CONTENIDO
Portada
Dedicatoria
Lema
Prólogo. Después de la escalera
I. Rachel en el espejo
1. Setenta y tres james
2. Relámpago
3. J.J.
4. Grupo B
5. Acerca del luminismo
6. Distanciamientos
7. ¿Me has visto?
8. Granito
II. Brian
9. El gorrión
10. Vuelve la luz
11. Ansias
12. El collar
13. Refracción
14. Scott Pfeiffer, natural de grafton, vermont
15. Lluvia
16. Reaparición
17. Gattis
18. Choque cultural
19. Alden minerals, Ltd.
20. VHS
21. P380
22. El soplador de nieve
III. Rachel en el espejo
23. Oscuridad
24. Kessler
25. Qué llave
26. Boquilla
27. Culpa
28. El desatascador
29. Basta
30. Yo primario
31. El refugio
32. Confesión
33. El banco
34. El baile
35. Foto de familia
Agradecimientos
Créditos
A la memoria de David Wickham,
un prohombre de Providence
y un tipo genial
Si sólo das amor sin recibirlo a cambio
Más te vale que dejes a ese amor partir.
Bien sé yo que es así, y aun sabiéndolo
Yo sin ti no sé vivir.
BUDDY JOHNSON,
Since I Fell for You
Avanzo enmascarado.
RENÉ DESCARTES
PRÓLOGO
DESPUÉS DE LA ESCALERA
Un martes de mayo, a los treinta y cinco años de edad, Rachel mató a su marido de un disparo. Él retrocedió tambaleándose con un extraño semblante de aceptación, como si en el fondo siempre hubiera sabido que Rachel acabaría matándolo.
Su rostro también reflejaba sorpresa. Rachel dio por hecho que el de ella también.
La madre de Rachel no se habría sorprendido.
La madre de Rachel, que nunca estuvo casada, era autora de un célebre manual sobre cómo mantener vivo el matrimonio. Los capítulos del libro llevaban por título las distintas etapas que la doctora Elizabeth Childs había observado en toda relación cuyo estado inicial fuera el de la atracción mutua. El libro se titulaba La escalera y gozó de tan buena acogida que la editorial convenció a su madre (la «obligó», según ella) para que escribiera dos secuelas: Volver a subir la escalera y Los peldaños de la escalera: Un manual práctico, y cada uno vendió menos ejemplares que el anterior.
En la intimidad, su madre calificaba los tres libros de «charlatanería emocionalmente adolescente», pero guardaba cierto afecto nostálgico por La escalera ya que, durante su escritura, no había sido consciente de lo poco que sabía en realidad. Así se lo confesó a Rachel cuando su hija tenía diez años. Aquel mismo verano, después de los muchos cócteles trasegados una tarde, su madre sentenció: «Un hombre no es más que la suma de las historias que cuenta sobre sí mismo, y la mayor parte de esas historias son falsas. Nunca hurgues demasiado, porque si sacas a la luz sus mentiras, será humillante para ambos. Más vale vivir con el cuento.»
Luego le dio un beso en la coronilla. Unas palmaditas en la cara. Le dijo que no tenía por qué preocuparse.
Rachel tenía siete años cuando se publicó La escalera. Recordaba el teléfono sonando a todas horas, el trasiego de viajes, la recaída de su madre en el tabaco y el afectado y ansioso glamur que se apoderó de ella. Recordaba asimismo un sentimiento que apenas alcanzaba a expresar: que su madre, una mujer que nunca había sido feliz, vivió incluso más amargada tras el éxito. Años después, Rachel sospecharía que tal vez la fama y el dinero la habían privado de pretextos con los que justificar su infelicidad. Su madre, una mujer brillante a la hora de analizar los problemas del prójimo, nunca tuvo la menor idea de cómo diagnosticarse a sí misma. Luego la vida se le fue en la búsqueda de soluciones para conflictos que nacían, crecían, vivían y morían pura y estrictamente entre los límites de su intimidad. Rachel, por supuesto, ignoraba todo eso a los siete años, incluso a los diecisiete. Ella sólo sabía que era una niña desgraciada porque su madre era una mujer desgraciada.
El día que Rachel mató a su marido, se encontraba a bordo de un barco en la bahía de Boston. Él se mantuvo en pie apenas unos instantes —¿siete segundos?, ¿quizá diez?— antes de precipitarse por la borda de popa y caer al agua.
Sin embargo, en esos últimos segundos, sus ojos dejaron traslucir un sinfín de emociones.
Consternación. Autocompasión. Terror. Un abandono tan absoluto que rejuveneció ante sus ojos treinta años hasta transformarse en un niño de diez.
Ira también, por descontado. Indignación.
Una repentina y feroz determinación, como si, pese a la sangre que manaba de su corazón y se derramaba sobre la mano que se había llevado al pecho, tuviera la certeza de que no iba a pasarle nada, de que todo iría bien, de que saldría de aquélla. Al fin y al cabo, era un hombre fuerte, todo lo que había de valor en su vida lo había conseguido puramente a fuerza de voluntad y con esa misma voluntad podría superar aquel trance.
Luego vino la súbita toma de conciencia: no, no podría.
Miró entonces a Rachel fijamente, y la más incomprensible de las emociones se impuso en su semblante, eclipsando todas las demás:
Amor.
No, eso era imposible.
Y, sin embargo...
Era eso, sin duda. Un amor desaforado, desvalido, puro. Un amor que brotaba y salpicaba al mismo tiempo que la sangre en su camisa.
Articuló sin voz las palabras, como a menudo hacía para dirigirse a ella desde el extremo de alguna estancia concurrida: Te. Quiero.
Y a continuación cayó por la borda y desapareció bajo las aguas oscuras.
Dos días antes, si alguien le hubiera preguntado a Rachel si quería a su marido, habría dicho que sí.
A decir verdad, si alguien le hubiera formulado la misma pregunta mientras apretaba el gatillo, también habría dicho que sí.
Su madre le había dedicado todo un capítulo a esa incongruencia, el capítulo trece: «Discordancia.»
¿O quizá el capítulo siguiente, «El fin del antiguo relato», viniera más al caso?
Rachel no estaba segura. A veces los confundía.
I
RACHEL EN EL ESPEJO
1979-2010
1
SETENTA Y TRES JAMES
Rachel nació en el Valle de los Pioneros, una zona al oeste de Massachusetts conocida también como la Región de las Cinco Universidades —Amherst, Hampshire, Mount Holyoke, Smith y la Universidad de Massachusetts— que empleaba a dos mil docentes para impartir clases a veinticinco mil alumnos. Creció en un mundo de cafeterías, bed and breakfasts, grandes parques municipales y casas revestidas de listones de madera con porches envolventes y desvanes enmohecidos. En otoño, las hojas caían de los árboles a carretadas y atascaban las calles, desbordaban las aceras y obstruían las vallas de los jardines. Algunos inviernos, la nieve sumía el valle en un silencio tan denso que casi podía oírse. En julio y agosto, el cartero repartía el correo montado en una bicicleta con timbre en el manillar, y el lugar se llenaba de turistas que acudían a los tradicionales festivales de teatro veraniegos y a las ferias de antigüedades.
Su padre se llamaba James. Rachel apenas sabía nada más de él. Recordaba que tenía el pelo oscuro y ondulado, y una súbita y vacilante sonrisa. Recordaba también que, al menos en dos ocasiones, había ido con él a un parque de Berkshire donde había un tobogán verde oscuro y el cielo estaba tan encapotado que su padre tuvo que limpiar el columpio empapado por la humedad antes de sentarla. En una de aquellas ocasiones la había hecho reír, pero Rachel no recordaba el motivo.
Sabía que su padre había sido profesor universitario, pero ignoraba en qué centro o en calidad de qué, si como asociado, ayudante o titular interino. Ni siquiera sabía si la universidad donde impartía clases era una de las cinco que daban nombre a la región. Podría perfectamente haber sido en Berkshire, Springfield Technical, Greenfield CC o Westfield State, o en cualquier otra de las muchas universidades y escuelas universitarias de la zona.
Su madre daba clases en Mount Holyoke cuando James las abandonó. Rachel aún no había cumplido los tres años y nunca supo a ciencia cierta si había sido realmente testigo del momento en que su padre se marchó de casa o si tal vez sólo lo había imaginado para restañar la herida dejada por su ausencia. Aquel año estaban viviendo en una casita de alquiler, en Westbrook Road, y Rachel recordaba oír a su madre al otro lado de la pared, diciendo: «¿Me has oído? Como salgas por esa puerta, te borraré de mi vida.» Y al poco, el sonido de una pesada maleta golpeteando los peldaños de la escalera de atrás, seguido del chasquido seco de un maletero al cerrarse. El rasposo y silbante runrún de un motor frío al cobrar vida en el interior de un pequeño utilitario, luego el crujido de las hojas invernales y la tierra helada bajo los neumáticos y después... silencio.
Quizá su madre no creyó que fuera a marcharse de verdad. Quizá, al ver que se marchaba, se convenció a sí misma de que regresaría. Pero como no volvió, su desengaño se convirtió en odio y el odio se volvió insondable.
—Se fue —le dijo a Rachel cuando ésta tenía cinco años y empezaba a asediarla sobre el paradero de su padre—. No quiere saber nada de nosotras. Pero no importa, cielo, porque no nos hace ninguna falta para ser quienes somos. —Se arrodilló delante de ella y le remetió un pelo suelto por detrás de la oreja—. Y ya no vamos a hablar de él nunca más. ¿De acuerdo?
Pero Rachel, naturalmente, siguió hablando de él y preguntando sobre él. Al principio, esa curiosidad exasperaba a su madre; un pánico salvaje centelleaba en sus ojos y le dilataba las aletas de la nariz. Hasta que finalmente el pánico cedió el paso a una extraña sonrisita. Tan discreta que apenas llegaba a sonrisa, más bien era un ligero repunte de la comisura derecha de los labios que conseguía ser ufano y triunfal, todo al mismo tiempo.
Rachel tardaría años en interpretar la aparición de aquella sonrisita como la decisión de su madre (si consciente o no, nunca llegaría a saberlo) de convertir la identidad de su padre en el principal campo de batalla en una guerra que habría de empañar por entero la juventud de Rachel.
Su madre prometió que le revelaría el apellido de James el día que cumpliera los dieciséis años, siempre y cuando Rachel hubiera dado muestras de poseer la madurez suficiente para asimilarlo. Aquel verano, sin embargo, poco antes de cumplir los dieciséis, Rachel fue detenida en un coche robado junto con Jarod Marshall, un chico con quien, según había prometido a su madre, ya había dejado de verse. La siguiente fecha señalada para desvelar la incógnita era el día de su graduación de secundaria, pero aquel año, tras cierto descalabro relacionado con unas pastillas de éxtasis en el baile de gala del instituto, suerte tuvo de graduarse siquiera. Luego la cosa quedó en que si estudiaba una carrera, previo paso por algún curso puente para mejorar un poco el currículum antes de entrar en una universidad «de verdad», tal vez entonces se lo contara.
El asunto era motivo de continuas trifulcas entre ellas. Rachel gritaba y arrojaba trastos al suelo, y la sonrisita de su madre se volvía cada vez más fría y más leve. «¿Por qué?», le repetía a Rachel una y otra vez.
«¿Por qué quieres saberlo? ¿Qué falta te hace conocer a un extraño que nunca ha tenido nada que ver con tu vida ni tu bienestar económico? ¿No crees que deberías ocuparte de esas partes de ti que te están haciendo tan infeliz antes de embarcarte en la búsqueda de un hombre que no va a poder darte respuestas ni ofrecerte paz alguna?»
—¡Porque es mi padre! —respondió Rachel a voz en grito más de una vez.
—No es tu padre —replicó su madre con meliflua compasión—. Es mi donante de esperma.
Se lo dijo al término de una de sus peores trifulcas, el Chernóbil de los enfrentamientos maternofiliales. Rachel, derrotada, dejó resbalar el cuerpo por la pared de la sala de estar y masculló:
—Me estás matando.
—Te estoy protegiendo —corrigió Elizabeth.
Rachel levantó la vista y descubrió, horrorizada, que su madre lo decía convencida. Peor aún, que hacía virtud de ese convencimiento.
El año que Rachel empezó su carrera universitaria en Boston, mientras ella asistía a una clase de Introducción a la literatura británica desde 1550, su madre se saltó un semáforo en Northampton y un camión de gasolina que circulaba a la velocidad reglamentaria impactó lateralmente contra su Saab. Al principio se temió que el choque hubiera perforado la cisterna del camión, pero no fue el caso. El camión cisterna sólo había volcado, con el consiguiente alivio para los bomberos y los servicios de emergencia que llegaron incluso desde Pittsfield al lugar del siniestro: el cruce se hallaba en una zona densamente poblada, junto a una residencia de ancianos y un jardín de infancia situado a ras de calle.
El conductor del camión cisterna sufrió un leve latigazo cervical y se rompió un ligamento de la rodilla derecha. Elizabeth Childs, antaño famosa escritora, falleció en el acto. Si bien su fama a nivel nacional había decaído hacía tiempo, localmente seguía gozando de cierta celebridad. Tanto el Berkshire Eagle como el Daily Hampshire Gazette publicaron su necrológica en primera plana, por debajo del pliegue central, pero aunque la asistencia a su funeral fue notable, la reunión posterior en su casa no estuvo tan concurrida. Rachel acabó donando gran parte de las viandas a un albergue para indigentes. Conversó con algunas amistades de su madre, en su mayoría mujeres, y con un señor, Giles Ellison, profesor de Ciencias Políticas en Amherst, con quien Rachel sospechaba desde hacía tiempo que su madre había mantenido una relación esporádica. La atención especial que las señoras dispensaron a Giles y la circunspección de éste corroboraron dicha sospecha. El señor Ellison, un hombre por lo general sociable, entreabría los labios una y otra vez como si se dispusiera a decir algo pero al momento cambiara de opinión. Recorría la casa con la mirada como empapándose de su contenido, como si todo le resultara familiar y en algún momento le hubiera procurado consuelo. Como si aquellos objetos fueran todo lo que le quedaba de Elizabeth y estuviera haciendo inventario, consciente de que ya nunca volvería a posar su mirada en ellos, ni en ella. Al verlo enmarcado por el ventanal de la salita que daba a Old Mill Lane aquel lloviznoso día de abril, a Rachel la asaltó una profunda lástima de Giles Ellison, al que veía envejecer a ojos vistas camino de la jubilación y la obsolescencia. Él, que había confiado en transitar por ese rito iniciático en compañía de una mordaz leona, ahora tendría que hacerlo a solas. Sería muy difícil que encontrara a una pareja que irradiara la inteligencia y la fiereza de Elizabeth Childs.
A decir verdad, Elizabeth Childs había sido una mujer radiante a su mordaz y entrometida manera. No entraba en las habitaciones, se deslizaba majestuosamente en ellas. No atraía a amistades y colegas, los congregaba a su alrededor. Nunca echaba una cabezada, casi nunca se la veía cansada y nadie recordaba que hubiera caído enferma alguna vez. Cuando Elizabeth Childs abandonaba una habitación percibías su ausencia, aunque llegaras después de que ella se hubiera marchado. Cuando Elizabeth Childs abandonó este mundo, provocó esa misma sensación.
Rachel se sorprendió al constatar lo poco preparada que estaba para asimilar esa pérdida. Su madre había sido muchas cosas, la mayoría negativas en opinión de su hija, pero siempre había estado absolutamente «presente». Y de pronto estaba absoluta, y violentamente, ausente.
Aun así, la vieja incógnita seguía sin respuesta. Y el acceso directo a su esclarecimiento había desaparecido junto con su madre. Elizabeth se había negado a brindarle la respuesta, pero no cabía duda de que la conocía. Muerta ella, posiblemente ya no la conocía nadie.
Por muy bien que Giles, sus amigas, su agente, su editor y sus colaboradores hubieran conocido a Elizabeth Childs —y todos parecían tener una visión de ella que difería leve pero sustancialmente de la mujer que Rachel había conocido—, ninguno de ellos la había tratado a lo largo de tanto tiempo como su hija.
—Ojalá pudiera contarte algo sobre James —le dijo en cierta ocasión Ann Marie McCarron, la amiga a la que Elizabeth conocía de más antiguo en la zona, cuando ya llevaban bastante alcohol en el cuerpo como para que Rachel se atreviera a abordar el tema de su padre—, pero la primera vez que salí con tu madre ellos llevaban ya meses separados. Recuerdo que daba clases en Connecticut.
—¿Connecticut?
Estaban sentadas en el porche acristalado de la parte trasera de la casa, sólo a treinta y cinco kilómetros de la frontera norte de Connecticut con Massachusetts, pero a Rachel nunca se le había ocurrido que, en lugar de las Cinco universidades o de los otros quince centros universitarios desperdigados por el territorio de los Berkshires que caía del lado de Massachusetts, su padre hubiera podido dar clase a media hora de distancia en dirección sur, en Connecticut.
—¿En la Universidad de Hartford? —le preguntó a Ann Marie.
Ann Marie arrugó los labios y la nariz al mismo tiempo.
—No lo sé. Puede ser. —Le pasó el brazo por encima—. Ojalá pudiera ayudarte. Y ojalá tú te olvidaras de ese asunto.
—¿Por qué? —replicó ella (el sempiterno «por qué», como Rachel había dado en verlo)—. ¿Tan mala persona era?
—Nunca oí que fuera mala persona —dijo Ann Marie con una mueca triste, arrastrando un poco las palabras. Miró la neblina cenicienta que cubría las grises colinas al otro lado de la cristalera y añadió con tajante firmeza—: Cariño, a mí sólo me dijeron que había cambiado de vida.
Su madre le legó todos sus bienes en el testamento. Era menos de lo que Rachel habría imaginado pero más de lo que a sus veintiún años necesitaba para mantenerse. Si llevaba una vida austera e invertía con sensatez el dinero, posiblemente podría vivir de la herencia durante diez años.
Rachel encontró los dos anuarios de su madre en su despacho, guardados en un cajón cerrado con llave: el de la North Adams High School y el del Smith College. El máster y el doctorado los había obtenido por la Johns Hopkins (Dios, con tan sólo veintinueve años de edad, reparó Rachel), pero de aquella etapa sólo dejaban constancia los diplomas enmarcados y colgados junto a la chimenea. Rachel repasó los anuarios tres veces, imponiéndose la máxima lentitud al pasar las páginas. En total encontró cuatro fotos de su madre, dos oficiales y otras dos de grupo. Era imposible que diera con ningún alumno llamado James en el anuario del Smith College, puesto que se trataba de una institución sólo para chicas, pero sí encontró a dos miembros del equipo docente, ninguno de los cuales coincidía por edad ni tenía el pelo moreno. En el anuario de la North Adams High School había seis alumnos llamados James, dos de los cuales podrían haber sido el que buscaba: James McGuire y James Quinlan. Tras media hora de indagaciones en el ordenador de la biblioteca municipal de South Hadley, descubrió que el tal James McGuire de la North Adams había quedado paralítico en un accidente haciendo rafting cuando todavía era un joven universitario; James Quinlan, por su parte, había estudiado Administración de Empresas en la Universidad de Wake Forest y apenas se había movido de Carolina del Norte, donde había fundado una próspera cadena de establecimientos especializados en muebles de madera de teca.
El verano antes de vender la casa, Rachel visitó Berkshire Security Associates, donde se había dado cita con el investigador privado Brian Delacroix, un hombre de porte grácil y atlético que apenas le llevaba unos años. Se vieron en un edificio de un polígono industrial de Chicopee, en cuya primera planta tenía su oficina. Era un despacho minúsculo, con apenas cabida para Brian, su escritorio, dos ordenadores y una hilera de archivadores. Cuando Rachel le preguntó quiénes eran los associates que figuraban en el nombre de la empresa, Brian le explicó que el asociado era él. La sede central de Berkshire Security estaba en Worcester. Su oficina de Chicopee era una delegación que él acababa de abrir en régimen de franquicia. Brian se ofreció a derivarla a un colega más veterano, pero a Rachel no le apeteció lo más mínimo meterse otra vez en el coche y desplazarse hasta Worcester, así que se lió la manta a la cabeza y le explicó el porqué de su visita. Brian le hizo unas preguntas, tomó notas en un bloc de color amarillo y la miró a los ojos lo bastante a menudo como para que Rachel advirtiera en los suyos una ternura exenta de malicia que no se correspondía con su edad. Le causó la impresión de ser un hombre responsable y todavía lo bastante novato en el oficio como para no haberse maleado, opinión que se vio corroborada dos días más tarde cuando Brian le aconsejó que no contratara sus servicios, ni los de él ni los de ningún otro, a decir verdad. Le dijo que podía aceptar su caso y terminar facturándole como poco cuarenta horas de trabajo, pero que al final iba a llegar a la misma conclusión que podía ofrecerle en ese momento.
—Con la información de la que dispone, no podrá encontrar a ese hombre.
—Para eso lo contrato a usted.
Brian se rebulló en el asiento.
—He hecho algunas indagaciones desde que nos vimos la primera vez. Poca cosa, nada como para cobrarle...
—Le pagaré.
—... pero no necesito más. Si se llamara Trevor o, yo qué sé, Zachary, pongamos por caso, quizá habría alguna posibilidad de localizar a un sujeto que dio clase hace veinte años en uno de los más de veinticuatro centros de enseñanza superior de Massachusetts o Connecticut. Pero siento decirle, señorita Childs, que he efectuado un somero rastreo informático y en los últimos veinte años, por los veintisiete centros que he identificado como posibles, han pasado setenta y tres —asintió con la cabeza ante la reacción de asombro de Rachel— profesores asociados, suplentes, auxiliares e interinos que se llamaban James. Algunos han durado un semestre, otros, menos, mientras que otros en cambio se han hecho con la titularidad.
—¿Puede conseguir sus historiales laborales o fotografías de archivo?
—En algún caso, seguro que sí; puede que en la mitad de ellos. Pero si nuestro James no se encuentra entre esa mitad (además, tampoco sé cómo pensaba identificarlo), tendríamos que averiguar el paradero de los otros treinta y cinco, que a juzgar por lo que reflejan las actuales tendencias demográficas estarán repartidos por los cincuenta estados del país, y luego buscar fotografías suyas de hace veinte años. Con lo cual no serían cuarenta horas de trabajo lo que le tendría que cobrar, sino cuatrocientas. Y ni aun así podría garantizarle que diéramos con él.
Rachel experimentó una sucesión de emociones: ansiedad, rabia, impotencia, que desencadenó más rabia, y finalmente un enojo incontenible con aquel imbécil tan poco dispuesto a hacer su trabajo. Peor para él, ya se buscaría a otro.
Brian leyó todo eso en su mirada y en el modo en que Rachel atrajo el bolso hacia sí.
—Y si se le ocurre llamar a otra puerta, tan pronto como vean que tienen delante a una jovencita que acaba de heredar, le chuparán la sangre y aun así saldrá de allí con las manos vacías. Y ese robo, porque a mi juicio no será otra cosa, estará dentro de la legalidad. O sea que además de huérfana, encima será pobre. —Se inclinó hacia ella y le preguntó en voz baja—: ¿Dónde nació?
Rachel inclinó la cabeza hacia la ventana que daba al sur.
—En Springfield.
—¿Tiene el certificado de nacimiento del hospital?
Rachel asintió.
—El padre figura como «DESCONOCIDO».
—Pero en aquel momento eran pareja, Elizabeth y James...
Rachel asintió de nuevo.
—Mi madre me contó, un día que llevaba unas copas de más, que la noche que se puso de parto estaban peleados y él se había marchado de la ciudad. Así que dio a luz y, despechada por su ausencia, se negó a que constara en el certificado.
Los dos guardaron silencio.
—Entonces, ¿no piensa aceptar mi caso? —le preguntó Rachel finalmente.
Brian Delacroix dijo que no con la cabeza.
—Olvídese de él.
Rachel se levantó, con los brazos temblando, y le dio las gracias por su atención.
Rachel encontró fotografías guardadas por toda la casa: en la mesita de noche del dormitorio de su madre, en una caja en el desván, en un cajón repleto de ellas en el despacho de su madre. El ochenta y cinco por ciento de aquellas fotos eran de ellas dos. Rachel se asombró al ver el evidente amor por ella que reflejaban los ojos claros de su madre, aunque, para variar, incluso en las fotos había turbulencia en ese amor, como si se lo estuviera replanteando. El quince por ciento restante de las fotos eran de amigos y compañeros de la universidad y de sus tiempos en la editorial, la mayoría tomadas en fiestas celebradas durante las vacaciones o en comidas al aire libre a principios de verano, y en dos de ellas se veía a su madre en un bar con gente que Rachel no reconoció pero que a todas luces pertenecía al mundo académico.
En ninguna aparecía un hombre moreno de pelo ondulado y sonrisa vacilante.
Los diarios de su madre los encontró al vender la casa. Entonces Rachel ya había terminado sus estudios en Emerson y se disponía a abandonar Massachusetts para estudiar el doctorado en Nueva York. La vieja casa victoriana de South Hadley donde Rachel y su madre habían vivido desde que ella cursaba tercero albergaba pocos recuerdos agradables; siempre había tenido la impresión de que era una casa encantada. («Pero son fantasmas eruditos —le decía su madre cuando un crujido misterioso llegaba reptando desde el fondo de un pasillo o se oían golpes en el desván—. Estarán allá arriba leyendo a Chaucer y tomándose una tisana.»)
Los diarios no los encontró en el desván. Estaban en el sótano, dentro de un arcón, debajo de ejemplares arrumbados de ediciones extranjeras de La escalera. Los había escrito en cuadernos pautados y las entradas eran tan aleatorias como ordenada había sido su madre en su vida cotidiana. La mitad no llevaban fecha, y podían transcurrir meses, en un caso incluso un año, sin que su madre escribiera nada. El tema más recurrente era el miedo. Antes de La escalera ese miedo era económico: como profesora de Psicología nunca ganaría lo suficiente para saldar sus préstamos universitarios, y no digamos ya para mandar a su hija a un buen colegio privado y más adelante a una buena universidad. Después de que su libro saltara a la lista de los más vendidos en todo el país, su temor era no ser capaz de escribir otro que estuviera a la altura. También temía que alguien la llamara a capítulo, como al rey desnudo del cuento, por perpetrar un fraude que se pondría en evidencia cuando publicara de nuevo. Ese temor resultó ser profético.
Sin embargo, sobre todo temía por su hija. Rachel se vio crecer a lo largo de aquellas páginas y pasar de ser una fuente de orgullo revoltosa, alegre y de vez en cuando exasperante («Es tan juguetona como él... Tiene un corazón tan bueno y generoso que me aterra pensar lo que le hará la vida...»), a una insatisfecha autodestructiva y desesperante («Sus sarcásticos desplantes no me inquietan tanto como la promiscuidad; por el amor de Dios, si sólo tiene trece años... Juega con fuego y luego se lamenta porque se quema y encima me echa a mí la culpa de haberse lanzado a las llamas»).
Quince páginas más adelante, Rachel se topó con la siguiente entrada: «Debo enfrentarme a esa vergüenza: no he sabido estar a la altura como madre. Nunca he tenido paciencia para lóbulos frontales inmaduros. En lugar de dar ejemplo de serenidad como debería, salto a la más mínima, me desespero. La pobre ha crecido con una brusca reduccionista. Y sin padre, para colmo. Todo eso ha dejado un gran vacío en su interior.»
Unas páginas más adelante, volvía sobre el tema: «Me preocupa que desperdicie su vida buscando algo con lo que llenar ese vacío, que se pierda en modas pasajeras, en engañabobos místicos, en terapias New Age, que le dé por automedicarse. Ella se cree rebelde y resistente, pero sólo es una de las dos cosas. La veo tan, tan necesitada...»
Un poco más adelante, en una entrada sin fecha, Elizabeth Childs escribía: «Ahora mismo está postrada en una cama extraña, enferma y más necesitada que de costumbre. Vuelve el pertinaz interrogante: “¿Quién es mi padre, mamá?” La veo tan frágil... delicada, tierna y frágil. Mi queridísima Rachel vale mucho, pero de fuerte no tiene nada. Si le digo quién es James, no parará hasta dar con él. Y él le romperá el corazón en mil pedazos. ¿Por qué voy a concederle ese poder a un hombre así? Después de todo este tiempo, ¿por qué permitirle que le haga daño otra vez? ¿Que joda ese maltrecho y hermoso corazoncito? Hoy lo he visto.»
Rachel, sentada en el penúltimo peldaño de la escalera que daba al sótano, contuvo la respiración. Apretó los bordes del cuaderno y se le nubló la vista.
«Hoy lo he visto.»
«Él a mí no. He aparcado un poco más adelante. Él estaba en el jardín de la casa que encontró después de abandonarnos. Y ellos estaban con él: la esposa de recambio, los niños de recambio. Se está quedando calvo y ha echado barriga y papada. Triste consuelo. Es feliz. No te joroba. Es feliz. ¿No era eso lo peor que podía pasar? Ni siquiera creo en la felicidad —al menos no como ideal ni como auténtico estado del ser; me parece una aspiración infantil—, y, sin embargo, él es feliz. Esa felicidad habría peligrado con esta hija que nunca deseó, y menos aún después de que naciera. Porque le recordaba a mí. A lo mucho que había terminado detestándome. Y le habría hecho daño a Rachel. Yo fui la única persona en su vida que se negó a adorarlo y eso él nunca se lo habría perdonado a Rachel. Habría dado por hecho que yo le hablaba mal de él, y James, ya se sabe, se toma tan en serio y tiene un concepto tan elevado de sí mismo que nunca ha soportado las críticas.»
Rachel había guardado cama sólo una vez en su vida: en el segundo curso de secundaria. Contrajo la mononucleosis infecciosa poco antes de las vacaciones de Navidad. Resultó oportuno que ocurriera en esas fechas porque tardó trece días en salir de la cama y cinco más en reponerse para volver al colegio. Al final, sólo perdió tres días de clase.
El caso es que tuvo que ser en esa franja de tiempo cuando su madre vio a James, pues coincidía también con la temporada en que había estado trabajando como profesora invitada en la Wesleyan University. Aquel año vivían en una casa de alquiler en Middletown, Connecticut, y en aquella «cama extraña» era donde Rachel había estado postrada. Su madre, recordó en ese momento Rachel con desconcertado orgullo, sólo se había apartado de su vera un momento en el transcurso de la enfermedad, para salir a hacer acopio de comestibles y vino. Rachel acababa de empezar a ver el vídeo de Pretty Woman y cuando su madre regresó de la compra la película aún no había terminado. Le puso el termómetro, comentó que la dentuda sonrisa de Julia Roberts le producía «un repelús cósmico» y luego se fue a la cocina a descargar las bolsas de la compra.
Cuando regresó al dormitorio, con una copa de vino en una mano y un paño húmedo y caliente en la otra, miró a Rachel con aire desvalido y, como ansiando que le diera la razón, le dijo:
—No nos ha ido tan mal, ¿verdad?
Rachel levantó la vista mientras su madre le colocaba el paño sobre la frente.
—Claro que no —le contestó, porque así lo creía entonces.
Su madre le dio unas palmaditas en la mejilla y desvió la mirada hacia el televisor. La película estaba terminando. El príncipe azul, Richard Gere, acudía con un ramo de flores al rescate de su princesa, Julia, una chica de la calle. Le tendía bruscamente el ramo y Julia saltaba de la risa al llanto, con la música de fondo a todo volumen.
—Otra vez con la sonrisita, qué pesadez... —dijo su madre.
Eso situaba la entrada del diario en diciembre de 1992. O principios de enero de 1993. Ocho años después, sentada en los peldaños del sótano, Rachel cayó en la cuenta de que su padre había residido en un radio de cincuenta kilómetros de distancia de Middletown. A lo sumo. Su madre había pasado por la calle donde vivía James, se había quedado un rato espiándolo allí con su familia y después había parado primero en la tienda de comestibles y luego en la bodega para comprar el vino, todo en menos de dos horas. Eso significaba que James estaba dando clases no muy lejos de allí, en la Universidad de Hartford, lo más probable.
—Eso suponiendo que todavía diera clases —apuntó Brian Delacroix cuando Rachel lo llamó por teléfono.
—Cierto.
Brian convino, sin embargo, en que ese nuevo dato le permitiría tirar del hilo y aceptar su caso y su dinero sin temor a mirarse al espejo por las mañanas. De manera que, a finales del verano de 2001, Brian Delacroix y Berkshire Security Associates emprendieron la investigación sobre la identidad de su padre.
Sin ningún resultado.
Ningún profesor llamado James que hubiera dado clases aquel año en alguno de los centros de enseñanza superior de la zona norte de Connecticut cumplía los requisitos. Uno era rubio, otro, afroamericano, y el tercero tenía veintisiete años.
Una vez más, le aconsejó que se olvidara del asunto.
—Me marcho —dijo Brian.
—¿De Chicopee?
—De la empresa. Bueno, y de Chicopee también, claro. Me he cansado de ser detective privado. Es muy deprimente. Tengo la impresión de que lo único que hago es defraudar a la gente, incluso cuando resuelvo el caso por el que me han pagado. Lamento no haber podido ayudarte, Rachel.
Rachel sintió como un vacío por dentro. Otra despedida más. Otra persona que, por leve que fuera la huella dejada en su vida, iba a marcharse tanto si a ella le gustaba como si no. Y no podía decir nada.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó.
—Creo que me volveré a Canadá.
Lo dijo con firmeza, como si se tratara de una decisión que había tenido pendiente toda su vida.
—¿Eres canadiense?
Brian dejó escapar una risita.
—Efectivamente.
—¿Qué te espera allí?
—La empresa familiar. Industria maderera. ¿Y a ti cómo te va?
—Con el doctorado, estupendamente. Pero en Nueva York, ahora mismo, no tanto.
Estaban a finales de septiembre de 2001; apenas habían transcurrido tres semanas desde la caída de las torres gemelas.
—Claro —dijo él con gravedad—. Claro. Espero que te vaya todo bien. Te deseo lo mejor, Rachel.
Rachel se sorprendió de lo íntimo que sonaba su nombre pronunciado por los labios de Brian. Imaginó su mirada al otro lado del auricular, la ternura de aquellos ojos, y se sintió un tanto contrariada por no haber reparado antes en la atracción que sentía por él.
—Así que Canadá, ¿eh? —dijo.
Brian soltó una risita de nuevo.
—Canadá.
Y se despidieron.
En el sótano de Waverly Place, en Greenwich Village, donde Rachel vivía y desde el que podía ir andando a muchas de sus clases de la Universidad de Nueva York, todavía se respiraban el hollín y las cenizas que cubrieron la parte baja de Manhattan durante el mes posterior al 11 de septiembre. El día del atentado, una densa polvareda formada por restos de pelos, fragmentos de huesos y células se había acumulado sobre las repisas de sus ventanas, como una leve capa de nieve. El aire olía a quemado. Por la tarde, salió a dar una vuelta sin rumbo fijo y pasó por delante de la entrada de Urgencias del Hospital Saint Vincent, donde una hilera de camillas aguardaba a pacientes que nunca llegaron. En los días posteriores empezaron a aparecer fotografías en las paredes y las rejas del hospital, casi siempre acompañadas de un sencillo mensaje: «¿Ha visto a esta persona?»
No, no las había visto. Esas personas habían desaparecido.
La sensación de pérdida que la rodeaba era muy superior a la que hubiera podido experimentar en su propia vida. Dondequiera que mirara había dolor, plegarias desatendidas y un caos mayúsculo cuyos efectos se dejaron sentir en tantos aspectos —sexual, emocional, psicológico, moral— que no tardó en convertirse, para bien y para mal, en un vínculo que los unió a todos.
Todos estamos perdidos, comprendió Rachel, y se propuso restañar su propia herida como mejor pudiera y no volver a hurgar nunca más en la cicatriz.
Aquel otoño encontró en uno de los diarios de su madre dos frases que repetiría para sí cada noche antes de acostarse durante semanas, a modo de mantra.
«James no estaba hecho para nosotras», había escrito.
«Ni nosotras para él.»
2
RELÁMPAGO
El primer ataque de pánico le sobrevino en otoño del año 2001, justo después del Día de Acción de Gracias. Mientras iba caminando por Christopher Street, pasó junto a una chica de su edad sentada en una escalera de forja, bajo el arco del portal de un bloque de apartamentos. La chica lloraba cubriéndose la cara con las manos, algo nada raro en Nueva York por aquel entonces. La gente lloraba en los parques, en los servicios, en el metro; unos en silencio, otros a pleno pulmón. Había llanto por todas partes. Aun así, no podías pasar de largo, tenías que preguntar.
—¿Estás bien? —le preguntó Rachel, alargando una mano para tocarla.
La chica rehuyó el contacto.
—¿Qué haces?
—Sólo quería saber si estabas bien.
—Estoy perfectamente. —Rachel observó que tenía la cara seca. Estaba fumando; no se había fijado en el cigarrillo—. ¿Y tú, tú estás bien?
—Sí, claro —respondió Rachel—. Sólo quería...
La chica le estaba ofreciendo unos pañuelos de papel.
—No te preocupes. Desahógate.
Aquella chica no tenía ni una lágrima en la cara. No tenía los ojos enrojecidos. No se estaba tapando la cara. Se estaba fumando un cigarrillo.
Rachel aceptó los pañuelos. Al acercarlos a la cara notó las lágrimas empozadas en torno a la nariz antes de resbalar por ambos lados de la mandíbula y caer por la barbilla.
—No te preocupes —repitió la chica.
Pero miró a Rachel como si su comportamiento fuera preocupante, muy preocupante. Miró a Rachel y luego apartó la mirada, como deseando que alguien acudiera en su rescate.
Rachel farfulló unas palabras de agradecimiento y se alejó tambaleándose. Llegó hasta la esquina de Christopher Street con Weehawken. Una furgoneta roja esperaba en punto muerto a que cambiaran las luces del semáforo. El conductor clavó sus ojos claros en Rachel. Le sonrió mostrándole unos dientes amarilleados por la nicotina. Ya no eran sólo lágrimas lo que Rachel derramaba, sino goterones de sudor. Se le cerró la garganta. Notaba como si tuviera allí atorado algo que la asfixiaba, pese a que no había comido nada aquella mañana. Se ahogaba. Joder, se estaba ahogando. La garganta no se le abría. Tampoco la boca. Tenía que abrir la boca como fuera.
El conductor se apeó de la furgoneta. Se dirigió hacia ella con sus ojos claros, la cara pálida y angulosa, los cabellos pelirrojos cortados al rape y cuando lo tuvo encima...
Resultó que era negro. Y más bien rechoncho. No tenía los dientes amarillentos, sino blancos como la nieve. Se arrodilló a su lado (¿qué hacía ella allí de pronto sentada en la acera?) y la miró con aquellos ojos castaños, muy abiertos y asustados.
—¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llame a alguien, señorita? ¿Puede ponerse en pie? Tome, yo la ayudo.
Rachel aceptó su mano y el hombre la ayudó a levantarse en la esquina de Christopher con Weehawken. Ya no era por la mañana. El sol empezaba a esconderse. Las aguas del Hudson habían adquirido un leve tinte ambarino.
Aquel hombre amable y regordete la estrechó contra sí y Rachel lloró en su hombro. Lloró y le hizo prometer que se quedaría allí con ella, que nunca la dejaría.
—¿Cómo se llama? —le preguntó—. Dígame cómo se llama.
Se llamaba Kenneth Waterman, y Rachel, naturalmente, nunca más volvió a verlo. La acompañó a casa en su furgoneta roja, que no era el voluminoso furgón con olor a grasa de motor y ropa interior sucia que ella había imaginado, sino un monovolumen familiar con sillitas para niños en la hilera central y migas de Cheerios en las alfombrillas. Kenneth Waterman tenía esposa y tres hijos y vivía en Fresh Meadows, Queens. Era ebanista de profesión. La dejó en su casa y se ofreció a llamar de su parte a algún familiar, pero Rachel le aseguró que ya estaba bien, que se encontraba perfectamente, lo que pasa es que esta ciudad, a veces, ya se sabe.
El señor Waterman se quedó mirándola preocupado, pero detrás de ellos se formaba ya una caravana de coches y empezaba a oscurecer. Sonó un claxon. Y luego otro. El señor Waterman le tendió una tarjeta —KENNY’S CABINETS— y le dijo que podía llamarlo a cualquier hora. Rachel le dio las gracias y se apeó del vehículo. Mientras veía alejarse la furgoneta, reparó en que ni siquiera era roja sino de color bronce.
Rachel aplazó las clases del semestre siguiente en la NYU. Apenas salía de casa, salvo para ir a pie hasta Tribeca, donde su psiquiatra pasaba consulta. Se llamaba Constantine Propkop y el único dato que reveló sobre su persona durante todo el tiempo que estuvo tratándola fue que su familia y sus amigos se empeñaban en llamarlo Connie. Connie intentó convencerla de que escudarse en aquella tragedia nacional para no reconocer la profundidad de su propio trauma le estaba causando un grave perjuicio.
—Mi vida no tiene nada de trágico —replicó Rachel—. Claro que me han pasado algunas cosas tristes, ¿a quién no? Pero me cuidaron bien, me alimentaron bien y crecí en una buena casa. No es como para echarse a llorar, ¿no?
Connie la miró desde el otro extremo de la pequeña consulta.
—Tu madre te negó un derecho fundamental: conocer la identidad de tu padre. Te tiranizó emocionalmente para mantenerte a su lado.
—Lo hizo para protegerme.
—¿Protegerte de qué?
—De acuerdo —se corrigió Rachel—, ella creía que me protegía de mí misma, de lo que podría haber hecho al saber quién era él.
—¿De verdad era por eso?
—¿Por qué si no?
A Rachel le entraron ganas de tirarse por la ventana que Connie tenía detrás.
—Si una persona posee algo que tú no sólo deseas sino que necesitas de verdad, ¿qué es lo que nunca le harías a esa persona?
—No me diga que odiarla, porque la odié y mucho.
—Dejarla —dijo—. Nunca dejarías a esa persona.
—Mi madre era la mujer más independiente que he conocido en mi vida.
—Mientras te tuviera aferrada a sus faldas, podía dar esa impresión. Pero ¿qué ocurrió cuando te fuiste? ¿Cuando sintió que te estabas distanciando de ella?
Rachel sabía dónde pretendía ir a parar. A fin de cuentas, era hija de psicóloga.
—Que le den, Connie. Por ahí no paso.
—¿Por dónde no pasas?
—Fue un accidente.
—Una mujer que según tu propia descripción siempre estaba superalerta, una mujer superconsciente, supercompetente, que no había consumido drogas ni alcohol el día de su fallecimiento... ¿Una mujer así va y se salta un semáforo en rojo con el asfalto perfectamente seco y a plena luz del día?
—Ahora resulta que yo maté a mi madre.
—Eso es justo lo contrario de lo que pretendo insinuar.
Rachel recogió el abrigo y el bolso.
—Si mi madre nunca practicó la psicología fue para no verse asociada con charlatanes ineptos como usted. —Echó un vistazo a los títulos que colgaban de la pared—. Rutgers University, ja... —bufó con sarcasmo, antes de salir de la consulta.
Su siguiente psiquiatra, Tess Porter, tenía un enfoque más amable y la consulta le quedaba mucho más cerca de casa. Le dijo a Rachel que desentrañarían la verdad sobre la relación con su madre al ritmo que marcara ella, no su terapeuta. Rachel se sintió segura con Tess. Connie siempre parecía estar a la que salta, y ella, en consecuencia, siempre se ponía a la defensiva.
—¿Qué crees que le dirías si lo encontraras? —le preguntó Tess una tarde.
—No lo sé.
—¿Tienes miedo?
—Sí, sí.
—¿Miedo de él?
—¿Eh? No. —Rachel se quedó pensativa—. No. De él, no. Sólo de la situación. Porque, no sé, ¿qué se dice en esas circunstancias? «Hola, papá. ¿Dónde coño has estado metido toda mi vida?»
Tess dejó escapar una risita.
—Me ha parecido que dudabas un poco —añadió a continuación—. Cuando te he
