No se tomaron en serio la grabación hasta que apareció el primer cuerpo. Alguien había enviado el enlace de un vídeo colgado en YouTube al correo electrónico de la policía judicial. El email no tenía mensaje y resultó imposible rastrear al remitente. La jefa del departamento hizo su trabajo, siguió el enlace, vio el vídeo y supuso que se trataba de una oscura broma, aunque de todos modos lo anotó en el registro.
Dos días después, tres expertos investigadores se encontraban en una pequeña sala del octavo piso de la sede central de la policía judicial de Estocolmo a causa de ese mismo vídeo. El mayor de los tres estaba sentado en una chirriante silla de oficina; los otros permanecían de pie.
La secuencia del vídeo que contemplaban en la gran pantalla del ordenador solo duraba cincuenta y dos segundos.
Una cámara temblorosa filmaba a escondidas a una mujer de unos treinta años a través de la ventana de su dormitorio mientras se ponía unas medias negras.
Los tres hombres observaban en un silencio incómodo sus extraños movimientos.
Para conseguir que se le ajustaran bien, la mujer daba grandes zancadas sobre unos obstáculos invisibles y después realizaba unas cuantas flexiones con las piernas abiertas.
El lunes por la mañana, la mujer fue hallada muerta en la cocina de un chalet adosado de Lidingö, en las afueras de Estocolmo. Estaba sentada en el suelo con la boca muy abierta de una forma extraña. La sangre había salpicado la ventana y la orquídea blanca que había en su maceta. La mujer solo llevaba puesto un sujetador y las medias.
La autopsia constató a lo largo de la semana que había muerto desangrada como consecuencia de los múltiples y brutales cortes y puñaladas que había recibido en la cara y en el cuello.
El término «acosador» ha existido en sueco desde comienzos del siglo XVIII. Al principio significaba «merodeador» o «cazador furtivo».
En 1921, el psiquiatra francés Clérambault publicó un estudio de un paciente que tenía una relación amorosa imaginaria. Muchos consideran que este es el primer análisis moderno de un acosador.
En la actualidad, el término se aplica a una persona que sufre un trastorno psíquico que lo lleva a espiar a otra, que tiene una obsesión enfermiza por vigilar a su víctima.
Casi el diez por ciento de la población sufre alguna forma de acoso a lo largo de su vida.
Lo más frecuente es que el acosador tenga o haya tenido alguna relación con su víctima pero, con frecuencia, la casualidad es determinante cuando la obsesión se dirige hacia desconocidos o hacia personas que por algún motivo han obtenido reconocimiento.
A pesar de que la mayoría de los casos no obligan a tomar medidas, la policía se toma este fenómeno muy en serio, ya que la obsesión patológica del acosador lleva consigo una suerte de escalada automática de la peligrosidad. De la misma manera que las nubes que circulan entre vientos anabáticos y catabáticos pueden convertirse en un tornado al cambiar de dirección en una tormenta, la reacción emocional del acosador entre la admiración y el odio puede derivar de repente en manifestaciones muy violentas.
1
Son las nueve menos cuarto del viernes 28 de agosto. Tras los atardeceres de ensueño y las noches luminosas del verano, la oscuridad llega ahora con sorprendente rapidez. Ya es de noche fuera del vestíbulo acristalado de la Dirección Nacional de la Policía.
Margot Silverman sale del ascensor y se dirige al control de seguridad del vestíbulo. Lleva un cárdigan negro cruzado, una blusa blanca ceñida y unos pantalones negros de talle alto que se estiran para adaptarse a su creciente barriga.
Se acerca sin prisa a las puertas giratorias de la pared acristalada. El vigilante está detrás del mostrador de madera con la vista puesta en una pantalla. Las cámaras de seguridad captan cada rincón del gran edificio las veinticuatro horas del día.
Margot tiene el cabello rubio, de la misma tonalidad que la madera pulida de abedul, y lo lleva recogido en una gruesa trenza que le cae por la espalda. Tiene treinta y seis años, está embarazada por tercera vez y brilla, con los ojos húmedos y las mejillas sonrosadas.
Tras una larga semana de trabajo, va de camino a casa. Ha hecho horas extras todos los días, y le han advertido ya dos veces de que se está excediendo.
Es la nueva experta de la policía judicial en asesinos en serie, asesinos itinerantes y acosadores. El homicidio de Maria Carlsson es su primer caso desde que tomó posesión del cargo como comisaria.
No hay ningún testigo ni ningún sospechoso. La víctima vivía sola, no tenía hijos, trabajaba como comercial en Ikea, había heredado el chalet adosado de sus padres, libre de hipoteca, cuando su padre murió y su madre ingresó en una residencia para ancianos.
Maria solía ir al trabajo con un compañero, pero aquella mañana no lo estaba esperando como de costumbre en la calle Kyrkvägen. El colega condujo hasta la casa de ella y llamó a la puerta, echó un vistazo al interior a través de los cristales, rodeó la casa y la vio por la ventana. Estaba en el suelo, con la cara destrozada y el cuello casi cercenado; la cabeza colgaba de lado y tenía la boca abierta de una extraña manera.
Según el informe preliminar de la autopsia, el resultado parece indicar en cierto modo que la boca fue recolocada después de que la víctima hubiera muerto, aunque, desde un punto de vista puramente teórico, es posible que la boca se encajara sola en esa posición.
El rigor mortis comienza en el corazón y el diafragma, pero pasadas dos horas se nota también en la nuca y en las mandíbulas.
Es viernes por la noche, y en el amplio vestíbulo se ve muy poco movimiento. Hay dos policías hablando, con sus jerséis de color azul oscuro, y un fiscal cansado sale de una de las salas donde se dictan los autos de detención y prisión preventiva.
Desde el momento en que la nombraron jefa de la investigación, Margot fue consciente de que corría el riesgo de ser demasiado ambiciosa, de querer conseguir demasiado y pensar a lo grande.
Se habrían reído de ella si les hubiera contado que estaba absolutamente convencida de que se enfrentaban a un asesino en serie.
Esta semana, Margot Silverman ha visto más de doscientas veces el vídeo en el que Maria se pone las medias. Todo apunta a que fue asesinada justo después de que el vídeo se colgara en YouTube.
Ha tratado de interpretar la breve escena, pero no ve nada de particular en ella. No es tan raro: existen personas que consideran las medias como un objeto fetiche, pero en el asesinato no hay nada que haga pensar en una desviación de ese tipo.
El vídeo no es más que una breve secuencia sacada de la vida de una mujer normal. Vive sola, tiene un buen trabajo y se dispone a salir para asistir a un curso de dibujo de cómics.
Es imposible saber por qué el homicida se encontraba en su jardín, si se trataba de una mera casualidad o si el asesinato estaba planificado al detalle. Pero lo cierto es que, minutos antes de matarla, la graba en vídeo, y tiene que haber algún motivo para ello.
Al enviar el enlace a la policía, es obvio que quiere mostrarles algo.
El asesino quiere señalar algo de esa mujer en concreto, o de cierto tipo de mujeres. Puede que se trate de todas las mujeres en general, quizá de toda la sociedad.
Pero, en opinión de Margot, no hay nada raro en el comportamiento de la mujer ni tampoco en su aspecto. Con la frente fruncida y la boca apretada, está concentrada sin más en conseguir que las medias le queden como es debido.
La comisaria ha visitado dos veces la casa adosada de la calle Bredablicksvägen, aunque primero estudió la filmación que el forense hizo de cómo quedó el lugar del crimen.
El vídeo del asesino parece casi infantil en comparación con el de la policía. Las imágenes de las huellas, captadas de cerca por los técnicos de la policía tras la salvaje agresión, son despiadadas. Filman a la fallecida desde distintos ángulos tal como aparece sentada en el suelo, con las piernas abiertas sobre un charco de sangre oscura. Tiene roto el sujetador, que le cuelga por un costado, y un pecho blanco cae sobre los forzados pliegues del estómago. De la cara no queda apenas nada, solo una boca abierta en medio de un fango rojo.
Margot se detiene por casualidad al lado de una mesa baja con butacas que hay en el vestíbulo, mira al guardia de seguridad, que habla por teléfono, y se coloca de espaldas a él. Durante unos segundos vigila la imagen del hombre reflejada en la pared acristalada que da al amplio patio abierto, antes de coger seis manzanas del frutero que hay sobre la mesa y guardárselas en el bolso.
Seis son demasiadas, es consciente de ello, pero le ha sido imposible parar hasta que ha cogido todas las que había. Piensa que quizá Jenny pueda preparar un pequeño pastel de manzana por la noche, con láminas de mantequilla caramelizada, azúcar y canela.
Una llamada al móvil dispersa sus pensamientos. Mira la pantalla y ve la foto de Adam Youssef, que forma parte del equipo de investigación.
—¿Estás aún en comisaría? —pregunta Adam—. Dime que sí, porque tenemos...
—Ya estoy en el coche, en la autovía de Klarastrand —miente ella—. ¿Qué ibas a decirme?
—Nos ha llegado un nuevo vídeo.
A Margot le ruge el estómago y se lleva una mano a la parte baja de su pesada barriga.
—Un nuevo vídeo —repite.
—¿Vienes?
—Doy media vuelta y voy —contesta, y empieza a caminar de regreso—. Encárgate de que nos hagan una copia del vídeo.
Margot podría haber seguido caminando por el vestíbulo, salir, irse a casa y tomar la decisión de dejar el caso en manos de Adam. No tiene más que hacer una llamada y le pagarán la baja maternal durante un año. De haber sabido lo violento que iba a ser su primer caso, quizá lo habría hecho.
El futuro es un misterio, pero los planetas se acercan a constelaciones peligrosas. En esos momentos, el destino de Margot flota como una hoja de afeitar sobre una superficie de agua estancada.
La luz del ascensor la hace parecer mayor. La delgada línea negra del lápiz de ojos ya casi ha desaparecido. Al echar la cabeza hacia atrás, comprende lo que quieren decir sus compañeros cuando comentan que es igual que su padre, Ernest Silverman, el anterior director de la policía nacional.
El ascensor se detiene en el octavo piso y Margot camina por el pasillo lo más deprisa que puede con su prominente barriga. Adam y ella ocuparon el despacho de Joona Linna la misma semana que la policía organizó una ceremonia en su recuerdo. Margot no llegó a conocer personalmente a Joona y, por tanto, eso no le supuso ningún problema.
—Tienes un coche rápido —dice Adam al verla entrar, y sonríe con sus dientes afilados.
—Sí, bastante —contesta ella.
Adam Youssef tiene veintiocho años, pero su cara es redondeada como la de un adolescente. Lleva el pelo largo y una camisa de manga corta le cuelga por fuera de los vaqueros. Procede de una familia asiria, ha crecido en Södertälje y jugaba al fútbol en primera regional.
—¿Cuánto tiempo lleva el vídeo colgado en YouTube? —pregunta Margot.
—Tres minutos. El tipo está ahí fuera, ahora. Está frente a la ventana y...
—No lo sabemos, pero...
—Yo sí lo creo —interrumpe él—. Estoy seguro.
Margot deja el pesado bolso en el suelo, se sienta en su silla y llama a los técnicos.
—Hola, soy Margot. ¿Nos habéis enviado una copia? —pregunta con insistencia—. Vale, escúchame, necesito un sitio o un nombre, que identifiquéis el lugar o a la mujer... Concentrad todos los recursos, disponéis de cinco minutos, haced lo que os dé la gana, pero dadme alguna pista que seguir y prometo soltaros luego para que paséis una agradable noche de viernes.
Cuelga el teléfono y abre una caja de pizza que hay sobre la mesa de Adam.
—¿Has terminado con esto? —pregunta.
Suena un mensaje en la bandeja de entrada del correo electrónico y Margot se mete rápidamente un borde de pizza en la boca. Una arruga de impaciencia se le marca en la frente. Abre el archivo del vídeo y maximiza la imagen en la pantalla, se echa la trenza sobre la espalda, pulsa play y empuja la silla hacia atrás para que Adam también pueda ver.
Lo primero que se observa es una ventana iluminada que oscila en la oscuridad. La cámara se acerca con cautela y algunas hojas rozan el objetivo.
A Margot le tiemblan los brazos.
Hay una mujer en la estancia iluminada, de pie frente al televisor. Está comiendo helado directamente de una tarrina.
Se ha bajado los pantalones del chándal y se ha sacado una de las perneras, de manera que arrastra los pantalones al andar.
La mujer mira la tele de reojo, se ríe y chupa la cuchara.
En el despacho de la comisaría hay silencio absoluto, solo se oye el ventilador del ordenador.
«Dame un solo detalle que se pueda rastrear», piensa Margot mientras observa la cara de la mujer, los bellos ojos, los pómulos y la suavidad de la nuca. Su cuerpo parece despedir vapor a causa del calor acumulado: acaba de hacer deporte. El elástico de las bragas blancas está dado de sí después de tantos lavados, y se le transparenta el sujetador a través de la camiseta sudada.
Margot se inclina sobre la pantalla, la barriga le presiona los muslos y la trenza vuelve a caer hacia delante por encima del hombro.
—Queda un minuto —dice Adam.
La mujer deja la tarrina de helado en la mesa de centro y sale de la habitación con los pantalones colgando alrededor del pie derecho.
La cámara la sigue, se mueve de lado, cruza una puerta estrecha que da a la terraza y se aproxima a la ventana del dormitorio, donde la luz está encendida y se ve de nuevo a la mujer. Ella termina de quitarse los pantalones con los pies y los lanza de una patada hacia una butaca que tiene un cojín rojo. Los pantalones vuelan por el aire, chocan contra la pared junto a la butaca y caen al suelo.
2
En el último tramo la cámara se desliza lentamente a través del oscuro jardín, se detiene justo fuera de la ventana y tiembla un poco, como si flotara en la superficie del agua.
—Ella lo vería si levantara la mirada —susurra Margot al tiempo que siente que el corazón le late cada vez con más fuerza dentro del pecho.
La luz de la habitación ilumina las hojas de los rosales y crea un reflejo en el borde superior del objetivo.
Adam sigue en su silla, tapándose la boca con la mano.
La mujer se quita la camiseta, la tira sobre la butaca y permanece un momento, con las bragas dadas de sí y el sujetador sudado, con la mirada fija en el teléfono que se está cargando en la mesilla de noche, al lado de un vaso de agua medio vacío. Tiene los muslos tensos y rojos tras el entrenamiento, y la cinturilla de los pantalones le ha dejado una marca rojiza en la barriga.
En su cuerpo no hay tatuajes ni cicatrices visibles, solo unas tenues estrías blancas, fruto de un embarazo.
El dormitorio es como millones de dormitorios. No hay nada que valga la pena tratar de rastrear.
La cámara tiembla y se desliza hacia atrás.
La mujer coge el vaso de agua de la mesilla y se lo acerca a la boca, y el vídeo se interrumpe en ese punto.
—Joder, joder, joder... —repite Margot con los dientes apretados—. Ni una mierda, nada.
—Vamos a verlo otra vez —propone Adam.
—Podemos verlo mil veces —contesta ella echando la silla hacia atrás—. Hazlo, joder, adelante, pero no vas a ver una puta mierda.
—Veo un montón de cosas, veo...
—Ves una casa del siglo XX, frutales, rosas, ventanas de tres hojas, un televisor con pantalla de cuarenta y dos pulgadas, helado Ben & Jerry’s —replica Margot haciendo un gesto hacia el ordenador.
Nunca antes ha pensado en ello, en el hecho de que los suecos se parezcan tanto unos a otros. Vistos a través de una ventana, la mayoría son similares hasta la confusión. Vistos desde fuera, parece que vivan igual, que tengan el mismo aspecto, que hagan las mismas cosas y posean los mismos objetos.
—Esto es una locura —dice Adam nervioso—. ¿Por qué cuelga los vídeos? ¿Qué cojones quiere realmente?
Margot mira a través de la pequeña ventana las copas negras de los árboles del parque de Kronoberg recortadas contra la neblina iluminada de la ciudad.
—Sin duda, se trata de un asesino en serie —afirma—. Lo único que podemos hacer es esbozar un primer perfil para...
—¿De qué le va a servir a ella? —la interrumpe Adam pasándose una mano por el pelo—. Ese tipo está frente a su ventana y tú hablas de hacer un perfil del acosador.
—Puede ayudar a la siguiente.
—Pero ¿qué cojones...? —replica él—. Tenemos que informar...
—Cállate un momento —lo interrumpe Margot, y coge su teléfono.
—¿Puedes cerrar tú la boca? —la increpa Adam alzando la voz—. Puedo decir lo que pienso, ¿no? Creo que debemos publicar la fotografía de esa mujer en las ediciones digitales de los diarios de la tarde.
—Adam, escucha..., confiábamos en identificarla directamente, tampoco se necesita tanto, pero no tenemos nada —dice Margot—. Hablaré con los técnicos, aunque no creo que encuentren más que la vez anterior.
—Pero si publicáramos su foto...
—No tengo tiempo para escuchar tonterías —replica ella—. Piensa un poco... Todo parece indicar que el tipo cuelga el vídeo desde el jardín mismo y entonces, en teoría, existiría una posibilidad de salvarla.
—Eso es justo lo que te estoy diciendo.
—Pero ya han pasado cinco minutos, y es mucho tiempo para permanecer fuera de una ventana.
Adam se inclina hacia delante y la mira. Tiene los ojos enrojecidos y cansados, y los pelos de punta.
—Entonces ¿vamos a darnos por vencidos así, sin más?
—Esto es urgente, pero debemos pensar con calma.
—Bien —concluye él en tono irritado.
—El asesino tiene confianza en sí mismo y sabe que nos lleva mucha ventaja —se apresura a aclarar Margot, y se come el último trozo de pizza—. Pero cuanto más aprendamos de él, más cerca estaremos de...
—¿Aprendamos? Está bien, pero esa no es precisamente mi sensación en este momento —contesta Adam secándose el sudor del labio—. Fue imposible rastrear el primer vídeo, no encontramos nada en el lugar del crimen, y tampoco podremos rastrear este.
—Técnicamente, no, lo más probable es que no, pero podemos tratar de rodearlo analizando los vídeos y la violencia —responde Margot, y siente cómo el bebé patalea en su estómago—. En realidad, ¿qué es lo que hemos visto hasta ahora? ¿Qué nos ha mostrado y qué es lo que ve él?
—Una mujer que ha hecho deporte, come helado y ve la tele.
—¿Qué dice eso del asesino?
—Que no le gustan las mujeres que comen helado..., no sé —se queja Adam ocultando la cara entre las manos.
—Vamos, espabila.
—Perdona, pero...
—Yo creo que el asesino graba los momentos anteriores al crimen —dice Margot—. Se toma su tiempo, disfruta del momento previo y... quiere mostrarnos a las mujeres vivas, quiere conservarlas tal y como eran en un vídeo. Quizá sean las vivas las que le interesen, al fin y al cabo.
—Un voyeur —concluye Adam, y siente que se le pone la carne de gallina en los brazos.
—Un acosador —susurra ella.
—Dime cómo tengo que filtrar la lista de todos los cerdos que han salido de la cárcel y también del psiquiátrico y ahora andan libres —pide él mientras inicia sesión en la intranet de la policía.
—Violador, violación grave, acoso...
Adam teclea con rapidez, avanza a golpe de ratón y vuelve a teclear.
—Demasiados resultados —confirma—. El tiempo se nos escapa.
—Introduce el nombre de la primera víctima.
—Ningún resultado —suspira rascándose la cabeza.
—Un violador en serie con alguna clase de impedimento físico, quizá químicamente castrado —dice Margot mientras piensa.
—Tendríamos que cruzar los registros, pero eso llevaría demasiado tiempo —replica Adam poniéndose en pie—. Es imposible. ¿Qué cojones vamos a hacer?
—Esa mujer está muerta —responde Margot recostándose hacia atrás en su silla—. Quizá le queden unos minutos, pero...
—No sé si voy a poder soportar esto —indica Adam—. Podemos verla, podemos ver su cara, su casa... ¡Dios! Estamos viendo su vida en directo, pero no sabremos quién es hasta que esté muerta y alguien encuentre su cuerpo.
3
Susanna Kern siente cómo le arden los muslos después de correr cuando se quita las bragas húmedas y las lanza de una patada sobre la butaca.
Desde que cumplió los treinta, corre cinco kilómetros tres tardes a la semana. Tras el entrenamiento de los viernes suele tomar un helado mientras ve la tele, ya que Björn no vuelve a casa hasta medianoche.
Cuando le dieron a Björn un trabajo en Londres pensó que se sentiría sola, pero enseguida descubrió lo mucho que le gustaban sus horas libres las semanas que Morgan vivía en casa de su padre.
Necesitaba esa tranquilidad, y todavía más desde que empezó un curso de especialización en neurología en el instituto Karolinska.
Se desabrocha el sujetador sudado mientras piensa que puede volver a usarlo el domingo antes de echarlo a lavar.
No consigue recordar un verano tan caluroso como ese.
Un ruido parecido a un arañazo hace que se vuelva hacia la ventana.
El jardín está tan oscuro por la parte de atrás que lo único que ve es el dormitorio reflejado en el cristal. Parece el escenario de un teatro, un estudio de televisión.
Ella misma ha entrado en escena y los focos la iluminan.
«Pero si he olvidado vestirme», piensa con una sonrisa ladeada.
Permanece unos segundos de pie observando su cuerpo desnudo. Está muy iluminada por el contraste, y en la imagen reflejada parece más delgada de lo que está en realidad.
Entonces vuelve a oírse un arañazo, como si alguien raspara con las uñas el alféizar de la ventana. Está demasiado oscuro para ver si se ha posado un pájaro en él.
Susanna mira fijamente el cristal, se acerca despacio, intenta ver a través de los reflejos y coge la colcha azul marino, se cubre con ella y se estremece.
Venciendo una resistencia interior, sigue hasta llegar a la ventana, aproxima la cara al cristal y ve aparecer el jardín como un mundo gris oscuro, como el infierno en un grabado de cobre de Gustave Doré.
La hierba negra, los altos arbustos, el columpio de Morgan girando con la brisa y, detrás de la casita de juegos, los vidrios para la terraza acristalada que nunca llegaron a construir.
Susanna ve el vaho de su propia respiración en el cristal cuando se endereza y corre las cortinas. Deja caer al suelo la pesada colcha y va desnuda hasta la puerta. Una sensación intensa y desagradable le recorre la espalda y se vuelve otra vez hacia la ventana. Entre las cortinas de color fucsia brilla un resquicio del cristal negro.
Coge el teléfono de la mesilla de noche y llama a Björn. Mientras suenan los tonos de llamada y ella aguarda a que responda, no puede dejar de mirar fijamente la ventana.
—Hola, cariño —contesta él demasiado alto.
—¿Estás en el aeropuerto?
—¿Qué?
—Que si estás...
—Estoy en el aeropuerto comiéndome una hamburguesa en O’Learys y...
Su voz desaparece cuando un grupo de hombres gritan y aplauden al fondo.
—El Liverpool ha marcado otro gol —aclara él.
—Hurra —exclama ella sin entusiasmo.
—Me ha llamado tu madre para preguntarme qué querías para tu cumpleaños.
—¡Qué detalle!
—Le dije que querías ropa interior transparente —bromea él.
—Perfecto.
Susanna mira fijamente el resquicio de la ventana, que brilla entre las cortinas mientras el teléfono chisporrotea.
—¿Todo bien en casa? —pregunta Björn muy cerca.
—Sí, es solo que me ha dado un poco de miedo la oscuridad.
—¿No está ahí Ben?
—Delante de la tele.
—¿Y Jerry?
—Me están esperando los dos —sonríe ella.
—Te echo de menos —dice él.
—No pierdas el avión —susurra ella.
Después de hablar un poco más, decirse adiós y mandarse muchos besos, terminan la llamada y ella empieza a pensar en un paciente que ingresó la noche anterior. Un joven motorista que conducía sin casco, chocó y sufrió graves lesiones cerebrales. Su padre, que trabajaba en el turno de noche, se presentó inmediatamente en el hospital. Llevaba todavía el mono de trabajo sucio y una mascarilla colgada al cuello.
Susanna se ajusta un quimono rosa, se dirige al cuarto de estar y corre las tupidas cortinas.
Se produce una extraña sensación de ceguera en la estancia, casi como un silencio.
Las cortinas oscilan delante de las ventanas, y un escalofrío recorre la espalda de Susanna cuando se da la vuelta y se aparta de ellas.
Prueba el helado. Está mucho más blando y pronto estará perfecto. Un fuerte sabor a chocolate se extiende por su boca.
Deja de nuevo la tarrina, va al baño, cierra la puerta, abre el grifo del agua, se suelta la cola de caballo y deja la goma en el borde del lavabo.
Lanza un suspiro cuando el agua caliente le cae sobre la cabeza y la nuca y va envolviendo todo su cuerpo. Le retumba en los oídos, sus hombros se aflojan y sus músculos se relajan. Se enjabona, detiene la mano entre las piernas y advierte que el vello ha empezado a crecer desde la última vez que se depiló.
Limpia con la mano el vaho de la mampara de cristal para poder ver el pestillo y la manija de la puerta del baño.
De repente piensa en lo que le ha parecido ver en la ventana del dormitorio justo cuando cogía la colcha y se cubría con ella.
Piensa que son imaginaciones suyas. Que es una tontería andar asustándose sola. Ahuyenta el miedo y se dice que ni siquiera ha podido ver a través del cristal.
En el dormitorio había demasiada luz y el jardín estaba totalmente oscuro. Pero en el lugar donde se reflejaba la colcha azul marino le ha parecido ver una cara que la miraba fijamente.
Ha desaparecido al instante, y Susanna ha pensado que debía de haber visto mal, pero ahora no puede dejar de pensar que tal vez haya ocurrido de verdad.
No era un niño, quizá algún vecino haya salido a buscar a su gato y se haya detenido a mirarla.
Cierra el grifo del agua y el corazón le late con tanta fuerza que le retumba en el pecho cuando cae en la cuenta de que no ha cerrado la puerta de la cocina que da al jardín. ¿Cómo ha podido olvidarse? La ha tenido abierta durante todo el verano para que entrara el aire fresco de la tarde, pero suele cerrarla por dentro cuando se ducha.
Vuelve a limpiar el vaho del cristal y mira de nuevo el pestillo de la puerta. No ha pasado nada. Se estira para coger la toalla y piensa en llamar de nuevo a Björn y pedirle que espere al teléfono mientras ella registra la casa.
4
Susanna oye el griterío del público en la tele cuando sale del cuarto de baño. La ligera seda del quimono se le pega a la piel húmeda.
Nota una corriente de aire frío que se desplaza por el suelo mientras sus pies dejan huellas mojadas sobre el deslucido parquet.
La ventana del comedor está a oscuras. El cristal reluce tras las macetas colgantes de helechos. Susanna se siente observada, pero se fuerza a sí misma a no mirar afuera, temerosa de asustarse aún más ella sola.
No obstante, al acercarse a la cocina, se mantiene a distancia de la puerta cerrada que da a la escalera que conduce al sótano.
El pelo le empapa el quimono en la espalda. Tiene las puntas tan mojadas que el agua se le escurre por dentro hasta las nalgas.
El suelo está cada vez más frío a medida que se acerca a la cocina.
El corazón le late con fuerza en el pecho.
Piensa en el joven con graves daños cerebrales. Está totalmente anestesiado. Tiene la cara destrozada, aplastada en la sien. El padre repetía en voz baja que a su hijo no le había pasado nada. Habría necesitado a alguien con quien hablar, pero a Susanna no le dio tiempo.
Ahora se imagina que aquel padre corpulento la ha encontrado, que le echa la culpa a ella y está al otro lado de la puerta de la cocina con su mono azul sucio.
Del televisor llega una nueva canción.
En la cocina hay corriente de aire. La puerta que da al jardín está abierta de par en par. Las finas tiras de plástico de la cortina revolotean en el interior. Susanna se acerca despacio. Cuesta ver algo tras el repiqueteo de la cortina. Podría haber alguien justo allí fuera.
Alarga la mano, aparta las tiras arremolinadas y se estira para coger la manija de la puerta.
El suelo está frío y el aire de la noche entra en la casa.
Se le abre el quimono.
Susanna alcanza a distinguir que el oscuro jardín está desierto. Los arbustos se mecen con el viento y el columpio se bambolea.
Cierra la puerta rápidamente, sin preocuparse de que está atrapando con ella parte de las tiras de la cortina. Solo se apresura a cerrarla con llave y a alejarse.
Deja la llave en el cuenco con monedas y vuelve a abrocharse el quimono.
«Por lo menos, ahora está cerrado», piensa al tiempo que oye un ruido a su espalda.
Se vuelve a toda velocidad y luego se ríe de su propia reacción. Ha sido la ventana del cuarto de estar, que ha dado un bandazo contra el tope al cesar la corriente de aire.
En la tele, el público protesta y silba la decisión del jurado.
Susanna piensa que va a ir a buscar el teléfono al dormitorio para llamar a Björn. Debe de estar ya sentado esperando para embarcar. Quiere hablar con él mientras registra la casa antes de sentarse frente al televisor. Está muy alterada y, de lo contrario, no podrá relajarse. El único problema es que en el sótano no hay cobertura. Quizá pueda dejar el móvil en mitad de la escalera y hablar por el altavoz.
Se dice a sí misma que no tiene que andar con sigilo en su propia casa y, sin embargo, no puede evitar moverse sin hacer ruido.
Pasa por delante de la puerta cerrada del sótano, ve las oscuras ventanas del comedor con el rabillo del ojo y continúa hasta el cuarto de estar.
Sabe que cerró la puerta de entrada cuando volvió de correr, pero, no obstante, quiere ir a comprobarlo. Será lo mejor, así podrá dejar de pensar en ello.
El viento silba en la ventana del cuarto de estar, entreabierta y sujeta con un tope, y las cortinas se pegan a la estrecha abertura.
Susanna se dispone a ir hasta el comedor, pero se da cuenta de que las flores silvestres se han secado en el jarrón que hay sobre la amplia mesa de roble antes de pararse en seco.
Nota como si todo su cuerpo hubiera quedado recubierto por una película de hielo. La descarga de adrenalina se produce en un abrir y cerrar de ojos.
Las tres ventanas del comedor funcionan como grandes espejos. Bajo la luz de la araña del techo se ven la mesa y las ocho sillas, y una figura detrás de ellas.
Susanna observa fijamente la imagen reflejada del comedor y el corazón le late con tanta fuerza que le retumba en los oídos.
En el vano de la puerta que da al pasillo hay alguien con un cuchillo de cocina en la mano.
«Está dentro, está dentro de la casa», piensa ella.
Ha cerrado con llave la puerta de la cocina cuando debería haber huido por el jardín.
Retrocede poco a poco.
La figura permanece inmóvil, de espaldas al comedor y con la vista puesta en el pasillo que conduce a la cocina.
El enorme cuchillo le cuelga de la mano derecha y tiembla algo impaciente.
Susanna retrocede. Desliza el pie derecho y el parquet cruje cuando carga todo el peso de su cuerpo sobre él.
Tiene que salir pero, si va a la cocina, él la verá a través del pasillo. Quizá le dé tiempo a coger la llave del cuenco, aunque no es seguro.
Sigue retrocediendo con cautela, ve la sombra en la última ventana.
El suelo cruje de nuevo bajo el pie derecho y ella se detiene y ve cómo la figura se vuelve hacia el comedor, levanta la mirada y la ve reflejada en una de las oscuras ventanas.
Susanna, despacio, da un paso atrás. El intruso empieza a caminar en su dirección. Ella gime aterrada, se vuelve y corre hasta el cuarto de estar.
Resbala en la alfombra, pierde el equilibrio, se golpea la rodilla en el suelo, se apoya en la mano y lanza un suspiro de dolor.
Una silla golpea la mesa del comedor.
Susanna tira una lámpara de pie al levantarse, que impacta contra la pared y cae ruidosamente al suelo.
Oye pasos rápidos detrás de ella.
Sin pensarlo dos veces, vuelve a entrar en el cuarto de baño y echa el pestillo. El aire conserva aún el calor y la humedad.
«Esto no está ocurriendo», piensa despavorida.
Pasa frente al lavabo y el inodoro y descorre la cortina de la pequeña ventana. Le tiemblan las manos cuando empieza a quitar uno de los topes. Está atascado. Susanna se agota tratando de desbloquearlo e intenta tranquilizarse, lo mueve con suavidad, tira hacia un lado y, justo cuando desbloquea el primer tope, se oye un ruido metálico en la cerradura de la puerta del cuarto de baño. Se vuelve corriendo y agarra el pestillo justo cuando este empieza a girar. Lo aprieta con las dos manos y siente que el corazón se le sale del pecho.
5
Ha introducido un destornillador, o quizá la punta del cuchillo, en la pequeña ranura por el otro lado del eje del pestillo. Susanna aprieta para que no pueda girar, pero tiembla de forma tan violenta que teme que se le escape.
—Dios mío, esto no está sucediendo —susurra para sí—, esto no está sucediendo, no puede suceder...
Echa un vistazo al hueco de la ventana. Es demasiado pequeño para que pueda saltar directamente a través de él. La única manera de huir es correr hasta allí, desbloquear el segundo tope, abrir la ventana de un empujón y salir afuera, pero no se atreve a soltar el pestillo de la puerta.
Nunca ha pasado tanto miedo en toda su vida. Es un profundo miedo a morir fuera de todo control.
El pestillo de la cerradura se calienta y se vuelve resbaladizo entre sus tensos dedos. Se oyen arañazos metálicos al otro lado.
—¡Eh! —grita Susanna en dirección a la puerta.
Desde fuera, intentan abrir con un giro inesperado, pero ella está alerta y resiste.
—¿Qué quieres? —pregunta con la voz sosegada al máximo—. ¿Necesitas dinero? Si es así, lo comprendo. No pasa nada.
No recibe ninguna respuesta, pero oye cómo el metal rasca contra el metal y siente la vibración a través del pestillo.
—Busca si quieres, aunque no hay nada particularmente valioso en la casa... La tele es bastante nueva, pero...
Se interrumpe porque tiembla con tanta violencia que es difícil entender lo que dice. Se recuerda a sí misma en voz baja que debe tranquilizarse, aprieta el pestillo y piensa que su miedo es peligroso porque puede hacer que el intruso se enfurezca y cambie de planes.
—Mi bolso está colgado en la entrada —dice tragando aire—. Un bolso negro. Dentro hay una cartera con algo de dinero y una tarjeta Visa. Acaban de ingresarme la nómina..., te daré la clave, si quieres.
De pronto, el intruso deja de forcejear.
—Está bien, escucha —dice Susanna detrás de la puerta—, la clave es 3945. No te he visto la cara, puedes desaparecer con el dinero y yo esperaré hasta mañana para informar de que he perdido la tarjeta.
Sigue sujetando con fuerza el pestillo, pega la oreja a la madera y le parece oír unos pasos que se alejan antes de que un anuncio de la tele ahogue todos los demás sonidos.
No sabe si no habrá sido una tontería proporcionarle la verdadera clave de su tarjeta, pero solo quiere que eso acabe de una vez, y les da más valor a sus joyas, al anillo de casada de su madre y al collar de esmeraldas que le regalaron cuando dio a luz a Morgan.
Aguarda junto a la puerta y se repite a sí misma que el peligro aún no ha pasado, que no puede distraerse ni un segundo.
Cambia con cautela la mano con la que sujeta el pestillo, sin soltarlo en ningún momento. Tiene el dedo pulgar y el meñique de la mano derecha dormidos. Sacude la mano, pega la oreja de nuevo a la puerta y piensa que ha pasado más de media hora desde que le dio la clave de la tarjeta a ese tipo.
Probablemente se trate de un drogadicto que haya visto la puerta de la cocina abierta y haya entrado para buscar cosas de valor.
Ha terminado la primera parte del programa. Hay anuncios otra vez y después llegan las noticias. Susanna vuelve a cambiar de mano y espera.
Pasados otros diez minutos, se tumba en el suelo y mira por debajo de la puerta. No hay nadie fuera.
Puede ver buena parte del suelo de parquet, debajo del sofá, la luz de la tele reflejada en el barniz.
Todo está tranquilo.
La gente que entra a robar no es violenta, solo quiere su dinero del modo más rápido y sencillo posible.
Se levanta temblando, sujeta de nuevo el pestillo, se queda quieta con la oreja pegada a la madera y escucha las noticias y la previsión del tiempo.
Coge del suelo la rasqueta limpiacristales de la ducha a modo de arma, respira hondo y abre la puerta con cuidado.
Despacio.
Ve casi todo el cuarto de estar a través del pasillo. No hay ni rastro del intruso. Es como si nunca hubiese estado allí.
Susanna sale del cuarto de baño con las piernas temblándole de miedo. Todos sus sentidos están en alerta mientras se aproxima al cuarto de estar.
Oye un ladrido a lo lejos.
Avanza despacio y ve moverse el reflejo de la luz del televisor sobre las cortinas cerradas, las butacas y la mesa de centro con la tarrina de helado.
Piensa en ir al dormitorio, coger el teléfono, encerrarse de nuevo en el baño y llamar a la policía.
A la izquierda reluce la vitrina con la colección de porcelana de Dresde que heredó Björn. El corazón vuelve a latirle con fuerza en el pecho. Pronto estará a la mitad del pasillo y entonces podrá ver el fondo del vestíbulo.
Da un paso hacia el cuarto de estar, mira a su alrededor y alcanza a ver que el comedor está vacío antes de descubrir que está a su lado. A tan solo un paso. La delgada figura está de pie, esperándola. Está junto a la pared, justo donde termina el pasillo.
La cuchillada es tan rápida que Susanna no tiene tiempo de reaccionar. La afilada hoja se hunde directamente en el pecho.
En su interior, los músculos se tensan alrededor del metal.
Su corazón nunca ha latido tan fuerte como ahora. El tiempo se detiene mientras piensa que eso no puede estar sucediendo de verdad.
El cuchillo sale y deja una relajación ardiente. Susanna se aprieta la herida con la mano y nota cómo la sangre caliente sale bombeada entre sus dedos. La rasqueta de la ducha cae al suelo. Ella se tambalea, no puede pensar con claridad, y solo alcanza a ver que su sangre ha salpicado la tela brillante de un impermeable. La luz parpadea y ella intenta decir algo, que debe de tratarse de un error, pero no tiene voz.
Se da la vuelta y empieza a caminar hacia la cocina, nota unos golpes rápidos en la espalda y sabe que son insistentes cuchilladas.
Se tambalea, busca apoyo y empuja la vitrina contra la pared, de manera que todas las figuritas de porcelana caen entrechocando y tintineando.
El corazón se le desboca, la sangre le corre por dentro del quimono. Empieza a sentir un dolor terrible en el pecho.
Su campo de visión se reduce a un túnel.
Le retumban los oídos y le parece oír unos gritos exaltados, pero las palabras le resultan incomprensibles.
Su barbilla se levanta cuando le tiran del pelo. Intenta agarrarse a un sillón, pero no lo consigue.
Las piernas se le doblan y cae al suelo.
Siente que le arde un pulmón y tose suavemente.
Su cabeza gira hacia un lado y ve que hay restos de palomitas entre el polvo de debajo del sofá.
A través del estruendo interior, Susanna oye gritos extraños y siente repetidas cuchilladas en el estómago y el pecho.
Intenta apartarse dando patadas, piensa que debe regresar al cuarto de baño, pero no le quedan fuerzas. El suelo está resbaladizo.
Trata de volverse de lado, pero entonces le sujetan la barbilla y nota el cuchillo en la cara. Ya no tiene dolor, pero la sensación de irrealidad sigue dándole vueltas en la cabeza. La conmoción y la sensación de ausencia se mezclan con la impresión íntima y precisa de que le están cortando la cara.
La hoja penetra en el cuello y el pecho, y de nuevo en el rostro. Los labios y las mejillas se cubren de calor y de dolor.
Susanna comprende que no se salvará. Una angustia heladora se abre entonces ante ella como un abismo cuando deja de luchar por su vida.
6
El psiquiatra Erik Maria Bark está echado hacia atrás en su sillón de piel de oveja de color gris claro. Tiene un amplio despacho en su casa, con el suelo de parquet barnizado y estantes empotrados. La casa de ladrillo oscuro está en la parte más antigua del viejo Enskede, justo al sur de Estocolmo.
Es mediodía, pero la noche anterior tuvo guardia y necesitaría dormir unas horas.
Cierra los ojos y piensa en Benjamin, cuando era pequeño y quería saber cómo se habían conocido sus padres. Erik se sentó en el borde de la cama y le contó que Cupido, el dios del amor, existía de verdad. Que vivía entre las nubes y parecía un niño regordete con un arco de flechas en la mano.
«Una tarde de verano, Cupido puso su mirada en Suecia y me vio —le explicó Erik a su hijo—. Yo me encontraba en una fiesta de la universidad y me abrí paso a empujones entre la gente que había en la azotea y, justo entonces, Cupido saltó al borde de su nube y lanzó una flecha con trayectoria arqueada hacia la tierra.
»Yo me di unas vueltas por la fiesta, hablé un poco con algunos amigos, comí unos cuantos cacahuetes e intercambié unas palabras con el jefe del departamento.
»Y justo cuando la mirada de una chica pelirroja con una copa de champán en la mano se cruzó con la mía, la flecha me atravesó el corazón.»
Tras casi veinte años de matrimonio, Erik y Simone se divorciaron de mutuo acuerdo, aunque quizá ella estuvo más de acuerdo que él.
Cuando Erik se inclina hacia delante para apagar la lámpara de lectura vislumbra su rostro cansado en el estrecho espejo junto a la estantería. Las líneas de la frente y los surcos que le cruzan las mejillas son más profundos que nunca. El pelo castaño oscuro está lleno de canas. Debería cortárselo. Algunos mechones le caen hasta los ojos y él los retira sacudiendo la cabeza.
Cuando Simone le contó que había conocido a John, Erik comprendió que todo estaba perdido. Benjamin se lo tomó con mucha calma, bromeaba y decía que iba a ser estupendo tener dos padres.
Ahora, su hijo ya tiene dieciocho años y vive en la gran casa de Stocksund con Simone y el marido de esta, sus nuevos hermanastros y los perros.
Sobre la antigua mesa de fumador de Erik está el último número de la revista The American Journal of Psychiatry y Las metamorfosis de Ovidio con un blíster medio vacío como marcapáginas.
Al otro lado de las ventanas de cristal emplomado llueve sobre los frondosos árboles frutales del jardín.
Erik coge el blíster del libro, saca una pastilla para dormir, que cae sobre la palma de su mano, e intenta calcular cuánto tiempo tarda el cuerpo en absorber el principio activo, empieza de nuevo y después lo deja. Para mayor seguridad, parte la pastilla por la hendidura, sopla el polvillo para evitar el sabor amargo y se traga medio comprimido.
La lluvia repiquetea en las ventanas, y la relajante música de Dear Old Stockholm de John Coltrane sale de los altavoces.
El calor químico de la pastilla empieza a llegar a los músculos. Erik cierra los ojos y disfruta de la música.
Erik Maria Bark es médico, psiquiatra y psicoterapeuta, especialista en tratar estados de shock y traumas, y trabajó cinco años con la Cruz Roja en Uganda.
Dirigió durante cuatro años un proyecto de investigación sobre la hipnosis clínica como terapia de grupo en el instituto Karolinska. Pertenece a la Sociedad Europea de Hipnosis, y muchos lo consideran la primera autoridad mundial en la materia.
Ahora forma parte de un pequeño equipo especializado en pacientes con patologías traumáticas y postraumáticas agudas. Colabora regularmente con las autoridades policiales y fiscales en interrogatorios complicados con las víctimas.
Con frecuencia, utiliza la hipnosis para conseguir que el testigo se relaje y pueda ordenar sus recuerdos en situaciones de estrés.
Dentro de tres horas tiene una reunión en el instituto Karolinska, y Erik cuenta con poder dormir hasta entonces.
Pero no puede.
Cae en un sueño profundo y comienza a soñar que lleva en sus brazos a un hombre viejo y barbudo a través de una casa angosta.
Simone lo llama desde detrás de una puerta cerrada y en ese mismo instante empieza a sonar el teléfono. Erik se sobresalta y busca a tientas en la mesa de fumador. El corazón le late con fuerza por el susto que se ha llevado al ser arrancado con violencia de una fase de relajación profunda.
—Simone —contesta él confuso.
—Hola, Simone... No sé, pero tal vez debería dejar esos cigarrillos franceses —bromea Nelly lacónicamente, fiel a su estilo—. Perdona que te lo diga, pero tu voz suena casi como la de un hombre.
—Casi —sonríe Erik, sintiendo dentro del cerebro la somnolencia de la pastilla.
Ella suelta una estrepitosa carcajada.
Nelly Brandt es psicóloga y la colega más cercana de Erik en el grupo de especialistas del instituto Karolinska. Es competente, trabaja duro y además es muy divertida, aunque a veces de un modo demasiado vulgar.
—Está aquí la policía, están muy afectados —dice ella, y entonces Erik se da cuenta de lo alterada que parece.
Se frota los ojos para aclararse la vista mientras trata de escuchar las palabras de Nelly acerca de que la policía se ha presentado con un testigo en estado de shock.
Erik entorna los ojos y mira por las ventanas hacia la calle, donde la lluvia golpea contra los cristales.
—Estamos haciéndole una exploración somática y las pruebas rutinarias —aclara ella—. Sangre, orina..., hígado y función tiroidea...
—Bien.
—Erik, la comisaria ha preguntado especialmente por ti... La culpa ha sido mía: se me ocurrió decir que eras el mejor...
—Las alabanzas no hacen mella en mí —contesta él, y se levanta algo vacilante, se pasa la mano por la cara y va hasta el escritorio apoyándose en los muebles.
—Ya estás levantado —dice Nelly animada.
—Sí, pero yo...
—Entonces le digo a la policía que estás de camino.
Hay un par de calcetines negros con la parte inferior polvorienta debajo del escritorio, junto con un recibo de taxi y el cargador de un móvil. Cuando se agacha para recoger los calcetines del suelo, Erik se precipita hacia delante, y habría caído de bruces de no haber apoyado la mano.
Los objetos que hay encima del escritorio chocan y salen disparados. Los bolígrafos plateados lanzan duros reflejos.
Erik alarga un brazo y coge un vaso de agua medio vacío, bebe un trago y piensa que tiene que concentrarse.
7
El hospital universitario Karolinska es uno de los mayores de Europa y tiene más de quince mil empleados. La clínica de psiquiatría está algo apartada del enorme edificio del hospital. Desde arriba, parece un barco vikingo en un petroglifo, pero desde el parque no se diferencia mucho del resto de los edificios. El revoque de la fachada de color amarillo nicotina está todavía mojado tras la lluvia, el agua herrumbrosa ha caído por los canalones, y del aparcamiento de bicicletas cuelga una rueda delantera con su candado.
Los neumáticos del coche de Erik crujen despacio cuando gira para entrar en el aparcamiento.
Nelly está esperándolo fuera en la escalera con dos tazas de café. Erik no puede por menos que esbozar una sonrisa al ver su cara de satisfacción y la mirada deliberadamente lánguida.
Nelly es bastante alta y delgada, su pelo teñido de rubio siempre está perfecto y se maquilla con mucho gusto.
Erik se relaciona bastante con ella y con Martin, su marido, fuera del trabajo. Nelly no tiene ninguna necesidad de trabajar; su marido es el principal accionista de Datametrix Nordic.
Cuando ve el BMW de Erik entrar en el aparcamiento, va a su encuentro, sopla una de las tazas y da un sorbo con cuidado antes de colocarla en el techo del coche y abrir la puerta trasera.
—No sé de qué se trata, pero tenemos a una comisaria que parece bastante agobiada —dice alargándole a Erik una de las tazas entre los asientos.
—Gracias.
—Les he explicado que nosotros siempre actuamos haciendo lo que sea mejor para el paciente —aclara Nelly cuando se sienta y cierra la puerta del coche—. Joder, qué mierda... Dios, perdona... ¿Tienes un pañuelo de papel? Se me ha caído un poco de café en el asiento.
—Déjalo.
—¿Te has enfadado? Sí, ya lo veo —dice ella.
El olor a café se extiende por el coche, y Erik cierra los ojos un momento.
—Nelly, ¿puedo saber qué te han dicho?
—No me cae nada bien esa maldita... esa... encantadora policía.
—¿Hay algo que deba saber antes de entrar? —pregunta él abriendo la puerta.
—Le dije que podía esperar en tu consulta y fisgar en los cajones.
—Gracias por el café..., por las dos tazas —dice él saliendo del coche al mismo tiempo que ella.
Erik cierra la puerta, se guarda las llaves en el bolsillo, se pasa la mano por el pelo y echa a andar hacia la clínica.
—¡Lo de los cajones no se lo he dicho! —grita ella a su espalda.
Erik sube la escalera, tuerce a la derecha, pasa su tarjeta por el lector, teclea la clave y continúa por el siguiente pasillo hasta llegar a su despacho. Se sienta, todavía adormilado, y piensa que pronto tendrá que controlar el uso de las pastillas. Hacen que duerma demasiado profundamente. Es casi como zambullirse. Los sueños bajo los efectos de las drogas han empezado a resultar claustrofóbicos. El día anterior tuvo una pesadilla con dos perros que se juntaban al crecer, y una semana atrás se durmió en la clínica y tuvo un sueño erótico con Nelly. Ya no lo recuerda bien, pero ella estaba de rodillas delante de él y le entregaba una bola fría de cristal.
Sus pensamientos se desvanecen cuando ve que la comisaria está sentada en su silla con los pies apoyados en el borde de la papelera. Se rodea la prominente barriga con una mano y sujeta una lata de Coca-Cola con la otra. Tiene la frente fruncida, la barbilla hundida y respira con la boca entreabierta.
Su placa de policía y su tarjeta de identificación están encima del escritorio, y la mujer hace un gesto de cansancio hacia ellas al tiempo que se presenta.
—Margot Silverman..., de la judicial.
—Erik Maria Bark —contesta él estrechándole la mano.
—Gracias por venir tan pronto —dice ella humedeciéndose los labios—. Tenemos un testigo en estado de shock... Todos creen que debería acompañarme a la sala. Ya hemos intentado interrogarlo varias veces, pero...
—Solo quiero precisar que somos cinco en nuestro grupo de especialistas y que yo personalmente no suelo participar en los interrogatorios con asesinos o sospechosos de asesinato.
El reflejo de la lámpara del techo se desliza sobre los ojos claros de Margot. El pelo rizado ha empezado a escapársele de la gruesa trenza.
—Está bien, pero Björn Kern no es sospechoso. Trabaja en Londres y se encontraba en el avión de vuelta a casa cuando alguien asesinó a su mujer —responde ella apretando la lata de Coca-Cola hasta hacer crujir el ligero metal.
—Ya entiendo —asiente Erik.
—Cogió un taxi desde Arlanda y se la encontró muerta —prosigue la comisaria—. No sabemos exactamente qué es lo que hizo, pero arrastró el cadáver de su mujer por toda la casa... Tampoco sabemos dónde yacía al principio; estaba tumbada en la cama del dormitorio... Él limpió la sangre... No recuerda nada, o al menos eso dice, pero los muebles están cambiados de sitio, la alfombra llena de sangre en la lavadora... A él lo encontramos a más de un kilómetro de la casa, un vecino estuvo a punto de atropellarlo en la carretera, iba con el traje ensangrentado, descalzo.
—Desde luego, entraré a verlo —explica Erik—. Pero le seré sincero: es un error tratar de forzarlo a dar información.
—Tiene que hablar ahora —dice ella obstinada apretando la lata.
—Comprendo su impaciencia, pero puede entrar en un estado de psicosis si lo presionamos demasiado... Dele tiempo, ya testificará.
—Usted ha colaborado antes con la policía, ¿no es cierto?
—Muchas veces.
—Pero en esta ocasión... se trata del segundo asesinato de las mismas características, y sin duda le seguirán muchos más —replica ella.
—Un asesino en serie —aclara él.
Margot está ahora pálida, las suaves líneas alrededor de sus ojos se han endurecido a la luz de la lámpara.
—Perseguimos a un asesino en serie, sí.
—Está bien, lo entiendo, pero el paciente tiene que...
—El asesino ha entrado en una fase activa y no va a parar —lo interrumpe ella—. Además, lo de Björn Kern es un desastre desde mi punto de vista. Primero va y lo cambia todo de sitio en el escenario del crimen antes de que la policía llegue allí... Y, encima, ahora no se le puede preguntar cómo estaba la casa cuando él entró.
Margot apoya los pies en el suelo, susurra para sí que tienen que ponerse en marcha y luego permanece sentada con la espalda recta y la respiración agitada.
—Presionarlo ahora puede hacer que se encierre en sí mismo para siempre —insiste Erik.
Abre el armario de abedul y saca su cámara con la funda de piel sintética.
Margot se levanta, deja por fin la lata encima de la mesa, recoge su placa de policía y su identificación y echa a andar hacia la puerta con pasos pesados.
—Obviamente —dice—, entiendo que debe de ser muy duro para él pensar en lo ocurrido, pero tiene que esforzarse y...
—Sí, pero es más que duro... De hecho, puede que le sea imposible pensar en ello justo ahora —contesta Erik—. Según su descripción, parece un síndrome de estrés postraumático agudo y...
—Eso solo son palabras —lo interrumpe ella con las mejillas encendidas.
—Un trauma psíquico puede ir seguido de un bloqueo grave de...
—¿Por qué? Yo no creo en esas cosas —dice Margot.
—Como sabrá, el hipocampo organiza nuestros recuerdos en el tiempo y en el espacio..., y después esa información es comunicada al córtex prefrontal —explica con paciencia Erik señalándose la frente—. Sin embargo, todo eso cambia con un alto nivel de arousal, en un shock, por ejemplo... Cuando la amígdala cerebral identifica una amenaza, se activan tanto el sistema nervioso periférico como el sistema nervioso parasimpático, y...
—Está bien, joder, no soy tonta. Suceden un montón de cosas en el cerebro.
—Lo importante es que el estrés a ese nivel hace que los recuerdos no queden registrados como ocurre normalmente, sino que en los trastornos de ánimo... quedan congelados como cubitos de hielo, cada trozo por su lado..., encapsulados.
—Comprendo. Dice usted que Björn hace lo que puede —repone Margot apoyando la mano en la barriga—. Pero quizá vio algo que pueda ayudarnos a detener al asesino. Debe conseguir que se tranquilice y empiece a hablar.
—Lo intentaré, pero no sé cuánto tiempo me llevará —responde Erik—. Trabajé en Uganda con personas traumatizadas por la guerra..., personas cuyas vidas habían volado en pedazos. Hay que intentarlo con seguridad, descanso, conversaciones, ejercicios, medicación...
—E hipnosis, ¿no? —pregunta ella sonriendo sin querer.
—Solo si uno no tiene expectativas exageradas en el resultado, pero, sí, desde luego... A veces, una hipnosis poco profunda puede ayudar al paciente a estructurar sus recuerdos, de manera que pueda expresarlos en voz alta.
—En estos momentos aceptaría hasta que un caballo le diera una coz en la cabeza con tal de que surtiera efecto.
—Sí, pero eso corresponde a otro departamento —contesta Erik con sequedad.
—Perdón, me vuelvo un poco impaciente con el embarazo —se disculpa ella, y Erik nota que la mujer se esfuerza por parecer conciliadora—. Sin embargo, debo encontrar paralelismos con el primer asesinato, necesito un modelo de conducta para acorralar al asesino, y en estos momentos no tengo nada.
Llegan a la habitación del paciente. Dos policías uniformados hacen guardia delante de la puerta.
—Eso es importante para usted —dice Erik—. Pero piense que él acaba de encontrar a su mujer asesinada.
8
Erik entra con Margot en una de las habitaciones amuebladas con dos sillones y un sofá, una mesa blanca alargada, dos sillas y un dispensador de agua automático con vasos de plástico y una papelera.
En el suelo, bajo el alféizar de la ventana, hay un tiesto y la alfombra de vinilo está manchada de tierra pisada.
En el aire flota un leve tufo a sudor y puede palparse el estrés. El hombre está en un rincón del fondo, como si intentara irse lo más lejos posible.
Cuando ve a Erik y a Margot, pega la espalda a la pared que hay detrás del sofá. Está muy pálido, tiene la mirada perdida y los ojos rojos. Su camisa celeste, manchada de sudor en las axilas, le cuelga por fuera de los pantalones.
—Hola, Björn —lo saluda la comisaria—. Este es Erik, es médico aquí.
El hombre mira al psiquiatra con inquietud y se vuelve otra vez al rincón.
—Hola —dice Erik.
—No estoy enfermo.
—No, pero lo que ha visto le da derecho a recibir ayuda —contesta Erik con objetividad.
—Usted no sabe lo que he visto —replica el hombre, y a continuación susurra algo para sí.
—Sé que no le han administrado ningún tranquilizante —constata Erik sin inmutarse—, y debe saber que hay posibilidades...
—Y ¿por qué narices iba a tomar yo un montón de pastillas? —lo interrumpe el hombre—. ¿Acaso sirven para algo? ¿Todo volverá a estar bien?
—No, pero...
—¡¿Podré ver a Sanna entonces?! —grita Björn—. Eso no va a pasar, ¿verdad?
—Lo que ha ocurrido no puede cambiarse —dice Erik circunspecto—. Pero su actitud frente a lo sucedido cambiará según lo que haga...
—No entiendo nada de lo que dice.
—Trato de encontrar la manera de explicarle que lo que siente forma parte de un proceso, y que usted puede decidir si quiere que lo ayude en ese proceso.
Björn lo mira a los ojos rápidamente y luego se aleja con la espalda pegada a la pared.
Margot coloca la grabadora encima de la mesa, indica el día, la hora y el nombre de las personas que están presentes en la sala.
—Esta es la quinta conversación con Björn Kern. —Termina la presentación y se vuelve hacia el hombre, que permanece de pie toqueteando el respaldo del sofá—. Björn, ¿quiere contarnos con sus propias palabras...?
—¿Qué? —la interrumpe él—. ¿Qué?
—Lo que pasó cuando llegó a su casa —contesta ella.
—¿Por qué? —pregunta él en voz baja.
—Porque queremos saber lo que pasó y lo que vio —dice ella.
—¿Qué es esto? Yo llegué a casa, sin más, ¿acaso no puede uno hacerlo?
Se tapa los oídos con las manos y luego jadea. Erik ve que le sangran los nudillos de las dos manos.
—¿Qué vio? —repite Margot con la voz cansada.
—¿Por qué me lo pregunta? No sé por qué sigue preguntando. Hay que joderse...
Björn sacude la cabeza y se frota con fuerza la boca y los ojos.
—Quiero que sepa que está seguro aquí, en esta sala —dice Erik—. Cree que no puede relajarse, no cree que sea posible, pero sí lo es.
El hombre hurga con la uña en una rendija del papel pintado y arranca una pequeña tira.
—Esto es lo que pienso —indica entonces sin mirarlos—. Pienso que tengo que volver a hacerlo todo, pero esta vez correctamente... Tengo que volver a casa, cruzar la puerta de nuevo y entonces todo volverá a ser normal.
—¿A qué se refiere con «normal»? —pregunta Erik, que consigue captar la mirada del hombre.
—Ya sé cómo suena, pero imagínense que sea así —dice él haciendo un gesto de desesperación como para mandarles callar—. Puedo entrar, cruzar el umbral y llamar a Sanna... Ella sabe que traigo algo, siempre lo hago, una bolsa del duty free..., y me quito los zapatos y continúo hacia el interior...
Parece absolutamente desesperado.
—Hay tierra en el suelo —susurra a continuación.
—¿Había tierra en el suelo? —pregunta Margot.
—¡Cállese! —grita Björn tan alto que se le quiebra la voz.
Pisa el suelo lleno de tierra de la sala, coge el tiesto y lo lanza contra la pared. Se oye un estrépito cuando la maceta de plástico se rompe y la tierra cae debajo del sofá.
—Joder, joder —resopla.
Se apoya en la pared con las dos manos. La cabeza le cuelga hacia delante y un hilillo de baba cae al suelo.
—¿Björn?
—Joder, esto no vale —dice con voz acongojada.
—Björn —repite Erik despacio—. Margot está aquí para saber más detalles de lo que ha pasado. Es su trabajo. Mi trabajo es ayudarle. Yo estoy aquí para ayudarle... Estoy acostumbrado a tratar a personas que lo tienen difícil, personas que han sufrido una gran pérdida, que han vivido cosas terribles..., cosas que nadie debería sufrir, pero que por desgracia forman parte de la vida de algunos de nosotros.
El hombre no contesta. Llora en silencio. Tiene los ojos oscuros, rojos y húmedos.
—¿Quiere permanecer ahí de pie? —le pregunta Erik con calma—. ¿No prefiere sentarse en el sillón?
—Me da igual.
—Sí, a mí también...
—Vale —dice Björn en voz baja volviéndose hacia él.
—Ya se lo he explicado y sé lo que ha contestado usted, pero mi trabajo consiste en ofrecerle toda la ayuda disponible... Puedo darle algún tranquilizante. Eso no borrará lo ocurrido, pero calmará la angustia interior.
—¿Puede ayudarme? —susurra el hombre al cabo de pocos segundos.
—Puedo ayudarle a dar el primer paso para... para que pueda superar el momento más difícil —explica Erik con calma.
—Me echo a temblar cuando pienso en el umbral de casa... porque yo debo de haber cruzado otro umbral, un umbral equivocado.
—Comprendo esa sensación.
Björn se toca los labios con cuidado, como si le dolieran.
—¿Quiere que me siente? —pregunta mirando a Erik con reservas.
—Si le resulta más cómodo...
Björn se sienta por primera vez, y Erik nota que Margot lo mira, pero no le devuelve la mirada.
—¿Qué ve si cruza el umbral equivocado? —pregunta a continuación.
—No quiero pensar en ello —contesta el hombre.
—Pero ¿lo recuerda?
—¿Puede quitarme esta... angustia? —le pregunta a Erik en voz baja.
—Usted decide —contesta el psiquiatra—. No me importa estar aquí con usted y con la comisaria..., pero si quiere podemos hablar en privado..., o también podemos probar la hipnosis, que puede ayudar a pasar lo más duro.
—¿Hipnosis?
—Hay quien piensa que funciona bien —contesta Erik sencillamente.
—No. —Björn sonríe.
—La hipnosis no es más que una combinación de relajación y concentración.
Björn se ríe en silencio con la mano en la boca, se levanta del sofá, va de nuevo hasta la pared, se detiene en el rincón y se vuelve hacia Erik.
—Creo que a lo mejor estaría bien tomar alguna medicina, como ha dicho antes...
—Sí —asiente Erik—. Puedo darle Stesolid. ¿Lo conoce? Notará calor y cansancio, pero se sentirá mucho más tranquilo.
—De acuerdo, bien.
Björn golpea varias veces la pared con la palma de la mano y después se acerca al dispensador de agua.
—Le pediré a la enfermera que le traiga una pastilla —dice Erik.
Abandona la sala y en ese momento está seguro de que Björn muy pronto pedirá la hipnosis.
9
La casa del número 4 de la plaza Lill-Jans se diferencia de los edificios que la rodean por su fachada oscura y sus elementos góticos, con frisos, miradores, pilastras y arcos ojivales.
Las cortinas de la planta baja están cerradas, de lo contrario, Erik podría haber mirado directamente por la ventana.
Echa un vistazo al papel con la dirección, duda un momento y luego entra en el imponente portal. Esto no se lo ha contado a nadi
