PRÓLOGO
El náufrago habría muerto antes de ponerse el sol, de no haber sido por la aguda visión de un marinero italiano llamado Mario. Cuando lo descubrieron, estaba sumido ya en una inconsciencia total; las zonas de su cuerpo casi desnudo expuestas al aire mostraban quemaduras de segundo grado producidas por el implacable sol, y las partes sumergidas en el agua del mar aparecían blandas, blancas y ulceradas, como las extremidades de un pato en estado de putrefacción.
Mario Curcio era el cocinero-camarero del Garibaldi, simpático, viejo y enmohecido cacharro que había zarpado de Brindisi rumbo al este, en dirección al cabo Ince y a Trebisonda, en el extremo oriental de la costa norte de Turquía. Tenía que recoger un cargamento de almendras de Anatolia.
Nadie preguntó por qué Mario había decidido, precisamente aquella mañana de la última decena de abril de 1982, vaciar su cubo con mondaduras de patata por la borda, en vez de hacerlo por el canal de la basura situado a popa, y si se lo hubiesen preguntado no habría podido decir el porqué. Quizá fue para respirar un poco de aire fresco del mar Negro y romper así la monotonía del humo y el calor de la estrecha cocina; pero lo cierto es que salió a cubierta, se dirigió a la barandilla de estribor y arrojó la basura en el indiferente y sufrido mar. Después dio media vuelta y echó a andar, para reanudar sus quehaceres. Pero a los dos pasos se detuvo, frunció el entrecejo, se volvió y retrocedió hacia la barandilla, intrigado e inseguro.
El barco seguía el rumbo este-nordeste para salvar el cabo Ince, y por eso, al hacer el hombre visera con la mano para mirar hacia popa, el sol de mediodía le dio casi de lleno en el rostro. Pero estaba seguro de que había visto algo allá, sobre las olas verdeazules, entre el barco y la costa de Turquía, que se extendía a unos treinta kilómetros al sur. Incapaz de divisarlo de nuevo, trotó por la cubierta de popa, subió la escalerilla exterior del puente y volvió a mirar. Y entonces lo vio con toda claridad durante medio segundo, entre dos olas que oscilaban suavemente. Se volvió hacia la puerta abierta que había detrás de él, que conducía a la caseta del timón, y gritó:
—Capitano!
El capitán, Vittorio Ingrao, tardó un poco en dejarse persuadir, pues Mario era un zoquete; pero como buen marino sabía que, ante la posibilidad de que hubiese un hombre en el agua, su deber era virar y comprobarlo más de cerca; además, el radar había revelado algo. Le costó media hora conducir el barco al sitio indicado por Mario, y entonces también él lo vio.
El bote tenía menos de cuatro metros de largo y no era muy ancho. Se trataba de una embarcación ligera, como las que suelen remolcar los barcos más grandes. Casi a la mitad del bote, hacia proa, había un solo banco, con un agujero para plantar un mástil. Pero, o nunca existió tal mástil, o el que llevaba estaba flojo y había saltado por la borda. Con el Garibaldi detenido y meciéndose en las olas, el capitán Ingrao se apoyó contra la barandilla del puente y observó a Mario y al contramaestre, Paolo Longhi, que ponían en marcha el bote salvavidas para ir en busca del náufrago. Desde su puesto elevado pudo mirar al interior del esquife cuando éste era remolcado.
El hombre yacía boca arriba, sobre varios centímetros de agua salada. Estaba flaco y demacrado, con la barba crecida y se hallaba inconsciente; tenía ladeada la cabeza y respiraba en breves jadeos. Gimió varias veces cuando le izaron a bordo y los marineros tocaron los llagados hombros y el pecho.
En el Garibaldi había siempre un camarote vacío que hacía las veces de enfermería en caso necesario, y el náufrago fue depositado en él. Mario, que pidió autorización para cuidarle, pronto le consideró como algo propio y le prestó una atención especial, como un chiquillo habría hecho con un perrito al que hubiera salvado de la muerte. Longhi cogió una inyección de morfina del botiquín y se la administró al enfermo para aliviarle el dolor. Después, los dos marineros empezaron a curarle las quemaduras.
Por su condición de calabreses sabían algo sobre las quemaduras causadas por el sol y prepararon el mejor remedio para ellas. Mario trajo de la cocina, en una jofaina, una mezcla, a partes iguales, de zumo de limón y vinagre; un paño de algodón que cortó de la funda de su almohada, y un cuenco lleno de cubitos de hielo. Después que hubo mojado el paño en la mezcla y envuelto en él una docena de cubitos, aplicó suavemente la compresa sobre las zonas más dañadas, donde los rayos ultravioleta habían penetrado casi hasta los huesos. Pequeñas nubecillas de vapor brotaron del cuerpo inconsciente cuando el astringente helado absorbió el calor de la carne tostada. El herido se estremeció.
—Más vale tener un poco de fiebre que morir de quemaduras —le dijo Mario en italiano.
El hombre no podía oírle, y, de no ser así, tampoco le habría comprendido.
Longhi fue a reunirse con su patrón en la popa, donde había sido izado el bote.
—¿Hay algo ahí? —preguntó.
El capitán Ingrao meneó la cabeza.
—El hombre no lleva nada encima —dijo Mario—. Ni reloj, ni placa de identidad. Sólo unos calzoncillos baratos, sin etiqueta. Su barba parece ser de unos diez días.
—Aquí tampoco hemos encontrado nada —informó Ingrao—. Ni mástil, ni vela, ni remos. Tampoco hay comida, ni un frasco de agua. Y ni siquiera el bote lleva nombre. Aunque tal vez haya saltado.
—¿Un turista de vacaciones que ha sido arrastrado hacia alta mar? —preguntó Longhi.
Ingrao se encogió de hombros.
—O el superviviente de un pequeño carguero —repuso—. Dentro de dos días llegaremos a Trebisonda. Las autoridades turcas podrán averiguarlo cuando él se despierte y empiece a hablar. Mientras tanto sigamos nuestra ruta. ¡Ah! Debemos cablegrafiar a nuestro agente allí y decirle lo que ha ocurrido. Necesitaremos una ambulancia cuando atraquemos.
Dos días más tarde, el náufrago, todavía medio inconsciente e incapaz de hablar, fue acostado entre blancas sábanas en una sala del pequeño hospital municipal de Trebisonda.
Mario, el marino, había acompañado a su náufrago en la ambulancia, desde el muelle hasta el hospital, junto con el agente del barco y el oficial médico de Sanidad, que había insistido en hacer un reconocimiento al hombre, que no cesaba de delirar, por si tenía alguna enfermedad contagiosa. Después de esperar durante una hora al lado de la cama. Mario se despidió de su inconsciente amigo y regresó al Garibaldi para preparar el almuerzo de la tripulación. La noche del día siguiente, el viejo carguero había zarpado.
Ahora, otro hombre estaba junto al lecho, acompañado de un oficial de policía y del médico vestido de blanco. Los tres eran turcos, pero el hombre rechoncho con ropa de paisano hablaba un inglés aceptable.
—Puede salvarse —dijo el médico—, aunque de momento está muy grave. Insolación, quemaduras de segundo grado y agotamiento general. Además, a juzgar por su aspecto, no ha comido hace días. Está muy débil.
—¿Qué es eso? —preguntó el de paisano, señalando los tubos insertos en ambos brazos del hombre.
—Un gota a gota de glucosa concentrada para alimentarle y suero salino para contrarrestar el shock —respondió el médico—. Es probable que los marineros le hayan salvado la vida al extraer el calor de las quemaduras; pero nosotros lo hemos bañado en calomina, que ayuda al proceso de cicatrización. Ahora todo depende de Alá.
Umit Erdal, socio de la compañía naviera y comercial Erdal y Sermit, era subagente del Lloyd en el puerto de Trebisonda, y el agente del Garibaldi se alegraba de haberle endosado el caso del náufrago. El moreno y barbudo enfermo parpadeó ligeramente. Erdal carraspeó, se inclinó sobre él y preguntó, en su mejor inglés, lentamente y con claridad:
—¿Cómo… se… llama?
El hombre gimió y movió la cabeza varias veces de un lado a otro. El del Lloyd acercó más la cabeza al náufrago para oírle mejor.
—Zradzhenyi —murmuró el enfermo—, zradzhenyi.
Erdal se irguió.
—No es turco —dijo con rotundidad—, pero parece que se llama Zradzhenyi. ¿De qué país procederá este nombre?
Sus dos acompañantes se encogieron de hombros.
—Informaré al Lloyd de Londres —dijo Erdal—. Quizá ellos tengan noticia de algún barco perdido en el mar Negro.
La biblia de uso cotidiano de la hermandad mundial de la marina mercante es la Lloyds List, que se publica de lunes a sábado y contiene editoriales, comentarios y noticias sobre temas exclusivamente navales. Su compañero de equipo, el Lloyds Shipping Index, consigna los movimientos de los treinta mil buques mercantes en activo del mundo: nombre del barco, propietario, pabellón, año de construcción, tonelaje, último lugar de procedencia y lugar de destino.
Ambos órganos se editan en un complejo de edificios de Sheepen Place, Colchester, en el condado inglés de Essex. Umit Erdal comunicó por télex a uno de estos edificios los movimientos de entrada y salida de buques del puerto de Trebisonda, añadiendo una breve nota a la atención de la unidad de información naval del Lloyd, radicada en el mismo edificio.
La unidad de información naval comprobó su registro de accidentes marítimos, confirmó que no había ninguna noticia reciente de desaparición, hundimiento o simple retraso de algún buque en el mar Negro, y pasó la nota a la oficina de redacción de la List. En ella, un subdirector la incluyó como noticia breve en primera página, y consignó el nombre que el náufrago había dado. La información apareció en el número de la mañana siguiente.
La mayoría de los que leyeron la List del Lloyd aquel día de finales de abril no prestaron atención a aquel párrafo que se refería a un náufrago no identificado en el puerto de Trebisonda.
Pero la noticia captó la aguda mirada y el interés de un hombre de poco más de treinta años que trabajaba como primer oficial y empleado de confianza en una compañía de corredores de comercio marítimo situada en la callejuela londinense Crutched Friars, situada en el centro de la City, ese kilómetro y medio cuadrado de actividades financieras y comerciales de la capital británica. Sus colegas en la empresa lo conocían como Andrew Drake.
Después de asimilar el contenido del párrafo, Drake se levantó de su mesa y se dirigió al salón de sesiones de la compañía donde consultó un mapa del mundo en el que se mostraban los vientos dominantes y las corrientes marinas normales. Durante la primavera y el verano, casi siempre soplan vientos del norte en el mar Negro, y las corrientes giran en dirección contraria a la de las agujas del reloj en este pequeño mar. Parten de la costa meridional, de Ucrania, bajan frente a las costas de Rumanía y de Bulgaria y giran hacia el este en las rutas marítimas entre Estambul y el cabo Ince.
Drake hizo algunos cálculos en un bloc. Una embarcación pequeña que partiera de las marismas del delta del río Dniéster, al sur de Odessa, podía alcanzar una velocidad de cuatro o cinco nudos con viento constante y corriente favorable, navegando hacia el sur, por delante de Rumania y de Bulgaria y en dirección a Turquía. Pero, a los tres días, se vería empujada hacia el este, alejándose del Bósforo hacia el extremo oriental del mar Negro.
«Tiempo y Navegación», la sección de la Lloyds List, confirmaba que, nueve días atrás, había habido mal tiempo en aquella zona. La clase de tiempo —murmuró Drake para sí— que podría hacer que un bote dirigido por manos inexpertas volcara, perdiendo el mástil y todo lo que llevaba, y dejara a su ocupante a merced del sol y del viento, aunque hubiese conseguido subir a la barca de nuevo.
Dos horas más tarde, Andrew Drake solicitó una semana a cuenta de las vacaciones que le correspondían. La petición le fue concedida a condición de que empezara el lunes siguiente, 3 de mayo.
Con cierta excitación esperó el comienzo de aquella semana. Entretanto, en una agencia próxima adquirió un pasaje de ida y vuelta de Londres a Estambul. Resolvió tomar en Estambul, pagándolo en metálico, el billete de Estambul a Trebisonda. También se aseguró de que el pasaporte británico no necesitaba visado para Turquía; en cambio, sí que precisaba el certificado de vacunación contra la viruela, el cual obtuvo en el centro médico de la British Airways, en Victoria, al que acudió fuera de las horas de trabajo.
Su excitación se debía a que pensaba que, después de años de espera, tenía una posibilidad de encontrar al hombre que buscaba. A diferencia de los tres que habían estado junto al náufrago dos días antes él, sabía de qué país procedía la palabra zradzhenyi. Y también sabía que no era el nombre de aquel individuo. El hombre que yacía en la cama del hospital había murmurado la palabra «traicionado» en su lengua materna, y ésta era la ucraniana. Lo cual quizá significara que se trataba de un partisano ucraniano fugitivo.
Andrew Drake, a pesar de su nombre inglés, era también ucraniano… y fanático nacionalista.
La primera visita de Drake al llegar a Trebisonda fue a la oficina de Erdal, nombre obtenido de un amigo del Lloyd al que había dicho que iba a pasar unas vacaciones a Turquía y que, como no sabía una palabra de turco, necesitaría alguien que lo ayudase. Por fortuna, Umit Erdal, al ver la carta de presentación que Drake le entregó no mostró curiosidad por saber los motivos que su visitante tenía para visitar al náufrago que estaba en el hospital de la ciudad. Escribió personalmente una carta de presentación al administrador del hospital, y, poco después de la hora del almuerzo, Drake era introducido en la pequeña habitación individual donde yacía el enfermo.
El agente local del Lloyd le había informado ya que aquel hombre, aunque había recobrado el conocimiento, pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo, y que en sus períodos de vigilia, no decía absolutamente nada. Cuando Drake entró en la habitación, el paciente yacía boca arriba, con los ojos cerrados. Drake acercó una silla y se sentó junto a la cama. Durante un rato observó el demacrado rostro del náufrago. Después de varios minutos, éste parpadeó, entreabrió los ojos y los cerró de nuevo. Si había visto al visitante que le miraba fijamente, Drake no habría podido afirmarlo. Pero sabía que el enfermo estaba a punto de despertar del todo. Poco a poco se inclinó hacia adelante y murmuró claramente a su oído.
—Shche no vmerla Ukraina.
Estas palabras significan, literalmente, «Ucrania no ha muerto»; pero en una traducción más libre equivalen a «Ucrania vive aún». Son las primeras palabras del himno nacional ucraniano, prohibido por los amos rusos y cualquier ucraniano consciente de su nacionalidad debía reconocerlos en el acto.
El enfermo abrió los ojos y observó fijamente a Drake. Después de unos segundos, preguntó en ucraniano:
—¿Quién es usted?
—Un ucraniano; como usted —respondió Drake.
Una sombra de recelo nubló los ojos del otro.
Drake sacudió la cabeza.
—Soy de nacionalidad británica —aclaró—; nací y me crié en Inglaterra, hijo de padre ucraniano y madre inglesa. Pero, en el fondo de mi corazón, me siento tan ucraniano como usted.
El hombre de la cama se quedó mirando tercamente el techo.
—Puedo mostrarle mi pasaporte, expedido en Londres, pero esto no demuestra nada. Cualquier chequista se procuraría uno si quisiera engañarle.
Drake había empleado la palabra vulgar con que solía designarse al miembro del KGB.
—Pero usted ya no está en Ucrania, y aquí no hay chequistas —prosiguió Drake—. No fue arrojado a las costas de Crimea, ni a las del sur de Rusia, ni de Georgia. Y tampoco de Rumanía o de Bulgaria. Fue recogido por un barco italiano y desembarcado aquí, en Trebisonda. Está en Turquía. Se encuentra en Occidente. Ha conseguido su objetivo.
Ahora, el hombre le miraba a la cara, alerta, lúcido, deseoso de creerle.
—¿Puede moverse? —le preguntó Drake.
—No lo sé —contestó el otro.
Drake señaló con la cabeza la ventana de la pequeña habitación, a través de la cual les llegaban los ruidos del tráfico.
—El KGB sería capaz de disfrazar el personal de un hospital para que todos pareciesen turcos —dijo—, pero no podrían transformar toda una ciudad para engañar a un solo hombre, al que, si quisieran, torturarían para arrancarle una confesión. ¿Podría llegar a la ventana?
Ayudado por Drake, el náufrago se acercó cojeando penosamente a la ventana y miró hacia la calle.
—Los automóviles son Austin y Morris, importados de Inglaterra; Peugeot, de Francia, y Volkswagen, de Alemania Occidental. Las palabras de los carteles están en turco. Aquel anuncio de allí es de Coca-Cola —dijo Drake.
El hombre apoyó el dorso de una mano en la boca y se chupó los nudillos. Pestañeó rápidamente varias veces.
—Lo conseguí —murmuró.
—Sí —asintió Drake—, lo ha conseguido milagrosamente.
El náufrago volvió a la cama y dijo:
—Me llamo Miroslav Kaminsky. Vengo de Ternopol. Allí era jefe de un grupo de siete partisanos ucranianos.
Durante la hora que siguió desgranó toda la historia. Kaminsky y seis como él, todos de la zona de Ternopol, antaño hogar del nacionalismo ucraniano, y donde aún ardían algunas brasas, habían resuelto combatir el programa de implacable sovietización de su tierra, intensificado en los años sesenta y convertido en «solución definitiva» en los setenta y comienzos de los ochenta, para todos los sectores ucranianos del arte, la poesía, la literatura, la lengua y la conciencia nacional. En seis meses de operaciones, los del grupo habían tendido varias emboscadas, matando en ellas a dos pequeños secretarios del partido —rusos impuestos por Moscú en Ternopol— y a un agente de paisano del KGB. Pero habían sido traicionados.
Fuese quien fuere el chivato, también él había muerto en la granizada de balas lanzada por las tropas especiales de verde insignia del KGB, cuando atacaron la casa de campo donde el grupo se hallaba reunido para discutir su próxima operación. Sólo Kaminsky había logrado escapar, corriendo como un animal entre la maleza; se ocultaba de día en los heniles y en los bosques, y de noche caminaba hacia el sur, en dirección a la costa, con la vaga esperanza de refugiarse en algún barco de un país occidental.
Pero le fue imposible acercarse a los muelles de Odesa. Alimentándose de patatas y nabos de los campos, buscó refugio en la región pantanosa del estuario del Dniéster, al sudoeste de Odesa, en dirección a la frontera rumana. Por último, al llegar una noche a una pequeña aldea de pescadores, al fondo de una caleta, robó un bote provisto de un mástil y con una pequeña vela. Nunca había subido a una barca de vela, y nada sabía del mar. Pero, mientras intentaba manejar la vela y el timón, aguantando y rezando, se dejó empujar por el viento hacia el sur, guiándose por las estrellas y el sol.
Por pura suerte se libró de las lanchas patrulleras que recorren las aguas costeras de la Unión Soviética, así como de los grupos de barcas de pesca. El menudo cascarón en el que viajaba pasó inadvertido al radar de la costa, hasta que se puso fuera de su alcance. Entonces se perdió, en algún lugar, entre Rumania y Crimea, navegando hacia el sur y alejándose de los caladeros, aunque en realidad no sabía dónde estaban. La tormenta le pilló desprevenido. Como no supo recoger la vela a tiempo, la barca volcó y él se pasó toda la noche agarrado al casco, gastando las pocas fuerzas que le quedaban. Por la mañana consiguió enderezar el bote y subir de nuevo. Su ropa, de la que se había desprendido anteriormente para que el aire nocturno refrescase su piel, había desaparecido, y con ella, las pocas patatas crudas que llevaba, la botella de agua potable, la vela y el timón. Empezó a sentir dolor poco después de salir el sol, dolor que aumentó según avanzaba el día. Tres días después de la tormenta perdió el conocimiento. Cuando lo recobró, se encontró en la cama, soportando en silencio el dolor de las quemaduras mientras oía unas voces que tomó por búlgaras. Durante seis días había mantenido los ojos y la boca cerrados.
Andrew Drake lo escuchó con el corazón alegre. Había encontrado al hombre que esperaba desde hacía años.
—Iré a ver al cónsul de Suiza en Estambul y procuraré obtener de la Cruz Roja documentos temporales que le permitan viajar —dijo cuando Kaminsky empezó a dar señales de cansancio—. En tal caso, es probable que pueda llevarle a Inglaterra, al menos con permiso temporal. Entonces le será posible pedir asilo político. Volveré dentro de unos días.
Al llegar a la puerta se detuvo.
—A usted le está vedado volver allí, por supuesto —dijo a Kaminsky—. Pero, con su ayuda, yo sí que puedo hacerlo. Es lo que deseo. Lo que siempre he deseado.
Andrew Drake tuvo que permanecer en Estambul más tiempo del previsto, y hasta el 16 de mayo no pudo volver a Trebisonda con los papeles de viaje de Kaminsky. Había prorrogado sus vacaciones después de una larga conferencia telefónica con Londres y de una bronca del socio más joven de la empresa; pero había valido la pena, pues estaba seguro de que, por medio de Kaminsky, satisfaría la mayor ambición de toda su vida.
Visto desde el exterior, el imperio zarista y después soviético a pesar de su aspecto monolítico, tenía dos talones de Aquiles. Uno de ellos era, y es, el problema de alimentar a sus 250 millones de habitantes. El otro es llamado, empleando un eufemismo, la «cuestión de las nacionalidades». De las catorce repúblicas gobernadas por la república rusa, varias corresponden a naciones no rusas, la mayor, y tal vez más nacionalmente consciente de las cuales, es Ucrania. En 1882, el estado de la Gran Rusia contaba solamente con 120 millones de habitantes; de ese total de 250, la segunda nación más poblada y más rica, con 70 millones de habitantes, era Ucrania. Lo cual explicaba que, tanto con los zares como con el Politburo, Ucrania hubiera merecido siempre una atención especial para su particularmente despiadada rusificación. Otra razón para ello se encontraba en su historia.
Tradicionalmente, Ucrania estuvo siempre dividida en dos partes, la occidental y la oriental, y ésa fue la causa de su caída. La Ucrania Occidental se extiende desde Kiev hasta la frontera polaca, al oeste. La parte oriental estuvo siempre más influida por los rusos, ya que durante siglos vivió bajo los zares; tiempo que Ucrania occidental formó parte del viejo imperio austrohúngaro. La orientación espiritual y cultural de esta última fue, y sigue siendo, más occidental que la del resto del país, salvo, posiblemente, los tres Estados bálticos, demasiado pequeños para oponer resistencia. Los ucranianos leen y escriben en caracteres latinos, en vez de emplear el alfabeto cirílico, y son, en su inmensa mayoría, católicos uniatos y no cristianos ortodoxos rusos. Lengua, poesía, literatura, artes y tradiciones son anteriores al auge de los conquistadores rusos procedentes del norte.
En 1918, con el desmembramiento del imperio austrohúngaro, los ucranianos occidentales trataron desesperadamente de instaurar una república independiente en las ruinas del imperio; pero, a diferencia de checos, eslovacos y magiares, fracasaron y fueron anexionados por Polonia en 1919 como provincia de Galitzia. Cuando Hitler invadió Polonia occidental en 1939, Stalin llegó desde el este con el Ejército Rojo y se apoderó de Galitzia. En 1941 cayó en poder de los alemanes. Siguió una violenta y cruenta confusión de esperanzas, temores y partidismos. Algunos esperaban concesiones de Moscú si luchaban contra los alemanes; otros pensaban erróneamente que la Ucrania libre surgiría de la derrota de Moscú por Berlín, e ingresaron en la división ucraniana, que luchó contra el Ejército Rojo, con uniforme alemán. Otros, como el padre de Kaminsky, huyeron a los Cárpatos, como guerrilleros, y lucharon primero contra un invasor y después contra el otro, para acabar haciéndolo de nuevo contra los alemanes. Y todos perdieron: Stalin triunfó y extendió su imperio hacia el oeste, hasta el río Bug, nueva frontera de Polonia. Ucrania occidental pasó a poder del nuevo zar, el politburó; pero los viejos sueños persistieron. Aparte de un ligero respiro en los últimos días de Kruschev, el programa destinado a aplastarla de una vez y para siempre se había intensificado de forma continuada.
Stephen Drach, estudiante de Rovno, ingresó en la División Ucraniana. Tuvo suerte: sobrevivió a la guerra y fue capturado por los ingleses en Austria, en 1945. Enviado a trabajar como peón agrícola a Norfolk, hubiera tenido que ser devuelto en 1946 para su ejecución por la NKVD, cuando el Foreign Office inglés y el Departamento de Estado americano conspiraron para confiar a merced de Stalin los dos millones de «víctimas de Yalta». Pero una vez más tuvo suerte. Detrás de un pajar de Norfolk yació con una chica del ejército de tierra y la dejó embarazada. El matrimonio era la única solución, y, seis meses más tarde, por motivos filantrópicos, fue excusado de la repatriación y se le permitió quedarse. Liberado del trabajo agrícola, aprovechó los conocimientos adquiridos como operador de radio para montar un pequeño taller de reparaciones en Bradford, centro de los treinta mil ucranianos que estaban en Gran Bretaña. Su primer hijo murió siendo muy pequeño; pero en 1950 nació un segundo hijo, al que pusieron el nombre de Andriy.
Andriy aprendió ucraniano en el regazo de su padre, pero ahí no quedó todo. También aprendió a conocer la tierra de aquél, los vastos e imponentes paisajes de los Cárpatos y de Rutenia. Y asimiló su odio contra los rusos. Pero su padre murió en un accidente de carretera cuando el chico tenía doce años; entonces, la madre, harta de las interminables veladas de su marido con camaradas exiliados alrededor de la chimenea del cuarto de estar mientras hablaban del pasado en una lengua que ella no había llegado nunca a comprender, dio a su apellido la forma inglesa de Drake y cambió el nombre de Andriy por el de Andrew. E ingresó como Drake en el instituto y en la universidad, y como Andrew Drake recibió su primer pasaporte.
El renacimiento se produjo en la universidad, cuando su adolescencia tocaba a su fin. Había allí otros ucranianos, y Andrew volvió a emplear la lengua de su padre. Esto ocurría a finales de lös años sesenta, cuando el breve renacimiento de la literatura y de la poesía ucranianas se había extinguido rápidamente en Ucrania y sus principales representantes estaban condenados a trabajos forzados en los campos de Gulag. Asimiló, pues, los sucesos con visión retrospectiva, y sabiendo lo que había ocurrido con los escritores. En los albores de la década de los setenta leyó todo lo que cayó en sus manos: las obras clásicas de Taras Shevchenko, erudito y poeta, así como de los que escribieron durante la breve primavera instaurada por Lenin, luego eliminada por Stalin, y, sobre todo, las obras de los llamados «escritores de los sesenta», porque florecieron unos breves años en aquella década, hasta que Breznev volvió a atacar el orgullo nacional que ellos preconizaban. Leyó a Osdachy, Chornovil, Moroz y Dzyuba, y compadeció su suerte; y, cuando cayeron en sus manos los poemas y el diario secreto de Pavel Symonenko, el joven incendiario muerto de cáncer a los veintiocho años, imagen venerada de los estudiantes ucranianos dentro de la URSS, su corazón gimió por esa Ucrania que nunca había visto.
Y con este amor por la tierra de su padre muerto surgió un desprecio igualmente intenso hacia sus perseguidores. Devoró ávidamente los folletos clandestinos enviados de contrabando por el movimiento de resistencia interior, y el Ukrainian Herald, con sus relatos de lo acaecido a centenares de desconocidos, privados de la publicidad otorgada a los grandes juicios de Moscú contra Daniel, Sinyavsky, Orlov o Scharansky, porque aquellos otros eran los miserables, los olvidados. Con cada detalle aumentaba su odio, hasta que Andrew Drake, antes Andriy Drach, llegó a pensar que la personificación de todos los males del mundo tenía sólo un nombre: KGB.
Su sentido de la realidad le movía a evitar el tosco y simple nacionalismo de los exiliados más viejos y sus diferencias entre ucranianos del este y del oeste. Rechazaba también su inculcado antisemitismo; así, prefería aceptar los escritos de Gluzman, sionista y nacionalista a un tiempo, como palabras propias de un hermano ucraniano. Estudió las comunidades de los exiliados en Gran Bretaña y en Europa, y observó que había cuatro categorías de ellas: los nacionalistas del lenguaje, para los cuales bastaba con hablar y escribir en la lengua de sus padres; los nacionalistas polemistas, que no paraban de hablar, pero no hacían nada; los pintores de eslóganes, incordiando a sus paisanos por adopción, pero sin meterse con el coloso soviético; y los activistas, que se manifestaban ante los dignatarios soviéticos que visitaban el país, eran cuidadosamente fotografiados y fichados por la Rama Especial, y lograban una efímera publicidad.
Drake los rechazó a todos. Permaneció callado, cortés y distante. Se trasladó a Londres y se empleó en una oficina. Entre quienes desempeñan esta clase de trabajo, hay muchos que tienen una pasión secreta, desconocida de sus colegas, péro a la que dedican todos sus ahorros, su tiempo de ocio y sus vacaciones anuales. Drake era uno de ésos. Sin armar ruido reunió un grupito de hombres que pensaban como él; los buscó, los conoció, se hizo amigo de ellos, confabuló con ellos y les dijo que tuvieran paciencia. Porque Andriy Drach tenía un nuevo secreto, y era peligroso, ya que, como T. E. Lawrence dijo, «soñaba con los ojos abiertos». Su sueño era que un día descargaría tan gigantesco golpe contra los hombres de Moscú que los trastornaría como jamás habían sido trastornados. Penetraría a través de las murallas de su poder y los atacaría desde el interior de su fortaleza.
El descubrimiento de Kaminsky había reanimado su sueño, y significaba un paso hacia su realización; por eso se sentía resuelto y excitado mientras su avión se deslizaba por el cielo azul, en dirección a Trebisonda.
Miroslav contempló a Drake con expresión indecisa.
—No lo sé, Andriy —dijo—, no lo sé. A pesar de todo lo que ha hecho por mí, no sé si puedo confiar en usted hasta este punto. Lo siento, pero así he tenido que vivir toda mi vida.
—Aunque me observara durante veinte años, Miroslav, no sabría de mí más de lo que sabe ahora. Todo lo que le he dicho acerca de mí es la pura verdad. Si usted no puede volver allí, deje que vaya yo en su lugar. Pero debo establecer contactos. Si conoce a alguien, a uno solo que…
Por fin, Kaminsky accedió.
—Hay dos hombres —dijo—. No los eliminaron cuando mi grupo fue destruido, y nadie los conocía. Yo había entrado en relación con ellos hacía sólo unos meses.
—¿Son ucranianos y partisanos? —preguntó ansiosamente Drake.
—Ucranianos. Pero éste no es su principal motivo. Su familia ha sufrido también. Sus padres, igual que el mío, llevan diez años en los campos de trabajo, aunque por una razón muy distinta. Son judíos.
—Pero ¿odian a Moscú? —preguntó Drake—. ¿Quieren luchar contra el Kremlin?
—Sí, odian a Moscú —respondió Kaminsky—. Tanto como usted o como yo. Al parecer se inspiran en algo llamado Liga de Defensa Judía. Se enteraron de ello por la radio. Parece que su filosofía, similar en eso a la nuestra, es devolver golpe por golpe; no permanecer pasivos ante la persecución.
—Tengo que ponerme en contacto con ellos —dijo Drake en tono apremiante.
A la mañana siguiente, Drake emprendió el vuelo de regreso a Londres; consigo llevaba las direcciones de los dos jóvenes partisanos judíos de Lvov. Quince días después se había inscrito en un viaje colectivo organizado por Inturist para primeros de julio, y que incluía visitas a Kiev, Ternopol y Lvov. Renunció a su empleo y sacó del Banco los ahorros de toda su vida.
Sin que nadie pudiera advertirlo, Andrew Drake, alias Andriy Drach, iba a emprender su guerra privada… contra el Kremlin.
I
Un sol tibio y acariciador brillaba sobre Washington aquella mañana de mediados de mayo, lo que provocó las primeras mangas de camisa por las calles y las primeras rosas rojas en el jardín al que daban los ventanales del Despacho Oval de la Casa Blanca. Pero, aunque las ventanas estaban abiertas y el fresco olor de la hierba y de las flores penetraba en el santuario privado del gobernante más poderoso del mundo, los cuatro hombres que se encontraban presentes en él centraban su atención en otras plantas, de un lejano país extranjero.
El presidente, William Matthews, se había sentado donde siempre lo han hecho los presidentes americanos: de espaldas a la pared sur de la habitación y de cara al norte, detrás de la antigua mesa y frente a la clásica chimenea de mármol que ocupa la pared opuesta. Su sillón, que no se parecía a los de la mayoría de sus predecesores, partidarios de los asientos personales hechos a medida, era de fabricación en serie, giratorio y de alto respaldo, como los que suelen usar los ejecutivos importantes de cualquier empresa. Pues Bill Matthews, como quería que se le llamara en los carteles publicitarios, siempre había hecho gala, en el transcurso de sus triunfales y sucesivas campañas electorales, de sus gustos corrientes y caseros en el vestir, en la comida y en las comodidades humanas. Por consiguiente, el sillón, que podía ser visto por las docenas de delegados a quienes recibía personalmente en el Despacho Oval, no era un mueble de lujo. En cuanto a la hermosa mesa antigua, se cuidaba mucho de advertir que la había heredado, y formaba parte de la preciosa tradición de la Casa Blanca. Y la gente lo creía.
Pero aquí trazaba Bill Matthews la frontera. Cuando estaba reunido en cónclave con sus principales consejeros, el Bill que el más humilde de sus votantes podía emplear para dirigirse a él estaba completamente fuera de lugar. También prescindía del tono bonachón y de la taimada sonrisa obsequiosa con que había embaucado a sus votantes, convencidos de que llevaban un chico sencillo a la Casa Blanca. Él no tenía nada de chico sencillo, y sus consejeros lo sabían; era el hombre en la cima.
Sentados en sendos sillones de recto respaldo, al otro lado de la mesa del presidente, estaban los tres hombres que habían solicitado verle a solas aquella mañana. El más próximo a él, en términos personales, era el presidente del Consejo de Seguridad Nacional, consejero particular de Matthews en asuntos dé seguridad y confidente del mismo en temas extranjeros. Conocido en los medios del Ala Occidental y de la Oficina Ejecutiva como el Doc o como ese maldito polaco, el enjuto Stanislav Poklevski provocaba antipatía a veces, pero nunca desdén.
Aquellos dos hombres —el rubio y blanco protestante anglosajón del profundo sur, y el taciturno y devoto católico romano llegado de Cracovia siendo niño— formaban una extraña pareja, dada su intimidad. Pero lo que Matthews desconocía sobre la tortuosa psicología de los europeos en general, y de los eslavos en particular, era compensado por aquella máquina calculadora, educada en los jesuitas, a la que siempre prestaba oído. Otras dos razones contribuían también al aprecio que el presidente sentía por Poklevski: éste era absolutamente fiel, y carecía de ambiciones políticas fuera de la sombra de Bill Matthews. Pero había una salvedad: Matthews tenía siempre que equilibrar la recelosa antipatía del Doctor por los hombres de Moscú con las más corteses actitudes de su bostoniano secretario de Estado.
El secretario no estaba presente aquella mañana en la reunión, solicitada personalmente por Poklevski. Los otros dos hombres sentados frente a la mesa eran Robert Benson, director de la CIA, y Carl Taylor.
Se ha escrito con frecuencia que la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) es el cuerpo responsable de todo el espionaje electrónico. Se trata de una creencia popular, pero falsa. La NSA cuida, fuera de Estados Unidos, y en interés de éstos, de la vigilancia y del espionaje electrónicos realizados y que se relacionan con la escucha: intervenciones de teléfonos, registros de emisiones radiadas y, sobre todo, captación en el éter de miles de millones de palabras al día, en cientos de idiomas y de dialectos, para su grabación, descifrado, traducción y análisis. Pero no tiene nada que ver con los satélites espías. La vigilancia visual del Globo por cámaras montadas en aviones y, más importante aún, en satélites especiales, ha sido siempre competencia de la Oficina de Reconocimiento Nacional (NRO), órgano conjunto de las fuerzas aéreas y de la CIA. Carl Taylor, general de dos estrellas del servicio de inteligencia de aquéllas, era su director.
El presidente recogió el montón de excelentes fotografías que había sobre la mesa y las devolvió a Taylor, quien se levantó para cogerlas y las metió de nuevo en su cartera.
—Bien, caballeros —comenzó pausadamente el presidente—, me han mostrado ustedes que la cosecha de trigo en un pequeño sector de la Unión Soviética, tal vez en sólo las pocas hectáreas que aparecen en estas fotos, está resultando deficiente. ¿Qué demuestra esto?
Poklevski miró a Taylor y afirmó con la cabeza. Taylor carraspeó.
—Señor presidente, me he tomado la libertad de preparar la recepción en pantalla de lo que uno de nuestros satélites Cóndor está transmitiendo precisamente ahora. ¿Desea verlo?
Matthews asintió y observó a Taylor, mientras éste se dirigía a la serie de aparatos de televisión instalados en la curva pared occidental, debajo de las estanterías de los libros, especialmente reducidas para hacer sitio a la consola de los televisores. Cuando acudían delegaciones civiles al salón, la nueva hilera de pantallas de televisión era disimulada por unas puertas correderas de madera de teca. Taylor conectó el último aparato de la izquierda y volvió a la mesa del presidente. Levantó uno de los seis teléfonos, marcó un número y ordenó:
—Proyecten.
El presidente Matthews conocía la eficacia de los satélites Cóndor. Volaban a más altura que cualquiera de sus antecesores, e iban provistos de cámaras tan perfeccionadas que podían mostrar en primer plano la uña de un hombre desde trescientos cincuenta kilómetros de distancia, a través de la niebla, la lluvia, el granizo, la nieve, las nubes y la noche, los Cóndor eran los últimos satélites y los mejores.
En los años setenta, la observación fotográfica había sido buena pero lenta, debido sobre todo a que cada carrete de película impresionada era lanzado por el satélite en una posición determinada y caía por su propio peso, envuelto en cubiertas protectoras, para ser recogido después con la ayuda de aparatos detectores, enviado por avión a los laboratorios centrales de la NRO, revelado y proyectado. Sólo cuando el satélite estaba dentro del arco que permitía una línea directa desde él hasta Estados Unidos o hasta una de las estaciones de seguimiento controladas por los norteamericanos, podían realizarse transmisiones directas de televisión. Pero cuando el satélite pasaba cerca de la Unión Soviética, la curva de la superficie de la tierra impedía la recepción directa; por ello, los observadores tenían que esperar a su regreso.
Después, durante el verano de 1978, los científicos solucionaron el problema con el Juego Parabólico. Sus computadoras trazaron una complicadísima combinación de las trayectorias de media docena de cámaras espaciales alrededor del Globo, con el único propósito de que si la Casa Blanca quería información de uno cualquiera de los espías celestes, una señal le ordenaba que empezara a transmitir lo que veía, proyectando las imágenes en un bajo arco parabólico a otro satélite que no estuviera fuera de su campo visual. El segundo aparato retransmitía la imagen a un tercer satélite, y así sucesivamente, a la manera como los jugadores de béisbol se lanzan la pelota mientras corren. Cuando las imágenes deseadas eran recibidas por un satélite que se hallara sobre Estados Unidos, eran enviadas al cuartel general de la NRO y, de allí, al Despacho Oval.
Los satélites viajaban a más de 65 mil kilómetros por hora; el planeta giraba con las horas, inclinándose según las estaciones. Combinaciones y permutaciones eran astronómicas, pero las computadoras las resolvieron. En 1980, el presidente de Estados Unidos podía ver, durante las veinticuatro horas del día, cualquier centímetro cuadrado de la superficie del planeta, con sólo apretar el botón de transmisión simultánea. A veces, esto le turbaba. En cambio, nunca preocupó a Poklevski, ya que había sido educado en la idea de la exposición en el confesonario de todos los pensamientos privados y de todas las acciones. Los Cóndor eran los confesonarios, y Poklevski, el sacerdote en que antaño estuvo a punto de convertirse.
Cuando se iluminó la pantalla, el general Taylor extendió un mapa de la Unión Soviética sobre la mesa del presidente y señaló con un dedo.
—Lo que está usted viendo, señor presidente, procede del Cóndor Cinco, que se encuentra aquí, en el Nordeste, entre Saratov y Perm, cruzando sobre las Tierras Vírgenes y la región de la Tierra Negra.
Matthews levantó los ojos y miró la pantalla. Grandes zonas de tierra desfilaban lentamente por aquélla, ocupándola en su totalidad; la extensión abarcada era de unos treinta kilómetros de anchura. El campo parecía pelado, como en otoño después de la recolección. Taylor murmuró unas breves instrucciones por teléfono. Segundos después, la imagen se concentró, mostrando una franja de apenas ocho kilómetros de ancho. Un grupito de chozas campesinas, sin duda isbas de planchas de madera, perdidas en la infinidad de la estepa, se deslizó por la izquierda de la pantalla. La línea de una carretera apareció en el cuadro; ocupó su centro unos instantes y desapareció. Taylor murmuró de nuevo; la imagen se aproximó y reveló un espacio de unos cien metros de anchura. La visión era más clara. Un hombre que conducía un caballo por la vasta estepa apareció y desapareció en seguida.
—Más despacio —ordenó Taylor por teléfono.
El suelo captado por las cámaras se deslizó con menos rapidez. En el espacio, el satélite Cóndor seguía su ruta a la misma altura y a igual velocidad, pero las imágenes eran estrechadas y retardadas en los laboratorios de la NRO. El paisaje se acercó y discurrió con más lentitud. Junto al tronco de un árbol solitario, un campesino ruso se desabrochó despacio la bragueta. El presidente Matthews no era un técnico y, por esto, nunca dejaba de asombrarse. El estaba sentado, pensó en un cómodo despacho de Washington, una mañana de principios de verano, y podía ver a un hombre que orinaba a la sombra de la cordillera de los Urales. El campesino salió lentamente del campo visual por la parte inferior de la pantalla. La imagen que apareció entonces fue la de un trigal de cientos de áreas de extensión.
—Paren —ordenó Taylor por teléfono:
La imagen dejó de moverse poco a poco, y quedó fija.
—Primer plano —indicó Taylor.
La imagen se acercó más y más, hasta que toda la pantalla, de un metro cuadrado, fue ocupada por veinte tallos de trigo joven separados. Todos ellos parecían quebradizos, endebles, sucios. Matthews los había visto iguales en los cubos de basura del oeste medio que había conocido durante su infancia, cincuenta años atrás.
—Stan —dijo el presidente.
Poklevski, que había solicitado la reunión y la proyección, escogió cuidadosamente sus palabras:
—Señor presidente, la Unión Soviética tiene prevista para este año una producción de cereales de 240 millones de toneladas en total. Ahora bien, este objetivo de producción se descompone en 120 millones de toneladas de trigo, 60 millones de cebada, 14 de maíz, 14 de centeno y, las 20 restantes de arroz, mijo, alforfón y granos leguminosos. Los gigantes de la cosecha son el trigo y la cebada.
Se levantó y se acercó al mapa de la Unión Soviética, que seguía extendido sobre la mesa. Taylor apagó el televisor y volvió a su asiento.
—Aproximadamente el cuarenta por ciento de la producción anual de cereales en la Unión Soviética, o sea, unos cien millones de toneladas, procede de aquí, de Ucrania y de la zona de Kubán, en la República Rusa meridional —siguió Poklevski, mientras señalaba las zonas en el mapa—. Y todo es trigo de invierno. En otras palabras, se siembra en septiembre o en octubre y empieza a brotar en noviembre, cuando empiezan las primeras nevadas. La nieve cubre los brotes y los protege de las fuertes heladas de diciembre y enero.
Poklevski se volvió y se apartó de la mesa, en dirección a los grandes ventanales que había detrás del sillón presidencial. Tenía la costumbre de pasear mientras hablaba.
Un observador situado en Pennsylvania Avenue no puede ver el Despacho Oval, oculto por el pequeño edificio del Ala Occidental; pero, dado que las puntas de los altos ventanales encarados al sur pueden observarse desde el monumento a Washington, que se levanta a unos mil metros de distancia, dichos ventanales fueron provistos hace tiempo de verdes cristales de quince centímetros de grueso y a prueba de balas, para el caso de que un francotirador intentara un disparo a larga distancia desde las proximidades del monumento. Al acercarse Poklevski a los ventanales, la verdosa luz que atravesaba los cristales acentuó la palidez de su semblante, ya muy blanco de por sí.
El hombre dio media vuelta y retrocedió, en el momento en que Matthews se disponía a hacer girar su sillón para no perderle de vista.
—En diciembre último, la totalidad de Ucrania y de Kubán se vio afectada por un caprichoso derretimiento de la nieve en los primeros días del mes. Esto había ocurrido otras veces, pero nunca con tanto calor. Una gran ola de aire cálido del sur, procedente del mar Negro y del Bósforo, avanzó hacia el nordeste y barrió Ucrania y Kubán durante una semana, derritiendo la primera capa de nieve, que tenía unos quince centímetros de espesor. El trigo y la cebada jóvenes quedaron al descubierto. Diez días más tarde, como para compensar aquello, el caprichoso tiempo azotó toda la región con unas heladas que llegaron a los quince grados bajo cero, e incluso a los veinte.
—Lo cual hizo un mal servicio al trigo —sugirió el presidente.
—Señor presidente —intervino Robert Benson, de la CIA—, nuestros mejores expertos en agricultura calculan que los soviéticos tendrán suerte si pueden salvar el cincuenta por ciento de la cosecha de Ucrania y de Kubán. El perjuicio ha sido enorme, e irreparable.
—¿Y es eso lo que me han mostrado? —preguntó Matthews.
—No, señor —respondió Poklevski—, y ahora viene el motivo de esta reunión. El restante sesenta por ciento de la producción soviética, o sea, unos ciento cuarenta millones de toneladas, procede de los grandes campos de las Tierras Vírgenes, roturadas por orden de Kruschev a principios de los años sesenta, y de la región de la Tierra Negra, contigua a los Urales. Una pequeña parte se produce allende las montañas de Siberia. Esto es lo que acabamos de mostrarle.
—¿Qué ocurre allí? —preguntó Matthews.
—Algo muy extraño, señor. Algo muy raro está ocurriendo en la cosecha de cereales soviética. Este sesenta por ciento está constituido enteramente por trigo de primavera, que se siembra en marzo o abril, después del deshielo. Ahora debería crecer verde y lozano. Sin embargo, lo hace débil, claro, esporádico, como atacado por una especie de plaga.
—¿También a causa del tiempo? —preguntó Matthews.
—No. El invierno y la primavera han sido húmedos en toda esta zona, pero no en exceso. Ahora ha salido el sol; el tiempo es magnífico, cálido y seco.
—¿Está muy extendida esa… plaga?
Benson intervino de nuevo.
—No lo sabemos, señor presidente. Disponemos quizá, de cincuenta fragmentos de película sobre este problema en particular. Por supuesto, nosotros estudiamos sobre todo las concentraciones militares, los movimientos de tropas, las nuevas bases de cohetes, las fábricas de armamento… Pero lo poco que tenemos parece indicar que está bastante extendida.
—Entonces, ¿qué proponen ustedes?
—Desearíamos su autorización —resumió Poklevski— para invertir bastante más en este problema, a fin de descubrir la gravedad que tiene para los soviéticos. Esto significa enviar delegaciones, hombres de negocios. Aprovechar la vigilancia del espacio, en cuanto no entorpezca sus tareas prioritarias. Creemos que es de vital interés para Norteamérica averiguar exactamente con qué dificultades se enfrentará Moscú a este respecto.
Matthews reflexionó un momento y consultó su reloj. Al cabo de diez minutos llegaría un grupo de ecólogos que deseaban saludarle y ofrecerle una nueva placa. Después, acudiría allí el fiscal general, antes de la hora del almuerzo, para hablarle de la nueva legislación laboral. Se levantó.
—Muy bien, caballeros, sea como ustedes quieren. Les doy mi autorización. Debemos estar enterados de este asunto. Pero quiero una respuesta concluyente dentro de un mes.
Diez días más tarde, el general Carl Taylor se sentó en la oficina del séptimo piso de Robert Benson, director de la Central de Investigación (DCI) y contempló su propio informe, adherido a un grueso fajo de fotografías, sobre la mesita de café que tenía delante.
—Es muy curioso, Bob —dijo—. No puedo comprenderlo.
Benson se apartó de los grandes ventanales que ocupan toda una pared en el despacho del DCI en Langley y desde los que se perciben, hacia el nordeste, magníficas vistas de arboledas en la dirección del invisible río Potomac. Como a sus predecesores, le gustaba aquel panorama, en particular a finales de la primavera y principios del verano, cuando los bosques eran verdes y tiernos. Se sentó en el bajo canapé, frente a la mesita y delante de Taylor.
—Tampoco lo comprenden mis expertos en cereales, Carl. Y no quiero acudir al departamento de Agricultura. Pase lo que pase en la Unión Soviética, no queremos publicidad, y, si hiciese intervenir a gente de fuera, la Prensa hablaría de ello dentro de una semana. Bueno, ¿qué ha averiguado?
—Las fotos muestran que la plaga, o lo que sea, no es epidémica —dijo Taylor—. Ni siquiera se trata de algo regional. Y ahí radica lo extraño. Si la causa fuese climática, habría algún fenómeno meteorológico que lo explicara. No hay ninguno. Si se tratase de una enfermedad de las mieses, sería al menos regional. Y lo propio cabría decir si estuviese producida por parásitos. Pero es algo que parece aleatorio. Junto a las zonas afectadas hay trigales sanos y fructíferos. Las imágenes enviadas por el Cóndor se hallan fuera de toda lógica. ¿Qué dice usted?
Benson asintió con la cabeza.
—Es completamente ilógico. He destacado un par de agentes sobre el terreno, pero todavía no me han informado. La prensa soviética no ha dicho nada. Mis propios agrónomos han estudiado una y otra vez sus fotografías. Lo único que deducen es que debe de tratarse de una enfermedad de las semillas o de algo nocivo que hay en el suelo. Pero no pueden explicar el carácter aleatorio del fenómeno. No corresponde a ninguna pauta conocida. Lo peor es que debo presentar al presidente un cálculo de la probable cosecha total de cereales que la Unión Soviética tendrá en septiembre y octubre. Y necesito hacerlo pronto.
—No puedo fotografiar todos y cada uno de los campos de trigo y cebada, ni siquiera con los Cóndor —dijo Taylor—. Sería una labor de meses. ¿Puede proporcionármelos usted?
—Ni pensarlo —negó Benson—. Preciso información sobre los movimientos de tropas a lo largo de la frontera china y de los preparativos frente a Turquía e Irán. Tengo que observar constantemente los despliegues del Ejército Rojo en Alemania del Este y los emplazamientos de los nuevos SS20 detrás de los Urales.
—Entonces, sólo puedo pergeñar una cifra proporcional fundada en lo que hemos fotografiado hasta la fecha, y aplicarla a toda la Unión Soviética —dijo Taylor.
—Tiene que hacerse con exactitud —dijo Benson—. No quiero que se repita lo de 1977.
Taylor frunció el ceño al recordarlo, aunque, en aquel entonces, él no era director de la NRO. En 1977, la maquinaria de información americana había sido burlada por un formidable truco de los soviéticos. Durante el verano, todos los expertos de la CIA y del Departamento de Agricultura habían dicho al presidente que la cosecha de cereales soviética alcanzaría aproximadamente los 215 millones de toneladas. A los delegados de Agricultura que visitaron Rusia les mostraron campos de trigo sanos y ubérrimos; en realidad, eran las excepciones. Los análisis de las fotos de reconocimiento habían sido defectuosos. En otoño, el entonces presidente soviético, Leónidas Breznev, anunció con tranquilidad que la cosecha soviética sería solamente de 194 millones de toneladas.
Como resultado de ello, el precio del excedente de trigo de Estados Unidos había subido, en la certeza de que los rusos, a fin de cuentas, tendrían que comprar unos veinte millones de toneladas. Demasiado tarde. Durante el verano, y actuando a través de Compañías de paja radicadas en Francia, Moscú compró por anticipado trigo suficiente para cubrir el déficit… al bajo precio antiguo. Incluso habían fletado aviones de transporte por medio de testaferros y, después, llevaron a puertos soviéticos los barcos que se dirigían a Europa Occidental. El asunto era conocido en Langley como «la Punzada».
Carl Taylor se levantó.
—Muy bien, Bob; seguiré tomando bonitas instantáneas.
—Carl. —La voz del DCI hizo que se detuviera en el umbral—. Las bellas fotografías no bastan. Quiero que el primero de julio los Cóndor vuelvan a dedicarse por entero a las tareas militares. Déme el mejor cálculo que pueda al terminar el mes. Y…, en todo caso, peque por prudencia. Si sus chicos descubren algo que pudiera explicar el fenómeno, haga que vuelvan a fotografiarlo. Tenemos que saber qué diablos le ocurre al trigo soviético.
Los satélites Cóndor del presidente Matthews podían verlo casi todo en la Unión Soviética, pero les era imposible observar a Harold Lessing, uno de los tres primeros secretarios de la sección comercial de la Embajada británica en Moscú, sentado a su mesa la mañana siguiente. Y probablemente era mejor así, porque él habría sido el primero en reconocer que no ofrecía una imagen muy edificante. Estaba pálido como la cera y se sentía muy enfermo.
El edificio principal de la embajada británica en la capital soviética es una vieja y hermosa mansión de antes de la Revolución, que da por el norte al muelle de Maurice Thorez y tiene enfrente, al otro lado del río Moscova, la fachada sur de los muros del Kremlin. En los tiempos del zar, perteneció a un comerciante de azúcar millonario, y los ingleses se la apropiaron poco después de la Revolución. Desde entonces, el gobierno soviético no ha parado en sus intentos de echar de ella a los británicos. Stalin odiaba aquel lugar; cada mañana, cuando se levantaba, tenía que ver, desde sus aposentos privados, la Union Jack ondeando al otro lado del río, al soplo de la brisa mañanera, y eso le fastidiaba.
Pero la sección comercial no tiene la suerte de alojarse en esta elegante mansión de crema y oro. Funciona en un triste complejo de edificios para oficinas construido a tres kilómetros de aquélla, en la Kutuzovsky Prospekt, casi enfrente del hotel Ukraina, que parece un pastel de boda. El mismo complejo, cuya única entrada está custodiada por varios vigilantes milicianos, contiene otros vulgares edificios de apartamentos, destinados a vivienda del personal diplomático de veinte o más embajadas extranjeras, designado colectivamente con el nombre de Korpus Diplomatik, o residencia de los Diplomáticos.
El despacho de Harold Lessing estaba en la planta más alta del bloque de oficinas comerciales. Cuando, al fin se desmayó a las diez y media de aquella brillante mañana de mayo, el ruido del teléfono al chocar contra el suelo, arrastrado por él en su caída, alarmó a su secretaria en el despacho contiguo. Ésta, serena y eficaz, avisó al consejero comercial, el cual envió a dos jóvenes agregados en auxilio de Lessing, que había recobrado a medias el conocimiento. Los dos jóvenes lo sacaron de allí, cruzaron con él la zona de apartamentos y lo subieron al suyo de la sexta planta del Rorpus 6, distante de la oficina unos cien metros.
Al mismo tiempo, el consejero telefoneó al edificio principal de la embajada, en el muelle de Maurice Thorez, informó del suceso al jefe de la cancillería y pidió que les enviaran al médico de la embajada. A mediodía, después de haber reconocido a Lessing en el lecho de su apartamento, el médico se entrevistó con el consejero comercial, el cual, para sorpresa de aquél, le cortó en seco y le propuso que fuesen los dos a consultar al jefe de la cancillería. Sólo más tarde comprendió el doctor —médico internista inglés, destinado a la embajada por un plazo de tres años, con el rango de primer secretario— la necesidad de aquella maniobra. El jefe de la cancillería les llevó a una habitación especial de la embajada donde no había posibilidad de instalar ningún micrófono, cosa que no podía asegurarse de la sección comercial.
—Es una úlcera sangrante —dijo el médico a los dos diplomáticos—. Al parecer, desde hace semanas, e incluso meses, sentía molestias, que atribuía a un exceso de acidez. Pensaba que se debía a la sobrecarga de trabajo y lo combatía con enormes cantidades de tabletas alcalinas. En realidad cometió una tontería; habría tenido que acudir a mí.
—¿Necesitará ser hospitalizado? —preguntó el jefe de la cancillería, mirando al techo.
—¡Oh, sí! Desde luego —respondió el médico—. Creo que conseguiré su ingreso en unas pocas horas. Los médicos soviéticos están al día en esta clase de tratamientos.
Hubo un breve silencio, y los dos diplomáticos se miraron. El consejero comercial meneó la cabeza. Ambos pensaron lo mismo; por su situación, los dos sabían cuál era la verdadera función de Lessing en la Embajada. El médico lo ignoraba. El consejero cedió la palabra al canciller.
—No será posible —dijo éste suavemente—. No en el caso de Lessing. Tendremos que enviarlo a Helsinki en el vuelo de la tarde. ¿Cree que estará en condiciones?
—Sí, pero… —empezó el médico. Entonces se interrumpió. Acababa de comprender por qué habían tenido que recorrer tres kilómetros para celebrar esa conversación. Lessing debía de ser el jefe del servicio secreto en Moscú—. ¡Oh, sí! Claro. Está conmocionado y probablemente ha perdido medio litro de sangre. Le he dado cien miligramos de pethidine como sedante. Y puedo ponerle otra inyección a l
