El cocinero del Alcyon (Comisario Montalbano 32)

Andrea Camilleri

Fragmento

Capítulo 1

1

Estaba bailando un vals al borde de una piscina, bien endomingado y perfumado, y sabía que la mujer que tenía entre los brazos era Livia, con la que se había casado hacía pocas horas. No le veía la cara por culpa del denso velo blanco que se la cubría.

De repente llegó una fuerte ráfaga de viento que lo apartó lo suficiente para permitirle descubrir que no se trataba de Livia, sino de la señorita Costantino, su maestra de tercero de primaria, con su bigote y su estrabismo. Del susto, sintió que le fallaban las fuerzas y cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, se encontró tumbado en el fondo de una barquita de remos que bailaba peligrosamente entre olas espeluznantes, altas como casas. De inmediato se dio cuenta de que la barca estaba inclinada y podía volcar de un momento a otro. Tenía que hacer algo, lo que fuera, sin perder un instante.

Iba todavía de punta en blanco, incluso con una corbata elegante, pero tenía la ropa tan empapada de agua de lluvia que casi ya era impermeable.

Las nubes eran bajas y negras y casi parecían una especie de sudario a punto de cubrirlo todo de un momento a otro. Señal de que la tormenta aún tenía que descargar.

Todavía no había conseguido comprender mínimamente ni el porqué ni el cómo de aquella situación. Recordaba vagamente que se había endomingado para ir a casarse, nada más.

De repente notó que uno de los remos se estaba saliendo del escálamo; tenía que impedirlo, porque si lo perdía no podría manejar la barca.

Trató de levantarse, pero la ropa, al estar tan empapada, entorpecía sus movimientos y lo mantenía fijado al casco.

Lo intentó de nuevo, aferrándose a los bordes de la barca, y logró sentarse. Entonces alargó un brazo y llegó a tocar el remo con la punta de los dedos, pero se le resbaló y cayó al agua.

¿Cómo iba a poder salir ahora de la situación en la que se encontraba? Tenía que recuperar el remo a toda costa.

Se puso en pie de un doloroso brinco, pero el viento le asestó un auténtico puñetazo que lo obligó a caer de rodillas. Soplaba con tal violencia que no le permitía mantener los ojos abiertos.

Los dejó cerrados un rato, en parte por lo mucho que le escocían, y cuando volvió a abrirlos de repente vislumbró la proa gigantesca de un velero enorme que avanzaba directamente hacia él y parecía volar.

¿Cómo era posible que no hubiera estado allí un minuto antes? ¿De dónde había salido?

Aterrorizado, decidió en cuestión de un instante que la única solución era tirarse al mar y tratar de alejarse todo lo posible.

Saltó, pero la violencia de las olas y el peso de la ropa le impedían nadar.

Presa de la desesperación, logró avanzar apenas unos pocos metros.

Luego oyó el crujido seco de la madera de la barca al partirse en dos por la proa.

Tuvo la impresión de que se había salvado de una buena, pero de golpe fue como si las olas se sulfuraran, alentadas por las que creaba la hélice del barco.

Una primera lo arrastró hacia abajo, pero sin saber cómo logró salir a la superficie. Sin embargo, no tuvo ni tiempo de recuperar el aliento, ya que una segunda estuvo a punto de arrancarle la cabeza.

Perdió el sentido y empezó a hundirse, hundirse...

Se encontró despierto e incorporado a medias en la cama, jadeando y con el corazón a mil y la boca abierta de par en par para coger aire.

Contra los cristales de la ventana, que tenía los postigos abiertos, repiqueteaban gotas del tamaño de garbanzos. No entraba luz y no sabía si era de día o de noche.

Miró el reloj, eran las seis y media.

En teoría, la hora de levantarse.

Pero ¿quién era el guapo que se animaba a salir con aquel tiempo de perros si en la comisaría no lo esperaban más que papeles para firmar?

Se echó la sábana por encima. Luego se levantó, abrió la ventana, cerró los postigos, cerró a su vez la ventana, volvió a acostarse y cerró algo más: los ojos.

Dottori, son más de las nueve. ¿Qué hago? ¿Le traigo el café?

La voz de Adelina fue como la trompeta del juicio final, la que despertaba a los muertos.

Volvió a incorporarse a medias de sopetón. ¡¿Más de las nueve?!

Lo cierto era que no tenía nada que hacer, pero tampoco le parecía decente presentarse en la comisaría justo antes de comer.

—Sí, tráemelo enseguida.

Había dejado de llover, pero estaba claro que era una mera pausa del temporal.

La asistenta le llevó una taza humeante. Saboreó el café hasta la última gota.

—No hay agua. Que lo sepa —advirtió Adelina.

Montalbano reaccionó mal.

—¡¿Cómo que no hay agua?! ¿Y eso cómo puede ser? ¡Con el diluvio que ha caído estos últimos días!

—¿Qué quiere que le diga, dottori? Si no hay, no hay.

—¿Y yo cómo me lavo?

—Le he recogido un poco y se la he puesto en el lavabo y en el bidet. Tendrá que bastarle.

—¿Y de dónde la has recogido?

—Como hace ya una hora que he llegado y en ese momento todavía estaba descargando, he llenado tres ollas y un balde de lo que caía por el canalón. Es agua de lluvia, agua limpia.

Sí, limpia. Y una mierda pinchada de un palo.

Había pasado por el canalón, que estaba repleto de cacas de rata, de gaviota y de paloma...

—¿Sabes qué te digo? Voy a asearme a comisaría. Y ya me cambio allí.

Salió de casa de un humor de perros.

Había escampado, pero delante de la puerta se topó con un lago y en los cuatro pasos que tuvo que dar para llegar hasta el coche se llenó los zapatos de barro.

Si había algo que no soportaba era ir con los zapatos sucios.

Podía dar media vuelta y coger unos limpios de casa, pero ¿cómo iba a presentarse en la comisaría con un par de zapatos en una mano y en la otra una bolsita de nailon con una muda? Giró la llave en el contacto y el motor no arrancó. Volvió a intentarlo. Nada. El coche parecía muerto.

No valía la pena bajar, levantar el capó y echar un vistazo; al fin y al cabo, no entendía nada de motores.

Apoyó la cabeza en el volante y se desfogó durante cinco minutos seguidos con una letanía de maldiciones. Luego bajó y volvió a entrar en casa.

—¿Se ha dejado algo?

—No, es que el coche...

Estaba a punto de llamar a la comisaría para que le mandaran un coche patrulla cuando Adelina dijo:

—Fíjese, justo ahora acaban de dar el agua.

¡Agua! De repente le vino a la cabeza un poema que había aprendido en el colegio cuando estudiaba francés:

Eau si claire et si pure,

bienfaisante pour tous...

Salió despepitado hacia el baño. No había tiempo que perder, no fuera a ser que la cortaran otra vez. Sobre todo, era mejor llegar tarde a la comisaría que presentarse hecho un refugiado.

¡Y encima los muy c

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