Prólogo
Mazatlán, México
Abril de 2001
Los rayos del sol resplandecían en tonos rosa a través del cielo, como salpicaduras en el azul que en el horizonte se unía con el azul del agua que bañaba la blanquísima arena de la playa por la que Gage Turner iba caminando. Llevaba sus viejísimas Nike colgando del hombro, atadas con los cordones deshilachados. Tenía el dobladillo de los vaqueros desgastado, y los mismos vaqueros habían visto mejores tiempos y estaban completamente desteñidos en los lugares de mayor roce. La brisa tropical jugueteaba con su pelo, que no se había cortado en, al menos, tres meses.
Gage supuso que, en principio, no presentaba mejor aspecto que los vagabundos que roncaban aquí y allá tumbados en la arena. Un par de veces, él mismo se había visto obligado a dormir en la playa debido a que la suerte no había estado de su lado, por lo que sabía que alguien vendría pronto a espantar a los durmientes antes de que los turistas que sí pagaban se despertaran y pidieran su café en la habitación.
Por el momento, a pesar de la necesidad que sentía de darse un baño y afeitarse, la suerte estaba de su lado, agradablemente de su lado. Con las ganancias de la noche todavía calentándole el bolsillo, consideró la posibilidad de cambiar su habitación con vistas al mar por una suite.
Hay que aprovechar mientras se pueda, pensó, porque el mañana puede presentarse flaco.
El tiempo se estaba agotando ya: se esparcía como esa límpida arena quemada por el sol dentro de un puño cerrado. El día de su vigesimocuarto cumpleaños llegaría en menos de tres meses y los sueños habían empezado a colársele de nuevo en la cabeza. Sangre y muerte, fuego y locura. Todo eso y Hawkins Hollow parecían estar a un mundo de distancia de este suave amanecer tropical.
Pero todo eso vivía dentro de él.
Abrió la enorme puerta de cristal de su habitación y entró, tirando las zapatillas a un lado. Tras encender las luces y cerrar las cortinas, sacó las ganancias del bolsillo y les dio a los billetes una sacudida descuidada. Teniendo en cuenta la tasa de cambio del día, se había hecho con unos seis mil dólares. No había sido en absoluto una mala noche. En el baño, cogió una lata de crema de afeitar, le quitó la parte inferior y metió los billetes dentro del tubo vacío.
Protegía lo que era suyo. Había aprendido a hacerlo desde que era un crío, a esconder pequeños tesoros para que su padre no pudiera encontrarlos y destruirlos en uno de sus impulsos cuando estaba ebrio. Podía haberse saltado cualquier tipo de educación superior, pero Gage había aprendido unas cuantas cosas en sus ya casi veinticuatro años de vida.
Había abandonado Hawkins Hollow el verano después de graduarse en secundaria. Tan sólo había recogido lo que le pertenecía, había hecho dedo y se había esfumado del pueblo.
Había escapado, pensó Gage mientras se desvestía para darse un baño. Había conseguido mucho trabajo: era joven, fuerte, sano y nada quisquilloso. Pero había aprendido una lección vital mientras cavaba zanjas, cargaba leña y, especialmente, durante los meses que había sudado en la plataforma petrolífera en alta mar: podía sacar más dinero con las cartas que partiéndose la espalda.
Y un jugador no necesitaba un hogar. Lo único que necesitaba era una partida de cartas.
Se metió en la ducha y abrió el grifo del agua caliente, que corrió sobre piel tostada por el sol, músculos fuertes y grueso pelo negro que necesitaba un corte. Pensó distraídamente en pedir café y algo de comer, pero decidió dormir unas cuantas horas antes. Otra ventaja que ofrecía su profesión, según la opinión de Gage, era que podía ir y venir a su antojo, comer cuando tenía hambre y dormir cuando estaba cansado. Él se imponía sus propias reglas y las rompía cuando así lo necesitaba.
Nadie tenía ningún poder sobre él.
No era del todo cierto, tuvo que admitir Gage mientras se examinaba la delgada cicatriz pálida que le cruzaba la muñeca. Para nada cierto, de hecho. Los amigos de un hombre, sus verdaderos amigos, siempre tenían poder sobre él. Y no había amigos más verdaderos que Caleb Hawkins y Fox O’Dell.
Sus hermanos de sangre.
Habían nacido el mismo día, el mismo año. E, incluso, hasta donde cualquiera podía dar fe, a la misma hora. No podía recordar una época en la que los tres no hubieran sido… una unidad. El chico de clase media, el hippie y él, el hijo de un alcohólico abusador. Probablemente no habrían tenido absolutamente nada en común, reflexionó Gage con una sonrisa que le animó el verde de los ojos. Pero habían sido familia, habían sido hermanos desde mucho antes de que Cal les hubiera cortado en la muñeca con su cuchillo de niño explorador para sellar el pacto.
Y eso lo había cambiado todo. ¿O no?, se preguntó Gage. ¿Acaso tan sólo había abierto lo que siempre había estado allí, a la espera?
Gage podía recordarlo todo vívidamente, cada paso, cada detalle. Había empezado como una aventura: tres chicos en la víspera de su décimo cumpleaños de excursión por el bosque, llevando una revista de mujeres desnudas, cerveza y cigarrillos, su contribución; coca-colas y comida basura, contribución de Fox; y una cesta llena de sándwiches y limonada que la madre de Cal había preparado para ellos. Aunque Frannie Hawkins no habría preparado una cesta con comida de haber sabido que los tres amigos iban a acampar esa noche en la Piedra Pagana, en el bosque de Hawkins.
Ese calor húmedo, recordó Gage, y la música del radiocasete y la total inocencia que llevaban junto con las galletitas y las chocolatinas, y que habrían de perder completamente antes de salir del bosque el día siguiente.
Gage salió de la ducha y se secó el pelo, que escurría agua, con una toalla. Ese día le dolía la espalda por la paliza que su padre le había dado la noche anterior. Los moratones le palpitaban cuando se habían sentado alrededor de la fogata que habían encendido en medio del claro. Recordaba eso tan bien como recordaba la manera en que la luz había parpadeado y flotado sobre la superficie grisácea de la Piedra Pagana.
Recordaba igual de bien las palabras que habían escrito y que habían recitado al unísono mientras Cal los convertía en hermanos de sangre. Recordaba el dolor súbito cuando el cuchillo le rasgó la piel, y la sensación de las muñecas de Cal y Fox cuando las unieron a la suya para mezclar la sangre de los tres. Y la explosión, el calor y el frío, la fuerza y el miedo, cuando esa sangre mezclada tocó la tierra cicatrizada del claro.
Recordaba lo que había emergido de esa tierra, esa masa oscura, y la luz cegadora que la siguió. La maldad pura de lo negro y el brillo aturdidor de lo blanco.
Cuando todo hubo acabado, los moratones que tenía en la espalda habían desaparecido, ya no sentía dolor y en la mano tenía un tercio de una sanguinaria. Todavía llevaba consigo ese fragmento de piedra, al igual que, lo sabía bien, Fox y Cal llevaban cada uno el suyo. Tres partes de un todo. Gage suponía que ellos mismos lo eran también.
La locura se apoderó del pueblo esa semana y lo asoló como una plaga. Se apoderó de la voluntad de buena gente corriente y la hizo hacer cosas innombrables. Y durante siete días, cada siete años, volvía a irrumpir en la normalidad de Hawkins Hollow.
Y al igual que la plaga, Gage regresaba cada vez. ¿Qué otra opción le quedaba?
Desnudo y todavía húmedo por la ducha, Gage se tumbó sobre la cama. Todavía le quedaba tiempo, todavía había tiempo para unas cuantas manos más, para otras cuantas playas cálidas de palmeras meciéndose al viento. El bosque reverdecido y las montañas azules de Hawkins Hollow estaban a miles de kilómetros de distancia, hasta julio. Cerró los ojos y, como se había entrenado para hacerlo, se durmió casi de inmediato.
Y en sueños escuchó los gritos y el llanto, y vio el fuego que se comía ávidamente la madera, la tela y la carne. La sangre corrió cálida entre sus dedos al llevar a los heridos hacia lugares más seguros. ¿Por cuánto tiempo?, se preguntó. ¿Dónde era seguro? ¿Y quién podría decir cuándo una víctima se convertiría en victimario?
La locura regía las calles de Hawkins Hollow.
En el sueño, Gage se vio con sus amigos de pie en el extremo sur de Main Street, al otro lado del Qwik Mart y sus cuatro surtidores de gasolina. El entrenador Moser, que había llevado a la victoria al equipo de fútbol Hawkins Hollow Bucks en la temporada del último año de secundaria de Gage, se carcajeaba mientras empapaba de gasolina el suelo, los edificios a su alrededor y a sí mismo con una de las mangueras de los surtidores.
Los tres corrieron hacia el hombre, al tiempo que Moser levantaba su mechero como un trofeo y saltaba en los charcos de gasolina como un niño en los charcos de lluvia. Y los tres amigos continuaron corriendo hacia él cuando el entrenador encendió el mechero.
Todo fue cuestión de una chispa y bum. Ardor en los ojos, reventón en los oídos. La fuerza del calor y la ola de aire lanzaron a Gage de espaldas y lo hicieron caer dolorosamente. Sólo veía fuego, nubes cegadoras de fuego que vomitaban violentamente fragmentos de madera y cemento mientras esquirlas de cristal y trozos retorcidos de metal volaban por todas partes.
Gage sintió que el brazo que se le había roto intentaba soldarse mientras la rodilla que se había astillado luchaba por curarse con un dolor más intenso que el que la lesión misma le había causado. Apretando los dientes, se dio la vuelta sobre sí mismo y lo que vio le detuvo el corazón: Cal yacía sobre el pavimento ardiendo como una antorcha.
«¡No, no, no!», gimió Gage al tiempo que se arrastraba hacia su amigo. Gritó y luchó por respirar entre el aire viciado. Y entonces vio a Fox, boca abajo sobre un charco de sangre que crecía poco a poco.
Apareció. Una mancha negra en ese aire ardiente que tomó la forma de un hombre. El demonio le sonrió:
—No puedes curarte de la muerte, ¿verdad, muchacho?
Gage se despertó temblando y empapado en sudor. Se despertó con el sabor de gasolina quemada ardiéndole en la garganta.
Es la hora, pensó.
Se levantó y se vistió. Y una vez vestido, empezó a recoger para su viaje de regreso a Hawkins Hollow.
Capítulo 1
Hawkins Hollow, Maryland
Marzo de 2008
El sueño lo despertó de madrugada, lo que era muy molesto. Por experiencia, Gage sabía que era inútil tratar de dormirse de nuevo teniendo en cuenta que las imágenes de sangre quemada le daban vueltas por la cabeza. Cuanto más se acercaban julio y el Siete, más vívidos y despiadados se tornaban sus sueños. Así que prefería quedarse despierto y haciendo algo que tratar de dormir para luchar de nuevo con pesadillas. O con premoniciones.
Aquel lejano julio, había salido del bosque con un cuerpo que se curaba a sí mismo y con el don de la clarividencia. Sin embargo, Gage no lo consideraba completamente fiable. Opciones diferentes, acciones diferentes, resultados diferentes.
En julio haría siete años que había cerrado las mangueras de los surtidores de gasolina del Qwik Mart y había tomado la precaución adicional de encerrar al entrenador Moser en un armario. Nunca sabría, no a ciencia cierta, si haciendo esto les había salvado la vida a sus amigos o si el sueño había sido sencillamente un sueño.
Pero no se la jugó.
Y continuaba así, pensó Gage mientras se ponía unos pantalones cortos, por si no estaba solo en la casa. Había regresado, como cada siete años. Y esta vez se había unido voluntariamente a las tres mujeres que habían convertido su equipo de tres en uno de seis.
Dado que Cal estaba comprometido con Quinn Black, la despampanante rubia que se dedicaba a escribir sobre temas paranormales, ésta solía pasar la noche en casa de Cal. Por tanto, no era prudente bajar en cueros a preparar café. Pero a Gage le pareció que la bonita casa de Cal a la orilla del bosque estaba vacía, vacía de gente, de fantasmas, del gran perro perezoso de Cal, Lump. Pero eso estaba muy bien, puesto que Gage prefería la soledad, al menos hasta que se hubiera tomado el café.
Gage supuso que Cal había pasado la noche en la casa que las tres mujeres tenían alquilada en el pueblo. Y puesto que Fox se había enamorado locamente de la sensual Layla Darnell, era probable que también hubiera pasado la noche en la casa, o tal vez la habrían pasado en el piso que Fox tenía sobre su oficina. De cualquier manera, todos se mantenían cerca, y con la habilidad que tenía Fox de hacerse escuchar telepáticamente, los seis tenían maneras de comunicarse que no requerían teléfonos.
Gage encendió la cafetera y caminó hacia la terraza mientras esperaba a que el café estuviera listo.
Sólo a Cal, pensó, sólo a su amigo se le podía ocurrir construir una casa cerca del bosque en el que la vida les había cambiado completamente. Pero es que así era Cal, de los que toman partido por una cosa y le es totalmente fiel en adelante. Y la verdad era que si a uno le gustaba la vida campestre, éste era el lugar donde había que vivir. Los árboles reverdecidos y los últimos retoños primaverales del cornejo silvestre y del laurel de montaña resplandeciendo con las primeras luces de la mañana ofrecían una sosegada imagen de tranquilidad… si no se sabía lo que yacía detrás. La ladera frente a la casa era una sola explosión de color gracias a los arbustos y a los árboles ornamentales sembrados en terrazas, mientras que la sinuosa quebrada que corría más abajo burbujeaba a todo lo largo de su cauce.
Esta casa y su ubicación le venían a las mil maravillas a Cal, así como a la chica que ahora tenía a su lado. A él, por el contrario, pensó Gage, la tranquilidad de la vida campestre lo enloquecería en cuestión de un mes.
Regresó a la cocina a por el café, que tomaba fuerte y solo, se sirvió dos tazas y subió a su habitación. Una vez que estuvo duchado y vestido, el desasosiego empezó a apoderarse de él. Trató de esquivarlo con unas cuantas manos de solitario, pero la casa estaba demasiado… silenciosa. Cogió las llaves del coche y salió. Decidió ir a buscar a sus amigos y, si no estaba sucediendo nada, tal vez podría ir a buscar algo de acción y pasar el día en Atlantic City.
Fue un viaje tranquilo, lo que no era sorprendente, teniendo en cuenta que el pueblo era un lugar tranquilo que aparecía en el mapa en medio de las colinas occidentales de Maryland y cuyas únicas ocasiones de alboroto eran el desfile anual de los veteranos de guerra, los fuegos artificiales del Cuatro de Julio en el parque, la ocasional dramatización de la Guerra Civil y la locura que invadía las calles cada siete años.
Sobre la carretera, los árboles formaban un arco y a lo largo de toda ella serpenteaba un arroyo. Después, la vista se abría para dar paso a colinas ondulantes marcadas con parches de rocas, a montañas lejanas y a un cielo de un delicado azul primaveral. Éste no era su hogar, ni los campos que iba atravesando ni el pueblo que se alzaba en ellos. Lo más probable era que fuera a morir allí, pero ni siquiera eso le hacía sentir que fuera su hogar, ni que pertenecía a ese lugar. Sin embargo, su apuesta era a que sus amigos y él, junto con las tres mujeres que formaban parte de la historia ahora, no sólo iban a sobrevivir, sino que iban a derrotar al demonio que había asolado Hawkins Hollow. Que lo iban a aniquilar esta vez para siempre.
Pasó el Qwik Mart donde había triunfado ya fuera la clarividencia o la suerte. Después pasó las primorosas primeras casas y tiendas de Main Street. Vio la camioneta de Fox aparcada frente a la casa que albergaba tanto su oficina como su piso. Vio el café y el local de Ma, que ya estaban abiertos y listos para servir el desayuno. Una enorme mujer embarazada que llevaba de la mano a un niño pequeño salió de la panadería con una bolsa blanca y, mientras caminaba como un pato a lo largo de la calle, el niño no cesaba de hablar y parecía más una cotorra. Vio el local vacío que Layla había alquilado para abrir una tienda de ropa. Gage sacudió la cabeza ante la idea mientras rodeaba la plaza. La esperanza no dejaba de florecer, pensó, y más cuando el amor le servía de fertilizante.
Echó una rápida mirada a Bowl-a-Rama, que era una institución en el pueblo y la herencia de Cal. Hacía mucho tiempo había vivido en el piso superior de la bolera con su padre, había vivido entre el hedor a cerveza y cigarrillos trasnochados. Y con el miedo constante al puño o el cinturón del viejo.
Bill Turner todavía vivía allí, todavía trabajaba en la bolera y, según se decía, llevaba cinco años sin probar el alcohol. La verdad es que a Gage le importaba un soberano pimiento mientras el hombre mantuviera la distancia. Y puesto que pensar en eso le hacía arder las entrañas, sencillamente canceló el tema y pensó en otra cosa.
Aparcó junto al bordillo, detrás del Karmann Ghia de Cybil, el sexto miembro del equipo. La gitana seductora compartía con él el don de la clarividencia, así como Quinn compartía la habilidad de Cal de ver el pasado y Layla, la de Fox de intuir lo que se ocultaba en el presente. Suponía que esa coincidencia los hacía socios de varias maneras, y pensar en eso le hizo ponerse en guardia.
Cybil era digna de admirar, sin duda, pensó él mientras se apeaba y se dirigía a la casa. Era inteligente, perceptiva y ardiente. En otro momento y en otro lugar, habría resultado entretenido jugar unas cuantas manos con ella, a ver quién ganaba. Pero la idea de que fuerzas externas, poderes milenarios y confabulaciones mágicas desempeñaran un papel para unirlos hacía que Gage decidiera pasar anticipadamente. Una cosa era que tanto Cal como Fox se enredaran con sus mujeres, pero él, sencillamente, no estaba hecho para el compromiso a largo plazo. El instinto le decía que incluso algo a corto plazo con una mujer como Cybil sería demasiado complicado, teniendo en cuenta sus gustos y su estilo personal.
No llamó a la puerta. Usaban esta casa y la de Cal como base de operaciones, así que no vio la necesidad de hacerlo. Escuchó música, algo de estilo new age: puras flautas y gongs, así que se dirigió hacia la fuente y allí encontró a Cybil. Llevaba pantalones negros holgados y un top que dejaba al descubierto un vientre suave y firme, y unos brazos de músculos definidos. Unos cuantos rizos negros rebeldes se le salían de la cinta con que se había sujetado el pelo. Las uñas de los pies, que llevaba descalzos, estaban pintadas de rosa intenso.
Mientras Gage la miraba, Cybil apoyó la cabeza sobre el tapete mientras levantaba el cuerpo. Abrió las piernas y las mantuvo perpendiculares al suelo y de una manera que Gage no entendió, hizo girar el torso como si fuera una bisagra. Con toda facilidad, bajó una pierna hasta que la planta del pie reposó completamente sobre el suelo, lo que la hizo parecer, a ojos de Gage, un puente muy erótico. Con movimientos que parecían no requerir esfuerzo de su parte, Cybil se giró y puso una pierna contra la cadera mientras la otra estaba levantada detrás de ella. Inclinándose hacia atrás, tomó el pie con la mano y se lo llevó hacia la parte trasera de la cabeza.
Gage se sintió orgulloso del poder de su fuerza de voluntad, que evitó que se le cayera la baba al mirarla.
Cybil se dobló, se retorció, se movió y se acomodó en lo que debían de ser posturas imposibles. Pero la fuerza de voluntad de Gage no era tan poderosa como para lograr no suponer que cualquier mujer así de flexible debía de ser increíble en la cama. Cybil se arqueó hacia atrás con el pie pegado a la cabeza cuando un relámpago en esos profundos ojos oscuros le dijo a Gage que ella se había dado cuenta de su presencia.
—No te interrumpo.
—No. Ya casi termino. Vete.
A pesar de que lamentó perderse el final de semejante sesión, Gage se encaminó a la cocina y se sirvió una taza de café. Al recostarse en la encimera, se dio cuenta de que el periódico del día estaba doblado sobre la mesa de la cocina, el tazón que Cal tenía en la casa para servirle la comida a Lump estaba vacío y el tazón del agua contiguo, a medio vaciar. Todo parecía indicar que el perro ya había desayunado, pero si alguien más lo había hecho, los platos ya estaban lavados y guardados en su lugar. Puesto que las noticias no le interesaban en ese momento, Gage sencillamente se sentó a la mesa y se dispuso a jugar un solitario. Iba por la cuarta mano cuando Cybil entró en la cocina.
—Sí que te has levantado con energía hoy —puso un ocho rojo sobre un nueve negro—. ¿Cal todavía está en la cama?
—Al parecer todo el mundo ha decidido madrugar hoy. Quinn lo arrastró al gimnasio —se sirvió una taza de café también y abrió la lata del pan—. ¿Te apetece un bagel?
—Bueno.
Después de cortar un bagel diestramente por la mitad, Cybil metió las dos rebanadas en la tostadora.
—¿Pesadillas? —Cybil lo miró ladeando la cabeza cuando Gage levantó la mirada y le clavó los ojos encima—. Yo tuve una; me despertó con las primeras luces de la madrugada. Lo mismo les pasó a Cal y a Quinn. No he hablado con ellos, pero seguramente a Fox y a Layla, que pasaron la noche en casa de él, también les sonó el mismo despertador. El remedio de Quinn son las pesas y las máquinas; el mío, el yoga; y el tuyo… —e hizo un gesto hacia las cartas.
—Cada uno tiene sus trucos.
—Le pateamos el culo al demonio hace unos días, era de esperar que quisiera la revancha.
—Casi quedamos reducidos a cenizas por ese trabajito —le recordó él.
—«Casi» me parece suficientemente bueno. Unimos las tres partes de la sanguinaria gracias al rito mágico, gracias al rito de sangre —Cybil observó el corte que le atravesaba la palma de la mano y que ya estaba cicatrizando—. Y vivimos para contarlo. Ahora tenemos un arma.
—Un arma que no sabemos cómo usar.
—¿Y acaso él lo sabe? —Cybil sacó un par de platos y crema de queso para los bagels—. ¿Acaso nuestro demonio sabe más sobre esto que nosotros? Giles Dent le infundió poder a esa piedra hace más de trescientos años en el claro y, teóricamente, la usó como parte del hechizo que lanzó al demonio, en la forma de Lazarus Twisse, a una especie de limbo en el que Dent lo pudo retener durante siglos —Cybil rebanó una manzana hábilmente y repartió las rebanadas en un plato mientras continuaba hablando—. En aquel entonces Twisse no vio ni reconoció el poder de la sanguinaria, ni tampoco, aparentemente, cientos de años después, cuando vuestro ritual juvenil lo liberó y la piedra se partió en tres partes iguales. Si seguimos esa lógica, entonces tampoco sabe ahora nada sobre ella, lo que nos da una ventaja. Puede ser que no sepamos todavía cómo funciona, pero sí sabemos que funciona —se dio la vuelta y le ofreció a Gage un plato con un bagel—. Logramos unir las tres partes en una sola piedra, así que el demonio no es el único que tiene poder ahora.
Con una pizca de fascinación, Gage observó a Cybil mientras ésta cortaba por la mitad medio bagel antes de esparcir una finísima capa de crema de queso sobre las dos partes. Y mientras él ponía una generosa cantidad de queso en su propia mitad de bagel, Cybil se sentó y le dio un minúsculo mordisco a su parte, tan pequeña que Gage pensó que no debían de ser más que unas cuantas migas.
—Tal vez deberías mirar sólo la foto de la comida en lugar de tomarte el trabajo de prepararla —cuando ella sólo sonrió y le dio otro mordisco minúsculo al bagel, Gage continuó—: He visto a Twisse matar a mis amigos, lo he visto incontables veces y de incontables maneras.
Cybil lo miró directamente a los ojos con comprensión.
—Ésa es la mierda de nuestra habilidad: ver las posibilidades, lo que puede suceder, en un brutal tecnicolor. Estaba asustada cuando fuimos al bosque a llevar a cabo el ritual. No asustada solamente ante la posibilidad de morirme, aunque no me quiero morir. De hecho, estoy completamente en contra de morirme. Estaba asustada de vivir y ver a gente tan cercana a mí morir. O lo que es peor: ser responsable de alguna manera de esas muertes.
—Sin embargo fuiste.
—Fuimos —escogió una rebanada de manzana y le dio un mordisco pequeñísimo— y no morimos. No todos los sueños ni todas las visiones están… grabados en piedra. Tú regresas; cada siete años, vuelves al pueblo.
—Hicimos un juramento.
—Sí, cuando teníais diez años. No es que esté desestimando la validez o el poder de un juramento de infancia —continuó ella—, pero has regresado a pesar de todo. Y lo haces por ellos, por Cal y por Fox. Yo vine por Quinn, así que entiendo a la perfección el lazo tan fuerte de la amistad. No somos como ellos… Tú y yo, quiero decir.
—¿No?
—No —Cybil levantó su taza de café y bebió lentamente—. El pueblo y la gente que lo habita no nos pertenecen. Para Cal y Fox, y ahora de una manera muy real para Quinn y Layla, éste es su hogar. Para mí, Hawkins Hollow no es más que un pueblo en el que estoy viviendo por el momento porque así se dieron las cosas. Para mí, Quinn es mi hogar, y ahora Layla también. Y por extensión, por conexión, digamos, también lo son Cal y Fox. Y todo parece indicar que tú también. No voy a dejar mi hogar hasta que no esté segura de que está seguro. Por otra parte, aunque encuentro todo esto fascinante e intrigante, no derramaría mi sangre por esto —los rayos del sol se colaron por la ventana de la cocina y le iluminaron el pelo, haciendo resplandecer los pequeños pendientes de plata que Cybil llevaba en las orejas—. Aunque creo que tú sí.
—¿En serio?
—Sí, porque todo este asunto te cabrea. Patearle el culo al demonio te pesa en el lado de quedarte y ayudar a aniquilarlo —le dio otro mordisco minúsculo al bagel y sonrió a Gage—. Así son las cosas. Aquí estamos, Turner, tú y yo, un par de pies inquietos, atascados en este pueblo por culpa del amor y el cabreo general. Bueno, quiero darme una ducha ya —decidió ella—. ¿Te importaría quedarte al menos hasta que Quinn y Cal regresen? Desde que Layla tuvo su encontronazo con las serpientes en el baño, no me siento tranquila en el baño si estoy sola en casa.
—No hay problema. ¿Te vas a comer el resto de eso?
Cybil empujó su plato, con el bagel intacto, hacia Gage y se puso en pie. Mientras se disponía a lavar la taza, Gage observó la nube azul y negra que ella tenía en la espalda, más arriba del omoplato. Le recordó los golpes que habían recibido esa noche de luna llena en la Piedra Pagana, y que ella, a diferencia de él, Cal y Fox, no se curaba de una lesión en unos instantes.
—Ese moratón tiene mala pinta, Cybil.
Ella se encogió de hombros.
—Deberías ver cómo tengo el culo.
—Muy bien.
Riéndose, Cybil lo miró por encima del hombro.
—Hablando retóricamente, querido. Tuve una niñera que creía que unos buenos azotes ayudan a fortalecer el carácter. Cada vez que me siento, me acuerdo de ella.
—¿Tuviste una niñera?
—Así es. Pero, dejando de lado los azotes, me gusta pensar que me fortalecí el carácter yo solita. Cal y Quinn regresarán pronto, pero puedes preparar otra cafetera.
Mientras Cybil salía de la cocina, Gage examinó con detenimiento el culo en cuestión: decidió que era de primera categoría. Ella era interesante y, según su punto de vista, era una mezcla compleja dentro de un envoltorio bonito. Él, definitivamente, prefería un contenido sencillo cuando se trataba de juego y diversión. Pero, en cuestiones de vida y muerte, pensó él, Cybil Kinski era exactamente lo que el médico había recetado.
Ella había comprado, recordó Gage, una elegante pistola del calibre veintidós con reluciente empuñadura de nácar que había usado en su última excursión al bosque con la habilidad fría y calculada de un mercenario veterano. Cybil también había sido la que había llevado a cabo la investigación sobre los ritos de sangre y, para completar, había rastreado el árbol genealógico de Layla, Quinn y ella misma para comprobar que las tres eran descendientes del demonio conocido como Lazarus Twisse y de Hester Deale, la niña a quien Twisse había violado hacía más de trescientos años.
Y para completar, siguió reflexionando Gage, era una cocinera exquisita. No hacía más que refunfuñar al respecto, pensó él mientras se ponía en pie para preparar la cafetera, pero sí sabía cómo manejarse en la cocina. Gage respetaba que, por lo general, Cybil era capaz de decir lo que pensaba de verdad y de mantener la cabeza fría en momentos de crisis. Ésta no era una mujer débil ni miedosa que necesitaba que la rescataran.
Y olía a misterio y sabía a miel tibia.
La había besado aquella noche en el claro. Aunque claro está que él pensaba que estaban a punto de morir en una llamarada sobrenatural y el gesto había sido más del espíritu «qué diantres». Pero recordaba exactamente a qué sabía ella.
Probablemente no era buena idea pensar en eso, como no era buena idea tampoco considerar que Cybil estaba arriba, húmeda y desnuda. Sin embargo, pensó Gage, un tío tenía derecho a un poco de entretenimiento mientras descansaba de pelear con un demonio milenario. Y extrañamente ya no estaba de ánimo para irse a Atlantic City.
Todavía ocupado en sus cavilaciones, Gage escuchó que se abría la puerta principal y la explosión de carcajadas de Quinn. Por lo que a él respectaba, Cal se había ganado el premio gordo de la lotería con Quinn, sólo por esa risa. Y si después se le sumaba ese cuerpo curvilíneo, los enormes ojos azules, la inteligencia, el humor y las agallas que tenía ella, no había manera de que su amigo no estuviera bailando sobre la quinta nube de amor por ella.
Gage se sirvió un café y, al escuchar los pasos de Cal acercándose a la cocina, sacó otra taza y sirvió otro café. Cal la aceptó y le gruñó un «hola» antes de abrir la puerta del frigorífico para sacar una caja de leche.
Para ser un hombre que probablemente había estado levantado desde el amanecer, Cal parecía muy animado, notó Gage. Era posible que el ejercicio liberara endorfinas, pero si Gage tuviera que apostar, en lo que era un experto, pondría dinero a que esa alegría se debía a la mujer que su amigo tenía ahora a su lado. Los ojos grises de Cal estaban sosegados y su cuerpo se veía relajado. Tenía el pelo húmedo y olía a jabón, lo que hizo suponer a Gage que se había duchado en el gimnasio.
Cal examinó su taza de café y después sacó una caja de cereales del armario.
—¿Quieres?
—No.
Con un gruñido, Cal se sirvió cereales en un tazón y lo cubrió de leche.
—¿Sueño en equipo?
—Eso parece.
—Hablé con Fox —Cal empezó a comerse sus cereales tras apoyarse en la encimera de la cocina—: tanto él como Layla también tuvieron un sueño. ¿Qué soñaste tú?
—El pueblo empezó a sangrar —empezó Gage—. Todo: los edificios, las calles, todos los desafortunados que estaban fuera de casa. La sangre burbujeaba sobre las aceras, llovía de los edificios y todo ardía mientras sangraba.
—Sí, exactamente lo mismo. Es la primera vez, que yo sepa, que los seis tenemos la misma pesadilla. Tiene que significar algo.
—La sanguinaria es una sola piedra de nuevo. Y los seis la unimos. Cybil tiene muchas esperanzas en esa piedra, piensa que puede ser una gran fuente de poder.
—¿Y qué opinas tú?
—Supongo que tengo que estar de acuerdo, para lo que importa. Lo que sí sé es que tenemos menos de dos meses para descifrar lo que haya que descifrar. Si acaso.
Cal asintió.
—Está manifestándose más pronto y con mucha más fuerza que nunca antes. Pero le hicimos daño, Gage. Dos veces hemos podido hacerle bastante daño.
—Más nos vale que la tercera vez sea la vencida.
***
Gage decidió no quedarse. Si se seguía la rutina, las mujeres pasarían una buena parte del día buscando respuestas en libros y en internet. Revisarían los cuadros, las tablas, los mapas, los gráficos, tratando de encontrarle algún ángulo nuevo a todo el asunto. Y hablarían sobre ello hasta la saciedad. Cal se iría a la bolera y Fox, a su oficina. Y él, pensó Gage, era un jugador sin una mano que jugar. Así las cosas, tenía el día libre.
Podía volver a casa de Cal y hacer llamadas, enviar algunos mensajes de correo electrónico y continuar con su propia investigación. Había pasado muchos años estudiando demonología, leyendo sobre folclore y temas relacionados, y buscando pistas en los lugares más recónditos del mundo. Cuando habían combinado la información que había recogido él con los descubrimientos de Quinn, Layla y Cybil, las piezas del rompecabezas habían encajado relativamente bien.
Dioses y demonios lucharon mucho antes de que el hombre hiciera su aparición, aniquilándose hasta que se arrastró por la tierra el primer hombre, que muy pronto los superó en número. El tiempo del hombre, lo había llamado Giles Dent, según los diarios que escribió Ann Hawkins, su mujer. Y en el tiempo del hombre, sólo un demonio y un guardián sobrevivieron. No es que Gage se tragara ese cuento, pensó, pero sí era sólo un demonio el que le interesaba. Herido de muerte, el guardián le pasó sus poderes y su misión a un humano y así el linaje continuó a lo largo de varios siglos hasta que fue el turno de Giles Dent.
Gage consideró de nuevo toda la historia mientras conducía. Aceptaba a Dent, aceptaba que sus amigos y él eran descendientes de Giles Dent y de Ann Hawkins. Creía, como lo creían los otros, que Dent había encontrado la manera de apresar al demonio, pero violando las reglas para incluir un sacrificio humano. Y lo había logrado, había apresado al demonio, pero sacrificándose él mismo, hasta que cientos de años después tres chicos lo habían liberado.
Gage podía incluso aceptar que haberlo hecho había sido su destino. No tenía que gustarle, pero podía tragárselo. Era su destino enfrentarse al demonio, luchar contra él, destruirlo o morir en el intento. El fantasma de Ann Hawkins se había aparecido unas cuantas veces en esta ocasión, y todos sus comentarios crípticos parecían indicar que este Siete iba a ser el definitivo. El todo o nada. La vida o la muerte.
Debido a que la mayoría de sus visiones estaban relacionadas con la muerte, muerte de diversas maneras poco placenteras, Gage no estaba considerando apostar por la victoria del grupo. Y puesto que justamente tenía tan presente la muerte esa mañana, supuso que ésa era la razón por la cual había conducido hasta el cementerio. Cuando se apeó del coche, hundió las manos en los bolsillos del pantalón. Había sido una estupidez haber ido hasta allí, pensó, no tenía ningún sentido. Sin embargo, se adentró en aquel lugar, rodeando lápidas y monumentos.
Se le pasó por la mente la idea de que debería haber llevado flores, pero de inmediato descartó ese pensamiento y negó con la cabeza. Tampoco tenía sentido llevar flores, ¿de qué les servían las flores a los muertos? Tanto su madre como el bebé que llevaba en el vientre habían muerto hacía bastante tiempo; las flores eran completamente inútiles.
Mayo había reverdecido el césped, y los árboles y la brisa acariciaban suavemente ese paisaje en verde. El suelo ondulaba en ligeras colinas y bajadas poco profundas en las que se alzaban fieles monumentos blancos o sombrías lápidas grises cuyas sombras proyectaba el sol. Su madre y su hermana tenían una lápida blanca. A pesar de que hacía muchos años, muchos, muchos, en realidad, desde que Gage había caminado por ese cementerio la última vez, sabía perfectamente el camino hacia ellas.
La piedra era sencilla, pequeña, redondeada, sin ningún adorno y sólo con los nombres y las fechas esculpidos en ella.
CATHERINE MARY TURNER
1954-1982
ROSE ELIZABETH TURNER
1982
Gage a duras penas recordaba a su madre. El tiempo sencillamente había ido difuminando las imágenes, los sonidos, la sensación de ella hasta convertir todo en un solo recuerdo borroso e indeterminado. En ese momento, reflexionó, sólo tenía un vago recuerdo de ella llevando la mano de él a su pronunciada barriga para que sintiera las patadas de su hermana en el vientre. Lo único que tenía era una foto de ella, pero gracias a esa foto sabía que de ella había heredado el color del pelo, de los ojos y de la piel, así como la forma de los ojos y de la boca. Nunca había visto a su hermana y nunca nadie le había dicho a quién se había parecido. Pero lo que sí recordaba era haber sido feliz en una época, recordaba haber jugado con camiones bajo los rayos del sol que se colaban por la ventana. Y sí, incluso recordaba haber corrido muchas veces a la puerta al escuchar que su padre llegaba a casa después del trabajo y recordaba también haber gritado de puro placer cuando él lo levantaba en brazos por encima de la cabeza.
Había habido una época, breve, en la que las manos de su padre lo habían levantado en alto en lugar de golpearlo hasta hacerle rodar por el suelo. Suponía que había sido ese tiempo del sol colándose por la ventana. Pero entonces su madre había muerto, y el bebé con ella, y todo se tornó oscuro y frío.
¿Acaso ella le había gritado alguna vez, lo había castigado o había sido impaciente con él? Probablemente, pero Gage no recordaba nada de eso, o había escogido no recordarlo. Tal vez la había idealizado, ¿pero qué daño podía hacerle? Cuando el niño había tenido madre tan poco tiempo, el hombre tenía derecho a recordarla como la mujer perfecta.
—Debería haber traído flores —murmuró Gage—. Debería haber traído flores —repitió.
—Pero viniste.
Gage se dio la vuelta y miró directamente a unos ojos del mismo color y forma que los suyos. Y mientras el corazón se le encogía, su madre le sonrió.
Capítulo 2
Qué joven es, fue su primer pensamiento. Incluso más joven que él, descubrió mientras se observaban el uno al otro por encima de la lápida. La mujer tenía una belleza sosegada, y Gage no pudo sino pensar que era una belleza tan sencilla que muy probablemente se habría conservado bella hasta la vejez. Pero su madre no había vivido lo suficiente para llegar a los treinta años.
Incluso ahora, que era un hombre hecho y derecho, a Gage le dolió algo en su interior a causa de esa pérdida.
—¿Por qué estás aquí? —le preguntó Gage, a lo cual ella sonrió ampliamente.
—¿No quieres que esté aquí?
—Nunca antes viniste.
—Tal vez nunca antes prestaste suficiente atención —la mujer se echó los oscuros cabellos hacia atrás y respiró profundamente—. Qué día tan bonito, con todo este sol de mayo resplandeciendo. Y mírate: tan perdido, tan enfadado. Tan triste. ¿No crees que hay un lugar mejor, Gage? ¿No crees que la muerte es el principio de otra vida?
—Para mí fue el fin de la vida que conocía —esa respuesta, supuso Gage, era en términos generales lo que le había pasado—. Cuando te moriste, también se murió lo mejor que tenía.
—Pobrecito mío. ¿Me odias por haberte abandonado?
—Tú no me abandonaste, te moriste.
—Pero el resultado es el mismo —En sus ojos, Gage vio dolor, o tal vez era lástima—. No estuve contigo cuando me necesitaste. Y lo peor de haberte dejado solo fue haberte dejado con él. Le permití que me sembrara la muerte en el vientre. Y tú te quedaste solo y desprotegido, con un hombre que te golpeaba y te maldecía.
—¿Por qué te casaste con él?
—Las mujeres somos débiles. Ya debes de saberlo bien. Si no hubiera sido débil, lo habría dejado y te habría llevado conmigo lejos de este lugar —la mujer se dio ligeramente la vuelta para mirar hacia el pueblo. Gage notó que había algo más en sus ojos ahora, vio apenas un resplandor, algo más brillante que la lástima—. Debí haberte protegido y debí haberme protegido a mí misma también. Habríamos tenido una vida juntos, lejos de aquí. Pero ahora puedo protegerte.
Gage miró con detenimiento la manera en que la mujer se movía, la manera en que sus cabellos ondeaban a la brisa, la manera en que la hierba se estremecía bajo sus pies.
—¿Cómo pueden los muertos proteger a los vivos?
—Vemos más, sabemos más —se giró hacia él de nuevo y le abrió los brazos—. Me preguntaste por qué estoy aquí. La respuesta es que estoy aquí para eso, para protegerte como no pude hacerlo en vida. Estoy aquí para salvarte, para decirte que te vayas, que te vayas lejos de aquí. Deja el pueblo. Aquí no hay nada más que muerte y miseria, dolor y pérdida. Vete a otro lugar y vive. Si te quedas, vas a morir, vas a podrirte bajo esta tierra al igual que yo.
—Mira tú, lo estabas haciendo muy bien hasta ahora —la rabia que le ardía por dentro a Gage era fría, fría y feroz, pero la voz le sonó casual y tranquila—. Me habría tragado todo el cuento si hubieras seguido jugando a la mamá y su hijito huérfano. Pero te apresuraste.
—Sólo quiero que estés a salvo.
—Sólo me quieres muerto. O si no muerto, por lo menos lejos. Pero tengo noticias para ti: no me voy a ir a ninguna parte. Y tú no eres mi madre, así que quítate el disfraz y deja de jugar, cabrón.
—Mami va a tener que darte unos azotes por eso —y con una sacudida de la mano, el demonio removió el viento con tal fuerza que Gage salió volando de espaldas. Y mientras se esforzaba por ponerse en pie, lo vio transformarse. Los ojos se le pusieron rojos y le brotaron lágrimas de sangre mientras se reía a carcajadas—. ¡Eres un niño malo! Te voy a castigar como al peor de todos los niños malos. Te voy a desollar, voy a beberme tu sangre y a roer tus huesos.
—Sí, sí, claro —en un gesto de indiferencia, Gage enganchó los pulgares en los bolsillos delanteros de sus vaqueros.
El rostro de su madre se derritió y se convirtió en algo horrible, algo que no era humano. El delgado cuerpo de la mujer se hinchó, la espalda se encorvó, los brazos y las piernas se retorcieron hasta convertirse primero en garras y después en pezuñas. Luego, ese cuerpo desfigurado se contorsionó y se estremeció hasta volverse una enorme masa negra y amorfa que apestó el aire con un intenso hedor a muerte.
El viento abofeteó el rostro de Gage con la fetidez, sin embargo, él se plantó resueltamente donde estaba. No estaba armado pero, después de pensárselo rápidamente, decidió no jugársela: cerró el puño con fuerza y le clavó un puñetazo a la masa maloliente. Sintió que la piel se le quemaba con un ardor indecible, pero la liberó y la clavó de nuevo en la masa hirviente. El dolor le quitó el aliento, entonces inspiró lo más profundo que pudo y le dio un tercer puñetazo.
El demonio aulló. «Ira», pensó Gage, que reconoció de inmediato la ira en estado puro que emanaba de la criatura y que lo lanzó con fuerza por los aires al otro lado de la lápida de su madre para hacerlo caer pesadamente sobre la hierba. El demonio lo miró desde arriba, desde encima de la lápida, con la forma del chico que con tanta frecuencia elegía.
—Vas a suplicarme que te mate —le dijo a Gage—. Mucho después de que haya hecho trizas a los otros, vas a suplicármelo. Y yo voy a alimentarme de ti durante años.
Gage se limpió la sangre que le manaba del labio y sonrió, a pesar de que unas terribles ganas de vomitar lo invadieron.
—¿Quieres apostar?
La cosa que parecía un chico se hundió las manos en el pecho, se lo abrió de par en par y, con una carcajada demente, se desvaneció en el aire.
—Está chalado. Este hijo de puta está chalado —comentó Gage en voz alta y se sentó un momento tratando de recuperar el aliento mientras se examinaba la mano: la tenía en carne viva y unas ampollas que echaban pus la cubrían casi por completo. También notó que tenía dos agujeros no muy profundos y supuso que se los habían causado los colmillos del demonio. Y entonces, además del dolor de la lesión, empezó a sentir el increíble dolor de la curación. Se puso en pie apoyándose en el brazo, pero al enderezarse sintió que el suelo se le movía y no pudo evitar tambalearse, por lo que se vio obligado a sentarse otra vez. Apoyó la espalda contra la lápida de su madre y su hermana y esperó hasta que sintió que el suelo se iba estabilizando. Bajo el resplandeciente sol de mayo y con sólo la compañía de los muertos, Gage respiró profundamente tratando de sobrellevar el dolor y concentrándose solamente en la curación. Cuando el dolor se aplacó, sintió que el sistema se le normalizaba.
Cuando al fin se pudo poner en pie, le dio una última mirada a la lápida, se dio la vuelta y emprendió la marcha.
***
Gage pasó por la floristería y compró un hermoso ramo primaveral que dejó a Amy, la dependienta de siempre, preguntándose quién sería la chica afortunada. Pero Gage la dejó con la curiosidad. Era demasiado difícil para él explicar, por no mencionar que no era de la incumbencia ni de Amy ni de nadie, que tenía flores y madres en la cabeza.
Ése era uno de los problemas —y Gage veía miles— de los pueblos pequeños. Todo el mundo quería saber todo de todos los vecinos, o fingían saberlo. Y cuando no sabían lo suficiente, muchos estaban dispuestos a inventarse lo que fuera necesario y proclamar que era la verdad de Dios.
Había muchas personas en el pueblo que murmuraban y hablaban sobre él. Pobre chico, chico malo, alborotador, malas noticias, qué bien que nos lo quitamos de encima. Tal vez le había dolido mucho y tal vez era un dolor más profundo cuando era más joven. Pero había tenido lo que, suponía, podía llamarse un bálsamo: había tenido a Fox y a Cal, había tenido una familia.
Su madre estaba muerta y lo había estado demasiado tiempo. Eso, pensó mientras conducía fuera del pueblo, le había resultado evidente ese día. Por esa razón, había decidido hacer una visita que tenía pendiente.
Por supuesto, era posible que Frannie Hawkins no estuviera en casa. Frannie no trabajaba fuera de casa… no exactamente. Su casa era su trabajo, además de los varios comités en los que participaba o que dirigía. Era muy probable que la madre de Cal tuviera algún tipo de participación en todos y cada uno de los comités, sociedades u organizaciones que existían en el pueblo.
Gage aparcó a la entrada de la bonita casa en la que los Hawkins habían vivido desde que podía recordar, detrás del coche limpio y cuidado de Frannie. La bonita y bien arreglada mujer que llevaba la casa estaba de rodillas sobre un cuadrado de espuma rosada brillante mientras plantaba algunas petunias en los bordes de su ya impresionante jardín delantero.
El lustroso cabello rubio le sobresalía por debajo de un sombrero de paja de ala ancha y tenía las manos enfundadas en unos gruesos guantes color café. Gage supuso que ella pensaba que esos pantalones azules oscuros que llevaba puestos con esa camiseta rosada eran ropa de trabajo. Frannie levantó la cabeza cuando escuchó el ruido del coche y su hermosa cara se iluminó con una amplia sonrisa cuando vio que se trataba de Gage.
A Gage no dejaba de sorprenderle que Frannie le sonriera tan ampliamente siempre que lo veía, y que fuera una sonrisa de auténtico deleite. Ésta se levantó y se quitó los guantes.
—Qué sorpresa tan maravillosa, Gage. ¡Y mira qué flores más preciosas!
—Casi tanto como tú.
—Es como traer leña al bosque.
Frannie presionó su mejilla contra la de Gage y cogió las flores que le ofrecía.
—Las flores nunca son demasiadas para mí. Ven, vamos adentro para que pueda ponerlas en agua.
—Te he interrumpido.
—La jardinería es un trabajo continuo de mantenimiento. No puedo dejar de hacer apaños aquí y allá.
Gage sabía que la casa era lo mismo para ella. Se pasaba el tiempo arreglando, cosiendo, pintando y tapizando. Y, sin embargo, la casa siempre resultaba cálida, siempre acogedora, nunca forzada ni rígida.
Frannie le guió a través de la cocina hacia la zona de lavandería, donde, siendo la mujer que era, tenía un fregadero para la labor específica de arreglar los floreros.
—Voy a poner las flores en un jarrón aquí provisionalmente mientras preparo algo frío para beber.
—No quiero quitarte tiempo, Frannie.
—Ay, Gage —exclamó ella y descartó la protesta de Gage con un movimiento de la mano antes de poner a llenar de agua un jarrón para las flores—. Ve a sentarte en el patio. Hace un día demasiado bonito como para quedarnos dentro. En un momento llevo una jarra de té helado.
Gage obedeció sin musitar palabra, más que nada porque necesitaba decidir qué había ido a decirle a ella y cómo quería decírselo. Gage se dio cuenta de que Frannie también había estado trabajando en el jardín trasero. Y en las jardineras. Todas esas formas, colores y texturas parecían mágicamente perfectas y naturales a la vez. Sabía, porque la había visto hacerlo, que todos los años Frannie hacía bocetos de cómo quería diseñar sus jardines y sembrar sus jardineras.
A diferencia de Jo, la madre de Fox, Frannie Hawkins nunca permitía que absolutamente nadie más que ella misma desyerbara sus plantas. No confiaba en nadie para tal labor, porque temía que en lugar de quitar maleza le quitaran los pétalos a sus petunias. Pero lo que sí había hecho él muchas veces a lo largo de los años había sido arrastrar su buena carga de mantillo o de rocas para los jardines de la madre de su amigo. Así que suponía que de alguna limitada manera esos jardines de portada de revista también eran un poco suyos.
Frannie llegó con una bandeja en la que traía una gran jarra verde llena de té helado en el que flotaban hojas de menta fresca, un par de vasos a juego y un plato con galletas. Se sentaron en la mesa bajo el parasol contemplando el césped recién cortado y unas plantas recién florecidas.
—Siempre recuerdo este jardín —le dijo Gage a Frannie—. La granja de Fox era como el mundo de las aventuras y aquí era como…
—¿Qué? ¿La obsesión de la madre de Cal? —preguntó ella entre risas.
—No —respondió él—. Algo así como el punto intermedio entre el mundo de las hadas y un santuario.
La sonrisa de Frannie se diluyó en una calidez suave.
—Qué cosas más bon
