Prólogo
Montsant,
año 1194
La tierra que pisaban las dos yeguas era más escarpada y asilvestrada con el paso de las horas. De la misma manera que los jinetes que los montaban, los animales empezaban a acusar las extenuantes jornadas de viaje y las largas semanas de búsqueda. Los dos caballeros lo percibían, y por ello no forzaban a sus cabalgaduras a acelerar el paso. Se limitaban a seguir los caminos marcados por los vecinos de las aldeas que dejaban atrás, que en los últimos días habían menguado notablemente.
Los ropajes de los jinetes acumulaban una copiosa mugre que les sería difícil eliminar. El polvo de las sendas, la lluvia, el barro y el sudor habían deslucido unas vestimentas dignas de su rango, que partieron relucientes de la capital del reino y ahora parecían propias de los más menesterosos. Llevaban demasiadas jornadas sin asearse, salvo por esporádicas paradas en los riachuelos que salían a su paso, como ofreciéndose a favorecerles. Lucían largas cabelleras, grasientas y apelmazadas. El mayor de ellos, de poca estatura, con cabello y piel morena, no veía la hora de reencontrar a su barbero para poner orden a la pelambrera que pendía de su rostro, en la que intuía que anidaban liendres, pues sentía el mismo picor que en su testa. El otro, rubio, alto y delgado pero vigoroso, era, por fortuna para él, barbilampiño, por lo que soportaba un poco mejor la falta de higiene.
El caballero de mayor edad estaba más curtido en esos lances, pues a sus cuarenta años se acercaba ya a la vejez prematura de quienes han participado en mil guerras y batallas, en las cuales había tenido que soportar peores condiciones que las que en ese momento vivían sus carnes. Su compañero, por el contrario, gozaba de la juventud que le impelía a afrontar desafíos y a desenvainar rápido la espada, y se sentía honrado con la misión que acometía, pese a las molestas moscas que desde hacía semanas le rondaban y las ganas de sumergirse en una tina de agua caliente en sus aposentos de Barcelona.
Se adentraban en una zona prácticamente deshabitada. Apenas habían transcurrido cuatro décadas desde que el ejército cristiano de Ramon Berenguer IV, conde de Barcelona, Girona, Osona y Cerdanya y príncipe de Aragón, dirigido por el noble Bertran de Castellet, consiguió asediar y conquistar la villa de Siurana, ocupada por los musulmanes. La recuperación de Siurana, sita en lo alto de un risco con forma peninsular que parecía inexpugnable, sobre un río y junto a un temible acantilado, había sido pospuesta durante largo tiempo debido a la dificultad de la misión. Pese a que la reconquista cristiana de territorios musulmanes había constituido la prioridad de los monarcas catalanoaragoneses, hasta cuatro condes habían preferido centrarse en la liberación de ciudades con mayor relevancia política y económica, como Tarragona, Tortosa y Lleida, que habían sucumbido a dichas cruzadas con relativa sencillez. En cambio, Siurana, principal posición defensiva del islam en la zona y codiciada por los caudillos de la reconquista por su situación estratégica privilegiada, había sido rodeada por las fuerzas del conde de Barcelona en 1151, pero tuvieron que pasar dos años hasta que los hombres de Bertran de Castellet la arrebataran de las manos musulmanas. Se convirtió así en el último bastión sarraceno de Cataluña, que resistió hasta el final bajo el mandato de Abdelazia, la bella y beligerante reina mora que prefirió despeñarse montada en su caballo por el acantilado que se alzaba junto a su palacio antes que ver sus dominios rendidos a los cristianos. Consumada la expulsión de los infieles de tierras catalanas tras la caída de Siurana, esa abrupta y montañosa región de la Catalunya Nova se convirtió en un territorio despoblado, señoreado por elevados muros de roca impenetrables que parecían proteger los bosques de alcornoques, robles y pinos que se extendían a sus pies.
Los jinetes frenaron sus monturas y observaron el imponente risco del sur del Montsant hacia el que se dirigían. Se admiraron de su belleza y sus formas erosionadas, semejantes a las que ya habían contemplado en el macizo de Montserrat, que rodearon en su bajada desde la capital del reino. La montaña santa parecía llamarles. Con su silencio acariciaba sus almas y reconfortaba sus cuerpos exhaustos. Parecía susurrarles que bajo su cobijo encontrarían descanso y al fin podrían cumplir el encargo que el rey les había confiado.
Ya habían perdido la cuenta de las semanas transcurridas desde que fueron llamados a la corte de Barcelona para encomendarles una misión de suma importancia para Sus Majestades, el rey Alfonso II el Casto y la reina Sancha de Castilla. Había llegado a sus oídos que desde hacía un siglo existía en la vecina Francia una nueva orden religiosa, la de los cartujos, de la cual tan solo se hablaban excelencias y que había alcanzado la fama de fervorosa y ejemplar.
La Orden de la Cartuja nació en Grenoble por obra del venerado Bruno de Colonia, un sacerdote que fue testigo de un milagro que le hizo reflexionar sobre la voluntad divina y su servicio al Creador. En 1084, Bruno asistió en París al funeral de un ciudadano ilustre, conocido en la urbe por su sabiduría y virtudes de buen cristiano. Sin embargo, el cadáver del hombre se alzó en pleno responso y habló con voz grave y fría para anunciar a los presentes que debía ser juzgado y condenado por Dios, puesto que, según confesó, no era más que un pecador. Al presenciar tal prodigio y percatarse de que toda la ciudad había errado en sus opiniones respecto al insigne parisino, Bruno meditó sobre la banalidad del mundo terrenal y concluyó que nada escapa al juicio del Todopoderoso. No en vano, pocos años atrás, siendo Bruno rector de la escuela episcopal de Reims, había descubierto que el arzobispo de la ciudad comerciaba con los sacramentos y con beneficios eclesiásticos.
Todo ello lo condujo al desengaño respecto a la existencia secular que llevaba y lo determinó a consagrarse a una vida semieremítica, en pos de la perfección espiritual y de la entrega y el acercamiento a Dios. Fue así como poco después de observar el aterrador milagro, y acompañado por seis discípulos, se encaminó a Grenoble y se instaló en el lugar conocido como Chartreuse, donde creó la Orden de la Cartuja, que por primera vez fusionaba la vida solitaria y contemplativa de los eremitas con la convivencia en comunidad religiosa, y fundó el primer monasterio de la orden, al cual se le dio el nombre de «cartuja».
La nueva congregación se caracterizaba por cumplir rigurosamente con su estricta norma, basada en la soledad, el silencio y la oración. Los monjes cartujos dedicaban por completo su vida a Dios, renunciando a todo contacto con el mundo terrenal, y habían conseguido fama de virtuosos y ejemplares en su retiro espiritual. Pronto fue conocida allende las tierras francesas, hasta los límites de la cristiandad. Por ello, los monarcas de Cataluña y Aragón y de Castilla habían decidido ceder un espacio de sus reinos a dicha orden para que monjes enviados desde Francia pudiesen instalarse y construir un monasterio y, de esta manera, contribuir a la difusión de la obra y la palabra del Señor. Pero Sus Majestades tenían serias dudas acerca de cuál sería la ubicación adecuada para semejante cometido, así que hicieron venir a dos caballeros de su entera confianza y les encargaron recorrer el reino de norte a sur y de levante a poniente para dar con el lugar que tendría que acoger a esa orden religiosa de tan alto prestigio.
Y en ello andaban los dos hombres. Habían visitado tierras norteñas con un clima demasiado severo para la vida monacal; habían considerado lugares próximos a un mar en exceso bravío para unos hábitos silenciosos y tranquilos; habían conocido valles cercanos a ciudades que ofrecían demasiadas distracciones e incitaban a pecar de muy variadas formas… Y en ese instante, ante los impresionantes riscos del Montsant, presentían que su camino pronto llegaría a su fin.
Después de dejar atrás un riachuelo, donde rellenaron sus odres, siguieron cabalgando por una estrecha senda mientras el calor de la tarde hacía estragos en caballos y jinetes. Los vientres de las cabalgaduras se hinchaban con una respiración dificultosa y sus ollares expulsaban con rapidez un aire muy cálido. Los caballeros sentían las gotas de sudor resbalando por su columna vertebral y notaban la boca y la garganta secas como el esparto. Racionaban el agua en previsión de no encontrar un nuevo río o fuente durante el resto de la jornada, y los víveres empezaban a escasear. Pronto tendrían que buscar alguna aldea en la que reabastecerse.
Mientras planificaban sus siguientes pasos, con el sol cada vez más bajo y más cercana la noche, avistaron a un pastor que guiaba a su rebaño de ovejas entre los arbustos y matorrales de una zona agreste hacia el camino por el que ellos se aproximaban. Se congratularon por encontrar al fin un alma en tan áspera región y decidieron esperar al hombre para averiguar dónde podían adquirir algunas viandas y proseguir así con su viaje. Cuando los vio ataviados como caballeros, pese a la astrosa planta que presentaban, el pastor los miró con recelo con su único ojo sano, el izquierdo, pues el otro permanecía cerrado como una cicatriz marcada a fuego. Se aferró a su gayata y se acercó a los jinetes. El moreno, que por edad y experiencia ostentaba el mando de la misión, se dirigió al pastor sin apearse siguiera de la yegua:
—Buen hombre, andamos de camino a poniente y escasean nuestras provisiones. ¿Sabes decirnos dónde podemos procurarnos algunas más?
El pastor negó con la cabeza.
—Muy tarde es ya para conseguir viandas por aquí. La aldea más cercana es La Morera de Montsant, que habréis evitado sin saberlo, pues se encuentra en lo alto de ese monte que os tapan los bosques —dijo señalando hacia la derecha del elevado risco que los escoltaba—. Pero, si os place, yo voy a pasar la noche por estos lares y llevo en mi zurrón suficiente comida para los tres. Algo de queso y cecina, frutos secos y pan.
—Pues ya posees más que nosotros, que solo contamos con dos hogazas de pan duro y restos de pescado en salazón.
—¡No se hable más, pues! Seguidme, caballeros, y compartiremos cena y conversación —los animó con semblante divertido. Su cara estaba surcada de unas arrugas que demostraban la dureza de su oficio y confirmaban su avanzada edad.
Los dos hombres guiaron a sus yeguas detrás del rebaño y lo siguieron durante media hora por un camino cubierto de piedras resbaladizas y restos de heces, hasta que por fin llegaron a un claro rodeado de pinos, robles e higueras.
—Podéis atar a vuestras monturas en esos árboles de ahí —les indicó el ovejero señalando unos robustos robles—. Luego descansaremos bajo estos pinos, que nos darán cobijo para la cena.
El pastor se movió ágilmente por el claro y volvió con un haz de ramas secas. Las colocó dentro de un círculo de piedras y prendió la pequeña hoguera que les prevendría del frío, que amenazaba con adueñarse de sus cuerpos cansados.
—Si vuestro propósito es continuar hacia poniente, deberéis tomar el camino que parte desde nuestra siniestra. Pasaréis junto a unas masías ubicadas en lo alto de una loma. Deberéis dejarla a vuestra diestra y proseguir hasta la villa de Falset. Allí podréis reabasteceros —detalló el pastor mientras los otros dos comían pan y queso a dos carrillos.
—En verdad te agradecemos tu ayuda —dijo el caballero rubio antes de echarse al coleto varias almendras que había tomado ansiosamente del zurrón del pastor.
Su compañero llevaba unos minutos observando en silencio el magnífico paisaje que los rodeaba.
—Antes has mentado la aldea de La Morera de Montsant. Debo suponer, entonces, que esta es la sierra del Montsant —aventuró el caballero—. Un lugar solitario desde la reconquista de la cercana Siurana. No debe de ser fácil laborar por estos lares. Sin duda se trata de un lugar de excepcional belleza, pero también escabroso y escarpado, difícil de recorrer —añadió—. ¿Por qué no buscas pastos de mejor acceso para ti y tus animales?
—Para mi cuerpo y mi alma no hay mejor paraje que el macizo del Montsant —aseguró el buen hombre—. En estas tierras nací y aquí moriré. Tengo lo que necesito para vivir en paz. Dios y esta su magnífica creación, que es la naturaleza, todo me lo ofrecen: comida, agua, refugio para mí y mis ovejas… Y sobre todo tengo silencio, tranquilidad y la bendición de Nuestro Señor, pues los ángeles no me visitarían si así no fuera.
—¿A qué te refieres? —preguntó con palpable curiosidad el joven caballero, a la vez extrañado y sorprendido ante tal afirmación.
—¡Bien sabe el Creador que no miento! —exclamó el pastor, que, ofendido por sus miradas de desconfianza, se sumió en el mutismo.
—Dices que los ángeles te visitan, mas callas cuando te preguntamos al respecto —intervino el caballero de más edad en un tono conciliador, para enfriar los ánimos del pastor—. Nos placería conocer tu historia. No receles de nosotros, pues cristianos de bien somos.
El hombre vaciló.
—No vais a creerme. No deseo que me tratéis de loco, como ya han hecho las pocas personas a quienes he confiado mi secreto. ¡Una de ellas, un párroco! —profirió, escandalizado.
—Poco te conocemos, mas no creemos que seas un demente —medió el jinete de poblada barba—. Y, después de tantas jornadas de viaje infructuoso, bien recibiremos cualquier relato proveniente de un fiel cristiano como tú.
El ovejero miró a los dos hombres que inesperadamente se habían convertido en sus compañeros de cena, y concluyó que, si eran caballeros de la corte, ciertamente debían ser devotos del Señor. Pensó que, si se abría a ellos, quizá llegaría al rey la grandeza de lo sucedido en el Montsant y Su Majestad otorgaría su gracia a su amada sierra, como él creía de ley, puesto que, en su humilde parecer, lo que allá acaecía merecía ser protegido y honrado por un monarca fiel servidor del Todopoderoso, como el Casto atestiguaba ser. Finalmente, se giró y señaló con su cayado un enorme pino que sobresalía de los demás.
—En este mismo árbol es donde mi pobre ojo ha contemplado en varias ocasiones la escalera de Dios por la que los ángeles bajan y suben al cielo. Es una escalera con reflejos dorados y luminosidad infinita, la puerta hacia el paraíso celestial, y Nuestro Señor ha elegido situarla en el Montsant. ¿Seguís preguntándoos por qué deseo permanecer en este lugar para pasar los años que me queden de vida?
Los caballeros se miraron, confundidos. Quizá, después de todo, el pastor sí estuviera fuera de sus cabales. Aun así, decidieron seguirle la corriente, pues su locura no era óbice para demostrarle su agradecimiento por haberlos auxiliado en su viaje.
—¡Gran prodigio es este que nos confiesas! —exclamó el jinete moreno—. Lo comunicaremos a Su Alteza y haremos lo posible porque tome las medidas oportunas para conservar este pino y su escalera celestial. Y ahora, si nos disculpas, dormiremos unas horas, pues al alba reemprenderemos nuestro camino.
El caballero rubio miró a su compañero conteniendo una sonrisa, pues sabía que regalaba los oídos al pastor para cortar la cháchara y poder descansar.
El hombre chascó la lengua y dio un manotazo al aire, demostrando que poco se creía las palabras del jinete, dando por zanjada la conversación. Sin mediar palabra, se alejó hacia sus ovejas y se acostó junto a ellas, en la fresca hierba que empezaba a empaparse por la humedad de la noche. Por su lado, los caballeros se acurrucaron junto al fuego envueltos en unas roídas mantas. En pocos segundos, todos roncaban.
Pasaba poco más de una hora desde que el sueño se había apoderado de los tres hombres, cuando un resplandor cegador les obligó a despertar y a mirar a su alrededor. Sobre la copa del pino que había señalado el pastor se abría una brecha en el cielo por la cual emergía una luminosa escalera. Era tal su fulgor que les obligaba a entornar los ojos para ver lo que estaba sucediendo. Aun así, pudieron advertir con claridad cómo una hilera de ángeles, ataviados con blancas túnicas y enormes alas níveas, bajaba y subía por la resplandeciente escalinata.
El pastor brincó y se aproximó raudo al pino, frente al cual se postró de rodillas mientras las lágrimas inundaban su único ojo.
—¿Seguís pensando que soy un perturbado? —interpeló a los caballeros—. ¡Acercaos y admirar la escalera de Dios! —los animó a la vez que empezaba a rezar.
Los jinetes corrieron hacia el pino y cayeron sobre sus rodillas sumándose a las oraciones del pastor. Sintieron flotar en el aire el aroma floral más embriagador que jamás habían percibido. Notaron que se les erizaba el vello, pese a la calidez que emanaba de la escena que estaban presenciando. Permanecieron inmóviles contemplando el milagro, hasta que pocos minutos después los mensajeros de Dios desaparecieron en lo alto de la escalera llevándosela consigo, y el cielo volvió a cerrarse. La noche recuperó su frío y oscuridad.
Mientras el pastor seguía orando, esta vez con las lágrimas rodando por su mejilla izquierda, los dos caballeros cruzaron sus miradas y supieron que compartían el mismo pensamiento. Se trataba de una señal divina. Sin duda, habían alcanzado su objetivo.
Tres jornadas más tarde, los dos jinetes cruzaron con inquietud las puertas de Barcelona, ansiosos por explicar al rey el descubrimiento. Las calles de la ciudad, cada vez más extensa y próspera, estaban repletas de gente que trajinaba con mercancías y animales, ofrecía sus productos a gritos y paseaba con la tranquilidad de quien no tiene nada mejor que hacer. Tal algarabía molestó a los oídos de los jinetes, que ya se habían acostumbrado al silencio de los campos y las montañas. Volvieron a ellos los olores variados de la urbe: el dulzor de las frutas y las hortalizas, el humo del metal ardiente de los herreros, el hedor de los restos de pescado podrido y de los ríos de excrementos… Impacientados, los caballeros hicieron cuanto pudieron por esquivar a la muchedumbre desde lo alto de sus monturas.
Una vez llegados a la corte, tuvieron que esperar en una antesala grande y sobria a que Su Majestad despachase asuntos inaplazables con una delegación de aristócratas venida de Languedoc. Alfonso el Casto, que también ostentaba el título de marqués de Provenza, había visto peligrar su dominio en Occitania desde que el conde de Tolosa, Raimundo V, invadió Narbona y el hermano del monarca, Ramon Berenguer IV de Provenza, fue asesinado. También había perdido la alianza del trono inglés cuando el rey Ricardo Corazón de León dio un giro a la política de pactos de su padre, Enrique II de Inglaterra, y se unió al conde de Tolosa en contra de Alfonso. Desde entonces, el regente del Casal de Barcelona buscaba la manera de revertir la situación y estaba en tratos con nobles occitanos que habían dado la espalda a Raimundo para mejorar su posición en Languedoc. Según se decía en la corte, el rey quería casar a su hijo Alfonso con Gersenda de Sabrán, hija del señor de Caylar y Ansius y sobrina nieta del conde de Forcalquier, con el fin de conseguir nuevos aliados contra el conde de Tolosa y afianzar su dominio en el norte de su reino.
Junto a los dos caballeros recién llegados del Montsant, una decena de aristócratas e ilustres personalidades de la capital del reino soportaban estoicamente la larga espera. La frialdad de la piedra de las paredes que les rodeaban y la previsible demora en su encuentro con el monarca aumentaron el nerviosismo de ambos.
Dos horas más tarde, cuando los occitanos abandonaron el palacio, por fin pudieron entrar en la sala de audiencias. Era una estancia alargada y señorial, con gruesos muros de piedra cubiertos de estandartes reales y de tapices con escenas de batallas y de caza. Al fondo, el rey Alfonso II el Casto los esperaba sentado en su trono, ubicado junto a una chimenea que caldeaba la sala, escoltado por un fornido caballero que apoyaba su mano en la empuñadura de una larga espada y por el obispo de la ciudad, confesor y amigo íntimo del rey.
Los caballeros se sintieron avergonzados por presentarse ante el monarca con tan desaliñado aspecto, al que había que añadir la hediondez que desprendían sus cuerpos, cosa que el soberano pareció advertir, ya que dibujó una mueca de desagrado en su rostro. No obstante, los jinetes consideraban que sus noticias eran tan relevantes que no podían permitirse demorar su charla con el rey ni tan siquiera para asearse.
Postraron sus rodillas ante el Casto, quien los animó a informarle sobre su encargo:
—Hace meses que espero vuestra llegada. Imagino que, por fin, habréis cumplido con vuestro cometido. Decidme, ¿habéis localizado ya las tierras que Nuestras Majestades debemos ceder a la Orden de la Cartuja para honrar a Dios Nuestro Señor?
—Así es, majestad —respondió el caballero más joven—. Hemos hallado en el Montsant un paraje de inhóspita belleza en el que reina un silencio sobrecogedor, adecuado sin duda para una orden religiosa de tales virtudes.
—Pero no es eso lo que nos ha convencido, alteza —continuó el otro—. Nos place comunicaros que en ese lugar hemos presenciado un milagro con nuestros propios ojos. Hallamos a un pastor de la zona que nos habló de una visión divina que él mismo tenía a menudo. Al principio no le creímos, pero en mitad de la noche, en un pino ubicado a los pies de unos imponentes riscos, vimos cómo los cielos se entreabrían y emergía de ellos una larga y luminosa escalera que conectaba el reino de Dios con nuestra tierra. Una preciosa escalinata dorada y reluciente por la que ascendían y descendían los ángeles de Nuestro Señor.
El rey se inclinó con interés hacia los caballeros, sin poder ocultar la sorpresa que le causaba su relato.
—No puede ser más que una manifestación divina, alteza —añadió el veterano caballero—. ¿Por qué, si no, se nos habría mostrado? Por otro lado, se trata de una zona altamente deshabitada desde la reciente expulsión de los musulmanes y el justo triunfo de la cristiandad, de manera que los cartujos podrían contribuir a repoblar esa región con hombres y mujeres de la única y verdadera fe. ¿Quién mejor para cumplir con tan sagrada encomienda?
Alfonso permaneció en silencio, asombrado y sobrecogido, analizando las explicaciones del caballero y sopesando los beneficios de otorgar esas tierras a la Orden de la Cartuja. Razonó también la idoneidad de traer al Montsant a una nueva orden religiosa que, aparte de encargarse de la colonización y cristianización de sus tierras, acabase con el monopolio de la Orden del Císter en la zona, que ya contaba con los cercanos monasterios de Poblet y Santes Creus.
Pasados unos minutos, sentenció:
—Sois hombres de mi completa confianza. Por ello, debo desechar la posibilidad de que estéis fantaseando, y me inclino a creer vuestro alegato. Debéis consideraros afortunados por haber presenciado semejante prodigio. Si, tras semanas de búsqueda, el Creador os ha enviado esa señal en ese rincón de nuestro reino, no cabe más explicación que el Omnipotente ha señalado el Montsant para que creemos ahí nuestra gran obra. Si es en ese lugar donde deben levantar los cartujos su monasterio, que así sea.
1
Montsant,
7 de octubre de 2019
Si hubiese viajado de copiloto, ya habría estado mareada. Habría bajado la ventanilla para que el aire de la montaña le secase el sudor frío de su frente. Habría fijado la mirada en las curvas y contracurvas de la angosta carretera para evitar que su agobio aumentase y rehuir las ganas de vomitar. Pero, por suerte, y como de costumbre, Lara conducía su destartalado automóvil, esta vez en un trayecto sinuoso que la llevaba al corazón del Montsant. Estaba convencida de la sabiduría de su cuerpo, que siempre le enviaba las señales correctas y oportunas para prevenirla de situaciones indeseadas. Porque a Lara le gustaba conducir. Le satisfacía notar sus manos sobre el volante y sentir que tenía el control de la máquina. Y sabía que conducía bien. Lo supo desde el día en que ganó una carrera de karts organizada por su colegio, cuando cursaba quinto de primaria, para asombro de la sección masculina de la escuela y alborozo de la femenina. Creía que era algo innato, quizá un don que su padre le había legado, porque su madre siempre había dicho que los coches los cargaba el diablo. Lara había hecho caso omiso a sus súplicas y se sacó el carnet recién cumplidos los dieciocho, cuando pudo pagárselo gracias a las muchas horas de servir copas en un bar de su barrio. Le hubiese encantado poder conducir un deportivo biplaza que cogiese las curvas como si fuesen de mantequilla, pero su sueldo no daba para tanto, así que tenía que conformarse con un pequeño turismo de segunda mano que, por suerte, obedecía sus órdenes y jamás la había dejado en la estacada. Esa era una de las ventajas de su trabajo. Aunque nunca se alejaba demasiado de su ciudad, podía viajar por caminos nuevos, conocer paisajes ignotos situados a pocos minutos de casa, recorrer carreteras de provincias para acumular nuevas sensaciones. Y como su cuerpo sabía que disfrutaba detrás del volante, cuando no lo hacía, la obsequiaba con unos mareos que la dejaban KO durante todo el día.
Para hacer más placenteras las muchas horas que pasaba conduciendo, Lara necesitaba música. Buena música, por supuesto. A sus treinta y tres años, joven y vital, extrovertida, le encantaba conocer gente nueva y se adaptaba a todas las situaciones, pero aborrecía los ritmos mecanizados de los nuevos géneros que llenaban las pistas de pubs y discotecas. A ella le gustaba lo artesanal. Le apasionaba el rock. Aunque, para su desgracia, muy pocas emisoras de radio ofrecían ese tipo de música, lo que hacía que, cuando perdía su frecuencia en carreteras como la que entonces transitaba, maldijese el gusto musical de la mayoría y se enfadase con el mundo durante un breve lapso de tiempo. Para reanimar su humor, puso uno de los CD que ella misma grababa con sus canciones favoritas. En esos momentos, después de haber pasado ya el pueblo de Cornudella de Montsant, sonaba Stairway to Heaven, de Led Zeppelin, y Lara sonrió. Se sorprendió con la casualidad y lo interpretó como un buen augurio del universo sobre el día que le esperaba. Porque Lara se dirigía al pueblecito de Escaladei, en el centro de la comarca del Priorat.
Lara Peña vivía en Reus, su ciudad natal. Llevaba varios años como inquilina en un pequeño piso del barrio del Carme, antiguo y mal distribuido, pero ella se había esforzado en convertirlo en un hogar confortable y acogedor. Aunque sus amigos intentaban convencerla de que se mudase a uno más moderno y funcional, Lara se negaba en redondo porque ya sentía el apartamento como suyo. Además, era muy céntrico y eso le permitía disfrutar más de su ciudad. Le había costado mucho alcanzar esa independencia y estabilidad de las que ahora gozaba. Por eso, y por mucho que le apasionase su profesión, cada vez se decantaba más por un hedonismo moderado, que básicamente consistía en saborear sus horas libres paseando por el casco antiguo adoquinado o tomando uno de los afamados vermuts de Reus en la plaza del Mercadal, sintiendo el sol en la cara y escuchando cómo el murmullo de la gente sentada en las terrazas reverberaba entre los muros que la cercaban.
Trabajaba como periodista freelance para la agencia de noticias ImMedia, que vendía su contenido a los medios de comunicación suscriptores, básicamente emisoras de radio y rotativos digitales y en papel, aunque también algunas cadenas de televisión. Su ámbito laboral era la provincia de Tarragona, de manera que daba cobertura a un amplio territorio y tenía cierta libertad a la hora de elegir los reportajes en los que trabajar, siempre priorizando los temas de elevado interés general y las noticias relevantes de última hora. Al ejercer de autónoma, también colaboraba con un diario digital como articulista y dedicaba algunas horas a proyectos de comunicación corporativa, en los que tenía como clientes a pequeñas empresas para las que desempeñaba el rol de responsable de comunicación y community manager. Pero, sin duda, lo que más le gustaba de su trabajo era pisar la calle. Estar en contacto con la gente, buscar las noticias, reflejar lo que sus ojos veían, explicar historias. Aunque a menudo le tocaba escribir sobre temas bastante más triviales, sentía que su profesión contaba con un componente social inherente muy marcado. Sabía que no iba a salvar a la humanidad, ni tampoco aspiraba a hacerlo, pero le satisfacía aportar su granito de arena denunciando injusticias y sacándolas a la palestra, retratando así públicamente al causante del abuso en cuestión y obligándole indirectamente a enmendar o paliar su error.
Sin embargo, eso sucedía en contadas ocasiones, para frustración de la Lara más idealista, y ese lunes de octubre iba a recabar la información necesaria para elaborar un reportaje sobre la vendimia en el Priorat. Así que se resignó a la tediosa jornada que le esperaba de caminar entre viñedos, espantar moscas y respirar el fuerte aroma de la uva recién prensada. No era la primera vez que redactaba una crónica sobre la cosecha y la elaboración del vino. De hecho, se trataba de un tema muy manido para los periodistas de los medios locales en los últimos coletazos del verano. Cuándo se ha empezado a vendimiar, cómo se trabaja la recogida de la uva en esa zona, qué producción se prevé para ese año o cuáles han sido las condiciones climatológicas durante la temporada. Esas eran algunas de las recurrentes preguntas que Lara formularía al propietario de la bodega de Escaladei a quien iba a entrevistar después de visitar su finca y sus instalaciones.
El coche gris pizarra había dejado ya atrás La Morera de Montsant, municipio que agrupa dos núcleos urbanos, el propio de La Morera y el de Escaladei, separados por unos cinco kilómetros de carretera tortuosa y empinada como pocas en la zona. Ambas poblaciones son pequeñas y cuentan con alrededor de una cincuentena de vecinos cada una. Su economía se basa en dos sectores: la enología y el turismo. Pese a que La Morera es un poco mayor y alberga edificios comunes como el ayuntamiento o el cementerio, Escaladei es el pueblo más transitado y conocido, sobre todo gracias a las ruinas ahora visitables de su cartuja, que estuvo activa entre los siglos XII y XIX, ejerciendo de señor feudal de un territorio extenso y próspero. Con la desamortización de Mendizábal de 1836, el antiguo monasterio fue expropiado y los monjes que lo habitaban tuvieron que abandonarlo. Muchos de ellos se escondieron y refugiaron en pueblos de la comarca, donde se dedicaron a ejercer de sacerdotes. La cartuja fue abandonada, saqueada e incendiada. Pasó de ser un magnífico monasterio a un complejo religioso casi destruido del todo. Lo que de él quedó, así como sus vastas tierras y bienes, fue vendido en subasta pública y repartido entre cuatro familias acomodadas de Barcelona, más interesadas en el rédito que les aportarían las fincas que en la asolada cartuja, y esta quedó en el olvido. Los nuevos terratenientes se centraron en trabajar las tierras e impulsar la viticultura que habían iniciado los monjes cartujos, y consiguieron dar nombre y fama a los vinos del Priorat. Después de un siglo y medio de abandono del conjunto monumental de la cartuja, que bien poco había interesado a sus primeros dueños ya en la década de los ochenta, y gracias a la iniciativa privada de una de las herederas de los propietarios barceloneses, el monasterio pasó a manos de la Generalitat de Catalunya, que finalmente reparó en la importancia histórica del monumento y lo declaró Bien de Interés Nacional. Ahí empezó su proceso de restauración y conservación, que seguía ejecutándose fase a fase, a la vez que la cartuja se abría al público para ser promovida como foco de interés cultural.
Mientras giraba en el cruce de entrada al pueblo, Lara organizaba mentalmente su plan de trabajo. Al tratarse de una materia sobre la que había escrito en ocasiones anteriores, ya tenía interiorizada su lista de tareas. Grabaría en vídeo la entrevista con el empresario, tomaría planos del trabajo en el cultivo de las vides, de las plantas y su fruto, así como de las zonas más atractivas de la bodega, y haría fotografías de todo ello. «Otro reportaje más sobre la vendimia», pensó con resignación mientras su vehículo se acercaba a las puertas del establecimiento, ubicado junto a la antigua era del municipio y al riachuelo de Escaladei.
Al igual que muchas empresas vinícolas del Priorat, que en los últimos años habían diversificado su actividad enfocándola en mayor medida al enoturismo, la bodega se había subido al carro de la modernización y se asemejaba más a un hotel rural con encanto que a una productora de vinos. El edificio se integraba en el entorno. En el pasado había sido una masía del pueblo, que quedó abandonada y fue reformada por los bodegueros. En Escaladei estaba prohibido construir edificaciones nuevas porque todo el término municipal había sido declarado Bien de Interés Cultural. La bodega estaba erigida en piedra y tenía ese toque rústico y añejo que tanto atraía a los turistas. Dos enormes tinas flanqueaban la entrada al establecimiento, un portalón en arco de madera maciza que daba a un minúsculo patio decorado con antiguos utensilios de labranza. Y ahí acababa lo tradicional, ya que, una vez traspasado el umbral, el visitante podía divisar a través de unas imponentes cristaleras un diáfano espacio ocupado por la tienda de la bodega, en la que, en esos momentos, una solícita dependienta atendía a unos turistas y les ofrecía consejo sobre los vinos que mejor se adaptaban a su paladar. Las paredes estaban recubiertas con estanterías de madera lacada en blanco sobre el fondo de piedra, que mostraban en un casi obsesivo orden las botellas de los diferentes caldos que elaboraba y vendía Di-Vino. En el centro del comercio se situaban dos mesas altas con seis esbeltos taburetes, lugar donde los visitantes podían realizar catas de vino a demanda. Las relucientes copas de cristal que había sobre ellas, junto a un llamativo cartel con esmerada caligrafía vintage, así lo recordaban. Potentes focos de led iluminaban la estancia mientras el hilo musical emitía suavemente temas instrumentales de jazz.
Lara rompió tanta armonía cuando irrumpió en la tienda cargada con las bolsas en las que guardaba la cámara de vídeo, el trípode, el micrófono, los cables y la cámara de fotos, además de su bolso. Ese era uno de los inconvenientes de su labor para ImMedia: al ofrecer el contenido informativo en diferentes formatos (vídeo para las televisiones, audio para las radios, fotografías y texto para la prensa escrita), siempre tenía que grabar su trabajo en diferentes registros y, por ello, debía llevar colgando varios bultos a la vez. Algunos compañeros de profesión, redactores en periódicos o emisoras de radio, bromeaban con ella y la llamaban «la mujer orquesta», cosa que la hacía reír, aunque su maltrecha espalda le recordaba que no tenía ninguna gracia.
Mientras dejaba con cuidado las bolsas en el suelo y recogía su larga melena castaña en una coleta, la empleada de Di-Vino se excusó ante los forasteros y los dejó degustando tres vinos distintos para acercarse a la reportera y preguntarle qué necesitaba.
—Soy Lara Peña, periodista de la agencia de noticias ImMedia. Tengo concertada una entrevista con el señor Jaume Folch.
—Aguarde un momento, por favor.
La joven, vestida de riguroso negro, se dirigió a un pequeño mostrador esquinero y realizó una llamada telefónica.
—Enseguida la atenderán. Espere aquí, por favor —pidió a Lara, y volvió de nuevo hacia los turistas, que ya habían acabado con la cata.
Mientras la periodista examinaba las botellas de crianza de uno de los estantes, una mujer de mediana edad y baja estatura apareció por la puerta situada en la parte izquierda del fondo del local, que conectaba con las oficinas del negocio. Se aproximó a Lara con los pasos enérgicos y decididos de quien se sabe con autoridad y le tendió la mano.
—Buenos días, señorita Peña. Soy Lola Grau, la esposa de Jaume y copropietaria de la bodega. Mi marido todavía no ha llegado. ¿A qué hora habían quedado? —requirió con sequedad.
Llevaba el pelo corto peinado en un perfecto desorden, vestía ropa cara y tenía unos ojos azules que perforaban a su interlocutora. A Lara no le gustó. Vio en ella a una mujer altiva y arrogante. Todos los poros de su piel emanaban soberbia y superioridad. Para Lara, era un contratiempo no poder empezar a trabajar ya y tener que quedar a merced de la dueña del establecimiento.
—A las diez en punto, como me sugirió él. ¿Sabe si va a tardar mucho? —preguntó con toda la amabilidad que pudo.
—Espero que no —respondió la mujer con desgana—. Tengo mucho trabajo en la oficina, lamentablemente no puedo acompañarla. Si quiere esperarle por aquí…
—¿Le importaría si voy adelantando faena y empiezo a grabar planos de los viñedos más cercanos a la bodega? Así, cuando llegue el señor Folch, no le entretendré durante mucho rato —replicó la periodista.
Lola Grau pareció dudar durante un segundo, pero aceptó la propuesta e invitó a Lara a seguirla. La reportera recogió rápidamente los bártulos al ver que la propietaria ni siquiera hacía amago de esperarla, y la siguió hasta una puerta situada a la derecha de la tienda que conducía a la bodega. De camino se cruzaron con otra mujer de unos cincuenta y pocos años, rubia y de rasgos agradables.
—Esta es mi cuñada, Elvira Sentís, también copropietaria del negocio —dejó caer Lola sin frenar el paso. Luego señaló a Lara por encima del hombro, sin parar de andar, y añadió con desdén—: Ella es la periodista que ha venido a entrevistar a Jaume. Ya sabes, por la vendimia, como cada año.
Lara se mordió la lengua para no soltar ninguna de las impertinencias que acudían de forma atropellada a su cabeza y ofreció su mano a Elvira.
—Un placer.
—Lo mismo digo. Siéntase como en su casa, por favor. Pregunte lo que quiera y muévase libremente por nuestras instalaciones.
Lara se lo agradeció y trotó tras Lola, que ya se encontraba al final del pasillo. Dejaron atrás salas de diferentes tamaños que acogían, entre otros, el almacén, la cava de botas, los depósitos de fermentación y la prensa, y llegaron hasta la zona donde entraba la uva, en la parte posterior del edificio. Una puerta metálica de enormes dimensiones estaba abierta de par en par, permitiendo el paso de aire fresco del exterior, y comunicaba la bodega con las fincas anejas.
Lola le señaló con una mano las tierras moteadas de vides y, con un gesto teatral, le dio acceso a ellas.
—Es todo suyo. Tan solo le ruego que tenga cuidado de no dañar ninguna planta y, por supuesto, que no importune a los trabajadores.
—Descuide. No es la primera vez que entro en un viñedo —respondió Lara, un tanto molesta. Tanto desaire empezaba a agotarle la paciencia.
Mientras la señora Grau regresaba a su despacho, Lara continuó caminando y se adentró en la blanda tierra de la parcela más cercana. Antes de empezar a pasear entre las vides, dejó las bolsas en el suelo y sacó las herramientas necesarias para empezar a trabajar. Cogió el trípode y fijó en él la videocámara, metió el teléfono móvil en un bolsillo trasero de los vaqueros y se colgó al cuello la cámara de fotos. Miró hacia donde los jornaleros recogían la uva y le complació comprobar que se encontraban en una zona alejada, de manera que podría trabajar con mayor tranquilidad.
La finca que pisaba era bastante plana, lo cual agradecieron sus piernas y su espalda. Advirtió que, a medida que se alejaban de la bodega, las tierras de Di-Vino iban cambiando de nivel. Las parcelas colindantes parecían bailar en una combinación de subidas y bajadas, que con la perspectiva semejaban un ondulante mar de cepas. Las que tímidamente se acercaban a los riscos de la majestuosa Sierra Mayor del Montsant se dividían en costeros y terrazas, que sin duda dificultarían el trabajo de los vendimiadores.
Desde la calma de su emplazamiento, Lara admiró la sierra calcárea de paredes rocosas, prácticamente desnuda de vegetación, que parecía abrazar el pueblo de Escaladei y todo su entorno agrícola. Respiró hondo el aire puro de la montaña y sintió un estremecimiento. No pudo evitar emocionarse ante la belleza del paisaje que tenía enfrente. Por primera vez en todo el día, se alegró sinceramente de haber pactado ese reportaje porque, aunque fuese tan solo durante unos pocos minutos, podría disfrutar de unas vistas privilegiadas y de un contacto directo con la naturaleza.
Lara conocía el Montsant. Había realizado algunas rutas de senderismo con amigos por el Parque Natural, e incluso en una ocasión se atrevió a escalar una inacabable pared rocosa en la zona oeste, próxima al pueblo de Margalef. Aun así, y aunque no era muy dada a sentimentalismos, siempre que volvía a esa sierra sentía que algo se le removía por dentro. Era como si el interior del monte albergase un colosal imán que la empujase a permanecer allí. Que la obligase a no abandonarlo. «El Montsant es mágico», pensaba cada vez que se sentía bajo su influjo.
Volvió a la realidad al cargar con el pesado conjunto de trípode y cámara. Tal y como la periodista se había informado, en esa zona de la comarca las variedades de uva más tempraneras —las blancas— se recogían a partir de mediados de septiembre, mientras que las que ella veía ahora, que servirían para elaborar distintos tipos de vino tinto, empezaban a recolectarse en octubre, aunque todo podía variar en función de las condiciones climatológicas.
Decidió buscar una mejor panorámica de las fincas desde un área más elevada y empezó a subir una cuesta mientras aprovechaba para ir tomando planos de las plantas y las uvas negras aún por vendimiar. «Desde arriba tendré buenas vistas de las fincas, la bodega y la cuadrilla de trabajadores». Sus botas trastabillaban con las piedras que llenaban la estrecha senda por la que ascendía, que se alineaba en el lateral del campo de cultivo. «Con esta distancia, también puedo grabar y sacar buenas fotos de la sierra». Las abejas se acercaban animadas a los rebosantes frutos de las vides. Lara se paró para fotografiarlas y coger aire.
En cuanto alcanzó terreno llano, dejó la videocámara a buen recaudo y se dirigió hacia una alberca cercana. Quería rodearla para llegar a la parcela aneja, que iniciaba un descenso que garantizaba una buena perspectiva. Iba mirando a sus pies, para evitar resbalones y tropiezos, a la vez que repasaba en la pantalla de su cámara las fotografías que había tomado hasta entonces, para hacer otras con diferentes planos y elementos. Su pie izquierdo se escurrió ligeramente hacia delante. «Mierda, ya he pisado barro», se lamentó pensando en sus botas de montaña nuevas. Pero cuando volvió a bajar la mirada hacia la tierra vio una sustancia muy oscura y viscosa bajo la suela.
Un enorme grito salió de su garganta. Un alarido tan descomunal que llegó a los oídos de los jornaleros, e incluso del personal de la bodega. A sus pies yacía un hombre muerto en medio de un charco de sangre, con un profundo corte en el cuello y la parte delantera de la camisa también ensangrentada. Lara retrocedió instintivamente para apartarse del cuerpo y se puso de espaldas a él. Le sobrevino una náusea, pero se forzó por contener el vómito. Empezó a temblar, paralizada junto al cadáver. Pensó en salir corriendo a pedir auxilio, aun cuando sabía que de bien poco serviría. Valoró no volver a girarse para que su retina no retuviese esa imagen, aunque era consciente de que quizá ya era demasiado tarde. Ella, que amaba la vida, jamás habría imaginado que la muerte le fuese a dar tal bofetón. Su aprensión y su cobardía la empujaban a huir hasta su coche, arrancar el motor y volver a la seguridad de su sofá y su mantita.
Inspiró aire hasta llenar los pulmones y espiró lentamente. Armándose de un valor del que creía
