Prólogo
Sir Simon Holcroft no era un gran nadador. En sus tiempos de cadete como piloto de la Marina Real, unos mil años atrás, el secretario personal de la reina había tenido que soportar que lo sumergieran en el agua durante una serie de ejercicios de entrenamiento. De ser necesario, sería capaz de escapar de un helicóptero que acabara de hundirse en el océano Atlántico, pero hacer trabajosos largos en una piscina cubierta no tenía el menor atractivo para él. Aun así, a medida que se acercaba a la vetusta edad de cincuenta y cuatro años, la cinturilla de sus pantalones se había ido volviendo cuatro o cinco centímetros más ancha de lo que debería, y el médico de cabecera de palacio no dejaba de refunfuñar sobre sus niveles de colesterol. De modo que, si no quería que lo único que cediera fuera el botón de sus pantalones, tenía que transigir en algo.
Sir Simon se sentía cansado. Se sentía fofo. El día anterior, en el largo e incómodo trayecto en coche desde Escocia, había llegado a la conclusión de que era un hombre que había comido demasiado bizcocho de almendras y pasas, y que debería haberse ofrecido más a menudo a acompañar a la reina en algunos de sus paseos por el campo. Lo primero que pensó al volver a su residencia en el palacio de Kensington fue que le hacía falta ponerse las pilas para dejar atrás aquel bajón.
Las últimas semanas en Balmoral habían sido sangrientas. Daba la impresión de que los mosquitos hubieran organizado por su cuenta unos Juegos de las Highlands escocesas. Se había reunido casi todas las mañanas con el príncipe Felipe, debatiendo durante horas los detalles del Programa de Renovación, y había estado muchas noches en pie y al teléfono, consultando con colegas de palacio las más recientes sugerencias y preguntas del duque, y añadiendo varias de su propia cosecha. Si no tenían los deberes hechos cuando presentaran el programa ante el Parlamento, se armaría una buena y los fuegos artificiales serían de órdago.
Necesitaba recuperar el vigor perdido, y también un poco de frescura. Así que, sin mucho entusiasmo, decidió que la piscina del palacio de Buckingham era la mejor solución. El personal solía evitarla cuando los miembros de la realeza se alojaban allí. El problema era que, cuando la familia real estaba en otra de sus residencias, también él solía estarlo, y lo mismo ocurría en la situación contraria. Esa noche, sin embargo, al verse reflejado en un desafortunado espejo de cuerpo entero en su dormitorio de Kensington, tomó la decisión de arriesgarse y hacer una incursión en la piscina a primera hora de la mañana. Con su cuerpo acribillado por los mosquitos distendiendo las costuras de su bañador Vilebrequin, rezó para no encontrarse con algún joven caballerizo en perfecta forma física o, peor incluso, con el duque en persona recién salido de un real chapuzón.
Sir Simon salió de sus dependencias con tiempo suficiente para llegar al palacio a las 6.30 h de la mañana, y luego cruzó Hyde Park y Green Park. Aquélla era una de las pocas rutas de cuarenta minutos andando que atravesaban el centro de Londres por zonas verdes, pero había cometido la estupidez de ponerse el bañador debajo de los pantalones, y se había sentido incómodo durante todo el trayecto. Dejó el maletín sobre el escritorio de su despacho, colgó la americana en el perchero de madera y se quitó los zapatos de cuero troquelado. Enrolló con pulcritud la corbata de seda, que ese día lucía unos diminutos koalas rosados, y la dejó a buen recaudo dentro del zapato izquierdo. Luego, echándose al hombro la mochila con la toalla de baño, recorrió en calcetines la corta distancia hasta el pabellón noroeste. Para entonces eran las 6.45 h.
Aquel pabellón había sido diseñado originariamente por John Nash como invernadero. Sir Simon siempre había pensado que deberían haberlo mantenido así. Su madre había sido una gran aficionada a las plantas y, para él, los invernaderos eran un himno al mundo natural, mientras que las piscinas climatizadas le parecían un poco horteras. Aun así, en la década de 1930, el rey había decidido transformarlo, de modo que ahí estaba, con sus columnas griegas en el exterior y sus azulejos art déco en el interior, tan deteriorado y necesitado de una reforma como muchos otros recovecos del palacio que el público no llegaba a ver.
El acceso a la zona de la piscina se llevaba a cabo desde el interior del edificio principal, a través de una puerta empapelada con instrucciones sobre qué hacer en caso de incendio y recordatorios de que nadie debía nadar solo, algo que sir Simon ignoró. El pasillo al que daba esa puerta ya estaba desagradablemente húmedo, y se alegró de haber dejado atrás la corbata. En el vestuario de hombres, se despojó de la camisa, los calcetines y los pantalones, y se colgó la toalla del brazo. Se fijó en un vaso de cristal tallado abandonado sobre un banco. Le pareció raro, porque la familia había llegado de las Highlands la noche anterior. Con toda probabilidad, los más jóvenes habían celebrado una pequeña fiesta de bienvenida. En la zona de la piscina estaba prohibido cualquier tipo de cristal, pero uno no les decía a los príncipes y princesas lo que podían hacer o dejar de hacer en casa de su abuela. Sir Simon tomó nota mentalmente. Cuando saliera de allí, se lo comunicaría a las gobernantas para que pudieran ocuparse del asunto.
Se dio una ducha rápida y entró en la zona de la piscina, con sus ventanales con vistas a los frondosos plátanos del jardín, preparándose ya para la impresión que supondría el contacto del agua fresca en sus carnes demasiado flácidas.
Pero la impresión que se llevó fue bastante distinta.
Al principio, su cerebro se negó a registrar lo que estaba viendo. ¿Era una manta? ¿Un efecto óptico? Cuánto rojo había... Mucho rojo oscuro contra el suelo alicatado de baldosas verdes. En el centro de la mancha se veía una pierna desnuda, de mujer. La imagen se le quedó grabada en la retina. Sir Simon parpadeó.
Cuando dio un par de pasos hacia ella, se le aceleró la respiración. Un par de pasos más y se encontró plantado ante un charco de sangre y contemplando aquel espanto en toda su magnitud.
Una mujer con un vestido claro yacía acurrucada y de costado en un charco de oscuridad. Tenía los labios azules y los ojos abiertos de par en par, mirando al vacío. Tenía el brazo derecho tendido hacia los pies, con la palma de la mano hacia arriba. Todos los miembros estaban manchados de sangre coagulada. El brazo izquierdo se alargaba hacia el pálido borde del agua, donde el oscuro charco se detenía. Sir Simon notó el ritmo sincopado de su propia sangre latiéndole en los oídos.
Con cautela, se arrodilló y apoyó unos dedos reacios contra el cuello de la mujer. No tenía pulso... ¿Cómo iba a tenerlo, con una mirada como aquélla? Tuvo ganas de cerrarle los párpados, pero pensó que probablemente no debería hacerlo. El cabello de la mujer se extendía en abanico sobre su cabeza, como un halo empapado de rojo. Parecía sorprendida —¿o sólo se lo imaginaba?—, y se veía tan frágil y liviana que, de haber estado viva, podría haberla cogido con facilidad en brazos para ponerla a salvo.
Al incorporarse, notó una punzada de dolor en la rodilla. Cuando se pasó la mano para quitarse la sangre pegajosa de la piel, sus dedos notaron una especie de arenilla. Al examinarla, distinguió pequeños fragmentos de cristal. Y ahora su propia sangre, que manaba fresca de un corte en su pierna, se mezclaba con la de ella. Entonces lo vio: los restos de un vaso roto, posados como una ruina de cristal en aquel mar carmesí.
Conocía aquel rostro, conocía ese cabello. ¿Qué hacía ella allí, con un vaso de whisky? El cuerpo de sir Simon no quería moverse, pero el secretario de la reina se obligó a salir para ir en busca de ayuda. Aunque sabía que era demasiado tarde para cualquier clase de ayuda, por buena que fuera.
1 Tres meses antes...
—¿Felipe?
—¿Sí? —El duque de Edimburgo enarcó una ceja y levantó la vista del Daily Telegraph, doblado y apoyado en un tarro de miel, sobre la mesa del desayuno.
—¿Te acuerdas de aquella pintura?
—¿Qué pintura? Tienes siete mil —repuso él, sólo por mostrarse gruñón.
La reina suspiró para sus adentros; no le había dado tiempo a explicarse.
—La del Britannia. La que colgaba en la pared exterior de mi dormitorio.
—¿Aquel cuadrito horrible del australiano que no sabía pintar barcos?
—Sí.
—¿Sí?
—Bueno, pues ayer la vi en Portsmouth, en la Torre del Faro, en una exposición de arte naval.
Felipe, que había vuelto a centrar su atención ostentosamente en la página del periódico, soltó un gruñido.
—Tiene sentido, tratándose de un buque...
—No, no me entiendes. Yo presidía el acto de presentación de la nueva estrategia digital, y había una serie de cuadros colgados en el vestíbulo... —La estrategia digital era una cuestión complicada, pues suponía una puesta al día de la Marina Real en tecnología punta; la exposición de arte había resultado mucho más sencilla para ella—. Se trataba, en su mayoría, de pinturas grises de buques de guerra, y también había una de un yate de Clase J navegando a toda vela en Southampton, porque siempre hay uno de ésos... Y junto a él, nuestro Britannia del sesenta y tres.
—¿Y cómo sabes que era el nuestro? —Felipe seguía sin alzar la vista.
—Porque era ése, sin duda alguna —contestó la reina con aspereza, sintiéndose repentina y vertiginosamente triste ante la falta de interés de su marido—. Conozco mis propias pinturas.
—Seguro que sí, las siete mil... Bueno, pues diles a los tipos del personal que la recuperen.
—Ya lo he hecho.
—Bien.
La reina intuyó que el artículo del Daily Telegraph debía de versar sobre el Brexit, y de ahí el humor de su marido, más arisco de lo acostumbrado. Cameron ya no estaba. En el partido reinaba un caos absoluto. Todo el asunto se había convertido en una chapuza de mil demonios...
Así que una simple obra de un artista poco interesante, ofrecida mucho antes de que Gran Bretaña se uniera al Mercado Común, no tenía ninguna importancia. La reina alzó la vista hacia los paisajes de Stubbs, con sus maravillosos caballos, que decoraban las paredes del comedor privado del palacio. El propio Felipe la había pintado a ella ahí, leyendo el periódico, muchos años atrás, y desde luego podía afirmarse que lo había hecho bastante mejor que el hombre que había plasmado el Britannia. Pero en otro tiempo ese cuadro había sido muy valioso para ella.
Y en cierto sentido se había convertido en uno de sus favoritos, aunque nunca se lo hubiera confesado a nadie. De modo que tenía intención de recuperarlo.
• • •
Un par de horas más tarde, Rozie Oshodi entraba en el despacho de la reina para recoger las cajas rojas que contenían los documentos oficiales de Su Majestad. Rozie se había incorporado recientemente en calidad de secretaria personal adjunta de la reina, tras una breve carrera en el Ejército y después en la banca privada. Era bastante joven para aquel puesto, pero hasta entonces había desempeñado el cargo de forma admirable, incluso —y quizá especialmente— en las cuestiones menos convencionales.
—¿Hay novedades? —preguntó la reina, alzando la vista del último documento del montón.
El día anterior le había encomendado a Rozie dos tareas: averiguar cómo había acabado la pintura del antiguo yate real en su actual emplazamiento y organizar su rápido retorno.
—Sí, majestad, pero no son buenas noticias.
—¿Ah, no? —Su tono era de sorpresa.
—Conseguí hablar con el gestor de servicios de la base naval —explicó Rozie—, y según él se trata de una confusión. El artista debió de haber pintado más de una versión del Britannia en Australia, y la que tienen ellos ha sido prestada a la exposición por el segundo lord del Mar. No lleva ninguna clase de placa. Procede de la colección del Ministerio de Defensa y ha pasado muchos años colgada en su despacho.
La reina dirigió una mirada pensativa a su secretaria adjunta a través de las gafas bifocales.
—¿De veras? La última vez que la vi fue en la década de los noventa.
—¿Disculpe?
Tras las reales gafas hubo un destello de irritación.
—El segundo lord del Mar no tiene otra versión del cuadro. Tiene la mía, en un marco distinto. Y hace mucho tiempo que está en su poder, como usted acaba de contarme.
—Ah... Sí. Ya entiendo... —Por la expresión de su rostro, estaba claro que Rozie no entendía nada.
—Vuelva allí y averigüe qué está pasando, ¿quiere?
—Por supuesto, majestad.
La reina aplicó el tampón de papel secante a la firma del documento que tenía sobre el escritorio, y luego lo devolvió a su sitio. Su secretaria personal adjunta recogió las cajas rojas y la dejó con sus pensamientos.
2
—Este sitio es una trampa mortal.
—Oh, venga ya, James. Exageras.
—No, no exagero. —El contador del Tesoro Real le lanzó una mirada severa al secretario personal, sentado al otro lado de su escritorio—. ¿Sabes cuánto caucho vulcanizado han encontrado?
—Ni siquiera sé qué es eso. —La arqueada ceja izquierda de sir Simon consiguió expresar curiosidad y diversión. Como secretario personal, era el responsable de gestionar las visitas oficiales de la reina y las relaciones con el Gobierno, pero acababa interesándose por todo lo que pudiera afectarla. Y la posible condición de «trampa mortal» del palacio de Buckingham entraba sin lugar a dudas en esa categoría.
Su visitante, sir James Ellington, estaba a cargo de las finanzas reales. Llevaba años trabajando con sir Simon, y no era insólito que emprendiera con energía el trayecto de diez minutos desde su escritorio en lo alto del Ala Sur hasta el espacioso despacho de sir Simon, en la planta baja del Ala Norte, para quejarse de la última catástrofe que había descubierto. Detrás de la clásica flema inglesa siempre hay un tipo que reventaría si no pudiera compartir su mordaz irritación en privado. Aun así, sir Simon se percató de que su amigo estaba más alterado que de costumbre por aquel caucho vulcanizado, fuera lo que fuera eso.
—El caucho se trata con azufre para endurecerlo —explicó sir James—, y se usa para recubrir cables. O por lo menos se usaba cincuenta años atrás. Es un buen aislante y cumple con su tarea, pero con el tiempo se degrada, por la exposición a la luz, al aire y todo eso. Se vuelve quebradizo y tosco.
—Un poco como tú esta mañana —observó sir Simon.
—No te burles. No tienes ni idea de lo que eso significa.
—Bueno... ¿y qué significa? ¿Qué problema supone que nuestro caucho vulcanizado se haya vuelto... tosco?
—Pues que se está desmenuzando. Los cables deberían haberse sustituido hace décadas. Sabíamos que la cosa era grave, pero cuando tuvimos aquella gotera en los áticos el mes pasado, apareció un nudo de esos malditos chismes, y casi se desintegraban al tocarlos. Eso significa que toda la instalación eléctrica del edificio funciona de puro milagro. Y hay como cien kilómetros de cableado. Una sola conexión comprometida y... puf —Sir James hizo un elegante gesto con su mano derecha, simulando una columna de humo o una pequeña explosión.
Sir Simon cerró los ojos durante unos segundos. Tenía que reconocer que no eran inmunes al peligro de un posible incendio. Compensar el siniestro de 1992 en el castillo de Windsor había costado cinco años y varios millones de libras. Incluso habían abierto el palacio de Buckingham al público todos los veranos para ayudar a pagar las reparaciones. Por desgracia, al llevar a cabo una inspección de ese palacio, para curarse en salud, descubrieron que representaba un peligro aún mayor. Habían tomado medidas, pero seguían apareciendo complicaciones.
—¿Qué hacemos entonces? —preguntó—. ¿La trasladamos?
No había necesidad de especificar a quién podía ser necesario trasladar.
—Probablemente deberíamos hacerlo, y cuanto antes. Se negará a marcharse, por supuesto.
—De eso no tengo ninguna duda.
—Ya le sugerimos la idea el año pasado y no le hizo demasiada gracia... —reflexionó sir James, cabizbajo—. Y no la culpo. Si se fuera, tendría que instalarse en Windsor para poder mantener su agenda, y acabaríamos saturando la M4 con embajadores, ministros e invitados a fiestas en los jardines yendo y viniendo. Nos veríamos obligados a cambiar la distribución del castillo para poder apañarnos... No, ella seguirá mientras pueda con el palacio tal como está. Ya sabes lo que dicen: «No te empeñes en arreglar lo que no está estropeado...»
—Ya, pero, por lo que dices, el palacio está prácticamente en ruinas —puntualizó sir Simon.
Sir James exhaló un suspiro y puso los ojos en blanco, en un gesto de exasperación.
—Sí, haces bien en recordármelo... El palacio de Buckingham está hecho una ruina, en efecto. Si fuera una casa pareada en Birmingham, los expertos colgarían un aviso en la puerta y prohibirían a los propietarios volver a su domicilio hasta que se hubieran hecho las reparaciones necesarias. Pero Buckingham es un palacio en pleno funcionamiento, así que no podemos hacer eso. Justo estábamos acabando de cuadrar el Programa de Renovación para no interferir... y ahora esto, que sin duda añadirá un par de millones más... Ah, y eso no es todo, casi se me olvida. ¿Recuerdas a Mary, mi secretaria? ¿Esa tan eficiente que siempre responde puntualmente a los correos electrónicos, que lo sabe todo sobre la agenda de la renovación y que es un verdadero genio?
—Sí, claro.
—Pues acaba de presentar su dimisión. No conozco aún todos los detalles, pero estaba llorando a mares esta mañana. Así que...
Se vieron interrumpidos por la llegada de Rozie con las cajas. Las dejó sobre una consola estilo Regencia junto a la puerta, listas para que los funcionarios del Gabinete las recogieran más tarde.
—¿Todo bien? —le preguntó sir Simon.
—En general, sí. ¿Cómo puedo averiguar si le prestamos al Ministerio de Defensa uno de los cuadros personales de la reina en los años noventa?
Ante semejante pregunta, de ínfimo interés para él, sir James se levantó y se despidió.
Rozie observó su partida con curiosidad, mientras sir Simon se inclinaba hacia delante y juntaba los dedos para concentrarse en el asunto en cuestión. Se le daba bien saltar de un problema a otro; como un gimnasta en las barras asimétricas, había pensado a menudo Rozie, o como una ardilla en un circuito de obstáculos. Ella sólo llevaba trabajando como secretaria adjunta desde las Navidades pasadas, y sir Simon aún la estaba instruyendo en los detalles más sutiles de la vida de la realeza.
—Mmm. Hable con la Fundación de la Colección Real —sugirió él—. Se ocupan de las cosas de la Corona, pero también de las obras de arte de la familia, según tengo entendido. ¿Por qué es importante para nosotros?
—La jefa lo vio en Portsmouth —explicó Rozie—. Y los de Defensa dicen que les pertenece a ellos. La cuestión es que, según ella, fue un regalo personal del artista. Y la jefa se acordaría de algo así, digo yo.
—Sí, suele acordarse muy bien de ese tipo de cosas. ¿Cuál es la excusa del ministerio?
—Sugieren que debe de haber dos copias.
Sir Simon soltó un leve silbido.
—Muy osado por su parte. ¿Podemos preguntárselo al artista?
—No, está muerto, lo he comprobado. Se llamaba Vernon Hooker. Murió en 1997.
—¿Pintó muchos barcos?
—Cientos. Si lo busca en Google, lo verá.
Rozie esperó mientras sir Simon tecleaba obedientemente el nombre del artista en su ordenador para buscarlo en Google. En cuanto aparecieron las imágenes de los cuadros, el secretario retrocedió de forma instintiva.
—¡Madre mía! ¿Ese hombre nunca había navegado o qué?
Rozie no era ninguna experta en pintura naval, pero la reacción de sir Simon no le sorprendió. A Vernon Hooker le encantaban los colores muy vivos, con un exuberante menosprecio por la luz y las sombras. Las imágenes tenían más verde esmeralda, azul eléctrico y lila de lo que cabría esperar en unas escenas que consistían en su mayor parte en mar y cielo. Pero, en fin, uno de los artistas favoritos de la reina era Terence Cuneo, cuyos cuadros de trenes y escenas de batallas no eran precisamente monocromáticos. Para sorpresa de Rozie, cuando el día anterior había buscado en Internet a Hooker, descubrió que sus obras se solían vender por miles de libras. Sus pinturas eran piezas de colección.
—Es probable que tengan razón, ¿no? —concluyó sir Simon, mirando por encima de su pantalla—. Los del ministerio, quiero decir. Hay docenas de estos malditos cuadros. Apuesto a que este tal Hooker ganaría más con un yate real fluorescente que con una marina normal y corriente. Debe de haber pinturas como éstas a montones.
—Sí, pero ella insiste. Y, de hecho, Hooker no pintó más cuadros del Britannia, por lo que he ido viendo.
—Muy bien, pues hable con Neil, de la Fundación. Averigüe si lo cedimos en préstamo. Veinte años es tiempo más que suficiente para que el Ministerio de Defensa se aferre a él.
—De acuerdo. —Rozie quería cambiar de tema—. ¿Por qué parecía tan molesto sir James? Espero no haber interrumpido nada.
—Sólo cierta desesperación existencial. Es por culpa de ese maldito Programa de Renovación. Además, su secretaria se marcha, y han descubierto vulcanización en el cableado o algo así. Sistemas eléctricos en mal estado, básicamente. Por lo visto, el palacio es una trampa mortal.
—Es bueno saberlo —comentó ella con despreocupación, encaminándose ya hacia la puerta—. Aunque suena muy caro.
—Lo será. El presupuesto ha superado ya los trescientos cincuenta millones. Necesitamos que el Parlamento lo apruebe en noviembre, y teniendo en cuenta que ni siquiera pueden concederse un aumento de sueldo ellos mismos...
Rozie se detuvo en el umbral.
—Ya, pero ésta es la segunda casa más famosa del mundo, ¿no?
—Aun así, trescientos cincuenta millones...—Sir Simon, que se había quitado la chaqueta y estaba en mangas de camisa, cruzó los brazos y miró abatido su ordenador—. Cuando sólo eran trescientos no sonaba tan mal, por extraño que parezca.
—Pero es en un plazo de diez años —le recordó ella—, y las obras finalizarán antes y por debajo del presupuesto, como pasó con el castillo de Windsor. Además, la factura por la reforma del Parlamento fue de cuatro mil millones, según tengo entendido.
El secretario personal de la reina se animó un poco.
—Tiene toda la razón, Rozie. No me haga caso, necesito unas vacaciones. ¿Cómo consigue ser siempre tan positiva?
—Aire fresco y ejercicio —respondió ella con decisión—. Debería probarlo de vez en cuando.
—No se burle de sus mayores, jovencita. Estoy muy en forma para mi edad.
Rozie, que sí estaba muy en forma con independencia de su edad —treinta años, por cierto—, le brindó una sonrisa cordial antes de volver a su despacho en la sala contigua.
A sir Simon le dolió su comentario, aunque intentó que no se le notara. Rozie era una mujer joven, alta y atractiva, con un corte de pelo afro impecable, una figura atlética y una forma física que apenas había decaído desde que dejó la Real Artillería Montada. Él, por su parte, era un cuarto de siglo mayor, y sus rodillas ya no eran las de antaño. Ni su espalda. Cuando era un joven piloto de helicópteros y después diplomático del Foreign Office, había tenido un cuerpo razonablemente atlético: el de un ex remero de la universidad que se desempeñaba bien en el campo de rugby y era un hacha en el de críquet. Pero, con los años, su consumo de buen clarete había sido inversamente proporcional al tiempo dedicado al remo, a la pelota o al bate. Tenía que hacer algo al respecto, desde luego.
3
De vuelta en su escritorio, Rozie abrió una serie de imágenes que tenía guardadas en el ordenador portátil. Le había pedido al gestor de servicios de la base naval de Portsmouth que le enviara una fotografía del cuadro del Britannia, para hacerse una idea de lo que tenía entre manos. La imagen que el gestor le había mandado mostraba el yate real con las banderas ondeando y rodeado por embarcaciones más pequeñas, con un borrón de terreno plano al fondo. Por un instante se preguntó por qué la jefa le tendría tanto apego a aquel cuadro. Se trataba de una mujer que tenía Leonardos y Turners, así como un pequeño y adorable Rembrandt en el palacio de Windsor que Rozie habría aceptado encantada a cambio de su Mini.
El gestor de servicios se había mostrado firme. El segundo lord del Mar, un vicealmirante a cargo de todos los asuntos «civiles» de la Armada, tenía una serie de pinturas en su despacho, todas obtenidas legítimamente del Ministerio de Defensa. Cualquier préstamo de otra procedencia siempre estaba documentado con claridad y se devolvía sin falta y de modo impecable. Ése no era uno de ellos. Tenía que haber dos cuadros. Y, sin embargo, la jefa estaba convencida de que no los había.
Rozie hizo una llamada telefónica. Al marchante del artista en Mayfair no le constaba que su cliente fallecido hubiera hecho otras pinturas del Britannia, pero le sugirió a Rozie que hablara con el hijo del pintor.
—Don es todo un experto en la obra de su padre. Tiene setenta y tantos años y es más listo que el hambre. Vive en Tasmania. Allí será ahora de noche, por supuesto, pero estoy seguro de que no le importará hablar con usted.
Rozie pensó que era una afirmación un tanto optimista, hasta que recordó en nombre de quién realizaba esa llamada. No, al hijo del artista no le importaría hablar con Rozie sobre el pequeño problemilla de la reina. A la gente solía encantarle ese tipo de cosas.
Don Hooker se ajustaba perfectamente a la descripción que el marchante le había dado de él.
—¿El yate real en Hobart, para la regata? Oh, sí, sé de cuál se trata. Era el año sesenta y dos o sesenta y tres, y Su Majestad se había embarcado en uno de sus viajes. Recuerdo que mi padre me contó la historia. ¡Estaba tan orgulloso de esa pintura! Él era un monárquico devoto, y ahí estaba ella, aquella dama tan hermosa, recorriendo el mundo a bordo de su yate. Mi padre seguía sus andanzas en todos los noticiarios radiofónicos, y nos hacía escucharlos también... Aunque, si he de serle totalmente sincero, Rozie, yo era un jovencito inmaduro en aquella época y todo eso me importaba bien poco. Pero a mi padre le encantaba. Tenía un mapa colgado en la pared e iba señalando la ruta de la reina con pequeñas chinchetas verdes. Coleccionaba postales, tazas... el lote completo. Según él, se la veía tan feliz en aquel viaje que quiso regalarle algo para que lo recordase. «Un pedacito de aquella alegría», eso dijo mi padre. Copió la imagen de un periódico, añadió sus colores, ya sabe... Y recibió a cambio una nota de agradecimiento muy británica en papel de carta del palacio, con un gran escudo de armas rojo. Allí se decía que la reina nunca había visto el Britannia en colores tan vistosos. Mi padre sólo lo pintó esa vez. Es probable que aún tengamos esa carta en el archivo, en alguna parte. Puedo buscarla si quiere...
Cuando Rozie volvió a llamar al gestor de servicios del Ministerio de Defensa, el oficial pareció mucho menos convencido de su teoría sobre múltiples pinturas.
—¿Quizá la nuestra es una copia? —sugirió—. Estoy de acuerdo en que es algo fuera de lo corriente, pero puedo asegurarle sin lugar a dudas que no se trata de un préstamo de palacio.
Sir Simon tenía que informar a la reina de ciertos asuntos, y, a petición de Rozie, puso al corriente a la jefa de aquel tema durante su visita.
—Ella dice que no es una copia, que es su original —le dijo a Rozie al volver a su despacho—. Averigüe cómo consiguieron el cuadro y dígales que se dejen de evasivas. Está bastante cabreada.
—¿Cómo puede estar tan segura de que es el original? —quiso saber Rozie. Al fin y al cabo, la reina sólo había podido contemplar la pintura un par de minutos, bajo una iluminación escasa, en una exposición improvisada en un edificio de la comandancia naval, y durante una visita que giraba en torno a otra cuestión.
—Ni idea. Pero está convencida.
Si la jefa estaba convencida, Rozie cumpliría con su misión.
—Sólo un poquito más hacia la luz.
Su Majestad inclinó levemente el cuello, que se le estaba agarrotando.
—¿Así?
—Estupendo, señora. Perfecto.
La reina cerró los ojos apenas un instante. En el Salón Amarillo reinaba una agradable tranquilidad. Al otro lado de las pesadas cortinas, los rayos de sol arrancaban destellos a la estatua dorada de la Victoria Alada, en el monumento conmemorativo a la reina Victoria (o el Pastel de Cumpleaños, como lo llamaban los guardias de palacio). Cálidos haces de luz incidían en su mejilla izquierda. Si no tuviera que seguir aguantando en aquella maldita pose, no le costaría mucho quedarse dormida.
Sin embargo, tenía que mantenerla, no quedaba otra. La reina abrió los ojos de golpe y posó la mirada en la pagoda china del rincón, que casi llegaba al techo con sus nueve niveles. Su tío bisabuelo, Jorge IV, no hacía las cosas a medias.
—¿Tiene todo lo que necesita? —preguntó la reina.
—Por supuesto. Ya no tardaremos mucho. En un par de minutos podrá relajar los hombros.
Lavinia Hawthorne-Hopwood era una artista considerada con sus modelos. Estaba plantada ante su caballete, realizando bocetos preliminares de Su Majestad, pero sabía lo que tenían que aguantar quienes posaban para ella y trataba de minimizar las molestias. Era una de las razones por las que a la reina le gustaba trabajar con ella. Aquél no era su primer rodeo juntas, como diría Enrique. (Qué expresión tan maravillosa. A ella le encantaban los rodeos. Siempre había pensado que, en otras circunstancias, se le habrían dado muy bien.)
—¿En qué parte está trabajando ahora?
—En los ojos, majestad. Siempre son lo más peliagudo.
—Claro, es comprensible.
Por la ventana, vio que varias personas posaban para hacerse fotografías fuera del recinto del palacio. Una chica parecía estar ejecutando unos pasos de baile. ¿Sería para una de esas redes sociales tan de moda de las que le había hablado Eugenia? Se inclinó un poco hacia delante para ver mejor.
—Si no le importa, señora...
—¿Cómo? —Con un respingo, la reina se vio arrancada de sus pensamientos y comprendió que había cambiado de postura. Lavinia había dejado de dibujar—. Lo siento mucho... ¿Mejor así?
—Gracias. Sólo un momentito más y... Listo. Éste ya está. ¡Buf! ¿Le apetece un vaso de agua?
—Un sorbito de té no me vendría mal.
Una taza de porcelana sobre su correspondiente platillo apareció junto al codo de la reina, proporcionada por Sandy Robertson, su camarero. Tras un par de agradables sorbos de Darjeeling, la soberana se desperezó discretamente y se frotó una entumecida rodilla mientras la artista revisaba sus bocetos.
Cerca de ellas, dos cámaras de vídeo sobre sendos trípodes y un micrófono de jirafa grababan la sesión. El equipo lo componían tres personas, que iban vestidas con atuendos prácticos —camiseta y pantalones— y se movían sin hacer ruido entre las sillas que les habían asignado junto a la pared del fondo. Un joven larguirucho con el uniforme rojo y azul marino de la Casa Real se había apostado junto a ellos para ayudarlos o acorralarlos, según se terciara. Se estaba rodando un documental: El arte de la reina o algo parecido, pues el título no era aún definitivo. No era sólo sobre el arte que poseía, sino también sobre el arte al que contribuía.
Ese día estaban filmando el proceso de creación de la obra más reciente para la que había accedido a posar: un busto de bronce. En realidad, reflexionó la reina, debería haber alguien que a su vez estuviera grabando ese rodaje, sólo por rematar el asunto. O alguien que escribiera sobre la grabación del rodaje de cómo se hacían los bocetos... y así hasta el infinito. Estaba acostumbrada a que la observaran, y también, a esas alturas, a ser hasta tal punto una fuente de fascinación que quienes la observaban fueran a su vez asimismo observados.
—¿El busto va a ser a tamaño natural? —le preguntó a Lavinia.
Ya sabía la respuesta a esa pregunta, pero también sabía que era preciso charlar para las cámaras, y que era imprescindible que dicha charla no versara sobre el reciente y terrible divorcio de Lavinia, o sobre el arresto de su hijo por traficar con drogas en el internado. La pobre mujer tenía derecho a un poco de privacidad.
—Sí —contestó la artista, que estudiaba una serie de bocetos desparramados sobre una mesa junto al caballete—. Algo más grande, de hecho. En la Royal Society quieren que su presencia destaque.
—Mmm. ¿El último que me hizo también era más grande?
—Por lo que recuerdo sí, majestad. ¿Le gustó?
—Oh, sí, sí. Me pareció bastante bueno. Se las apañó para evitar que me viera... —Hinchó los carrillos, haciendo reír a Lavinia—. Que me pareciera demasiado a mi bisabuela, vaya. —Gorda. Con las mejillas caídas. Vieja.
Lavinia volvió a acercarse al caballete.
—Mi objetivo es hacer que brille en todo su esplendor, incluso en bronce. Bueno, ¿está lista, majestad? Si pudiera volver un poco la cabeza para mirarme la mano... Un poquito más. Así está perfecto...
La artista procuraba que la conversación no decayera mientras trabajaba. Solía conseguir mucho más de sus modelos si hablaban que si permanecían callados. El rostro de la reina, en particular, se iluminaba al animarse. En reposo, podía verse algo hosco y severo, y dar una impresión equivocada de su forma de ser.
—¿Ha asistido últimamente a buenas exposiciones? —preguntó Lavinia, y acto seguido lo lamentó. Debería haberle preguntado por las carreras de caballos.
A la reina, sin embargo, no pareció incomodarle el comentario.
—El año que viene inauguramos una que me apetece mucho —respondió—: «Canaletto en Venecia.» Tenemos bastantes cuadros de Canaletto. —Con eso quería decir la mayor colección del mundo—. En su mayoría se los compró Jorge III a Joseph Smith; era el cónsul en Venecia en aquella época. Siempre me ha parecido un nombre aburrido para un hombre sumamente interesante.
Lavinia tragó saliva.
—Madre mía...
La reina sonrió para sus adentros. Hacía poco había tenido una conversación animada sobre el tema con su tasador de cuadros. Tras varias décadas viviendo con ellos, la soberana conocía bien sus Canalettos, aunque prefería sus propias impresiones de aquella ciudad: aquella travesía de Ancona a Venecia a bordo del Britannia, en 1960 (¿o fue en el 61?), la visita a la islita de Torcello con Felipe, el trayecto en góndola a la luz de la luna...
Dejó que su mente vagara por los recuerdos de aquellos primeros viajes oficiales a bordo del yate real. Italia, Canadá, las islas del Pacífico... El Britannia se había remodelado después de la guerra, en otra época de austeridad, y su interior era más práctico que extravagante: resultaba más acorde con el temperamento de la reina que los dorados y el esplendor que la rodeaban en la actualidad. Qué felices habían sido durante aquellos años... Ella, Felipe y los chicos de la tripulación del yate, visitando juntos los más remotos rincones del globo. Cuántos recuerdos maravillosos conservaba de aquellos días... Aquel «cuadrito horrible» sólo venía a conjurar algunos de ellos en particular.
—Hace poco he visto una de mis pinturas personales en una exposición de la Marina Real —dijo de pronto, en voz alta.
Aún tenía clavada la espinita.
—Oh, debió de ser agradable... —comentó la artista en tono ausente.
—Bueno, muy agradable no fue, porque no se la había prestado yo. La última vez que vi ese cuadro estaba en la pared exterior de mi dormitorio...
Lavinia levantó de golpe la cabeza, sorprendida.
—Vaya por Dios.
—Pues sí, vaya por Dios —coincidió la reina.
—¿Cómo llegó hasta allí?
—Ésa es una pregunta muy interesante...
La reina se quedó callada, y un minuto después añadió:
—Bueno, creo que por hoy hemos terminado.
Su tono fue cordial, pero firme. La artista alzó la vista y luego consultó su reloj. Había pasado una hora, ni más ni menos, y su modelo ya se quitaba de la cabeza la tiara de brillantes que había accedido a llevar de buen grado para la escultura, y que quedaba deliciosamente extravagante sobre la blusa y la rebeca. El equipo del documental empezó a recoger las cámaras bajo la atenta mirada del joven larguirucho de la Casa Real, y el secretario personal de la reina ya rondaba por la antesala, listo para acompañarla a su siguiente cita.
—Muchísimas gracias, majestad —dijo Lavinia.
La reina asintió.
—Estoy deseando ver ese «esplendor». —Su tono fue seco, pero le brillaban los ojos.
4
Con su eficacia habitual, Rozie aprovechó que se había anulado una reunión para visitar la Fundación de la Colección Real, como le había sugerido sir Simon. El sol brillaba con fuerza, y le gustaba la idea de estirar un poco las piernas. Además, le vendría muy bien tachar de la lista el problema del cuadrito de la reina.
Recorri
