Para mi madre


Nido. 1. Lecho que forman las aves con hierbas, pajas, plumas u otros materiales blandos, para poner sus huevos y criar los pollos. 2. En los hospitales y maternidades, espacio destinado a los recién nacidos. 3. Sitio al que se acude con frecuencia. 4. Lugar donde se juntan personas, animales o cosas despreciables. 5. Principio o fundamento de algo.
La mujer alta dejó de leer, se tumbó boca arriba y notó que le vencía el sueño. Incluso con los ojos cerrados, sentía el destello del sol en los párpados. Le gustaba la soledad de aquella playa en la que podía pasar las horas sin otra compañía que el libro, el rumor de las olas y el canto de las aves que tenían su nido entre las dunas.
Aún no se había dormido cuando creyó percibir una risa de niño. Se incorporó y vio la sombra de un pájaro que se movía en la arena. Levantó la mirada y lo vio pasar planeando con las alas muy quietas. Detrás, con los brazos levantados como si pudiese alcanzarlo, había llegado corriendo el chiquillo. Se había detenido al descubrirla entre las dunas y ahora la miraba fijamente con sus grandes ojos oscuros. Tendría unos ocho años y solo llevaba puesto un traje de baño verde mar. En el lugar en que debía estar su mano izquierda no había más que un muñón.
La mujer alta miró la mano que no estaba y atrajo hacia sí su cesta. Aún debía de quedarle una manzana en algún sitio.
—¿Quieres una manzana? —preguntó, enseñándosela.
El hombre que iba con el niño apareció sobre la duna unos segundos después. Su sonrisa también se transformó en sorpresa al tropezarse con ella.
—¿Puedo darle una manzana? —consultó la mujer alta, después de cubrirse con el pareo.
Antes de que el hombre pudiese contestar, el niño se le acercó y estiró su única mano. Luego, sosteniendo la manzana en alto como un trofeo, se perdió tras la duna para siempre.
Preludio. 1. Aquello que precede y sirve de preparación o principio de alguna cosa. 2. Lo que se toca o canta para afinar la voz o los instrumentos antes de comenzar la ejecución de una obra musical. 3. Obertura o sinfonía.
Durante los días que precedieron a la desaparición de Mónica Andrade, un temporal de lluvia y viento azotó con violencia la costa gallega. En la ciudad de Vigo, el agua anegó garajes y sótanos, y el viento derribó vallas y árboles y desprendió fragmentos de las cornisas de algunos edificios. La flota pesquera de bajura permaneció amarrada en los puertos y varios barcos de gran tonelaje, sorprendidos en mar abierto por la tempestad, buscaron en el interior de la ría el abrigo de las islas Cíes.
Una de aquellas madrugadas, Leo Caldas se despertó en mitad de la noche sobresaltado por los truenos. Encendió la luz, bebió en la cocina un vaso de agua fría y desde el salón contempló la lluvia intensa que dibujaba líneas casi horizontales alrededor de las farolas.
Regresó a la cama y cerró los ojos tratando de volver a dormirse. Después de media hora de vigilia, encendió la radio buscando en las voces desconocidas el arrullo que le devolviese el sueño. En Onda Vigo se emitía El centinela, un programa local que intercalaba piezas de música con llamadas de los radioyentes, como aquel otro en el que él mismo participaba dos veces a la semana.
Sobre el eco cada vez más distante de la tronada, Caldas escuchó cómo algunos oyentes saludaban al locutor con familiaridad mientras que otros, más azarados, apenas podían balbucear monosílabos durante sus primeros instantes en antena. Le gustó comprobar que a estos últimos nadie los apremiaba como habría hecho Santiago Losada, el conductor de su programa. Tampoco parecían incomodar al locutor nocturno los silencios que tanto irritaban al otro. Mientras que Losada habría arrancado las palabras a tirones y rellenado los vacíos con trivialidades, el locutor que conducía El centinela fomentaba unas pausas cómplices que invitaban a la confidencia y permitían que las palabras brotasen poco a poco, como el hilo de una costura que se deshilvana.
Aquel tono generaba en los oyentes la ilusión de estar hablando de manera íntima en lugar de para desconocidos y, durante el tiempo que estuvo despierto, Caldas escuchó a unos pedir consejo y a otros encontrar consuelo. Para todos, pensaba el inspector, aquellas llamadas a la radio eran una salida que les permitía huir de la soledad mientras la ciudad dormía.
A las cinco, el informativo interrumpió durante unos minutos El centinela con noticias de economía, de la inestabilidad política surgida tras las últimas elecciones y de la búsqueda de otro niño en Portugal. Las autoridades temían que se tratase de la novena víctima del asesino al que apodaban el Caimán y Caldas compadeció a los policías portugueses encargados del caso. No le habría gustado tener que lidiar con un asunto como aquel.
Las noticias locales que vinieron después se refirieron a la lluvia que, tras el día plácido, volvía a arreciar aquella noche. También al último golpe a una vivienda aislada por parte de los dos ladrones encapuchados que mantenían intranquila a la comarca y en alerta a la policía.
Leo Caldas se revolvió en la cama. Se imaginó a su padre despierto mientras la tormenta sobrevolaba su finca. Estaría encogido en una butaca frente al ventanal, abrigado con una manta y preocupado por si el viento levantaba las tejas más antiguas, por si se caía algún árbol sobre la casa o por si alguno de aquellos fogonazos prendía en un monte cercano y amenazaba sus viñas.
El inspector venció la tentación de telefonear a su padre para cerciorarse de que todo marchaba bien. No quería transmitirle su inquietud. Confiaba en que al menos el perro estuviese con él.
Después de otra llamada dejó de prestar atención al programa. Primero sintió los restallidos de la lluvia en el patio sobre el murmullo de la radio y luego, antes de quedarse dormido, oyó un coro lejano de gaviotas como un preludio del amanecer.
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