo, una frase inclinada para que pudiera leerla: «No hubo turbulencias.»
—¿Hemos entrevistado al comandante? —preguntó Trung.
—No —respondió Marder—. La tripulación ha tomado otro vuelo y ha salido inmediatamente del país.
—¡Genial! —exclamó Kenny Burne, arrojando el lápiz sobre la mesa—. ¡Sencillamente genial! El típico caso del atropello y fuga.
—Un momento —intervino Mike Lee con frialdad—. En representación de la compañía, creo que debemos reconocer que la tripulación se ha comportado de manera responsable. En este país no tienen ninguna obligación legal, pero en Hong Kong están expuestos a una demanda de las autoridades de aviación. Han vuelto a su país para afrontar las posibles responsabilidades legales, como corresponde.
Casey escribió: «Tripulación no disponible.»
—¿Sabemos quién era el piloto? —preguntó Ron Smith con timidez.
—Sí —respondió Mike Lee. Consultó una libretita encuadernada en piel—. Se llama John Chang. Cuarenta y cinco años, residente en Hong Kong, seis mil horas de vuelo. Es comandante de TransPacific para el N-22. Muy competente.
—¿Ah, sí? —dijo Burne, inclinándose sobre la mesa—. ¿Y cuándo hizo el último cursillo de actualización?
—Hace tres meses.
—¿Dónde?
—Aquí mismo —respondió Mike Lee—. En los simuladores de vuelo de la Norton, con instructores de la
