La musa

Jessie Burton

Fragmento

9788415631712-7

1

No todos recibimos lo que nos merecemos. Muchos momentos que cambian el curso de una vida —una conversación con un desconocido a bordo de un barco, por ejemplo— son pura casualidad. Y aun así, nadie te escribe una carta ni te escoge como confesor sin tener una buena razón. Esto es lo que ella me enseñó: que para tener suerte en la vida hay que estar preparado. Hay que poner las piezas en juego.

Cuando me llegó a mí el día, hacía tanto calor que se me habían formado medias lunas bajo las axilas en la blusa que la zapatería proporcionaba a todas las empleadas.

—No importa el número —dijo la mujer, a la vez que se secaba la cara con un pañuelo.

Me dolían los hombros y tenía las puntas de los dedos irritadas. Me quedé mirándola; el sudor le había convertido el color rubio del flequillo en un marrón parecido al pelaje de un ratón mojado. El calor de Londres; nunca tiene por dónde escapar. Yo no lo sabía aún, pero aquella mujer iba a ser la última clienta a la que atendería.

—¿Disculpe?

—He dicho —recalcó ella con un suspiro— que me vale cualquier número.

Ya era casi la hora de cerrar, lo que significaba que tendríamos que pasar la aspiradora por la moqueta para recoger todas las partículas de piel seca: migas de pies, las llamábamos. Cynth siempre decía que con aquellos desechos podríamos haber moldeado un pie entero, un monstruo capaz de ponerse a bailar él solo. A ella le gustaba su empleo en Dolcis Shoes y me había conseguido el mío, pero, transcurrida la primera hora, yo ansiaba el frescor de mi habitación, mis cuadernos baratos, el lápiz que me esperaba junto a la estrecha cama. «Chica, alegra esa cara —me susurraba Cynth—, ¿acaso prefieres trabajar en la funeraria de al lado?»

Me replegué en dirección al almacén, un lugar al que solía escaparme, pues ya me había vuelto inmune a su intenso olor a suelas de caucho. Tenía ganas de meterme allí y gritar en silencio contra aquella pared de cajas.

—¡Espere! ¡Oiga, espere! —gritó la mujer al ver que me iba.

Cuando tuvo la seguridad de contar con toda mi atención, se inclinó y se quitó el gastado zapato de salón que llevaba, dejando al descubierto un pie sin dedos. No tenía ni uno. Era un muñón liso, un bloque de carne que descansaba inocente sobre la desvaída moqueta.

—¿Lo ve? —me dijo en tono resignado, al tiempo que se descalzaba el otro pie y revelaba una situación idéntica—. Relleno las punteras con papel, así que da lo mismo que me traiga un número u otro.

Fue todo un espectáculo y no se me ha borrado de la memoria: la inglesa que me enseñó sus pies sin dedos. En aquel momento quizá me dio asco. Siempre se dice que los jóvenes soportan mal la fealdad, que no han aprendido a disimular la sorpresa. En realidad, yo no era joven, tenía veintiséis años. No sé lo que hice en aquel momento, pero sí recuerdo que se lo conté a Cynth cuando regresábamos al piso que compartíamos frente a Clapham Common y también recuerdo que ella lanzó una exclamación de horror al imaginar aquellos pies sin dedos.

—¡El Monstruo de los Muñones! —exclamó—. ¡Viene a devorarte, Delly! —A continuación, en un tono más optimista y pragmático, añadió—: Al menos puede usar los zapatos que quiera.

A lo mejor aquella mujer era una bruja que anunciaba el cambio que iba a obrarse en mi camino. No lo creo, porque de eso se encargó otra mujer distinta, pero sí da la sensación de que su presencia puso un macabro punto final a ese capítulo de mi vida. ¿Creyó ver una vulnerabilidad similar en mi persona? ¿Ocupábamos ella y yo un espacio en el que no teníamos más remedio que rellenar el hueco con papel? No lo sé. Cabe una minúscula posibilidad de que ella sólo quisiera comprarse unos zapatos nuevos. Y aun así, siempre la recuerdo como salida de un cuento de hadas, porque aquél fue el día en que todo cambió.

A lo largo de los cinco años transcurridos desde que viajé en barco de Puerto España a Inglaterra, había solicitado otros muchos empleos y no me habían contestado de ninguno. Cuando el tren de Southampton entró en la estación de Waterloo, Cynth confundió las chimeneas de las casas con fábricas, una promesa de trabajo abundante. La promesa resultó difícil de cumplir. Yo solía fantasear con dejar Dolcis una vez que me admitieran como encargada de servir el té en un periódico nacional. En mi país, con mi titulación y mi amor propio, nunca se me habría ocurrido servir el té a nadie, pero Cynth me había dicho: «Ese trabajo podría desempeñarlo una rana sorda, tuerta y coja y en cambio a ti no te lo darían, Odelle.»

Cynth, con la que había ido al colegio y con la que había viajado a Inglaterra, estaba perdidamente enamorada de dos cosas: los zapatos y su prometido, Samuel, al que había conocido en nuestra iglesia de Clapham High Street. (Sam resultó ser todo un regalo inesperado, teniendo en cuenta que lo normal era que aquella iglesia estuviera repleta de señoras maduras que nos hablaban de las maravillas de los viejos tiempos.) Como tenía a Samuel, Cynth no se agobiaba por todo, al contrario que yo, y eso podía ser una fuente de tensiones entre nosotras. Yo afirmaba a menudo que ya no podía más, que no era como ella, y Cynth me respondía: «Ah, ¿porque yo soy una pobre tonta y tú mucho más inteligente?»

Había llamado por teléfono a muchos anuncios de trabajos para los que no se requería experiencia y en todos me respondían con gran amabilidad, hasta que acudía personalmente al sitio y, ¡milagro, milagro!, todos los puestos estaban ya ocupados. Aun así, ya fuera debido a una actitud irracional o al deseo de reclamar lo que me correspondía por derecho, continué solicitando empleos. El más reciente —y el mejor que había visto hasta entonces— era un puesto de mecanógrafa en el Instituto de Arte Skelton, un lugar lleno de columnas y pórticos. Incluso había ido a verlo en una ocasión, el sábado libre que me correspondía cada mes. Deambulé todo el día por las salas, de Gainsborough a Chagall, pasando por las aguatintas de William Blake. En el tren de regreso a Clapham, una niña se quedó mirándome fijamente, como si yo fuera un cuadro. De pronto, alargó sus deditos y me tocó el lóbulo de la oreja, al tiempo que preguntaba a su madre:

—¿Está suelto?

Su madre no la reprendió; por su cara, parecía esperar que el propio lóbulo se encargara de dar una maldita respuesta.

Yo no había peleado con los chicos a fin de obtener una licenciatura en Literatura Inglesa en la Universidad de las Indias Occidentales para nada. No había soportado que una niña me pellizcase la oreja en un vagón de tren para nada. En mi país, el mismísimo Consulado Británico me había concedido el primer premio de los Estudiantes de la Commonwealth por mi poema titulado «El lirio araña del Caribe». Lo siento, Cynth, pero no pensaba pasarme el resto de la vida probando zapatos a aquellas Cenicientas sudorosas. Hubo lágrimas, por supuesto, y la mayoría de ellas mojaron mi hundida almohada. La presión del deseo me retorcía las entrañas. Eso me avergonzaba y, sin embargo, me definía. Yo tenía cosas más importantes que hacer y ya llevaba cinco años esperando. Entretanto, escribía poemas vengativos acerca del clima inglés y mentía a mi madre diciéndole que Londres era el paraíso.

Cuando Cynth y yo llegamos a casa, nos encontramos la carta en el felpudo. Me quité los zapatos y me quedé de pie en el vestíbulo, inmóvil como una piedra. El matasellos era de Londres W1, el centro del mundo. Sentí las frías baldosas victorianas bajo mis pies descalzos; dedos flexionados contra el marrón y el azul. Deslicé el pulgar por debajo de la solapa del sobre y la levanté como si fuera una hoja rota. Tenía el membrete del Instituto de Arte Skelton.

—¿Y bien? —me apremió Cynth.

No respondí, con la uña del dedo seguía el estampado floral en relieve del empapelado de la pared mientras, en estado de shock, leía el contenido de la carta hasta el final.

Instituto Skelton

Skelton Square

Londres, W1

16 de junio de 1967

Estimada señorita Bastien:

Gracias por enviar su carta de solicitud y su currículum vitae. Prosperar, sean cuales sean las circunstancias que la vida nos depare, es lo mínimo que puede anhelar cualquier ser humano. Está claro que usted es una joven dotada de una gran capacidad y una amplia preparación. Tengo, pues, el placer de invitarla a una semana de prueba en el puesto de mecanógrafa.

Hay mucho que aprender y una gran parte debe aprenderse en solitario. Si esta oferta es de su agrado, le ruego que me haga saber a vuelta de correo si la acepta, en cuyo caso continuaremos con el procedimiento. El salario inicial es de diez libras por semana. Con mis mejores deseos,

Marjorie Quick

¡Diez libras por semana! En Dolcis ganaba sólo seis. Cuatro libras suponían una grandísima diferencia, pero lo importante no era el dinero, sino que con ese empleo estaba un paso más cerca de lo que siempre había considerado que eran las Cosas Importantes: la cultura, la historia, el arte. La carta estaba firmada con tinta negra, la «M» y la «Q» eran extravagantes, casi de aspecto italiano de tan magníficas. La carta olía ligeramente a un perfume peculiar y estaba un poco doblada, como si Marjorie Quick la hubiera tenido unos días guardada en el bolso antes de tomar la decisión de echarla al correo.

Adiós, zapatería, adiós, empleo soporífero.

—Lo he conseguido —susurré a mi amiga—. Quieren que trabaje para ellos. Lo he conseguido de verdad.

Cynth soltó un grito y me dio un abrazo.

—¡Sí!

Se me escapó un sollozo.

—Lo has logrado, ahora sí —repetía Cynth una y otra vez, mientras yo le resollaba en el cuello igual que la brisa que sopla tras una tormenta en Puerto España. Finalmente, cogió la carta y me preguntó—: ¿Qué clase de nombre es Marjorie Quick?

Yo estaba demasiado eufórica para contestarle.

Ya puedes clavar las uñas en la pared, Odelle Bastien; destroza ese empapelado de flores. Sin embargo, teniendo en cuenta lo que ocurrió y los problemas que todo aquello te causó, ahora me pregunto si volverías a hacer lo mismo. ¿Te presentarías en el Skelton a las ocho y veinticinco de la mañana del lunes 3 de julio de 1967, ajustándote aquel sombrerito nuevo, agitando los pies dentro de tus zapatos de Dolcis, a trabajar por diez libras a la semana para una mujer que se llamaba Marjorie Quick?

Sí, lo haría de nuevo. Porque yo era Odelle y Quick era Quick. Y creer que existen segundas oportunidades es de necios.

9788415631712-8

2

Había imaginado que trabajaría en una sala abarrotada de laboriosas mecanógrafas, pero estaba yo sola. Una gran parte del personal se hallaba ausente, supongo que de vacaciones en algún lugar exótico como Francia. Todos los días subía la escalinata de piedra que conducía hasta las amplias puertas del Skelton, cuyas hojas llevaban grabado en letras doradas «ARS VINCIT OMNIA». Apoyando las manos en el vincit y en el omnia, empujaba las puertas y entraba en un espacio que olía a cuero viejo y a madera pulimentada; a mi derecha había un largo mostrador de recepción y detrás de éste una pared llena de casilleros, ya ocupados con el correo matinal.

La vista desde el sitio que me habían asignado era horrible: un muro de ladrillos ennegrecidos por el hollín y una profunda caída en vertical cuando uno se asomaba. Alcanzaba a ver un callejón al que salían a fumar los botones y las secretarias del edificio contiguo. No llegaba a oír sus conversaciones, tan sólo observaba su lenguaje corporal, el ritual de una mano que palpaba un bolsillo, dos cabezas que se juntaban como para darse un beso cuando el cigarrillo salía del paquete y el encendedor le prendía fuego, una pierna inclinada hacia atrás con coquetería, contra una pared. Era un lugar de lo más recoleto.

Skelton Square se hallaba detrás de Piccadilly, hacia el río. Existía desde el reinado de Jorge III y había salido bien parada de los bombardeos del Blitz. Más allá de los tejados se oía el ruido de Piccadilly Circus: motores de autobuses y bocinas de automóviles, las continuas llamadas de los muchachos que vendían leche. En aquel lugar, en pleno corazón del West End de Londres, había una falsa sensación de seguridad.

Durante casi toda la primera semana, la única persona con la que hablé fue una joven llamada Pamela Rudge. Era la recepcionista y siempre estaba allí, en su mostrador, leyendo el Express con los codos apoyados en el tablero y mascando chicle, hasta que aparecían los peces gordos y tiraba el chicle a la papelera. Entonces, con una leve mueca de sufrimiento, como si la hubieran interrumpido en medio de una actividad dificultosa, plegaba el periódico como si se tratara de un delicado encaje y levantaba la vista hacia mí.

—Buenos días, Adele —me decía.

A sus veintiún años, Pam Rudge era el último espécimen de una larga lista de empleadas del East End, con una colmena inmóvil sujeta con laca a la cabeza y suficiente lápiz de ojos como para cinco faraones.

Rudge era una chica moderna, abiertamente sexual. Me gustaba su vestido color verde menta y sus blusas de grandes lazadas en tonos anaranjados oscuros, pero yo no tenía suficiente seguridad en mí misma para lucir mi cuerpo de aquella forma. Todo mi atractivo estaba dentro de mi cabeza. Deseaba sus barras de carmín, su colorete, pero aquellos polvos me transportaban a extrañas zonas grises en las que parecía un espectro. En el departamento de maquillaje de Arding & Hobbs, del barrio de Clapham Junction, sólo encontraba cosas con nombres como «Mantequilla», «Rubio Maíz», «Rojo Melocotón», «Flor de Sauce» y demás cursiladas.

Llegué a la conclusión de que Pamela era de esas personas cuya idea de una noche divertida consistía en atiborrarse de salchichas en Leicester Square. Seguro que se gastaba el sueldo en laca y novelas malas, pero era demasiado tonta incluso para leer eso. Yo debía de transmitirle inadvertidamente estos pensamientos, porque cada mañana, cuando me veía llegar, abría mucho los ojos con expresión de sorpresa, como si la asombrara que hubiera tenido el valor de volver, o bien mostraba un aburrimiento rayano en lo comatoso en cuanto yo asomaba la cabeza. A veces ni siquiera levantaba la vista cuando yo alzaba la trampilla del mostrador y la dejaba caer de nuevo, haciendo el mínimo ruido posible junto a su oído derecho.

En cierta ocasión, Cynth me dijo que yo estaba más guapa de perfil, y le contesté que ese comentario me hacía sentir como si fuese una moneda. Pero ahora me hace pensar en mis dos caras, en la impresión de persona arrogante que seguramente le di a Pamela, en la calderilla de mi personalidad que aún no se había guardado nadie en el bolsillo. Lo cierto era que me sentía muy superior frente a una chica como Rudge.

Ella no conocía a ningún otro «negro», me dijo el jueves de aquella primera semana. Cuando le contesté que yo tampoco conocía a nadie por ese nombre hasta que llegué allí, me miró con un gesto totalmente inexpresivo.

Sin embargo, a pesar del torpe baile con Pamela, me sentía eufórica por estar allí. El Skelton era el Edén, La Meca y Pemberley; mis mejores sueños hechos realidad. Un despacho, una mesa, una máquina de escribir, el paseo por Pall Mall por la mañana cuando iba andando desde Charing Cross, un bulevar de luz dorada.

Una de mis tareas consistía en transcribir notas de investigación para académicos de los que sólo veía sus indescifrables garabatos sobre estatuas de bronce o conjuntos de linograbados. Disfrutaba con ello, pero mi cometido principal giraba en torno a una bandeja que había sobre mi mesa y que siempre estaba llena de cartas que tenía que pasar a máquina y entregar a Pamela. La mayoría de las veces eran bastante triviales, pero de vez en cuando me encontraba con una joya, una carta de súplica dirigida a algún viejo millonario o a alguna dama decrépita que estaban en las últimas. «Mi querido sir Peter, fue un gran placer para mí identificar el Rembrandt que conservaba usted en su desván en el año 57. ¿Tendría la amabilidad de permitir que el Skelton lo ayudara a catalogar el resto de su maravillosa colección?» Y así sucesivamente. Había cartas dirigidas a financieros y a magnates del cine en las que se los informaba de que había un Matisse circulando por ahí o se les preguntaba si les gustaría que se pusiera su nombre a una nueva sala del Skelton, siempre y cuando nosotros pudiéramos llenarla con obras de su propiedad.

Principalmente las redactaba el director, un individuo llamado Edmund Reede. Pamela me contó que tenía unos sesenta años y un carácter irascible. Durante la guerra había tenido algo que ver con la recuperación de obras de arte confiscadas por los nazis, pero no sabía más. Para mí, el nombre de Edmund Reede evocaba esa quintaesencia intimidatoria de lo inglés, caballeros vestidos por los sastres de Savile Row, que acudían a los clubes de Whitehall, comían bistecs y cazaban zorros. Trajes de tres piezas, cabello engominado, reloj de oro del bisabuelo Henry. Me cruzaba con él por los pasillos y siempre me miraba con cara de sorpresa. Era como si yo fuese completamente desnuda. En el colegio habíamos estudiado a los personajes como él: caballeros protegidos, ricos, de raza blanca, que cogían su pluma y describían el mundo para que los demás lo leyéramos.

El Skelton era un poco como ese mundo, al que me habían enseñado que me convenía pertenecer, y sólo con pasar a máquina aquellas cartas ya me sentía más cerca de todo ello, como si mi contribución fuera muy valiosa, como si me hubiesen escogido por alguna razón particular. Y lo mejor de todo: trabajaba muy rápido. De manera que, cuando terminaba las cartas, aprovechaba una hora suelta aquí y otra allá para escribir mi propia obra. Empezaba una y otra vez, arrugaba infinitas hojas de papel y me aseguraba de guardármelas en el bolso en vez de dejarlas en la papelera a modo de prueba. Algunos días me iba a casa con el bolso rebosante de bolas de papel.

Le dije a Cynth que ya se me había olvidado el olor del almacén de Dolcis.

—Es como si una semana pudiera hacer que desaparecieran cinco años —comenté, resuelta y entusiasmada por mi transformación.

Le hablé de Pamela y bromeé acerca de la rigidez de su peinado de colmena. Cynth se quedó quieta un momento y frunció el ceño, porque estaba friéndome un huevo en nuestro minúsculo piso y el hornillo no era muy de fiar.

—Me alegro por ti, Delly —me dijo—. Me alegro de que te esté yendo tan bien.

El viernes de la primera semana, ya terminadas las cartas de Reede, estaba yo batallando con un poema durante un rato de calma. Cynth me había dicho que lo único que quería como regalo de boda era «algo escrito por ti, que se note que ves mi boda como sólo tú eres capaz de verla». Conmovida pero angustiada, me quedé con la vista fija en la máquina de escribir del Skelton, pensando que era evidente que Cynth y Sam estaban hechos el uno para el otro. Eso me hizo pensar en mi propia carencia; tenía el pie, pero no el zapato de cristal. Y también me hizo darme cuenta de que llevaba varios meses desechando todo lo que escribía. Odiaba cada palabra que salía de mí, no les permitía ni respirar.

Justo cuando se me acababa de ocurrir una frase, entró una mujer.

—Hola, señorita Bastien —me saludó, y al momento la idea se esfumó—. ¿Qué tal le va? Permítame que me presente. Soy Marjorie Quick.

Me puse de pie y, con las prisas, le di un golpe a la máquina de escribir, lo que hizo reír a la mujer.

—Tranquila, esto no es el ejército. Siéntese.

Miré fugazmente el poema que tenía en el rodillo de la máquina y se me encogió el estómago al pensar que ella pudiese acercarse y verlo.

Marjorie Quick dio un paso adelante con la mano extendida y su mirada se desvió un instante hacia la máquina. Le estreché la mano deseando que se quedase al otro lado de la mesa. Así lo hizo y percibí el olor a tabaco que llevaba adherido a su persona, mezclado con un perfume almizcleño, masculino, que reconocí de la carta que me había enviado y que más adelante descubriría que se llamaba Eau Sauvage.

Marjorie Quick era menuda, erguida, y vestía de una manera que eclipsaba todos los esfuerzos de Pamela. Un pantalón ancho de color negro que flameaba como una vela cuando caminaba. Una blusa de seda rosa con un pañuelo de satén gris al cuello, un poco suelto. Como recién salida de Hollywood, con su cabello entrecano corto y rizado y con aquellas mejillas que parecían talladas en madera fina. Le calculé unos cincuenta y pocos años, pero no se parecía a ninguna cincuentona que yo hubiera conocido. Tenía el mentón puntiagudo y la rodeaba un aura de glamur.

—Hola —dije, sin poder dejar de mirarla.

—¿Algún problema?

Quick parecía sentir lo mismo que yo, porque clavó en mí sus iris oscuros y líquidos mientras aguardaba mi respuesta. Se la veía un poco ruborizada y tenía la frente ligeramente perlada de sudor.

—¿Problema? —repetí.

—Bien. ¿Qué hora es? —Tenía el reloj justo a la espalda, pero no se volvió.

—Casi las doce y media.

—Pues vámonos a comer.

9788415631712-9

3

Su nombre estaba grabado en una placa de latón clavada en su puerta. Me gustaría saber cuántas mujeres tenían despacho propio en Londres, en aquel año de Nuestro Señor de 1967. Las de clase trabajadora desempeñaban empleos de poca categoría, o bien eran enfermeras en el Servicio Nacional de Salud, u obreras o mecanógrafas como yo, y así había sido durante décadas. Pero entre eso y tener tu nombre grabado en la puerta había todo un mundo, un viaje casi irrealizable. Quizá Marjorie Quick pertenecía a la familia Skelton y ocupaba allí un puesto honorario.

Abrió la puerta —la placa destelló, iluminada por el sol que entraba por la ventana— y me hizo pasar. Su despacho era blanco y espacioso, con enormes ventanales que daban a la plaza. De las paredes no colgaba ningún cuadro, cosa que me resultó peculiar, teniendo en cuenta dónde estábamos. Tres de ellas estaban cubiertas de estanterías, en las que alcancé a ver sobre todo novelas del siglo XIX y de principios del XX, una sorprendente mezcla de obras de Hopkins al lado de las de Pound, y varios tomos de la historia de Roma. Como todos estaban encuadernados en tapa dura, no pude ver si los lomos estaban doblados o no.

Quick cogió un paquete de tabaco de encima de su amplio escritorio. Observé cómo sacaba un cigarrillo, titubeaba un momento y después se lo colocaba delicadamente en los labios. Acabaría acostumbrándome a ese hábito suyo de acelerar sus acciones sólo para ralentizarlas de nuevo, como si intentara contenerse. Hacía honor a la rapidez implícita en su apellido, pero siempre costaba trabajo discernir si lo natural en ella era su lado apresurado o el lánguido.

—¿Le apetece uno? —me ofreció.

—No, gracias.

—Entonces fumaré sola.

Su encendedor era plateado, pesado y recargable, de los que se dejan sobre una mesa en vez de guardarlos en el bolsillo. Era el típico objeto que uno esperaría encontrar en una casa de campo, un cruce entre granada de mano y algo que se saca a subasta en Christie’s. El Skelton tenía mucho dinero, pensé, y Quick lo reflejaba. Estaba tácito pero presente en el corte de su blusa rosa de seda, en su audaz pantalón, en su parafernalia de fumadora. En ella misma. De nuevo me pregunté cuál sería exactamente el papel que desempeñaba allí.

—¿Una ginebra? —me ofreció entonces.

Titubeé. Nunca bebía mucho, no me gustaba el sabor del alcohol. El olor me recordaba demasiado a los hombres que frecuentaban los clubes de Puerto España: la burbuja de ron circulando por la sangre que terminaba estallando en un rugido de dolor sórdido o de euforia, audible en todas las carreteras polvorientas que llevaban hasta la ciudad. Pero Quick desenroscó el tapón de una botella que había sobre una mesa en un rincón y sirvió ginebra en dos vasos. Acto seguido, hurgó en una cubitera con unas pinzas y dejó caer dos cubitos en el mío, lo rellenó con tónica hasta el borde, agregó una rodaja de limón y me lo pasó.

Después se hundió en su sillón como si llevara veinte días de pie, bebió un sorbo de su ginebra, levantó el teléfono y marcó un número. Encendió el mechero y al instante apareció una gruesa llama de color anaranjado. La punta del cigarrillo chisporroteó y la hoja de tabaco comenzó a desmenuzarse en hilillos de humo azul.

—Hola, ¿Harris? Sí, lo que haya hoy, pero para dos. Y una botella de Sancerre. Dos copas. ¿Cuánto tardarán? Muy bien.

Escuché la cadencia de su voz: era entrecortada y ronca, no sonaba totalmente inglesa, aunque sí había bastantes indicios de haberse educado en un internado con muchas corrientes de aire.

Colgó el teléfono y dejó el cigarrillo apoyado en un gigantesco cenicero de mármol.

—Era el restaurante de aquí al lado —me explicó—. Me resulta imposible sentarme allí.

Tomé asiento frente a ella, con el vaso en las manos, pensando en el sándwich que me había preparado Cynth, que en aquellos momentos estaría empezando a encogerse por el calor, dentro del cajón de mi mesa.

—Así que un empleo nuevo —dijo Quick.

—Sí, señora.

Ella dejó su vaso sobre el escritorio.

—Veamos, señorita Bastien. Jamás me llame «señora». Y tampoco soy «señorita». Me gusta que me llamen por mi apellido. —Esbozó una sonrisa contrita—. ¿El suyo es francés?

—Sí, eso creo.

—¿Habla francés?

—No.

—El ser y el tener me confunden sobremanera. Creía que los habitantes de Trinidad hablaban francés.

Titubeé un instante.

—Sólo unos pocos antepasados nuestros trabajaban dentro de las casas, en contacto con los franceses —expliqué.

Ella abrió mucho los ojos... ¿divertida, ofendida? Me fue imposible saberlo. Temí que mi lección de historia hubiese sido excesiva, demasiado altiva, y que me hiciera fracasar en mi período de prueba.

—Claro —contestó—. ¡Qué interesante! —Bebió otro trago de ginebra—. En estos momentos no hay mucho que hacer aquí —siguió diciendo—, pero espero que el señor Reede la mantenga ocupada con su infinito caudal de correspondencia. Me preocupa que se aburra usted.

—Seguro que no me aburriré. —Me acordé de Dolcis, de cómo nos sobrecargaban de trabajo a Cynth y a mí, de cómo nos miraban el culo los maridos mientras sus esposas se probaban zapatos de tacón—. Estoy muy contenta de trabajar aquí.

—Probablemente habrá más actividad en un solo día en Dolcis Shoes que en una semana entera en el Skelton. ¿Le gustaba su trabajo? —me preguntó—. ¿Disfrutaba tocándoles los pies a todas esas mujeres?

Era una pregunta un tanto sorprendente, con cierta insinuación sexual que me molestó, dado que yo aún era virgen. Pero no pensaba dejarme acobardar.

—Si le soy sincera —respondí—, treinta pares al día resultaba agobiante.

Ella se reclinó en su sillón y soltó una carcajada.

—¡Todos los quesos de Francia!

Su risa era contagiosa, de modo que yo me permití una risita tímida. Fue un comentario absurdo, pero sirvió para relajar la tensión que sentía.

—A algunas personas no les importa —dije, pensando en Cynth y en cómo estaba degradándola con aquella conversación, con aquel extraño juego cuyas reglas desconocía—. Hay que tener habilidad.

—Ya me lo imagino. Pero tantos pies anónimos... —La recorrió un escalofrío—. En el Skelton tenemos muchos retratos hermosos, pero en realidad las personas no somos más que brazos que cuelgan, intestinos que hacen ruido. Un hígado caliente. —Me miró con fijeza y le dio otra calada al cigarrillo—. He tenido mucho más tiempo que usted para llegar a esa conclusión, señorita Bastien. Los dedos de los pies, el pliegue del codo. Disfrute mientras pueda de la dignidad que tienen.

—Lo intentaré —contesté, otra vez inquieta.

Quick transmitía cierta desazón; era como si estuviera actuando para mí, y yo no sabía por qué.

De pronto llamaron a la puerta. Dio permiso para que entraran y apareció nuestro almuerzo, servido sobre un carrito que empujaba un camarero muy anciano y escuálido que sólo tenía un brazo. Una cestita de panecillos, dos pescados planos, una ensalada abundante, una botella de vino metida en un recipiente con hielo y algo más oculto bajo una tapa de acero inoxidable. El anciano me miró y se sobresaltó como un conejo. Sus ojos húmedos volvieron a posarse en Quick.

—Eso es todo, Harris. Gracias —le dijo ella.

—No la hemos visto en toda esta semana, señorita —replicó él.

—Eh... he estado de vacaciones.

—¿Ha ido a algún sitio interesante?

—No. —Quick pareció momentáneamente desconcertada—. Me he quedado en casa.

A continuación, el hombre centró la atención en mí.

—Es un poco distinta de la anterior —comentó, ladeando la cabeza—. ¿Sabe el señor Reede que ha contratado a una morenita?

—Eso es todo, Harris —replicó Quick en tono tajante.

El viejo la miró con una mueca de contrariedad, dejó el carrito, me observó fijamente y salió por la puerta.

—Harris —dijo Quick cuando éste se hubo marchado, como si pronunciar su nombre fuera suficiente explicación—. Perdió el brazo en Passchendaele. Se niega a jubilarse, y nadie tiene valor para obligarlo.

Las palabras del hombre aún flotaban en el aire. Quick se levantó y me entregó un plato del carrito.

—Apóyelo en la mesa, si quiere.

Cogió el suyo y se lo llevó a su lado del escritorio. Tenía la espalda estrecha y esbelta, los omoplatos se le marcaban ligeramente a través de la blusa, como un par de aletas. La botella de vino venía ya descorchada, de modo que procedió a llenar las copas.

—Es muy bueno, no como el que utilizamos para el público. —El gorgoteo era ruidoso, exuberante y transgresor, como si estuviera sirviéndome un elixir a plena luz del día—. Salud —dijo rápidamente, a la vez que levantaba su copa—. Espero que le guste el lenguado al limón.

—Sí —respondí. Nunca lo había comido.

—Bueno. ¿Qué dijeron sus padres cuando les comunicó que iba a trabajar aquí?

—¿Mis padres?

—¿Se sintieron orgullosos?

Agité los dedos de los pies dentro de los zapatos.

—Mi padre falleció.

—Ah.

—Mi madre sigue viviendo en Puerto España. Soy hija única. Es posible que ni siquiera haya recibido aún mi carta.

—Ah. Debe de ser duro para las dos.

Pensé en mi madre, en lo mucho que creía en Inglaterra, un país que nunca vería; y pensé en mi padre, reclutado por la RAF y derribado en Alemania en medio de una bola de fuego. Cuando yo tenía quince años, el primer ministro de Tobago declaró que el futuro de los niños de aquellas islas estaba en sus carteras del colegio. Mi madre, desesperada por que mi vida no fuera como la suya, me empujó a superarme, pero ¿para qué, cuando toda la tierra que quedó tras la independencia se estaba vendiendo a empresas extranjeras que invertían los beneficios en sus respectivos países? ¿Qué se suponía que debíamos hacer los jóvenes cuando llegáramos al fondo de aquellas carteras y descubriéramos que allí no había nada más que una costura desgarrada por el peso de los libros? Tuvimos que marcharnos.

—¿Se encuentra bien, señorita Bastien? —me preguntó Quick.

—Vine aquí con mi amiga Cynth —dije, pues no quería seguir pensando en Puerto España, ni en la lista de bajas en la que figuraba el nombre de mi padre, ni en la parcela vacía del cementerio de Lapeyrouse que mi madre aún conservaba sin ocupar, ni en las monjas católicas que me educaron mientras mi aflicción iba creciendo—. Cynthia se ha comprometido y va a casarse.

—Ah. —Quick tomó su cuchillo y empezó a separar un pequeño trozo de lenguado, y yo tuve la extraña sensación de estar diciendo demasiado sin haber dicho nada en absoluto—. ¿Cuándo?

—Dentro de dos semanas. Yo voy a ser su dama de honor.

—¿Y después?

—¿Después qué?

—En fin, usted se quedará sola, ¿no? Ella se irá a vivir con su marido.

Quick siempre insistía en eludir sus propias verdades a la vez que incidía en el meollo de las de los demás. No me dijo nada del Skelton y se concentró únicamente en averiguar cosas sobre mí, con lo cual no tardó en llegar hasta mis peores miedos. El hecho era que la inminente partida de Cynth de nuestro diminuto piso flotaba entre mi vieja amiga y yo como una pregunta tácita y cargada de malos augurios. Ambas sabíamos que ella se iría a vivir con Samuel, pero yo no era capaz de verme a mí misma compartiendo piso con nadie más, de modo que no hablaba del tema y Cynth tampoco. Yo presumía de mi nuevo empleo y ella se preocupaba de las invitaciones de boda y de prepararme sándwiches que yo olvidaba. El salario del Skelton alcanzaría para la segunda habitación del piso, la que ella iba a dejar vacante, y ése era mi único consuelo.

—Me gusta estar sola —dije, tragando saliva—. Será agradable disponer de un poco de espacio.

Quick fue a coger otro cigarrillo, pero de pronto pareció cambiar de idea. «Si estuvieras sola —pensé—, ya te habrías fumado tres pitillos más.» Sus ojos se posaron brevemente en mi rostro y levantó la tapa de acero inoxidable, que cubría un merengue de limón.

—Coma algo, señorita Bastien —me dijo—. Hay mucha comida.

Mientras yo consumía mi porción de merengue, Quick ni siquiera tocó el suyo. Daba la impresión de haber nacido para todo aquello, para fumar y pedir comida por teléfono, para hacer observaciones tangenciales. La imaginé con veintipocos años, paseando por Londres con un atuendo de lo más glamuroso, una gata caminando entre las bombas que caían a su alrededor. Me la representaba como un personaje mezcla de Mitford y Waugh, con un toque de Muriel Spark, a la que yo acababa de descubrir. Tal vez fuera una vanidad que me había inculcado la educación recibida, un tanto distinta del modelo de los colegios privados ingleses, con su latín y su griego y sus muchachos jugando al críquet, pero anhelaba conocer a personas excéntricas y seguras de sí mismas que hicieran mi vida más interesante; consideraba que merecía conocer a esa clase de personas que sólo salían en las novelas. Quick apenas tuvo que hacer nada, porque yo estaba de lo más deseosa y dispuesta. Privada de mi vida anterior, empecé a elaborar una fantasía del presente.

—Su solicitud me interesó mucho —me dijo—. Escribe usted muy bien. Pero que muy bien. Al parecer, era usted de los alumnos más brillantes de su universidad. Deduzco que se considera demasiado buena para ser secretaria.

Me recorrió un escalofrío. ¿Significaba aquello que iba a despedirme, que no había superado la prueba?

—Me siento muy agradecida de estar aquí —respondí—. Es un lugar maravilloso para trabajar.

Quick contestó a mis cumplidos con una mueca, lo que me hizo preguntarme qué querría. Tomé un panecillo y lo sostuve en la palma de la mano. Tenía el tamaño y el peso de un pequeño marsupial, y sentí el impulso instintivo de acariciarlo. Pero de pronto noté sobre mí la mirada de Quick y hundí el pulgar en la corteza.

—¿Y qué tipo de cosas le gusta escribir?

Me acordé de la hoja de papel que aguardaba en mi máquina de escribir, en la otra sala.

—Poemas, principalmente. Algún día me gustaría escribir una novela, pero aún estoy esperando a que se me ocurra un buen argumento.

Quick sonrió.

—Pues no espere demasiado. —Me alivió bastante que me dijera eso, porque, por lo general, cada vez que le comentaba a alguien que quería escribir, me contestaban que su propia vida sería un argumento perfecto—. Se lo digo en serio —añadió Quick—. No debe demorarse. Nunca se sabe qué le puede suceder a uno.

—Le haré caso —respondí, gratificada por su insistencia.

Quick se recostó en su silla.

—Usted me recuerda a una persona a la que conocí.

—¿En serio? —Eso me resultó inmensamente halagador y esperé a que prosiguiera, pero de improviso se le nubló el semblante y aplastó el cigarrillo que había apoyado en el borde del cenicero.

—¿Qué le parece Londres? —me preguntó—. Usted llegó en el sesenta y dos. ¿Le gusta vivir aquí?

Me sentí paralizada. Quick se inclinó hacia delante.

—Señorita Bastien, esto no es un examen, tengo interés de verdad. Diga lo que diga, no se lo contaré a nadie. Se lo prometo.

Nunca se lo había confesado a nadie. Tal vez fuera la ginebra, o su expresión franca, junto con el hecho de que no se hubiera reído de mi sueño de escribir. Quizá se debiera a la seguridad que tienen los jóvenes, o a la actitud del anciano Harris, pero lo cierto es que dije sin pensar:

—Nunca había visto tanto hollín.

Quick se rió.

—Es asqueroso.

—En Trinidad, nos educaban diciéndonos que Londres es un lugar mágico.

—A mí también.

—¿Usted no es de aquí?

Quick se encogió de hombros.

—Llevo tanto tiempo aquí que ya apenas recuerdo nada más.

—Te hacen creer que Londres está lleno de orden, que aquí todo es abundancia, sinceridad y praderas verdes. La distancia se reduce.

—¿A qué distancia se refiere, señorita Bastien?

—Pues... la reina gobierna en Londres y en nuestra isla, así que Londres forma parte de nosotros.

—Entiendo.

No creía que Quick lo entendiera de verdad, así que continué hablando.

—Uno cree que aquí la gente no le resultará extraña, porque ellos también han leído a Dickens, a Brontë y a Shakespeare; sin embargo, no he conocido a nadie que fuera capaz de nombrar tres obras suyas. En el colegio nos pasaban películas de la vida en Inglaterra: bombines y autobuses circulando veloces sobre un fondo blanco, mientras que lo único que oíamos nosotros fuera era el croar de las ranas. ¿Por qué nos mostraban esas cosas? —Había elevado el tono de voz—. Yo pensaba que todo el mundo era un honorable... —Me interrumpí, temerosa de haber hablado demasiado.

—Continúe —dijo ella.

—Yo creía que Londres era sinónimo de prosperidad y bienvenida. Un lugar del Renacimiento. Gloria y éxito. Creía que irme a Inglaterra era como salir de mi casa y bajar a la calle, sólo que sería una calle ligeramente más fría, en la que una beti que tuviera un poco de inteligencia podría vivir en la casa de al lado de la reina Isabel.

Quick esbozó una sonrisa.

—Veo que ha estado pensando sobre el tema.

—A veces no se puede pensar en ninguna otra cosa. Está el frío, la lluvia, el alquiler, las carencias. Pero... intento sobrevivir.

Sentí que no debía decir nada más. Me costó creer que ya hubiera hablado tanto. El panecillo estaba sobre mi regazo, convertido en un puñado de migas. Quick, por el contrario, parecía totalmente relajada. Se reclinó en su silla, con los ojos brillantes.

—Odelle —me dijo—, no tengas miedo. Lo más probable es que te vaya muy bien.

9788415631712-10

4

Cynthia se casó con Samuel en el Registro Civil de Wandsworth, en una pequeña sala que olía a burocracia y a perfume barato, con paredes pintadas de verde oscuro y sillas de hierro. Asistieron Shirley y Helen, dos chicas de la zapatería, ataviadas con sus mejores galas. El padrino fue Patrick Minamore, un amigo de Sam de su trabajo en los autobuses, que llevó consigo a su novia, Barbara, actriz principiante y muy locuaz.

El empleado del registro nos miró con detenimiento. Los hombres iban trajeados —la corbata de Patrick era especialmente llamativa— y todo el mundo estaba de lo más elegante, en comparación con la insipidez que nos rodeaba. Cynth estaba preciosa; en realidad era preciosa de cualquier forma, incluso sin irradiar amor por todos sus poros, pero con aquel minivestido blanco, el sombrerito tipo casquete también blanco y los zapatos blancos que le había dado Connie, su jefa, como regalo de bodas, se la veía radiante. Llevaba un collar de flores azules de cerámica y pendientes de perla, tan perfectas y redondas que daba la impresión de que las ostras las hubiesen fabricado especialmente para ella.

Patrick, un aspirante a fotógrafo, tenía la misión de plasmar la ceremonia. Todavía conservo varias de aquellas instantáneas. Un surtidor de arroz congelado en el aire, como una lluvia blanca que caía sobre las caras sonrientes de Sam y de Cynth, ambos bajando la escalera del Registro Civil cogidos de la mano bajo la cascada de granitos.

En el matrimonio, por lo menos, Cynth había triunfado. Nunca nos resultaría fácil encontrar nuestro camino, y ella era tan buena que a aquellas alturas ya debería ser la dueña de un imperio del calzado. En 1967 no resultaba fácil vender zapatos en Clapham High Street para una chica de Trinidad. Seguramente era más fácil escribir un poema que hablara de las flores de Trinidad, enviárselo al cónsul británico y ser galardonado con un premio. Pero al menos Cynth tenía a Sam, y se complementaban bien: él, serio y tímido; ella, decidida y resuelta. ¡Cómo lo iluminaba Cynth con su presencia cuando firmó en el registro!

Regresamos al piso de Sam y Patrick en taxis de color negro y les dijimos a los taxistas que nuestros amigos acababan de casarse. Ellos bajaron la ventanilla y sintonizaron todos la misma emisora de radio, con la música a un volumen tan alto que nos arriesgábamos a que nos detuvieran por alterar el orden. Ya en el piso, eufóricos, desenvolvimos los sándwiches, buscamos abridores y sacacorchos, pusimos un disco y contemplamos cómo los recién casados cortaban la tarta, blanca y en forma de pirámide, que Cynth había rociado con ron.

Al cabo de un par de horas aparecieron otras personas: amigos de amigos. Barbara había convocado a un grupo de gente de aspecto muy moderno, chicas de pelo largo y vestido corto, chicos que llevaban la camisa abierta y que a todas luces necesitaban afeitarse. Yo me limité a dirigirles una mirada; ya hacía mucho que me había convencido de que aquellas personas no eran para mí, y tampoco yo era para ellas. Tenía la espalda empapada de sudor y el techo me parecía más bajo que una hora antes. Un par de miembros del grupo de Barbara tropezaron y se cayeron sobre una mesa, y una lamparilla roja con borlas acabó en el suelo. Aunque yo nunca la había fumado, percibí el olor de la marihuana.

Con el piso abarrotado y los ánimos por las nubes, Cynth, que se había tomado tres vasos de Dubonnet con limonada, levantó la aguja del tocadiscos y anunció:

—Mi amiga Delly es poetisa y ha escrito un poema sobre el amor. —Siguió un coro de vítores—. Y ahora nos lo va a leer.

—Cynthia Morley, no —siseé—. Que ahora seas una mujer casada no te da derecho a darme órdenes.

—¿Qué te pasa, Delly? —gritó Sam—. ¿Por qué tantos secretitos?

—Venga, Delly. Hazlo por mí —insistió Cynth, y, para mi horror, sacó el poema del bolso de mano, al tiempo que estallaba otra oleada de vítores, esta vez no tan estables, por toda la brumosa estancia.

Cuando una semana antes al fin se lo enseñé, igual que una colegiala que recorre el largo camino que la separa de la mesa del profesor, ella lo leyó en silencio y a continuación me abrazó con fuerza y me dijo: «Cielo santo, Delly, tienes un talento increíble.»

—Es un poema muy bueno, Delly —dijo ahora, mientras me lo ponía en las manos—. Venga, demuéstrale a esta gente lo que vales.

Y así lo hice. Con las rodillas un poco flojas, también por culpa del Dubonnet, levanté la vista sólo una vez para mirar todos los rostros: pequeñas lunas que se habían detenido únicamente para contemplarme a mí. Leí mi poema sobre el amor escrito en el papel, aunque me lo sabía de memoria. Cuando empecé, se hizo el silencio en la estancia. Y cuando terminé hubo aún más silencio. Esperé que Cynth dijera algo, pero ni siquiera ella parecía capaz de pronunciar palabra.

No vi su rostro entre los presentes cuando leí el poema. No sentí sus ojos clavados en mí, aunque más adelante me dijo que no fue capaz de despegarlos de los míos. No noté que cambiara nada en el ambiente, excepto el impacto de mi voz y la peculiar euforia que se experimenta tras un aplauso, cuando uno se siente al mismo tiempo envilecido y triunfador.

Se acercó a mí aproximadamente media hora más tarde, cuando yo me encontraba en la minúscula y atestada cocina, apilando los platos de aluminio ya vacíos en cuidadosas torres, intentando poner un poco de orden en el caos de aquel piso de soltero que compartían Patrick y Sam.

—Hola —me dijo—. Así que tú eres la poetisa. Yo soy Lawrie Scott.

Lo primero que pensé fue en mirar si se me habían quedado trocitos de sándwich de huevo entre los dedos.

—No soy poetisa, simplemente escribo poemas —repliqué, mirándome las manos.

—¿Hay alguna diferencia?

—Yo creo que sí.

Se apoyó en la encimera, estirando sus largas piernas y con los brazos cruzados como si fuera un detective.

—¿Te llamas Delly de verdad? —me preguntó.

—Odelle.

Me sentí agradecida por tener la botella de Fairy y el estropajo, y empecé a usarlos.

—Odelle.

Se quedó mirando el arco que daba a la estancia donde la fiesta, ya sin timón, había volcado y estaba hundiéndose en un mar de colillas y chillidos, anillas arrancadas de las latas de cerveza, accesorios para el pelo olvidados y una chaqueta de traje de hombre arrugada en el suelo. Sam y Cynth no tardarían en marcharse a nuestro piso, que yo había prometido dejarles libre para la ocasión. Aquella noche la pasaría en aquel agujero.

El tal Lawrie parecía perdido en sus pensamientos, tal vez un poquito colocado, y además le noté unas leves ojeras.

—¿De qué conoces a la feliz pareja? —le pregunté.

—No los conozco. Soy amigo de Barbara y me dijo que había una fiesta. No tenía ni idea de que fuese una boda. Me siento un poco maleducado, pero ya sabes cómo es esto. —Yo no lo sabía, de modo que no dije nada—. ¿Y tú? —preguntó a su vez.

—Yo fui al colegio con Cynthia. Es... bueno, era mi compañera de piso.

—Entonces, ¿la conoces desde hace mucho tiempo?

—Sí, mucho.

—Tu poema era muy bueno —dijo.

—Gracias.

—No soy capaz de imaginar lo que debe de ser estar casado.

—No creo que sea muy diferente —repliqué, al tiempo que me ponía unos guantes de fregar amarillos.

Lawrie se volvió hacia mí.

—¿De verdad lo crees? ¿Por eso tu poema hablaba del amor y no del matrimonio?

En el fregadero iba creciendo una montaña de espuma, porque yo no había cerrado el grifo. Lawrie parecía tener un genuino interés, y eso me agradó.

—Sí —contesté—, pero no se lo digas a Cynth.

Soltó una carcajada, y me gustó cómo sonaba.

—Mi madre siempre decía que el matrimonio mejora con la práctica —contestó él—. Ella iba ya por el segundo intento.

—Dios santo —dije yo, riendo.

Seguramente soné de lo más reprobatorio. En aquella época, el divorcio todavía tenía una connotación de libertinaje.

—Falleció hace dos semanas —añadió.

Me detuve con el estropajo suspendido en el aire y me volví hacia él para confirmar que lo había oído bien.

—Mi padrastro me ha dicho que me convendría salir —prosiguió Lawrie, con la vista fija en el suelo—. Que estaba agobiándolo. Y precisamente he ido a acabar en una boda.

Soltó otra carcajada, pero luego guardó silencio y se rodeó con los brazos, con su moderna cazadora de cuero. Desde que estaba en Inglaterra, yo nunca había tenido una conversación tan personal con un desconocido. No podía ofrecerle ningún consejo y él tampoco daba la impresión de desearlo. No parecía a punto de llorar. Pensé que debía de tener calor con la cazadora, pero no se lo veía dispuesto a quitársela. Tal vez no tuviera previsto quedarse mucho tiempo. Me di cuenta de que tal posibilidad me disgustaba.

—Yo llevo cinco años sin ver a mi madre —dije,

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos