La naturaleza de la bestia (Inspector Armand Gamache 11)

Louise Penny

Fragmento

Uno

UNO

Corría y corría, tropezaba y echaba a correr otra vez.

Llevaba un brazo en alto para protegerse de las ramas que le azotaban la cara. No vio la raíz, tropezó y cayó con las palmas abiertas sobre el musgo y el barro. Su rifle de asalto salió disparado, rebotó y rodó hasta desaparecer de su vista. Desesperado y con los ojos muy abiertos, Laurent Lepage recorrió con la mirada el lecho del bosque y hurgó con las manos entre las hojas muertas y medio podridas.

Oía pisadas a su espalda, botas que retumbaban contra el suelo. Casi podía notar cómo hacían vibrar la tierra a medida que se acercaban más y más, mientras él, a cuatro patas, rebuscaba entre las hojas.

—¡Vamos, vamos! — suplicó.

Y entonces sus manos sucias y ensangrentadas aferraron el cañón del rifle; se puso en pie y echó a correr. Iba agachado, respiraba entrecortadamente.

Tenía la sensación de llevar semanas corriendo; meses, la vida entera. Y aunque cruzaba el bosque a toda prisa esquivando los árboles, sabía que aquella carrera no tardaría en llegar a su fin.

Aun así, seguía adelante llevado por un acuciante deseo de sobrevivir, por una acuciante necesidad de ocultar lo que había descubierto. Si no lograba ponerlo a salvo, quizá, al menos, podría asegurarse de que sus perseguidores no lo encontraran.

Podría ocultarlo, ahí, en ese bosque, y así el león dormiría esa noche por fin.

Bang. Bang, bang, bang. Los troncos estallaron en pedazos en torno a él, acribillados por las balas.

Se echó al suelo, rodó sobre sí mismo y se agazapó tras un tocón apoyándose en la madera podrida.

Aquel tocón no lo protegía en absoluto.

En esos últimos instantes no pensó en sus padres ni en la casa en el pueblecito de Quebec; no pensó en su cachorrito, que ya no era un cachorrito, sino un perro adulto; ni en sus amigos, con los que jugaba en la plaza del pueblo en verano y se deslizaba vertiginosamente colina abajo en trineo durante los meses de invierno mientras la vieja poeta chiflada los amenazaba blandiendo el puño; tampoco en el chocolate caliente al final del día, ante la chimenea del bistrot.

Sólo pensó en matar a quienes se pusieran en su punto de mira, y en ganar, quizá, algo de tiempo... de modo que tal vez, sólo tal vez, pudiera esconder la cinta.

Y así, tal vez, sólo tal vez, la gente del pueblo estaría a salvo, y la gente de otros pueblos estaría a salvo.

Había cierto consuelo en saber que todo aquello tendría algún sentido: su sacrificio sería por un bien mayor, por aquellos a quienes quería y por el lugar que amaba.

Levantó el arma, apuntó y apretó el gatillo.

— Bang — dijo notando cómo se le clavaba en el hombro el rifle de asalto —. Bang, bang, bang, bang, bang.

La primera línea de sus perseguidores cayó.

Dio un salto y rodó hasta quedar detrás de un árbol enorme; se apoyó con tanta fuerza contra el tronco que la áspera corteza le magulló la espalda. Incluso llegó a preguntarse si no lo derribaría sin querer. Se llevó el rifle al pecho y lo abrazó. Su corazón bombeaba con fuerza; lo sentía latir en los oídos amenazando con ahogar todos los demás sonidos.

Como el de las pisadas que se acercaban muy deprisa.

Laurent trató de serenarse, de controlar la respiración, los temblores.

Había pasado por eso antes, se recordó, y siempre había logrado escapar, siempre. Ese día también escaparía: volvería a casa y una vez allí se tomaría una bebida caliente con una pasta y se daría un baño.

Y el agua no sólo limpiaría todas las cosas horribles que había hecho, sino también las que estaba a punto de hacer.

Su mano descendió hasta el bolsillo de su chaqueta desgarrada y llena de barro. Los dedos, con los nudillos en carne viva y sangrando, palparon el interior, y ahí estaba: la cinta, a salvo.

O al menos tan a salvo como él.

Sus sentidos, aguzados y alerta, captaban instintivamente el aroma almizclado del lecho del bosque, los rayos del sol... captaban incluso el frenético correteo de las ardillas listadas en las ramas que se alzaban por encima de él.

Aunque seguía sin oír las pisadas.

¿Los habría matado o herido a todos? ¿Conseguiría volver a casa al fin y al cabo?

Pero entonces lo oyó: el crujido revelador de una ramita al partirse, no muy lejos de él.

Habían dejado de correr y ahora se acercaban con sigilo a su posición, rodeándolo.

Laurent intentó diferenciar las pisadas, trató de calcular el número de los enemigos por el ruido que hacían, pero no pudo. Y, en cualquier caso, sabía que daba igual: esta vez no habría escapatoria.

Y entonces notó un gusto extraño en la boca, un sabor amargo.

Era el sabor del terror.

Inspiró profundamente. En los instantes que le quedaban, aferrando el rifle de asalto, Laurent Lepage se miró los sucios dedos y los vio rosados y limpios, asiendo hamburguesas, poutine, mazorcas de maíz, y aquellos dulces y absurdos pets de sœurs en la feria del condado.

Y sosteniendo al cachorro, Harvest, que llevaba el nombre del álbum favorito de su padre.

Y entonces, al final, mientras abrazaba el rifle, empezó a tararear una melodía que su padre le cantaba todas las noches al irse a dormir.

—«Viejo, mira mi vida: veinticuatro años, y vendrán muchos más...»

Soltó el rifle y sacó la cinta. Se le había acabado el tiempo: había fracasado y ahora tenía que esconderla donde pudiera. Se dejó caer de rodillas y encontró una espesa maraña de viejas vides, secas y leñosas. Sin preocuparse ya por los ruidos que se acercaban más y más, se puso a separar las ramas enredadas: eran más gruesas y pesadas de lo que le habían parecido, y sintió una punzada de pánico.

¿Había decidido esconderla allí demasiado tarde?

Arrancó, desgarró y hurgó con dedos y uñas hasta que apareció una pequeña abertura. Hundió la mano en ella y dejó caer la cinta.

Era muy posible que quienes la necesitaban no la encontraran nunca, aunque tampoco la encontrarían quienes estaban a punto de matar por ella.

—«Pero ahora por fin estoy solo», siguió canturreando en susurros, «rodando de vuelta a casa, hacia ti».

Un destello entre la maraña de ramas llamó su atención.

Ahí dentro había algo, algo que no había crecido allí, que alguien había dejado entre aquellos troncos y ramas; otras manos habían estado allí antes que las suyas.

Olvidando a sus perseguidores, se inclinó un poco más, empujó con ambas manos y luego tiró con fuerza para que el hueco se hiciera un poco más grande. Las enmarañadas ramas siguieron aferradas entre sí: llevaban lustros, décadas, miles de años creciendo juntas... y ocultando un escondite.

Laurent siguió forcejeando y arrancando hasta que un rayo de luz atravesó las copas de los árboles e iluminó el sotobosque, y por fin pudo ver lo que había ahí dentro. Era algo que llevaba ahí oculto durante mucho tiempo, desde antes de que él mismo hubiera nacido.

Abrió mucho los ojos.

— Uau.

Dos

DOS

—¿Y bien?

Isabelle Lacoste dejó el vaso de sidra sobre la gastada madera de la mesa y miró fijamente al hombre que estaba frente a ella.

— Ya sabes que no voy a contestar a eso — dijo Armand Gamache con una sonrisa mientras volvía a coger su cerveza.

— Bueno, ahora que ya no es usted mi jefe, puedo decirle lo que pienso realmente.

Gamache se echó a reír. Su mujer, Reine-Marie, se inclinó hacia Lacoste y susurró:

—¿Y qué piensas realmente, Isabelle?

— Creo que su marido, madame Gamache, sería un magnífico superintendente de la Sûreté.

Reine-Marie se reclinó de nuevo en la butaca. A través de las ventanas con parteluces del bistrot, veía a un grupo variopinto de niños y adultos jugando al fútbol, incluidos su hija Annie y el marido de ésta, Jean-Guy. Estaban a mediados de septiembre, el verano se marchaba y el otoño ya esperaba en el umbral. Las hojas empezaban a mudar de color, y los tonos vivos de rojo y amarillo y el ámbar de los arces salpicaban jardines y bosques. Sobre la hierba de la plaza ajardinada del pueblo ya había algunas hojas caídas. Era una época del año perfecta, cuando las flores tardías del verano aún florecían, las hojas cambiaban de color y la hierba todavía estaba verde, pero las noches ya eran frías y se sacaban los jerséis y empezaban a encenderse las chimeneas. Y así, en la oscuridad del atardecer, los hogares se parecían a los bosques durante el día, embriagadores y llenos de resplandor y regocijo.

Muy pronto todos emprenderían el camino de regreso a la ciudad, pero a ella y a Armand no les hacía falta volver: ellos ya estaban de vuelta.

Reine-Marie saludó con la cabeza a monsieur Béliveau, el tendero, que acababa de tomar asiento a una mesa cercana, y volvió a centrar la atención en la mujer que había pasado el fin de semana con ellos, Isabelle Lacoste: la inspectora Lacoste, jefa interina del Departamento de Homicidios de la Sûreté du Québec, el cargo que Armand había ostentado durante más de veinte años.

Reine-Marie siempre había pensado en ella como «la joven Isabelle», pero — confiaba — no de un modo paternalista — o más bien maternalista —, sino sólo por lo jovencísima que era cuando Armand la había reclutado y empezado a formar.

Ahora, sin embargo, ya tenía arrugas en el rostro y comenzaban a asomar canas en su cabello. Parecía que hubiera ocurrido de la noche a la mañana. Armand y Reine-Marie habían conocido a su prometido, asistido a su boda y al bautizo de sus dos hijos. Durante mucho tiempo había sido la joven agente Lacoste y ahora, de repente, iba a convertirse en la inspectora jefe Lacoste.

Y Armand se había jubilado. De forma anticipada, desde luego, pero estaba jubilado.

Reine-Marie volvió a mirar por la ventana: estaban en el otoño de sus vidas.

O quizá no.

Centró su atención en Armand, arrellanado en su butaca del bistrot y dando sorbitos a su cerveza artesana. Relajado, cómodo, divertido. Su complexión de más de metro ochenta se había rellenado un poco. No estaba gordo, pero se veía robusto. El bastión en la tormenta...

Pero no había tormenta alguna, se recordó Reine-Marie. Por fin podían dejar de ser bastiones y ser simplemente personas. Armand y Reine-Marie, dos lugareños más. Eso era todo, con eso bastaba.

Al menos para ella.

¿Y para él?

El cabello de Armand tenía más canas que nunca; se le rizaba un poco alrededor de las orejas y sobre el cuello de la camisa. Lo llevaba más largo que cuando estaba en la Sûreté, no porque no lo notara, sino porque allí, en Three Pines, uno apenas le prestaba atención a ese tipo de cosas.

Allí, estaban pendientes de la migración de los gansos, de cómo maduraban las pinchudas castañas en los árboles y de la floración de las rudbeckias; les interesaba el barril de manzanas en el exterior del pequeño supermercado de monsieur Béliveau, del que podían cogerse gratis; estaban pendientes de las frutas de temporada en el mercado agrícola, y de las novedades en la librería de ejemplares nuevos y de ocasión de Myrna; se fijaban en las especialidades del día de Olivier en el bistrot.

Reine-Marie notaba que Armand era feliz, y que tenía un aspecto saludable.

Y Armand notaba que Reine-Marie era feliz y también tenía un aspecto saludable, ahí, en ese pueblecito en el valle. Three Pines no podía resguardarlos de las tribulaciones del mundo, pero sí ayudarlos a curar las heridas.

La cicatriz en la sien de Armand discurría a través de las otras arrugas de su frente. Varios de esos surcos los habían creado el estrés, la preocupación y la tristeza, pero la mayor parte de ellos, como los que ella veía ahora, los había trazado la risa.

— Creía que ibas a contarme lo que realmente piensas de él como persona — dijo Reine-Marie —, que ibas a hablarme de todos los defectos que has visto en él durante los años en que habéis trabajado juntos. — Se acercó más a la inspectora, con gesto conspirador —. Venga, Isabelle, cuéntamelo. Y, por cierto, ya va siendo hora de que nos tutees, a ambos.

En el exterior, en la plaza ajardinada del pueblo, los dos hijos de Lacoste luchaban por la pelota con Jean-Guy Beauvoir, que parecía auténticamente imbuido, intentando casi con desesperación hacerse con el control del juego. Isabelle sonrió: al inspector Beauvoir no le gustaba perder, ni siquiera contra unos críos.

—¿Te refieres a su crueldad? — preguntó, volviendo a centrar la atención en el acogedor salón del bistrot —. ¿A su incompetencia? Siempre teníamos que andar despertándolo para contarle cómo habíamos solucionado un caso; aunque él se llevaba todo el mérito, por supuesto.

—¿Es eso cierto, Armand? — preguntó Reine-Marie.

— Pardon? Me estaba echando una cabezadita — respondió Lacoste y se echó a reír.

— Y ahora me he quedado con su despacho y con su sofá. — Se puso seria —. Sé que te han ofrecido el cargo de superintendente, patron. Me lo contó, confidencialmente, la superintendente jefe Brunel.

— Pues menuda confidencialidad — repuso Gamache, aunque no parecía molesto.

La superintendente jefe Thérèse Brunel, nombrada jefa de la Sûreté tras los escándalos y la reorganización de la institución, había acudido a Three Pines una semana antes. Se suponía que se trataba de una visita social. Una mañana, cuando se relajaban en el porche tomando café, le había ofrecido a Gamache aquel empleo.

— Serías superintendente, Armand: dirigirías la división que supervisa Homicidios, Delitos Graves y la fiesta anual de Navidad.

Armand arqueó una ceja.

— Estamos reestructurándolo todo — explicó Thérèse —. Les hemos dado el pícnic del Día de San Juan Bautista a los de Crimen Organizado.

Gamache sonrió y ella hizo lo mismo antes de volver a entrecerrar los ojos y estudiarlo detenidamente.

—¿Qué haría falta para que volvieras?

Sería hipócrita por parte de Gamache decir que no se esperaba que le ofrecieran algo así: llevaba esperando una tentativa como aquélla desde que el liderazgo en la Sûreté había sido objeto de un absoluto desbarajuste y resultara evidente el alcance de la corrupción que él había destapado.

Necesitaban gente fuerte al mando, y la necesitaban ya.

— Déjame pensarlo, Thérèse — había dicho él.

— Me gustaría tener una respuesta pronto.

— Por supuesto.

Después de haberse despedido de Reine-Marie con un beso, Thérèse Brunel cogió del brazo a Armand y los dos amigos y colegas caminaron hasta el coche de ella.

— Hemos conseguido eliminar la podredumbre en la Sûreté — dijo Thérèse bajando la voz —, pero ahora hace falta reconstruir el cuerpo, y esta vez como es debido. Ambos sabemos que la podredumbre puede reaparecer. ¿No quieres formar parte de eso y asegurarte de que tengamos una Sûreté fuerte y saneada que vaya por el buen camino?

Observó detenidamente a su amigo. Se había recuperado de las agresiones que había sufrido, era evidente; irradiaba fuerza, bienestar y una energía sosegada y contenida. Pero aquellas agresiones, por graves que hubieran sido, no constituían la razón por la que Armand Gamache se había retirado, sino la tremenda carga emocional que había tenido que soportar: eso lo había hecho tambalearse finalmente. Había acabado harto de tanta corrupción, de las traiciones, de las puñaladas por la espalda, del menosprecio y de la atmósfera de deslealtad; había acabado harto de tanta muerte. El inspector jefe Gamache había conseguido exorcizar la podredumbre que corrompía a la Sûreté du Québec, pero los recuerdos seguían ahí, arraigados.

¿Desaparecerían con el tiempo?, se preguntaba Thérèse Brunel. ¿Con la distancia? ¿Los borraría aquel precioso pueblecito como si fuera el agua del bautismo?

Tal vez.

— Lo peor ya está resuelto, Armand — dijo ella cuando llegaron al coche —, ahora toca hacer lo mejor, lo más divertido: reconstruir. ¿No quieres tomar parte? — Paseó la mirada por la plaza del pueblo y añadió —: ¿O te basta con esto?

Veía las antiguas casas que rodeaban la plaza; veía el bistrot, la librería, la panadería y el pequeño supermercado, pero, en el fondo, no veía más que un lugar perdido en la campiña, bonito pero aburrido, y Gamache era perfectamente consciente de ello. Él, sin embargo, veía una orilla, un lugar donde el náufrago podía por fin descansar.

Por supuesto, Armand ya le había contado los pormenores de aquel ofrecimiento a Reine-Marie, y habían hablado largamente al respecto.

—¿Quieres hacerlo, Armand? — le había preguntado ella tratando de mantener un tono neutro en la voz.

Pero él la conocía demasiado bien.

— Es demasiado pronto, creo. Para ambos. Pero Thérèse ha planteado una cuestión interesante: y después, ¿qué?

«¿Después?», había pensado Reine-Marie una semana atrás, cuando él le había hablado del ofrecimiento de Thérèse Brunel. Y ahora, en el bistrot, con el murmullo de las conversaciones fluyendo como un río en torno a ella, volvía a pensarlo. Llevada por la corriente, aquella palabra empapada había arribado a la orilla y echado raíces allí, alzándose como una enredadera.

Una palabra trepadora.

«Después.»

Cuando, al jubilarse Armand, se habían mudado de Montreal a Three Pines, a ella nunca se le había ocurrido que habría un «después»: aún estaba sorprendida y eufórica por el hecho de que hubiera un «ahora».

Pero el ahora había dejado paso al después.

Armand no había cumplido aún los sesenta, y ella misma había abandonado una carrera de enorme éxito en la Biblioteca Nacional.

«Después...»

A decir verdad, todavía estaba saboreando el aquí y el ahora, pero ese «después» estaba ya en el horizonte y avanzaba arrastrando los pies hacia ellos.

— Hola, ¿sigues aquí?

Gabri, grandote y locuaz, acababa de cruzar el bistrot que regentaba con su pareja, Olivier. Le dio un abrazo a Isabelle Lacoste.

— Creía que a estas horas ya te habrías ido — añadió Myrna, que había llegado con él y estrechó también a la delgada Isabelle entre sus robustos brazos.

— No tardaré en hacerlo. Acabo de pasar por tu librería y, como no estabas, he dejado el dinero junto a la caja.

—¿Has encontrado algún libro? — preguntó Myrna —. ¿Cuál?

Hablaron sobre lecturas mientras Gabri les llevaba unas cervezas entreteniéndose con los otros clientes. A sus treinta y muchos años, empezaban a asomar canas en su cabello oscuro, y también arrugas en su rostro cuando reía, algo que hacía con frecuencia.

—¿Qué tal ha ido el ensayo? — preguntó Reine-Marie dirigiéndose a Gabri y a Myrna —. ¿Marcha bien la obra?

— Tendrás que preguntárselo a Antoinette — respondió Gabri y señaló con su cerveza a una mujer de mediana edad que estaba sentada a otra mesa.

—¿Quién es? — quiso saber Isabelle.

Le recordaba a su hija, aunque su hija tenía siete años y esa mujer debía de tener unos cuarenta y cinco; si bien la ropa que vestía era más propia de una niña que de una adulta: llevaba una rebeca de un rosa muy vivo bajo la que asomaba una camiseta de tirantes que se ajustaba a la perfección a su generoso pecho, una falda corta de flores muy ceñida a su amplio trasero y un lazo en el cabello teñido de morado y con los mechones de punta. Si una tienda de caramelos vomitara, Antoinette sería el resultado.

— Ésos son Antoinette Lemaitre y su pareja, Brian Fitzpatrick — dijo Reine-Marie —. Ella es la directora artística del teatro de Knowlton. Vendrán a cenar a casa esta noche.

— Y nosotros también — intervino Gabri —; estamos intentando que Armand y Reine-Marie se apunten.

—¿Que se apunten? — repitió Isabelle.

— A la Compañía Estrie — explicó Myrna —. También estoy tratando de convencer a Clara; tal vez no para actuar, pero sí al menos para pintar decorados. Cualquier cosa con tal de sacarla de ese estudio: se pasa el día entero mirando fijamente aquel retrato de Peter a medio hacer. No creo ni que haya levantado el pincel en semanas.

— Esa pintura me pone los pelos de punta — comentó Gabri.

— Pero ¿no creéis que es pasarse un poco de la raya? — intervino Reine-Marie —. ¿Poner a una de las mejores artistas de Canadá a pintar decorados para una obra de aficionados?

— Picasso pintaba decorados — repuso Myrna.

— Sí: para los Ballets Rusos — puntualizó Reine-Marie.

— Apuesto lo que quieras a que, si él hubiera vivido aquí, habría hecho nuestros decorados — dijo Gabri —. Y si alguien hubiera podido convencerlo, es ella. — Señaló con un gesto a Antoinette y a Brian, que se acercaban a su mesa.

—¿Qué tal los ensayos? — preguntó Reine-Marie tras haberles presentado a Isabelle Lacoste.

— Irían mejor si él escuchara mis instrucciones — respondió Antoinette mirando a Gabri.

— Cuando actúo, necesito tomar mis propias decisiones creativas.

— Mariposeas demasiado por el escenario — se quejó Antoinette.

— Es que soy un mariposón — contestó Gabri.

— Pero el personaje no lo es: acaba de dejar atrás un matrimonio desgraciado.

— Oui. Y lo ha dejado atrás porque es... — planteó Gabri inclinándose hacia ella.

—¿Un mariposón? — sugirió Brian.

Antoinette soltó una carcajada sincera, campechana y expansiva. A Isabelle le cayó bien de inmediato.

— Vale, interprétalo como quieras — cedió Antoinette —. En realidad, no importa. La obra va a ser un exitazo; ni siquiera tú puedes echarla a perder.

— Eso va en el cartel — les confió Brian alzando las manos para trazar en el aire un letrero enorme —: «Ni siquiera Gabri puede echar a perder esta obra.»

Reine-Marie se echó a reír y se dijo que bien podía ser cierto, y un buen eslogan.

—¿Qué papel interpretas tú? — le preguntó Isabelle a Myrna.

— El de la dueña de la casa de huéspedes. Iba a interpretarlo como un mariposón, pero como Gabri ha reclamado ya para sí ese territorio, he decidido tomar otros derroteros.

— Va a interpretarla como una mujer negra y grandota — dijo Gabri —, todo un acierto.

— Gracias, querido — repuso Myrna y los dos se lanzaron un beso al aire.

— Tendríais que haber visto su versión de El zoo de cristal — intervino Armand abriendo mucho los ojos, como si quisiera decir exactamente lo que estaba imaginando Isabelle.

— Por cierto, ¿has hablado con Clara? — le preguntó Antoinette a Myrna —. ¿Lo hará?

— No lo creo — repuso Myrna —, necesita más tiempo.

— Necesita distraerse — repuso Gabri.

Isabelle observó el libreto en la mano de Antoinette.

— «Ella se sentaba y lloraba» — leyó —. ¡¿Y es una comedia?!

Antoinette se echó a reír y le tendió el documento.

— La cosa no es tan funesta como parece.

— De hecho, es maravillosa — intervino Myrna —, y muy divertida.

— Incluso hay quien diría que es tan alegre como una mariposa — bromeó Gabri.

— Bueno, hora de irse. — Isabelle se levantó —. Por lo que veo, el partido de fútbol se ha acabado.

En la plaza, los niños y los adultos habían dejado de jugar y miraban hacia el puente de piedra sobre el río Bella Bella, que un niño cruzaba en su bicicleta a toda velocidad gritando y blandiendo un palo.

— Oh, no... — exclamó Gabri mirando a través del ventanal del bistrot —. Otra vez no...

El niño se detuvo al llegar a la plaza e hizo gestos desenfrenados con el palo. Al ver que nadie reaccionaba, volvió la cabeza a ambos lados como si buscara algo, hasta que sus ojos se clavaron en el bistrot.

— Escondeos — avisó Myrna —. Qué mala pata.

— Por Dios, no me digas que también viene Ruth — repuso Gabri mirando a su alrededor con nerviosismo.

Pero ya era demasiado tarde: el niño había entrado por la puerta y recorría la multitud con la mirada. Entonces sus ojos brillantes se detuvieron... en Gamache.

—¡Ah, está aquí, patron! — exclamó y corrió hacia su mesa —. Tiene que venir, deprisa.

Cogió de la mano al robusto Gamache y trató de levantarlo de la silla.

— Espera un momento — dijo él —. Cálmate. ¿De qué se trata?

El niño estaba sucio y desaliñado como si lo hubiera escupido el bosque. Tenía musgo, hojas y ramitas en el pelo, la ropa desgarrada, y empuñaba un palo del tamaño de un bastón con sus manos embarradas y llenas de arañazos.

— No va a creer lo que he encontrado en el bosque. ¡Venga, dese prisa!

—¿Qué ha sido esta vez? — preguntó Gabri —. ¿Un unicornio? ¿Una nave espacial?

— No — contestó el niño, molesto, y se volvió de nuevo hacia Gamache —: un arma gigantesca, patron. Así de grande. — Gesticuló con los brazos y al hacerlo le dio con el palo a la mesa de al lado y tiró al suelo varios vasos.

— Bueno — dijo Gabri poniéndose en pie —, ya es suficiente, dame eso.

— No, no puede quitármelo — repuso el niño protegiendo el palo.

— O me lo das o sales ahora mismo por la puerta. Discúlpame pero, como puedes ver, no hay a nadie más aquí dentro armado con una rama de árbol.

— No es una rama, es un arma: puede transformarse en una espada.

Hizo ademán de blandirla, pero Olivier, que se había acercado por detrás, asió el palo con una mano y, con la otra, le tendió al niño una escoba y una pala.

— Recoge eso — le ordenó sin acritud, pero con firmeza.

— Vale. — El niño le dio el palo a Gamache —. Tome. Si me pasa algo malo, ya sabe qué hacer. Confío en usted — añadió con gran solemnidad.

— Entendido — respondió Gamache también muy serio.

El niño empezó a barrer y Armand apoyó el palo en su silla. Al observarlo más de cerca, vio que llevaba una serie de muescas y grabados, así como el nombre del niño tallado en él.

—¿Qué ha sido esta vez? — preguntó Jean-Guy cuando Annie y él se unieron a los demás y vio al niño barriendo con irritación —. ¿Una invasión extraterrestre?

— Eso fue la semana pasada.

— Mais oui! Se me había olvidado. ¿Están los iroqueses en pie de guerra?

— Eso ya quedó atrás — contestó Armand —. Se ha restablecido la paz: les hemos devuelto sus tierras.

Miró hacia el niño, que había dejado de barrer y estaba montado a horcajadas en la escoba como si fuera un corcel, usando la pala de escudo.

— A mí me parece de lo más dulce — dijo Annie.

—¿Dulce? Godzilla es dulce, él es una amenaza — repuso Olivier tras haber bajado al niño de su corcel para que volviera a concentrarse en los cristales rotos.

— Nosotros también lo encontrábamos divertido al principio: nos parecía todo un personajito hasta que entró aquí corriendo y nos dijo que su casa estaba en llamas — explicó Gabri.

—¿Y no era cierto? — quiso saber Annie.

—¿Tú qué crees? — replicó Olivier —. Avisamos enseguida a todo el cuerpo de bomberos voluntarios y, al llegar, se encontraron a Al y Evie trabajando tranquilamente en su huerto.

— Intentamos hablar con ellos sobre el crío — añadió Gabri —, pero Al se limitó a reír y a decirnos que no podía hacer nada por mucho que lo intentara, que Laurent era así por naturaleza.

— Y probablemente sea verdad — intervino Myrna.

— Ya, pues muy bien: los terremotos y los tornados también son cosa de la naturaleza — opinó Gabri.

— Bueno, de modo que no creéis que se pueda convencer a Clara de que nos ayude con los decorados... — dijo Brian —. Sólo faltan unas semanas para la noche del estreno y su ayuda no nos vendría nada mal. Es una obra realmente buena, aunque sea anónima.

—¿Cómo? — exclamó Isabelle Lacoste, que miró la portada del libreto y reparó por primera vez en que no había nombre alguno bajo el título —. ¿Nadie sabe quién la escribió? ¿Ni siquiera vosotros?

— Bueno, nosotros sí — respondió Antoinette —, pero preferimos no decirlo.

— Créeme: ya se lo hemos intentado sonsacar — intervino Gabri —. Para mí que fue David Beckham.

— Pero si Beckham es... — empezó a decir Jean-Guy, pero Myrna lo interrumpió.

— Ni te molestes en decir nada: la semana pasada decidió que era de Mark Wahlberg. Déjale tener sus fantasías y a mí las mías... David Beckham... — Su tono se volvió soñador —. Tendría que venir la noche del estreno... solo... después de pelearse con Victoria...

— Y se alojaría en nuestra fonda — añadió Gabri —, y olería a cuero y a Old Spice.

— Y necesitaría un libro para leer un poco a la hora de acostarse... — continuó Myrna —, conque yo le llevaría varios títulos...

— Vale, ya basta — zanjó Jean-Guy.

— Pues yo quiero oír más — intervino Reine-Marie, y Armand la miró divertido.

— Nunca adivinaríais quién escribió la obra — señaló Brian entre risas, dando golpecitos en el punto en que debería haber figurado el nombre —. Además, no lo conocéis: fue un tipo llamado John Fleming...

—¡Brian! — exclamó Antoinette.

—¿Qué?

—¡Quedamos en que no se lo diríamos a nadie!

— Nadie ha oído hablar nunca de él — repuso Brian.

— Pero ésa era la gracia del asunto... — contestó Antoinette de mal humor —. En fin, eres topógrafo, qué vas a saber tú de técnicas de mercado. Quería rodear el asunto de misterio, de suspense: hacer que la gente se preguntara quién podría ser, si lo habría escrito Michel Tremblay o sería un clásico perdido de Tennessee Williams...

— O de George Clooney — sugirió Gabri.

— Oh, George Clooney — repitió Myrna y su mirada volvió a fijarse en un punto indeterminado.

—¿John Fleming? — intervino Gamache —. ¿Me permitís?

Extendió la mano para coger el libreto de la mesa y miró fijamente el título: Ella se sentaba y lloraba.

— Nos pusimos en contacto con los de derechos de autor para ver si teníamos que pagar por el permiso, pero no tenían constancia de la obra ni de ningún dramaturgo con ese nombre — dijo Brian como si tuviera que darle explicaciones a la policía.

El manuscrito que Armand sostenía entre sus manos tenía las esquinas dobladas en muchos sitios, estaba manchado de café y lleno de notas.

— Es antiguo — comentó Reine-Marie.

Los renglones tenían un aspecto bastante irregular: no era la impresión limpia de un ordenador, sino la tipografía un tanto burda de una máquina de escribir.

Armand asintió.

—¿Qué pasa? — preguntó su mujer en voz baja.

— Nada. — Sonrió, aunque en las comisuras de sus párpados no aparecieron las risueñas arruguitas.

— Yo también aparezco en la obra — dijo Brian sosteniendo en alto su copia del libreto.

— Es mi compañero de piso, un tipo alegre como un mariposón — les explicó Gabri.

— No es ningún mariposón, y tú tampoco — espetó Antoinette exasperada.

— No se lo cuentes a Olivier — intervino Myrna —: se llevaría una pequeña decepción.

— Y una gran sorpresa — añadió Gabri.

Después de barrer el último fragmento de cristal, el niño volvió a acercarse a la mesa arrastrando los pies. Sus tejanos rotos y su chaqueta aún tenían alguna que otra hoja medio mustia pegada a la tela.

— Sólo para que lo sepa — le dijo a Olivier cuando le devolvía la escoba y la pala —, estoy bastante seguro de que ahí van unos cuantos diamantes.

— Merci — contestó el otro.

—Se está haciendo tarde — dijo Gamache poniéndose en pie y devolviéndole el palo al niño —. Vamos, coge tu bicicleta. La meteremos en el coche y te llevaré a casa.

— El arma era muy pero que muy grande, patron — insistió el crío cuando salían del bistrot —. Tan grande como este edificio, y un monstruo con alas iba montado encima.

— Claro, claro — oyeron contestar a Gamache —. Me aseguraré de que no te haga ningún daño.

—¡Y yo lo protegeré a usted! — repuso el niño, y blandió el palo tan violentamente que le dio en la rodilla.

— Confío en que tengas otro marido esperando entre bastidores — dijo Antoinette —: no estoy segura de que éste vaya a sobrevivir al trayecto hasta el coche.

Observaron a Gamache meter la bicicleta en el maletero del Volvo y luego arrojar el palo en el asiento trasero, pero el chico volvió a cogerlo y se negó a ceder: no estaba dispuesto a ir a ningún sitio sin él en las manos; al fin y al cabo, el mundo era un lugar peligroso.

Todos vieron cómo Gamache se daba por vencido y transigía, aunque no sin explicarle al niño unas cuantas normas básicas.

— Yo que tú me metería en una web de citas ahora mismo — le dijo Myrna a Reine-Marie.

• • •

Al cabo de unos kilómetros, el crío se volvió hacia Gamache.

—¿Qué está tarareando?

—¿Estaba tarareando? — preguntó el antiguo inspector sorprendido.

— Oui. — El crío repitió la melodía a la perfección.

— Se llama «Junto a los ríos de Babilonia», es un himno religioso.

John Fleming, John Fleming... Gamache asociaba el himno con aquel tipo, aunque no tenía ni idea de por qué lo hacía.

No podía tratarse del mismo hombre, se dijo: era un nombre bastante corriente. Estaba viendo fantasmas donde no los había.

— Nosotros no vamos a la iglesia — dijo el niño.

— Nosotros tampoco — repuso él —. No con frecuencia, al menos; aunque, a veces, cuando no hay nadie, voy a sentarme a la capilla de Three Pines.

—¿Por qué?

— Porque se está muy tranquilo.

El chico asintió.

— A veces yo me siento en el bosque porque se está tranquilo, pero entonces llegan los extraterrestres.

El crío empezó a tararear otra vez, con voz aguda y aflautada, una melodía que Gamache reconoció de largo tiempo atrás.

—¿Cómo es que conoces esa canción? Es de mucho antes de que nacieras.

— Mi padre me la canta todas las noches a la hora de dormir. Es de Neil Young. Según mi papá, es un genio.

Gamache asintió.

— Pues estoy de acuerdo con tu padre...

El niño aferró el palo.

— Espero que tengas el seguro puesto — añadió Gamache.

— Sí, está puesto — repuso el crío volviéndose hacia él —. El arma es real, patron.

— Oui — contestó.

Pero no estaba escuchando; miraba la carretera que se extendía ante él y pensaba en aquella melodía que no podía quitarse de la cabeza:

Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y llorábamos...

La obra, sin embargo, no se llamaba así, sino Ella se sentaba y lloraba. No podía ser de ese John Fleming: él no escribía obras de teatro y, aunque lo hiciera, ningún director en su sano juicio las pondría en escena. Debía de tratarse de otro hombre que se llamaba igual.

A su lado, el niño miraba a través de la ventanilla el paisaje de principios de otoño y aferraba el palo justo por debajo de la empuñadura, donde su padre había tallado su nombre.

Laurent, Laurent Lepage.

Tres

TRES

Para cuando Gamache regresó, los invitados a la cena ya habían llegado; bebían de sus copas y mojaban triángulos de maíz en una salsa de manzana y aguacate.

— Ya veo que has llevado a Laurent a casa sin novedad — dijo Reine-Marie, que lo recibió en la puerta —. ¿No ha habido ninguna invasión extraterrestre?

— La hemos cortado de raíz.

— No del todo — intervino Gabri, de pie en el umbral del estudio de los Gamache —: una alienígena ha logrado eludir el sistema de defensa de la Tierra.

Armand y Reine-Marie se asomaron a la pequeña habitación junto a la sala de estar: una mujer mayor bastante huesuda, con carreras en las medias y remiendos en el jersey, leía sentada en una butaca.

— Claramente se trata de la madre de todos los alienígenas que van pedo — explicó Gabri.

Les llegó un intenso olor a ginebra. La anciana tenía un ánade en el regazo y, a sus pies, hecho un ovillo, estaba Henri, el pastor alemán de los Gamache. Alzaba la cabeza mirando al ánade con adoración.

— No te preocupes por venir a recibirme a la puerta — le dijo Gamache a su perro —. No hace ninguna falta, de verdad.

Lo dijo negando con la cabeza: el amor adoptaba toda clase de formas, y aquélla al menos suponía un paso adelante respecto al gran amor previo de Henri, que era el brazo del sofá.

— El primer indicio de invasión fue el olor a ginebra — comentó Gabri —. Es el nutriente fundamental de los de su especie, por lo visto.

Ruth, la anciana vecina de los Gamache, se levantó con esfuerzo de la butaca.

—¿Qué hay de cenar? — preguntó.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? — quiso saber Reine-Marie.

—¿Qué día es hoy?

— Pensaba que estabas fuera matando crías de foca a garrotazos — intervino Gabri cogiendo a Ruth del brazo.

— Eso es la semana que viene. ¿No lees mis actualizaciones de estado de Facebook o qué?

— Bruja.

— Maricón.

Ruth entró renqueando en la sala de estar. Rosa, la pata, marchaba tras ella seguida de cerca por Henri.

— No hace mucho yo era jefe de Homicidios de la Sûreté du Québec — dijo Gamache con tono nostálgico mientras observaban aquel desfile.

— No me lo creo — repuso Reine-Marie.

— Bonjour, Ruth — saludó Antoinette.

Ruth, que no se había dado cuenta de que había más gente en el salón, descubrió de pronto a Antoinette y a Brian y finalmente a Myrna.

—¿Qué hacen éstos aquí?

— Nos han invitado, al contrario que a ti, vieja chiflada — contestó Myrna —. ¿Cómo puedes ser poeta y no fijarte nunca en nadie ni en nada de lo que te rodea?

—¿Nos conocemos? — repuso Ruth, y se volvió hacia Reine-Marie —. ¿Dónde está el tonto del culo?

— Annie y él se han marchado ya a la ciudad con Isabelle y los niños.

Reine-Marie sabía que debería haber regañado a Ruth por llamar «tonto del culo» a su yerno, pero, a decir verdad, la vieja poeta llevaba tanto tiempo llamando así a Jean-Guy que a esas alturas los Gamache apenas reparaban en ello. Incluso el propio Jean-Guy respondía al apelativo de «tonto del culo», o a su versión más suave «tonto del bote», aunque sólo si provenía de Ruth.

— He visto al chico Lepage saliendo como un loco del bosque otra vez — dijo Ruth —. ¿Qué era en esta ocasión? ¿Zombis?

Armand cogió la botella de vino y rellenó las copas antes de servirse un poco de salsa con aderezo de lima y miel.

— De hecho, creo que ha perturbado un nido de poetas — respondió —, por eso huía despavorido.

— La poesía asusta a la mayoría de la gente, al menos la mía — dijo Ruth.

— Eres tú quien los asusta, Ruth, no tus poemas.

— Ah, vale, pues mejor aún. Bueno, ¿y qué dice haber visto esta vez ese crío?

— Un arma gigante con un monstruo encima.

Ruth asintió de nuevo, impresionada.

— La imaginación no es algo malo: me recuerda a mí cuando tenía su edad, y mirad cómo he salido.

— Lo suyo no es imaginación — intervino Gabri —, son mentiras descaradas. De hecho, no estoy seguro de que ese niño distinga, a estas alturas, la diferencia entre ambas. — Se volvió hacia Myrna —. ¿Qué opinas? Aquí la loquera eres tú.

— Yo no soy ninguna loquera... — se quejó Myrna.

— Ni que lo digas — soltó Ruth con un bufido.

—... soy psicóloga — terminó de decir Myrna.

— Tú eres bibliotecaria — repuso Ruth.

— Por enésima vez, lo mío no es una biblioteca — repuso Myrna —, sino una librería, así que deja de llevarte los libros sin más porque... ¡bah!, da igual. — Le hizo un gesto de exasperación a Ruth, que sonreía mirando el fondo de su copa, y se volvió hacia Gabri —. ¿De qué estábamos hablando?

— De Laurent. ¿Crees que está loco? Aunque ya sé que el listón de la cordura anda muy bajo por aquí — comentó mirando a Ruth y a Rosa, que parecían susurrarse cosas mutuamente.

— Cuesta saberlo, la verdad. En mi consulta veía a un montón de gente que había perdido el contacto con la realidad. Pero eran adultos. En los niños, la línea que separa lo real de lo imaginario es un poco difusa, aunque se va volviendo más clara a medida que crecemos.

— Lo cual puede ser conveniente o inconveniente — intervino Reine-Marie.

— Bueno, yo veía los casos más graves, claro — continuó Myrna —. Los delirios de mis pacientes a menudo iban acompañados de ideas paranoicas: oían voces horribles, veían cosas horribles... hacían cosas horribles. Laurent parece un crío feliz; incluso diría que bien adaptado.

— No se puede ser feliz y estar bien adaptado al mismo tiempo — opinó Ruth riéndose con sólo pensarlo.

— Yo no creo que sea un niño bien adaptado — intervino Antoinette —. Como podéis suponer, soy una gran defensora de la imaginación: el teatro se alimenta de ella, depende de ella, pero estoy de acuerdo con Gabri: aquí hay algo más. ¿No debería haber dejado todo eso atrás al ir haciéndose mayorcito? ¿Cómo llamaríais a alguien incapaz de comprender las consecuencias, o a quien no le importan un bledo?

—¿Ruth Zardo? — sugirió Brian.

Se hizo un silencio, pero enseguida todos rompieron a reír, incluida Ruth.

Brian Fitzpatrick no hablaba mucho, pero cuando lo hacía a menudo hacía sentir que la espera había valido la pena.

— No me parece que lo de Laurent sea psicosis, si es eso lo que sugerís — dijo Myrna —. No es muy distinto de cualquier otro niño. En algunos casos, la imaginación es tan potente que se superpone a la realidad. Aun así, como ya os he dicho, van dejando eso atrás a medida que crecen. — Miró a Ruth, que acariciaba a su pata y le cantaba —. O al menos la mayoría...

— Una vez nos contó que habían secuestrado a una de sus compañeras de clase — dijo Brian —. ¿Os acordáis?

—¿En serio? — preguntó Armand.

— Sí. Tardamos más o menos un minuto en comprender que no era cierto, ¡pero menudo minuto! Los padres de la niña estaban en el bistrot cuando él entró corriendo y gritando lo del secuestro. No creo que se hayan recobrado nunca, ni que se lo hayan perdonado. No es precisamente el crío más popular de la zona.

—¿Y por qué dirá cosas que no son verdad? — preguntó Reine-Marie.

— Seguro que vuestros hijos también se inventaban cosas — repuso Myrna.

— Bueno, sí, pero nada tan... dramático.

— Ni tan vívido — añadió Antoinette —. Porque, desde luego, resulta muy convincente.

— Probablemente sólo quiere que le presten atención... — dijo Myrna.

— Ay, por Dios, ¿no os parece odiosa la gente así? — la interrumpió Gabri al tiempo que se ponía una zanahoria en la nariz y trataba de sostenerla en equilibrio.

— Ahí tenéis una foca que anda pidiendo un garrotazo — soltó Myrna.

Ruth se echó a reír, pero acto seguido se quedó mirando a la librera fijamente.

—¿Tú no deberías estar en la cocina?

—¿Y tú no deberías estar sacándole los ojos a una oveja?

La anciana volvió a reírse.

— A ver, a mí ese niño me cae bien — afirmó —, pero afrontémoslo: su destino estaba escrito desde el mismo instante en que lo concibieron.

—¿Qué quieres decir? — preguntó Reine-Marie.

— Bueno, no hay más que ver a sus padres.

—¿A Al y a Evelyn? — intervino Armand —. A mí me caen bien, y eso me recuerda algo... — Fue hasta la puerta y cogió una bolsa de tela —. Evie me ha dado esto.

— Ay, Dios — soltó Antoinette —, no me digas que son...

— Manzanas — respondió Gamache sonriente, sosteniendo la bolsa en alto.

Cuando había dejado a Laurent en casa, su padre estaba en el porche seleccionando remolachas para sus cestas de productos orgánicos.

Al Lepage era inconfundible. Si una montaña cobrara vida, tendría el mismo aspecto que él: sólido, escarpado... Llevaba el largo cabello cano recogido en una coleta que probablemente no se había soltado desde los años setenta. La barba, también gris y poblada, le cubría gran parte del pecho haciendo casi invisible su camisa de franela a cuadros; unas veces la llevaba suelta, otras, trenzada, y otras más, como esa misma tarde, recogida en su propia coleta, de forma que la cabeza entera parecía una prenda atada para proceder a teñirla.

O, como Ruth la describió en cierta ocasión: un caballo con dos culos.

— Hola, poli — lo había saludado Al cuando Armand aparcó el coche y Laurent bajó.

— Hola, hippie — contestó Gamache bajando también y dirigiéndose al maletero.

—¿Qué ha hecho ahora, Armand? — le preguntó Al mientras ambos sacaban la bicicleta del coche familiar.

— Nada, sólo ha causado algún problemilla en el bistrot.

—¿Zombis? ¿Vampiros? ¿Monstruos? — preguntó el padre del niño.

— Un monstruo — respondió Armand cerrando el maletero —, sólo uno.

— Estás perdiendo facultades, muchacho — le dijo Al a su hijo.

— Estaba encima de un arma enorme, papá; más grande que la casa.

— Tienes que lavarte para cenar, estás hecho un asco. Date prisa antes de que te vea tu madre.

— Demasiado tarde — dijo una voz de mujer desde la casa.

Armand se dio la vuelta y vio a Evelyn de pie en el porche, apoyando las manos en sus anchas caderas y negando con la cabeza. Era mucho más joven que Al, por lo menos veinte años, de modo que debía de rondar los cuarenta y cinco. Ella también lucía una camisa de franela a cuadros que aquella tarde había combinado con una falda que le llegaba hasta los tobillos. Llevaba el cabello recogido, igual que Al, aunque se le habían escapado unos mechones que caían sobre su rostro recién lavado.

—¿Qué ha sido esta vez? — le preguntó a Laurent con una mezcla de diversión y resignación.

— He encontrado un arma en el bosque.

—¿En serio?

Evelyn pareció alarmada y Gamache volvió a asombrarse de que aquella mujer siguiera creyendo a su hijo. ¿Se trataba de amor, se preguntó, o de la misma forma de delirio que padecía Laurent? Una potente combinación de ensoñación y locura.

— Estaba justo al otro lado del puente, en el bosque. — Laurent señaló con el palo, y a punto estuvo de darle a Gamache en la cara.

—¿Y aún está ahí? — preguntó la madre —. Al, ¿no deberíamos ir a comprobarlo?

— Mejor esperar a mañana, Evie — repuso el marido con su voz grave y paciente.

— Es gigantesca, mamá, más grande que esta casa. Y tiene un monstruo encima... un monstruo con alas.

— Vaya — dijo Evelyn —. Gracias por haberlo traído, Armand. ¿Estás seguro de que no quieres quedártelo un tiempo?

—¡Mamá!

— Entra y lávate un poco, tenemos ardilla para cenar.

—¿Otra vez?

Gamache sonrió, aunque nunca estaba del todo seguro de si en verdad comían ese tipo de cosas. De hecho, si tuviera que apostar diría que eran vegetarianos. Lo que sí tenía claro era que vivían de lo que producían ellos mismos, y que vendían sus productos orgánicos en paniers a clientes fieles, Armand y Reine-Marie entre ellos.

En invierno, intentaban llegar a fin de mes dando clases sobre cómo llevar un estilo de vida sostenible. Que esos dos se hubieran encontrado el uno al otro era uno de los grandes milagros de la vida, como el encuentro de Henri y Rosa. Y también lo era que, años después, hubieran tenido un hijo. Un milagro engendraba otro: un crío asilvestrado.

—¿Por qué siempre serán armas? — preguntó Al.

— Bueno, fuiste tú quien le regaló ese palo por su cumpleaños — repuso Evie —, y ahora se dedica a parapetarse detrás de los muebles para disparar a los monstruos. No puedes ni imaginar cuántas veces me han acribillado a tiros en mi propia casa — le confesó a Armand.

— Se supone que es una varita mágica — puntualizó Al —. Como mucho se transforma en una espada, pero no en un arma de fuego. Yo jamás le daría un arma, las detesto.

— Le diste un palo y una imaginación — dijo Evie —, ¿qué creías que iba a hacer con ellos un crío de nueve años?

— Es una varita mágica — insistió Al dirigiéndose a Gamache.

Éste sonrió. Si le hubiera regalado un palo a su hijo Daniel en su noveno cumpleaños aún estaría llorando, veinte años después. ¿Qué clase de niño no sólo acepta el palo, sino que además lo conserva como un tesoro?

— Saluda de mi parte a Reine-Marie — le pidió Evie —. El siguiente panier está casi listo. Entretanto, llévate esto. — Y le tendió un saco de manzanas McIntosh.

— Merci — había dicho él tratando de sonar sincero y sorprendido.

Evie entró en la casa y Al la siguió, pero una vez en el umbral se volvió hacia Gamache.

— Gracias por traerlo a casa.

— No hay problema, es un crío estupendo.

— Está loco, pero lo queremos — dijo Al negando con la cabeza —. ¡Un arma...!

«Un monstruo», se dijo Armand al subir al coche para volver a casa.

Pero el monstruo en el que pensaba él no era fruto de la imaginación de Laurent. Ése era muy real: tenía un nombre, y sangre en las venas; aunque, sospechaba Gamache, carecía de corazón.

—¿Por qué no te caen bien los padres de Laurent, Ruth? — preguntó Reine-Marie dejando sobre la mesa el estofado de pollo con sus bolitas de masa condimentadas con hierbas recién recogidas.

Habían pasado a la cocina, grande y rústica, y acababan de sentarse alrededor de la mesa de pino. Antoinette cortaba el pan y Gabri mezclaba la ensalada.

— No es por ella, sino por él — contestó Ruth dejando su vaso en la mesa para mirarlos a todos —. Es un cobarde.

—¿Al Lepage? — intervino Brian —. Había oído decir que era objetor de conciencia, pero eso no lo convierte en un cobarde, ¿no?

Tanto Ruth como Rosa lo fulminaron con la mirada, pero no dijeron ni una palabra.

— No eran más que unos niños en aquella época, y los llamaron a filas para luchar en una guerra que no querían librar — repuso Armand —. No sólo dejaron su hogar para venir aquí, también a su familia y amigos. No creo que haya sido la opción más fácil. Se opusieron y ya está, no creo que fueran cobardes en absoluto. A mí, Al me cae bien.

—¿Llamas «oponerse» al hecho de salir huyendo? — repuso Ruth —. Algún otro chico tuvo que ir en su lugar, ¿no? ¿Crees que alguna vez habrá pensado en eso?

— Este pueblo entero lo fundó gente que huía de una guerra en la que no creía — señaló Myrna —: según un antiguo código, los tres pinos indican que esto era un santuario.

— Más bien un manicomio — corrigió Gabri.

— Ya conozco la historia del pueblo — dijo Ruth.

Brian se puso a servir un poco más de vino.

— Mejor cambiamos de tema, ¿no os parece? — Se volvió hacia Reine-Marie —. ¿Qué has decidido? ¿Vas a formar parte de la Compañía Estrie?

—¡¿Que si vas a hacer qué?! — le preguntó Armand a su mujer.

— Estaba pensando que podría ser divertido.

— Y es divertido — confirmó Gabri —. Pásate por el ensayo mañana por la noche y lo verás. Te dejaré mi libreto para que puedas echarle un vistazo.

— Muy bien, me pasaré. ¿A qué hora?

— A las siete — respondió Brian —. Ponte algo que luego no te importe tirar: vamos a pintar. ¿Y tú qué dices, Ruth?

— Sí, se te daría bien — intervino Gabri —: llevas años fingiendo ser humana.

— Aunque no de forma muy convincente — añadió Myrna —, yo nunca me lo he creído.

Pero Ruth se había quedado como ida, sumida en sus pensamientos.

— Pasemos a la sala de estar — sugirió Reine-Marie en cuanto acabaron de cenar —. No toquéis los platos: Henri los lavará a lengüetazos más tarde.

Los invitados se miraron unos a otros mientras se levantaban de la mesa, pero enseguida vieron sonreír a Reine-Marie. En la sala de estar, Armand echó otro tronco al fuego y extendió las manos ante las llamas.

—¿Tienes frío? — preguntó Reine-Marie —. No estarás enfermo, ¿verdad?

Le puso una mano en la frente.

— No, sólo me siento un poco destemplado.

Antoinette se acercó y señaló el fuego con la cabeza.

— Qué agradables resultan en septiembre, ¿verdad? Transmiten alegría. En junio, sin embargo, son de lo más deprimentes.

Reine-Marie se echó a reír y luego se alejó hacia donde estaba Ruth. Antoinette se dio la vuelta, pero Armand la llamó.

— La obra... — dijo en voz baja.

—¿Sí?

— Brian ha dicho que era de John Fleming.

Ella se quedó muy quieta y lo estudió con sus ojos claros.

— No debería haber dicho eso.

— Pero lo ha hecho. ¿Por qué querías mantenerlo en secreto?

— Ya os lo he contado antes: me parecía una buena forma de llamar la atención. Es una obra nueva, necesitamos hacer todo lo posible para despertar interés.

— Dudo mucho que mantener en secreto la autoría vaya a atraer a los medios.

— Al principio quizá no, pero no se trata de la obra mediocre de un desconocido, Armand: es brillante. Llevo años dedicándome al teatro profesional y amateur, y ésta es una de las mejores que he leído.

— Para un aficionado — puntualizó Gamache.

— Para cualquiera. Espera a verla y ya me dirás. Yo la pondría al mismo nivel que cualquier obra de Arthur Miller, Tom Stoppard o Michel Tremblay: está a medio camino entre Nuestra ciudad de Thornton Wilder y Las brujas de Salem de Miller.

Gamache estaba acostumbrado a la hipérbole, sobre todo viniendo de la gente de teatro, así que aquello no le sorprendió.

— No estoy poniendo en duda la calidad de la obra — repuso bajando la voz de modo que apenas fue audible sobre el crepitar del fuego en la leña seca —, pero me intriga el dramaturgo.

— No puedo decirte nada sobre él.

—¿Lo has conocido? — quiso saber Gamache.

Antoinette titubeó.

— No: Brian encontró el manuscrito de la obra entre los papeles de mi tío poco después de su muerte.

—¿Y por qué borraste el nombre del autor?

— Ya te lo he dicho: quería provocar cierto revuelo. Una vez que se estrene la obra, todo el mundo va a querer saber quién la escribió.

—¿Y qué piensas decirles? ¿Quién escribió Ella se sentaba y lloraba? — preguntó Gamache en voz baja.

A esas alturas, Antoniette parecía estar decididamente tensa.

—Brian lo ha dicho ya: fue un tal John Fleming.

— Yo conozco a un John Fleming — repuso él —, y tú también, y todos los demás. — La miró fijamente —. ¿Es ese John Fleming?

— No lo sé — contestó ella tras un breve silencio.

Gamache siguió mirándola hasta hacer que se ruborizara.

— Sí que lo sabes.

—¿Qué es lo que sabe? — intervino Gabri, que les llevaba unas tazas de café.

Cuando captó la tensión entre los dos ya era demasiado tarde.

— Por favor, dime que no se trata del mismo hombre — rogó Gamache hurgando en el rostro de Antoinette. Y entonces el suyo se desencajó y él añadió en un susurro apenas perceptible —: Dios mío, es él, ¿verdad?

—¿Es qué? — preguntó Gabri deseando poder retroceder, pero sabiendo que ya era tarde.

—¿Vas a contárselo? — le preguntó Armand —. ¿O lo hago yo?

—¿Si va a contarle qué? — intervino Myrna acercándose.

Armand fue hasta la mesa junto a la puerta, donde Gabri había dejado su ejemplar de la obra.

— Cuéntales quién escribió esto — exigió tendiéndoselo a Antoinette —. Cuéntales la verdadera razón por la que no querías que nadie lo supiera.

Cuando oyó su tono de voz, Reine-Marie se dio la vuelta para mirarlo: Armand estaba peligrosamente cerca de mostrarse grosero con un invitado, algo que muy rara vez había hecho desde que lo conocía. Evidentemente, en aquellos años no todos los invitados le habían caído bien ni había estado de acuerdo con todos ellos, desde luego, pero siempre había sido cortés.

Ahora, sin embargo, estaba rozando el límite; y entonces se pasó de la raya y le arrojó el ejemplar de la obra a Antoinette.

—¡Cuéntaselo! — insistió.

Ella lo cogió y se volvió hacia los demás invitados.

— Fue John Fleming.

— Eso ya lo sabemos — repuso Myrna —: nos lo ha dicho Brian esta tarde en el bistrot, ¿recuerdas?

—¿Y eso era lo que iba a emocionar tanto a la gente? — preguntó Gabri —. ¿Tu brillante plan de marketing? No es un nombre muy conocido que digamos.

— La cuestión es que sí lo es — repuso Armand —. En Canadá lo conoce todo el mundo... y también en Estados Unidos. Es un nombre famoso, tristemente famoso.

Todos parecían perplejos y auténticamente desconcertados por la conducta y la insistencia de Armand, pero entonces Myrna pareció desplomarse: de no haber estado ahí el sofá, habría acabado en el suelo. Brian le quitó la taza y el platillo antes de que se le cayeran de las manos.

—¿Ese John Fleming? — susurró la librera.

Lejos de venirse abajo, Gabri parecía haberse convertido en piedra y miraba fijamente a Antoinette: una Medusa entre ellos.

— No puede ser; dime que no has sido capaz de algo así.

Una vez en casa, con el corazón desbocado y la respiración entrecortada, Ruth cerró con llave y apoyó la espalda contra la puerta. Llevaba a Rosa en brazos y la apretó contra su pecho. Aquella fina hoja de madera era cuanto las separaba del extraño mundo que había engendrado a John Fleming.

Cuando recuperó el aliento, entró en la sala de estar, corrió las cortinas y sacó de su bolsa de redecilla el manuscrito que había robado.

Se preparó una taza de té, se sentó en su sillón, abrió el manuscrito y empezó a leer.

• • •

Los invitados se fueron y Armand se dirigió a la cocina. Reine-Marie oyó correr el agua del grifo y el tintinear de platos y cubiertos.

Y entonces el tintineo se interrumpió y sólo quedó el ruido del agua. Reine-Marie fue a la cocina y se detuvo en el umbral. Armand est

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